jueves, 30 de enero de 2020

Historia de una rebelión


No llegaré a cumplir los cincuenta. Esta enfermedad acabará conmigo en pocos meses. Llevo ya tres años entrando y saliendo del hospital. Mi aventura parisina tuvo la culpa, pero aun así no me arrepiento de nada.
—Eric, ¿con quién hablas, cariño?
La voz de Sonia me saca de mis cavilaciones.
—Con nadie, querida. Hablaba conmigo mismo.
Cada vez lo hago con más frecuencia. Es un hábito que adquirí durante mi convalecencia en Marruecos, postrado en la cama con un agujero en el cuello, y que ahora he vuelto a recuperar. Repaso las distintas etapas de mi vida. Y aunque, como he dicho, no me arrepiento de mis actos, reconozco que mi carácter aventurero me llevó a vivir situaciones muy difíciles y arriesgadas.
En general, no puedo quejarme. He sido lo que se llama un hombre de mundo. He vivido dos guerras y, como premio a mi audacia, recibí una herida de bala que aún perdura, como perduran los recuerdos.
Cuando contaba con dos años de edad, mi madre, mi hermana Marjorie y yo abandonamos Motihari para ir a Inglaterra, la tierra natal de mi padre, a quien no volví a ver hasta dos años más tarde. Fue por un brevísimo periodo de tiempo, pero suficiente para dejar a mi madre encinta de la pequeña Avril. Ya no le volvería a ver hasta muchos años más tarde. De él y de aquella colonia británica que me vio nacer poco puedo decir. De esa época apenas me queda una nebulosa de recuerdos. Inglaterra pasó a ser nuestra patria de acogida.
Durante mi adolescencia, viví cinco años en Birmania sirviendo en la Policía Imperial, tras los cuales retorné a Inglaterra con la pretensión de ganarme la vida como periodista y escritor.
Más tarde vendría mi aventura parisina. Mi alma inquieta e inconformista me llevó a la ciudad de la luz en busca de una vida nueva y más estimulante. Mi vida bohemia acabó cuando mis escasos recursos económicos me llevaron a vivir en la indigencia. Pero era joven e idealista, y esos ideales me empujaron a luchar contra la injusticia social y el totalitarismo, y a combatir el fascismo sobre el terreno.
Ello me llevó hasta España, en plena guerra civil, luchando en el bando republicano, una experiencia que me causó desesperanza y frustración ante las falacias del comunismo, y el amargo recuerdo de una contienda que acabaron ganando los rebeldes. ¡Qué paradójico! Fui a matar fascistas y acabé tiroteado por los comunistas. Desde entonces, el totalitarismo ha inspirado mucho de lo que he escrito.
Tras vivir seis meses en Marruecos, hasta estar totalmente recuperado, regresé nuevamente a Londres. Muchos lugares y en ninguno eché raíces.
Debía tener unos treinta años cuando escribí mi primera novela. Por aquel entonces salía con Eileen, con la que me casé tres años después. Nuestra relación se deterioró cuando vio que no podíamos tener hijos. La adopción del pequeño Richard debía haber sido la solución, pero no fue así. Hace tiempo que no le veo, desde que me volví a casar con Sonia.
Sin duda, el mejor recuerdo que guardo es mi estancia en Escocia, hace de eso unos cinco años. Necesitaba un retiro espiritual, como suele decirse. Eileen y yo acabábamos de adoptar a Richard y me sentía agobiado. Quise poner distancia para reflexionar sobre nuestro futuro como pareja y el mío como escritor. Así que me trasladé a Aberdeen, donde alquilé una casita a las afueras. Transcurrían las semanas y no había forma de arrancar la que sería mi quinta novela. Quería escribir una sátira sobre la revolución marxista, pero no acababa de cuajar. Pero una noche se hizo la luz.
Estaba intentando conciliar el sueño cuando desde la granja de mi vecino se oyó una tremenda algarabía. Pero nadie hacía acto de presencia. Un zorro o un gato montés debía haber entrado en el establo donde Alistair Henderson, el propietario, mantenía a sus animales a buen recaudo. Se oían relinchos, balidos, gruñidos y mugidos. Me asomé a la ventana. Solo pude ver al Border collie del señor Henderson ladrando frente a la puerta del establo.
De pronto volví a sentirme miembro de la Home Guard británica, tomé mi fusil Mannlicher M1895, que por fortuna había traído conmigo, y salí en plena noche a plantarle cara a quien fuera que se había colado en el establo. Quizá no fuera un animal sino un ladrón que pretendía hacerse con la pareja de Clydesdale, los más cotizados caballos de tiro británicos, según me había dicho Alistair cuando un día le vi sacándolos de la cuadra.
Mientras me dirigía raudo y armado hacia la granja, pensé que yo no era quién para meterme en ese berenjenal, que quizá debería alertar al bueno de Alistair, pero, por otro lado, el hombre ya era muy mayor para hacer frente a unos ladrones que, a bien seguro, también irían armados. Y aunque trajera consigo su vieja carabina, lo más probable es que saliera mal parado del encontronazo. Así pues, confiando en mi inmejorable puntería, me dispuse a hacer frente al culpable o culpables de aquel alboroto.
Una vez frente al establo, di una fuerte patada a la puerta. Pero no se abrió. Si alguien la había cerrado por dentro es que el intruso era un humano, pero de pronto recordé que se abría hacia fuera. Sin duda los nervios me traicionaron. El caso es que de pronto se hizo el más absoluto de los silencios. Parecía que los animales habían enmudecido, solo pude oír algunos balidos y un bufido equino. Abrí, entonces, la puerta con cautela, esta vez en el sentido correcto, sin dejar de apuntar hacia el interior que, sorprendentemente, estaba a oscuras cuando hacía tan solo unos segundos había luz en su interior. Supuse que el intruso, solo o acompañado, la había apagado tras mi estruendosa patada y se mantenía agazapado en algún rincón. Esa situación me recordó mi lamentable experiencia cuando, en el 37, recibí el disparo en el cuello en una noche sin luna. Solo tenía dos opciones: dar media vuelta y alertar al propietario, y que a su vez llamara a la policía, o tener arrestos suficientes para echar a los intrusos.
—¡Salgan con los brazos en alto! ¡Voy armado! —grité.
Solo unos cuantos tímidos berridos rompieron el silencio.
—Si se van por las buenas, les prometo que no los denunciaré —mentí.
Ninguna reacción, salvo unos pateos y bufidos. Los caballos debían estar nerviosos. Algo tenía que hacer, no podía seguir así toda la noche. Entonces recordé donde estaba el interruptor, lo había visto cuando Henderson me enseñó el establo por primera vez. No lo pensé dos veces, corrí agachado hacia donde estaba situada la palanca y la accioné. Temí que una ráfaga de disparos acabara conmigo tan pronto como se hiciera la luz. Pero no ocurrió nada. Al darme la vuelta vi que todos los animales me estaban observando como si vieran una aparición. Parecía que me miraban con malos ojos por haber interrumpido algo muy importante. Me sentí tan violento, que de mi boca salió un “perdón, es que…”. ¿Perdón? ¡Por Dios! ¿Acaso me había vuelto loco? Pero cuando, tras cerciorarme de que allí no había nadie más que yo, me dirigía hacia la puerta, oí un vozarrón.
—Ni se te ocurra contárselo al amo. Esto debe quedar entre nosotros. De lo contrario, te arrepentirás —era uno de los cerdos quien así habló. Y a continuación una de las vacas lecheras tomó la palabra.
—Vosotros los humanos os creéis con derecho a esclavizarnos. Hasta ahora hemos sido muy complacientes, os hemos ayudado en el campo, ¿verdad chicos? —dijo mirando a los dos Clydesdale, quienes balancearon la cabeza en señal de aprobación—, os hemos alimentado a costa de nuestra lecha e incluso nuestra propia vida —eso, eso, gritaron los cerdos y las ovejas—, por no hablar de la mejor lana Shetland —voceó un carnero con cara de malas pulgas—. Y ya estamos hartos del maltrato al que estamos sometidos. ¡Viva la revolución! ¡¡Viva!! Corearon todos.
Me sentí mareado. ¿Me estaba volviendo loco? No podía ser el efecto de la altitud, Aberdeen solo está a unos veinte metros sobre el nivel del mar. Me quedé paralizado. Viendo que no me movía, el carnero se cabreó y quiso embestirme. El resto de animales lo imitaron.
Corrí tan veloz como mis piernas me lo permitieron, hasta que tropecé, perdí el arma y me vi en el suelo totalmente indefenso. Cuando creía que iba a ser pateado y despedazado, un fuerte estruendo me sobresaltó.
Me desperté empapado. Mi corazón latía desbocado y sentía un doloroso martilleo en las sienes. Al cabo de unos segundos comprendí qué me había pasado. La contraventana golpeaba con furia el ventanal. Eso fue lo que me despertó de esa maldita pesadilla. Aun así, me levanté de la cama y me asomé al exterior. La granja y el establo estaban totalmente a oscuras. El único sonido audible era el del viento huracanado. Atranqué bien la contraventana y volví a acostarme, pero ya no pude conciliar el sueño. Una idea empezó a rondarme. Ya tenía un argumento para mi novela.
A la mañana siguiente, tras el desayuno, me puse a escribir. Nunca suelo poner título a mis obras antes de introducirme en la historia que quiero contar, pero en este caso hice una excepción. Lo tenía muy claro. La titularía “Rebelión en la granja”.


Este relato es una adaptación libre de la vida y figura de Eric Arthur Blair, más conocido literariamente como George Orwell (Junio 1903 - Enero 1950), fallecido a causa de una tuberculosis.




sábado, 18 de enero de 2020

Mira cuánta sangre



Quién me iba a decir que todo empezaría con un botón.

—Mamá, se me ha caído un botón de la camisa. ¿Me lo podrías coser, por favor?
—Te lo podrías coser tú, ¿no crees? Ya eres mayorcito. ¿Qué harías si vivieras solo, como dices que quieres hacer?
—Bueno, pero es que no he cosido nunca un botón.
—Claro, como los chicos de hoy día no hacéis la mili… Anda, coge hilo y aguja y espabila. Así aprenderás. A las chicas de hoy les gusta los muchachos hacendosos.
—Vale, mamá. Mira que…

Lo creáis o no, puse los cinco sentidos en la labor de coserme el maldito botón para demostrar a mi madre de lo que era capaz.

—¡Mecagüen! ¡Me he pinchado, mamá, me he pinchado!
—¡Habrase visto! Con la de veces que me he pinchado y no he armado tanto alboroto. Es que… ¡Hijo mío! ¿Qué tienes? Te han puesto blanco como la leche. ¡¡Hijo!!

Al cabo de una hora estaba en el hospital con la cabeza como una sandía medio abierta. Ah, claro, no os he dicho que la visión de la sangre me impresiona mucho, aunque no creía que fuera tanto.

—Señora, su hijo ha perdido mucha sangre. Así que necesitará una transfusión.
—¡Qué me dice, doctor!
—Lo que oye, señora. Han tardado tanto en venir que por el camino debe haber perdido mucha sangre. ¿No ve lo pálido que está? Solo es por precaución. Como sigue inconsciente, prefiero practicarle una pequeña transfusión. Por cierto, ¿sabe a qué grupo sanguíneo pertenece su hijo?
—Pues ahora que lo pregunta, no lo recuerdo. Creo que…
—Déjelo, no importa. De hecho, siempre hacemos un análisis de sangre antes para asegurarnos.

Pero lo peor estaba por venir.

—¿Cómo te encuentras, hijo mío?
—Bien mamá. No te preocupes. Tranquila. Solo ha sido un susto y nada más.
—¿Señor Moreno?
—Dígame, doctor.
—Ya puede prepararse para marchar. Enseguida le firmo el alta. Ah, y aquí tiene los resultados de los análisis que le hicimos junto con la determinación del grupo sanguíneo.
—A ver, a ver... ¿Soy A positivo?
—Pue sí, de eso no hay duda.
—Pero, mamá. ¿No dijiste que eras 0 positivo y papá B negativo?
—Ay, hijo, no sé. ¿Dónde quieres ir a parar?
—¡¿Cómo que dónde quiero ir a parar?! ¡¡Pues que no soy hijo vuestro!!
—Pero, hijo, espera. ¿Se puede saber dónde vas?


Este relato, propuesto en un taller de narrativa, tenía que cumplir dos requisitos: No exceder de los 2.000 caracteres, con espacios (algo que no ya no se cumple tras su libre adaptación para este blog), y que describiera una situación en la que un hecho muy simple y sin importancia derivara en algo grave.


domingo, 12 de enero de 2020

¡Que os den!


