miércoles, 12 de abril de 2017

La casita blanca (Capítulo 4)


Como si de correr los cien metros libres se tratara, a las tres y media en punto, salí disparada hacia el bosque. Recuerdo que aquella tarde fue una de las más calurosas del mes de agosto. O así me lo pareció. Solo llegar al linde de la alberca con el bosque, ya estaba empapada de sudor y el corazón parecía querer salírseme del pecho, latiendo al galope y retumbando en mis oídos. Mis piernas flaqueaban y me acordé que durante el almuerzo apenas había probado bocado por culpa de los nervios. La sed me había secado los labios y la garganta. Junto a la alberca había un caño del que salía un chorro de agua helada que subía del río. Pero no podía perder un tiempo precioso y, además, me acordé de la recomendación de tía Engracia de no beber jamás agua fría sudando, a menos que quisiéramos sufrir unos retortijones de cuidado o, peor aún, un corte de digestión.

Pasé, pues, por alto cualquier posibilidad de recuperar el aliento y el agua que mi cuerpo había transpirado por el esfuerzo y me adentré en el bosque sin dilación. Aun ahora no comprendo cómo mis flacuchas piernas pudieron resistir siquiera los primeros quinientos metros que separaban el bosque de la casa de nuestra tía. Enfilé el camino hacia la casita a la carrera. Los únicos sonidos que captaban mis oídos eran los de mi agitada respiración, de las pulsaciones de mi corazón y de mis zancadas. Parecía que hasta los pájaros hubieran enmudecido a mi paso, presumiendo que algo grave iba a ocurrir. Pero poco antes de llegar al claro me pareció oír voces, voces agudas que alternaban con otras mucho más graves. Unas veces eran como susurros, otras veces como alaridos, y finalmente como ecos del más allá que me advertían de algún peligro. “Vete, vete”, parecían decir. Me detuve sin resuello, creí que mis pulmones iban a estallar y unos pitidos agudos acribillaban mis tímpanos. Y entonces advertí una presencia. Allí había alguien observándome, agazapado detrás de la maleza. Creí que sería Pedrito, como la primera vez que le descubrí, pero le suponía en el rio, creyéndose mi engaño, tratando de pescar las últimas truchas de la temporada. Volví a emprender la carrera cuando me pareció ver de reojo una sombra que se escondía a mi paso. Quise convencerme de que todo era una especie de alucinación causada por el miedo. Pero entonces le vi claramente. Corría en paralelo, pero no podía verle la cara, solo la silueta que los finos rayos solares, perforando como afiladas agujas las densas copas de los árboles, iluminaban de forma intermitente, parpadeante, a medida que avanzaba. Y entonces empezó a llamarme por mi nombre: “Julita, Julita”. 

Yo seguía corriendo, pero mis piernas se negaban a avanzar todo lo rápido que quería. Hice un esfuerzo sobrehumano para no desfallecer. De pronto, el terreno empezó a inclinarse y en lugar de correr por propia voluntad parecía que algo me empujaba. Perdí la noción del tiempo y del espacio. No sabía cuánto llevaba corriendo, pero me pareció una eternidad. Tampoco sabía dónde estaba ni hacia dónde me dirigía. Solo veía árboles y más árboles, un bosque inmenso, inacabable. Todo giraba a mi alrededor. De pronto, la sensatez quiso venir en mi ayuda y me dijo que había cometido una terrible equivocación. ¿Qué hacía yo en un bosque, sola, buscando a un espíritu? ¿Y si todo era mentira y había caído en una trampa? Me habían contado historias de niñas desaparecidas por andar por donde no debían sin compañía de sus mayores. “Alejaos de extraños”, nos decían en el colegio. “Si un desconocido os pide que le acompañéis, ni se os ocurra hacerle caso”, nos repetía nuestra madre. Pero Pedrito era de fiar, no me engañaría, no me haría daño. Además, era yo la que había insistido en conocer al fantasma. No, Pedrito no me haría ningún mal. Pero ¿y el espíritu? ¿Y si Pedrito tenía razón y era peligroso? Todo eso pasó por mi enfebrecida mente en cuestión de segundos, tiempo suficiente para cambiar de planes. Todavía estaba a tiempo de volver a casa de mi tía y abandonar aquella locura. Di media vuelva y, recobrando las exiguas fuerzas que me quedaban, corrí como si realmente me estuviera persiguiendo un espíritu maligno. Pero no sabía por dónde debía volver. Todo el paisaje a mi alrededor era idéntico. Me había extraviado. Pero debía salir de allí como fuera. A alguna parte llegaría. Una vez fuera del bosque pediría ayuda. No me importaba el castigo que me infligieran mis padres. Quería volver con ellos sana y salva. Pero a medida que avanzaba, tropezando aquí y allá, el terreno se iba inclinando cada vez más, no sabía si era efecto del cansancio o porque realmente la pendiente se hacía más pronunciada. Y entonces volví a escuchar la voz, más aguda e hiriente.  Ahora exclamaba “no, no”. Cada vez más alto y más cerca. Y de pronto ya no era una voz, sino dos las que gritaban a la vez: “para, para”. Lo último que oí era algo sobre el río. Y de pronto me sentí volar.


