jueves, 25 de julio de 2013

Siempre pensando





Siempre pensando, siempre cavilando y siempre con la duda en el horizonte. Dudamos, luego existimos, pero una existencia tan generosa en dudas, recelos e incertidumbres no es más que un amasijo de angustias y temores.


¿Quién no se ha sentido angustiado alguna vez por algo inquietante y de solución incierta? ¿Quién no ha dudado alguna vez ante una decisión que podría hacer trastabillar su futuro? ¿Quién, en definitiva, no ha reflexionado horas y horas sobre lo que le deparará la vida? Yo sí, muchas veces.

Desde que nos abrimos paso en este mundo, nuestra existencia ha ido evolucionando gracias a un constante aluvión de cambios a cuál más abrumador e ignoto, una disyuntiva entre azar y necesidad, entre casualidad y causalidad, entre esos dos polos que dirigen todos los días de nuestra vida.

Cuántas veces no habremos oído o leído que no debemos malgastar el tiempo pensando en el pasado ni en el futuro, entelequias que sólo existen en nuestra mente, como recuerdos el uno y como proyección de nuestros deseos y temores el otro, sino sólo en vivir en y para el presente, Carpe Diem, vivir el hoy y el ahora y dejar que todo siga su curso natural.

Pero ¿existe un curso natural de las cosas? Y si existe, ¿en qué consiste? Acaso no somos nosotros quienes, con nuestras obras de hoy provocamos las de mañana? ¿No estamos, sin querer, tejiendo nuestro propio futuro? ¿Somos, pues, lo que nos merecemos? ¿Somos, en definitiva, el resultado de nuestros actos? Estoy convencido de ello.

No vale la pena malgastar ese tiempo precioso de nuestra vida presente recriminándonos nada de lo que dejamos atrás si ello no sirve para corregir una mala praxis que, de repetirla, nos conducirá una y otra vez a cometer los mismos errores. Eso sería mirar hacia atrás, con la experiencia del presente, para reconducir nuestra vida hacia caminos más satisfactorios.

Del mismo modo, tampoco merece la pena dedicar muchas horas a diseñar nuestro futuro ni en vaticinar lo que éste nos deparará pues multitud de variables ajenas a nuestro control entrarán en juego y todo esfuerzo por evitarlo será en vano. El hombre propone y el medio dispone. Ello no significa que debamos cruzarnos de brazos y nos lancemos en brazos de la indiferencia, ni excluye que tengamos ideales y deseemos que estos se hagan realidad. Sólo debemos prepararnos hoy para lo que queremos que sea nuestro mañana y, día a día, esforzarnos para que la realidad no se desvíe en demasía de nuestro ideal.

Es curioso que sea yo quien haga tal afirmación, cuando he sido hasta hace poco un obseso del control y de la adivinación, del arrepentimiento y de los reproches, pero precisamente en eso reside el mérito de mi reflexión tardía. ¡Cuánto tiempo no habré perdido elucubrando y anticipando catástrofes que nunca llegaron a ocurrir! Claro que mucho peor hubiera sido vaticinar finales felices que no llegaran a materializarse pues el desencanto hubiera sido morrocotudo. Con esa actitud, al menos tuve ocasión de alegrarme, al final, de que mis vaticinios fueran erróneos. Pero ¿y mientras tanto? ¡Cuán inútilmente sufrí temiendo lo peor! Y a la siguiente ocasión, vuelta a empezar.

Como perfeccionista irredento, no he sido amante de la improvisación, por lo que no he sido capaz de dejar al azar ni el más mínimo detalle. En las entrevistas de trabajo, por ejemplo, llevaba siempre el guion aprendido, practicando horas y horas el diálogo que mi prodigiosa imaginación me presentaba como más factible. Y todo para nada, o para casi nada, pues la entrevista acababa transcurriendo casi siempre por derroteros distintos al que había presagiado. Pero al menos, me decía, la sensación de tenerlo todo bajo control me da una mayor seguridad que ir a pecho descubierto, a lo que la suerte me depare, a lo que salga.

