viernes, 23 de junio de 2017

El tattoo (III)


Nunca había visto un tatuaje como aquél. No era la primera vez que recibía una oferta de este tipo. Pero ¿un tatuaje con poderes sobrenaturales? Sin duda aquel hombre no estaba en sus cabales. Pero cuando vi de qué se trataba, reconocí de inmediato su procedencia y significado. Si acepté el trato no fue, por supuesto, porque creyera en esas ridículas supersticiones caribeñas, sino simplemente para acrecentar mi colección con un espécimen tan exótico como aquel. 

Cuando tuve a ese joven, que dijo llamarse Antoine, frente a mí, le noté muy turbado. Al ofrecerle cien mil euros ─nunca antes había pagado una cantidad así por un tatuaje─ puso los ojos como platos y asintió sin dudarlo. Estampó su firma con mano temblorosa. Lo achaqué a su enfermedad terminal y por lo que debía estar pasando el pobre infeliz. Fui yo quien le aconsejó que, en su testamento incluyera un apartado en el que especificara que me donaba voluntariamente su piel tatuada. A mí solo me interesaba la del hombro, la que tenía grabada el Bacá. No quería tener ningún contratiempo, como en alguna ocasión anterior, a la hora de dirigirme a los familiares del difunto para reclamarles el tejido corporal que había adquirido legítimamente. No quería volver a ver esa cara de desprecio y de asco que me habían dirigido cuando les mostré el acuerdo firmado en vida del fallecido. ¡Un coleccionista de piel! ¡Qué asco! No, señora, coleccionista de tatuajes, era indefectiblemente mi respuesta.

Una vez se hubo marchado aquel joven haitiano, me entretuve a leer todo lo que pude encontrar sobre el Bacá dominicano. Al principio no encontré gran cosa. Tonterías. Pero luego di con el artículo de un estudioso de las creencias populares en Cuba, Haití y la República Dominicana, que me llevó a otras publicaciones más detalladas. Necesité dos largos días para documentarme. No podía imaginar que algo aparentemente tan ridículo hubiera atraído la atención de sesudos especialistas en rituales ancestrales. Viniendo de quien venía esa información, no sabía si tomármela en serio o como una simple recopilación de sucesos anecdóticos dentro de un estudio antropológico de las creencias humanas.

No sé si fue ese arsenal de información o el whisky que me tomé mientras la leía, pero por un momento pensé que de haber algo de cierto en todo ello, podría llegar a tener todavía más fama y dinero. Aun a mi edad, no venían mal ambas cosas, me dije. Y, además, no tenía mujer ni hijos a quienes mi acto pudiera afectar, acabé reflexionando. Que una persona tan sensata como yo pudiera haber siquiera sospesado esa posibilidad me resultó, de pronto, vergonzoso, pero ¿quién no tiene fantasías inconfesables?

La curiosidad me picó de tal forma que estaba deseoso de que el funesto desenlace del pobre Antoine ocurriera cuanto antes. Otra cosa de la que avergonzarme, pero era, hasta cierto punto, humano. El pobre hombre iba a morirse de un momento a otro. ¿Qué mal había en esperar que ese momento fuera antes de lo previsto? Así pues, le llamaba frecuentemente, con la excusa de interesarme por su salud y por su familia. Yo imaginaba que él adivinaba el verdadero motivo de mis llamadas. Seguro que veía que estaba ansioso por la adquisición. Cuando colgaba, me arrepentía de haberlo hecho, pero era más fuerte que yo. No podía evitarlo. Por otra parte, ¿cómo iba a saber de su defunción si nadie me avisaba? Un día le pregunté por este detalle, pensando que me diría que alguien de su familia, su mujer quizás, me pondría en antecedentes. Pero no. Me confesó que vivía solo. Que su mujer le había dejado y que no sabía nada de nuestro acuerdo. Él mismo me sugirió que le fuera llamando regularmente. Si un día no contestaba, ello significaría que le habían ingresado de urgencias o se había producido el fatal desenlace. 

Esa regularidad a la que se refería Antoine, se convirtió en una llamada diaria, a última hora de la tarde, siempre a la misma hora. Cuando volvía del trabajo, a eso de las ocho, me ponía cómodo, me servía un whisky y le llamaba. Charlábamos amigablemente de esto y aquello, nada trascendente, pues ya no me atrevía a tocar el tema de su salud. Hasta que una tarde no respondió a mi llamada. Ni a la siguiente. Alarmado, o debería decir excitado, decidí llamar al hospital donde podían haberle ingresado. Pero ¿qué hospital? Nunca se me ocurrió preguntarle a qué hospital le ingresarían en caso necesario. ¿Cómo se me había pasado por alto? Tuve que llamar a todos los hospitales de la ciudad preguntando por un tal Antoine Bisonó-Chevalier. Nada, nadie con ese nombre había sido ingresado. Al tercer día sin saber de él llamé a la policía, informándoles de mi sospecha de que algo malo le había podido ocurrir, dado su delicado estado. 

Cuando la policía entró en su domicilio, encontró el cuerpo de Antoine en la bañera, una bañera llena hasta los bordes de sangre que, según comprobaron, no era suya. Litros y litros de sangre. Un cuerpo humano no contiene tal cantidad de ese humor vital. ¿De quién era, entonces, esa sangre? Y ¿qué le había producido la muerte?

La autopsia reveló que había fallecido de un ataque al corazón y el análisis de la sangre que bañaba su cuerpo sumergido era de perro. Por lo demás, Antoine gozaba de una buena salud. Cuando pregunté al médico que me atendió en la morgue ─me presenté como un amigo, pues no sabía cómo contactar con su mujer─ por el estado de su cáncer, me miró asombrado y, por toda respuesta solo pronunció dos palabras: “¿Qué cáncer?” El hombre debió pensar que no estaba muy enterado lo que le ocurría a mi supuesto amigo, sobre todo por la cara que debí poner cuando me informó que en su organismo habían encontrado grandes cantidades de alcohol y heroína. “Su cuerpo no lo resistió. Su corazón debió decir basta”, remató el médico, que resultó ser el forense que le había practicado la autopsia.

Otro capítulo aparte fue mi petición de extraerle la piel del hombro derecho donde tenía el preciado tatuaje. El forense me observó de arriba abajo como si tuviera ante sí a un extraterrestre que le pidiera llevarse el cadáver a su planeta para investigarlo. A pesar de mostrarle el documento por el que Antoine me donaba su piel, el médico puso serios reparos. Debió pensar que formaba parte de una secta que practicaba ritos satánicos o qué sé yo. Solo faltaba que sospechase que yo le había asesinado para hacerme con su piel. 

Afortunadamente, la policía, sin saberlo, vino en mi ayuda. Encontraron sobre la mesa del comedor de Antoine un sobre rotulado a mano con la palabra “testamento”. Habida cuenta de que nadie reclamaba el cadáver, que su mujer estaba en paradero desconocido y que su familia vivía en Haití, se procedió, ante mi insistencia, a leer el testamento sin más presencia que la mía, la del notario, a quien pidieron que se personara en el hospital a la mayor brevedad posible, y la del comisario de policía de la zona.

Tras ese desagradable trance, al cabo de setenta y dos horas tenía el que se había convertido, de pronto, en mi tatuaje favorito, perfectamente enmarcado, en un lugar prominente del salón de mi casa.

En breve haría una exposición en la que daría a conocer al público lo que muchos calificaban como la colección más extraña y de peor gusto de la historia.

CONTINUARÁ...

lunes, 19 de junio de 2017

El tattoo (II)


Ojalá no hubiera escuchado a mi madre cuando me recomendó ir a ver a esa hechicera para que pusiera fin a mi amargura y me procurara un futuro feliz. No podía imaginarme que ese sería el principio del fin. Con su maldito consejo y sus artimañas abrió una puerta que nunca debí atravesar. Pero, a fin de cuentas, el culpable principal fui yo, y ante eso ya no había nada que hacer sino lamentarme. No tardé mucho en maldecir mi testarudez y mis prejuicios. En todo momento maldije el día que decidí ir en busca de ayuda.

Paola siempre se burlaba de lo que ella llamaba supersticiones. Mucha gente ignora el poder que encierran algunas prácticas y objetos mágicos. A los que creemos en ello se nos considera ignorantes. Pero la verdad está ahí y hay pruebas de que estas creencias no son absurdas. Por eso, sabiendo lo peligrosos que pueden llegar a ser algunos de esos ritos tan antiguos como el hombre, todavía no entiendo cómo pude dejarme convencer. Y eso que mi pobre madre me advirtió de que fuera con cuidado.

Dominique, hija y nieta de hechiceras, me habló del Bacá y de sus poderes protectores. Me dijo que si quería obtener prosperidad solo tenía que adquirir uno, que muchos campesinos ponen un Bacá en sus casas para defenderse de las adversidades e incluso de los delincuentes. Nadie se atreve a penetrar furtivamente en una propiedad del dueño del Bacá por temor a su furia endemoniada y si alguien llega a hacerlo y robarle, lo robado aparece antes de tres días y el ladrón recibe un cruel castigo. Pero yo no quería tener eso en casa, pues sabía que mi mujer no me dejaría tenerlo e incluso se desharía de él. “No hace falta que lo compres, Benjamin te lo puede tatuar. Así lo llevarás siempre encima y te protegerá de todo mal. Y al poco verás cómo la vida te sonríe”. Esas fueron, más o menos, sus palabras. Y al día siguiente ya lo lucía en mi hombro derecho. Sabía que a Paola no le agradaría, pero teniéndolo tatuado no podría obligarme a que me deshiciera de él. Lo hice por el bien de los tres, para que no nos faltara de nada. Lo que no me dijo esa bruja fue lo que de verdad se exigía a cambio. ¿Por qué me lo ocultó? Cuando Paola me lo contó quedé perplejo. No podía ser cierto. Pero tenía razón. Yo también lo leí después en internet. No sabía qué pensar. No podía creer que tanto Dominique como Benjamin, que también debía conocer la verdad, me la ocultaran. ¿Con qué propósito? Me tragué eso de que tener un Bacá tatuado no era lo mismo que adquirirlo en su forma física. Me engañaron. Pero, aunque hubiera querido, no habría podido hacer nada contra ellos. A Dominique la protegía su Bacá y seguro que a Benjamin también. Debían estar confabulados. 

Después de nuestra última pelea, intenté que Paola me perdonara y que me readmitiera en su casa, para así extender la protección a ella y a la niña, pero acabó cumpliendo su amenaza y solicitó una orden de alejamiento, que le concedieron creyendo que yo era una persona peligrosa. Lo único malo que hice, lo admito, fue dar por buenas las consecuencias que Dominique me contó: que, dándome felicidad, el Bacá se la robaría a un enemigo o a quien tuviera cerca de mí. No sé por qué lo hice. Pero me sentía tan humillado, tan poca cosa al lado de Paola…

Solo me quedó, pues, un recurso: intentar anular ese pacto diabólico. Pero no sabía cómo hacerlo ni si era posible. Tenía, según había leído, unos cinco años, como máximo, de tiempo antes de que se cobrara sus víctimas, un tiempo que comenzaría a contar desde el momento en que se manifestara el primer efecto protector y ese, por suerte, todavía no se había producido. Hasta el día que me tocó un premio de la lotería.

