miércoles, 28 de diciembre de 2016

El diario (II)


La lectura del diario me llevó toda la mañana. La historia que allí se contaba me conmovió y rebeló a la vez. Su autor estaba realmente angustiado y no había para menos. Pasar, de la noche a la mañana, de ser un acomodado hombre de negocios a un indigente tenía que ser una pesadilla, pero que fueran su socio y su esposa quienes se confabularan para arrebatarle todo por lo que había luchado lo hacía todavía más doloroso.  

¡Quién le iba a decir que el haber puesto todas sus propiedades a nombre de su mujer le pasaría factura! Esa es una práctica muy habitual en empresarios. De este modo, en caso de hacer una suspensión de pagos, pueden salvar su patrimonio y pertenencias personales del embargo. Según explicaba el afligido propietario del diario, se trataba de una historia realmente malévola: su socio y su mujer, administradores y propietarios de las dos terceras partes del negocio, provocaron la fallida de éste apropiándose subrepticiamente de todo el capital disponible para luego fugarse, dejando al ingenuo socio y engañado marido sin liquidez para hacer frente a las numerosas deudas contraídas con los proveedores, quienes acabaron embargando los bienes inmuebles de la sociedad. Despojado de todo, incluso del domicilio familiar, que había sido vendido por su esposa y propietaria legal a sus espaldas, no le quedó otra salida que dormir en la calle y malvivir recogiendo chatarra de los contenedores. 

Por la datación de los hechos, llevaba viviendo en la calle varios meses y había ido desgranando todas sus penurias en este diario desde que lo perdió todo, exceptuando su orgullo. Vivía también de la mendicidad y el poquísimo dinero que conseguía de la compasión ajena y de la venta de la chatarra a duras penas le llegaba para dos comidas al día. Pero lejos de desmoronarse, todavía conservaba la ilusión por recuperar el negocio que levantó y renacer de sus cenizas esparcidas en el vertedero en que se había convertido su vida por culpa de dos sinvergüenzas sin entrañas. Un amigo abogado le llevaría el caso de forma desinteresada. Ya le pagaría cuando todo hubiera acabado y volviera a ser una persona solvente, le había dicho. Y él no había perdido esa pizca de esperanza que todavía habitaba en lo más profundo de su alma.

Mientras leía todas esas notas tan pulcramente escritas y ordenadas cronológicamente, me iba compadeciendo cada vez más de ese pobre diablo. Todos hemos pensado alguna vez qué sería de nosotros si lo perdiéramos todo. Cuando aún veo por televisión a esas familias desahuciadas porque no pueden hacer frente a los pagos de la hipoteca siempre me pongo en su piel y doy gracias a Dios por la vida que llevo. Mi paga de policía jubilado, después de más de cuarenta años de servicio, no da para muchas alegrías, pero por lo menos vivo dignamente. Nunca me casé y siempre he sido muy ahorrador, de mis bolsillos nunca ha salido más dinero del que ha entrado, y eso, a la larga, se nota.

Pero si a las pocas horas de paciente e intrigante lectura sentía una gran empatía por ese ex rico indigente, lo que leí al final del diario me alarmó en extremo.

Recordé que dos días atrás se había hecho pública la desaparición de una joven de la localidad, de dieciséis años. No había vuelto de su clase vespertina de inglés y temían por su vida. Aunque la policía no descartaba ninguna hipótesis, los padres intuían que podría tratarse de un secuestro, pues acababan de ser agraciados con el primer premio de la lotería de Navidad. No obstante, nadie se había puesto en contacto con ellos para reclamar un rescate. En pocas horas, los escaparates, paredes, vallas publicitarias, árboles y farolas del municipio aparecieron cubiertos de carteles con la fotografía de la chica, solicitando cualquier información sobre su paradero.

Pues bien, el autor del diario narraba ─y éstas eran sus últimas notas─ cómo había presenciado, desde su refugio nocturno, el secuestro de una adolescente por dos individuos que se la llevaron a rastras aparentemente narcotizada. Dada la oscuridad reinante, no pudo verles la cara, sólo alcanzó a distinguir que iban vestidos con un chándal, la cabeza cubierta por una capucha y que eran altos y fornidos. Cuando creyó que se habían alejado lo suficiente, salió de su escondite para ver adónde la llevaban y entonces uno de los secuestradores, seguramente alertado por algún ruido, se dio la vuelta y le vio. Presa del pánico, no le quedó más remedio que abandonar su refugio, no fuera que volvieran a por él. Así fue cómo se trasladó al parque de este barrio. Y aquí terminaba el diario. Esta última anotación era de la noche anterior a mi hallazgo. Así pues, algo o alguien debió obligarle a huir de su nuevo escondrijo y en la huida perdió, sin duda, el diario que ahora tenía yo en mis manos. 

Mi integridad ciudadana y espíritu policial, que nunca me han abandonado, me decían que debía dar con el propietario del diario para devolverle su íntima y valiosa pertenencia y, sobre todo, intentar protegerle de esos dos peligrosos delincuentes.

