martes, 2 de enero de 2018

Cuarenta y ocho horas



Esteban López de Hoyos vivía recluido en su inmensa mansión. Hacía un año que Isabel, su joven esposa, había fallecido en cuestión de días tras declarársele una neumonía. Solo llevaban un año de casados cuando cayó postrada en la cama para no volverse a levantar. La trató, sin éxito, el eminente doctor Gabriel Hinojosa en persona, amigo de la familia y jefe del servicio de neumología del Hospital de la Santa Cruz y San Pablo. Pero es que Isabel era una mujer joven y vital que habitaba un cuerpo débil y enfermizo.

A partir de ese aciago día, Esteban vivía atormentado. Las cartas lo habían vaticinado, pero hizo caso omiso. Él no creía en la lectura de las cartas, de las palmas de las manos, de los posos del té, ni nada por el estilo. Pero ahora todo era distinto. Si hubiera seguido el consejo de aquella vidente ahora tendría, probablemente, a su querida Isabel a su lado. Aquella siniestra mujer, a la que su esposa se empeñó en visitar, lo dejó bien claro: veía salud y bienestar, pero algo oscuro ensombrecía ese vaticinio. Veía puertas cerradas y conspiraciones ocultas. Una amenaza acechaba desde el exterior. Esa fue su interpretación. Él no creyó en tal majadería, pero Isabel sí y, desde entonces, se negó a pisar la calle. Vivía enclaustrada. Ni siquiera se atrevía a salir a la terraza. Se limitaba a mirar el hermoso jardín desde los ventanales.

Esteban se enfurecía viéndola llevar esa vida de clausura. El encierro de ella era su propio encierro. Solo salía para atender sus negocios. Cuando volvía, la encontraba donde la había dejado al despedirse: en la biblioteca, leyendo una de sus novelas favoritas. Los fines de semana se le hacían interminables, al igual que lo eran sus peleas. Por mucho que insistiera en dar un paseo, alegando que él salía todos los días a la calle y nada malo le había ocurrido, ella se mostraba reacia a hacerle caso.  Hasta que un día logró persuadirla. “Un corto paseo por el jardín te vendrá bien, querida. Es primavera y hace un día muy hermoso. Estás muy pálida, debes tomar un poco el sol, si no, te marchitarás en vida”. Y como ella hacía algún tiempo que se sentía débil y fatigada, accedió. “Pero solo un ratito, Esteban, y volvemos a entrar”. Él creyó que aquella sería la prueba de fuego, tras la cual su mujer, al comprobar que nada malo sucedía, volvería a llevar una vida normal. Pero al día siguiente del paseo Isabel enfermó de gravedad y él se culpabilizó por ello, sin sospechar que la neumonía que acabaría con su vida ya llevaba tiempo incubándose en los delicados pulmones de su esposa. Y creía que ella también se lo recriminaba en silencio. ¿Cómo podía haber enfermado? ¿Y si la vidente tuvo, en parte, razón? ¿Y si la vida saludable que había vaticinado era la de él y no la de su esposa? ¿Y si era Isabel quien no debía salir de casa para no exponerse a peligros externos? ¿Y si…? Sea como fuere, Esteban se obsesionó de tal forma que llegó a creer que, ignorando aquella advertencia, había provocado la muerte de su mujer. No se perdonaría jamás haberla convencido para dar aquel fatídico paseo. Sintiéndose culpable, se autoimpuso el castigo de no volver a pisar la calle nunca más. No tenía derecho a vivir una vida normal. Se recluiría de por vida en memoria de su amada esposa. Y así lo hizo. Desde entonces pasaba los días encerrado en su vasta y vetusta mansión. Tenía todo lo que necesitaba. No precisaba salir a la calle para nada, ni siquiera al jardín, al que condenó al abandono.

Sus negocios funcionaban de maravilla. Cada viernes por la tarde, a la hora del té, despachaba con Robles, su administrador, todos los asuntos relativos a sus empresas y le daba las instrucciones necesarias, o el beneplácito a las sugerencias de aquel, para el buen gobierno de las mismas.

