martes, 26 de julio de 2022

El becario

 


A Manuel parece que la suerte por fin le ha sonreído. Cuán lejos queda aquella época en la que, recién licenciado, buscaba desesperadamente un trabajo. No había forma de que alguien le contratara a pesar del magnífico expediente académico. Había enviado su CV a decenas de empresas, pero muy pocas habían contestado dándole las gracias y muchas menos citándole para una entrevista. Y todo para nada.

El problema residía, cómo no, en la falta de experiencia. Con veinticuatro años, ¿qué experiencia podía ofrecer a sus potenciales empleadores? Cuando creía que la entrevista de trabajo había sido un éxito, el entrevistador siempre acababa diciéndole que era un joven muy prometedor, pero que necesitaban a alguien con experiencia. Entonces, ¿por qué le habían citado? Con ello solo conseguían hacerle perder el tiempo y desmoralizarle todavía más.

Ante esa situación desesperante, decidió finalmente aceptar un puesto muy mal remunerado, pero, según le dijeron, con muchas posibilidades de promoción si se ceñía a lo que se esperaba de él. Se trataba de una empresa de transportes y el puesto de becario. Le ofrecieron 600 euros mensuales por cuarenta horas semanales y, probablemente, alguna que otra hora extra no remunerada.

Siendo hijo único y sin apenas amigos, su madre era su gran apoyo y mejor confidente, por lo que le pidió consejo.

—Mira, hijo, de algún modo se empieza. Ahí tienes a tu padre, que empezó de mozo de almacén y acabó siendo director de...

—De logística, mamá.

—Eso. Pues quién te dice a ti que no acabarás siendo el director general de esa Empresa.

—No seas exagerada, mamá. Pero lo que más me indigna es que, habiéndome licenciado en Económicas tenga que trabajar de administrativo en el departamento de facturación y...

—Pues eso suena bien. Departamento de facturación. Ya te digo que...

—No me has dejado terminar. ¡Archivando facturas!

—Pues paciencia, hijo. Ya verás como, a la larga, te servirá de mucho.

—Eso espero, mamá, pero si veo que me están explorando por un trabajo de mierda, me largo.

—Manuel, no hables así. Si te oyera tu padre, que en paz descanse...

Y así, Manuel, empezó a trabajar un glorioso 18 de julio en Gutiérrez e hijos, que poseía una flota de más de cincuenta camiones que transportaban todo tipo de mercancías.

Estrenarme laboralmente un día que recuerda una sublevación militar no creo que sea un buen augurio, se dijo Manuel al entrar por la puerta del que sería su minúsculo despacho que, además, tendría que compartir con un viejo amargado —como comprobaría al poco de tratarlo— que llevaba tantos años en la Empresa como su fundador.

—El señor Olmos será tu formador, de él aprenderás todo lo que debes saber. Y si eres aplicado, muy pronto podrás ascender a un puesto mejor, en todos los sentidos —le dijo, con una sonrisa forzada, el jefe de personal, un hombre enjuto con cara de pocos amigos.

 

Transcurridos seis meses, los conocimientos de Manuel solo le sirvieron para comprobar que la Empresa emitía facturas falsas y que probablemente blanqueaba dinero del narcotráfico. Sus camiones no solo transportaban muebles y enseres de todo tipo, también llevaban, escondidos en el fondo de la caja del remolque, una gran cantidad de paquetes que distribuían por toda la geografía española y cuya identidad no aparecía en ningún documento que pasaba por sus manos. Era evidente que se trataba de algo ilegal, pero no tenía constancia de lo que contenían esos bultos. Hasta que un día que tuvo que quedarse más tarde de lo habitual cazó al vuelo una conversación entre el chofer de uno de los camiones y el señor Olmos que, por lo visto, supervisaba la operación de estibado.

Había salido a fumar en el patio contiguo al muelle de carga y allí obtuvo la respuesta a sus sospechas.

—Espero que esta vez nadie se chive y la Guardia Civil no me vuelva a revisar el cargamento. No quiero que me enchironen por vuestra culpa, porque detrás de mí iríais todos vosotros —dijo el camionero, enojado.

—Pero no ocurrió nada, ¿verdad? —argumentó Olmos—. Todo formaba parte del montaje. Los picoletos tienen que justificar su trabajo. Y todos contentos.

—Bueno, mientras los sigáis untando bien...

—No te preocupes, todo está controlado.

Cuando Manuel llegó a casa, su madre le notó tan agitado que creyó que lo habían despedido. A pesar de su negativa inicial a revelarle lo que había descubierto, la mujer era tan persuasiva que Manuel acabó contándoselo todo.

—¿Qué puedo hacer, mamá? —le preguntó angustiado.

—¿Sabes que haría tu padre en tu lugar?

Manuel se encogió de hombros, sin saber qué responder.

—Pues yo te lo diré: intentaría reunir pruebas suficientes para denunciarlos y no le temblaría el pulso.

—Papá tenía muchos arrestos, pero yo...

—Tú igual, hijo. Solo tienes que proponértelo. Si eres concienzudo y cauteloso, estoy segura de que lo conseguirás. Además, de todo esto puedes salir ganando.

—¿Ganando?, ¿cómo?

—Pues, bien fácil. Cuando todo salga a la luz y se sepa que has sido tú quien ha levantado la liebre y no te ha temblado el pulso a la hora de denunciar a esos delincuentes, te lloverán ofertas de trabajo. Las Empresas como Dios manda quieren empleados rectos y meticulosos.

—Y fieles —añadió Manuel, dubitativo.

 

El joven becario pasó varias noches en vela imaginándose el desarrollo de los acontecimientos si seguía el consejo de su madre, que siempre había sido un ejemplo de moralidad. Pero después de meditarlo bien, ideó un plan alternativo.

Han pasado tres meses desde que, tras reunir el valor suficiente, fue a hablar con el jefe de personal —el dueño siempre estaba muy ocupado o de viaje— para contarle lo que había descubierto y lo que tenía pensado hacer. Por fin se sentía con arrestos suficientes. Como su padre.

Ahora ocupa el puesto de director de logística, también como su padre, y el dueño del negocio le ha prometido que, si sigue así, muy pronto le nombrará director financiero, mucho más acorde con su formación.

Manuel no sabría decir si su progenitor estaría orgulloso de él. Su madre no, desde luego. Lo ha echado de casa y ahora vive solo en un piso de más de seiscientos mil euros. Y todavía es muy joven, por lo que no pierde la esperanza de llegar mucho más arriba en el negocio.

La única persona de la que tiene que protegerse es de Olmos, que no soporta que un niñato como él haya podido pasarle por encima y llegar a ocupar el cargo al que siempre había aspirado y creía merecer después de tantos años de entrega.

Su madre tuvo razón cuando le dijo que algún día le lloverían ofertas de trabajo, pero él está muy bien donde está y no quiere cambiar de Empresa, pues prevé en esta un futuro muy prometedor. Y quién sabe si su querida madre también tendrá razón en lo de que acabará siendo director general.

