jueves, 18 de mayo de 2017

La vidente

Microrrelato con el que participé en el "II certamen de microrrelatos IASA ascensores" y cuyo requisito temático consistía en que debía aparecer en el texto, como frase o parte de una frase, "maldito escalón".


Nunca he creído en videntes, pero ahí me encontraba, sentado ante ella. Felipe, con quien comparto piso y amistad, me la recomendó. 

Cuando, tras la sesión, me hallé de nuevo en el rellano de esa escalera tan lúgubre y sin ascensor, pensé que no debía haberlo hecho.  

Bajé los cinco pisos saltando los peldaños de dos en dos. Quería llegar cuanto antes a la calle y olvidar lo que me había dicho: “te espera algo muy duro”.

Sólo unos segundos después comprendí que aquella mujer no había errado en su predicción. Lo que me esperaba era una fractura de tibia y peroné y varias costillas rotas. Maldito escalón.


viernes, 5 de mayo de 2017

La autobiografía


Ildefonso era un hombre de aspecto imponente y huraño. A pesar de su introversión ─esa era la única lacra tras esa engañosa apariencia─ era un tipo amable, siempre dispuesto a echar una mano. Era el típico empleado solícito de quien se aprovechan superiores e iguales. Vivía totalmente entregado a su trabajo, un trabajo ingrato pero que le ayudaba a evadirse de la realidad. Su vida había estado repleta de fracasos amorosos y de penurias de toda índole. Perdió a sus padres siendo muy joven y tuvo que abrirse camino con mucho esfuerzo y no pocas dificultades. Ello, en lugar de dotarle de una elevada autoestima, le convirtió en una persona taciturna y solitaria, arrastrando consigo una existencia gris. En su vida no había colores, todo era en blanco y negro, monótono y aburrido.

A Ildefonso le llevó más de cincuenta años darse cuenta de lo inútil de su existencia. ¿De qué le había servido ser tan trabajador y disciplinado? Cuando le prejubilaron, poco antes de cumplir los sesenta, pensó que le quedaban por delante otros veinte años, por lo menos, siendo un don nadie, un ser anodino, un cero a la izquierda. Entonces se vino abajo pues ya ni siquiera tenía una ocupación a la que dedicar la mitad de su tiempo, de su día a día.

Pero, contra todo pronóstico, logró vencer el desánimo. Estuvo madurando una idea, la que había ocupado su mente durante tantos años y que había desechado repetidamente por ridícula, pues no se sentía capacitado para ello. Hasta que decidió hacer realidad su sueño: ser escritor. Y, de la noche a la mañana, se puso manos a la obra. Pero por mucho que se esforzaba, no hallaba una idea suficientemente original como para plasmarla en una novela. Como había supuesto, tampoco tenía tablas para lanzarse a escribir algo que mereciera la pena ser leído. Por no hablar de lo complicado que resultaría dar con una editorial interesada en publicárselo. No, escribir una novela era poner el listón demasiado alto, recapacitó. En su lugar, escribiría una autobiografía. Material tenía de sobras y no hacía falta ser un Cervantes para escribir sobre sí mismo. Pero ¿quién podría estar interesado en su vida? No era famoso, ni siquiera conocido. No era un tertuliano de un programa de televisión de gran audiencia, no era un periodista reconocido, no estaba relacionado con el mundo editorial, no era un locutor de radio que hubiera ganado un Premio Ondas, no era cantante, ni concursante de un Gran Hermano, ni amigo o conocido de un famosillo de turno. En fin, no era nadie cuya vida pudiera atraer la curiosidad de posibles lectores. A menos que hiciera algo que le catapultara a la fama o que le hiciera pasar a la historia, por el motivo que fuese.

Lo estuvo meditando largo y tendido y a su edad solo le quedaba una salida, una forma de alcanzar notoriedad. De algo le tenían que servir tantas series televisivas como había visto desde que no tenía nada mejor que hacer. Quien lea esto pensará que se volvió loco. Y quizá tenga razón. Pero esa fue su decisión. Pensó que su plan no podía fallar. Sería el único modo de que todo el mundo quisiera saber de él y se interesara por su biografía. Decidió convertirse en un asesino en serie.

