jueves, 28 de marzo de 2019

La mirilla



Estaba leyendo “Un saco de huesos”, de Stephen King, su escritor de novelas de terror favorito, cuando llamaron a la puerta. Consultó el reloj. Eran las seis de la tarde.

Vio, por la mirilla, a un individuo alto y muy delgado que no conocía de nada y cuyo aspecto le dio mala espina. Aún así, y sin saber por qué, le abrió.

Según le dijo el desconocido, trabajaba para la oficina del censo y necesitaba recopilar una serie de datos con fines estadísticos. Así pues, le hizo pasar y le invitó a tomar asiento.

─Veo que le gusta Stephen King ─le dijo el visitante observando la novela que descansaba sobre la mesita junto a la butaca en la que estaba sentado su anfitrión.
─Pues sí. Me encanta la literatura de terror ─asintió éste, mientras la tomaba en sus manos y le mostraba la portada.
─Siento haberle interrumpido ─añadió aquél con cara de circunstancias.
─No importa. Estaba a punto de dejar la lectura pues va a empezar Bones, mi serie de televisión favorita ─le contestó, dándose cuenta de que lo dicho equivalía a culparle de otra interrupción.
─¿Le gusta la investigación forense?
─Me gusta ésta en particular. Resolver un asesinado a partir de los huesos de un cadáver me resulta fascinante.
─Los muertos revelan muchas más cosas que los vivos ─dijo el hombre sonriendo enigmáticamente.

Sus modales educados, el tono de voz y su sonrisa parecían contradecir la impresión inicial que le había causado aquel sujeto, pero había algo en su mirada que no acababa de agradarle. A su edad, era gato viejo y sabía cuándo alguien escondía algo y aquel hombre no era lo que decía ser. Pero le había dejado entrar y ya no había vuelta atrás.

El interrogatorio al que le sometió acabó por intrigarle. ¿Qué interés podían tener para el censo aspectos como su estado de salud, sus últimas voluntades, si era donante de órganos, si tenía familia o amistades y cosas por el estilo?

Una vez se hubo ido el intruso, sintió un repentino escalofrío. Aquellas manos frías como témpanos, su mirada inquisitiva y su sonrisa sardónica al despedirse, no parecían propias de un ser vivo. Parecía como si la muerte le hubiera visitado.

─¡Será posible! Estás paranoico ─se dijo en voz alta.

Miró el reloj con fastidio, seguro que Bones ya habría terminado, pero… ¡tan solo habían transcurrido unos minutos! ¿Cómo era posible!?

Desconcertado, se sentó en su sillón y encendió el televisor. El episodio de Bones acababa de empezar, pero fue incapaz de prestar atención. No podía dejar de pensar en aquel individuo y en sus preguntas. De pronto se sobresaltó, pues comprendió el propósito de toda aquella farsa. Trabajara para quien trabajase, ese hombre le quería a él o, mejor dicho, a su cadáver. Quizá pertenecía a una red de traficantes de órganos y el propósito de su visita era asegurarse de que vivía solo, sin amigos ni parientes que pudieran interesarse por él en caso de desaparecer.

Parecía una locura pero no podía dejar de pensar en ello. Pero peor fue por la noche. No podía pegar ojo dando vueltas y más vueltas en la cama. ¿Quién sería y qué pretendía en realidad aquel hombre? ¿Volvería a por él? Y si era así, ¿cuándo? Si le contaba a alguien sus sospechas, ¿le creerían o le tomarían por loco? No sabía qué hacer.

Cuando despertó, se halló sentado en el sillón y con el televisor encendido. A sus pies yacía la novela de Stephen King y el punto del libro en su regazo. Tras unos segundos de confusión, comprendió lo que había ocurrido: se había quedado dormido mientras leía la novela. No sabía en qué momento pudo haberle ocurrido como tampoco se explicaba el miedo que le invadía. Supuso que era producto de una pesadilla que había olvidado por completo. Miró el reloj. Era ya media mañana. ¿Cómo había podido dormir tantas horas sentado? Le dolían los huesos.

Confundido y con un terrible dolor de cabeza, decidió prepararse un café bien cargado. Antes de llegar a la cocina, llamaron a la puerta. Vio, por la mirilla, a un individuo alto y muy delgado que no conocía de nada y cuyo aspecto le dio mala espina. Aún así, y sin saber por qué, le abrió. Al hacerlo, tuvo una desagradable sensación de déjà vu.


jueves, 21 de marzo de 2019

Sala de espera



Si normalmente el consultorio está prácticamente vacío los días, como hoy, de frío y lluvia, la sala de espera está en estos momentos abarrotada. Hoy se han producido muchas urgencias, lo que obliga a atender al público con bastante retraso, y eso se nota en el ambiente.

─Con lo bien que estaría en casa, tan a gusto, y tengo que estar aquí, soportando esta demora interminable. Ya llevamos un buen rato esperando, y total para qué. Yo no creo en las vacunas, pero es lo que recomiendan hoy en día. Hay que seguir los consejos sanitarios a rajatabla. Que yo sepa, a mis padres jamás les vacunaron de nada. Claro que, ahora que lo pienso, murieron jóvenes y nunca se supo de qué. Eran otros tiempos ─salta de pronto uno de los que esperan, que ya se está impacientando.
─Pues yo me encuentro la mar de bien y aquí me tenéis. Es ella ─y señala con la cabeza a la mujer que tiene sentada a su lado y que parece dormitar─ la que se empeña en que me hagan un reconocimiento rutinario, como le gusta llamarlo. “Ya tienes una edad y quiero estar segura de que estás bien de salud”, me repite cada dos por tres. No conozco a una mujer más pesada que ésta. A mis amigos no les incordian tanto como a mí con esto de la salud. Pero qué le vamos a hacer. Callo y así la tengo contenta ─tercia el que está sentado a su derecha.
─Pues yo creo que haces bien en hacerle caso. Más vale prevenir que curar. Yo no me pierdo ni una sola revisión ─asiente uno con aspecto de vagabundo que está a la izquierda del primero que habló.
─Sí, sí, más vale prevenir, pero cuando te detectan algo malo, si eres tan mayor como yo, ya no hay nada que hacer. Nosotros hemos venido porque hoy nos darán los resultados de las pruebas que me hicieron la semana pasada. Como confirmen lo que me temo, me queda poco tiempo en este mundo ─ comenta, suspirando, el que está sentado enfrente de los tres, aprovechando que la joven que lo acompaña ha ido al baño─. Aunque ya no oigo tan bien como antes, entiendo perfectamente lo que cuchichean a mis espaldas. “Un tumor que puede haberse extendido”. Eso es lo que dijeron. Y añadieron que según qué órganos estuvieran afectados, habría que decidir qué hacer. Yo preferiría dejar las cosas como están. Ya soy demasiado viejo. Pero, aunque quisiera, no puedo decírselo. No lo entenderían.
─Vaya, pues sí que lo siento ─dice quien inició la conversación.
─Y yo ─añade el que está a su derecha.
─Yo también soy de esa opinión ─afirma el que está a su izquierda. Cuando llegue a viejo, no quiero que me prolonguen la vida inútilmente.
─Joder, tíos, os he estado escuchando y me parecéis patéticos, tal cual. Que si vengo porque las normas sanitarias así lo exigen, que si estoy aquí porque hay que cuidarse y para no contrariar a la jefa, ¡calzonazos!, y el viejo contando sus penas de un modo tan melodramático que casi me da asco ─les escupe a la cara un cachas de pelo muy negro y aspecto peligroso, que está en un rincón, alejado del resto.
─¡Parece mentira que les hables así! ¿Tú crees que eso son modales? Pero ¿de qué vas? Chulo, que eres un chulo ─tercia una sílfide rubia con un flequillo que le oculta los ojos.
─Veo que no me conoces, guapa. Si supieras con quién hablas, ni te atreverías a dirigirme la palabra. Así que no me tientes, porque si no... ─le espeta el cachas con pinta de matón, irguiéndose amenazante.
─Como te acerques a mí, te dejo esa cara de mastín hecha una cuadrícula ─responde a gritos la rubiales.
─Oye, oye, qué te has creído tú para hablarle así a esta joven. Seré muy mayor pero todavía me quedan arrestos para darte un sopapo ─tercia el que espera el veredicto sobre su tumor, en defensa de la valiente rubia de larga melena.