Robles era su hombre de confianza. Ya lo había sido de su padre, Romualdo López de Hoyos, desde que este fundara en 1862, con solo treinta y cinco años de edad, la fábrica textil, y tan solo un año después la empresa de áridos para la construcción y un pequeño banco que fue creciendo hasta convertirse en una respetable y sólida empresa provista de una amplia red de oficinas por todo el país. Don Romualdo siempre estuvo asesorado por Robles, un joven y astuto abogado de veinticinco años, emprendedor y con una gran visión empresarial, pero sin dinero para crear sus propios negocios. Robles seguía siendo, después de cuarenta años, un fiel asesor y consejero, habiéndose convertido en el brazo derecho de Esteban desde que este heredó la fortuna familiar, animándole y aconsejándole para continuar con éxito la obra de su progenitor.

A pesar de la muerte de Isabel y del consiguiente desinterés de Esteban por los negocios, todo seguía yendo viento en popa, pero el joven viudo no se sentía con ánimos para nada, llegando a vislumbrar la posibilidad de vender sus empresas y, con el capital obtenido, crear una Fundación en beneficio de la investigación de las enfermedades pulmonares. Incluso había pensado en el nombre: “Fundación Isabel Cisneros”, en memoria de su mujer. Ya que no se había podido hacer nada por salvar la vida de su esposa, procuraría que su fortuna sirviera para salvar la de otros. Y quién mejor que el doctor Hinojosa para encargarse de que así fuera.

Pero el tiempo pasaba y todo discurría con una pesarosa normalidad, hasta el hallazgo de aquella misteriosa carta, un sábado por la mañana. En ella, una mano desconocida le advertía de que, si no accedía a sus exigencias, moriría en cuarenta y ocho horas. ¿Qué broma de mal gusto era aquella?

Por mucho que preguntó a la servidumbre, nadie supo darle razón de quién había traído esa misiva anónima. La había encontrado una de las doncellas, a primera hora de la mañana, junto a la puerta principal, bajo el porche. No había remitente, por supuesto, y estaba escrita con una letra muy pulcra y estilizada, propia de un escribano de tiempos pasados.

Si bien resultaba sumamente extraño que alguien pudiera haber dejado una carta ante la puerta de una mansión en la que no era tarea fácil penetrar, peor era su contenido. No se trataba de una extorsión, un chantaje o una exigencia por una reivindicación laboral insatisfecha. Lo que el autor de esa misiva pedía era algo insólito: si en cuarenta y ocho horas no lograba vender todas sus propiedades y gastarse hasta el último céntimo, moriría.

Alguien quería verle arruinado y le fijaba un plazo absurdo para cumplir con su exigencia. Si la ruina sería una forma de acabar con su lánguida pero confortable vida, la muerte acabaría con toda forma de vida. Esteban no sabía, pues, qué sería peor, si vivir en la más absoluta pobreza o reunirse antes de tiempo con su querida Isabel.

Cuanto le mostró la nota manuscrita a su administrador, a quien hizo llamar en su condición de abogado, este no le dio crédito alguno. “Debe de ser obra de un perturbado. ¿Quién, en su sano juicio, podría querer una cosa así?”, afirmó con rotundidad. “Habrá saltado la verja de noche y dejado la carta aprovechando la oscuridad. Te tengo dicho que deberías tener un par de perros guardianes. Mañana mismo me encargo de ello”, añadió, dando el asunto por zanjado.

Esteban no lo tenía tan claro y estuvo tentado, por unos instantes, de avisar a la policía, pero, tras recapacitar, pensó que sería mejor resolver el asunto por su cuenta, con discreción. No quería que su buen nombre se viera públicamente envuelto en una historia sórdida como aquella. Su reputación, e incluso sus negocios, podrían verse perjudicados.

A pesar de haber ordenado a todos los miembros del servicio rastrear hasta el último palmo de su propiedad para hallar algún indicio de allanamiento o prueba inculpatoria, no hallaron nada sospechoso. Las únicas señales claramente visibles en la gravilla de la entrada eran las del carruaje de Robles y lo que debían ser sus pisadas hasta la escalinata que daba al porche de la entrada principal. Por lo tanto, la única explicación posible era que la mano que había depositado la carta donde la hallaron tenía que ser la de una persona a su servicio. No había sido, pues, un intruso que había asaltado su propiedad desde la calle sino una persona que habitaba en la casa.

