miércoles, 25 de junio de 2014

Lola


Cada mañana, a la misma hora, la veía salir para perderse entre el gentío que, ya a horas tempranas, invadía las calles del barrio gótico. Y es que ya se sabe que, en agosto, los turistas lo inundan casi todo y, en especial, aquellas calles que destilan vetustez e historia por los cuatro costados.

Había llegado al vecindario hacía ya unas semanas pero nunca había osado dirigirle la palabra. Entre su timidez y la aparente frialdad de ella, no veía factible que algún día pudiera llegar a conocerla. Desde que la vio por primera vez, se sintió irresistiblemente atraído por ella. Su lánguida mirada a través de unos ojos claros y profundos, su blanca tez contrastando con su negra melena ensortijada, y esa fragilidad y ternura que destilaba, lo habían seducido y atrapado.

Un sábado, por fin, en la panadería, se armó de valor y se atrevió a entablar conversación con ella. Tras un simple hola, qué tal, no sé si me conoces, yo a ti te he visto muchas veces, soy tu vecino del tercero, me llamo Miguel, ¿y tú?, que le dejó con la boca como un estropajo, supo que se llamaba Lola y que no era tan fría y distante como había creído, al menos eso dedujo por la forma en que le miró y, sobre todo, en cómo le sonrió al hablarle.

Desde entonces, solía hacerse el encontradizo para tener la ocasión de hablar nuevamente con ella y, así, el ascensor, el rellano, el supermercado o el quiosco de la esquina, se convirtieron en el escenario de sus encuentros esporádicos y de charlas apresuradas.

Lola, le dijo, trabajaba como camarera en un restaurante de la calle de Ferran, cercano a la plaza San Jaime, acababa de divorciarse y había dejado Tolosa, su ciudad natal, para no tener que encontrarse jamás con su ex-marido, con el que había finiquitado una relación tormentosa después de más de diez años soportando lo insoportable. Solo su familia y amigos más íntimos conocían su paradero. En Barcelona esperaba encontrar una nueva vida y, quién sabe, si un nuevo amor y rehacer, así, su tan maltrecha existencia y autoestima.

Ese torrente de información no le llegó a Miguel de un día para otro ni de una conversación truncada a pie de escalera o en la cola del pan; todo eso lo supo de sus labios, cara a cara, sentados frente a frente en una de las mesas más alejadas de miradas y oídos indiscretos de un bar del barrio, una vez que él se atrevió a invitarla a una copa y ella había accedido no sin cierta vacilación.

Las semanas fueron pasando y otoño llegó sin miramientos, con lluvias torrenciales y un frío más propio del invierno. Pero ni el mal tiempo ni nada en el mundo podría empañar la felicidad que Miguel sentía junto a Lola y que, sin querer hacerse demasiadas ilusiones, creyó que era compartida por aquella mujer que el azar o el destino le había traído desde aquella ciudad del norte para hacerle nuevamente feliz y llenar ese vacío que había quedado en su corazón y en su vida desde la muerte de Inés, su esposa, hacía ya cinco años.

Dicen que el roce hace el cariño pero, en este caso, fue la gran complicidad que nació entre ellos desde un principio, la corriente de simpatía mutua, la compatibilidad de caracteres, la afinidad de gustos y pareceres, y un sinfín de experiencias y sensibilidades comunes, lo que hizo de Lola y Miguel una pareja inseparable, y fue tan inesperadamente rápido como el amor sustituyó al enamoramiento, que los planes para unir sus vidas traspasaron en poco tiempo el muro de los simples proyectos.

De momento, llevaban su relación de forma tan discreta que nadie conocía su historia de amor. Pero pronto se haría notoria y pública, cuando Miguel y Lola pasaran de ser simples vecinos y amantes ocultos a una pareja de hecho y convivieran bajo el mismo techo. Todo estaba listo. En unos días estrenarían su nido de amor y Miquel no cabía en sí de gozo con solo pensar en que muy pronto vería cumplido su sueño.

Una tarde, de vuelta del trabajo, Miguel tropieza con alguien que sale del portal tan apresurado que casi se lo lleva por delante. Cuando, como cada tarde, llama a la puerta de Lola, la halla entreabierta y, al entrar, un reguero de sangre le conduce hasta el dormitorio donde, el cuerpo de su amada yace inerte sobre una colcha ensangrentada y en el cabezal de la cama lee, escrita con sangre, la palabra PUTA.

