martes, 23 de febrero de 2016

Para Elisa


El sonido de las campanas marcaron un antes y un después en mi vida. Cuando salí del cementerio me encaminé hacia un oscuro futuro en busca de la luz.

Acababa de perder a la que había sido mi compañera, mi apoyo y mi vida durante más de diez años. Debía aprender a caminar solo por un sendero que se me antojaba abrupto y cuesta arriba. Ignoraba dónde llegaría pero, por muy largo y costoso que fuera el camino, mi búsqueda de la felicidad perdida no cesaría mientras viviera.

Desde el vagón de aquel tren nocturno solo miraba mi rostro reflejado en el sucio cristal de la ventanilla. Fuera, la oscuridad. No quería ver el paisaje de una noche sin luna. La imagen que me devolvía el cristal era la de un rostro desconocido, ajado y macilento. Me pareció el de un ser desvalido a quien debía ayudar.

Nunca sospeché que sin ella no sería nada y lo acababa de descubrir al poco de haberme abandonado. Ahora solo me quedaban mis lienzos y los había dejado atrás, como mis años junto a ella. Mi único equipaje era una maleta con escasa ropa, algunas telas vírgenes, mis pinturas, mi paleta y mis pinceles. No necesitaba nada más. Seguiría pintando, tal como me hizo prometer, pero no sabía de dónde sacaría las fuerzas ni la fuente de inspiración. El lugar al cual me dirigía encontraría naturaleza viva a raudales. Quería dejar la muerte atrás.

Necesitaría tiempo para adaptarme a aquel lugar tan apartado y solitario. Lo había visto en una fotografía del National Geographic y al instante quedé atrapado por la magnificencia de aquellos parajes. Las altas cumbres nevadas, los riscos imposibles, aquellas paredes en caída libre hacia el abismo, el manto de abetos que cubrían las inclinadas laderas en difícil equilibrio para mantener la verticalidad, apuntando al cielo,  rozando las nubes. Y al fondo, un lago que otorgaba al conjunto un toque paradisíaco.
 
 
 
Jaime llegó donde había querido estar y, sin embargo, se sentía fuera de lugar. Toda aquella inmensidad le abrumaba. Por única compañía, el eco de su propia voz. Por único refugio, una cabaña de gruesos troncos, como la que siempre quiso tener pero para compartirla, no para añorar a quien pudo haber sido su compañía. ¡Cuánto la echaba de menos! Ya no volvería a oír aquellas melodías con las que Elisa le obsequiaba al atardecer, cuando se recluían en el saloncito, él con un libro en las manos y ella sentaba frente al piano de cola. Cierra los ojos y todavía ve sus suaves y delicadas manos recorriendo dulcemente el teclado.

Los primeros días, dedicó su ilimitado tiempo libre a recorrer los alrededores y al fin se decidió a bajar hasta el pueblecito que se distinguía desde su nueva morada. El día que llegó, como ya anochecía, no pudo ver gran cosa, pero le llamó la atención un minúsculo cementerio pegado a una pequeña iglesia románica casi en ruinas. No podía eludir hacerle una visita. Quizá le inspiraría. Hasta ahora siempre había pintado retratos y bodegones, jamás paisajes.
 
 
 
Plantado frente a la puerta de la iglesia, sentí un escalofrío. Aquel lugar y aquella situación me resultaban familiares. Elisa creía en la reencarnación y estaba convencida que había vivido otras vidas. Cada vez que veía algo que le resultaba conocido, lo achacaba a alguna de sus vidas anteriores. Yo, en cambio, incrédulo inveterado, estoy convencido de que la muerte es la última estación de nuestro viaje, en la que uno tiene que apearse forzosamente para no volver a subir al tren que le ha llevado hasta allí. Cuántas tardes y cuántas horas habíamos dedicado a discutir sobre este tema. Y ella siempre acababa enojada conmigo, por mi incredulidad. Ahora daría cualquier cosa para que ella estuviera en lo cierto y pudiéramos reencontrarnos algún día en algún lugar. Pero esa ilusión tiene un grave inconveniente: la altísima improbabilidad de que coincidiéramos en un mismo lugar y época y, por si eso fuera poco, reconocernos. Incluso los que creen en la reencarnación dicen que eso es imposible. Entonces casi prefiero la existencia de un cielo donde todos nos podamos reunir tarde o temprano, un cielo que me compensara por el infierno que ahora mismo estoy viviendo.
 
 
 
El lugar resultó deprimente. Al estado ruinoso del recinto, iglesia incluida, se le añadía la soledad y la dejadez de unas tumbas cuya piedra había sufrido el paso de los años en unas condiciones climáticas muy adversas. El texto grabado en algunas lápidas era ilegible. La erosión había hecho su trabajo. Una capa ocre y verde de líquenes cubría la superficie de las sepulturas. Aun así, el color gris oscuro dominaba el espacio. El sonido del viento sorteando las esculturas mortuorias amplificaba la atmósfera tétrica del lugar.

Cuando, viendo lo inútil de la visita, iba a abandonar el lugar, oyó una suave melodía. Parecía proceder del interior de la vieja iglesia pero no era el sonido de un órgano, más propio de un templo, sino el de un piano. Y la melodía, aunque lejana, era reconocible: “Para Elisa”, de Beethoven, su pieza favorita. “Toca tu tema, Elisa, que el gran maestro te la dedicó a ti en alguna de tus anteriores reencarnaciones”, le decía él en broma. Y ella siempre le recordaba que, en realidad, ese título era un error, pues el original era “Für Therese” –Para Teresa-, una alumna de la que Beethoven estuvo enamorado; solo que, por su difícil caligrafía, se tradujo erróneamente por “Für Elise” –Para Elisa-, a partir de un manuscrito que el genio alemán dejó sin publicar.
 
