Al contraluz de la calle, su silueta
semejaba un tronco azotado por el viento.
Era la primera vez que salía tras el
accidente que casi acaba con su vida. Era incapaz de abandonar su piso, su
refugio más seguro. Para limpiar la casa, ir a la compra y evitar cualquier
accidente doméstico, había contratado a una asistenta.
Por mucho que me esforzaba en ayudarle
a mitigar sus temores, mis consejos caían en saco roto.
Hasta que un día, de madrugada,
decidió salir por fin de casa, pues a esa hora tan temprana, con las calles
vacías, quería probar si era capaz de superar sus miedos. Pero no fue así. Un inesperado
vendaval le hizo desistir y, dando media vuelta, subió las escaleras de dos en
dos, pues el ascensor era otra fuente de desgracias a evitar.
La última vez que fui a verle, lo encontré
terriblemente asustado y tosiendo violentamente. La asistenta había abierto el
balcón para airear el salón y había entrado una paloma que revoloteó por toda la
estancia hasta que pudieron echarla a bastonazos, y como esos animales pueden
transmitir muchas enfermedades, temía que la inhalación del polvo contaminado con
las heces y las pluma de esa asquerosa ave pudiera enfermarlo gravemente. Y no
se equivocó.
Ahora está en la UCI afectado de una
criptococosis, una infección fúngica grave que le ha afectado los pulmones y el
sistema nervioso central. Las enfermeras me han contado que cuando lo trajo la
ambulancia, sus gritos de terror se oían desde la calle.
Si sale de esta, su hipocondría le
durará toda su vida.
La primera frase
pertenece a “El prisionero del cielo”, de Carlos Ruiz Zafón


Un magnífico relato, Josep Mª. La hipocondría es ya una enfermedad en sí. Me alegro mucho de volver a visitar tu espacio. Como siempre es un gusto leerte.
ResponderEliminarDisculpa. El comentario anterior ha salido anónimo porque se me olvidó darle a la pestañita. Mi antiguo blog era El Baúl de Rita. Ahora tengo una nuevo, solo para escribir, que es lo que me gusta.https://lashistoriasdebrurataliterata.blogspot.com/ Seguiremos leyéndonos.
ResponderEliminarLo que te ha ocurrido también me ha ocurrido alguna vez, y todo por culpa de las prisas, je, je. Pero ya ha quedado despejada tu identidad.
EliminarLa hipocondría hace mucho daño a quien la padece, pues convierte su vida en un infierno.
Me alegro que hayas venido a visitarme, visita que acabo de corresponder en tu blog.
Seguiremos leyéndonos, claro esta.
Un abrazo.
És molt fotut ser hipocondríac, qualsevol cosa pot ser motiu per passar una molt mala estona i ells ho senten així, ben real.
ResponderEliminarUn altre relat magnífic.
Aferradetes, Josep Mª.
Sí, Paula, la hipocondria és una afectació molt fotuda, que moltes vegades no ás compresa pels demés, creient que són manies sense cap rellevància, mentre que qui ho pateix se sent malalt de debó.
EliminarAferradetes.
Buen micro.
ResponderEliminarUn abrazo.
Muchas gracias, Chema.
EliminarUn abrazo.
Hola Josep, ese detalle final —"si sale de esta, su hipocondría le durará toda la vida"— es demoledor porque la hipocondría ya no será un miedo sin fundamento: tendrá una prueba irrefutable de que el mundo quiere matarlo. La paradoja del cuento es que el personaje tenía razón, pero no por los motivos que creía. Abrazos virtuales desde Venezuela
ResponderEliminarHola, Raquel. Evidentemente, después de este último episodio, real y nada imaginario, el pobre hombre tendrá motivos más que suficientes para seguir sufriendo su mal, amentado y perenne.
EliminarUn abrazo.
Pues casi la vago porqie pensé que la criptococosis era una enfermedad inventada ( por lo de "cripto", ), pero psarece que sí que existe. Aqui la hipocondría fumcilnó como catalizador para coger una enfermedad real.
ResponderEliminarRelato con final inesperado.