Tras meditarlo unos instantes, decidí que esa misma tarde me presentaría en la comisaría de la Policía Local para preguntar por el sintecho ─así le llamaré desde ahora─ al que, seguramente, habrían visto más de una vez por las calles de este municipio, aunque no les desvelaría nada del diario ni del secuestro. Todavía me sentía capacitado para resolver yo solo un caso como aquél. Al pobre sintecho sólo le faltaba verse envuelto en un grave problema como testigo ocular de un secuestro, que le podía incluso costar la vida. Si la cosa se complicaba, ya pediría refuerzos. Bueno, quiero decir que lo dejaría en manos de policías en activo. Pero si salía bien, ya me veía escribiendo yo también un diario o, quién sabe, una novela de acción. 

**

─¿Un indigente en el parque? En este pueblo cada vez hay más indigentes, por desgracia. Si no me da más pistas… ─me contestó el municipal que estaba en recepción, sin apenas levantar la vista de unos papeles que parecían tenerle cautivado.

¿Cómo iba a describirle al sintecho si no le había visto nunca? Pero un ex policía no deja de ser un policía y sabe hacer uso de su imaginación.

─Pues es un individuo de estatura normal, ni alto ni bajo, esto… ah y curiosamente va todo el tiempo con una libreta de color azul ─fue todo lo que me aventuré a decir, que era prácticamente nada, habida cuenta de que no había previsto que me pidiera su descripción. Esperaba, sin embargo, que el detalle de la libreta le aligerara la memoria. Como así fue.
─!Ah sí! El vagabundo escritor. Así le llamamos. Siempre se le ve escribiendo en algún rincón. Nos da lástima porque se ve que es buena gente y muy educado. ¡Vaya a saber usted cómo habrá caído tan bajo! En más de una ocasión le hemos aconsejado que acuda a un albergue o a un comedor social pero siempre se ha negado, alegando, fíjese usted, que él no es como los demás, que todavía tiene su orgullo. Parece de los que acaban en la calle después de haber llevado una buena vida ─y poniendo cara reflexiva, continuó con su perorata─. Debe ser más joven de lo que parece. Aparenta unos cuarenta y tantos años, pelo castaño claro bastante desgreñado, con barba canosa, va siempre con una gabardina de color marrón bastante ajada y mugrienta y con unas zapatillas deportivas sin cordones. Pero de estatura normal nada de nada, es más bien un tipo muy alto y corpulento ─explicó, tras levantar la vista del montón de papeles.
─Bueno, la verdad es que no le he visto nunca de pie, siempre me lo he encontrado, como usted dice, escribiendo sentado en algún banco ─fue todo lo que supe decir como excusa a mi torpe desacierto.
─¿Y para qué quiere encontrarle, si se puede saber? ─preguntó, curioso.
─Pues es que me da mucha pena que un hombre con sus aparentes posibilidades, porque yo también me he percatado de que debe ser un hombre ilustrado venido a menos, tenga que ir pidiendo limosna y rebuscando chatarra por los contenedores, y me gustaría ofrecerle un trabajito.
─¿Cómo sabe que se dedica a mendigar y a buscar chatarra si dice que sólo le ha visto sentado y escribiendo? 

Ese hombre empezaba a sacarme de mis casillas con tanta pregunta, cuando era yo quien había acudido allí a hacerlas. No podía decirle que lo había leído en su diario. Así que tuve que improvisar de nuevo.

─Es que una vez, paseando a mi perro, le vi rebuscando en el contenedor que hay frente a mi casa y vi que sacaba unos objetos metálicos ─como me preguntara qué tipo de objetos metálicos me lo cargaba allí mismo.
─Pues no sé qué decirle. Si le vemos ya le daremos recado. Si me da usted sus señas de identidad, su domicilio y demás, cuando le veamos se lo diremos y…
─No se preocupe usted, ya le buscaré yo. Seguro que me lo encuentro de un momento a otro, pues le veo con frecuencia en el parque que hay en mi barrio ─y, dando media vuelta, me largué dejándole con la palabra en la boca. 

Esperaba que con la descripción que el agente me había proporcionado sería capaz de identificar al sintecho, pero bien pensado todos los vagabundos siguen el mismo patrón, así que tenía que confiar en la suerte.

**

Suerte o no, el caso es que el buen ex policía no podía imaginarse que, al poco rato de haber abandonado la comisaría, su hombre hacía entrada en la misma preguntando si alguien había encontrado una libreta de color azul que creía haber perdido la noche anterior en el parque que hay en las inmediaciones del nuevo barrio.

El agente, el mismo que había atendido a aquel individuo que había estado preguntando por el indigente, le informó que no le constaba que nadie hubiera encontrado una libreta de color azul en ese parque pero que tenía una buena noticia que darle: un vecino que vivía precisamente por la zona había preguntado por él porque, según le había dicho, tenía un trabajito que ofrecerle. No había querido dejar sus señas, a pesar de que se las había pedido, pues dijo que ya se las apañaría para encontrarle.