El autor es, sin duda, el individuo con el que hace tan solo unos instantes se ha cruzado en el portal. Ese es el asesino de Lola y no duda de su identidad: no puede ser otro que su ex-marido. Sin pensarlo dos veces, baja a la calle, enloquecido, en su busca y al poco le distingue a lo lejos, entre la muchedumbre. Es él, no hay lugar a dudas. Le sigue, le persigue y cuando por fin le da caza, porque de eso se trata, de cazarlo y, a poder ser, abatirlo como a un animal salvaje, le planta cara con una furia incontrolable que nunca antes había sentido. De pronto, todo se desarrolla tan rápido que nadie se percata de lo que sucede en plena calle. El otro no se deja amilanar, saca una navaja, que todavía lleva pegada la sangre de Lola y se defiende. Luchan a muerte. Cruz de navajas por una mujer. La lucha acaba cuando uno se desploma y el otro huye perdiéndose entre el gentío. Nadie ha visto nada.

Horas más tarde, en los noticiarios de la noche, entre los sucesos del día, uno llama especialmente la atención del vecindario. Se cuenta que una mujer, hallada con múltiples heridas de arma blanca en su casa, salva milagrosamente su vida tras ser sometida a una larga y delicada intervención quirúrgica; que a unas manzanas del lugar de los hechos, un hombre sin vida ha sido hallado tendido en la calle, sobre un gran charco de sangre, y que ha resultado ser el ex-marido de la joven cosida a navajazos. Se califica el crimen de pasional, el cual ha resultado con la muerte del agresor. Nada se sabe de la identidad de quien ha acabado con su vida.

Esa noche, en el hospital donde Lola se recupera de la intervención, un trastornado Miguel se retuerce las manos en la sala de espera contigua a la UCI. Su respiración es agitada y está sudando a mares, no sabe si por culpa del calor que hace en la estancia o de la excitación que todavía le embarga. Gotas de sudor resbalan por sus mejillas, mezcladas con lágrimas de alegría.
 

 

lunes, 23 de junio de 2014

Un mal recuerdo, un buen olvido


Mirando, sin querer, hacia atrás, rememoro esos momentos en que mi cuerpo, mi alma y mi mente estuvieron a punto de hacerse añicos porque en aquel mundo no había cabida a la comprensión y al respeto.


Siento la rabia con lágrimas amargas que aun queman,
quiero olvidar esos malos recuerdos que aun dañan,
quiero ser fuerte y curar mis heridas que aun duelen,
no quiero sufrir la ansiedad del pasado en mi presente.
 
Escucho una voz lejana que creo reconocer.
Es mi conciencia, que me habla con voz callada.
 
Lucha, me dice,
vence los temores que ya no existen,
olvida la amargura del pasado
y busca la felicidad en tu interior. 


Vive ya en paz,
llena ese gran vacío,
porque donde haya un mal recuerdo,
no hay nada mejor que un buen olvido.



  

viernes, 20 de junio de 2014

Tanka, Haiku o Senryū

Empezó queriendo ser un Haiku, pero de su interior nació un Senryū que pensó en convertirse en Tanka. Al final, quedó un híbrido sin nombre.



Las nieves perpetuas de sus cimas me retrotraen a aquel verano en el que, sentados a la orilla del río, inventábamos palabras de amor.

Aquellos caminos tantas tardes andados todavía desprenden tu olor. El agua cristalina fluye con la misma rapidez con la que rememoro tu cuerpo junto al mío.

Regresaré, una y otra vez, a estos prados verdes hasta que logre dar contigo, aunque ya me hayas olvidado.


  
Vuelve el recuerdo.  
Las manos apoyadas
en mi regazo ,
y el sol abrasador
enturbia mis sentidos. 
 
El agua corre.
No pierdo la esperanza
de hacerte mía,
en el mismo lugar
donde fuimos felices. 


Te buscaré. 
Te veo entre las brumas
de este prado,
solitario y salvaje
tanto tiempo olvidado.



jueves, 12 de junio de 2014

Camino a la felicidad

He hecho un pequeño paréntesis en mis relatos de ficción, a los que últimamente me he aficionado, para volver, sin que sirva de precedente, a los inicios de este blog: la reflexión y el relato intimista.

De pronto, no sé muy bien por qué, me ha venido a la mente una paradoja a la que he querido dedicar estas líneas: la de aquellos que creen tenerlo todo pero que en realidad no tienen nada.

Y así, como si de un ensueño se tratara, me he imaginado a mí mismo viviendo y sufriendo esta contradicción.

 
 
Una vez viví, y tuve sueños, y esperanzas. Una vez tuve el corazón y el alma joven.

¿Cuánto hace de eso? Ya ni lo recuerdo. Pero lo que sí recuerdo, nítidamente, es que en aquel entonces yo no era nada, no era nadie, o creía no serlo, sólo era una laboriosa hormiga que trabajaba para ganarse el sustento y, si podía, ahorraba para intentar conseguir lo que todos tanto anhelaban: los bienes de consumo, les llaman.

