Érase una vez un viejo oficinista que
llevaba más de sesenta años trabajando en la misma Empresa. Quería jubilarse,
pero no le dejaban. Le decían que era imprescindible en el puesto que ocupaba.
Pero él sabía la verdad: su salario era tan exiguo que no encontrarían a nadie
dispuesto a trabajar por esa miseria. Todo el personal de la Empresa era mayor,
por idéntico motivo, pero Juan era, con diferencia, el más viejo y el más
antiguo.
Pero,
además, resultaba que la pensión de jubilación seria todavía más ridícula, si
cabe, y todo por haberse dejado engañar con aquello de que «pero si todavía eres muy joven. Ya te daremos el alta a
la Seguridad Social más adelante, cuando seas más mayor, que las cosas, ya lo
ves, no marchan demasiado bien ahora mismo». Y eso duró la friolera de cuarenta años.
Entró a
trabajar en Casa Miserias, como llamaban en el pueblo a la fábrica de
tractores, cuando Juan Honrado tenía quince años y don Negrero, el dueño,
cuarenta. Ahora él iba camino de los ochenta, el dueño estaba muerto y
enterrado hacía un montón de años y los que llevaban ahora el negocio eran su
único hijo y un socio, un tal Julián Explotador.
Juan nunca
había estado enfermo, nunca había faltado al trabajo. Entraba el primero y
salía el último. Y así cada día laborable, de siete en punto de la mañana a
siete y pico de la tarde. Orgulloso de su trabajo en Negrero e Hijo, S.L.,
primero, y en Negrero & Explotador, S,L., después, declaró en más de una
ocasión que pensaba morirse al pie del cañón. Lo que no se imaginaba cuando lo
dijo es que ese cañón fuera tan pesado, resistiera tanto tiempo y que a su edad
todavía le tendría que sacar brillo.
El día de
su octogésimo aniversario, un lunes que haría historia, fue el primer día de su vida laboral que pidió fiesta
en el trabajo. Nunca antes lo había hecho, ni cuando Ignacio, su hijo, nació.
Pero ahora tenía un motivo muy importante y no era la celebración de su
cumpleaños: le habían llamado del hospital. Ignacio había sufrido un accidente
con la moto y lo habían entrado en el quirófano. Parecía grave.
A Luisa, su
mujer, no le diría nada, tampoco lo entendería. Solo se lo dijo a Mercedes, su
cuidadora, un miembro más de la familia, y, claro está, al señor Negrero hijo.
─¿Qué puede
hacer usted en el hospital? Solo molestar. ¿No ve que no podrá ver a su hijo,
hombre de Dios? Vaya cuando haya terminado su jornada de trabajo, que ya habrá
salido del quirófano ─le dijo, señalándole con la mirada la puerta del despacho
para que volviera a su puesto. Pero al observar que Juan hacía caso omiso de su
consejo y tomaba su abrigo, la bufanda y la bolsa de mano, dispuesto a
marcharse, le amonestó:
─Señor… este…, mire que si se va antes de la hora le tendremos que descontar de su salario las horas perdidas y los tiempos no están para perder dinero así como así.
Al día siguiente, Juan llegó tarde al trabajo, un hecho extraordinario que no pasó desapercibido por nadie. Todos se imaginaban lo peor: «pobre hombre, una mujer mentalmente discapacitada y ahora el hijo, vete a saber como habrá quedado, eso si sigue con vida» ─pensaban.
Eran las
diez y diez, cuando Juan entró en la oficina con paso decidido y cara de
felicidad, y antes de que el señor Romualdo Facha, el jefe de personal, le
pudiera reprender, dijo en voz alta:
─He venido
a recoger mis escasas pertenencias. Mucho gusto y que lo pasen bien ─iba a
decir «y que les den por
culo», pero se reprimió. Y dirigiéndose al señor Facha, que lo
miraba boquiabierto, añadió: ─ya me dirá cuando puedo pasar a firmar la
liquidación. ¡Hasta luego! ─gritó mientras sacudía un papelito como quien agita
una banderita como señal de bienvenida a un mandatario extranjero. Y dándose la
vuelta, salió por la puerta como alma que lleva el diablo, como si tuviera
miedo de que lo atraparan y no pudiera salir de allí nunca más.
─¿Qué
llevaba el señor… este… en la mano? ─preguntó el socio de Negrero, conocido por
el personal como «el señor
tocacojones», que estaba
presente.
