sábado, 25 de marzo de 2017

La casita blanca (Capítulo 1)


Para los niños, las vacaciones de verano suelen ser la mejor época del año y, probablemente, de su vida. Por lo menos para alguien como yo, que conserva los recuerdos de la infancia como una piedra preciosa y no como un trasto inútil guardado en un baúl. Hay quien dice que tengo una memoria portentosa. Sin ir más lejos, mi hermana, siendo solo un año y medio mayor que yo, no recuerda casi nada de aquellos tiempos tan felices para mí. Yo, en cambio, puedo rememorar con nitidez hechos y sucesos acontecidos cuando solo contaba con cuatro años. Ella me dijo, en una ocasión, que lo mío se llamaba hipertimesia ─lo llevaba anotado en un papel─, que lo había leído en alguna parte ─ya no se acordaba dónde─, y ante mi cara de interrogación, se apresuró a aclararme que significaba sencillamente que tenía una memoria fuera de lo normal. 

Pero no creo que se necesite tener una retentiva extraordinaria para recordar lo que sucedió en aquel pueblecito de montaña ─cuyo nombre prefiero omitir─, donde nuestros padres nos llevaron a veranear cuando éramos pequeñas. Clara, mi hermana, dice que lo único que recuerda de aquellas vacaciones es la extraña desaparición de la que fui objeto, que trajo de cabeza a mis padres, a la guardia civil y a todo el pueblo durante cuarenta y ocho horas, y mi posterior aparición en la casa abandonada donde solíamos jugar las dos:  la casita blanca.

Las visitas a la casita blanca era nuestro secreto, pues teníamos terminantemente prohibido alejarnos más de veinte metros de la casa de nuestra tía abuela Engracia ─aunque para nosotros era simplemente la tía Engracia─, que, siendo viuda sin hijos, nos invitó a compartir con ella aquel mes de agosto. “Las niñas necesitan el aire puro de la montaña. ¿Dónde mejor van a estar que aquí, con el bochorno que hace en Barcelona en esta época del año?”, no se cansó de repetir la buena mujer. Y como nuestros padres no podían permitirse unas vacaciones de pago, acabaron accediendo.

Lo único malo del lugar era la falta de niños de mi edad con los que jugar, porque mi hermana era un muermo. Además de ser una mandona y una chivata, tenía otro defecto aun peor para mí: era una pusilánime. Sus juegos eran de lo más aburrido e ingrato porque siempre se tenía que hacer lo que a ella le venía en gana, sin contar para nada con mi opinión. No había forma de convencerla para hacer algo fuera de lo común, algo mínimamente interesante y atrevido. Se negaba en redondo y me amenazaba con ir a contárselo a nuestros padres. “Mamá, Julita quiere hacer esto, papá, Julita ha hecho aquello”. Julita era yo, claro, para diferenciarme de mi madre, a quien todos llamaban Julia, señora Julia, o incluso había quien se dirigía a ella como Doña Julia. A mí se me hacía raro que la llamaran así, me daba la impresión de que de pronto dejaba de ser nuestra madre para convertirse en una extraña.

El verano de 1956, el que pasamos en aquel “pueblo encantado”, como me gusta llamarlo, fue, sin lugar a dudas, especial e inolvidable. Para mis progenitores, en cambio, fue un “veranus horribilis”, como solía decir mi padre, que de latín sabía tanto como yo de griego, es decir nada. Después del “incidente”, como algunos lo calificaron, mis padres se negaron a volver a aquel lugar, del que durante muchos años guardaron el peor de los recuerdos. Lo que más me dolió fue el alejamiento que ello supuso de mi tía Engracia, a la que le había tomado cariño. La mujer debió pensar que la negativa de mis padres a repetir la experiencia veraniega era debida a que la hacían en cierto modo responsable de lo acontecido por haber sido la inductora de nuestra estancia allí. Después de aquello, mis padres y ella solo se hablaban por teléfono, y poco a poco ese contacto se fue espaciando cada vez más. Al cabo de unos años, el fallecimiento de mi tía obligó a mis padres a pisar de nuevo aquellas calles empinadas para asistir al sepelio y despedirse definitivamente de la casa y del pueblo que una vez nos acogió. Yo quise acompañarles, pues ya era una adolescente, pero se opusieron. Debía quedarme con Clara. Otra vez mi hermana mayor me impedía hacer lo que deseaba. Aunque quizá prefirieron que nadie en el pueblo reconociera a esa niña embrujada, como algunos me llamaron tras el “incidente”. 

Yo tenía entonces seis años. Los había cumplido en junio. A mi hermana le faltaba cuatro meses para cumplir ocho. Nos llevamos dieciocho meses exactos, pues las dos nacimos un 17, yo a finales de primavera y ella a finales de otoño. Quizá a ello se deba la gran diferencia de carácter. Ella siempre triste y apagada y yo tan alegre y animada. 

