miércoles, 20 de junio de 2018

El sabor de la venganza



Esta es la historia de una amistad, un desencuentro, dos venganzas y una locura.

Conocí a Javier y a Gonzalo en la Facultad y, aunque no llegué a intimar mucho con ellos, puedo decir que fuimos amigos. De ahí que conozca la historia de primera mano.

En aquellos años de estudiantes eran inseparables. Eran casi como hermanos, hasta que se interpuso algo que acabó con su amistad. Y no fue el amor por la misma mujer, como quizá hayáis pensado, sino algo mucho más prosaico.

Al poco de licenciarse, a los dos les apareció la misma oportunidad laboral. Como casi todo lo habían hecho en común, esa no podía ser una excepción. Ambos se presentaron a la misma entrevista de trabajo y que ganara el mejor.

Ganó Gonzalo, y Javier asumió la derrota con deportividad, como no podía ser de otro modo. Aun así, a partir de entonces sus vidas empezaron a transcurrir por derroteros distintos y se fueron distanciando. Sus respectivos trabajos y vidas familiares los mantenían demasiado ocupados.

Al cabo de diez años del inicio de ese distanciamiento, solo interrumpido por breves y esporádicas llamadas de cortesía por sus cumpleaños y por Navidad, a Gonzalo la vida le sonreía. Tras una escalada profesional meteórica, ocupaba, a sus treinta y cuatro años, la Dirección General de una importante empresa farmacéutica. A Javier al principio las cosas no le fueron del todo mal, pero seguía sin ver cumplidas sus expectativas profesionales. Tuvo que conformarse con ser un comercial, un vendedor, como él solía decir con un deje de amargura. Ofrecía y vendía a sus clientes las materias primas que fabricaba la empresa química para la que trabajaba. Esta, tras años de inestabilidad, estaba pasando por una mala racha, y a pesar de la crisis, a Javier cada vez se le exigía un mayor volumen de ventas. Y estas no solo no aumentaban, sino que iban imparablemente en descenso. De seguir así, presentía que su puesto de trabajo peligraba. Como cada vez eran más las ocasiones que salía del despacho de los jefes de compras sin un pedido que llevarse al bolsillo, decidió subir un peldaño más en el escalafón y tratar directamente con los directores generales. Pero estos declinaban una entrevista que no era propia de su rango ni responsabilidad. Y entonces fue cuando pensó en su amigo.

Javier visitaba con frecuencia la empresa que Gonzalo dirigía sin haberse nunca dado a conocer como amigo suyo, sin haberse atrevido jamás a preguntar por él y pasar a saludarle. Y todo por vergüenza. Se sentía inferior. Mientras su viejo amigo y compañero de estudios estaba en lo más alto, él era un simple vendedor, con un sueldo poco más que mediocre si no fuera por las comisiones por ventas, que iban en declive. Precisamente la empresa de Gonzalo era una de las que últimamente habían reducido drásticamente el número y volumen de sus pedidos. La competencia de los suministradores asiáticos era demoledora. Así pues, solo con que su amigo accediera a echarle una mano y se aviniera a dar las instrucciones pertinentes a su jefe de compras, podía salvarle, aunque fuera momentáneamente, del mal trago por el que estaba pasando. Sería, sin duda, un trato de favor, pero un amigo es un amigo y no le dejaría en la estacada.

Tragándose su absurdo orgullo, Javier llamó, como había hecho tantas veces, a la empresa que, hasta hacía poco, era uno de sus mejores clientes, con la intención de solicitar una entrevista con Gonzalo. Tras identificarse a la recepcionista que tan bien le conocía, esta se le adelantó alegando que el jefe de compras no estaba ni estaría en toda la semana. Cuando le dijo que no era con el jefe de compras con quien quería entrevistarse sino con el Director General, el silencio que suele acompañar al pasmo y preceder a las malas noticias ocupó la línea telefónica más tiempo de lo normal. Finalmente, tras una fría disculpa, le pidió que esperara un instante. Una respuesta todavía más fría sorprendió a un angustiado Javier. “El señor director desea saber cuál es el motivo de la entrevista”. ¿Gonzalo, su amigo, quería saber por qué quería verle? “Dígale que es por motivos personales”, fue lo que a Javier le pareció más prudente alegar. Otro lapso de tiempo, que pareció una eternidad, se interpuso entre ambos extremos de la línea, hasta que, nuevamente, la voz de la recepcionista le sacó de dudas. “Lo lamento, pero el señor director no podrá recibirlo, está últimamente muy ocupado. Pruebe usted más adelante”. Eso fue todo. Casi nada. Esperaba excusas, lamentos, disculpas de boca de Gonzalo. “No puedo hacerlo, Javier, compréndelo. No está en mis manos, aunque sea el Director General, debo ceñirme a las normas, como cualquier empresa debemos reducir costes para mejorar nuestros beneficios, me debo a la Junta de Accionistas…” Cualquier cosa. Seguramente lo habría comprendido. Los negocios son los negocios y las amistades hay que dejarlas de lado. Pero nunca habría imaginado que Gonzalo ni siquiera se hubiera dignado a recibirlo, que le diera la espalda de ese modo, excusándose, a través de un intermediario, como lo habría hecho con un extraño.

Volvió a intentarlo en varias ocasiones y siempre con idéntico resultado. O estaba de viaje o reunido, Nunca podía atenderlo ni recibirlo.

En poco más de un año, la vida de ambos dio un vuelco, un salto mortal. A Javier le despidieron. La crisis se recrudeció y se cebó incluso en los profesionales más cualificados, hasta el punto de que Gonzalo también perdió su puesto de Director General. Un decrecimiento en las ventas también le pasó factura a él. De ese modo, se convirtió, de la noche a la mañana, en un alto ejecutivo en paro.

Fue para ambos un duro periodo en el que se puso a prueba su capacidad de resistencia. Después de una búsqueda sin tregua, Javier acabó encontrando un buen empleo en una empresa que acababa de instalarse en España y que en poco tiempo se había convertido en uno de los mayores fabricantes de materias primas del país y en plena expansión internacional. Paso a paso, con esfuerzo y determinación, fue entonces Javier quien fue escalando posiciones hasta ser nombrado, al cabo de cinco años, Director General y Consejero Delegado de la planta española. Ahora era a él a quien la vida le sonreía.