Así pues, se cumplieron los peores temores de Clara y como a las seis de la tarde todavía no había aparecido en el patio para merendar, mis padres, extrañados, preguntaron por mí, pidiéndole a mi atemorizada hermana que me despertara y que me apremiara a salir, que ya iba siendo hora de espabilarme. 

Cómo les explicó mi ausencia, todavía no lo sé a ciencia cierta, pues cada vez que ha salido el tema a relucir, me ha dado una versión distinta. Yo me la imagino representando la escena con un dramatismo operístico, propio de una hermana que quiere a toda costa eximirse de culpa e interpretando su papel favorito, el de acusica, como solo ella sabía hacer.

Lo que sí sé es la reacción inmediata de mis padres y de tía Engracia: ir, sin perder ni un minuto más, a la casita banca, donde suponían que me encontrarían charlando con Pedrito, con la intención de echarme la mayor bronca jamás contada.

Me imagino sus rostros trasmudados cuando, después de recorrer, mi padre cojeando y maldiciendo, mi madre sollozando, mi tía rezando y mi hermana refunfuñando, el largo trecho hasta el claro, comprobaron que en la casita no había más que un montón de hierbajos y hojas secas que el viento arremolinaba. 

El temor y la angustia que siguieron al desconcierto inicial, sospechando que algo malo me había ocurrido, les dominó hasta el punto que empezaron a gritar como posesos mi nombre al viento esperando que este viniera en su ayuda y les respondiera dándoles mi paradero. 

A las dos horas de mi desaparición, una dotación de la guardia civil, alertada por don Rafael, que, además de médico, ejercía de alcalde, se personó para recabar información de lo ocurrido y, de ser necesario, emprender una batida por el bosque y alrededores. Tía Engracia me dijo que nunca había visto fumar a mi padre, ni a ningún hombre, de aquel modo. Con la brasa de una colilla encendía otro pitillo sin parar, con el pulso temblándole como hoja al viento. Mi madre, ahora llorando desconsoladamente, solo repetía mi nombre, imaginándose las peores desgracias.

Mi hermana, acongojada pero seguramente aliviada porque no la habían culpabilizado de nada, se quedó con mi tía por si yo acababa apareciendo, mientras mis padres, los guardias y un grupo de vecinos, marcharon en mi busca antes de que la oscuridad impidiera ver por dónde pisaban.

No habían llegado a la alberca del señor Eusebio, que también se les había unido, cuando Pedrito salió al paso del grupo, visiblemente agitado. Farfullaba cosas ininteligibles, hasta que don Rafael, con voz tranquilizadora y sabedor de cómo tratarle, le serenó lo suficiente como para que su diatriba se hiciera mínimamente comprensible. 

Pedrito, al borde de las lágrimas, les contó que me había visto correr en dirección al barranco, que él había intentado advertirme pero que yo, haciendo oídos sordos, había proseguido mi alocada carrera en dirección al río. Cuando le preguntaron si sabía por qué corría, les dijo que huía del fantasma, que el espíritu de Ricardo me debía haber asustado, y que él ya me había advertido que no fuera en su busca porque podía enfadarse. Aun creyendo que la explicación de Pedrito era incierta ─el cabo de la benemérita, desconocedor de la especial naturaleza de Pedrito, lo agarró por las solapas zarandeándolo y conminándole a no decir idioteces y a contar la verdad─, mis padres lograron que dos números de la Guardia Civil, avezados montañeros, bajaran hasta el río, dejando al resto del personal oteando desde lo más alto y temiendo lo peor. A Pedrito ya no le dejaron abrir la boca, por mucho que insistía en su relato de los hechos, y lo enviaron a la casita advirtiéndole que dejara de incordiar.

