domingo, 7 de junio de 2015

Julián (I)



Era un caluroso día de verano cuando Julián llegó a la estación de San Bernardo, en Sevilla. Desde que dejara A Coruña, no había dejado de pensar en lo que le depararía la nueva vida que estaba a punto de iniciar. Menos mal que su tía Consuelo, la única hermana de su madre, y su marido, el bueno del tío Antonio, le darían cobijo hasta que un trabajo le procurase un jornal que le permitiera valerse por sí mismo.

Eran tiempos difíciles. La guerra se había cebado con los más humildes y la madre de Julián, viuda desde el comienzo de la contienda, difícil lo tuvo para criarle. Él contaba con solo cinco años cuando su padre le dejó huérfano. Vigués de nacimiento, tan pronto como se confirmó la sublevación militar, el padre de Julián se apresuró a unirse al Frente Popular en la defensa de su ciudad. Su muerte fue extraordinariamente prematura, siendo de los primeros en caer, en la batalla de Vigo, a los dos días de su incorporación a la milicia. Su afiliación al Partido Comunista fue un estigma para la familia que le sobrevivió. Les arrebataron las pocas tierras que habían heredado de sus antepasados y que les habían dado sustento, y la vieja casa. Nadie quiso o se atrevió a ayudarles para no verse comprometidos.

Cuando, en 1940, sus tíos maternos, junto con su primo Antoñito, seis años mayor que él, decidieron abandonar el pueblo para establecerse en A Coruña, su madre no lo pensó dos veces y marcharon con ellos. Allí nadie les conocía y tendrían más oportunidades de llevar una vida tranquila y digna. Pero después de tres años en la capital coruñesa, la situación no había mejorado tanto como esperaban y sus tíos volvieron a emigrar, esta vez a Sevilla, donde ya les habían precedido algunos amigos. Su madre no quiso, en esta ocasión, acompañarlos; no deseaba abandonar su Galicia natal, ya se las apañarían. El marisqueo y la costura les darían de comer.

Ahora, después de un lustro y tras la reciente muerte de su pobre madre, Julián se reencontraría con su escasa familia materna y probaría fortuna en una Sevilla que prometía una vida mejor.

Sevilla era, en 1948, una ciudad con unos 350.000 habitantes y ofrecía, con su incipiente pero intensa actividad constructora, muchas más oportunidades de trabajo para quien, como Julián, tuviera buenos conocimientos de albañilería. A sus diecisiete años recién cumplidos, el muchacho era fuerte y vigoroso y no escatimaría en esfuerzos para ir, de obra en obra, ofreciéndose como aprendiz de albañil.

Su primo Antoñito, que iba para los veinticuatro años, llevaba ya uno casado con Rosario, una guapa sevillana de buena familia, y vivían en el barrio de Santa Cruz, en una casita de esas con patio andaluz. Ella, encinta de tres meses, se ocupaba, como era menester, de la casa mientras que su marido trabajaba como encargado en una tienda de ultramarinos del barrio. No podían ser más felices.

El tío Antonio, desde su llegada a la capital hispalense, había lógicamente ocultado su pertenencia al Partido Comunista en el que había militado activamente, junto con su amigo y luego cuñado, el padre de Julián, durante más de diez años, hasta terminada la guerra. Ahora, de cara a la galería, era un ciudadano respetable y procuraba no delatar su ideología antifascista. En el barrio se le consideraba una persona afín al Movimiento, lo que le favoreció a la hora de encontrar trabajo como contable en el Consistorio, donde nadie puso en duda el certificado de buena conducta falso que presentó, gracias a unos antiguos camaradas con los que seguía manteniendo contacto, y al aval de un buen amigo y empleado del Ayuntamiento.

El tío de Julián llevaba, pues, una doble vida. Por el día era un ciudadano respetuoso con las leyes del régimen franquista y de noche, un día por semana, acudía a una reunión con otros miembros del ilegalizado Partido Comunista, en un piso de la calle Sierpes, propiedad de Don Anselmo, un conocido joyero del barrio, en cuyos bajos tenía instalada la tienda y el taller de orfebrería, y que, en más de una ocasión, había servido de piso franco. ¿Quién iba a sospechar de aquel joyero, un viudo entrado en años, que durante la guerra no había dejado de ir a misa ni un solo día? Así pues, Don Anselmo, a sus sesenta y tantos años, tampoco era quien aparentaba ser. Casi todos los martes, a menos que fuera fiesta de guardar, acogía en su casa a un buen puñado de amigos con los que, según decía a sus crédulos vecinos, jugaba a las cartas –“sin apostar ni una sola peseta, por supuesto, no vayan ustedes a pensar mal”-. Nadie sospechó lo que allí tenía lugar y es que nunca nadie tuvo motivos para desconfiar de aquellos caballeros tan educados que llegaban y se iban sin hacer el más mínimo alboroto, cosa que tenía su mérito habida cuenta del motivo lúdico de sus encuentros.

Julián, que no tenía un pelo de tonto, empezó a sospechar de esas salidas nocturnas; creyó que su tío, quien también ofrecía la misma coartada a sus vecinos (nunca se sabía dónde habitaban los chivatos), le era infiel a su ingenua y bondadosa esposa y que donde se suponía que jugaba al mus en realidad le esperaba una amante. Dolido por tal inmerecida infidelidad hacia aquella mujer a la que quería como a una madre, una noche salió tras él y ya en la calle le abordó echándole en cara su engaño. El hombre, antes de que su sobrino pensara tal cosa de él, tuvo que contarle la verdad. Al cabo de media hora, ambos se hallaban en el salón de la vivienda del joyero junto con otros invitados a ese peligroso juego que era asistir a una reunión subversiva.
 
CONTINUARÁ
 
 


6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Seguirá, seguirá, Marta. Espero que no te lo pierdas.
      Un abrazo.

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  2. Qué historia tan interesante, Josep, tiene visos de ser real por los muchos datos que das, aunque me puedo equivocar, claro está.

    Veremos en qué quedan esas reuniones nocturnas de sus dobles vidas. Espero con ganas la continuación!! :)

    Un abrazo.

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  3. Hola Julia. Pues es una historia inventada pero, para darle visos de realismo, me documenté un poco sobre ciertos aspectos y datos de las época, como se verá sobre todo en la tercera y última parte..
    Me alegro que te haya parecido interesante.
    Un abrazo.

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  4. Interesante propuesta. Lástima que parezca que no hayamos aprendido de la historia y todavía, en muchos casos, tengamos que ir en contra de nuestros principios para sobrevivir.

    Abrazo!!!!

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    1. Muchas gracias Skuld, por dejar tu comentario.
      Un abrazo.

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