¿De qué sirve dedicar tiempo y esfuerzo en perfilar algo tan etéreo como el futuro y más si es a largo plazo? Hay que vivir y pensar en positivo pero sin obsesionarnos en cómo debe ser o será nuestra vida. Si se es optimista, actuamos con una actitud positiva y es esa actitud la que favorece que el resultado de nuestro esfuerzo sea también positivo. La mente funciona muchísimo mejor si es energía positiva la que la alimenta y trabajar con la mente abierta da muchos mejores resultados.

Reconozco que he sido un tipo raro pues, sin ser optimista y temiendo visceralmente al fracaso (el efecto de un solo fracaso no lo compensaban ni diez éxitos consecutivos y de mayor relevancia), siempre he hecho las cosas con tesón y pensando en salir airoso por mucho que creyera que la espada de Damocles se cernía sobre mi cabeza.

¿Adónde quiero ir a parar con todas estas disquisiciones? Pues a que lo más provechoso no es planificar nuestra vida tal y como desearíamos que fuera sino vivir intensamente el día a día forjándonos una actitud positiva y robusteciendo nuestras aptitudes para la supervivencia en un ambiente siempre cambiante y mayoritariamente hostil. Es como abonar y regar la tierra donde hemos plantado ese árbol que queremos ver sano y robusto y al que prodigamos todo tipo de cuidados para que nos dé buenos frutos cuando llegue el momento pero sin preocuparnos, y mucho menos angustiarnos, por si el granizo acabará con ellos antes de recolectarlos, si un incendio convertirá el árbol en cenizas o si un viento huracanado lo arrancará de raíz. Si tenemos que vivir sufriendo constantemente por los posibles daños que puedan sobrevenirle, más vale no plantar la semilla que, tan pronto como germine, nos inundará de desasosiego.

Plantemos, pues, nuestro árbol con la mejor de las intenciones y cuidémoslo para que tenga los nutrientes necesarios, para que crezca fuerte y saludable y para que el día de mañana esté suficientemente desarrollado para hacer frente, si no a todas, sí a la mayoría de adversidades a las que le expondrá el medio ambiente y ante las que de otro modo sucumbiría al primer embate.

Pongamos hoy los medios para que mañana tengamos muchas probabilidades de éxito pero no perdamos ni un minuto en temer, antes de tiempo, un posible fracaso. Y esta premisa vale para esas tres cosas tan importantes en la vida que hasta fueron objeto de una canción: salud, dinero (o trabajo) y amor. ¿Y qué decir del amor? ¿Preferimos vivir con el constante temor a perderlo o disfrutar ahora de su compañía y cuidarlo para que no nos abandone?

En lugar de pensar tanto en lo que no es pero podría ser o en lo que es pero podría dejar de ser, vivamos y disfrutemos el ahora y dejémonos de zarandajas porque mañana será otro día.

miércoles, 24 de julio de 2013

Aún recuerdo ( extracto de mis memorias secretas IV )




Aún recuerdo el cielo estrellado de Sevilla, en el patio de banderas, con la Giralda asomando por encima de los tejados iluminada de un ocre exultante.

Recuerdo que a pesar del frio invierno, sentía un agradable acaloramiento que no sabría decir si provenía de mi corazón desbocado, de tu cuerpo tan cercano o de tu cara que, pegada a la mía, dirigía la mirada hacia donde mi dedo índice te señalaba lo que con tanta emoción mis labios te anunciaban: es Orion, la constelación del Cazador.

Recuerdo tu mano agarrada a la mía mientras nuestras piernas libraban una carrera alrededor de esa enorme catedral gótica que, durmiente a aquellas horas, nos contemplaba como si fuéramos unos chiflados corriendo para matar el frío a golpe de zancadas hasta la extenuación.

Recuerdo el vaho que echaban nuestras bocas abiertas y que, en una búsqueda apremiante de aire puro, no lograban contener las risas entrecortadas como si de unos niños que acaban de cometer una diablura se tratara.