 

miércoles, 13 de julio de 2022

El autostopista

 


Cuando acepté aquel trabajo no me imaginaba lo cansado y tedioso que resultaría. En poco más de dos años recorrí casi todo el Estado de California en coche. Afortunadamente, el automóvil, aunque viejo, era de la empresa y no solo me pagaban la gasolina sino dietas por cada día que pernoctaba fuera de casa. Además, teniendo en cuenta que el salario no estaba nada mal, no tenía motivos de queja, pero ya tengo una edad y tanto viajar de aquí para allá me tenía agotado física y psíquicamente. No hay nada como el reposo del guerrero en un confortable hogar después de un día de trabajo, por largo que sea, en la oficina.

Pero, a pesar de los adelantos tecnológicos, en mi Empresa todavía valoraban mucho el contacto directo con el cliente, no solo para presentarle nuestras novedades sino para hacer un seguimiento de su satisfacción. «Conseguir un cliente no es lo más difícil, lo verdaderamente difícil es conservarlo». Este era el lema de mi jefe, y ahí entraba yo, para mantener esa fidelidad que tanto escasea estos días.

Cuando uno viaja mucho, no es de extrañar que sufra algún percance, pero nunca habría imaginado tener uno tan inconcebible como el que sufrí en mi último viaje por tierras californianas, de esos que nunca olvidas por mucho que lo intentes. Y es que el hastío y la mala suerte pueden jugarnos muy malas pasadas.

Era un viernes de finales de julio, mi último día laborable antes de las vacaciones de verano. Había terminado mi labor en Bakersfield y, tras enviar mi informe a la Central, me disponía a volver a casa, en Fresno. Me esperaban, pues, más de cien millas y casi dos horas de trayecto. Llegaría a la hora de cenar. Pero nadie me esperaba, ni mujer ni hijos, así que no tenía ninguna prisa. Decidí, pues, pasar la noche en un motel de las afueras y pensé que no sería mala idea pasar unos días de mis vacaciones en Las Vegas. Si salía temprano, por la CA-58 y luego por la Interestatal I-15, podía llegar a la ciudad del pecado* a la hora de comer.

Así pues, al día siguiente, salí del motel a las ocho en punto. Nunca había recorrido las 285 millas que separan Bakersfield de Las Vegas, pero las carreteras son buenas y, a unas 65 millas por hora, el viaje me tomaría unas cuatro horas y media, cinco si paraba para descansar, tomarme un café e ir al baño.

El primer tropiezo que tuve fue al llegar a Barstow, a unas 130 millas de mi punto de partida, donde hice una breve parada. Y es que, en lugar de continuar por la I-15, tomé la I-40, que cruza el desierto de Mojave, lo que implica dar un rodeo considerable. Pero como me percaté del error cuando ya llevaba conduciendo más de media hora, decliné la posibilidad de volver atrás para tomar la ruta más directa, pues con ello perdería más tiempo que si continuaba por donde iba. Además, la carretera era igualmente buena y podría ir a mayor velocidad, pues era de suponer que por el desierto no habría control policial.

Una vez sobrepasado el Mojave National Preserve, un lugar de gran interés turístico, el viaje se me hizo insoportable. El calor era sofocante, el aire acondicionado del viejo cacharro no daba abasto y la monotonía de la conducción me provocaba un sopor irresistible. Hice verdaderos esfuerzos para no dormirme, pues, aunque la autovía era increíblemente recta y no había apenas vegetación, de haberme salido de la carretera el coche podía sufrir algún desperfecto y me encontraría en medio de la nada sin ayuda durante horas.

El segundo tropiezo, el peor sin lugar a dudas, tuvo lugar unas millas más adelante, cuando, a base de un refresco de Cola, ya había logrado espabilarme un poco. Una figura humana, a lo lejos, me hacía señas para que parara. Y así lo hice al llegar a su altura. Era un joven autostopista que también se dirigía a Las Vegas. Pero ¿qué hacía tirado allí, en medio del desierto? Sus explicaciones no me acabaron de convencer. ¿Por qué su compañero de viaje lo había abandonado a su suerte en un lugar tan inhóspito y a una temperatura de casi cuarenta grados? ¿Una riña por una chica? Ese argumento no colaba.

Parecía buen chico. De trato agradable y buen conversador, lo cual prometía una mayor distracción que la música del viejo radio-casete. Pero al cabo de un rato empecé a notar algo extraño en su comportamiento. No soy psicólogo, pero por mi profesión conozco muy bien la naturaleza humana y sé cuándo alguien miente. Y ese joven mentía más que hablaba. También por mi trabajo, me conozco California como la palma de mi mano y en más de una ocasión dijo haber estado en tal o cual lugar, añadiendo detalles que descubrí que no eran ciertos. Era como si a una persona mínimamente culta alguien le dijera que le había encantado la Capilla Sixtina en Florencia. Y así cosas por el estilo. Ese tipo me estaba mintiendo descaradamente. Se estaba inventando historias y anécdotas para hacerse el simpático y ganarse mi confianza. Pero ¿por qué? ¿Y si escondía otra intención?

A medida que avanzábamos, mis sospechas fueron en aumento. No dejaba de otear el horizonte mientras sujetaba con fuerza su mochila. ¿Qué contenía ese sucio macuto que tanto le preocupaba? Solo podía ser una cosa: un arma. Y entonces caí en la cuenta. Todo había sido planeado por su pandilla de delincuentes. Lo habían dejado donde lo encontré esperando que un incauto lo invitara a subir a su auto para, en un momento dado, atracarlo y quién sabe si matarlo. Sus colegas debían estar esperándolo más adelante, para recogerlo tras haberme liquidado. De ahí que estuviera tan atento al paisaje. En cuanto divisara el coche de sus compinches se abalanzaría sobre mí.

El calor y la creciente ansiedad, me impedían respirar con normalidad. No paraba de intentar atisbar un vehículo parado en la cuneta o detrás de un promontorio por si se trataba de los amigos de ese ladrón y asesino potencial. La cabeza me daba vueltas y mi corazón latía desbocado. Tuve que parar con el pretexto de necesitar orinar y beber un poco más de Cola. El chico, desde el coche, no me perdía de vista, me observaba con cara de pocos amigos. Seguro que estaba esperando el momento de ponerme un revolver en la sien y descerrajarme un tiro a bocajarro. No se llevaría mucho dinero, pero sí mi tarjeta de crédito. Me dejaría tendido en pleno desierto para que las alimañas me devoraran, de manera que cuando alguien pasara por el lugar, solo encontraría un montón de huesos descarnados.

Volví al coche disimulando mi nerviosismo. Como debió notar que algo no iba bien, me dijo, aparentado verdadero interés: ¿Te ocurre algo? Estás muy pálido. Eso lo dijo sin dejar de sujetar la mochila contra su pecho. Pero cuando creía que iba a desfallecer de miedo, una furia incontenible vino a sacarme de mi estado de debilidad anímica. Del mismo modo que dicen que si se te acerca un oso lo mejor es quedarse quieto y gritar tan fuerte y alto como te sea posible, para amedrentarlo, yo hice lo propio y empecé a gritarle.

—¿Se puede saber qué coño tienes en esa mochila, desgraciado? ¿Una pistola? Piensas matarme y robarme, es eso lo que pretendes hacer, ¿verdad?

—Pero ¿qué dices, estás loco o qué? —respondió alzando también la voz, mientras sacaba de su mochila una pistola—. Esta pistola me la ha dado mi amigo para que pudiera defenderme del ataque de un coyote, un puma o un gato montés, que dicen que abundan en este desierto.

