viernes, 20 de julio de 2018

Lo que os habéis perdido sin querer




En la última entrada en mi “Cuaderno de bitácora”, antes de cerrarlo por vacaciones, trataba de los inconvenientes de este descanso estival en lo que a viajes y aglomeraciones se refiere. Aquí debo añadir otro: la soledad en la que quedan algunos blogs desde el momento en que muchos lectores deciden abandonar la blogosfera y lanzarse al espacio exterior, el del mundo real, para no volver al virtual hasta septiembre.

De este modo, los que hemos seguido publicando, hemos visto ─por lo menos un servidor─ cómo las visitas a nuestros sucesivos relatos han ido declinando progresivamente. Personalmente, me he sentido como el niño que va en julio a la guardería con ese juguete tan chulo que le han regalado por su cumpleaños, para enseñárselo a sus compis, pero la mayoría han dejado de ir porque sus papás se tomaron vacaciones y se los han llevado con ellos. Y así el chavalín, con su juguete nuevo en las manos, tiene que conformarse con enseñárselo a diez de los veinte amiguitos de la guarde. Y sus papás, para consolarlo, le dicen que tranqui, que ya se lo enseñará a los demás el curso que viene. Eso si vuelven todos, claro.

Mis juguetes del mes de julio son “Malditos vecinos” y “La maldición”. Ya veis, ambos con cosas malas. Algunos compañeros lectores (según la RAE ya no es necesario hacer distinción de sexos, con el masculino vale) que han seguido al pie del cañón han tenido la posibilidad de leerlos y comentarlos, pero se ha notado el declive al que me he referido anteriormente. De este modo, he decidido también bajar la persiana antes de lo deseado, dejar el nuevo relato que tengo entre manos hasta el inicio del nuevo curso, y colgar el cartel de “Cerrado por vacaciones”.

Para aquellos curiosones que quieran saber de qué iban mis dos últimos relatos, aquí les dejo los respectivos enlaces, de este modo no tendrán que buscarlos:


Felices vacaciones para los que leáis esto antes de marcharos y bienvenidos de nuevo aquellos que lo hacéis tras haber regresado.





viernes, 13 de julio de 2018

La maldición



Cuando compramos aquella vieja casona del pueblo donde solíamos veranear, con la intención de rehabilitarla y convertirla en nuestra residencia habitual, la gente nos miraba con cara aviesa. Al principio pensamos que sería porque no les gustaba que unos forasteros se hicieran con una propiedad que había pertenecido a una insigne familia de la comarca, tal como indicaba el blasón que lucía en la fachada. La vivienda, un edificio del siglo XVIII, había permanecido deshabitada durante cien años, de ahí que estuviera en tan mal estado. ¿Qué mejor que volverla a su estado original y conservarla en perfectas condiciones habitándola? La gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.

Un día, uno de los vecinos vino a vernos. Nosotros estábamos recorriendo las dependencias, junto con un arquitecto técnico, para tomar nota de los desperfectos y las modificaciones que considerábamos necesarias para hacerla habitable y cómoda.

“Esta casa está maldita”, nos dijo sin ningún reparo. Ante nuestra cara de estupor, se reafirmó añadiendo que si nos quedábamos a vivir allí no dormiríamos tranquilos ni una sola noche por culpa del espíritu que la habitaba, motivo por el cual nadie había querido comprarla. Su antiguo propietario y morador había sido un hombre famoso, pero no solo por su linaje sino también por su maldad. Se decía que su alma había quedado atrapada entre esas viejas paredes. ¿Qué interés podía tener aquel vecino en hacernos creer esas paparruchas? ¿Por qué esa advertencia para que no nos quedáramos a vivir allí? Lo dicho: la gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.

Cuando por fin pudimos habitarla, mucho después de lo esperado y tras un dispendio mucho mayor de lo previsto, comprobamos que lo que aquel hombre nos había dicho parecía cierto. La casa temblaba, todas las noches, desde los cimientos hasta la chimenea más alta. Por raro que parezca, acabamos acostumbrándonos a ese ajetreo nocturno, incluso a los poltergeists que, de vez en cuando, acompañaban a esas violentas vibraciones. Si todo ello respondía a algo paranormal, no nos amedrantaría. La inversión que habíamos hecho era de tal cuantía que valía la pena resistir aquella incomodidad. A las pocas semanas, dormíamos como un tronco; no había temblor ni ruido capaz de desvelarnos. Mientras la casa no se viniera abajo, no corríamos ningún peligro. Hay que temer más a los vivos que a los muertos, nos decíamos. Habíamos reforzado a conciencia los cimientos, paredes y vigas; las tejas y el maderamen eran mayoritariamente nuevos. No teníamos nada que temer. El espíritu, si merodeaba por la casa, se cansaría y nos dejaría en paz.

Dicho y hecho. A las pocas semanas de resistencia pasiva por nuestra parte, todo volvió a la normalidad. O eso creímos.

Llegó el verano y con él nuestras vacaciones. Aquel año no teníamos previsto ir de viaje, pues nuestros ahorros habían quedado muy mermados después de la inversión realizada en la restauración de nuestra nueva vivienda, pero el hermano de mi mujer nos invitó a pasar con ellos quince días en la playa. “Está muy bien el aire de la montaña, pero el yodo y la brisa marina son aún más saludables”, nos dijo. Así que hicimos las maletas y cerramos la casa a cal y canto.

Al regresar, no había casa, solo cascotes y maderas quemadas. Un pavoroso incendio lo había devorado todo. “Como no dejasteis ninguna dirección ni teléfono de contacto, no pudimos avisaros”, nos dijo el alcalde.

Los bomberos no hallaron ninguna prueba que demostrara cómo se había originado el incendio. No se había producido ningún cortocircuito, la luz estaba desconectada, todos los aparatos electrodomésticos estaban, por lo tanto, inactivos, y se descartaba un posible atentado, pues, en primer lugar no existía ningún móvil ─¿quién iba a desear perjudicarnos de ese modo?─ y, en segundo lugar, no se había hallado restos de ningún producto combustible. “Quizá un rayo. Hace seis noches hubo una tormenta eléctrica del carajo. Si su póliza del seguro cubre la caída del rayo, podrán recuperar gran parte del dinero que se gastaron y construirse una casa nueva” ─remató la máxima autoridad del pueblo.

Desposeídos de nuestra vivienda, tuvimos que alojarnos en un hotelito cercano, donde emprendimos los laboriosos trámites para poder cobrar de la Compañía Aseguradora. Aun así, andando sobrado de tiempo libre, pues seguíamos de vacaciones, se me ocurrió indagar, por curiosidad más que por superstición, quién fue ese antiguo propietario de la casa y cuya fama ─buena o mala─ había llegado hasta nuestros días y cuyo espíritu había estado supuestamente incordiándonos desde el día que nos instalamos en ella.

Para ello tuve que trasladarme a la capital de la comarca e indagar, en el archivo histórico, entre legajos en un estado deplorable. Solo me habían dicho que al antiguo propietario se le conocía como el Marqués de Robles o algo así. Tras toda una mañana de intensa búsqueda di con el árbol genealógico del Marquesado de Roures, en el que la línea sucesoria terminaba con Agustín Roures Marzá (1858-1918), hijo único de Armando Roures Castillo (1818-1883), hijo, a su vez, de Raimundo Roures Monsanto (1770-1828) y este de Ramón Roures Traver, el primer Marqués de Roures (1743-1793), quien hizo construir la casa familiar en 1783, en la que vivirían cuatro generaciones de Roures antes de que nosotros la compráramos. Había dado, pues, con él. Roures, en catalán y valenciano, significa Robles. Quizá se hubiera castellanizado su apellido y de ahí que la gente del lugar le conociera como Robles. Además, habían transcurrido cien años de su muerte y la memoria de los actuales habitantes del pueblo bien pudiera haberse diluido. Pero el blasón que coronaba el documento no dejaba lugar a dudas.

