martes, 26 de julio de 2016

Cerrado por vacaciones



Pues sí, este año me voy a la playa (y espero que algunos días a la montaña) sin portátil y sin iPad. El reloj de pulsera y el móvil sí que se vienen conmigo. El primero me acompaña a todas partes desde que mis padres me regalaron el primero a la vuelta de un viaje por Italia. Yo tendría por entonces unos diez años. No, no fui uno de esos niños a los que se les regalaba su primer reloj por su Primera Comunión. En mi época, ese sacramento-ritual se celebraba a la temprana edad de siete años. Ahora es a los diez, edad en la que los niños reciben ahora su primer Smartphone.

Bueno, pues como decía, no soy capaz de abandonar ninguno de esos dos aparatos. Por una arte, me gusta controlar el tiempo aunque sea para no hacer nada importante. En segundo lugar, necesito estar conectado con e mndo exterior. Sé que, además de usar el teléfono móvil “inteligente” para hacer y recibir algunas llamadas (no muchas), enviar y recibir algún WhatsApp (bastantes), y leer algún que otro correo electrónico (más bien borrar la multitud de envíos automáticos), también caeré en la tentación de pasarme por Facebook y darle algún “Me gusta” y compartir alguna que otra publicación. Soy curiosón por naturaleza.

Pero sí estaré desconectado de la blogosfera hasta la vuelta al dulce hogar en septiembre, si Dios o el destino así lo disponen. Mi mente, sin embargo, estará activa para pensar y esbozar algún que otro relato para mis “retales de una vida”, y para tomar nota de hechos que luego pueda trasladar a mi “cuaderno de bitácora”.

Espero que el tiempo me acompañe. Y si no, para eso tengo a mis amigos de casi toda la vida para hacerme pasar un rato muy agradable: los libros. Y de paso pensaré (y soñaré) en la posible publicación en otoño de mi segunda recopilación de relatos cortos. Amazon me tiene ya bastante atrapado.

Hasta la vuelta, amigos lectores*
 
 
 
*La RAE considera innecesario, desde el punto de vista lingüístico, el desdoblamiento de un término en sus géneros masculino y femenino.
 
 

viernes, 15 de julio de 2016

El laberinto del amor



Había oído hablar de lo que se conoce como un dejà vu, esa sensación de haber vivido con anterioridad una situación o de haber visitado un lugar en el que no has estado jamás.

Tuve esa sensación cuando aquella tarde de un sábado, en el parque, me hallé ante lo que decía ser un laberinto. Nunca me había fijado en él. “El laberinto del amor”, rezaba un cartel en la entrada. Y en letras más pequeñas añadía: “Entra y encontrarás a tu amor verdadero”.

Aquello sonaba a esas leyendas turísticas que aseguran que si lanzas unas monedas en un estanque o bebes de una fuente, regresarás a ese lugar.

Pero lo que me llamó la atención no fue ese señuelo pueril, más bien propio de una feria ambulante, sino el hecho de que últimamente soñaba cada día con un laberinto como ese. Claro que todos los laberintos son iguales por fuera, pero ese tenía, al igual que el de mis sueños, una particularidad: dos pequeñas estatuas, una a cada lado de la entrada. Una era la efigie de Eros y la otra de Cupido. Las dos parecían invitar al paseante a entrar.

Estuve dudando largo tiempo, pues tiempo era lo que más me sobraba. Al final fue el hastío lo que me convenció. Y la curiosidad, por qué negarlo. Llevaba mucho tiempo sin salir de casa, desde que enviudé, y me apetecía perderme y no pensar en nada. ¿Y qué mejor lugar para llevar a cabo ambas cosas?

El recorrido hasta lo que me pareció el punto más interno del laberinto fue bastante fácil. A lo sumo tardé unos cinco minutos en alcanzarlo. Era una especie de plazoleta circular. En su centro había lo que parecían los restos de una pequeña pérgola y pegada a un lado de la pared circular que formaban los setos perfectamente recortados había una pequeña caseta. Pensé que seguramente debía servir para guardar los utensilios del jardinero. En lo que debió ser en su día la base de la pérgola había una anotación que parecía escrita a mano: “Si has llegado hasta aquí, encontrarás a tu amor”.

Mucho amor, pensé. Lo raro era que no se veía ni un alma paseando por el lugar y esas cosas suelen atraer a las parejas de enamorados. Antes de encaminarme hacia la salida, volví a observar aquella caseta que, de pronto, me pareció fuera de lugar. Tenía algo que me atraía sobremanera. Una vulgar caseta de jardinero ejercía un influjo que no sabría definir. Y, curioso de mí, no pude evitar mirar dentro. La puerta, desvencijada, cedió al mínimo esfuerzo por abrirla. No tendría más de un metro y medio de altura y unos cuatro metros cuadrados de superficie. Estaba vacía pero despedía un olor extraño, tan extraño como el frescor que emitía, por lo que entré para resguardarme del sol de la tarde de verano que todavía calentaba inclemente. Me senté para descansar y cerré los ojos por un momento. Unos siseos me obligaron a abrirlos. Y allí estaba ella. Y me sonrió. Parecía tan real… Me pareció incluso oír su voz. Pero no movía los labios.

Los consejos de amigos y parientes habían resultado inútiles. Salir y distraerme no había servido para nada. Sabía que allá donde fuera su imagen me seguiría. A fin de cuentas solo llevaba dos meses muerta. Pero nunca antes la había visto con tanta claridad.

Me incorporé para acercarme a ella pero me embargó un repentino frío glacial seguido de un vahído que me nubló la vista, lo que me obligó a sentarme de nuevo apoyando la espalda en la rugosa y helada pared. ¿Cómo podía hacer allí tanto frío si fuera estábamos a más de treinta grados?

Una vez recuperado de ese extraño mareo vi que ya no estaba. Tan solo ha sido una visión, un espejismo, un golpe de calor -pensé. Me incorporé con la intención de salir raudo de aquel lugar. Todo aquello me daba muy mala espina. A ver si en lugar de amor, encuentro mi desgracia, me dije con ironía.

Así pues me encaminé hacia la senda que se abría a mi derecha suponiendo que me resultaría tan fácil salir como lo fue entrar, pues la estructura del laberinto me había parecido muy simple. Pero una hora después todavía no había podido hallar la salida. Estaba oscureciendo y, si no me daba prisa, pronto cerrarían el parque y me quedaría allí a pasar la noche. Además, las nubes amenazaban lluvia.

