viernes, 9 de marzo de 2018

El donante




Quién me iba a decir que mi altruismo, cuando atendí a aquella joven, me llevaría a la situación en la que me encuentro. “¿Quiere registrarse como donante de órganos?”, me preguntó en la entrada del hospital donde acababan de ingresar a un amigo.

Siempre que surgía el tema, no dudaba en declararme totalmente a favor de donar mis órganos una vez ya no me fueran de utilidad. Nunca entendí esa reticencia de algunos a ceder los órganos de su ser querido cuando, recientemente fallecido, el personal sanitario les interroga sobre esa posibilidad. ¿Cómo pueden negarse a algo que puede salvar la vida de otra persona?

Y esta creencia fue lo que me impulsó a rellenar esa hoja que tan amablemente me tendió aquella chica rubia y de ojos azules que, al despedirse, se deshizo en halagos y agradecimientos por mi generosa contribución.

Tan pronto como llegué a casa y se lo conté a mi mujer, esta me reprochó mi insensatez. “Ahora te tienen fichado como donante de órganos. ¿Quién te dice que un día no irán a por ti? Imagínate por un momento que un millonario necesita de pronto un trasplante y, viendo la escasez de órganos, ofrece una gran suma de dinero para que le consigan el que necesita y ahí estás tú para obsequiárselo generosamente”.

Si bien en un primer momento me quedé helado ante esa posibilidad, deseché de inmediato tal disparate, más propio de una película de terror que de la vida real. Incluso acabé riéndome y ridiculizando sus exagerados temores. ¡Siempre tan suspicaz y malpensada! Entre los argumentos para rebatir su suposición, le dije que no sabían mi grupo sanguíneo, ni mi Rh, ni nada que les indicara mi idoneidad y compatibilidad como donante. Solo había facilitado mi identidad, domicilio y poco más, y lo único que iba a recibir, a cambio, era una tarjeta cuyos datos, según me había asegurado aquella chica rubia y de ojos azules, no podían ser consultados por nadie. Era un puro trámite que solo servía para identificarme como donante en caso de accidente. Mi mujer, nada convencida, insistió en que mi información pasaría a engrosar una base de datos que sirve para buscar, entre todos los donantes registrados, el que pueda ser compatible con un determinado receptor. Para quitar importancia al asunto le dije que en nuestro país actualmente todos somos donantes de órganos a menos que hayamos dejado constancia en vida de nuestra oposición. Ella, a su vez, argumentó que no hacía falta anticiparse y formar parte de ninguna base de datos ─y dale con la dichosa base de datos─, que cuando uno de los dos falleciera, el otro ya se encargaría de dar su consentimiento a un posible trasplante, algo que, por otra parte, ya habíamos comentado en más de una ocasión. “Porque, a pesar de lo que dices sobre que todos somos donantes por ley, a la hora de la verdad, me consta que siempre preguntan a los familiares. Parece que estés pidiendo a gritos que te capturen y te diseccionen cuando todavía gozas de buena salud. ¿Acaso no has oído hablar del tráfico de órganos? Mira a los pobres niños de la calle en Brasil”, sentenció, enfurruñada.

Y ahí quedó la cosa hasta que, al cabo de una semana, recibí por correo electrónico un cuestionario para rellenar, una especie de últimas voluntades para que ratificaba mi deseo de, llegado el momento, donar todos mis órganos. Solo tenía que descargarlo, imprimirlo, rellenarlo, firmarlo y devolverlo escaneado. Aunque me extrañó, pues nada me había dicho de esto aquella chica rubia y de ojos azules, todo parecía muy normal, un simple trámite, como decía el correo, para poder recibir la tarjeta, hasta que al final del cuestionario encontré unas casillas, de obligada cumplimentación, según indicaba un asterisco rojo, en las que debía introducir mi grupo sanguíneo y mi factor Rh. Con el bolígrafo en alto, me quedé unos segundos dudando si seguir o no. ¿Por qué no?, me dije. ¿Acaso cuando uno es donante de sangre no forma parte de un registro en el que seguramente constan estos datos? Así que, sin dudarlo más, acabé de rellenar el documento y lo devolví firmado al remitente, una Asociación para la promoción de la donación de órganos.

¿Por qué lo haría? ¿Por qué firmaría y enviaría el maldito documento? El caso es que nunca en mi vida me he arrepentido tanto de hacer algo como lo que hice aquel maldito día. Y todo por culpa de mi temeraria ingenuidad.

