Su
padre siempre quiso que siguiera su oficio de alfarero. «Los artesanos no se
hacen ricos, pero son gente respetada y siempre tendrás un plato en la mesa», le repetía. El pequeño Humam, quería, en
cambio, ser soldado.
—Pero,
¿por qué quieres ser soldado, hijo?
—¿Acaso
mi nombre no significa “el valeroso”, padre?
—Sí,
hijo, pero se puede ser valeroso de muchas formas, sin necesidad de empuñar un
arma. Las armas solo traen dolor y muerte, recuérdalo siempre.
Ahora,
diez años después, Humam recuerda, como si fuera ayer, esas palabras que
pronunció su difunto padre cuando él todavía no había llegado a la
adolescencia.
La
noche es muy fría, está aterido y acurrucado en un rincón de un edificio medio
derruido que huele a heces, orina y sudor. A lo lejos se oye el estruendo de
las bombas. Por las rendijas de las contraventanas no se ve ni un alma. O todos
han abandonado la ciudad o están, como él, agazapados en algún escondrijo
invisible a ojos del enemigo.
Para
mitigar el miedo y la soledad se pone a tararear aquella cancioncilla popular
que tantas veces había cantado de niño y por la cual sus compañeros de escuela le
habían puesto el apodo de Mambrú: «Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué
dolor qué pena…» Y ahí
se detiene. Ya no le resulta tan grata esa canción que tiene un final tan
triste. Él no quiere acabar como su protagonista.
¿Volveré
algún día a casa o acabaré como Mambrú?, se pregunta.
Las
pilas de su destartalada linterna flaquean arrojando una luz débil e
intermitente sobre el ajado calendario, en el que ha ido tachando, uno a uno,
los días de cautiverio, pues se siente cautivo por esa guerra indeseada e
indeseable a la que le han forzado a participar. Ahora reniega de su deseo infantil.
Lleva
seis meses en ese infierno y solo le falta una semana para cumplir los veintiún
años. No tuvo ocasión de pedir la mano de Amina, cuyo nombre hace justicia a su
forma de ser. Significa mujer calmada, leal, sincera y fiel, en la que se puede
confiar. Seguro que le estará esperando, tal como le prometió la última vez que
se vieron, él de uniforme y ella secándose las lágrimas. Todavía la recuerda de
pie, diciéndole adiós con la mano y haciéndose cada vez más pequeña a sus ojos,
mientras el camión se alejaba hacia la línea de fuego, dejando atrás una estela
de polvo.
A
Humam, el frío y el cansancio le producen una somnolencia que le hace dar
cabezadas. Tiene que dormir, no soportará otra noche en vela. Está solo y en
cualquier momento puede aparecer un soldado enemigo y acabar con él y con todos
sus sueños. Cierra los ojos intentando descansar y dejarse llevar por la
ensoñación, que es el único recurso que tiene para no desesperar.
—¿Cómo
te llamas? —le preguntó aquella chiquilla a la que solo conocía de vista, pero
de la que se prendó desde el primer día que la vio llenando una jarra de agua
en la fuente de la plaza donde él vivía.
—Mi
nombre es Humam —le contestó, azorado, pues nunca una niña le había dirigido la
palabra—. Y tú, ¿cómo te llamas?
—Me
llamo Amina. ¿A que es bonito? Significa…
—Mujer
bella de ojos claros —se adelantó el chico, sonriendo tímidamente y haciendo
alarde de una osadía que no sentía.
—Pero
¿qué dices? No significa esto, significa que soy, hum… ¿cómo te lo diría?, una
chica buena y formal, que se puede confiar en mí. Leal, ¡esa es la palabra! Mi
padre dice que me pusieron ese nombre porque el nombre hace que una persona se
convierta en lo que significa. Y el tuyo ¿Qué significado tiene?
—Humam
quiere decir valeroso.
—¡Qué
bien!, así, de mayor serás un hombre muy valiente. Yo quiero casarme con un
guerrero fuerte y valeroso —le dijo la niña mientras se alejaba con la jarra apoyada
en una de sus caderas, perdiendo agua a cada paso. Y así, siguiendo el rastro
húmedo que Amina fue dejando en el suelo arenoso de aquel barrio de Alepo, supo
donde vivía esa hermosura de tez morena y ojos claros.
El eco
de una ametralladora devuelve a Humam a la realidad. Mira a través de la grieta
de la pared que hace tan solo dos días un obús ha dejado, como cicatriz
incurable. Huele a pólvora y la noche sigue siendo negra y fría. Calcula que
los disparos se producen, por lo menos, a un kilómetro de distancia.
«¿Dónde
estará mi destacamento?, se pregunta angustiado. Hace días que no sé nada de
él. ¿Por qué se fueron sin avisarme? Me dejaron de guardia y me dormí. Debieron tener
que marcharse rápida y sigilosamente y no repararon en mí o bien no tuvieron
reparos en abandonarme por haber sido tan negligente. Por lo menos tengo un
arma, aunque con escasa munición. Si los soldados del ejército rebelde llegaran
a descubrirme sería mejor entregarme que luchar. Mientras tanto, sobrevivo milagrosamente
al hambre y la sed sin salir de este agujero, como una rata asustada. No puedo
engañarme, nunca he sido valiente, mi única heroicidad fue vencer mi terrible
timidez para declararme a Amina. Su solo recuerdo llena mis horas de soledad y
me anima a sobrevivir. Su fotografía dedicada que llevo en el bolsillo es como
un bálsamo que me ayuda a superar estos momentos de angustia. Sueño que regreso con vida y que me recibe con
los brazos abiertos, llorando de alegría porque, por fin, seremos felices convertidos
en marido y mujer, como nos prometimos antes de separarnos».
Cuando
Amina cumplió la edad de ser entregada en matrimonio, su padre convino la boda
con un tal Mahdi, que significa “el salvador”. Y, en efecto, casarse con ese
hombre, veinte años mayor que ella, significaba la salvación de su familia, que
estaba en la bancarrota. Los negocios del padre de Amina se fueron al traste.
Con la guerra a las puertas. ¿quién quería comprar ropa, alfombras, cortinas y
todo tipo de baratijas? Los campesinos, en cambio, se estaban enriqueciendo. La
fruta y las verduras se habían convertido en un bien escaso. Los precios
habían subido exageradamente, la gente no tenía más remedio que pagar lo que se
les pedía. Solo los ricos podían permitirse el lujo de comer carne. Y Mahdi, no
se sabía cómo, tenía ese privilegio. Nadaba en la abundancia. Nadie se atrevía
a preguntar de dónde salía todo ese dinero que gastaba a espuertas, como ostentación
ante su futura familia.
Cuando
Humam se enteró, se quería morir. Todavía era aprendiz de alfarero en el taller
de su padre y nunca podría aspirar a ser tan rico como aquel viejo. Amina, por
su parte, no sabía el modo de impedirlo. Su madre hacía oídos sordos a sus súplicas
y su padre le habría dado una paliza al mostrarse reacia a aceptar su mandato.
La entregaría a un hombre desconocido, un viejo para ella, y que, con toda
seguridad, la trataría como a una esclava. Amina llegó a rogarle a Humam que se
la llevara lejos de Alepo, aunque tuvieran que vivir de la mendicidad, corriendo
el riesgo de ser juzgados y castigados por haber faltado al dictado de las
leyes, cuyo primer precepto es respetar a los progenitores.
«Ojalá
lo hubiera hecho. Ahora seguramente no estaría aquí, no me habrían arrastrado a
esta guerra que no siento mía. Viviríamos muy lejos de este infierno que solo
depara sufrimiento y muerte».
«Esta
noche procuraré dormir, porque de seguir así, ni siquiera seré capaz de
levantarme y andar cuando me tomen preso».
«O
mis oídos me engañan o los disparos suenan cada vez más cercanos. Tengo que
tomar una determinación por arriesgada que sea. No puedo seguir así, sin comida
ni agua. Si no ha sido destruida por el último bombardeo, había una fuente
junto a la vieja escuela. Comida, en cambio, no podré obtener si no logro
llegar hasta donde estén las tropas, aunque sean las enemigas. Si es necesario,
me entregaré, cambiaré de bando, a cambio de cobijo y alimentos. Cuando
amanezca, saldré de aquí, a esas horas nunca se producen escaramuzas».
