viernes, 2 de diciembre de 2016

El proyecto llegó a su fin: el libro nacido de un blog



Los que habitualmente me visitáis y leéis estos retales, quizá recordaréis que hace unos dos meses (¡cómo pasa el tiempo!) anuncié que tenía en marcha un proyecto en estado avanzado de gestación, que no era ni más ni menos que la publicación en Amazon de “Irreal como la vida misma” una recopilación de cincuenta y cinco relatos de mi autoría y que he ido publicando en este blog.

Pues bien, en esta ocasión me congratula poder anunciaros que “Irreal como la vida misma” ha visto por fin la luz. Mide 15,24 x 22,86 cm. El peso no lo sé pero está dentro de la normalidad. Lo importante es que está sano. Y, además, ha salido a su padre.

El libro está, pues, a vuestra entera disposición y, para los que todavía no conocéis el sistema de compra a través de Amazon, solo debéis entrar en
https://www.amazon.es, desplegar la pestaña de “Todos los departamentos”, hacer un clic sobre “Libros”, escribir, en el recuadro buscador que aparece en la parte superior, el título del libro y darle a “intro”. Una vez que visualicéis el libro debéis situar el puntero del ratón sobre la imagen y os llevará a la página donde encontraréis toda la información referente al libro y a la forma de pago. Y a comprar!!! ¿A qué os lo he puesto fácil?

Así pues, si queréis pasar un rato agradable solo tenéis que rescatar unos cuantos euros de vuestra cuenta corriente e invertirlos en esta criatura recién nacida. Seguro que será una buena compañía.

Para quienes quieran, además, ahorrar unos eurillos o prefieran leer en un ebook, también está disponible la versión electrónica en el sub-apartado eBooks Kindle.

Ya sé que se dice que nunca segundas partes fueron buenas. De ser así, lo tengo crudo, pues mi primera recopilación de relatos fue un fracaso. Pero puestos a echar mano de frases populares prefiero esa otra que dice que la esperanza es lo último que se pierde.
 
 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

El buscador de objetos perdidos



Desde que me instalé en esta casa de la playa para escribir mi tercera novela, en verano, cada día, al caer el sol, aparecía con su detector de metales recorriendo la playa, de un extremo al otro de la cala. Alguna vez le veía inclinarse y recoger algo, después de escarbar un poco en la arena, mirarlo con detenimiento, para acabar lanzándolo a escasos metros de sus pies. Vana ilusión, me decía. ¿Qué puede ese hombre encontrar semienterrado en la arena que pueda tener algún valor? ¿Acaso una medalla, un anillo, unas monedas? Cosas perdidas, tragadas por la tierra que alguien luego extrañará y que quizá para esa persona sí tenga un valor material o sentimental. ¡Maldito buscador de metales! ¡Aprovecharse de la desgracia ajena! Se queda con objetos que no le pertenecen, que han sido extraviados por sus verdaderos propietarios, en lugar de entregarlos en una oficina de objetos perdidos –me decía, al verle “trabajar” en la playa. Ojalá no encuentre nada ―pensaba a continuación―. De hecho, creo que le seguía con la mirada para cerciorarme de su frustrada búsqueda. Cuando le veía agacharse para recoger algo, casi contenía la respiración, pendiente del resultado. Y cuando comprobaba que lo hallado no era de su interés y lo desechaba, lo celebraba con un ¡toma ya! ¡¿Qué te habías creído, aprovechado de las desgracias ajenas?!

Cuando, acabado el verano, ya nadie frecuentaba la playa, el buscador de objetos perdidos dejó de acudir a su cita diaria. Entonces lo eché de menos. Me había acostumbrado tanto a su presencia que encontraba a faltar algo en el paisaje.

Cuando se lo comenté a un vecino con el que coincidía en el club náutico ―yo no navego, nunca lo he hecho, pero era la única forma de disponer de un local decente, donde charlar con gente interesante y jugar a las cartas, que no fuera el bar de la esquina― me dijo que ese hombre hacía varios años que practicaba esa actividad y que también efectuaba su búsqueda en otras partes, sobre todo en el bosque colindante con la playa. También me dijo que, según había oído, en una ocasión encontró algo de mucho valor.

―¿Algo de mucho valor? ¿Cómo qué? ―quise saber.
―Ni idea. Son solo rumores, pero quién sabe, quizá un brazalete de oro o algo por el estilo.
―¿Y sigue teniendo éxito en este cometido? ―le pregunté.
―Pues supongo que sí; de lo contrario, no lo haría ―me contestó mi amigo, encogiéndose de hombros.

Nunca le había visto la cara al hombre de la playa, pero aparentaba tener más de sesenta años. Debía estar jubilado y se dedicaba a aquello para matar el tiempo y, de paso, sacarse algún dinerillo extra ―lo del valioso hallazgo, si era cierto, debió ser una suerte irrepetible― para compensar su exigua paga de pensionista. Aún así, me picó la curiosidad y decidí ir a su encuentro para, como quien no quiere la cosa, interrogarle y salir de dudas. Quizá lo hiciera como un hobby, como el que colecciona chapas de cava o sellos de correos.

Siempre me ha gustado conocer a gente especial, fuera de lo común, y pensé: quién sabe, a lo mejor descubro algo que valga la pena para mi novela. Así, con paciencia de pescador, le pesqué en plena faena una tarde, en el bosquecillo, tal como me había indicado mi vecino y compañero de juegos de naipes. En realidad fue mi perro quien lo descubrió. Sus ladridos me hicieron ver que algo se movía entre los arbustos. Al momento, temí que pudiera ser un animal peligroso ―no sé qué especie animal podría frecuentar aquel paraje que no fuera un gato o un perro abandonado―, pero al poco reconocí la gorra playera que siempre solía llevar y, como una prolongación anatómica de su cuerpo, el aparatito detector de metales que, como si de un aspirador se tratara, iba desplazando de derecha a izquierda a lo largo de su lento deambular.

Cuando me vio, dio un respingo para, acto seguido, esbozar una sonrisa de compromiso, como disculpándose de su sobresalto, y saludarme con un gesto de la cabeza antes de seguir su camino. Como llevaba unos auriculares puestos ―que después supe que son para oír la señal que emite el detector cuando localiza un metal―, ni los ladridos de mi perro, ni mucho menos mis “buenas tardes”, llegaron a sus tímpanos, así que no me quedó más remedio que seguirle un trecho, hasta que se diera cuenta de que quería hablar con él.