¿Qué vida tuvo de pequeño? ¿Qué le llevó a ser un despiadado homicida? ¿Fue acaso un niño desgraciado e incomprendido? ¿Tuvo unos padres maltratadores, drogadictos o alcohólicos? ¿Odiaba a las mujeres maduras, sus víctimas, porque le recordaban a su odiosa madre, o a las mujeres en general porque todas le habían despreciado? ¿Era un resentido con sed de venganza contra la sociedad? Muchos serían los interrogantes que llevarían a comprar su libro a un abundante público dotado de una curiosidad morbosa. Ello le convertiría en el centro de atención de la gente que hasta entonces le había ignorado.

Pero para ello, tenía que ser descubierto y aprehendido. Si al principio cuidaba mucho los detalles, estudiaba con detenimiento a sus víctimas, después de tres asesinatos impunes, empezó a ser deliberadamente descuidado, dejando una pista aquí y otra allá. Forzosamente tenían que identificarle. Tras la quinta víctima, le pillaron. Por fin. No tuvieron que esforzarse mucho para que confesara. Lo contó todo, menos el verdadero motivo que le había movido a llevar a cabo esos asesinatos. Prefirió que le calificaran de psicópata. El caso es que había logrado su primer objetivo en menos de un año: ser famoso. Todos los medios hablaron de él. Fue el tema de conversación durante meses. Le enviaron a una cárcel de alta seguridad, donde cumpliría una larga condena. Ya contaba con ello. Pero con el atenuante de colaboración con la justicia, el trabajo redentor, el arrepentimiento y la buena conducta, en menos de diez años disfrutaría del tercer grado, tiempo más que suficiente para cumplir con su objetivo último y definitivo: publicar su biografía. 

Cuando diera a conocer su obra autobiográfica, las editoriales se la disputarían. Acabaría gozando de popularidad y, con toda probabilidad, de la empatía del público. Sazonaría su vida de niño y de adolescente con los ingredientes necesarios para despertar la pena, la comprensión y hasta la simpatía de los lectores. Se arrepentiría, pediría perdón al mundo, se sometería a tratamiento psicológico, se rehabilitaría. Cuando saliera a la calle, aun con setenta años, todavía le quedarían unos cuantos por delante para disfrutar de la merecida gloria y del dinero. Fama y riqueza. Ya no sería el don nadie de antaño.

Pero la vida tiene, a veces, formas caprichosas de hacer justicia. Ildefonso no podía adivinar que en el mismo centro penitenciario se hallaba recluido un hermano de una de sus víctimas. Su fama le había precedido, de modo que cuando ocupó la que iba a ser su nueva residencia por mucho tiempo, había quien le estaba esperando con los brazos abiertos.

Una mañana le encontraron ahorcado en su celda. Había utilizado una pequeña cuerda que debió obtener en la lavandería donde prestaba sus servicios. Nadie vio ni oyó nada sospechoso. Quizá el tratamiento estuviera haciendo efecto y el discernimiento de su condición de abominable asesino y la culpabilidad por lo que había hecho le llevó al suicidio. Caso cerrado.

En su taquilla hallaron una especie de diario. Solo había llegado a escribir unas veinte páginas. Como no tenían a quién entregarle sus pertenencias, lo arrojaron al contenedor de papel para reciclar. 

Sin saberlo ni vivirlo, Ildefonso logró, en parte, su propósito. Su vida fue llevada a la gran pantalla. Toda la historia fue fruto de la invención de su guionista. En ella se mostraba a un ser despreciable convertido en un Norman Bates. Lo único real del personaje fue lo que era bien conocido por los que habían sido sus compañeros: que, a pesar de su apariencia, era un buen tipo, aunque introvertido, acomplejado, solitario y amargado. En definitiva, el perfil típico de un psicópata asesino. 

La película fue todo un éxito de taquilla. Ildefonso consiguió la fama, aunque esta fuera a título póstumo. Pero dinero, ninguno. Y es que no puede tenerse todo en esta vida. El cuento de la lechera se lo llevó por delante.