Esteban López de Hoyos vivía
recluido en su inmensa mansión. Hacía un año que Isabel, su joven esposa, había
fallecido en cuestión de días tras declarársele una neumonía. Solo llevaban un
año de casados cuando cayó postrada en la cama para no volverse a levantar. La
trató, sin éxito, el eminente doctor Gabriel Hinojosa en persona, amigo de la
familia y jefe del servicio de neumología del Hospital de la Santa Cruz y San
Pablo. Pero es que Isabel era una mujer joven y vital que habitaba un cuerpo débil y
enfermizo.
A partir de ese aciago día, Esteban
vivía atormentado. Las cartas lo habían vaticinado, pero hizo caso omiso. Él no
creía en la lectura de las cartas, de las palmas de las manos, de los posos del
té, ni nada por el estilo. Pero ahora todo era distinto. Si hubiera seguido el
consejo de aquella vidente ahora tendría, probablemente, a su querida Isabel a
su lado. Aquella siniestra mujer, a la que su esposa se empeñó en visitar, lo dejó
bien claro: veía salud y bienestar, pero algo oscuro ensombrecía ese vaticinio.
Veía puertas cerradas y conspiraciones ocultas. Una amenaza acechaba desde el
exterior. Esa fue su interpretación. Él no creyó en tal majadería, pero Isabel
sí y, desde entonces, se negó a pisar la calle. Vivía enclaustrada. Ni siquiera
se atrevía a salir a la terraza. Se limitaba a mirar el hermoso jardín desde los
ventanales.
Esteban se enfurecía viéndola
llevar esa vida de clausura. El encierro de ella era su propio encierro. Solo
salía para atender sus negocios. Cuando volvía, la encontraba donde la había
dejado al despedirse: en la biblioteca, leyendo una de sus novelas favoritas.
Los fines de semana se le hacían interminables, al igual que lo eran sus
peleas. Por mucho que insistiera en dar un paseo, alegando que él salía todos
los días a la calle y nada malo le había ocurrido, ella se mostraba reacia a
hacerle caso. Hasta que un día logró
persuadirla. “Un corto paseo por el jardín te vendrá bien, querida. Es
primavera y hace un día muy hermoso. Estás muy pálida, debes tomar un poco el
sol, si no, te marchitarás en vida”. Y como ella hacía algún tiempo que se
sentía débil y fatigada, accedió. “Pero solo un ratito, Esteban, y volvemos a
entrar”. Él creyó que aquella sería la prueba de fuego, tras la cual su mujer,
al comprobar que nada malo sucedía, volvería a llevar una vida normal. Pero al
día siguiente del paseo Isabel enfermó de gravedad y él se culpabilizó por
ello, sin sospechar que la neumonía que acabaría con su vida ya llevaba tiempo
incubándose en los delicados pulmones de su esposa. Y creía que ella también se
lo recriminaba en silencio. ¿Cómo podía haber enfermado? ¿Y si la vidente tuvo,
en parte, razón? ¿Y si la vida saludable que había vaticinado era la de él y no
la de su esposa? ¿Y si era Isabel quien no debía salir de casa para no
exponerse a peligros externos? ¿Y si…? Sea como fuere, Esteban se obsesionó de
tal forma que llegó a creer que, ignorando aquella advertencia, había provocado
la muerte de su mujer. No se perdonaría jamás haberla convencido para dar aquel
fatídico paseo. Sintiéndose culpable, se autoimpuso el castigo de no volver a
pisar la calle nunca más. No tenía derecho a vivir una vida normal. Se
recluiría de por vida en memoria de su amada esposa. Y así lo hizo. Desde
entonces pasaba los días encerrado en su vasta y vetusta mansión. Tenía todo lo
que necesitaba. No precisaba salir a la calle para nada, ni siquiera al jardín,
al que condenó al abandono.
Sus negocios funcionaban de
maravilla. Cada viernes por la tarde, a la hora del té, despachaba con Robles,
su administrador, todos los asuntos relativos a sus empresas y le daba las
instrucciones necesarias, o el beneplácito a las sugerencias de aquel, para el
buen gobierno de las mismas.
