viernes, 13 de enero de 2017

El hombre invisible


Es increíble el poder de la mente. De niño estaba convencido de que con sólo desear algo muy intensamente se hacía, tarde o temprano, realidad. Era un niño con una fe imperturbable. Era de rezos diarios o, mejor dicho, nocturnos. Todas las noches, junto a mi cama, rezaba mis oraciones arrodillado ante una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. No os podéis imaginar con cuanta fe le pedía que se cumplieran mis deseos. 

Ya convertido en adolescente, comprendí que rezar a una imagen no tenía sentido y, vistos los resultados, me volví escéptico. Pero, aun así, seguí creyendo en la fuerza de la mente, convencido de que si uno pide algo con todas sus fuerzas acaba cumpliéndose. Pero, desgraciadamente, nunca llegué a confirmarlo. Hasta que al cabo de unos años leí “El secreto”, tras lo cual mi fe, otrora dirigida a un ser Supremo, viró hacia el Universo y su ley de la atracción. Según las enseñanzas del libro, sólo debían seguirse tres pasos para que nuestros deseos se hicieran realidad: pedir, creer y recibir. Su autora incluso aludía a la cita bíblica que dice así: “todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22).

Entonces elegí aquello que siempre, desde que tuve uso de razón, había deseado, aquello por lo que hubiera dado cualquier cosa, ese don aparentemente inalcanzable para cualquier mortal. Pedí poder convertirme en invisible. Os parecerá una locura, cosa de niños. Pero en el libro se describían casos de personas que, siguiendo sus consejos, habían obtenido cosas increíbles. ¿Acaso no resulta increíble que a alguien con graves problemas económicos le aparezca en su buzón un cheque al portador por la cantidad que necesita para resolverlos? ¿O aquel otro caso de un individuo que, tras visualizar mentalmente una pluma estilográfica de un diseño exclusivo imaginado por él, la encuentra a sus pies al cabo de unos minutos de deambular por una estación de tren? Así pues, pensé que mi petición bien podría servirme como experimento para comprobar la veracidad de aquellas afirmaciones. Era, eso sí, fundamental hacerla de forma correcta, sin ambigüedades y sin utilizar jamás el “no” en su formulación. En lugar de pensar, por ejemplo, “que no pierda el trabajo”, debía mentalizarse como “que conserve el trabajo”, pues, según había leído, el Universo no capta el significado negativo de una oración y podía confundirse materializando lo contrario a lo deseado al entender erróneamente “que pierda el trabajo”. En mi caso no habría confusión posible pues, lógicamente, no iba a decir “no quiero ser visible” sino “quiero ser invisible” y, además, aun utilizando erróneamente la forma negativa, en el peor de los casos, me quedaría igual.

De eso hace diez años y mi petición se vio finalmente cumplida, fruto de mi insistencia casi obsesiva. El efecto, sin embargo, no fue inmediato, sino que se produjo al cabo de un tiempo, tal como ya advertía el libro. La clave para acelerar el proceso residía en visualizar lo pedido como si ya se hubiese concedido. Y así lo hice, repitiéndome hasta la saciedad “soy invisible, soy invisible, soy invisible”. Lo malo es que, en el camino hasta verse cumplido mi deseo, sufrí varios contratiempos, episodios inesperados e indeseables: mi mujer me abandonó, llevándose con ella a mis dos hijos de corta edad, mis amigos dejaron de hablarme y se fueron distanciando de mí, los vecinos dejaron de saludarme, y hasta acabé perdiendo el trabajo. Todo ello por querer ser invisible. Además, debo reconocer que no ha resultado como yo esperaba. Yo quería ser invisible a voluntad, no a perpetuidad. Decididamente, no supe formular correctamente mi deseo. Ahora soy invisible, pues nadie repara en mí, pero resulta algo extraño. A veces me da la impresión de que, en realidad, me ven, pero hacen como si no me vieran. 

Nota: "El secreto" es un superventas publicado en 2006, escrito por Rhonda Byrne y basado en la escuela de pensamiento y trabajos previos de William Walker Atkinson.



sábado, 7 de enero de 2017

El diario (y IV)


En mi larga vida de policía, había presenciado muchas ruedas de reconocimiento, pero nunca había participado en ninguna. Señalar a un presunto culpable de un delito entraña una gran responsabilidad. No puedes errar, pues de tu testimonio depende que el sujeto quede libre o, por el contrario, detenido y acusado formalmente. Era lógico, pues, que me sintiera nervioso, aunque, tal como me habían dicho, yo sólo debía señalar cuál de esos seis individuos que tendría ante mí era el que había visto la mañana anterior buscando, en actitud sospechosa, entre los arbustos del parque.

Mi intervención en ese reconocimiento sólo sería un primer paso para dar a la policía un argumento para interrogarle más a fondo e intentar sonsacarle cualquier cosa que le incriminara o aportara algún indicio sobre la autoría del secuestro. Aun así, los nervios me estaban dominando. Las manos y las axilas me sudaban como nunca lo habían hecho. ¿Sería cosa de la edad? ¿Dónde había quedado mi arrojo policial de antaño? ¿También se había jubilado?

