Este blog debe su nombre al hecho de que
cuando lo inauguré tenía pensado, y así fue durante un tiempo, escribir en él
mis vivencias reales durante la infancia, juventud y madurez, en forma de
recortes o “retales” vitales. Al poco, dada mi afición por las historias de
ficción, lo fui llenando de relatos imaginados e imaginarios. Pero hoy hago una
excepción al relatar una historia entre la ficción y la realidad, lo que podría
decirse una historia basada en un hecho real, el que conforma el nudo del relato; el
resto es pura invención. Si queréis más información sobre él, os invito
a visitar mi blog Cuaderno de bitácora y concretamente mi post titulado Adiós
mi querido amigo VER AQUÍ.
César, viudo desde hacía quince años y recientemente
jubilado, acababa de perder a su preciada mascota, un perro mestizo al que
había adoptado, tras la muerte de su mujer, cuando este solo contaba con dos
meses. Le puso por nombre Peludo porque de toda la camada nacida de una perrita
abandonada, era el único cubierto por abundante pelo color canela, un pelo
suave y sedoso que todos los que lo acariciaban alababan.
Había sido un buen perro, tranquilo y obediente. César solo
se separaba de él cuando iba al trabajo y al volver a casa, Peludo le recibía
con una inmensa alegría, moviendo la cola y trayéndole prendido de su boca
algún objeto de valor para él. Nadie, jamás, había mostrado tanto entusiasmo al
verle llegar del trabajo, se decía. Eran amigos inseparables, de ahí que le
echara tanto de menos.
Necesitó varios meses para llegar a la última etapa del
duelo, la de la aceptación. Aun así, todo le recordaba a su querido amigo
perruno. Allí adonde mirara, veía a su amigo, pero el peor momento de cada día
era por la mañana, al levantarse, salir al comedor, donde Peludo dormía en su
cama y antes de encender la luz ya oía el repicar de su cola contra el parqué en
señal de bienvenida. César le correspondía con una caricia acompañada de un
“buenos días, Peludo”. Pero ahora todo era silencio, un silencio hiriente. Cualquier
perro del barrio parecido a él, por su estampa y pelaje, le rememoraba a
Peludo, produciéndole una gran nostalgia.
El último golpe sentimental lo recibió cuando el
veterinario que llevó a cabo su sacrificio le entregó sus cenizas. Volviendo a
casa con la pequeña urna biodegradable a cuestas, su peso le pareció enorme, un
peso no solo físico sino moral, reprochándose como se había producido el final
de su fiel amigo. El “y si…” lo atormentaba, y siguió atormentándolo durante
mucho tiempo.
Esa pérdida tan dolorosa para César lo sumió en una gran
tristeza cercana a la depresión. Nunca se había sentido tan solo en la vida
desde el fallecimiento de su mujer. Sus dos hijas hacía años que vivían lejos,
estaban casadas y ya le habían dado tres nietos a los que veía muy de vez en
cuando. Su vida, pues, había perdido parte de su sentido. Muchos le habían
aconsejado adoptar otro perro, por aquello de que un clavo saca a otro clavo,
pero César no contemplaba tal posibilidad. Su Peludo no tenía reemplazo en su
vida.
Viéndole tan triste y taciturno, su amigo Juan, que también
había pasado por ese mismo trance años atrás, le aconsejó que, ya que tenía
tanto tiempo libre, lo dedicara al cuidado de perros abandonados que, a buen
seguro, le resultaría gratificante. Y así, César se hizo voluntario, a tiempo
parcial, en el refugio de animales en el que tantos años atrás encontró a
Peludo.
Su amigo llevaba razón, pues contrariamente a lo que pensó
en un principio, César halló un gran consuelo buscando hogar para esos perros necesitados
de dueño y amor.
Tras un año de actuar como cuidador de perros, se percató de
que ya no se sentía solo, y no porque estuviera rodeado de animales a los que
proteger y cuidar, sino porque la presencia de Virginia, la nueva responsable
del centro de acogida, le aportaba la paz y el sosiego que tanto necesitaba.
Virginia, una mujer unos diez años menor que César, había
quedado viuda muy joven y no había querido casarse de nuevo; decía que la
compañía de aquellos animales tan necesitados de cariño la llenaba lo
suficiente como para no requerir otra compañía, especialmente la humana, pues
temía que se repitiera su mala experiencia con un hombre que nunca la amó y la
maltrató. La viudedad fue lo mejor que pudo sucederme, le confesó un día en un
momento de confidencias. El amor que recibía de “sus animales”, como ella los
llamaba, era más que suficiente para sentirse feliz.
Con el paso del tiempo, César y Virginia llegaron a
convertirse en amigos íntimos e inseparables con muchas cosas en común, y entre
ellas estaba un amor incondicional a los animales, en especial a los que tenían
a buen recaudo en su refugio. Encontrarles una familia adoptiva era lo mejor
que les podía suceder a todos, seres humanos y animales.