Agustín Roures, bisnieto del primer Marqués de Roures y último propietario de la que había sido nuestra casa hasta quedar reducida a escombros, fue la oveja negra de la familia. Nunca llegó a casarse. Su padre le desheredó por su mala vida y peores costumbres. Al fallecimiento de este, Agustín, que contaba con veinticinco años, se quedó prácticamente arruinado, teniendo en cuenta el estilo de vida al que estaba acostumbrado. Excepto la casa familiar, todos los bienes (tierras y dineros) fueron donados por Armando Roures a la Iglesia. En una nota apergaminada se decía que, viéndose en la ruina, Agustín, de reconocido mal carácter, había jurado quemar todo lo que su padre le había arrebatado. El caso fue que, al poco, los campos y bosques legados al arzobispado ardieron de forma descontrolada, al igual que la iglesia y la ermita del pueblo, beneficiadas por los donativos del marqués fallecido. Siempre se sospechó de Agustín, pero no se hallaron pruebas incriminatorias. Este vivió hasta el día de su muerte, a los sesenta años, recluido en su caserón, subsistiendo con lo que obtenía de la venta de sus cuadros, joyas, candelabros, muebles, y enseres de todo tipo, y, se intuía, de alguna que otra fechoría por cuenta ajena. Varios fueron los incendios provocados por aquella época en iglesias y monasterios a los que se creía que el padre de Agustín había favorecido económicamente. Todos sospechaban que detrás de aquellos hechos estaba la mano de “El marqués pirómano”, como algunos le apodaron. En vida dijo en más de una ocasión que nadie se beneficiaría de lo que consideraba suyo, y que quien pretendiera arrebatarle lo que le correspondía por derecho ardería como un leño en la lumbre. A las puertas de la muerte dejó dicho que su casa debía preservarse como estaba hasta el final de los días, y si alguien pretendía hacerse con ella, lo pagaría caro. Una maldición como otra cualquiera, a la que no le doy más valor que a una leyenda urbana.

Los trámites con la aseguradora se están prolongando más de lo que esperábamos, pues no queda claro que la causa del incendio fuera la caída de uno o más rayos. Los peritos siempre tan escrupulosos. Nosotros dejamos el hotelito y estamos viviendo en un piso de alquiler en nuestra ciudad de origen. No hemos vuelto a poner los pies en el pueblo ni pensamos hacerlo. No es que creamos que lo ocurrido fue obra del espíritu de aquel marqués pirómano, pero nos invade una cierta aprensión. A la última persona que vimos antes de abandonar el pueblo fue al vecino que nos advirtió del peligro de habitar la casona. Todo lo que nos dijo fue que fuéramos con cuidado, que los espíritus suelen ser muy vengativos, sobre todo los de aquellos que en vida fueron especialmente malvados. Desde luego, la gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.



viernes, 6 de julio de 2018

Malditos vecinos



Llegaron en primavera, como las aves migratorias, y desde el primer día de su llegada, sospechamos que ocultaban algo inconfesable. Reconozco que suena a la típica película de suspense, con vecinos muy simpáticos pero que en realidad son unos asesinos o espías rusos. Pero lo nuestro no era fruto de una fantasía, sino que tenía visos de ser tan real como lo éramos nosotros. Y al decir “nosotros” me refiero a mi hermana y yo. Éramos, pues, dos los que sospechamos casi al instante de la falsa identidad de los recién llegados.

Vivimos en un adosado. El conjunto lo conforman treinta casas de dos plantas que comparten un gran jardín comunitario con piscina. Los nuevos vecinos se instalaron justo en la casa de al lado.

Llegaron a media mañana de un sábado. Mi hermana y yo estábamos en la parte delantera lavando el coche de papá, como hacíamos todos los sábados a cambio de una pequeña recompensa económica. Cuando los vimos llegar, seguidos por el camión de las mudanzas, nos parecieron encantadores. Una pareja joven y de buen ver, sobre todo ella, una morena despampanante. Les echamos treinta y pocos años. Parecían la pareja ideal. Tan pronto nos vieron, se acercaron a saludarnos y se presentaron. Tricia y Nando ─de Patricia y Fernando, según se apresuraron a aclarar─. Por la tarde, volvieron en plan formal, para presentarse a nuestros padres, a quienes les cayeron extraordinariamente bien, por lo simpáticos y educados que se mostraron. A mi padre le encantó Tricia, aunque dudo que fuera por su maestría como pastelera, como nos dio a entender, tras probar la tarta de chocolate con la que nos obsequió y que, según dijo, había hecho con sus propias manos.

Pero desde ese día, o debería decir desde esa noche, no dejaron de incordiarnos con un molesto vocerío, que al principio atribuimos a la típica pelea de pareja. Nuestros padres no se enteraron, pues su dormitorio linda con la casa opuesta, mientras que nuestras habitaciones daban, pared contra pared, a la de nuestros jóvenes y guapos vecinos.

No fue ese un suceso aislado, sino que se repetía casi cada noche, a la hora de acostarnos. Las voces, y algún que otro grito, se alternaban con susurros, y en ambos casos parecían de personas mucho mayores que ellos. A veces eran voces desgarradoras, otras sonaban como quejidos y sonidos guturales emitidos por un ser agónico.

Cuando se lo contamos a papá y mamá, él se echó a reír ─me imagino que su interpretación iba por otros derroteros─ y ella nos miró con cara de preocupación. “¿No habréis estado fumando hierba?”, fue todo lo que nos dijo. A pesar de nuestra negativa, no quedó muy convencida. Desde entonces se pasaba el día olfateando nuestros dormitorios y mirando en los armarios, bajo la almohada y el colchón.

Cuando se producían esos “sonidos”, pegábamos la oreja a la pared para oír mejor, pero no había forma. Acabamos deduciendo que, o bien se drogaban y deliraban, o bien llevaban a cabo un ritual satánico invocando al mismísimo diablo. Acabamos inclinándonos por lo segundo. Los adoradores del diablo siempre son gente encantadora, las películas lo dejan bien claro. Esa información, sin embargo, no la compartimos con nuestros progenitores, pues entonces sí que nos habrían tomado por locos o drogatas.

Curiosos por naturaleza ─no sé a quién salimos, pues nuestros padres tienen de curiosos lo que yo de marciano─, mi hermana y un servidor nos propusimos aclarar el misterio como fuera. Pero ¿quién sería el valiente que se metería en la boca del lobo para desenmascarar a esos dos? Solo había un candidato, según mi hermanita: su noviete, el chaval más valiente y aguerrido del Instituto. Fue, por lo tanto, tarea suya convencerle para que nos echara una mano y lo que hiciera falta.

El tío no se amilanó. Fanático como era de las películas de terror y de los videojuegos de muertos vivientes, le venía como anillo al dedo una aventura de tal calibre, esperando con toda seguridad hacerse el héroe ante mi hermanita. Una vez reclutado como caza-demonios o caza-lo-que-sea, solo necesitábamos un plan. Y como, según mi hermana, yo era el más escuchimizado pero el más listo de los tres, me tocó a mí esta tarea.