 
 
Cuando entré en la ruinosa iglesia, tras forcejear con una puerta medio podrida y un cerrojo más que oxidado, me vi ante una pequeña nave de paredes desconchadas, con unos pocos bancos carcomidos y un altar desnudo de piedra pulida. En el ábside, un gran crucifijo de madera astillada pendía del techo. Debido al viento que penetraba a través de las vidrieras rotas, se balanceaba. Delante y atrás, delante y atrás. La música, ahora mucho más audible, procedía del coro, sobre mi cabeza, al que se accedía por unas empinadas escaleras de madera. Antes de subir, temiendo por mi seguridad, me dirigí al altar y, dando media vuelta, miré hacia la parte superior de la entrada. El coro, que parecía pender milagrosamente de la pared, estaba vacío. No había órgano ni piano, si siquiera bancos. No debía usarse, desde hacía años, por su peligrosidad. Pero “Para Elisa” seguía sonando y el eco hacía reverberar la melodía por toda la estancia. Salí corriendo como alma que lleva el diablo, tapándome los oídos para no volverme loco. Aquello no podía estar sucediendo. Fuera, el viento se tornó huracanado y un aguacero descargó en cuestión de minutos. Cuando llegué a la cabaña, extenuado, empapado y temblando de frio y de miedo, encendí como pude el hogar, me despojé de la ropa mojada, me tumbé junto al fuego y me quedé dormido.
 
 
 
Jaime soñó con Elisa. Tocaba su melodía favorita, sonriéndole e invitándole a sentarse a su lado, en la banqueta, para que le besara delicadamente el cuello como solo él sabía hacer. Qué sueño tan grato. Era tan real. Hasta que un trueno, retumbando como un cañonazo, le despertó sobresaltado. Las llamas, todavía vivas en la chimenea, iluminaban la pequeña estancia y proyectaban sombras chinas por doquier. Se incorporó. Se despojó de la manta que le cubría y fue a ver si la ropa que había tendido junto al fuego estaba ya seca. Entonces la vio. Sentada en un rincón, en una butaca rústica, como todo a su alrededor. Jaime creyó que todavía soñaba. Elisa se levantó lentamente y le tendió las manos, fundiéndose ambos en un abrazo apasionado. Las lágrimas de Jaime empapaban el pálido y suave cuello de Elisa que tantas veces había besado. Solo pudo decirle una frase entrecortada por el llanto: “Te extraño tanto, mi amor”. Y antes de que todo volviera a la triste realidad, tuvo ocasión de oír cómo ella le respondía: “No estás solo, amor mío, estoy aquí contigo”.
 
 
 
No sé si mi mente está jugando conmigo a un luego macabro. Todas las noches, sin excepción, Elisa viene a verme. Charlamos horas enteras. Recordamos el pasado, observa mis lienzos con interés y alaba mi trabajo. Al principio solo pintaba los paisajes que se abrían ante mis ojos desde la mañana hasta el atardecer. He pintado amaneceres anaranjados; puestas de sol rojizas sobre las blancas cumbres; el lago jugando a ser el espejo de todo lo que le rodea; las nubes borrascosas amenazando tormenta; el viento inclinando a duras penas los altos y robustos abetos de los que solo logra arrancarles la nieve. Las águilas reales, los urogallos, los mirlos y los rebecos han sido también modelos involuntarios de mis pinturas. Pero desde que Elisa está conmigo, he vuelto al retrato. Tengo ya más de una docena de cuadros de ella. No hace falta que pose para mí, como antaño hacía. La pinto con los ojos cerrados. Sentada junto a la lumbre; bajo el porche; tumbada sobre un verde prado, rodeada de amapolas, rododendros y edelweiss; caminando por el bosque; tendida al sol del invierno junto al rio, junto al lago, riendo, saltando, bailando.

Elisa quiere que vuelva al que fue nuestro hogar. Me dice que este no es mi lugar, que debo volver a mi estudio, a mis retratos, a mi vida anterior, la auténtica. Insiste en que ya he encontrado lo que vine a buscar: la alegría de vivir. En realidad no sé en busca de qué vine hasta aquí. Quería huir de todo lo que me recordara a mi amada. Empezar de nuevo, si es que podía sobrevivir a su pérdida. Pero no puedo ni quiero vivir borrándola de mi memoria sino con su recuerdo, en su compañía. Quizá ella tenga razón. Me siento un hombre nuevo, con renovadas ganas de vivir y de pintar. Sí, volveré a nuestro hogar. Ahora que la he recuperado y que no volverá a abandonarme. Me ha dicho que mientras pinte, ella me deleitará con aquellos nocturnos que tanto me gustan y, cómo no, con mi pieza favorita. Sí, lo haré por ella y para ella. Lo haré para Elisa.
 
 

 

miércoles, 10 de febrero de 2016

El internado



Mi vida es ejemplarizante. Me he hecho a mí mismo. Empecé trabajando en las minas de carbón. Luego probé fortuna en tierras ignotas donde trabajé, de sol a sol, en yacimientos de plata que solo beneficiaban a mis patronos. Con el tiempo, la experiencia y los conocimientos técnicos adquiridos darían sus frutos. Gracias a mi intuición, pericia y habilidad para los negocios acabé enriqueciéndome. Descubrí por mi cuenta un yacimiento y, de la noche a la mañana, me convertí en propietario de una modesta mina de plata, a la que le puse el nombre de “El internado”. Nadie conoció mis razones. No tuvo una larga vida pero cuando se agotó la riqueza de sus entrañas, ésta ya había llenado mis arcas. Ahora soy millonario. Y eso que nadie hubiera apostado ni un centavo por mí.

No conocí a mis padres. Nunca quise saber quiénes eran ni por qué me abandonaron. Crecí en un orfanato -al que todos llamábamos internado como forma ilusoria de eludir la cruda realidad-, en donde me infligieron todo tipo de humillaciones. Permanecí en él durante más de quince años. Cuando recién cumplí los dieciocho, pisé por fin la calle, libre para hacer con mi vida lo que quisiera. Abandoné aquella institución sin volver la vista atrás, mirando siempre adelante. Y dueño de mi futuro, me marché lejos. Juré no volver pero a veces los juramentos, como las palabras, se los lleva el viento.