Una vez viví una vida humilde e ignorada, en el más absoluto anonimato. Y, aun así, no me iba del todo mal. Pero todo cambió cuando tuve lo que todos llamaron un golpe de suerte, un regalo de la diosa fortuna. Todo cambió radicalmente el día en que se fijaron en mí y me hicieron aquella oferta de no podía rechazar, la oportunidad de mi vida, me dijeron.

Todo cambió casi de la noche a la mañana. Tuve que trabajar mucho, de sol a sol, diría un hombre de campo. Pero tanto esfuerzo tuvo su recompensa: adquirí un nombre, un renombre, un reconocimiento público, una posición envidiable y envidiada y, sobre todo, dinero, mucho dinero, tanto dinero que acabó con la ilusión. Todo me parecía accesible, ya no tenía que imponerme una meta porque ésta estaba siempre al alcance de mi mano.

De pronto dejé de ser el niño que se ilusiona pensando en qué hallará bajo el árbol de Navidad de lo que, con tanta ilusión, puso en esa carta que entregó a aquel paje al pie de la carroza de Baltasar para convertirme en ese otro niño que, como todo lo tiene, no espera con demasiada ilusión la mañana del día de Reyes.

Un día viví y tuve sueños. Eso fue cuando no tenía nada más que a mí mismo y a los que me querían por lo que era y no por lo que tenía. A medida que acumulaba riquezas, fui perdiendo las ilusiones y los amigos de verdad.

Ahora, ya viejo pero muy rico, con un corazón cansado sin nada emocionante por lo que latir y con las ilusiones atrofiadas de no usarlas, siento la soledad y el vacío de quien se dejó seducir por los cantos de sirena, llenó su vida de ambiciones superfluas y no dejó tiempo ni lugar para lo más importante: vivir.

He recibido muchas distinciones, he concedido multitud de entrevistas y se ha escrito mucho sobre mí. Incluso dicen que van a poner mi nombre a una calle. Eso significa que ya ven cerca mi muerte, y no se equivocan, pero no saben que, en realidad, hace ya tiempo que estoy muerto. Soy un muerto en vida. Moriré rico en bienes materiales pero nunca nadie será tan pobre como yo en los intangibles e imprescindibles para ser mínimamente feliz.

Una vez viví y tuve sueños, y esperanzas. Ahora moriré con la única esperanza de no haber hecho infelices a los que me han amado y con el irrefrenable deseo de despertar de este sueño al que llaman muerte para poder encontrar, en mi próxima vida, el verdadero camino a la felicidad.
 
 
 
 

lunes, 9 de junio de 2014

Tanka III


Aprovechando la ausencia de mis musas autóctonas, que se han tomado unas vacaciones, que espero sean breves, ha venido a verme una de la Tierra del Sol Naciente. De su visita relámpago, ha quedado esto.
 
 
Cae la noche
y siento que no estás
en nuestro lecho.
Solo, con el recuerdo,
llenaré tu vacío.






viernes, 30 de mayo de 2014

Al final se hizo la luz (La vuelta, 4ª y última parte)


Cuando Morales acabó de leer la confesión del padre Ángel, no tuvo más remedio que, compungido y avergonzado, contar su versión de los hechos. Ya no era ese hombre de carácter férreo que Andrés recordaba y, aunque de temperamento irascible, le pudo más el remordimiento que, a él también, le había corroído las entrañas durante los últimos años. Desde la visita de aquel joven e impertinente escritor, unas semanas atrás, no había podido pegar ojo y se debatía entre contar la verdad y aliviar así el peso de una culpa que soportaba desde hacía tantos años o seguir cargando con ella hasta sus últimos días. Pero la necesidad de desahogarse, la confesión de su respetado padre Ángel, y la promesa de Andrés de no denunciarle por unos delitos de encubrimiento y aceptación de soborno que, aunque ya hubieran prescrito, su revelación le acarrearía descrédito y humillación ante sus antiguos compañeros y sus actuales amigos y vecinos, hicieron que Morales relatara lo que tanto tiempo llevaba callando. Así, tras devolver a Andrés aquella nota manuscrita que le había dejado leer, profirió un profundo suspiro de resignación y, con la mirada extraviada hacia un punto inexistente, probablemente del pasado, inició una larga exposición de lo ocurrido aquel verano.

Feliciano, el hermano de su mujer, hombre de mal carácter y fuertes convicciones religiosas, halló, por azar, en un cajón de la cómoda del dormitorio y cubierto por ropa de cama, un extraño frasco que levantó sus peores sospechas. Intuyendo que su mujer visitaba, de vez en cuando, a la curandera contra su voluntad, quiso saber qué era y quien le había dado aquella pócima. Ante el silencio y evidente nerviosismo de su esposa, Feliciano, fuera de sí, le obligó a confesar que, en su última visita a María, ésta le preparó un bebedizo para evitar quedarse nuevamente embarazada. ¡Al fin y al cabo ya tenían cinco hijos! -le dijo-. Ante esta revelación, Feliciano fue  en busca de aquella mujer que muchos decían que tenía poderes ocultos.