―Disculpe mi atrevimiento ―le dije cuando se hubo quitado los auriculares, después de haberle dado unos golpecitos en la espalda para llamar su atención.
―¿Si? ¿Qué desea? ―me preguntó, ahora con cara de quien es interrumpido a mitad de un trabajo que requiere su máxima concentración.
―Perdone usted ―insistí― pero le he visto, cada tarde, durante este pasado verano, en la playa, con este aparato detector de metales y ahora le veo aquí de nuevo y me preguntaba si ha encontrado alguna vez algo interesante o valioso.

Al cabo de media hora estábamos sentados en la terraza de mi casa que da a la playa, mi puesto de observación preferido, viendo romper las olas mientras la tenue luz del sol dejaba al descubierto el tímido brillo de la luna, y con sendas jarras de cerveza en nuestras manos.

Pedro, que así se llamaba el buscador de tesoros ―como él mismo se definió―,  se había aficionado a la búsqueda de objetos de todo tipo desde que su difunto padre, jubilado como ahora lo estaba él, había hallado, muchos años atrás, un pequeño arcón repleto de denarios de plata cerca de las ruinas romanas de Ampurias.

―Esas piezas forman ahora parte del patrimonio histórico del Museo Arqueológico de Cataluña y lo que obtuvo él, como recompensa, fueron unos cientos de euros. Total una miseria. Pero, eso sí, obtuvo el reconocimiento público por su gesto. Otro se habría quedado con las monedas y las hubiera vendido a coleccionistas privados que le habrían pagado muchísimo más ―me comentó con una sonrisa desabrida―. Pero mi padre era así de legal. Y por eso murió más pobre que una rata.

Pedro, con muchos menos reparos que su progenitor, decidió seguir sus pasos. Se hizo con un equipo para la detección de metales y se echó al monte a la búsqueda de tesoros.

―Inicié mi búsqueda por las calas menos frecuentadas de esta zona que durante siglos fueron visitadas por piratas y corsarios, esperando hallar un tesoro escondido. Debió ser la suerte del principiante porque al poco descubrí, en una pequeña cueva, un alijo de doblones de oro del siglo XVIII por los que me dieron cuarenta millones de euros, aunque luego supe que valían diez veces más pero, claro, más vale pájaro en mano... Si hubiera ido en plan legal, declarándolo a las autoridades, quizá me hubiera quedado sin nada o me habrían obsequiado con una escuálida propina y unos golpecitos en la espalda, como hicieron con mi padre. Lo más probable es que el Estado, el Municipio o vaya usted a saber quién, habría alegado ser su legítimo propietario. A éste le siguieron algunos hallazgos más pero de menor importancia y valor, todos en tierra firme, pequeños tesoros enterrados a la espera de ser rescatados pasado un tiempo pero que nunca llegaron a ser recuperados. En total, esta actividad me ha reportado unas ganancias de más de cincuenta millones de euros, una cantidad nada despreciable, ¿no cree?

¡¿Cincuenta millones de euros?! No me lo podía creer. Ese hombre se había hecho millonario y seguía alternando la búsqueda de tesoros con la de objetos de valor insignificante en la playa y sus aledaños. ¿Acaso creía que, a ojos de cualquier observador y bajo un palmo de arena, encontraría un botín como los que me acababa de referir?

―Lo de la playa lo hago para disimular ―aclaró como si me hubiera leído la mente―. Si hubiera abandonado de golpe esta práctica, la gente sospecharía. Sé que corren rumores de que encontré algo de gran valor, pero si ven que sigo saliendo cada día con mi detector de metales, pensarán que no es para tanto y me dejarán tranquilo. Si supieran lo que he encontrado hasta ahora, podrían delatarme a las autoridades, extorsionarme o, peor aún, ser objeto de un robo con violencia pues, como comprenderá, no tengo el dinero en un banco. Hay mucho delincuente suelto.
―¿Y por qué me lo cuenta a mí, que soy un extraño? ―le pregunté, sorprendido.
 ―De extraño nada. Yo sé más de usted que usted de mí ―me contestó con una siniestra sonrisa.

Según me contó a continuación, desde que me había instalado en la casa, se había percatado de cómo le venía observando, desde la terraza donde estábamos sentados en ese preciso instante, en sus quehaceres de buscador de objetos perdidos. Intrigado por mi conducta ―a la par que yo lo estaba por la suya― decidió conocer mi identidad y, a ser posible, mi interés por su inofensivo divertimento. Para ello, interrogó a mi vecino, contertulio, compañero de juegos de naipes y socio del club náutico, a quien conocía desde muchos años atrás. Éste le informó que yo era un escritor de cierta fama, venido a menos, y que me había instalado allí para escribir una nueva novela, que se me resistía, cuya historia se desarrollaría en la Costa Brava. Cuando le preguntó si sabía el motivo de mi interés por su actividad vespertina, mi vecino, contertulio, compañero de juegos de naipes, socio del club náutico y bocazas, le dijo que simplemente yo no entendía cómo alguien podía dedicarse a buscar y apropiarse de bienes ajenos extraviados ni qué beneficio económico podía obtener de ello.

―Al principio sólo lo hacía para entrenarme, antes de pasar a la verdadera acción. Luego seguí haciéndolo por distracción y curiosidad. Encontraba y coleccionaba los objetos más variopintos que se pueda imaginar: encendedores, monedas extranjeras, cuchillas de afeitar (¡algunas extranjeras se depilan las piernas en la playa!), anillos, pendientes, pinzas para el pelo, pastilleros y cosas por el estilo (¡una vez hasta encontré un DIU!). Pero después de los afortunados hallazgos, en lugar de abandonar tan estéril búsqueda, no tuve más remedio, por el motivo que antes le comenté, que seguir con mi rutina diaria como tapadera. Pero ya estoy cansado, ya no tengo edad para seguir con este jueguecito y lo que quiero es retirarme definitivamente. Con el dinero que he acumulado puedo permitirme una vida de lujos hasta el final de mis días y, aún así, me sobrará. Pero antes de desaparecer del mapa, me gustaría traspasarle a alguien mis últimos descubrimientos. Lo que yo he encontrado hasta ahora no es nada  comparado con lo que sigue ahí, frente a nuestras narices, sin que nadie haya reparado en ello. Sería injusto llevarme el secreto a la tumba, pues no tengo hijos ni familia que merezca tal herencia, y que nadie saque provecho de esos tesoros inexplorados. Tampoco quiero favorecer al erario municipal, estatal ni a los más insignes museos. ¿No dicen que el campo es para quien lo trabaja? Pues los tesoros tienen que ser para quien los encuentra.

Y tras unos instantes de vacilación, añadió, para mi sorpresa:

―Se me antoja que usted podría ser la persona idónea para hacerse cargo de esta herencia. ¿Tiene una barca? ¿Sabe usted bucear?