Gonzalo, en cambio, cayó en una depresión pues, en añadidura a la humillación que había significado su despido, no había forma de dar con una vacante de relevancia acorde a su categoría en ninguna compañía farmacéutica nacional e internacional. Tenía poco más de cuarenta años, pero ningún “cazatalentos” pudo hallarle un cargo que se adecuara a sus exigencias. Su lema seguía siendo “siempre hacia arriba, siempre hacia adelante, nunca hacia abajo, nunca hacia atrás”. Pero cinco años sin trabajar estaba dañando su imagen mucho más que cualquier causa que pudiera esgrimir para justificar la pérdida de su puesto como Director General. Nadie estaba dispuesto a contratar a un directivo que llevaba tanto tiempo en paro. Era extraño, incluso sospechoso. Así las cosas, a Gonzalo no le quedó más remedio que claudicar y buscar trabajo en cualquier otra área del sector químico-farmacéutico.

Un día las vidas de Javier y de Gonzalo se volvieron a cruzar. No sabría decir si fue el destino o la casualidad. Javier me llamó para contármelo. El Director de Recursos Humanos le había llamado a primera hora de la mañana. Iba a entrevistar a alguien que quizá conociera, pues en su currículum indicaba que se había licenciado en la misma Facultad y el mismo año que él. Era Gonzalo, y el puesto para el que se presentaba era el de jefe de almacén. Javier se mostró indiferente. Solo le pidió que, después de entrevistarlo, lo hiciera pasar a su despacho. Simplemente quería saludarlo. 

Según Javier, el semblante de Gonzalo, al verle sentado tras la mesa del Director General de la empresa, se transfiguró en algo indescifrable. El cara a cara duró el tiempo que necesitó Javier para desahogarse a sus anchas. Le hizo pagar todos sus desaires con una invitación a abandonar su despacho y su empresa con viento fresco. Me confesó que, aunque nunca había creído en el ojo por ojo, aquel acto de venganza le supo a ambrosía. Gonzalo no quiso reconocer que había obrado mal y se marchó profiriendo todo tipo de amenazas.

Yo no había vuelto a ver a Gonzalo hasta hoy. Había intentado visitarle muchas veces, pero a última hora me echaba atrás. ¿Qué le podía decir? Por fin decidí dar el paso y ha sido precisamente hoy, cuando se cumplen cuatro años de la muerte de Javier.

Gonzalo está muy envejecido. Solo tiene cincuenta años y aparenta diez más. Lo único en lo que no ha cambiado es en el tono de superioridad que siempre utiliza al hablar. Me ha contado un montón de mentiras. Por mi parte, solo le he hecho una pregunta, la que me ha llevado a visitarle: por qué lo hizo. Como respuesta, solo una sonrisa malévola. Cuando ya me levantaba de la mesa del locutorio con la intención de no volver nunca más, me ha tirado con fuerza de la manga de la camisa obligándome a tomar nuevamente asiento. Entonces, mirándome a la cara, me ha dicho: “no sabes cuán dulce es el sabor de la venganza”. Esas palabras han sido las más amargas que he oído en mi vida.



lunes, 11 de junio de 2018

El resucitado




Lo sucedido a mi buen amigo Jaime es lo más inaudito que uno puede imaginar. ¡¿Pues no se cree un resucitado?! Todo empezó con una serie de dejà vu. Siempre había creído en la reencarnación como una posibilidad, pero esas experiencias, cada vez más frecuentes, le acabaron convenciendo de que lo que experimentaba eran recuerdos de otra vida.

Todos hemos tenido esa sensación de haber visto o vivido algo con anterioridad. De pronto, algo, ya sea un lugar, una situación, una conversación o unas simples palabras, te resulta muy familiar, pero nunca lo he achacado a una existencia anterior. Yo no creo ni dejo de creer en la reencarnación, pero en lo que no puedo creer es en la resurrección. Él sí.

Jaime aseguraba que había muerto y que, tras un tiempo que no podía cuantificar con exactitud, había vuelto a la vida. Ese periodo en el que, según él, había estado muerto, coincidió con su desaparición temporal en Brasil, país al que viajó para participar en una acción reivindicativa de una ONG en defensa de la Amazonia. Se le perdió la pista durante unos días. Nadie supo decir dónde estaba. Cuando concluyó su misión, se despidió de sus compañeros diciendo que se tomaba unos días libres. Al volver a España, no parecía el mismo, de eso doy fe. Cuando fui a recogerle al aeropuerto casi no le reconocí, de tan demacrado como estaba. Al momento lo achaqué al agotamiento físico, pero con el tiempo sospeché que algo raro le ocurría. Pero de ahí a que, según me confesó más tarde, hubiera muerto y resucitado, había un largo e increíble trecho.

Esa obsesión ─pues solo así podría calificarse─ nació a resultas de una película, cuyo título no recuerdo pero que sin duda era de esas de serie B, que tanto le gustaban, en la que el protagonista era capturado por unos indígenas salvajes mientras exploraba tierras inhóspitas. Estos, creyendo que el intruso quería apoderarse de sus tesoros, celosamente guardados, era torturado para que revelara sus verdaderas intenciones, y finalmente abandonado a su suerte. Tras una muerte lenta, volvía milagrosamente a la vida y con poderes sobrehumanos, para acabar siendo idolatrado por aquellos que lo habían sometido a tormento.

Tras visionar esa bazofia, creyó que eso era lo que también le había ocurrido a él en Brasil. Algunas de las escenas que se desarrollaban en la película las sintió como un dejà vu, lo que se debía, con toda seguridad, a que había sufrido las mismas penalidades que su protagonista. Además, las pesadillas nocturnas que le asaltaban desde entonces estaban impregnadas de espanto y dolor.

Me contó que, durante los días libres que se tomó antes de su regreso, había alquilado un todoterreno con el que se había adentrado en una zona poco explorada, desoyendo las advertencias del encargado de la empresa de alquiler. Cuando devolvió el vehículo, aquel le recriminó haber tardado tres días más de lo acordado, por lo que tuvo que abonar una cantidad extra por cada día de demora. No supo ni pudo explicar lo ocurrido durante esos tres días, salvo que había sufrido una mordedura de una serpiente. Pero ello no justificaba que hubiera perdido el conocimiento y la memoria durante tanto tiempo. Según él, estando inconsciente, había sido apresado por indígenas de alguna tribu aislada, y sometido a actos y rituales salvajes que acabaron con su vida y luego, al igual que el explorador de la película que tanto le había impactado, lo abandonaron para que fuera devorado por uno de los grandes depredadores, como el jaguar, que habitan en la selva amazónica. Solo Dios había podido obrar el milagro de devolverle a la vida.

En contra de su descabellada teoría, esgrimí que no tenía ningún rastro de heridas corporales, pero él alegó que estas debían haber sanado al resucitar.