No hallaron nada, ni siquiera signos ─supongo que se referían a sangre y restos de ropa o calzado─ que hicieran pensar que alguien se hubiera despeñado desde aquella altura. Si bien fue un alivio para todos que no hubieran encontrado mi cuerpo sin vida, no por ello dejaron de temer por mi integridad. La noche cubrió la poca luminosidad del atardecer y todo el mundo se retiró a sus casas, la Guardia Civil a su cuartel, y mis padres a casa de tía Engracia, incapaces de comer y de conciliar el sueño durante la que fue una larga espera hasta el día siguiente, cuando retomarían mi búsqueda.

Aquella noche de vigilia, la más larga que mis padres y mi tía recordarían en años, Clara se vio obligada a contar los pormenores de nuestra aventura, empezando con el hallazgo de la casita blanca y de Pedrito después, así como mis repetidas escapadas e incursiones en el bosque con el único propósito de conocer la verdadera historia de ese fantasma, que ella suponía imaginaria pero que Pedrito me había hecho creer. La reprimenda no se hizo esperar, pero el castigo quedó aplazado hasta nueva orden. Clara pensó ─según me confesaría tiempo después─ que la prórroga solo tenía como propósito dictaminar la severidad del castigo en función de la gravedad de lo que me hubiera ocurrido. Tal como era mi hermana por aquel entonces, solo debió desear que no me hallaran muerta para que la pena a cumplir fuera lo más soportable posible. 

Cuando al día siguiente se concentró nuevamente el equipo de búsqueda, encabezado por mi padre, cuya pierna parecía querer roerle hasta el tuétano, Pedrito hizo nuevamente acto de presencia, esta vez más calmado. Cuando don Rafael le preguntó qué hacía allí, aquel le dijo al oído que el espíritu se me había llevado en volandas justo antes de precipitarme por el barranco, y que aunque no sabía dónde me tenía, como él era su amigo, le convencería para que me devolviera sin hacerme ningún daño.

El cabo que la tarde anterior abroncó al pobre Pedrito quiso saber qué eran esos cuchicheos. Cuando don Rafael, haciendo gala de resignación y ecuanimidad, le recordó la “peculiaridad” del recién llegado y le insistió que no debía preocuparse por él, pues no era completamente responsable de sus palabras y de sus actos, aquel montó en cólera y lo interrogó en un aparte ante la mirada contrita de todos los presentes y los quejidos infantiles del pobre infeliz. Hasta que el enérgico interrogador comprendió lo inútil de sus esfuerzos.

Al atardecer de ese día, cuando el grupo volvió nuevamente a sus hogares sin saber de mí, mis pobres padres ya se temían lo peor. Unos hablaban de alimañas, otros de gitanos que se llevaban a niños y niñas para venderlos, y otros de un desgraciado accidente, una caída por alguna grieta que había pasado desapercibida. Pero más de una docena de personas habían peinado el bosque y el monte sin haber observado nada alarmante. Al día siguiente se personaría un equipo de rescate especializado en búsqueda de personas desaparecidas, con perros adiestrados para ello. La Comandancia de la zona había sido informada y había movilizado ese nuevo contingente. Las emisoras de radio locales informaron de mi extraña desaparición y pidieron la colaboración ciudadana para que notificaran de inmediato a las autoridades si veían a una niña de seis años deambulando por los contornos.

Me imagino la desesperación de mis padres y de mi tía al ver que pasaban las horas y yo seguía sin dar señales de vida, ni de muerte. Clara se pasó todo ese tiempo prácticamente encerrada en nuestra habitación, en parte por temor a que su presencia resucitara el enfado de nuestros padres hacia ella y en parte porque a sus siete años y medio empezó a ser consciente de que algo muy malo podía haberme sucedido. 

─Tú dices que no sabes lo que te ocurrió, pero yo nunca olvidaré por lo que pasé mientras estuviste desaparecida ─me ha echado en cara en más de una ocasión cuando ha insistido en que le contara mi versión de los hechos.

Al cumplirse cuarenta y ocho horas de mi desaparición, Pedrito entró en casa de tía Engracia como un huracán. Si habitualmente se le entendía más bien poco, en aquella ocasión era imposible sacarle algo que no fueran gemidos y balbuceos totalmente incomprensibles, señalando con ambos brazos hacia la calle. Solo nuestra tía fue capaz de calmarlo con un sopapo que lo sentó de golpe en la primera silla con la que su cuerpo tropezó. Tras hacerle beber un vaso de agua bien fría, el pobre volvió a la carga, esta vez algo más sosegado.

Vino a decir que, de vuelta de su ronda ─no había dejado de buscarme en todo ese tiempo─, hambriento y cansado, entró en la casita para prepararse algo para cenar y allí estaba yo, tendida en el suelo, como dormida, envuelta en una vieja manta que él guardaba para las noches de invierno. Me había tocado, luego zarandeado, pero no me movía. Pero estaba viva porque respiraba.