Pasaron unas semanas después de haber recibido la tarjeta de donante, y casi me había olvidado del tema, cuando un día, al salir del trabajo, vi algo que me llamó poderosamente la atención. Durante todo el trayecto hasta la estación del metro, dos individuos, de aspecto un tanto sospechoso, no dejaron de seguirme, para desaparecer una vez alcancé el andén. Respiré, mucho más tranquilo, pensando que había sido una confusión por mi parte. Pero en el interior del vagón, otros dos, con el mismo aspecto de sabuesos, no me perdieron de vista hasta que llegué a la parada de destino. Debían haberse turnado en mi seguimiento para no despertar sospechas, pero resultaba evidente que venían tras de mí. Cada vez que les miraba, disimulaban dirigiendo la vista hacia otro lado o hablando entre sí. Uno sacó un periódico del bolsillo de su abrigo, lo desdobló y empezó a leerlo, o debería decir que fingía leerlo pues no dejaba de observarme por el borde superior. Todo un clásico del cine policíaco, algo muy visto y más propio de un detective torpe o primerizo. Cuando me apeé también lo hicieron ellos, pero desaparecieron entre el gentío. Volví a sentir alivio, llegando a creer que todo había sido fruto de mi imaginación o de una casualidad. Pero cuando estaba a punto de entrar en el portal de mi edificio, vi a otro individuo en la esquina más próxima, observándome y anotando algo en un pequeño bloc de notas. Entonces lo tuve claro: todo aquel seguimiento tenía por finalidad comprobar que los datos que les había facilitado sobre mi lugar de trabajo y mi domicilio habitual eran correctos. De este modo sabían dónde localizarme. ¡Mi mujer tenía razón! Aun así, quise convencerme de que ello podía obedecer a un exceso de celo por parte de la Asociación, pero otro tanto sucedió el siguiente fin de semana, siendo nuevamente objeto de un seguimiento exhaustivo. Allí donde íbamos mi mujer y yo, había siempre un retén formado por dos sujetos atentos a nuestros movimientos y costumbres. Ahora también sabían dónde tenía mi segunda residencia y cuáles eran mis movimientos en todo momento. De este modo, en cuanto necesitaran de “mis servicios”, sabrían dónde hallarme, de día y de noche, durante los días laborables y los festivos.

Este burdo espionaje se repetía a diario, supongo que para cerciorarse de que no cambiaba de hábitos. Fue entonces cuando puse en práctica un plan de distracción, simplemente para tocarles las narices. Cambié la ruta de casa al trabajo y viceversa. Sabrían donde vivía y donde trabajaba, pero si tenían que sorprenderme y raptarme durante el camino a uno u otro lugar, lo tendrían crudo. El recorrido se parecía más a una gincana. Jugaba al despiste con ellos. Entraba en un mercado concurrido y me confundía con la abundante clientela, saliendo por otra puerta; accedía a una estación de metro, pero salía por otra boca de acceso. Incluso llegué a entrar en una iglesia y salir por un patio adyacente a la sacristía. Parecía emular al fugitivo o a Robert Langdon, el famoso personaje de Dan Brown, siempre huyendo de sus perseguidores. Con estas tretas llegaba mucho más tarde a casa y al trabajo y cada vez tenía que inventar una excusa para que mi mujer no se preocupara, pues no se había percatado de nada, y para mi jefe y compañeros, que ya empezaban a estar mosqueados.

Pero la situación empeoraba cuando salíamos juntos de compras, a cenar o al cine. Si tomábamos el transporte público, siempre veía caras amenazadoras en todas partes. Si íbamos en coche, siempre mirando por el espejo retrovisor y cambiando constantemente de vía. En cuanto creía ver un vehículo que me seguía, giraba bruscamente por la primera bocacalle, a veces incluso derrapando, como en las persecuciones de las películas policíacas. Mi mujer, alarmada, acabó exigiéndome una explicación. Y no tuve más remedio que dársela. Aún recuerdo sus sonoras carcajadas y sus palabras tan pronto como pudo serenarse. Tras mi estupor inicial, fui entonces yo quien se echó a reír de forma incontenible, con unos lagrimones resbalando por mis mejillas de pura y desmedida hilaridad. Esos supuestos perseguidores eran empleados de una agencia de detectives a la que ella había recurrido para que me vigilaran y protegieran pues estaba convencida de que algún día sufriría un secuestro para vaciarme por dentro y servir como donante a la fuerza. Le estaba costando una buena pasta, pero prefería quedarse tranquila. Además, le habían hecho un precio especial por la continuidad de un servicio que se preveía perpetuo. 

