jueves, 13 de julio de 2017

No más accidentes (primera parte)


Nací en un autocar a causa de un accidente. No por un accidente del autocar sino de la naturaleza, que dicen que es sabia. Fui sietemesino. No me esperaban hasta el cuarenta de mayo ─como solía decir mi padre─, es decir un nueve de junio, pero decidí adelantarme a un ocho de abril. Así pues, soy Aries y, según mi carta astral, todo tenía que sonreírme. Mi madre creía a pies juntillas en la astrología y, al poco de nacer, encargó que me hicieran esa carta, que no sé por dónde anda pero que mencionaba a menudo cuando quería darme ánimos. En cambio, mi abuela no era tan optimista. Ella decía que eso de nacer antes de tiempo traía malas consecuencias, aunque, ya puestos, añadía, era mejor ser sietemesino que ochomesino. Nunca supo decirme porqué. Sea como sea, el caso es que ni el ginecólogo ni mi madre tuvieron la culpa. En todo caso fui yo el responsable. Siempre he sido muy inquieto y debía tener prisa por salir y conocer el nuevo mundo. Ahora, en cambio, me lo pensaría dos veces. Pero ya no hay vuelta atrás.

El ocho de abril de mil novecientos cincuenta y siete era lunes y el primer día del periodo vacacional de mi padre. Ya sé que puede resultar extraño, pero mi progenitor trabajaba entonces en un almacén mayorista de productos farmacéuticos y, como no cerraba en agosto, el personal tenía que hacer turnos. Siendo mi padre el empleado más nuevo dentro de su grupo y categoría, no tenía el privilegio de poder elegir cuándo disfrutar de sus vacaciones de verano, por lo que dependía de los planes de sus compañeros más veteranos. De este modo, había adquirido la costumbre de tomarlas en mayo, un mes que todavía aseguraba un buen tiempo. Pero ese año una auditoría y una inspección de Sanidad, previstas ambas para mayo, alteraron sus planes. La dirección de la empresa no permitió que ningún empleado se ausentara bajo ningún concepto durante todo el mes. A mi padre no le quedó, pues, más remedio que adelantarlas todavía más, convirtiéndolas, de ese modo, en unas vacaciones de Semana Santa, que cayó ese año a mediados de abril. Mejor adelantarlas que atrasarlas hasta octubre, pensó. Con un retoño en casa, quedaba totalmente descartado. Pero lo que no podían imaginarse mis pobres padres era que un accidente inesperado ─o sea yo─ les alteraría aún más sus planes. Si me acuerdo perfectamente de toda esta historia es porque se empeñaban en contármela cada ocho de abril, después de soplar las velas de mi tarta de cumpleaños. 

Mi padre tendría ahora la friolera de cien años, una edad que a punto estuvo de cumplir. Cuatro meses le faltaron para convertirse en centenario. Mi madre, andaría por los noventa y cinco, si no hubiera tenido prisa por marcharse antes que él. Me tuvieron de mayores. Creían que no iban a tener descendencia. Llevaban catorce años intentándolo, tantos como llevaban de casados. Ahora las mujeres son madres a una edad mucho más tardía que entonces, pero en aquella época tener el primer hijo a los treinta y cinco no era habitual. No obstante, la naturaleza, además de sabia, es caprichosa, pues después de tardar tanto tiempo para darles un vástago, decidió que ya había cumplido su cometido y me convirtió en hijo único. 

Ser hijo único no es ninguna bicoca, como muchos piensan, todo lo contrario. Y más si has nacido cuando ya no te esperaban, cuando creen que su matrimonio será como un jardín sin flores. Y entonces nace el pimpollo. Te cuidan, te miman y te protegen como si fueras de porcelana china. Luisito esto, Luisito lo otro. Hasta bien cumplidos los veinte, coincidiendo con mi alta en las fuerzas armadas para prestar el servicio militar, no pasé a ser Luis. Debo aclarar, sin embargo, que como mi padre se llamaba Luis, el diminutivo había servido hasta entonces de distinción entre ambos. Menudo lío se armó después, cuando mi madre nos llamaba. Cuando desde la cocina gritaba “Luiiiis”, indefectiblemente un dúo de voces masculinas le contestaba al unísono: “¿qué Luis?” o ¿quién, yo? En el primer caso, la respuesta materna era “el padre” o, por el contrario, “el hijo”. Pero como formuláramos la pregunta en su segunda versión, respondía con un “sí, tú”, lo cual, lejos de aclarar las cosas, nos obligaba a interrogarla de nuevo hasta desfacer el entuerto. Debo decir, empero, que mi padre y yo lo hacíamos adrede, para hacerla rabiar. Hasta que la pobre mujer decidió llamarnos Luis padre y Luis hijo. Y aquí se acabó lo que se daba.