De pronto, todo el personal allí presente, toma cartas en el asunto para evitar que la cosa se desmadre.

─Eeeehhhh, shhhh, pero ¿qué les pasa a estos? Que alguien les haga callar ─exige un hombre entrado en carnes, que no para de pasearse, nervioso por el retraso.
─Sí, no sé por qué se han puesto así de repente ─interviene una mujer de cierta edad que, por cómo va acicalada, pretende parecer mucho más joven.
─¿Qué mosca les habrá picado? ─se pregunta la recepcionista, con cara de pasmo.

De pronto se abre una puerta a sus espaldas y todos se giran expectantes.

─A ver, a ver, silencio por favor. Hagan callar a estos animales. ¿Quién es el siguiente? ─interroga una mujer que, ataviada con una bata verde, hace su aparición en la sala de espera.
─Nos toca a nosotros ─afirma una mujer alta y delgada, con aire refinado─. Vamos Black. Venga, no te hagas el remolón, que sabes que no hay para tanto. Siempre igual. Luego te daré un premio. Ay, qué perro más cobardica ─añade arrastrando a un gran mastín negro por la correa.


jueves, 14 de marzo de 2019

Si lo llego a saber...



Siempre me decían que era un ingenuo, que me fiaba de todo el mundo y que ello me llevaría, si no al fracaso, sí a una gran decepción. “La gente no es buena”, me decía mi abuela, “nadie da duros a cuatro pesetas”, decía mi padre, “nada es lo que parece”, añadía mi madre. Y con tantas advertencias, voy y meto la pata hasta la ingle.

También debo decir que, si bien era una persona muy crédula para con mis semejantes, era todo lo contrario para con las enseñanzas religiosas, lo cual me ha acabado pasando factura. Era un redomado ateo, muy a pesar de que mis padres eran creyentes y practicantes. Y ahora me arrepiento de ello, como también me arrepiento, ahora que me acuerdo, de haberme reído un día en la clase del padre Ángel, nuestro profesor de religión, cuando habló de la resurrección de la carne. Me costó una expulsión de la clase y el típico castigo de escribir cien veces “no me reiré de la resurrección en clase de religión”. Solo me hizo gracia por la rima, pero me costó una bronca monumental de mi padre, que tuvo que firmar un “recibí” en la nota manuscrita con letra temblorosa ─no sé si por la edad o la cólera con que fue escrita─ en la que se me acusaba, como mínimo, de hereje.

También fui obligado a confesarme por el grave pecado cometido al ofender a Nuestro Señor Jesucristo, quien resucitó al tercer día. De hecho, yo solo hice burla al comentar por lo bajini ─confiando en la dureza auditiva del viejo cura─ a mi compañero de pupitre que, si de verdad resucitáramos después de muertos, más bien pareceríamos los de la serie The Walking Dead, lo que nos provocó un ataque de risa que intentamos infructuosamente reprimir. Pero solo yo recibí el castigo, por haber sido el promotor del escandaloso comportamiento.

Sé que todos tenemos algo de lo que arrepentirnos y que, por mucho que nos duela, ya no podemos remediar. Aun así, siempre me recriminaré haber escuchado la propuesta de aquella chica de larga melena rubia, tan dulce y tan candorosa que, a la salida del hospital donde me habían operado de una apendicitis aguda que casi acaba conmigo, despertó mi habitual faceta altruista. Solo después de haber firmado, me asaltaron las dudas al recordar los sabios consejos de mi familia.

Pues bien, si no hubiera sido tan descreído, por un lado, negando la existencia de otra vida, ni tan generoso, por otro, donando todos mis órganos, ahora no estaría vagando eternamente sin poder comunicarme con nadie. Solo me dejaron el cerebro, y eso porque todavía no era trasplantable (no sé si lo llegará a ser algún día). Claro que para lo que me sirve… Me siento como el protagonista de “Y Johnny cogió su fusil”. Es horrible. Y encima me quedará para siempre la duda sobre la identidad de aquella motorista que se me llevó por delante. Solo recuerdo su larga melena rubia que asomaba por el casco y su extraña sonrisa. ¿Por qué me dejaría convencer? Si lo llego a saber…


jueves, 7 de marzo de 2019

Ahora o nunca



He tardado muchos años para ver cumplido mi deseo, pero por fin ha llegado la hora. Lo tengo todo preparado. Después de tanto discurrir cómo hacerlo, no puedo fallar.