Cuando se abrió la puerta que daba a la sala de reconocimiento, tuve que inspirar hondo para controlarme y evitar que me temblara la voz cuando pronunciara el número del sospechoso, si es que estaba entre aquella media docena de caras.

Y lo estaba. Ya lo creo que sí. Casi me salió un gallo cuando canté el número que lucía en el cartel que sujetaba en sus manos. 

─¡El cuatro! ¡Es el cuatro! ─grité.
─¿Está usted seguro? ─me preguntó uno de los policías que estaban presentes en la habitación, junto a mi amigo y el propio comisario ─tómese su tiempo, no hay prisa. Es muy importante que no haya ninguna duda sobre su identidad ─insistió.
─Sí, sí, es él ─insistí yo.
─Pues entonces ya pueden retirarse los componentes de la rueda ─indicó el comisario al policía que la había organizado─. Y gracias por su colaboración ─añadió dirigiéndose a mí.

Cuando salí de la habitación desde la que había señalado con mi dedo acusador al individuo número cuatro, vi cómo se lo llevaban esposado. Dos agentes lo conducían por un largo pasillo hacia donde seguramente le someterían a un duro interrogatorio. En mi fuero interno me sentía satisfecho por haber puesto mi granito de arena para ayudar en aquel caso, pero mi satisfacción se vio repentinamente truncada cuando, como si me hubiera leído la mente o me hubiera olido a distancia, el detenido se giró. Nuestras miradas se cruzaron y lo que vi en la suya no era propio de un delincuente, de un ser agresivo y peligroso. Vi a un hombre desesperado. ¿Sería inocente y yo acababa de propinarle un empujón hacia el cadalso? Nunca antes había sentido remordimientos por los actos que me había visto obligado a realizar con motivo de mi profesión. Hasta ahora. Aunque hubiera actuado como un ciudadano responsable, en ese instante dudé de haber hecho lo correcto.

No tuvieron que pasar las setenta y dos horas preceptivas para poner al sospechoso en libertad o a disposición judicial, porque el sintecho hizo, de repente, su aparición, resolviendo el enigma de su paradero y aclarando el caso de los presuntos secuestradores. Pero el modo en que hizo acto de presencia no fue el que cualquiera hubiera imaginado.

**

Ahora, leyendo la copia de mi declaración, la que tuve que firmar cuando me interrogaron en la comisaría de los Mossos d’Esquadra, no sé si reír o llorar. Pero dos cosas tengo ahora claras: que no todo en esta vida es lo que parece ser; y que hasta un buen policía puede ser objeto de un engaño, aunque éste se haya perpetrado inocentemente.

Cuando leí las anotaciones que contenía aquel diario, visualicé a un pobre hombre, caído en desgracia por culpe de las artimañas de su mujer infiel y de su socio desleal, que se había visto obligado a vivir en la calle y a huir de unos peligrosos secuestradores que querían borrarle del mapa para que no les delatara.

Quizá si lo hubiera contado todo a la policía desde un principio, me habría librado de hacer el ridículo. Les hubiera pasado el testigo de investigar esa extravagante historia y mi dignidad hubiera quedado inmaculada. Ahora me siento como si hubiera tirado por la borda toda mi carrera policial. Y todo por querer ser el protagonista de una aventura y querer ayudar a mi querido sintecho.

¿Cómo podía imaginarme quién era en realidad aquel individuo que merodeaba por el parque cuando volví a por una prueba que identificara al sintecho desaparecido? Además, cuando mi perro le ladró de aquella forma tan agresiva y él huyó atemorizado, todo parecía confirmar mis sospechas. Ahora sé el motivo de aquellos ladridos: mi perro olió al propietario de la dichosa libreta.

Ahora sólo me cabe esperar que la novela vea la luz y sea todo un éxito.

Aún recuerdo la llamada ─y la indisimulada risa─ de mi amigo después de que hubo terminado la declaración del hombre al que señalé en la rueda de reconocimiento.

─¿Estás sentado, amigo mío? Porque lo que te voy a contar tienes que oírlo lo más cómodo y relajado posible.

El hombre al que yo había reconocido y al que habían seguidamente sometido a interrogatorio, resultó ser un escritor. Un novelista, para ser más exactos.

Todo empezó cuando se hizo pasar por un vagabundo y tener así material de primera mano para su novela. Quería escribir la historia de un hombre que, habiendo sido rico, lo ha perdido todo y cae en la indigencia, sobreviviendo de lo que recoge de los contenedores. Necesitaba, por lo tanto, vivir como un sintecho auténtico. Para ello se vistió como tal, incluyendo como parte del atrezzo una peluca y una barba postizas. Lo que leí en su libreta no eran más que las notas que iba tomando a diario. Había confesado que, al enterarse de la desaparición de una chica en la localidad, decidió incorporar la experiencia del secuestro para añadir más dramatismo y suspense a la historia.

