Este relato es continuación del titulado "Una investigación peligrosa" y que podéis leer AQUÍ.
Con este episodio doy por terminada esta serie que consta de cuatro capítulos y que se inició con el relato "Un negocio peligroso", con el que participé en el concurso de El Tintero de Oro.
Marta se había
trasladado a vivir con Gervasio, en su chalé de Pedralbes, en la zona alta de
Barcelona. Ello permitió alojarme en mi apartamento, en el que no quedaban
señales de su presencia, salvo alguna fotografía en común. Daba por seguro de
que no volvería. Aun así, cambié la cerradura de la puerta blindada. No quería
visitas inoportunas.
Tan solo entrar, no
pude evitar que una vorágine de recuerdos me asaltara sin piedad. Parecía que solo
hubieran transcurrido unos días desde que salí, despreocupado, camino de la
estación. Quién me iba a decir que mi vida daría un vuelco a bordo de aquel
tren.
El detective que me
recomendó mi psiquiatra resultó ser un ex policía al que habían expulsado del
cuerpo por mala praxis. Eso me resultó paradójico. Ahora era yo quien
necesitaba los servicios de un agente sin escrúpulos. Pero lo que para la
policía fue motivo de rechazo, a mí me venía de perlas.
Lo primero que averiguó
fue el domicilio de Juan, el celador corrupto, a quien Rodolfo, así se llamaba el
investigador privado, fue a hacerle una visita de cortesía. Yo prefería
mantenerme, de momento, en la retaguardia.
Rodolfo resultó un
interrogador de lo más eficiente. Tras una sesión un tanto movida, logró que
Juan desembuchara todo lo que sabía, al menos eso fue lo que le aseguró tras la
última muela que escupió entre bocanadas de sangre.
Gervasio era su
contacto y quien le había pagado muy generosamente su intervención. No era la
primera vez que lo contrataba. Ambos ya tenían experiencia en esas lides. Se
conocían desde hacía muchos años y ese tándem había desembocado en una amistosa
complicidad.
Gracias a esa sesión
tan productiva, Rodolfo también me informó que Marta llevaba tiempo como amante
de Gervasio, desde que lo contraté para que me salvara de la quema por parte de
Hacienda. Al parecer, le agradeció su ayuda pagándole en especie, y ese pago se
convirtió en una relación a largo plazo. Contrariamente a lo que creía, Marta
sí sospechaba que algo irregular me llevaba a Sevilla y Gervasio se prestó
voluntario para averiguarlo. Y una vez descubiertos mis negocios turbios,
decidieron deshacerse de mí tendiéndome una trampa. Así quedaba el camino
expedito para los amantes. Por fortuna, Marta evitó que me despacharan
definitivamente. Como única alternativa, sugirió un encierro perpetuo, pero no
en la cárcel sino en un psiquiátrico, que era más seguro. Una vez incapacitado
mentalmente, podría pedir el divorcio.
—Gervasio tiene muy
buenos contactos con miembros de la policía y de la judicatura, y amigos dispuestos
a ayudarle por unos miles de euros. No en vano gana todos sus casos, por
imposibles que parezcan. Contigo tenía al cabeza de turco ideal —me contó
Rodolfo.
—Ya veo. Y montó ese
paripé en un santiamén. No debió serle difícil hallar en Sevilla una red de
policías corruptos, con Juez incluido, metidos en negocios sucios —dije.
—Y solo faltó que
hubiera un narcotraficante dispuesto a declarar contra ellos para tener el tema
solucionado a dos bandas —remató.
Lo único que temía tras
ese agitado diálogo entre interrogador e interrogado, era que este último se lo
contara a Gervasio. Rodolfo se ofreció a eliminar al abogado, pero yo preferí
mantenerlo con vida y confiaba en la perspicacia y buen hacer del ex policía
para mantenerme intocable.
—Pero yo no puedo ser
tu guardaespaldas. No puedo estar en todas partes a la vez.
—Claro que no. Quédate
a vivir aquí y yo te acompañaré en todas tus pesquisas. Así siempre estaremos
juntos y prevenidos.
