sábado, 23 de mayo de 2026

Al principio sentí miedo

Este relato tiene ya 13 años de existencia. Lo publiqué al poco de abrir este blog, y como no tuvo mucha aceptación, por no decir ninguna, habida cuenta de que no obtuvo comentario alguno, me ha parecido oportuno darle una segunda oportunidad pues le tengo un cierto cariño. Dado el tiempo transcurrido, me ha parecido oportuno insertar la nota aclaratoria que encontraréis al pie del texto.


Al principio sentí miedo, pues debía afrontar lo desconocido a solas. Si me capturaban, nadie vendría en mi ayuda. Estaba en un planeta inhóspito para mí. Era una misión fundamental y no podía defraudarles. Había tenido que esperar muchos años para poder participar y allí estaba, al fin.

Era la primera vez que la visita a este planeta tenía como objetivo establecer contacto con sus habitantes. La misión tenía un riesgo importante, pues no sabíamos cómo reaccionarían esos seres tan agresivos si me descubrían. Por mi parte, sólo verlos me producía un gran espanto, pero estaba decidido a cumplir con mi tarea hasta las últimas consecuencias.

Me habían dado sólo tres días para mezclarme con ellos, conocer sus actividades y costumbres, investigar su hábitat y su vida gregaria, y aprender, aunque sólo fuera rudimentariamente, su lenguaje. Todo tenía que hacerlo sin levantar sospechas. Luego, debía volver a la nave con todo el material y abandonar ese planeta sin que me vieran despegar. Toda esa información sería vital para saber hasta qué punto podríamos, en un futuro, establecer con ellos un contacto directo y pacífico.

Habían sido muchos los años de preparativos e inversiones millonarias y todo en el más absoluto secreto. Primero, logramos convertir su atmosfera en respirable gracias a ese convertidor de gases que me implantaron en mi cavidad bucal, luego conseguimos emular su aspecto físico con una especie de segunda piel, un trabajo magnífico de nuestros ingenieros del departamento de síntesis de polímeros. Pero no fue hasta que conseguimos mimetizar la nave con el entorno cuando el proyecto recibió luz verde.

¡Y pensar que todo nació a partir de esos especímenes que habíamos logrado capturar años atrás! ¡Vaya revuelo que se armó! Que si el gobierno conocía la existencia de vida en otros planetas y lo negaba, que si se habían capturado unos seres de una nave alienígena y se estaba experimentando con ellos, etc. Hasta ahora habíamos logrado ocultar todas las pruebas pero, de salir bien esta misión, el gobierno estaba decidido a revelar la verdad.

Y ahí estaba yo, con mi traje de camuflaje, una réplica perfecta de su caparazón externo, incluida esa vestimenta tan extravagante con la que se cubren. Lo único que desentonaba un poco era mi estatura, quizá demasiado alta para ellos, pero luego me tranquilicé al comprobar que también había individuos de mi complexión, aunque fueran más bien pocos.

Cuando aterricé era de noche en esa cara de su planeta. Afortunadamente, las luces que despedían sus madrigueras me ayudaron a ubicarme y dirigir mis pasos hacia mi primer objetivo: una estructura baja y rectangular rodeada por un muro no más alto que yo que, supuse, debía actuar de defensa.

Pero lo peor vino después, pues cuando acababa de franquear la entrada exterior de ese insólito habitáculo, un ser extraño que no teníamos catalogado, surgido de entre la oscuridad, se abalanzó sobre mí profiriendo unos horribles aullidos. Creía que me iba a despedazar. Sus rugidos debieron despertar a los habitantes de la guarida porque, de repente, se encendieron más luces y poco después sentí cómo los colmillos de esa bestia se clavaban con fuerza en una de mis piernas, impidiéndome huir. Acababa de realizar mi primera incursión y ya había sido descubierto. Debía comportarme con la máxima naturalidad si quería sobrevivir, hacerme pasar por uno de ellos, ese era el plan, pero era incapaz de articular una sola palabra sin desenmascararme.

El pánico se apoderó de mí. Tantos preparativos para eso. Tenía que aplicar el plan B. Lo único que debía hacer, para empezar, era simular una incapacidad para emitir sonido alguno. Me mostraría dócil y ya vería el modo de escaparme cuando estuvieran más confiados.

Pero lo que debería haber sido un breve cautiverio, tras el cual podría reanudar mi proyecto en otra parte, se ha convertido en algo que nunca hubiera llegado a imaginar.

Siento que, después de tantos años de esfuerzos, les haya fallado de esta forma, pero quién me iba a decir a mí que me encontraría con algo así, algo superior a mis fuerzas. No me habían preparado para esto.

Según su calendario solar, han pasado ya tres años. He aprendido su lenguaje, si bien ellos creen que me han enseñado a hablar tras superar un problema de  fonación. Su aparente agresividad no es tal y se han mostrado conmigo muy sociables. Me han acogido como a uno de los suyos, pues eso es lo que creen que soy. Mucha inventiva he tenido que utilizar para que no descubrieran mi origen y mis intenciones. Aunque he tenido que hacer un esfuerzo de adaptación, me siento muy bien entre ellos. Y es que, la verdad sea dicha, viven mucho mejor que nosotros. Aunque están más atrasados en algunos aspectos, en otros nos llevan la delantera. Lo único a lo que no me he acostumbrado todavía es a su régimen alimenticio, pero tengo entendido que no en todas las zonas del planeta se alimentan igual. Tendré que explorar.

Me siento como un traidor pero me he acabado adaptando tan bien a su forma de vida que ya no quiero volver y, aunque sé que me han estado buscando, este disfraz que ellos mismos diseñaron está resultando ser un perfecto sistema de camuflaje pues con sólo unos retoques ya no parezco el mismo. Sólo espero que esta segunda piel resista bien el paso del tiempo y que, antes de que se deteriore y deje de serme útil, haya podido disfrutar mucho tiempo de esta nueva vida.

No quiero ni pensar qué harán conmigo cuando llegue el momento de la verdad, cuando descubran que han sido engañados durante tanto tiempo. Y respecto a mis congéneres, espero que, cuando por fin me encuentren, sean indulgentes conmigo. No sé si me comprenderán, no sé si entenderán mi debilidad, lo que me ha motivado a traicionarles, porque me resultará difícil de explicar qué es eso del sueño americano*.

 

*En la actualidad, este concepto es objeto de un amplio cuestionamiento, pues factores económicos y políticos han modificado ostensiblemente el panorama (nota del autor).

 

sábado, 16 de mayo de 2026

El corredor

 


Ya ha llegado ese momento tan esperado como temido. Después de 10 largos años, hoy, por fin, he tomado mi última cena, solo en esta celda que ha sido mi hogar desde ese maldito día en que me sentenciaron a la pena capital.

La pena capital. Desde luego suena mejor que pena de muerte, pero el final es irremediablemente el mismo. Unos dicen que no duele, que la inyección letal, o debería decir las inyecciones, no causan dolor alguno, pero Lauson me contó que a un tío no se las aplicaron correctamente y se retorcía del dolor ante la mirada estupefacta del médico y alguna que otra sonrisa maliciosa por parte de esa audiencia que tiene que dar fe de que la sentencia se ha cumplido, que no sé por qué hará falta tanta gente para eso. ¡Y pensar que mi mujer estará allí, tras ese cristal, viendo cómo acaban conmigo!

Desgraciadamente fui incapaz de demostrar mi inocencia pues me tocó un abogado de oficio muy poco curtido en estas lides. Por lo menos se dignó a cursar una petición de clemencia al gobernador, aunque Lauson, siempre con sus malos augurios, me ha dicho que ese gobernador no ha suspendido ni una sola ejecución en lo que lleva de mandato, pero mi abogado dice, y en eso lleva razón, que no hay que perder jamás la esperanza.

Hoy, a las seis, me han servido mi última cena. Me preguntaron que qué me apetecía. ¡Cómo me iba a apetecer algo de comer cuando sólo me quedaban unas horas de vida! Nunca he entendido ese absurdo privilegio. Es casi una broma de mal gusto. Disfruta, disfruta comiendo, que antes de que hayas completado la digestión estarás dentro de una bolsa de plástico.

A las 8:00 p.m. será la ejecución. Dentro de media hora todo habrá terminado. La cuenta atrás ya ha empezado. Si por lo menos el gobernador tuviera un mínimo sentido de la justicia. Pero siendo yo negro mis posibilidades son remotas, al menos eso es lo que dice Lauson, pero bien pensado qué sabrá él. Lauson. es el típico aguafiestas, todo lo ve tan negro como su arrugada piel. Le encanta dar malas noticias. Es un amargado y parece que le complace amargar a los demás.

Ya vienen a por mí. Tampoco he entendido nunca esa costumbre de llevar a los reos hacia la sala de ejecución encadenados de pies y manos. ¿Acaso creen que podría escapar de esta cárcel de alta seguridad estando rodeado de esos cuatro tíos que son como armarios? Teatralidad hasta el último momento. Teatralidad casi esperpéntica.

Ahí está el teléfono y ese hombre pegado a él debe ser quien, en caso de que el gobernador llame para detener este sinsentido, dará la orden que me salvará de la ejecución.

Hacía muchos años que no rezaba y esta última semana no he hecho otra cosa, día y noche. Quiero creer que realmente hay otra vida y que allí, sea adonde sea que vaya, sí hay justicia. Y es que todo esto se me antoja irreal. Todo esto parece una pesadilla de la que no consigo despertar.

Ya estoy atado, me están poniendo las vías y el maldito teléfono sin sonar. Veo de refilón que el reloj de la pared marca las 7:55. Todavía quedan cinco minutos de esperanza pero, si ha tenido todo el día para llamar, ¿cómo va a esperar a los últimos cinco minutos para hacerlo? La esperanza es lo último que se pierde pero ya no me queda ni un ápice.

¡Qué lentamente pasa el tiempo! Sólo ha transcurrido un minuto. No sé qué me está diciendo el padre MacGregor. Debe ser la ansiedad pero no entiendo lo que dice aunque a mí lo único que me interesa es que al gobernador le asalte un atisbo de lucidez, comprenda que las pruebas eran tan sólo circunstanciales y acabe albergando una duda razonable. Quizá sea mucho pedir a alguien tan a favor de la pena de muerte.

¡Ya sólo falta un minuto! Esto es el fin. Sesenta segundos y todo habrá acabado. Allá el gobernador y su conciencia. Yo me voy con la mía tranquila. Soy inocente y se va a perpetrar una terrible injusticia, pero estoy en manos de los hombres y, por lo tanto, de una justicia imperfecta.

Diez, nueve, ocho… Dios mío, que suene el teléfono, que suene por favor, que suene aunque sea en el último segundo.

¿Qué? ¿Qué? ¡Está sonando, está sonando, por fin, por fin, estoy salvado! ¿Pero es que nadie lo coge? ¿Están sordos o qué? ¿Por qué está todo tan oscuro? ¿Qué es este pitido tan endiabladamente familiar? ¿Dónde estoy?, ¿Y qué hora es? ¡Son las ocho! ¡Caramba, qué alivio! ¡Vaya pesadilla! ¡Y qué susto me ha dado este maldito despertador! Tendré que cambiarlo, pues hace un ruido infernal. Me tiene harto, no lo soporto. Cada día igual. Ya decía yo que la marca Lauson no era de las buenas.

                                                                          

 

*Imagen: Shujaa Graham, que pasó cinco años (1976-1981) en el corredor de la muerte de San Quintín hasta que fue absuelto.


sábado, 9 de mayo de 2026

El hipocondríaco

 


Al contraluz de la calle, su silueta semejaba un tronco azotado por el viento.

Era la primera vez que salía tras el accidente que casi acaba con su vida. Era incapaz de abandonar su piso, su refugio más seguro. Para limpiar la casa, ir a la compra y evitar cualquier accidente doméstico, había contratado a una asistenta.

Por mucho que me esforzaba en ayudarle a mitigar sus temores, mis consejos caían en saco roto.

Hasta que un día, de madrugada, decidió salir por fin de casa, pues a esa hora tan temprana, con las calles vacías, quería probar si era capaz de superar sus miedos. Pero no fue así. Un inesperado vendaval le hizo desistir y, dando media vuelta, subió las escaleras de dos en dos, pues el ascensor era otra fuente de desgracias a evitar.

La última vez que fui a verle, lo encontré terriblemente asustado y tosiendo violentamente. La asistenta había abierto el balcón para airear el salón y había entrado una paloma que revoloteó por toda la estancia hasta que pudieron echarla a bastonazos, y como esos animales pueden transmitir muchas enfermedades, temía que la inhalación del polvo contaminado con las heces y las pluma de esa asquerosa ave pudiera enfermarlo gravemente. Y no se equivocó.

Ahora está en la UCI afectado de una criptococosis, una infección fúngica grave que le ha afectado los pulmones y el sistema nervioso central. Las enfermeras me han contado que cuando lo trajo la ambulancia, sus gritos de terror se oían desde la calle.

Si sale de esta, su hipocondría le durará toda su vida.

 

 

La primera frase pertenece a “El prisionero del cielo”, de Carlos Ruiz Zafón

 


sábado, 2 de mayo de 2026

Un cuento de oficinistas

 


Érase una vez un viejo oficinista que llevaba más de sesenta años trabajando en la misma Empresa. Quería jubilarse, pero no le dejaban. Le decían que era imprescindible en el puesto que ocupaba. Pero él sabía la verdad: su salario era tan exiguo que no encontrarían a nadie dispuesto a trabajar por esa miseria. Todo el personal de la Empresa era mayor, por idéntico motivo, pero Juan era, con diferencia, el más viejo y el más antiguo.

Pero, además, resultaba que la pensión de jubilación seria todavía más ridícula, si cabe, y todo por haberse dejado engañar con aquello de que «pero si todavía eres muy joven. Ya te daremos el alta a la Seguridad Social más adelante, cuando seas más mayor, que las cosas, ya lo ves, no marchan demasiado bien ahora mismo». Y eso duró la friolera de cuarenta años.