No había forma de hacerle cambiar de idea y cada vez se le veía más y más convencido de que era un resucitado. Siempre que hablábamos del tema, que era un día sí y el otro también, sacaba a colación pasajes del Nuevo Testamento y los milagros de Jesús. Y, por supuesto, la resurrección de Lázaro era el ejemplo recurrente.

Yo estaba cada vez más preocupado y él más obsesionado. Llegué a darle la razón, como a un loco al que se pretende tranquilizar, pero ello no hizo efecto alguno. Ni siquiera pudo volver a llevar una vida normal. Dejó el trabajo y se propuso compartir con el mundo entero su experiencia para que creyeran que había sido objeto de un milagro. Los milagros existían y él era un testimonio vivo. Lo único que le preocupaba era que no recordaba nada del periodo que pasó en las tinieblas, de esos tres días en que estuvo muerto. Si alguien le preguntaba qué había al otro lado, no sabría qué responder y su credibilidad se vería seriamente dañada. Y eso no podía permitirlo. Algo tenía que hacer al respecto. Y ese algo pasaba por volver a morir y resucitar, pues si Dios le había devuelto a la vida, lo haría de nuevo para que pudiera dar testimonio de su poder.

Sus dos hermanos ─uno de ellos sacerdote─ y yo intentamos buscar una solución que, inevitablemete, pasaba por ser sometido a un examen psiquiátrico. No solo se negó rotundamente, como era de esperar, sino que nos amenazó con denunciarnos por acoso y, si era necesario, con agredirnos si le poníamos una mano encima. Desde entonces, no quería ver a nadie. Pasaron semanas sin que supiéramos nada de él hasta que recibí un correo electrónico anunciándome que ya tenía todo preparado para suicidarse, y que iba a hacerlo esa misma noche. Me pedía que, si era realmente su amigo, fuera a su piso a partir de las diez para que pudiera comprobar que su cuerpo yacía sin vida en el sofá. Así, cuando más tarde resucitara, podría dar fe del milagro. Para que pudiera acceder a su vivienda, dejaría la llave bajo el felpudo. Me pedía que custodiara su cuerpo todo el tiempo que hiciera falta, quedándome en su apartamento hasta que, como hicieran dos mil años atrás los discípulos de Jesús de Nazaret, viera con mis propios ojos su cuerpo resucitado. Y, por supuesto, tenía que grabarlo.

No me quedó más remedio que acudir a esa cita macabra. Si Jaime quería quitarse la vida, no podía impedíserlo a menos que le sorprendiera en el momento en que dejaba la llave bajo el felpudo. Si le pillaba in fraganti, todavía tendría una posibilidad para evitar el fatal desenlace. Si me echaba de allí violentamente, me marcharía, pero llamaría a emergencias para que acudieran de inmediato.

Me presenté, pues, en el rellano de su piso mucho antes de las diez, comprobé que la llave no estaba donde mi amigo dijo que la dejaría y esperé pacientemente a que abriera la puerta para actuar. De lo que ocurriera allí dependería su futuro. Lo más probable era que lo declararan incapacitado mentalmente y lo recluyeran en un centro psiquiátrico. Pero mejor esto que la muerte, pensé por un momento, pero durante el tiempo que tuve para recapacitar mientras esperaba, esa creencia iba perdiendo peso. En su caso, yo preferiría estar muerto de verdad que muerto en vida encerrado en un manicomio donde, con toda probabilidad, acabaría mis días más loco de lo que estaba cuando ingresé.

A las diez, la puerta se abrió y apareció Jaime, pálido como un cadáver, tambaleándose y con una llave en la mano, que cayó a sus pies la a la vez que él se desplomaba como un muñeco de trapo. Era evidente que ya estaba surgiendo efecto lo que se hubiera tomado. Arrastré su cuerpo hasta el sofá del comedor donde intenté infructuosamente reanimarlo. Llamé, como había previsto, a emergencias. Al cabo de quince minutos, el apartamento de Jaime estaba ocupado por miembros de la policía local y de la ambulancia medicalizada.

Nada pudo hacerse para reanimar a mi amigo. La autopsia y el examen toxicológico revelaría el motivo de la muerte, pero una caja vacía de un conocido ansiolítico y una botella whisky delataban la posible causa. Lo extraño era la rapidez con que se había producido el fallecimiento, sin dar tiempo a practicarle un lavado gástrico. ¿Quizá esperó hasta el último momento para acudir a la puerta sospechando que yo habría tramado algo para disuadirle?

Cuando todo el mundo se había marchado y me quedé a solas en el apartamento de mi amigo fallecido, sentí una terrible impotencia. ¿Qué hice mal? ¿Pude haber obrado de otro modo para evitar ese final? Pero lo más importante de todo era saber qué había originado toda esa locura. Llamé a sus hermanos para darles la terrible noticia y al poco los tenía conmigo, sentados a mi lado sin saber qué decir. Uno de ellos estaba convencido que su hermano había contraído una rara enfermedad, mientras que el otro, el sacerdote, alegó que todo era el resultado de una locura repentina. Jaime siempre había sido un poco raro ─afirmó─, siempre con ideas extravagantes. Quizá lo que todo el mundo había considerado una personalidad singular, no era otra cosa que un desequilibrio mental que había aflorado en la edad adulta.

Jaime tenía, efectivamente, sus rarezas y era muy influenciable e imaginativo. Siempre había tenido un don especial para inventar historias. Nos conocíamos desde niños y le encantaba contar aventuras intentando hacerme creer que eran ciertas. Pero aquello era mucho más que una historia inventada. ¿Qué le había ocurrido en realidad para acabar de ese modo?

Lo único que tenía claro era que Jaime había sufrido una mordedura de una serpiente en la selva amazónica durante un alto en el camino para descansar y tomar un refrigerio. Aunque lo intentó, le fue imposible dar caza al animal pues reptó rápidamente hacia la espesura. Debió perder el conocimiento casi al instante. Todo indicaba que no volvió en sí hasta al cabo de unos días. Cuando describió la serpiente en la empresa de alquiler de vehículos, le dijeron que podía tratarse de una especie venenosa del género yararaca y que sin un antídoto a mano su mordedura era mortal. Era un milagro que estuviera vivo. Nadie había sobrevivido a su mordedura sin recibir tratamiento. Había vuelto a nacer.

Lo primero que me vino a la cabeza fue que, sabiendo lo que le había ocurrido a Jaime, cómo pudieron exigirle una cantidad adicional por haber tardado tres días más en devolver el coche. La mente tiene, a veces, unas reacciones extrañas: mi amigo muerto y yo cavilando sobre el comportamiento humano. Aunque, puestos a evaluar comportamientos irracionales, mucho más lo era el de Jaime al creer que, por haber quedado inconsciente por un tiempo a resultas de una ponzoñosa mordedura de un ofidio, había muerto y resucitado.

