jueves, 26 de noviembre de 2020

Que alguien me ayude (y III)

Tercera y última entrega del microrrelato participante en el reto de El Tintero de Oro. Quien todavía no lo ha hecho, puede leer la primera parte AQUÍ  y la segunda AQUÍ.


No pude reconocerme en ese grito agónico que salió de mi garganta; resonó como el aullido de un lobo solitario. Quedé sin resuello. Mi corazón latía como una locomotora en plena carrera. ¿Y ahora qué?, me dije. Que sea lo que Dios quiera, me respondí mentalmente.

Los pasos que había oído se detuvieron, pero al instante volvieron a sonar, primero muy lentos y luego más apresurados. Esta vez pude notar que se trataba de dos personas. Cuando su movimiento se hubo detenido, escuché unos susurros. Me erguí todo lo que pude y distinguí dos siluetas que, paradas a corta distancia, no correspondían, por su indumentaria, a ningún soldado. Esas dos personas debían estar observándome sin saber qué hacer. Dudaban. Decidí dar el paso.

—Por favor, ayúdenme. Estoy herido y apenas puedo moverme —dije, consumiendo las pocas fuerzas que me quedaban.

Entonces la figura más menuda, se acercó apresuradamente, pero con mucho sigilo. Se inclinó hacia mí y, girándose hacia su acompañante, le dijo:

—Ven, corre, Armando, es un soldado herido. —Era una mujer.

—Pero ¿es de los nuestros? —le respondió quien debía ser su marido.

—¿Y que más da? El caso es que está herido y necesita ayuda —le espetó en un tono agrio. Si fuera nuestro hijo querrías que alguien le auxiliara. ¿O no?

Entonces el hombre se acercó, pero noté en él un cierto recelo por su modo de escrutarme.

Los dos tiraron de mí para intentar ponerme en pie, pero vista la dificultad y mis quejidos, abandonaron la tentativa.

—Será mejor que vayamos a por la parihuela que dejaron por el camino aquellos camilleros. No te muevas, volvemos enseguida —me dijo el hombre, en voz baja.

—Y ¿dónde quieres que vaya, el pobre, estando como está —le interpeló la mujer—. Tranquilo, hijo, te llevaremos a casa, solo tardaremos unos minutos —añadió.

Y, cómo no, esos pocos minutos se me hicieron eternos. Pero aquellos buenos samaritanos cumplieron con su palabra y volvieron a por mí.

 

Su único hijo había desaparecido en combate, luchando también en el bando republicano. Lo último que supieron de él es que estuvo combatiendo, como yo, en la batalla del Ebro y que, desde entonces, nadie supo darles noticias de él. Y esos padres salían todas las noches buscando por los alrededores a su hijo, vivo o muerto. Y hasta ahora sin resultado. Cuando me oyeron, llegaron a creer, o a esperar, que yo fuera él.

—¿Le has visto? ¿Le conoces? —me preguntó la mujer mostrándome, con mano temblorosa, una fotografía de su hijo.

—No, lo siento, señora. No le conozco. Éramos tantos…

—Claro, claro, hijo —respondió, secándose las lágrimas.

 

Me cuidaron como a un hijo, como el hijo ausente, y con la intervención del médico del pueblo, ya casi un anciano, me fui restableciendo poco a poco. Estuve varias semanas encamado, con las dos piernas escayoladas y con un fuerte vendaje en el tórax para inmovilizarme. Tenía dos costillas rotas, que me habían provocado un neumotórax, de ahí el dolor agudo que sentía al respirar. También había perdido bastante sangre. Por lo demás, no tenía nada que pusiera en peligro mi vida. Amelia, la mujer de Armando, se empeñaba en hacerme beber mucho vino. «El vino hace sangre», afirmaba convencida. No sé si ello funcionaba, pero, por lo menos, el vino me mantenía en un estado entre alegre y somnoliento la mayor parte del día. Y por las noches dormía de un tirón.

La guerra llegó a su fin al cabo de unos meses. En una vieja radio oímos al proclamado Generalísimo decir, con su voz aflautada, aquello de que: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado». Era el 1 de abril de 1939. Había pasado casi cinco meses con aquella familia de acogida.

Al oír esa noticia, los tres nos miramos con una mezcla de alivio y desconsuelo. La guerra había terminado, pero no el sufrimiento de quienes la habían perdido y, sobre todo, de aquellos supervivientes, del bando que fuera, que habían perdido a sus maridos, a sus padres, hermanos o hijos, como en el caso de mis dos salvadores, que nunca llegaron a saber dónde yacía el cuerpo de su único hijo.

*****

Ahora estoy en casa, con mis padres y mis dos hermanos pequeños. Cuando me vieron aparecer creyeron estar viendo a un fantasma. Me habían dado por muerto. Les dijeron que cuando fueron a por mí no hallaron ni rastro de mi cuerpo, por lo que supusieron que había sido devorado por las alimañas, pues en el estado en el que debía encontrarme era imposible que hubiera sobrevivido tanto tiempo. No se dignaron a buscar ni a preguntar en las masías de alrededor. Había tantos desaparecidos y no todos eran lo suficientemente importantes como para derrochar tiempo en su búsqueda. Si estaba vivo, ya aparecería, y si no, pues qué más daba dónde estuviera mi cuerpo.

Un muerto ya no puede servir a la Patria, pero un vivo sí, pues al cabo de unos meses de estar en casa de mis padres, en el pueblo, se presentó un Guardia Civil preguntando por mí. Debía presentarme sin falta en la Comandancia. ¿El motivo? Debía cumplir con la Ley. Tras una guerra, ahora debía volver al ejército durante dos años para hacer el servicio militar obligatorio.

Nunca me habría imaginado que celebraría tanto haber pasado por aquel horrible trance tras haber saltado por los aires en plena batalla. Mi cojera permanente sirvió para que me declararan inútil para empuñar otra vez un arma. De haber sido socorrido de inmediato por los sanitarios en el lugar de los hechos, quizá ahora me encontraría de nuevo vistiendo el uniforme militar, pero en esta ocasión el del bando de los vencedores.