El pobre hombre, sin siquiera agradecerle al agente la información, salió de la comisaría como alma que lleva el diablo. Necesitaba recuperar su diario como fuera, pero no a costa de su integridad física. Porque era evidente que ese individuo que había ido preguntando por él no podía llevar buenas intenciones. ¿Cómo podía ser que un desconocido quisiera darle trabajo? ¿A santo de qué? Quizá había hallado su diario. Pero si era así, ¿por qué no hizo entrega del mismo a los municipales? ¿Y por qué no había querido dejar sus señas? ¿Y si tenía alguna relación con el secuestro? Él tenía muy buen olfato para estas cosas y este asunto le olía muy mal. Ahora sí que estaba metido en un buen lío. Debía pensar en un plan para salir indemne de este apuro. 

CONTINUARÁ...


viernes, 23 de diciembre de 2016

El diario


Si tuviera que buscar un culpable, diría que fue mi perro, aunque hay quien dice que las cosas no ocurren por casualidad sino porque está escrito que sucedan del modo en que lo hacen, cuándo y por qué. En este caso, el por qué me ocurrió a mí tiene una fácil respuesta: porque soy un metomentodo. Será deformación profesional.

Suelo sacar a mi perro tres veces al día: a las siete de la mañana, al mediodía y a eso de las siete u ocho de la tarde. El hallazgo tuvo lugar durante nuestro paseo matutino. Siendo invierno, el parque que hay frente a mi casa estaba desierto y muy oscuro, pobremente iluminado por las escasas farolas que el ayuntamiento tuvo a bien instalar después de repetidas peticiones. Es lo malo de vivir en un barrio alejado del centro en una población, como la mía, de poco más de diez mil habitantes.

Mi perro no es de raza, pero tiene trazas de buen rastreador. Cuando algo le llama la atención a su olfato, me arrastra de tal modo que no puedo retenerle a menos que le parta el cuello de tanto tirar de la correa. Así que, para evitar esfuerzos innecesarios ─ya no tengo edad para ello─, dejo que el animal satisfaga sus instintos primarios, al margen de los puramente fisiológicos.

El caso es que esa mañana de invierno olfateó algo que le llamó extraordinariamente la atención y, como era de esperar, me arrastró literalmente hacia unos arbustos. Pensé que habría olido el rastro de otro can, de un animal muerto (un roedor o un pájaro) o de algún resto de comida. Pero no era nada de eso. Aunque el objeto en sí no hubiera atraído a ningún perro, su color ─contrariamente a lo que algunos creen, los perros sí distinguen los colores y, además, ven mejor de noche que de día─, y seguramente el olor que despedía le debió atraer sobremanera. Cuando logré que sacara el hocico de donde lo tenía prácticamente hincado, vi que el objeto no era más que una libreta azul de tamaño cuartilla. Cuando, no sin cierto reparo, la tuve en mis manos, comprobé que estaba bastante manoseada y repleta de anotaciones hechas con una letra muy pulcra. Con la escasa iluminación del recinto, ni con las gafas de leer habría podido sacar algo en claro de lo que allí ponía. A punto estuve de echarla a la papelera más próxima, pero algo me contuvo: mi dichosa curiosidad, que no me ha abandonado aun después de haberme jubilado.

Ya en casa, cómodamente instalado en mi butaca ergonómica y de articulación eléctrica (me costó más de ochocientos euros, pero valió la pena el dispendio) y con mis inseparables gafas de leer, sólo con hojear unas pocas páginas de la libreta (a la que le había pasado repetidas veces un paño para eliminar cualquier rastro de mugre y de bacterias patógenas) me percaté de que lo que tenía en mis manos era ni más ni menos que un diario de alguien muy culto pero tremendamente desgraciado. 

Y ahí empezó mi aventura.


CONTINUARÁ

viernes, 16 de diciembre de 2016

Renacido


El dinero no hace la felicidad, pero sí otorga ciertas prebendas que no están al alcance del común de los mortales. Gregorio lo había preparado todo concienzudamente, desde el día en que supo que sólo le quedaba un año de vida. Contrató los servicios de KrioRus, una empresa rusa especializada en criónica. Así, cuando, en el futuro, dispusieran de una cura definitiva de su extraña enfermedad, lo descongelarían y le devolverían a la vida. Renacería, probablemente al cabo de varias décadas, con un cuerpo sano y mucho más longevo.

También programó y ordenó su muerte asistida en un centro suizo. No quería acabar sus días con un deterioro orgánico que impidiera su posterior resucitación y tratamiento. 

Tanto los preparativos como la ejecución del plan meticulosamente organizado salieron según lo previsto. Con lo que no contaba Gregorio era que, tras veinte años de hibernación, la batería que mantenía el criogenizador se agotara por falta de suministro eléctrico. Como resultado de ello, la cápsula en la que reposaba su cuerpo inerme dejó de funcionar, activándose, como por arte de magia, su apertura automática.