Para empezar, había que hacer un seguimiento de sus costumbres y movimientos, cosa que no me resultaría fácil al tener que compaginar mi tarea de espía con la asistencia a clase. Aun así, al cabo de cinco días de intensa labor investigadora, tenía información más que suficiente, tras lo cual cité a mis dos colaboradores para comentar el resultado de mis pesquisas.

─Cada noche, a eso de las diez, llega gente, llaman mirando a su alrededor, como asegurándose que no son vistos, y cuando les abren entran sigilosamente.
─Eso sí que es sospechoso ─afirmó el amiguete de mi hermana─. ¿Y no les has visto la cara?
─Delante de su casa no hay ninguna farola, por lo que la entrada queda muy oscura. Lo único que sé es que, por cómo van vestidos y se mueven, son hombres y mujeres. El número varía. Unas veces son cuatro, otras hasta seis. Alguna noche solo dos.
─¿Y qué más? Porque solo con esto no podemos pensar que hagan nada malo ─terció mi hermana.
─Ni Tricia ni Nando salen a trabajar. Siempre están en casa. Cuando salimos para ir al “Insti” su coche está aparcado en la calle, y cuando volvemos, a las cinco y media, sigue allí. Vivimos lo suficientemente lejos del núcleo urbano como para que necesiten ir en coche a todas partes. Solo salen para ir de compras. Esta semana lo han hecho dos tardes, a eso de las seis, y tardaron unas dos horas en volver del Centro Comercial que hay junto a la autovía. Solo usan el coche para eso.
─¿Y cómo sabes que van a comprar a ese Centro Comercial, listillo? ─eso lo preguntó el tonto del noviete de mi hermana, quién si no.
─Pues porque lo pone en las bolsas de plástico que llevan. “Centro Comercial Los Andes” ─contesté con un deje de desprecio.
─Ya te dije que mi hermano es muy listo ─volvió a terciar mi querida hermana.
─Además, ¿no te has fijado ─dije dirigiéndome a ella─ que nunca dejan el coche dentro del garaje?
─¿Y eso qué significa, según tú? ─volvió a cuestionar mi poder deductivo el valiente, aguerrido pero estúpido noviete de la tonta de mi hermana. ¿Cómo podía aguantar a aquel besugo?
─Pues está claro ─afirmé con rotundidad, dejando a la silenciosa concurrencia expectante.
─¿…?
─¡Que son unos terroristas islámicos y preparan un atentado!
─¿Cómo dices? ¿Pero no se suponía que eran adoradores del diablo o algo así? ─saltó mi hermana. Y ante la cara de estupor de la pareja de incrédulos oyentes, rematé:
─A ver, no trabajan, de algo tienen que vivir, digo yo. En el Centro Comercial pueden comprar de todo, incluso sustancias para fabricar explosivos. Todo lo almacenan en su garaje, de ahí que tengan que dejar el coche en la calle, para que nadie vea la mercancía al abrir y cerrar la puerta batiente. Sus visitantes nocturnos son miembros de una célula durmiente que ha recibido órdenes para actuar. ¿Y dónde hallarían un lugar mejor que en este tranquilo vecindario? Se hacen los simpáticos para no levantar sospechas. ¿Acaso no habéis visto cómo siempre los vecinos de los terroristas los describen como chicos muy normales y muy majos, que quién lo iba a decir?
─¿Y por qué yihadistas? ─esta vez fue mi hermana quien preguntó, doliéndome su falta de perspicacia en lo más hondo de mi ser.
─Al principio no caí en la cuenta, pero solo hay que ver su pelo negro y rizado, su piel morena, especialmente la de ella, con esos ojos tan oscuros. ¿Y qué me dices de su acento tan… especial?
─Eso es verdad, hablan un pelín raro, pero como papá dijo que debían ser del norte, seguramente vascos… ─acabó admitiendo mi hermana.
─Qué acento vasco ni qué niño muerto, es acento árabe. Y ahora manos a la obra ─declaré, poniendo fin a la cháchara.
─¿Cómo que manos a la obra? ─era el presunto cuñadín quien preguntaba con cara de palurdo.
─Pues que ahora es el turno del valiente y aguerrido amiguito de mi hermana ─dije con retintín─, que para esto te hemos metido en el ajo ─añadí, sintiéndome por fin liberado de tanta tensión acumulada a lo largo de mi investigación, pasando el testigo a ese pardillo que mi hermana tenía por novio.

Y entonces pasé a relatarle cuál iba a ser su papel.

─Solo tienes que colarte en su casa. No pongas esa cara, ¿no dices que eres como Spiderman? Pues eso, escalas o te las compones como sea para entrar. Pero antes mira en el garaje, a ver qué esconden y haces una foto con el móvil. Luego, cuando estés dentro, subes al piso de arriba y vas al dormitorio, que es donde deben tener su centro de operaciones. Mira, te he hecho un plano. A fin de cuentas, su casa es como esta, pero dispuesta al revés, como si fuera una imagen especular de la nuestra ─dije lo de “especular” a sabiendas de que no entendería el término y eso me daría más autoridad y respeto, como debe ser en un jefe de equipo.
─Lo que no acabo de entender es lo de los gritos y susurros y todas esas voces extrañas que oímos ─comentó mi todavía incrédula hermana.
─Pues está más claro que el agua: discuten sobre cómo y dónde llevar a cabo el atentado, ya sabes que los árabes discuten a gritos, por eso no entendíamos lo que decían. Y las otras voces son las de otros compañeros, que hablan en voz más baja por prudencia, para no llamar la atención.

Al terminar mi argumentación, mi hermana me miraba asombrada, seguramente por mi pericia, y el otro, con una cara de bobo que parecía que se le iba a desencajar la mandíbula. Pero, como el perro fiel que era de mi hermanita, quien le dirigió una mirada entre suplicante y provocadora, el noviete e improbable cuñadete se puso las pilas. Al día siguiente, a las nueve de la noche, que era, según mis observaciones, cuando Tricia y Nando, o como se llamaran, cenaban en la planta baja, se coló, armado con un puñado de herramientas de bricolaje, en la casa de nuestros vecinos terroristas. Después de eso, haríamos historia.

A las nueve y media estaba de vuelta, jadeando y sudoroso, en la habitación de mi hermana, quien pasó el cerrojo para evitar la esperada intrusión de nuestra madre para avisar que la cena estaba lista. Cuando se hubo repuesto del agotamiento físico y mental, desembuchó.

─Joder, tío ─evidentemente se refería a mí─, vaya embolao en el que me has metido. No he podido entrar en el garaje porque tienen una alarma independiente de la de la casa y seguro que estaba conectada. He entrado por la cocina y he subido al piso de arriba. Por cierto, tienen la casa muy bien decorada y llena de velas encendidas, de esas aromáticas. Aunque he ido con tiento, deben haberme oído porque, cuando estaba justo delante de la puerta del dormitorio, ha aparecido un tío con cara de bestia parda y, ay la hostia, ¡con una pistola en la mano! Si no la he palmao es porque debo tener el corazón de hierro y porque el tío no me ha disparado, que si no… Mientras me apuntaba, preguntándome quién coño era, cómo había entrado y qué quería, oía una voz de mujer en la planta baja que llamaba a la policía. Todavía o sé cómo lo he logrado, pero me he largado tan rápido como el rayo y he saltado por una ventana que estaba abierta al final del descansillo. Por fortuna he caído sobre unas hortensias y no me he roto la crisma de puro milagro.
─Pues sí que has tenido suerte, sí ─quien dijo eso era yo.
─¿Seguro que estás bien, cari? ─eso lo dijo mi hermana.