Cien mil euros. Llevaba varios años jugando, un cupón todos los viernes y en todo ese tiempo ni siquiera me había correspondido un reintegro. Y de pronto eso. Cuando me enteré no sabía si reír o llorar. El maleficio iniciaba la cuenta atrás. Debía darme prisa. Pero el tiempo pasaba y no sabía qué hacer. Entonces pensé en lo más elemental. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Pregunté por el mejor tatuador de la ciudad y fui a su encuentro. 

La única forma de quitarme el tatuaje era, me dijo, eliminándolo con láser. Sería costoso, en tiempo y dinero, y también doloroso dada la complejidad del mismo, pero valía la pena. Muerto el perro, se acabó la rabia, y nunca mejor dicho.

Sin embargo, mis peores temores se hicieron realidad cuando comprobé, horrorizado, que el tatuaje volvía a aparecer, claro y nítido, en tan solo veinticuatro horas. El tatuador no podía dar crédito a lo que veía. Yo tampoco, pero comprendí que aquello era una señal inequívoca de que el maleficio era irreversible.

Fue entonces cuando empecé a beber. Y al poco, al alcohol le acompañó las drogas. El dinero que había ganado salía a espuertas. De seguir así, me volvería a quedar sin nada o bien antes reventaría mi hígado y yo con él.  Necesitaba ayuda y no podía contar con Paola. Solo tenía a mi madre con quien desahogarme. Y así lo hice.

Cuando le conté lo que ocurría y en la situación en la que me encontraba, me prometió que iría a ver a Dominique. Algo habría para deshacer el pacto o lo que fuera con lo que me había comprometido. La conocía desde hacía muchos años y, siendo también madre, seguro que se apiadaría de ella y encontraría el modo de anular el maleficio. 

Pasaban los días y todo iba de mal en peor. Cada dos días volvía al tatuador para que intentara de nuevo borrar el tatuaje y este volvía a aparecer de forma inexplicable. Hasta que comprendí que era una forma de decirme que no podría deshacerme de él por mucho que lo intentara.

Cuando, al cabo de una larga semana de espera, mi madre me llamó, no podía creer en lo que consistía el remedio que le dio la hechicera para eliminar el maleficio del Bacá. Al parecer le costó muchísimo convencerla, le suplicó hasta la extenuación, hasta llegó a amenazarla, pobre infeliz. Dominique le repetía una y otra vez que un pacto como aquel no podía romperse. Que lo hubiera pensado antes. Y que las amenazas no le servirían de nada, estaba protegida por su Bacá y nadie podría hacerle daño. Solo cuando mi madre la acusó de haberme ocultado toda la verdad porque lo que pretendía, engañando a sus clientes, era atraer adeptos a una causa diabólica a cambio de más éxito y dinero, y que lo contaría a todo el mundo, de modo que nadie querría acudir a su consulta, por mucho Bacá protector que tuviera, Dominique pareció recapacitar. Haciendo un enorme gesto de generosidad, como le dio a entender, le reveló el único modo de liberarme del Bacá y de su influencia. Pero después de lo que ha ocurrido, no sé si aquella bruja fue sincera con mi madre o lo que le contó no fue más que otra mentira, un pretexto para acallar sus lamentos y ganar tiempo.

La fórmula para conseguirlo consistía en bañarme en sangre del animal que yo había elegido para representar al Bacá. Debía hacerlo todas las noches, durante siete días, y tenía que sumergirme por completo en una bañera llena de ese asqueroso líquido. Pero ¿de dónde sacaba yo tanta sangre de perro? Y ahí empezó el verdadero suplicio.

Salía de casa, todas las noches, oculto entre las sombras, como Jack el destripador, a la caza de perros abandonados. Tuve que ir al extrarradio, a los suburbios, a los arrabales. No fue tarea fácil. Los pobres animales, recelosos, huían ante mi presencia, como si olieran el peligro, o al mismísimo demonio. Como no tenía un arma y no sabía cómo conseguir una, recurrí a los dardos anestésicos, que pude adquirir sin levantar sospechas. Yo mismo me construí una especie de cerbatana. De este modo, logré atrapar las víctimas suficientes para llevar a cabo el ritual. Me convertí en un carnicero despiadado, en un monstruo sangrador de animales indefensos, sembrando las calles de despojos resecos tras mi macabra hazaña. Cuando llegaba a casa, cargado con bolsas de sangre, todavía me duraban las náuseas. Solo lo hice dos noches seguidas porque, tras el segundo intento, la cosa se torció.

Acababa de dar por finalizada la inmersión cuando noté algo extraño en mi hombro derecho. Parecía como si entrara en ebullición y el dibujo quisiera desprenderse. Creí que el ritual “sanador” empezaba a hacer efecto. El dolor era insoportable. Ni todo el alcohol y la cocaína que llevaba en el cuerpo pudieron neutralizar aquella tortura física. Me eché en la cama, retorciéndome de dolor, cuando, de pronto, se materializó. Juro que fue real, no fue ninguna alucinación. El tatuaje saltó de mi hombro y comenzó a aumentar de tamaño hasta alcanzar el de un perro de grandes dimensiones, jadeante, gruñendo y salivando por cada una de sus tres cabezas, los ojos enrojecidos y alerta, a punto de saltar sobre mí. Me hice un ovillo para protegerme, implorándole que no me atacara. Los ojos me dolían de tanto apretarlos para evitar abrirlos. De pronto se hizo el silencio. Solo me pareció oír algo así como “no te desharás de mi fácilmente”. Era una voz ronca y distorsionada, como si fuera un animal o un monstruo quien hubiera articulado esas palabras. Cuando abrí los ojos, temeroso por lo que esperaba ver, el perro, o el Bacá, había desaparecido y estaba de nuevo implantado en mi hombro, como si nada hubiera ocurrido. Tan solo notaba unas palpitaciones en su lugar, que fueron remitiendo junto al dolor. Me quedé profundamente dormido. Cuando desperté, a la mañana siguiente, seguía en posición fetal.

A la siguiente noche no me atreví a repetir el ritual. En su lugar me bebí una botella entera de whisky y me coloqué con un chute de la mejor heroína que pude conseguir, pensando que, de este modo, perdería el sentido y no volvería a tener esa horrible visión, porque me había querido convencer de que aquello no había sido real sino el fruto de la mierda que me estaba metiendo en el cuerpo. Ya que no podía pasar sin droga y alcohol por lo menos me colocaría a tope con la dosis más alta que mi cuerpo pudiera soportar. No sé cómo no pringué de una sobredosis. 

Pero desde mi estado de semi-inconsciencia, antes de que todo se volviera de color negro, vi cómo el Bacá volvía a cobrar vida, solo que en esta ocasión ya no sentí dolor alguno. Me vi flotando por la habitación y desde lo alto veía al perro de tres cabezas y cola de dragón siguiéndome con la mirada, como si estuviera a la espera de que cayera al suelo para abalanzarse y devorarme. Hasta que acabé cayendo. Creí que el Bacá me iba a matar. Me perseguía por todas partes, rugiendo como tres leones hambrientos. Por fin, exhausto y acorralado, vi como saltaba sobre mí.

Los gritos que, al parecer, proferí, alertaron a los vecinos, que ya hacía días que sospechaban que algo extraño ocurría en mi apartamento a esas horas de la noche. La policía me encontró sin sentido. Dijeron que había sufrido un coma etílico o una sobredosis. O las dos cosas a la vez, visto los niveles de alcohol y droga en sangre. Cuando, una vez consciente, me preguntaron por el motivo de mis gritos, les dije la verdad, a sabiendas de que no me creerían. Pero no tenía nada que perder. Si me encerraban en un manicomio no sería peor. Lo único que me angustiaba era el futuro de Paola y de Arianna. El tiempo corría en su contra y yo no había hallado todavía la forma de protegerlas. Delirium tremens, dijeron después. Mi alcoholismo había llegado a tal nivel que me hacía tener esas visiones tan terribles. Me contaron que un hombre, en pleno delirio, se había amputado un brazo creyendo que era una serpiente. Siendo así, llegué a plantearme cortarme el brazo a la altura del hombro. Pero ¿cómo iba a hacer tal cosa? 

Desde entonces, no podía ni quería pegar ojo. Tenía que estar vigilante pues aquel monstruo podía acabar conmigo en cualquier momento y todo por haber querido deshacerme de él. Mi salud, ya muy deteriorada, se agravó por la falta de sueño.

Viendo que no podía evitar esas “visitas” nocturnas, acabé acostumbrándome a ellas, tolerándolas, viendo que nada malo acababa sucediéndome. El Bacá parecía haberse calmado, pero no por ello dejaba de manifestarse todas las noches. Supuse que, al no repetir el ritual del baño, no se sentía amenazado, pero quería hacerme saber que ahí estaba. Aun así, debía mantenerme vigilante y pensar en algo. Finalmente decidí buscar por mi cuenta una posible solución, e internet vino en mi ayuda, aunque no del modo que yo esperaba.

Revisando páginas sobre tatuajes, me llamó la atención un artículo. Un rico hombre de negocios tenía por hobby coleccionar tatuajes. El hombre compraba tatuajes extraños, o exóticos, creo recordar que los llamaba. Lógicamente esos tatuajes pasaban a ser suyos una vez sus propietarios habían fallecido. Solo debían firmar un contrato con el coleccionista y, una vez fallecidos, se les extirpaba la parte de piel tatuada.

Por muy extraño que fuera todo aquello, parecía cierto. Pero no me servía de nada. Yo quería deshacerme de mi tatuaje en vida y cuanto antes posible, no una vez muerto, aunque, si las cosas no mejoraban, era lo que me iba a ocurrir más bien pronto que tarde. 

Lo que realmente me sacudió, dándome un respiro de esperanza, fue otro artículo sobre tatuajes con símbolos esotéricos, a los que se les achacaba poderes maléficos. ¡Ahí lo tenía! Esos tatuajes existían, yo no estaba loco, y no era el único en llevarlos. Según el autor del artículo, el único modo de que el maleficio, cualquiera que fuera, no se llevara a cabo consistía en que su portador muriera antes de que empezara a actuar, porque, una vez desatados sus poderes, estos no podían detenerse y sobrevivían a quien los hubiera conjurado.

Por lo tanto, solo existía una solución a mi problema: yo debía morir antes de que el hechizo diabólico empezara a cebarse en la vida de mi mujer o de mi hija. 

Si por un momento dudé mínimamente, mis dudas desaparecieron cuando, al día siguiente, me encontré con el honrado vendedor de cupones. Me había olvidado por completo de la dichosa lotería y no recordaba que había acordado con él, tiempo atrás, que me guardara siempre el cupón de los viernes. Llevaba varias semanas sin verme y no había podido decirme que había sido agraciado con otro premio. “Eso sí que es suerte”, me soltó, casi tan incrédulo como yo. Otro premio, otros cien mil euros que me habían tocado sin quererlo. ¿Cuánto tiempo tardaría el maleficio en actuar? ¿Cuánto tiempo de vida le quedaba a Paola o a la niña? En ese momento tomé la decisión: daría la mía a cambio.