Tuvo que transcurrir un mes para poderla convencer de que desistiera y cancelara el contrato con la agencia de detectives. Ninguno de los dos teníamos nada que temer. Todo era una pura y simple paranoia. Y así nos olvidamos del asunto.

Pero unos días después, a la salida del cine, nos percatamos que un par de individuos nos seguían hasta el parking, donde habían aparcado su coche a pocas plazas de distancia del nuestro. No nos perdieron de vista en todo el trayecto hasta llegar a casa. Una vez hubimos aparcado y nos encontrábamos en el portal, les vimos de nuevo detenidos enfrente, observándonos desde el interior de su vehículo, y cuando nos acercamos para verles la cara y preguntarles por qué nos estaban siguiendo, el conductor pisó el acelerador a fondo y el coche salió disparado perdiéndose en la oscuridad. Mi mujer y yo nos miramos, estupefactos primero y horrorizados después. ¿Quiénes eran esos individuos? Seguro que no eran de la agencia de detectives. Y si …

Pusimos a la venta el piso y el apartamento y empezamos a buscar una nueva residencia. También me despedí del trabajo esperando encontrar un nuevo empleo. Pero, entretanto, esos secuaces no me dejaban tranquilo ni a sol ni a sombra. Allí donde fuera, los tenía siempre pisándome los talones. Llamé a esa Asociación promotora de la donación de órganos, pero me contestaron diciendo que el número al que llamaba era particular y no correspondía a ninguna Asociación. No existía ninguna web con ese nombre y la dirección de correo electrónico desde la que me enviaron el cuestionario me daba error de envío. Así pues, los temores de mi mujer, que me parecieron tan ridículos, se habían hecho realidad. Estaba expuesto a que cualquier día acabaran conmigo. Fuimos a la policía y no dieron crédito a nuestras sospechas, y sin más datos ni pruebas no podían hacer nada. Creo que nos tomaron por unos chiflados.

Hasta que aquello no se resolviera y todo volviera a la normalidad, mi mujer se fue a vivir con su hermana. No quería ponerla en peligro. A pesar de su insistencia para que la acompañara, decidí quedarme en casa. Era a mí a quien querían y si me mudaba sabrían, de todos modos, mi nuevo paradero. Así que me quedé solo. No podía dormir pensando que en cualquier momento me convertiría en su presa. Cualquier ruido me sobresaltaba. Acabé comprándome un arma en el mercado negro y dormía con ella bajo la almohada. Pero, si quisieran, podrían entrar sin que yo les oyera y anestesiarme con un spray, me decía. Quería ser valiente y plantarles cara, pero estaba acojonado.

Por si eso fuera poco, esta tarde he oído por televisión que a uno de los hombres más ricos del país le han diagnosticado un cáncer de hígado y solo le podría salvar un trasplante, y que, al parecer, hay una larga lista de espera. En todas las cadenas han dado la noticia. ¿Seríamos compatibles? ¿Cuánto tiempo transcurriría hasta que me dieran caza? Me extrañaba no saber nada de mi mujer. De haberse enterado de ello, me habría llamado. Al ver que no lo hacía, he decidido llamarla yo para tantearla y tranquilizarla, pero no he hallado mi móvil. He pensado que o bien lo había perdido o me lo habían robado. ¿Pero dónde? Entonces he recordado que este mediodía, al salir del restaurante donde últimamente suelo almorzar, he tropezado con un chico que iba muy apresurado. Debe haber sido él quien me lo ha sustraído. Quería ir a comprar uno nuevo, pues no podía estar incomunicado y la línea fija podía estar intervenida. Pero ya era muy tarde y todas las tiendas debían estar cerradas. Mañana saldré a comprarme uno barato, me he dicho.