 FIN


Ilustración: Jóvenes pertenecientes a la "quinta del biberón". Muchos de ellos participaron en la batalla del Ebro. Imagen obtenida de Internet.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Que alguien me ayude (II)

Este relato es la continuación que algunos de mis lectores me han pedido del que, con el mismo título, participó en el microrreto de este mes de El Tintero de Oro. Para quienes no lo leyeron o deseen refrescar su memoria, pueden pinchar AQUÍ.



Antes de verle la cara y oír su voz, me hice una pregunta que luego se me antojó infantil: ¿Serán de los buenos o de los malos? Pero no estaba jugando a soldaditos de plomo con mi amigo Joaquín, el vecino del cuarto primera. Estaba en una guerra de verdad, en la que ya me resultaba difícil distinguir entre buenos y malos en el campo de batalla. Y en ese minúsculo instante de incertidumbre me vino a la memoria, como si fuera lo último que fuera a recordar antes de morir, mi despedida de la familia para emprender este viaje al infierno. ¿Les volvería a ver?

La luz de una linterna solo me permitía ver un cegador resplandor cuyo centro ocupaba la cara del individuo que, zarandeándome suavemente, me dijo:

—¿Estás bien, chaval? ¿Cómo te llamas?

El tono en el que habló denotaba que era alguien con mando.

—Soy el cabo Alfonso Caballero, de la 22ª Compañía, de la 11ª División, dirigida por el General Líster.

—Eso ya lo sé. ¿A qué otra División podrías pertenecer estando aquí y ahora?  —oí unas risitas a mi espalda—. ¿Crees que podrás andar? Debemos darnos prisa antes de que los nacionales nos den alcance.

—Me temo que no, mi…

—Sargento, soy el sargento Ramírez.  

—Pues creo, mi sargento, que debí pisar una mina o quizá fue un mortero el que me lanzó por los aires. Solo puedo decir que no puedo moverme —respondí con un hilo de voz, pero con la esperanza de que en breve estaría a salvo.

—Pues lo tienes jodido, chico, los sanitarios están muy lejos de aquí y nosotros cuatro no podemos transportarte. Puedes tener lesiones internas graves y solo empeoraríamos tu estado.

—¿Entonces? —mi pregunta quedó apagada por un gran estruendo. Un obús acababa de impactar muy cerca, con lo cual mis supuestos salvadores se marcharon a todo correr, dejándome allí tirado. Solo el sargento Ramírez se detuvo un momento y girándose, me miró, afligido.

—No te muevas, mantente quieto. Así podrás pasar desapercibido. En cuanto lleguemos a nuestro puesto de mando, daré aviso para que, cuando todo este follón se haya calmado, vengan a por ti. ¡Toma! —dijo lanzándome una cantimplora. Al menos no me moriría de sed. Pero si me encontraban los soldados marroquíes, estaría perdido. Esos no tendrían misericordia de un soldado republicano herido

*****

No sé cuánto tiempo debió pasar desde que aquellos tres soldados y el sargento me dejaron abandonado a mi suerte, pues perdí el conocimiento, no sé si por la debilidad provocada por la pérdida de sangre, por la falta de alimento o por ambas cosas.

Afortunadamente, antes de que eso ocurriera, tuve la precaución de cubrirme como pude con la abundante hojarasca que había a mi alrededor. Una forma de camuflaje que funcionó.

Solo sé que cuando volví en mí, clareaba y hacia un frío espantoso. Ese final de otoño estaba siendo anormalmente gélido.

Entonces volví a temer por mi vida. Me sentía desfallecer. Si nada ni nadie lo remediaba, no tardaría mucho en reunirme con mis compañeros caídos en la reciente batalla, la del Ebro. ¡Cuánta sangre derramada!

El silencio hacía presagiar que nuestro ejército estaba ya muy lejos y que el nacional había pasado seguramente de largo. No debía quedar nadie que pudiera venir en mi ayuda. No sentía los dedos de las manos ni de los pies. Tiritaba en forma de violentos espasmos. Pensé en gritar sin importarme si quien me encontraba era de los nuestros o no. Pero ¿quién podría estar merodeando por un campo que hasta hacía poco había sido pasto de las bombas?

Cuando volvió a oscurecer ya perdí definitivamente toda esperanza de ser rescatado. Ese sería mi final y ese campo mi lecho de muerte. Lo que más lamentaba era que mi familia no supiera nada de mí hasta mucho después de acabada la guerra, cuando mi cuerpo solo fuera un montón de huesos cubiertos por un uniforme andrajoso. Lo único que me identificaría sería mi cartilla militar.

El cielo estaba estrellado. Nunca había visto tantas estrellas y tan resplandecientes. Quizá se había acabado la guerra y lo estaban celebrando. Pero esa maravillosa visión no tardó en quedar nublada por mis lágrimas. Aquello era el fin. Decidí, pues, dejarme llevar. Que todo acabara de una vez.

Pero en ese preciso instante oí un ruido. No parecía de un animal. Eran unos pasos. Alguien andaba por allí, no muy lejos de donde yo yacía.

Y entonces grité.

 

Continuará…

sábado, 14 de noviembre de 2020

Que alguien me ayude

 


Mi visión es borrosa y solo puedo oír zumbidos ensordecedores. Debe ser fruto de la conmoción. También siento un terrible dolor al respirar, que se agudiza al moverme. Debo tener algunas costillas rotas. Las piernas no me responden. No puedo incorporarme. Recuerdo haber saltado por los aires. Debí pisar una mina. Pero al menos estoy vivo.

Me parece oír un ruido de motores. Serán los camiones, que avanzan hacia las líneas enemigas.  

Llueve. Me siento muy débil. No quiero ser uno más de los cuerpos sin vida que recogen los camilleros después de la batalla.

Todo está en calma, pero nadie viene a auxiliarme. Cuando me encuentren quizá ya sea demasiado tarde.


No sé cuántas horas han transcurrido. Está oscureciendo y la temperatura está bajando mucho. Podría morir de frío. Dicen que es una muerte muy dulce, pero sería una putada morir ahora, que la guerra está a punto de terminar.

Sigo sin ver bien, pero los acúfenos han desaparecido. Continúo sin poder moverme.  Estoy a expensas del enemigo. Y de las alimañas. Oigo explosiones. Suenan cada vez más cercanas. La línea de fuego se está acercando. Significa que retrocedemos. Espero que den conmigo.