Aunque lo juzgué ridículo, opté por pedir ayuda. Alguien habría por allí que pudiera indicarme la salida. Pero mis gritos cayeron en saco roto. Un silencio sepulcral dominaba el recinto. Estaba solo.

No me quedó, pues, más remedio que tirar por la calle de en medio, y nunca mejor dicho, pues aunque me lastimara y destrozara los setos que bordeaban el camino, los atravesaría, abriendo así un atajo hasta dar con el exterior.

Después de un tiempo que se me hizo eterno por la lentitud de mi avance, con la ropa desgarrada y la cara y manos sangrando por los rasguños y rozaduras de las ramas de los arbustos que formaban las interminables hileras de setos, llegué a la misma plazoleta de la que había partido unas tres horas antes, según indicaba mi reloj. Eso me recordó mi pesadilla recurrente. ¿Estaría soñando?, pensé por un momento. Pero no. Volvía a estar, agotado y magullado, en el centro del laberinto. ¡Maldito laberinto y maldito el momento en que decidí entrar! –grité para mí, pues nadie más podía oírme.

Para rematar la situación, la lluvia hizo acto de presencia, tal como presagiaban aquellos oscuros nubarrones. Impotente y desesperado, decidí, pues, refugiarse en la caseta donde apenas se colaba un fino rayo de luz a través una pequeñísima celosía. Al menos estaría a salvo de la lluvia. Pensé que al día siguiente, domingo, seguramente habría visitantes o, por lo menos, algún vigilante o guarda, que me indicarían la salida. Me sentí como un niño que se ha perdido en el bosque después de haberse escapado de casa. Pero lo que tenía que hacer era tranquilizarme y descansar. Por fortuna nadie me esperaba en casa. Tampoco podía llamar a nadie. Por primera vez lamenté mi aversión hacia los teléfonos móviles.

Pero el sueño se resistía a adueñarse de mí. No podía quitarme de la cabeza esa visión que había tenido de mi difunta esposa y la sensación de dejà vu que me había embargado cuando, a primera hora de esa tarde, me hallé frente a la entrada del laberinto. Lo había visto antes, pero en mis sueños, cuyo significado había intentado descifrar en vano. Además, siempre despertaba cuando, angustiado y sudoroso, me detenía en una explanada que ahora reconocía como la plazoleta a la que hacía solo unas horas había llegado por mi propio pie.

Cuando la tormenta amainó caí en un sopor y debí quedarme profundamente dormido. Como era de esperar, soñé que me había perdido en un laberinto, ese laberinto onírico idéntico al real. Pero esta vez el sueño se prolongaba mucho más. En la explanada de  mis sueños había también una pérgola y una caseta cuyo techo me llegaba a la altura del hombro. Algo me arrastraba hacia el interior de la caseta sin poder resistirme. Cuando entraba, un olor nauseabundo impregnaba mi pituitaria. Al principio solo veía lo que parecían ser unos bultos pero, tan pronto como la vista se acostumbró a la semioscuridad, resultaban ser cuerpos humanos en estado de descomposición. Algunos solo eran esqueletos, huesos cubiertos por jirones de ropa putrefacta.

Llegado a este punto, me desperté sobresaltado. Para librarme de esa horrible pesadilla, me incorporé de un salto, propinándome un fuerte golpe en la cabeza que casi me hace perder el sentido. Abrí la puerta de par en par para dejar entrar la luz y el aire del exterior. Todavía no había amanecido. La luz de la luna llena iluminaba todo el espacio. Una vez fuera, dándome la vuelta, me encaré hacia la entrada de la caseta para ver nuevamente su interior. Y entonces volví a revivir mi pesadilla. La caseta estaba repleta de cadáveres. ¿De dónde habían salido? Estaba vacía cuando la inspeccioné la tarde anterior y cuando entré luego para guarecerme. Debían llevar mucho tiempo muertos, dado el avanzado estado de descomposición. Había un cuerpo justo donde yo había estado recostado mientras dormía. ¿Cómo no había notado su presencia ni la de los demás cuerpos? Además, iba vestido con una ropa parecida a la mía, solo que estaba en un lamentable estado, rota y manchada de sangre. Quizá todavía estaba vivo, quizá era alguien que, como yo, se había perdido y se había albergado allí mientras yo dormía. No sabía qué pensar. Todo me parecía inverosímil. Lo zarandeé ligeramente. Su cuerpo se desplomó dejando la cara al descubierto. Me acerqué para verla bien. No pude evitar proferir un grito de pánico. ¡Era yo!
 
 
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Ahora soy uno más de los habitantes de este laberinto que casi nadie visita. Son muy pocos los que buscan a su amor o los que su amor les reclama. Ya somos diez los que hemos venido a parar aquí. Paseamos por los intrincados caminos que no llevan a ninguna parte y juntos recordamos nuestras vidas pasadas. Y esperamos con ilusión a posibles visitantes a los que acoger, como hicieron conmigo. Yo tardé en comprender pero finalmente lo asumí, convirtiéndome en uno más del grupo. Somos felices. Hemos visto cumplido nuestro mayor deseo. Formamos, de momento, cinco parejas que han podido reunirse con quienes amaron en vida. En la caseta dejamos atrás el mundo del que procedimos, lo que fuimos y en lo que nos convertimos. Es un vestigio de nuestras vidas pasadas, para que no nos olvidemos de ellas.

Ahora doy gracias a que mi deseo se hiciera realidad aunque todavía ignoro cómo fue posible. Era mi amor quien me llamaba sin yo saberlo. Algo hacía que mi sueño recurrente se interrumpiera en el mismo punto y no pudiera llegar a verla. Debían ser mis amigos y familiares que, con sus persuasivas palabras, me retenían en aquel mundo infeliz y me bloqueaban la mente. Lo que nadie me ha sabido explicar es cómo apareció el laberinto en el parque. El poder del subconsciente es inimaginable, lo sé. Quizá será que siempre he sido un romántico y que, de hecho, estaba más muerto que vivo.

¿Habrá más laberintos del amor? Espero que sí. Debería haber muchísimos más, del mismo modo que deberíamos recibir nuevos visitantes. De lo contrario, el amor verdadero sería un bien my escaso. Pero tampoco nadie ha sabido decírmelo.
 