Robles era su hombre de
confianza. Ya lo había sido de su padre, Romualdo López de Hoyos, desde que
este fundara en 1862, con solo treinta y cinco años de edad, la fábrica textil,
y tan solo un año después la empresa de áridos para la construcción y un
pequeño banco que fue creciendo hasta convertirse en una respetable y sólida
empresa provista de una amplia red de oficinas por todo el país. Don Romualdo siempre
estuvo asesorado por Robles, un joven y astuto abogado de veinticinco años,
emprendedor y con una gran visión empresarial, pero sin dinero para crear sus
propios negocios. Robles seguía siendo, después de cuarenta años, un fiel asesor
y consejero, habiéndose convertido en el brazo derecho de Esteban desde que
este heredó la fortuna familiar, animándole y aconsejándole para continuar con
éxito la obra de su progenitor.
A pesar de la muerte de Isabel
y del consiguiente desinterés de Esteban por los negocios, todo seguía yendo
viento en popa, pero el joven viudo no se sentía con ánimos para nada, llegando
a vislumbrar la posibilidad de vender sus empresas y, con el capital obtenido,
crear una Fundación en beneficio de la investigación de las enfermedades
pulmonares. Incluso había pensado en el nombre: “Fundación Isabel Cisneros”, en
memoria de su mujer. Ya que no se había podido hacer nada por salvar la vida de
su esposa, procuraría que su fortuna sirviera para salvar la de otros. Y quién
mejor que el doctor Hinojosa para encargarse de que así fuera.
Pero el tiempo pasaba y todo
discurría con una pesarosa normalidad, hasta el hallazgo de aquella misteriosa
carta, un sábado por la mañana. En ella, una mano desconocida le advertía de que,
si no accedía a sus exigencias, moriría en cuarenta y ocho horas. ¿Qué broma de
mal gusto era aquella?
Por mucho que preguntó a la
servidumbre, nadie supo darle razón de quién había traído esa misiva anónima.
La había encontrado una de las doncellas, a primera hora de la mañana, junto a la
puerta principal, bajo el porche. No había remitente, por supuesto, y estaba
escrita con una letra muy pulcra y estilizada, propia de un escribano de
tiempos pasados.
Si bien resultaba sumamente
extraño que alguien pudiera haber dejado una carta ante la puerta de una
mansión en la que no era tarea fácil penetrar, peor era su contenido. No se
trataba de una extorsión, un chantaje o una exigencia por una reivindicación laboral
insatisfecha. Lo que el autor de esa misiva pedía era algo insólito: si en cuarenta
y ocho horas no lograba vender todas sus propiedades y gastarse hasta el último
céntimo, moriría.
Alguien quería verle arruinado
y le fijaba un plazo absurdo para cumplir con su exigencia. Si la ruina sería
una forma de acabar con su lánguida pero confortable vida, la muerte acabaría
con toda forma de vida. Esteban no sabía, pues, qué sería peor, si vivir en la
más absoluta pobreza o reunirse antes de tiempo con su querida Isabel.
Cuanto le mostró la nota
manuscrita a su administrador, a quien hizo llamar en su condición de abogado, este
no le dio crédito alguno. “Debe de ser obra de un perturbado. ¿Quién, en su
sano juicio, podría querer una cosa así?”, afirmó con rotundidad. “Habrá
saltado la verja de noche y dejado la carta aprovechando la oscuridad. Te tengo
dicho que deberías tener un par de perros guardianes. Mañana mismo me encargo
de ello”, añadió, dando el asunto por zanjado.
Esteban no lo tenía tan claro
y estuvo tentado, por unos instantes, de avisar a la policía, pero, tras
recapacitar, pensó que sería mejor resolver el asunto por su cuenta, con
discreción. No quería que su buen nombre se viera públicamente envuelto en una
historia sórdida como aquella. Su reputación, e incluso sus negocios, podrían
verse perjudicados.
A pesar de haber ordenado a
todos los miembros del servicio rastrear hasta el último palmo de su propiedad
para hallar algún indicio de allanamiento o prueba inculpatoria, no hallaron
nada sospechoso. Las únicas señales claramente visibles en la gravilla de la
entrada eran las del carruaje de Robles y lo que debían ser sus pisadas hasta
la escalinata que daba al porche de la entrada principal. Por lo tanto, la
única explicación posible era que la mano que había depositado la carta donde
la hallaron tenía que ser la de una persona a su servicio. No había sido, pues,
un intruso que había asaltado su propiedad desde la calle sino una persona que
habitaba en la casa.