Entre
el silencio y la oscuridad de una noche sin luna, a Humam le parece oír un silbido
que va repitiendo el mismo estribillo una y otra vez. Poco a poco, se hace más
perceptible, hasta que despierta al joven de su duermevela. Presta atención. Reconoce
esa canción. «Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor qué pena», repite la melodía. ¿Quién puede ser?
¿Será casual? A fin de cuentas, es una canción muy antigua y tradicional,
muchos la conocen. Pero a qué viene silbarla ahora, de noche, y aquí, en un
lugar como este. ¿Y si es un compañero que le conoce y sabe que se ha escondido
allí sin atreverse a salir? Quizá sea una llamada de alguien que quiere
identificarse como amigo.
Humam
se yergue y saca la cabeza hasta la nariz por el hueco de lo que queda de una
ventana. Usa sus prismáticos de visión nocturna y los enfoca hacia donde cree
que está el silbador. Ve un casco que se mueve. Es él, sin duda. Le devuelve el
silbido de la cancioncilla. Ahora parecen dos aves nocturnas tratando de
comunicarse y paliar así su desamparo y soledad. Pero ese soldado le conoce,
sabe que es Mambrú y de ahí que silbe esa canción de su infancia. Ahora que ya
se han identificado, su nuevo vecino le hace señales con una linterna. Por
fortuna, Humam sabe leer morse. Entiende que le pide que vaya a su encuentro, que
se halla malherido y casi no puede caminar. Pero dispone de agua y unos pocos víveres.
Le dice que al día siguiente llegarán tropas de refuerzo. Humam le pregunta
quién es. El desconocido se identifica como Marwan Eljal. ¡Marwan!, su mejor
amigo de la escuela. ¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Cómo y cuándo habrá llegado
hasta allí?
Marwan
fue quién le enseñó a usar el tirachinas y a pescar. Aún recuerda sus escapadas
para avistar aves nocturnas y las correrías por las que Humam fue castigado por
su madre en más de una ocasión. Fue él quien le bautizó como Mambrú para
mofarse y que acabó siendo su apodo para siempre entre sus compañeros. No había
sabido nada de él desde que se separaron al ser enrolados por el ejército
gubernamental. Si todo iba bien regresarían juntos sanos y salvos.
Tras
asegurarse de que la calle está desierta y que no se oyen disparos ni explosiones,
Humam sale de su escondrijo. Antes de llegar al edificio en ruinas donde está
su amigo, se oye un disparo. No se sabe de dónde ha salido el francotirador. Los
debía de haber oído silbar y estaba esperando la ocasión. Humam cae tendido de
espaldas sobre un montón de cascotes. Sangra abundantemente. Entre las sombras
aparece un soldado, pero no es de los suyos. Es del ejército rebelde. Se
acerca, se pone de cuclillas junto a él y se quita el casco, que deja en el
suelo. Acerca su cara a la de Humam y parece que esboza una sonrisa irónica. Es
Marwan. Si no fuera por esa sonrisa, parecería que siente la muerte de su
antiguo amigo, pues menea la cabeza de derecha a izquierda, negando la
evidencia. «¡Quién lo iba a decir!»,
parece dar a entender.
—¿Por
qué no te pasaste al bando rebelde, Mambrú? ¿Ves lo que he tenido que hacer?
Llevaba días acechándote. El viejo Mahdi murió en un bombardeo de la casa donde
tenía su negocio. Ahora el camino ha quedado despejado. Cuando vuelva, le
presentaré mis respetos a los padres de Amina y les pediré su mano. Ahora mi
familia tiene mucho dinero. La guerra ha sido su mejor aliado. La suya está en
la ruina, pues todo lo que poseía aquel viejo asqueroso desapareció pasto de
las llamas. Ahora es mi turno. Siempre estuve enamorado de esa preciosidad de
tez morena y ojos claros, como tú la llamabas. Lo siento, amigo. —Añadió algo
más, pero fue enmudecido por una gran explosión.
Humam,
o Mambrú, qué más da, antes de perder la consciencia esboza una sonrisa de pena
y de satisfacción a la vez; pena al comprender que no volverá a ver a Amina, y
satisfacción al ver cómo desde lo más alto caen sobre ellos grandes bloques de
piedra que los sepultará para siempre.