En eso llamó mamá a la puerta informando a mi hermana que la cena estaba lista y preguntándole si yo estaba con ella pues no me encontraba en toda la casa. Con ello dimos por terminada la reunión.

─Tranquilos ─dije aparentando tranquilidad─, esperaremos hasta mañana a ver qué pasa. Si se presenta la policía, es que realmente la han llamado y entonces no son terroristas. Y si no aparece la policía es que no la han llamado y eso solo puede significar que estamos en lo cierto. ¿Os imagináis la casa de unos terroristas que están preparando un atentado llena de policías husmeando aquí y allí en busca de explosivos y pistas, exponiéndose a que entren donde no deben y vean lo que no deben descubrir?

Como la policía no hizo acto de presencia, al día siguiente, a las cinco y cuarto de la tarde, era yo quien llamaba al 091 para denunciar la existencia de unos terroristas que se hacían pasar por unos vecinos ejemplares.

Llamé desde un locutorio que hay muy cerca del Instituto. Aun así, utilicé un pañuelo para cubrirme la boca y enmascarar mi voz. Les dije que no podía identificarme porque temía por mi vida, les di la dirección de mis vecinos y les recomendé que se presentaran a las diez y pico de la noche para que pudieran coger a todos los miembros del comando in fraganti.

Llegué a temer que me tomaran por un chiflado o por un bromista, que hubieran detectado una voz infantil ─aunque ya la tengo bastante grave─ y creyeran que todo era una travesura de críos. Pero no fue así. El horno no está para bollos, estamos en el nivel cuatro de alerta terrorista y nadie se atrevería a ignorar un aviso de tal magnitud.

La policía se presentó a las diez y media en punto. Mi hermana, el guaperas y yo estábamos vigilando el escenario del asalto desde la ventana de su dormitorio, que da a la calle, pues el mío da a la zona comunitaria.

El despliegue fue de película. Decenas de agentes uniformados, con casco, chalecos antibalas y metralletas se apostaron sigilosamente ante la casa de nuestros vecinos. Llamaron a la puerta de las dos casas colindantes para penetrar hasta el jardín trasero y así cerrarles el paso si pretendían escapar por la parte de atrás. Mis padres, más tiesos que un poste de la luz y con cara de acojonados, se apartaron para dejarles el camino libre, guardando silencio tal y como el agente que encabezaba la comitiva les pidió por señas. Nosotros tres, en el piso de arriba, íbamos del cuarto de mi hermana al mío y viceversa, para no perdernos un detalle de lo que ocurría delante y detrás de la vivienda. Finalmente, y de forma sincronizada, los agentes se abrieron paso derribando las puertas delantera y trasera de la casa de los vecinos y, dando voces de “policía, policía”, entraron en tromba.

Desde nuestros dormitorios oímos gritos que no parecían proceder de los agentes sino de los presuntos terroristas. Nos llamó poderosamente la atención unos chillidos agudos, propios de alguien que está aterrorizado, seguidos de llantos de mujer. No acertábamos a entender nada de lo que se decía. Por una vez quise que las paredes fueran realmente de papel de fumar, como solía decir mi padre.

Al cabo de una media hora se hizo la paz, la policía se marchó dejando el barrio en un silencio solo alterado por los ladridos de unos perros que debían oler el miedo. De la casa de nuestros vecinos salieron precipitadamente cuatro personas, dos hombres y dos mujeres, y cada pareja tomó un rumbo distinto. Los hombres iban refunfuñando y las mujeres sofocando el llanto. En unos segundos todos habían desaparecido de nuestra vista. Y a nosotros tres, perplejos e intrigados, no nos quedó más remedio que esperar a oír las noticias de la mañana, pues algo así no podía pasar desapercibido.

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, antes de partir hacia el Instituto, sugerí a mis padres que pusieran la televisión para ver si se comentaba algo sobre lo sucedido la noche anterior. Dicho y hecho. Al encender el televisor, el locutor del programa de noticias matutinas estaba dando la información que, más o menos, decía así:

“La pasada noche, alertados por una llamada anónima, efectivos del grupo antiterrorista de la Guardia Civil se personaron en un complejo de viviendas adosadas de la urbanización conocida como “El pulmón verde”, en las afueras de la capital, con objeto de desmantelar un supuesto grupúsculo yihadista que presuntamente se disponía a perpetrar un atentado. La amenaza resultó ser falsa, pues en la vivienda sospechosa no había indicios de comisión alguna de un delito contra la seguridad ciudadana. Lo que hallaron los agentes que irrumpieron en la citada vivienda fue a un grupo de seis personas, entre ellas la pareja de propietarios, que llevaban a cabo una sesión de espiritismo. Al parecer, los propietarios, de origen rumano, solían recibir, casi todas las noches, a un grupo de clientes con la finalidad de contactar con sus seres queridos fallecidos. Farsantes o no, no se les pudo imputar ningún otro delito que el de tenencia ilícita de armas pues, al parecer, se les incautó un revolver. Seguramente, la asidua presencia de tales visitas nocturnas, despertó la sospecha de algún ciudadano que no quiso darse a conocer”.

─Bueno, ya decía yo que nuestros vecinos ocultaban algo ─dije una vez terminada la noticia. Todos seguimos desayunando como si tal cosa.

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Tricia y Nando, o como se llamen, se han mudado. Creo que tienen algún asunto pendiente con la policía, pero ya no me interesa su vida privada. Mi hermana y el cachas de su noviete no dejan de burlarse de mí desde entonces. Y todo por culpa de esos malditos vecinos.



miércoles, 20 de junio de 2018

El sabor de la venganza



Esta es la historia de una amistad, un desencuentro, dos venganzas y una locura.

Conocí a Javier y a Gonzalo en la Facultad y, aunque no llegué a intimar mucho con ellos, puedo decir que fuimos amigos. De ahí que conozca la historia de primera mano.

En aquellos años de estudiantes eran inseparables. Eran casi como hermanos, hasta que se interpuso algo que acabó con su amistad. Y no fue el amor por la misma mujer, como quizá hayáis pensado, sino algo mucho más prosaico.

Al poco de licenciarse, a los dos les apareció la misma oportunidad laboral. Como casi todo lo habían hecho en común, esa no podía ser una excepción. Ambos se presentaron a la misma entrevista de trabajo y que ganara el mejor.

Ganó Gonzalo, y Javier asumió la derrota con deportividad, como no podía ser de otro modo. Aun así, a partir de entonces sus vidas empezaron a transcurrir por derroteros distintos y se fueron distanciando. Sus respectivos trabajos y vidas familiares los mantenían demasiado ocupados.

Al cabo de diez años del inicio de ese distanciamiento, solo interrumpido por breves y esporádicas llamadas de cortesía por sus cumpleaños y por Navidad, a Gonzalo la vida le sonreía. Tras una escalada profesional meteórica, ocupaba, a sus treinta y cuatro años, la Dirección General de una importante empresa farmacéutica. A Javier al principio las cosas no le fueron del todo mal, pero seguía sin ver cumplidas sus expectativas profesionales. Tuvo que conformarse con ser un comercial, un vendedor, como él solía decir con un deje de amargura. Ofrecía y vendía a sus clientes las materias primas que fabricaba la empresa química para la que trabajaba. Esta, tras años de inestabilidad, estaba pasando por una mala racha, y a pesar de la crisis, a Javier cada vez se le exigía un mayor volumen de ventas. Y estas no solo no aumentaban, sino que iban imparablemente en descenso. De seguir así, presentía que su puesto de trabajo peligraba. Como cada vez eran más las ocasiones que salía del despacho de los jefes de compras sin un pedido que llevarse al bolsillo, decidió subir un peldaño más en el escalafón y tratar directamente con los directores generales. Pero estos declinaban una entrevista que no era propia de su rango ni responsabilidad. Y entonces fue cuando pensó en su amigo.