Oigo pasos. Quiero pedir auxilio, pero no sé si son amigos. Se acercan. Oigo su respiración entrecortada. Se detienen junto a mí. Alzo la cabeza todo lo que puedo para poder verlos, pero solo distingo unas siluetas en la oscuridad. Son soldados. Uno de ellos se agacha y me observa. No puedo identificar el uniforme.       

 Continuará…



sábado, 7 de noviembre de 2020

La araña

 ¿Creíais que con la historia de la mosca (Ver aquí) todo había terminado? Yo también lo creía, pero no. Tuvo que pasar un año para que mi vida diera un nuevo vuelco.



Desde que publiqué mi segunda novela, La mosca, la gente me paraba por la calle para preguntarme qué había de cierto en esa historia tan increíble. La misma pregunta me la hicieron decenas de veces durante la firma de libros y en las entrevistas que me hicieron en la radio y en la televisión. Y siempre respondía con evasivas, dejando un halo de misterio. Era como un juego, pues en el fondo nadie podía creer que mi novela tuviera siquiera un indicio de realismo.

Así pues, durante ese tiempo de bonanza, mi vida volvió a fluir con normalidad. Incluso llegué a sentirme lo suficientemente animado como para intentar escribir una nueva novela. Solo perturbaba, de vez en cuando, esa tranquilidad una pesadilla recurrente. En ella aparecía la mosca que maté accidentalmente. Venía a visitarme y me reprochaba haberla aplastado sin contemplaciones después de todo lo que había hecho por mí. Yo intentaba disculparme, pero no atendía a razones y cada vez se volvía más agresiva. De pronto aparecía de la nada una enorme araña que, con sus no menos enormes quelíceros, la atrapaba y, sin que yo pudiera evitarlo, la engullía. Yo gritaba y gritaba. Y en ese preciso instante me despertaba empapado en sudor.

Supuse que todo era fruto de mi remordimiento, por haber sido tan descuidado. Con el tiempo y algún que otro somnífero, logré descansar por las noches y acabé por quitarme de encima el sentimiento de culpabilidad que todavía me invadía. Pero la paz no duró mucho, pues del mismo modo que después de la tormenta viene la calma, también puede ocurrir lo contrario. Esa calma en la que vivía solo fue un paréntesis, porque un día todo volvió a cambiar.

Ese fatídico día, cuando me disponía a salir al jardín para tomarme una taza de café, descubrí que, en el mismo rincón del comedor donde tiempo atrás apareció aquella araña que acabé exterminando, había una nueva telaraña en cuyo centro descansaba su tejedora. No pertenecía a la misma especie que la anterior. Solo habría faltado que se tratara de una revancha por lo que le hice a su congénere. Con la escoba en alto, dudé por unos segundos si acabar con ella o dejarla vivir. ¿Acaso no había sentido remordimientos por lo que en su día consideré una hazaña injusta? En ello estaba reflexionando, cuando mi nuevo huésped arácnido aprovechó mi indecisión y se dio a la fuga con una agilidad pasmosa, yendo a refugiarse detrás del aparador. De vez en cuando, se asomaba, pero al verme al acecho, volvía a esconderse. Parecía ser tan lista como mi querida mosca, pero más astuta.

En esta ocasión la Wikipedia me informó de que la nueva inquilina era una Loxosceles rufescens, conocida también como la araña violinista mediterránea, y la definía como la más venenosa de la península ibérica. Como estuviera urdiendo una venganza, lo tenía crudo.

Decidí que, de ser necesario, me pasaría todo el día de guardia, sin perder de vista los cuatro puntos cardinales del mueble que le había servido de refugio. Estaba preocupado y enfurecido a la vez por mi mala suerte. Estaba dispuesto a quemar ese mueble si así me libraba de ella.

Después de más de doce horas de hacer de centinela tuve que rendirme. Ya buscaría el modo de deshacerme de aquel ejemplar. Total, era un animal diminuto en comparación con un ser humano. Pero precisamente su tamaño le profería la capacidad de escabullirse e introducirse dónde le diera la real gana, y, por otra parte, siendo, como había leído, de hábitos nocturnos, podía colarse en mi dormitorio mientras dormía. Eso sí que no. Ante tal posibilidad, decidí cerrar herméticamente la puerta y las ventanas de la habitación para no dejar ningún resquicio por el que pudiera entrar.

Estuve toda la noche sin apenas dormir, abriendo y cerrando la luz y dándole vueltas al asunto que ahora me traía de cabeza. Si a la mañana siguiente seguía sin dar con la araña o se me volvía a escapar, siempre me quedaba el recurso de la fumigación. Pero volvieron a asaltarme las dudas. ¿Y si le daba un voto de confianza? Total, solo había hecho lo que haría cualquier ser vivo que se sintiera acorralado: huir y esconderse. ¿Por qué iba a morderme si la dejaba en paz? Sería como un pacto tácito de no agresión mutua.

De este modo, pasaron los días sin ningún tipo de sobresalto por mi parte ni de actitud desafiante por la suya. De lo que también pude dar fe es de que nunca la casa había estado tan limpia de insectos, pues todos caían presos en su tela. No sé cómo se las arreglaba para atraerlos a su rincón. Aunque aquella visión me repelía, asumí que, por otra parte, era muy práctico. Ahora podía dejar la puerta del jardín abierta para que pasara el aire sin temor a que la casa fuera invadida por cualquier espécimen de insecto y demás calaña artropomórfica (sí, lector, ya sé que este término no existe, pero ya nos entendemos, ¿verdad?).

 

Pero esta nueva situación, a la que acabé acostumbrándome, duró poco. Duró exactamente lo que tardó en aparecer, como debía de haber supuesto, un macho de su especie en busca de pareja, sin duda atraído por las feromonas femeninas de esa Loxosceles rufescens. Su intrusión me pasó totalmente desapercibida porque, tal como me revelaron mis fuentes, los machos son de menor tamaño y porque un macho en celo se las apaña como sea para conseguir su objetivo. 

Ello se hizo patente cuando, al cabo de unas semanas desde la aparición de “mi araña”, cientos de pequeños retoños pululaban por la casa. Acabar con ellos habría sido un genocidio arañil que no podía permitir ni quería repetir. ¿Qué hacer ante tal despropósito? Pues lo que se suele hacer cuando no se sabe qué hacer. Me quedé de brazos cruzados, dejando que los acontecimientos siguieran su curso natural. Ahora me doy cuenta de mi insensatez.