Acostumbrado a los cuidados de mis padres, mi paso por la milicia fue bastante ingrato. Les eché mucho de menos. Al volver a la vida civil, como no quise seguir estudiando ─por mucho que mis padres insistieran─ me puse a trabajar. En aquella época no era tan difícil como ahora encontrar un empleo. Hice de todo un poco, pues a manitas no me gana nadie. Pero para ascender en un puesto, te exigían experiencia y títulos, aunque fueran de formación profesional, cosa que yo no tenía. Y yo no me veía mucho tiempo de simple aprendiz o de ayudante de lo que fuera. Entonces vino mi padre a echarme un cable. Como durante el servicio militar me había sacado el carnet de clase B para conducir los camiones del ejército, y en la empresa donde él trabajaba necesitaban un chofer para llevar la camioneta de reparto, me convertí en un empleado más del almacén mayorista. Pero fueron pasando los años, las cosas en la empresa empezaron a torcerse y los salarios a congelarse por aquello de que como ya ganas por encima del sueldo base… Así que, después de ocho años como repartidor de productos farmacéuticos, a los treinta recién cumplidos hice un nuevo cambio y entré a trabajar en la empresa de autocares en la que todavía sigo como conductor.

Aun ahora, cuando subo al autocar y miro por el retrovisor interior para ver si el personal está bien acomodado, no puedo evitar echar una ojeada a la última fila de asientos, en la que casi nadie quiere sentarse porque dicen que marea. Y entonces me imagino a mi madre tumbada en ella, aquel lejano ocho de abril, en que, camino de Sevilla, se armó la marimorena cuando la pobre mujer rompió aguas y tuvo que dar a luz entre dolores, gemidos y la algarabía del pasaje que no esperaba asistir a un parto en vivo y en directo. Y mucho menos sobre ruedas. A mis padres se les terminó las vacaciones al poco de iniciarlas, y su viaje hacia la Semana Santa sevillana se acabó en el bar de una gasolinera situada entre Castellón y Valencia. Ahora a esas zonas las llaman áreas de servicio. La de mi historia todavía sigue en el mismo lugar y, aunque la gasolinera pertenece a otro grupo empresarial, el bar es el mismo. Don Enrique, el propietario de entonces, hace años que ya no está. Ahora es su hijo quien sigue al frente del negocio. 

La primera vez que entré en ese bar, ya como conductor de la empresa de autocares, lo primero que hice fue preguntar por don Enrique. Cuando le conté quién era, más como algo anecdótico que por otra cosa, puso unos ojos como platos y abrió tanto la boca que creía que se le iba a soltar la dentadura, porque se notaba a la legua que era postiza. Podría haber dudado de mi palabra. A fin de cuentas, no me parecía en nada a aquel bebé pringoso y llorón que llegó a tener en sus brazos. Pero quién sino podía conocer la historia con tanto detalle. Desde entonces, cada vez que hacía la ruta hacia el sur, me detenía allí, con la excusa de hacer una parada de descanso, y rememorábamos lo ocurrido muchos años atrás. Mis pasajeros debían creer que me paraba en ese lugar porque tenía comisión. Lo cierto es que el buen hombre me invitaba a lo que quisiera tomar en memoria de aquel acontecimiento que le hizo salir por televisión.

Su hijo al principio escuchaba atentamente nuestra versión de los hechos, pero al cabo del tiempo debió acabar hartándose de oír siempre la misma historia porque, solo verme entrar, esbozaba una sonrisa de complicidad y, tras saludarme con un gesto de la cabeza, se iba al otro extremo de la barra para dejarnos solos con nuestros recuerdos.

Quién me hubiera dicho a mí que, habiendo nacido en el último asiento de un autocar, me sentaría treinta años después en el primero, en el del conductor. No sé qué diría mi carta astral pero no creo que anticipara cosa igual.