Al llegar a casa, llamé al coleccionista. Le conté que había leído un artículo sobre su afición y que, estando yo gravemente enfermo, quedándome muy poco tiempo de vida, necesitaba dinero para dejarle a mi esposa y a mi hija de corta edad cuando yo faltara. Le dije que mi tatuaje, no solo era exótico, sino que tenía poderes sobrenaturales. No sé si me creyó, pero quiso verlo antes de pronunciarse. Le envié una fotografía por WhatsApp. Al día siguiente estaba en su despacho firmando el contrato. A cambio, mi viuda recibiría cien mil euros (otra vez esa suma, como si tuviera algún significado). Desde luego, dejaría a Paola y a Arianna una buena cantidad de dinero, si a esta se le sumaba el último premio de la lotería y lo que todavía me quedaba del primero. Sería una forma de compensarlas por todo lo que les había hecho. Del despacho del coleccionista fui, siguiendo su consejo, al de un notario que me recomendó para dejar constancia de mis últimas voluntades, entre las que debía figurar la donación de mi piel tatuada.

Una vez tomada esta decisión, ya solo quedaba acabar con la historia que nunca debió comenzar. Esa noche volvería a salir de caza. Tomaría un nuevo, y quizá último, baño de sangre. Necesitaba provocar al Bacá, necesitaba poner fin a esa pesadilla. Lucharíamos cuerpo a cuerpo. Dejaría que me venciera.

CONTINUARÁ


miércoles, 14 de junio de 2017

El tattoo


Cuando conocí a Antoine, hacía solo unas semanas que había llegado a España sin más pertenencias que su pasaporte, unos cuantos dólares y muchas ganas de vivir sin pasar las penurias de su país natal. De noche dormía en el centro social donde yo trabajaba y de día se dedicaba a vender en la calle bisutería étnica (bijoux ethniques, como él lo llamaba en su francés con acento criollo) que confeccionaba a mano: pulseras, collares, pendientes y todo tipo de artículos artesanales. 

Nos entendíamos medio en francés, medio en inglés (soy un desastre para los idiomas extranjeros), acompañados ambos con esos gestos tan explícitos como ridículos que nunca fallan. Enseguida congeniamos. Tenía algo especial. Era una persona bastante culta a pesar de su origen humilde y de sus supersticiones. Yo siempre he respetado las creencias ajenas por muy ridículas o absurdas que me parezcan, pero debo reconocer que lo que me contaba excedía mi capacidad de comprensión y tolerancia cultural. 

Antoine era natural de Puerto Príncipe, donde la santería y el vudú conviven por igual y está presente en muchas casas. Siempre contaba historias y anécdotas de su país y de su familia, que solían girar en torno a hechizos y males de ojo. Al término de las mismas, siempre reía, como si fuera algo muy gracioso. Tenía una forma de hablar y de gesticular que denotaba unas fuertes convicciones y una vida interior muy intensa. Pero también parecía que guardase un secreto muy íntimo. A menudo le veía triste o pensativo, pero con solo verme se le iluminaba la cara y cambiaba de actitud. Me resultaba muy misterioso. A pesar de ello, o quizá por ello, aquel guapo haitiano me llegó a lo más hondo de mi corazón. Fue tal mi atracción por él que desoí todas las recomendaciones de mis compañeros y superiores sobre la inconveniencia de intimar con un usuario, como así se le llama a quien acude a los servicios sociales, ya sea en comedores o albergues públicos.

A los pocos meses de conocerle, ya vivíamos juntos. Sé que parece una locura y eso mismo les pareció a mis amigos y familiares. Ello me costó una seria reprimenda del director del centro y casi mi despido. Mis compañeras me advirtieron de que no podía fiarme de un individuo al que apenas conocía y de un estrato social y cultural tan distinto, que seguramente solo pretendía obtener con esa unión los papeles para dejar de ser un ilegal. Mis compañeros no se atrevieron a intervenir, pero me daba cuenta de que me miraban con una cierta ironía. Creo que pensaban que lo que me atraía de aquel mulato alto, musculoso y bien parecido, era algo puramente sexual. No podía creer que fueran precisamente ellos y ellas, integradores, trabajadores y educadores sociales, quienes mostraran tales prejuicios.

Al cabo de dos años de convivencia nos casamos por lo civil y tras otros dos años nos separamos. Entre medio, nació una niña, Arianna, a la que, por fortuna, pude mantener al margen del conflicto. El hombre que conocí y al que eché de casa no eran la misma persona. El que entró en mi vida era un joven simpático, amable, cariñoso y trabajador; el que salió era un ser amargado, agresivo, frío y holgazán. Cuando cerré la puerta a sus espaldas, un profundo suspiro de alivio se escapó de mis pulmones. Durante un tiempo temí su vuelta, soñaba que se colaba en casa y se llevaba a mi pequeña de tres meses. A punto estuve de colgar tras la puerta uno de esos amuletos que él decía que protegían el hogar del mal. Pero no quería tener nada que me recordara a él y a sus creencias, así que eché todas sus baratijas y cachivaches a la basura.

Durante los dos primeros años de convivencia, todo fue sobre ruedas. Éramos felices. De ahí que decidiéramos unir nuestras vidas formalmente. Yo quería tener hijos y me pareció mejor estar casados. Lo de ser una pareja de hecho no me satisfacía. Me sonaba poco romántico. Fue una boda íntima a la que solo asistieron los contrayentes, nosotros dos. No necesitábamos a nadie más. 

Al tercer año, sin embargo, la cosa empezó a torcerse. Se lamentaba de que se sentía un inútil, un mantenido, pues sus ganancias eran una menudencia en comparación con mi salario, que no es que fuera precisamente una maravilla. Este sentimiento de inferioridad se agravó cuando quedé embarazada. Decía que un hombre debía ser capaz de mantener a su familia y él no lo era. Por mucho que intenté relativizar este hecho, tachándole incluso de machista, no logré quitarle la creciente irascibilidad que se fue apoderando de él. 

Pero su mayor transformación se produjo a raíz del último viaje que realizó a Haití, para visitar a su familia, y al que yo no pude acompañarle por culpa del trabajo. Tuve que sustituir, a última hora, a una de mis compañeras, que enfermó, así que me vi obligada a posponer mis vacaciones. No sé si de haber podido ir con él las cosas hubieran ido de otro modo. Eso nunca lo sabré. Solo sé que al poco de volver de ese país caribeño empezó a comportarse de un modo extraño.

A Antoine siempre le gustaron los tatuajes. Cuando le conocí tenía varios por todo el cuerpo. Aunque nunca he sido partidaria de que la gente se grabe la piel de ese modo, debo reconocer que algunos de los dibujos que llevaba tatuados en sus brazos, torso y espalda, me parecieron hasta cierto punto estéticos. Todos tenían un significado. Pura superchería. 

Cuando volvió de aquel viaje, trajo consigo uno nuevo, grabado en su hombro derecho. Dada su ubicación, parecía tener tres dimensiones y cuando movía el brazo daba la impresión de que adquiría vida. Era un perro negro de tres cabezas y cola de dragón. Tenía sus fauces abiertas, en posición de atacar, como si estuviera ávido de sangre. Era horrible, casi demoníaco. Cuando le pregunté por qué se había hecho tatuar aquello y qué significaba, por toda respuesta me dijo que era un Bacá y que, desde entonces, nos sonreiría la fortuna. Cada vez que se quitaba la camisa y le veía aquel horrendo tatuaje, me entraban escalofríos.

Su conducta para conmigo fue cambiando progresivamente. Siempre había sido muy comunicativo, pero ahora, en cambio, rehuía mis preguntas acerca del viaje y del motivo por el cual se había hecho ese tatuaje. En más de una ocasión le sorprendí mirándome de una forma extraña, como si se sintiera culpable de algo. Y yo empecé a sospechar que me ocultaba un secreto, cuando nos habíamos prometido no tenerlos. 

Cuando dejó de trabajar, quedándose tumbado en el sofá mientras yo pasaba prácticamente todo el día fuera de casa, le di un ultimátum: o hacía algo provechoso o le pondría de patitas en la calle. ¿No había dicho que quería ser un hombre capaz de mantener a su familia? ¿Cómo explicaba, pues, esa repentina indolencia? ¿Acaso creía que la suerte vendría a buscarle a casa? No hubo forma de hacerle cambiar. Embarazada como estaba, romper con aquella relación me producía una congoja y una tristeza que nunca hubiera imaginado. No sabía qué hacer, pero aquella situación no podía continuar. O cambiaba o desaparecía de mi vida. Aguanté un año, odiándome por haber sucumbido a los encantos de alguien que quizá solo buscó en mí el modo de legalizar su situación en el país. Me indignaba pensar que mis compañeras de trabajo pudieran tener razón.

Pero lo que más me motivó a alejarle de nosotras fue algo mucho peor que la holgazanería y su cambio de carácter. Fue lo que descubrí acerca de ese Bacá que, según él, nos traería todo tipo de fortuna.

Buscando en internet, supe que, en el imaginario haitiano y dominicano, el Bacá es un personaje muy poderoso, que se representa en forma de animal: un toro, un gato o un perro negro con ojos de fuego. Conforme a esas creencias, quien adquiere un Bacá obtiene prosperidad económica. Llegado a este punto, no pude evitar una agria sonrisa al pensar en la puerilidad de Antoine por creer que ya no necesitaba trabajar puesto que esa alimaña le procuraría bienestar y riquezas sin dar un palo al agua. Pensaba en cómo iba a conminarle a que volviera a trabajar y se dejara de estupideces, cuando, lo que leí unas líneas más abajo me dejó helada. Aquello excedía todo lo imaginable, no era una simple superchería, era algo que, por muy falso que fuera, me puso los pelos de punta.

“La persona que lo obtiene hace un pacto mediante el cual, a cambio de recibir prosperidad económica, entregará al diablo el hijo más pequeño o la esposa, quienes morirán antes de los cinco años de iniciado el acuerdo”.

Tuve que tragar saliva varias veces antes de poder respirar con normalidad. ¿Era posible que Antoine accediera a tatuarse eso sabiendo lo que implicaría para mí y nuestra hijita? Aunque todo fuera una sarta de mentiras, una sandez monumental, lo realmente grave era que él, creyéndolo, hubiera aceptado el pacto. Ello significaba que solo le interesaba su bienestar y que para ello estaba dispuesto a sacrificar a la que ya era su familia.

Cuando se lo eché en cara, a gritos, se quedó mudo. No sé si fue de la sorpresa por haberlo descubierto o porque no supo qué decir en su defensa. De todos modos, no había nada que pudiera alegar que sirviera de atenuante ante esa aberración. En su creencia, había decidido entregarnos al diablo a cambio de riqueza y fortuna. 