─Pues no
estoy seguro, señor tocacoj…, quiero decir señor Explotador, pero parecía un
boleto de lotería.
Tras el
alivio del muchacho al comprobar que el boleto seguía en su cartera, gritó a
voz en cuello:
─Corre,
papá, corre, ve al banco e ingresa este boleto. ¡Somos millonarios!
─Ahora voy,
hijo, tranquilo ─le contestó Juan. Y después de pensárselo unos segundos,
añadió─. Pero antes tengo que pasar por la oficina, pues tengo que liquidar un
asunto pendiente.

Pues colorín colorado este cuento es extraordinario, jajaja.
ResponderEliminarMe estaba dando una rabia mientras leía como este hombre estuvo explotado toda su vida... menos mal que le pusiste un final feliz, :))).
Me ha gustado mucho Josep.
Siempre un gusto leer tus historias.
Un abrazo y buen fin de semana.
Hola, Elda! No es un cuento infantil, pero no deja de parecerlo, sobre todo por su final feliz.
EliminarMe alegro que te haya gustado y que sigas siendo una de mis seguidoras más fieles. Con el tiempo he ido perdiendo lectore/as, pero tú sigues ahí desde hace un montón de años, casi desde el inicio de este blog. Y hay quien, habiendo abandonado su propio blog, ha dejado de pasar por los que seguía, como si dejar de escribir implicara dejar de leer. Con esto no quisiera que te sintieras obligada a venir a leerme continuamente, pero de hacerlo, me alegraría mucho.
Un beso.
Hola Josep, no te pasa solo a ti lo de perder lectores, yo lo he notado mucho también. Pero me parece bastante normal que los blogs que se van, no vuelvan a leer a los demás porque eso pasa en vacaciones y cuando se aleja uno aunque sea por un tiempo se deja de entrar en el propio blog y por lo tanto en los demás. Yo tampoco te he leído cuando he estado dos meses sin aparecer por aquí salvo alguna vez que he venido a curiosear, :))). Tu sigue escribiendo que tus historias son de lo más entretenidas y merece la pena introducirse en ellas.
EliminarUn abrazo y que tengas una buena semana.
Menos mal que ha acabado bien este cuento de oficinistas porque sino pido reclamaciones al escritor del mismo. Que ya está bien que este pobre hombre haya perdido su vida a manos de estos H d P como para que la suerte no le sonriera por una vez.
ResponderEliminarUn abrazo.
Viendo lo injustamente que era tratado el pobre Juan, me he visto en la obligación de compensarlo de algún modo y qué mejor que un buen pellizco de la lotería, porque supongo que su hijo será mucho más generoso que sus jefes, je, je.
EliminarUn abrazo.
M'han agradat molt els mots que has utilitzats per nombrar als caps d'aquesta empresa. ;-)
ResponderEliminarHe de dir que m'hi he vist reflectida en aquest pobre home, bé ara no tan pobre, tot i que jo no vaig tenir tanta sort com ell.
Molt ben escrit, enhorabona!
Aferradetes, Josep Mª.
Els cognoms d'aquests impresentables guarda una estreta relació amb la seva personalitat, jugant amb la ficció humorística, a diferència dels de Cabré, Moliner, Ferrer, etc. que tenen el seu origen real en les professions dels seus avantpassats.
EliminarSento si aquest conte t'ha fet recordar moments desagradables de la teva vida laboral, no era la meva intenció remoure mals records a ningú, obviament, però entenc que això pugui passar. Jo mateix podria parodiar moltes de les meves (males) experiències a la feina. Qui no en té?
Aferradetes, Paula.
Creo que todos nos hemos quedado muy satisfechos con un final feliz.
ResponderEliminarUn abrazo.
No podía ser de otro modo. Todo cuento que se precie, debe tener un final feliz y así todos contentos.
EliminarUn abrazo.
Ya que no en la vida, al menos en la literatura se puede hacer justicia. Muy bueno tu relato y muy... justo.
ResponderEliminarUn beso.
Pues sí, en la literatura podemos soñar cosas buenas, en contraposición de la vida real en la que, por desgracia, domina la injusticia.
EliminarUn beso.
Algunas veces las historias acaban bien, ¡menos mal!
ResponderEliminarEspero que tengas un buen día.
Un abrazo, Josep Mª
Muy cierto, Marisa, y esta es una de ellas, je, je.
EliminarGracias por visitar mi blog.
Un abrazo.