Me fui a casa dándole vueltas y más vueltas a lo que debió realmente ocurrirle a mi amigo para estar desaparecido durante tres días sin poder dar una explicación verosímil, pues esas pesadillas que él interpretó como recuerdos solo eran fruto de un estrés postraumático. ¿Cómo una mordedura de una serpiente, por muy venenosa que fuera, podía dejar a un ser humano inconsciente durante varios días y no dejar ninguna otra lesión o secuela propia de una intoxicación por el veneno?

Estuve casi todo un día buscando información sobre los efectos de las mordeduras de serpientes venenosas. Nada describía la posibilidad de una muerte clínica pero sí hallé un artículo que trataba de las propiedades de algunas toxinas neurotóxicas de origen animal, como el veneno de la cobra y otras serpientes, que pueden llegar a producir alucinaciones y sensaciones extrañas. Eso explicaría los falsos recuerdos del maltrato recibido por unos indígenas y todas esas sensaciones de miedo y dolor que le asaltaban durante el sueño. Lo que resultaba realmente extraordinario era cómo todo ello le había llevado a creer que había muerto y vuelto a la vida de forma milagrosa. Quizá la neurotoxina de esa serpiente era tan potente que le había dañado el cerebro de tal forma que había perdido la cordura.

A media tarde del día siguiente, casi tres días después del supuesto suicidio, llamé al anatómico forense para interesarme por los resultados del estudio toxicológico. La mujer que me atendió me dijo que los resultados de este tipo de análisis tardaban mucho en recibirse, pues se llevaban a cabo en un centro de Madrid. No obstante, ante mi insistencia, accedió a consultarlo con el forense que llevaba el caso y que debía practicarle la autopsia. Tras mantenerme a la espera un largo tiempo, una voz de hombre atendió mi llamada.  

─¿Oiga?
─Sí, dígame ─respondí intrigado.
─Soy el doctor Muriel, el médico forense. ¿Es usted de la familia?
─Sí, sí, soy uno de sus hermanos ─mentí.
─Lo que tengo que decirle es algo… insólito. ─parecía dubitativo, como quien no sabe cómo dar una mala notica─. El caso es que su hermano no estaba muerto.
─¿Qué no estaba muerto? Pero ¿qué dice?
─Creemos que sufrió un episodio de catalepsia. Es la primera vez que me encuentro ante un caso así. Los hay, pero son extraordinariamente raros. ¿No le había ocurrido anteriormente?
─Pues no, que yo sepa ─no podía creer lo que estaba oyendo.
─Quizá nunca se le había manifestado y la mezcla de benzodiazepina y alcohol exacerbó un trastorno cerebral hasta ahora latente. No hay otra explicación. Afortunadamente despertó poco antes de practicarle la autopsia. ¡Imagínese si no llega a suceder!

******

Él sigue convencido de que ha vuelto a resucitar. Los psiquiatras no se ponen de acuerdo con el diagnóstico, pues no hay evidencia de esquizofrenia ni de psicosis. Los exhaustivos exámenes neurológicos a los que fue sometido no revelaron ninguna alteración que pudiera hacerle propenso a sufrir catalepsia. De haber sido catalepsia lo que le había sucedido, a su edad resultaba muy extraño que no hubiera tenido ningún otro episodio con anterioridad. Los análisis de laboratorio confirmaron la presencia de elevados niveles de alprazolam y de alcohol en sangre, pero, de haber sido los responsables de la muerte clínica que sufrió, nada justificaba su posterior reanimación espontánea.

No pudimos evitar lo que su empecinamiento provocó. Ni los antipsicóticos más potentes combinados con psicoterapia han logrado sacarle de la cabeza la idea de que ha resucitado dos veces. Lo único que nos consuela es que está en el mejor centro psiquiátrico del país.

Yo sigo preguntándome qué le ocurrió realmente en Brasil. ¿Fue una mordedura de serpiente lo que causó esa pérdida de consciencia y de memoria o tal vez un primer episodio de catalepsia? ¿Qué le ha hecho perder la cabeza de este modo? Quién sabe. Cada vez lo visito con menos frecuencia, pues siempre me pide que lo saque de allí pues insiste en que no está loco. A veces se comporta violentamente y me acusa de ser un mal amigo, un traidor. Entonces se lo llevan y le ponen una camisa de fuerza para que no se autolesione en la celda. Me da pena, pero no puedo hacer nada por él.

Su hermano sacerdote, que sí cree en los milagros, afirma que lo sucedido a Jaime es simplemente fruto de su mente enferma. Yo no sé qué pensar.



jueves, 24 de mayo de 2018

No soy un adicto




Dos amigos, que llevaban mucho tiempo sin verse, se encuentran casualmente en el Starbucks que hay enfrente del edificio de oficinas en el que ambos trabajan. Mientras charlan, uno de ellos no deja de mirar su móvil. El otro, intrigado, le comenta:

─¿Estás esperando que te entre algo importante?
─¿Por qué lo dices?
─Como veo que no paras de mirar el móvil…
─Es la costumbre. Uno acaba dependiendo un poco de estos cacharros. Mi mujer se empeña en que soy un adicto. ¿Tú crees? Todo porque, según dice, estoy muy pegado al móvil. Pero qué quiere, si lo necesito para trabajar.
─Ah, ¿ahora practicas el teletrabajo?
─Bueno, no exactamente. Quiero decir que a veces hago algunas gestiones por teléfono. Ya sabes, tenemos que estar constantemente conectados.
─¿Gestiones? ¿Qué tipo de gestiones?
─Bueno… pues… solucionar un problemilla de trabajo y esas cosas. A veces me llama algún cliente… Ay, perdona, que me ha entrado algo.

Pasados dos minutos:

─Disculpa, pero es que puse unos auriculares en venta por ebay y me acaban de hacer una oferta.
─He oído hablar de esta aplicación. ¿Has vendido muchas cosas por este sistema?
─Muchas. Por este y por Wallapop. Espera, espera, que me acaban de enviar otro mensaje.
─¿Otra oferta?
─No, no. Un amigo, que le ha dado un “like” y ha hecho un comentario a una foto que colgué esta mañana, viniendo hacia el trabajo. No sabes cómo estaba la Ronda del Litoral, tío. No pude evitar hacer una foto y colgarla en Instagram y publicarla en Facebook y en Twiter. No veas la cantidad de “likes” que llevo acumulados. ¡Y solo en cuatro horas! Mira, otro, y otro. Es un no parar. Por eso mi mujer dice que estoy enganchado. Si es que no me dejan tranquilo. Y por si eso fuera poco, desde que he abierto un blog sobre viajes no paro de recibir comentarios de mis seguidores. Hasta estoy pensando en convertirme en un Youtuber de esos. Por lo menos así ganaría pasta, ja, ja, ja.
─No me digas que también le dedicas tiempo al blog en horas de trabajo.
─No, hombre, no. ¿Por quién me tomas? Pero uno, que es curioso. No puedo evitar mirar quién me acaba de dejar un comentario o un “+” en Google plus.
─¿En Google qué?
─En Google plus. ¡Ostras! ¿Quieres creer que mi suegra me acaba de invitar a que juegue al Candy Crash Saga?
─¿Tu suegra te ha invitado a jugar?
─Bueno, en realidad no. Bueno sí, pero no lo ha hecho a sabiendas. Es algo que la aplicación envía por defecto a todos los que el jugador tiene agregados. Pero, como comprenderás, no es el momento, ja, ja, ja. ¿Por qué me miras con esa cara? No me dirás que nunca has jugado a un juego online.
─Bueno, sí. Hace tiempo mi hija me pidió que instalara en mi móvil un juego que se llama Triviados, que es como el Trivial Pursuit, pero solo hemos jugado algunas veces, mientras ella volvía de la Universidad en tren y yo del trabajo en bus.
─¿Y ahora ya no?
─Pues no. Aparte de que sale con un chico, está en un grupo de WhatsApp y siempre está chateando con alguien. Así que ya tiene distracción.
─Vaya, un adolescente más enganchado a las redes sociales, je, je.
─Pueees, sí.
─¡Caramba! ¿Has oído ese trueno? No, si al final tendrá razón ese pájaro de mal agüero de la tele y acabará lloviendo. A ver qué previsión aparece en AccuWeather.
─¿Acu qué?
Pues sí, tío, va a llover y mucho. Y además va para largo. Joder, a ver si el mal tiempo me arruina el fin de semana.
─Pero todavía falta mucho para el fin de semana. Si solo estamos a martes…
─Sí, claro, pero cuando el río suena... De todos modos, me arriesgaré y haré la reserva. Mi mujer y yo habíamos planeado pasar el fin de semana en una casa rural del Montseny. Como con TripAdvisor no hay penalización si cancelas la reserva con veinticuatro horas de antelación…
─¿Y vas a hacerlo ahora?
─Sí, sí, que luego puede ser demasiado tarde. No sabes cómo vuelan estas ofertas. Y como tengo instalada la aplicación, total son unos pocos minutos.

Pasados diez minutos:

─Pues ya está. Todo arreglado. Le enviaré un WhatsApp a mi mujer para que lo sepa. De paso, si no te importa, le enviaré un recordatorio al jardinero, que tiene que pasarse por casa para hacer algunos arreglillos en el jardín. Es tan despistado el tío que si no se lo recuerdo se le olvidará.
─Vale, pero es que se me está haciendo tarde, tengo que volver al trabajo, llevamos ya… caramba, ¡más de media hora!
─Sí, sí, tranquilo, que ya nos vamos. Solo es un segundo.
─De acuerdo, pero date prisa, por favor, que me espera un montón de trabajo. Normalmente no salgo a la calle para tomar el café de media mañana, pues no está permitido, pero como hoy la máquina está estropeada y…
─Eso sí que es rapidez. No me lo puedo creer. El jardinero me acaba de contestar confirmando que se pasará por casa el jueves a eso de las seis de la tarde. Voy a ponerme una alarma para que yo también me acuerde, no sea que a última hora el que se despiste sea yo, ja, ja, ja.
─¿Qué, nos vamos, pues?
─Sí, sí, claro, vámonos. Ay, perdona, me acaba de entrar un SMS. Vaya, es un recordatorio de la cita de mañana con el oftalmólogo y ahora que me acuerdo no podré ir. Tengo que llamarle. Vete, vete, no vayas a tener problemas por mi culpa. Yo me quedo un rato solo para hacer esta llamada y también me voy.
─Vale, pues ya quedaremos para otra ocasión. Me he alegrado de verte.
─Pues claro que sí, Pero espera, pensándolo bien llamo al oftalmólogo anulando la cita y de paso ya quedamos ahora mismo para un día del mes que viene. Así lo anoto en el calendario y no se me olvidará.
─Oye, déjalo, que tengo mucha prisa. En todo caso ya te llamaré y quedamos. ¿De acuerdo?
─Vale, vale, de acuerdo. Joder con las prisas.
─Dale recuerdos a tu mujer de mi parte.
─Sí, claro. Ahora mismo le enviaré un WhatsApp para decirle que nos hemos tomado un café juntos. Es que, si no, luego se me pasará. Menos mal que tengo este trasto. Con mi mala memoria no sé qué haría sin él. ¿Comprendes ahora porqué lo necesito tanto? Y luego dice mi mujer que soy un adicto al móvil, ja.
─Oye, te está sonando el teléfono.
─(…)
─¿No vas a contestar?
─Joder, es mi jefe. ¡Qué pesado! Me ausento un momento de nada y ya me está llamando. Que se espere. No creo que sea nada urgente. Siempre puedo decirle que me he dejado el móvil en mi despacho. Además, ya casi no me queda batería. Las baterías cada vez duran menos. Será por lo de la obsolescencia programada esa. Tendré que comprarme uno nuevo.
─Muy bien. Hasta la próxima, pues. Ya te llamaré para quedar.
─Sí, sí, llámame. Ah, y dile a tu hija que no se enganche tanto al móvil, que crea adicción.


*Imagen obtenida de Internet


jueves, 17 de mayo de 2018

A grandes males, grandes remedios




Cada día entraba en la misma página web para comprobar si se había vendido algún ejemplar de su libro. Y cada día el contador de ventas seguía mostrando un cero.

Ya no soportaba la ansiedad que le producía, después de tanto tiempo, aquella consulta diaria a la espera de una novedad que nunca llegaba.

Acabó desistiendo y se prometió abandonar para siempre esa inútil, odiosa y frustrante práctica. Pero antes de salir definitivamente de la condenada página hizo lo que llevaba largo tiempo deseando hacer. Sería una venganza personal.

Pulsó la tecla “Comprar”.

Por lo menos, saldría de allí con la satisfacción de ver un uno en el maldito contador.



jueves, 10 de mayo de 2018

Desaparecido




¿Cuántos desaparecidos se dan en este país? Muchos. Recuerdo haber leído que han habido más de cuatro mil doscientas desapariciones no resueltas desde 2010. Solo el año pasado se activaron más de doscientas cincuenta alertas por desapariciones, de las que se resolvieron menos de un ochenta por ciento. De esas desapariciones, casi un tercio fueron de personas mayores de sesenta años, la mayoría enfermos de Alzheimer u otro tipo de demencia. Lo más dramático es que tres de cada diez de estos mayores desaparecidos son hallados sin vida y no muy lejos de su casa. Sus muertes suelen ser debidas a causas naturales.