 
 

miércoles, 6 de julio de 2016

El cazador


Desde que su progenitor le contagió la pasión por la caza, Anselmo siempre acudía al mismo lugar, un coto privado donde se encontraban buenos ejemplares. De niño iba con los amigos de su padre pero ahora tenía su propio grupo. Juan, Fernando y Paco eran buenos tiradores pero él era el mejor y en eso todos estaban de acuerdo, aunque seguían rivalizando para ver quién se cobraba la mejor pieza. Desde hacía años formaban una piña y nunca faltaban a las citas cinegéticas que Anselmo organizaba.

Esas salidas al monte, a más de cien kilómetros de casa, eran para Anselmo una válvula de escape y una costumbre inquebrantable que nada ni nadie podía contravenir. A veces se les unía algún amigo de sus amigos. Cuantos más eran, más divertida y estimulante resultaba la cacería.

En el coto en el que practicaban esta actividad podían cazar jabalíes, gamos, muflones y venados. La caza del jabalí era, sin duda, la más complicada; requería la participación de perreros, quienes, como su nombre indica, gobiernan a los perros de caza. Son también los que asestan el golpe de gracia al animal herido, rajándole el vientre mientras, aun con vida, es furiosamente dentelleado por los perros que, frenéticos, no cesan de ladrar. Ladridos y berridos del animal caído se confunden con el griterío triunfal de los cazadores.

La caza de un gamo, un muflón o un venado discurre, en cambio, de forma mucho más pacífica a la vez que segura para el cazador, pues su integridad física no se ve comprometida en ningún momento. El disparo se produce a mucha distancia y con la ayuda inestimable de una mira telescópica. No es preciso más accesorios que el arma y la paciencia. Aun así, Anselmo prefería la caza extrema, a corta distancia, lo que requiere de mucha más astucia y pericia, como si de la caza de un león se tratara.

La decisión de cazar una u otra de esas especies dependía de la temporada y, en el caso del jabalí, de si disponían de un perrero con una buena manada de canes, pues nadie del grupo, y mucho menos sus esposas, estaban dispuestos a comprar y mantener una jauría de perros cazadores.

Las salidas de caza eran para Anselmo y sus amigos su pasatiempo favorito. Disfrutaban tanto de su planificación como de su desarrollo y de las discusiones posteriores para disputarse el mérito de la mejor pieza cobrada.

Hoy, sin embargo, era un día muy especial para Anselmo. Sus amigos le habían dejado solo. Por muy justificadas que estuvieran sus ausencias, no les perdonaría su deserción. Pero para él no había obstáculo, por insalvable que pareciera, que le impidiera cumplir con lo que había estado esperando durante tanto tiempo. Era la temporada para la caza a rececho del ciervo macho, que solo dura un mes, y no podía perderse esa oportunidad. Siempre había deseado tener, como trofeo, una gran cornamenta presidiendo el salón de su chalé de montaña, aunque ello le procurara alguna que otra crítica por parte de sus amigos defensores de la naturaleza.
 
 
 

Mucha gente no entiende, o no quiere entender, lo emocionante que es la caza a rececho, ir tras una presa, pacientemente, hasta lograr acorralarla y abatirla de un disparo certero. La caza es un deporte injustamente criticado por algunos quisquillosos. Diría incluso que es un arte, pues hay que tener una gran destreza. No todo el mundo está dotado para practicarla. Con los años que llevo cazando, me atrevería a decir que me he convertido en un cazador de élite, de los que donde ponen el ojo ponen la bala.

Pero hoy es un día muy especial. Parece como si el destino hubiera querido ponerme a prueba. Como nadie más ha podido acudir a la cita, he venido solo, a pesar de las protestas de mi mujer, siempre tan temerosa. Con esta escopeta no hay animal, por grande y peligroso que sea, que se me resista. Y con mi experiencia, reflejos y puntería, antes de que se acercara a menos de diez metros ya habría caído abatido de un solo disparo.

Debo reconocer que no será lo mismo que cuando somos cuatro o cinco, pues entonces siempre hay quien hace de vigía y entre todos podemos luego transportar la pieza sin problema. Aunque, por otra parte, cazar en solitario tiene su enjundia. Cuando vuelva a casa con un ciervo macho de más de doscientos kilos y con más de seis puntas por cuerna, se morirán de envidia y entonces lamentarán no haber venido.
 
 
Creo que no voy a tener suerte. Llevo ya más de dos horas y no he visto ni un solo ejemplar. Algo se ha movido a lo lejos, entre la maleza, pero no ha salido al desabrigo del boscaje. No me quedará más remedio que acercarme con sigilo, ocultándome entre el monte bajo.

Este bosque es más tupido de lo que parece a simple vista. Si hay algún macho por aquí, sin duda evitará la espesura pues su cornamenta podría quedar enredada entre tanto ramaje. Tendré que buscar algún claro.

Me ha parecido oír un crujido, aunque my leve. Ahora otro, p
ero en dirección opuesta. El viento sopla del norte, así que si es un animal no puede olerme pues esos ruidos procedían del este y del oeste.

Sea lo que sea, ahora parece envolverme. Debe de tratarse de una pequeña manada. Calculo que serán seis o siete especímenes, a lo sumo. Es extraño que no vayan en grupo. Quizá sean unas crías que se han apartado de la madre y ésta las está buscando.
 
Cada vez están más cerca. Desde la oquedad donde me he refugiado podré ver sin que me vean.

El ruido ha cesado de pronto. ¿Me habrán olido? No creo. Estoy muy bien protegido por la hojarasca y las rocas circundantes. Voy a tirar una piedra hacia donde me ha parecido oír los últimos pasos, a ver qué ocurre.

Silencio total. ¿Qué animal queda inmóvil cuando alguien le lanza una piedra? Hasta un roedor sale corriendo a esconderse en algún agujero o madriguera.

Aquí no ocurre nada, nada se mueve pero, no sé si serán imaginaciones mías pero me parece oír una respiración agitada. Y ahora otra, y otra. Cada vez más cerca. Esto no me gusta nada. Quizá se trate de otros cazadores y me han tomado por una presa a abatir. Si me muevo pueden dispararme. Mejor será que me identifique. Así sabrán que no soy un animal.

¡Eh, ¿hay alguien ahí?! ¡No disparen, soy un cazador! ¿Me oyen?

Pero… ¿qué es eso? ¿Qué es lo que avanza hacia mí tan raudo? Mejor me largo y me procuro un refugio más seguro.
 
 
 

La persecución no se hizo esperar. Algo parecido a un jabalí, de grandes dimensiones y poderosos colmillos, surgió de la espesura para abalanzarse sobre su presa, a la que llevaba horas observando, esperando su oportunidad. Viendo lo que se le venía encima, el experimentado cazador cambió de parecer y decidió lanzarse a la carrera hacia donde tenía aparcado su todoterreno.