Javier visitaba con frecuencia la empresa que Gonzalo dirigía sin haberse nunca dado a conocer como amigo suyo, sin haberse atrevido jamás a preguntar por él y pasar a saludarle. Y todo por vergüenza. Se sentía inferior. Mientras su viejo amigo y compañero de estudios estaba en lo más alto, él era un simple vendedor, con un sueldo poco más que mediocre si no fuera por las comisiones por ventas, que iban en declive. Precisamente la empresa de Gonzalo era una de las que últimamente habían reducido drásticamente el número y volumen de sus pedidos. La competencia de los suministradores asiáticos era demoledora. Así pues, solo con que su amigo accediera a echarle una mano y se aviniera a dar las instrucciones pertinentes a su jefe de compras, podía salvarle, aunque fuera momentáneamente, del mal trago por el que estaba pasando. Sería, sin duda, un trato de favor, pero un amigo es un amigo y no le dejaría en la estacada.

Tragándose su absurdo orgullo, Javier llamó, como había hecho tantas veces, a la empresa que, hasta hacía poco, era uno de sus mejores clientes, con la intención de solicitar una entrevista con Gonzalo. Tras identificarse a la recepcionista que tan bien le conocía, esta se le adelantó alegando que el jefe de compras no estaba ni estaría en toda la semana. Cuando le dijo que no era con el jefe de compras con quien quería entrevistarse sino con el Director General, el silencio que suele acompañar al pasmo y preceder a las malas noticias ocupó la línea telefónica más tiempo de lo normal. Finalmente, tras una fría disculpa, le pidió que esperara un instante. Una respuesta todavía más fría sorprendió a un angustiado Javier. “El señor director desea saber cuál es el motivo de la entrevista”. ¿Gonzalo, su amigo, quería saber por qué quería verle? “Dígale que es por motivos personales”, fue lo que a Javier le pareció más prudente alegar. Otro lapso de tiempo, que pareció una eternidad, se interpuso entre ambos extremos de la línea, hasta que, nuevamente, la voz de la recepcionista le sacó de dudas. “Lo lamento, pero el señor director no podrá recibirlo, está últimamente muy ocupado. Pruebe usted más adelante”. Eso fue todo. Casi nada. Esperaba excusas, lamentos, disculpas de boca de Gonzalo. “No puedo hacerlo, Javier, compréndelo. No está en mis manos, aunque sea el Director General, debo ceñirme a las normas, como cualquier empresa debemos reducir costes para mejorar nuestros beneficios, me debo a la Junta de Accionistas…” Cualquier cosa. Seguramente lo habría comprendido. Los negocios son los negocios y las amistades hay que dejarlas de lado. Pero nunca habría imaginado que Gonzalo ni siquiera se hubiera dignado a recibirlo, que le diera la espalda de ese modo, excusándose, a través de un intermediario, como lo habría hecho con un extraño.

Volvió a intentarlo en varias ocasiones y siempre con idéntico resultado. O estaba de viaje o reunido, Nunca podía atenderlo ni recibirlo.

En poco más de un año, la vida de ambos dio un vuelco, un salto mortal. A Javier le despidieron. La crisis se recrudeció y se cebó incluso en los profesionales más cualificados, hasta el punto de que Gonzalo también perdió su puesto de Director General. Un decrecimiento en las ventas también le pasó factura a él. De ese modo, se convirtió, de la noche a la mañana, en un alto ejecutivo en paro.

Fue para ambos un duro periodo en el que se puso a prueba su capacidad de resistencia. Después de una búsqueda sin tregua, Javier acabó encontrando un buen empleo en una empresa que acababa de instalarse en España y que en poco tiempo se había convertido en uno de los mayores fabricantes de materias primas del país y en plena expansión internacional. Paso a paso, con esfuerzo y determinación, fue entonces Javier quien fue escalando posiciones hasta ser nombrado, al cabo de cinco años, Director General y Consejero Delegado de la planta española. Ahora era a él a quien la vida le sonreía.

Gonzalo, en cambio, cayó en una depresión pues, en añadidura a la humillación que había significado su despido, no había forma de dar con una vacante de relevancia acorde a su categoría en ninguna compañía farmacéutica nacional e internacional. Tenía poco más de cuarenta años, pero ningún “cazatalentos” pudo hallarle un cargo que se adecuara a sus exigencias. Su lema seguía siendo “siempre hacia arriba, siempre hacia adelante, nunca hacia abajo, nunca hacia atrás”. Pero cinco años sin trabajar estaba dañando su imagen mucho más que cualquier causa que pudiera esgrimir para justificar la pérdida de su puesto como Director General. Nadie estaba dispuesto a contratar a un directivo que llevaba tanto tiempo en paro. Era extraño, incluso sospechoso. Así las cosas, a Gonzalo no le quedó más remedio que claudicar y buscar trabajo en cualquier otra área del sector químico-farmacéutico.

Un día las vidas de Javier y de Gonzalo se volvieron a cruzar. No sabría decir si fue el destino o la casualidad. Javier me llamó para contármelo. El Director de Recursos Humanos le había llamado a primera hora de la mañana. Iba a entrevistar a alguien que quizá conociera, pues en su currículum indicaba que se había licenciado en la misma Facultad y el mismo año que él. Era Gonzalo, y el puesto para el que se presentaba era el de jefe de almacén. Javier se mostró indiferente. Solo le pidió que, después de entrevistarlo, lo hiciera pasar a su despacho. Simplemente quería saludarlo. 

Según Javier, el semblante de Gonzalo, al verle sentado tras la mesa del Director General de la empresa, se transfiguró en algo indescifrable. El cara a cara duró el tiempo que necesitó Javier para desahogarse a sus anchas. Le hizo pagar todos sus desaires con una invitación a abandonar su despacho y su empresa con viento fresco. Me confesó que, aunque nunca había creído en el ojo por ojo, aquel acto de venganza le supo a ambrosía. Gonzalo no quiso reconocer que había obrado mal y se marchó profiriendo todo tipo de amenazas.

Yo no había vuelto a ver a Gonzalo hasta hoy. Había intentado visitarle muchas veces, pero a última hora me echaba atrás. ¿Qué le podía decir? Por fin decidí dar el paso y ha sido precisamente hoy, cuando se cumplen cuatro años de la muerte de Javier.

Gonzalo está muy envejecido. Solo tiene cincuenta años y aparenta diez más. Lo único en lo que no ha cambiado es en el tono de superioridad que siempre utiliza al hablar. Me ha contado un montón de mentiras. Por mi parte, solo le he hecho una pregunta, la que me ha llevado a visitarle: por qué lo hizo. Como respuesta, solo una sonrisa malévola. Cuando ya me levantaba de la mesa del locutorio con la intención de no volver nunca más, me ha tirado con fuerza de la manga de la camisa obligándome a tomar nuevamente asiento. Entonces, mirándome a la cara, me ha dicho: “no sabes cuán dulce es el sabor de la venganza”. Esas palabras han sido las más amargas que he oído en mi vida.



lunes, 11 de junio de 2018

El resucitado




Lo sucedido a mi buen amigo Jaime es lo más inaudito que uno puede imaginar. ¡¿Pues no se cree un resucitado?! Todo empezó con una serie de dejà vu. Siempre había creído en la reencarnación como una posibilidad, pero esas experiencias, cada vez más frecuentes, le acabaron convenciendo de que lo que experimentaba eran recuerdos de otra vida.