—Vale, pero tienes que
hacer en todo momento lo que yo te diga. No quiero que metas la pata y lo eches
todo a rodar por tu inexperiencia.
—No te preocupes, seré
sigiloso como tú y pasaré inadvertido.
Y
así formamos un equipo.
Pero lo que Juan no
confesó fue la visita que recibió de un compañero suyo al poco de salir yo del
hospital donde me ingresó mi buen psiquiatra. Eso lo supimos cuando se encontró
un cuerpo en uno de los muelles del puerto. Rodolfo solo relacionó a ese
individuo con Juan cuando leyó en el periódico que el cuerpo hallado sin vida era el de un tal Pedro Sigüenza, un celador que trabajaba en el
Centro psiquiátrico en el que yo había estado recluido. Así pues, ese tal Pedro
y Juan eran compañeros. Rodolfo se las apañó para hacerse durante unos minutos con
el móvil que la policía había encontrado bajo el cadáver y así averiguar si contenía alguna información de interés. Y, en efecto, había
pruebas más que suficientes para, no solo demostrar la relación entre ambos,
sino también para suponer que Juan estaba detrás de ese asesinado.
Según los mensajes que
contenía el móvil, Pedro había encontrado mi diario bajo la almohada de mi cama
y, habiendo leído su contenido, chantajeó a Juan. Este le citó una noche en la
terminal de contenedores Port Nou, haciéndole creer que le pagaría lo que pedía.
Y lo que Pedro cobró fue un disparo en la cabeza. ¿Fue el propio Juan, Gervasio
o un sicario quien empuñó y disparó el arma? Eso era lo de menos.
Pero el diario seguía
sin aparecer. No es que me importara demasiado —a fin de cuentas, no tenía
ningún valor ante las autoridades más que el de mi palabra— pero no quería que
volviera a caer en manos inadecuadas que complicaran innecesariamente el
asunto.
Al poco, las pesquisas
de Rodolfo le llevaron al que había sido el domicilio de Pedro. A simple vista
no había nada comprometedor, hasta que escuchó los mensajes en el contestador.
Un tal Marcelo le confirmaba que había recibido el sobre y que, como le pedía,
solo lo entregaría a la policía en caso de que le ocurriera algo. Parecía asustado.
Ese sobre solo podía contener el diario.
Rodolfo localizó el
número de teléfono desde el que llamaba Marcelo y averiguó su domicilio. No fue
difícil convencer al pobre de que debía entregarle el enigmático sobre si no
quería acabar como su amigo. Otro tema resuelto.
—Conocemos el móvil de
por qué tu mujer y el cabrón de tu abogado te metieron en ese asunto, conocemos
la relación entre Juan y Gervasio, y de Pedro y Juan, tenemos el diario, ahora
solo falta saber el nombre de quiénes te involucraron, tanto los policías y su
comisario, como el juez. Y eso lo sabremos muy pronto, tengo chivatos en todas
partes. No me imaginaba que fuera un caso tan sencillo, chico —me dijo Rodolfo,
ufano.
—Pero ¿tú crees que con
lo que te ha contado Juan tenemos suficiente? Lo más probable es que se
retracte ante un juez y alegue la coacción a la que le sometiste, por decirlo
de una forma suave.
—Bah, cuando acabe este
asunto, estará tan acojonado que lo cantará todo. Solo es cuestión de ofrecerle
un trato.
Juan solo nos dio la
información que necesitábamos para seguir adelante. Solo habíamos conseguido
las pistas, ahora nos quedaba obtener las pruebas que incriminaran al abogado y
a mi mujer para acabar de atar los cabos sueltos. Lo único que podíamos probar de
momento era que Juan había sido chantajeado por Pedro por haber participado en
ese complot.
—¿Y cómo piensas demostrar
la participación de Marta y Gervasio? —le pregunté a Rodolfo.
—Pues pinchando sus
teléfonos y poniendo micrófonos en su chalé. Así grabaré todas sus
conversaciones. Algo saldrá a la luz. Esos dos van a pringar, te lo digo yo.
