Era una entrevista extremadamente importante.
Aunque se consideraba bien preparado para superar cualquier trampa que el
entrevistador, un tipo duro y sin escrúpulos, sin duda le tendería, no podía
evitar sentirse angustiado. Desde que había tomado la decisión de presentarse a
esa candidatura, el insomnio no le abandonaba. Ello no era más que una señal de
su miedo ante una situación tan comprometida.
Tenía que presentarse a
la entrevista despejado y entero de ánimo; de lo contrario, la impresión que
daría sería nefasta y ya podía dar por perdida esa oportunidad única que se le
había presentado a última hora y que no quería dejar escapar. El aspecto es
sumamente importante en cualquier tipo de entrevista, lo sabía, pero la actitud
serena y de seguridad es una pieza clave para ganarse el respeto y la confianza
de los que ostentan el poder, especialmente en un campo tan complicado y
competitivo como en el que pretendía introducirse. Tenía conocimientos más que
suficientes pero, en estos casos, la actitud suele pesar más que la aptitud.
Pero ya no era momento
de pensar sino de actuar pues ya se encontraba en la antesala de su futuro
inmediato, esperando a que apareciera quien representa, hoy por hoy, un poder
indiscutible en un mundo hecho para los ambiciosos. Necesitaba ese empleo, cambiar
de trabajo, de aires, aunque ello supusiera una traición a su jefe actual que,
reconocía, tanto le había enseñado. Pero precisaba sentirse realizado y apreciado
por sus superiores, por lo que estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta
para ganarse el puesto. Estaba tenso, demasiado. Debía controlarse. Sus manos
húmedas y su frente perlada de sudor delatarían su inseguridad y eso le
hundiría. Tenía que evitarlo a toda costa, pero por mucho que restregara las
palmas de sus manos en el interior de los bolsillos del pantalón y se secara el
sudor de la frente con esos pañuelos de papel que habían dejado sobre la mesa
como si adivinaran lo que le iba a suceder, seguía transpirando sin parar. Pero
es que, además, no soportaba el calor, y en ese despacho la temperatura era
infernal.
Como su entrevistador
se demoraba, pensó que aún tenía tiempo para intentar relajarse. Tras comprobar
que no había nadie observándole —sabía que esa gente solía estar al acecho en
todo momento—, se levantó, se quitó la chaqueta, practicó unos estiramientos,
respiró profundamente diez veces, flexionó las piernas, agitó repetidas veces
sus brazos y pensó en abrir la ventana para dejar entrar el aire frio de la
calle. Pero la ventana era impracticable, lo que le impidió llevar a cabo su
propósito, así que tuvo que recurrir al autocontrol, lo que siempre, hasta
entonces, le había dado tan buenos resultados.
Y funcionó. Al cabo de
unos minutos, estaba notablemente más calmado y parecía que había controlado su
sudoración y ese pequeño temblor en las manos. Pero pasaba el tiempo y nadie
acudía a su encuentro, no se oía ni un susurro en toda la oficina. ¿Se habrían
olvidado de él? No podía ser. Sería ridículo que después de todo por lo que
había pasado, aquella secretaria tan estirada se hubiera olvidado de anunciarlo
a su jefe. No le quedaba más remedio que preguntar y salir de dudas. Vio que había
pasado más de media hora, por lo que nadie podía recriminarle que saliera del
despacho para pedir una explicación. Necesitaba obtener ese puesto pero no
estaba dispuesto a que lo ningunearan. Ya había sido demasiado sumiso, humilde
y manejable en el que había sido su trabajo hasta ahora. A fin de cuentas, sabía
que allí querían a gente decidida y sin reparos, así que no tenían porqué censurarle
que pidiera explicaciones.
Cuando abrió la puerta,
se encontró con una oficina totalmente vacía. Las luces seguían encendidas,
pero no había nadie donde poco antes había una actividad frenética. Un reloj de
pared marcaba las 21:00 horas. ¿Cómo era posible, si él había llegado alrededor
de las seis de la tarde? No podía haber transcurrido tanto tiempo desde que le
dejaron sentado esperando. Sabía, de oídas, que en esa empresa tenían fama de
torturar psicológicamente a los candidatos para un puesto tan relevante como el
que quería ocupar, para comprobar, de este modo, si tenían la suficiente paciencia
y entereza y cerciorarse de su resistencia a la adversidad. Pero lo que le
estaban haciendo parecía más bien una burla que no estaba dispuesto a tolerar.
Así pues, volvió a la sala
para recoger su chaqueta y largarse a toda prisa, pero cuando entró vio
sentado, a la cabecera de la larga mesa, a un individuo que le miraba con una sonrisa
socarrona. Su aspecto impresionaba.
Tras la sorpresa
inicial, el joven candidato iba a balbucear una disculpa, sin saber muy bien
por qué, cuando aquel desconocido le invitó a sentarse junto a él con un ademán
que más bien parecía una orden. Tras unos segundos escrutándole como si
quisiera descubrir algún signo de debilidad en ese joven del que tanto le
habían hablado, por fin exclamó:
—La paciencia es una
virtud en esta empresa. Quien algo quiere, algo le cuesta, y por lo que he
visto, parece que realmente deseas trabajar con nosotros. Pero antes, contesta
a mi pregunta: ¿Cuál es el motivo para que quieras cambiar de bando? — le interpeló
con una voz cavernosa que helaba la sangre; a lo que el joven respondió sin
titubear:
—Llevo mucho tiempo, ya
he perdido la cuenta, trabajando para ellos, pero ya no me siento realizado, ya
nadie me escucha, nadie me hace caso, todo lo que hago resulta inútil, me
siento frustrado pues mis esfuerzos no dan fruto ni son recompensados. Mi
trabajo resulta estéril. En cambio, con ustedes seguro que puedo ser mucho más productivo
—añadió, tragando saliva y sin dejar de sudar. Caramba, qué calor más
endemoniado hacía en esas oficinas. Tendría que acostumbrarse.
—Muy bien, muy bien —dijo
su interlocutor, con cara de satisfacción—. Desde luego, trabajo no te faltará.
Por fortuna, cada vez hay más gente inclinada a hacer el mal, solo les falta un
empujoncito. Y los que ya lo practican, necesitan un coaching constante para
que no decaigan. ¿Cuándo puedes incorporarte?
—Cuanto antes mejor,
mañana mismo, si le parece bien.
—¡Perfecto! Pero antes
deberías cambiarte de indumentaria, que ese color blanco tan inmaculado no representa
los ideales de nuestra empresa. El negro es más elegante, te sentará mejor e
infundirás más respeto. Antes, nuestro color favorito era el rojo, pero hay que
adaptarse a los cambios.
Nos presentas un relato con una buena dosis de suspense que va in crescendo hacia ese gran final determinado por la paciencia. El detalle del rojo al negro es muy bueno también. Y sí, cada vez más las entrevistas de trabajo van evolucionando hacia la encerrona total :)
ResponderEliminarUn abrazo, Josep.
Ingenioso relato, Josep. ¿Se podría decir que es un ángel caído? Otro saludo.
ResponderEliminarMe gusta porque al final te paras y revisas lo leído para asegurarte que lo has entendido, que lo que supones, es lo que se cuenta. Genial. Me ha gustado mucho.
ResponderEliminarSAludos.
Com les gastant en aquesta empresa/infern ! hehehe..... no sé jo, si ha triat bé aquest candidat, si hi entra, segur que ja no el deixen escapar ... : D
ResponderEliminarBona història, i bona setmana !!.