─Pero ¿por qué ahora, después de más de… cuántos, quince años?
─Depende del caso, pero entre diez y quince años.
─Y ¿por qué has esperado tanto? No se acordarán de nada.
─¿No has oído nunca que la venganza se sirve en plato frío? O que la venganza es un plato que se sirve frío, ahora no recuerdo muy bien cómo va la cosa, pero más o menos es así.
─Te refieres a la película, ese western sobre un tío que quiere vengarse de una tribu india que se cargó a toda su familia, pero que al final se entera de que…
─No hombre, no, bueno sí, de eso va esa película, pero a lo que me refiero es al significado.
─¿Y qué significa exactamente?.
─Coño, pues significa que para vengarse hay que esperar el tiempo que sea necesario para que todo se apacigüe aparentemente y no actuar en caliente. Hay que tomarse tiempo para no fracasar. Calcular bien cómo perpetrar la venganza para que nada falle. Es lo que hace el tío ese de la película, ¿o no?
─Bueno, sí, pero él, al final, salva a una india y entonces cambia de opinión porque…
─Bueno, déjalo ya, ¿quieres? Qué más da lo que hiciera o dejara de hacer. Lo que importa es lo que voy a hacer yo.
─Vale, vale, no te pongas así. Pero ¿puedo preguntarte algo?
─Adelante, ¿qué quieres saber?
─El por qué.
─¡¿Que quieres saber el por qué?! ¿Acaso no te lo he contado cientos de veces?
─Sssssi, pero no acabo de entender por qué te sientes obligado a hacer algo así y, como te he dicho, después de tantos años. ¡Si tan solo eran unas niñas tontas!

Unas niñas tontas, dice ese imbécil. Claro, como a él nunca le han rechazado, como a mí. No sabe lo que es sufrir la humillación de que te digan que no una y otra vez. Y delante de tus amigos. Que seas el hazmerreír de todos. Él era el único que me animaba. “Venga, hombre, que no hay para tanto. Tú sigue intentándolo, que alguna vez lo conseguirás”, me decía. Y me dejaba allí, en medio de la pista de baile como una mierda pegada a un palo. Siempre la misma excusa, siempre estaban cansadas, y cuando me daba la vuelta, zas, ya estaban bailando con otro.

Pero eso no es lo que me ha llevado a tomar esta decisión. Sí, estaba rabioso con todas esas niñatas tontas, para las que la entrada a la disco era gratuita, mientras yo, imbécil de mí, pagaba por dos, con la esperanza de ligar, para luego calentar el vaso y pasarme la tarde de pie. Pero no, no son esas crías anónimas las que me han llevado a tomar esta terrible decisión. Esas se borraron de mi memoria, eran simples figuras, siluetas, contornos, aprendices de mujer florero, unas tontas superficiales e inmaduras que solo se fijaban en el físico. Casi las disculpo por no haberme dado una oportunidad. Es lo que hay a la edad del pavo.

Quienes más daño me hicieron fueron las que, ya en la Facultad, conociéndome y creyéndolas mis amigas, me rehuían o me ignoraban. Esa era la peor forma de rechazo. Alentado por algunos de mis mejores amigos, entre ellos Héctor, el que ahora parece no entender nada, me armé de valor y, en cuanto tuve la mínima ocasión, me lancé al ruedo, desgranando todo lo que sentía por ellas. Fueron cinco, en cinco años, las que me rechazaron sin contemplaciones. Hubo una, Elisa, que incluso se rio de mí.

Sí, ha pasado más de una década. Acabo de cumplir los treinta y cinco, y por mi cumpleaños me prometí que no pasaría un año más sin llevar a cabo mi venganza. La venganza será terrible.

─¿Cómo dices?
─Eeeh, ah, pues digo que la venganza será terrible.
─Joder tío, que no hay para tanto.
─Y dale. Déjame en paz, ¿quieres? Si lo sé no te cuento nada. A veces soy un bocazas. Anda, lárgate y déjame en paz, tengo que pensar en los detalles.
─Pues ahí te quedas. Allá tú. Si me preguntan, yo no sé nada.
─Será lo mejor.

**

Hoy es el día. Las he reunido a todas mediante un engaño que recuerda a una novela de Agatha Christie. Las he citado a todas en un mismo lugar. Las cinco estarán pronto en mis manos. Unas simples invitaciones anónimas, alegando un encuentro sorpresa y han picado en el anzuelo.

Acaba de llegar la última, Cristina. Los primeros serán los últimos. Tiene gracia la cosa, pues ella fue la primera que clavó un dardo envenenado en mi corazón. Todavía no se habrán percatado de la trampa, creerán que han sido las primeras en acudir a la cita y que el resto de los invitados no tardará en llegar. Ingenuas. No saben lo que les espera. Solo con imaginar la cara de sorpresa que pondrán cuando me vean, me entran escalofríos de satisfacción.

Respiro hondo. Estoy junto a la puerta, abierta de par en par, del salón donde supuestamente tiene que celebrarse el evento. Me asomo con discreción y las observo. Están guapísimas. Se nota que se han acicalado para la ocasión. Y se nota que están un poco turbadas, pues se estarán preguntando qué tipo de sorpresa es esta y quién más acudirá a la cita. En unos segundos, ese corrillo que han formado se deshará como un ovillo de lana en las garras de un gato juguetón. Solo que yo me siento como un tigre que va de caza. Ha llegado el momento. Ahora o nunca.

Me planto ante la puerta. Yo también me he vestido para la ocasión. esmoquin blanco y corbatín negro. Todas se giran hacia mí. Les sonrío y me acerco lentamente. Me miran de arriba abajo. No han abandonado sus aires de superioridad. Me devuelven la sonrisa con un tono burlón. Presumo que no me han reconocido. Elisa, la que se burló más cruelmente de mí, da un paso al frente y, mirándome a los ojos, me dice: “Pero, ¿se puede saber a qué esperas a servirnos algo? Y mirando al resto de compañeras, añade: “Es que los camareros de hoy en día son una calamidad, no tienen ni modales ni nada”. Y, volviéndose hacia mí, remata: “Pero ¿todavía estás aquí, como un pasmarote? Anda y tráenos algo para beber y picar, idiota”.

Siento cómo me tiemblan las piernas. No puedo controlar la rabia que siento. Le propino una sonora bofetada que la hace tambalear. Todas la sujetan y me miran horrorizadas. Elisa se recompone y con cara de odio me grita: “Pero ¡qué te has creído, cabrón!” Levanta la mano para, a su vez, abofetearme, pero la detiene en alto al ver que empuño un arma.

Todas gritan y se agrupan en un rincón del salón, como si de este modo se sintieran protegidas.

Con la mano izquierda, saco la pitillera del bolsillo y la abro, mientras que con la derecha sujeto el arma en alto. Les ofrezco un cigarrillo. Todas niegan con la cabeza, los ojos como platos. Veo reflejado un miedo incontrolable en sus pupilas, totalmente dilatadas por efecto de la adrenalina. Me pongo un cigarrillo entre los labios. No se pierden ni un solo movimiento de mis manos. Acerco la pistola a mi cara y aprieto el gatillo. Más gritos. Todas se protegen con los brazos, ilusas. Como si de ese modo una bala no llegara a su destino. Pero como no oyen ningún disparo, bajan los brazos y me miran de nuevo para ver qué ha ocurrido. Estoy fumando tranquilamente y me guardo la pistola-encendedor en el bolsillo derecho. Suelto una sonora carcajada, que es la señal convenida. Menos mal que todo ha salido como esperaba.