Nunca me hubiera imaginado acabar de esta forma. Cuando los vi por primera vez, pensé que sería muy feliz con aquella pareja. Me enamoré de ellos a primera vista. ¡Se veían tan ilusionados! Todo era risas y besos. Eran felices. Éramos felices. ¡Qué tiempos aquellos!
Al principio me trataban muy bien. Se notaba que me querían. No me faltaba nada. Cada día me traían un nuevo presente. Incluso me trajeron unos compañeros para que me hicieran compañía. No sabía quiénes eran ni qué harían allí. Después supe cuál era su misión. Y así un montón de recién llegados que, poco a poco, iban llenado nuestro hogar y haciendo la vida más confortable. Siempre me trataron bien y me hicieron más refinada. Pero hace unos días que ya no están, han ido desapareciendo poco a poco. Qué triste verlo todo tan vacío. ¿Qué habrá sido de ellos?
Con el tiempo, todo empezó a ir de mal en peor. Primero vinieron las fiestas. ¡Tanta gente que tuve que soportar y que no me dejaban tranquila ni un momento! Nunca tuvieron un gesto amable, de protección, de compasión hacia mí. Nada. Me llenaban de humo a todas horas. ¡Y el ruido! Y yo, muda y sin poder intervenir, sufría tanto… Pero ¿qué podía hacer, pobre de mí? Callar y esperar a que llegara la bonanza. Se lo perdonaba todo.
Luego empezaron las desavenencias, el mal ambiente y yo solo era un testigo mudo de sus discusiones.
De pronto, la situación se hizo intolerable. Los gritos sustituyeron a las risas. Extraño era el día en que no volaran todo tipo de artefactos. Platos, vasos, cubiertos, libros, incluso una figura de alabastro, que me dejó maltrecha y con una lesión que todavía es visible.
Si al principio creía que aquello solo sería una crisis pasajera, no fue así. Acabó como el rosario de la aurora. La última vez que los oí hablar, no podía creer lo que decían. ¡Querían desembarazarse de mí!
Tantos años juntos y ahora se van, dejándome sola, sucia y vacía. ¡Desgraciados! No os merecéis todo lo que he hecho por vosotros. He sido vuestra cuna, vuestro paño de lágrimas, vuestra compañera y amiga sin condiciones. A ver si encontráis una que os trate mejor que yo. Ya me echaréis de menos, ya. Pero después no vengáis pidiéndome que vuelva a ser vuestra, porque, seguramente, ya habrá otro que me habrá poseído. ¿Sabéis qué? ¡Que os den!






viernes, 3 de enero de 2020

Una vida peligrosa

Este relato es continuación del titulado "Una investigación peligrosa" y que podéis leer AQUÍ.
Con este episodio doy por terminada esta serie que consta de cuatro capítulos y que se inició con el relato "Un negocio peligroso", con el que participé en el concurso de El Tintero de Oro.





Marta se había trasladado a vivir con Gervasio, en su chalé de Pedralbes, en la zona alta de Barcelona. Ello permitió alojarme en mi apartamento, en el que no quedaban señales de su presencia, salvo alguna fotografía en común. Daba por seguro de que no volvería. Aun así, cambié la cerradura de la puerta blindada. No quería visitas inoportunas.
Tan solo entrar, no pude evitar que una vorágine de recuerdos me asaltara sin piedad. Parecía que solo hubieran transcurrido unos días desde que salí, despreocupado, camino de la estación. Quién me iba a decir que mi vida daría un vuelco a bordo de aquel tren.
El detective que me recomendó mi psiquiatra resultó ser un ex policía al que habían expulsado del cuerpo por mala praxis. Eso me resultó paradójico. Ahora era yo quien necesitaba los servicios de un agente sin escrúpulos. Pero lo que para la policía fue motivo de rechazo, a mí me venía de perlas.
Lo primero que averiguó fue el domicilio de Juan, el celador corrupto, a quien Rodolfo, así se llamaba el investigador privado, fue a hacerle una visita de cortesía. Yo prefería mantenerme, de momento, en la retaguardia.
Rodolfo resultó un interrogador de lo más eficiente. Tras una sesión un tanto movida, logró que Juan desembuchara todo lo que sabía, al menos eso fue lo que le aseguró tras la última muela que escupió entre bocanadas de sangre.
Gervasio era su contacto y quien le había pagado muy generosamente su intervención. No era la primera vez que lo contrataba. Ambos ya tenían experiencia en esas lides. Se conocían desde hacía muchos años y ese tándem había desembocado en una amistosa complicidad.
Gracias a esa sesión tan productiva, Rodolfo también me informó que Marta llevaba tiempo como amante de Gervasio, desde que lo contraté para que me salvara de la quema por parte de Hacienda. Al parecer, le agradeció su ayuda pagándole en especie, y ese pago se convirtió en una relación a largo plazo. Contrariamente a lo que creía, Marta sí sospechaba que algo irregular me llevaba a Sevilla y Gervasio se prestó voluntario para averiguarlo. Y una vez descubiertos mis negocios turbios, decidieron deshacerse de mí tendiéndome una trampa. Así quedaba el camino expedito para los amantes. Por fortuna, Marta evitó que me despacharan definitivamente. Como única alternativa, sugirió un encierro perpetuo, pero no en la cárcel sino en un psiquiátrico, que era más seguro. Una vez incapacitado mentalmente, podría pedir el divorcio.

—Gervasio tiene muy buenos contactos con miembros de la policía y de la judicatura, y amigos dispuestos a ayudarle por unos miles de euros. No en vano gana todos sus casos, por imposibles que parezcan. Contigo tenía al cabeza de turco ideal —me contó Rodolfo.
—Ya veo. Y montó ese paripé en un santiamén. No debió serle difícil hallar en Sevilla una red de policías corruptos, con Juez incluido, metidos en negocios sucios —dije.
—Y solo faltó que hubiera un narcotraficante dispuesto a declarar contra ellos para tener el tema solucionado a dos bandas —remató.  

Lo único que temía tras ese agitado diálogo entre interrogador e interrogado, era que este último se lo contara a Gervasio. Rodolfo se ofreció a eliminar al abogado, pero yo preferí mantenerlo con vida y confiaba en la perspicacia y buen hacer del ex policía para mantenerme intocable. 

—Pero yo no puedo ser tu guardaespaldas. No puedo estar en todas partes a la vez.
—Claro que no. Quédate a vivir aquí y yo te acompañaré en todas tus pesquisas. Así siempre estaremos juntos y prevenidos.
—Vale, pero tienes que hacer en todo momento lo que yo te diga. No quiero que metas la pata y lo eches todo a rodar por tu inexperiencia.
—No te preocupes, seré sigiloso como tú y pasaré inadvertido.