Recuerdo esas callejuelas del bario de Santa Cruz, hasta poco antes tan frecuentadas y luego tan solitarias por las que te guiaba, sin saber qué rumbo tomar, pretendiendo alargar hasta el infinito esos instantes tan preciados por tenerte a mi lado, sólo para mí, en una noche en que los hados parecían haberse confabulado para que no tuviéramos más compañía que la de las estrellas.

Recuerdo cuando al alba, sentados en un banco de un parque solitario, exhaustos y desorientados, creyendo llegado el gran momento, ingenuo de mí, me dispuse a volcar sobre ti mis más íntimos sentimientos, creyendo que tus oídos primero y tu corazón después, los recibirían con ese gozo del que recibe esa buena noticia que tanto esperaba y tardaba en llegar.

Recuerdo cuando nos despedimos con un frío “hasta pronto” y cómo anduve sin rumbo fijo, perdido en mis cavilaciones, preguntándome por qué las cosas no podían ser de otro modo y tenía irremediablemente que perderte cuando apenas te había tenido.

Y recuerdo que seguí buscándote, encontrándote y perdiéndote de nuevo hasta que la razón me dijo que ya era hora de abandonar, de tirar la toalla, pues no eras más que el objeto de un deseo imposible al que debía renunciar.

Y recuerdo que durante algún tiempo, tu cara, tu sonrisa y tu voz volvían a mí de forma inevitable y recurrente, preguntándome cómo habría sido mi vida si en esa fría madrugada me hubieras dicho que sí.

Y recuerdo que a medida que fueron pasando los años y tuve la suerte de ser feliz lejos de ti, tu imagen se volvía difusa y tu recuerdo ya sólo despertaba en mí una serena melancolía y añoranza de los tiempos pasados, de la juventud cada vez más distante.

Y recuerdo cuando, hace poco, a través de una red social, te volví a encontrar, treinta y tantos años después de nuestro último adiós, y con qué ilusión te envié un mensaje sin más intención que la de saber de ti y quizá retomar una amistad largo tiempo perdida.

Y recuerdo con qué expectación abrí el tuyo, que no tardó en llegar.

Aun recuerdo tu respuesta, más inesperada, si cabe, que la de aquel amanecer en Sevilla.

Sólo recuerdo que ya no me recordabas.

lunes, 22 de julio de 2013

Siempre me han gustado los cuentos inventados



De muy pequeño, cuando mi madre, antes de arroparme, me preguntaba qué cuento quería que me contara, siempre le respondía lo mismo: “uno inventado”. Y es que mi madre tenía dotes de inventora de historias y sabía improvisar con tal naturalidad y maestría que me mantenía en vilo durante toda la narración. No me atraían los cuentos conocidos porque ya sabía el final y lo que precisamente me atraía de las historias contadas por mi madre era lo imprevisible de su discurrir aunque supiera que su final sería igualmente feliz.

Debí heredar esa facilidad para inventar historias porque rondando los doce años, siempre que llovía y debíamos pasar el recreo en clase, un grupúsculo de incondicionales se arremolinaba alrededor de mi pupitre con la misma petición: Pana, cuéntanos una aventi.

Mi única condición, a cambio, era que eligieran el género que, casi siempre, resultaba ser de suspense o de terror, los que mejor se me daban. Las historias “de amor”, que no eran adecuadas para un auditorio tan masculino y que nadie hubiera osado a pedir so pena de ser objeto de las burlas más enconadas por parte de sus congéneres, me las reservaba para, ya en la soledad de la noche y de mi cuarto, hacer volar la imaginación y mi romanticismo adolescente y secreto para erigirme en el protagonista de las más apasionadas aventuras amorosas.

Lo malo de tener una imaginación desbocada es que te pasas media vida con ensoñaciones que sólo te deparan una irremediable frustración cuando, al despertar, te das de bruces contra la prosaica realidad. ¿Valen la pena esos momentos de gloria imaginaria para tener que aterrizar luego en el mundo real?

Dicen que los mentirosos crónicos acaban por creerse sus propias mentiras y que acaban confundiendo ficción y realidad. Pues yo, que no me considero mentiroso por naturaleza, en alguna ocasión me ha costado discernir lo real de lo ficticio. Quizá es que además de contador de historias me erijo en protagonista de mis propias fantasías, unas fantasías que me protegen de la cruda realidad. Mal asunto.