Cuando el camarero hace entrada, se acerca con paso ligero al grupo, que sigue arrinconado en el mismo lugar, pero que ahora luce una expresión de consternación. El joven, totalmente ignorante de lo que se está cociendo, levanta la bandeja a la altura de la cara de mis, todavía, prisioneras y, con una pequeña reverencia les ofrece lo que lleva en ella: cinco bolas, cada una marcada con sus respectivos nombres. “Tomad vuestra bola”, les ordeno. Dudan, pero finalmente se acercan, una a una, y con mano temblorosa toman la bola que les corresponde. Una vez se han servido, le pido al camarero que les traiga lo que deseen, aunque creo que lo mejor sería, dadas las circunstancias, una infusión de tila. Sigo al camarero hasta le puerta y me despido de ellas con un “que os aproveche”.

Llego a casa y me tumbo en la cama boca arriba. Ni siquiera me desvisto, solo me quito la endiablada y ridícula pajarita. Apago la luz y me pongo a imaginar las caras que debieron de poner al ver el contenido de las bolas y la que deben estar poniendo al leer las cartas que he estado escribiendo para cada una de ellas, cartas personalizadas, como me gusta llamarlas, relatando todas y cada una de las afrentas que me hicieron. Me he despachado a gusto, no he escatimado calificativos. Me he esmerado para devolverles, cien veces aumentados, todos los desplantes recibidos. Ojo por ojo. Ahora sabrán lo que es sentirse humillado.

**

Hoy he vuelto al lugar de los hechos y he buscado al camarero que me auxilió, sin saberlo, en mi venganza. Al verme, se ha mostrado gratamente sorprendido y ha venido a mi encuentro con una amplia sonrisa en los labios.

─Pero ¿qué había en aquellas bolas, si se puede saber?
─No es cosa suya ─le he espetado, molesto por su falta de educación.
─Disculpe, disculpe, pero solo lo he preguntado por curiosidad. Es que reían tanto…
─¿Que reían, dice?
─Uy, si las hubiera visto. Y después de servirles unos refrescos, al decirles que estaban invitadas por usted, no pararon de beber en toda la noche. Si hasta tuvimos que ayudarlas a subir a los taxis, pues no estaban en condiciones de conducir. Por cierto, ya tenemos preparada la factura. No se asuste cuando la vea. Yo solo seguí sus instrucciones.
─Pero, ¿llegó a oír lo que decían?
─Pues algo sí, pero muy poco porque no se las entendía, de tanto que reían. Pero no sé si debo repetirle lo que sí pude entender. Mejor no se lo digo. Me resulta muy violento. No había oído decir tantas palabrotas a unas chicas tan finas. En todo caso, hable con ellas. Ahora, si me lo permite, tengo mucho que hacer. En el mostrador de recepción le entregarán la factura.

¿Qué le voy a decir ahora a Héctor cuando me pregunte cómo resultó mi venganza? Mejor no se lo cuento, no soportaría una burla más.



jueves, 28 de febrero de 2019

La vida con remordimientos no es vida



La tormenta arrecia, inclemente, acompañada de un frio glacial. Está anocheciendo.

─Quédate conmigo. No me dejes solo, por favor ─grita Javier para hacerse oír.
─Tranquilo, que no me voy a ninguna parte. Juan y Esteban pronto volverán con ayuda ─le responde Rosa, aparentando una serenidad que no siente.
─Me estoy helando. Como no lleguen pronto con ayuda, moriré congelado.
─Ya verás como no. Piensa en positivo. Ya deben estar de vuelta.
─Pero hace ya muchas horas que se marcharon.
─Hará unas tres horas, no más. Ten en cuenta que el camino debe estar muy mal; con la nevada que está cayendo habrá quedado casi intransitable. Pero ellos lo lograrán, ya verás. Tú estate ahora tranquilo, relájate.
─¡¿Cómo quieres que me relaje?! Me estoy congelando, Rosa. Ya no siento las extremidades. Estoy muy débil. Creo que voy a morir en este agujero.
─No digas tonterías, Javier. No te vas a morir. Lo que sientes es debido a la hipotermia. No has tenido tiempo de congelarte. En cuanto entres en calor, te recuperarás, ya verás.

Por fortuna, Rosa se ha quedado para hacerme compañía, pero la espera se hace interminable. ¿Llegarán a tiempo? ¿Encontrarán a alguien dispuesto a venir en mi ayuda con esta tormenta de nieve? Es una zona muy escarpada y de difícil acceso, solo un montañero muy experimentado y bien pertrechado lograría llegar hasta aquí a tiempo, sacarme de esta grieta y trasladarme sin demora al hospital más próximo.

─¿Sigues ahí, Rosa? No te veo.
─Sigo aquí, Javier, no te apures. Me he tendido para protegerme de la ventisca. La nieve helada se clava en la cara como dardos.

Si salgo de esta, les estaré eternamente agradecido. Se lo recompensaré de algún modo. Ahí está Rosa, dándome ánimos, aunque me habla como al moribundo a quien se quiere distraer para que no piense en la muerte. Y tanto Juan como Esteban están poniendo en peligro su vida para salvar la mía.

─¿Ves algo, Rosa? ¿Todavía no has podido contactar con ellos?
─No, Javier, no se ve nada y no hay cobertura. Pero seguro que ya no tardarán en llegar. Ten un poco más de paciencia.
─Me duele mucho la espalda. Seguro que me he roto algo, quizá alguna vértebra. Estoy totalmente encajonado. No puedo moverme. Si no me sacáis pronto, me quedaré aquí, enterrado en el hielo.
─Que no, hombre. Todo saldrá bien, ya lo verás. Pronto te sacaremos de ahí, te lo prometo.
─Ojalá sea así. Y ¿sabes qué?
─Dime.
─Que casi preferiría morirme en este agujero que quedar inválido el resto de mi vida.
─Pero ¡qué cosas tienes! No pienses en ello, haz el favor.