Como yo le insistiera en la barbaridad que aquello representaba para cualquier persona en su sano juicio, montó en cólera, aplicando la bien conocida actitud de que la mejor defensa es un buen ataque. Me recriminó mi ignorancia, mi descreimiento, mi falta de confianza en él, mi egoísmo al pensar solamente en mi bienestar sin preocuparme por cómo se sentía. Parecía que me culpara por ganar más que él. Se sentía frustrado por haber fracasado con su taller de artesanía, pero le recordé que lo habíamos montado entre los dos, así que no podía reprocharme por no haberme preocupado por su felicidad. Eso le soliviantó todavía más pues había sido yo quien había puesto prácticamente todo el dinero y parecía que se lo echaba en cara. Intenté sosegarlo para que habláramos con calma de lo que realmente le ocurría. Parecía fuera de sí, pero lo logré.

De forma apresurada, me contó que, en su viaje a Haití, descargó en su madre toda su insatisfacción y vergüenza por no poder ser capaz de mantener él solo a una familia que pronto tendría un miembro más. No podía permitir que fuera su esposa el sustento del hogar, a él las cosas le iban cada vez peor y se sentía muy desgraciado. Su madre, al verle tan angustiado, le recomendó que fuera a ver a una tal Dominique, una curandera y hechicera muy conocida en Puerto Príncipe, para que le hiciera o diera algo para conseguir suerte y fortuna. Le previno, sin embargo, que fuera con cuidado porque muchos de esos hechizos pueden cobrarse "cosas malas", de lo contrario todo el mundo recurriría a ellos.

Fue esa mujer quien le habló del Bacá y que, ante sus recelos, le convenció diciéndole que a ella la protegía y que por tal motivo tenía tanto éxito y dinero, y que lo único que el Bacá se cobraría a cambio de su felicidad era la de sus enemigos o, de no tenerlos, de la gente que le rodeara. Al preguntarle él si esa gente incluía a su mujer y a su hija, la hechicera le dijo que no, que todo y todos los que estuvieran bajo su techo estarían bajo la protección del Bacá. Fue de ella la idea del tatuaje, pues sería como llevar un amuleto encima. Acudió, entonces, a un tatuador amigo suyo, un tal Benjamín, quien se ofreció a estamparle el diseño que juntos eligieron para representar al Bacá, coincidiendo con Dominique de que, tratándose simplemente de un dibujo, solo podía actuar de amuleto de la suerte.

Aquella explicación no me satisfizo lo más mínimo. Aunque pensara que tanto yo como Arianna estaríamos a salvo, Antoine estaba dispuesto a sacrificar la felicidad del prójimo a cambio de la suya. No podía aceptar en mi vida a alguien cuyas creencias llegaran hasta ese punto de egoísmo malsano.

Haciendo un esfuerzo de entereza, pues temía su reacción, le dije que no quería verle más, que se fuera por donde había venido y que no se acercara a nosotras en el futuro. Y que, si era necesario, pediría una orden de alejamiento. Indignado y humillado, me advirtió, como último recurso, que, si se marchaba, el Bacá ya no nos protegería, ni a mí ni a Arianna. No pude evitar montar en cólera.

Esa última discusión fue muy violenta. Su agresividad iba en aumento a medida que yo le recriminaba su estupidez. Los gritos debieron oírse desde la calle. No entraba en razón, no quería escuchar mis argumentos. No pensaba cambiar porque no era necesario, afirmó. Era yo la equivocada, la ignorante. Perdimos el control de nuestros actos y de nuestras palabras. Llegó a levantarme la mano cuando por fin le dije que se fuera, que aquella era “mi casa”, que la pagaba con “mi sueldo” y que si él quería seguir viviendo a “mi costa” eso no iba a ocurrir. Su mirada me dio miedo. Creí por un momento que me iba a golpear. Instintivamente, levanté los brazos a la altura de la cara en señal de protección, retrocediendo unos pasos. Por suerte, se calmó, me miró fijamente, parecía que iba a decir algo, le temblaban los labios, mientras sus ojos enrojecían, no sé si de rabia o de impotencia. El caso es que no opuso resistencia y, tras recoger sus pocas pertenencias, se marchó sin mirar atrás, ni siquiera a su hijita de tres meses, que, a pesar de los gritos, dormía plácidamente en su cuna. Mejor así, pensé, pues hasta su mirada parecía contener muy malas vibraciones.

Mientras descendía por las escaleras, no cesaba de golpear la pared con el puño, de pura rabia. Yo, en cambio, no podía reprimir el asco y el desprecio repentino que sentía por aquel hombre del que, cuatro años atrás, me había enamorado. Esperaba no volver a verlo nunca más. Lo quería lejos de mí y de mi hija.

CONTINUARÁ



martes, 6 de junio de 2017

Justicia o venganza (tercera y última parte)


Contra todo pronóstico, el cara a cara con don Eusebio debería esperar algunos días porque un inesperado obstáculo se interpuso en el camino que emprendí hacia su encuentro: el cuerpo exánime de mi padre colgando de un árbol.

Un arrebato de desesperación e impotencia al saber que sus días estaban contados y el recuerdo de las circunstancias que envolvieron la muerte de su querida esposa fueron las causas que todos esgrimieron para justificar tan trágico desenlace. Sin embargo, una vez más, no todo es lo que parece pues, tras haberle dado sepultura fuera de sagrado ―un suicida no merecía ser enterrado en el camposanto―, de boca de don Eusebio se aclararon los espesos nubarrones que habían ocultado hasta entonces la verdad. 

¿Cómo una mentira, dicha con saña para hacer sufrir, puede desembocar en un acto atroz? ¿Cómo los celos pueden llevar a un hombre juicioso a cometer una locura? ¿Por qué demorar tanto la revelación de la verdad y dejar que sea el tiempo quien lo haga en nuestro lugar o que acabe enterrándola para siempre? Si mi padre hubiera exigido conocer esa verdad en su momento, no habría ocurrido lo que ya era inevitable, y ahora mi madre, la víctima inocente de una rivalidad y de un arrebato de odio y locura, seguiría con vida. Y él también. Y seguramente Cecilio, que, a pesar de su naturaleza tan ruin, no merecía aquella vil venganza.

Don Eusebio dejó, finalmente, a un lado la amargura que le había supuesto tener que compartir el aire que respiraba y las calles que pisaba con quien se había convertido en su enemigo, a quien culpaba de haberle robado a su amada y, afectado como estaba por la muerte de ésta, decidió contarle toda la verdad a mi padre cuando éste fue a verle con la intención ―según sus palabras―de hacer justicia. 

―En una de nuestras frecuentes y violentas discusiones, le hice creer que tu madre y yo vivíamos una tórrida relación, la que no pudimos vivir cuando aún éramos jóvenes y teníamos toda una vida por delante. Incluso conté esa mentira a mis amigos para que corriera la voz y humillarle así en público. Enseguida pensé en retractarme, pues comprendí que había sido una mezquindad manchar injustamente la honra de tu madre, pero ―sé que hice muy mal― quise dejar que tu padre sufriera un poco más. Ya lo aclararía más adelante, cuando la tormenta hubiera amainado. Pero, por desgracia, ya fue demasiado tarde. Tu pobre madre había muerto a manos de aquel asqueroso jornalero y ya dejé las cosas como estaban. No sabes cuánto me arrepiento de haber obrado así, de principio a fin. Pero ahora ya no hay vuelta atrás. El otro día, cuando tu padre se presentó aquí, fuera de sí, le conté la verdad. No tuve tiempo de pedirle disculpas que ya se había marchado. 

Ahora entendía por qué mi padre se había suicidado. Todo había sido una infame mentira, una farsa. Las murmuraciones a las que había dado crédito y la constatación de la grave ofensa por boca de su enemigo al echarle en cara que estaba casado con una mujer que le engañaba, le llevó a acabar con la vida de su propia esposa. La aparente frialdad de mi madre, que le hizo sospechar de su infidelidad, no se debía a haberle dejado de amar sino al cambio de carácter que su esposo había experimentado por unos motivos que no podían ser más equivocados. Al descubrir todo esto, al comprobar que había asesinado a una mujer inocente a la que siempre había amado y que siempre le había correspondido, no pudo soportarlo y se quitó la vida colgándose de la rama más gruesa del primer árbol que halló. Seguro que antes de exhalar el último hálito, debió recordar los gritos de mi madre defendiendo su inocencia. Cuando le descolgaron, tenía los ojos empañados. Dijeron que era algo habitual en los ahorcados. Pero yo sé que eran lágrimas.

Desde luego, a veces hacemos que nada sea lo que parece. La felicidad puede ocultar resentimiento y odio, la aparente armonía puede esconder recelos, la fe puede encerrar desconfianza, los abusos pueden estar disfrazados de ecuanimidad, y la justicia puede enmascarar deseos de revancha. 

Mi vida ha vuelto a dar un vuelco inesperado. Si la muerte de mi madre me produjo una brutal sacudida, la de mi padre me ha provocado sentimientos encontrados: pena por él y satisfacción por el buen nombre de mi madre muerta. Al final, la venganza se ha tornado en justicia.

*

Manuel, el capataz, también sabe que la verdad puede ocultar grandes mentiras. Ahora que todo ha terminado, recuerda cómo le sustrajo a Cecilio su preciada navaja para entregársela a su patrón. Aquella adúltera, que una vez le despreció por ser un simple capataz, se lo merecía. Su patrón también sufría, como él, por una mujer que no era más que una vulgar ramera. Los dos tenían un motivo para odiarla. Por eso se ofreció como cómplice para acabar con ella. La vida de Cecilio no valía nada en comparación con el dulce sabor de la venganza.

FIN


viernes, 2 de junio de 2017

Justicia o venganza (segunda parte)


Cecilio era un alcohólico, un indeseable a quien mi padre quiso despedir por las habladurías que iba propagando sobre él y mi madre, pero aquél le amenazó con acudir al Sindicato y, con lo agresivo que era, a mi padre no le quedó más remedio que soportarle. 

―Si supiera cómo Cecilio miraba a su señora madre, que Dios la tenga en su gloria, incluso delante del resto del personal. Y no digamos los comentarios que hacía y que no me atrevo a repetir. En cuanto a lo ocurrido aquel día, pienso que él intentaría propasarse y, al ser rechazado, se vengó acuchillándola con esa navaja que siempre llevaba encima. Como iría borracho, como siempre, debió dejarse olvidada el arma, o se le debió caer, y luego no recordó con claridad lo que había pasado.  

Conociendo yo la identidad del asesino, quise saber si Manuel me estaba contando todo lo que sabía.

―Según usted, ¿creyó mi padre que Cecilio fue el asesino? ―le pregunté.
―Pues claro que sí. Las pruebas lo demostraron. Si lo hubiera despedido, como le insistí, no estaríamos ahora lamentando la muerte de su querida madre. Después, entre esto, las habladurías, y su enfermedad, su padre dejó de ser el mismo. Se convirtió en un hombre totalmente distinto.

―¿Enfermad? ¿Qué enfermedad?―inquirí, sorprendido. 

Tras un suspiro y un largo trago de vino, Manuel me dirigió una mirada de conmiseración y, al ver que yo le animaba con la mía a continuar, me contó lo que mi padre también me había estado ocultando.