Para salir de dudas y muy a su
pesar, decidió mandar escribir a cada uno de sus sirvientes unas palabras al
azar de aquella maldita carta, una prueba caligráfica que debería descubrir a
su autor o autora, aunque le extrañaba que una caligrafía tan refinada como
aquella hubiera podido salir de sus manos. Pero solo pudieron participar en la
prueba las únicas personas que sabían escribir: el mayordomo, la cocinera y el
cochero, y ninguno de ellos reprodujo la letra del escribiente anónimo. Profundamente
apenado ─no sabría decir si por no haber hallado al culpable o por su innoble
conducta─, tuvo que disculparse por haber sospechado de ellos, sus fieles
empleados durante más de veinte años. Sus miradas, aunque comprensivas, le
indicaron la humillación y la decepción que habían sentido por sus infundados recelos.
Habían transcurrido ya seis
horas desde el hallazgo del anónimo y Esteban todavía no había tomado una determinación.
Se hallaba, pues, como al principio. ¿Cómo iba a resolver ese dilema en las cuarenta
y dos horas, a lo sumo, que le quedaban? Si decidía dar crédito a la amenaza,
era del todo imposible deshacerse de sus bienes en un plazo tan breve. Nadie podría
vender tres empresas como las suyas, una mansión y todos los objetos de arte ─que
no eran pocos─ en unas pocas horas. Quien le había dado aquel ultimátum lo
sabía. Por lo tanto, lo quería muerto. Pero antes quería jugar con él. ¿Asustarle,
angustiarle? ¿Eso era lo que quería? Pero ¿quién? Y ¿por qué?
Esteban había sufrido
demasiado con la muerte de Isabel y ya no le temía a nadie ni a nada. En
realidad, todo le daba igual. ¿Para qué vivir de ese modo, solo y acumulando dinero
y más dinero para nada? Ni siquiera tenía descendencia por la que luchar y
preservar sus bienes. Cuando muriera, todo pasaría a la Fundación. Había
hablado de ello con Robles en repetidas ocasiones y este siempre había mostrado
su conformidad y alabado su filantropía. “Pero todavía te quedan muchos años
para eso, amigo mío”, le decía aquel. Pero ahora creía que, aunque acabara de
cumplir treinta y dos años, el momento había llegado. Solo lo lamentaba por su difunto
padre, que tanto había hecho por levantar ese pequeño imperio económico, y por
su madre, fallecida cuando él solo contaba con catorce años, que con tanta
ilusión le decía que un día todo aquello sería suyo. Y así fue cuando, con tan
solo veintisiete años, lo heredó todo. Y de eso solo hacía cinco. Cinco años al
frente del negocio familiar y ahora alguien le exigía poner a la venta todas
sus propiedades. Si el presunto asesino acababa con su vida cuando venciera el
plazo fijado, como era de prever, no podría llevar a cabo su ambicioso acto de
altruismo. Por otra parte, aunque encontrara de inmediato un comprador ávido por
hacerse con sus posesiones, no habría forma humana de gastarse toda esa fortuna
en unas pocas horas. Podía arrojar todo ese dinero al fuego, y con ello quizá
salvara la vida, pero tampoco vería cumplida su ilusión. Sin dinero no habría
Fundación. Así pues, tenía que asegurarse de algún modo que su proyecto
viera la luz, costara lo que costase. Tenía que adelantar sus planes a toda
costa. La Fundación era su máxima prioridad.
No había tiempo que perder. Aquella
misma noche escribió sus últimas voluntades. Al día siguiente mandaría llamar al notario con el que Robles solía
tratar para que formalizara el testamento y los documentos necesarios para la
creación de la Fundación Isabel Cisneros. A su muerte, sus propiedades debían
ponerse a la venta y las ganancias obtenidas utilizarse para ponerla en marcha.
Robles debería encargarse de lo primero y el doctor Hinojosa de lo segundo. Sin
las empresas, Robles se quedaría sin trabajo, pero ya había llegado a la edad
de jubilación. Con sesenta y cinco años, se le veía cansado y desbordado por el
trabajo. Bien merecía un buen retiro. Esteban lo tenía decidido. Ya no le
importaba vivir. Quien fuera que lo quería muerto acabaría con su vida, pero no
con su legado. Y una vez trazado su plan, se acostó, algo más relajado.
