martes, 30 de diciembre de 2014

No es nada personal


“No es nada personal”, le dijo. Han transcurrido más de dos años y Julio aun recuerda, como si fuera hoy, estas palabras. Y si las recuerda tan bien es porque, con ellas, aquel director propició su desgracia y lo empujó a ser lo que es ahora: un sin techo.

A su edad, resultó imposible encontrar trabajo y la exigua indemnización, el escaso subsidio de desempleo y las muchas deudas que había contraído cuando la vida le sonreía, le llevó a una situación desesperada. No solo perdió sus bienes materiales, malvendidos unos y embargados los otros, sino también lo que nunca creyó que sería tan frágil y volátil: el amor que su esposa dijo, en su día, profesarle. En la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte os separe. Bonitas palabras pero sentimientos fugaces que se los llevó el viento o, mejor dicho, la ruina.

Faltaban escasos días para la Navidad cuando Julio, para combatir el frío del invierno recién llegado, deambulaba por esos grandes almacenes que antaño tanto frecuentaba con su mujer, siguiendo las reglas del consumismo. Ahora debía contentarse con observar cómo los demás hacían cola en la caja, cargados de paquetes y de sonrisas ilusionadas.

Esa noche, que prometía ser muy fría, no tendría suficiente abrigo en su ya habitual refugio nocturno: el cajero automático de aquella oficina de La Caixa. Allí dormía arropado por los cartones y papeles de periódico que renovaba regularmente, gracias a la inconsciente generosidad de los vecinos que vertían esos materiales de desecho en los contenedores.

A punto estaba de marcharse, resignado, cuando, en el departamento de material deportivo, descubrió unos excelentes sacos de dormir, rellenos de plumón de oca, que le procurarían –pensó- un calor físico, a falta del humano, para resistir las bajas temperaturas que se avecinaban.

No pudo o no quiso resistir la tentación de hacerse con uno de esos ejemplares expuestos al público y, creyendo no ser visto, se dio a la fuga, escaleras abajo, con el preciado artículo bajo el brazo.

Pero otro brazo, el de un vigilante jurado que, ojo avizor, le había descubierto en plena faena, le agarró tan fuertemente que le tumbó cuan largo era. Otro vigilante, alertado por las voces y la agitación del personal que, en aquellos momentos, abarrotaban el local, acudió en ayuda de su compañero. De este modo, entre los dos, se llevaron al ladrón en volandas al despacho del director del centro comercial para depositarlo, como si de un fardo se tratara, en una rígida e incómoda silla, que afortunadamente no era eléctrica.

Qué gran parecido tenía ese individuo con aquel otro director que lo envió al paro y a malvivir. Los mismos ojos escrutadores, la misma sonrisa sardónica, la misma cara amenazadora. Pero a éste, a diferencia de aquél, los argumentos que dio en su defensa parecieron conmoverle, le valieron una exculpación e incluso una mirada misericordiosa. Ese hombre, aparentemente frío y adusto, movido por el espíritu navideño o por su disimulada humanidad, acabó apiadándose de él. Despachó a sus gorilas de turno y, echando mano de su cartera, le dio a Julio lo que denominó un aguinaldo, como el que se le daba al cartero, al barrendero, al farolero y al sereno, en estas fechas, cuando ambos eran niños; un aguinaldo tan espléndido que le llenaría el estómago varios días.

Cuando Julio, sin poderse creer tanta generosidad por parte de un desconocido, se disponía a abandonar el despacho de aquel buen samaritano, éste le dijo:

-Pero hombre, no se olvide el paquete, que esta noche y en las próximas le va a hacer un gran servicio, no en vano es un saco de la mejor calidad.

Ya en la calle, avergonzado pero aliviado y agradecido a la vez, Julio se juró no volver a repetir tal tropelía. Nunca más sería increpado por apropiarse de un bien ajeno. No volvería a caer tan bajo. Sería pobre pero honrado.

Pero tal propósito duró bien poco. Al pasar junto a un quiosco de la ONCE, no pudo evitar darle un tirón a la hilera de boletos para el Cuponazo del viernes que, sujetos por unas pinzas, pendían de un alambre. De este modo, se llevó, sin que el pobre vendedor se apercibiera, un billete que, de resultar premiado, le haría millonario.
 
 
 
Ahora, estrenado el año nuevo y su nueva condición, se le acumulan los proyectos. Primero, una vivienda digna y luego, poco a poco, recompondría su malograda existencia. Entretanto, sin prisas pero sin pausa, iría pergeñando su venganza. Para empezar, localizará a quien, años atrás, le dijera aquellas hipócritas palabras antes de señalarle la puerta; luego se comprará un arma.
 
CONTINUARÁ
 
 

2 comentarios:

  1. Hola Josep, ya estoy aquí tratando de reponer mis vaguerías de lectura, jajaja, y desde luego cuando he comenzado a leer esta tan interesante, se me ha quitado.
    Un caso que por desgracia ha debido de ser bastante avitual, porque en épocas buenas, ha habido personas inmersas en trabajos muy bien retribuidos, y se han metido en gastos exagerados a largo plazo sin pensar lo que puede deparar el futuro...
    Encantador el gesto del jefe de los almacenes y muy interesante en como lo has dejado con ese cariz hacia la venganza.
    Siempre un gusto leer tus relatos tan entretenidos y tan bien llevados.
    Un abrazo.

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  2. Hola Elda. Es un placer tenerte de nuevo por aquí. Yo no me he tomado un descanso navideño a la hora de escribir pero sí he notado un cierto letargo en casi todos los blogs que sigo.
    Este relato viene a cuento de la última consigna que mi "profe" del taller de escritura creativa al que asisto. Se trataba de escribir dos relatos cortos, el primero (éste) en el que el protagonista quebrantara alguna norma social, y el segundo (continuación del anterior) basado en la crueldad o la venganza como en la película recientemente estrenada (y que te recomiendo) titulada "Relatos salvajes".
    Un abrazo.

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