Contrariamente a lo que podría esperarse, su cuerpo descongelado volvió a la vida, pero resultó ser la única vida humana en un planeta inhóspito, sólo poblado por los únicos seres que habían sobrevivido a los altos niveles de radioactividad: los insectos. ¡Lo que habría dado Gregorio en ese momento por estar en la piel de su homónimo Kafkiano, Gregorio Samsa, tras su igualmente increíble despertar!




viernes, 2 de diciembre de 2016

El proyecto llegó a su fin: el libro nacido de un blog



Los que habitualmente me visitáis y leéis estos retales, quizá recordaréis que hace unos dos meses (¡cómo pasa el tiempo!) anuncié que tenía en marcha un proyecto en estado avanzado de gestación, que no era ni más ni menos que la publicación en Amazon de “Irreal como la vida misma” una recopilación de cincuenta y cinco relatos de mi autoría y que he ido publicando en este blog.

Pues bien, en esta ocasión me congratula poder anunciaros que “Irreal como la vida misma” ha visto por fin la luz. Mide 15,24 x 22,86 cm. El peso no lo sé pero está dentro de la normalidad. Lo importante es que está sano. Y, además, ha salido a su padre.

El libro está, pues, a vuestra entera disposición y, para los que todavía no conocéis el sistema de compra a través de Amazon, solo debéis entrar en
https://www.amazon.es, desplegar la pestaña de “Todos los departamentos”, hacer un clic sobre “Libros”, escribir, en el recuadro buscador que aparece en la parte superior, el título del libro y darle a “intro”. Una vez que visualicéis el libro debéis situar el puntero del ratón sobre la imagen y os llevará a la página donde encontraréis toda la información referente al libro y a la forma de pago. Y a comprar!!! ¿A qué os lo he puesto fácil?

Así pues, si queréis pasar un rato agradable solo tenéis que rescatar unos cuantos euros de vuestra cuenta corriente e invertirlos en esta criatura recién nacida. Seguro que será una buena compañía.

Para quienes quieran, además, ahorrar unos eurillos o prefieran leer en un ebook, también está disponible la versión electrónica en el sub-apartado eBooks Kindle.

Ya sé que se dice que nunca segundas partes fueron buenas. De ser así, lo tengo crudo, pues mi primera recopilación de relatos fue un fracaso. Pero puestos a echar mano de frases populares prefiero esa otra que dice que la esperanza es lo último que se pierde.
 
 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

El buscador de objetos perdidos



Desde que me instalé en esta casa de la playa para escribir mi tercera novela, en verano, cada día, al caer el sol, aparecía con su detector de metales recorriendo la playa, de un extremo al otro de la cala. Alguna vez le veía inclinarse y recoger algo, después de escarbar un poco en la arena, mirarlo con detenimiento, para acabar lanzándolo a escasos metros de sus pies. Vana ilusión, me decía. ¿Qué puede ese hombre encontrar semienterrado en la arena que pueda tener algún valor? ¿Acaso una medalla, un anillo, unas monedas? Cosas perdidas, tragadas por la tierra que alguien luego extrañará y que quizá para esa persona sí tenga un valor material o sentimental. ¡Maldito buscador de metales! ¡Aprovecharse de la desgracia ajena! Se queda con objetos que no le pertenecen, que han sido extraviados por sus verdaderos propietarios, en lugar de entregarlos en una oficina de objetos perdidos –me decía, al verle “trabajar” en la playa. Ojalá no encuentre nada ―pensaba a continuación―. De hecho, creo que le seguía con la mirada para cerciorarme de su frustrada búsqueda. Cuando le veía agacharse para recoger algo, casi contenía la respiración, pendiente del resultado. Y cuando comprobaba que lo hallado no era de su interés y lo desechaba, lo celebraba con un ¡toma ya! ¡¿Qué te habías creído, aprovechado de las desgracias ajenas?!

Cuando, acabado el verano, ya nadie frecuentaba la playa, el buscador de objetos perdidos dejó de acudir a su cita diaria. Entonces lo eché de menos. Me había acostumbrado tanto a su presencia que encontraba a faltar algo en el paisaje.

Cuando se lo comenté a un vecino con el que coincidía en el club náutico ―yo no navego, nunca lo he hecho, pero era la única forma de disponer de un local decente, donde charlar con gente interesante y jugar a las cartas, que no fuera el bar de la esquina― me dijo que ese hombre hacía varios años que practicaba esa actividad y que también efectuaba su búsqueda en otras partes, sobre todo en el bosque colindante con la playa. También me dijo que, según había oído, en una ocasión encontró algo de mucho valor.

―¿Algo de mucho valor? ¿Cómo qué? ―quise saber.
―Ni idea. Son solo rumores, pero quién sabe, quizá un brazalete de oro o algo por el estilo.
―¿Y sigue teniendo éxito en este cometido? ―le pregunté.
―Pues supongo que sí; de lo contrario, no lo haría ―me contestó mi amigo, encogiéndose de hombros.

Nunca le había visto la cara al hombre de la playa, pero aparentaba tener más de sesenta años. Debía estar jubilado y se dedicaba a aquello para matar el tiempo y, de paso, sacarse algún dinerillo extra ―lo del valioso hallazgo, si era cierto, debió ser una suerte irrepetible― para compensar su exigua paga de pensionista. Aún así, me picó la curiosidad y decidí ir a su encuentro para, como quien no quiere la cosa, interrogarle y salir de dudas. Quizá lo hiciera como un hobby, como el que colecciona chapas de cava o sellos de correos.