Entró a trabajar en Casa Miserias, como llamaban en el pueblo a la fábrica de tractores, cuando Juan Honrado tenía quince años y don Negrero, el dueño, cuarenta. Ahora él iba camino de los ochenta, el dueño estaba muerto y enterrado hacía un montón de años y los que llevaban ahora el negocio eran su único hijo y un socio, un tal Julián Explotador.

Juan nunca había estado enfermo, nunca había faltado al trabajo. Entraba el primero y salía el último. Y así cada día laborable, de siete en punto de la mañana a siete y pico de la tarde. Orgulloso de su trabajo en Negrero e Hijo, S.L., primero, y en Negrero & Explotador, S,L., después, declaró en más de una ocasión que pensaba morirse al pie del cañón. Lo que no se imaginaba cuando lo dijo es que ese cañón fuera tan pesado, resistiera tanto tiempo y que a su edad todavía le tendría que sacar brillo.

El día de su octogésimo aniversario, un lunes que haría historia, fue el primer día de su vida laboral que pidió fiesta en el trabajo. Nunca antes lo había hecho, ni cuando Ignacio, su hijo, nació. Pero ahora tenía un motivo muy importante y no era la celebración de su cumpleaños: le habían llamado del hospital. Ignacio había sufrido un accidente con la moto y lo habían entrado en el quirófano. Parecía grave.

A Luisa, su mujer, no le diría nada, tampoco lo entendería. Solo se lo dijo a Mercedes, su cuidadora, un miembro más de la familia, y, claro está, al señor Negrero hijo.

─¿Qué puede hacer usted en el hospital? Solo molestar. ¿No ve que no podrá ver a su hijo, hombre de Dios? Vaya cuando haya terminado su jornada de trabajo, que ya habrá salido del quirófano ─le dijo, señalándole con la mirada la puerta del despacho para que volviera a su puesto. Pero al observar que Juan hacía caso omiso de su consejo y tomaba su abrigo, la bufanda y la bolsa de mano, dispuesto a marcharse, le amonestó:

─Señor… este…, mire que si se va antes de la hora le tendremos que descontar de su salario las horas perdidas y los tiempos no están para perder dinero así como así.

Al día siguiente, Juan llegó tarde al trabajo, un hecho extraordinario que no pasó desapercibido por nadie. Todos se imaginaban lo peor: «pobre hombre, una mujer mentalmente discapacitada y ahora el hijo, vete a saber como habrá quedado, eso si sigue con vida» ─pensaban.

Eran las diez y diez, cuando Juan entró en la oficina con paso decidido y cara de felicidad, y antes de que el señor Romualdo Facha, el jefe de personal, le pudiera reprender, dijo en voz alta:

─He venido a recoger mis escasas pertenencias. Mucho gusto y que lo pasen bien ─iba a decir «y que les den por culo», pero se reprimió. Y dirigiéndose al señor Facha, que lo miraba boquiabierto, añadió: ─ya me dirá cuando puedo pasar a firmar la liquidación. ¡Hasta luego! ─gritó mientras sacudía un papelito como quien agita una banderita como señal de bienvenida a un mandatario extranjero. Y dándose la vuelta, salió por la puerta como alma que lleva el diablo, como si tuviera miedo de que lo atraparan y no pudiera salir de allí nunca más.

─¿Qué llevaba el señor… este… en la mano? ─preguntó el socio de Negrero, conocido por el personal como «el señor tocacojones», que estaba presente.

─Pues no estoy seguro, señor tocacoj…, quiero decir señor Explotador, pero parecía un boleto de lotería.

 

 Aquella mañana, cuando Ignacio despertó, vio a su padre sentado a los pies de su cama. Al verle, puso unos ojos como platos y, mirándole con cara de loco, empezó a agitar los brazos enyesados de tal manera que parecía un pájaro despavorido que intenta volar y no puede. «La cartera, la cartera», gritaba mirando a su alrededor como quien ha perdido algo muy valioso. Y es que la suerte llega cuando uno menos se la espera. El pobre chaval, iba tan excitado conduciendo su moto, porque le había tocado el primer premio del “cuponazo de la ONCE”, seis millones de euros, ni más ni menos, que no se percató de que el semáforo estaba en rojo y, claro, pasó lo que pasó.

Tras el alivio del muchacho al comprobar que el boleto seguía en su cartera, gritó a voz en cuello:

─Corre, papá, corre, ve al banco e ingresa este boleto. ¡Somos millonarios!

─Ahora voy, hijo, tranquilo ─le contestó Juan. Y después de pensárselo unos segundos, añadió─. Pero antes tengo que pasar por la oficina, pues tengo que liquidar un asunto pendiente.

 Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.