Como mientras decía eso me apuntaba con su revolver, di un volantazo y se lo arrebaté. Salí corriendo del coche con la intención de atemorizarle con el arma en la mano y dejarlo allí tirado, del mismo modo como habían hecho a propósito sus compinches. Pero lejos de amedrentarse, se lanzó sobre mí con la intención de arrebatarme el arma. Sin dudarlo ni un segundo, disparé. Le di en la boca mientras me gritaba. Cayó desplomado como un muñeco de trapo. Tenía que serenarme, de lo contrario cometería algún descuido. Limpié apresuradamente el arma para no dejar mis huellas, y con la ayuda de un pañuelo, se la puse en la mano. Comprobando que no había nadie en los alrededores, me marché de allí tan rápido como pude. Ya limpiaría, con calma, las huellas que había dejado aquel desgraciado en mi coche cuando llegara a mi destino.

Llegué a Las Vegas cuando ya anochecía, exhausto y muy agitado. Tan pronto como hube encontrado alojamiento en uno de los grandes hoteles de lujo de la ciudad, subí a la habitación y pedí una hamburguesa con patatas fritas y una Coca-Cola. No habría sido capaz de comer nada más.

Después de cenar, me tendí en la cama y encendí el televisor. Estaban dando las noticias en la CNN. Entre ellas, destacaron una de última hora:

 

Hace una hora escasa ha sido hallado el cuerpo sin vida de un joven que, según la documentación en su poder, responde al nombre de Michael G. Robbins, hijo del senador por el Estado de Nevada, John G. Robbins. Al parecer, el joven se dirigía, con otro amigo, a Las Vegas para pasar unos días de vacaciones con sus padres, en cuya ciudad poseen su segunda residencia, no en vano el senador es propietario allí de varios hoteles y de un casino. Se ignora el motivo de la muerte del muchacho, aunque no se descarta el suicidio. Según ha declarado el amigo con el que viajaba y que es quien ha hallado el cadáver y avisado a la policía, habían tenido una fuerte discusión a causa de un conflicto sentimental, que no ha querido desvelar, y este, en un arrebato, le hizo bajar del vehículo, no sin antes dejarle un arma para que pudiera defenderse de cualquier alimaña hasta que lo recogiera otro conductor. Cuando, al cabo de una media hora, arrepentido y preocupado, volvió a buscarlo, ya lo encontró muerto y con el arma que le había dejado en la mano.

 

Como yo nunca me he creído a los medios de comunicación y mucho menos cuando hay de por medio gente importante, especialmente políticos, sigo pensando que ese chico llevaba malas intenciones y, por ser quien era, quieren ahora lavar su imagen inventándose esa historia tan ridícula.

Aunque confío en la inutilidad de la policía, por si acaso he dejado el trabajo y mi lugar de residencia. Ahora vivo en el Estado de Illinois, a casi dos mil millas de distancia. Aunque digan que la distancia es causa del olvido, debo reconocer que no hay día que pase que no recuerde aquel maldito incidente y a aquel maldito hijo de un senador que, seguramente, es un corrupto y debe tener comprada a toda la policía de Nevada. Según he oído, ha jurado hacer todo lo posible para encontrar al culpable de la muerte de su heredero y ha ofrecido una recompensa millonaria a quien facilite información que lleve al esclarecimiento de los hechos.

Después de un mes sin noticias al respecto, acabo de leer en el periódico local que han aparecido unos posibles testigos. Dos zoólogos de la Universidad de California se hallaban en el desierto de Mojave catalogando las más de treinta especies de reptiles autóctonos, cuando vieron, el día de autos, a un coche gris plateado parado en el lugar donde hallaron el cadáver del joven y cómo dos personas discutían y una de ellas disparaba a la otra. Debido a la distancia que les separaba, aunque pudieron oír perfectamente la detonación, no así distinguir sus rostros. De ser eso cierto, existe ahora un cabo suelto en toda esta historia y quién sabe si puede conducir a la policía hasta mí, un pobre y abnegado empleado de Correos de Springfield.

Según se desarrollen los hechos, tendré que tomar cartas en el asunto. De momento, he conseguido por internet una relación del personal que integra el departamento de zoología de la Universidad de California. Solo es cuestión de que algún día publiquen los nombres de esos dos imbéciles entrometidos que dicen haberme visto disparar al hijo drogadicto del corrupto senador del Estado de Nevada, que vive a cuerpo de Rey en la gran y putrefacta ciudad del pecado.

Maldito el día que decidí ir a Las Vegas.

 

 

*A Las Vegas se la conoce popularmente como la ciudad del pecado (Sin City)


jueves, 30 de junio de 2022

El jugador neófito

 


Estoy en la comisaría de los Mossos d’Esquadra dispuesto a prestar declaración. Me han pedido que cuente lo sucedido de la forma más detallada posible, pero no sé por dónde empezar. Temo que no me crean. Pero ya que estoy aquí no puedo dar marcha atrás. La cara expectante del agente que me ha atendido me obliga a hacer un esfuerzo y sincerarme con él. Como me ha visto muy nervioso, me ha recomendado que me relaje —como si eso fuera tan fácil— y que me tome mi tiempo. Finalmente me ha dado papel y bolígrafo para que escriba pormenorizadamente todo lo que me ha pasado y luego él lo transcribirá al formulario oficial que deberé firmar. También me ha dicho que si necesito más papel que se lo pida. Menos mal, porque creo que esto irá para largo. Cuando he estado frente a la hoja en blanco, he recordado cuando en el colegio teníamos que hacer una redacción sobre las vacaciones o el fin de semana pasado con la familia. Pero esto es mucho más serio y complicado. Allá voy.


Desde que me jubilé, bajo todas las mañanas de los días laborables al bar de la esquina para desayunar y, entretanto, hago el crucigrama de La Vanguardia.  Cuando trabajaba, mi mujer y yo nos tomábamos un desayuno exprés a base de dos tostadas con mermelada y un café con leche y corre, corre, hacia el trabajo. Ahora no. Tan pronto como ella sale por la puerta, me visto y bajo al bar donde, solo con verme entrar, Liú, el propietario, me pregunta ¿lo de siemple? Es chino, claro, pero me prepara el pan con tomate y jamón de bellota (o al menos eso dice) como si fuera del país. Lo que no sepan hacer estos chinos...

El caso es que un día vi como a un cliente habitual, uno que suele jugar a la máquina tragaperras, esta le vomitaba una gran cantidad de euros. No paraban de caer monedas y más monedas ante la gran expectación de los allí presentes. Alguien dijo que había sabido esperar el momento propicio, cuando la maquina “está caliente”.

Aunque nunca me ha atraído el juego, aquello me invitó a probar fortuna. Como lo de esperar a que la máquina estuviera “caliente” no sabía muy bien lo que era, supuse que debía esperar un buen rato hasta que estuviera bien cebada y acabara arrojando todo el contenido de sus tripas.

Así me pasé varios días, esperando ese momento mágico, pero la suerte no me sonreía. A lo sumo me caían unos cuantos euros que no llegaban a compensar los que me había gastado jugando a la dichosa maquinita acertadamente llamada tragaperras.