Avisado el doctor, mis padres fueron con él en mi busca, seguidos de Pedrito que no paraba de repetir su historia y de que tenía que haber sido el fantasma de Ricardo quien me había devuelto porque él así se lo había pedido, aunque el espíritu, no sabía decir porqué, seguía sin aparecer.

Aquella noche la pasé en el hospital comarcal, vigilada de cerca por don Rafael y mis padres, quienes inmediatamente notificaron mi hallazgo a la Guardia Civil.

De aquella noche solo tengo un vago recuerdo, pues despertaba y volvía a dormirme en cuestión de segundos y, con cada despertar, recordaba el sueño que acudía a mi cerebro, una y otra vez, como una historia por entregas. En el sueño hablaba con Ricardo. Él me contaba su vida y yo le prometía ayudarle a localizar a su familia. Cada vez que abría los ojos veía la cara de mis padres que, angustiados, me preguntaban si me encontraba bien, a lo que yo solo contestaba afirmativamente con la cabeza y una sonrisa. También veía al buen doctor, tras ellos, que se acercaba a tomarme el pulso o a tocarme la frente, y que me susurraba cariñosamente: “Descansa, niña, descansa. Mañana será otro día”.

Si aquella noche fue bastante plácida para mí, tuvo que ser horrible para Pedrito. ¡Pobre Pedrito, lo que debió pasar por mi culpa!  Al poco de haber puesto mi aparición en conocimiento de la Guardia Civil, esta se presentó en la casita blanca, llevándose detenido a Pedrito por sospechoso de mi secuestro. ¿Quién sino podía haberme raptado y retenido en el bosque, vete tú a saber con qué intenciones, para luego, asustado por la magnitud del suceso, dejarme en la casita con la excusa de que había sido un fantasma el responsable de todo? Aun así, tendrían que esperar a que yo recuperara la lucidez para interrogarme y conocer mi versión de lo ocurrido. 

Lo más lamentable no fue que la Guardia Civil creyera a Pedrito culpable de mi desaparición, sino que la mayoría en el pueblo lo creyó. Y digo la mayoría porque hubo más de uno que dio por cierta la versión de ese pobre chico, corto de entendederas, pero con una gran imaginación, como le había definido tía Engracia.

Entretanto y a pesar de mi semi-inconsciencia, yo sabía que al día siguiente me someterían a un exhaustivo interrogatorio. Lo que no sabía era lo que debía contarles.


20 comentarios:

  1. Parece que todo vaya tomando forma, aunque aún queda en el aire si fue el espíritu de Ricardo el que se llevó a Julita. Lo que está claro es que ésta, en su semi-inconsciencia, era bien consciente de que todo no lo iba a poder contar porque se puede llevar una buena.

    Has relatado de maravilla esa tensa espera y, en concreto, me ha hecho mucha gracia (como siempre) la hermanita con sus múltiples versiones de los hechos (queriendo escurrir el bulto, supongo), así como el sopapo de tía Engracia al inofensivo Pedrito.

    Parece que la historia sigue, por lo que esperaré con mucho interés, Josep Mª ;-)

    ¡Besos!

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    1. A medida que nos acercamos al final, los cabos sueltos deben ir atándose hasta formar el ovillo definitivo, jeje
      Muchas gracias por el interés y por tus comentarios, Chelo.
      Nos encontraremos de nuevo con Julita y su familia, pasadas las fiestas.
      Besos.

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  2. Ayyyyy qué intriga. Al menos ya vamos sabiendo lo ocurrido pero quedan tantas incógnitas...Seguiré esperando con ganas.
    Un abrazo y feliz Semana Santa.

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    1. La incógnitas se van despejando poco a poco. Espero que tu espera no te desespere, jajaja
      Un abrazo y que pases también una feliz Semana Santa.
      Nos leemos a la vuelta.

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  3. La diferencia siempre ha resultado sospechosa, como le ocurre al pobre Pedro. Muy buena ambientación de los prejuicios del pueblo y de la desesperada búsqueda de la pequeña. Un abrazo!

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    1. La discriminación que sufre Pedrito le cuesta que pongan en entredicho sus explicaciones. Claro que en esas circunstancias, no es de extrañar que desconfíen de él. Pero la verdad siempre acaba saliendo a la luz. Bueno, no siempre pero espero que así sea en esta ocasión, jeje
      Un abrazo.