Para salir de dudas y muy a su pesar, decidió mandar escribir a cada uno de sus sirvientes unas palabras al azar de aquella maldita carta, una prueba caligráfica que debería descubrir a su autor o autora, aunque le extrañaba que una caligrafía tan refinada como aquella hubiera podido salir de sus manos. Pero solo pudieron participar en la prueba las únicas personas que sabían escribir: el mayordomo, la cocinera y el cochero, y ninguno de ellos reprodujo la letra del escribiente anónimo. Profundamente apenado ─no sabría decir si por no haber hallado al culpable o por su innoble conducta─, tuvo que disculparse por haber sospechado de ellos, sus fieles empleados durante más de veinte años. Sus miradas, aunque comprensivas, le indicaron la humillación y la decepción que habían sentido por sus infundados recelos.

Habían transcurrido ya seis horas desde el hallazgo del anónimo y Esteban todavía no había tomado una determinación. Se hallaba, pues, como al principio. ¿Cómo iba a resolver ese dilema en las cuarenta y dos horas, a lo sumo, que le quedaban? Si decidía dar crédito a la amenaza, era del todo imposible deshacerse de sus bienes en un plazo tan breve. Nadie podría vender tres empresas como las suyas, una mansión y todos los objetos de arte ─que no eran pocos─ en unas pocas horas. Quien le había dado aquel ultimátum lo sabía. Por lo tanto, lo quería muerto. Pero antes quería jugar con él. ¿Asustarle, angustiarle? ¿Eso era lo que quería? Pero ¿quién? Y ¿por qué?

Esteban había sufrido demasiado con la muerte de Isabel y ya no le temía a nadie ni a nada. En realidad, todo le daba igual. ¿Para qué vivir de ese modo, solo y acumulando dinero y más dinero para nada? Ni siquiera tenía descendencia por la que luchar y preservar sus bienes. Cuando muriera, todo pasaría a la Fundación. Había hablado de ello con Robles en repetidas ocasiones y este siempre había mostrado su conformidad y alabado su filantropía. “Pero todavía te quedan muchos años para eso, amigo mío”, le decía aquel. Pero ahora creía que, aunque acabara de cumplir treinta y dos años, el momento había llegado. Solo lo lamentaba por su difunto padre, que tanto había hecho por levantar ese pequeño imperio económico, y por su madre, fallecida cuando él solo contaba con catorce años, que con tanta ilusión le decía que un día todo aquello sería suyo. Y así fue cuando, con tan solo veintisiete años, lo heredó todo. Y de eso solo hacía cinco. Cinco años al frente del negocio familiar y ahora alguien le exigía poner a la venta todas sus propiedades. Si el presunto asesino acababa con su vida cuando venciera el plazo fijado, como era de prever, no podría llevar a cabo su ambicioso acto de altruismo. Por otra parte, aunque encontrara de inmediato un comprador ávido por hacerse con sus posesiones, no habría forma humana de gastarse toda esa fortuna en unas pocas horas. Podía arrojar todo ese dinero al fuego, y con ello quizá salvara la vida, pero tampoco vería cumplida su ilusión. Sin dinero no habría Fundación. Así pues, tenía que asegurarse de algún modo que su proyecto viera la luz, costara lo que costase. Tenía que adelantar sus planes a toda costa. La Fundación era su máxima prioridad.

No había tiempo que perder. Aquella misma noche escribió sus últimas voluntades. Al día siguiente mandaría llamar al notario con el que Robles solía tratar para que formalizara el testamento y los documentos necesarios para la creación de la Fundación Isabel Cisneros. A su muerte, sus propiedades debían ponerse a la venta y las ganancias obtenidas utilizarse para ponerla en marcha. Robles debería encargarse de lo primero y el doctor Hinojosa de lo segundo. Sin las empresas, Robles se quedaría sin trabajo, pero ya había llegado a la edad de jubilación. Con sesenta y cinco años, se le veía cansado y desbordado por el trabajo. Bien merecía un buen retiro. Esteban lo tenía decidido. Ya no le importaba vivir. Quien fuera que lo quería muerto acabaría con su vida, pero no con su legado. