lunes, 10 de diciembre de 2018

Maldita soledad



La soledad me producía una profunda angustia y desesperación existencial. Después de vivir más de media vida solo, decidí comprar un amigo, pero siempre me habían dicho que la amistad no se compra. Entonces opté por alquilarlo. Solo encontré a uno dispuesto a ello. Me pidió, a cambio, discreción absoluta. Temía que alguien pudiera pensar que entre nosotros existía algo más que una simple y cordial relación amistosa. Nadie debía conocer nuestro vínculo. Venia por la mañana y se marchaba al anochecer, procurando que nadie le viera.

Me hacía compañía de forma muy eficiente y cordial. Acabamos forjando una auténtica amistad. Pero por las noches debía partir y entonces me sentía más solo que nunca. Y es que la soledad se hace más insoportable cuando previamente se ha disfrutado de una grata compañía.

Como no pude convencerle de que se quedara conmigo para siempre, tuve que pensar en una alternativa.

Muy a su pesar, ahora le tengo a mi lado a todas horas. Solo existen dos inconvenientes: se han terminado las animadas charlas que manteníamos y su cuerpo empieza a despedir un olor tan intenso que me temo que acabará alertando a los vecinos.



*El grito, de Edvard Munch (1893)

lunes, 3 de diciembre de 2018

Solo



Desde que abandonó el hospital, Sergio vivía solo en su casa de más de 300 metros cuadrados. La compró al poco de casarse. En ella habían nacido sus tres hijos. Habían sido diez años de convivencia feliz hasta que sus continuos cambios de conducta hicieron que su mujer le abandonara, llevándose con ella a los niños. No se lo podía reprochar. Recordaba el último año, con sus repentinas alteraciones del carácter y sus cada vez más frecuentes arrebatos. En los escasos momentos de sosiego y lucidez, se sentía morir con solo pensar que podía haber hecho una barbaridad. Su mujer le temía, sus hijos le temían. Decidió ponerse en manos de un profesional. El diagnóstico fue esquizofrenia paranoide súbita de origen incierto. Estuvo internado dos semanas. En todo ese tiempo su mujer solo fue a verlo en una ocasión y para decirle que, aun cuando le dieran el alta, seguiría en casa de sus padres hasta que estuviera convencida de que estaba completamente restablecido.    

El caso es que, al cabo de un mes, Sergio todavía seguía viviendo solo. No entendía por qué su mujer no volvía con él. La medicación parecía que estaba surtiendo efecto. Ya no tenía alucinaciones, y era capaz de controlar sus bloqueos, como los llamó el psiquiatra. Aunque le aseguraba que no correrían peligro a su lado, ella se mostraba reacia. En el fondo lo entendía, pero se impacientaba. No soportaba vivir solo, y menos en una casa que se le hacía cada vez más grande, fría y perturbadora. Se sentía como un fantasma encadenado a un lugar que no hacía más que recordarle su reciente y tormentoso pasado.

La soledad no le sentaba bien, nadie le llamaba ni le visitaba. Volvió a oír ruidos extraños. Por la noche, la casa parecía cobrar vida. No era el típico sonido de las tuberías o el crujir del maderamen. Le daba la impresión de que alguien se paseaba por la casa. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, que volvía a tener alucinaciones, hasta que un día, por la mañana, halló rastros de la presencia de un intruso. Objetos esparcidos por todas partes, cajones abiertos o volcados, todo revuelto. Pero ello no fue un suceso aislado. Todas las mañanas se encontraba con el mismo panorama. Nunca encontró nada en falta. El presunto ladrón debía buscar algo en concreto y, al no hallarlo, volvía noche tras noche.

Sergio no sabía qué hacer. Quería hacerle frente, pero a la vez temía encontrarse con el intruso cara a cara. Él no tenía vocación de héroe. Nunca la tuvo. Temía las confrontaciones, la violencia. De niño jamás se había peleado con nadie, ni siquiera cuando le provocaban. Era el hazmerreír de la clase. Era un pusilánime. Ahora volvía a serlo. Podía llamar a la policía, pero si descubrían sus antecedentes psiquiátricos no le harían caso. Lo peor de todo era que la violencia de quien fuera que hacía aquello iba en aumento. Los destrozos eran cada vez peores. De ser un ladrón ¿qué podía andar buscando? En la casa no había nada de gran valor. Pero si excluía el móvil del robo, ¿qué otra explicación podía darle a lo que ocurría. Y entonces cayó en la cuenta. Su mujer debía estar detrás de aquello; quería deshacerse de él incapacitándolo para luego pedir el divorcio y quedarse con la custodia de sus hijos.  

A Sergio le vinieron a la mente algunos retazos de lo que fueron los últimos momentos de su vida con su mujer. Tras cada uno de sus episodios violentos ella le amenazaba con irse a casa de sus padres con los niños. Y al final cumplió con su amenaza. Le dejó, pero dónde fue no lo sabía a ciencia cierta. En más de una ocasión la había oído hablar, muy alterada, por teléfono, encerrada en su dormitorio. “No puedo más, le voy a dejar”, le había oído decir. Él creyó que hablaba con su madre, su mejor confidente, para desahogarse. Ahora sospechaba que, en realidad, hablaba con alguien más. Seguramente era con esa persona con quien se había ido a vivir.