La visita de Feliciano a la vieja María empezó con furiosos reproches sobre sus prácticas contrarias a la Ley de Dios y porque, con sus malas artes, había inducido a su mujer a cometer un pecado imperdonable, para terminar, vista la desvergüenza y burlas de aquella hereje, con serias amenazas de denunciarla públicamente como lo que era, una bruja, y allá ella con las consecuencias.

Aquella noche, una terrible tormenta azotó al pueblo y alrededores, arrasando cultivos y derribando árboles frutales, siendo Feliciano el más perjudicado por aquella catástrofe, destruyéndole toda la cosecha del año y dejando numerosos daños materiales que le costarían mucho tiempo y dinero reparar. Según él, aquello no podía ser más que el resultado de una maldición de esa bruja como venganza a sus insultos y amenazas de la tarde anterior.

Compartidas sus sospechas con Morales, éste le previno que fuera con cuidado pues si aquella mujer tenía, en verdad, poderes malignos, la cosa podría ir a peor. No obstante, para salir de dudas sobre la verdadera naturaleza de María, le propuso que hiciera una prueba para desenmascararla y, de corroborar su condición de bruja, pondría el caso en manos del cura y que fuera éste quien decidiera qué hacer.

La prueba consistía en poner un ramito de romero en la puerta de la supuesta bruja y esperar a que ésta hiciera acto de presencia. Si el ramito se agitaba al aproximarse la sospechosa, ello significaría, sin lugar a dudas, de que se trataba de una verdadera bruja. Al atardecer de aquel mismo día, Feliciano puso en práctica la recomendación de su cuñado y esperó, oculto en las sombras, el resultado de aquella prueba.

-Lo que ni mi cuñado ni yo, cuando me lo refirió, tuvimos en cuenta, seguramente por lo atemorizados que estábamos o por el deseo oculto de que aquella mujer fuera castigada o, por lo menos, desterrada de nuestra comarca, es que el viento que seguía azotando el pueblo aquella noche bien podía haber sido el causante de que aquella ramita se agitara tan violentamente como lo hizo cuando aquella mujer fue a abrir la puerta. Ahora esto puede parecer una obviedad pero entonces no se nos ocurrió –admitió un apesadumbrado Morales.

“Todo fue tan rápido que ni tiempo me dio a ponerlo en conocimiento del padre Ángel. Tendría que haber vigilado a Feliciano, pero no comentó nada ni pensé que pudiera hacer lo que hizo. Me lo contó a la noche siguiente, cuando se presentó en casa muy agitado –añadió levantando la mirada por primera vez.

Lo que le acababa de contar Morales sobre ese método para desenmascarar a una bruxa y lo que escucharía continuación era exactamente lo que Andrés había leído en aquel libro que le había sumergido en este mundo de fantasía y superstición.

Feliciano, ofuscado por su deseo de venganza y decidido a acabar por su cuenta con aquella maldita bruja, la siguió, a la mañana siguiente, hasta el bosque y, hallándose aquélla desprevenida, le propinó, con una piedra que halló por el camino, tres golpes en la cabeza, pues, según cuentan, si alguien se enfrenta físicamente a una bruja no se le puede dar un número par de golpes, pues el primero la hiere pero el siguiente la cura (1).

-Cuando nos lo contó, yo no sabía qué hacer y mi mujer no paraba de llorar rogándome que no le denunciara. Quise contárselo al cura pero al final decidí callar, esperando que todo pareciera un accidente –dijo encogiéndose de hombros en un signo de impotencia-. Cuando vi que el padre Ángel daba por sentado que había sido un castigo divino el que había acabado con la vida de aquella mujer que, según dijo, siempre había tenido por bruja, dejé que la gente lo creyera así y decidí cerrar la boca para siempre.

“Fue algo más tarde, cuando María ya hacía unos dos meses que había sido enterrada como una hereje, cuando mi cuñado vino a verme de nuevo y me dijo que no había podido soportar más los remordimientos por lo que había hecho y que se lo había contado todo al sacerdote en confesión. Yo esperaba una reacción por parte de éste pero no la hubo, al menos por un tiempo, pero al cabo de varias semanas el padre Ángel se presentó en el cuartel diciéndome que no podía revelar al pecador pero sí el pecado: que había tenido conocimiento de que la muerte de María no había sido accidental, como todos creíamos, sino que la habían matado por venganza y que, como autoridad, debía investigar el caso hasta dar con el asesino pues, aunque se tratara de una bruja, matar no solo era un pecado ante los ojos de Dios, y los tiempos de la Inquisición ya habían pasado, sino también un delito ante la ley de los hombres. Pero, sabiendo que el asesino era mi cuñado, ¿cómo podía pedirme aquello? Debió pensar que yo desconocía la autoría del asesinato y que, de hallar al culpable, me vería obligado a detenerlo y él quedaría así en paz sin haber tenido que romper el secreto de confesión.

El relato de Morales tenía a Andrés en vilo. La historia se estaba desarrollando más o menos como él había sospechado pero podía decirse aquello de que la realidad a veces supera a la ficción. Si al principio, ese hombre que tenía sentado frente a él, retorciéndose nerviosamente las manos, le había resultado detestable por lo que suponía que había hecho, ahora sentía pena por él.

Según siguió refiriéndole Morales, cuando fue a ver a su cuñado para contarle lo que le había pedido el cura, Feliciano le rogó, casi de rodillas, que no lo hiciera o, al menos, que no le descubriera, por su mujer y sus hijos, ¡qué sería de ellos! Feliciano reconoció su falta de valor, pues el cura le había dado la absolución con la condición, que él había aceptado en un momento de contrición, de que se entregara a las autoridades y, viendo la duda reflejada en la cara de Morales, acabó por ofrecerle una considerable suma de dinero a cambio de su pasividad y su silencio. Le prometió que abandonaría el pueblo y no volvería nunca más, como si aquello facilitara el olvido. ¿De qué serviría contar la verdad?, pensó Morales; solo para hacer infelices a toda una familia, incluido a él que también formaba parte de ella.

Un soborno, aunque fuera por parte de su propio cuñado, no podía aceptarlo, pero era mucho dinero y él tan solo un pobre cabo a quien le esperaba, el día de mañana, una pensión paupérrima. Luisa, su mujer, acabó por convencerle; siempre habían pensado en una jubilación placentera, tener una casita en el campo y vivir tranquilamente, sin problemas económicos. Su hermano tenía dinero de sobras, para él no sería ningún problema desprenderse de aquella suma, seguro que volvería a recuperarla pronto, era muy capaz y sus cinco hijos le ayudarían; en cambio, ellos no tenían nada, solo unos ahorrillos que de poco les servirían en caso de tener dificultades económicas. Al fin y al cabo, ya no se podía hacer nada por María, de quien, por otra parte, Luisa siempre había sospechado. “Esa mujer era una bruxa, de esto estoy segura; si mi hermano no la hubiera matado, lo habría hecho otro tarde o temprano, y si no, quién sabe lo que hubiera acabado haciéndonos,” le dijo, para persuadirle.

-Así fue cómo sucedió todo –le dijo Morales, irguiéndose por primera vez en todo el rato que duró su relato-. Mi mujer falleció hace tan solo dos meses; de vivir todavía, posiblemente no le hubiera confesado todo esto pues también tuvo parte de culpa por lo que hice. Ahora solo le pido que no revele a nadie los detalles de esta historia –acabó diciendo.
-Pero yo he venido precisamente a escribir esta historia –le replicó Andrés.
-Sí, pero puede cambiar los hechos, inventarse lo que ocurrió. ¿No creía usted en todas esas cosas que me dijo que había leído en no sé qué libro? Pues escriba lo que pensaba escribir, la historia de una bruja que acabó sus días en manos de los aldeanos de un pueblo a los que tenía atemorizados con sus maleficios y conjuros, mire usted si es fácil. Usted tiene imaginación y puede hacerlo –le dijo mirándole a los ojos con cara de súplica.
-Lo pensaré, algo se me ocurrirá –fue todo lo que Andrés pudo contestar antes de darle las gracias por su sinceridad, y con un apretón de manos se despidió dirigiéndose seguidamente hacia la puerta dejando al hombre sentado en la semioscuridad del atardecer que había llegado con el fin de su relato.

De regreso a Bielsa, Andrés puso sus notas y sus ideas en orden. Habían transcurrido unos cuatro meses desde que llegara hambriento de información y ahora, llegado el momento de hacer las maletas, se iba con sed de justicia. Aun así, Andrés no denunciaría a Morales, allá él con su conciencia, y además de poco serviría, excepto para hacerle justicia a María, eso sí, pero escribiría todo tal como sucedió aunque utilizara nombres y lugares imaginarios aunque, obviamente, dentro de la zona pirenaica del Sobrarbe, eso era irrenunciable.

Aun así, ya de regreso a Zaragoza, se le planteó una disyuntiva: ¿Hasta qué punto debía cambiar el desarrollo de los hechos? Bien pensado, tenía ya más de media novela esbozada en base a la brujería en la actualidad, y la historia de una bruxa en los años ochenta en el Alto Aragón tendría más gancho; el oscurantismo, lo esotérico, vendía mucho, podía llegar a ser un best seller.
 