Siempre he detestado aquel orfanato de tan malos recuerdos. Las monjas, a cual más cruel, y sobre todo la reverenda madre superiora y su adlátere, el capellán y confesor del centro, fueron artífices de la peor época de mi vida. Todos ellos fueron los protagonistas de mis recurrentes pesadillas. Las tocas aladas, los hábitos negros y las cruces de metal en el pecho se convirtieron en símbolos de hostilidad y castigo. Todo allí resultaba siniestro. El tintinear del rosario colgado al cinto, los pasos arrastrados de la monja vigilante deteniéndose ante nuestro dormitorio en su inspección nocturna, la mirada de sus ojos vidriosos escrutándonos entre un mar de arrugas, fríos e inquisitivos, antes de apagar las luces. El olor a incienso y a cera derretida, omnipresentes en aquel lúgubre lugar, acabaron por producirme náuseas. Todas esas imágenes y olores, mezclados y fijados en mi cerebro, me provocaron durante aquellos años de reclusión terrores nocturnos que me impedían conciliar el sueño.

Aquella loable institución de la que todos, menos nosotros, sus huéspedes forzados, se sentían tan orgullosos, fue el peor hogar que hubiera podido tener. Todo, absolutamente todo lo ocurrido entre aquellas paredes, ha quedado tan grabado en mi mente que al volver a la ciudad, tras largos años de ausencia, la visión del vetusto edificio, majestuosamente erguido en lo alto de la colina, me produjo un escalofrío incontrolable.

Han pasado más de cuarenta años desde que experimenté aquella extraña sensación de libertad, como el reo al abandonar la cárcel tras un largo cautiverio. Desde entonces, mi vida ha dado un gran salto. Pero los recuerdos no mueren, en todo caso permanecen agazapados en un rincón del alma. Cierto que a los sesenta las cosas ya no son como cuando uno es joven. Todo se relativiza. La distancia y la edad diluyen las malas experiencias. Uno se vuelve menos impetuoso y más tolerante. Pero siempre queda la herida. El maltrato psicológico deja más huella que el físico. Las heridas del cuerpo sanan, las del alma no.

Nunca me creyeron. Me avergonzaron diciéndome que yo le había provocado. Que me lo tenía bien merecido. Me hicieron sentir culpable de aquella atrocidad. Su hábito negro deslucido, la sotana de mil botones con olor a viejo, todavía me devuelve la imagen de aquel hombre que, siendo nuestro confesor, no dudó en abusar de mí y de muchos otros. Pero solo yo hablé, nadie secundó mi terrible confesión y pagué por ello. Cinco largos años soportando el asco y la amargura de la sumisión, una sumisión vejatoria que llegó a congelarme la garganta, impidiéndome declarar la verdad a los cuatro vientos cuando, una vez libre, tuve la oportunidad de hacerlo. Me fui para olvidar pero una fuerza renovada me ha hecho volver para hacer lo que debía. Por muchos años que hayan pasado, no podía dejarlo estar. Sé que pagarán justos por pecadores pues éstos ya no están para ser juzgados.
 
 
 
Aproveché la jornada de puertas abiertas para introducirme de nuevo en la vieja cárcel de niños. Nada había cambiado, excepto que ya no hay tocas aladas, ni crucifijos balanceándose, ni rosarios colgando del cinto. Sus caras parecen amigables pero sé que es pura fachada. Me he perdido por el laberinto de pasillos y escaleras. Me he paseado impunemente por los lugares más íntimos, al abrigo de la luz y de miradas indiscretas. He recorrido palmo a palmo salas y corredores antaño tan familiares. Me marché cuando ya había elaborado mi plan. Esta vez sí giré la vista atrás pensando en que volvería cuando todo estuviera en silencio y en la oscuridad. De algo me servirían mis años de minero.
 
 
 
Acabo de leer en el periódico que, esta madrugada, un pavoroso incendio se ha cebado con el orfanato, que las llamas han lamido con fruición las paredes y techumbre de todo el viejo edificio, hambrientas de venganza. Solo ha quedado en pie un esqueleto calcinado. Los internos, por fortuna, fueron evacuados a tiempo gracias a una llamada anónima. Se desconoce la autoría de tal descomunal atentado perpetrado contra una comunidad ejemplar dedicada a proteger al menor desamparado. En mi interior ha explosionado un tremendo sentimiento de satisfacción. Nadie hallará jamás al culpable. Debí hacerlo mucho antes.

Seguramente otro orfanato se erigirá en el mismo lugar para seguir cumpliendo con la elogiosa labor de criar y educar a unos niños que tuvieron la desventura de perder a sus padres. De ser así, evitaré que se convierta en un nuevo sepulcro blanqueado en el que, como yo, pierdan la dignidad. Contribuiré a su reconstrucción. Seré su mayor benefactor y defensor. Estaré vigilante, al acecho. Me ganaré este derecho gracias a mi antigua mina de plata, a mi “internado” particular. Para algo servirá la fortuna que he amasado. Lo haré por los niños y por mí mismo.

*Imagen obtenida de internet, totalmente ajena al contenido de este relato 

 

martes, 2 de febrero de 2016

Very Inspiring Blogger Award


De igual modo que en televisión se interrumpe un programa con un “pasamos a publicidad”, yo me veo en la necesidad de hacer un pequeño paréntesis en la habitual programación de este blog de relatos para decir “vuelvo en una semana” (tiempo más que suficiente para que os dé tiempo a felicitarme) y hacer un corte publicitario dedicado total y exclusivamente a este premio bautizado con este nombre en inglés que significa, más o menos, "Premio al bloguero más inspirador”. Viene a ser como decir “The Muppets” en lugar de “Los Teleñecos”.

El caso –y no es moco de pavo- es que este nuevo y para mí hasta ahora desconocido galardón me ha sido concedido, a la vez, por mis dos estimadas compañeras, María Campra Peláez (Escritora mamá) y Julia C. Cambil (Palabras y latidos) que, por si fuera poco, no es la primera vez que me nominan a un premio.

Como no se especifica a través de cuál de mis blogs resulto más inspirador, me he permitido la licencia de dedicar esta mención al que estáis leyendo porque es, sin duda, el que más inspiración necesita para mantenerse vivo.