Sus sospechas se confirmaron al contratar los servicios de un detective. La persona con la que vivía era, ni más ni menos, su psiquiatra. Ahora sí que todo cobraba sentido. Su mujer se la pegaba con quien le había diagnosticado esa “enfermedad incurable”, como la calificó el buen doctor. Su terapeuta conocía perfectamente sus puntos débiles, sus fobias y temores. Sabía, por lo tanto, que la soledad y la incertidumbre eran sus peores enemigos y que, en tales circunstancias, era mucho más vulnerable a cualquier tipo de amenaza, física o psicológica.

Ahora se le abrían varias incógnitas. ¿Se habían liado antes, durante o después de su hospitalización? Tuvo que ser antes, pues su mujer solo le visitó una vez mientras estuvo ingresado y, que recordara, no coincidió con su psiquiatra. Sí, debían conocerse de antemano y lo tenían todo planeado desde hacía tiempo y su internamiento fue el primer paso para deshacerse de él. ¿Fue, entonces, el diagnóstico falseado aprovechando una inestabilidad emocional perfectamente tratable? Peor aún, ¿no serían sus crisis nerviosas resultado de algún producto que le suministraba su mujer siguiendo las indicaciones de su amante?  Ahora lo veía claro. Quien entraba en su casa cada noche tenía llave, la que su mujer le había facilitado. ¿Sería, acaso, un matón a sueldo el que organizaba todo aquel revuelo? Si supiera que era su psiquiatra, solo o con ayuda de su mujer, quien montaba ese numerito para desequilibrarlo mentalmente, le saldría al paso, le plantaría cara, pero si era un vulgar maleante que actuaba por dinero, podía llegar a agredirle e incluso a matarlo si se veía acorralado. ¡Todo parecía tan irreal!

Se sentía totalmente indefenso, desprotegido. Había hecho desinstalar la alarma perimetral por los falsos saltos que constantemente se producían por culpa de los gatos y aves nocturnas, y no podía conectar la alarma interior mientras él estuviera dentro de la casa. Un perro guardián no serviría de nada. Un trozo de carne envenenada o un spray inmovilizador y el camino quedaría despejado. Sergio decidió, entonces, descubrir la identidad del intruso o de los intrusos por su cuenta y riesgo, sin la intervención de terceros. Si no quería volverse loco de verdad, no le quedaba más remedio que armarse de valor y, para ello, se compró un arma. Sería la única forma de hacerle frente al intruso. Solo un arma sería lo suficientemente convincente, aunque solo con pensar en un enfrentamiento con un desconocido le temblaban las piernas. Pero por la noche, por mucho que intentaba mantenerse despierto, le vencía el sueño. Debía ser por efecto de la medicación, pero no quería dejar de tomarla, no hasta saber el origen de todo aquello, podía ser peor el remedio que la enfermedad. Tras mucho cavilar, tuvo una magnífica idea: descubriría al autor o autores del allanamiento poniendo a grabar su videocámara antes de acostarse y visualizar, por la mañana, las imágenes registradas. Con ellas sí que podría ir a la policía.

Así lo hizo. Ocultó la cámara entre los libros que llenaban las estanterías del salón, en la planta baja. Era medianoche. Con una cinta de una hora de duración habría más que suficiente. Dejando, pues, la cámara grabando, se acostó con la seguridad de que al día siguiente descubriría al malhechor. 



Se despertó al alba. Había dormido mal. Tuvo pesadillas, de eso estaba seguro, pero no las recordaba. Cuando su mente se despejó, saltó de la cama para bajar al salón a toda prisa en busca de la cámara. El salón estaba totalmente destrozado. Los libros, cuadros, fotografías enmarcadas y demás objetos decorativos estaban desparramados por el suelo hechos trizas. Eso no era obra de una sola persona. Buscó frenéticamente la videocámara entre la montaña de objetos diseminados por todas partes. ¿La habrían descubierto y se habían llevado la prueba incriminatoria? Pero al fin apareció bajo uno de los sillones. Por fortuna estaba intacta y no parecía dañada. Sergio seleccionó el modo vídeo y pulsó Play. La pantalla se encendió mostrando un fondo azul. La cinta estaba al final de su recorrido. Tenía que rebobinarla. El tiempo parecía no querer avanzar. El sonido del rebobinado se le clavaba en el cerebro. Sostenía la cámara con mano temblorosa. La impaciencia y el miedo lo embargaban a partes iguales.

El clic del fin de rebobinado le sobresaltó. Le dio nuevamente a Play y esperó con el corazón saliéndole del pecho. Los minutos se sucedían sin que apareciera nada ni nadie en la pantalla. El salón estaba a oscuras, pero aun así se veía con bastante claridad gracias a la tenue luz que penetraba desde el jardín. De pronto percibió una sombra y tras ella un cuerpo que parecía padecer una deformidad por cómo se desplazaba. Se asemejaba a un animal de grandes dimensiones, del tamaño de un oso o un gorila. Volteaba por toda la estancia como enloquecido, agitando los brazos y dando zarpazos por doquier. Los gruñidos pasaron de ser roncos a agudos, con unas sibilancias terroríficas. Arremetía contra todo lo que encontraba a su paso. Pero ¿quién era ese ser monstruoso que se había colado, noche tras noche, en su casa? No podía verle claramente, quizá vestía un disfraz para evitar ser reconocido. Si por lo menos se acercara a la cámara…

Finalmente, esa criatura se dirigió hacia el mueble donde había escondido la videocámara. Con violentos manotazos, embistió contra él, haciendo saltar por los aires todo tipo de objetos, que se veían volar por delante de la pantalla. Se iba acercando a la cámara, su respiración se oía entrecortada por la excitación que le embargaba. Una gran sombra cubrió el objetivo, la luz del exterior quedó eclipsada por ese cuerpo enorme que se detuvo de repente ante el aparato. Lo tomó en sus manos y lo observó de cerca. Todavía no se apreciaba la cara a esa bestia. De pronto se dio la vuelta, quedando algo iluminada, pero agitaba la cámara de tal forma que la imagen resultaba imposible de visualizar con claridad. Luego, debió lanzarla al aire porque parecía hacer cabriolas mientras grababa el suelo, las paredes y el techo. Hasta que se detuvo y algo la cubrió totalmente. El fondo quedó oscuro hasta que se tornó azul al haber terminado la grabación.

El único modo de ver con nitidez a ese engendro, era deteniendo la imagen en el momento en que aquel miraba al objetivo. Sergio rebobinó la cinta hasta ese instante y pulso Play, para, acto seguido, darle a Pause. La imagen se congeló mostrando la cara de lo que fuera aquello que había protagonizado todas esas incursiones, la faz del autor material de esa locura.

Se puso las gafas y se acercó al ventanal para ver mejor la imagen que ocupaba toda la pantalla. Cuando la miró con atención quedó horrorizado. Aunque era una cara deformada por la cólera y la locura, la reconoció. Las piernas le flaquearon, todo a su alrededor se desdibujó y empezó a darle vueltas. No podía ser. ¿Cómo le podían haber hecho eso?

Sergio se quedaría solo. Para siempre. No podría volver con su mujer y sus hijos. Ni siquiera podría acercarse a ellos. No volverían a ver su cara. Porque esa cara, la que él había visto en aquella pantalla, era la de un monstruo.



Representación gráfica de "Los gatos de Ulthar", cuento de H.P. Lovecraft, escritor estadounidense de fantasía y terror (1890-1937). Imagen obtenida de Internet.


jueves, 22 de noviembre de 2018

Conocer el futuro



Lo que os voy a contar, por increíble que parezca, le ocurrió a un buen amigo mío. Yo fui testigo directo del desenlace de esta historia y aun hoy me pregunto cómo pudo suceder. Siempre me reprocharé haber permitido que llegara a ese extremo.

Al cumplir la treintena, Luis empezó a obsesionarse por su futuro. Por mucho que le dijeran que lo verdaderamente importante en esta vida es el presente y que lo viviera con intensidad sin importarle el mañana, él hacía oídos sordos.

Consultó a videntes, echadores de cartas, lectores de los posos del café, quirománticos y toda clase de adivinadores, quedándole siempre la impresión de haber sido engañado. No perdió, sin embargo, la esperanza de hallar a alguien realmente cualificado para predecir el futuro.

Aseguraba que sin conocer lo que le depararía el día de mañana no podría tomar ninguna decisión acertada, pues nada es fruto de la casualidad y que lo que uno hace y cómo lo hace hoy es la base de su vida futura, tanto en lo profesional como en lo personal. Decía que deseaba lo mismo que cualquier agente de bolsa o apostador: disponer de información privilegiada para jugar sobre seguro.

Una noche de copas, volvió a salir el tema a colación. Éramos cuatro y el alcohol corría por nuestras venas a rienda suelta. En respuesta a nuestras burlas sobre su ─para nosotros─ ridícula obsesión, afirmó con rotundidad que estaba dispuesto a ofrecer una considerable suma de dinero a quien le asegurara sin un ápice de duda su porvenir.

Alguien debió oír esta propuesta porque al día siguiente recibió una misteriosa llamada telefónica. Una voz al otro lado de la línea le citaba, a las ocho de la tarde, en un parque de la periferia, asegurándole que, si acudía, obtendría lo que tanto deseaba: conocer su futuro. Aunque con reservas, Luis aceptó la invitación. A la hora convenida estaría en el lugar indicado por el misterioso personaje.

En el último momento, sin embargo, Luis tuvo un mal presentimiento. Algo le indicaba que fuera con cuidado, que quien le había citado no era de fiar. ¿Por qué, si no, le había invitado a acudir a un lugar tan aislado y solitario a aquella hora en pleno invierno? Aunque se consideraba un hombre valiente, que no se amedrentaba ante ningún peligro, sus dudas acabaron obligándole a confesarme lo que iba a hacer. Obvia decir que intenté persuadirle de que no cometiera tal disparate, que lo más probable era que se tratara de un desaprensivo que había oído la conversación y lo único que pretendía era estafarle. Ante su rotunda negativa, me ofrecí a acompañarle. Me mantendría oculto a una distancia prudencial, atento a lo que ocurría, por si acababa necesitando ayuda.

A la hora indicada, en el punto de encuentro se hallaba esperándole un individuo a quien no pude ver con claridad. Estaba agazapado bajo un gran plátano e iba vestido con un chándal. Llevaba puesta la capucha. Eso me dio mala espina. Por su complexión no parecía ser un hombre fuerte. En caso de que intentara agredir a mi amigo, podría fácilmente tumbarlo con un par de derechazos. De algo podrían servir mis horas de gimnasio.
 
Habíamos convenido que, antes de soltar la pasta, le pediría al sujeto pruebas de su fiabilidad como vidente, como que le adivinara algo que solo él y sus más íntimos allegados supieran. Luis debió quedar satisfecho, pues observé cómo le extendía un cheque. Una vez este hubo desaparecido en uno de sus bolsillos, el encapuchado extrajo del mismo un cuchillo de considerables dimensiones. En cuestión de segundos vi cómo el supuesto vidente le clavaba el arma en el pecho y cómo Luis se derrumbaba como un títere al que le han cortado los hilos.