Es curioso lo que me ocurre. En tanto que habitualmente me cuesta expresar mis sentimientos con naturalidad, debiendo esforzarme para que los demás los perciban como algo normal y espontáneo y que no me vean como un ser insensible, desagradecido o desabrido, según las circunstancias, soy capaz, en cambio, de experimentar las más placenteras emociones con sólo dar rienda suelta a mi imaginación. Claro que nadie se percibe de ello.

Pero la vida nos enseña que las mejores historias son las reales, las auténticas pues, como es bien sabido, la realidad frecuentemente supera la ficción. Pero la realidad es inmutable, es lo que es nos guste o no, mientras que la ficción está a nuestra disposición para ser manipulada a nuestro antojo.

En los Estados Unidos, a las novelas mitad ficción mitad realidad se las califica en el género literario denominado faction, un híbrido de fact y fiction.

¿Cuánto hay de realidad y de ficción en nuestras vidas? Si para que la vida nos resulte más placentera debemos, nos aconsejan, abonarla con buenas dosis de imaginación y fantasía, ¿no es esa una forma de engaño? Si nuestras fantasías se hacen realidad, entonces es como un cuento inventado con final feliz pero si, por el contrario, nunca llegan a materializarse, es, en el mejor de los casos, como la fábula de la zanahoria y el burro, manteniéndonos constantemente esperanzados, pero puede también conducirnos a una desesperación al ver que nuestros deseos nunca llegan a cumplirse.

Yo he adoptado, sin proponérmelo conscientemente, por ser el burro que intenta atrapar la sabrosa raíz de esa hortaliza sin perder la esperanza de hacerla suya algún día y no me ha ido mal. Fijarme hitos placenteros, mirar hacia un destino dichoso, pensar en hechos agradables como si ya me pertenecieran, rodearme, en definitiva, de ensoñaciones no exentas de una buena dosis de irrealidad, me ha ayudado a soportar los embates de la cruda realidad casi como si de una terapia se tratara. Lo importante es saber discernir entre fact y fiction, no sea que el remedio sea peor que la enfermedad.

No creo que sea malo vivir continuamente inmersos en una fábula con final feliz. Aún hoy, cuando ya tengo edad para ser abuelo y contarles cuentos a mis nietos, no puedo conciliar el sueño sin que antes haya dejado vagar mi imaginación por el mundo de las utopías y quimeras. ¿Qué son los sueños si no la expresión onírica de muchos de nuestros deseos?

Desde que no tuve a nadie que me contara un cuento, me convertí en mi propio cuenta-cuentos y, por muchos años que hayan pasado, me siguen gustado los cuentos inventados.


viernes, 19 de julio de 2013

Irene ( extracto de mis memorias secretas III )



Era un 23 de junio al atardecer, verbena de San Juan, cuando me presenté en la casa que habían alquilado mi hermana y mi cuñado en El Masnou para pasar las vacaciones de verano del 66. Ese verano, los planes consistían en que mi madre y yo acompañáramos a mi hermana en su ya habitual soledad veraniega y ayudarla en el cuidado de mi sobrina, de un año de edad, y de su recién nacido hermanito. Por imperativos laborales que obligaban a los dos cabezas de familia a quedarse de “rodríguez” en Barcelona, dos mujeres, dos críos, una asistenta y yo seríamos los habitantes de la residencia masnouense de lunes a viernes.

Recuerdo que había oscurecido ya cuando irrumpí en el patio trasero de la casa, con una gran sonrisa de satisfacción pintada en los labios, ante la mirada expectante de toda la familia al completo. Acababa de pasar el último examen de la reválida con muy buenos augurios, un examen que me había retenido en la Ciudad Condal hasta última hora de la tarde.