―Su padre enfermó hace algo más de un año. Le descubrieron un tumor en la cabeza. No se lo quiso contar a nadie. Sólo a mí me lo confió y me hizo jurar que guardaría el secreto. Está muy mal. Según me dijo, le dieron muy poco tiempo de vida. Últimamente incluso desvaría. Quizá eso de marcharse, así sin más, tenga algo que ver.

¿Un tumor cerebral? No supe qué decir. Otra cosa que añadir a la lista de sorpresas. 

―Entonces, ese cambio que dice usted haber observado en su carácter podría ser, en realidad, una consecuencia de ese tumor ―argumenté.
―No lo creo. Su carácter cambió mucho antes, cuando empezó a sospechar que su mujer le era infiel. Me dijo que la notaba fría, que ya no era la mujer cariñosa que había sido, que tenía que haber un hombre de por medio. 

―Cecilio ―le interrumpí.
―¿Cecilio? No. Otro hombre. Ya le he dicho que su padre sabía lo que iba contando ese desgraciado, pero no creía ni podía imaginarse siquiera a su esposa en brazos de un tipo como aquél. 

Aquel hombre parecía saber mucho, pero no todo lo que decía se correspondía con la verdad, por lo menos con la que yo ahora conocía. Según mi padre, don Eusebio era el amante de mi madre y a quien en realidad quería ver muerto. Quizá ahora, sabiéndose gravemente enfermo, ya no le importaba que le prendieran por haberse tomado la justicia por su mano y había ido a su encuentro. Si el capataz, que había sido el confidente de mi padre, sabía tanto, cómo no mencionaba el nombre de ese supuesto amante. Así que seguí sonsacándole.

― ¿Y qué me puede decir de don Eusebio?
―Yo sólo sé algunas cosas y porque me las contó su padre cuando todavía confiaba en mí. Sé que don Eusebio y el tenían una enemistad desde que eran jóvenes. Y no es ningún secreto que entre ambos existía una rivalidad por culpa de su señora madre. Pero no sé nada más. Si quiere, vaya a hablar con él.

Don Eusebio era ―eso sí que lo sabía― el peor enemigo de mi padre y el hombre más rico de la comarca, alguien que, según me contaron, se había hecho a sí mismo. De pronto, me vino a la mente que, en una ocasión, de niño, estando mi madre y yo en el pueblo, pasó ante nosotros un coche negro, de esos que sólo los ricos o los políticos poseían. Y entonces, con un cierto aire de nostalgia, me dijo:

―¿Ves a ese hombre que va en ese cochazo negro? De jovencitos estuvimos enamorados, pero mi padre no le concedió mi mano. En mi juventud, los pretendientes tenían que solicitar permiso al padre de la chica con la que querían casarse. El caso es que mi padre se opuso porque, según él, era un don nadie. Y mira ahora dónde ha llegado. De todos modos, éramos muy jóvenes y quién sabe si lo nuestro, de haber aceptado mi padre, hubiera funcionado. Dicen que es un hombre amargado. Nunca llegó a casarse.

Yo era entonces un niño y los años me hicieron olvidar ese episodio. Hasta ahora. De pronto, una serie de dudas me asaltaron como el ladrón al desprevenido viandante. ¿Estaría mi madre todavía enamorada de ese hombre? ¿Y él, estaría todavía enamorado de ella y por eso no se había casado? ¿Habrían tenido ambos un affair? ¿Lo descubrió mi padre y los celos le cegaron hasta el punto de matar a su mujer adúltera? Pero si eso fuera cierto, ¿por qué le hizo pagar su crimen a un inocente?

Estos pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Manuel quien, como si me hubiera leído la mente, añadió:

―Cecilio pagó por lo que había hecho. Todos le creímos culpable porque lo era. 
―¿Y cree usted que don Eusebio podría ser ese otro hombre con el que, según mi padre, le era infiel mi madre? ―pregunté para saber hasta qué punto Manuel conocía toda la verdad.
―Mire, no quiero meterme en lo que no es de mi incumbencia pero ya que me pregunta le diré que don Eusebio estaba enamorado de su madre, o más bien debería decir obsesionado. Pero es todo un señor y nunca he creído, a diferencia de su padre, en las malas lenguas que aseguraban que había habido algo entre ellos.

Por lo visto, mi madre había sido el objeto del deseo de dos hombres: un canalla misérrimo y un caballero riquísimo que, además, había sido el amor de su juventud. Pero yo no sabía hasta qué punto Manuel me contaba o sabía toda la verdad. Llevaba trabajando para mi padre muchos años ―de hecho, yo le recordaba en la finca desde que tuve uso de razón― pero, o todo lo que afirmaba era de dominio público o mi padre le había hecho demasiadas confidencias. Aún así, no parecía estar al corriente de lo realmente sucedido.

Decidí, pues, ir a hablar con don Eusebio, sobre todo después de sospechar que mi padre también podía haberle hecho una visita. Quizá había decidido, por fin, enfrentarse a su rival. A fin de cuentas, estando cerca su muerte, ya no tenía nada que perder. Esperaba no llegar demasiado tarde. 

CONTINUARÁ



lunes, 29 de mayo de 2017

Justicia o venganza (primera parte)


Clareaba y todavía no había logrado pegar ojo. ¿Quién me hubiera dicho que, al volver a casa, al terminar el curso, me esperaba aquella horrible confesión? Todavía tenía grabado en mi cabeza lo que, en evidente estado de embriaguez, me había revelado mi padre la noche anterior. Como el martillo golpea el yunque, sus últimas palabras no dejaban de percutir en mi cerebro. 

Hace ya cinco años que encontraron muerta a mi madre, salvajemente apuñalada. Todo apuntó a Cecilio, el lascivo, repulsivo y pendenciero jornalero. Siempre la miró y deseó como un depredador hambriento de carne y sediento de sangre. Todos lo sabían. Por eso todos le creyeron capaz.

El cadáver fue hallado cubierto de sangre y paja en las cuadras, un lugar demasiado accesible para ocultar un cuerpo. Le habían asestado veinte navajazos. El arma del crimen, a su lado, delataba al asesino: Cecilio. Aunque éste juró hasta la saciedad no haber sido el causante de la muerte de la mujer de su patrón y que no sabía cómo había ido a parar allí su navaja, fue hecho preso de inmediato. 

Todo apuntaba a su autoría. Estaba ―era un secreto a voces― obsesionado con mi madre, que, en su madurez, seguía siendo una mujer muy bella; había fanfarroneado con que se encamaría con ella, pues sólo había que ver cómo le miraba, provocativa, con sus ojos del color de la miel; se enorgullecía de su navaja toledana de la que nunca se separaba ―nunca se sabe cuándo uno puede necesitarla, decía―; y odiaba a su patrón, mi padre, a quien consideraba un arribista que había heredado las mejores fincas de la comarca sin merecerlo, solo por haberse casado con la heredera de una rica familia de hacendados.

Mi madre provenía, en efecto, de una familia pudiente dedicada a la crianza de caballos y de ganado bovino, a la par que era propietaria de una vasta extensión de campos de labranza. Me consta que mi padre se casó locamente enamorado. No se casó por su dinero sino por su belleza y personalidad. Las riquezas vinieron después, al fallecer mis abuelos maternos. Claro que mi padre sabía lo que le proporcionaría algún día aquella unión pero a él no le movió el interés. Aunque pertenecía a una familia humilde, ganaba un salario decente. Sus padres fallecieron cuando él, también hijo único, era todavía un adolescente. Sobrevivió económicamente gracias a lo poco que heredó. Aún así, tuvo que costearse los estudios trabajando. Cuando mis padres se conocieron, él ya había terminado derecho, trabajaba como pasante en un bufete de abogados de la capital y quería prepararse para las oposiciones a notario. Pero ello se vería truncado con la muerte accidental de sus suegros, al poco de haberse casado con mi madre, pues tuvo que hacerse cargo del negocio familiar. Y acabó haciéndose a la idea de que aquel era su futuro, abandonando toda carrera que no fuera la que le vino impuesta por el destino. 

De mi infancia conservo muy gratos recuerdos: unos padres unidos y felices, un padre honrado y trabajador y una madre que era el calor del hogar, siempre dispuesta a satisfacer los deseos de su esposo y los caprichos de su hijo. Yo sentía ―quizá como cualquier niño― una predilección por mi madre. Era mi compañía, mi maestra, mi cuidadora, mi confesora, mi consuelo, mi cuentacuentos… Lo era todo para mí. La figura de mi padre era la del patriarca a quien se le debe respeto y obediencia. Le tenía por un hombre justo y con dotes de mando. Cuando le veía dar órdenes, me lo imaginaba dirigiendo un ejército. De mayor quería ser como él. Cuando más tarde, con catorce años, me enviaron interno a uno de los mejores colegios de Irlanda, les veía solo cuatro o cinco veces al año pero nunca noté ni un atisbo de desamor ni de problemas entre ambos. Por eso no podía conciliar el sueño mientras rememoraba, una y otra vez, esas tres odiosas palabras: “Yo lo hice”.  

Desde aquel fatídico suceso, sólo había vuelto a casa por vacaciones, como ahora, pero, dado el estado en que se había sumido mi padre, cada vez me apetecía menos regresar. Jamás había sacado el tema a colación, Hasta esta pasada noche. Mi padre había estado todo el día bebiendo. Nunca antes le había visto beber tanto. Seguramente lo hizo para reunir fuerzas para lo que me tenía que confesar.

Así pues, tras la cena, con voz pastosa por el alcohol y arrastrando las palabras, me contó el qué y el cómo pero todavía me sigue faltando el porqué. Sus atropelladas explicaciones no me resultaron convincentes. No me dio tiempo a interrogarle porque, terminada su confusa declaración, salió dando tumbos. Al poco, le vi alejándose a lomos de su alazán favorito.

“Nada en esta vida es lo que parece”. Así empezó su incomprensible relato con el que, según dijo, pretendía descargar su mala conciencia. Al terminar, me sentí horrorizado y confuso a la vez. ¿Por qué ahora esa necesidad de confesarlo todo cuando Cecilio, el autor oficial y no confeso de aquel asesinato, había muerto en la cárcel dos años atrás de fiebre tifoidea? El caso estaba cerrado y enterrado. Mi padre tenía razón: nada era lo que parecía. ¿Cómo un hombre decente puede acabar siendo un asesino? ¿Cómo un hombre justo puede dejar que culpen a un inocente? ¿Pueden los celos llevar a un hombre a perder la cordura? Después de lo oído, pensé que mi padre no era aquel hombre a quien yo conocí y amé. Ahora era, para mí, un perfecto desconocido.  

Después de lo que sabía, no podía permitir que todo quedara en un simple testimonio de arrepentimiento entre padre e hijo. Al horror se le sumaba la rabia. Mi padre debía pagar por lo que hizo. Pero antes necesitaba saber la verdad sobre algo que no acababa de creer: ¿Tuvo mi madre un amante? Mi padre mencionó reiteradamente a don Eusebio, con quien no se atrevió a ajustar cuentas. Según él, de haberlo hecho, habría sido el principal sospechoso. La rivalidad existente entre ambos era bien conocida y las habladurías le apuntaban en calidad de marido ultrajado.