Así pues, aúno en uno (vaya cacofonía) los dos premios recibidos de las manos escritoras de María y Julia y lo hago público aquí y ahora, por lo que también me permito la libertad de cumplir en una sola acometida los requisitos ligados a la aceptación de ambos, evitando así duplicidades, y que son:

- Dar las gracias y vincular a la persona que le nominó
- Enumerar las normas y mostrar el premio
- Compartir siete cosas sobre sí mismo
- Informar a los nominados
- Exhibir con orgullo el logotipo del premio en tu blog
- Seguir el blog que te nominó
- Nominar otros 15 blogs que te sorprendan

Los que me conocéis un poquito, probablemente sabréis que no soy persona a quien le agrade seguir al pie de la letra las consignas inherentes a estos premios. Y como considero que la originalidad también es “very inspiring”, lo haré a mi estilo o, lo que es lo mismo “in my own style”:

1. Doy las gracias, tanto a María como a Julia, por la deferencia que han tenido, ahora y en el pasado, para conmigo y/o mi blog.

2. Solo puedo mostrar la imagen o logo del premio porque el premio físico –y mucho menos en metálico- no existe. Lo de enumerar las normas me lo salto pues parecería un bucle: entre las normas está la de enumerar las normas.

3. Compartir 7 cosas 7 sobre mí:
¿Qué voy a decir que no sea repetitivo? La última vez que me vi en la misma tesitura escribí once cosas sobre mi persona. Como siga recibiendo premios de esta índole, acabaré descubriendo mis partes más íntimas (literariamente hablando) y soy demasiado tímido para ello. Por lo tanto, me he inspirado (a fin de cuentas un blog inspirador puede inspirarse en otros) en algunas de las confidencias que hicieron mis nominadoras al recibir este premio. Así que ahí van siete cosas sobre mí:

  1. Mis ojos son marrones y, por desgracia, siguen siendo marrones les dé el sol o la sombra. En todo caso prefiero decir que son de color miel, que queda mucho mejor.
  2. Me gusta mucho comprar libros y pasarme mucho rato dando vueltas en una librería. Casi siempre voy a La Casa del Libro.
  3. Cuando me tallaron para ir a la mili (tendría unos 19 ó 20 años) medía 1,69 m. En una de las revisiones médicas que me hicieron en la última empresa donde trabajé (rondaría los 58) me dijeron que medía 1,68 m. Así que no solo el agua encoge sino también la edad.
  4. No solo ha variado mi estatura con los años, también mi sensibilidad emocional. Ahora me emociono con mucha facilidad. Ante una escena especialmente conmovedora, tanto mi mujer como mi hija menor me dirigen sus miradas para ver cuánto tardo en lagrimear. Ya no soy el tipo duro de antes.
  5. Casi nunca desayuno algo solido. Por la mañana solo soy capaz de ingerir un café con leche. Empiezo a sentir apetito hacia el mediodía, por lo que ya me espero a la hora de comer para saciar mis apetencias gastronómicas. Casi nunca meriendo. Así pues, contraviniendo las normas saludables para nuestra especie, solo como dos veces al día. Como mi perro.
  6. Soy de los que tiran las cosas a la basura con demasiada presteza y luego, al cabo de un tiempo, me arrepiento de haberlo tirado. Por eso no tengo ninguna de las colecciones de mi infancia y juventud. Cuando tuve que ir a la mili, para recaudar fondos le vendí a un amigo toda la colección de discos de vinilo de los Beatles. Al cabo de los años, me los tuve que comprar en versión CD, en una edición especial que me costó un ojo de la cara.
  7. No sé por qué, pero hay una serie de nombres que se me resisten y debo hacer un gran esfuerzo memorístico para recordarlos y se dividen en dos grandes grupos: actores y plantas. En el grupo de los actores destacan Kevin Kosner, Tom Cruise y Meryl Streep, entre otros; en el de las plantas el magnolio, el ciclamen y la orquídea. Ahora mismo he tenido que usar sistemas varios para recordarlos. ¿Por qué será?
 
4. Puedo prometer y prometo que informaré a mis nominados de su nominación. Lo que no puedo prometer y, por lo tanto, no prometo es que sigan con la cadena de nominaciones. En anteriores ocasiones, que yo sepa y recuerde, ninguno/a lo ha hecho por distintas causas que no vienen al caso.

5. El logo queda exhibido como imagen en el encabezamiento de este post. El orgullo no se ve pero está ahí. Tened fe.

6. Tanto María Campra como Julia C. saben de sobra que sigo sus blogs desde hace tiempo. Y lo hago voluntariamente. Juro que nadie ni ningún premio me obliga a ello.

7. Saltándome nuevamente las normas, solo nominaré a 6 blogs 6 -y que conste que soy anti-taurino (no sé si todavía se dice aquello de 6 toros 6), cosa que podría haber mencionado antes pero se me olvidó-. Para ello me ceñiré al hecho de que me sorprenden por motivos dispares que tampoco vienen al caso. Además, cada vez se pone más difícil esto de nominar pues no hay que nominar a quienes han nominado nuestros nominadores, ni a los que ya hemos nominado recientemente, ni  a nuestros nominadores, ni a los que les salen los premios por las orejas, ni…
¿Sabéis qué? Pues que voy a nominar a los 6 blogs con los que mejor me lo paso desde hace mucho tiempo y Santas Pascuas, exceptuando, claro está, los de María y Julia.
 
And the nominated are:
(in alphabetical order)
 
-Pedro Fabelo
-Mª Jesús Fernández
-Elda Gallego
-Soledad Gutiérrez
-Aida Ramos
-San
 
Sé que a alguno/a de ello/as no les va esto de los premios. Vaya por delante que lo comprendo y lo respeto. Así pues, en este caso haré una excepción y no se lo comunicaré directamente para evitar ponerle/as en un aprieto y que tengan que darme calabazas. Pero como sé que son asiduo/as a este blog, ya se enterarán cuando lo lean. Pensar en ello/as es, en realidad, el premio que les otorgo.


jueves, 28 de enero de 2016

El banco


Hoy es un día fresco pero soleado. Después de una semana de lluvia y viento racheado, viene bien una tregua. De este modo puedo estar sentado aquí, al aire libre, todo el tiempo que quiera. El otoño tiene eso: un día hace frío y otro calor. Estos días pasados no sabía dónde meterme. No iba a estar tomando un café tras otro o pasarme toda la mañana en el mismo bar y frente a la misma cerveza.