Había anochecido y llevaba toda la tarde mirando la calle desde la ventana, amparado por la oscuridad del salón. Llovía a cántaros. La visión no era muy buena. Todos los coches que aparcaban o se detenían frente al edificio me parecían sospechosos. Hasta entonces, todos los que se habían apeado de ellos eran conocidos del barrio o pasaban de largo. Solo uno me produjo desconfianza. Iba cubierto con un impermeable color caqui. Parecía que se dirigía hacia nuestro portal, pero se ha refugiado bajo la cornisa de la planta baja y le he perdido de vista. Aun así, lo tenía todo bajo control. El arma me daba cierta seguridad. Si alguien entraba y me atacaba, le repelería. Sería en defensa propia, aunque no tuviera permiso de armas. Me detendrían, pero un abogado encontraría la forma de que me aplicaran un atenuante. Ataque de pánico, por ejemplo. Cuando todo se aclarase, seguro que me acabarían soltando.

De pronto, he oído un leve crujido de la puerta y unos pasos ligeros que se acercaban por el corredor. El corazón me ha dado un vuelco y los pelos de la nuca se me han erizado. He comprendido que había llegado el temido momento. Tengo que ser valiente, no debe temblarme el pulso, me he dicho. He amartillado el revólver y he apuntado hacia la entrada al salón. La cortina y la oscuridad del pasillo no me dejaban ver al intruso, porque solo era uno, de eso estaba seguro, lo cual me daba una cierta ventaja. Jugaba a mi favor el factor sorpresa. Una mano ha apartado bruscamente la cortina. He disparado, una, dos, tres, cuatro veces. El intruso se ha desplomado sin emitir quejido alguno. He abierto la luz sin dejar de apuntarle. Llevaba un impermeable color caqui con la capucha puesta. Se la he retirado para verle la cara. No me lo podía creer.

En el Instituto Anatómico Forense un policía me ha conducido, esposado, hasta la sala de autopsias para proceder al reconocimiento del cadáver. “Una pura formalidad”, me ha dicho. Al abrirse la puerta corredera, se me ha acercado el médico encargado de la autopsia. “¿Por qué una autopsia, si se sabe cómo murió?”, le he preguntado. “Tenemos que certificar la causa de la muerte y, de paso, comprobar si hay algún órgano vital que no haya sido dañado. Aparentemente, el disparo mortal ha sido el que ha impactado en el corazón, los demás han afectado al abdomen, así que el resto de órganos vitales podrían estar intactos o en buen estado”. A estas palabras le ha seguido la pregunta que me temía: “¿Sabe si su mujer quería donar sus órganos?”


Ahora estoy en comisaría prestando declaración. Me enseñan un teléfono móvil. Parece el suyo. Acceden a sus mensajes entrantes y me muestran el último. “Tengo que confesarte algo muy importante. Estoy en casa. No tardes, por favor”. Yo soy el remitente. Me enseñan otro móvil, que dicen haber hallado bajo mi cama mientras procedían a registrar nuestro piso. Lo reconozco. Es el mío. Y el último mensaje enviado es el que acabo de leer en el de mi mujer, a la que he descerrajado hace solo unas horas cuatro disparos a quemarropa.

Su hermana no da crédito a lo ocurrido. No se imaginaba lo que le esperaba a mi mujer cuando la vio marchar precipitadamente y le dejó su impermeable para que no se mojara. Yo soy el único acusado, el único culpable. Me preguntan por el móvil del crimen. Yo ahora solo pienso que su grupo sanguíneo O negativo la califica de donante universal.

¿Sabía todo esto la chica rubia y de ojos azules?



33 comentarios:

  1. Josep, has hecho un relato de carácter intrigante. Esos miedos a ser presa de un secuestro o un acto para ser utilizado como objeto de donador de órganos. Y a final después de destrozarse la vida y vivir casi escondido, con el tiempo hizo mella ese miedo de que le acosaran en su casa sin darse cuenta que asesinó fue su propia esposa, confundida por un intruso. Así sin quererlo la que donará los órganos es su mujer, siendo victima del propio marido.Un abrazo.

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    1. Muchas veces, intentando arreglar un problema, creas o empeoras otro. En este caso, marido y mujer eran víctimas inocentes de un supuesto plan de tráfico de órganos, pero quien finalmente pagó por ello fue quien le advirtió a él que no se fiara de lo que le había dicho aquella chica rubia y de ojos azules. Y es que es lo que siempre digo: hay que hacer caso de tu mujer, jeje.
      Un abrazo, Mamen.

