sábado, 2 de mayo de 2026

Un cuento de oficinistas

 


Érase una vez un viejo oficinista que llevaba más de sesenta años trabajando en la misma Empresa. Quería jubilarse, pero no le dejaban. Le decían que era imprescindible en el puesto que ocupaba. Pero él sabía la verdad: su salario era tan exiguo que no encontrarían a nadie dispuesto a trabajar por esa miseria. Todo el personal de la Empresa era mayor, por idéntico motivo, pero Juan era, con diferencia, el más viejo y el más antiguo.

Pero, además, resultaba que la pensión de jubilación seria todavía más ridícula, si cabe, y todo por haberse dejado engañar con aquello de que «pero si todavía eres muy joven. Ya te daremos el alta a la Seguridad Social más adelante, cuando seas más mayor, que las cosas, ya lo ves, no marchan demasiado bien ahora mismo». Y eso duró la friolera de cuarenta años.

Entró a trabajar en Casa Miserias, como llamaban en el pueblo a la fábrica de tractores, cuando Juan Honrado tenía quince años y don Negrero, el dueño, cuarenta. Ahora él iba camino de los ochenta, el dueño estaba muerto y enterrado hacía un montón de años y los que llevaban ahora el negocio eran su único hijo y un socio, un tal Julián Explotador.

Juan nunca había estado enfermo, nunca había faltado al trabajo. Entraba el primero y salía el último. Y así cada día laborable, de siete en punto de la mañana a siete y pico de la tarde. Orgulloso de su trabajo en Negrero e Hijo, S.L., primero, y en Negrero & Explotador, S,L., después, declaró en más de una ocasión que pensaba morirse al pie del cañón. Lo que no se imaginaba cuando lo dijo es que ese cañón fuera tan pesado, resistiera tanto tiempo y que a su edad todavía le tendría que sacar brillo.

El día de su octogésimo aniversario, un lunes que haría historia, fue el primer día de su vida laboral que pidió fiesta en el trabajo. Nunca antes lo había hecho, ni cuando Ignacio, su hijo, nació. Pero ahora tenía un motivo muy importante y no era la celebración de su cumpleaños: le habían llamado del hospital. Ignacio había sufrido un accidente con la moto y lo habían entrado en el quirófano. Parecía grave.

A Luisa, su mujer, no le diría nada, tampoco lo entendería. Solo se lo dijo a Mercedes, su cuidadora, un miembro más de la familia, y, claro está, al señor Negrero hijo.

─¿Qué puede hacer usted en el hospital? Solo molestar. ¿No ve que no podrá ver a su hijo, hombre de Dios? Vaya cuando haya terminado su jornada de trabajo, que ya habrá salido del quirófano ─le dijo, señalándole con la mirada la puerta del despacho para que volviera a su puesto. Pero al observar que Juan hacía caso omiso de su consejo y tomaba su abrigo, la bufanda y la bolsa de mano, dispuesto a marcharse, le amonestó:

─Señor… este…, mire que si se va antes de la hora le tendremos que descontar de su salario las horas perdidas y los tiempos no están para perder dinero así como así.

Al día siguiente, Juan llegó tarde al trabajo, un hecho extraordinario que no pasó desapercibido por nadie. Todos se imaginaban lo peor: «pobre hombre, una mujer mentalmente discapacitada y ahora el hijo, vete a saber como habrá quedado, eso si sigue con vida» ─pensaban.

Eran las diez y diez, cuando Juan entró en la oficina con paso decidido y cara de felicidad, y antes de que el señor Romualdo Facha, el jefe de personal, le pudiera reprender, dijo en voz alta:

─He venido a recoger mis escasas pertenencias. Mucho gusto y que lo pasen bien ─iba a decir «y que les den por culo», pero se reprimió. Y dirigiéndose al señor Facha, que lo miraba boquiabierto, añadió: ─ya me dirá cuando puedo pasar a firmar la liquidación. ¡Hasta luego! ─gritó mientras sacudía un papelito como quien agita una banderita como señal de bienvenida a un mandatario extranjero. Y dándose la vuelta, salió por la puerta como alma que lleva el diablo, como si tuviera miedo de que lo atraparan y no pudiera salir de allí nunca más.

─¿Qué llevaba el señor… este… en la mano? ─preguntó el socio de Negrero, conocido por el personal como «el señor tocacojones», que estaba presente.

─Pues no estoy seguro, señor tocacoj…, quiero decir señor Explotador, pero parecía un boleto de lotería.

 

 Aquella mañana, cuando Ignacio despertó, vio a su padre sentado a los pies de su cama. Al verle, puso unos ojos como platos y, mirándole con cara de loco, empezó a agitar los brazos enyesados de tal manera que parecía un pájaro despavorido que intenta volar y no puede. «La cartera, la cartera», gritaba mirando a su alrededor como quien ha perdido algo muy valioso. Y es que la suerte llega cuando uno menos se la espera. El pobre chaval, iba tan excitado conduciendo su moto, porque le había tocado el primer premio del “cuponazo de la ONCE”, seis millones de euros, ni más ni menos, que no se percató de que el semáforo estaba en rojo y, claro, pasó lo que pasó.

Tras el alivio del muchacho al comprobar que el boleto seguía en su cartera, gritó a voz en cuello:

─Corre, papá, corre, ve al banco e ingresa este boleto. ¡Somos millonarios!

─Ahora voy, hijo, tranquilo ─le contestó Juan. Y después de pensárselo unos segundos, añadió─. Pero antes tengo que pasar por la oficina, pues tengo que liquidar un asunto pendiente.

 Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

 

1 comentario:

  1. Pues colorín colorado este cuento es extraordinario, jajaja.
    Me estaba dando una rabia mientras leía como este hombre estuvo explotado toda su vida... menos mal que le pusiste un final feliz, :))).
    Me ha gustado mucho Josep.
    Siempre un gusto leer tus historias.
    Un abrazo y buen fin de semana.

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