Tal fue el estado de estupor que me invadió al ver a mi amigo desplomarse a sus pies, que tardé en reaccionar más de lo debido. Mientras corría para intentar auxiliarlo, el asesino desaparecía entre la espesura del parque.

Cuando llegué al lado del cuerpo inerte de Luis, vi cómo emergía de su pecho, a la altura del corazón, la empuñadura del cuchillo. Con manos temblorosas llamé al 061 para que enviaran de inmediato una ambulancia. Mientras hablaba con la operadora vislumbré que algo revoloteaba junto al cuerpo de mi amigo. Era un cheque al portador por valor de varios miles de euros, el que Luis había firmado hacía tan solo unos minutos. ¿Por qué su asesino había dejado tirado el cheque con el que le pagaba su servicio? ¿Se le habría caído del bolsillo al sacar el cuchillo? De pronto, oí un gorgoteo que me hizo dar un respingo. Era Luis, que intentaba infructuosamente respirar entre borbotones de sangre. Me miró con ojos vidriosos. Parecía querer decirme algo. Me agarró de la solapa y me atrajo sin apenas fuerzas. Acerqué mis oídos a sus labios. Solo pudo decir unas pocas palabras antes de exhalar su último aliento: “He visto sus ojos brillantes y su sonrisa cruel. Tenía que haberlo adivinado”.

Hasta al cabo de unos días no acerté a comprender lo ocurrido. Nadie me cree. Luis no deliraba, dijo la verdad. Descubrió la identidad de aquel sujeto, o debería decir ente, demasiado tarde. Solo la muerte conoce nuestro futuro.



domingo, 4 de noviembre de 2018

Una pesadilla




He pasado una noche fatal, despertándome a cada hora sin motivo aparente. Me embargaba una angustia indefinible. Sentía una extraña sensación de irrealidad, como si estuviera fuera de lugar, como si fuera un ser extraño o algo terrible tuviera que sucederme de un momento a otro. Mi corazón latía desbocado y la respiración era agitada. Parecía una crisis de ansiedad o un ataque de pánico. Incluso temía salir de la cama, como si esta fuera mi refugio salvador.

Cuando, por fin, me he levantado, todo ha vuelto a una relativa normalidad, pero solo momentáneamente. El simple acto de cepillarme los dientes, se ha convertido en un ejercicio extraño, como si nunca antes lo hubiera hecho. El cepillo se me ha caído varias veces de las manos. Hacer el café, verterlo en la taza y sujetarla por el asa, me ha resultado más dificultoso que de costumbre. Mi destreza se ha visto de pronto anulada. Parecía un niño torpe que aprende a manejar las cosas. Abrocharme la camisa y la americana me ha llevado más tiempo de lo estrictamente necesario. Peor ha sido hacerme el nudo de la corbata. He tenido que repetirlo más de diez veces para que saliera algo aceptable. Era evidente que algo extraño y posiblemente grave me estaba ocurriendo. Podía tratarse de un ictus. Llegué a temer, incluso, que algo desconocido se había apoderado de mí.

En la oficina me he sentido igual de torpe. No lograba ser mínimamente hábil. En más de una ocasión se me ha derramado el café, manchando todos los papeles que tenía sobre la mesa, y algún que otro expediente ha estado a punto de dar contra el suelo al abrirlo. La ansiedad ha hecho nuevamente acto de presencia, pero con mayor intensidad. Era como estar viviendo una pesadilla. No he tenido más remedio que inventarme una excusa y marcharme. He pensado que lo mejor era que me viera un médico, aunque no supiera qué decirle. Así que me he presentado en el servicio de urgencias del ambulatorio más cercano.

Ha sido, desde luego, una decisión acertada, aunque el diagnóstico me ha pillado por sorpresa. Esperaba que, en el peor de los casos, todo fuera resultado de una infección por un virus extraño, que es a lo que se recurre cuando no se sabe con exactitud qué explicación dar a una dolencia desconocida. El médico que me ha atendido ha sido muy meticuloso en la exploración. Ha resultado ser todo un profesional. Aunque al principio parecía desconcertado al relatarle los síntomas, al cabo de una hora larga de intenso reconocimiento, ha dado con la explicación del misterio.

Lo que me ha ocurrido es algo realmente insólito, probablemente sea el primer caso que se registra en la historia de la medicina. No ha podido asegurarme que sea reversible, pero por lo menos no es grave y podré adaptarme perfectamente a mi nueva situación, con paciencia, eso sí. Hay muchísimas personas a quienes les pasa lo mismo, aunque lo suyo es algo que ya se manifiesta a muy temprana edad y, por ello, es mucho más fácil detectarlo, aceptarlo y que los afectados se adapten a su condición con naturalidad. Antes había quien lo consideraba una enfermedad, algo antinatural, y pretendían corregirlo como fuera. Ahora todo es distinto, hemos progresado, somos más tolerantes y ya se considera como un hecho habitual, aunque siga siendo poco frecuente.

De todos modos, si no me adapto y me produce un gran malestar, el médico me ha dicho que puedo intentar recurrir al procedimiento que antaño se utilizaba para corregirlo, aunque no me lo recomienda. Podría atarme la mano izquierda a la espalda para inmovilizarla y así, con mucha paciencia, revertir el proceso. Porque lo que me ha ocurrido es que, por motivos del todo inexplicables, me he vuelto zurdo.


