Todo empezó
cuando apareció Elena.
Desde la barra
del bar, me observaba provocativamente. Yo, todo un conquistador, me sentí azorado.
Nunca había contemplado una belleza tan singular.
Fue ella quien
tomó la iniciativa.
—Hola, me llamo
Elena, ¿y tú?
—Yo Gustavo —contesté
sin poder evadir el poder de su mirada.
El flechazo fue
mutuo. Al cabo de unas semanas ya vivíamos juntos.
Al principio
todo iba de maravilla. Hasta que un día le comenté mi interés por lo paranormal.
Como respuesta, Elena fue más allá, afirmando que creía en la existencia del
mal, en sus distintas facetas.
Desde ese instante,
mostró un gran interés por mis creencias, queriendo saber lo que yo opinaba
sobre las posesiones diabólicas. A diferencia de mí, no sentía temor alguno,
llegando a proponerme asistir a un exorcismo. Por supuesto me negué, cosa que
pareció contrariarla.
A partir de
entonces, toda mi atracción por ella se trastocó en recelo al ver cómo me escrutaba
mientras hablaba de las posesiones infernales, de lo que puede llegar a hacer
el diablo en el cuerpo del poseso. Su carácter mudó. Cuando hacíamos el amor parecía
que estaba poseída y, después se tumbaba y me miraba con un rictus casi
demoníaco.
Soñaba que ella
adoptaba figuras extrañas, arrastrándome hacia una gran hoguera. Hoy, al
despertarme, no estaba a mi lado.
De pronto, me he
sentido extraño. Al ir al baño, me he observado en el espejo y me ha
horrorizado mi semblante. Tengo los rasgos y la voz de Elena.