Desde que frecuento este lugar he hecho alguna que otra relación, no muchas. El chico de la ONCE fue el primero de mi reducido grupo de amistades callejeras, por llamarlas de algún modo. Claro que cada día le compro un cupón y dedicamos unos minutos a la cháchara intrascendente de siempre: que si el tiempo, que si a ver si me toca de una vez, que qué haría si me tocara, que qué mal que está el país, que si  los políticos son todos iguales, y así cada día. Después está el grupito de jubilados que discuten de futbol mientras, acodados en una valla metálica, observan las obras de la nueva línea del metro. Siempre me saludan y tienen palabras amables conmigo aunque solo sea por cortesía. Yo de futbol no entiendo mucho, así que no puedo integrarme en su conversación. El cartero, el barrendero y algún que otro policía municipal completan el conjunto de asiduos con lo que intercambio algunas palabras. Los municipales siempre me saludan con respeto, llevándose la mano derecha a la visera de la gorra. Deben preguntarse qué hago allí todos los días, pero nunca me han preguntado. Mi aspecto no les debe suscitar ningún recelo.

Pasarme doce horas en la calle tiene su lado positivo. Me estoy convirtiendo en un gran observador. Veo pasar gente tan variopinta que no puedo evitar hacerles una rápida radiografía con el consiguiente diagnóstico: cómo es su vida o su forma de ser; si tienen familia o viven solos; si son felices o desgraciados. Por cómo visten y andan intuyo si tienen estudios, si trabajan e incluso de qué trabajan. Algunos van deprisa y mirando al frente, satisfechos, quizá incluso felices. Otros, en cambio, caminan lentamente y cabizbajos, como queriendo esconder su existencia. Los hay despistados. A más de uno le he tenido que advertir que se le había caído el periódico, que se dejaba olvidado el paraguas, una bolsa, un paquete en el banco de enfrente o cualquier otra cosa. Hubo uno que incluso se dejaba un maletín. Podría haberme agenciado de los objetos olvidados pero soy una persona honrada y nunca haría algo que no quisiera que me hicieran a mí. Pero, claro, no todo el mundo es igual. Cada uno es como es y hace lo que más le conviene o necesita. La necesidad puede torcer voluntades.

Pero con tanta gente que ven mis ojos, todavía no he detectado a nadie como yo, que se pase casi todo el día sentado en un banco viendo pasar a la gente y dando de comer a las palomas. Y leyendo dos periódicos.

He pensado en comprarme una libreta para ir anotando en ella todo lo que me pasa por la cabeza, a modo de diario. Quizá algún día podría publicarlo. Pero ahora mismo no me siento con ánimos. Paso horas interminables haciendo de mero espectador de las vidas ajenas sin apenas moverme de este lugar al que acudo puntualmente todos los días. Excepto los festivos.

Un día decidí callejear por los alrededores. Andar ayuda a mantener sano el corazón. Pero al cabo de una hora de deambular sin rumbo fijo, lo que más me dolía no eran las piernas sino precisamente el corazón. Sabía que existían pero nunca los había visto tan de cerca. La pobreza es invisible para algunos. No los llegué a contar pero creo que fueron más de una docena. Y solo en una hora. La pobreza es incontable para muchos. Desde aquel día decidí quedarme en mi banco, porque ya era mío por derecho, un derecho adquirido.

Llevo sentándome en este banco dos meses y diez días, que lo tengo contado, el mismo tiempo que llevo engañando a mi mujer. ¿Qué con quién la engaño? No, no se trata de una infidelidad. ¿O sí? A fin de cuentas también se puede considerar infiel aquél que rompe la promesa de ser sincero con su pareja, de decirle siempre la verdad. Y yo llevo dos meses y diez días mintiéndole, u ocultándole la verdad, que viene a ser lo mismo.

No me atrevo a confesárselo. Ésta ha sido mi primera cobardía en toda mi vida. Suficiente tengo con mi propia vergüenza y desazón como para contagiársela a ella. Quizá no se avergonzaría de mí pero sí podría sentirse defraudada, ella que siempre me ha tenido por un tío brillante y capaz de comerse el mundo. Pero es que yo era así, hasta hace dos meses y diez días. Quién sabe si acabaré como uno de esos seres invisibles e incontables.

Dicen que de todo hay que ver el lado positivo. En mi caso puedo decir que, por lo menos, ahora estoy muy bien informado pues leo dos periódicos al día aunque dejo las noticias para el final. Lo primero son las páginas de ofertas de empleo, un empleo que me devuelva la dignidad perdida y las ganas de vivir. ¿Hasta cuándo tendré que seguir viviendo en este banco? Menos mal que hoy es un día fresco pero soleado.
 
 

jueves, 21 de enero de 2016

La hora de la verdad



De pequeño, a Ricardo le atraían sobremanera las películas de héroes. Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, respondía, invariablemente: quiero ser un héroe. Huelga decir que ello provocaba sonoras carcajadas por parte de la concurrencia, ante la cara de incomprensión del pequeño. No entendía por qué no podía ser un héroe, como los del cine.

Cuando, llegado el momento, tuvo que elegir su futuro profesional, Ricardo se decantó por estudiar medicina. Fue una decisión muy meditada, no exenta de serias dudas. Le daba miedo tanta responsabilidad. Pudo más, sin embargo, aquel sentimiento infantil por hacer algo heroico, que en este caso se traduciría en salvar vidas. Sería el primer médico en el seno de una familia humilde. Vería así satisfechas las ilusiones y esperanzas puestas en él por sus padres. Estarían orgullosos de él. Todo parecía perfecto.