*Dedicado a todos los zurdos y zurdas que alguna vez en su vida se hayan sentido discriminados por el mero hecho de serlo



viernes, 26 de octubre de 2018

Amnesia



Su mirada amable, sus ojos claros y su sonrisa fue lo primero que vi al despertar. Era su forma de darme la bienvenida a este mundo. Ha vuelto usted a nacer, me dijo. Yo no recordaba nada. Amnesia retrógrada, la llamó. No sabía dónde estaba ni por qué. Es normal, es cuestión de días, añadió. Me pronosticó una rápida recuperación. Solo debía tener paciencia. Dicho esto, giró sobre sus talones, con aire militar, y se marchó dejándome solo entre estas cuatro paredes. Hoy se cumple una semana.

En este tiempo he recibido muy pocas visitas. Todas con palabras de ánimo y consuelo, pronunciadas en voz baja, como si no se atrevieran a levantar la voz para no oír lo falsas que sonaban. Me daba la impresión de que todos callaban algo. Su mirada de aprensión les delataba.

Por mucho que me esforzaba, no lograba reconocer a nadie y eso les contrariaba. Lo notaba a pesar de que intentaban disimularlo. Una mujer joven y muy atractiva dijo ser mi exmujer. Pegados a su lado, dos niños, su viva imagen, me observaban con ojos como platos, no sabría decir si por el temor o la incredulidad que sentían ante alguien que decía no saber quiénes eran. Dos perfectos extraños. Igual que ella.

─Hola ─fue todo lo que salió de mi boca.
─Hola ─respondieron al unísono con un hilillo de voz.
─Venga, dadle un beso a vuestro padre ─les animó ella, pero no se movieron de donde estaban, algo que, en cierto modo, agradecí.

Pero sus ojos me decían algo, parecían reclamar un cariño que no era capaz de darles. ¿Cómo no podía recordarles? Tenía que recuperar la memoria.

Cuando se marcharon me sentí más solo que nunca.

Nadie quería decirme qué me había ocurrido para haber estado en coma, solo que sufrí un desgraciado accidente. Los detalles no importan ahora, debe relajarse y dejar que la naturaleza haga su trabajo, afirmaban.

Los primeros días, tras recuperar la consciencia, estuve en un continuo estado de duermevela, creo que por los calmantes. Al menos no sentía dolor. En realidad, no sentía nada. Apenas podía moverme. Las piernas no respondían a ningún estímulo.

El médico por fin se decidió a darme la mala noticia. Finalmente se sinceró conmigo. Probablemente no volveré a andar. Tengo seriamente dañada la médula espinal a nivel de la octava vértebra dorsal. Punto y final.

Al poco volvió quien dice ser mi exmujer. Seguía sin recordar nada de mi vida con ella, ni la boda ni el divorcio. En esta ocasión vino sola. Debieron haberle dado la noticia. Me miraba con expresión compungida pero extrañamente serena, dadas las circunstancias. Pregunté por los niños. Solo me dijo que estaban bien y que me extrañaban. Sentí, inexplicablemente, una punzada de ternura por unos niños a los que no recordaba. ¿Algún día lo haría?, me pregunté.

Ayer empecé, por fin, a tener algunos recuerdos, fogonazos, imágenes inconexas, aunque no logré reconstruir el rompecabezas. Retazos de imágenes y sensaciones se mezclaban en un espeso e inexpugnable galimatías. Recuerdo gritos, dolor, sangre, mucha sangre, un coche, ¡un coche! Eso es, tuve un accidente de automóvil. Pero ¿por qué no me lo decían abiertamente? Si choqué contra otro vehículo, ¿qué habrá sido de sus ocupantes? Si atropellé a alguien, ¿qué fue de él? Quizá hayan resultado malheridos como yo o quizá hayan fallecido. Debe ser eso. Yo me he salvado y él, ella o ellos han perecido en el accidente, pensé. Pero, de ser así, se habría presentado la policía. Claro que en mi estado no deben considerarlo prudente o bien lo tienen momentáneamente prohibido. Todo incertidumbre.

Esta tarde se lo he preguntado nuevamente a mi médico, pero no ha querido soltar prenda con la excusa de que debo descansar y relajarme. Que es lo mejor para que vaya recuperando la memoria. Que sea yo mismo quien recuerde lo sucedido. Que no hay prisa. Pero no puedo esperar. Cuando vuelva mi exmujer, si es que vuelve, se lo preguntaré. Ella debe saberlo. No veo por qué tanto secretismo.

El médico tenía razón. La naturaleza hace su trabajo, aunque de una forma un tanto extraña. Esta noche he tenido un sueño muy revelador. Creo que empiezo a estar en condiciones para ordenar las piezas del puzle. Nada sucedió como sospechaba. No tuve un accidente. Alguien quiso asesinarme. Le he visto la cara. Me resulta familiar pero no logro recordar quién es. Hubo una fuerte discusión, gritos, un forcejeo, una pistola, sangre, mucha sangre.

Sigue el mutismo de todos los que me rodean. Nadie quiere decirme nada. Debo esperar, me dicen, pero esperar ¿a qué? ¿A que me vuelva loco?

Hoy ha vuelto mi exmujer. Ni siquiera ella ha querido desvelarme lo sucedido y sé que lo sabe. Cuando le me mencionado mi sueño, no ha podido evitar un rictus de amargura. Todo resulta muy extraño.