Abrazooo
Pues sí, la criptococosis existe, para desgracia de mi protagonista, je, je. Si hasta ese momento, los males del hipocondríaco no eran reales, sino mentales, por la posibilidad de contraer cualquier enfermedad, en este caso la maldita paloma le dio la razón y su temor se hizo realidad.
EliminarUn abrazo.
Hola Josep, un relato que desde el principio arrastra una sombra fatalista, y ya el final es la guinda del pastel. Muy conseguido. Abrazos.
ResponderEliminarHola, Ainhoa. El hombre parecía condenado al aislamiento de por vida, y así acabó siendo, para su desgracia.
EliminarUn abrazo.
La profecía autocumplida. Así nos va muchas veces cuando pensamos en lo peor y ese pensamiento ya es en sí parte del problema. Un saludo y gracias.
ResponderEliminarNuestra mente es a veces nuestro peor enemigo, pero quizá también tendrá algo que ver la Ley de Murphy, je, je.
EliminarUn saludo y gracias a tí por venir a leerme.
Hay quien dice que la negatividad atrae cosas malas así como el ser positivo atrae cosas agradables. La hipocondria es horrible, quien la padece no encuentra la paz. En este caso, me parece que se cumple lo de "atraer cosas malas". A tu protagonista no podía irle peor. Nos haces sentir el miedo y la desesperación por tanto pensamiento fatalista que en este caso, resultó premonitorio. Me gustó mucho tu propuesta. Abrazo fuerte.
ResponderEliminarEso es my cierto, Ana. La negatividad atrae negatividad. Cuando, por ejemplo, haces algo con desgana y pensando en que saldrá mal, hay muchas probabilidades de que así sea. La actitiud es muy importante.
EliminarUn abrazo.
Ay, pobre hombre, aún sin salir de casa lo alcanzó la desgracia. Muy buen micro, Josep, cargado de tensión y una atmósfera de fatalidad imposible de sortear.
ResponderEliminarNo fue más que un accidente doméstico que no pudo evitar, demostrando así que la peligrosidad también reside en casa, je, je.
EliminarMuchas gracias por tu comentario, Marta.
Un abrazo.
Hola, Josep Mª
ResponderEliminarcuando una persona es hipocondriaca, es desgraciada. Le persigue la negatividad y no sabe cómo escapar de ella.
Paso también a saludarte.
Un abrazo y buen día.
Hola, Marisa.
EliminarYo no me considero hipocondríaco, pero sé lo mal que se pasa cuando te acecha un peligro y no sabes si podrás sortearlo. Y quien vive inmerso en la negatividad, lo pasa todavía peor.
Un abrazo.
Pobre hombre, al final tenía razón en que vivir es peligroso.
ResponderEliminarPero es lo que hay, y sino haber pedido muerte.
Un abrazo, compañero.
Sufriendo de antemano al pensar en que pudiera acontecerle una desgracia, al final se hicieron realidad sus temores de la forma más inesperada.
EliminarUn abrazo.
Tiene que ser un calvario vivir siendo hipocondríaco. Buen relato Josep.
ResponderEliminarAbrazos.
A fin de cuentas es una enfermedad, que duele mucho con solo pensar en lo que puede ocurrir.
EliminarUn abrazo.
Pobre hombre, yo no sé si es hipocondríaco o si es que le caen todas a él. Hasta la criptococosis tenía que pillar, ja, ja. Por no hablar del accidente. No, creo que más que hipocondríaco es un tipo poco afortunado.
ResponderEliminarUn beso.
La hipocondría le llevó a sufrir de agorafobia. Y aun refugiándose en casa, a puerta cerrada, la maldición le llegó de fuera. Mala fortuna, desde luego.
EliminarUn beso.
Ser hipocondriaco es terrible, y tú protagonista sufre en silencio sus desgracias.
ResponderEliminarUn abrazo Josep
Puri
Cuando uno sufre de un mal como este, al igual que una depresión, el enfermo no reacciona a los consejos que recibe de los demás, se cierra en sí mismo y eso agrava su estado psicológico. Desde luego, tiene que ser terrible.
EliminarUn abrazo, Puri.