Su única y gran duda seguía
siendo quién estaba detrás de la amenaza y quién sería la mano ejecutora. Si no
salía nunca de casa, el asesino, o asesina, tendría que actuar en ella. ¿Uno de
los sirvientes, al que habrían comprado? ¿Alguna visita inesperada? Eso era lo
único que le inquietaba: quién sería su verdugo y por qué. Y con estos
interrogantes rondándole por la cabeza, quedó, contra todo pronóstico,
profundamente dormido.
A la mañana siguiente, después
de desayunar y de repasar, una y otra vez, el borrador de testamento que había
confeccionado, mandó recado a Robles, a través de Hermenegildo, su cochero,
para que mandara venir al notario a su domicilio a la mayor brevedad posible,
haciéndole conocedor del motivo de tal premura. Ya sabía que era domingo, pero el
asunto, como podía suponer, no debía esperar ni una hora más y, además, en
domingo seguro que el notario no tenía la agenda ocupada, añadía en su nota.
Tras esperar, con los nervios
a flor de piel, varias horas, a las seis en punto de la tarde cruzaba la verja
de la mansión el señor notario, don Hilario de la Fuente. Este, una vez leídas
las últimas voluntades de su cliente, y tras mostrar su beneplácito ante tal
derroche de generosidad del joven empresario, abrió su maletín de cuero negro, sacando
de él un pliego de hojas de papel con el membrete de su notaría, papel secante
en un raído soporte de madera, un tintero y una magnífica pluma estilográfica
con el plumín chapado en oro. Toda una joya importada de París, como a él le
gustaba referir siempre que sorprendía a alguno de sus clientes mirando,
embobado, cómo sumergía el dorado plumín en el tintero y accionaba un pequeño
émbolo con el que succionaba cuidadosamente la tinta. Esteban tenía una
parecida, que había heredado de su padre, un hombre muy moderno para su época,
pero más rudimentaria, pues tenía que llenar el pequeño depósito de la pluma
con un cuentagotas, algo muy engorroso, motivo por el cual nunca la utilizaba. Además,
Esteban dejaba la tarea de la escritura para su administrador, que siempre
escribía sus anotaciones a lápiz. Luego, en el despacho, su secretaria reproducía
el texto con una flamante máquina de escribir Remington, orgullo de la oficina,
con la que los documentos parecían sacados de una imprenta. Don Hilario, en
cambio, no quiso nunca adquirir semejante armatoste y se vanagloriaba de que
sus documentos, escritos a mano, eran una verdadera obra de arte, pues su letra
era de tal claridad y calidad, que no precisaba de otro adminículo distinto a
su preciada pluma.
Así pues, sentado a la mesa de
trabajo de Esteban, el señor notario se puso manos a la obra, transcribiendo
con un cuidado extraordinario (pues abominaba de los impresentables borrones),
lo que su cliente le había pedido que trasladara a un documento notarial.
Cuando este hubo terminado su trabajo, le pasó al joven el resultado del mismo
para que, si estaba de acuerdo, lo firmara.
Cuando Esteban tuvo en sus
manos lo que iba a ser su testamento, no pudo evitar sentir un tremendo
escalofrío. Esa letra tan pulcra y estilizada… ¡Era idéntica a la del
manuscrito anónimo! ¡Ahora ya sabía quién lo había escrito! Don Hilario había
cometido un tremendo error. Sin pensarlo, se había descubierto como el autor de
aquella carta. Le temblaban las manos y no sabía qué hacer ni qué decir. Cuando
el notario le preguntó si le ocurría algo, tuvo que disimular, alegando un
pequeño mareo y acabó firmando el documento, que le entregó de inmediato,
deseando que aquel hombre desapareciera de su vista y poder así quedarse a
solas poniendo en orden sus ideas.
Esteban se pasó el resto del
día encerrado en su despacho, cavilando, bebiendo y hablando en voz alta, tanto
que la servidumbre creyó que su amo se había desquiciado. Hasta que, poco a
poco, fueron aclarándosele las ideas y el puzle empezó a tomar forma. A
medianoche las piezas ya habían encajado. Al día siguiente, a primera hora, justo
cuando se cumpliera el plazo otorgado por su presunto asesino, mandaría llamar
a Robles para comunicarle lo que había descubierto.
CONTINUARÁ...
*Imagen superior izquierda: Casa Arnús, o El Pinar, edificio modernista situado al pie del Tibidabo (Barcelona), tomada por el autor del relato