Una vez de nuevo a solas, he pedido que me administraran un tranquilizante. No podía soportar esta tensión. Me han dado un ansiolítico. Me he sentido mucho mejor, más lúcido. En la relajante penumbra y quietud de la habitación, he podido vislumbrar, con mayor claridad, lo ocurrido. Debo haberme dormido o quizá ha sido el efecto de la sedación. He visto de nuevo un coche. He visto el mismo hombre. Su cara me sigue resultando familiar. En mi ensoñación me insultaba, pero no podía entender lo que me decía. Estaba claro que me odiaba. Me amenazaba. He vuelto a ver un arma de fuego, había un disparo, no, dos. Mi ropa estaba manchada de sangre. Sentía angustia, pero no dolor. Veía su cara de sorpresa, de estupor. El coche se movía. Mis manos estaban al volante. Debía estar dentro de él. Me he visto cayendo al vacío, estampándome contra unas rocas. Y luego oscuridad. ¡Oh Dios mío! Alguien quiso matarme. Me disparó y me despeñó por un barranco. Pero ¿quién? ¿Quién es ese individuo que me viene una y otra vez a la memoria? ¿Y si vuelve a por mí al saber que sigo con vida? Pero si me disparó, ¿por qué no tengo ninguna herida de bala?

Cuando vuelva mi médico le contaré todo lo que he recordado. No tendrá más remedio que decirme la verdad. Si no, seré yo quien pida hablar con la policía.

Oigo pasos en el pasillo. Debe ser él. Me incorporo para que vea que estoy despierto. Se abre la puerta. Son dos desconocidos. Se paran a los pies de la cama y me escrutan de forma amenazante. No dicen nada. A continuación, aparece mi médico, que se mantiene unos pasos por detrás de esos dos que, al unísono, como si fueran unos autómatas, introducen una mano en el bolsillo izquierdo interior de su americana y extraen algo que no logro ver con claridad. Acciono el mando de la luz y veo que lo que sostienen en sus manos es una credencial de policía. Se presentan como agentes de la brigada de homicidios. Suspiro aliviado. Por fin se aclarará la verdad. El que parece mayor toma la palabra. Lo que me dice trastoca todas mis suposiciones. Mientras escucho lo que me cuenta, siento que preferiría no haber sobrevivido.

─Se le acusa de haber asesinado a Jaime Alcázar Sanjuán.
─¿Quién? ─he dicho, intentando ponerle cara a ese nombre que, de pronto, me ha resultado familiar.
 ─Venga hombre, ya sabe a quién me refiero, el marido de su exmujer. Le disparó dos tiros a bocajarro, para luego despeñar su vehículo por el talud frente al que lo tenía estacionado. Con lo que usted no contaba es que uno de los faldones de su pelliza quedaría fortuitamente atrapado al cerrar la puerta, arrastrándole hasta el fondo del barranco. Las pruebas son concluyentes. Cuando le hemos hallado todavía tenía la pistola en su mano, el pedazo de tela hallado en la puerta del vehículo coincide con el que le faltaba a su pelliza desgarrada, sus huellas dactilares y sus pisadas estaban por todas partes, el coche de su propiedad apareció camuflado a unos cincuenta metros del lugar. Aunque su exmujer dijo no haberle reconocido, para rematar la evidencia de su autoría tenemos a un testigo anónimo que nos ha facilitado unas fotografías de su execrable acto. Queda usted, por lo tanto, detenido a la espera del alta hospitalaria y …”

Llegado a este punto, he desconectado. Ahora entiendo su cara de circunstancias, su expresión equívoca. Ahora lo recuerdo todo.


─Tranquilo, todo saldrá bien. Solo debes procurar que no te vea. Nos sigues a una distancia prudencial.
─¿Y cómo lo haré si vais juntos?
─Por el camino encontraremos alguna zona de descanso, de esas con vistas panorámicas donde la gente se detiene para hacer fotografías. Cuando veas que pone el intermitente, te arrimas a la cuneta, ocultas el coche y te acercas andando como si nada.
─A ti te parece todo fácil. En cuanto me vea, sospechará.
─No te reconocerá. Ponte esa pelliza que tanto te gusta. Te tomará por un excursionista. Todo tiene que resultar natural. Una vez te hayas abalanzado sobre él, será pan comido. Con lo gordo y mayor que está no podrá resistirse.
─¿Y a la policía no le resultará extraño que alguien atraque a unos viajeros como si de un bandolero de Sierra Morena se tratara?
─Encuentras pegas a todo, joder. Tú déjame a mí. Ya me inventaré una historia creíble. Alguien nos venía siguiendo desde el hotel. Seguramente pensó que, por el coche de alta gama, su propietario estaba forrado, que llevaría mucha pasta encima. ¿No ves que hay delincuentes por todas partes?


Llevábamos tiempo planeándolo. Lo teníamos todo calculado. El divorcio, la seducción, sus segundas nupcias, la fortuna, el testamento, él muerto y ella viuda millonaria, la reconciliación. Pero no tengo pruebas. Ellos dos de viaje por los Pirineos. Yo al acecho, a la espera del lugar y momento adecuados. Él dentro del coche, ella tomando fotografías del paisaje. El cara a cara, la trifulca y todo lo demás. Ella con la cámara en las manos. El coche cayendo por el precipicio y yo con él. Nadie me creerá. ¿Qué puedo hacer? Tenemos dos hijos. Debería pensar en ellos. Debo sacrificarme. Yo acabaré en la cárcel y en silla de ruedas, y ella nadando en la abundancia. ¡Maldita pelliza!

De pronto todo ha empezado a dar vueltas a mi alrededor. Ojalá no hubiera despertado del coma. Ojalá no hubiera recuperado la memoria. Ha sido entonces cuando la he visto, junto a la puerta, ocultándose detrás del médico, mirándome con cara de fingido pesar. Ha sido la última en abandonar la habitación. Por toda despedida, solo ha pronunciado dos palabras: “lo siento”. Me ha parecido ver en sus labios una sonrisa de satisfacción.