En una ocasión, en un viaje organizado por el IMSERSO, la guía, una rubia de escándalo, habiéndosele agotado momentáneamente el guion y conociendo mi don de gentes, me animó a que contara algo al personal, alguna anécdota, algún chiste, cualquier cosa que les mantuviera distraídos y despiertos hasta la próxima entrega de información turística de interés. Lo único que se me ocurrió fue contarles la historia de mi nacimiento. Durante el tiempo que duró mi narración, como si de un cuento para niños se tratara, reinó en el autocar el más absoluto silencio, solo quebrado por alguna tos indómita, alguna exclamación femenina de asombro y el continuo sonido de fondo del motor. Cada vez que, a través del espejo retrovisor, echaba una fugaz ojeada al público que tenía a mi retaguardia, veía que cuarenta pares de ojos observaban, expectantes, a ese hábil contador de aquella curiosa historia acontecida muchos años atrás, como queriendo averiguar la veracidad de sus palabras. Como niños de parvulario, al terminar mi relato, un tropel de voces, a cual más aguda, me acribillaron a preguntas que apenas lograba entender y que la guía me ayudaba a descifrar: ¿quién asistió a su madre en el parto?, ¿fue el chofer o su padre?, ¿y con qué le cortaron el cordón umbilical?, ¿y duró mucho el parto?, ¿y qué hacía la gente del autocar mientras tanto? ¿pararon en el arcén mientras duró el parto o el autocar siguió su camino hasta la estación de servicio? Y… Debo reconocer que, para darle más aliciente a la historia, la aderecé un poco en algún que otro pasaje con un “toque personal”. Como cuando dije que mi madre, del dolor tan intenso, arrancó uno de los asientos en los que estaba recostada, o que todos los pasajeros hicieron una colecta como obsequio para mis padres por el feliz desenlace, o que me pusieron de nombre Luis en honor al dueño del bar por el trato y los cuidados que dispensó a sus tres visitantes inesperados. Visto el éxito de mi narración ─debo decir que soy muy bueno contando cuentos─ me animé a repetirla en otra ocasión, también con el mismo tipo de pasaje, pero con una pequeña variante. En esta segunda versión me habían bautizado con el nombre de Jesús, por lo del nacimiento imprevisto del Mesías en el portal de Belén. Si tuviera que contarla una vez más, quizá diría que me pusieron Ángel en honor a Angelines, una enfermera jubilada, que fue quien realmente ayudó a mi madre en el parto. 

CONTINUARÁ...

18 comentarios:

  1. Una historia muy simpática Josep. Supongo que el protagonista al final no se acordará de cual es su verdadero nombre, jajaja.
    Leí una cita, creo que de un libro de García Márquez que dice: la vida no es como uno la vivió, sino como uno la recuerda para contarla.
    Un placer siempre, leer tus relatos.
    Esperando la continuación, te dejo un abrazo.

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  2. Hola Elda!
    Me alegro que, aun estando de vacaciones, vengas a leer mis historietas.
    Este es uno más de mis relatos que han pasado sin pena ni gloria por un concurso. En este caso lo organizó ALSA, la empresa de autocares, y debía versar sobre los viajes en autocar. Así salió esta historia que me alegro que te resulte simpática, pues es lo que pretendí al escribirla.
    Una bella y acertada cita la de García Márquez, pues así es.
    Un placer para mí tenerte como una de mis más fieles y complacientes lectoras, jeje
    Un abrazo.

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  3. ¡Qué inicio, Josep! El párrafo inicial es absolutamente genial. Esa referencia a la abuela, al parto, con ese inicio nos has mostrado lo esencial de un personaje que pareció predestinado a su profesión. Me ha encantado. Del desarrollo todavía no barrunto a dónde nos vas a llevar, aunque esa Angelines y esa referencia al Mesías... ¡A ver por dónde nos sales! Un abrazo!

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    1. Muchísimas gracias, David, por tu comentario tan generoso. Me alegro que te haya gustado. En esta ocasión traté de relatar una historia "normal", dentro de lo que cabe, con sus anécdotas y paradojas propias de muchos seres humanos un tanto "especiales".
      Un abrazo.

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  4. ¡¡¡Hola!!! Ayyyy me gusta mucho, es divertida y muy bien narrada. Nunca me he animado a participar en el concurso de ALSA, y eso que somos paisanos", no los autocares claro sino los fundadores, conocidos de algunos de mis familiares.
    Estoy deseando leer la continuación.
    Un abrazo.