Tenía todos los rincones de la casa ocupados por telarañas. Casi no podía desplazarme de un lugar a otro sin quedar atrapado por esos pegajosos filamentos que cada vez eran de mayor tamaño. Como no distinguía a la araña primigenia del resto, no podía acudir en su ayuda. Quizá ya había muerto y todas las que ocupaban mi residencia eran sus descendientes o las descendientes de sus descendientes. Cría cuervos… o arañas, que da lo mismo. No me atrevía a salir al jardín ni a la calle por temor a que me atacaran, pues cada vez que adivinaban mis intenciones se me acercaban en actitud intimidatoria. Una sola picadura podría ser inocua, pero la de cientos de individuos me podía provocar un shock anafiláctico que acabase conmigo. Si por una picadura de abeja ya tuve que tomar una buena dosis de antihistamínico…

 

Ante esa situación, me parapeté en mi despacho, el único refugio en el que me sentía a salvo. Aun así, decidí, tras pensármelo mucho, pedir ayuda a mi mujer. Le dejé un montón de mensajes de voz en su teléfono y por WhastsApp, pero no recibí respuesta alguna. Lo mismo me ocurrió con mis hijos y mis amigos. Me debieron creer loco de atar. Y mientras tanto, yo confinado entre estas cuatro paredes. Además, con las prisas, me olvidé el cargador del teléfono móvil en alguna parte de la casa. Me he quedado sin batería. No puedo pedir auxilio a nadie. No se me ocurre ninguna escapatoria.

 

Después de dos días sin comer ni beber, y sin apenas dormir, estoy tan débil que me cuesta escribir. Me tiemblan las manos y las letras se vuelven borrosas. Estoy haciendo un gran esfuerzo para dejar constancia de todo lo ocurrido.

Se acercan, oigo ese chirriar tan desagradable que producen cuando se enfurecen. Están detrás de la puerta. El sonido que producen sus patas al desplazarse por la madera me provoca escalofríos. Deben ya ser miles los ejemplares ansiosos por devorarme. Aunque he sellado la puerta por sus cuatro costados, sé que lograrán entrar.

La única esperanza que me queda es que mi mujer o mis hijos encuentren este diario y acaben publicándolo. Sería mi obra póstuma.

 Han logrado entrar. Es mi fin y el de esta historia. 



jueves, 29 de octubre de 2020

La mosca

 

Siempre me han disgustado los insectos, de todas las familias, géneros y especies, pero lo que menos soporto es la presencia de moscas en casa, algo casi inevitable en verano. Cuando menos te lo esperas, zas, entran por un resquicio de una ventana o por la puerta que da al jardín, salvando cualquier escollo, ya sean plantas repelentes de insectos, cortinas disuasorias o incluso mosquiteras que pretenden hacer de cortafuegos. Da igual, en cuanto llega el calorcillo se nos cuela en casa algún ejemplar de mosca, por no hablar de sus congéneres los mosquitos chupasangre.

Pero con un poco, o mucha paciencia, siempre hemos acabado con esos intrusos, a base de tortazos con la pala matamoscas o, cuando no hay otro remedio, con un buen chorro de insecticida, y que el medio ambiente me perdone.

Generalmente era mi mujer la que se encargaba de la exterminación de todos esos okupas. Le dejaba a ella ese menester porque se le daba muy bien. Y le encantaba, sea dicho de paso. Lo hacía con tanta enjundia que casi me daba miedo mirarla a la cara en pleno trance. Parecía una psicópata asesina.

Como habréis adivinado, si hablo en pasado es porque mi mujer ya no vive conmigo. Me dejó hace cosa de un año. Y todo por culpa de una mosca cojonera, como ella la llamaba.

Resultó que no había forma de matarla. Era muy lista. Estaba por todas partes. Tenía el don de la ubicuidad. Pero, en realidad, no molestaba. Se quedaba quieta sobre cualquier superficie, ya fuera una lámpara, un cuadro, el televisor o cualquier otro mueble de la casa. Inmóvil, como si desde su puesto de observación nos vigilara. Mi mujer se volvió histérica ante la imposibilidad de acabar con ella, bien aplastándola, bien echándola mediante toda clase de aspavientos blandiendo un trapo de cocina u otro objeto que tuviera a mano.

El caso es que, al cabo de unos días, le pedí que abandonara el intento y que la dejara tranquila, que ya se iría cuando quisiera o se cansara de nosotros. Pero no fue así y acabó convirtiéndose en un miembro más de la familia. Hasta el perro se acabó acostumbrando a su presencia y dejó de dar bocados al aire cuando la veía volar. Para mí acabó siendo otra mascota, pero con la ventaja de que no teníamos que cuidarla, se cuidaba sola.

Desde que la dejamos tranquila, me seguía a todas partes. Debió verme como su protector. Cuando me sentaba ante el ordenador, se quedaba junto a mí, posada sobre el marco de la pantalla o bien a una distancia prudencial, pero siempre alerta. Acabé creyendo que su presencia tenía un motivo providencial y no tardé mucho en darme cuenta de cuál era. Y es que desde que apareció en mi vida, mis ideas brotaban con una facilidad pasmosa, rebosaba inspiración y nunca había sentido tantas ganas de escribir. La novela que tenía encallada desde hacía meses, la completé en tres semanas. Increíble pero cierto.

Cuando se lo confesé a mi mujer, me tomó por loco. Nuestras discusiones por culpa de “mi mosca” —así fue como acabó refiriéndose a mi musa díptera— se hicieron cada vez más frecuentes y violentas, hasta que decidió marcharse a casa de su madre. Y encima se llevó con ella al perro. Así pues, como nuestros dos hijos ya hace tiempo que se independizaron, me he quedado completamente solo en casa. Bueno, solo no, con mi mosca. Y es que, ahora más que nunca, me hace mucha compañía. Solo tengo que llamarla y acude veloz a mi lado. Cuando veo la televisión, se posa en mi hombro o en el reposabrazos de mi sillón, y cuando me acuesto en la cama matrimonial lo hace sobre la otra almohada. Somos una pareja feliz. Cuando se lo conté —no sin cierto reparo— a mi mujer, me amenazó con declararme mentalmente incapacitado si seguía con esa historia.