Un día, cuando ya estaba decidido a abandonar mis infructuosos intentos, oí como un tipo sentado en la mesa de al lado comentaba que él jugaba online con bastante éxito, pues con frecuencia se sacaba un buen pellizco y con una inversión mucho menor.

Al día siguiente ya lo tenía claro. Tan pronto terminara de desayunar y de hacer el crucigrama —esto es sagrado—, me conectaría a internet y buscaría una web de juego online. De paso, no daría que hablar en el barrio sobre mi reciente afición al juego, cosa que irritaría a mi mujer, que siempre ha odiado a los ludópatas.

Tras probar fortuna durante casi un mes sin ganar un solo euro, un buen día —o debería decir un aciago día—, apareció en la pantalla un rimbombante mensaje, acompañado de música tipo marcha triunfal, comunicándome que había sido agraciado ¡con diez mil euros! Tras unos segundos de desconcierto, pues no me lo podía creer, apareció un mensaje que decía que se pondrían en contacto conmigo a través del correo electrónico con el que me había registrado para indicarme el modo de cobrar el dinero que me acababa de corresponder.

Transcurridas veinticuatro horas recibí, efectivamente, un correo en el que me indicaban que fuera a cobrar el premio personalmente a la dirección que figuraba al pie del mensaje, pero que antes debía concertar una cita a través del número de teléfono que también me facilitaban a tal efecto.

Cumplido ese requisito, me presenté en el lugar y a la hora convenidos. El lugar me dio muy mala impresión: una oficina siniestra, como la que uno ve en una película de clase B en la que un detective privado malvive tratando con clientes de baja estofa y de escasa solvencia económica. Aun así, no le di demasiada importancia. ¿Qué más daba si el lugar era un garito de mala muerte en vez de una lujosa oficina? El caso era cobrar los diez mil euros, y a otra cosa mariposa.

Tras llamar al timbre, me abrió la puerta una rubia despampanante con una voz grave, casi siniestra, gafas oscuras y cara de pocos amigos. ¿Por qué será que las rubias despampanantes siempre tienen aspecto —o lo simulan— de femme fatale? Argumentando que todavía no tenían preparado mi dinero, me tendió un recibo para firmar y me hizo pasar a una minúscula sala de espera que olía a rancio. El escaso mobiliario, un armario archivador y una mesita de centro, tenían el aspecto que haber vivido tiempos mejores, al igual que la tapicería de las cuatro sillas dispuestas alrededor de la estancia.

Que tuviera que firmar un recibo sin haberme entregado el dinero me pareció muy poco ortodoxo, pero habría hecho cualquier cosa con tal de tener aquella suma de dinero en mis manos cuanto antes. Así pues, no me preocupé lo más mínimo por ese detalle. Lo que sí me preocupaba era cómo le ocultaría todo a mi mujer, pues no quería que montara en cólera por lo que había hecho. Ya se me ocurriría algo. Por lo tanto, firmé el recibo y me dispuse a esperar el tiempo que hiciera falta.

Lo que más me llamó la atención de esa austera sala de espera fue que era ciega, no había ni un pobre ventanuco por donde entrara siquiera un minúsculo haz de luz exterior. Eso me provocó una sensación de claustrofobia que nunca antes había experimentado. Me sentía como si me hubieran encerrado en una mazmorra. El ambiente se volvió asfixiante, o al menos me lo pareció, de modo que fui a abrir la puerta para que así pasara un poco de aire, aunque fuera viciado. Pero la puerta estaba cerrada a cal y canto.

Como mis llamadas no obtenían respuesta por parte de la supuesta secretaria, decidí llamarla con mi móvil. Pero saltaba el mensaje de que el teléfono al que llamaba estaba apagado o fuera de cobertura. Estaba preso, de eso no había duda. Pero ¿por qué? De pronto, el pánico se apoderó de mí.

Acto seguido, mi pituitaria detectó un olor extraño y cuando miré a mi alrededor para identificar su origen, me percaté que de una rejilla de ventilación que había sobre la puerta salía una densa nube que impregnaba todo el reducido espacio en el que me encontraba. Empecé a toser cada vez más compulsivamente, me ahogaba, no podía articular palabra, no podía pedir auxilio, me sentí morir, hasta que perdí la consciencia.

Cuando desperté, con náuseas y un terrible dolor de cabeza, me hallaba tendido en el suelo. El recibo que había firmado había desaparecido y la puerta estaba abierta. Recorrí la oficina en busca de ayuda, pero estaba vacía. El único mobiliario existente era el de la recepción y el de la siniestra salita. Salí precipitadamente, dándome de bruces con un presunto vecino a quien interpelé.

—¿Una oficina, dice? —exclamó, intrigado—. Que yo sepa, ahí no hay nadie. El piso está vacío y a la venta desde hace meses.

Al oír esto, volví la mirada hacia la puerta por la que acababa de salir y vi que ya no estaba la placa distintiva de la empresa en la que yo había entrado una hora antes. De camino a la calle, me crucé con otros dos vecinos y ninguno supo darme razón de quién había podido ocupar aquel piso recientemente. No había duda, acababa de ser estafado y robado deliberadamente. Todo había sido un montaje. Me habían hecho firmar un documento según el cual había recibido diez mil euros, pero el dinero había volado junto con los estafadores.

Al llegar a casa, me conecté de inmediato con la web de juego online y llamé al teléfono de contacto que figuraba al pie de página. Lo único que pudieron confirmarme es que les constaba que, efectivamente, me había correspondido diez mil euros y que había firmado el correspondiente recibo. No sirvió de nada mis alocadas explicaciones de lo que me había sucedido. Debieron tacharme de loco o de esquizofrénico.

Desesperado, frustrado, temiendo además la llegada de mi mujer de un momento a otro, que notara mi desazón y tuviera que contarle lo sucedido, decidí ir la cocina a beber un vaso de agua para tranquilizarme. Y entonces lo vi.

Un papel sujeto a la nevera por uno de los imanes que utilizamos para sostener todo tipo de notas y recordatorios me llamó poderosamente la atención. Era del tamaño de una cuartilla y la letra era de mi mujer.

La nota decía lo siguiente:

 

Adiós cariño. gracias por los 10.000 euros. Nos han venido de perlas. Juan y yo empezaremos una nueva vida lejos de aquí. Puede parecerte poco dinero, pero no es la primera vez que lo hacemos, así que ya tenemos más que suficiente para nuestros planes de futuro. Por una vez, no haber seguido mis consejos me ha resultado beneficioso.

A Juan seguramente no lo recordarás. Para tu información, era uno de los clientes habituales del bar al que has estado acudiendo todas las mañanas. Él fue quien te empujó sutilmente a jugar online. Para él, que es muy bueno en informática, hackear tu ordenador ha sido coser y cantar.

P.D.- Parece mentira que, después de tantos años que llevamos casados, no me hayas reconocido. Pero ya contaba con ello, pues nunca me has prestado la más mínima atención. Sabía que un buen atrezzo bastaría para ocultarle mi identidad al tonto de mi marido.

Que te vaya bien.

 

He firmado mi declaración a sabiendas de que nadie será capaz de ayudarme y que esa fechoría perpetrada por mi mujer y su amante quedará impune.

Cuando el agente ha leído lo declarado —cosa que le ha tomado casi tanto tiempo como a mí redactarlo—, me ha dirigido una mirada intrigante, no sé si de conmiseración o de incredulidad. Por lo menos no se ha reído. Acto seguido, ha colocado mi declaración en una bandeja archivadora repleta de papeles. Tras un suspiro de hastío, ha vuelto a mirarme para decirme:

—Estudiaremos con calma su denuncia y ya le diremos algo en cuanto hayamos podido aclarar este extraño asunto. Le sugiero que tenga paciencia, pues estas cosas suelen ser muy difíciles de probar y no digamos de aprehender a los estafadores. Mi dilatada experiencia me ha confirmado que siempre se salen con la suya.

 

Y ahora estoy volviendo a casa. Son casi las tres de la tarde y no tengo ganas de cocinar. La cocina se me da fatal. Ella sí que era una buena cocinera. Espero que Liú me haga un descuento si a partir de ahora desayuno, almuerzo y ceno en su establecimiento. Lo único que se me atragantará será la maldita musiquilla de la máquina tragaperras.

 

miércoles, 15 de junio de 2022

El pozo

 


Con esta historia participo en la XXXII edición del concurso de El Tintero de Oro y que en esta ocasión está dedicado a la obra del maestro del terror Edgar Allan Poe. En las bases del concurso se pide un relato de terror gótico en el que aparezca un personaje, objeto o lugar de alguno de los cuentos de este autor. Como su título indica, yo he elegido el pozo. ¿Hay algo más oscuro y siniestro?

En la obra de Allan Poe, el pozo aparece en El pozo y el péndulo, cuento publicado en 1842. Teniendo en cuenta que el terror gótico se considera como una combinación de ficción, horror, muerte y, en ocasiones, romance, espero que mi historia encaje con esa definición y, sobre todo, que os guste.

 

El pozo

 

Hace un año adquirí esta casa solariega con la intención de vivir plácidamente el resto de mis días. Solo había una cosa que empañaba mi ilusión: la reciente pérdida de Amanda, mi querida esposa, con quien había hecho planes para vivir en el campo una vez me hubiera jubilado.

No tuve que dudar mucho para decidirme a comprarla. Una casa muy hermosa, muy antigua pero rehabilitada, rodeada de un espléndido y bien cuidado jardín. El precio era realmente atractivo. Al parecer, el propietario tenía prisa en venderla. Desde que el empleado de la inmobiliaria me la mostró, sentí una irrefrenable e inexplicable atracción por ella. Parecía que el espíritu de Amanda me empujara a hacer realidad mi sueño.

Al día siguiente de haberme instalado, me percaté de que el pozo que había en la parte trasera del jardín estaba sellado. Cuando le pregunté el motivo al vendedor, me dijo, con sorna, que había oído decir que el último propietario lo había hecho cegar porque creía que era un portal al inframundo. ¿Sería esa la causa de sus prisas por vender la casa?, me pregunté.

Al anochecer de ese mismo día descargó una gran tormenta. El viento huracanado golpeaba fuertemente las contraventanas y ululaba a través de la chimenea del hogar. A pesar del contratiempo, la visión del fuego y el crepitar de los leños me produjeron una plácida somnolencia. Pero, de pronto, Black, mi perro, se puso a ladrar como un condenado, como si quisiera advertirme de un peligro que nos acechaba desde el exterior. Miré por una ventana. Las pocas luces que iluminaban el jardín solo dejaban ver una espesa cortina de agua y el violento vaivén de los arbustos.

Por mucho que intenté apaciguar al perro, no hubo forma de que dejara de ladrar y arañar la puerta. Parecía haberse vuelto loco. Pero entonces me fijé que movía la cola de derecha a izquierda, sin parar, lo cual indicaba que era alegría y no pavor lo que le mantenía en ese estado de excitación. Pero allí no podía haber nadie a quien conociera y estimara.

Al final decidí abrir, no sin cierto reparo, para averiguar qué era lo que llamaba tanto la atención de Black. Estaba indefenso. No tenía ningún arma, ni siquiera un pequeño apero de labranza, de esos que se cuelgan en las paredes de las casas de campo como decoración.

Una vez abierta la puerta, Black salió disparado. Le seguí bajo la lluvia torrencial. Fue hasta el pozo, donde empezó a dar vueltas y más vueltas a su alrededor, saltando y ladrando. De no haber estado cegado, seguro que se habría lanzado a su interior. Empapado hasta los huesos, logré arrastrar al animal hasta la casa y, tras muchos esfuerzos y absurdas amenazas, tranquilizarlo. Poco a poco, sus quejidos lastimeros fueron menguando, hasta que se quedó, al igual que yo, dormido ante la reconfortante lumbre.

Desperté cuando despuntaba el día, aturdido y con la espalda dolorida. No sabía dónde estaba hasta que, a los pocos segundos, recordé lo ocurrido la noche anterior.

Mientras me preparaba un café, llené el bol para el pienso de Black y le llamé silbando como siempre hago. Pero no acudió. Extrañado, le busqué por toda la casa. No aparecía por ninguna parte. Al regresar a la sala principal, me percaté de que la puerta de la entrada no estaba completamente cerrada. Con tanto alboroto, no debí cerrarla con llave y Black, el muy hábil, la había abierto con sus patas. Cuando salí a buscarlo, lo hallé tumbado tranquilamente junto al pozo, meneando la cola, alegrado de verme, supuse.

Aquel pozo, que en su día debió suministrar agua a la casa, desde luego ya no servía para nada más que para ofrecer una imagen campestre y como motivo de un temor que no supe explicar. ¿Hasta qué punto estaba en su sano juicio el anterior propietario para creer que ese pozo conectaba con el inframundo? ¿Y si lo había sellado para ocultar algo en su interior y que era lo que llamaba tanto la atención de mi perro? Decidí que, para salir de dudas, haría que el jardinero, cuando volviera para continuar con sus labores, arrancara los tablones con el pretexto de sustituirlos por otros nuevos, pues aquellos ya estaban prácticamente podridos.

Aquella tarde, durante la siesta, tuve un sueño. En él, Amanda me decía que había venido a visitarme, pero que un obstáculo se lo había impedido.

No puedo explicar de forma racional por qué lo hice, pero al anochecer fui hasta la casita donde el jardinero guarda sus utensilios de trabajo y me hice con un martillo de orejas para extraer los clavos y un hacha para partir los tablones del pozo.

Como suponía, estaba vacío, pero Black no cesaba de ladrar como un poseso. De pronto me pareció oír una voz femenina que decía mi nombre. Un escalofrío recorrió mi espinazo. Volví a la casa tan rápido como mis piernas me lo permitieron. 

Después de cenar, sentado junto al hogar, intenté relajarme. La mente nos puede jugar muchas malas pasadas, me dije. Pero Black volvió a ladrar, ahora con mucha más excitación. Entonces comprendí qué era lo que le había estado atrayendo de esa forma. Deseaba estar en lo cierto, pero a la vez me horrorizaba. De repente, sonaron dos golpes en la puerta. Supe que era ella. Fui a abrir.

Ahora volvemos a estar juntos.