Al día siguiente, como mi padre seguía sin aparecer, le busqué por los campos que tantas veces había recorrido a caballo con él. Cada vez que me cruzaba con un grupo de jornaleros, éstos intercambiaban miradas y hacían comentarios que cesaban tan pronto me acercaba para preguntar por su patrón. ¿Acaso sabían algo que yo desconocía? Pensé que por la tarde, terminada la jornada laboral, si mi padre seguía en paradero desconocido, llamaría a Manuel, el capataz y su hombre de confianza, con la intención de conocer qué sabía de lo ocurrido años atrás y hasta qué punto mi padre le había confiado su secreto.  

Horas más tarde y sentados frente a una botella del mejor vino de la bodega, Manuel se explayó haciendo un largo repaso de lo vivido en la hacienda junto a mi padre. Él tenía ganas de hablar y yo de escuchar.

CONTINUARÁ


jueves, 18 de mayo de 2017

La vidente

Microrrelato con el que participé en el "II certamen de microrrelatos IASA ascensores" y cuyo requisito temático consistía en que debía aparecer en el texto, como frase o parte de una frase, "maldito escalón".


Nunca he creído en videntes, pero ahí me encontraba, sentado ante ella. Felipe, con quien comparto piso y amistad, me la recomendó. 

Cuando, tras la sesión, me hallé de nuevo en el rellano de esa escalera tan lúgubre y sin ascensor, pensé que no debía haberlo hecho.  

Bajé los cinco pisos saltando los peldaños de dos en dos. Quería llegar cuanto antes a la calle y olvidar lo que me había dicho: “te espera algo muy duro”.

Sólo unos segundos después comprendí que aquella mujer no había errado en su predicción. Lo que me esperaba era una fractura de tibia y peroné y varias costillas rotas. Maldito escalón.


viernes, 5 de mayo de 2017

La autobiografía


Ildefonso era un hombre de aspecto imponente y huraño. A pesar de su introversión ─esa era la única lacra tras esa engañosa apariencia─ era un tipo amable, siempre dispuesto a echar una mano. Era el típico empleado solícito de quien se aprovechan superiores e iguales. Vivía totalmente entregado a su trabajo, un trabajo ingrato pero que le ayudaba a evadirse de la realidad. Su vida había estado repleta de fracasos amorosos y de penurias de toda índole. Perdió a sus padres siendo muy joven y tuvo que abrirse camino con mucho esfuerzo y no pocas dificultades. Ello, en lugar de dotarle de una elevada autoestima, le convirtió en una persona taciturna y solitaria, arrastrando consigo una existencia gris. En su vida no había colores, todo era en blanco y negro, monótono y aburrido.

A Ildefonso le llevó más de cincuenta años darse cuenta de lo inútil de su existencia. ¿De qué le había servido ser tan trabajador y disciplinado? Cuando le prejubilaron, poco antes de cumplir los sesenta, pensó que le quedaban por delante otros veinte años, por lo menos, siendo un don nadie, un ser anodino, un cero a la izquierda. Entonces se vino abajo pues ya ni siquiera tenía una ocupación a la que dedicar la mitad de su tiempo, de su día a día.

Pero, contra todo pronóstico, logró vencer el desánimo. Estuvo madurando una idea, la que había ocupado su mente durante tantos años y que había desechado repetidamente por ridícula, pues no se sentía capacitado para ello. Hasta que decidió hacer realidad su sueño: ser escritor. Y, de la noche a la mañana, se puso manos a la obra. Pero por mucho que se esforzaba, no hallaba una idea suficientemente original como para plasmarla en una novela. Como había supuesto, tampoco tenía tablas para lanzarse a escribir algo que mereciera la pena ser leído. Por no hablar de lo complicado que resultaría dar con una editorial interesada en publicárselo. No, escribir una novela era poner el listón demasiado alto, recapacitó. En su lugar, escribiría una autobiografía. Material tenía de sobras y no hacía falta ser un Cervantes para escribir sobre sí mismo. Pero ¿quién podría estar interesado en su vida? No era famoso, ni siquiera conocido. No era un tertuliano de un programa de televisión de gran audiencia, no era un periodista reconocido, no estaba relacionado con el mundo editorial, no era un locutor de radio que hubiera ganado un Premio Ondas, no era cantante, ni concursante de un Gran Hermano, ni amigo o conocido de un famosillo de turno. En fin, no era nadie cuya vida pudiera atraer la curiosidad de posibles lectores. A menos que hiciera algo que le catapultara a la fama o que le hiciera pasar a la historia, por el motivo que fuese.

Lo estuvo meditando largo y tendido y a su edad solo le quedaba una salida, una forma de alcanzar notoriedad. De algo le tenían que servir tantas series televisivas como había visto desde que no tenía nada mejor que hacer. Quien lea esto pensará que se volvió loco. Y quizá tenga razón. Pero esa fue su decisión. Pensó que su plan no podía fallar. Sería el único modo de que todo el mundo quisiera saber de él y se interesara por su biografía. Decidió convertirse en un asesino en serie.

¿Qué vida tuvo de pequeño? ¿Qué le llevó a ser un despiadado homicida? ¿Fue acaso un niño desgraciado e incomprendido? ¿Tuvo unos padres maltratadores, drogadictos o alcohólicos? ¿Odiaba a las mujeres maduras, sus víctimas, porque le recordaban a su odiosa madre, o a las mujeres en general porque todas le habían despreciado? ¿Era un resentido con sed de venganza contra la sociedad? Muchos serían los interrogantes que llevarían a comprar su libro a un abundante público dotado de una curiosidad morbosa. Ello le convertiría en el centro de atención de la gente que hasta entonces le había ignorado.

Pero para ello, tenía que ser descubierto y aprehendido. Si al principio cuidaba mucho los detalles, estudiaba con detenimiento a sus víctimas, después de tres asesinatos impunes, empezó a ser deliberadamente descuidado, dejando una pista aquí y otra allá. Forzosamente tenían que identificarle. Tras la quinta víctima, le pillaron. Por fin. No tuvieron que esforzarse mucho para que confesara. Lo contó todo, menos el verdadero motivo que le había movido a llevar a cabo esos asesinatos. Prefirió que le calificaran de psicópata. El caso es que había logrado su primer objetivo en menos de un año: ser famoso. Todos los medios hablaron de él. Fue el tema de conversación durante meses. Le enviaron a una cárcel de alta seguridad, donde cumpliría una larga condena. Ya contaba con ello. Pero con el atenuante de colaboración con la justicia, el trabajo redentor, el arrepentimiento y la buena conducta, en menos de diez años disfrutaría del tercer grado, tiempo más que suficiente para cumplir con su objetivo último y definitivo: publicar su biografía. 

Cuando diera a conocer su obra autobiográfica, las editoriales se la disputarían. Acabaría gozando de popularidad y, con toda probabilidad, de la empatía del público. Sazonaría su vida de niño y de adolescente con los ingredientes necesarios para despertar la pena, la comprensión y hasta la simpatía de los lectores. Se arrepentiría, pediría perdón al mundo, se sometería a tratamiento psicológico, se rehabilitaría. Cuando saliera a la calle, aun con setenta años, todavía le quedarían unos cuantos por delante para disfrutar de la merecida gloria y del dinero. Fama y riqueza. Ya no sería el don nadie de antaño.

Pero la vida tiene, a veces, formas caprichosas de hacer justicia. Ildefonso no podía adivinar que en el mismo centro penitenciario se hallaba recluido un hermano de una de sus víctimas. Su fama le había precedido, de modo que cuando ocupó la que iba a ser su nueva residencia por mucho tiempo, había quien le estaba esperando con los brazos abiertos.

Una mañana le encontraron ahorcado en su celda. Había utilizado una pequeña cuerda que debió obtener en la lavandería donde prestaba sus servicios. Nadie vio ni oyó nada sospechoso. Quizá el tratamiento estuviera haciendo efecto y el discernimiento de su condición de abominable asesino y la culpabilidad por lo que había hecho le llevó al suicidio. Caso cerrado.

En su taquilla hallaron una especie de diario. Solo había llegado a escribir unas veinte páginas. Como no tenían a quién entregarle sus pertenencias, lo arrojaron al contenedor de papel para reciclar. 

Sin saberlo ni vivirlo, Ildefonso logró, en parte, su propósito. Su vida fue llevada a la gran pantalla. Toda la historia fue fruto de la invención de su guionista. En ella se mostraba a un ser despreciable convertido en un Norman Bates. Lo único real del personaje fue lo que era bien conocido por los que habían sido sus compañeros: que, a pesar de su apariencia, era un buen tipo, aunque introvertido, acomplejado, solitario y amargado. En definitiva, el perfil típico de un psicópata asesino. 

La película fue todo un éxito de taquilla. Ildefonso consiguió la fama, aunque esta fuera a título póstumo. Pero dinero, ninguno. Y es que no puede tenerse todo en esta vida. El cuento de la lechera se lo llevó por delante.




miércoles, 19 de abril de 2017

La casita blanca (Capítulo 5)


A la mañana siguiente, al despertar, tardé unos segundos en tomar conciencia de dónde estaba y qué me había ocurrido. Los azulejos blancos que recubrían las paredes y el olor característico, que me traía ingratos recuerdos de mi reciente extirpación de amígdalas, me indicaron que me hallaba en un hospital. Me dolía todo el cuerpo y unas terribles agujetas torturaban mis enclenques piernas. En la blanca e inmaculada sala había otras tres camas, pero yo era la única inquilina. Intenté incorporarme, pero un intenso dolor de cabeza me hizo gemir. Al instante, quizá alarmada por mi quejido, una enfermera-monja o una monja-enfermera asomó la cabeza, o debería decir la toca alada, y desapareció sin decir esta boca es mía.

No habían transcurrido más de dos minutos que ya tenía a mi alrededor seis pares de ojos, observándome expectantes. Mi mirada recorrió velozmente el perímetro de la cama y, salvo una, todas las caras me resultaban familiares. Mis padres, con ojos enrojecidos y llenos de ansiedad, mi tía Engracia, con su tierna mirada, aliviada por verme sana y salva, el doctor Rafael, sonriente y asintiendo con la cabeza en señal de aprobación, mi hermana escrutándome como queriendo comprobar si seguía siendo la misma. Junto a ellos, un hombre ataviado con una bata blanca, médico sin duda, era el único que me contemplaba con semblante neutro. Entonces todos empezaron a hablar a la vez. El médico desconocido tuvo que imponer un poco de silencio entre el maremágnum de preguntas que me lanzaban sin orden ni concierto. 

El doctor Recasens, que así se llamaba el médico, tocado con un bigotito a lo Clark Gable, pidió que abandonaran la sala. Una vez a solas, me sometió a una somera exploración física y a formularme una serie de preguntas para comprobar, según dijo, hasta qué punto estaba en condiciones para darme el alta y pasar a la siguiente fase: el interrogatorio sumarísimo al que me someterían familiares y autoridades. Pasado el examen satisfactoriamente, permitió que todos regresaran a sus puestos.

Cuando me contaron que habían detenido a Pedrito, acusado de ser el responsable de mi desaparición, di un brinco y salté de la cama gritando a favor de su inocencia. 