La caza se había invertido. Ahora eran más de diez sus feroces perseguidores y estaban bien organizados. Mientras unos se distribuyeron a ambos lados, cerrándole cada vez más el paso, otros le pisaban los talones. Corrían como gamos y Anselmo ya estaba exhausto tras correr apenas cien metros. Cuando lo tuvieron a su alcance, empezaron a emitir unos gritos escalofriantes, agresivos y festivos a la vez. Parecían estar disfrutando. Iban de caza. Por fin había llegado la oportunidad que habían estado esperando. Habían aprendido de los humanos, pero ellos eran mejores y más rápidos. No necesitaban arma alguna, ni perros cazadores, solo sus afilados dientes y colmillos.

Anselmo no tuvo tiempo de salir de la zona boscosa. En su desesperada huida, perdió el arma, tropezó y cayó rodando por una pequeña vaguada regada por un riachuelo. Allí, aturdido y aterrorizado, quedó a merced de sus captores. Ahora era él quien, herido, profería gritos de auxilio mientras que sus cazadores salivaban abundantemente con solo imaginarse el festín que les esperaba. Se habían cobrado una buena pieza, la primera en su vida de cazadores de hombres. Tras las profundas dentelladas de sus congéneres, el jefe de la manada se le acercó y, mostrándole su dentadura, en una mueca semejante a una sonrisa diabólica, le clavó uno de sus largos colmillos en el abdomen, como si él fuera el perrero y Anselmo el indefenso jabalí. Aunque lo mereciera, no valía la pena prolongarle más el sufrimiento –pensó la bestia. Ellos no querían acabar siendo tan inhumanos como sus, hasta ahora, cazadores. De todos modos, la aventura solo acababa de empezar.
 
 

lunes, 27 de junio de 2016

Cuestión de seguridad



Tomás Valiente temía por su seguridad y ese temor se había convertido en una obsesión. Por tal motivo, tenía a su disposición todos los medios necesarios para vivir relativamente tranquilo. Y digo relativamente porque es bien sabido, y Tomás era consciente de ello, que la seguridad absoluta no existe.

Como el dinero no era ningún problema para él, disponía de los sistemas más sofisticados para evitar cualquier intrusión en su hogar. La calle, sin embargo, era el punto débil, como casi para cualquier ciudadano. Su coche estaba blindado pero quedaba forzosamente desprotegido a lo largo del trayecto desde el parking de la empresa a su despacho, y viceversa, y durante los frecuentes almuerzos de trabajo a los que tenía que asistir, ocasiones éstas en las que podía quedar a merced de cualquier depredador, ya fuera un secuestrador o un asesino a sueldo. Porque ¿quién no tiene enemigos cuando es millonario y ha tenido que luchar duro para abrirse paso en el competitivo mundo de los negocios? Y como de resentidos está el mundo lleno, había contratado a dos robustos guardaespaldas que se encargaban de su protección en todo momento. Solo le abandonaban cuando cerraba la puerta de su mansión, a eso de las ocho de la tarde, para entregarse al confort de su búnker personal, vigilado por decenas de cámaras y monitores que, en caso necesario, le avisarían de cualquier injerencia.

Vivir solo era otro motivo de inseguridad, tanto física como anímica. Su terapeuta le había insinuado que todo el temor que sentía por su seguridad personal no era más que el resultado de la soledad a la que se había condenado. Era de trato difícil, muy poco sociable y nada empático, “cualidades” éstas que impedían toda posibilidad de encontrar pareja. En lugar de su media naranja, debería buscar su medio limón.

Cuando más inseguro se sentía era cuando estaba rodeado de personas que no eran de su total confianza, lo cual reducía enormemente su círculo de relaciones humanas. Pero el peor momento para Tomás era el fin de semana, que se le hacía interminable. Los escasos ejercicios al aire libre los hacía siempre acompañado de sus guardaespaldas. El servicio doméstico lo integraba un reducido y selecto grupo de profesionales que combinaban su faceta de sirvientes refinados con la de expertos en artes marciales.

De este modo discurría su deplorable y desconfiada forma de vida: encerrado entre las cuatro paredes de su casa, de su oficina o del reservado del más selecto restaurante, de lunes a viernes, y recorriendo un restringido circuito de running o viendo la televisión, los fines de semana. Siempre la misma rutina.

Su vida cambiaría de forma inesperada tras conocer a Sara Velázquez. Sara vino a sustituir a Juana, la que fuera su fiel y eficiente secretaria hasta el momento de su jubilación. La paranoia de Tomás obligó a la candidata al puesto a superar los más exigentes test psicotécnicos. Aun así, una vez contratada, se la sometió a un seguimiento constante por parte de un equipo de investigadores privados. Sara superó la prueba con creces. Al parecer, era casi tan paranoica como su nuevo jefe. Cuando salía de casa, para ir al trabajo, de compras o para cualquier otro quehacer, tomaba un taxi, pero si el trayecto era corto lo recorría al trote y siempre mirando a diestra y siniestra, como si temiera ser asaltada. Era más escurridiza que una anguila. Tal era su pericia que, en más de una ocasión, logró despistar a los experimentados sabuesos que la seguían allá donde fuera. Según el casero, había instalado más de cuatro cerrojos en la puerta blindada de su apartamento y solo la abría a quien contestara correctamente la contraseña, que solo facilitaba a unos pocos conocidos y que cambiaba con cierta frecuencia.

Tomás vio en ella a su media naranja, o medio limón, según se mirara y quien lo mirara. Era la mujer de su vida, su alma gemela. Y como ya no eran unos adolescentes -ambos habían superado la cuarentena-, tuvieron un noviazgo relámpago, contrayendo matrimonio al cabo de los seis meses que Sara estuvo a prueba en la empresa.

Fue una boda íntima como pocas, y blindada como ninguna. Los medios de seguridad que protegieron a los contrayentes durante la ceremonia, el banquete y el viaje de luna de miel solo podrían compararse a los de un presidente de Gobierno, y creo que me quedaría corto.

Pero no todo salió como cabía esperar. A la mañana siguiente de la noche de bodas, las paredes de la suite nupcial del hotel de cinco estrellas donde se alojaron aparecieron salpicadas de sangre y el cuerpo sin vida de Tomás tendido sobre la cama con un profundo y limpio corte en la garganta. Sara apareció, inconsciente, a los pies de la cama. No recordaba nada de lo ocurrido. En la mesita en la que les habían servido la cena estaba el arma del crimen: uno de los cuchillos del servicio de mesa, sin huella alguna. En las copas de champán y en su cuerpo se hallaron trazas de una benzodiazepina. Alguien la había sedado para que no viera al asesino. Nadie oyó nada.