Cuando ya tuvo material suficiente para empezar a diseñar la trama de la novela, quiso tomarse un respiro y decidió marcharse a su casa por unos días. Pondría sus notas en orden y, de paso, se alimentaría y se asearía como Dios manda. 

Pero al día siguiente, buscando en su petate, advirtió que había extraviado el diario, por lo que tuvo que volver al lugar del parque donde creyó haberlo perdido. Al no hallarlo, acudió a la comisaría de la Policía Local para preguntar. Cuando le dijeron que un hombre le andaba buscando para ofrecerle un trabajo se alarmó y volvió a su casa para reflexionar sobre el siguiente paso a seguir.

¿Quién sería ese desconocido que quería darle trabajo? ¿Y por qué? Pensó en varias posibilidades. Podía ser alguien que quería pedir una recompensa por el diario perdido o que, habiendo leído en él lo del secuestro, quería interrogarle; quizá fuese un amigo, un familiar de la chica desaparecida o uno de los policías que llevaban el caso y le consideraba sospechoso de algo (como mínimo, de encubrimiento) o, mucho peor que todo eso, era uno de los secuestradores y creía que realmente sabía o había visto algo y se lo quería cargar.

A pesar de todos sus temores, quiso asegurarse de que el diario había en verdad desaparecido ─quizá no había buscado bien o no lo había hecho en la zona correcta─ y volvió nuevamente para buscarlo con calma. Pero no tuvo ocasión de llevar a cabo su propósito porque un hombre con un perro se lo impidió, el animal ladrando como un perro rabioso y el hombre dirigiéndose hacia él de forma alarmante. Pero a pesar de todos los impedimentos, no podía ni quería prescindir de su diario. Tenía mucho material en él, el trabajo de muchas semanas. No se atrevía a acudir a la policía porque no le creerían, pues no tenía prueba alguna de que fueran a por él y, además, se resistía a desvelar, por el momento, su identidad. Cuando publicara su novela y concediera entrevistas, sería el momento de contar las vicisitudes por las que había pasado. Por lo tanto, volvería a intentarlo, por tercera y última vez. Regresaría a ese parque oscuro y solitario. Pero esta vez iría de noche, para que nadie le viera. Y en lugar de encontrar su libreta, encontró a una patrulla de paisano que se le echó encima.

Desde luego, tantas preocupaciones y esfuerzos para nada. Esta mañana, al volver de pasear a mi perro, he desayunado, como siempre, acompañado de las noticias matutinas de la televisión. Por una vez, el informativo ha abierto con una buena noticia: la chica desaparecida ha sido hallada sana y salva. Se había fugado, al parecer, con su “noviete” porque sus padres se oponían a la relación. No he querido seguir escuchando. He apagado el televisor. He sido incapaz de probar bocado. Todo se lo ha comido mi perro.

FIN


martes, 3 de enero de 2017

El diario (III)


La suerte es muy huidiza. Viene y va cuando uno menos se lo espera. Aun así, yo apelaba a la suerte, para que me permitiera encontrar a ese sintecho en apuros. Toda la tarde, después de la visita a la comisaría de la Policía Local, estuve dándole vueltas al asunto. El tiempo corría en nuestra contra, sobre todo en la de ese pobre infeliz, y tenía que hallar su paradero para poder echarle un cable.

Y ya en la cama, se me ocurrió que mi perro me podría ser de ayuda en ese menester. ¿Y si el sintecho no sólo había perdido su diario sino algún otro objeto durante su huida hacia su nuevo escondite? Si pudiera hallar su cartera o cualquier documento identificativo, un carnet, una foto, yo qué sé, eso sería de gran ayuda. El olor que despedía la libreta, únicamente detectable por un can, también se habría impregnado en cualquier otra de sus pertenencias. Y eso podría ser una buena pista.

A la mañana siguiente, mi perro y yo ─si le menciono a él primero no es por educación sino porque es quien va delante, él tira y yo le sigo─ volvimos a pasear por la zona donde hallamos la libreta ─vale, él la halló y yo la recogí y leí─ para ver si detectaba alguna prueba material de la presencia del sintecho. 

El animal olfateaba sin cesar y olisqueaba cualquier cosa que hallaba a su paso. Aunque el otoño nos había dejado hacía algunas semanas, las zonas ajardinadas del parque estaban todavía cubiertas por un espeso manto de hojas secas. Yo dejaba, pacientemente, que el sabueso removiera con el hocico la hojarasca. Quizá dejado de esa espesa capa vegetal aparecía un carné de identidad, de conducir, de una biblioteca, o de lo que fuera. Mientras seguía los pasos del can, me iba convenciendo de que aquello era una búsqueda absurda y estéril. ¿Qué probabilidad podía haber de que el sintecho perdiera una pertenencia que le identificara? El frío era intenso y el perro seguía con su rutina, ajeno a mi interés. Habíamos recorrido casi todo el parque, tenía las manos entumecidas, la nariz moqueando y, aparte de heces de otros perros ─hay que ver lo incívicos que son algunos─, no habíamos encontrado nada. Pero cuando ya me daba por vencido y estábamos de vuelta, le vi a lo lejos.