*
De eso han pasado ya tres años. Sigo viviendo en el mismo lugar y frente a la misma playa. Llevo una vida aparentemente anodina. Ahora sólo voy al club náutico para amarrar mi barca. No quiero que mi vecino, ex contertulio y todo lo demás me interrogue y se inmiscuya en mi vida privada, pues me consta que nadie entiende qué hace, un escritor como yo, todas las tardes de verano, buscando objetos perdidos en la playa. Ahora soy yo quien tiene a un observador que no me quita la vista de encima: un joven volador de cometas a quien no había visto antes. Tenía razón Pedro ―a quien le he perdido la pista― cuando me dijo que esto resulta una tapadera perfecta para mi verdadera actividad. Fue muy generoso conmigo al cederme el testigo de sus conocimientos. Él ya no quería más dinero. Yo sí.

No llegué a escribir la novela que me había propuesto concebir al llegar aquí. Algún día escribiré mis memorias y en ellas contaré cómo conocí a un viejo buscador de tesoros. A quienes me preguntan por él, les digo que falleció en la más amarga pobreza y que yo he ocupado su lugar como buscador de objetos perdidos, como pasatiempo en mis horas muertas, hasta que la inspiración me permita volver a mi antigua faceta de escritor.

No sabía que hubieran naufragado tantos galeones, fragatas y bergantines en las costas catalanas ni que existieran tantos pecios rebosantes de riquezas por descubrir. Si los caza-tesoros se enteraran, se me acabaría el “negocio”.

Todavía soy relativamente joven pero, cuando haya llenado mis arcas hasta el punto de haber vaciado mi ambición, cederé el puesto a otro que lo merezca. Quizá ese joven volador de cometas que no me quita la vista de encima sea un buen candidato.
 
 
 

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Volver a nacer



Toda su familia dio gracias a Dios por lo que consideraron un milagro. Y no es que fueran particularmente piadosos pero algo así no cabía dentro de una lógica puramente humana.

Los médicos lo calificaron como un suceso excepcional y lo achacaron a una constitución física inusualmente fuerte y vigorosa. O a un prodigio de la naturaleza.

Jonás había sido siempre un hombre sano y robusto pero nada fuera de lo normal. Ni el más fuerte y saludable de los mortales hubiera sobrevivido a un accidente como aquel. Tras más de cinco horas de arduo trabajo, los bomberos solo esperaban hallar, entre el amasijo de metales en que se había convertido el vehículo, un cuerpo sin vida horriblemente mutilado. No pudieron dar crédito, por lo tanto, a que aquel hombre, o lo que quedaba de él, depositado en el arcén a la espera de que lo introdujeran en una bolsa de plástico y lo transportaran al hospital más cercano o directamente al instituto anatómico forense, abriera repentinamente los ojos y balbuceara unas palabras ininteligibles.

El médico que le atendió tras su repentina resurrección todavía no puede creérselo. La imagen de un cuerpo que, aplastado hasta lo indecible, con un cráneo destrozado como si hubiera recibido los efectos de una granada y una masa deforme y sanguinolenta por cara, intentaba incorporarse y hablar tras varios minutos de haber certificado su muerte, le produjo tal impresión que todavía hoy tiene pesadillas.

Tras sufrir múltiples intervenciones quirúrgicas de alto riesgo, Jonás salvó milagrosamente su vida pero vio notablemente mermada la movilidad y la coordinación motora pero, sobre todo, el habla, fruto, sin duda, de secuelas postraumáticas cerebrales. Tuvieron que transcurrir unos tres meses para que pudiera comunicarse verbalmente, aunque solo fuera con monosílabos. Su mirada, profunda, acerada y escrutadora, impresionaba a todo aquel que iba a visitarle. Su mujer, Alicia, era la única que podía sostenérsela, una mirada que asustaba, que parecía la de un ser extraño, la de un loco, la de un psicópata.

A los cinco meses de convalecencia, ya en casa, se produjo un cambio radical. Una mañana, Jonás, súbitamente lúcido, se levantó por primera vez de la cama sin ayuda y salió, por su propio pie, al jardín. Allí lo encontró su mujer, mirando a su derredor, desorientado, como si viera lo que le rodeaba por primera vez.

Cuando Alicia, presa de emoción, le rodeó con sus brazos, en un abrazo lleno de ternura e ilusión, su marido desde hacía treinta años se dio la vuelta y mirándola de hito en hito le preguntó:

―Dime la verdad. ¿Quién eres tú?
―Soy Alicia, cariño, tu esposa. ¿Acaso no me reconoces? –le preguntó, a su vez, alarmada.
―No sé quién eres. No te conozco –insistió él angustiado y airado a la vez.
―Jonás, llevamos treinta años casados y tenernos dos hijos. Quizá ahora padezcas una ligera amnesia pero ya irás recordando, ya lo verás –le contestó Alicia, tratando de calmarlo.
―¿Jonás? ¿Por qué me llamáis Jonás? Mi nombre es Alberto. Soy Alberto Miralles. Tengo esposa y tres hijos. ¿Dónde está mi familia? –inquirió él, todavía más excitado.

La consternación que ello causó en el seno familiar fue mayúscula. El pobre Jonás sufría una alteración mental de consecuencias imprevisibles. Insistía en ser otra persona. Y, de hecho, su forma de comportarse no era la del Jonás que todos conocían. Sus gustos, su forma de hablar y de reaccionar a cualquier estímulo habían cambiado radicalmente. Se comportaba como un desconocido, como lo que ahora era para todos los que le rodeaban. Dijo no poder compartir cama con Alicia pues, según él, era una extraña que suplantaba a su verdadera mujer. No reconocía ni a sus propios hijos, trataba a todos los miembros de la familia con una frialdad espantosa. Sus hijos le temían. Eran los únicos que aseguraban que aquel hombre no era su padre. La situación se hizo insostenible y los médicos eran incapaces de emitir un diagnóstico y un pronóstico claro y definitivo.

Pasaban las semanas y Jonás estaba cada vez más agitado e irascible. Se sentía secuestrado en el seno de una familia que no era la suya. Él era Alberto Miralles, insistía, pero no recordaba nada más. Alguien –afirmaba- debía de haber intercambiado por error su cuerpo con el de otro accidentado. Lo más extraño es que el espejo le devolvía una imagen que no reconocía como suya. ¿Qué le habían hecho? ¿Quién estaba detrás de toda aquella pesadilla? Quería marcharse, huir, pero ¿adónde? ¿Quién le iba a socorrer? Si iba a la policía y contaba su caso, no solo no le creerían sino que le tomarían por paranoico, o loco de remate. Peor sería un encierro en un psiquiátrico que en aquella casa. Además, ¿qué podía hacer la policía aún queriendo ayudarle? Las huellas digitales podrían identificarle pero si no estaba fichado de nada serviría y su documentación había desaparecido, entre la chatarra, en el desguace.