Tomás Valiente murió sin saber por qué. Esto solo lo sabe quien acabó con su vida: la única persona en la que confiaba y quien, con tiempo y paciencia, consiguió burlar el muro infranqueable que protegía a su presa. Y yo, por supuesto.

Sara Velázquez acabó cumpliendo el juramento que le había hecho a su hermana: vengar la muerte de su marido, a quien Tomás había dejado en la miseria tras hacerse fraudulentamente con todo el paquete de acciones que ambos hermanos habían heredado. Cuando Ana Velázquez le contó el motivo del suicidio de su marido, Sara le juró que se lo haría pagar caro a su cuñado. Ella era una profesional y sabría cómo acercarse a él y desenvolverse sin levantar sospechas ni dejar pruebas. No le cobraría los altos honorarios propios de este tipo de trabajos. No hacía falta. Ya se lo cobraría cuando, a su vez, enviudara y se hiciera con la fortuna de Tomás Valiente, un hombre despreciable a quien no le faltaban enemigos que quisieran verlo muerto.

Por qué lo hizo, ya ha quedado claro; cómo lo hizo, ya os lo podéis imaginar, pues prefiero pasarlo por alto; cuándo lo hizo, en el momento en que cualquier hombre, por precavido que sea, es más vulnerable. Murió en el acto, nunca mejor dicho.

Sara hizo un trabajo impecable. Nunca sospecharon de ella. Tomó todas las precauciones posibles. Una simple cuestión de seguridad.

Y quién soy yo, os preguntaréis. Esto, sintiéndolo mucho, no os lo puedo revelar.
 
 
 

 

viernes, 10 de junio de 2016

La verdad está ahí fuera



Tras veintiún años de viaje espacial, la nanocraft XT-230, se ha posado por fin sobre la blanda superficie del KOI-1950.06, el único exoplaneta perteneciente al sistema Alfa Centauri presuntamente habitable. Con ello se ven cumplidas las previsiones hechas muchos años atrás por Stephen Hawking quien, apoyado por el magnate ruso Yuri Milner y el empresario millonario, Mark Zuckerberg, anunció lo que se consideró una iniciativa revolucionaria: lanzar una nave espacial robótica del tamaño de un sello de correos, capaz de alcanzar un 20% de la velocidad de la luz y recorrer los 4,37 años luz de distancia que separa la tierra de Alfa Centauri en solo veinte años. Y todo gracias a un revolucionario sistema de impulsión por rayos o velas de luz. El famoso científico solo se equivocó en su previsión en un año. Aun así, estaría feliz de haber podido ver cumplido su proyecto, al que bautizó como Breakthrouhg Starshot. El multimillonario ruso tampoco está para verlo pues este proyecto ha requerido más de treinta años de esfuerzos técnicos y económicos. Solo el fundador de aquella red social que obtuvo tanto éxito entre los jóvenes y los no tan jóvenes, está presente en la gran sala presidida por una gigantesca pantalla que emite las imágenes desde el KOI-1950.06 con solo unos minutos de desfase.

Nadie se atreve a respirar. Todos los ojos y oídos están pendientes de la pantalla, siguiendo las instantáneas que la nano-cámara registra y emite. Si se descubriera vida extraterrestre, sería el hito más extraordinario de la historia de la humanidad. Se acabarían las habladurías, el derroche de imaginación, las teorías ocultistas y conspiratorias de algunos ufólogos, se acabarían los expedientes X. Por fin se confirmaría que no estamos solos.

La impaciencia empieza a apoderarse de los técnicos que llevan ya tres días sin apenas dormir para no perderse el acontecimiento del milenio: la comprobación de la existencia de vida inteligente en otro planeta. Pero cuando el desánimo se ha instalado ya en la mente de los sesudos científicos de la NASA, algo, a lo lejos, casi fuera del alcance de la cámara, hace su aparición. Al principio es solo una sombra que, a medida que se aproxima al objetivo, revela una silueta humanoide. Alta y voluminosa. Se desplaza muy lentamente. Tiene cuatro extremidades, dos superiores y dos inferiores, exactamente igual que un ser humano. Todavía no hay luz suficiente para verle bien. Poco a poco se hace más visible. De pronto, algo agita la nanocraft. ¿Será el viento? El sonido parece confirmarlo. Las rachas de aire provocan que la diminuta nave robótica se desplace y gire cual hoja barrida por el viento otoñal. Ello dificulta una visión nítida del humanoide y de su entorno.

Una vez más, la respiración de la audiencia se detiene al unísono. La ventisca parece haber amainado y lo que parece unas piernas cubiertas por un material extraño –resulta imposible saber si se trata de un recubrimiento natural, semejante a nuestra piel, o parte de su vestimenta- ocupa toda la pantalla. El individuo se ha detenido ante la diminuta nave. A continuación, algo semejante a una mano cubre el visor. De pronto todo son imágenes distorsionadas e interferencias. La imagen se torna en blanco y negro, repleta de franjas horizontales y nieve. Luego la oscuridad. ¿Qué habrá ocurrido? Todos esperan que se restablezca la imagen de un momento a otro. Y así es, pero nadie puede interpretar lo que ven sus ojos puesto que apenas hay luz.
 
 
 
Menkgwink, ha salido hoy de su hogar un poco más tarde de lo habitual. Últimamente, el cansancio hace mella en su cuerpo. Es la segunda vez que llegará tarde al trabajo en los últimos seis días. Si sigue así, le despedirán. Trata de acelerar el paso pero su sobrepeso le impide ir más ligero. Tendrá que ponerse a dieta, ya que esta caminata diaria no parece surtir el efecto deseado.

Es tan tarde que los soles ya brillan en el horizonte. Nunca se cansará de observar esa bella imagen. En esta época del año, los tres soles están alineados. Señal de buena suerte. Algo bueno le ocurrirá. Tendrá que estar atento. Quizá se encuentre con un tesoro y se haga por fin rico, jaja.

Cuando lleva un buen rato caminando, una racha de viento inunda el parque haciendo revolotear la hojarasca. Ve cómo las hojas muertas levantan el vuelo y se arremolinan a su alrededor para luego volver a posarse en el suelo polvoriento. Es entonces cuando repara en algo. Entre las hojas hay algo brillante. Se detiene para observarlo. Es un objeto cuadrado, del tamaño de uno de esos chips de la antigüedad, esos que revolucionaron el campo de la electrónica. Recuerda haber visto uno en una revista de historia de la ciencia. De serlo, sería una obra de museo y valdría una fortuna. ¿De dónde puede haber salido?