Era alto y corpulento, como le había descrito el municipal preguntón. Iba buscando por entre los arbustos. ¡Qué suerte la mía! Le había encontrado. Sin duda debía estar buscando su diario. Desde aquel instante, las tornas se invirtieron: yo iba delante tirando de mi perro, que intentaba resistirse mirándome con cara de extrañeza. Tenía prisa por llegar a mi meta, que no era otra que el protagonista de esa historia rocambolesca que había leído tan sólo un día antes. Aun así debía ser cauteloso. No quería intimidarle, ni mucho menos asustarle. Pero al acercarme lo suficiente para verle la cara, comprobé, decepcionado, que no era quién yo estaba buscando. ¿Qué hacía aquel hombre allí? Desde luego no era un sintecho. Iba bien vestido, con el pelo corto y sin barba. 

Cuando, al comprobar mi confusión, frené súbitamente mi marcha acelerada, sucedieron dos cosas, por este orden: mi perro empezó a ladrar como si hubiera visto o, mejor dicho, olido a un fantasma o a un delincuente peligroso ─debo aclarar que mi perro ladra como un poseso a quien no le inspira confianza─ y, acto seguido, el desconocido alzó la vista, con evidente cara de sorpresa, y, tras mirar a su alrededor para comprobar que no habían moros en la costa, dio media vuelta y salió disparado calle abajo como si huyera del mismísimo diablo.

Yo, que iba en busca de un objeto identificativo del sintecho, me acababa de dar de bruces con uno de los secuestradores. Sí, porque estaba claro que aquel individuo no estaba buscando una libreta perdida sino a quien días atrás le había descubierto en pleno delito. Sabía que se trataba de un indigente y dónde mejor buscarle que entre la espesura de un parque que casi nadie frecuenta.

Todo indicaba que los secuestradores no iban a dejar escapar al testigo presencial de su fechoría. Si todavía no habían pedido un rescate por la chica, seguramente se debía a que antes querían eliminar a la única persona que les podía inculpar.

Esto se estaba poniendo feo y yo perdiendo un tiempo precioso. Había infravalorado el peligro que corría aquel infeliz sintecho. No me perdonaría si algo malo le ocurría por no haber puesto el asunto en manos de la policía.

Así las cosas, decidí renunciar a mi incipiente e infructuosa búsqueda y a mi orgullo de sabueso retirado, y dejar que los que tienen el poder y los medios necesarios se ocuparan de hallar al sintecho, ponerle a buen recaudo y, con su inestimable ayuda, cazar a los delincuentes antes de que la cosa fuera a mayores. De pronto, me acordé que un antiguo compañero de la Policía Nacional se había pasado a los Mossos d’Esquadra ─no por convicciones de tipo político sino simplemente dinerarias─ y él me podría asesorar sobre los pasos a seguir.

Dicho y hecho, a primera hora de la tarde, puse el asunto en conocimiento de mi amigo policía, el cual me citó de inmediato en la comisaría de los Mossos del municipio más próximo y capital de la comarca, para que relatara a sus superiores los hechos que le acababa de referir por teléfono a grandes y apresurados rasgos.

Por supuesto, tuve que hacerles entrega del preciado diario y pedir mil disculpas, muy a mi pesar, por haberlo retenido todo ese tiempo con la intención ─argumenté─ de ayudar y ahorrarles trabajo innecesario. Por supuesto, no me agradecieron mi ─debo reconocerlo─ inútil intervención. Me conminaron a ponerles en antecedentes de todos y cada uno de los detalles del caso: cómo y dónde había hallado el diario, por qué no lo entregué a las autoridades una vez hube leído su contenido, especialmente lo referente al secuestro, por qué no advertí de nada de lo ocurrido a los municipales a los que acudí con el falso pretexto de dar con el sintecho para ofrecerle un “trabajito” ─así, con retintín─, por qué había vuelto al lugar del hallazgo del diario solo, por qué… Y así una retahíla de preguntas que, en lugar de un ciudadano ejemplar, me hicieron sentir como un viejo e inútil metomentodo, sin tener en cosideración mi historial policial. Debo reconocer que me sentí el más miserable de los mortales, pues comprendí que mi actuación solo había servido para alimentar mi ego, mi imaginación y mi trasnochado entusiasmo.

Me hallaba sentado frente al comisario y tres de sus subalternos, entre ellos mi amigo, el culpable de haberse ido de la lengua contando los detalles de mi visita a la comisaría de la Policía Local. Por lo menos, hubiera podido ahorrarse mencionar, de forma burlona, lo del “trabajito”. 

Tras mi pormenorizada exposición de los hechos, que me llevó casi toda la tarde, pues no cesaban de interrumpirme para dejar constancia de cada detalle, por nimio que fuera, y para tomar debida nota de todo como parte de la declaración que tuve que firmar, me agradecieron ─ahora sí─ mi colaboración y me acompañaron hasta la calle.