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    1. En primer lugar, encantado estoy de que te haya divertido el inicio de esta historia, que promete ser muy breve, pues con la siguiente entrega se acaba. Y en segundo lugar, a ver si te animas a participar. Quién sabe si el parentesco te trae buena suerte, jajaja
      Un abrazo.

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  5. De verdad me ha encantado, no solo por la historia en sí, si no por la fecha, te cuento, tú historia tiene varias similitudes conmigo. Nací el 8 de Abril de 1966 y a los seis meses y medio, si si, tenia prisa por nacer, lo que me a costado una sordera como un cabas como diría mi padre, que afortunadamente llevo muy bien a día de hoy por mi implante y mi audífono, de modo que no me quejo, la ciencia avanza una barbaridad y aún sorda de nacimiento, ya ves, de modo que me ha encantado.
    Por supuesto que espero con mucha ilusión la segunda parte. un abrazo. TERE.

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    1. Caramba, Tere, parece hecho ex profeso, cuando en realidad se trata de una historia de ficción totalmente inventada, jeje. Pero, ya se sabe, en esta vida hay muchas coincidencias.
      En tu caso, nacer anticipadamente te trajo ese inconveniente, pero, como bien dices, la ciencia adelanta mucho y, afortunadamente, los implantes y audífonos son cada vez mejores.
      Muchas gracias, Tere, por venir a leerme y dejar tu comentario.
      Un fuerte abrazo.

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  6. Bonita manera de enlazar los caprichos del destino con lo que se supone nos tienen reservado los astros por nacimiento. Quizás el ser conductor de autobús habiendo nacido en uno sea un signo de síndrome fetal laboral?
    Esperaré con ilusión la siguiente entrega.
    Un abrazo.

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    1. Los astros, si es que influyen realmente en nuestra vida, le procuraron a nuestro protagonista una serie de imponderables, alguno de los cuales todavía tiene que ocurrir.
      Y yo esperaré con ansiedad tu reacción final a esta historia, jeje
      Un abrazo.

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  7. Una historia de las tuyas, de apariencia cotidiana. Con un argumento simpático y un ritmo narrativo que nos conduce dócilmente a la espera de la segunda parte, pues supongo que algo extraordinario nos tienes reservado más adelante como buen narrador de historias y sin llamarte Luis-ito.
    Un abrazo.

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    1. Jeje. La cotidianidad puede, a veces, verse alterada por sucesos casuales, o causales, toalmente inesperados pero que luego marcan nuestra existencia, como es el caso de Luis, ex Luisito.
      Muchas gracias, Francisco, por calificarme como buen narrador de historias. Con entreteneros unos instantes, mientras dura la lectura, ya me doy por satisfecho.
      Un abrazo.

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  8. Bueno Josep un arranque que nos deja en ascuas por no saber (al menos en mi caso) por dónde va a tirar la historia. Me da a mí que ese suceso del nacimiento al final va a dar mucho juego, pero ya veremos... El caso es que logras que volvemos a engancharnos a tus historias, aunque el inicio sea pausado, el suspense se siente, jeje.
    Un abrazo muy fuerte.

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    1. Bueno, Ziortza, sin ánimos de hacer "spoiler", solo te diré que en el título del relato está la pista, jeje.
      Me alegro que, desde el inicio, ya te haya enganchado esta historia. Aquí, sin embargo, más que de suspense, de lo que se trata es de mostrar cómo la vida puede ser a veces caprichosa.
      Un fuerte abrazo, compañera.

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  9. Un parto tan particular debe dar un individuo singular como este protagonista. Original y entretenido relato, Josep.
    Abrazo!!!

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    1. Un parto singular que ha dado lugar a un relato igualmente singular. O eso espero.
      Muchas gracias, Mª Jesús, por dejar tu comentario.
      Un abrazo.

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  10. Yo también nací un lunes de abril, aunque cuatro años antes. Fui menos original en el lugar, porque me trajeron al mundo en casa. Todavía no se estilaba lo de las clínicas. En lo de hijo único tampoco nos parecemos, porque soy el tercero de siete.
    Como buen cuentacuentos nos has tenido entretenidos con la amenidad de tu relato. La suerte es que lo he leído con la segunda parte ya escrita. Allá voy.
    Un abrazo.

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    1. Si todo hubiera coincidido me preocuparía, jajaja.
      Me gusta el apelativo de cuentacuentos y me alegro que esta historieta te haya agradado, del mismo modo que espero que el final no te decepcione.
      Muchas gracias por tu presencia, Macondo.

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