jueves, 19 de marzo de 2026

Debajo de la cama

 

Con este relato, he querido recuperar el género de terror (uno de mis favoritos), si es que puede catalogarse así esta historia para niños y mayores. Espero que os guste.



Siempre me han gustado las historias de terror. Mi abuela materna me contaba cuentos y leyendas sobre brujas y fantasmas. Aunque disfrutaba escuchándola, por la noche no podía conciliar el sueño y cuando lo lograba solía tener pesadillas terribles. La más frecuente consistía en que un ente demoníaco, agazapado bajo mi cama, me agarraba con una fuerza colosal y me arrastraba hacia lo más profundo del averno. Cuando despertaba, aterrorizado, todavía notaba, en brazos y piernas, la presión de sus garras.

Desde entonces, aun sabiendo lo ridículo que era, no podía acostarme sin haber mirado antes debajo de la cama para comprobar que no había nada ni nadie. Aun así, esa pesadilla continuaba atormentándome cada noche.

Cuando, avergonzado, se lo conté a mi abuela, me dijo que rezara diez padrenuestros y dos avemarías antes de acostarme, y que me encomendara a mi ángel de la guarda para que me protegiera. Así no me pasaría nada malo..

Pero a pesar de eso, el monstruo seguía visitándome cada noche, momento en el que me despertaba empapado de un sudor frío y con el corazón galopando como un potro desbocado. Abría la luz, miraba bajo la cama y, lógicamente, no había nada de nada. Pero la sensación de una presencia extraña no desaparecía. Decidí, entonces, dormir con la luz abierta. Cuando creía que mis padres estaban dormidos, encendía la lamparilla de la mesilla de noche y así conseguía relajarme y me quedaba dormido.

Al principio funcionó. Lo que fuera que intentaba capturarme desde debajo de mi cama, dejó de manifestarse en sueños. Así pues, lo que había logrado hacerle huir no fueron los rezos sino la luz, concluí.

Pero una noche, estando adormilado, noté de nuevo cómo una fuerza invisible me atraía enérgicamente. Abrí los ojos, sobresaltado. No veía nada, pero mi cuerpo era arrastrado fuera de la cama por mucho que me resistía agarrándome al colchón, al somier y a todo lo que podía con todas mis fuerzas. Entonces grité como nunca hubiera imaginado que sería capaz y, al momento, esa fuerza invisible se detuvo. Mis padres, asustados, acudieron rápidamente a mi habitación, para ver qué ocurría. No tuve más remedio que contarles lo que me había estado pasando.

Mi madre intentó, afectuosamente, convencerme de que todo había sido fruto de mi desmesurada imaginación y culpó de ello a mi abuela por llenarme la cabeza de bobadas y a las películas de terror que tanto me gustaban. Mi padre, en cambio, se burló de mí diciendo que ya era muy mayor para todas esas tonterías. Y como yo no dejaba de lloriquear y temblar de miedo, se enfadó todavía más y añadió que tenía que comportarme como un hombre y no como una niña, que a él nunca le había ocurrido algo igual en su vida porque, simplemente, no creía en fantasías de críos ni supercherías de viejas.

—La próxima vez que veas a ese demonio o lo que sea que tanto te asusta, le dices que venga a mi cama, que sabrá lo que es bueno —dijo en plan de mofa mi padre, dando así zanjado el asunto, ante la cara de circunstancias de mi madre.

Lejos de haberlas expulsado, mis pesadillas nocturnas continuaron diariamente, incluso con la luz encendida, Hasta que un día, al acostarme, después de rezar mis oraciones, haciendo un esfuerzo extraordinario, me dirigí al ente que me tenía aterrorizado.

—Conmigo eres muy valiente porque solo soy un niño, pero seguro que a mi padre no te atreverías hacerle lo que a mí. La próxima vez, ve a su cama y verás —le dije en voz baja pero firme, esperando que el desafío funcionara.

Aquella noche fue la primera de muchas que el demonio de mis pesadillas me dejó tranquilo. Dormí de un tirón.

Por la mañana, a pesar de ser un día festivo, me desperté muy temprano y salté de la cama contento por haber pasado, por primera vez, una noche en paz. Con la urgencia de decírselo a mis padres, aunque pudieran regañarme por despertarles antes de la hora en que solían levantarse, corrí hacia su habitación.

Cuando abrí la puerta, hallé a mi madre llorando, acurrucada contra el cabezal de la cama, con la manta hasta la barbilla, como si quisiera ocultarse o protegerse de algo. Al verme, me miró aterrada, con los ojos como platos y temblando. El lugar que ocupa mi padre en la cama de matrimonio estaba vacío y las sábanas revueltas como si se hubiera librado una batalla.

—¿Y papá? —pregunté, temiendo la respuesta.

—No lo sé, hijo. Algo… algo se lo ha llevado. Esta madrugada… le he oído gritar y agitarse violentamente. Cuando he abierto la luz solo he podido ver cómo desaparecía debajo de la cama.

 

10 comentarios:

  1. El relato construye un terror muy eficaz apoyándose en algo tan cotidiano como los miedos infantiles, llevándolos poco a poco hacia un desenlace inquietante, comienza en un terreno reconocible —las pesadillas, las historias de la abuela, el miedo a la oscuridad—, lo que permite identificarse fácilmente y bajar la guardia. Esa cercanía es clave para que el giro final resulte tan perturbador.
    Me encantó.
    Un abrazo

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    1. Diría que todos los niños (yo incluido) tienen o han tenido pesadillas. Yo, concretamente, tenía la que aquí relato, pero sin llegar a tales extremos, je, je.
      Muchas gracias por tu pormenorizado comentario y me alegro que esta historieta te haya encantado.
      Un abrazo.

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  2. Entre tendresa i pena m'has dut per tot el relat, fins que ha arribat el gir final que ha estat impressionant. ;-)
    Molt i molt bo, Josep Mª!
    Aferradetes i moltes felicitats.🥂

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    1. Pobre nen, oi?
      Que bé que t'hagi agradat aquesta història.
      Moltes gràcies per deixar el teu comentari.
      Aferradetes.

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  3. Se le estuvo bien al padre, por fantasma e insensible.
    Un abrazo.

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    1. Sí, ese padre incrédulo y nada empático con el sufrimiento de su hijo lo tuvo bien empleado, je, je.
      Un abrazo.

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  4. No te lo creerás, pero yo ya era adulta cuando por fin fui capaz de sacar una pierna fuera de la cama o dejar una mano colgando. No tenía miedo a que algo se me llevara, pero tampoco estaba tranquila dejando mis extremidades colgando para que algo las agarrara. Ya sabes, «no creo en las meigas, pero haberlas haylas». Y sí, yo también creo que una buena luz encendida tiene más poder que los rezos.
    Un beso.

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    1. Supongo que los miedos infantiles tardan mucho en desaparecer, y lo que era un temor real se convierte, con el tiempo, en una especie de tic, o toc, je, je.
      Un beso.

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  5. Buen relato. Las pesadillas son horribles. Yo de adulta sentí de verdad la mano de alguien que agarró de mi pierna y me tiraba. Desperté con la respiración agitada, encendí la luz de la mesilla y vi que no había nadie. Volví a dormirme y abracé mi almohada. No me ha vuelto a suceder, por suerte!
    Un beso.

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    1. Yo, de niño, al despertar de una pesadilla de este tipo también había sentido la presión que había ejercido alguien, o algo, sobre mi pierna o brazo, que yo sabía que no era real, pero que me impresionaba mucho.
      De niño, e incluso de adolescente, se suelen tener muchas pesadillas, no sé porqué.
      Un beso.

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