Qué claustrofobia me transmite este hipocondriaco. Pasarse encerrado, aislado, sin contacto, lo envuelve en una burbuja de miedo. Y dentro de esa burbuja, inhala del mismo miedo que exhala... Me pregunto si esa paloma que irrumpió y que precisamente a él lo contagio, hubiese llegado a pasar si, acaso, no estuviese antes pensándola/atrayéndola sin saberlo (aunque el texto no lo explica, pero algo intuyo).
ResponderEliminarVa un abrazo, Josep.
Encerrado sin contacto externo, en esa burbuja que mencionas, el miedo se retroalimenta y cada vez el enfermo se siente peor. Ignoro si esa paloma estaba predesinada a penetrar en su casa para contagiarle esa enfermedad potencialmente mortal. Pero eso ya es otra historia, je, je.
EliminarUn abrazo.
Jop, Josep, eso sí que es mala suerte, y con todo lo que está pasado con las heces de rata más aún. Creo que todos somos un poco hipocondriacos, algunos crónicos otros sujetos a algún trance pasado o por venir. La pandemia ha dado cuenta de ello, y, aunque los hábitos sanitarios siempre vienen bien, creo que a vece nos pasamos.
ResponderEliminarPor otro lado, ese libro sí que lo leí, pero porque el anterior del mismo autor (el juego del angel ñ, creo que se llamaba) me encantó y atrapó comp pocos. Ese ya no me dijo mucho, pero es también entretenido.
Muchas gracias por participar, Josep. Y un fuerte abrazo
Yo no me considero hipocondríaco, por lo menos en el sentido estricto, pero sí es cierto que a veces me prreocupo más de lo debido cuando me siento mal y nadie sabe decirme la causa, je, je.
EliminarDe este autor, me leí las cuatro entregas que se iniciaron con La sombra del viento, que me gustó tanto que la he leído tres veces, algo inaudito en mí. Y la verdad es que el resto me gustaron, pero mi satisfacción fue decayendo hasta llegar al último, El laberinto de los espíritus, que me dejó un tanto frío, algo que desgraciadamente suele ocurrir con la mayoría de sagas.
Muchas gracias por venir a leerme y por haberme dado la oportunidad de escribir algo original (o al menos eso creo), je, je.
Un fuerte abrazo.
La vez en que no le hicieron caso tenía razóm.
ResponderEliminarY su vida pasó a estar en peligro.
Si se recupera, no se lo podrán discutir.
Saludos
Es lo que ocurre con los que se quejan demasiado: que nadie les hace caso y luego sucede lo que sucede. Y, ciertamente, si se recupera tendrán que darle la razón.
EliminarUn saludo.
Hola Josep Maria! Me ha encantado tu relato, parece que el grado de hipocondría del protagonista es letal, más grave incluso que cualquier otra enfermedad! Ha de ser un sentimiento terrible, ver amenazada la salud de uno con cualquier cosa! Un abrazote!
ResponderEliminarHola, Marifelita. Pues sí, yo diría que hay grados de hipocndrías y la de mi protagonista es realmente severa. Ni su amigo es capaz de ayudarle a superarla, pero, claro, una enfermedad, no se supera con consejos. Lo peor de la vida de ese pobre hombre fue que sus miedos y sospechas se hicieron, desgraciadamente, realidad.
EliminarUn abrazo.
Buenas, Josep.
ResponderEliminarUf, vaya destino y mala suerte la de este personaje. No me gustaría estar en su pellejo.
Un saludo.
Irene
Muy buenas, Irene.
EliminarYo tampoco quiesiera vivir una experiencia tan terrible como esta. Mala suerte tuvo el pobre.
Gracias por pasarte.
Un saludo.
Buenas, Josep. Lo siento, pero no pude evitar reírme con tu relato. Al final, cuando uno vive pendiente de las desgracias, parece que hacen cola para entrar. Si estás todo el día imaginando catástrofes, alguna acaba encontrando la ventana abierta.
ResponderEliminarUn abrazo.
Buenas. Es muy cierto: quien vive pendiente de sus posibles desgracias, las atrae, parece estar predispuesto a enfermar.
EliminarUn abrazo.