Si me habían apartado del caso como un proscrito, no podía quedarme con los brazos cruzados y la mente en blanco sin saber, como mínimo, cuáles iban a ser los siguientes pasos. Así que no pude evitar llamar nuevamente a mi ahora menos amigo para sonsacarle.

De este modo supe que, esa misma noche, una patrulla de los Mossos d’Esquadra se apostaría en la zona del parque donde yo había visto al sospechoso y que varios agentes de paisano estarían al acecho para abalanzarse sobre él o ellos, si es que venía acompañado de su cómplice, en cuanto aparecieran, pues suponían que no cesarían en la búsqueda del sintecho. Gracias a mi descripción del interfecto, no les sería difícil identificarlo, a pesar de la oscuridad reinante. A la vez, tras abandonar yo la comisaría, dieron orden de búsqueda del sintecho quien, en caso de salir bien la redada, debería prestar declaración y actuar de testigo en una rueda de reconocimiento.

Esa noche, los nervios no me dejaron conciliar el sueño pensando que a sólo un centenar de metros de donde yo estaba probablemente se iba a resolver un caso de secuestro de una menor y que, con suerte, acabaría conociendo a quien me había metido involuntariamente en este embrollo.

**

Cuando el teléfono sonó, a eso de las siete de la mañana, una voz grave, que reconocí como la de mi contacto, me informó de la buena noticia: habían atrapado in fraganti al presunto secuestrador. Aunque él lo negaba vehementemente, como era de esperar, y justificaba de forma irracional e inconexa los motivos por los que estaba merodeando por el lugar, su descripción se ceñía a rajatabla a la que yo les había facilitado. Había pasado la noche en el calabozo. Ahora sólo necesitaban que alguien le reconociese y testimoniase su participación en el secuestro. Y como el sintecho seguía sin aparecer, sólo me tenían a mí para actuar de testigo en una primera rueda de reconocimiento. Sabían que mi identificación no sería lo suficientemente válida como para llevarle ante el juez, pues yo no había presenciado el secuestro, pero por lo menos tendrían por dónde empezar para interrogarle antes de que el maldito y huidizo vagabundo apareciera para confirmar las sospechas.

En menos de hora y media me disponía a entrar en la comisaría, nervioso y emocionado. Lo que sucediera en los próximos minutos podía ser crucial para el esclarecimiento de los hechos, y yo iba a ser uno de los protagonistas de ese acontecimiento.

Como viejo policía había desarrollado ─o al menos eso creía yo─ un sexto sentido. Siempre me había vanagloriado de anticiparme a los hechos, de verlas venir, como se dice coloquialmente. Pero lo que ocurriría allí dentro no me lo hubiera imaginado ni en sueños. 

CONTINUARÁ...


miércoles, 28 de diciembre de 2016

El diario (II)


La lectura del diario me llevó toda la mañana. La historia que allí se contaba me conmovió y rebeló a la vez. Su autor estaba realmente angustiado y no había para menos. Pasar, de la noche a la mañana, de ser un acomodado hombre de negocios a un indigente tenía que ser una pesadilla, pero que fueran su socio y su esposa quienes se confabularan para arrebatarle todo por lo que había luchado lo hacía todavía más doloroso.  

¡Quién le iba a decir que el haber puesto todas sus propiedades a nombre de su mujer le pasaría factura! Esa es una práctica muy habitual en empresarios. De este modo, en caso de hacer una suspensión de pagos, pueden salvar su patrimonio y pertenencias personales del embargo. Según explicaba el afligido propietario del diario, se trataba de una historia realmente malévola: su socio y su mujer, administradores y propietarios de las dos terceras partes del negocio, provocaron la fallida de éste apropiándose subrepticiamente de todo el capital disponible para luego fugarse, dejando al ingenuo socio y engañado marido sin liquidez para hacer frente a las numerosas deudas contraídas con los proveedores, quienes acabaron embargando los bienes inmuebles de la sociedad. Despojado de todo, incluso del domicilio familiar, que había sido vendido por su esposa y propietaria legal a sus espaldas, no le quedó otra salida que dormir en la calle y malvivir recogiendo chatarra de los contenedores. 

Por la datación de los hechos, llevaba viviendo en la calle varios meses y había ido desgranando todas sus penurias en este diario desde que lo perdió todo, exceptuando su orgullo. Vivía también de la mendicidad y el poquísimo dinero que conseguía de la compasión ajena y de la venta de la chatarra a duras penas le llegaba para dos comidas al día. Pero lejos de desmoronarse, todavía conservaba la ilusión por recuperar el negocio que levantó y renacer de sus cenizas esparcidas en el vertedero en que se había convertido su vida por culpa de dos sinvergüenzas sin entrañas. Un amigo abogado le llevaría el caso de forma desinteresada. Ya le pagaría cuando todo hubiera acabado y volviera a ser una persona solvente, le había dicho. Y él no había perdido esa pizca de esperanza que todavía habitaba en lo más profundo de su alma.