Así pues, exigió someterse a hipnosis. Quizá de este modo recordaría algo de su vida anterior, de su identidad. Nadie se opuso a esta propuesta. Todo lo contrario. Lo celebraron. De hecho, habían pensado en ello en más de una ocasión pero no se habían atrevido a sugerírselo. Quizá la hipnosis le haría recordar su pasado junto a esa familia que tanto deseaba su recuperación y todo volvería a ser como antes.

Sometido, pues, a una regresión, Jonás fue reviviendo, paso a paso, los últimos acontecimientos de su vida hasta llegar al momento del accidente.

―Conducía por la E-90, a la altura de Calatayud, cuando se desató la tormenta. Iba con mi mujer y mis tres hijos. Era noche cerrada, serían las once y media. Un fuerte aguacero barría la calzada e impedía la visibilidad. El limpiaparabrisas no daba abasto. Apenas se veían las líneas de la mediana. De pronto apareció ante mí un vehículo estacionado en el arcén. No llevaba luces. Debía de ser un camión. O un tractor de gran tamaño. No pude esquivarlo. ¡Todo fue tan rápido! No pude esquivarlo. ¡No pude evitarlo! ¡¿Dónde están mi mujer y mis hijos?!
―¿Cuándo fue eso, Jonás?, ¿Cuándo ocurrió? –le pregunta el terapeuta.
―Fue el 5 de noviembre de 2016. Era mi cumpleaños. Y no me llamo Jonás. ¡Mi nombre es Alberto Miralles!

El psiquiatra, intrigado, vuelve el rostro hacia la mujer y le pregunta:

―¿Cuándo y dónde tuvo su esposo el accidente?

Y la mujer, con un manifiesto temblor en los labios, responde:

―El 5 de noviembre, a eso de las once y media de la noche, en la M-40, en dirección al aeropuerto de Barajas –y con la voz entrecortada, añade-. Habíamos celebrado su cumpleaños.
 
*
 
En el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo, un hombre, afectado de una grave lesión medular, yace inmóvil en la cama desde hace seis meses. Es el único de los cinco ocupantes de un vehículo, que sobrevivió a un terrible accidente automovilístico. Un reguero de lágrimas le resbala por sus mejillas sin que pueda enjugárselas. No sabe porqué le llaman Alberto si su nombre es Jonás. Pero nadie le cree.
 
 

 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Una ilusion medio hecha realidad



Este blog cumplió el pasado mes de junio tres años. Hasta le fecha ha dado a conocer algo más de doscientas historias, la gran mayoría relatos de ficción.

En junio de 2014 publiqué, en la modalidad de autoedición (como la mayoría de escritores noveles en la actualidad), una primera recopilación de cincuenta relatos que titulé “Ahora que ha parado de llover”. De la edición en papel solo se imprimieron unos pocos ejemplares, que fueron a parar a manos amigas que no tuvieron que pagar nada por ello. En esa ocasión no me movió el afán de lucro. En otras palabras, no pretendía ganar ni un solo euro con ello. Ni siquiera pensaba que alguien pudiera comprarme un ejemplar y no me veía capaz de ir de puerta en puerta (en el sentido figurado de la palabra) pidiendo que algún buen samaritano me hiciera ese favor.

Luego, animado por un buen amigo, me decidí a publicarlo, en formato electrónico, en Amazon. Aunque comuniqué este “lanzamiento comercial” a conocidos y extraños, fundamentalmente a través de este maravilloso portal que es Facebook, no se produjo ni una sola venta, qué le vamos a hacer. Pensé que no tenía suficiente poder persuasivo, muy poca capacidad de convocatoria o escasa credibilidad, y ahí quedó la cosa… y el libro.

Pero yo seguí con mi gran afición, escribiendo y publicando relatos en mi blog, hasta que llegó un momento en que me planteé llevar a cabo una nueva publicación, que esta vez incluirá cincuenta y cinco de mis más recientes y (a mi juicio) mejores relatos en poco más de trescientas páginas. A esa segunda recopilación la he titulado “Irreal como la vida misma” y, ni corto ni perezoso, me puse a trabajar para que, en esta ocasión, el libro estuviera disponible en papel y en formato para ebook.

Y esta vez, a pesar de mis remilgos, pues me ruboriza un poco auto-publicitarme, voy a intentar promocionar este nuevo libro no a bombo y platillo pero sí con una trompeta provista de sordina para que se me oiga sin hacer mucho ruido.

De momento os anuncio que el proyecto está llegando a su fin (quienes hayan pasado por esto saben lo laborioso que es) y que pronto (eso espero) podréis adquirir un ejemplar, si así lo deseáis, en Amazon. Cuando esté disponible para la venta (o la compra, según se mire) os lo haré saber, de eso podéis estar seguros. Creo que esta vez tendré que ser mucho más convincente que en la anterior ocasión (espero no hacerme muy pesado pero es lo que hay). Aunque no pretendo hacerme rico, ni siquiera permitirme un crucero por los fiordos noruegos, sí me haría ilusión ver que mi pequeña obra tiene aceptación y difusión. 

Pero eso está por ver. De ahí lo de una ilusión medio hecha realidad.

Entretanto, para ir haciendo boca, podéis ver la imagen de la portada y contraportada. Es todo lo que por ahora puedo daros a conocer. El contenido, más adelante, cuando proceda.
 
 

martes, 25 de octubre de 2016

Nunca debí aceptar (y IV)


La siguiente semana fue una pesadilla. Tuvimos que emplearnos a fondo con la maldita niña. En cuanto adivinó lo que estábamos haciendo, decidió dejar de jugar con nosotros –como ella lo llamó- para llevar a cabo su venganza. De momento, no obstante, parecía que los amuletos y prácticas defensivas aprendidas sobre la marcha por la valerosa señora Castro surtían efecto y la mantenían alejada durante el día. Mi cocinera y yo parecíamos hermanos siameses. Yo no me despegaba de ella ni ella de mí.

De noche, dormíamos en habitaciones contiguas y cerradas a cal y canto. Habíamos hecho instalar varios cerrojos y con el grosor de las puertas de madera maciza era imposible que alguien las derribara por muy vampiro que fuera. Las ventanas las manteníamos cerradas con doble pestillo y dos contraventanas, una exterior y otra interior. Estábamos, pues, blindados contra cualquier ataque de esa criatura. Al menos mientras dormíamos.