 
Al cabo de un año, una novela que llevaba por título “La verdadera historia de una bruja del Siglo XX”, se publicaba con un gran éxito de ventas. Al parecer, la verdad también vende aunque, como ocurriría en este caso, suele originar un gran revuelo.

Hace unas semanas, Andrés leyó, en el Heraldo de Aragón, un artículo en el que José Antonio Díez, un afamado periodista de investigación y viejo conocido suyo, reclamaba la reapertura de un caso de asesinato de una mujer, María Moreno Salazar, acontecido en agosto de 1984 en la localidad oscense de Bielsa, señalando a Gustavo Morales Espinosa como responsable de la ocultación de pruebas y aceptación de soborno cuando, estando al mando de la dotación de la Guardia Civil de aquella población, se produjo el luctuoso acontecimiento. El artículo concluía afirmando que “debido a que el asesino había fallecido, a la falta de testigos vivos y de pruebas concluyentes, y la más que probable prescripción de los presuntos delitos, las autoridades competentes no parecían dispuestas a llevar a cabo ninguna diligencia pero que, no obstante, era de justicia limpiar la memoria de una inocente y…”

Andrés dejó de leer y no pudo más que torcer el gesto en señal de contrariedad y, a la vez, de resignación. Ya que él no había sido capaz de hacerlo directamente, otro intentaba, interesada o desinteresadamente, que se le hiciera justicia a María y éste no era otro que aquel viejo amigo que le ayudó a reunir pruebas. Andrés había prometido guardar silencio pero, por fortuna, siempre quedan cabos sueltos.

Hoy, de vuelta a aquel lugar que, de ahora en adelante, todavía le traerá más recuerdos, Andrés ha visitado la tumba de aquella mujer inocente de brujería pero culpable de caer mal a muchos de sus vecinos por intentar sanar con medicinas ancestrales. Donde hasta hacía poco había una burda lápida en el suelo, hoy no hay más que tierra removida. Dentro del recinto del cementerio hay, en cambio, un pequeño panteón que alguien ha mandado construir y en cuyo interior una lápida de mármol lleva grabado el siguiente epitafio:
 
María Moreno Salazar
☼ Ainsa, 28 de abril de 1904
† Bielsa, 10 de agosto de 1984
 
Tuviste una larga y solitaria vida
que se apagó por culpa de la ignorancia ajena
pero al final se hizo la luz
Descansa en paz

 
FIN
 
 
(1) Chema Gutiérrez Lera. Breve inventario de seres mitológicos, fantásticos y misteriosos de Aragón. Temas aragoneses. Ed. Prames, S.A. 1999, pp. 42-43.
 
Imagen izquierda del encabezado: La verdad saliendo del pozo, de Jean-Léon Gérôme
 
 


lunes, 26 de mayo de 2014

El descubrimiento (La vuelta, 3ª parte)


A la mañana siguiente de su llegada a Jaca, Andrés decidió ir primero al encuentro de Morales, en Biescas, y dejar la visita al padre Ángel para más tarde pues creía que aquél podía darle una información más directa y fiable que éste (ya se sabe lo reservados que son los curas). Así pues, en menos de media hora estaba ya en la dirección que le habían facilitado en el Ayuntamiento de Bielsa.

Andrés no podía salir de su asombro. Plantado frente al número 32 de la Rambla San Pedro, allí donde esperaba ver una casita de clase media, había una elegante casa de dos plantas y con un amplio jardín. Pensó que se había equivocado, pues aquello no podía salir del salario de un cabo de la Benemérita, por muy ahorrador que hubiera sido. Pero tras llamar al timbre, la figura del hombre que le abrió y que le inspeccionó de arriba abajo, con cara interrogativa, le retrotrajo, ipso facto, a aquel verano del 84 y a aquel lúgubre despacho del cabo Morales en Bielsa.

Tras presentarse, y con el mayor tacto posible, Andrés expuso el objeto de la visita a Morales, cuya cara se fue transmutando a medida que aquél avanzaba en sus explicaciones y razonamientos. De la condescendiente sonrisa inicial, su rostro fue adoptando una expresión cada vez más crispada e indignada, de modo que, en menos de media hora, Andrés volvía a estar en la calle y en el mismo punto de partida.

-¿Acaso se atreve a insinuar que falseé el informe oficial? –le contestó a voz en cuello cuando Andrés le preguntó si creía realmente que lo que decía sobre la causa de la muerte de María se ajustaba a la realidad.
-Esa mujer falleció accidentalmente a causa de un fuerte golpe en la nuca y no hubo otra explicación plausible. Estaba más claro que el agua –añadió, iracundo, cuando le insinuó si, a su juicio, no era posible otra explicación.
-Pero ¿usted está loco o qué? –le replicó, ante la sospecha de Andrés de que hubiera podido ser asesinada por la creencia de que la anciana era una bruja-. Eso no son más que supercherías de vieja. Lo que a usted le ocurre es que ha leído muchas historias fantásticas y tiene la cabeza llena de tonterías, ¡escritor tenía que ser! –acabó diciendo antes de invitarle a marchar.

Bueno, creo que he hecho la visita en balde, se dijo Andrés mientras se dirigía la salida. Pero, ya en la calle, cuando la puerta de aquella casa se cerró ante sus narices, vio en ella algo en lo que no había reparado cuando llamó al timbre y que le hizo pensar que no todo acababa allí: en lo alto de la puerta había grabada una cruz y un número: 2005. Pero eso no era todo, en el marco opuesto al del timbre, había un pequeño recuadro con una imagen en color del Sagrado Corazón.

Andrés no podía asegurar que aquel hombre hubiera ocultado un asesinato pero sí que, contrariamente a lo que había dado a entender, creía en lo que él mismo había calificado de supercherías.

Al llegar al hotel, lo primero que hizo fue buscar entre la bibliografía que había ido acumulando sobre brujería y, efectivamente, en uno de los artículos sobre creencias y supersticiones en los pueblos del Sobrarbe, halló lo que buscaba. En el capítulo dedicado a los amuletos, se incluían aquéllos que acababa de observar en la casa del exguardia civil.

El texto decía así: “En él (refiriéndose al pueblo de Ainsa), aparecen diversos tipos de signos protectores en las puertas de sus casas: vegetales, animales y cristianos” Y en el apartado dedicado a estos últimos, se detallaba: “Cruces grabadas en la madera de las puertas, con un recuadro, grabado también, debajo de la cruz, en el que pone el año de fabricación e instalación de la puerta en la entrada de la casa (…), detentes de hojalata, rectangulares, que tienen una representación polícroma del Sagrado Corazón de Jesús, clavados en la puerta…” (1)

Si ese hombre tenía en su casa dos de los reconocidos amuletos contra la brujería, es que creía en brujas y si creía en ellas bien podía haber creído que María lo era y por ello habría encubierto su asesinato, ofreciendo la versión del accidente. Y si ello era así, bien podría conocer la identidad del ejecutor. Sabía que aquello solo eran conjeturas pero, por lo menos, le indicaba que todavía no debía tirar la toalla y tenía que volver otro día, con el pretexto que fuera, a hablar con Morales. De momento, mientras no se le ocurría una excusa convincente para ello, iría a visitar al pare Ángel, si es que todavía estaba entre los vivos.
 
 
-El padre Ángel tiene Alzheimer -le dijo el portero de la residencia al preguntar por él-. Tiene ya ochenta y cinco años y hace dos que le diagnosticaron esta enfermedad. Tiene momentos lúcidos pero otros…-añadió con cara de circunstancias-. Pero pase, pase, que le acompaño al jardín, donde debe estar ahora mismo. No sé cómo le encontrará hoy pero puede intentar hablar con él, pero háblele alto, que el pobre ya no oye muy bien.

Una vez llegados al lugar, el portero le señaló con el dedo a un hombre que, sentado en un banco, de espaldas a la puerta que daba al jardín y vestido con sotana, parecía dormitar.

-¿Padre Ángel? –le dijo Andrés, inclinándose hacia aquel anciano para quedar a la altura de unos ojos acuosos que parecían no mirar a ninguna parte.

Andrés, sentándose a su lado, se esforzó para que el viejo cura entendiera y asimilara lo que le fue relatando, despacio y casi al oído, como si se estuviera confesando, con la esperanza de que aquél fuera uno de sus momentos receptivos. Sin embargo, la única reacción evidente que advirtió Andrés por parte del anciano, durante su largo discurso, fue alguna que otra mirada que le dirigía de soslayo como queriendo reconocer quién era aquel joven que, sentado en su mismo banco, le contaba todo aquello. Cuando, perdida toda esperanza de entendimiento, Andrés, puesto ya de pie, se disponía a abandonar el jardín, oyó que aquel hombre murmuraba algo así como: “Pobre María, que Dios la tenga en su seno. Yo no sabía nada. Lo supe después. Que Dios me perdone”.

Inútiles fueron los esfuerzos de Andrés para que el padre Ángel repitiera aquellas palabras, ni siquiera que volviera a conectar con la realidad. Se había ido de nuevo, estaba muy lejos, en su propio limbo, y por mucho que Andrés intentó que regresara, su mirada se había vuelto a extraviar, clavándose en la gravilla que pisaba sus pies.

¡El padre Ángel lo sabía! Sus palabras parecían indicar que María fue una víctima inocente y que, de algún modo, lo supo cuando, según había dicho, ya era demasiado tarde. Esas palabras eran, sin duda, fruto del arrepentimiento.