Rosa, Juan y Esteban. Somos amigos prácticamente desde la infancia. ¡Cuántas experiencias vivimos juntos de adolescentes! Aunque como esta ninguna, desde luego. Tiene mucho mérito que hayamos mantenido la amistad durante tantos años. Más de veinticinco. Siempre han estado a mi lado. Yo, en cambio, últimamente me he ido distanciando. La falta de tiempo y esas cosas. Si no me llamaran ellos, creo que no encontraría nunca el momento de hacerlo yo. Reconozco que he sido un mal amigo. Y también un mal hijo. Y un mal marido. ¡Qué mal me he portado con todos! A mis padres los visito de uvas a peras y siempre más por obligación que por devoción. Y como marido todavía peor. Le fui infiel a Julia con una de sus amigas. No le reprocho que no me haya perdonado, aunque debo admitir que yo no he hecho nada para merecer su perdón. Y en mi trabajo me he granjeado más de un enemigo. He sido una mierda de persona. Si salgo de esta, prometo cambiar, me tomaré la vida de otro modo y trataré a los demás de una forma más justa. Menos trabajar y más tiempo para mí y para los míos. Se acabó trabajar los fines de semana y en vacaciones. Tengo que quitarme la adicción al trabajo y vivir la vida. Quizá, incluso, me tome un año sabático.

─Rosa, ¿me oyes?
─Claro que te oigo. Dime.
─¿Tú crees que he sido un mal amigo?
─¿A qué viene esto ahora?
─Contéstame. Es importante. ¿He sido un mal amigo? Y sé sincera, por favor.
─Pues ya que lo preguntas, un poco sí, la verdad.
─¿En qué os he fallado? Dímelo, quiero saberlo.
─Pues, chico, no sabría por dónde empezar, sinceramente.
─Me lo imaginaba. Da igual. Me arrepiento de todo, aunque no sepa todo de lo que deba arrepentirme. Si salgo de esta, seré el mejor amigo del mundo.
─No me hagas reír, Javier, que no estoy para bromas. Ya te lo recordaré más adelante.
─No hará falta que me recuerdes nada. Para empezar, tenemos que quedar con más frecuencia. Por lo menos una vez al mes, eso es. Y siempre que necesitéis algo, contad conmigo.
─Caramba, Javier, ahora sí que empiezo a pensar que estás grave.
─Te lo digo en serio. He tenido que encontrarme en esta desagradable situación para replantearme muchas cosas. No solo como amigo, sino también como hijo y como marido.
─Eso me parece muy bien. Harías bien en preocuparte más por tu familia, y como familia incluyo también a Julia. La pobre lo ha pasado, y sigue pasándolo, muy mal. No estaría de más que le pidieras perdón. Ella todavía te quiere, a pesar de lo que le hiciste. Lo vuestro todavía puede tener arreglo.
─Lo reconozco, me porté fatal con ella. Y no solo con ella. A mis padres los tengo muy abandonados. En cuanto pueda…
─¡Ya vienen, ya vienen! Creo que son ellos. ¡Sí, son ellos, y vienen con ayuda! ¿Lo ves, Javier, como tenía razón? ¿Javier? ¿Javier, me oyes?


Javier yace en una cama de hospital. Han transcurrido tres días desde que lo rescataron. Por extraño que parezca, solo se fracturó un brazo y una pierna. El resto fueron contusiones, heridas superficiales y un inicio de congelación de los dedos de las manos y de los pies. Cuando llegó el equipo de rescate había perdido el conocimiento, su pulso era débil y deliraba. Un helicóptero lo trasladó al hospital en el que ahora se recupera. Durante el vuelo balbuceaba cosas ininteligibles para la gran mayoría de los presentes, excepto para Rosa, la única que pudo entender el significado de las frases entrecortadas que salían de sus labios resecos y cortados por el frío.

Al cabo de las veinticuatro horas que estuvo prácticamente inconsciente, despertó sin recordar lo ocurrido, hasta que vio a su alrededor varias caras conocidas. Entonces comprendió dónde estaba y recordó lo sucedido. Mientras Juan y Esteban se tomaban un café aguado de la máquina expendedora situada al fondo del pasillo, junto a la sala de espera, a los pies de su cama se agolparon Rosa, Julia y sus padres, ansiosos por ver si todo estaba en orden en la cabeza de Javier. Cuando este esbozó una sonrisa, todos suspiraron aliviados. Rosa fue de inmediato en busca de sus dos amigos para darles la noticia. Todos los allí reunidos tenían un motivo de alegría, empezando por el propio accidentado, que comprobó que había sobrevivido y que, por las escayolas, solo se había fracturado dos de sus extremidades. Solo un pertinaz dolor de cabeza enturbiaba su bienestar. Todos le abrazaron, incluso la dolida Julia, que había acudido, tan pronto la avisaron, para interesarse por su estado.

A Javier, se le escaparon unas lágrimas rebeldes de gratitud. A pesar de su comportamiento para con todos ellos, estaban ahí, no le habían querido dejar solo en esas lamentables circunstancias. Eso significaba que le querían. Más de lo que él los había querido. De pronto recordó su examen de conciencia y su propósito de enmienda. Pero la vergüenza le impidió verbalizarlo. Ni siquiera les dio las gracias en voz alta.

Tras los oportunos exámenes y comprobar que el paciente estaba estable, le dieron el alta hospitalaria y solo le recetaron un analgésico, que debía tomar a demanda. Por lo demás, podía hacer vida normal, todo lo normal que un brazo y una pierna escayolados le permitieran.


A las pocas horas de haberle dejado en casa sus amigos, a media tarde, recibió una llamada telefónica.

─Hola hijo. ¿Cómo estás?
─Muy bien, mamá, no te preocupes.
─¿Cómo no voy a preocuparme, estando como estás solo? ¿Quieres que venga a hacerte la cena?
─No, mamá, la cena me la está haciendo Eva.
─¿Eva? ¿Quién es Eva?
─Es la señora de la limpieza. Viene a horas, pero le he propuesto que, de momento, venga cada día a hacerme el almuerzo y la cena. Así que no hay problema.
─Ah, bueno. Pero si no le va bien, me lo dices y voy yo.
─Que no, mamá. Me ha dicho que puede venir todos los días. No te preocupes por nada, ¿vale?
─¿Y el desayuno? ¿También te lo preparará esa Eva?
─Pero mamá, ¿ya no te acuerdas que casi no desayuno? Un café con leche me lo puedo preparar yo. Estoy lesionado, pero no inválido, ¿de acuerdo?
─De acuerdo, hijo, como quieras. Pero si me necesitas, ya sabes.
─Que sí, mamá. Adiós.

Eva resulta ser una gran cocinera y de muchos recursos, pues la nevera estaba más vacía que la cuenta corriente de un parado de larga duración, así que no sabe de dónde ha salido ese ágape tan generoso.

No han pasado más de unos pocos minutos desde que se ha levantado de la mesa y se ha despedido de Eva, que vuelve a sonar el teléfono, esta vez el móvil. Es Rosa.