 

Mi novela se publicó y, según mi editor, promete ser todo un éxito. Reservé un ejemplar para dedicárselo a mi mujer. Así vería mi buena disposición y el resultado de tanto sacrificio. Furioso como estaba cuando me dejó, no la mencioné en el apartado que suele utilizarse para las dedicatorias. Solo puse “A mi musa, que me ha acompañado en todo momento a lo largo de esta aventura”. Y, claro, sabría que no me refería a ella. Eso podría soliviantarla todavía más y no deseaba más disputas sino la reconciliación. Tenía que pensar, pues, en una dedicatoria apropiada para doblegar su animadversión hacia mí y mi mosca.

El día del lanzamiento oficial del libro acabé agotado. Demasiadas emociones. El brindis, los beneplácitos, la firma de ejemplares, para terminar con una cena con un reducido grupo de críticos invitados por la Editorial —supongo que los tienen en nómina.

Al llegar a casa, de noche, vino a saludarme mi amiga voladora. Como no estaba para cháchara, me fui directamente a la cama con un ejemplar de mi novela en la mano. Lo abrí por la página donde quería escribir mi dedicatoria personal, pero no se me ocurría nada mínimamente imaginativo y romántico. Se me cerraban los ojos y tenía la cabeza cada vez más turbia. Me había pasado con el Cava. Aun así, hice un esfuerzo y logré escribir: “Para mi querida Isabel, por haber tenido que soportar mis ausencias físicas y mentales a lo largo de la creación de esta obra”. No era precisamente una dedicatoria romántica ni original, pero fue todo lo que se me ocurrió en mi estado de semiinconsciencia. Una vez cumplido mi propósito, cerré el libro, lo lancé sobre la cama y, rendido, apagué la luz.

A la mañana siguiente, cuando fui a la cocina para desayunar, me sorprendió no encontrar a mi querida mosca revoloteando por la cocina o bien posada sobre la mesa, esperando a que sirviera, como cada mañana, las tostadas con mantequilla y mermelada de naranja que tanto le gustan. La busqué por todas partes. Ni rastro de ella. Se había esfumado. Intenté hacer memoria de dónde la había visto por última vez. En el dormitorio, ayer por la noche, recordé. De pronto, me invadió un sobresalto. Un terrible mal presagio me dominó de tal modo que me dirigí corriendo hacia allí ¡No, no, no, por favor, no!, no dejaba de repetir.

En mi cama, todavía revuelta, yacía el ejemplar del libro. Lo tomé con manos temblorosas. Un grito de horror brotó de mis entrañas. ¡No podía ser! Mi mosca yacía espachurrada sobre la colcha. Debí aplastarla al lanzar el libro sin reparar en ella. La pillaría desprevenida; últimamente había engordado mucho, se había vuelto lenta y descuidada. Y eso, en un insecto, se paga caro. ¡Pobre mosca! ¿Qué sería de mí?

A pesar de todo, le envié a mi mujer el libro dedicado. Al poco recibí un mensaje por WhatsApp: “Muy bonita la dedicatoria, pero ¿qué es ese asqueroso manchón negro que hay en la portada? Podrías, al menos, haber tenido el detalle de enviarme un ejemplar inmaculado, ¿no? Por cierto, ¿sigue en casa aquella mosca?” No le contesté. No me sentía con fuerzas para contarle lo ocurrido. Conociéndola, se habría reído y dicho algo así como «¡pobre mosquita muerta!»

Desde ese luctuoso acontecimiento no levantaba cabeza. Caí en un estado depresivo y de una pasividad creativa sin precedentes. Debía buscar una solución sin demora. ¿No dicen que un clavo saca otro clavo? Resultaba mezquino, pero quizá debía ponerlo en práctica. Encontrar una sustituta. A tal fin decidí dejar la puerta del jardín permanentemente abierta. Quizá volvería a repetirse el prodigio. Pero lo único que conseguí fue vivir rodeado de bichos de todo tipo y calaña que no dejaban de importunarme. Mi cuerpo se llenó de picaduras, ronchas e hinchazones. No dejaba de tomar antihistamínicos, que solo me producían más y más somnolencia.

Tuve que acabar adoptando una decisión drástica y pragmática: fumigar toda la casa. Ya no habría más puertas ni ventanas abiertas. Decidí olvidar todo ese increíble episodio y concentrarme única y exclusivamente en la escritura siguiendo el consejo de mi editor: “Escribe, escribe y escribe. Cada día, a todas horas. Algo bueno acabará saliendo. Debes confiar en ti”. Pero, por mucho que me esforzaba, no lograba escribir nada decente.

Por si fuera poco, unos días más tarde hallé una araña en una esquina del salón. Debió colarse sin que me diera cuenta. Iba a liquidarla cuando recordé que días atrás había leído que existe la creencia de que las arañas dan buena suerte y que, por ello, no hay que matarlas. No sé cuánto tiempo debía haber estado el animalillo en ese rincón, pero ya había tejido una pequeña red, desde la cual me observaba atentamente con sus cuatro pares de ojos. Me miraba y tejía a la vez. Muy hacendosa ella. Me cayó bien. Quizá también tenga el don de inspirarme, pensé, esperanzado.

Como, lógicamente, no podía seguirme a todas partes, decidí trasladar mi lugar de trabajo al salón. Tras dos días y sus noches ante el teclado no se me ocurría absolutamente nada. Quizá mi nueva inquilina necesitaba aclimatarse y tomarme confianza. Pero lo único que noté en ese tiempo fue que el tamaño de la telaraña había aumentado considerablemente. ¿Y si solo es una vulgar araña? Debería tener a mano, por si acaso, una escoba y el insecticida, me dije.

Consulté la Wikipedia y se trataba, por su morfología y tamaño, de una hembra de la especie Araneus diadematus, conocida también como araña de jardín o araña de la cruz. Es una especie bastante inofensiva, no suele picar a menos que se sienta acorralada y, aun así, su picadura, aunque molesta, es inocua. Menos mal, pensé.