Tras comprobar que no hay nadie a su alrededor, se agacha y recoge ese extraño objeto del suelo. Es tan pequeño que casi se le escapa de los dedos. Lo mira de cerca, le da la vuelta y vuelve a observarlo detenidamente. No, no es uno de esos chips del pasado. No tiene ni idea de lo que es pero seguro que no tiene ningún valor. Será un residuo urbano. Las auto-naves de hoy en día solo hacen que ensuciar el entorno y este parque cada vez está más descuidado. Pero él es un ciudadano modélico y no soporta que la gente no sea respetuosa con el medio ambiente. Así que se dirige a uno de esos contenedores para materiales metálicos con la intención de deshacerse de aquel objeto. Pero ¿y si fuera tóxico o radiactivo? –se pregunta. Entonces mejor será tirarlo inmediatamente en uno de los contendores trituradores y descontaminantes. Recuerda haber visto uno en este mismo parque y a él se dirige. Antes de arrojarlo, sin embargo, vuelve a examinar el diminuto y extraño artefacto, por una cara y por la opuesta. Finalmente, encogiéndose de hombros, lo acaba lanzando al contenedor. Aunque toda esta operación le haya retrasado todavía más en su camino hacia el trabajo, está satisfecho por haber hecho su buena obra del día: conservar el medio ambiente. Puede servirle de excusa para que su jefe no le reprenda. Quién sabe si incluso le dan el premio mensual al trabajador más comprometido con la conservación del medio ambiente. Ya decía él que hoy podía ser su día de suerte.
 
 
 
Los técnicos de la NASA llevan ya varios días esperando a que se restablezca la imagen que recibían de la nano-cámara implantada en el nanocraft XT-230. Si no lo logran, nunca sabrán hasta qué punto los habitantes de KOI-1950.06 son gente de inteligencia superior a la de los terrícolas. Lo último que trasmitió la nave fueron unos chirridos espantosos que casi taladran el tímpano a los intrigados observadores terrestres.
 
 

martes, 7 de junio de 2016

Un nuevo amanecer



Mucho tiempo ha tenido Wifredo para revisar lo que ha sido su vida. Desde muy joven ha guerreado en mil y una batallas, cercenando miembros, cortando cuellos, abatiendo enemigos a golpe de espada y manchándose las manos de sangre en nombre de su amo y señor. Si existe un Dios, no cree que sea tan misericordioso como dicen y le perdone todos estos actos, llenos de odio y de barbarie. Cómo un hombre de bien, un amoroso padre de familia puede llegar a ser tan despiadado con aquellos que dicen ser sus enemigos. Quizá se merezca el calvario por el que está pasando.

Cuando despierta ha perdido la cuenta del tiempo que lleva recluido. Si no fuera por las muescas que ha ido dejando con sus propias manos en el grueso y mohoso muro, no acertaría a calcular que son ya tres los años que vive enclaustrado en ese lúgubre calabozo. Resulta increíble comprobar cómo el ser humano puede adaptarse a las condiciones más extremas. Al menos él, porque otro quizá ya hubiera perecido. Desde que cesaron las torturas, se habituó a vivir como un animal que solo espera que le echen de comer todos los días.

Hoy el carcelero tampoco le ha pasado la escudilla por la trampilla. La poca agua que le queda ya empieza a heder. Cuando pega su cuerpo a los barrotes para pedir comida comprueba que la puerta cede y se abre sin oponer resistencia. El eco de su afónica voz, sin más respuesta que su propio lamento, le hace comprender que en aquel presidio ya no hay más preso que él. Parece como si lo hubieran abandonado a su suerte.

Sigilosamente sale de su hasta entonces vigilado encierro y deambula, como alma en pena, por los oscuros y largos pasillos. Con tiento. No fuera a darse de bruces con algún soldado. Sigue temiendo a la muerte, aunque en más de una ocasión la haya deseado.

Siguiendo un tenue haz de luz, da con una salida. Es el patio de armas. Su visión le retrotrae a su condición de comandante recién capturado y sometido al escarnio y al horror. Todos sus hombres pasados por las armas ante sus ojos. A él le perdonaron momentáneamente la vida. Solo pudo contar treinta latigazos. Hasta que perdió el conocimiento. Ya es viejo. Tiene cuarenta años y ya no soporta el dolor como antes. Luego, el olor a orines y vómitos le devolvieron la consciencia. Sus compañeros de celda, de distintos orígenes y edades, fueron desapareciendo poco a poco. Hasta que solo quedó él, único superviviente de los diez que vivían hacinados como cerdos en una porquera. Y ahora es libre.

¿Dónde está todo el mundo? ¿Acaso han abandonado el castillo y se han olvidado de él? Del todo imposible. Si alguien abandona una fortaleza es porque la deja a merced del enemigo y el camino de huida queda sembrado de cadáveres. Y allí no hay nadie, ni señal alguna de lucha.

Llega a pensar que se trata de una de sus muchas pesadillas. Pero en ésta no siente desasosiego, ni dolor, ni temor, ni pena. No siente nada, solo extrañeza y confusión. ¿Será una trampa? ¿Será una ilusión?

Mira a su alrededor. Todo está extrañamente en silencio. Todo es quietud. Ni un trino de pájaro, ni una hoja mecida por el viento. Observa las montañas que rodean el recinto amurallado. En lo más alto ve un resplandor. Puede ser una llamada. O una advertencia. Y allí se dirige.

De camino a la cima, atraviesa un tupido bosque de coníferas cuyo ápice, apuntando a las oscuras nubes, se balancea, ahora sí, por acción del viento que cada vez sopla con más fuerza. Un viento que, al barrer el follaje, parece susurrarle algo.

El viejo guerrero, agotado después del esfuerzo realizado por un cuerpo que se ha vaciado de energía, no soporta por más tiempo tanta tensión y se desploma al pie de un gran abeto de hojas plateadas.

Mientras su cuerpo yace sobre el punzante manto de agujas secas, aparece, entre brumas, Bernardo, el que fuera su segundo al mando. Debe estar delirando. Este le cuenta que no ha sido un ejército quien provocó la huida de los habitantes del castillo, sino la peste que, implacable, diezmó la población en pocos meses. Quemaron a los muertos, enterraron sus enseres y cuerpos calcinados extramuros y acabaron huyendo, dejando atrás solo el polvo del camino y el miedo.