Ojalá pudiera recuperar la paz que sentí ante aquella mirada amable, aquellos ojos claros y aquella sonrisa que vi al despertar.



viernes, 19 de octubre de 2018

La rueda del infortunio



Anna no ha podido conciliar el sueño en toda la noche. Solo con pensar que, como cada día, verá a Bernardo siente escalofríos. Es una sensación tan emocionante que no puede dejar la mente en blanco. Le ve poco en la oficina, pues trabajan en distintos departamentos, pero esos escasos momentos son más que suficientes para satisfacer la necesidad de tenerlo cerca. Los espera con ansia. Nunca le había ocurrido nada igual. Jamás se había enamorado de ese modo. Bernardo es, sin lugar a dudas, el hombre de su vida. Solo falta que él se dé cuenta de ello y le corresponda. Es cuestión de tiempo.

Bernardo llega a la oficina muy temprano. Hoy necesita salir un poco antes de lo que últimamente ya se ha convertido en algo habitual. Si logra liquidar todo el trabajo pendiente a tiempo, podrá salir a las cinco en punto, y así coincidir con Carlota. Tiene que decírselo como sea. Allí, en la oficina, no se atreve. No quiere dar pábulo a murmuraciones, pues no está bien visto que haya una relación sentimental entre dos compañeros de trabajo. Pero no puede evitar lo que siente por ella. Será hoy o nunca.

Carlota se siente cada vez más intranquila. Le da la impresión de que Dionisio pasa de ella. Cuando coinciden, la saluda muy amablemente, pero no sabe hasta qué punto solo es por cortesía. Quizá es que es simpático, nada más. ¿Cómo puede ser que los hombres sean tan poco perceptivos? ¿Acaso no se percata de cómo le mira, de cómo le habla, de cómo le sonríe? Últimamente, además, le nota muy extraño. Quizá sí que siente lo mismo por ella y lo que ocurre es que no se atreve a dar el paso. Quizá es la timidez lo que se lo impide. Pues si él no se decide, lo hará ella. Esperará a la salida para abordarlo. Así, sin contemplaciones. Es una mujer liberada, sin prejuicios y que sabe lo que quiere.

Dionisio está más nervioso que nunca. Hace días que duda, pero de hoy no pasa. Cuando vea a Anna, le dirá que necesita hablar con ella. Seguro que enseguida adivinará lo que desea decirle, pues es evidente que le gusta. Cuando coinciden en la máquina de café responde de forma especialmente simpática a sus bromas y comentarios, por tontos que sean. Y es que es solo verla y temblarle las piernas y las cuerdas vocales. Siempre que se enamora se vuelve idiota. Pero ella le escucha y, por su lenguaje corporal, adivina que no le resulta indiferente. Hoy, a la cinco, cuando vea que se marcha, la seguirá y, si es necesario, la abordará en plena calle.



A las cinco en punto, la máquina de fichar echa humo. La cola de empleados que desean alcanzar la salida es larga. Hay unos cuantos que se muestran especialmente inquietos. Parece que tienen prisa por marcharse a casa, cosa que no resulta extraña siendo viernes.

Al poco, en la calle, a los pies del edificio de oficinas, se reúnen unos cuantos empleados. Unos aprovechan para fumar un cigarrillo, otros se despiden comentando lo que harán el fin de semana. Hay cuatro que parecen dubitativos. Quieren marcharse, pero, a la vez, se muestran reacios a hacerlo. Parece como si tuvieran algo importante que hacer antes de abandonar el lugar, pero no acaban de decidirse. Son Anna, Bernardo, Carlota y Dionisio. Deambulan por la acera como animales enjaulados, o quizá en celo. Se observan, pero nadie dice nada. Hasta que, por fin, uno de ellos toma una decisión. Es Carlota quien da el primer paso y todos la imitan de inmediato. En cuestión de segundos se forma un corrillo, un batiburrillo de frases aparentemente inconexas, dichas al azar. Pero no, todo tiene su lógica, aunque ellos todavía no se han percatado del entuerto.

Carlota le habla a Dionisio, pero este se dirige a Anna, mientras esta se lo confiesa todo a Bernardo, quien solo quiere que Carlota le escuche. Ese aparente corrillo de compañeros se convierte en cuestión de segundos en algo parecido a la rueda del infortunio. ¿Seguirán, después de esto, siendo amigos?



martes, 18 de septiembre de 2018

La casa del terror



¿A qué niño no le encanta ir a un parque de atracciones? Yo disfrutaba como un enano, especialmente porque no era muy frecuente que mis padres accedieran a llevarme y eso que en mi ciudad teníamos dos instalados a perpetuidad, es decir de los que no son ferias ambulantes sino recintos construidos para durar lo que la afluencia de público demande. Ambos parques estaban ubicados en lo alto de cada una de las montañas que abrazan la ciudad mirando al mar. Ahora, por mi culpa, solo queda uno.

De muy niño, mis atracciones favoritas eran los caballitos, lo que llaman carrusel en según qué lugares, y la noria. En cambio, ahora no puedo siquiera asomarme a la ventana de un tercer piso sin que note un cosquilleo en la entrepierna.