Nuestros esfuerzos para cazarla –porque de eso se trataba- nos tenían agotados. Ya no se ocultaba en el sótano del viejo almacén de carbón y suponíamos que iba cambiando de refugio nocturno, pues no hallábamos rastro alguno de su presencia. Pero al final le dimos caza de la forma más elemental: con una trampa practicada en el suelo del granero. Perdimos muchas horas de sueño hasta tenerla lista pero conseguimos lo que pretendíamos. Pensamos que en algún momento entraría allí, de día o de noche. Y así fue.

Una vez la tuvimos a nuestra merced, ya no la soltamos. Tenía mucha fuerza por ser solo una niña de ocho años, pero nosotros éramos dos adultos todavía con suficiente energía y, sobre todo, voluntad. La mantuvimos varios días atada a la cama mediante unas correas que ni un toro sería capaz de romper. Y cada noche repetíamos la misma operación. Los colmillos de Sara eran cada vez mayores. Habían adquirido unas proporciones increíbles. Ni un oso tenía unos colmillos como aquellos. Al parecer, cada extracción provocaba, por la noche, un crecimiento mayor, por lo que cada vez aquella resultaba más laboriosa. Pero, por otra parte, el sangrado era mucho más fácil pues el boquete que quedaba tras arrancar cada una de esas piezas dentales era también cada vez mayor. Ya no necesitaba usar la bomba extractora, la sangre fluía a raudales por sí sola. La heparina que le inyectaba ayudaba a que así fuera.

Como era de esperar, la niña acabó enfermando, momento en que la liberamos de las ataduras y avisamos al doctor quien, como también era de esperar, dictaminó que padecía una extraña anemia que no respondía a tratamiento alguno. Cada vez que venía el médico a visitarla, procurábamos sedarla para que no se fuera de la lengua y aparentar, de paso, una mayor debilidad de la que tenía. Pero un día ocurrió lo que temíamos: la niña sacó fuerzas de flaqueza y le contó al médico lo que estábamos haciendo con ella.

―¿Saben lo que me acaba de contar la niña? ¡Es increíble!. ¿Cómo es posible? Que usted –dijo mirándome fijamente- le extrae sangre todas las noches mientras la mantiene inconsciente, y que usted –prosiguió, mirando entonces a la señora Castro- le ayuda en ese menester. Cuando le he preguntado cómo le extraen ustedes la sangre, ya que no he observado ningún pinchazo en todo su cuerpo, me ha dicho que no lo sabe con certeza pero que como usted es dentista, y conserva su instrumental, debe saber cómo hacerlo sin dejar huella. Y que lo hacen para acabar con ella porque creen que es un vampiro. La he dejado llorando a mares, a la pobre criatura.

Y ante nuestro perplejo mutismo, estalló en carcajadas.

―!Hay que ver lo que son capaces de inventar los niños! Claro que esto debe ser más bien un desvarío provocado por la enfermedad.

Y meneando la cabeza en señal de incredulidad, se marchó prometiendo volver al día siguiente para ver cómo seguía la paciente, pues estaba muy preocupado por su estado.

Pero cuando el médico volvió, a la tarde siguiente, ya solo pudo certificar su defunción.

Al alivio producido por la desaparición de Sara de nuestras vidas, le siguió la inquietud y temor por la reacción del padre de la “criatura” cuando supiera lo sucedido, sobre todo si era cierto lo contado por la que había sido el ama de llaves de la familia de mi hermano.

Pasaron las semanas y después los meses y Julián seguía sin dar señales de vida o, mejor dicho, de su presencia física. Por tratarse de una familia muy conocida en la región, el óbito había sido difundido por los periódicos locales, así que si él seguía en el extranjero difícilmente podía haberse enterado. Salvo las condolencias por parte de amigos y conocidos -y debería añadir el júbilo disimulado del pueblo llano- nadie reaccionó al luctuoso acontecimiento.

Ya no sabía qué pensar. Volví a mi primera suposición, la de que Julián había querido deshacerse de su hija mandándomela a mí por temor a que le hiciera lo que le hizo a su esposa. Entonces, ¿de dónde había sacado aquella mujer toda esa historia sobre la naturaleza vampírica de mi sobrino político y de su plan para acabar conmigo?

A pesar de todo lo ocurrido con Sara, visitaba su tumba casi todos los sábados, en la que depositaba un ramito de claveles blancos. Miraba su fotografía, la que encontramos entre sus pertenencias, y me parecía imposible que aquella carita angelical perteneciera a un ser tan malvado. Siempre rezaba una oración por su alma, pidiéndole a Dios que tuviera misericordia de ella y que la hubiera perdonado y descansara en su seno.

Con el tiempo, mis visitas se fueron espaciando, hasta que llegó el día de los Fieles Difuntos, visita obligada al Campo Santo para rezar por nuestros seres queridos. Debía hacer por lo menos un mes que no acudía a mi visita habitual así que esperaba encontrar el ramo de claveles marchito. En lugar de eso, había un ramo de rosas rojas frescas. El agua también parecía reciente por lo limpia que estaba. Alguien, pues, había visitado recientemente la tumba de Sara. La señora Castro y yo nos miramos interrogativamente. ¿Quién podía ser el visitante desconocido?

Volvimos a casa sin apenas intercambiar una palabra, sumidos en nuestros pensamientos. Y en nuestras peores sospechas.

Al llegar, se hicieron realidad nuestros temores. En los escalones de la puerta principal había un hombre sentado. Con sombrero, cabizbajo, apoyando el mentón en ambas manos y con los codos sobre las rodillas, no se le veía el rostro. Solo cuando estuvimos a escasos metros levantó la cara y se puso en pie. Era él, Julián, el padre de Sara. Se acercó a mí con los brazos abiertos y con las mejillas bañadas en lágrimas. Me abrazó como nunca nadie antes lo había hecho. Y sofocando el llanto, repetía ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?

Tras referirle cómo la terrible enfermedad, que supuestamente había heredado de su madre, acabó con la vida de Sara, Julián se hundió en un profundo silencio, solo roto por su respiración agitada. Parecía un niño indefenso, un niño que ha quedado solo en el mundo. Me compadecí de él, yo que lo había juzgado tan malévolo. Si hubiera tenido delante a aquella intrigante y torticera ama de llaves la hubiera llamado perturbada y echado a patadas de mi casa.