Siempre me ha gustado conocer a gente especial, fuera de lo común, y pensé: quién sabe, a lo mejor descubro algo que valga la pena para mi novela. Así, con paciencia de pescador, le pesqué en plena faena una tarde, en el bosquecillo, tal como me había indicado mi vecino y compañero de juegos de naipes. En realidad fue mi perro quien lo descubrió. Sus ladridos me hicieron ver que algo se movía entre los arbustos. Al momento, temí que pudiera ser un animal peligroso ―no sé qué especie animal podría frecuentar aquel paraje que no fuera un gato o un perro abandonado―, pero al poco reconocí la gorra playera que siempre solía llevar y, como una prolongación anatómica de su cuerpo, el aparatito detector de metales que, como si de un aspirador se tratara, iba desplazando de derecha a izquierda a lo largo de su lento deambular.

Cuando me vio, dio un respingo para, acto seguido, esbozar una sonrisa de compromiso, como disculpándose de su sobresalto, y saludarme con un gesto de la cabeza antes de seguir su camino. Como llevaba unos auriculares puestos ―que después supe que son para oír la señal que emite el detector cuando localiza un metal―, ni los ladridos de mi perro, ni mucho menos mis “buenas tardes”, llegaron a sus tímpanos, así que no me quedó más remedio que seguirle un trecho, hasta que se diera cuenta de que quería hablar con él.

―Disculpe mi atrevimiento ―le dije cuando se hubo quitado los auriculares, después de haberle dado unos golpecitos en la espalda para llamar su atención.
―¿Si? ¿Qué desea? ―me preguntó, ahora con cara de quien es interrumpido a mitad de un trabajo que requiere su máxima concentración.
―Perdone usted ―insistí― pero le he visto, cada tarde, durante este pasado verano, en la playa, con este aparato detector de metales y ahora le veo aquí de nuevo y me preguntaba si ha encontrado alguna vez algo interesante o valioso.

Al cabo de media hora estábamos sentados en la terraza de mi casa que da a la playa, mi puesto de observación preferido, viendo romper las olas mientras la tenue luz del sol dejaba al descubierto el tímido brillo de la luna, y con sendas jarras de cerveza en nuestras manos.

Pedro, que así se llamaba el buscador de tesoros ―como él mismo se definió―,  se había aficionado a la búsqueda de objetos de todo tipo desde que su difunto padre, jubilado como ahora lo estaba él, había hallado, muchos años atrás, un pequeño arcón repleto de denarios de plata cerca de las ruinas romanas de Ampurias.

―Esas piezas forman ahora parte del patrimonio histórico del Museo Arqueológico de Cataluña y lo que obtuvo él, como recompensa, fueron unos cientos de euros. Total una miseria. Pero, eso sí, obtuvo el reconocimiento público por su gesto. Otro se habría quedado con las monedas y las hubiera vendido a coleccionistas privados que le habrían pagado muchísimo más ―me comentó con una sonrisa desabrida―. Pero mi padre era así de legal. Y por eso murió más pobre que una rata.

Pedro, con muchos menos reparos que su progenitor, decidió seguir sus pasos. Se hizo con un equipo para la detección de metales y se echó al monte a la búsqueda de tesoros.

―Inicié mi búsqueda por las calas menos frecuentadas de esta zona que durante siglos fueron visitadas por piratas y corsarios, esperando hallar un tesoro escondido. Debió ser la suerte del principiante porque al poco descubrí, en una pequeña cueva, un alijo de doblones de oro del siglo XVIII por los que me dieron cuarenta millones de euros, aunque luego supe que valían diez veces más pero, claro, más vale pájaro en mano... Si hubiera ido en plan legal, declarándolo a las autoridades, quizá me hubiera quedado sin nada o me habrían obsequiado con una escuálida propina y unos golpecitos en la espalda, como hicieron con mi padre. Lo más probable es que el Estado, el Municipio o vaya usted a saber quién, habría alegado ser su legítimo propietario. A éste le siguieron algunos hallazgos más pero de menor importancia y valor, todos en tierra firme, pequeños tesoros enterrados a la espera de ser rescatados pasado un tiempo pero que nunca llegaron a ser recuperados. En total, esta actividad me ha reportado unas ganancias de más de cincuenta millones de euros, una cantidad nada despreciable, ¿no cree?

¡¿Cincuenta millones de euros?! No me lo podía creer. Ese hombre se había hecho millonario y seguía alternando la búsqueda de tesoros con la de objetos de valor insignificante en la playa y sus aledaños. ¿Acaso creía que, a ojos de cualquier observador y bajo un palmo de arena, encontraría un botín como los que me acababa de referir?

―Lo de la playa lo hago para disimular ―aclaró como si me hubiera leído la mente―. Si hubiera abandonado de golpe esta práctica, la gente sospecharía. Sé que corren rumores de que encontré algo de gran valor, pero si ven que sigo saliendo cada día con mi detector de metales, pensarán que no es para tanto y me dejarán tranquilo. Si supieran lo que he encontrado hasta ahora, podrían delatarme a las autoridades, extorsionarme o, peor aún, ser objeto de un robo con violencia pues, como comprenderá, no tengo el dinero en un banco. Hay mucho delincuente suelto.
―¿Y por qué me lo cuenta a mí, que soy un extraño? ―le pregunté, sorprendido.
 ―De extraño nada. Yo sé más de usted que usted de mí ―me contestó con una siniestra sonrisa.