Todos hemos tenido esa sensación de haber visto o vivido algo con anterioridad. De pronto, algo, ya sea un lugar, una situación, una conversación o unas simples palabras, te resulta muy familiar, pero nunca lo he achacado a una existencia anterior. Yo no creo ni dejo de creer en la reencarnación, pero en lo que no puedo creer es en la resurrección. Él sí.

Jaime aseguraba que había muerto y que, tras un tiempo que no podía cuantificar con exactitud, había vuelto a la vida. Ese periodo en el que, según él, había estado muerto, coincidió con su desaparición temporal en Brasil, país al que viajó para participar en una acción reivindicativa de una ONG en defensa de la Amazonia. Se le perdió la pista durante unos días. Nadie supo decir dónde estaba. Cuando concluyó su misión, se despidió de sus compañeros diciendo que se tomaba unos días libres. Al volver a España, no parecía el mismo, de eso doy fe. Cuando fui a recogerle al aeropuerto casi no le reconocí, de tan demacrado como estaba. Al momento lo achaqué al agotamiento físico, pero con el tiempo sospeché que algo raro le ocurría. Pero de ahí a que, según me confesó más tarde, hubiera muerto y resucitado, había un largo e increíble trecho.

Esa obsesión ─pues solo así podría calificarse─ nació a resultas de una película, cuyo título no recuerdo pero que sin duda era de esas de serie B, que tanto le gustaban, en la que el protagonista era capturado por unos indígenas salvajes mientras exploraba tierras inhóspitas. Estos, creyendo que el intruso quería apoderarse de sus tesoros, celosamente guardados, era torturado para que revelara sus verdaderas intenciones, y finalmente abandonado a su suerte. Tras una muerte lenta, volvía milagrosamente a la vida y con poderes sobrehumanos, para acabar siendo idolatrado por aquellos que lo habían sometido a tormento.

Tras visionar esa bazofia, creyó que eso era lo que también le había ocurrido a él en Brasil. Algunas de las escenas que se desarrollaban en la película las sintió como un dejà vu, lo que se debía, con toda seguridad, a que había sufrido las mismas penalidades que su protagonista. Además, las pesadillas nocturnas que le asaltaban desde entonces estaban impregnadas de espanto y dolor.

Me contó que, durante los días libres que se tomó antes de su regreso, había alquilado un todoterreno con el que se había adentrado en una zona poco explorada, desoyendo las advertencias del encargado de la empresa de alquiler. Cuando devolvió el vehículo, aquel le recriminó haber tardado tres días más de lo acordado, por lo que tuvo que abonar una cantidad extra por cada día de demora. No supo ni pudo explicar lo ocurrido durante esos tres días, salvo que había sufrido una mordedura de una serpiente. Pero ello no justificaba que hubiera perdido el conocimiento y la memoria durante tanto tiempo. Según él, estando inconsciente, había sido apresado por indígenas de alguna tribu aislada, y sometido a actos y rituales salvajes que acabaron con su vida y luego, al igual que el explorador de la película que tanto le había impactado, lo abandonaron para que fuera devorado por uno de los grandes depredadores, como el jaguar, que habitan en la selva amazónica. Solo Dios había podido obrar el milagro de devolverle a la vida.

En contra de su descabellada teoría, esgrimí que no tenía ningún rastro de heridas corporales, pero él alegó que estas debían haber sanado al resucitar.

No había forma de hacerle cambiar de idea y cada vez se le veía más y más convencido de que era un resucitado. Siempre que hablábamos del tema, que era un día sí y el otro también, sacaba a colación pasajes del Nuevo Testamento y los milagros de Jesús. Y, por supuesto, la resurrección de Lázaro era el ejemplo recurrente.

Yo estaba cada vez más preocupado y él más obsesionado. Llegué a darle la razón, como a un loco al que se pretende tranquilizar, pero ello no hizo efecto alguno. Ni siquiera pudo volver a llevar una vida normal. Dejó el trabajo y se propuso compartir con el mundo entero su experiencia para que creyeran que había sido objeto de un milagro. Los milagros existían y él era un testimonio vivo. Lo único que le preocupaba era que no recordaba nada del periodo que pasó en las tinieblas, de esos tres días en que estuvo muerto. Si alguien le preguntaba qué había al otro lado, no sabría qué responder y su credibilidad se vería seriamente dañada. Y eso no podía permitirlo. Algo tenía que hacer al respecto. Y ese algo pasaba por volver a morir y resucitar, pues si Dios le había devuelto a la vida, lo haría de nuevo para que pudiera dar testimonio de su poder.

Sus dos hermanos ─uno de ellos sacerdote─ y yo intentamos buscar una solución que, inevitablemete, pasaba por ser sometido a un examen psiquiátrico. No solo se negó rotundamente, como era de esperar, sino que nos amenazó con denunciarnos por acoso y, si era necesario, con agredirnos si le poníamos una mano encima. Desde entonces, no quería ver a nadie. Pasaron semanas sin que supiéramos nada de él hasta que recibí un correo electrónico anunciándome que ya tenía todo preparado para suicidarse, y que iba a hacerlo esa misma noche. Me pedía que, si era realmente su amigo, fuera a su piso a partir de las diez para que pudiera comprobar que su cuerpo yacía sin vida en el sofá. Así, cuando más tarde resucitara, podría dar fe del milagro. Para que pudiera acceder a su vivienda, dejaría la llave bajo el felpudo. Me pedía que custodiara su cuerpo todo el tiempo que hiciera falta, quedándome en su apartamento hasta que, como hicieran dos mil años atrás los discípulos de Jesús de Nazaret, viera con mis propios ojos su cuerpo resucitado. Y, por supuesto, tenía que grabarlo.

No me quedó más remedio que acudir a esa cita macabra. Si Jaime quería quitarse la vida, no podía impedíserlo a menos que le sorprendiera en el momento en que dejaba la llave bajo el felpudo. Si le pillaba in fraganti, todavía tendría una posibilidad para evitar el fatal desenlace. Si me echaba de allí violentamente, me marcharía, pero llamaría a emergencias para que acudieran de inmediato.

Me presenté, pues, en el rellano de su piso mucho antes de las diez, comprobé que la llave no estaba donde mi amigo dijo que la dejaría y esperé pacientemente a que abriera la puerta para actuar. De lo que ocurriera allí dependería su futuro. Lo más probable era que lo declararan incapacitado mentalmente y lo recluyeran en un centro psiquiátrico. Pero mejor esto que la muerte, pensé por un momento, pero durante el tiempo que tuve para recapacitar mientras esperaba, esa creencia iba perdiendo peso. En su caso, yo preferiría estar muerto de verdad que muerto en vida encerrado en un manicomio donde, con toda probabilidad, acabaría mis días más loco de lo que estaba cuando ingresé.

A las diez, la puerta se abrió y apareció Jaime, pálido como un cadáver, tambaleándose y con una llave en la mano, que cayó a sus pies la a la vez que él se desplomaba como un muñeco de trapo. Era evidente que ya estaba surgiendo efecto lo que se hubiera tomado. Arrastré su cuerpo hasta el sofá del comedor donde intenté infructuosamente reanimarlo. Llamé, como había previsto, a emergencias. Al cabo de quince minutos, el apartamento de Jaime estaba ocupado por miembros de la policía local y de la ambulancia medicalizada.