César y Virginia no necesitaron mucho más tiempo para
comprender que estaban hechos el uno para el otro y que su compañía mutua era
como el rescoldo de un hogar al que uno se acerca para entrar en calor, en este
caso calor humano. Ese encuentro, aparentemente fortuito ─muchas veces es
difícil distinguir entre la casualidad y la causalidad─, resultó todo un
acierto para ambos. César dejó el piso en el que vivía en la capital y se
trasladó a la casita que Virgina tenía junto al refugio.
De este modo, César volvió a ser feliz y tuvo que
agradecerle a su viejo perro no solo su cariño y compañía durante más de trece
años, sino también el haberle llevado hasta Virgina.
Tras haberse instalado junto a su nueva pareja, César rescató
la pequeña urna que contenía las cenizas de su amigo canino y las enterró bajo
uno de los olivos que guarnecían su nuevo hogar. Todas las mañanas, al
despertarse, César da los buenos días a su amada y sale al jardín a saludar a
su querido Peludo.
Ahora la vida sigue sin su compañía física, pero sigue, al
fin y al cabo, de la mejor forma posible.

Quan fa tants anys que convius amb un animal és com un més de la família, per això entenc perfectament el dol que passa el teu protagonista i el teu propi dolor.
ResponderEliminarEra molt maco en Pelut i, sembla per les fotos, molt noble.
Aferradetes, Josep Mª.
Doncs sí, Paula, la convivència amb un animal de companyia que acaba sent un membre més de la família fa que la seva pèrdua sigui molt dolorosa i el dol és pràcticament igual al que se sent quan falta un ésser humà.
EliminarAferradetes.
¡Ah, cuánto se les quiere, querido amigo! Su falta en la casa se hace notar durante mucho, mucho tiempo. Ya pasé por ello también y volveré a pasar porque ahora tengo otro "peludito" que me hace compañía. Me consuelo pensando que les he hado lo mejor, todo lo que he podido, que han llevado una buena vida a mi lado, sin carencias, pero al final les llega su hora, como nos tiene que llegar a todos. Es la Ley de la Naturaleza y contra ella no se puede luchar.
ResponderEliminar¡Ánimo!
Un abrazo
Más de un amigo me ha aconsejado que adopte a otro perro, pero me siento incapaz de hacerlo, pues no quiero volver a pasar por el mismo trance. Además, por mi edad, lo más probable es que me sobreviviera y entonces sería él, o ella, quien sufriera mi pérdida, pues los animales sienten el mismo amor por sus dueños que sus dueños por ellos.
EliminarDe momento, todo recuerdo que me lleva a él me resulta muy doloroso, aun siendo un recuerdo bonito. Pero todo llegará.
Un abrazo.
Losing a pet is tough... I had my first pug for 14 years.. this other one is now 12 years old... I don't even know what I'll do when she eventually goes forever... I'm already thinking about it :((
ResponderEliminarLosing a loving pet is so painful that I don't want to repeat the experience. My dog had a happy life at my side and this is all I want to keep into my heart.
EliminarThanks a lot for your kind comment.
Un animal que te acompaña fiel e incondicionalmente, es una experiencia que todos deberíamos tener aunque solo fuera para valorar que los animales son mucho mas nobles que muchos individuos e dos patas.
ResponderEliminarTe dejo una frase que me gustó nada más leerla: "¡Ojalá! llegue a ser tan buena persona como mi perro piensa que soy"
Un abrazo, amigo.
Sabía eso sin haber tenido jamás un animal de compañía. Veía a dueños de perros por la calle paseando con ellos y deseaba desde hace mucho tiempo poder vivir esa experiencia, pero el trabajo por un lado, el vivir en un piso y la oposición de mi mujer (por los inconvenientes que se derivan de tener un perro en casa) por otro, lo fui posponiendo. Pero cuando dejé de trabajar y vivíamos en unos bajos con una gran terraza y mi hija menor, tan amante como yo de los perros, insistió en adoptar uno, "impuse" mi postura y asumí toda la responsabilidad, lo que hizo ceder a mi mujer y nos permitió seguir con esta ilusión. Lo que vino después ya te lo puedes imaginar: más de trece años de felicidad junto a un animal dócil, cariñoso y mi mejor amigo. Comparto, pues, lo afirmado en esa frase que mencionas, pues un perro fiel no siente resentimiento alguno ni se enfada con su amo si este le reprende por algo malo que ha hecho, cosa que un humano es incapaz de hacer.
EliminarUn abrazo.
«Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro» (Diógenes).
ResponderEliminar«Es necesario buscar la flor de la amistad sobre la tumba de un perro» (Ignacio Manuel Altamirano).
«No saben hablar pero sabrán acompañar tu silencio» (Anónimo).
«Los perros son mis personas favoritas (Richard Dean Anderson).
«No hay mejor psiquiatra en la tierra que un cachorro lamiéndote la cara (Ben Williams).
«Errar es de humanos, perdonar es de perros» (Anónimo).
Un abrazo.
¡Vaya lista de frases respecto a los perros! Solo conocía la que se le atribuye a Diógenes, aunque desconocía la autoría. Me ha encantado conocerlas y coincido con lo que afirman todas elllas. Y añadiría que el amor que te dan es totalmente sincero y desinteresado.