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  2. ¡Qué tensión!! Un relato con un ritmo buenísimo, has creado un ambiente muy real, me he sentido agobiada y con todo tipo de pensamientos...ufff.
    Yo creo que todos esos miedos que nos asaltan no nos dejan controlar la situación, tantas películas, tantas informaciones, tantos controles, .. por momentos crean una atmósfera de cine negro.
    Me ha gustado muchísimo Josep Mª, ya no me voy a fiar de "esa chica rubia" ni de rellenar papeles.. no sea que me obsesione jajajaja
    Pobre mujer, tan solicita corriendo a ver que le pasaba... hay que ser más comedida jejeje.
    Un abrazo grande y enhorabuena amigo.

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    1. A mí me paró una vez una chica, a las puertas de un hospital, preguntándome si quería registrarme como donante de órganos. Como no era rubia ni tenía los ojos azules, me negué, jajaja. Le dije que, llegado el momento, mi mujer y yo ya teníamos claro que no pondríamos ningún inconveniente, todo lo contrario, pero que no hacía falta anticipar los acontecimientos, como le dice la mujer de esta historia a su marido, jeje.
      Me alegro que este relato te haya suscitado tantas emociones.
      Un abrazo, Xus.

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  3. Viendo lo que dicen mis anteriores comentadores, ya veo que voy a ser el único que se lo ha tomado como un buen relato de humor.
    Un abrazo.

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    1. Pues sí, compañero, el relato pretende darle un toque de humor a algo que, en principio, es muy serio. Lo más serio que tiene es el final. Quizá podría calificarse como una tragicomedia.
      Un abrazo.

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  4. Muy buen relato, Josep María. Me he acordado de mi abuela. Murió hace cuarenta años y siempre decía que no había que hacerse donante de órganos porque seguro que te mataban para quitártelos.
    Me ha gustado mucho la trama, compleja y que se retuerce sobre sí misma dando varias vueltas de tuerca para terminar... muy "bien". Felicidades.
    Un beso.

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    1. Pues un amigo mío me dijo, hace muchos años, lo mismo que tu abuela y, aunque era muy dado a las exageraciones, me dio que pensar. Mucho después, como le decía a Xus, se me apareció una chica como la del relato pidiéndome si quería tener el carnet de donante. Yo no suelo ser malpensado pero me recordó la advertencia de mi amigo y decliné amablemente la invitación. Y ahora, muchos años después, me volvieron, de repente, estas dos cosas a la memoria y de ahí surgió esta loca historieta.
      Que existe el tráfico de órganos, de eso no hay duda, pero el resto ha salido de mi calenturienta imaginación, jajaja.
      Un beso.

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  5. Hola Josep, desde un tono irónico, escéptico y con un buen surrealismo en la situación desarrollada, me temía que esa situación no iba a acabar en una luna de miel precisamente, ja,ja,ja. La verdad es que el poder de la sugestión puede llegar a situaciones tremendas y ese es uno de los mensajes con los que me quedo de tu trabajado relato. En fin, como donante de órganos espero que no vengan a por mí, realmente no merecen mucho la pena.....:-). Un abrazo y buen fin de semana.

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    1. Hola, Miguel. Efectivamente, no tenía pinta de acabar bien. A veces uno ve fantasmas donde no los hay, pero es que muchas veces hay indicios de que sí existen. La realidad se confunde a menudo con la ficción y me gusta jugar con estos equívocos. De todos modos, en la historia que aquí nos ocupa, yo no estaría seguro de que todo hubiera sido una paranoia de los protagonistas, jeje.
      Un abrazo.

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  6. Qué fantástico Josep, y qué tensión leyendo!. Me ha encantado porque en este caso no he sospechado como iba a terminar la historia.
    Con esta imaginación tuya me has puesto en alerta sobre la donación, claro que los míos ya no servirán para mucho, jajaja.
    Me ha encantado, estupenda narración.
    Un abrazo, y buen fin de semana.

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    1. Jajaja. No quisiera haber hecho campaña, sin quererlo, en contra de la donación. Es algo muy loable, pero nunca he entendido la necesidad de declararse formalmente donante en vida. Se supone que si alguien ha declarado a su familia que desea donar todos sus órganos (o por lo menos los utilizables, jeje), no veo porqué, llegado el momento, tienen que desobedecer sus intenciones.
      Muchas gracias, Elda, por tu comentario.
      Un abrazo.