Mientras leía todas esas notas tan pulcramente escritas y ordenadas cronológicamente, me iba compadeciendo cada vez más de ese pobre diablo. Todos hemos pensado alguna vez qué sería de nosotros si lo perdiéramos todo. Cuando aún veo por televisión a esas familias desahuciadas porque no pueden hacer frente a los pagos de la hipoteca siempre me pongo en su piel y doy gracias a Dios por la vida que llevo. Mi paga de policía jubilado, después de más de cuarenta años de servicio, no da para muchas alegrías, pero por lo menos vivo dignamente. Nunca me casé y siempre he sido muy ahorrador, de mis bolsillos nunca ha salido más dinero del que ha entrado, y eso, a la larga, se nota.

Pero si a las pocas horas de paciente e intrigante lectura sentía una gran empatía por ese ex rico indigente, lo que leí al final del diario me alarmó en extremo.

Recordé que dos días atrás se había hecho pública la desaparición de una joven de la localidad, de dieciséis años. No había vuelto de su clase vespertina de inglés y temían por su vida. Aunque la policía no descartaba ninguna hipótesis, los padres intuían que podría tratarse de un secuestro, pues acababan de ser agraciados con el primer premio de la lotería de Navidad. No obstante, nadie se había puesto en contacto con ellos para reclamar un rescate. En pocas horas, los escaparates, paredes, vallas publicitarias, árboles y farolas del municipio aparecieron cubiertos de carteles con la fotografía de la chica, solicitando cualquier información sobre su paradero.

Pues bien, el autor del diario narraba ─y éstas eran sus últimas notas─ cómo había presenciado, desde su refugio nocturno, el secuestro de una adolescente por dos individuos que se la llevaron a rastras aparentemente narcotizada. Dada la oscuridad reinante, no pudo verles la cara, sólo alcanzó a distinguir que iban vestidos con un chándal, la cabeza cubierta por una capucha y que eran altos y fornidos. Cuando creyó que se habían alejado lo suficiente, salió de su escondite para ver adónde la llevaban y entonces uno de los secuestradores, seguramente alertado por algún ruido, se dio la vuelta y le vio. Presa del pánico, no le quedó más remedio que abandonar su refugio, no fuera que volvieran a por él. Así fue cómo se trasladó al parque de este barrio. Y aquí terminaba el diario. Esta última anotación era de la noche anterior a mi hallazgo. Así pues, algo o alguien debió obligarle a huir de su nuevo escondrijo y en la huida perdió, sin duda, el diario que ahora tenía yo en mis manos. 

Mi integridad ciudadana y espíritu policial, que nunca me han abandonado, me decían que debía dar con el propietario del diario para devolverle su íntima y valiosa pertenencia y, sobre todo, intentar protegerle de esos dos peligrosos delincuentes.

Tras meditarlo unos instantes, decidí que esa misma tarde me presentaría en la comisaría de la Policía Local para preguntar por el sintecho ─así le llamaré desde ahora─ al que, seguramente, habrían visto más de una vez por las calles de este municipio, aunque no les desvelaría nada del diario ni del secuestro. Todavía me sentía capacitado para resolver yo solo un caso como aquél. Al pobre sintecho sólo le faltaba verse envuelto en un grave problema como testigo ocular de un secuestro, que le podía incluso costar la vida. Si la cosa se complicaba, ya pediría refuerzos. Bueno, quiero decir que lo dejaría en manos de policías en activo. Pero si salía bien, ya me veía escribiendo yo también un diario o, quién sabe, una novela de acción. 

**

─¿Un indigente en el parque? En este pueblo cada vez hay más indigentes, por desgracia. Si no me da más pistas… ─me contestó el municipal que estaba en recepción, sin apenas levantar la vista de unos papeles que parecían tenerle cautivado.

¿Cómo iba a describirle al sintecho si no le había visto nunca? Pero un ex policía no deja de ser un policía y sabe hacer uso de su imaginación.

─Pues es un individuo de estatura normal, ni alto ni bajo, esto… ah y curiosamente va todo el tiempo con una libreta de color azul ─fue todo lo que me aventuré a decir, que era prácticamente nada, habida cuenta de que no había previsto que me pidiera su descripción. Esperaba, sin embargo, que el detalle de la libreta le aligerara la memoria. Como así fue.
─!Ah sí! El vagabundo escritor. Así le llamamos. Siempre se le ve escribiendo en algún rincón. Nos da lástima porque se ve que es buena gente y muy educado. ¡Vaya a saber usted cómo habrá caído tan bajo! En más de una ocasión le hemos aconsejado que acuda a un albergue o a un comedor social pero siempre se ha negado, alegando, fíjese usted, que él no es como los demás, que todavía tiene su orgullo. Parece de los que acaban en la calle después de haber llevado una buena vida ─y poniendo cara reflexiva, continuó con su perorata─. Debe ser más joven de lo que parece. Aparenta unos cuarenta y tantos años, pelo castaño claro bastante desgreñado, con barba canosa, va siempre con una gabardina de color marrón bastante ajada y mugrienta y con unas zapatillas deportivas sin cordones. Pero de estatura normal nada de nada, es más bien un tipo muy alto y corpulento ─explicó, tras levantar la vista del montón de papeles.
─Bueno, la verdad es que no le he visto nunca de pie, siempre me lo he encontrado, como usted dice, escribiendo sentado en algún banco ─fue todo lo que supe decir como excusa a mi torpe desacierto.
─¿Y para qué quiere encontrarle, si se puede saber? ─preguntó, curioso.
─Pues es que me da mucha pena que un hombre con sus aparentes posibilidades, porque yo también me he percatado de que debe ser un hombre ilustrado venido a menos, tenga que ir pidiendo limosna y rebuscando chatarra por los contenedores, y me gustaría ofrecerle un trabajito.
─¿Cómo sabe que se dedica a mendigar y a buscar chatarra si dice que sólo le ha visto sentado y escribiendo? 

