jueves, 22 de septiembre de 2016

¿Dónde están mis recuerdos? (tercer acto)



Según las pesquisas de la policía, los hechos debieron producirse de la siguiente manera:

Francisco Utiel Serrano, de sesenta años, viudo sin hijos, llevaba años asesorando a ricos empresarios y a algún que otro político corrupto, participando con ellos en negocios que la fiscalía todavía seguía estudiando. Una vez reunidas pruebas suficientes, aunque no exhaustivas, de su implicación en esos negocios fraudulentos, fue detenido y puesto a disposición judicial. El juez, vista la gravedad de las imputaciones y existiendo, según él, riesgo de fuga, ordenó su reclusión sin fianza, a la espera de juicio.

Alguno de sus clientes, temeroso de que pudiera llegar a un acuerdo con la justicia y le delatara, se adelantó e hizo que lo liquidaran.

―De todos modos llegaremos al fondo de la cuestión y acabaremos descubriendo al culpable o culpables –oí que decía el inspector Giráldez mientras mi cabeza daba vueltas a medida que avanzaba en sus explicaciones.

Cuando hallaron el cadáver de Utiel, indagaron si había recibido visitas en la cárcel y dieron con mi nombre, su único visitante en todo aquel tiempo, y registrado como socio del interfecto. Las cámaras de seguridad ofrecieron testimonio de ello y mi rostro apareció claro y nítido. Cuando Giráldez visionó las imágenes grabadas, identificó al visitante de Utiel como la persona a la que habían hallado inconsciente en un vehículo al borde de un acantilado y que yacía, desde hacía veinticuatro horas, en un hospital de la ciudad en estado de coma. Su nombre aparecía bien legible en el registro de entrada de la prisión: Alfonso Latorre Gutiérrez. No sabían, de momento, nada más. Ni estado civil, ni familia, ni domicilio, ni nada.

―Tuve que esperar a que usted saliera del coma para poder interrogarle, pero no contaba con que padeciera un episodio de amnesia. Aun así le mostré la noticia de la muerte de Utiel, publicada justo antes de su accidente, para ver si conseguía hacerle reaccionar. Todo fue en vano. Así que tuvimos que dirigir nuestras investigaciones, momentáneamente, en otra dirección.
―Y, por lo que veo, siguen sin tener la más mínima idea de lo ocurrido –comenté con  cierto enojo.
―Por ahora, hemos investigado al doctor Tafalla y hemos descubierto que había realizado una inversión millonaria en unos bonos en el extranjero siguiendo los consejos de su socio y que esta inversión ha resultado ruinosa. El doctor está al borde de la quiebra, pues invirtió casi todo lo que tenía.
―¿Y él qué dice de eso? –pregunté.
―No lo niega, por supuesto. Pero asegura que, aunque se enfureció mucho, admitiendo haber tenido un fuerte altercado verbal con Utiel, no ha tenido nada que ver con su muerte ni con el accidente que usted sufrió.

La cabeza me dolía como si me la estuvieran taladrando desde dentro. Demasiada información para digerirla de golpe. Aun así intenté seguir el hilo de sus explicaciones y aplicar la lógica.

―¿Cómo no va a negarlo? No creerá usted, inspector, que admitirá ser el responsable de la muerte de mi socio y de intentar la mía sin más. Yo vi claramente su cara, aunque fuera en sueños. Y lo vi entrar en mi habitación para inyectarme no sé qué. Él es médico, se coló como tal en mi habitación. Debió tomar una bata de algún otro sanitario. ¡Ahora recuerdo que no llevaba ninguna tarjeta de identificación como el resto del personal del hospital!

Giráldez iba asintiendo, pensativamente, a mis atropelladas explicaciones. Entonces me miró de nuevo. Parecía que iba a preguntarme algo pero que no sabía cómo. Por fin se decidió.

―Hay una cosa que no entiendo. Si usted era socio de Utiel, ¿cómo es que nadie en el edificio dice conocerle? Alguien tiene que haberle visto alguna vez, digo yo. Como mínimo el conserje.

Me quedé mudo. Si eso era cierto, resultaba muy extraño. Debía de haber alguna explicación. Y me aventuré a favor de la primera que me vino a la cabeza.

―Quizá es que hacía muy poco tiempo que éramos socios y ya sabe usted que las caras nuevas… -ni yo mismo me acababa de creer tamaña idiotez pero tenía que ganar tiempo mientras mi memoria no volviera a funcionar como era debido.

Sin más que decir, el inspector abandonó la habitación meditabundo, dejándome a mí más confuso que el primer día que abrí los ojos en esta cama.

¿Quién había querido deshacerse de mí si no era Tafalla? ¿Quizá otro cliente furioso, el mismo que encargó asesinar a Utiel, y que ahora mismo debía estar al acecho, a la espera del desarrollo de los acontecimientos? ¿Y si Utiel y yo estábamos involucrados en algo muy grave y, al saber que él había sido asesinado por ello, me sentí incapaz de afrontar las consecuencias y me había intentado suicidar? De ahí que no me hubiera atado el cinturón ni existieran señales de frenada. Pero un suicida no hace desaparecer su documentación…

Seguía en un punto muerto y sin recordar nada de todo lo ocurrido. Dentro de unos días me darían el alta y quedaría a merced del asesino o asesinos. ¿Y a dónde iría?