Rodolfo tenía razón
cuando dijo que el caso era más sencillo de lo que parecía. Las grabaciones
obtenidas delataban a la pareja, confirmando lo que Juan había revelado. Por otra
parte, los contactos dentro de la policía dirigieron al detective hacia un
grupo de agentes corruptos de Sevilla. No le resultó difícil contactar con
varios miembros de Asuntos Internos que llevaban meses detrás de ellos. Pero la
red de corruptos era larga, involucrando a comisarios y jueces. Pero tarde o
temprano caerían todos, le dijeron. Sería mejor que no se metiera, no fuera a
desmontarles el plan. Con lo que les había contado, aunque no fuera nada que
desconocieran, tenían suficiente. Además, contaban con la colaboración de dos arrepentidos
que estaban dispuestos a declarar contra sus compañeros a cambio de inmunidad.
Faltaba convencer a mi psiquiatra para que delatara a Juan revelando lo que había hecho conmigo y, muy
probablemente, con Eduardo antes que a mí. Pero no hizo falta derribar las
reticencias de aquel, que veía peligrar no solo la imagen del Centro sino
también la suya, porque al cabo de unos días se supo que se había encontrado
bajo las uñas de Pedro rastros de piel de su atacante, con el que debió
forcejear antes de ser abatido de un disparo, y que el ADN coincidía con el de
Gervasio. ¿Cómo relacionaron al abogado con el celador? Pues atando cabos: el
móvil del fallecido los llevó hasta Juan. Llevaban tiempo investigando una posible mala conducta del ex celador a raíz de unas denuncias de presuntos abusos sexuales a tres pacientes y le habían visto en varias ocasiones con Gervasio en una
actitud cómplice. Y una cosa llevó a otra. Dos y dos son cuatro, aunque a veces
no lo parezca.
*****
Han pasado tres meses y
ya puedo sentirme aliviado.
La semana pasada vino a
verme Rodolfo y me puso al día.
Las delaciones fueron
en cadena: Juan delató a Gervasio y este a los policías, quienes, a su vez,
inculparon al comisario y este destapó todo el tinglado, incluyendo a varios
jueces, que fueron inhabilitados. Todos están en libertad bajo fianza, a la
espera del juicio, acusados de corrupción y pertenencia a banda organizada para
delinquir y no sé cuántas imputaciones más.
Gervasio y Marta
también fueron imputados, a ella como cómplice necesario y a él como cerebro de
la trama que me llevó al internamiento psiquiátrico, como inductor de la
posterior intoxicación medicamentosa y como autor material del asesinato de
Pedro. Gervasio fue encarcelado sin fianza, mientras que Marta ha quedado en
libertad provisional. Juan, lógicamente, también fue detenido y puesto a
disposición judicial. Ahora está en libertad bajo fianza.
Justo cuando he
terminado de completar este diario, que quizá algún día publicaré, he recibido
una llamada telefónica. Era Marta. No he contestado. ¿Qué le podía decir? He
escuchado su mensaje. Resulta que está muy arrepentida por todo lo que me ha
hecho. Ha culpado a la mala influencia de Gervasio. Lo ha puesto de vuelta y
media. Me ha pedido perdón y desea empezar de cero.
No pienso darle esta
satisfacción. Cuando llegue el juicio y tenga que declarar, ya verá lo que es
bueno. No creo que ella pueda alegar una enajenación mental. Espero que los dos
amantes se pudran en la cárcel.
Y ahora debo marcharme.
He quedado con Alba, aquella enfermera tan bonita y simpática del Centro. Nunca
me atreví a tirarle los tejos. ¿Cómo iba a seducirla alguien que estaba bajo
tratamiento psiquiátrico? Pero tan pronto como puse los pies en la calle, fue
la única persona que se interesó por mí. No sé cómo logró localizarme. Llevamos
saliendo dos meses. Hacemos muy buena pareja. A ver qué surge de esta relación.
-FIN-