―¿Y quién descorrió el cerrojo de la que ha sido mi celda durante estos años? ¿Quién se apiadó de mí aunque me abandonara a mi suerte? –le inquiere, acongojado, sin saber si está hablando con un vivo o con un espectro.
―Nadie, mi señor. La puerta sigue cerrada pero en vuestro estado no hay puertas ni cerrojos que se os resistan.
―¿Queréis decir que mi cuerpo ha atravesado aquellos gruesos barrotes sin darme cuenta de ello? Qué es esta locura de la que me estáis hablando –le replica, incrédulo.
―¿No me creéis? ¿Acaso no me veis, ante vos, tras haber sido ajusticiado?.
―Debo estar soñando o sois una aparición. Seáis quien seáis, ¿qué queréis de mí?
―Mostraros el camino hacia la luz, mi señor.
―No os entiendo. Hablad más claro.
―De la oscuridad en la que habéis acabado morando no es fácil salir. Alguien debía ayudaros y yo he sido elegido como vuestro guía.
―¿Vos mi guía? Acaso queréis decir que estoy…
―Sí, mi señor. Lleváis tiempo muerto. La peste acabó con vos. Pero ahora habéis vuelto a la vida.

Al oír esto, el otrora victorioso comandante del ejército de su señor, el Rey Gustavo, siente como si su cuerpo levitara. Siente una gran paz. El cansancio ha desaparecido. Se levanta, ligero y con renovadas energías. Cuando emprende la marcha junto a su malogrado ayudante de campo, observa, a lo lejos, una luz blanca y deslumbrante, la misma que debió ver desde el patio de armas.

Cuando llega al final de una larga senda, voces y caras amigas le están esperando. En primer lugar forman sus hombres, que le reciben con una gran sonrisa y una pequeña reverencia mientras se apartan para dejarle paso. Luego sus amigos y familiares. Y por fin las caras más queridas: las de su amada esposa e hijos, que fueron salvajemente masacrados en la última contienda.

El hombre se siente, al fin, libre, en paz y feliz. Para el gran guerrero este ha sido un nuevo amanecer, el mejor de todos.
 

viernes, 27 de mayo de 2016

La urna (y V)



Al día siguiente de hallar al matrimonio Wells sin vida, me llamaron de la comisaría de policía. Querían que confirmara hasta qué punto conocía a George Wells Jr. Me temí que hubieran sabido de algún modo que fui yo quien les había llamado para informarles de que había visto el cuerpo inánime del joven en el salón. Pero solo fue una llamada rutinaria. Me citaron en comisaría y me hicieron las típicas preguntas: desde cuándo le conocía, si había estado alguna vez en su casa, si conocía a su esposa, si sabía que tuvieran algún problema conyugal o algún enemigo, si conocía sus planes de marcharse del país –encontraron las maletas preparadas en el recibidor y unos billetes de British Airways con destino a Sao Paulo para ese mismo día-, y así una retahíla de preguntas sin respuesta por mi parte.

Estuve a punto de confesarlo todo lo que sabía pero me contuve. ¿Por qué? Pues porque la historia me pareció tan descabellada que temí que me tomaran por loco o bien que me incriminaran de algún modo. No podía explicarles cómo había llegado la carta de George Wells a mis manos. ¿Cómo les explicaría mi conducta? Me acusarían de allanamiento de morada o, cuanto menos, de ocultamiento de información. Entrar y salir de un domicilio ajeno, en el que has encontrado dos cadáveres, y desaparecer tras hacer una llamada anónima a la policía no es algo normal. Preferí, pues, callar como un bellaco. Luego me arrepentí pero ya era demasiado tarde. Aunque me hubieran tomado por loco, por lo menos les hubiera hecho entrega de la urna y me habría ahorrado tener que hacer frente al fantasma de una demente peligrosa. Y dudo mucho que pudieran haberme inculpado de algo que no fuera haber actuado como un viejo entrometido.

Transcurrido un mes, la policía seguía sin saber qué les ocurrió a los Wells. La autopsia reveló un fallo cardiaco. ¿A ambos? ¿A la vez? Nadie se lo explicó ni sospechó remotamente que esas muertes pudieran estar relacionadas con la de George Wells padre ni con la “desaparecida” señora Wells. Solo yo lo sabía y estaba dispuesto a llevarme el secreto a la tumba. Insensato de mí.
 
 

Hace unos días, un amigo me preguntó si había hecho testamento o dejado por escrito mis últimas voluntades. La verdad es que, aunque parezca mentira, no había hecho ninguna de las dos cosas. Así que decidí hacerle caso. Y a la vuelta de la notaría, decidí hacer otra cosa: escribir este diario. Quizá resulte una tarea inútil pero me sirve de desahogo. Es como si se lo contara todo a un ser querido, que es lo único que el dinero no me puede conceder. De paso, si algo me ocurriera, siempre quedaría este testimonio escrito.

La urna sigue en su sitio. No he sido capaz de enterrarla ni de esparcir las cenizas que contiene. Debo confesar que últimamente me tiene muy alterado. Siento una presencia. Me da la sensación de que no estoy solo, que alguien me observa y me acompaña a todas partes y en todo momento. No la he vuelto a abrir. Cada vez que lo hacía me parecía que se hacía más liviana, como si algo se escapara de su interior. Luego volvía a su peso original, como si ese algo volviera a entrar. No sé dónde leí que el alma pesa veintiún gramos. Creo que incluso había una película que trataba de eso. Ya sé que un hombre de ciencia como yo no debería dar crédito a esas estupideces, pero después de lo que estoy viviendo ya no sé qué pensar. Pero es que, además, la variación de peso que se produce en la urna es mucho mayor. He estado dando vueltas al asunto mil veces. Si el espíritu de la difunda señora Wells fue capaz de matar a su marido cuando este se disponía a deshacerse de “ella”, o de lo que quedaba de ella, y también acabó con la vida de su hijo y de su nuera porque iban a hacerlo público en una declaración escrita, eso significa que el fantasma o lo que sea que habita en esa urna puede desplazarse libremente. Así que da igual que la urna esté abierta o cerrada, sellada o no, tal como presuponía George Wells Jr. He hecho varias pruebas y la variación de peso nada tiene que ver con la apertura de la vasija. De día suele pesar más que de noche, como si el fantasma saliera a dar un paseo nocturno para luego volver a su encierro voluntario. Debo estar sufriendo una demencia senil prematura. A veces me dan ganas de tomar la vasija y romperla en mil pedazos y que sea lo que Dios quiera.