Yo era la pequeña y así quedó la cosa. Mis padres no quisieron o no pudieron darnos más hermanos. Cuando les pregunté el motivo, mi padre me contestó que cuando yo nací rompieron el molde. Mi madre afirmó, en cambio, que cuando mi padre vio que solo sabía hacer niñas, cerró el grifo. Yo no entendí lo que querían decir con eso del molde y del grifo y así se lo hice saber, ante lo cual se echaron a reír y ya no me atreví a insistir. Y cuando se lo pregunté a mi hermana, soltó un bufido, dándose aires de superioridad, y se largó dejándome con la palabra en la boca. Pero creo que ella tampoco sabía lo que significaba aquello. Lástima, porque a mí me hubiera gustado tener un hermano con quien jugar, porque jugar con Clara era una lata. Para ella lo más divertido consistía en disfrazarme de lo que se le antojaba, como si yo fuera su muñeca. A veces jugábamos a princesas. Bueno, en realidad ella se reservaba el papel de princesa y a mí el de su criada. Y cosas por el estilo. 

En casa me inventaba cualquier excusa para no jugar con mi hermana o bien invitaba a alguna de mis amigas con las que ella no congeniaba. Así pues, en Barcelona cada una se las apañaba por su cuenta. Pero en aquel pueblo al que fuimos ese verano era distinto. Ninguna de las dos teníamos a nadie más con quien jugar. No había niños ni niñas de nuestra edad. Era un pueblo de muy pocos habitantes y todos viejos. Y con muchas casas deshabitadas, sin vida, incluida la escuela. ¿Para qué tener una escuela si no había niños? La gente joven hacía años que se había marchado. Los únicos que se habían quedado eran el cura y el médico, aunque de jóvenes no tenían nada. Don Rafael, el médico, tenía que atender a los habitantes de varios pueblos y pedanías de la zona. Era un hombre muy agradable, del que guardo un grato recuerdo. Me cuidó muy bien cuando lo del “incidente”. Don Pedro, el cura párroco, en cambio, no se movía del pueblo. Solo hacía misa en la destartalada ermita del siglo XI, que milagrosamente se mantenía en pie después del incendio que sufrió durante la guerra civil a manos de un grupo de milicianos. Al menos eso es lo que me contaron cuando pregunté por qué estaba en aquel estado tan ruinoso.  Así pues, la gente de los alrededores, si quería oír misa, tenía que hacer una peregrinación hasta el pueblo. Él decía que, a su edad, ya no estaba para trotes. A diferencia de Don Rafael, Don Pedro era un cascarrabias. 

El pasatiempo preferido de los hombres del pueblo consistía en frecuentar el bar de la plaza ─el único que había─ y el de las mujeres la misa de los domingos y fiestas de guardar. No se celebraban fiestas ni bailes, no había nada que hacer salvo ir de excursión, cosa que hacíamos muy de vez en cuando porque la cojera de mi padre ─una bala le había dejado una dolorosa secuela en la pierna izquierda, recuerdo de la guerra─ no le permitía caminar largos trechos, ni había distracción alguna que valiera la pena, y menos para un niño. Por eso aquel día decidí escapar de la monotonía. 

Yo me habría pasado los días correteando por el monte o pateándome el pueblo de arriba abajo ─aunque, aparte de perros y gatos, poco movimiento se veía por las calles─, pero a mi edad no me dejaban ir sola a ninguna parte, ni siquiera con mi hermana. Ahora lo encuentro lógico. ¡¿Cómo iban a ir solas por ahí dos niñas de seis y siete años y medio?! Por eso no podíamos hacer nada que no fuera en presencia de nuestros padres o de nuestra tía. Pero entonces se me hacía incomprensible e intolerable, y cada vez que uno de ellos me amonestaba por alejarme más de lo debido, exclamaba, haciendo aspavientos: ¡Jo, qué rollo!

Después del “incidente”, mi hermana se empeñó en que yo era una niña mimada, por ser la pequeña. Pero la poca diferencia de edad que nos separaba no podía ser la causa de esa presunta predilección. Estoy convencida de que mis padres no hacían distingos. Nos querían a las dos por igual. Yo creo que esa creencia errónea de mi hermana nació de su mente infantil, que no supo interpretar la gravedad de la situación y la desesperación de unos padres ante el hecho de que su hija de seis años haya desaparecido sin dejar rastro. 

Aun hoy, cuando recordamos aquel verano, Clara sigue preguntándome lo que realmente me ocurrió durante las cuarenta y ocho horas que estuve desaparecida. Y yo, sesenta años después, sigo contestando lo mismo que dije y repetí en su día. Y al igual que hicieron mis padres y todos los que intervinieron en mi búsqueda, ella sigue afirmando que eso es imposible. Y quizá tenga razón.


20 comentarios:

  1. Expectante me has dejado....¿Qué le pudo haber pasado?

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  2. Pues espero que nos lo vaya contando, eso sí, a su manera, :)
    Muchas gracias, Paola, por pasarte y dejar tu comentario.
    Un abrazo.