─Oye, Javier, que hace un rato, hablando con Juan y Esteban, hemos pensado que, si necesitas algo, como por ejemplo que alguien te lleve a las sesiones de recuperación, al médico o lo que sea, puedes contar con nosotros, que nos podemos….
─Que no, no os preocupéis. Gracias, de todos modos. Ya me las apañaré, siempre puedo llamar a un taxi ─le corta Javier.
─¿Un taxi?
─Sí, un taxi, ¿por qué no?
─Vale, vale, pero que sepas que lo que necesites…
─Que sí, que sí. Disculpa, Rosa, pero estoy muy cansado e iba a acostarme.
─Ay, perdona, Que descanses, pues.

Javier se siente, de pronto, agobiado por tanta amabilidad y, entre tanto alboroto, necesita relajarse y que nadie le moleste.

Cuando, ya en la cama, intenta conciliar el sueño, siente la vibración del móvil, que ha puesto en modo silencio, sobre la mesilla de noche. Está tentado de no contestar, pero ¿y si es algo urgente? Podría ser su jefe, que le llama para interesarse por su estado, pues en todo ese tiempo no ha dado señales de vida, aun habiendo informado a la empresa de su accidente. Pero no, en la pantalla aparece el nombre de Julia y su fotografía. A pesar de la ruptura, nunca llegó a borrarla de sus contactos. Y ahora es ella quien le llama. Supone que también es para preguntarle cómo se encuentra. Ahora no tiene ganas de hablar, así que deja que suene hasta que cuelga. Julia pensará que está durmiendo.

Javier percibe el sonido que denota que hay un mensaje entrante. Deja transcurrir unos segundos y escucha el mensaje de voz.

─Hola, Javier. Soy yo, Julia. Solo te llamaba para saber cómo te encuentras y decirte que puedes contar conmigo para lo que necesites.

Y tras un breve silencio, un carraspeo de vacilación y un suspiro, añade:

─Javier, creo que deberíamos hablar. He estado pensando mucho en lo que hiciste y aunque me dolió muchísimo tu infidelidad, mucho más me dolió que no me pidieras perdón. Con el tiempo te habría perdonado, pero tu frialdad me ha dejado muy tocada. Sé que no has rehecho tu vida con ninguna otra mujer, que aquello fue algo ocasional, por desagradable e injusto que fuera para mí. Lo sé por Rosa, a quien siempre le pregunto por ti. Me habría gustado que tú también hubieras mostrado un mínimo de interés por mi situación, por cómo me va. No te enfades con Rosa, pero me ha confesado que cuando estuviste allí arriba, atrapado en aquel agujero, mostraste estar arrepentido. Quiero pensar que eso significa que todavía no está todo perdido. Sé que, aunque te sientas culpable, eres orgulloso, pero si todavía me quieres un poco podemos aclarar las cosas y quién sabe… Bueno, te dejo. Supongo que debes estar descansando. Y perdona por todo este rollo. Si quieres que hablemos, ya sabes mi número de teléfono. Si lo borraste, ahora te quedará mi llamada registrada.

Tras oír el mensaje, Javier decide apagar el móvil, no sea que alguien más perturbe su descanso. Al cabo de cinco minutos, el silencio de la habitación solo lo rompe sus ronquidos.


 Javier nunca ha sido una persona físicamente fuerte y vigorosa ─todavía no entiende cómo se dejó engatusar por esos tres para pasar un fin de semana en aquella casa rural del Pirineo─ pero el periodo de convalecencia y de recuperación ha resultado mucho más breve de lo que le auguró el traumatólogo. Y todo gracias a su tenacidad con los ejercicios fuera y dentro de casa. Siempre ha sido un luchador y nunca se ha amedrentado ante los obstáculos, por insalvables que parezcan. En su rápido restablecimiento también ha influido mucho sus ansias por volver al trabajo. Aunque habría podido resolver algunos temas por teléfono, como así hizo, no hay nada como estar presente para lograr que todo funcione a la perfección.

A los cuarenta días exactos desde que le escayolaran, una vez libre del engorroso cepo de yeso, ya está de nuevo en su despacho dando órdenes y poniéndose al día. Su trabajo es lo primero, lo que le llena de verdad. Para lo demás ya habrá tiempo. De momento, nadie le importuna ni le distrae de sus quehaceres diarios y sus compromisos profesionales. Un día de estos tendrá que llamar a sus amigos para quedar, piensa. Este fin de semana, si no tiene que llevarse trabajo a casa, hará una visita a sus padres. Y a Julia quizá la llame un día que esté de buen humor. Ahora no es el momento. No tiene porqué sentir remordimientos por nada. No habría llegado donde está si no hubiera priorizado sus obligaciones. Así es la vida y, sea como sea, la vida sigue, lo queramos o no.


jueves, 14 de febrero de 2019

Mein Kampf



Solo con verla aparecer, nuestros cuerpos se tensaban bajo aquel viejo plátano donde nos apostábamos a diario, tras salir de clase. Fue su aspecto de alemana, como decía Xavier, lo que nos cautivó. Alta, con cabello rubio y lacio hasta los hombros, de ojos azules y piel clara. Andaba como si de una modelo se tratara y pasaba junto a nosotros mirando al frente y con los libros sujetos contra su pecho, como si temiera que se los robaran. Aun sabiéndose observada, nunca se habían cruzado nuestras miradas.

Por el uniforme supimos que iba a un colegio de monjas cercano, “el chalet”, sobrenombre que usábamos para referirnos a la Casa Golferichs, un edificio modernista convertido, durante la posguerra, en un colegio religioso para chicas. Lo siguiente sería averiguar dónde vivía. En lugar de un abordaje claro y directo, cara a cara, echándole morro, cosa de la que entonces carecíamos, optamos por un espionaje de lo más pueril. Seguirla resultó todo un reto para nosotros, torpes aprendices de ligón. Con sólo pensarlo, sentíamos una gran emoción.

El día de autos, al poco de iniciar el seguimiento, debió percatarse de ello porque se giraba de vez en cuando. Nosotros, a cada giro de ella, jugábamos al despiste, entreteniéndonos con cualquier cosa que aparentemente nos llamaba la atención, hasta que se detuvo y se volteó desafiante. Yo hubiera seguido adelante, pasando por su lado como si nada, pero Xavier, como si un resorte le hubiera catapultado, entró precipitadamente, y yo tras él, en la primera tienda que había a nuestro alcance y que resultó ser una librería. Una vez dentro, un hombre de avanzada edad nos preguntó qué deseábamos, a lo que mi amigo contestó, sin pensárselo dos veces: “¿tiene Mein Kampf?”. ¿Sería acaso una de esas revistas sobre el ejército alemán que tanto le gustaban? No sé qué hubiera dicho Xavier de haber entrado en una corsetería, pero seguro que algo se le habría ocurrido.