A medida que crecía, mis gustos fueron variando hacia atracciones más impetuosas: los auto-choque, la montaña rusa, las sillas volantes y cosas por el estilo. Pero el plato fuerte, la joya de la corona, era, sin duda, la casa del terror. Siempre me han gustado las películas de miedo, aunque nunca he experimentado un miedo auténtico viendo esas escenas a todas luces artificiosas. Mientras la mayoría de espectadores ─sobre todo espectadoras─ gritaban como posesos, yo me mantenía inalterable. Incluso en más de una ocasión solté una carcajada ante una escena supuestamente horripilante y asquerosa, como cuando la niña del exorcista le vomita a este una papilla verde en toda la cara, gafas incluidas. ¡Qué risa me dio! Aun recuerdo las caras de censura e incomprensión de mis acompañantes y de algún espectador que se giró para ver quién era ese individuo capaz de reír ante una situación tan repulsiva y espeluznante.

Lo que siempre me ha atraído de la casa del terror no es el montaje, la ambientación ─más bien ridícula─ o la interpretación ─más ridícula aún─ de los actores de poca monta apostados en oscuros vericuetos para sorprender a los ingenuos visitantes a lo largo del recorrido, sino la conducta pueril de estos. Jóvenes desfilando por una interminable ruta plagada de trucos infantiloides, agarrados los unos a los otros como si temieran perderse o ser engullidos por el mismísimo diablo, que aparecerá de la nada y los arrastrará hasta el averno. Yo solía ponerme al final de la cola solo para contemplar mejor esos numeritos que montaban las niñas con sus gritos infundados. En fin, que de terror nada de nada, solo sustos ante la aparición súbita e inesperada de un esqueleto, unos muertos vivientes de pacotilla, un Conde Drácula que aparece confundiéndose con las cortinas del mismo color que su capa, un Freddy Krueger persiguiendo a los aterrorizados visitantes a lo largo de un trecho protegido por unos barrotes contra los cuales restriega sus afiladas cuchillas dactilares, por no hablar de los aullidos, risas demoníacas y sonidos de ultratumba que ponen los pelos de punta a la concurrencia que se abalanza, pisándose los talones, hacia la esperada y salvadora salida. ¡Qué horror tan horrible! ¡Qué ridiculez más ridícula! ¡Qué montaje más teatral e inverosímil! ¿Cómo alguien, con dos dedos de frente, puede disfrutar de esa calamitosa impostura?

Cuanto más visitaba los túneles o casas del terror, más ridículo y anodino encontraba ese montaje. El problema era yo, desde luego, por ser tan frío y cerebral, incapaz de dejarme llevar por la fantasía. Lo veía con otros ojos, los de la realidad. Reconozco que era una contradicción: me gustaba el terror como espectáculo y en cambio lo encontraba ridículo por irreal. Pero ¿cómo lograr un efecto realmente terrorífico incluso para los más exigentes como yo? No me llevó demasiado tiempo encontrar la respuesta: convirtiendo la fantasía en realidad.

Probé mi idea en una ocasión y funcionó, de modo que acabé haciéndolo cada vez con más frecuencia. Era algo adictivo. Y comprobar que, transcurridos varios meses desde que puse en práctica mi sistema, todavía no habían descubierto el “truco”, me animó a seguir adelante. La casa del terror casi se convirtió en mi segundo hogar. Ni los propios actores conocen la cantidad de recovecos que existen en esas viejas construcciones. Incluso creé algunos escondrijos nuevos, detrás de las paredes de madera. La parte del espectáculo que más me gustaba era ver el revuelo que se armaba cuando, a la salida, echaban en falta a alguien del grupo y no lograban encontrarlo. La fama de “mi casa del terror” acabó trascendiendo más allá de las fronteras. Aunque nadie creía la versión de los que afirmaban haber perdido a uno de sus acompañantes, la policía llegó a registrar todos los rincones y, no hallando ninguna pista sospechosa, acabó archivando las denuncias. Pero tras el hallazgo de varios cadáveres en distintos contenedores y vertederos de la ciudad y su posterior identificación por parte de los denunciantes, se acabó montando una vigilancia policial a la entrada y a la salida de la atracción. Lógicamente ese día tuve que contenerme. Era demasiado arriesgado. Si faltaba alguien, nos someterían a todos a un interrogatorio y no podía permitir exponerme de ese modo. Se me da muy mal el disimulo y los nervios me habrían traicionado. Podrían haber echado la casa abajo y hallar pruebas incriminatorias, huellas dactilares incluidas, pues, a pesar de todo, no había sido lo suficientemente meticuloso.

Tuve que dejar pasar un tiempo para que las cosas se calmaran antes de volver al ataque, nunca mejor dicho. Pero el tiempo jugó en mi contra, pues los visitantes, temerosos, dejaron de frecuentar la casa del terror y, a modo de efecto dominó, el resto de atracciones fue víctima de la falta de interés del público y finalmente del abandono. Cuando, por fin, me acerqué para comprobar si los rumores de cierre eran ciertos, me encontré con una valla que impedía el paso y con maquinaria pesada que procedía al desmantelamiento del que había sido durante tantos años un centro de ocio y mi particular lugar de recreo y desahogo.

Ante este contratiempo, tuve que cambiar de escenario. Trasladé mis actividades al otro parque de atracciones de la ciudad, donde hay un pasaje del terror mucho más antiguo y ahora más visitado, pues la gente, en su inocencia, cree que allí estará a salvo. No hay, de momento, vigilantes ni cámaras que controlen al personal, pero, aun así, he decidido quedarme a vivir en su interior. Tengo preparado un lugar secreto por donde puedo colarme de noche sin que nadie me vea. Solo saldré para avituallarme. Lo único que no tengo resuelto es el tema de los residuos. Cuando el número de cadáveres almacenados en el subsuelo empiece a ser numeroso, el olor puede delatar su presencia.

Lo único que lamentaría sería que, por culpa de mi inevitable afición, acabaran cerrando también este parque y me viera obligado a emigrar.