Ese hombre empezaba a sacarme de mis casillas con tanta pregunta, cuando era yo quien había acudido allí a hacerlas. No podía decirle que lo había leído en su diario. Así que tuve que improvisar de nuevo.

─Es que una vez, paseando a mi perro, le vi rebuscando en el contenedor que hay frente a mi casa y vi que sacaba unos objetos metálicos ─como me preguntara qué tipo de objetos metálicos me lo cargaba allí mismo.
─Pues no sé qué decirle. Si le vemos ya le daremos recado. Si me da usted sus señas de identidad, su domicilio y demás, cuando le veamos se lo diremos y…
─No se preocupe usted, ya le buscaré yo. Seguro que me lo encuentro de un momento a otro, pues le veo con frecuencia en el parque que hay en mi barrio ─y, dando media vuelta, me largué dejándole con la palabra en la boca. 

Esperaba que con la descripción que el agente me había proporcionado sería capaz de identificar al sintecho, pero bien pensado todos los vagabundos siguen el mismo patrón, así que tenía que confiar en la suerte.

**

Suerte o no, el caso es que el buen ex policía no podía imaginarse que, al poco rato de haber abandonado la comisaría, su hombre hacía entrada en la misma preguntando si alguien había encontrado una libreta de color azul que creía haber perdido la noche anterior en el parque que hay en las inmediaciones del nuevo barrio.

El agente, el mismo que había atendido a aquel individuo que había estado preguntando por el indigente, le informó que no le constaba que nadie hubiera encontrado una libreta de color azul en ese parque pero que tenía una buena noticia que darle: un vecino que vivía precisamente por la zona había preguntado por él porque, según le había dicho, tenía un trabajito que ofrecerle. No había querido dejar sus señas, a pesar de que se las había pedido, pues dijo que ya se las apañaría para encontrarle.

El pobre hombre, sin siquiera agradecerle al agente la información, salió de la comisaría como alma que lleva el diablo. Necesitaba recuperar su diario como fuera, pero no a costa de su integridad física. Porque era evidente que ese individuo que había ido preguntando por él no podía llevar buenas intenciones. ¿Cómo podía ser que un desconocido quisiera darle trabajo? ¿A santo de qué? Quizá había hallado su diario. Pero si era así, ¿por qué no hizo entrega del mismo a los municipales? ¿Y por qué no había querido dejar sus señas? ¿Y si tenía alguna relación con el secuestro? Él tenía muy buen olfato para estas cosas y este asunto le olía muy mal. Ahora sí que estaba metido en un buen lío. Debía pensar en un plan para salir indemne de este apuro. 

CONTINUARÁ...


viernes, 23 de diciembre de 2016

El diario


Si tuviera que buscar un culpable, diría que fue mi perro, aunque hay quien dice que las cosas no ocurren por casualidad sino porque está escrito que sucedan del modo en que lo hacen, cuándo y por qué. En este caso, el por qué me ocurrió a mí tiene una fácil respuesta: porque soy un metomentodo. Será deformación profesional.

Suelo sacar a mi perro tres veces al día: a las siete de la mañana, al mediodía y a eso de las siete u ocho de la tarde. El hallazgo tuvo lugar durante nuestro paseo matutino. Siendo invierno, el parque que hay frente a mi casa estaba desierto y muy oscuro, pobremente iluminado por las escasas farolas que el ayuntamiento tuvo a bien instalar después de repetidas peticiones. Es lo malo de vivir en un barrio alejado del centro en una población, como la mía, de poco más de diez mil habitantes.

Mi perro no es de raza, pero tiene trazas de buen rastreador. Cuando algo le llama la atención a su olfato, me arrastra de tal modo que no puedo retenerle a menos que le parta el cuello de tanto tirar de la correa. Así que, para evitar esfuerzos innecesarios ─ya no tengo edad para ello─, dejo que el animal satisfaga sus instintos primarios, al margen de los puramente fisiológicos.