EliminarUn abrazo.
Los perros son los mejores amigos, y también mejores que muchos familiares. Se les guarda un luto de por vida. Mi perro se murió hace 9 años y todavía a veces lo lloro. Mi perrita y yo siempre pensamos en él. Me conmovió mucho tu hermoso relato.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
Siempre había oído decir que el perro es el mejor amigo del hombre , pero no había tenido ocasión de comprobarlo. Ahora puedo afirmar que es totalmente cierto.
EliminarHe escrito este relato con una gran tristeza, por estar basado en una tristemente historia real, aunque le haya dado un final feliz, por lo menos para el protagonista masculino.
Un fuerte abrazo, Sara.
Es muy, muy doloroso, es un duelo muy difícil de vivir. Porque siempre están con uno, en las buenas, en las malas, en todas. Siempre pendientes de lo que nos sucede, para llegar corriendo a balancear nuestra vida, preocupados por equilibramos, viendo que volvamos a sonreír. Nos observan, somos todo para ellos. Y es tan poco lo que nos piden, nada, en realidad.
EliminarTe comprendo y te acompaño más de lo que puedas imaginar. Con mi perro, todo podía pasar, que no pasaba nada. Quién fuera de podía ir, quedándose él. Estaba muy sola cuando llegó y me aferré a él con todo mi ser. 18 años me acompañó.
Veo que vas camino de recuperarte un poco. Has escrito un relato hermoso y esperanzador. Yo no sé lo que sentiré cuando se muera mi gato. Hoy por hoy pienso que tal vez lo mejor sea sustituirlo por un perro, pero a saber cómo me siento. Imagino que muy mal porque llena tanto espacio, tiempo y cariño... De momento, soy de los que piensan que un clavo saca otro clavo, pero hay que verse en la situación.
ResponderEliminarUn beso.
Hola, Rosa. Las fases de mi duelo personal avanzan dos pasos y retroceden uno, pero sí, me siento con fuerzas para vivir la falta de mi Pelut con la mayor normalidad posible, aunque tengo muchos bajones en determinados momentos del día y sobre todo de la noche. Sé que llegará el día que podré ver sus fotografías, que son muchas, sin derramar una lágrima, pero para esto creo que todavía queda un poco lejos.
EliminarUn beso.
Bonito relato Josep, yo no tengo animales, pero mi hija tiene un gato que adoptó hace 16 años y veo el cariño que le tienen aunque ya se ésta haciendo mayor y está malito del riñón.
ResponderEliminarAbrazos.
Dieciséis años! Sé que los gatos son bastante más longevos que los perros. De hecho, una prima mía tuvo una gata que vivió 20 años!! Pero independientemente del tiempo que un animal de compañía haya vivido junto a su dueño, el dolor por su falta es inmenso. Solo quien ha vivido esta mala experiencia, sabe de qué hablo.
EliminarUn abrazo.
Yo tuve un perrito que tuve que sacrificar con tan solo 4 meses de edad. Después vino otro perrito que estuvo conmigo 12 años. Al primero no puedo olvidarlo, pero al segundo espero volverle a ver algún día. Fíjate si entiendo a tu protagonista incluso a ti que he leído en un comentario que has tenido que decir adiós al tuyo. Se les quiere como a un miembro más de la familia, lo que son.
ResponderEliminarSAludos.
Es muy doloroso perder a un perro con el que has convivido durante tanto tiempo y al que has querido tanto, pero la naturaleza es inflexible y, aunque cueste, tenemos que acatarla.
EliminarHay una historia en la que un niño le pregunta a su padre por qué los perros tienen una vida tan corta, y aquel le contesta algo así: "la gente viene al mundo para aprender a vivir una buena vida, cómo amar a los demás todo el tiempo y ser una buena persona. Como los perros ya nacen sabiendo hacer todo eso, no tienen por qué vivir tanto tiempo como nosotros".
Un abrazo.
Hola, Josep. Jo, es difícil encontrar palabras que sirvan de ánimo y consuelo para ti. El duelo es algo privado, personal, y solo el tiempo consigue no eliminar el dolor, pero al menos hacerlo soportable. Aun así, te mando mucha fuerza y ánimo, aunque tu hermoso relato ya me muestra que tu vitalidad sigue ahí, como en César. Ningún ser querido puede sustituirse, de hecho, nunca se van. Están ahí con nosotros, empujándonos hacia delante. Un fortísimo abrazo!!!
ResponderEliminarHola, David. Muchas gracias por tus palabras de apoyo. Nunca me hubiera imaginado sentir tanto dolor por la peérdida de un animal que me ha acomañado todos los días de su corta (al menos para nosotros, los humanos) existencia. Solo cuando le edad empezó a paserle factura comencé a sentir una temor ante su muerte, que la veía cada vez más próxima, y anticipé lo que me ocurriría cuando nos dejara, y no me equivoqué. Ahora solo espero que con el tiempo este dolor se vaya mitigando, pero de momento sigue ahí, clavado en el corazón.
EliminarUn fuerte abrazo, amigo.