¿En qué categoría me habrán incluido? Mis hijos y amigos saben que no padezco ninguna enfermedad mental grave y tras varios días de mi desaparición sin haber encontrado mi cuerpo ni haber tenido noticias mías, deben preguntarse qué me ha ocurrido y dónde estoy. Quizá pensarán en otro de mis episodios depresivos. Desde que Rosa nos dejó de forma tan súbita he sufrido varias recaídas y creerán que esta ha sido mucho peor. Quizá piensen en un suicidio, pero sin cuerpo todo serán conjeturas. Viviendo solo y sin más compañía que la que me proporcionaban las visitas esporádicas y breves de mis hijos, todo podría apuntar en esa dirección.

Nadie se habrá percatado de que me he llevado algo de dinero y de ropa. He dejado mi móvil ex profeso, para que no puedan localizarme. Ni siquiera habrán echado en falta la bicicleta. Me la compré al jubilarme, con el propósito de hacer ejercicio. Fue Rosa quien insistió. “Pasas demasiado tiempo en casa, sentado todo el día. Tienes que moverte y mover tu corazón”. Quién le iba a decir que sería el suyo el que se pararía y a la vez detendría mi pedaleo diario. Tras su marcha tan repentina, no me quedaron ganas de nada. Cuando veía la bicicleta en el garaje, me recordaba tanto sus palabras que estuve a punto de deshacerme de ella o regalársela a uno de mis hijos, pero al final fue a parar al trastero. Nadie reparó en ello. De hecho, hace tiempo que nadie repara ni siquiera en mí. Por eso decidí desaparecer.

No sé cómo habrán reaccionado mis hijos. Supongo que lo estarán pasando mal y ahora me arrepiento de mi arrebato. Al poco de mi huida ya tuve remordimientos. Me sentí como un niño que se va de casa porque cree que sus padres ya no le quieren. Solo que en este caso se han trastocado los papeles y es el padre quien quiere dar un escarmiento a sus hijos desafectos.

Ya es demasiado tarde para rectificar. No me importaría aparecer ante todos como un viejo chocho y disculparme públicamente por mi ridícula conducta. Pero me temo que no va a ser posible. No mientras esté en estas condiciones. Debí golpearme la cabeza. Quizá por eso no puedo recordar dónde vivo ni dónde estoy. Debe ser amnesia postraumática. No veo la bicicleta por ninguna parte. Aunque de nada me serviría. Apenas puedo moverme. Me duele todo el cuerpo. Debo tener todos los huesos rotos. De no ser así, podría acercarme a la carretera y pedir ayuda. Seguramente estoy muy cerca de donde aquel coche me arrolló y se dio a la fuga. Quizá ni se percató de ello. No debió verme. Estaba tan oscuro…

Desde aquí oigo el oleaje del mar y el terreno hace una pendiente muy pronunciada, tanto que temo acabar rodando cuesta abajo hasta estrellarme contra las rocas. Los graznidos de las gaviotas apagan mi voz. No puedo gritar. No sé cuánto tiempo habré pasado inconsciente. Tengo mucha sed y un frío terrible. La mochila debió saltar por los aires y quizá haya ido a parar al mar junto a la bicicleta. No me queda más remedio que esperar a que alguien pase por aquí y me descubra. Pero ¿quién puede deambular por estos parajes tan inhóspitos en pleno invierno? Solo un loco como yo.

Me siento muy débil, pero empiezo a recordar algunas cosas. Salí de casa el viernes día 4 y estamos a… Vaya, el reloj se ha detenido a las once del día 8. Debe ser la hora y la fecha del accidente. En cuatro días recorrí más de ochenta kilómetros logrando pasar desapercibido. Por estos lugares no es extraño ver a un hombre de mi edad en bicicleta.

El sol está casi en su cenit, así que debe ser mediodía. Suponiendo que haya pasado doce horas inconsciente, debemos estar a 9 de mayo. Me siento cada vez peor. Me palpo el cuerpo y tengo sangre fresca en las manos, lo cual significa que estoy sangrando. Habré perdido mucha sangre. No puedo reprimir los temblores. Y eso que luce el sol, pero el aire del norte es helado. 

¿Hallarán mi cuerpo o pasaré a ser una más de esas cuatro mil doscientas desapariciones no resueltas? Nueve de mayo de dos mil dieciocho. Un buen día para morir como cualquier otro. ¿Recordarán mis hijos esta fecha como el día que perdieron a su padre? ¿Llorarán por mi como lo hice yo por Rosa? Quizá no lo merezca. Quise ser un desaparecido pasajero como represalia a la soledad a la que me tenían confinado y acabaré olvidado en una lista de desaparecidos para siempre.

De repente se ha nublado. Las nubes amenazan lluvia. Empiezan a caer unos insistentes goterones. La lluvia arrecia. El charco que se forma a mi alrededor es rojizo. Color de la sangre. Tirito con más intensidad. ¿O son espasmos? No siento dolor y eso me alivia. Me siento relajado. Oigo voces a lo lejos. Por un momento me ha parecido que se acercaban, pero ahora las oigo cada vez más distantes, menos audibles, casi remotas. Apenas oigo nada: ni el mar, ni las gaviotas, ni la lluvia, ni el viento. Todo se vuelve opaco. La lluvia me ciega. Casi no veo. Parece como si alguien me zarandeara. Pero dejo de sentir. No siento nada. Todo es oscuridad.


viernes, 13 de abril de 2018

El visitador médico (y II)




Al terminar de leer aquella carta, levanté la vista y me encontré con la mirada de angustia de la viuda de su autor y no pude más que sentir una terrible aflicción y vergüenza. Aquella mujer parecía esperar una explicación que no supe darle. Estaba tan aturdido que no sabía qué hacer ni qué decir. Todo me parecía tan irreal…

Al levantarme, las piernas apenas me sostenían. Le tendí, con manos temblorosas, las hojas de papel. Sentía como si me quemaran.

─Quédeselas. Usted sabrá mejor que yo qué hacer con ellas. Esto tendría que hacerse público.

Balbuceé algo que incluso a mí me resultó ininteligible y me marché sin despedirme. La cabeza me daba vueltas. Por fin entendía lo que Emilio quiso decirme con aquellas enigmáticas palabras la última vez que nos vimos.