 

(900 palabras)




jueves, 19 de mayo de 2022

Death Date

 


Hacía ya un año que Emilio se había jubilado y todavía no había encontrado el modo de llenar sus horas muertas, que eran todas las que discurrían desde que su mujer se iba a trabajar a las siete de la mañana hasta que volvía a eso de las siete de la tarde. Ella le había animado multitud de veces a que se apuntara a un gimnasio, pues ya estaba echando mucha tripa, que saliera a caminar como mínimo una media hora diaria, que leyera, que se hiciera socio de una entidad cultural, que practicara alguna manualidad, o que se aficionara a coleccionar sellos o lo que fuera para pasar el rato. Pero todo fue en balde y Emilio pasaba las horas reclinado en su butaca ergonómica. Así pues, consumía todo su tiempo libre viendo la televisión y dormitando, pues nada de lo que veía le atraía mínimamente. Hasta que un día, una noticia, o mejor dicho un comentario hecho por un tertuliano de un programa basura le llamó poderosamente la atención.

Según aquel individuo, al parecer aficionado al ocultismo, existía una aplicación que predecía la fecha exacta de la muerte de quien la consultara. Esa aplicación, que cualquier ciudadano mínimamente versado en el empleo de internet podía descargarse, llevaba por título Death Date (fecha de la muerte).

A Emilio, incrédulo por naturaleza, esa noticia le produjo el mismo rechazo que cuando veía, ya de madrugada, a esas pitonisas del tres al cuarto, que decían adivinar el futuro de los incautos televidentes que llamaban en directo ansiosos por conocer lo que les depararía la vida, ya fuera en el amor, ya en el trabajo.

A pesar de ello, una tarde, dominado por el hastío y antes de que su mujer regresara del trabajo, le picó la curiosidad y se descargó la dichosa aplicación. Lo tomó como un juego infantil, pero nada tenía que perder y mucho menos temer.

Tras introducir todos sus datos personales que le pedía la aplicación (sexo; lugar, fecha y hora de nacimiento; situación laboral y estado civil; peso corporal y estatura; población de residencia y alguna que otra menudencia más) y esperar unos segundos, apareció en la pantalla la fecha en la que se produciría su fallecimiento: la madrugada del 30 de octubre de 2022 a las 03:00 h en punto. Y como dato adicional le indicaba que el fallecimiento tendría lugar mientras dormía. Lo único que le resultó interesante de toda esa paparrucha fue que el traspaso se produjera mientras durmiera plácidamente, algo que siempre había deseado. Junto a este dato anecdótico, se propuso olvidar esa necedad impropia de ser tomada en serio, sobre todo por alguien tan sensato como él.

Pero, contrariamente a lo propuesto, Emilio no podía quitarse de la cabeza aquel vaticinio. Por supuesto, no dijo nada de ello a su mujer, quien se reiría, con razón, de tal estupidez y le calificaría de viejo chocho.

Y así llegó el sábado 29 de octubre, la vigilia del fatídico momento en que, según Death Date, moriría durmiendo. Aquel día lo pasó muy intranquilo, algo de lo que se percató su mujer, a quien dio la primera escusa que se le ocurrió: una lumbalgia que le estaba incordiando desde que se había levantado.

Cuando llegó el momento de acostarse, dijo no tener sueño y que se quedaría un rato más viendo la televisión. Pero no fue así, ya que tan pronto como su mujer desapareció, se dirigió a su despacho, reloj-despertador en mano, con el propósito de mantenerse despierto leyendo hasta haber superado la hora de su presunta muerte. Si alguien le hubiera preguntado por qué lo hacía, no habría sabido responder. Una persona tan cabal y, de pronto, tan temerosa. Pero él se decía que solo pretendía desmontar una más de las muchas falacias que se cuentan en los medios y que solo los ignorantes se creen. Pero, ¿a quién quería engañar? Si todo era una superchería, no lo podría contar a nadie porque demostraría que había dudado, pues de lo contrario no habría hecho la consulta. Y si, en el caso más que improbable, moría, nadie sabría que lo había vaticinado esa maldita aplicación.

Aun así, se propuso, y consiguió, resistir hasta pasadas las tres de la madrugada, a pesar de las continuas cabezadas que le sobrevenían, temiendo con ello quedarse dormido. Cuando, por fin, el reloj marcó las 03:30 a.m. —pues dejó media hora de margen—, aliviado y regocijado, se dispuso a dormir el resto de la noche a pierna suelta.

A la mañana siguiente, su mujer no logró despertarlo por mucho que lo intentó. Emilio había muerto mientras dormía.

Tras el sepelio, mientras ordenaba la habitación, su todavía estupefacta mujer vio la hora que marcaba el despertador, dándose cuenta de que el pasado domingo su marido se había olvidado de retrasar el reloj una hora para adaptarse al horario de invierno. Lo habían estado recordando continuamente en las noticias: a las tres de la madrugada se tenía que retrasar el reloj a las dos. ¿Por qué no lo hizo si, además, se quedó despierto hasta tan tarde?  Qué extraño, tan meticuloso que siempre había sido. Pero ahora recordaba que durante todo el sábado había estado muy agitado por culpa de una lumbalgia que le atormentaba. Eso debió distraerle. Tenía que habérselo recordado, pero ahora de qué servía lamentarse, se dijo. Y, con un profundo suspiro, salió de la habitación, tras haber puesto el reloj-despertador de su marido en hora.

 

sábado, 7 de mayo de 2022

NOTÍCIAS DE ÚLTIMA HORA

 


Esta pasada madrugada ha tenido lugar un ataque cibernético de origen desconocido (aunque todo apunta a Rusia) que ha dejado inoperativos a todos los robots de Europa, de modo que la industria dependiente de la robótica (se calcula alrededor de un 90 por ciento del total) ha sufrido un colapso y no se prevé el tiempo necesario para estar en condiciones de retomar la actividad habitual, pero se teme que se necesiten muchos meses, o incluso años. En tanto no se restablezca la normalidad, se producirá, lógicamente, un desabastecimiento de todos productos que requieren un tratamiento industrial, incluyendo los alimentos procesados. Hasta que no se resuelva este grave problema, el Ministerio de Trabajo instará a las Empresas afectadas de nuestro país a que se planteen la única solución factible: volver a contratar mano de obra, como era habitual hasta hace unos años. El problema adicional, sin embargo, es que será muy difícil, si no imposible, hallar una mano de obra mínimamente cualificada, dado el tiempo transcurrido desde que dejó de utilizarse. A raíz de esta situación, se ha creado un gabinete de crisis que trabajará en colaboración con los del resto de países afectados. Una vez se tengan pruebas de la autoría de este ciberataque, se tomarán las medidas pertinentes. Entretanto, el Gobierno emitirá una nota rogando a la ciudadanía a que mantenga la calma. Por su parte, la oposición exige la dimisión del presidente del Gobierno y de todo su equipo en pleno por la flagrante falta de previsión.



miércoles, 20 de abril de 2022

El novato

 


Acababa de incorporarme a la afamada agencia de detectives Madison y asociados, y ya me dieron un caso de lo más interesante. Debieron oler mi valía como buscador de personas desaparecidas, ya que de lo que se trataba era de hallar, vivo o muerto, a un afamado hombre de negocios, un tal Mario Mendoza. El caso lo había llevado un colega que acababa de jubilarse y no, precisamente, con mucho acierto. Había transcurrido un mes desde que la mujer del empresario denunciara su desaparición y no existía ninguna pista mínimamente fiable.

Me encontraba, pues, ante un reto de gran envergadura. La mujer del presunto desaparecido, Inés Galván, una modelo de renombre, aunque ya en declive, estaba dispuesta a pagar una importante recompensa al margen de nuestra minuta si lográbamos encontrarlo a la mayor brevedad posible y no podíamos defraudarla. La policía podía pasar por inútil, pero nosotros no.

Si resolvía ese caso, no solo me ganaría el respeto de Eduardo, mi jefe, y de mis compañeros, sino que también me llevaría una gratificación extra. Así pues, me puse manos a la obra y mi primer paso fue, lógicamente, ponerme en contacto con la bellísima modelo, una mujer de treinta y cinco años, de los que llevaba dos casada con el rico empresario, veinte años mayor que ella.

No sé qué hechizo me lanzó, pero quedé prendidamente enamorado de la exuberante modelo en cuestión de horas, las que estuvo poniéndome al corriente de todos los detalles que consideré necesarios conocer. Su forma de hablar, de moverse y su mirada penetrante y seductora me subyugaron irremediablemente.

A los pocos días, la atracción física se convirtió en algo mutuo y empezamos a intimar, hasta el punto de que Inés acabó contándome los detalles más íntimos de su convivencia con un marido al que calificó de déspota y maltratador. Con cada detalle, me sentía más atraído por la que consideraba una mujer infeliz que estaba malgastando los mejores años de su vida al lado de un impresentable. Hasta que un día, entre copa y copa, y algo achispada, me confesó que deseaba que su marido estuviera muerto, pues no solo se libraría de un tirano, sino que también heredaría su gran fortuna, lo que le permitiría vivir sin depender de nadie, ni siquiera de su carrera profesional, que ya no estaba en sus mejores momentos.

Desde ese instante, mi empeño por hallar al desaparecido se convirtió en una obsesión acompañada de un intenso desasosiego. Sabiendo lo que sabía, yo también acabé deseando ver muerto al interfecto, pero mi ética profesional me obligaba a resolver el caso, fuera cual fuera su desenlace. Pero esa misma ética también me impedía mantener una relación sentimental con mi clienta y, en cambio, estaba incumpliendo esa norma tan elemental. Estaba hecho un lío.

¿Cómo alguien como yo, moralmente íntegro y consecuente con sus ideas, había podido caer en brazos de una mujer que, bien pensado, no sabía hasta qué punto era de fiar?

Al cabo de dos semanas de haber iniciado las pesquisas, di con una pista bastante fiable sobre el paradero del marido de Inés. Solo tuve que profundizar en las cloacas del mundo de los negocios turbios para descubrir que el hombre al que buscaba debía una cuantiosa cantidad de dinero a un prestamista que no se andaría con chiquitas si daba con él. Lo más probable era, pues, que estuviera escondido en algún lugar seguro. Pero de ser así, no podía estar indefinidamente oculto. Seguramente estaba intentando ganar tiempo para pergeñar una forma de deshacerse de su perseguidor o perseguidores.

Una noche, después de hacer el amor con Inés, no podía conciliar el sueño dándole vueltas al asunto de marras. Hasta que tuve un pálpito. ¡Cómo no había caído en la cuenta! Inés no solo quería que Mario estuviera muerto, quería verlo muerto, que era distinto. Entonces me levanté sigilosamente de la cama y me hice con su teléfono móvil. Busqué en la agenda el número de su marido. No aparecía el nombre de Mario, pero recordé que solía llamarle Cari —qué cosa más cursi para dos adultos, pensé— y como tal le tenía identificado. Le llamé. Si veía el número de su mujer no dudaría en contestar. Cuando oí una voz de hombre que decía «Hola, mi amor, ¿cómo estás? Te extraño mucho», colgué sin más. Tras clonar el móvil de Inés, me marché a casa, dejándola durmiendo plácidamente. Ahora ya tenía un modo de seguir las conversaciones de marido y mujer y, lo más importante, de localizar la ubicación de él, cosa que no me llevaría más que unos pocos minutos en cuanto se pusieran en contacto telefónico.

Como era de esperar, la primera llamada se produjo desde el teléfono de Cari reprochándole a Inés haber colgado la noche anterior sin dirigirle la palabra, habiendo sido ella quien le había llamado. Ella argumentó que no tenía ni idea de lo que pudo ocurrir. Pero yo sí supe al instante que deduciría quién había efectuado esa llamada. Ahora supondría que, conociendo el número de teléfono de Mario, daría con su escondite. Pero si Inés quería ver a su marido muerto ¿por qué no había contratado a un sicario que hiciera ese mismo trabajo y se deshiciera de él? No, tenía que ser yo, un detective privado que estuviera de su parte y que resolviera el caso limpiamente, sin levantar sospechas.

Al cabo de unas horas, llamaba al timbre del piso donde se refugiaba Mario haciéndome pasar por un amigo de Inés. Mi intención no era otra que anunciarle que su mujer le quería muerto y todo para cobrar una suculenta herencia. El hombre, más confiado de lo que cabría esperar, me franqueó el paso sin poner ningún impedimento.

—¿Cómo sabe usted todo eso? —me preguntó, confuso, tras haberle explicado el motivo de mi visita.

Tras contarle toda la historia —salvo que me acostaba con su mujer—, el hombre, avejentado en cuestión de minutos, no cesaba de pasarse las manos por los cabellos encrespados, pensando qué hacer. Sentí una franca pena por él. No parecía ser el tipo duro y maltratador como me lo había descrito la bella modelo.

—Si lo que me ha contado usted es cierto, Inés se llevará una desagradable sorpresa —afirmó, claramente abatido, tras lo cual se cerró en banda. Ya no quiso hablar más del tema.

—Tiene que desaparecer, irse donde nadie pueda dar con usted, ni la mafia ni su esposa. Y cómprese un teléfono nuevo—le recomendé.

Yo no encontraría oficialmente al hombre desaparecido, pero le salvaría la vida. Aun así, no entendía qué quería de mí Inés. ¿Qué papel jugaba yo en toda esa historia, aparte del de sabueso que halla su preciada presa? Tan solo tuve que esperar unos segundos para descubrirlo.

Alguien llamó a la puerta con los nudillos. Mario y yo nos quedamos petrificados sin saber qué hacer. Al cabo de unos segundos oímos la voz de Inés que, susurrando, nos suplicaba que la abriéramos. Sin duda me había seguido para dar con su marido. Tras unos instantes de duda y con el consentimiento de Mario fui a abrir la puerta, tras la cual apareció Inés, exultante. Su marido y yo nos quedamos, sorprendidos y desconcertados, no tanto por su inesperada irrupción sino porque empuñaba un arma de fuego.

El disparo fue ensordecedor. La finca debía estar en esos momentos vacía, pues nadie pareció haberse percatado del estruendo.

—Bueno, ahí tienes a Mario. Ya puedes informar a tu jefe. Toma el revolver, era suyo, pero no está registrado, así que puedes decir que lo encontraste junto al cadáver y que debe pertenecer al sicario que se lo cargó y que, por algún motivo, las prisas quizá, se lo dejó en la escena del crimen. Ya te inventarás cualquier explicación. Y límpialo bien, por favor, no vayan a quedar mis huellas. Ahora por fin, soy libre y tú tendrás una generosa recompensa.