No es que Xavier fuera germanófilo, simplemente sentía un gran interés por lo alemán y, especialmente, con todo lo relacionado con la segunda guerra mundial. Así que yo no podía ir muy errado en mi suposición.

Una vez en la calle, dejando al pobre hombre perplejo, no sé si por tal demanda o por cómo desaparecimos sin mediar explicación, Xavier me dijo:

─¡Menos mal que hemos entrado en esa librería!

Yo iba a decirle que me había parecido una ridiculez haber actuado de ese modo, pero me venció más mi curiosidad.

─¿Qué es lo que has pedido a ese hombre? ─ya no recordaba el dichoso nombrecito.
─Le he preguntado si tenía Mein Kampf ─contestó con la mayor naturalidad.
─Eso ya lo sé, pero ¿qué es? ─repliqué, incómodo por mi ignorancia.
─Es un libro sobre Hitler, escrito por él mismo.
─Y ¿qué significa el título? ─inquirí.
─Significa “Mi Lucha”.

¡Así que Mi Lucha! Yo también podría escribir un libro sobre mi vida amorosa titulado así, pensé.

En eso, nuestra chica había desaparecido y nosotros, derrotados, nos retiramos a nuestros cuarteles, aplazando el frustrado seguimiento. Desde aquel día, ella pasó a llamarse Mein Kampf.

Decidimos volver a probar fortuna al día siguiente. Pensamos que, como primera aproximación, un alto y claro “adiós”, sin calificativos, sería más que suficiente. En el momento crucial, sin embargo, los dos bobos en apuros no lograron verbalizar nada. Parecíamos afectados por el mismo mal. Gemelos con atrofia cerebral que impedía el habla y hasta el raciocinio. Pasó ante nosotros como una exhalación y tal fue la frustración ante nuestra ineptitud que, al unísono y sin pensarlo, decidimos darnos una segunda oportunidad iniciando una carrera frenética alrededor de la manzana con objeto de alcanzarla de frente. Si corríamos lo suficientemente deprisa, todavía podíamos cruzarnos con ella y, entonces sí, decirle ese adiós tan preciado para nuestra autoestima.

Corrimos como galgos y logramos por los pelos dar con ella, pero lo que surgió de nuestras gargantas no sabría cómo definirlo: ¿un sonido gutural?, ¿una espiración estertórea?, ¿una sibilancia asmática? Algo salió, pero totalmente incomprensible. Ni nosotros mismos pudimos entender ese aborto fonético que emitió nuestras cuerdas vocales, pues el fuelle en el que se habían convertido nuestros pulmones estaba al borde del colapso. Un aioooo podría ser lo más parecido a lo que logramos vocalizar.

Quedamos tan avergonzados por nuestra actuación, que decidimos desaparecer del mapa y refugiarnos en otra esquina y bajo otro viejo plátano. Si ese árbol, excoriado y aparentemente inmutable al paso del tiempo, hubiera podido emitir algún sonido, éste hubiera sido una sonora carcajada por lo que allí tuvo que oír durante las interminables charlas de aquel par de aprendices de adulto.

A Mein Kampf la volví a ver tres años más tarde, cuando yo contaba con diecinueve. Fue días antes de una noche de Reyes. Paseaba por la Gran Vía, junto a los puestos de juguetes, cuando me crucé con ella. Tampoco en esa ocasión se cruzaron nuestras miradas. Supe que era ella a pesar del tiempo transcurrido. La reconocí por su figura, por su largo cabello áureo, por sus ojos de un azul celeste y por su forma cadenciosa de andar. Solo advertí una diferencia: su cutis blanco, inmaculado y casi angelical estaba cubierto de las cicatrices típicas del acné, restándole ese atractivo que tanto nos había cautivado. Había cambiado; seguramente como yo. Incluso la mirada ya no parecía la misma, triste y perdida. E iba sola; como yo.



jueves, 31 de enero de 2019

Conversaciones desde arriba



Ariel acaba de llegar. Charlie, en cambio, lleva más tiempo, no sabría decir cuánto. Ariel todavía no se ha acomodado a la nueva situación y no deja de preguntar al compañero que le han asignado y a quien acaba de conocer.

─¿Y tú cuánto tiempo llevas aquí?
─Pues no sabría decirte. No mucho, pero eso es lo de menos. Aquí uno enseguida le coge el tranquillo a todo esto. Te acostumbrarás enseguida, ya lo verás ─le responde Charlie, adoptando la típica actitud del veterano.

Ariel asiente y dirige la vista hacia lo que sea que Charlie está observando a lo lejos.

─¿Quién es? ─le pregunta, curioso.
─Mi mujer.
─¿Esa de ahí es tu mujer? ¿Acaso la estás espiando?
─Yo no diría que la estoy espiando, solo me estoy interesando por ella. ¿Acaso tú no tienes una mujer o una familia por la que interesarte?
─Claro que tengo familia. Pero ya me dirás qué puedo hacer yo desde aquí.
─Pues lo único de provecho que uno puede hacer, ver cómo les va.
─O sea, hacer de voyeur. ¡Vaya consuelo! ─responde Ariel, alicaído─. Si por lo menos pudiéramos intervenir o interactuar de algún modo…
─Bueno, amigo, si quieres que te sea sincero, estoy empezando a dudar de que podamos hacer algo así, aunque no he perdido la esperanza. Cuando llegué me dijeron que con el tiempo aprendería a comunicarme con ellos. Pero, por desgracia, hasta el momento no lo he logrado. Quizá es que todavía no estoy lo suficientemente preparado.
─Quizá sea cuestión de paciencia y de entrenamiento ─argumenta Ariel.
─Probablemente, pero no descarto la posibilidad de que también influya la capacidad innata de cada uno ─y dicho esto, Charlie se levanta, no sin esfuerzo, pues la nueva vida sedentaria no ayuda a perder peso, y abandona su puesto de vigilancia para retirarse a sus aposentos.

Una vez solo, Ariel decide emprender la búsqueda de su familia hasta que, por fin, también consigue dar con su mujer. Pero lo que ve le deja horrorizado. En lugar de hallarla sola y desconsolada, como era de esperar, se la encuentra en brazos de otro hombre que, para mayor escarnio, es Robert, su mejor amigo. Cuando le desvela su hallazgo a Charlie, este se echa a reír.