Estudió duramente, sacrificando muchas horas de sueño. Quería ser el mejor. Hizo una carrera brillante y obtuvo el número uno en el examen de MIR. Eligió la especialidad de neurología. Quería ser neurocirujano. Es un campo en el que todavía existen muchos interrogantes. Junto con la oncología, es un terreno con muchos recovecos por explorar. Todo un reto, Y a él le gustaban los retos.

Los cuatro años de médico interno residente los pasó junto al mejor neurocirujano del país, el viejo profesor Moragas. Esperaba poder sustituirle algún día. Y, tras años de paciente espera, sus deseos se verían cumplidos.

Aquéllos fueron los mejores años de su vida. Fue un alumno brillante y luego un magnífico médico especialista. En el hospital conoció a Amanda. Era la enfermera más bonita de la planta de neurología y, por fortuna, soltera y sin compromiso. Al principio ella le ignoraba. Quería evitar habladurías. No estaba bien vista una relación entre médico y enfermera dentro del mismo departamento. No hubo nada de heroico pero no fue fácil enamorarla. Amanda solo vivía, como él, para el trabajo. Pero la personalidad, insistencia y saber hacer de Ricardo acabó por seducirla. Así, lo que empezó con una relación de amistad desembocó en un amor apasionado. Mantuvieron su relación en secreto durante tres largos años. Se casaron justo al terminar él la residencia.

Su vida hospitalaria no fue, en cambio, como se esperaba. No resultó tan estimulante como en “Anatomía de Grey”, su serie televisiva favorita, pero no estuvo exenta de pequeñas heroicidades. Acabó ganándose el reconocimiento de sus compañeros y la confianza de sus pacientes.

Ahora lo recuerda todo con una mezcla de nostalgia romántica y amargura. Han pasado más de diez años desde el día en que le fue presentado el equipo médico en el que se incorporaría como residente y tres desde que se convirtiera en un jovencísimo jefe de servicio. Aun así, a veces todavía se siente como un aprendiz o, peor aún, como un curandero, un chamán, luchando contra la muerte. Cada intervención sigue siendo un gran desafío pero hace tiempo que perdió el temor a las dificultades inherentes a su profesión. El único miedo que aún perdura en su interior es al fracaso más absoluto: la muerte de un paciente que lucha por sobrevivir y que ha puesto la vida y las esperanzas en sus expertas manos.

De momento, el índice de éxitos es satisfactorio y muy elevado con respecto al de sus colegas de especialidad. Aún así, un diez por ciento de muertes durante la intervención y el postoperatorio es una cifra demasiado alta. Claro que a él siempre le derivan los casos más difíciles.

Hace un año tuvo un caso con el que nunca hubiera querido lidiar, uno de esos que los médicos denominan “especiales”. Le dijeron que no se implicase, que lo cediera a otro, a quien él eligiera, de dentro o de fuera del país. Era un caso demasiado difícil incluso para él. Un tumor cerebral a priori inoperable. Demasiada tensión emocional. Si la muerte de cualquier paciente en la mesa de operaciones le producía una gran congoja y frustración, la de aquella paciente le ocasionaría un shock imposible de superar. De ocurrir lo peor, no se lo perdonaría, se culparía toda su vida. Pero ahora era el mejor neurocirujano del país y no podía ni quería dejar esa intervención en manos ajenas y menos expertas. En todo caso permitiría que le acompañaran otros especialistas,  pero en el quirófano él sería el jefe.

Hoy, un año después, todavía resuena en su cerebro aquella terrible frase: “hora de la muerte: 16:43”

Pensó en dejar la práctica de la medicina pero, como cuando era niño, sigue queriendo ser un héroe. Para Amanda, siempre lo había sido. Y él le falló cuando más le necesitaba. Sus privilegiadas manos no lograron salvarle la vida. Aquélla fue la hora de la verdad.


jueves, 14 de enero de 2016

El otro niño



Hoy le he vuelto a ver. De hecho, le estaba esperando. La primera vez fue hace dos meses. Desde entonces, cada vez me lo encontraba más a menudo. Pero hasta hoy no he sabido quién era. Él sí sabía quién era yo pero no me lo dijo. Supongo que esperaba a que yo lo descubriera. Y ahora que sé quién es, nos hemos hecho amigos.

Dos meses atrás, yo estaba atravesando por una depresión, era un hombre derrotado y sin apenas esperanzas de poder salir del pozo en el que me encontraba. Había perdido mi trabajo y a mi edad se me antojaba muy difícil, sino imposible, encontrar otro que me permitiera vivir dignamente. Estaba resentido contra quienes me habían empujado a esa situación. La sed de venganza, algo desconocido hasta entonces en mí, me corroía las entrañas. La negación de la evidencia, primero, y la impotencia, después, me llevaron a un estado de parálisis que nunca hubiera imaginado que pudiera adueñarse de un cuerpo tan sano y de una mente hasta entonces tan productiva como la mía.

Consciente de que algo en mi psique no andaba bien, puse todo mi empeño en restablecerme. Y fue en ese estado de enfermedad consciente, de aceptación de que tenía un serio problema, cuando me crucé con él. Primero fue en la calle, luego se me aparecía en cualquier lugar. Al principio se limitaba a observarme y su mirada denotaba aprecio y lástima. Siempre iba solo y se mantenía a una distancia prudencial. Era un niño de unos cinco o seis años. ¿Cómo un niño tan pequeño podía estar solo? ¿Querría algo de mí? Creí que era una alucinación y así se lo dije a mi terapeuta, el cual me sometió a un tratamiento con un anti-psicótico. Pero el niño seguía apareciéndoseme, cada vez con más frecuencia.

¿Por qué no me hablaba? –me preguntaba. ¿Cómo va a hablarme si no existe más que en mi imaginación? –me contestaba. Pero en los sueños hablamos, incluso con personas fallecidas –me replicaba. Hasta que decidí tomar la iniciativa. Y hoy hemos hablado. Y por fin he sabido quién era y qué quería.

Ese niño era yo, era mi “yo” niño. Venía a salvarme de mí mismo, a consolarme, a animarme. Cuando me ha visto llorar, se ha sentado en mi regazo y acurrucado en mis brazos. Yo le he acunado y abrazado como si de un hijo se tratara. Ha sido algo balsámico, catártico. Me ha pedido perdón por haber sido como fue y haberme convertido en lo que yo era.
 