Durante el viaje en tren, miraba absorto el litoral del Maresme, y veía cómo la luz menguante del sol contrastaba con la creciente luminosidad de las hogueras encendidas en las playas. Aunque no podía oírlos, adivinaba los gritos de los niños que danzaban a su alrededor, encendiendo petardos y cohetes, dando paso a una luna que esa noche iba a permanecer en vela pocas horas para dar de nuevo paso al astro rey que en el solsticio de verano hace horas extras. Pero en lo que yo iba pensando no era en petardos, ni en la coca de Sant Joan que me estaba esperando, ni siquiera en el Cava que se estaría enfriando. Sólo me preguntaba si las vacaciones que tenía por delante iban a ser tan insustanciales y aburridas como las del verano anterior, pues iba a repetirse el mismo escenario familiar salvo el lugar de recreo y la añadidura al mismo de mi recién estrenado sobrino.

En El Masnou ocupábamos una casa antigua en un barrio no menos viejo pero provisto de ese encanto propio de las poblaciones costeras. Situada cerca de la playa, sólo teníamos que cruzar, casi nada, la carretera nacional, la vía del tren y los bloques de piedra que, a modo de espigón, hacían de muro protector frente a las frecuentes embestidas del mar embravecido, para alcanzar una franja estrecha pero suficiente de arena fina y poder así disfrutar de los baños de sol y de mar.

Como las tediosas vacaciones del año anterior, éstas no estarían exentas de rutina, una rutina veraniega pero no por ello menos monótona. Playa, siesta, música, lectura y algún que otro paseo, por ese orden, ocuparían mi tiempo invariablemente, día a día.

A mis dieciséis años recién cumplidos, mis dos aficiones preferidas eran la lectura y la música. Como premio a las buenas notas obtenidas en los exámenes finales de sexto de bachillerato, mis padres se mostraron inusualmente generosos conmigo, pues nunca habían sido partidarios de recompensar lo que consideraban una obligación por mi parte. Haciendo, pues, una excepción a la regla, me regalaron un tocadiscos portátil y monoaural de la marca Dual, una especie de maletín cuya tapa hacía las veces de altavoz. Además, mi madre accedió a hacerse socia, en mi nombre, del Círculo de Lectores pues siendo menor de edad se me estaba vedado firmar cualquier suscripción de ese tipo. Fue, eso sí, un gesto inicial, pues después sería yo quien abonaría religiosamente, con mis exiguos ahorros, los pagos trimestrales por la compra de los libros del catálogo. Y ahí empezó mi interés por la lectura.

Mi primera lectura “adulta”, que yo recuerde, fue Le Rouge et le Noir de Stendhal y el primer disco que compré fue un single de los Beatles, uno de esos discos de vinilo de 45 rpm, con dos canciones por cara, titulado Drive My Car y que contenía, además de la canción que le daba título al disco, Norwegian Wood, I’m Looking Trough You y You Won’t See Me. No sé cómo no acabó saliendo humo de los surcos de tanto escucharlo. Me convertí, de la noche a la mañana, en un beatlemaníaco irredento y los de Liverpool serían desde entonces y por muchos años mis inseparables compañeros musicales.

Esos días de vacaciones discurrían según lo previsto: tras casi toda la mañana tumbado al sol y bañándome en un mar a menudo embravecido, por las tardes me pasaba horas en nuestro patio, sentado bajo la sombra de un viejo tilo que no sólo me aislaba del calor sino también del mundo exterior. Fueron esas tardes tranquilas las que me permitían disfrutar verdaderamente de la lectura. Desde entonces, he adquirido el hábito de leer y no hay día que un libro no me acompañe. Mi imaginación y sensibilidad innatas me transportaban al escenario de la historia contada y mis lecturas de aquel verano fueron seguramente el acicate para lo que sentiría más adelante. Los autores franceses de los más variados estilos y escuelas eran entonces mis favoritos. Balzac, Stendhal, Proust y André Maurois ocuparon esas tardes de verano. Los amores y desventuras de los protagonistas me llegaban tan adentro que no podría evitar identificarme con los personajes dolientes de todo tipo de aflicciones. ¿Infantilismo o romanticismo a la antigua usanza?