A pesar de las atenciones de la buena señora Castro, Julián, derrotado, no quiso probar bocado ni acostarse. Parecía no creer que lo que le había ocurrido a su hija fuera real. Solo repetía que quería llevársela con él y enterrarla junto a  su madre, mi sobrina. No quise hablarle de los inconvenientes legales que ello podía tener. Mejor dejarlo descansar. Lo dejamos tumbado en el sofá, donde yacía, indolente, con la mirada vidriosa.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella noche la casa respiraba serenidad, aunque esta fuera de afligimiento más que de sosiego. Cuando desperté, no sabía qué hora era. Había dormido de un tirón. Miré el reloj de la mesilla de noche. Eran las nueve. ¡Las nueve! ¿Cómo me había dejado dormir tanto la señora Castro conociendo mis hábitos madrugadores?

Me puse un batín y salí raudo al rellano. La puerta del dormitorio contiguo al mío estaba cerrada. Bajé a la cocina. No había ni rastro de la señora Castro. Deambulé por toda la planta baja. Nadie. Volví a subir. Quizá la pobre mujer se había quedado dormida. Era extraño en ella pero podía ser que, al sentirse finalmente relajada, hubiera dormido como un tronco. Como yo.

Llamé suavemente con los nudillos. Al no recibir respuesta, golpeé con más fuerza, ahora con la palma de la mano. Decidí entrar no sin antes advertirle de mi presencia. ¿Señora Castro? ¿Señora Castro?, repetí tres o cuatro veces.

La estancia estaba totalmente a oscuras, así que me acerqué a tientas a la ventana para abrirla y dejar entrar la luz del sol pero a mitad de camino tropecé con algo. Caí cuan largo era. Palpé aquel bulto que me había hecho perder el equilibrio. No podía ser. Parecía una persona. No, ¡era una persona! Tenía algo pegajoso por lo que parecía ser un camisón. ¡No! –exclamé. Entonces me precipité hacia la ventana, descorrí los pasadores y abrí con manos temblorosas las contraventanas. Cuando me giré vi a mis pies el cuerpo inánime y, por la extrema palidez que sufría, exangüe, de mi fiel cocinera. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible? ¿Quién?, me decía mientras la zarandeaba como si, de este modo, quisiera revivirla. No tuve tiempo de hacerme más preguntas porque, de repente, la buena y valerosa señora Castro abrió los ojos, esbozó una pérfida sonrisa y abriendo la boca me mostró unos enormes colmillos con la evidente intención de atacarme. De un salto, que ni yo mismo supe cómo había sido capaz de dar, me aparté de ella o de aquello en lo que se había convertido. Y entonces lo entendí todo. Un ruido acabó por aclarármelo. La puerta acababa de cerrase y detrás de ella apareció Julián que, con la boca ensangrentada y una sonrisa de satisfacción, vino hacia mí con los brazos extendidos. Ese abrazo acabó con lo que yo había sido hasta entonces.
 
FIN
 
 
Imagen: Lestat de Lioncourt, personaje interpretado por Tom Cruise en "Entrevista con un vampiro" (1994)
 
 
 

sábado, 22 de octubre de 2016

Nunca debí aceptar (III)



Una vez terminada la intervención decidí conservar, como si de un trofeo se tratara, aquellos dos colmillos. Quizá algún día me podrían servir como prueba de la naturaleza vampírica de la niña que había acogido bajo mi techo.

Con la ayuda de la señora Castro, trasladamos a Sara a su cama, la de verdad quiero decir, y la arropamos como quien arropa a un niño para que no se acatarre. Las noches empezaban a ser frías. Encendimos la chimenea del dormitorio y nos apostamos, mi sirvienta y yo, en sendos sillones, al pie de la cama, dispuestos a montar guardia toda la noche.

Nos despertó, por la mañana, un leve quejido. Ambos nos erguimos a la vez y vimos cómo la niña se desperezaba y nos miraba aturdida.

―Me siento algo mareada –dijo con cara de interrogación-. ¿Se puede saber qué hacéis los dos aquí? ¿Qué ha ocurrido? –añadió cada vez más intrigada.
―Nada, nada, niña. Es que ayer te sentiste indispuesta, tenías un poco de fiebre y temimos que hubieras enfermado –improvisó la señora Castro-. ¿Acaso no te acuerdas de nada? –le preguntó mirándome de reojo.
―Pues no, la verdad. Solo recuerdo que…
Llegado a este punto, Sara se detuvo, pensativa, nos miró fijamente y esbozó una franca pero sospechosa sonrisa.
―Bueno, da igual. Lo que fuera que me pasó ya ha pasado. Ya me siento bien.

E incorporándose, preguntó:

―¿Qué hay para desayunar, señora Castro?

La pobre mujer no se había dado cuenta. Me miró con ojillos de satisfacción y, argumentando que la niña tenía que adecentarse antes de bajar a desayunar, me arrastró literalmente hasta el pasillo.

―Lo ha logrado. ¡Qué alegría! Pero por qué me mira con esa cara –inquirió extrañada.
―No se ha dado cuenta, ¿verdad? –le espeté.
―¿Darme cuenta de qué?
―¿No se ha fijado en su sonrisa? –Y antes de que pudiera contestar- ¡Vuelve a tener la dentadura intacta!

Si la niña recordaba o no lo acontecido la noche anterior no lo sabríamos jamás. Sin duda debió de extrañarse al despertar en su cama cuando últimamente dormía en una caja de madera en el sótano del viejo almacén de carbón. Posiblemente volvía a disimular. Y si sospechaba lo que habíamos hecho, no solo se estaría regocijando de nuestro fracaso sino que prepararía un contraataque. Debíamos extremar las precauciones y elaborar un plan más agresivo y definitivo, costara lo que costase.

El único plan que se me ocurrió consistía en desangrarla paulatinamente hasta provocarle una anemia como la que ella le provocó a su madre y que acabó con su vida. Lamentándolo mucho, tenía que ser drástico y no tener escrúpulos ni sentir pena por un engendro como aquel. Cada vez veía mi plan más viable. Cada noche, tras arrancarle los incisivos, le succionaría, con una mini-bomba, medio litro de sangre por el orificio que queda en la encía tras la extracción de una pieza dental. Los colmillos se regenerarían pero yo los volvería a extraer y repetiría el procedimiento de desangrado de la pequeña vampira. Cuando esta mostrara los primeros signos de debilidad, llamaría al médico del pueblo quien, sin duda, diagnosticaría una anemia. Conociendo los antecedentes familiares, todo el mundo, médico incluido, creería que había heredado esa extraña enfermedad de su madre. Cuando falleciera, ni su propio padre sospecharía que yo hubiera estado detrás de ese homicidio, o debería decir vampiricidio.

Pero cuando, por la mañana, me disponía a poner en antecedentes a la buena señora Castro, esta me interceptó de camino a mi despacho arrastrándome de una manga hasta la cocina. Tras cerrar la puerta y jadeando como un caballo de carreras que acaba de llegar a la meta, se dejó caer pesadamente en una silla. Secándose el sudor de la frente, de la cara y de la papada, tomó aire y mirándome aterrorizada me soltó todo lo que acaba de oír por boca de la antigua ama de llaves de mi difunta sobrina.