          Y así formamos un equipo.
Pero lo que Juan no confesó fue la visita que recibió de un compañero suyo al poco de salir yo del hospital donde me ingresó mi buen psiquiatra. Eso lo supimos cuando se encontró un cuerpo en uno de los muelles del puerto. Rodolfo solo relacionó a ese individuo con Juan cuando leyó en el periódico que el cuerpo hallado sin vida era el de un tal Pedro Sigüenza, un celador que trabajaba en el Centro psiquiátrico en el que yo había estado recluido. Así pues, ese tal Pedro y Juan eran compañeros. Rodolfo se las apañó para hacerse durante unos minutos con el móvil que la policía había encontrado bajo el cadáver y así averiguar si contenía alguna información de interés. Y, en efecto, había pruebas más que suficientes para, no solo demostrar la relación entre ambos, sino también para suponer que Juan estaba detrás de ese asesinado.
Según los mensajes que contenía el móvil, Pedro había encontrado mi diario bajo la almohada de mi cama y, habiendo leído su contenido, chantajeó a Juan. Este le citó una noche en la terminal de contenedores Port Nou, haciéndole creer que le pagaría lo que pedía. Y lo que Pedro cobró fue un disparo en la cabeza. ¿Fue el propio Juan, Gervasio o un sicario quien empuñó y disparó el arma? Eso era lo de menos.
Pero el diario seguía sin aparecer. No es que me importara demasiado —a fin de cuentas, no tenía ningún valor ante las autoridades más que el de mi palabra— pero no quería que volviera a caer en manos inadecuadas que complicaran innecesariamente el asunto.
Al poco, las pesquisas de Rodolfo le llevaron al que había sido el domicilio de Pedro. A simple vista no había nada comprometedor, hasta que escuchó los mensajes en el contestador. Un tal Marcelo le confirmaba que había recibido el sobre y que, como le pedía, solo lo entregaría a la policía en caso de que le ocurriera algo. Parecía asustado. Ese sobre solo podía contener el diario.
Rodolfo localizó el número de teléfono desde el que llamaba Marcelo y averiguó su domicilio. No fue difícil convencer al pobre de que debía entregarle el enigmático sobre si no quería acabar como su amigo. Otro tema resuelto.

—Conocemos el móvil de por qué tu mujer y el cabrón de tu abogado te metieron en ese asunto, conocemos la relación entre Juan y Gervasio, y de Pedro y Juan, tenemos el diario, ahora solo falta saber el nombre de quiénes te involucraron, tanto los policías y su comisario, como el juez. Y eso lo sabremos muy pronto, tengo chivatos en todas partes. No me imaginaba que fuera un caso tan sencillo, chico —me dijo Rodolfo, ufano.
—Pero ¿tú crees que con lo que te ha contado Juan tenemos suficiente? Lo más probable es que se retracte ante un juez y alegue la coacción a la que le sometiste, por decirlo de una forma suave.
—Bah, cuando acabe este asunto, estará tan acojonado que lo cantará todo. Solo es cuestión de ofrecerle un trato. 

Juan solo nos dio la información que necesitábamos para seguir adelante. Solo habíamos conseguido las pistas, ahora nos quedaba obtener las pruebas que incriminaran al abogado y a mi mujer para acabar de atar los cabos sueltos. Lo único que podíamos probar de momento era que Juan había sido chantajeado por Pedro por haber participado en ese complot.

—¿Y cómo piensas demostrar la participación de Marta y Gervasio? —le pregunté a Rodolfo.
—Pues pinchando sus teléfonos y poniendo micrófonos en su chalé. Así grabaré todas sus conversaciones. Algo saldrá a la luz. Esos dos van a pringar, te lo digo yo.

Rodolfo tenía razón cuando dijo que el caso era más sencillo de lo que parecía. Las grabaciones obtenidas delataban a la pareja, confirmando lo que Juan había revelado. Por otra parte, los contactos dentro de la policía dirigieron al detective hacia un grupo de agentes corruptos de Sevilla. No le resultó difícil contactar con varios miembros de Asuntos Internos que llevaban meses detrás de ellos. Pero la red de corruptos era larga, involucrando a comisarios y jueces. Pero tarde o temprano caerían todos, le dijeron. Sería mejor que no se metiera, no fuera a desmontarles el plan. Con lo que les había contado, aunque no fuera nada que desconocieran, tenían suficiente. Además, contaban con la colaboración de dos arrepentidos que estaban dispuestos a declarar contra sus compañeros a cambio de inmunidad.
Faltaba convencer a mi psiquiatra para que delatara a Juan revelando lo que había hecho conmigo y, muy probablemente, con Eduardo antes que a mí. Pero no hizo falta derribar las reticencias de aquel, que veía peligrar no solo la imagen del Centro sino también la suya, porque al cabo de unos días se supo que se había encontrado bajo las uñas de Pedro rastros de piel de su atacante, con el que debió forcejear antes de ser abatido de un disparo, y que el ADN coincidía con el de Gervasio. ¿Cómo relacionaron al abogado con el celador? Pues atando cabos: el móvil del fallecido los llevó hasta Juan. Llevaban tiempo investigando una posible mala conducta del ex celador a raíz de unas denuncias de presuntos abusos sexuales a tres pacientes y le habían visto en varias ocasiones con Gervasio en una actitud cómplice. Y una cosa llevó a otra. Dos y dos son cuatro, aunque a veces no lo parezca.

*****

Han pasado tres meses y ya puedo sentirme aliviado.
La semana pasada vino a verme Rodolfo y me puso al día.
Las delaciones fueron en cadena: Juan delató a Gervasio y este a los policías, quienes, a su vez, inculparon al comisario y este destapó todo el tinglado, incluyendo a varios jueces, que fueron inhabilitados. Todos están en libertad bajo fianza, a la espera del juicio, acusados de corrupción y pertenencia a banda organizada para delinquir y no sé cuántas imputaciones más.
Gervasio y Marta también fueron imputados, a ella como cómplice necesario y a él como cerebro de la trama que me llevó al internamiento psiquiátrico, como inductor de la posterior intoxicación medicamentosa y como autor material del asesinato de Pedro. Gervasio fue encarcelado sin fianza, mientras que Marta ha quedado en libertad provisional. Juan, lógicamente, también fue detenido y puesto a disposición judicial. Ahora está en libertad bajo fianza.

Justo cuando he terminado de completar este diario, que quizá algún día publicaré, he recibido una llamada telefónica. Era Marta. No he contestado. ¿Qué le podía decir? He escuchado su mensaje. Resulta que está muy arrepentida por todo lo que me ha hecho. Ha culpado a la mala influencia de Gervasio. Lo ha puesto de vuelta y media. Me ha pedido perdón y desea empezar de cero.
No pienso darle esta satisfacción. Cuando llegue el juicio y tenga que declarar, ya verá lo que es bueno. No creo que ella pueda alegar una enajenación mental. Espero que los dos amantes se pudran en la cárcel.
Y ahora debo marcharme. He quedado con Alba, aquella enfermera tan bonita y simpática del Centro. Nunca me atreví a tirarle los tejos. ¿Cómo iba a seducirla alguien que estaba bajo tratamiento psiquiátrico? Pero tan pronto como puse los pies en la calle, fue la única persona que se interesó por mí. No sé cómo logró localizarme. Llevamos saliendo dos meses. Hacemos muy buena pareja. A ver qué surge de esta relación.

-FIN-


viernes, 27 de diciembre de 2019

Una investigación peligrosa

Este relato es continuación del anterior, titulado "Una sentencia peligrosa", que podéis leer AQUÍ.