Así pues, de ser eso cierto, la historia daba un nuevo giro y la teoría de Andrés viraba hacia otro rumbo: María era una curandera pero, creyéndola bruja o por venganza por algún agravio, alguien acabó con ella. El cura, creyéndola también bruja, la hizo enterrar fuera de sagrado, pero si ahora decía saber, o eso daba a entender sus palabras, que no lo era y que, además, su muerte no fue accidental, ¿cómo y cuándo lo supo? La única respuesta que se le ocurría a Andrés era que el asesino, arrepentido, confesara su pecado al sacerdote, y éste, obligado por el secreto de confesión, tuvo que guardar silencio. Lo que no quedaba claro era el papel que jugó el cabo en toda esta historia, pero seguía sin descartar que estuviera, de un modo u otro, involucrado. Andrés tenía que volver a la carga, volvería a interrogar al cura, esperando una ocasión más favorable en que la lucidez regresara, aunque fugazmente, a su deteriorada mente y, esperando que aquel celador a quien había dado una generosa propina le llamara cuando tuviera indicios de ello, volvió al hotel para recapacitar sobre lo visto y oído y planificar su próximo movimiento.

Como suele suceder en las películas de intriga, Andrés buscó la ayuda de un viejo amigo periodista de investigación para que le consiguiera información de carácter privado y confidencial sobre Morales. Necesitaba investigar el pasado de ese hombre. Así, en menos de 48 horas, recibía un correo en el que, con el asunto “Cabo Morales”, su amigo pormenorizaba la información recabada. De la lectura de aquellas líneas, a Andrés le interesó sobremanera que Morales, casado con Luisa Rodríguez Ruiz y sin hijos, recibió, en agosto de 1984, una transferencia de diez millones de pesetas en una cuenta bancaria que entonces tenía, y seguía teniendo, en una oficina del Banco Popular de Jaca. El remitente de la misma fue un tal Feliciano Rodríguez Ruiz, titular de una cuenta en la sucursal de la Caja Rural Aragonesa en Bielsa. La casa donde ahora vivía Morales estaba a nombre de su esposa y que la mandó construir a principios del 2005, dos años antes de jubilarse. Que el tal Feliciano, agricultor, casado y padre de cinco hijos, abandonó el pueblo, con toda su familia, en 1985, instalándose en Barbastro. El matrimonio falleció en un accidente automovilístico hacía diez años cuando, al parecer, volvían de pasar un fin de semana en Ainsa, de donde era natural la mujer.

Así que, treinta años atrás, en aquel fatídico verano de 1984, un humilde cabo de la Guardia Civil recibió una importante suma de dinero, diez millones de pesetas de la época, de un hombre que, por sus apellidos, sin duda era su cuñado, quien al cabo de un año, se marchó con toda su familia del pueblo para no volver. Esto se estaba poniendo interesante.

Pasaron los días y Andrés iba desarrollando su historia en base a esas nuevas informaciones pero todavía no acababan de encajar todas las piezas del puzle. No sabía con qué excusa podía volver a visitar a Morales y aquel celador no llamaba. Hasta que, por fin, un día llamó. La alegría de Andrés al oír su voz se tornó en pesar cuando la misma voz le dijo que le llamaba para comunicarle que el padre Ángel había fallecido aquella misma noche. Sintió pesar por su muerte, desde luego, pero, por qué no reconocerlo, sobre todo por haber perdido la que parecía una oportunidad única para esclarecer ciertos hechos fundamentales. Pero tras el “cuánto lo siento” de rigor por su parte, la voz del celador, desde el otro extremo de la línea, le dejó sin palabras al añadir: “pero ha dejado una nota para usted”.

Aquella nota era una confesión en toda regla, una confesión hecha en un momento de claridad mental y de arrepentimiento. Sintiéndose morir, al viejo cura le sobrevino eso que algunos llaman la lucidez antes de la muerte inminente y pensó que, como ya nada le ligaba al secreto de confesión, qué mejor acto de contrición que revelarlo todo a aquel joven, que dijo llamarse Andrés, y que aquel día que fue a visitarle parecía realmente angustiado por conocer la verdad. Le dijo que volvería a verle. ¿Sería algún pariente de María?

Con la confesión del sacerdote escrita de su puño y letra, ahora sí que Andrés tenía motivos de sobra para hacerle una nueva visita a Morales y esperaba que, con lo que tenía en sus manos y la confesión que de aquél pudiera obtener, aunque fuera a base de chantaje, podría dar por zanjada la verdadera historia sobre la vida y la muerte de “María la bruja”. Eso sonaba bien como título para su novela.
 
CONTINUARÁ
 
(1) Puerto, José Luis. Signos protectores en las puertas del Pirineo Aragonés. Revista de Folklore. Fundación Joaquín Díaz. Nº 120. Año 1990, pp. 189-194.