―Me la he encontrado en el mercado. Llevaba tiempo buscándome pues no se atrevía a poner los pies en esta casa. Quería advertirme del peligro que corremos. Yo creía que me iba a contar lo que ya sabíamos, pero no. Me ha contado mucho más. No se lo va a creer. Haga el favor de sentarse, no le vaya a dar un síncope. Quizá debería tomarse una copita de coñac, por si acaso.

Y como yo rehusara su propuesta y la conminara a hablar de una vez por todas, lo hizo, largo y tenido, con voz trémula y levantándose cada dos por tres para asegurarse de que Sara no estaba al acecho.

Lo que oí me dejó sin habla durante unos largos minutos. No sabía si creerme esa historia o achacarla al desvarío o a las ideas estrambóticas de aquella mujer que había servido a mis sobrinos y, antes de eso, a mi hermano y mi cuñada.

Según lo referido por aquella mujer, Julián era un vampiro. De ahí que no conociéramos nada de sus antecedentes y orígenes. Sabiéndola sola y desprotegida, enamoró a mi sobrina con sus galanteos y su apostura. La deslumbró con su vasta cultura, mundología y esos supuestos negocios que les harían mucho más ricos de lo que ella ya era.

Antes de convertir a su amada en vampiro, aquella debía engendrar varios hijos a los que, a su debido tiempo, también transformaría en esos horribles muertos vivientes. Entretanto debía mantener el secreto pues, de lo contrario, quizá no contaría con el beneplácito de su mujer y esta le abandonaría horrorizada.

A los dos años de su unión nació Sara quien, inteligente y perspicaz como pocos niños a su temprana edad, descubrió el secreto de su padre. Contaba por entonces siete años. Contra todo pronóstico, la niña se mostró entusiasmada y pidió a su padre que la mordiera para ser como él. La niña diabólica debió de amenazarle con contárselo todo a su madre. Su progenitor finalmente accedió, pidiéndole que mantuviera el secreto. Deseaba tener más hijos con los que acrecentar la estirpe y una mujer vampira no puede procrear. Tras nueve años de matrimonio, sin embargo, Ana no quedaba nuevamente embarazada y Sara se impacientó. La niña no se llevaba bien con su madre. Más bien la odiaba. Toda la servidumbre había sido testigo de las trifulcas que mantenían madre e hija. Seguramente en una de esas peleas, la pequeña se lanzó al cuello de su madre y consumó lo que llevaba tiempo deseando. Pero con lo que no contaba era que a su edad no tenía todavía el poder necesario para convertir en vampiro a su víctima. En su lugar, la joven madre enfermó.

Ana no sabía a quién confiarse, así que mantuvo lo ocurrido en secreto. Pero la niña la visitaba todas las noches para proveerse de más sangre. El padre, ausente como siempre por largos periodos de tiempo –debía de extender sus “actividades” en otros países y continentes-, cuando se enteró de lo ocurrido ya era demasiado tarde. De ahí que se opusiera pertinazmente a la exhumación del cadáver de su esposa. Viendo la tozudez de su tío político y temiendo que este acabara saliéndose con la suya, decidió eliminarlo y qué mejor forma de hacerlo que enviando la niña a su casa para que hiciera con él lo que hizo con su madre.

―¿Quiere usted decir que Julián me ha enviado a mi sobrina nieta para que me succione la sangre y acabe conmigo? pregunté asombrado, sin esperar respuesta.
―Y de paso conmigo –contestó la mujer con movimientos asertivos de la cabeza que le hacían bailar la papada como si la de un pavo se tratara.
―Pues va lista si cree que lo conseguirá –afirmé levantándome bruscamente de la silla, dando la conversación por terminada.
―¿Pero dónde va usted ahora, hombre de Dios? ¿Acaso no ve que la cosa está pero que muy fea? Un día de estos aparece por aquí el padre de “esa” para comprobar cómo estamos usted y yo de salud, Y contra él no creo que podamos luchar.
―Si viene, simplemente se encontrará con que su hija ha muerto de una extraña enfermedad, como la de su madre, algo que atestiguará el médico que la habrá estado tratando, y le diremos que no pudimos avisarle porque desconocíamos su paradero, cosa que, por otra parte, es verdad. Será cuestión de hacernos los tontos. A mí, desde luego, no se me da nada mal.
―Usted lo ve todo muy fácil. ¿Y cómo piensa acabar con ella? Dijo que no derramaría sangre.
―Lo dije pero me he retractado. Tengo un plan B.

 
CONTINUARÁ...
 
 

jueves, 20 de octubre de 2016

Nunca debí aceptar (II)



Nunca he sido una persona impulsiva y en esta ocasión no podía ser de otro modo. Sara no dejaba de ser una niña, aunque muy peligrosa, y era la viva imagen de su madre, mi querida e inolvidable Anita. Cómo se había convertido en lo que era resultaba un misterio. Quizá esa inocente criatura sufriera de alguna extraña enfermedad, quizá fue mordida por alguna alimaña de la que se había contagiado, o quizá todo era producto de una mente enferma. No había forma de dar con mi sobrino, su padre, para referirle lo que sucedía. Él no daba señales de vida y yo desconocía su paradero. De hecho, lo desconocía todo de él. Su boda con mi sobrina fue algo repentino e inesperado para mí. Ana le conoció cuando solo hacía un año que había quedado huérfana de padre y madre. Se sentía muy sola. Joven, hermosa y adinerada, no resultó extraño que, de la noche a la mañana, le surgiera un montón de pretendientes. Todos, menos quien acabó siendo su esposo, eran conocidos de la comarca. Julián apareció como quien dice de la nada y tan pronto como se conocieron surgió el amor. Él era, y es, sin duda un joven muy apuesto, cortés y educado. Nunca he sabido nada, ni sus orígenes ni su profesión. Nunca quise inmiscuirme en la vida y decisiones de mi sobrina. Ana solo me dijo que procedía de una buena familia y que, como ella, era huérfano y se dedicaba a negocios de diversa índole. Y ahora esos negocios lo mantenían alejado de su única hija, quien se había convertido en nuestra pesadilla.

Llegué a consultar libros de psiquiatría por si se detallaba alguna alteración mental que indujera al enfermo a creerse y comportarse como un vampiro. Pero ¿y las incisiones que había observado en Nelson? ¿Cómo las pudo haber producido una niña? Así pues, lo primero que tenía que comprobar era si, como se cuenta en las historias de vampirismo, la criatura desarrollaba unos caninos capaces de producir tal mordedura.