Según me contó a continuación, desde que me había instalado en la casa, se había percatado de cómo le venía observando, desde la terraza donde estábamos sentados en ese preciso instante, en sus quehaceres de buscador de objetos perdidos. Intrigado por mi conducta ―a la par que yo lo estaba por la suya― decidió conocer mi identidad y, a ser posible, mi interés por su inofensivo divertimento. Para ello, interrogó a mi vecino, contertulio, compañero de juegos de naipes y socio del club náutico, a quien conocía desde muchos años atrás. Éste le informó que yo era un escritor de cierta fama, venido a menos, y que me había instalado allí para escribir una nueva novela, que se me resistía, cuya historia se desarrollaría en la Costa Brava. Cuando le preguntó si sabía el motivo de mi interés por su actividad vespertina, mi vecino, contertulio, compañero de juegos de naipes, socio del club náutico y bocazas, le dijo que simplemente yo no entendía cómo alguien podía dedicarse a buscar y apropiarse de bienes ajenos extraviados ni qué beneficio económico podía obtener de ello.

―Al principio sólo lo hacía para entrenarme, antes de pasar a la verdadera acción. Luego seguí haciéndolo por distracción y curiosidad. Encontraba y coleccionaba los objetos más variopintos que se pueda imaginar: encendedores, monedas extranjeras, cuchillas de afeitar (¡algunas extranjeras se depilan las piernas en la playa!), anillos, pendientes, pinzas para el pelo, pastilleros y cosas por el estilo (¡una vez hasta encontré un DIU!). Pero después de los afortunados hallazgos, en lugar de abandonar tan estéril búsqueda, no tuve más remedio, por el motivo que antes le comenté, que seguir con mi rutina diaria como tapadera. Pero ya estoy cansado, ya no tengo edad para seguir con este jueguecito y lo que quiero es retirarme definitivamente. Con el dinero que he acumulado puedo permitirme una vida de lujos hasta el final de mis días y, aún así, me sobrará. Pero antes de desaparecer del mapa, me gustaría traspasarle a alguien mis últimos descubrimientos. Lo que yo he encontrado hasta ahora no es nada  comparado con lo que sigue ahí, frente a nuestras narices, sin que nadie haya reparado en ello. Sería injusto llevarme el secreto a la tumba, pues no tengo hijos ni familia que merezca tal herencia, y que nadie saque provecho de esos tesoros inexplorados. Tampoco quiero favorecer al erario municipal, estatal ni a los más insignes museos. ¿No dicen que el campo es para quien lo trabaja? Pues los tesoros tienen que ser para quien los encuentra.

Y tras unos instantes de vacilación, añadió, para mi sorpresa:

―Se me antoja que usted podría ser la persona idónea para hacerse cargo de esta herencia. ¿Tiene una barca? ¿Sabe usted bucear?

*
De eso han pasado ya tres años. Sigo viviendo en el mismo lugar y frente a la misma playa. Llevo una vida aparentemente anodina. Ahora sólo voy al club náutico para amarrar mi barca. No quiero que mi vecino, ex contertulio y todo lo demás me interrogue y se inmiscuya en mi vida privada, pues me consta que nadie entiende qué hace, un escritor como yo, todas las tardes de verano, buscando objetos perdidos en la playa. Ahora soy yo quien tiene a un observador que no me quita la vista de encima: un joven volador de cometas a quien no había visto antes. Tenía razón Pedro ―a quien le he perdido la pista― cuando me dijo que esto resulta una tapadera perfecta para mi verdadera actividad. Fue muy generoso conmigo al cederme el testigo de sus conocimientos. Él ya no quería más dinero. Yo sí.

No llegué a escribir la novela que me había propuesto concebir al llegar aquí. Algún día escribiré mis memorias y en ellas contaré cómo conocí a un viejo buscador de tesoros. A quienes me preguntan por él, les digo que falleció en la más amarga pobreza y que yo he ocupado su lugar como buscador de objetos perdidos, como pasatiempo en mis horas muertas, hasta que la inspiración me permita volver a mi antigua faceta de escritor.

No sabía que hubieran naufragado tantos galeones, fragatas y bergantines en las costas catalanas ni que existieran tantos pecios rebosantes de riquezas por descubrir. Si los caza-tesoros se enteraran, se me acabaría el “negocio”.

Todavía soy relativamente joven pero, cuando haya llenado mis arcas hasta el punto de haber vaciado mi ambición, cederé el puesto a otro que lo merezca. Quizá ese joven volador de cometas que no me quita la vista de encima sea un buen candidato.
 
 
 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Volver a nacer



Toda su familia dio gracias a Dios por lo que consideraron un milagro. Y no es que fueran particularmente piadosos pero algo así no cabía dentro de una lógica puramente humana.