Nada pudo hacerse para reanimar a mi amigo. La autopsia y el examen toxicológico revelaría el motivo de la muerte, pero una caja vacía de un conocido ansiolítico y una botella whisky delataban la posible causa. Lo extraño era la rapidez con que se había producido el fallecimiento, sin dar tiempo a practicarle un lavado gástrico. ¿Quizá esperó hasta el último momento para acudir a la puerta sospechando que yo habría tramado algo para disuadirle?

Cuando todo el mundo se había marchado y me quedé a solas en el apartamento de mi amigo fallecido, sentí una terrible impotencia. ¿Qué hice mal? ¿Pude haber obrado de otro modo para evitar ese final? Pero lo más importante de todo era saber qué había originado toda esa locura. Llamé a sus hermanos para darles la terrible noticia y al poco los tenía conmigo, sentados a mi lado sin saber qué decir. Uno de ellos estaba convencido que su hermano había contraído una rara enfermedad, mientras que el otro, el sacerdote, alegó que todo era el resultado de una locura repentina. Jaime siempre había sido un poco raro ─afirmó─, siempre con ideas extravagantes. Quizá lo que todo el mundo había considerado una personalidad singular, no era otra cosa que un desequilibrio mental que había aflorado en la edad adulta.

Jaime tenía, efectivamente, sus rarezas y era muy influenciable e imaginativo. Siempre había tenido un don especial para inventar historias. Nos conocíamos desde niños y le encantaba contar aventuras intentando hacerme creer que eran ciertas. Pero aquello era mucho más que una historia inventada. ¿Qué le había ocurrido en realidad para acabar de ese modo?

Lo único que tenía claro era que Jaime había sufrido una mordedura de una serpiente en la selva amazónica durante un alto en el camino para descansar y tomar un refrigerio. Aunque lo intentó, le fue imposible dar caza al animal pues reptó rápidamente hacia la espesura. Debió perder el conocimiento casi al instante. Todo indicaba que no volvió en sí hasta al cabo de unos días. Cuando describió la serpiente en la empresa de alquiler de vehículos, le dijeron que podía tratarse de una especie venenosa del género yararaca y que sin un antídoto a mano su mordedura era mortal. Era un milagro que estuviera vivo. Nadie había sobrevivido a su mordedura sin recibir tratamiento. Había vuelto a nacer.

Lo primero que me vino a la cabeza fue que, sabiendo lo que le había ocurrido a Jaime, cómo pudieron exigirle una cantidad adicional por haber tardado tres días más en devolver el coche. La mente tiene, a veces, unas reacciones extrañas: mi amigo muerto y yo cavilando sobre el comportamiento humano. Aunque, puestos a evaluar comportamientos irracionales, mucho más lo era el de Jaime al creer que, por haber quedado inconsciente por un tiempo a resultas de una ponzoñosa mordedura de un ofidio, había muerto y resucitado.

Me fui a casa dándole vueltas y más vueltas a lo que debió realmente ocurrirle a mi amigo para estar desaparecido durante tres días sin poder dar una explicación verosímil, pues esas pesadillas que él interpretó como recuerdos solo eran fruto de un estrés postraumático. ¿Cómo una mordedura de una serpiente, por muy venenosa que fuera, podía dejar a un ser humano inconsciente durante varios días y no dejar ninguna otra lesión o secuela propia de una intoxicación por el veneno?

Estuve casi todo un día buscando información sobre los efectos de las mordeduras de serpientes venenosas. Nada describía la posibilidad de una muerte clínica pero sí hallé un artículo que trataba de las propiedades de algunas toxinas neurotóxicas de origen animal, como el veneno de la cobra y otras serpientes, que pueden llegar a producir alucinaciones y sensaciones extrañas. Eso explicaría los falsos recuerdos del maltrato recibido por unos indígenas y todas esas sensaciones de miedo y dolor que le asaltaban durante el sueño. Lo que resultaba realmente extraordinario era cómo todo ello le había llevado a creer que había muerto y vuelto a la vida de forma milagrosa. Quizá la neurotoxina de esa serpiente era tan potente que le había dañado el cerebro de tal forma que había perdido la cordura.

A media tarde del día siguiente, casi tres días después del supuesto suicidio, llamé al anatómico forense para interesarme por los resultados del estudio toxicológico. La mujer que me atendió me dijo que los resultados de este tipo de análisis tardaban mucho en recibirse, pues se llevaban a cabo en un centro de Madrid. No obstante, ante mi insistencia, accedió a consultarlo con el forense que llevaba el caso y que debía practicarle la autopsia. Tras mantenerme a la espera un largo tiempo, una voz de hombre atendió mi llamada.  

─¿Oiga?
─Sí, dígame ─respondí intrigado.
─Soy el doctor Muriel, el médico forense. ¿Es usted de la familia?
─Sí, sí, soy uno de sus hermanos ─mentí.
─Lo que tengo que decirle es algo… insólito. ─parecía dubitativo, como quien no sabe cómo dar una mala notica─. El caso es que su hermano no estaba muerto.
─¿Qué no estaba muerto? Pero ¿qué dice?
─Creemos que sufrió un episodio de catalepsia. Es la primera vez que me encuentro ante un caso así. Los hay, pero son extraordinariamente raros. ¿No le había ocurrido anteriormente?
─Pues no, que yo sepa ─no podía creer lo que estaba oyendo.
─Quizá nunca se le había manifestado y la mezcla de benzodiazepina y alcohol exacerbó un trastorno cerebral hasta ahora latente. No hay otra explicación. Afortunadamente despertó poco antes de practicarle la autopsia. ¡Imagínese si no llega a suceder!

******

Él sigue convencido de que ha vuelto a resucitar. Los psiquiatras no se ponen de acuerdo con el diagnóstico, pues no hay evidencia de esquizofrenia ni de psicosis. Los exhaustivos exámenes neurológicos a los que fue sometido no revelaron ninguna alteración que pudiera hacerle propenso a sufrir catalepsia. De haber sido catalepsia lo que le había sucedido, a su edad resultaba muy extraño que no hubiera tenido ningún otro episodio con anterioridad. Los análisis de laboratorio confirmaron la presencia de elevados niveles de alprazolam y de alcohol en sangre, pero, de haber sido los responsables de la muerte clínica que sufrió, nada justificaba su posterior reanimación espontánea.

No pudimos evitar lo que su empecinamiento provocó. Ni los antipsicóticos más potentes combinados con psicoterapia han logrado sacarle de la cabeza la idea de que ha resucitado dos veces. Lo único que nos consuela es que está en el mejor centro psiquiátrico del país.

Yo sigo preguntándome qué le ocurrió realmente en Brasil. ¿Fue una mordedura de serpiente lo que causó esa pérdida de consciencia y de memoria o tal vez un primer episodio de catalepsia? ¿Qué le ha hecho perder la cabeza de este modo? Quién sabe. Cada vez lo visito con menos frecuencia, pues siempre me pide que lo saque de allí pues insiste en que no está loco. A veces se comporta violentamente y me acusa de ser un mal amigo, un traidor. Entonces se lo llevan y le ponen una camisa de fuerza para que no se autolesione en la celda. Me da pena, pero no puedo hacer nada por él.