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  4. Pobre Pedrito, yo le creo, jajaja.
    Vamos a ver que forma le da el autor a esta historia, :).
    Muy entretenida la lectura Josep.
    Pensaba no entrar estos días a leer nada, y al final aquí estoy...
    Un abrazo y que pases buenos días.

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    1. Hola Elda. Te agradezco, pues, que hayas sacrificado un tiempo de tus vacaciones o de tu periodo de desconexión con el mundo bloguero, para venir e leer esta continuación. De hecho, yo tampoco tenía pensado pasarme por aquí esta mañana pues estamos recogiendo para marcharnos al apartamento a pasar estos días, pero no podía dejar de contestar vuestros últimos comentarios, de los que he tenido conocimiento por el email de mi móvil.
      Que pases también unos buenos días de descanso.
      Un abrazo.

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  5. Menos mal que la niña ha aparecido sana y salva, por lo que parece. Ahora solo nos falta saber dónde estuvo, con quién, por qué, si ha vuelto para quedarse definitivamente y si trae algún mensaje especial, ¡casi nada!

    En ascuas me tienes, Josep. Te está quedando un relato estupendo :))

    Un abrazo, espero que estés pasando una feliz Semana Santa.

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    1. Hola Julia. De momento ha aparecido sana y salva, que es lo importante. Ahora veremos qué ha experimentado y dónde ha estado todo el tiempo que estuvo desaparecida. No sé si traerá consigo algún mensaje del más allá pero sí algún secretillo que no querrá desvelar. Salvo a nosotros, los lectores de sus recuerdos, jeje
      Muchas gracias por la lectura y por tu comentario.
      A la vuelta más.
      Un abrazo y que pases una feliz Semana Santa. Yo ya estoy con las maletas en la puerta, a punto de marcha.

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  6. Parece que nos queda menos para descubrir el misterio que rodea a esta desaparición de la niña. Un espíritu buscando venganza. Una niña curiosa que quiere descubrir el misterio. Un patán simplón que parece aliarse con el fantasma. La desconfiada guardia civil, y los estrictos padres controladores junto con la tía y la casquivana e insustancial hermanita.
    Veo aproximarse la resolución de la historia. Ya te puedes esmerar Josep para no decepcionar al populacho lector, que está esperando ansioso otra entrega con las guadañas y las hoces en la mano dispuesto a aplaudir o mantear...Ja,ja,ja. Y es que son tantas las expectativas creadas en torno a esta historia.
    Un abrazo.

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    1. Sí, muchos elementos distorsionadores que complican la historia. Cuando hay tantos ingredientes de por medio, la resolución de una trama no siempre resulta fácil y mucho menos a gusto de todos.
      Veo que ya tienes preparada la espada, la guadaña, la hoz y todo instrumento cortante para cercenarme el pescuezo como no guste el final, y eso ya me está poniendo nervioso antes de tiempo, jeje
      Tendré que apelar al voto de la mayoría y aceptar, como buen demócrata, la decisión popular.
      A ver si este va a ser mi último relato entre los vivos, jajaja
      Un abrazo, de todos modos.

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  7. Bueno a ver , ahora si que me queda esperar a leer lo que nos puede resolver todo la intriga. La niña apareció sana y salva que eso es lo importante. Un abrazo

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    1. Efectivamente, la niña apareció sana y salva. Pero algo "especial" debió ocurrirle cuando, pasados tantos años, todavía recuerda con diáfana nitidez ese verano.
      Un abrazo, Mª del Carmen.

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  8. A saber qué le pasó a la desaparecida, tendremos que esperar la siguiente entrega.
    Describes muy bien las situaciones, sin abusar pero contando lo justo para que nos pongamos en situación. He visualizado perfectamente al guardia civil zarandeando a Pedrito o a la tía Engracia soltándole un sopapo para que se tranquilizara.
    Genial, Josep.

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    1. Pues eso, Kirke, me complace enormemente. Cuando un relato logra que el lector o lectora visualice las situaciones que se narran, es que reúne un elemento clave para atraer la atención: la visibilidad (lo acabo de leer en un libro sobre la práctica del relato, aunque pueda parecer algo obvio).
      Me alegro que mantengas el interés por esta historia que está a punto de concluir.
      Un abrazo.

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  9. ¡¡Madre mía, estoy en ascuas!! Espero que el desenlace sea pronto Josep, no nos hagas esperar mucho.

    Un abrazo.

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    1. Hola Conchi. Pues sí, el desenlace está cociéndose en la olla a presión que es ahora misma mi cabeza, jajaja
      Un abrazo.

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