Los médicos lo calificaron como un suceso excepcional y lo achacaron a una constitución física inusualmente fuerte y vigorosa. O a un prodigio de la naturaleza.

Jonás había sido siempre un hombre sano y robusto pero nada fuera de lo normal. Ni el más fuerte y saludable de los mortales hubiera sobrevivido a un accidente como aquel. Tras más de cinco horas de arduo trabajo, los bomberos solo esperaban hallar, entre el amasijo de metales en que se había convertido el vehículo, un cuerpo sin vida horriblemente mutilado. No pudieron dar crédito, por lo tanto, a que aquel hombre, o lo que quedaba de él, depositado en el arcén a la espera de que lo introdujeran en una bolsa de plástico y lo transportaran al hospital más cercano o directamente al instituto anatómico forense, abriera repentinamente los ojos y balbuceara unas palabras ininteligibles.

El médico que le atendió tras su repentina resurrección todavía no puede creérselo. La imagen de un cuerpo que, aplastado hasta lo indecible, con un cráneo destrozado como si hubiera recibido los efectos de una granada y una masa deforme y sanguinolenta por cara, intentaba incorporarse y hablar tras varios minutos de haber certificado su muerte, le produjo tal impresión que todavía hoy tiene pesadillas.

Tras sufrir múltiples intervenciones quirúrgicas de alto riesgo, Jonás salvó milagrosamente su vida pero vio notablemente mermada la movilidad y la coordinación motora pero, sobre todo, el habla, fruto, sin duda, de secuelas postraumáticas cerebrales. Tuvieron que transcurrir unos tres meses para que pudiera comunicarse verbalmente, aunque solo fuera con monosílabos. Su mirada, profunda, acerada y escrutadora, impresionaba a todo aquel que iba a visitarle. Su mujer, Alicia, era la única que podía sostenérsela, una mirada que asustaba, que parecía la de un ser extraño, la de un loco, la de un psicópata.

A los cinco meses de convalecencia, ya en casa, se produjo un cambio radical. Una mañana, Jonás, súbitamente lúcido, se levantó por primera vez de la cama sin ayuda y salió, por su propio pie, al jardín. Allí lo encontró su mujer, mirando a su derredor, desorientado, como si viera lo que le rodeaba por primera vez.

Cuando Alicia, presa de emoción, le rodeó con sus brazos, en un abrazo lleno de ternura e ilusión, su marido desde hacía treinta años se dio la vuelta y mirándola de hito en hito le preguntó:

―Dime la verdad. ¿Quién eres tú?
―Soy Alicia, cariño, tu esposa. ¿Acaso no me reconoces? –le preguntó, a su vez, alarmada.
―No sé quién eres. No te conozco –insistió él angustiado y airado a la vez.
―Jonás, llevamos treinta años casados y tenernos dos hijos. Quizá ahora padezcas una ligera amnesia pero ya irás recordando, ya lo verás –le contestó Alicia, tratando de calmarlo.
―¿Jonás? ¿Por qué me llamáis Jonás? Mi nombre es Alberto. Soy Alberto Miralles. Tengo esposa y tres hijos. ¿Dónde está mi familia? –inquirió él, todavía más excitado.

La consternación que ello causó en el seno familiar fue mayúscula. El pobre Jonás sufría una alteración mental de consecuencias imprevisibles. Insistía en ser otra persona. Y, de hecho, su forma de comportarse no era la del Jonás que todos conocían. Sus gustos, su forma de hablar y de reaccionar a cualquier estímulo habían cambiado radicalmente. Se comportaba como un desconocido, como lo que ahora era para todos los que le rodeaban. Dijo no poder compartir cama con Alicia pues, según él, era una extraña que suplantaba a su verdadera mujer. No reconocía ni a sus propios hijos, trataba a todos los miembros de la familia con una frialdad espantosa. Sus hijos le temían. Eran los únicos que aseguraban que aquel hombre no era su padre. La situación se hizo insostenible y los médicos eran incapaces de emitir un diagnóstico y un pronóstico claro y definitivo.

Pasaban las semanas y Jonás estaba cada vez más agitado e irascible. Se sentía secuestrado en el seno de una familia que no era la suya. Él era Alberto Miralles, insistía, pero no recordaba nada más. Alguien –afirmaba- debía de haber intercambiado por error su cuerpo con el de otro accidentado. Lo más extraño es que el espejo le devolvía una imagen que no reconocía como suya. ¿Qué le habían hecho? ¿Quién estaba detrás de toda aquella pesadilla? Quería marcharse, huir, pero ¿adónde? ¿Quién le iba a socorrer? Si iba a la policía y contaba su caso, no solo no le creerían sino que le tomarían por paranoico, o loco de remate. Peor sería un encierro en un psiquiátrico que en aquella casa. Además, ¿qué podía hacer la policía aún queriendo ayudarle? Las huellas digitales podrían identificarle pero si no estaba fichado de nada serviría y su documentación había desaparecido, entre la chatarra, en el desguace.