Las alucinaciones que experimentaba no presagiaban nada bueno. Y lo peor de todo, es que mi terapeuta no le daba demasiada importancia. Quizá ni siquiera me creía.
—Ya le dije que eran los efectos secundarios de la medicación.
—Pero es que los prospectos no mencionan nada de eso.
—¿Y dónde ha mirado usted, si se puede saber?
—Pues de una web sobre medicamentos.
—¿Me está diciendo que ha mirado en internet?
—Pues sí. Me dieron permiso para usar uno de los ordenadores de…
—Y ¡¿quién le dio permiso, si puede saberse?!
—Pues…
—Da igual. ¿No sabe que eso no debe hacerse bajo ningún concepto? La información de internet puede ser inexacta, engañosa y sobre todo perjudicial si no se sabe interpretar. Yo soy su psiquiatra y es a mí a quien debe consultar sus dudas. ¿Entendido?
—Es que como no se me van estos efectos y no me los tratan…
—No hace falta hacer nada. Ya toma suficiente medicación. Todos esos síntomas desaparecerán por sí solos.
Pero aquella misma noche volví a tener uno de esos episodios. Estaba tendido en la cama, con los ojos cerrados, cuando oí una voz. Se parecía a la de Eduardo. «Busca detrás de la cama», repetía una y otra vez. Quise apartar de mí esa voz, pero no fui capaz de acallarla. Hasta que por fin hice lo que me pedía, a ver si de ese modo mi subconsciente me dejaba tranquilo. Aparté con cuidado la cama, para no hacer ruido y alertar a los celadores, pero no vi nada. Hasta que reparé en que el zócalo parecía estar ligeramente suelto. Me agaché y tiré de él. Se separó de la pared y dentro vi un papel. Era una carta manuscrita. Alguien había dejado allí esa misiva. ¿Sería una confesión, una advertencia, una información secreta? De pronto, pensé en la novela de Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo. Quizá el autor de esa nota la había escrito para mí, para ayudarme a salir del pozo en el que me encontraba.
Pero lo que contenía esa nota era una especie de diario escrito por el difunto Eduardo, en el que contaba sus peripecias. Tenía razón cuando me dijo que lo que le había traído al Centro era una experiencia muy parecida a la mía.

Fue en un viaje del Imserso. De camino a Alicante, paramos en un área de servicio a pie de autopista. Entre nosotros viajaba un viejo que apenas se relacionaba con el grupo. Era un tipo solitario y huraño. Llegué a preguntarme qué hacía allí si no le gustaba la compañía. El caso es que, al entrar al restaurante, dejé al resto del grupo en la cafetería para ir a los lavabos. Al cabo de aproximadamente un cuarto de hora, cuando ya nos disponíamos a volver al autocar, el chofer echó en falta al anciano. Le buscaron por todo el restaurante hasta llegar a los servicios, donde lo encontraron muerto a cuchilladas. Tras llamar a la policía, un coche patrulla de la Guardia Civil se personó en el lugar y, tras interrogar a todo el personal presente, me detuvieron como culpable de asesinato. Al parecer, algunas personas dijeron que me habían visto salir de los lavabos poco después de que él entrara. Quiénes me señalaron, nunca lo he sabido, como tampoco sabré jamás quién me puso el dinero y el cuchillo con restos de sangre de la víctima en mi bolsa de mano, un cuchillo que debían haber limpiado porque no se hallaron restos de ADN, ni del fallecido ni mío. Lo que sí supe por los medios es que el muerto era un juez retirado que había condenado años atrás a cuarenta años de prisión al hijo de un influyente magnate de la comunicación. El joven, desafortunadamente, murió cosido a navajazos en la cárcel.
Las pruebas que me incriminaron fueron circunstanciales y totalmente falsas. Lo que deduje es que fue una revancha. El padre del chico apuñalado quiso vengarse del ex juez haciéndole lo mismo que le hicieron a su hijo. Por culpa de mis antecedentes delictivos como camello —a lo que ya no me dedicaba en ese momento— me utilizaron como chivo expiatorio y así caso resuelto. Por eso, ante una posible pena de cárcel de más de veinte años, mi abogado me recomendó que aceptara un trato: que aceptara declararme mentalmente incapacitado por efecto de mi drogodependencia y solo pasaría unos pocos años en el psiquiátrico. Un psiquiatra, traído por mi abogado, confirmó mi estado psicológico alterado.

Llegado a este punto, dejé de leer. ¿Era casualidad que su abogado le recomendara lo mismo que a mí? No podía ser Gervasio. El pobre Eduardo no podría pagar a un abogado de prestigio como él. Seguí leyendo.

He intentado inútilmente contactar con el abogado, pero no hay forma. No quiere saber nada de mí, me ha dicho Juan, quien ha hecho de intermediario, pues el abogado no ha querido nunca ponerse al teléfono.
«Eduardo, no ves que ese hombre tiene asuntos mucho más urgentes que atender. A ti te atendió como un favor, como abogado de oficio, pero ahora tiene mucho trabajo con gente muy importante. Ten paciencia; cuando esté más tranquilo ya te llamará. Es un hombre de palabra»—me dijo la última vez que le llamó de mi parte. Pero no le creo. He sabido que ese Gervasio Mendieta es un delincuente, creo que tuvo algo que ver en todo este asunto y ahora se lava las manos.

¡Gervasio! Así que estaba en lo cierto. Ese tipo era un malnacido. Me había metido allí esperando que me pudriera. Mientras, se tiraba a mi mujer, el cabrón, motivo más que suficiente para que no deseara verme en la calle.

Cada día me encuentro peor y nadie me hace caso. No tengo ganas de comer, ni siquiera de asearme. Parezco un muerto viviente y creo que es fruto de la medicación. Hace días que ya no me la tomo. Como Juan me tiene confianza, me la entrega y se marcha sin comprobarlo. Pero si descubren que voy escondiendo las pastillas, se las cargará. Me sabe mal que una persona tan buena y amable conmigo se vea en esa situación por mi culpa. Esta noche se lo confesaré. Espero que me entienda y guarde mi secreto. Necesito estar lo más lúcido posible para hacer frente a esta maldita situación. Si mejoro, me podrán dar el alta.
Hoy he conocido a uno nuevo. Es ese tipo al que también le endilgaron un asesinato que no ha cometido. Lo leí en la prensa. He hablado con él, pero no he tenido ocasión de contárselo todo. Mañana le diré lo que sé de su abogado. Juntos podemos elaborar un plan.
A veces creo que no sé lo que estoy diciendo. No vamos a salir de aquí ninguno de los dos. Somos víctimas de los mismos verdugos. Si le cuento todo esto de repente me creerá loco de verdad. Tengo que procurar que sospeche de que algo no va bien aquí dentro. Para empezar, le enviaré un anónimo advirtiéndole de lo que me contó Juan. Tiene que saber que el maldito abogado y su mujer están liados. Incluso sospecho que ella también está en el ajo. Luego, cuando tengamos más confianza, ya le contaré el resto.