―Si hubiera sabido hacer las cosas de otro modo y no hubiera sido tan débil.... –me ha dicho.
―Tú no tuviste la culpa de ser como eras. Así te hicieron los demás –le he contestado, sin demasiada convicción.
―Pero ahora sufres por mi causa –ha añadido, apesadumbrado.
―Ahora sufro por cómo me han tratado –le he aclarado.
―Pero todo lo achacas a tu personalidad dócil, sumisa, tal como yo era de pequeño y seguí siendo a medida que me hacía mayor. Así que yo soy el culpable de que seas así.
 
 
 
El otro niño y yo hemos compartido pesares, hemos recordado nuestra vida en común, cuando yo era un niño demasiado maduro para mi edad, y cuando era un adulto con temores infantiles, vestigios de una infancia llena de inseguridades.

Hoy nos hemos confesado y absuelto. Mi yo actual se ha reconciliado con mi yo pasado. Aquel niño, con sus limitaciones, sus miedos y su soledad, creció sin poder ni saber desprenderse de ese lastre. Ese niño se convirtió en un adulto frágil ante los desmanes de una sociedad competitiva e injusta, ante el trato despótico de sus superiores, ante los engaños y traiciones de sus iguales, soportando con tenacidad los agravios con los que ha tenido que convivir hasta que la estocada final lo ha vencido.

Pero ahora, mirándome a mí mismo en ese niño que fui, el único que me comprende y al único a quien perdono, por su inocencia, me doy cuenta que la felicidad no puede estar en manos de los demás sino que habita en nuestro interior, muchas veces dormida, y que solo hay que despertarla para sentirla.

Yo soy yo y mi circunstancia, dijo el filósofo. Yo tuve el infortunio de vivir en un medio que, aunque no fuera enteramente hostil, tampoco resultó amigable para formarme como persona dueña por completo de sus actos, libre de complejos  y con una elevada autoestima. Mi inseguridad me hizo una persona dócil y reservada, cuya vida ha estado dominada por la necesidad de complacer a los demás y evitar el conflicto. Por muy brillante que alguien sea en un campo determinado, esta conducta socialmente errónea le abocará a una frustración. No se congratulará de sus éxitos y, en cambio, se sentirá un fracasado ante sus fracasos. Ese he sido yo desde niño y ese otro niño me lo ha hecho ver, desprendiéndome de todo sentimiento de culpabilidad. No le culpo a él como él no me culpa a mí de cómo soy. No es momento para las recriminaciones, en todo caso para las justificaciones. Hoy ese niño me ha hecho comprender que no hay que sufrir por culpa de los demás.

Nos hemos despedido como quien dice adiós a un ser querido al que no volverá a ver. Aun recuerdo sus últimas palabras antes de marcharse:

―No le des más vueltas. Lo pasado, pasado está. No te culpes por tus errores. Piensa que errar te hace más humano. Nadie es perfecto. Pero, sobre todo, expulsa el rencor, destierra el odio de tu mente y de tu corazón. Quiérete y perdona a quien no te ha querido bien. Solo así lograrás ser feliz.

Desde que se ha marchado, hace tan solo un momento, ya me siento mucho mejor. ¿Por qué no se me aparecería antes?
 

Busquemos, amemos y cuidemos al niño que todos llevamos dentro porque, como niño que es, no entiende de maldades, es inocente e ingenuo, y si algo hace mal, lo hace porque no sabe hacerlo mejor.
 
 
*Relato de ficción basado en hechos que podrían ser reales

viernes, 8 de enero de 2016

Premio Best Blog


Ahora que ya han pasado estas fiestas en las que, alrededor de una mesa y rodeados de familia y amigos, quién más quién menos ha cometido algunos excesos gastronómicos; ahora que, con un índice menor de alcoholemia y colesterolemia, estoy totalmente lúcido, pues ahora, digo, me acuerdo de que hace unas tres semanas este blog fue nominado para el premio que lleva por nombre Best Blog. Disculpad un momento, que ahora vuelvo.

 
 
Vaya, no hay nada como un café bien cargado para despejar la mente, la lengua y la vista. ¿Que qué café tomo? Pues cuál va a ser, Nespresso, what else? Que conste que no cobro ni un euro por hacerles publicidad, pero como habéis preguntado…

El caso es que, como iba diciendo, “Retales de una vida” fue nominado, el 19 de diciembre del año pasado (de cuál va a ser sino), para el premio Best Blog y la persona que tuvo la amabilidad de hacerlo es Chari, autora del blog “La voz de las olas”. Así que  tenía una deuda para con ella y como yo pago mis deudas, aquí va mi agradecimiento público, pues el privado ya se lo envié en su día.

Siento que haya transcurrido tanto tiempo sin haber recogido el premio ni haber pasado el testigo a otros tan o más merecedores de esta distinción. Debo confesar, además, que ha sido otra querida bloguera, Aida Ramos, quien me ha hecho recordar que tenía este tema pendiente. Y ello ha sido gracias a que, hace unos pocos días, también me ha nominado a este mismo premio pero dedicado a otro de mis blogs, “Cuaderno de bitácora”.

Hombre práctico como soy, pensé en aprovechar esta  coincidencia y publicar un mismo post para agradecer y cumplir con ambas nominaciones pero al tratarse de un premio concedido a dos blog independientes y que las preguntas que me veo en la tesitura de contestar son distintas, iré por partes: aquí y ahora dedico esta entrada al premio Best Blog concedido por Chari a “Retales de una vida” y en paralelo hago lo propio en mi “Cuaderno de bitácora” para el concedido por Aida. Así ninguno de ellos sentirá celos del otro.

Por si no estáis al corriente de las reglas que van prendidas de este premio, os las reproduzco a continuación:

1. Dejar un comentario en el blog que te nominó, seguirlo y dejar un comentario para que te sigan a ti.
2. Contar 11 cosas sobre ti.
3. Responder a las preguntas que preparó la persona que te nominó.
4. Formular 11 preguntas nuevas para que respondan las personas a quien nominas.
5. Nominar a 11 blogs con menos de 200 seguidores y dejarles un comentario en sus blogs para avisarles.
 