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  7. Hola Josep, hacía tiempo que no leía un relato tuyo, y ya tenía ganas..., desde luego describes a la perfección la paranoia que puede sufrir una persona (o dos) que se les va la pinza porque de repente les da por pensar cosas si sentido. La mente a veces nos juega muy malas pasadas. Lo has narrado de tal manera que hasta el final nos queda la duda si sus pensamientos serán reales o no.
    Como siempre tus relatos tienen un suspense de alto voltaje.
    ¡Un fuerte abrazo!

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    1. ¡Hola, Ziortza! Pues sí, hacía tiempo que no nos leíamos. He visto que has vuelto a la vida bloguera activa, y me alegro.
      Pues has descrito el objeto de mi relato a la perfección. He intentado jugar un poco con la psicología del personaje, que ve perseguidores por todas partes una vez la sospecha se cierne sobre él, para luego dejar en el aire la duda sobre hasta qué punto había algo de real y sobre quién o quienes provocaron, voluntaria o involuntariamente, ese desenlace.
      Muchas gracias por venir a leerme y por dejar tu comentario.
      Un abrazo.

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  8. Cuando a Murphy y su ley les da por enredar... la lían parda.
    Hay que ver de lo que es capaz una paranoia o un pensamiento recurrente, uno se obceca en algo y al final acaba ocurriendo. Yo no soy de las que opinan que hay que pensar en positivo continuamente pero está claro que ser tan negativo acaba atrayendo la desgracia. O puede que no tenga nada que ver, que es simple mala suerte.
    Me ha gustado, Josep Mª, explicas muy bien esa relación entre un matrimonio donde cada uno se vuelca en sus ideas. Además esas vigilancias, algo chapuzas pues si se nota que te siguen es que los detectives muy buenos no son, ponen en tensión al lector. También me ha parecido muy buena la manera de explicar la paranoia y la obsesión que va de menos a más.
    Un abrazo.

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    1. Cuando a alguien le ponen el miedo en el cuerpo y encima empieza a ver cosas que no le cuadran, es muy fácil que este miedo se dispare hasta límites insospechados y que le lleve incluso a sufrir alucinaciones. Pero a veces, también, uno puede confundir "el bueno" con "el malo", y viceversa. Está visto que aquí habían unos "buenos" verdaderamente patosos. ¿Pero habían también "malos" o todo ha sido fruto de la mente enfermiza del protagonista. Ahí está el quid de la cuestión, jeje.
      Un abrazo.

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  9. No sé si es lo que pretendías, pero has conseguido contagiarme la paranoia de tu protagonista, Josep. Un relato estupendo, con intriga y suspenso a raudales y con un argumento muy original. Está claro que a veces la mejor manera de provocar que algo descabellado pase, es tratar de evitarlo hasta las últimas consecuencias. ¡Muy bueno!

    Un abrazo de sábado.

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    1. Pues un poco sí que lo pretendía, jajaja. Debe ser realmente angustioso verse (o creerse) perseguido con fines perversos, no saber cómo burlar a los perseguidores y que nadie te crea.
      Muchas gracias, Julia, por tu lectura y comentario.
      Un abrazo de lunes.

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  10. Qué bueno, me ha enganchado no podía parar de leer. El final es muy sorpresivo aunque te confieso que en cuanto oyó el leve crujido en la puerta me imaginé que seía la mujer y que le iba a disparar(me ha recordado al caso de un hombre que guardó el cadáver de Evita Perón y al sentir ruidos en la buhardilla disparó a ciegas y mató a su mujer.
    Me ha encantado. Un abrazo.

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    1. Caramba, Gemma, no había oído hablar de ese caso. ¡Guardar el cadáver de Evita Perón! Tendré que informarme, quizá me dé ideas para otro relato, jajaja.
      Como no era difícil de adivinar la identidad de quien entra sigilosamente en el piso, añadí el epílogo para mantener el suspense y trasladarlo al motivo por el cual la esposa acude en respuesta de un correo que no queda claro quién lo envió y porqué, jeje.
      Me encanta que te haya encantado. Así estamos todos encantados, jajaja.
      Un abrazo.

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  11. Buen relato. Sólido. Por suerte tiene algo de tragicómico, o por lo menos así lo sentí yo, lo que aligera un poco las tensiones.

    Te dejo un abrazo, Josep.