Pero con lo que yo no contaba es que, la muy pícara, había copulado antes de buscar refugio en mi salón, pues me percaté, de pronto, que había tejido un capullo, que protegía celosamente y del que emergerían en breve vete tú a saber cuántas arañitas tocapelotas. Muy a mi pesar, no tuve más remedio que echar mano de mis armas mortíferas. Y si eso me traía mala suerte, pues que así fuera. Peor ya no me podía ir. ¡Qué ingenuo fui! Creer que podía repetirse el prodigio…

 

A falta de mi mosca viva, enmarqué una de las fotos que le hice cuando todavía gozaba de buena salud. Podría ser un buen sucedáneo, mi amuleto de la suerte, pensé. Y si algún día venía a verme mi mujer, solo tenía que esconderla y ya está. Pero han pasado ya tres meses y las ideas siguen sin fluir. ¡Cuánto echo de menos a mi mosca! Y también me pregunto si hice mal cargándome a aquella pobre araña y a toda su prole. Quizá sí que, a la larga, me habría traído suerte. Estoy hecho un lío. No sé qué hacer ni a quién recurrir. No sé…, quizá podría escribir una historia sobre todo lo que me ha ocurrido. ¡Qué gran idea!  Siempre me ha fascinado el género fantástico. Nadie tiene que saber que está basada en hechos reales. Y si llega a publicarse, espero que mi mujer sepa mantener la boca cerrada.

 

jueves, 15 de octubre de 2020

Mambrú se fue a la guerra

 


Su padre siempre quiso que siguiera su oficio de alfarero. «Los artesanos no se hacen ricos, pero son gente respetada y siempre tendrás un plato en la mesa», le repetía. El pequeño Humam, quería, en cambio, ser soldado.

—Pero, ¿por qué quieres ser soldado, hijo?

—¿Acaso mi nombre no significa “el valeroso”, padre?

—Sí, hijo, pero se puede ser valeroso de muchas formas, sin necesidad de empuñar un arma. Las armas solo traen dolor y muerte, recuérdalo siempre.

 

Ahora, diez años después, Humam recuerda, como si fuera ayer, esas palabras que pronunció su difunto padre cuando él todavía no había llegado a la adolescencia.

La noche es muy fría, está aterido y acurrucado en un rincón de un edificio medio derruido que huele a heces, orina y sudor. A lo lejos se oye el estruendo de las bombas. Por las rendijas de las contraventanas no se ve ni un alma. O todos han abandonado la ciudad o están, como él, agazapados en algún escondrijo invisible a ojos del enemigo.

Para mitigar el miedo y la soledad se pone a tararear aquella cancioncilla popular que tantas veces había cantado de niño y por la cual sus compañeros de escuela le habían puesto el apodo de Mambrú: «Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor qué pena…» Y ahí se detiene. Ya no le resulta tan grata esa canción que tiene un final tan triste. Él no quiere acabar como su protagonista.

¿Volveré algún día a casa o acabaré como Mambrú?, se pregunta.

Las pilas de su destartalada linterna flaquean arrojando una luz débil e intermitente sobre el ajado calendario, en el que ha ido tachando, uno a uno, los días de cautiverio, pues se siente cautivo por esa guerra indeseada e indeseable a la que le han forzado a participar. Ahora reniega de su deseo infantil.

Lleva seis meses en ese infierno y solo le falta una semana para cumplir los veintiún años. No tuvo ocasión de pedir la mano de Amina, cuyo nombre hace justicia a su forma de ser. Significa mujer calmada, leal, sincera y fiel, en la que se puede confiar. Seguro que le estará esperando, tal como le prometió la última vez que se vieron, él de uniforme y ella secándose las lágrimas. Todavía la recuerda de pie, diciéndole adiós con la mano y haciéndose cada vez más pequeña a sus ojos, mientras el camión se alejaba hacia la línea de fuego, dejando atrás una estela de polvo.

 A Humam, el frío y el cansancio le producen una somnolencia que le hace dar cabezadas. Tiene que dormir, no soportará otra noche en vela. Está solo y en cualquier momento puede aparecer un soldado enemigo y acabar con él y con todos sus sueños. Cierra los ojos intentando descansar y dejarse llevar por la ensoñación, que es el único recurso que tiene para no desesperar.

 

—¿Cómo te llamas? —le preguntó aquella chiquilla a la que solo conocía de vista, pero de la que se prendó desde el primer día que la vio llenando una jarra de agua en la fuente de la plaza donde él vivía.

—Mi nombre es Humam —le contestó, azorado, pues nunca una niña le había dirigido la palabra—. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Me llamo Amina. ¿A que es bonito? Significa…

—Mujer bella de ojos claros —se adelantó el chico, sonriendo tímidamente y haciendo alarde de una osadía que no sentía.

—Pero ¿qué dices? No significa esto, significa que soy, hum… ¿cómo te lo diría?, una chica buena y formal, que se puede confiar en mí. Leal, ¡esa es la palabra! Mi padre dice que me pusieron ese nombre porque el nombre hace que una persona se convierta en lo que significa. Y el tuyo ¿Qué significado tiene?

—Humam quiere decir valeroso.

—¡Qué bien!, así, de mayor serás un hombre muy valiente. Yo quiero casarme con un guerrero fuerte y valeroso —le dijo la niña mientras se alejaba con la jarra apoyada en una de sus caderas, perdiendo agua a cada paso. Y así, siguiendo el rastro húmedo que Amina fue dejando en el suelo arenoso de aquel barrio de Alepo, supo donde vivía esa hermosura de tez morena y ojos claros.

 

El eco de una ametralladora devuelve a Humam a la realidad. Mira a través de la grieta de la pared que hace tan solo dos días un obús ha dejado, como cicatriz incurable. Huele a pólvora y la noche sigue siendo negra y fría. Calcula que los disparos se producen, por lo menos, a un kilómetro de distancia.

«¿Dónde estará mi destacamento?, se pregunta angustiado. Hace días que no sé nada de él. ¿Por qué se fueron sin avisarme? Me dejaron de guardia y me dormí. Debieron tener que marcharse rápida y sigilosamente y no repararon en mí o bien no tuvieron reparos en abandonarme por haber sido tan negligente. Por lo menos tengo un arma, aunque con escasa munición. Si los soldados del ejército rebelde llegaran a descubrirme sería mejor entregarme que luchar. Mientras tanto, sobrevivo milagrosamente al hambre y la sed sin salir de este agujero, como una rata asustada. No puedo engañarme, nunca he sido valiente, mi única heroicidad fue vencer mi terrible timidez para declararme a Amina. Su solo recuerdo llena mis horas de soledad y me anima a sobrevivir. Su fotografía dedicada que llevo en el bolsillo es como un bálsamo que me ayuda a superar estos momentos de angustia.  Sueño que regreso con vida y que me recibe con los brazos abiertos, llorando de alegría porque, por fin, seremos felices convertidos en marido y mujer, como nos prometimos antes de separarnos».