Y así, entre baños, siestas, música y lectura, transcurrían mis vacaciones en El Masnou, un plan que si bien me aportaba unas buenas dosis de relax y cultura, prometían ser de las más aburridas o, si se quiere, las menos atractivas para cualquier adolescente. Entonces, ¿por qué las evoco? Pues porque siempre que el nombre Irene llega a mis oídos, no puedo evitar acordarme de ese verano. ¿Será que un verano sin amor no es un verano memorable?

La repentina irrupción de Irene en mi verano del 66, tan tardía como fugaz, produjo el mayor de los trastornos en mis jóvenes e inmaduros sentimientos e hizo que llegara a cuestionar mis, hasta entonces, sólidos principios morales. Y es que hasta entonces, niño con una inusitada precocidad amatoria, sentimental no física, que conste, me había enamorado de muchas niñas y ante muchas más adolescentes tendría mi corazón que sucumbir, pero nunca hasta entonces había vivido y nunca más desde entonces habría de vivir la atormentada experiencia de enamorarme de una mujer que me doblaba la edad.

Quizá todo fue un sueño, una ensoñación o una fantasía, quizá mi imaginación, exacerbada por la lectura, fue la culpable de tanto desatino. En todo caso, después de aquel verano nada volvió a ser igual. Creo que fue el verano, El Masnou y el amor impetuoso quienes tuvieron en realidad la culpa.

 


miércoles, 17 de julio de 2013

Antes


Antes jugaba en la calle hasta que me llamaba mi madre para comer
Antes iba al cine de barrio por un duro la entrada
Antes los maestros castigaban a los alumnos y no pasaba nada
Antes bebíamos leche de verdad, aunque teníamos que hervirla
Antes apenas había contaminación
Antes no sabía lo que era la capa de ozono
Antes, en La Costa Brava, tomábamos el sol junto a las barcas en la arena
Antes sólo teníamos a los Reyes Magos
Antes había trabajo para los que necesitaban trabajar
Antes no había centrales nucleares
Antes no había Reality Shows
Antes jugábamos a los Juegos Reunidos Geyper
Antes no había ordenadores personales, internet ni vídeo-juegos
Antes nos hablábamos, no nos enviábamos SMS ni WhatsApp
Antes el televisor no se sentaba a la mesa con nosotros
Antes…


Antes las cigüeñas traían los niños de París
Antes el sexo era pecado
Antes no existía el divorcio aunque algunas parejas se separaban
Antes la homosexualidad estaba perseguida
Antes quien pensaba de forma distinta era sospechoso
Antes pocas mujeres iban a la Universidad
Antes el índice de mortalidad infantil era elevado
Antes la esperanza de vida era más corta
Antes...

Antes era soñador
Antes tenía toda una vida por delante
Antes era independiente
Antes era joven

Sé que no todo tiempo pasado fue mejor
Porque, a pesar de todo lo bueno del pasado,
Antes estaba solo
Antes no te conocía
Antes no os tenía
Antes no era feliz

lunes, 15 de julio de 2013

Para Juan


¿Qué había en tus alas que no te alzaban al vuelo?
Siempre a ras y creíste en cambio volar muy alto
Porque en tu vagar encontraste acaso
Lo que en tus sueños creíste limpio y bello.


De un paraje a otro te llevaste la experiencia
Que, con tus ilusiones, formaban en ti un ser nuevo
Que aprendía a gozar de todo lo sencillo y sincero
Y a ahogar lo mezquino y superfluo de tu conciencia.


Amando, amaste la vida en toda su magnitud
Soñando, soñaste en un mundo libre y sutil
Viviendo, viviste la aurora de un tiempo feliz
Que se apagó de pronto a golpes de ingratitud.


No dejes que el llanto apague el fuego de tu ego
Remonta, en un esfuerzo, hasta la cima más alta
Desde donde, impetuoso, emprendas una nueva etapa
Dejando abajo los vestigios de tu primer intento.



Este poema lo escribí en febrero de 1980 y lo he encontrado rebuscando entre esos papeles que ya amarillean del abandono largo tiempo consumado. Rememora esa última vez que vi a Juan, o debería decir al espectro de lo que había sido hasta poco antes, a ese amigo enfermo de tristeza, sumido en un hondo abatimiento pero extrañamente resignado. Acababa de dejar marchar a quien había sido hasta entonces el amor de su vida, un amor que le abandonaba con su hijo en brazos. Quizá ese fue el principio de su fin.