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    1. Si a una tragedia le das unos toques de humor, aunque sea de humor negro (no soy racista), la historia resulta, efectivamente, más llevadera, jeje.
      Un abrazo de vuelta, Julio David.

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  12. Un relato de los que yo disfruto de verdad. Con tensión creciente, con una amenaza acechante, con unos personajes obsesionados. La primera, y casi diría única, misión de un contador de historias es clavar al lector al papel o a la pantalla. Y este relato lo consigue con creces. Tiene ese punto de humor negro, de mala leche en el que ahondas en lo nocivas que pueden ser determinadas leyendas urbanas o chismorreos de redes sociales. Hasta qué punto pueden lograr que un acto de sentido común y de solidaridad pueda acabar en tragedia.
    Si el relato es muy bueno, el cierre es genial esa pregunta que parece abrir la caja de pandora de la locura del personaje o la evidencia de la conspiración. Fantástico, Josep. Un abrazo!!

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    1. Bueno, David, si he logrado mantenerte pegado a la pantalla durante todo este (¿largo?) relato, me alegro muchísimo. Todas las opiniones que recibo me resultan muy gratas y las aprecio por igual, pero la tuya tiene para mí un halo de profesionalidad, jeje.
      Te agradezco, pues, tu crítica tan elogiosa.
      Un abrazo.

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  13. Hola Josep,
    Un relato muy bien trabajado. Además con el toque de suspense que ha hecho que no despegara la cabeza del ordenador. Me ha gustado mucho. (Nota: Mi marido también lo es, donante)

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    1. Hola, Karen. A mí me encanta el suspense. Diría que es uno de mis géneros favoritos, pero cuando escribo un relato de este tipo siempre temo defraudar al lector. Por lo tanto, me alegra que no haya sido así y que te haya atrapado.
      Muchas gracias por tu lectura y tu comentario.
      Un abrazo.
      P.D.- Yo que tu marido, iría con cuidado, jajaja.

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  15. Te has superado compañero con este relato. Lo he leído con el alma en vilo por la "Alta tensión" que has conseguido introducir en la narrativa.
    Es curioso comprobar que nuestras obsesiones no nos conducen nada más que al desasosiego y la incertidumbre producidas ambas por el miedo.
    Un abrazo.

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    1. Hola, Francisco. Me alegro doblemente, por verte de nuevo por aquí y por tu amable comentario a esta historia que, como bien dices, va de una obsesión que aumenta a medida que el protagonista va identificando señales que le reafirman en sus temores.
      Un abrazo.

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  16. Im-presionante, Josep Mª. El suspense ha ido "in crescendo" desde la aparición de la chica rubia de ojos azules, la gincana en el trabajo, el clásico del cine policíaco leyendo el periódico (qué bueno), hasta este terrible final. Con lo que su mujer temía la base de datos ahora va a engrosar la de la morgue ;-)

    Genial relato.

    ¡Un besazo!

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    1. No sabes cuánto me alegro, Chelo, que lo hayas pasado tan bien leyendo esta historia que solo hasta cierto punto podría considerarse un thriller de ciencia ficción, jeje.
      Un beso.

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  17. ¡Hola compañero! Pues a mi ya el título me daba muy mal rollito :D jajaja . Creo firmemente que el miedo es una herramienta vital de doble filo, por un lado nos salva la vida, es por ej. quien nos hace correr si viene un león ;) , pero también puede acabar con la vida, o complicarla,...distorsionarla...enfermarla... El Miedo con mayúscula puede generar todo esto...desde esos ataques de pánico, a idas de pinzas, alucinaciones,...fobias...incluso la muerte en vida. Es una herramienta muy poderosa.
    Me ha encantado todo el tenso relato con ese sello tan tuyo que me pega al monitor, un placer leerte Josep y tenerte cerquita. Un abrazo grande de recién aterrizada y un par de besos a repartir.

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    1. ¡Hola compañera! Pues sí, el miedo es algo natural y forma parte de nuestros instintos más primarios y, como muy bien dices, puede resultar muy útil para defendernos o simplemente huir del peligro, pero también puede socavar nuestra seguridad y sumergirnos en la desesperación y en la parálisis. Son dos caras con manifestaciones opuestas.
      Muchas gracias por venir a pasar un poco de miedo, jajaja, y por dejar tu amable comentario.
      Abrazos y besos :))

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