Os advierto que, si sois seguidor/as de Cuaderno de bitácora, veréis que los puntos 2, 4 y 5 son idénticos en su contenido. Si contar once cosas de mí (punto 2) ya va a ser difícil, de no repetirlas, deberían ser veinte en total, algo mucho más complicado. En cuanto a mis preguntas (punto 4), permitidme también ser repetitivo, por una simple cuestión práctica. En cuanto al último punto, pues lo mismo ya que no son muchos los blogs que sigo con menos de 200 seguidores.

Y sin más preliminares, pongámonos manos a la obra:

Encomienda uno:

El blog de Chari, lo descubrí hace muy poco, gracias a su amable visita al mío. Desde entonces, lo visito asiduamente y suelo dejar mis comentarios.

Encomienda dos:

Intentaré ser breve (algo difícil en mí):
1. Soy tremendamente impaciente
2. Soy un perfeccionista sin causa
3. Mis aficiones favoritas son: la lectura, el cine y la música (ordenadas de mayor a menor tiempo que dedico a cada una de ellas)
4. Me gusta el orden, aunque no llego a ser un obsesivo-compulsivo
5. No tengo dotes de improvisador. Me gusta prepararme bien las cosas con antelación. Nunca tengo la palabra adecuada en el momento justo. Siempre se me ocurre cuando ya es demasiado tarde
6. Me gustan los animales, especialmente los perros. Tengo un perro mestizo, al que adoptamos hará tres años, y al que todos queremos como lo que es: un miembro más de la familia.
7. Me gusta la naturaleza y preservar el medio ambiente de todo tipo de agresiones. Soy un ecologista a ultranza.
8. Prefiero moverme en grupos reducidos. Me siento incómodo ante mucha gente. Me desenvuelvo mucho mejor en las distancias cortas. No me gusta ser el centro de atención (¿timidez, introversión?)
9. Me gusta conducir de forma ágil pero sensata
10. Prefiero el frío al calor
11. Tengo mucho sentido del humor sin ser un gracioso. Me gusta contar chistes y que la gente se ría (del chiste, no de mí).

Encomienda tres:

1. Lugar del mundo al que me gustaría viajar: Países nórdicos, especialmente Noruega y Finlandia, con sus fiordos y auroras boreales.
2. Personaje de cuento con el que me iría a cenar: con Scheherezade, para que me sedujera contándome mil y una historias.
3. Un libro que no me importaría releer: “Te daré la tierra”, de Chufo Llorens.
4. Cómo definiría mi blog: Retales de una vida es un blog que pretende entretener y, a ser posible, hacer disfrutar al lector con relatos de ficción, así de simple.
5. Tareas que detesto hacer: odio el bricolaje. Soy un perfecto inútil en cualquier tipo de arreglos y reparaciones
6. Actividad que no puede faltar en mi día a día: aparte de las fisiológicas, la lectura.
7. ¿Suelo marcar mis libros?: solo lo hacía con los de texto y en el colegio
8. Novela en la que me gustaría meterme: en cualquiera de la serie policiaca de Henning Mankell, trabajando codo con codo con el inspector Kurt Wallander en la resolución de casos.
9. Tiempo que dedico a mi blog: No sabría decirlo. Depende de la “inspiración”. A veces estoy varios días dándole al coco y varias horas al día escribiendo. Otras veces, en cambio, pasan días (pocos) sin que escriba ni una sola línea. No creo que deba marcarme una dedicación determinada. Prefiero que sea algo espontáneo, que me lo pida el cuerpo y la mente.
10. Un súper poder que me gustaría tener: leer la mente (la de los demás, claro).
11. Una pregunta que le querría formular a Chari: ¿Cómo descubriste mi blog?

Encomienda cuatro:

Las once preguntas para mis nominado/as (que llegado a este punto todavía no sé quiénes van a ser):
1. ¿Por qué decidiste crear un blog?
2. ¿Qué tipo de blog te gusta más?
3. ¿Cuánto tiempo dedicas al día a leer blogs ajenos?
4. ¿Has recibido alguna vez un comentario negativo a alguna de tus publicaciones? En caso afirmativo, ¿te afectó?
5. ¿Cuántos libros lees al cabo de un año, aproximadamente?
6. ¿Qué género literario prefieres?
7. ¿Has asistido o asistes a algún curso o taller de escritura creativa?
8. ¿Te has planteado alguna vez escribir una novela?
9. ¿Eres de los que prefieren comprar un libro o pedirlo en préstamo a una biblioteca?
10. Cuando empiezas a escribir un texto (relato), ¿sabes ya cuál será el desenlace o prefieres ir improvisando a partir de una idea?
11. ¿Te importa mucho recibir comentarios en tu blog o es un tema que te trae al pairo? En otras palabras: ¿publicas sin importarte que te lean y comenten o lo haces con la esperanza recibir cuantas más visitas mejor?

Quinta y última encomienda:

Por el motivo aducido al principio de este post, me veo en la necesidad de reducir el número de nominados a media docena (me gustan los números pares).

Debo añadir que, no me agrada poner a nadie en un compromiso, así que si mis nominado/as no están por la labor y no les viene en gana seguir con la cadena de nominaciones (como me ha ocurrido siempre hasta ahora), no me lo voy a tomar a mal (como he hecho siempre hasta ahora). Yo nomino y que sea lo que mis nominado/as quieran. Así pues, mis seis nominado/as, que, si no voy errado, tienen menos de 200 seguidores, que son lo/as siguientes:

- Francisco Moroz (abrazo del libro)
- Fernando M (apócrifos y compulsivos)
- Paola Panzieri (el bar de Ernesto)
- Hola, de llamo Julio David (literatura bonsái)
- Mª Jesús Fernández (reinvenciones)
- Yolanda Román (timshel/tú podrás)
 
Un cariñoso saludo a todo/as ello/as, a todo/as mis lector/as y, por supuesto, a mi nominadora.