Hola, Josep. A veces uno puede reírse de las situaciones en las que la hipocondría le juega una mala pasada. Pero lo cierto es que debe ser terrible padecerla por ese miedo constante que genera.
ResponderEliminarMuy buen relato
Hola, Mirna. Suele ser muy frecuente que quien no ha experimentado nunca esta dolencia psicológica, se lo tome a risa, pues cree que quien la padece finge sentirse enfermo para que le compadezcan y esa actitud empeora todavía más la hipocondría, pues el enfermo se siente incomprendido.
EliminarUn abrazo.
¡Hola Josep! Me encanta que la primera frase que te inspira este relato pertenezca a la tetralogía del Cementerio de los libros olvidados. Justo este mes me he releído el primero de ellos, La sombra del viento.
ResponderEliminarHas escrito un muy buen relato, en el que nos narras como podría ser la vida de una persona hipocondriaca. Nos haces sentir sus temores y el miedo que le genera salir a la calle. Nos traes además un tema muy interesante porque nos ayuda a reflexionar como a veces, como sociedad, nos tomamos a la ligera este tipo de enfermedades (hipocondría, ansiedad, depresión, etc.) que como no se ven, parece que tampoco existen o nos las tomamos como menos malas pero luchar contra tu propia mente debe ser algo agotador.
Un saludo.
Hola, Rocío. De Ruiz Zafón creo que he leído todas sus novelas, pero la serie de La sombra del viento siempre la tendré en mi mente, aunque, como he dicho en alguno de mis comentarios, en mi opinión, fue perdiendo fuelle a lo largo de la tetralogía. Haber ido a parar a El preisionero del cielo fue auténtica casualidad y esa casualidad me llevó a escribir esta historia.
EliminarMe alegro que mi relato te haya hecho sentir todo lo que comentas y reflexionar sobre el modo en que la sociedad, todavía hoy, considera a los que padecen una enfermedad mental, como si de un estigma se tratara.
Un saludo.
Totalmente de acuerdo con lo que dices sobre Zafón y su tetralogía. Los dos primeros (La sombre del viento y El juego del ángel) me gustaron muchísimo. El que has usado tu para este reto (El prisionero del cielo) ya no me gustó tanto y el último (El laberinto de los espíritus) me pareció excesivamente largo y lento. Todos los demás que tiene me encantan.
EliminarY, como bien dices, que bonita casualidad que hayas ido a parar a esa novela.
Espero que poco a poco, como sociedad, vayamos eliminando ese estigma del que hablas en tu relato.
Hola Josep. La hipocondría es una enfermedad a la que no se le suele dar mucha importancia, pero lo cierto es que puede convertir la vida en una pesadilla. Y, curiosamente, la vez que no le hicieron caso, el pobre tenía razón.
ResponderEliminar¡Muy buen aporte! Un saludo de Marlen
Cuando se habla de enfermedades mentales, generalmente se refieren a ansiedad, depresión, TOC, etc., pero nunca he oído hablar de la hipocondría que, de hecho da lugar a todo lo anterior. A mi protagonista, salvo ese amigo que intentó traquilizarlo, aunque sin llegar a comprender la gravedad del caso, nadie se preocupó por él y así se fue al pobre.
EliminarUn saludo, Marlen.
Hola, Josep, me ha resultado tan realista y dolorosa la realidad de tu micro que evidencia una enfermedad corrosiva internamente a la que quizás no se le presta la debida atención. Excelente la forma en que narras esas vivencias, o mejor digo, esas no vivencias por miedo a la misma vida. Una enfermedad donde el miedo es el causante de todo mal, y desde luego, atraes a lo que le temes por la fijación mental en ello. Un abrazo
ResponderEliminarSon muchos los que sufren en silencio sus males mentales sin que a nadie le interese su curación y nadie vele por su bienestar. En esta historia, solo un amigo intentó echarle una mano, pero es bien sabido que los que padecen estas enfermedade mentales no suelen dejarse ayudar.
EliminarSi uno se obsesiona con que algo malo le pasará, es muy probable que así ocurra, como si su mente atrajera las desgracias.
Un abrazo.