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  3. ¡¡¡Hola!!!
    Me dejas intrigadísima, tengo que saber qué le ocurrió a Julita, no puedo esperar.
    Un abrazo y feliz finde, con cambio de hora incluída.

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    1. Eso me gusta. Dejar intrigados a quienes me leen, jeje
      La semana próxima, después del cambio de hora, habrá más.
      Un abrazo y feliz finde también para i.

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  4. Pues con la intriga mos dejas para la próxima parte. Un abrazo

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    1. Pues no tendréis que esperar mucho para la continuación. La historia está prácticamente escrita. Solo hace falta narrarla, :)
      Un abrazo.

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  5. Como todos tus relatos, este promete una final interesante, después de tantos años que han pasado, a ver que sorpresa nos trae la protagonista, :))
    Genial el desarrollo con una protagonista femenina en primera persona.
    Un abrazo y buen domingo Josep.

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    1. Un recuerdo que aflora más de cincuenta años después, aunque siempre ha estado en la mente de Julita.
      Gracias por tu amable comentario sobre la narración, pues nunca hasta ahora había decidido hablar por boca de mujer en primera persona.
      Un abrazo y que pases también un feliz domingo.

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  6. ¡Eres único manejando el CONTINUARÁ...! Bueno, a ver por dónde nos sales, je, je, je... Estupendo inicio de relato. Un abrazo!

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    1. Muchas gracias, David por tu elogioso comentario. Parece que le he encontrado gusto a esto de dejaros con la miel en la boca, jajaja. Y espero, como en ocasiones parecidas, no defraudar vuestras expectativas.
      Un abrazo.

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  7. Como siempre un relato maravillosamente ambientado y contextualizado, por más que nos dejas con las ganas de saber en qué consistió "el incidente" del que fue objeto la protagonista. Me ha hecho gracia que la madre se llamara como yo, no he podido evitar sonreir, Josep :))

    Ha disfrutado mucho leyéndote, como siempre, y prometo acudir a la cita de la continuación de la historia. ¡Pinta mejor que bien! :)

    Un abrazo grande y feliz comienzo de semana.

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    1. Me alegro, Julia, que te hayas quedado con ganas de saber más. Iré desgranando la historia a medida que me la vaya contando tu tocaya, jeje, que, aunque ya hace tiempo que peina canas, tiene una memoria portentosa y seguro que se acuerda de todo.
      Un abrazo.

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  8. Eres único dejándonos con la miel en los labios para que sigamos estando pendientes de la siguiente entrega. Esa es una de las buenas señales que se detectan cuando se lee a alguien con madera literaria.
    Yo de momento ya le tengo cierta tirria a esa niña aburrida, hermana de la protagonista.Je,je.
    No tardes compañero.
    Un abrazo

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    1. Muchísimas gracias, Francisco, por esta valoración tan halagadora. Casi me haces sentir importante, jajaja
      Espero no tardar tanto como para que la miel de los labios desaparezca. Con una desaparición en esta historia hay más que suficiente.
      Un abrazo.

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  9. Hola Josep, he leído el primer capitulo de tu narración y me he quedado intrigada y con ganas de continuar, así que si me lo permites me quedo por aquí y te invito a que pases por mi espacio si te apetece.

    Saludos.

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    1. Hola Conchi. Bienvenida a este blog donde la ficción campa a sus anchas. Espero que tú también lo hagas y, por supuesto, puedes pasarte por aquí cada vez de lo desees. Yo también visitaré tu blog.
      Me alegro que te haya gustado lo que has leído.
      Saludos.

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  10. Lo has vuelto a hacer, una vez más. Vuelves a dejarnos en ascuas y deseando saber más de una historia.
    Plasma muy bien el pensamiento de una niña, cómo la adulta que ahora recuerda "el incidente" describe su percepción de lo que la rodeaba desde la perspectiva de los seis años de edad.
    Genial, ya estoy deseando leer la siguiente entrega.
    Un abrazo.

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    1. Es que soy incorregible, Paloma, qué quieres que haga. Le he tomado gusto a esto de cortar por lo sano y dejaros en esas ascuas que, en el fondo, sé que os gustan.
      Sí señora, la adulta, muy adulta, rememora esa experiencia infantil con mente de la niña que era ese verano. Yo mismo, cuando recuerdo escenas de cuando era niño, me siento como tal.
      Me alegra que desees conocer las peripecias de esa niña inquieta.
      Un abrazo.

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  11. Un nuevo relato que nos será regalado en fascícul... digoooo en posts :P

    Ya verás como no me decepciona, tus misterios siempre son un placer de leer, y eso que dejaste el listón alto con el último, ojo, y eso no te va a ayudar a que sea objetivo con esta casita blanca y sus intrigas ^o^

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    1. Jajaja. La "fasciculitis" me está gustando. Si el último relato al que te refieres es "el diario", pues no sé si podré mejorarlo. Siempre hay que superarse a sí mismo ¿no?, pero veremos si seré capaz de hacerlo en esta ocasión, pero la casita blanca encierra también su misterio.
      Un abrazo.

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