Sara pareció, de pronto, recobrar un comportamiento sociable, tanto conmigo como con la señora Castro. Acudía puntual al comedor a las horas convenidas para el desayuno, almuerzo y cena. Comía como un gorrión y tan pronto terminaba estos ágapes desaparecía durante el resto del día, aduciendo que prefería leer y estudiar al aire libre, en contacto con la naturaleza. Pero ello no era más que un ardid para que nos confiáramos. Pero no bajamos la guardia. Hasta donde podíamos, controlábamos sus movimientos pero al llegar la noche parecía que se esfumaba. Nunca logramos saber adónde iba y dónde se guarecía.

Tras varios días de búsqueda infructuosa, una noche en la que no podía pegar ojo –como casi todas- oí crujir la verja del patio trasero que da al establo y al granero, ambos ya en desuso tras despedir a los pocos jornaleros que me quedaba y venderle a buen precio el rebaño de ovejas al pastor. No quería que nadie sufriera las consecuencias de tener a una chupasangre entre nosotros.

Cuando salí al patio vi una silueta alejándose a paso ligero en la oscuridad. Por su estatura y complexión deduje que era ella. Seguro que era en una de esas dos viejas construcciones de madera donde Sara se ocultaba de noche. Pero me equivoqué pues pasó de largo adentrándose en el bosquecillo colindante. Me acerqué sigilosamente pero no se oía ni se veía nada, ni siquiera la luz de un candil. Esperé, pues, hasta la mañana siguiente para buscar algún indicio de su presencia en los alrededores. Con la excusa de que tenía que resolver algunos asuntos urgentes en el pueblo, me ausenté durante el desayuno y me dirigí con  cautela, procurando no ser visto por la niña, hacia el bosquecillo, esperando encontrar una cabaña o algo que pudiera servirle de refugio nocturno. Anduve largo trecho pero no vi nada. Cuando, cansado de caminar, regresaba resignado, vi algo, junto al viejo y abandonado almacén de carbón que hay a poco más de medio kilómetro de casa, en lo que nunca había reparado. Parecían unos tablones de madera que asomaban bajo la hojarasca acumulada junto a la pared. Al retirarla con el pie observé que se trataba de una trampilla por donde antaño debían cargar el carbón.

Comprobé que la trampilla podía abrirse desde fuera con facilidad. Como estaba solo y a salvo de miradas inoportunas, me colé por ella. Una pequeña y frágil escalera de madera conducía a una especie de sótano. Estaba bastante oscuro pero la luz se colaba por las rendijas que separaban los tablones de lo que debía ser el suelo del viejo almacén. Casi tuve que andar a tientas pero di con lo que buscaba. Ahí estaba. Por supuesto no se trataba de un ataúd pero lo parecía. Una caja rectangular de madera sin apenas pulir hacía las veces de lecho. Contenía un viejo colchón de borra, sucio y maloliente sobre el que una manta doblada hacía de almohada. Al lado, en el suelo, descansaba la tapa con la que debía cerrar el pequeño y rustico habitáculo. Ya había descubierto su reducto nocturno, ahora debía ponerme manos a la obra.

Intenté, como hacía ella, aparentar normalidad, No obstante, me devanaba los sesos, día y noche, para hallar un modo de neutralizar a aquella criatura sin acabar con su vida. Dije que lo haría sin derramar ni una gota de sangre y cumpliría con mi palabra.

―¿Y cómo piensa usted acabar con ella si no es machacándola? –no dejaba de  repetirme la señora Castro.
―No me sea usted bruta, mujer, que ya encontraré un modo “limpio” de acabar con su parte maligna –le respondía yo incansablemente, con alguna que otra variante semántica.
―Pues como no sea arrancándole la dentadura… -me contestó en una ocasión.

Al oír esto no pude evitar dar un salto con los ojos casi saliéndome de las orbitas. La pobre mujer se asustó al verme así. Luego me dijo que por un momento creyó que me acababa de convertir en uno de esos “bichos”. No pude evitar abrazarla y besarla, lo cual todavía la asustó más pues entonces creyó que me había vuelto loco de remate.

―Eso es, eso es –grité-. ¡Cómo no lo había pensado antes! ¿Acaso no soy dentista? ¿Acaso no me he ganado la vida arrancando muelas, eh?
―¿Piensa usted arrancarle los dientes? –me preguntó la buena mujer, incrédula.
―Todos no, solo los incisivos caninos, que son los que utilizan en la mordedura para luego succionar la sangre.

Mientras la señora Castro se santiguaba, yo ya me dirigía a mi antiguo consultorio, que todavía conservaba en la parte trasera de la planta baja y al que los pacientes accedían por una puerta lateral. Hacía tan solo dos años que había dejado de ejercer, así que conservaba en perfecto estado todos mis instrumentos. Pero ¿qué producto podía utilizar que la mantuviera largo tiempo dormida? Cloroformo, por supuesto. No era el anestésico que yo utilizaba en mis pacientes pero Sara no era precisamente una paciente odontológica y la lidocaína no surtiría el efecto deseado. Cuando durmiera, accederíamos a su escondite, la dormiría con ese anestésico infalible y, zas, le extirparía ambos colmillos. Problema zanjado. Sin colmillos no habría mordedura y sin mordedura no habría peligro. Muerto el perro se acabó la rabia.

Aun veo a la señora Castro siguiéndome a todas partes, como un perro fiel, sin parar de santiguarse. Ella sería mi asistente en la intervención que iba a llevar a cabo lo antes posible.

Y llegó el momento esperado.
Y llegamos al lugar de los hechos.
Y allí estaba la bella durmiente.
Y tras agitarse violentamente –la voluntariosa señora Castro tuvo que emplearse a fondo para inmovilizarla- cayó sumida, ahora sí, en un profundo sueño.

Cuando le abrí la boca, contemplé cómo aquellos infantiles incisivos iban agrandándose por momentos hasta alcanzar el tamaño de los colmillos de un lobo de grandes dimensiones. Así que era cierto que esas piezas bucales se retraían y alargaban de forma automática, aumentando de noche y volviendo a su tamaño normal por la mañana. “Pues a esta niña ya no le saldrán nunca más” –me dije eufórico. Ya vería luego como manejaría la situación cuando la criatura despertara y viera lo que había hecho con ella. Si teníamos que suministrarle una buena ración de sangre como suplemento alimenticio, pues lo haríamos y Santas Pascuas. Pero, por lo menos, ya podríamos dormir tranquilos.

Aunque practiqué la extracción rápida y limpiamente, no sospeché lo que estaba por venir.
 
CONTINUARÁ...