El nuevo medicamento se había aprobado gracias a un soborno que el laboratorio había llevado a cabo. Altos responsables del Ministerio de Sanidad se habían embolsado una cuantiosa cantidad de dinero a cambio de agilizar los trámites para el lanzamiento del medicamento y asegurar su financiación pública. El doctor Millán, jefe de Oncología, y el director médico del hospital, estaban al tanto y habían accedido a promocionar el producto mediante su uso en su hospital, a sabiendas de que ello produciría un efecto dominó en otros Centros Hospitalarios del país. Emilio desconocía la cuantía del soborno, pero debía de haber sido millonario.

Mi ex jefe no especificaba cómo descubrió la trama, pero, tan pronto como lo hizo, se negó a colaborar. El mensaje estuvo bien claro desde un principio: o se introducía ese fármaco en aquel hospital de referencia en oncología o muchos serían los empleados que quedarían en la calle, empezando por la red de ventas, que se vería mermada drásticamente. Además, no podíamos ser menos que las filiales del laboratorio en otros países, donde el producto ya se utilizaba con éxito en la gran mayoría de hospitales, con pingües beneficios para la Central. Así pues, una vez conseguida la autorización para comercializar el medicamento, alguien debía dar el siguiente paso: dar un toque a uno de los oncólogos más prestigiosos del país y a su jefe, el director médico, para que, a cambio de una más que generosa recompensa, actuaran como cabeza de puente en la expansión comercial del producto en todo el país. No fue necesario presionarles más de lo que el dinero fue capaz de hacer, al saberse respaldados por unas autoridades sanitarias corruptas.

Emilio no quiso colaborar en aquella pantomima y, por lo tanto, se negó a ser el portador del cheque millonario, incluso se opuso a que alguno de sus colaboradores interviniera en aquel turbio asunto. Quién finalmente lo hizo era un misterio, pero alguien tenía que hacer la presentación formal del fármaco a quien luego lo prescribiría. Y ese fui yo. Me seleccionaron por mi audacia, me dijeron, que no fue tal. Todo estaba amañado cuando fui a visitar por segunda vez al prestigioso oncólogo. Así que todas mis dotes de persuasión no fueron reales, ya que estuvieron precedidas de un empujoncito económico. Ahora entendía el cambio radical de actitud del doctor Millán, que pasó de la mayor frialdad y escepticismo ante las maravillas que le contaba sobre el fármaco la primera vez que le visité al entusiasmo por utilizarlo en sus pacientes aquejados de cáncer de próstata, en mi segunda intentona, tan solo una semana después. Yo no hice nada más que interpretar un papel de reparto, con las cuatro líneas aprendidas de memoria y sin mérito alguno en la consecución de ese éxito teatral tan formidable.

Emilio pasó, por lo tanto, a ser un elemento indeseable y peligroso. Sabía demasiado. De ahí que lo apartaran de su empleo y de la Empresa, de la que percibió una generosa indemnización. A ojos de los demás, se le había rescindido el contrato por su falta de compromiso y entusiasmo en la consecución de los objetivos de la Compañía.

Todo fue sobre ruedas, según lo esperado, hasta que apareció un efecto secundario grave en algunos pacientes que estaban siendo tratados con el medicamento innovador. Las alarmas se dispararon dentro y fuera del hospital. A pesar de los esfuerzos del doctor Millán para tranquilizar a los pacientes y acallar al personal sanitario implicado ─médicos adjuntos y enfermeras─, los rumores acabaron extendiéndose hasta convertirse en noticia pública. Si se relacionaba ese hallazgo inesperado con el medicamento, la empresa se vería abocada a un nuevo descalabro económico, pero este de consecuencias imprevisibles. Había que evitarlo a toda costa.

Alertadas las autoridades sanitarias de la sospecha más que razonable de la relación existente entre el fármaco y el efecto secundario, algo que debería haberse evidenciado en los estudios clínicos previos a su autorización, temieron verse involucradas en el escándalo, que por algún extraño vericueto saliera a la luz su delito de cohecho, y exigieron al laboratorio que tomara las medidas oportunas para que nadie de los que tuvieran conocimiento de su mediación se fuera de la lengua. Para ellos, el laboratorio podía irse al garete, pero el asunto no podía salpicarles. Incluso podía ser que el propio Ministro de Sanidad estuviera en el ajo. No quedaba, pues, otra salida que eliminar todo rastro que les inculpara.



Me fui a casa mucho más preocupado de lo que estaba cuando salí. Entonces lo vi claro. El laboratorio debía sospechar que yo también estaba al corriente de todo. Posiblemente alguien nos había visto charlando en aquel bar y dedujo que Emilio me lo había contado. Pero de momento solo se habían deshecho de él, el testigo principal. Pensé que quizá no debían estar seguros de mi “inocencia” y me estaban poniendo a prueba. Si no sabía nada, creería que esos anónimos eran obra de un lunático y, a lo sumo, iría a la policía. Y sin pruebas de la autoría, el caso quedaría archivado y me dejarían en paz. Pero si estaba al corriente, me acojonaría y mantendría la boca cerrada. Y ahí terminaría todo. Con un muerto era suficiente.

¿Qué podía hacer yo con la carta que me había entregado la viuda de Emilio? Me dijo que hiciera con ella lo que creyera más conveniente para destapar la trama y el asesinato de su marido, que ella no se atrevía a hacerlo por temor a que también la asesinaran, pues estaba segura de que la espiaban. ¿Y por qué yo había de hacerlo? Si la tenían bajo vigilancia, también me tendrían vigilado a mí. Y si me habían sorprendido hablando con Emilio semanas atrás y ahora me habían visto salir de la casa de su viuda, atarían cabos y vendrían a por mí. Ya no valdrían los anónimos, ahora pasarían a la acción. De esto estaba seguro.

La prueba de ello solo tardó en hacerse visible el tiempo que tardé en llegar a casa. El nuevo anónimo que me encontré no dejaba lugar a dudas: “Si te vas de la lengua, eres hombre muerto”.

Comprendí que tenía los días contados. Tanto si iba a la policía como si no, tenía un pie en la tumba. Podía ir a hablar con el director general de la Empresa ─quien sin duda era el artífice de toda esa locura─ y jurarle que mantendría silencio. Pero ¿me creería? Además, si es que todavía no lo sabía, querría saber quién me había informado y la pobre viuda sería la próxima en desaparecer. No sabía qué hacer. Desaparecer sería lo más prudente. Nadie me echaría en falta, solo los compañeros de trabajo.