Su hermano sacerdote, que sí cree en los milagros, afirma que lo sucedido a Jaime es simplemente fruto de su mente enferma. Yo no sé qué pensar.



jueves, 24 de mayo de 2018

No soy un adicto




Dos amigos, que llevaban mucho tiempo sin verse, se encuentran casualmente en el Starbucks que hay enfrente del edificio de oficinas en el que ambos trabajan. Mientras charlan, uno de ellos no deja de mirar su móvil. El otro, intrigado, le comenta:

─¿Estás esperando que te entre algo importante?
─¿Por qué lo dices?
─Como veo que no paras de mirar el móvil…
─Es la costumbre. Uno acaba dependiendo un poco de estos cacharros. Mi mujer se empeña en que soy un adicto. ¿Tú crees? Todo porque, según dice, estoy muy pegado al móvil. Pero qué quiere, si lo necesito para trabajar.
─Ah, ¿ahora practicas el teletrabajo?
─Bueno, no exactamente. Quiero decir que a veces hago algunas gestiones por teléfono. Ya sabes, tenemos que estar constantemente conectados.
─¿Gestiones? ¿Qué tipo de gestiones?
─Bueno… pues… solucionar un problemilla de trabajo y esas cosas. A veces me llama algún cliente… Ay, perdona, que me ha entrado algo.

Pasados dos minutos:

─Disculpa, pero es que puse unos auriculares en venta por ebay y me acaban de hacer una oferta.
─He oído hablar de esta aplicación. ¿Has vendido muchas cosas por este sistema?
─Muchas. Por este y por Wallapop. Espera, espera, que me acaban de enviar otro mensaje.
─¿Otra oferta?
─No, no. Un amigo, que le ha dado un “like” y ha hecho un comentario a una foto que colgué esta mañana, viniendo hacia el trabajo. No sabes cómo estaba la Ronda del Litoral, tío. No pude evitar hacer una foto y colgarla en Instagram y publicarla en Facebook y en Twiter. No veas la cantidad de “likes” que llevo acumulados. ¡Y solo en cuatro horas! Mira, otro, y otro. Es un no parar. Por eso mi mujer dice que estoy enganchado. Si es que no me dejan tranquilo. Y por si eso fuera poco, desde que he abierto un blog sobre viajes no paro de recibir comentarios de mis seguidores. Hasta estoy pensando en convertirme en un Youtuber de esos. Por lo menos así ganaría pasta, ja, ja, ja.
─No me digas que también le dedicas tiempo al blog en horas de trabajo.
─No, hombre, no. ¿Por quién me tomas? Pero uno, que es curioso. No puedo evitar mirar quién me acaba de dejar un comentario o un “+” en Google plus.
─¿En Google qué?
─En Google plus. ¡Ostras! ¿Quieres creer que mi suegra me acaba de invitar a que juegue al Candy Crash Saga?
─¿Tu suegra te ha invitado a jugar?
─Bueno, en realidad no. Bueno sí, pero no lo ha hecho a sabiendas. Es algo que la aplicación envía por defecto a todos los que el jugador tiene agregados. Pero, como comprenderás, no es el momento, ja, ja, ja. ¿Por qué me miras con esa cara? No me dirás que nunca has jugado a un juego online.
─Bueno, sí. Hace tiempo mi hija me pidió que instalara en mi móvil un juego que se llama Triviados, que es como el Trivial Pursuit, pero solo hemos jugado algunas veces, mientras ella volvía de la Universidad en tren y yo del trabajo en bus.
─¿Y ahora ya no?
─Pues no. Aparte de que sale con un chico, está en un grupo de WhatsApp y siempre está chateando con alguien. Así que ya tiene distracción.
─Vaya, un adolescente más enganchado a las redes sociales, je, je.
─Pueees, sí.
─¡Caramba! ¿Has oído ese trueno? No, si al final tendrá razón ese pájaro de mal agüero de la tele y acabará lloviendo. A ver qué previsión aparece en AccuWeather.
─¿Acu qué?
Pues sí, tío, va a llover y mucho. Y además va para largo. Joder, a ver si el mal tiempo me arruina el fin de semana.
─Pero todavía falta mucho para el fin de semana. Si solo estamos a martes…
─Sí, claro, pero cuando el río suena... De todos modos, me arriesgaré y haré la reserva. Mi mujer y yo habíamos planeado pasar el fin de semana en una casa rural del Montseny. Como con TripAdvisor no hay penalización si cancelas la reserva con veinticuatro horas de antelación…
─¿Y vas a hacerlo ahora?
─Sí, sí, que luego puede ser demasiado tarde. No sabes cómo vuelan estas ofertas. Y como tengo instalada la aplicación, total son unos pocos minutos.

Pasados diez minutos:

─Pues ya está. Todo arreglado. Le enviaré un WhatsApp a mi mujer para que lo sepa. De paso, si no te importa, le enviaré un recordatorio al jardinero, que tiene que pasarse por casa para hacer algunos arreglillos en el jardín. Es tan despistado el tío que si no se lo recuerdo se le olvidará.
─Vale, pero es que se me está haciendo tarde, tengo que volver al trabajo, llevamos ya… caramba, ¡más de media hora!
─Sí, sí, tranquilo, que ya nos vamos. Solo es un segundo.
─De acuerdo, pero date prisa, por favor, que me espera un montón de trabajo. Normalmente no salgo a la calle para tomar el café de media mañana, pues no está permitido, pero como hoy la máquina está estropeada y…
─Eso sí que es rapidez. No me lo puedo creer. El jardinero me acaba de contestar confirmando que se pasará por casa el jueves a eso de las seis de la tarde. Voy a ponerme una alarma para que yo también me acuerde, no sea que a última hora el que se despiste sea yo, ja, ja, ja.
─¿Qué, nos vamos, pues?
─Sí, sí, claro, vámonos. Ay, perdona, me acaba de entrar un SMS. Vaya, es un recordatorio de la cita de mañana con el oftalmólogo y ahora que me acuerdo no podré ir. Tengo que llamarle. Vete, vete, no vayas a tener problemas por mi culpa. Yo me quedo un rato solo para hacer esta llamada y también me voy.
─Vale, pues ya quedaremos para otra ocasión. Me he alegrado de verte.
─Pues claro que sí, Pero espera, pensándolo bien llamo al oftalmólogo anulando la cita y de paso ya quedamos ahora mismo para un día del mes que viene. Así lo anoto en el calendario y no se me olvidará.
─Oye, déjalo, que tengo mucha prisa. En todo caso ya te llamaré y quedamos. ¿De acuerdo?
─Vale, vale, de acuerdo. Joder con las prisas.
─Dale recuerdos a tu mujer de mi parte.
─Sí, claro. Ahora mismo le enviaré un WhatsApp para decirle que nos hemos tomado un café juntos. Es que, si no, luego se me pasará. Menos mal que tengo este trasto. Con mi mala memoria no sé qué haría sin él. ¿Comprendes ahora porqué lo necesito tanto? Y luego dice mi mujer que soy un adicto al móvil, ja.
─Oye, te está sonando el teléfono.
─(…)
─¿No vas a contestar?
─Joder, es mi jefe. ¡Qué pesado! Me ausento un momento de nada y ya me está llamando. Que se espere. No creo que sea nada urgente. Siempre puedo decirle que me he dejado el móvil en mi despacho. Además, ya casi no me queda batería. Las baterías cada vez duran menos. Será por lo de la obsolescencia programada esa. Tendré que comprarme uno nuevo.
─Muy bien. Hasta la próxima, pues. Ya te llamaré para quedar.
─Sí, sí, llámame. Ah, y dile a tu hija que no se enganche tanto al móvil, que crea adicción.


*Imagen obtenida de Internet