Así que había sido él el autor de ese anónimo. No me lo podía creer. Mi peor pesadilla se hacía realidad. Ya no sabía en quién confiar. Seguro que Juan, ese celador tan amable, estaba a sueldo de Gervasio o de quien sea. Ahora sí que me sentía más atrapado que nunca. Temía acabar como Eduardo.
Por esa razón decidí empezar a escribir un diario, para que quedara constancia de la verdad en caso de que me pasara algo malo. Utilizaría el mismo escondrijo que usó Eduardo para ocultarlo.
Entendí por qué me encontraba tan mal. Ahora sí que estaba seguro de que era obra de lo que me daban. Seguiría los pasos de mi antecesor, pero sin confesárselo a Juan ni a nadie. De momento, preferí tenerlo de mi parte.
Por mucho que me esforzaba en mostrarme normal, no lograba convencer a mi terapeuta. Hasta dudé de él. Quizá estaba sufriendo un cuadro paranoico. ¿Acaso todo el mundo estaba conchabado contra mí? ¡¿Qué había hecho yo para merecerme esto?! No era nadie. Si había sido un hombre con recursos, había caído tan bajo que nadie me querría echar un cable. Me había dedicado a negocios turbios, fuera de la ley, pero eso no era tan grave como para que me lo hicieran pagar de esa forma. Solo esperaba que algún día alguien sacara todos esos trapos sucios a la luz y que, aunque yo ya no estuviera, los culpables de mi desgracia y la de Eduardo, pagaran por ello.

Ayer no podía levantarme de la cama. Sentía vértigos. A duras penas pude llegar hasta el comedor para el desayuno y para el almuerzo. No cené, las náuseas me lo impidieron. Por la noche volvía a estar tirado sobre la cama, dando, en vano, vueltas al asunto. No podía confiar mis sospechas a nadie. Juan había sido quien encontró muerto a Eduardo. Seguramente fue él quien lo ahorcó siguiendo instrucciones y quién sabe si había más celadores implicados.   
Por la tarde, en la visita a mi psiquiatra no pude más y le solté todo lo que pensaba, aunque con ello perdiera toda posibilidad de salir de allí. Tuve una crisis de ansiedad y le reproché que me estaba dando una medicación que no era más que veneno. Le tiré encima las pastillas que hacía algunas noches simulaba tomarme. No entendía cómo Juan, si estaba metido en esa trama, no se hubiera cerciorado de ello. Quizá confiaba en mí como en Eduardo.
El caso es que el psiquiatra, cuando recogió los medicamentos que le lancé a la cara, los miró y le noté un gesto de desconcierto, que disimuló de inmediato. Lo único que me dijo es que debía tratarse de un error y que lo aclararía con Juan.
Temí que Juan viniera esa noche a saldar cuentas conmigo por haberle mostrado a mi terapeuta que no me tomaba la medicación y que él no se aseguró de ello, como era su deber.
 Eran ya las once, hora de tener la luz apagada, cuando seguía anotándolo todo en mi libreta mientras estaba pendiente de cualquier ruido en el pasillo.
De pronto oí que alguien se acercaba. Seguro que era Juan. Por si acaso, apagué la luz, escondí el diario bajo la almohada y fingí estar dormido.

*****

Me equivoqué. No era Juan quien entró en mi habitación. Lo reconocí por la estatura y complexión que se recortaba sobre la luz del pasillo. Era mi terapeuta. Se acercó sigilosamente. Me temí lo peor, sobre todo cuando me pareció ver que llevaba algo en la mano. Cuando se inclinó sobre mí estuve a punto de gritar, pero el pinchazo en el cuello me dejó paralizado. En dos segundos perdí la consciencia.
Esta mañana ha venido a verme y me lo ha contado. Me inyectó un potente antipsicótico para que perdiera la consciencia y poderme sacar de allí con la excusa de que había sufrido una hipoglucemia a causa de mi desnutrición. Estaba a salvo en el hospital en el que prestaba sus servicios por las mañanas.
Cuando descubrió que Juan me había cambiado la medicación por otra con una elevada toxicidad a la dosis que me administraba, le despidió fulminantemente. No le denunció a la policía para preservar el buen nombre de la institución psiquiátrica. Me aseguró que, tan pronto regresara al Centro, elaboraría un informe favorable para poder darme el alta. Aun así, yo seguía enrocado en mi recelo, seguía sin fiarme de él. A fin de cuentas, en un hospital es mucho más fácil simular una muerte accidental. Podía sentirse descubierto y querer librarse de mí de forma mucho más aséptica.

Pero no estaba en lo cierto.
Me estoy vistiendo con ropa de calle. Me han notificado que ya puedo marcharme. En unos instantes me entregarán el alta y seré, por fin, libre. Todavía no sé qué voy a hacer. Tengo muchas incógnitas que despejar y no sé por dónde empezar. Creo que lo primero que haré será contratar los servicios de un buen detective para que me ayude a ensamblar este rompecabezas y poner a todos los implicados en este perverso montaje a disposición de las autoridades. Mi psiquiatra me ha dado un nombre. Él es el único amigo que he hecho aquí dentro. Lástima que no haya tenido ocasión de hacer amistad con Eduardo y ayudarle a salir libre como yo.

Ahora que lo pienso, ¿qué habrá sido de mi diario?


miércoles, 18 de diciembre de 2019

Una sentencia peligrosa

Este relato es continuación del titulado "Un negocio peligroso" y que podéis leer AQUÍ