Pero a la mañana siguiente un enviado del inspector Giráldez aclaró este último pormenor.

 

CONTINUARÁ...
 
 


16 comentarios:

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  2. Josep, tu forma de relatar me tiene hechizado y pendiente de la pantalla. Mi cabeza está como la del paciente amnésico; creo saber por donde van los tiros, pero no quiero adelantarme a las pesquisas que me voy haciendo junto al inspector. Creo tener la respuesta al enigma pero esperaré al final con ansia viva para ver si tengo o no razón.
    no esperes mucho para publicar la siguiente entrega. estoy en ascuas y me quemo.
    Un abrazo.

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    1. Caramba, Francisco, acabaré teniendo un peso en la conciencia por hacerte sufrir de este modo, jaja
      Todo a su debido tiempo (tú mejor que nadie sabe que Zamora no se conquisto en una hora). Pero si quieres que te diga la verdad, estoy empezando a encontrar gustillo a eso de hacer sufrir a la gente.
      Hablando en serio, el lunes tengo previsto publicar la cuarta entrega y el miércoles o jueves la última. De este modo, doy tiempo a que mis habituales lectores puedan ponerse al día. Por otra parte he preferido publicar este relato por entregas porque, de lo contrario, habría resultado (a mi juicio) demasiado largo para leerlo de un tirón.
      Te quedo, como siempre, muy agradecido por tus elogiosas palabras y, como dije en otra ocasión, espero no defraudaros con el desenlace final.
      Un abrazo.

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  3. Desde luego esto se pone cada vez mas y mas interesante, a mi también me tienes enganchada con que así que no tardes en publicar el siguiente acto. Es muy bueno vaya por delante. un abrazo. TERE.

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    1. Hola Teresa,
      Pues un poquito de paciencia si que vas a necesitar. Como le decía a Francisco, debo espaciar un poquito las publicaciones para daros tiempo a leerlas. La semana próxima el desenlace. Ni que fuera "Juego de tronos", jajaja
      Muchas gracias por tu presencia y tu amable comentario.
      Un abrazo.

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  4. Caray que emocionante Josep, este relato bien puede llegar a ser una novela de misterio si la alargas.
    Estaría genial.
    Mis felicitaciones por tu buen hacer.
    Impaciente a la espera ¿de que termine?, ¡no! de que siga...
    Un abrazo.

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    1. Hola Elda,
      De momento sigue pero el final está ya muy cercano.
      En más de una ocasión algún/a "admirador/a" me ha dicho que uno de mis relatos podría dar para una novela pero no me veo escribiendo una novela. A simple vista me resulta una tarea muy complicada, hay que saber prolongar y mantener la acción, y tener una trama muy bien diseñada de principio a fin. Eso son palabras mayores, pero nunca se sabe...
      Te agradezco tu apoyo y tus siempre buenas palabras.
      Un abrazo.

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  5. Me ha sorprendido que Latorre se planteara la idea de que lo suyo fuera un intento de suicidio aunque, visto el cariz que toman los hechos, me inclino por descartar esta opción.
    Me encanta leer historias intrigantes por entregas, y más cuando están tan bien escritas como esta tuya.
    ¡Un beso, Josep Mª!

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    1. Me imagino que alguien angustiado por no recordar nada de lo acontecido puede llegar a plantearse cualquier cosa, por descabellada que parezca.
      Latorre puede esconder un turbio pasado o bien ser la víctima propiciatoria de un complot para acabar con el. Quién sabe.
      Muchas gracias, Chelo, pr yu vivita y tu amable comentario.
      Besos.

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  6. Las cosas se siguen enredando, y esta entrega no dio muchas pistas que aclaren el camino. Sin embargo, un texto muy bueno, como siempre. Voy a estar atento a la próxima publicación.

    Más saludos, Josep!

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    1. La luz al final del túnel cada vez se acerca más.
      Agradezco tu atención y tu amable comentario.
      Un abrazo.

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  7. Debe de ser angustioso no recordar nada y encima verse implicado en unos hechos tan siniestros.
    Por mi parte le comentaría al inspector Giráldez que pasearse por un hospital con una bata sin ser trabajador del mismo, no es nada complicado, y no es por quitarle méritos al que intentó cargarse a Latorre, que conste.
    Saludos.

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    1. Debió saber lol fácil que le resultaría colarse hasta la misma habitación el paciente cuando tuvo el coraje de arriesgarse hasta ese punto.
      Siempre que pensado que tener a mente en blanco, si sabre quién eres, debe ser realmente angustioso.
      Gracias por comentar.
      Un abrazo.

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  8. Hola Josep Mª hacía días que tenía pendiente venir a leer la continuación de la historia, pero hasta el fin de semana resulta difícil y llego te leo y me has dejado muy intrigada. Pero llegar tarde a veces tiene ventajas me voy a leer la continuación.
    Saludos

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    1. No sé si llegar tarde tendrá o no ventajas pero sí que da más trabajo, jeje
      Espero que la intriga se mantenga hasta el final y que éste no te defraude.
      Muchas gracias por tu visita. Nunca es tarde cuando la dicha es buena :)
      Un abrazo.

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  9. Me dan tentaciones de saltarme el penúltimo e ir a resolver el enigma del tirón, je, je. Tu manera de relatar es brillante. ;)
    Un besote. =)

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