 

Cuando Amina cumplió la edad de ser entregada en matrimonio, su padre convino la boda con un tal Mahdi, que significa “el salvador”. Y, en efecto, casarse con ese hombre, veinte años mayor que ella, significaba la salvación de su familia, que estaba en la bancarrota. Los negocios del padre de Amina se fueron al traste. Con la guerra a las puertas. ¿quién quería comprar ropa, alfombras, cortinas y todo tipo de baratijas? Los campesinos, en cambio, se estaban enriqueciendo. La fruta y las verduras se habían convertido en un bien escaso. Los precios habían subido exageradamente, la gente no tenía más remedio que pagar lo que se les pedía. Solo los ricos podían permitirse el lujo de comer carne. Y Mahdi, no se sabía cómo, tenía ese privilegio. Nadaba en la abundancia. Nadie se atrevía a preguntar de dónde salía todo ese dinero que gastaba a espuertas, como ostentación ante su futura familia.

Cuando Humam se enteró, se quería morir. Todavía era aprendiz de alfarero en el taller de su padre y nunca podría aspirar a ser tan rico como aquel viejo. Amina, por su parte, no sabía el modo de impedirlo. Su madre hacía oídos sordos a sus súplicas y su padre le habría dado una paliza al mostrarse reacia a aceptar su mandato. La entregaría a un hombre desconocido, un viejo para ella, y que, con toda seguridad, la trataría como a una esclava. Amina llegó a rogarle a Humam que se la llevara lejos de Alepo, aunque tuvieran que vivir de la mendicidad, corriendo el riesgo de ser juzgados y castigados por haber faltado al dictado de las leyes, cuyo primer precepto es respetar a los progenitores.

 

        «Ojalá lo hubiera hecho. Ahora seguramente no estaría aquí, no me habrían arrastrado a esta guerra que no siento mía. Viviríamos muy lejos de este infierno que solo depara sufrimiento y muerte».

«Esta noche procuraré dormir, porque de seguir así, ni siquiera seré capaz de levantarme y andar cuando me tomen preso».

«O mis oídos me engañan o los disparos suenan cada vez más cercanos. Tengo que tomar una determinación por arriesgada que sea. No puedo seguir así, sin comida ni agua. Si no ha sido destruida por el último bombardeo, había una fuente junto a la vieja escuela. Comida, en cambio, no podré obtener si no logro llegar hasta donde estén las tropas, aunque sean las enemigas. Si es necesario, me entregaré, cambiaré de bando, a cambio de cobijo y alimentos. Cuando amanezca, saldré de aquí, a esas horas nunca se producen escaramuzas».

 

Entre el silencio y la oscuridad de una noche sin luna, a Humam le parece oír un silbido que va repitiendo el mismo estribillo una y otra vez. Poco a poco, se hace más perceptible, hasta que despierta al joven de su duermevela. Presta atención. Reconoce esa canción. «Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor qué pena», repite la melodía. ¿Quién puede ser? ¿Será casual? A fin de cuentas, es una canción muy antigua y tradicional, muchos la conocen. Pero a qué viene silbarla ahora, de noche, y aquí, en un lugar como este. ¿Y si es un compañero que le conoce y sabe que se ha escondido allí sin atreverse a salir? Quizá sea una llamada de alguien que quiere identificarse como amigo.

Humam se yergue y saca la cabeza hasta la nariz por el hueco de lo que queda de una ventana. Usa sus prismáticos de visión nocturna y los enfoca hacia donde cree que está el silbador. Ve un casco que se mueve. Es él, sin duda. Le devuelve el silbido de la cancioncilla. Ahora parecen dos aves nocturnas tratando de comunicarse y paliar así su desamparo y soledad. Pero ese soldado le conoce, sabe que es Mambrú y de ahí que silbe esa canción de su infancia. Ahora que ya se han identificado, su nuevo vecino le hace señales con una linterna. Por fortuna, Humam sabe leer morse. Entiende que le pide que vaya a su encuentro, que se halla malherido y casi no puede caminar. Pero dispone de agua y unos pocos víveres. Le dice que al día siguiente llegarán tropas de refuerzo. Humam le pregunta quién es. El desconocido se identifica como Marwan Eljal. ¡Marwan!, su mejor amigo de la escuela. ¡Qué sorpresa tan agradable! ¿Cómo y cuándo habrá llegado hasta allí?

Marwan fue quién le enseñó a usar el tirachinas y a pescar. Aún recuerda sus escapadas para avistar aves nocturnas y las correrías por las que Humam fue castigado por su madre en más de una ocasión. Fue él quien le bautizó como Mambrú para mofarse y que acabó siendo su apodo para siempre entre sus compañeros. No había sabido nada de él desde que se separaron al ser enrolados por el ejército gubernamental. Si todo iba bien regresarían juntos sanos y salvos.

Tras asegurarse de que la calle está desierta y que no se oyen disparos ni explosiones, Humam sale de su escondrijo. Antes de llegar al edificio en ruinas donde está su amigo, se oye un disparo. No se sabe de dónde ha salido el francotirador. Los debía de haber oído silbar y estaba esperando la ocasión. Humam cae tendido de espaldas sobre un montón de cascotes. Sangra abundantemente. Entre las sombras aparece un soldado, pero no es de los suyos. Es del ejército rebelde. Se acerca, se pone de cuclillas junto a él y se quita el casco, que deja en el suelo. Acerca su cara a la de Humam y parece que esboza una sonrisa irónica. Es Marwan. Si no fuera por esa sonrisa, parecería que siente la muerte de su antiguo amigo, pues menea la cabeza de derecha a izquierda, negando la evidencia. «¡Quién lo iba a decir!», parece dar a entender.