─Ay amigo, pero qué te creías. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.
─Vale, pero una cosa es que, con el tiempo, hubiera rehecho su vida, pero ¡tan pronto! ¡Y con mi mejor amigo!
─Pero Ariel. ¿Te llamas Ariel verdad? ─y ante el asentimiento de su nuevo compañero de fatigas, continúa─. No puedes saber cuánto tiempo ha transcurrido desde que partiste. Acá el tiempo no existe. Para ti pueden haber pasado unas horas, o días, pero para ellos ─señala con un movimiento de cabeza hacia abajo─ pueden haber transcurrido meses, o incluso años.
─Ya, pero… eso de haberse casado, juntado o lo que sea, con Robert… Vaya, que no me parece correcto. Ella bien que criticaba a las mujeres que se enrollaban con los ex de sus amigas. Además, ¿y si ya estaban liados antes de que yo me fuera?
─¿Y qué importa eso ahora? A mí me ocurrió algo peor, la mía resultó que estaba liada con mi jefe. Lo sospechaba, pero no lo pude confirmar hasta que llegué aquí. Lo pude ver con mis propios… lo que sea que nos permite ver a los de abajo.
─¿Y qué podemos hacer, aparte de mirar? Si, como te dijeron, podemos aprender a comunicarnos o incluso a hacer algo por nuestros seres queridos, podríamos, de algún modo, influir o interferir en sus vidas.
─Posiblemente, pero, como te dije, esa prerrogativa se adquiere con tiempo y esfuerzo. Así que tendremos que ser pacientes y esperar.
─Pues eso es desesperante. En cuanto adquiera esa habilidad, se van a enterar esos dos.
─¿Y qué vas a hacer? Aquí está terminantemente prohibido actuar de forma deshonesta; si incumples este requisito fundamental te envían al exilio ipso facto.
─¿Al exilio? ¿Y adónde vas, entonces, si se puede saber?
─No se sabe, pero me temo que a un lugar bastante más lúgubre que este. Al menos eso he oído.
─¿Más lúgubre todavía? ¡Qué horror!
─Es lo que hay, chico. Y encima te venden esto como algo mágico, ideal, unas vacaciones pagadas, un premio por haber sido una buena persona.
─¡¿Buena persona?! ¡Anda ya! Yo lo que he sido es un ingenuo, un imbécil. No sé cómo no pude darme cuenta de lo que ocurría a mis espaldas. Esos dos seguro que ya llevaban tiempo liados. Y yo, mientras, en Babia.
─Seguro que eras uno de esos que se pasaba la vida en la oficina y no llegaba a casa hasta la hora de cenar.
─Pues sí. Me habían ascendido y tenía que dar el callo, confirmar mi valía, de lo contrario…
─Un pringao, vamos.
─¡¿Cómo que un pringao?! ¿Pero tú de qué vas? ¿De qué trabajabas, si se puede saber?
─Yo hacía el taxi.
─Así que eras taxista. ¿No participarías, por casualidad, en esa huelga salvaje que tuvo al país en ascuas y con la que jorobasteis a miles y miles de ciudadanos inocentes?
─No, no, qué va. Eso sucedió después de que yo llegara. ¡De la que me libré! Si hubiera participado en eso, quizá no estaría aquí ahora, sino en ese otro lugar tan lúgubre, vete tú a saber.
─¿Y el hecho de trabajar de taxista, tuvo algo que ver con la infidelidad de tu mujer?
─¿Qué si tuvo algo que ver? Oswaldo, el dueño de la flota de taxis, porque yo solo era un simple conductor asalariado, me ofreció la posibilidad de ampliar mi jornada laboral conduciendo más de un taxi en distintas franjas horarias. Así cobraría mucho más. No sabes lo que nos explotan los propietarios de las licencias. No me quedó más remedio que aceptar. Acabábamos de firmar una hipoteca y teníamos que hacer frente a unas cuotas mensuales de casi ochocientos euros.
─¡Vaya por Dios! Y claro, tantas horas fuera de casa…
─Que el cabrón de Oswaldo las aprovechaba para hacer unas visitas de cortesía a mi mujer. Ya me entiendes.
─¿Y resulta que soy yo el pringao? No me jodas.
─Bueno… sí claro, yo también lo fui, pero seguro que mi situación laboral era mucho más precaria que la tuya.
─¿Y tú qué sabrás? Mi empresa estaba al borde de la suspensión de pagos y me acababan de nombrar director financiero con la única y exclusiva responsabilidad de salvar la empresa y el puesto de trabajo de doscientos cincuenta trabajadores. Doscientas cincuenta familias pasaron a depender de mí. ¿Acaso no era suficiente responsabilidad como para trabajar las horas que fueran necesarias? Y así me lo ha pagado mi mujer. Y encima debe haber cobrado el seguro del accidente.
─¿Accidente? ¿Qué accidente?
─Pues el que tuve con el coche. El que me ha enviado hasta aquí.
─¿Tu muerte fue por un accidente de automóvil? ─pregunta Charlie, interesado.
─Pues sí, de vuelta del trabajo. Aquel día había trabajado hasta muy tarde. Tenía mucha prisa por llegar a casa. Me salté un semáforo que acababa de ponerse en rojo. Choqué contra otro vehículo. Te juro que no le vi. Debió arrancar justo antes de ponerse su semáforo en verde. Así que también tuvo su parte de culpa.
─¿Y qué fue del otro conductor?
─Tengo entendido que falleció en el acto. Yo, en cambio, no sé cuánto tiempo estuve en la UCI.
─ Yo también tuve un accidente con el taxi. Aquel día estaba agotado. Tantas horas al volante me había embotado los sentidos. El caso es que un tío me embistió en un cruce. Por fortuna para mí, no sentí nada. Todo fue tan rápido…
─¡Ostras, qué casualidad!
─Pues sí. Pero, dime, ¿dónde tuviste exactamente ese accidente?
─En el cruce de la calle Balmes con Vía Augusta. ¿Por qué?
─¿Y no sería a eso de las once de la noche del martes 13 de marzo de 2108?
─Pues sí. Quieres decir que…
─¡Maldito hijo de la gran p…!

En ese preciso instante, una voz lejana retumba en el vacío, cortando a Charlie antes de que este termine la frase.

─¡Eh! Aquí no se permiten expresiones de ese tipo. Que no lo tenga que repetir. Si no os comportáis como es debido, ya podéis ir haciendo las maletas. Ya me entendéis. O si no, os lo explico más clarito. ¿Vale?

Tras unos breves instantes de un silencio sepulcral, Ariel vuelve a tomar la palabra, ahora más bajito.

─Pero, oye Charlie, ¿qué hacemos con lo de nuestras mujeres?
─¡Me cago en tu pu…!
─Shhhh. ¡Esa boca! ¡A la siguiente, por mis alas que quedáis expulsados!