Don Rafael fue el primero en sujetarme y serenarme diciendo que no me preocupara por él, que todo se aclararía, que primero tenían que llamar al cabo de la Guardia Civil que se ocupaba del caso y que, una vez se hubiera aclarado todo y demostrado su inocencia, le soltarían.

Dicho esto, todos abandonaron la sala y la enfermera-monja o la monja-enfermera me sirvió el desayuno diciéndome que, una vez me lo hubiera terminado “todo” ─recalcó con cara amenazadora, como la de la madre superiora de mi colegio─, podía vestirme y entonces llamaría a mis padres.

Me tomé aquel insulso desayuno con la mayor lentitud de la que fui capaz, pues mi cabeza daba vueltas y barruntaba qué era lo que le contaría a mi familia y al cabo ese que vendría a tomarme declaración.

¿Y si todo había sido un sueño? ¿Y si mi desmedida imaginación me había traicionado? Pero ¿y la sombra, las voces, esa presencia extraña? ¿Qué había de verdad y de irrealidad en todo lo que había experimentado? Y luego mi caída, mi vuelo, mi inconsciencia. Y mi despertar. Y, sobre todo, mi encuentro con él. Pero, de ser un sueño, ¿cuándo empecé a soñar? Si no fue más que una alucinación, todo resultaba extrañamente nítido. Todavía podía verle con claridad, muy alto y delgado, y podía recordar cada una de sus palabras, y su voz, una voz dulce y triste a la vez, mientras me contaba cómo fue su final. Ricardo me había detallado cómo y por qué abandonó la línea de fuego para perderse en la oscuridad del campo, andando por barrizales, cruzando riachuelos y bosques hasta llegar al que le protegió por un tiempo y en el que creyó estar a salvo. Me habló de cómo conoció a Pedrito y cómo este le ofreció cobijo en la casita blanca. Me habló de sus padres y de sus hermanos pequeños, de su novia, y de su abuelo paterno, ya muy viejo cuando se marchó al frente. Me habló de los horrores de la guerra, de los cuerpos mutilados y despedazados de sus compañeros de filas, del hambre y las ratas que se vieron obligados a comer por falta de otro alimento mejor. Me habló del sonido de las bombas, obuses y granadas, del rugido de los aviones enemigos, del silbido de los proyectiles, de los gritos de terror y los gemidos de dolor previos a la muerte. De su mano, recorrí el campo de batalla, sentí el olor a pólvora y a muerte, vi cómo se refugió en la casita blanca y cómo le prendieron, de madrugada. Derramó en mí todos sus experiencias y miserias. No sabía que un fantasma podía llorar e hice lo que cualquier amigo hubiera hecho en mi lugar: le abracé. Pero mis brazos no pudieron asirlo, se escurrieron a través de un cuerpo inmaterial, pues Ricardo no era más que un fantasma con recuerdos amargos que necesitaba compartir con un mortal que pudiera comprenderle y ayudarle a encontrar la paz. Y eso era para lo que yo había ido a su encuentro.

¿Cómo podía tratarse de un simple sueño? ¡Todo pareció tan real! Incluso llegué a ver quién fue su delator, el dueño del bar, ese hombre sin nombre para mí que tan bien trataba a Pedrito, pensando que así compraba el silencio de la única persona que sabía lo que había hecho, un mutismo que también le obligaba a mantener bajo amenazas de un encierro de por vida. Pero yo no he sido nunca una delatora y tampoco, aunque no lo parezca, una irresponsable. Si todo era cierto y lo contaba, podía poner en evidencia a Pedrito pues nadie creería en la revelación de un muerto sino en una acusación de un perturbado mental. Así que decidí yo también guardar silencio. No podía contar mi experiencia “sobrenatural” ─por aquel entonces no se usaba el término “paranormal”─  pues creerían que no estaba en mi sano juicio. Pero algo tendría que contar.

En estas cavilaciones andaba cuando un vozarrón de contralto me sobresaltó.

─Pero niña ¿todavía estás así? Tu familia está ahí fuera y acaba de llegar un Guardia Civil con cara de pocos amigos que también te está esperando. Así que date prisa y vístete de una vez ─y dicho esto, la monja-enfermera o la enfermera-monja dio media vuelta y volvió a desaparecer.

El cabo acababa de interrogar a un Pedrito insomne y atemorizado que no había parado de defender su inocencia. Tuvieron que darle un tranquilizante para que su verborrea bajara a un nivel comprensible. A falta de un abogado ─a ver dónde encontramos uno en pleno mes de agosto, había exclamado el comandante del puesto─, pidieron la presencia de don Rafael, como alcalde y testigo del interrogatorio y de la declaración. Por él supimos la versión de Pedrito.

Aquella maldita tarde, después de comer, Pedrito se dirigía al rio por el camino largo que pasaba por la masía de un tal Masdeu. Iba con el capazo más grande que había podido encontrar, con la intención de cargar en él el mayor número de truchas posible. Cuando Masdeu le preguntó por qué iba cargado con aquel cachivache y Pedrito le contó el motivo, el hombre se carcajeó en sus narices.

─¡Mira que eses tonto, Pedrito! ¡Dejarte engañar de este modo por una chiquilla! Anda, vuelve a tu casita, que te vas a asar con este calor de mil demonios. Ya tendrás ocasión de pescar tantas truchas como quieras otro día y en otro momento, hasta finales de septiembre ─le espetó Masdeu.

Sintiéndose engañado y decepcionado, Pedrito volvió a la casita blanca esperado encontrarse conmigo para pedirme explicaciones por mi fea conducta. A medida que avanzaba, barruntó que todo debía haber sido una artimaña para encontrarme a solas con su amigo fantasma, así que aceleró el paso para evitarlo. Fue entonces cuando me vio corriendo e intentó persuadirme para que me fuera de allí. Pero sus piernas, mucho más gruesas pero también mucho más torpes que las mías, no le permitieron darme alcance, así que tuvo que suplir su menguada agilidad a base de gritos de advertencia. 

Según él, parecía que me había vuelto loca de remate. Me comportaba de una forma muy extraña, corría de un lado para otro sin seguir una dirección concreta. Por mucho que me advertía que me fuera de allí y aun llamándome por mi nombre, yo seguía corriendo. Entonces pensó que lo que me ocurría era que había visto al fantasma y, asustada, huía. Y como viera que, en mi huida atolondrada, me dirigía directamente hacia el barranco, volvió a gritar, esta vez mucho más fuerte para que me detuviera. “No, no, no”, me decía sin apenas poder respirar. Por fortuna el espíritu de Ricardo apareció de entre los árboles, volando más rápido que el viento, gritándome a su vez para que me detuviera. Fue él quien me rescató en el preciso instante en que, habiendo dado yo un traspiés, resbalé y caí rodando por el terraplén que da al barranco. Pedrito vio, boquiabierto, cómo me tomaba en volandas y alzaba el vuelo llevándome en sus brazos.

Anduvo y desanduvo Pedrito el camino repetidas veces en mi busca y en la de Ricardo en vano, hasta que oyó voces en la entrada del bosque por la parte de la alberca. Allí se dio de bruces con un montón de gente, incluyendo a mis padres y a don Rafael, a quien contó lo ocurrido. Pero en lugar de creerle, un Guardia Civil le zarandeó, le amenazó y lo envió de vuelta a su casita sin darle opción a seguir explicándoles lo que había visto.

No obstante, Pedrito no podía quedarse con los brazos cruzados. Sabía que no me hallarían en el río, que debían buscarme en otra parte, pero ¿dónde? Cuando todos se hubieron marchado del lugar, vagó por el bosque llamando a Ricardo, suplicándole que no me hiciera ningún daño, que yo era una niña buena que solo quería conocerle porque él me había contado su triste historia. Después pensó que si el espíritu hubiera querido hacerme daño no me habría salvado de una muerte segura. Pero ¿por qué no me devolvía en lugar de haber desaparecido conmigo? Debíamos estar en alguna parte. Siendo yo una niña tan lista ─se dijo─ era muy capaz de ganarme el respeto e incluso el afecto del fantasma, como le había ocurrido a él. Ahora Pedrito ya no tenía solo un amigo, ahora tenía dos, aunque debía reconocer que yo no le había tratado demasiado bien engañándole de aquel modo, haciéndole parecer más tonto de lo que era. Pero me perdonaba porque lo había hecho para conocer a Ricardo, y si Ricardo estaba de acuerdo en tenerme como amiga, a él ya no le importaba. Lo que no acababa de entender era por qué había querido estar con él a solas. Pero siendo yo tan lista quizá quería sonsacarle cosas que Ricardo no le había contado a él. Eso le puso celoso ─admitió─. De ahí que quisiera encontrarnos a toda costa.

Pero a medida que pasaba el tiempo sin que yo ni el fantasma apareciéramos, Pedrito empezó a preocuparse. ¿Y si Ricardo se había enfadado conmigo por ser demasiado fisgona y me había abandonado en algún lugar donde nadie pudiera encontrarme? Se sintió, de repente, tan culpable por haberme hablado de él y por no haber llegado a tiempo de evitar el encuentro, que se juró hallarme como fuera, aunque tuviera que recorrer mil veces el bosque y sus alrededores, aunque no pudiera dormir ni comer en cien días. Pero, claro, si su mente era débil, su cuerpo lo era más y al cabo de dos días, se sintió desfallecer y decidió volver a la casita para comer algo, descansar y así reponer fuerzas para continuar con mi búsqueda. Fue entonces, al entrar, cuando me vio, tumbada y abrigada con su vieja manta, sin duda por obra de Ricardo que, arrepentido o habiendo satisfecho mi curiosidad, dio fin a lo que la gente llamó “el incidente”.

Cuando don Rafael me refirió, de camino a casa de tía Engracia, toda esta versión de los hechos según Pedrito, me di cuenta de que lo que yo había experimentado no había sido un sueño sino una vivencia real, algo inexplicable y extemporáneo, pero real, a fin de cuentas. Recordé haber alzado el vuelo en brazos de alguien y haberme desmayado al instante. Y también me vino a la memoria una última imagen de Ricardo, depositándome con sumo cuidado sobre el duro suelo de la casita, arropándome y susurrándome que no temiera nada, que pronto vendrían a buscarme y volvería a estar con mis padres. Lo último que hizo fue besarme en la frente y decirme que las promesas estaban para cumplirlas y que confiaba en que yo cumpliría la mía.

¿Podría cumplir mi promesa? Recordé una vez más las palabras de mi padre sobre no hacer promesas que no estás seguro de poder cumplir. Pero si para un espíritu no existe el tiempo ─pensé─ bien podría Ricardo esperar unos años más, hasta que yo fuera lo suficientemente mayor, para ver cumplidos sus deseos. No debía ser tan difícil hallar el paradero de su familia. Podía encargárselo a alguien, pero ¿quién haría caso a una niña? ¿Y qué excusa daría? Ten paciencia, Ricardo ─le dije─, que un día volveré para darte las buenas noticias.