Y dicho esto, me lanzó un beso al aire y salió rápidamente del piso, dejándome con un muerto a mis pies y más aturdido de lo que me había dejado el disparo a bocajarro.

Tenía que pensar con rapidez. ¿Qué hago ahora?, me dije tras recoger el arma con la ayuda de un pañuelo y guardármela en un bolsillo.

Inés me había utilizado para dar caza a su marido, quien le debía haber contado cualquier mentira mínimamente creíble para justificar su desaparición voluntaria, pero sin revelarle su paradero. «Cuánto menos sepas, mejor», debió de decirle.

Me pasé casi todo el día en casa de Mario intentando aclarar los puntos oscuros de esa historia. Me costó unas cuantas horas, pero lo conseguí.

En una caja de cartón oculta en un armario hallé documentos e información que Mario debió llevarse consigo y que me sirvieron para que las piezas del rompecabezas acabaran de encajar.

Era evidente que Inés ignoraba que era un mafioso, al que no había podido devolver un préstamo de varios millones de euros para sacar a flote su negocio, que llevaba tiempo haciendo aguas, quien andaba detrás de su marido. Todo estaba escrito y documentado: balances contables, extractos bancarios, pagarés, cartas amenazadoras... Incluso notas de voz en su móvil que identificaban al peligroso prestamista. Inés también ignoraba, por lo tanto, que su marido estaba prácticamente arruinado. Ahora entendía por qué este había dicho que se llevaría una desagradable sorpresa en caso de que él muriera.

Todo ello me confirmó que Mario se había puesto a salvo de sus perseguidores hasta que pudiera encontrar el modo de salir del país. Pero ¿quién le podía ayudar en su propósito? Esto ya nunca lo sabría.

Me sentía tremendamente humillado al pensar que había sido objeto de una trampa por parte de Inés, habiendo caído en sus redes amatorias. Sabía de su interés por ver muerto a su marido, pero nunca pensé que fuera capaz de acabar con él con sus propias manos. Pero recibiría su justo castigo cuando descubriera la verdadera situación económica del difunto. Tendría que volver a vivir de sus ingresos como modelo venida a menos. Eso en caso de que no la denunciara a la policía.

Ya de noche, fui a la oficina para redactar mi informe. Me pasé más de una hora ante la pantalla del ordenador sin saber qué escribir. Inés confiaba que, habiendo caído rendido a sus pies, la encubriría. Y no andaba totalmente errada. Por mucho que lo intentaba, no podía dejar de pensar en nuestra relación. Esas últimas semanas junto a ella habían sido un bálsamo para mis heridas abiertas, una dulce forma de olvidar mi reciente y doloroso fracaso sentimental, un consuelo para mi soledad y mi vida caótica y confusa. Me había enamorado perdidamente de ella. Intentaba justificarla de algún modo, pero dudaba. Un asesinato no tiene justificación a menos que sea en defensa propia. Y no era el caso.

Estaba con las manos sobre el teclado cuando sonó mi móvil. Era Inés, con su voz melosa.

—Hola, cariño —por lo menos no me llamaba Cari—. ¿Ya has redactado el informe?

—Ahora estaba en ello —respondí escuetamente.

—Y ¿ya sabes qué pondrás?

—Todavía no, pero no te preocupes, que algo se me ocurrirá.

—Muy bien, cuando lo tengas, ya me contarás. Te quiero —susurró antes de colgar.

Seré novato, pero no mentecato, me dije. Si quería hacerme un nombre en el campo de la investigación privada, un nombre que fuera sinónimo de buen hacer y de ética profesional, ¿cómo iba a involucrarme en un asunto tan deleznable? Si seguía los dictados de Inés, tarde o temprano todo acabaría descubriéndose y ambos pasaríamos muchos años en la cárcel. Así que me dispuse a relatar la verdad. No estaba dispuesto a encubrir a una asesina que me había utilizado con sus poderes de seducción.

Una vez terminado el informe, lo dejé sobre la mesa de Eduardo junto a la pistola con las huellas que no llegué a borrar, la prueba del delito. Ya lo encontraría todo al día siguiente cuando se incorporara al trabajo.

Casi no pude pegar ojo en toda la noche, dándole vueltas al asunto e imaginándome la reacción de Inés. Con lo astuta que era, bien podría inventarse algo en mi contra, alegar que estuve en el ajo desde el principio y que ahora, resentido por haber roto nuestra relación, quería vengarme de ella.

 

Al día siguiente, llegué tarde a la oficina. Me había costado mucho conciliar el sueño y se me habían pegado las sábanas.

Al llegar, me extrañó la tranquilidad reinante cuando esperaba un cierto alboroto y que, al verme, todos mis compañeros me felicitaran por haber cerrado el caso satisfactoriamente. Pero, en cambio, todo el mundo iba a lo suyo y ni siquiera repararon en mi presencia. Cuando llamé a la puerta del despacho de Eduardo nadie contestó. Oí una voz a mi espalda que decía:

—Todavía no ha llegado o, por lo menos, nadie le ha visto. Es muy extraño en él, que siempre es tan madrugador.

—¿Le habéis llamado? Quizá esté indispuesto.

Por toda respuesta mi interlocutor se encogió de hombros.

Decidí, pues, abrir la puerta del despacho. Me sorprendió sobremanera no ver en su mesa el informe ni el arma que había dejado la noche anterior. A continuación, llamé a su casa. Su mujer dijo que había salido muy temprano, pues tenía un asunto muy urgente que resolver. Eso me dio muy mala espina. Eché un vistazo a la grabación de la cámara instalada en la entrada del edificio y vi que, efectivamente, había llegado a las siete de la mañana y salido apresuradamente al cabo de diez minutos. Su móvil estaba desconectado o fuera de cobertura, según la alocución grabada. Me temí lo peor.

Inés tampoco contestó a mis llamadas. Los dos pájaros habían volado, esto estaba claro. Esa mujer había jugado con dos cartas, la mía y la de Eduardo. Este, al ver mi informe, debió ponerse de inmediato en contacto con Inés para hacerle partícipe de mi traición y decidieron fugarse a la espera de que ella se hiciera con todo el dinero de su difunto marido y vivir juntos un retiro dorado. ¿Cuánto tiempo le duraría a Inés su nuevo cómplice cuando descubriera que no había tanto dinero de por medio? No mucho, como pude saber al cabo de unas pocas semanas. Pero por un motivo muy distinto.

Los informativos no aclararon lo sucedido, pero pude colegir que el mafioso, o sus secuaces, habían dado con su paradero en Rio de Janeiro. Dos disparos a quemarropa acabaron instantáneamente con la vida de ambos. La versión oficial fue que habían sido objeto de un atraco a mano armada mientras paseaban por la playa de Copacabana a medianoche.

Este caso, el primero que me asignaron, me enseñó a desconfiar de las mujeres exuberantes que buscan desesperadamente a sus maridos. Y también que hay malos que resultan no ser tan malos y buenos mucho menos buenos de lo que aparentan.

Al cabo de los años, he logrado forjarme un buen nombre. Y hablando de nombres, me doy cuenta de que todavía no os he revelado el mío. Aunque mi verdadero nombre es otro, todo el mundo me conoce como Sam, en honor a Sam Spade. Yo habría preferido que me llamaran Bogart, pero qué le vamos a hacer.