—¿Por qué no te pasaste al bando rebelde, Mambrú? ¿Ves lo que he tenido que hacer? Llevaba días acechándote. El viejo Mahdi murió en un bombardeo de la casa donde tenía su negocio. Ahora el camino ha quedado despejado. Cuando vuelva, le presentaré mis respetos a los padres de Amina y les pediré su mano. Ahora mi familia tiene mucho dinero. La guerra ha sido su mejor aliado. La suya está en la ruina, pues todo lo que poseía aquel viejo asqueroso desapareció pasto de las llamas. Ahora es mi turno. Siempre estuve enamorado de esa preciosidad de tez morena y ojos claros, como tú la llamabas. Lo siento, amigo. —Añadió algo más, pero fue enmudecido por una gran explosión.

Humam, o Mambrú, qué más da, antes de perder la consciencia esboza una sonrisa de pena y de satisfacción a la vez; pena al comprender que no volverá a ver a Amina, y satisfacción al ver cómo desde lo más alto caen sobre ellos grandes bloques de piedra que los sepultará para siempre.


martes, 6 de octubre de 2020

Cuestión de principios

 


Veinte años de servicio y un historial impecable. No habría llegado a comisario de no haber demostrado mi valía. Desde que entré en el cuerpo de policía quise formar parte del departamento de homicidios. Enseguida vieron que tenía un ojo clínico para desenmascarar al más escrupuloso de los asesinos. Mario, mi compañero de fatigas durante todos esos años, me decía, con sorna, que, de haber vivido en el Londres de 1888, sin duda habría descubierto la identidad de Jack el destripador. Pobre Mario. También prometía, y mucho. Habría llegado muy lejos de no haber sido por aquel inesperado y desgraciado incidente. Gajes del oficio. Es lo malo de meterse en asuntos turbios sin la debida preparación y sin nadie que te cubra las espaldas. Quería hacer méritos muy deprisa y eso le hizo demasiado intrépido y negligente. Ante los psicópatas, toda precaución es poca, pues son astutos e inteligentes. Por mucho que se lo repetí, no hubo forma de que me hiciera caso.

Mario y yo nos disputábamos el honor de ser el policía con más casos resueltos. Pero siempre le ganaba por goleada y creo que eso espoleó su ego y lo llevó a sentir una evidente antipatía hacia mí. De colega amistoso se convirtió en mi peor enemigo. Se convirtió en mi sombra, siempre buscando un fallo o desliz con el que pudiera desprestigiarme.

No dejo de pensar en él. Su muerte fue un daño colateral que nadie pudo evitar. No sabía a lo que se enfrentaba. Pisó el acelerador demasiado a fondo y no pudo frenar a tiempo. El hecho de actuar solo lo llevó a la tumba y a mí me dejó con un sentimiento de culpabilidad que los años me han ayudado a superar.

Su envidia por mis logros se disparó cuando empecé a gozar de la admiración de todo el departamento. Había resuelto uno de los casos más complicados a los que habíamos tenido que hacer frente. En una semana se habían cometido cuatro asesinatos. Cuatro prostitutas habían aparecido degolladas en unos descampados cercanos a la carretera donde ofrecían sus servicios. El modus operandi era el mismo: un corte en el cuello producido por un cuchillo de filo serrado y una carta del Tarot junto al cadáver, la carta de la Muerte. No había duda de que se trataba del mismo autor. El comisario de entonces me había encargado el caso, solo yo podía resolverlo, me dijo. Mi estimado predecesor confiaba mucho en mis cualidades de sabueso. De él aprendí mucho, prácticamente todo lo que sé sobre mentes criminales.

El caso es que a los pocos días de iniciar la investigación di con el asesino. Mario lo achacó a un golpe de suerte, pero fue en realidad mi astucia lo que me llevó al éxito. Mario no supo digerirlo.

El asesino resultó ser un alcohólico, un sintecho que había ido entrando y saliendo de varios centros de rehabilitación que solo consiguieron convertirlo en un sociópata. Su cerebro estaba tan trastornado que ni tan solo fue capaz de explicar por qué tenía en su poder el cuchillo del crimen, con sus huellas, y cuatro barajas del Tarot, a las que le faltaba la carta de la Muerte.

Aquello me valió mi primer ascenso. Me nombraron inspector jefe.

Pero ahí no acabaron mis hazañas. El siguiente caso fue todavía más llamativo. En esa ocasión, los asesinados eran tres indigentes como el que había acabado con la vida de aquellas cuatro mujeres de la calle. Habían sido quemados vivos mientras dormían arrebujados entre cartones. Los habían rociado con gasolina y prendido fuego. Mario se apresuró a conjeturar que se trataba de alguien que quiso vengar la muerte de aquellas prostitutas, una compañera sin duda. Pero yo demostré que estaba totalmente equivocado, lo cual exacerbó su inquina hacia mí.

En esta ocasión también di en el clavo en menos que canta un gallo. Mis sospechas recayeron en un tipo perteneciente a un grupo neonazi que hacía poco había protagonizado varias agresiones a mendigos que también dormían al raso. Por la descripción que hicieron de él, todo apuntaba a ese hijo de puta, pero el juez no quiso firmar una orden de registro por falta de pruebas y porque —todo hay que decirlo— era el hijo de un magistrado amigo suyo.

Pero para mí no había obstáculos y me las ingenié para conseguir esa orden. Tuvimos que echar la puerta abajo. Cuando entramos en su piso lo encontramos muerto. Sobredosis. Y también hallamos algunos bidones de gasolina. 

Gracias a ese nuevo éxito, otro ascenso vino a recompensarme. Sucedí a mi jefe que, por un desafortunado accidente automovilístico, dejó vacante el cargo.

Todo había resultado perfecto. Hasta que Mario se inmiscuyó. No sé cómo lo descubrió. Debió de seguir mis pasos, día y noche, sin que yo me percatara, algo muy extraño en mí. En eso debo reconocerle el mérito. No pude evitar eliminarlo. Sin duda me habría delatado. Después de lo que me había costado encontrar a aquellos dos chivos expiatorios y preparar las pruebas incriminatorias, por no mencionar mi perfecta imitación de la firma del juez. Manipular los frenos del coche de mi predecesor fue, en cambio, coser y cantar. 

No podía permitir que todo se fuera al garete. Mario no quiso atenerse a razones, por más que intenté convencerle de lo correcto de mis actos.

Siempre he detestado la prostitución y la mendicidad. Es cuestión de principios.



900 palabras

Ilustración: Anthony Hopkins en el papel de Hannibal Lecter en "El silencio de los corderos"