Tras ese encuentro, mis esfuerzos por saber de él resultaron infructuosos. Desapareció de nuestras vidas sin un adiós. Todo lo que pude saber es que había marchado a Francia, a la vendimia. Debió pensar que entre vides renacería y volvería a encontrar las ganas de vivir, que doblando el espinazo apagaría el llanto de su alma. Debió pensar que lejos de casa olvidaría mejor sus penas o que el vino de esas viñas las ahogarían.

De eso hace treinta años. Desde que su rastro se perdió tras los pirineos pasó a ser un recuerdo recurrente y perpetuo como las nieves de esas cumbres que un día cruzó. Se convirtió en una presencia virtual que por mucho que la invocara nunca se materializaba.

Han tenido que transcurrir tres décadas para que su nombre vuelva a los labios de aquellos que le conocimos. ¿Qué ha sido de Juan? he preguntado expectante, esperanzado, ignorando que lo que oiría me sumiría en una tristeza que me recuerda la que reconocí en sus ojos el último día que le vi.

¿Qué te ha ocurrido, Juan? Me dicen, quienes te han visto, que estás muy cambiado y tan deteriorado que no puedes llevar una vida normal. ¿Qué le ha ocurrido a tu mente para que deban cuidarte? ¿Por qué me dicen que ya nada se puede hacer por ti? ¿Te reconocería? ¿Me reconocerías?

Releyendo hoy ese poema infausto que un día escribí, compruebo que bien podría parecer acabado de brotar de mi pluma. Parece como si el tiempo se hubiera detenido y que, como si de un maleficio se tratara, te hubieras sumido en un sueño del que sólo podrás despertar si oyes los últimos versos de mis labios. ¿Me oirás? ¿Me entenderás?

jueves, 11 de julio de 2013

Nunca tuve que ponerme un esmoquin ( diario de un sesentón II )

Desde que hice la primera comunión, no volví a vestirme con traje y corbata hasta el día de mi boda, una concesión que hice en aras de las “buenas costumbres”, para no contrariar a la familia y no contravenir las normas que iban en el mismo paquete de convencionalismos: participaciones, lista de bodas, ceremonia religiosa, banquete con tarta nupcial, viaje de novios, etc. Entonces pensé que eso sería lo último que haría forzado por las circunstancias pero no fue así y muchos han sido los sometimientos a los que me he visto obligado para congraciarme con los que me rodeaban.

Ya sé que el hábito no hace al monje y que no es oro todo lo que reluce pero la imagen suele ser una carta de presentación muy valiosa y si no ¿por qué en los CV muchos y muchas (más habitualmente) suelen añadir su fotografía, sobre todo si ostentan un físico agraciado? Independientemente de que sea o no mi caso, esta ha sido la única práctica que no he seguido jamás. Nada puede suplantar a la expresividad, al lenguaje hablado y corporal, y mucho menos un retrato de fotomatón. Pero si en una entrevista intentas dar una buena impresión para conseguir el puesto de trabajo, ese mismo leitmotiv nos persigue para conservarlo.

¿Cuándo empecé a doblegarme a los convencionalismos? Aparte de los dos casos antes referidos, en los que la familia era la parte más importante a tener en cuenta, creo que la primera vez que di mi brazo a torcer fue ese día en que un director de departamento me conminó a lucir traje y corbata por ser ésta la vestimenta “correcta” para un futuro ejecutivo.