Durante el juicio, mi abogado, abrumado por las pruebas que se presentaron contra mí —decididamente manipuladas por la policía—, acabó aconsejándome que aceptara la propuesta de declararme mentalmente incapacitado. Alegaría, gracias a la intervención de un psiquiatra amigo suyo, que había sufrido un episodio severo de enajenación mental. De este modo, sortearía la cárcel. ¿Cómo iba a negarme? No estaba dispuesto a padecer una reclusión de, como mínimo, veinte años. En su lugar, estaría encerrado en un centro psiquiátrico y saldría presuntamente curado en un par de años. Ya investigaría por mi cuenta qué había de verdad detrás de esa rocambolesca historia para no dormir.
Y, efectivamente, el juez decretó mi internamiento en un centro de salud mental por un periodo mínimo de un año y medio, siempre sujeto al pronóstico del cuadro médico. Solo saldría en libertad cuando los especialistas consideraran que ya no era un peligro para la sociedad.
El primer mes de internamiento fue muy duro. Mi mujer venía a verme cada tres días. Marta era la única persona que me consideraba inocente y creía a pies juntillas mi versión de los hechos. Su presencia y sus palabras de ánimo eran como un soplo de aire fresco entre tanta perturbación mental que me rodeaba. Aun así, el tiempo discurría muy lentamente. En la cárcel quizá habría hecho algún amigo, pero en este lugar no veía con quien podía entablar una conversación mínimamente coherente. Hasta que conocí a Eduardo.
—¿Eres ese a quien han metido en este agujero por haber presuntamente —recalcó este adverbio a propósito— matado a un tipo en un tren?
Cuanto levanté la mirada de la revista que estaba hojeando, vi a un individuo demacrado, desaliñado y con barba de varios días que me observaba con curiosidad, como quien tiene bajo la lupa a un insecto singular.
—Pues sí, soy yo.
—Encantado de conocerte. Me llamo Eduardo y estoy aquí por lo mismo que tú.
—¿Cómo que estás aquí por lo mismo que yo? —dije convencido de que estaba ante un individuo realmente alelado y que decía cualquier cosa por decir.
—A mí también me endilgaron un asesinato que no cometí. Y también opté por venir a este Centro en lugar de dar con mis huesos en la cárcel. Maldito el día que acepté la proposición de mi abogado.
—¿Por qué dices eso?
—Pues porque en la cárcel ya habría cumplido una cuarta parte de la condena y me habrían aplicado el tercer grado. En cambio, aquí…
—¿En cambio aquí qué?
—Eh, vosotros dos, basta de cháchara, que ya es la hora del almuerzo. Venga, id pasando al comedor, que se hace tarde.
Cuando llegamos al comedor tuvimos que separarnos, pues en ninguna de las mesas había dos asientos juntos para poder seguir con la conversación. De ese modo, el tal Eduardo se dirigió al fondo de la sala haciéndome una señal de molinete con una mano indicándome que ya seguiríamos en otra ocasión.
Pero esa ocasión no se produjo. Al día siguiente encontraron a ese pobre desgraciado ahorcado en su habitación. Según oí decir a un celador, se había colgado de los barrotes de la ventana con ayuda de una sábana. Si tenía tendencias suicidas, ¿por qué no lo tenían encerrado en una de las celdas de alta seguridad?
El caso es que, con su muerte, dejé de pensar en lo que me había dicho. Es más, me convencí de que había hablado con un loco de atar, que se había inventado esa historia. Hasta que recibí aquella carta.
Hacía casi dos semanas que Marta no me visitaba. Al principio lo achaqué a que habría enfermado por culpa de la gripe, que ese año estaba causando estragos. Yo mismo estaba hecho un asco por lo mismo. Moqueaba y tosía sin cesar.
Fue Juan, el celador que había hallado el cuerpo inánime de Eduardo, quien me la trajo.
—Toma, alguien te ha escrito. Espero que sean buenas noticias.
Mi nombre estaba escrito a mano con letras mayúsculas. No había remitente.
—Oye, Juan, no lleva sello ni remitente. ¿Sabes quién la ha traído?
—Ni idea. La he encontrado entre el montón de correspondencia para distribuir.
Se trataba de un anónimo, uno de esos con letras recortadas de algún periódico o revista. Decía así:
OJO CON TU ABOGADO Y TU MUJER
Corto y claro.
¿Qué significaba aquello? ¿Acaso mi abogado estaba liado con mi mujer? ¿Sería cierto o alguien intentaba cabrearme más de lo que estaba? Pero ¿por qué? ¿Sería ese el motivo por el que Marta ya no venía a verme ni me escribía? ¿No se atrevía a confesarme su infidelidad? Si eso era cierto, a mi abogado no le interesaría que saliera de ese encierro, por lo menos mientras durara esa relación adúltera. Fuera cierto o no, siempre me quedaría el informe favorable de la dirección del Centro. Ya llevaba en él casi un año; quizá iba siendo hora de demostrar una mejoría en mi estado mental para ganarme su confianza.
Pero ¿quién era, en realidad, Gervasio? ¿Quién me lo había recomendado? Recordé que fue un antiguo colega de la facultad, a quien le pregunté si sabía de un buen abogado especializado en temas fiscales cuando mi empresa tuvo un grave problema con Hacienda. Afortunadamente, me concedieron permiso para llamarle.
—Hola, Fernando, ¿te acuerdas de mí?
—Hombre, ¡cuánto tiempo? ¿Qué hará? Diez años, por lo menos. ¿Qué me cuentas?
Y le conté todo lo que me había ocurrido y donde estaba. Tras su lógico desconcierto inicial, entramos en materia.
—Y ¿qué puedo hacer por ti?
—Te acuerdas de aquel abogado que me recomendaste para que llevara mi problema con Hacienda?
—¿Quién? ¿Gervasio?
—El mismo.
—¿Qué quieres saber?
—¿Es trigo limpio?
—¿Qué si es trigo limpio? ¿Acaso algún abogado famoso lo es?, ja, ja, ja. Ay, perdona, no debía…
—Necesito saber si está metido en negocios turbios —le corté—, si me puedo fiar de él.
—Hombre, depende de para qué. Es un gran profesional y lleva los negocios de gente muy importante, incluso de gente… ya me entiendes.
—Pues no.
—Hombres de negocios no precisamente limpios. De esos que tienen millones y millones en paraísos fiscales y demás. Se dice que está muy bien relacionado con los de arriba, ya sabes, políticos y gente poderosa en general. Incluso con la policía.
Solo pude articular un «gracias» y colgué sin más.
Así que mis sospechas estaban fundadas. Ese tipo estaba metido hasta las trancas en ese turbio asunto. Mi teoría conspiratoria estaba tomando forma. Pero no tenía a nadie a quién confesárselo. Estaba solo ante el peligro.
No sabía qué hacer, hasta que me trasladaron de habitación.
El centro había experimentado una reducción de “clientes” y ahora había habitaciones sobrantes. Como la mía era de las más pequeñas, las que usaban en caso de overbooking, me trasladaron a otra mucho más amplia, aunque igualmente asegurada con barrotes en la ventana y puerta reforzada. Cuando llevaba un par de días en ella, supe a quién había albergado antes que a mí. Unas pocas palabras en la pared, casi cubiertas por la cabecera de la cama, le delataba: «Aquí ha estado Eduardo», como el que corona una cumbre o llega a un lugar difícil o recóndito.
Ignoraba si el tiempo verbal significaba que sabía que iba a morir o bien que esperaba marcharse algún día y dejaba, de ese modo, su huella.
Sin perder más tiempo, escribí a mi mujer pidiendo que me confirmara mis sospechas: si estaba liada con Gervasio y si sabía que llevaba los asuntos de gente poderosa y de poco fiar. También le pedía que, si alguna vez me había querido, me contara la verdad e intentase averiguar si el abogado tuvo algo que ver con mi detención.