No puedo seguir viviendo con esta turbación e inseguridad por más tiempo. He pensado que lo mejor será vender la casa y hacer como George Wells Jr.: dejar la urna donde la encontré y que sea el próximo propietario quien apechugue con las consecuencias, aunque me parece tremendamente injusto.

Ahora son muchas las preguntas que me hago sin hallar respuesta: ¿Por qué el espíritu no hizo desaparecer la carta de su hijo para que yo ni nadie supiera la verdad? ¿Quizá no puede actuar sobre los objetos? ¿Por qué a mí no me hace daño alguno? ¿Quizá me cree inofensivo o piensa que no contaré nada por temor? ¿Quizá porque me considera inocente? ¿Acaso se ha encaprichado de mí? Demasiados por qué y demasiados quizás. De seguir así acabaré loco. Por eso, antes de que pierda la cordura, he decidido ponerlo todo por escrito en este diario, contando mi historia y la de la familia que vivió en esta mansión antes que yo. Una vez haya terminado con esta narración, lo introduciré en un sobre lacrado, con la carta de George Wells Jr., y lo depositaré en la notaría junto a mi testamento.

Mientras tanto van pasando los días y las noches. Lo peor son las noches. Oigo susurros y risas sofocadas. La típica risa de una loca. Hasta he llegado a notar su aliento, frio y pegajoso, en mi cara, cuando intento conciliar el sueño. Estoy convencido de que últimamente está a mi lado a todas horas.

Ya no puedo aguantar más. Lo tengo decidido: mañana me acercaré a la inmobiliaria para pedirles que pongan la mansión en venta. Ya encontraré algo más modesto y, sobre todo, alejado de Chelmsford. Quizá me mude a Londres.
 
 
 
El anuncio saldrá publicado la semana que viene. He puesto la casa en venta por un precio algo inferior al que me costó, pues me urge venderla.

Cuento los días esperando a que me llamen de la inmobiliaria con la buena noticia de que hay alguien interesado.

Los días se me hacen muy largos y las noches mucho más. Esta pasada noche me ha parecido oír ruidos en la cocina, como si alguien estuviera trajinando con utensilios de cocinar. He bajado, no sin reparo, pero no había nadie. Pero esta mañana, al ir a desayunar, me he encontrado con una tarta de manzana en la nevera. Le he preguntado a la señora Higgins, mi  cocinera, por si la había hecho ella. Me ha dicho que no y me ha mirado con extrañeza. He acabado diciendo que había olvidado que me la trajo una sobrina unos días atrás, cuando vino a visitarme. Su mirada ha sido todavía más extraña. Y es que creo que le dije en una ocasión que yo no tenía hermanos.

He ido a la despensa y he buscado por todas partes, hasta que he dado con lo que buscaba: una caja de raticida. Por su aspecto, debía llevar allí meses. He tirado la tarta y la caja a la basura. Me temo que la fantasma loca –ya la llamo así- no permitirá que la abandone y preferirá verme muerto antes que lejos de ella.
 
 
 
Por fin han llamado de la inmobiliaria. Ya hay un comprador interesado. Ha hecho una oferta a la baja, como era de esperar, y la he aceptado. Cuanto antes me vaya, mejor.
 
 
Mañana, antes de ir al notario para firmar la venta de la propiedad y, de paso, hacerle entrega de este diario, sellaré de nuevo la urna, por si acaso, y la enterraré en el jardín. No sé si eso la detendrá pero tengo que intentarlo. Si todo sale bien, no pienso volver.
 
 
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En la notaría de Chelmsford se personaron, intrigados, el alcalde y el abogado del Ayuntamiento, a quienes se les había citado para proceder a la lectura del testamento que Mr. Whitehouse había firmado semanas atrás en ese mismo despacho.

―Quién lo iba a decir. Con lo sano que parecía –fueron las escuetas palabras del alcalde, ansioso por conocer los detalles.
―Y que lo diga. Y pensar que ese mismo día debía comparecer ante mí para firmar la venta de la mansión… El presunto comprador se marchó bastante enojado por el plantón. Pero cómo íbamos a imaginar el motivo de su ausencia. Pero ya se sabe, el corazón no siempre avisa –concluyó el ilustre notario.
―No somos nada –añadió, muy poco imaginativo, el abogado.
―Bien, procedamos –sentenció el notario tras un ruidoso suspiro.

El alcalde, al conocer las disposiciones del testamentario, lógicamente se alegró. Una mansión así no pasa frecuentemente a manos públicas.

―Fue un acierto que un hombre tan adinerado, sin descendencia ni herederos, dejara en manos públicas una propiedad de estas características para ser convertida en un centro cívico para uso y disfrute de sus conciudadanos –afirmó el notario, tras la lectura y ante la vehemente aquiescencia de sus distinguidos visitantes.
―Desde luego. Nunca hubiera pensado que el Dr. Whitehouse fuera tan altruista –remató el alcalde, buscando el asentimiento de su acompañante.
―¿Y tienen alguna idea de lo que van a hacer con esa magnífica mansión? ¿En qué tipo de centro cívico les gustaría convertirla?
―Mmmm. Pues no lo sé todavía. Tendremos que discutirlo en la próxima reunión del consistorio –respondió, pensativo, el alcalde-. Quizá una biblioteca –añadió.
―O un museo –terció el abogado municipal.
 
 
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Los habitantes más adinerados de Chelmsford y alrededores celebraron la decisión del pleno municipal de acabar convirtiendo la mansión en una residencia geriátrica de lujo.

El día de la inauguración de la calificada como “Residencia Whitehouse”, en honor a su antiguo propietario y benefactor, un grupo de acaudalados residentes se congregó alrededor de una magnífica vasija, que presidía el salón principal desde lo alto de la repisa de la chimenea, para comprobar qué contenía. Uno de ellos, con más maña y menos artritis, logró abrirla. Todos quedaron intrigados al ver su contenido. El venerable anciano que la sostenía dijo que había notado que se volvía más liviana, “como si algo se hubiera escapado de su interior”.

La tarde se volvió tormentosa. En el jardín, las hojas otoñales revoloteaban por doquier. En un rincón apartado, entre el manto de humus y hojarasca, otros tipos de hojas, las de un pequeño cuaderno medio descompuesto, aleteaban frenéticas como queriendo llamar la atención.
 
 
FIN