viernes, 13 de julio de 2018

La maldición



Cuando compramos aquella vieja casona del pueblo donde solíamos veranear, con la intención de rehabilitarla y convertirla en nuestra residencia habitual, la gente nos miraba con cara aviesa. Al principio pensamos que sería porque no les gustaba que unos forasteros se hicieran con una propiedad que había pertenecido a una de las familias más insignes de la comarca, tal como sugería el blasón que lucía en la fachada. La vivienda, un edificio del siglo XVIII, había permanecido deshabitada durante un siglo, de ahí que estuviera en tan mal estado. ¿Qué mejor que volverla a su estado original y conservarla en perfectas condiciones habitándola? La gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.

Un día, uno de los vecinos vino a vernos. Nosotros estábamos recorriendo las dependencias, junto con un arquitecto técnico, para tomar nota de los desperfectos y las modificaciones que considerábamos necesarias para hacerla habitable y cómoda.

“Esta casa está maldita”, nos dijo sin ningún reparo. Ante nuestra cara de estupor, se reafirmó añadiendo que si nos quedábamos a vivir allí no dormiríamos tranquilos ni una sola noche por culpa del espíritu que la habitaba, motivo por el cual nadie había querido comprarla. Su antiguo propietario y morador había sido un hombre famoso, pero no solo por su linaje sino también por su maldad. Se decía que su alma había quedado atrapada entre esas viejas paredes. ¿Qué interés podía tener aquel vecino en hacernos creer esas paparruchas? ¿Por qué esa advertencia para que no nos quedáramos a vivir allí? Lo dicho: la gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.

Cuando por fin pudimos habitarla, mucho después de lo esperado y tras un dispendio mucho mayor de lo previsto, comprobamos que lo que aquel hombre nos había dicho parecía cierto. La casa temblaba, todas las noches, desde los cimientos hasta la chimenea más alta. Por raro que parezca, acabamos acostumbrándonos a ese ajetreo nocturno, incluso a los poltergeists que, de vez en cuando, acompañaban a esas violentas vibraciones. Si todo ello respondía a algo paranormal, no nos amedrantaría. La inversión que habíamos hecho era de tal cuantía que valía la pena resistir aquella incomodidad. A las pocas semanas, dormíamos como un tronco; no había temblor ni ruido capaz de desvelarnos. Mientras la casa no se viniera abajo, no corríamos ningún peligro. Hay que temer más a los vivos que a los muertos, nos decíamos. Habíamos reforzado a conciencia los cimientos, paredes y vigas; las tejas y el maderamen eran mayoritariamente nuevos. No teníamos nada que temer. El espíritu, si merodeaba por la casa, se cansaría y nos dejaría en paz.

Dicho y hecho. A las pocas semanas de resistencia pasiva por nuestra parte, todo volvió a la normalidad. O eso creímos.

Llegó el verano y con él nuestras vacaciones. Aquel año no teníamos previsto ir de viaje, pues nuestros ahorros habían quedado muy mermados después de la inversión realizada en la restauración de nuestra nueva vivienda, pero el hermano de mi mujer nos invitó a pasar con ellos quince días en la playa. “Está muy bien el aire de la montaña, pero el yodo y la brisa marina son aún más saludables”, nos dijo. Así que hicimos las maletas y cerramos la casa a cal y canto.

Al regresar, no había casa, solo cascotes y maderas quemadas. Un pavoroso incendio lo había devorado todo. “Como no dejasteis ninguna dirección ni teléfono de contacto, no pudimos avisaros”, nos dijo el alcalde.

Los bomberos no hallaron ninguna prueba que demostrara cómo se había originado el incendio. No se había producido ningún cortocircuito, la luz estaba desconectada, todos los aparatos electrodomésticos estaban, por lo tanto, inactivos, y se descartaba un posible atentado, pues, en primer lugar no existía ningún móvil ─¿quién iba a desear perjudicarnos de ese modo?─ y, en segundo lugar, no se había hallado restos de ningún producto combustible. “Quizá un rayo. Hace seis noches hubo una tormenta eléctrica del carajo. Si su póliza del seguro cubre la caída del rayo, podrán recuperar gran parte del dinero que se gastaron y construirse una casa nueva” ─remató la máxima autoridad del pueblo.

Desposeídos de nuestra vivienda, tuvimos que alojarnos en un hotelito cercano, donde emprendimos los laboriosos trámites para poder cobrar de la Compañía Aseguradora. Aun así, andando sobrado de tiempo libre, pues seguíamos de vacaciones, se me ocurrió indagar, por curiosidad más que por superstición, quién fue ese antiguo propietario de la casa y cuya fama ─buena o mala─ había llegado hasta nuestros días y cuyo espíritu había estado supuestamente incordiándonos desde el día que nos instalamos en ella.

Para ello tuve que trasladarme a la capital de la comarca e indagar, en el archivo histórico, entre legajos en un estado deplorable. Solo me habían dicho que al antiguo propietario se le conocía como el Marqués de Robles o algo así. Tras toda una mañana de intensa búsqueda di con el árbol genealógico del Marquesado de Roures, en el que la línea sucesoria terminaba con Agustín Roures Marzá (1858-1918), hijo único de Armando Roures Castillo (1818-1883), hijo, a su vez, de Raimundo Roures Monsanto (1770-1828) y este de Ramón Roures Traver, el primer Marqués de Roures (1743-1793), quien hizo construir la casa familiar en 1783, en la que vivirían cuatro generaciones de Roures antes de que nosotros la compráramos. Había dado, pues, con él. Roures, en catalán y valenciano, significa Robles. Quizá se hubiera castellanizado su apellido y de ahí que la gente del lugar le conociera como Robles. Además, habían transcurrido cien años de su muerte y la memoria de los actuales habitantes del pueblo bien pudiera haberse diluido. Pero el blasón que coronaba el documento no dejaba lugar a dudas.

Agustín Roures, bisnieto del primer Marqués de Roures y último propietario de la que había sido nuestra casa hasta quedar reducida a escombros, fue la oveja negra de la familia. Nunca llegó a casarse. Su padre le desheredó por su mala vida y peores costumbres. Al fallecimiento de este, Agustín, que contaba con veinticinco años, se quedó prácticamente arruinado, teniendo en cuenta el estilo de vida al que estaba acostumbrado. Excepto la casa familiar, todos los bienes (tierras y dineros) fueron donados por Armando Roures a la Iglesia. En una nota apergaminada se decía que, viéndose en la ruina, Agustín, de reconocido mal carácter, había jurado quemar todo lo que su padre le había arrebatado. El caso fue que, al poco, los campos y bosques legados al arzobispado ardieron de forma descontrolada, al igual que la iglesia y la ermita del pueblo, beneficiadas por los donativos del marqués fallecido. Siempre se sospechó de Agustín, pero no se hallaron pruebas incriminatorias. Este vivió hasta el día de su muerte, a los sesenta años, recluido en su caserón, subsistiendo con lo que obtenía de la venta de sus cuadros, joyas, candelabros, muebles, y enseres de todo tipo, y, se intuía, de alguna que otra fechoría por cuenta ajena. Varios fueron los incendios provocados por aquella época en iglesias y monasterios a los que se creía que el padre de Agustín había favorecido económicamente. Todos sospechaban que detrás de aquellos hechos estaba la mano de “El marqués pirómano”, como algunos le apodaron. En vida dijo en más de una ocasión que nadie se beneficiaría de lo que consideraba suyo, y que quien pretendiera arrebatarle lo que le correspondía por derecho ardería como un leño en la lumbre. A las puertas de la muerte dejó dicho que su casa debía preservarse como estaba hasta el final de los días, y si alguien pretendía hacerse con ella, lo pagaría caro. Una maldición como otra cualquiera, a la que no le doy más valor que a una leyenda urbana.

Los trámites con la aseguradora se están prolongando más de lo que esperábamos, pues no queda claro que la causa del incendio fuera la caída de uno o más rayos. Los peritos siempre tan escrupulosos. Nosotros dejamos el hotelito y estamos viviendo en un piso de alquiler en nuestra ciudad de origen. No hemos vuelto a poner los pies en el pueblo ni pensamos hacerlo. No es que creamos que lo ocurrido fue obra del espíritu de aquel marqués pirómano, pero nos invade una cierta aprensión. A la última persona que vimos antes de abandonar el pueblo fue al vecino que nos advirtió del peligro de habitar la casona. Todo lo que nos dijo fue que fuéramos con cuidado, que los espíritus suelen ser muy vengativos, sobre todo los de aquellos que en vida fueron especialmente malvados. Desde luego, la gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.



8 comentarios:

  1. Hola José , ya se lo advirtió el vecino , pero ya le vale la maldición del marques . Me a gustado mucho tú relato .
    Te deseo una feliz noche , besos de flor .

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  2. No se si yo si fue fruto de la casualidad o verdaderamente fue una venganza por apropiarse de lo que no era de ellos desde el mas allá pero vamos una pena después del dinero invertido.
    Me ha gustado mucho tú relato.
    Un abrazo.

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  3. Estos pueblerinos tienen cada cosa.
    Buen relato.
    Un abrazo.

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  4. Ay si de vez en cuando escucháramos a los lugareños.
    Un abrazo y feliz finde.

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  5. Si si cosas raras. Vaya historia, la verdad es que yo no creo ni dejo de creer en los espíritus, quizás más creo que menos por si acaso, jajaja.
    Me ha encantado el relato, muy interesante y malvado por el ultimo marqués.
    Pensaba que iba tener una continuación pero ya veo que lo remataste estupendamente.
    Un placer la lectura. Un abrazo.

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  6. Caray con el marqués pirómano. Yo no creo en esas historias, pero tampoco las descartaría de plano, ja, ja. Siempre he pensado que “haberlas, haylas”, existen más cosas que las que nuestro intelecto puede aprehender y luego viene la aprensión.
    Me ha gustado mucho tu relato. Es curioso como atrapas desde la primera línea. Creo que influye la forma ágil y sencilla de tu literatura.
    Un beso.

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  7. Es complicado encontrar explicaciones coherentes a todos lo sucesos extraños que se dan en el llamado mundo del misterio, dicho de otra manera, tampoco parece ser fácil que los muy creyentes en "todos" los sucesos puedan demostrar la existencia de algo paranormal. Así que me parece un mundo perfecto para los relatos, libros o cine de género. En lo personal me gustan más los orientados al mundo del suspense que al del terror exagerado. Así que tu relato es de los míos y además con ese toque irónico hacia la gente de los pueblos que como en botica de todo hay. Un abrazo Josep.

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  8. Siempre se le achacan a las casonas abandonadas historias como que los fantasmas están o como dice Rosa Haberlos hailos. Muy buena historia y escrita como nos tienes acostumbrado con sencillez. Un abrazo.

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