La carta de respuesta tardó en llegar, pero finalmente llegó.
Marta solo me decía que tuviera paciencia, que me sometiera al tratamiento que me pautaban y que esperara medio año más para manifestar una clara mejoría en mi estado psicológico. De este modo, con un poco de suerte, decretarían mi puesta en libertad. Supuse que temía que revisaran mi correspondencia y por ello se expresaba con cautela, como si hablara con un enfermo de verdad. Al final, antes de despedirse, deseándome una rápida curación, decía «Gervasio te manda recuerdos. Confía en él, tiene muy buenos contactos» (así, subrayado). ¿Era un mensaje? ¿Qué quería decir con que tenía muy buenos contactos?
Volví a escribirle al cabo de unos días, pero ya no recibí respuesta.
No me quedaba otra salida que seguir su consejo. Seguiría siendo un paciente aplicado, me sometería a todo tipo de tratamiento al que me sometieran y le seguiría la corriente a mi terapeuta. Solo esperaba que los fármacos que me administraban no me hicieran ningún mal. Incluso quizá me levantarían la moral, pues esta llevaba tiempo por los suelos.
A medida que pasaban las semanas, sin embargo, cada vez me encontraba peor, pero nadie me hacía caso. «Serán los efectos secundarios de la medicación», me decían. En un momento de asueto, en el que me permitieron usar uno de los ordenadores del Centro, busqué por internet los efectos adversos de los medicamentos que me habían dicho que me administraban. Ninguno de ellos producía los mareos y las alucinaciones que últimamente sufría cada vez con mayor intensidad y frecuencia. Algo raro me estaba pasando y tenía que saber el qué y el por qué. Pero ¿por dónde empezar?

martes, 10 de diciembre de 2019

Un negocio peligroso




Tenía más de cinco horas por delante. Cuando llegara a la estación de Santa Justa ya habría anochecido. Había comprado, como siempre, un billete de primera clase. Podría echar una cabezadita sin quedar con el cuerpo entumecido.
Tan pronto como el tren inició su recorrido, me puse a leer El juego de Ripley, la tercera novela de la serie “Ripley” de Patricia Highsmith. Me encanta, pues me siento muy identificado con el protagonista. Rico, felizmente casado y con una doble vida: la del talentoso hombre de negocios y la de quien no duda en saltarse la ley si con ello experimenta placer.
Mi querida Marta siempre ha ignorado esta faceta. Nunca se imaginaría de lo que soy capaz a cambio de una buena descarga de adrenalina. Tampoco sabía qué me llevaba a Sevilla tan a menudo. Ahora ya debe sospechar algo, pero no creo que me vea capaz de haber cometido ese crimen.
Al cabo de una hora de haber dejado atrás la estación de Barcelona-Sants, ya no podía mantener los ojos abiertos. El vagón solo estaba ocupado por media docena de pasajeros. Sus voces apagadas, susurrantes, acompañadas por el sonido del tren, me provocaron un dulce sopor que me sumergió en un profundo sueño.
No sabría decir cuánto tiempo estuve dormido. Me despertó una detonación, seguida de un violento frenazo que me lanzó contra los asientos delanteros que, afortunadamente, estaban vacíos. Ignoraba lo que había sucedido. Cuando asomé la cabeza por encima del respaldo de los asientos, observé cómo el personal se precipitaba hacia la salida. En cuestión de segundos, el vagón quedó vacío. ¿Adónde podían ir? Estábamos en medio de la nada. Y oscurecía.
El coche olía a pólvora. Acabé decidiendo unirme al resto del pasaje. Pero al pasar por uno de los habitáculos, vi a un hombre recostado en su asiento. Estaba cubierto de sangre. Alguien debía haberle disparado y activado a continuación el freno de emergencia para saltar del tren y desaparecer. Cuando me apeé, vi a un grupo de pasajeros a unos metros de donde estaba. Eran los mismos que viajaban en mi vagón. Cuando me disponía a reunirme con ellos, vi que me señalaban. A continuación, un par de tipos se dirigieron presurosos hacia mí. Instintivamente, me giré por si había alguien detrás de mí al que querían dar alcance. Pero no. Cuando me volví, ya tenía a aquellos individuos a dos pasos exhibiéndome sus credenciales de policía para, acto seguido, llevarme casi en volandas hacia el vagón restaurante. «Te creías muy listo, ¿verdad?», me dijo el más alto. «Ahora sabrás lo que es bueno», dijo el más bajo.
Una vez en el vagón restaurante, me sometieron a un interrogatorio y allí empezó mi pesadilla. Todos los pasajeros que viajaban en el mismo vagón que yo aseguraban que había disparado a ese desconocido. Sería mejor que confesara, de lo contrario tendría que vérmelas con el comisario, que era un individuo de armas tomar; hacía cantar hasta a los mudos.
Cuando me dejaron en el frío calabozo, con el cuerpo maltrecho por los cuidados recibidos de aquellos dos energúmenos, intenté poner las ideas en orden. ¿Por qué esos cinco pasajeros me acusaban de asesinato? ¿Acaso no me habían visto dormir? ¿Quién sería el fiambre y qué habría hecho para que lo mataran? ¿Qué pintaba yo en esa historia?
Cuando desperté por la mañana, helado y dolorido, me llevaron ante el comisario. Cantar no me hizo cantar, pero vi el coro de los ángeles y todas las estrellas del firmamento, tras lo cual me envió ante el juez. Este, sin pensárselo dos veces, decretó prisión provisional sin fianza. Aquello me recordó a El proceso, de Kafka. Era tan irreal...
Rechacé el abogado que me habían designado y he contratado los servicios del mío. Se halla tan desconcertado como yo. Esperamos que todo se aclare a la mayor brevedad posible.
Después de pensarlo largo y tendido, he sacado mis conclusiones, por disparatadas que parezcan.
Los pasajeros que me implicaron en la muerte de ese hombre estaban conchabados, al igual que esos dos polis corruptos. Alguno de mis rivales o un traficante de obras de arte de la capital hispalense me habría delatado para congraciarse con la pasma y esos dos, en lugar de detenerme, pensaron usarme como cabeza de turco en alguna de sus próximas corruptelas criminales. El muerto debía ser un capo y se lo cargaron en un ajuste de cuentas. Debieron estar vigilando mis movimientos y cuando supieron de mi nuevo viaje a Sevilla urdieron el plan. Para que no viajara nadie más en el mismo vagón, compraron todos los demás billetes. Los dos polis viajarían en otro coche para que todo el montaje fuera creíble. Que el mafioso y yo viajáramos en el mismo vagón fue cuestión de suerte, aunque había un cincuenta por ciento de probabilidades, habida cuenta que en un AVE solo hay dos coches de primera clase. Si me acusaban a mí del asesinato de ese desgraciado, teniendo un currículo delictivo, nadie investigaría al resto de pasajeros. Ese comisario es un cafre corrupto. Y el juez un prevaricador. ¡Dios, cómo está el patio!
Todo esto se lo he contado a mi abogado. Ha puesto una cara que me hace sospechar que no me cree. ¿Y si también está en el ajo?
Sabía que lo que me traía entre manos en Sevilla era peligroso, pero no tanto. Hubiera sido mejor ir en avión.

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