Así pues, exigió someterse a hipnosis. Quizá de este modo recordaría algo de su vida anterior, de su identidad. Nadie se opuso a esta propuesta. Todo lo contrario. Lo celebraron. De hecho, habían pensado en ello en más de una ocasión pero no se habían atrevido a sugerírselo. Quizá la hipnosis le haría recordar su pasado junto a esa familia que tanto deseaba su recuperación y todo volvería a ser como antes.

Sometido, pues, a una regresión, Jonás fue reviviendo, paso a paso, los últimos acontecimientos de su vida hasta llegar al momento del accidente.

―Conducía por la E-90, a la altura de Calatayud, cuando se desató la tormenta. Iba con mi mujer y mis tres hijos. Era noche cerrada, serían las once y media. Un fuerte aguacero barría la calzada e impedía la visibilidad. El limpiaparabrisas no daba abasto. Apenas se veían las líneas de la mediana. De pronto apareció ante mí un vehículo estacionado en el arcén. No llevaba luces. Debía de ser un camión. O un tractor de gran tamaño. No pude esquivarlo. ¡Todo fue tan rápido! No pude esquivarlo. ¡No pude evitarlo! ¡¿Dónde están mi mujer y mis hijos?!
―¿Cuándo fue eso, Jonás?, ¿Cuándo ocurrió? –le pregunta el terapeuta.
―Fue el 5 de noviembre de 2016. Era mi cumpleaños. Y no me llamo Jonás. ¡Mi nombre es Alberto Miralles!

El psiquiatra, intrigado, vuelve el rostro hacia la mujer y le pregunta:

―¿Cuándo y dónde tuvo su esposo el accidente?

Y la mujer, con un manifiesto temblor en los labios, responde:

―El 5 de noviembre, a eso de las once y media de la noche, en la M-40, en dirección al aeropuerto de Barajas –y con la voz entrecortada, añade-. Habíamos celebrado su cumpleaños.
 
*
 
En el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, un hombre, afectado de una grave lesión medular, yace inmóvil en la cama desde hace seis meses. Es el único de los cinco ocupantes de un vehículo, que sobrevivió a un terrible accidente automovilístico. Un reguero de lágrimas le resbala por sus mejillas sin que pueda enjugárselas. No sabe porqué le llaman Alberto si su nombre es Jonás. Pero nadie le cree.
 
 

 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Una ilusion medio hecha realidad



Este blog cumplió el pasado mes de junio tres años. Hasta le fecha ha dado a conocer algo más de doscientas historias, la gran mayoría relatos de ficción.

En junio de 2014 publiqué, en la modalidad de autoedición (como la mayoría de escritores noveles en la actualidad), una primera recopilación de cincuenta relatos que titulé “Ahora que ha parado de llover”. De la edición en papel solo se imprimieron unos pocos ejemplares, que fueron a parar a manos amigas que no tuvieron que pagar nada por ello. En esa ocasión no me movió el afán de lucro. En otras palabras, no pretendía ganar ni un solo euro con ello. Ni siquiera pensaba que alguien pudiera comprarme un ejemplar y no me veía capaz de ir de puerta en puerta (en el sentido figurado de la palabra) pidiendo que algún buen samaritano me hiciera ese favor.

Luego, animado por un buen amigo, me decidí a publicarlo, en formato electrónico, en Amazon. Aunque comuniqué este “lanzamiento comercial” a conocidos y extraños, fundamentalmente a través de este maravilloso portal que es Facebook, no se produjo ni una sola venta, qué le vamos a hacer. Pensé que no tenía suficiente poder persuasivo, muy poca capacidad de convocatoria o escasa credibilidad, y ahí quedó la cosa… y el libro.

Pero yo seguí con mi gran afición, escribiendo y publicando relatos en mi blog, hasta que llegó un momento en que me planteé llevar a cabo una nueva publicación, que esta vez incluirá cincuenta y cinco de mis más recientes y (a mi juicio) mejores relatos en poco más de trescientas páginas. A esa segunda recopilación la he titulado “Irreal como la vida misma” y, ni corto ni perezoso, me puse a trabajar para que, en esta ocasión, el libro estuviera disponible en papel y en formato para ebook.

Y esta vez, a pesar de mis remilgos, pues me ruboriza un poco auto-publicitarme, voy a intentar promocionar este nuevo libro no a bombo y platillo pero sí con una trompeta provista de sordina para que se me oiga sin hacer mucho ruido.

De momento os anuncio que el proyecto está llegando a su fin (quienes hayan pasado por esto saben lo laborioso que es) y que pronto (eso espero) podréis adquirir un ejemplar, si así lo deseáis, en Amazon. Cuando esté disponible para la venta (o la compra, según se mire) os lo haré saber, de eso podéis estar seguros. Creo que esta vez tendré que ser mucho más convincente que en la anterior ocasión (espero no hacerme muy pesado pero es lo que hay). Aunque no pretendo hacerme rico, ni siquiera permitirme un crucero por los fiordos noruegos, sí me haría ilusión ver que mi pequeña obra tiene aceptación y difusión. 

Pero eso está por ver. De ahí lo de una ilusión medio hecha realidad.

Entretanto, para ir haciendo boca, podéis ver la imagen de la portada y contraportada. Es todo lo que por ahora puedo daros a conocer. El contenido, más adelante, cuando proceda.