Hice el equipaje como siempre se ha visto en el cine de acción, embutiendo lo indispensable en una bolsa, para pasar más inadvertida mi fuga. Debía huir antes de que vinieran a por mí. El plan consistía en esconderme donde no pudieran encontrarme y, desde mi refugio, contarlo todo a la policía.

Tras dar mil vueltas por la ciudad para asegurarme de que nadie me seguía, acabé en ese hotel de mala muerte donde pensaba pasarme el tiempo que fuera necesario hasta que todo hubiera saltado por los aires y me sintiera seguro y protegido. A la mañana siguiente llamaría a mi secretaria diciéndole que faltaría al trabajo algunos días para atender un asunto personal urgente. Aquella noche casi no pegué ojo. En los escasos momentos de sueño, dormí sobresaltado. Me asaltaban todo tipo de pesadillas. En una de ellas, unos individuos me perseguían y mi cuerpo acababa sepultado bajo los escombros de un vertedero.

Por la mañana llamé, como tenía previsto, a mi secretaria y le dije que no contaran conmigo durante unos días. Se extrañó, pero no puso ningún tipo de objeción ni preguntó acerca de ese tema tan urgente que debía resolver. Siempre había sido una secretaria eficiente y discreta. Al despedirnos, antes de colgar, me dijo algo que me dejó helado.

─Por cierto, ¿se ha enterado de lo de Engracia?
─¿Engracia? ¿Qué Engracia? ─pregunté, sospechando que nada bueno se escondía detrás de ese nombre.
─Pues Engracia, la mujer…, bueno, la viuda de Emilio Fuentes.
─¿Qué le ha ocurrido? ─volví a preguntar, temiéndome lo peor.
─Pues que la han encontrado muerta en su domicilio. Según hemos sabido, alguien entró ayer por la tarde en su casa con la intención de robar y, al descubrirlo, la mató. ¡Pobre mujer! Primero el marido se suicida y ahora esto ─y tras un profundo suspiro, colgó.

Pobre mujer y pobre de mí, pensé, tras colgar el auricular del teléfono de la mesilla de noche.

Pasé todo el día en la cama, recapacitando. Rechacé el servicio de habitaciones, no fuera a colarse un asesino a sueldo vestido de personal de la limpieza. Todo lo que comí fueron unos sandwiches que adquirí de la máquina expendedora que había en el pasillo de mi planta, frente al ascensor. Ir de mi habitación hasta la máquina y volver resultó toda una proeza. Esos veinte metros escasos se me hicieron eternos y peligrosos. En cualquier momento podía hacer su aparición un matón y pillarme desprevenido. Parecía más un ladrón que un huésped.

Cuando por fin me sentí con fuerzas suficientes, llamé a la policía. Me pasaron, tal como solicité, con el investigador encargado del caso de la muerte de Engracia Romero, viuda de Emilio Fuentes. Le conté todo lo que sabía. Le aturrullé de tal modo que tuvo que interrumpirme en varias ocasiones para que me tranquilizara y se lo contara todo más despacio. Me dio la sensación de que me creía. Por lo menos no me tomó por un chiflado. Me pidió que acudiera a la comisaria para poner una denuncia. Ante mi renuencia a salir del hotel, temiendo ser abordado por un sicario, se ofreció a venir a buscarme.

Al cabo de dos horas, cuando ya anochecía, recibí una llamada desde recepción anunciándome que un caballero, que decía ser policía, había preguntado por mí y que subía hacia mi habitación.

─¿Está usted seguro de que es policía? ─inquirí al recepcionista.
─Sí señor. Me ha mostrado su placa. Inspector… no-sé-qué.

Justo al colgar el aparato, llamaron a la puerta con los nudillos. Era una llamada impaciente. Me acerqué a la puerta y pregunté, por precaución, quién era.

─Abra. Policía.

Por un momento dudé de su veracidad. Solo habían transcurrido unos pocos segundos cuando el individuo añadió:

─¿Es usted Ramiro Beneitez? ─preguntó con un tono imperativo.
─Sí, soy yo ─acerté a decir con un hilo de voz, como si no quisiera que nadie más se enterara.
─Pues haga el favor de abrir. Hace apenas dos horas que hablamos por teléfono. Usted nos llamó y, por lo que me dijo, tiene información muy… delicada que quiere compartir con nosotros. Como le dije, tiene que acompañarme a comisaría para hacer una declaración en toda regla.

Esto último lo oí cuando ya había entreabierto la puerta dejando la cadena puesta. Lo primero que vi ante mis ojos fue un documento de identificación policial, tras el cual una cara de pocos amigos me insinuaba que le dejara pasar o que saliera de una vez.

¿Por qué los policías infunden siempre temor o desconfianza? Parecen gente amargada. ¿Será por el sueldo que perciben o por el trabajo que se ven obligados a hacer? El caso es que le seguí hasta el ascensor y bajamos a recepción. En el corto trayecto ─solo eran tres pisos─ ninguno de los dos dijo esta boca es mía. El tipo olía a tabaco y a alcohol. Esto último me desconcertó. ¿Acaso no tienen prohibido beber mientras están de servicio? De pronto me asaltaron las dudas. ¿Y si no era policía sino un matón y el documento que me había mostrado era falso? Las piernas me temblaban solo al pensar que había podido caer en una trampa. Pero al salir a la calle me tranquilicé al observar que un coche patrulla nos estaba esperando.

El policía me invitó a subir con él en la parte de atrás. Una vez en el interior del vehículo, vi que además del conductor había otro individuo en el asiento del copiloto. ¿Tres policías para llevarme hasta la comisaría?

El tipo debió notar mi nerviosismo.

─Tranquilo ─me dijo dándome unas palmaditas en la rodilla─. Es por su seguridad. Si lo que me ha contado por teléfono es cierto, corre usted un serio peligro.

Respiré hondo e intenté relajarme durante el camino hacia nuestro destino. Pero este se hacía esperar más de lo debido. ¿Dónde está esa maldita comisaría?, me pregunté. Al poco comprendí que no era la comisaría adonde nos dirigíamos.


El seguro de la puerta estaba puesto y no he podido liberarlo. He intentado forzarla inútilmente. Mi acompañante me ha sujetado por el brazo. “Tranquilo”, me ha repetido.

Ya en las afueras de la ciudad y en plena noche, las dudas se han disipado al instante.

Hasta aquí hemos llegado, donde nadie me encontrará, en un vertedero municipal. Y el tipo que dijo ser, o que es, policía ─esto nunca lo sabré─, me está apuntando con un arma. Alguien ha accionado la apertura automática de la puerta.

─Sal del coche. Andando. Y no intentes escapar. Será inútil.

Y pensar que todo empezó con un simple y amistoso apretón de manos.


FIN