─¿Cómo dices, niña? ¿Quieres hacer el favor de centrarte y contestar a mis preguntas? ─me sobresaltó aquel hombre uniformado que tenía ante mí.
─La niña debe estar todavía un poco ofuscada, cabo, ¿no podríamos dejarlo para más adelante? ─terció don Rafael, con el asentimiento de mis padres.
─Como ustedes quieran. Pero hasta que no aclaremos los detalles de este extraño suceso, ese tal Pedrito permanecerá en el calabozo.
─No, no, no, por favor ─exclamé─, Pedrito no tiene la culpa de nada. Ya me encuentro mucho mejor. Les contaré lo que ocurrió ─atajé con toda la convicción del mundo. Pedrito no debía permanecer ni un minuto más detenido.

Tras mi declaración, en casa de mi tía, sentada en una silla del comedor y rodeada de mi familia, de don Rafael, del cabo y un guardia civil que tomaba notas, soltaron a Pedrito, que corrió a refugiarse en su casita para no salir de allí en mucho tiempo.

La cara de desconcierto de todos los presentes ─la de mi hermana no podía verla pues estaba en la que era nuestra habitación, escuchando tras la puerta entreabierta─, era patente. Aun así, me reafirmé en todo lo dicho, que no fue mucho. Les conté mi incursión en el bosque, el propósito de encontrarme con un fantasma que, según Pedrito, habitaba en él, que me asusté porque me pareció ver una sombra y oír voces extrañas, que empecé a correr y que me desorienté, que recordaba haber resbalado y que debí darme un golpe en la cabeza que me hizo perder el sentido. Hasta ahí, todo más o menos creíble. Agotamiento, deshidratación, quizá un golpe de calor, el miedo tal vez, me habían hecho ver y oír cosas extrañas, cuando era Pedrito quien me seguía, apuntó el doctor Rafael como explicación. Lo realmente complicado era justificar mi desaparición durante dos días. ¿Cómo podía argumentarlo sin contar la verdad ─mi verdad─ y eximir a la vez a Pedrito de toda sospecha? Tragué saliva y, a sabiendas de que me tomarían por una chiflada, les dije que lo único que podía recordar era que al caer por el terraplén alguien me sujetó y se me llevó volando, el mismo que después, al recobrar ligeramente la conciencia, vi que me depositaba en el suelo de la casita blanca y me cubría con una manta, diciéndome que me pondría bien y que pronto vendrían a buscarme. También afirmé ignorar el tiempo que había transcurrido entre una cosa y otra, pero que para mí habían sido solo unos minutos. Al oír la primera parte de mi relato, el cabo puso los ojos en blanco y miró a su alrededor buscando apoyo a su perplejidad. La cara de mis padres mostraba claros signos de preocupación. Solo la de mi tía denotaba una soterrada credibilidad. En cuanto al final de mi historia, el cabo me exigió que describiera al sujeto, al raptor, quien seguramente me habría drogado con alguna sustancia ─lo que explicaría mi alucinación─ y retenido todo ese tiempo. No tuve ningún reparo en describir con pelos y señales a Ricardo, incluso me ofrecí a dibujarlo. Pero nadie pareció reconocerlo tras mi detallada descripción.

Terminado el interrogatorio, los dos representantes de la ley se marcharon al cuartel para transcribir el informe a máquina, que tuvieron que firmar mi padre y don Rafael, como adultos y testigos de mi declaración. A la vuelta, oí que mi padre le decía a mi madre que el cabo seguía pensando que Pedrito estaba involucrado en este turbio asunto y que yo, por pena o por miedo, le encubría. Que, por fortuna, no me había hecho nada malo, según había certificado el médico del hospital, porque, de lo contrario, irían a por él. Hasta transcurridos varios años no entendí a qué se refería.

Mis padres y mi tía me mantuvieron al margen de las habladurías, pero yo sabía lo que decían de mí por mi hermana, que también demostró tener dotes de espía. La historia de la “niña embrujada”, como algunos empezaron a llamarme con sorna, corrió de boca en boca. Yo apenas ponía los pies en la calle para evitar las miradas y murmuraciones de la gente. Debieron pensar que simplemente estaba chiflada o que todo había sido una invención para ocultar la verdad: que me había escapado y que la travesura tuvo su final cuando, hambrienta y asustada, decidí volver a casa. Otros decían que Pedrito había tenido algo que ver en toda aquella extraña historia, que debía sentir atracción por las niñas y que me había camelado con algún embuste de los suyos, y así un montón de estupideces, todo mucho más creíble que el hecho de que un fantasma se me hubiera llevado y devuelto al cabo de dos días. Solo unos pocos dieron crédito a la versión fantasmagórica, entre ellos el cura párroco, que quiso confesarme porque quizá aquello tenía relación con el demonio, cosa que no pudo llevar a cabo porque, a mis seis años, todavía no había hecho la Primera Comunión.

En casa de mi tía reinaba una inquietud cuyo motivo no llegué a entender. Tanto mis padres como mi hermana parecían incómodos cuando salíamos de paseo. El caso de mi hermana era claro: se avergonzaba de mí. Mis padres, en cambio, parecían temer que aquel maldito incidente volviera a ocurrir. Nunca me presionaron para que les contara toda la verdad, pues sabía que dudaban de mi versión. Aun así, me observaban con recelo y no me dejaban sola ni a sol ni a sombra. A mi hermana no llegaron a castigarla, pero la hicieron responsable de que no me moviera de la habitación que compartíamos durante nuestra siesta diaria. Con mi tía también se volvieron muy reservados y durante los primeros días que siguieron a mi aparición, mi madre no dejaba de lamentarse, en su presencia, de haber tenido la mala idea de ir a pasar aquellas vacaciones allí, en medio de la nada, como decía despectivamente. Mi tía callaba, pero notaba que aquello le dolía, que la hacía sentirse culpable de lo acontecido. Fue ella quien sacó finalmente, durante una cena, el tema a colación. 

─Aunque no se atrevan a reconocerlo, hay quienes conocen la leyenda del espíritu ─dijo de sopetón entre plato y plato─ y, dicho sea de paso, yo también la conocía y además creo que no es tal leyenda sino una triste realidad ─acabó sentenciando.
─Pero si tú misma nos dijiste que no hiciéramos caso a Pedrito, que se inventaba muchas cosas ─la interpeló mi hermana, ante la mirada de reprobación y alarma de mi madre, que la hizo callar de inmediato.
─¡Así que usted habló de este fantasma, o lo que sea, con las niñas! ─le recriminó mi madre.
─Yo no les hablé de ningún fantasma. Un día vinieron diciéndome que Pedrito les había contado que en el bosque vivía un espíritu. Todo lo que les dije fue que, aunque fuera buen chico, tenía la cabeza llena de pájaros. Eso es todo. No podía decirles otra cosa. No soy tan boba como para asustarlas con historias de espíritus.
─Nos lo hubiera tenido que contar a nosotros, sus padres ─atajó mi madre, dando por concluida la discusión.

A mis padres todo aquello les trastornó hasta el punto de hacer la estancia en el pueblo incómoda y desagradable. Se cerraron en un mutismo que no llegué a entender hasta pasados los años. Creo que ellos también debieron pensar que algo fuera de lo normal ─mis padres no eran creyentes─ me había sucedido y que mientras estuviéramos en aquel lugar, podía volver a suceder. Mi tía debió intuir lo mismo porque un día la oí decir en voz baja algo así como “quien no cree en Dios, cree en brujas”. Entonces no entendí su significado. Supongo que quiso decir que hay quien niega la existencia de Dios, del más allá, de otra vida inmaterial, porque lo consideran inimaginable y ridículo, pero en cambio creen en brujería, adivinaciones, premoniciones, ocultismo y demás zarandajas. Mis padres, pues, debieron creer que algo oculto había detrás de mi desaparición y posterior aparición y que aquel lugar tenía algo que ver en todo ello ─hoy lo llamarían un expediente X─ y decidieron hacer las maletas antes de lo previsto.

El día de nuestra marcha, tía Engracia no nos acompañó hasta la parada del autocar. Se despidió en casa, deseándonos buen viaje. Con los ojos enrojecidos, me besó y, con una mirada pícara, me dijo muy bajito que la escribiera y le contara cosas de mi “nuevo amigo”.

Creo que muchos en el pueblo suspiraron de alivio al vernos cargados con las maletas esperando en la parada, frente al bar del hombre sin nombre. Antes de subir al autocar, no pude evitar echar el último vistazo a la plaza y entonces vi a Pedrito que, desde detrás de uno de los viejos plátanos que la circundaban, me observaba. Cuando se cruzaron nuestras miradas, me sonrió, me saludó con la mano y desapareció.

Cuando el autocar enfiló la carretera, a la salida del pueblo, mi mirada se adentró en el bosque que tantas tardes había recorrido. Desde donde yo estaba era imposible ver la casita blanca. Me hubiera gustado despedirme de ella. Suspiré. Algún día volvería, de esto estaba segura. Y de pronto algo, a lo lejos, me llamó la atención. Era una sombra, una silueta muy alta y delgada, que desde la espesura me decía adiós.

Tuvieron que transcurrir veinte años para poder cumplir mi promesa. En agosto de 1976, volví al pueblo para pasar unos días. Me hospedé en la que fuera la casa de tía Engracia, convertida en lo que hoy se conoce como casa rural. Entonces era simplemente una casa donde se alquilaban habitaciones y se servía el desayuno, un Bed & Breakfast de la década de los setenta. 

Pedrito debía rondar los setenta años, pero seguía siendo un niño grande. Ya no vivía en la casita blanca sino en una residencia que le había procurado el ayuntamiento. Fui a su encuentro y le conté mis peripecias para dar con la verdadera identidad de Rafael y con el paradero de su familia, a la que me había presentado como una reportera que estaba investigando algunos crímenes de la guerra civil y que casualmente había dado con la historia de Ricardo. Sabía que no encontrarían consuelo con mi inventada, pero aun así dura, versión de los hechos, pero lo hice para que Ricardo supiera dónde encontrarlos y pudiera estar, a su manera, cerca de ellos. Recuerdo que Pedrito se puso a reír como un niño a quien le han hecho el regalo que esperaba, diciendo que Ricardo se alegraría muchísimo pues había estado esperando ese día con verdadera ilusión. Al día siguiente fuimos al bosque. Los tres recordamos el “incidente” que tuvo a todo el pueblo en vilo. Después vino el momento de las despedidas. A Pedrito lo acompañé de vuelta a la residencia. De Ricardo nos despedimos en la casita blanca.


Ya han pasado cuarenta y cuatro años desde aquel verano. El pasado mes de junio cumplí los sesenta y Clara está a punto de cumplir los sesenta y dos. Dentro de pocos días será Navidad y volveremos a reunirnos, como cada año, en torno a la mesa para celebrar las fiestas con nuestros maridos, hijos y nietos. Y como cada año, saldrá a relucir “el incidente” y Clara volverá a intentar sonsacarme si lo que me pasó tuvo algo que ver con aquel fantasma del que nos habló Pedrito. Y yo, como siempre, me andaré por las ramas y le hablaré de Pedrito, que hace ya cuatro años que nos dejó. Y haré como si aquel suceso ya no me importara. Pero el recuerdo de Pedrito, de Ricardo y de la casita blanca siempre permanecerá en mi memoria.

FIN