El caso es que esa mañana de invierno olfateó algo que le llamó extraordinariamente la atención y, como era de esperar, me arrastró literalmente hacia unos arbustos. Pensé que habría olido el rastro de otro can, de un animal muerto (un roedor o un pájaro) o de algún resto de comida. Pero no era nada de eso. Aunque el objeto en sí no hubiera atraído a ningún perro, su color ─contrariamente a lo que algunos creen, los perros sí distinguen los colores y, además, ven mejor de noche que de día─, y seguramente el olor que despedía le debió atraer sobremanera. Cuando logré que sacara el hocico de donde lo tenía prácticamente hincado, vi que el objeto no era más que una libreta azul de tamaño cuartilla. Cuando, no sin cierto reparo, la tuve en mis manos, comprobé que estaba bastante manoseada y repleta de anotaciones hechas con una letra muy pulcra. Con la escasa iluminación del recinto, ni con las gafas de leer habría podido sacar algo en claro de lo que allí ponía. A punto estuve de echarla a la papelera más próxima, pero algo me contuvo: mi dichosa curiosidad, que no me ha abandonado aun después de haberme jubilado.

Ya en casa, cómodamente instalado en mi butaca ergonómica y de articulación eléctrica (me costó más de ochocientos euros, pero valió la pena el dispendio) y con mis inseparables gafas de leer, sólo con hojear unas pocas páginas de la libreta (a la que le había pasado repetidas veces un paño para eliminar cualquier rastro de mugre y de bacterias patógenas) me percaté de que lo que tenía en mis manos era ni más ni menos que un diario de alguien muy culto pero tremendamente desgraciado. 

Y ahí empezó mi aventura.


CONTINUARÁ

viernes, 16 de diciembre de 2016

Renacido


El dinero no hace la felicidad, pero sí otorga ciertas prebendas que no están al alcance del común de los mortales. Gregorio lo había preparado todo concienzudamente, desde el día en que supo que sólo le quedaba un año de vida. Contrató los servicios de KrioRus, una empresa rusa especializada en criónica. Así, cuando, en el futuro, dispusieran de una cura definitiva de su extraña enfermedad, lo descongelarían y le devolverían a la vida. Renacería, probablemente al cabo de varias décadas, con un cuerpo sano y mucho más longevo.

También programó y ordenó su muerte asistida en un centro suizo. No quería acabar sus días con un deterioro orgánico que impidiera su posterior resucitación y tratamiento. 

Tanto los preparativos como la ejecución del plan meticulosamente organizado salieron según lo previsto. Con lo que no contaba Gregorio era que, tras veinte años de hibernación, la batería que mantenía el criogenizador se agotara por falta de suministro eléctrico. Como resultado de ello, la cápsula en la que reposaba su cuerpo inerme dejó de funcionar, activándose, como por arte de magia, su apertura automática.

Contrariamente a lo que podría esperarse, su cuerpo descongelado volvió a la vida, pero resultó ser la única vida humana en un planeta inhóspito, sólo poblado por los únicos seres que habían sobrevivido a los altos niveles de radioactividad: los insectos. ¡Lo que habría dado Gregorio en ese momento por estar en la piel de su homónimo Kafkiano, Gregorio Samsa, tras su igualmente increíble despertar!




viernes, 2 de diciembre de 2016

El proyecto llegó a su fin: el libro nacido de un blog



Los que habitualmente me visitáis y leéis estos retales, quizá recordaréis que hace unos dos meses (¡cómo pasa el tiempo!) anuncié que tenía en marcha un proyecto en estado avanzado de gestación, que no era ni más ni menos que la publicación en Amazon de “Irreal como la vida misma” una recopilación de cincuenta y cinco relatos de mi autoría y que he ido publicando en este blog.

Pues bien, en esta ocasión me congratula poder anunciaros que “Irreal como la vida misma” ha visto por fin la luz. Mide 15,24 x 22,86 cm. El peso no lo sé pero está dentro de la normalidad. Lo importante es que está sano. Y, además, ha salido a su padre.

El libro está, pues, a vuestra entera disposición y, para los que todavía no conocéis el sistema de compra a través de Amazon, solo debéis entrar en
https://www.amazon.es, desplegar la pestaña de “Todos los departamentos”, hacer un clic sobre “Libros”, escribir, en el recuadro buscador que aparece en la parte superior, el título del libro y darle a “intro”. Una vez que visualicéis el libro debéis situar el puntero del ratón sobre la imagen y os llevará a la página donde encontraréis toda la información referente al libro y a la forma de pago. Y a comprar!!! ¿A qué os lo he puesto fácil?

Así pues, si queréis pasar un rato agradable solo tenéis que rescatar unos cuantos euros de vuestra cuenta corriente e invertirlos en esta criatura recién nacida. Seguro que será una buena compañía.

Para quienes quieran, además, ahorrar unos eurillos o prefieran leer en un ebook, también está disponible la versión electrónica en el sub-apartado eBooks Kindle.

Ya sé que se dice que nunca segundas partes fueron buenas. De ser así, lo tengo crudo, pues mi primera recopilación de relatos fue un fracaso. Pero puestos a echar mano de frases populares prefiero esa otra que dice que la esperanza es lo último que se pierde.