Una vez has aceptado faltar a un precepto al que prometiste ser fiel, los restantes van cayendo solos, como un castillo de naipes o como una cadena de fichas de dominó. Empiezas adaptándote a la imagen de ese ejecutivo que pretendes ser y a continuación, sin darte cuenta, te comportas como tal: vives para y por la empresa, sólo contradices a tu superior si éste te brinda esa oportunidad, empleas parte del tiempo libre a pensar en el trabajo, acumulas más y más  horas extras en la oficina sin contraprestación alguna, estás disponible las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año, dejas todo lo que tienes entre manos para atender la última demanda de tu jefe para el que no tienes nunca un no, es decir acabas ejercitando la sumisión hasta donde sea necesario, te vuelves un controlador nato, siempre estarás agradecido por disfrutar de un trabajo tan digno como estimulante y dispuesto a acrecentar tus conocimientos formándote en lo que sea menester para que ello redunde en tu beneficio pero, sobre todo, en el de la empresa que te da de comer.

Y si el ambiente laboral es extremadamente competitivo y hostil, hay que agudizar el ingenio para no verte arrastrado por la corriente de barro y lava que expelen los que, a base de mentiras y subterfugios, tratarán de minar tu seguridad y autoestima para erigirse en líderes de opinión y destacar entre tanto mediocre que, según ellos, corrompen el sistema operativo de la empresa.

Al margen de lo realmente duro, cuántas cenas, cuántos brindis, cuántas sonrisas forzadas habré vivido con el único propósito de cumplir con lo que se esperaba de mí, mantener mi buena imagen y mi puesto de trabajo y, en definitiva, conservar ese status socio-económico que tanto ha costado conseguir.

Y ya metidos de lleno en la vorágine de la sociedad de consumo (primera residencia, hipoteca, segunda residencia, hipoteca, coche, otro coche, colegios privados y toda clase de caprichos para esos hijos que sólo tuviste cuando las condiciones sociales así te lo permitieron, electrodomésticos cada vez más sofisticados, viajes de placer cada vez más exóticos y lejanos y caprichos a discreción, y un largo etcétera), una vez afianzado tu puesto vip en el ranking de usuario habitual de tarjetas de crédito Platinum, resulta difícil apearse de ese pódium de imparable consumidor y prácticamente imposible erradicar muchas de las costumbres adquiridas. Y si ello implica tener que seguir adoptando el papel de fiel seguidor del sistema y predicar con el ejemplo, pues bienvenido sea el sistema y el púlpito evangelizador.

Visto ahora desde la distancia, al menos me queda la pequeña satisfacción, o excusa, de que sólo asumí esa conducta como prestada, como usufructuario, fingida, no sentida, como el que se disfraza por carnaval de aguerrido pirata pero bajo la máscara sigue siendo un pobre diablo. Muchos años como actor de ficción. Una actuación, eso sí, merecedora de un Óscar, un Globo de Oro, un León de Plata o cuanto menos de un Goya al mejor actor secundario, porque no he pasado de eso, de ser un intérprete secundario en lo que empezó siendo un sainete, cuyos actos se han ido sucediendo sin solución de continuidad y ha acabado, a pesar de tanto esfuerzo, en una tragicomedia de tercer orden.

¿Ha valido la pena tanto sacrificio, tanto arrimarse al sol que más calienta y al buen árbol, contemporizar con los de “arriba”, quizá venderse al mejor postor? Me resulta imposible contestar taxativamente. A veces sí y a veces no.

Haciendo un ejercicio de puro pragmatismo, diré que, ahora, cuando ya he abandonado esa vida de la farándula empresarial, no me arrepiento de mi comportamiento en su conjunto pues, al margen de que nunca me prostituí, al menos conscientemente, lo que cuenta es lo que queda y lo que me ha quedado de todo ello es lo que realmente vale la pena: una experiencia enriquecedora, un rédito intangible y un patrimonio material que me ayudan los unos a sentirme satisfecho por la que fue esencialmente mi labor, sin maquillaje ni escenografía, y el otro a soportar con tranquilidad y optimismo los años que todavía tengo por delante.

A fin de cuentas, hubiera podido ser peor pues no tuve que someterme a según qué cosas. Contrariamente a lo que me habían hecho creer, no tuve que jugar a juegos de supervivencia cuando asistí a un curso de formación de líderes ni tuve que hacer puenting cuando me enviaron a una academia de formación de directivos, lo que fue un alivio.

Ah, y por muchas cenas de gala a las que tuve que asistir en contra de mi voluntad, nunca tuve que ponerme un esmoquin.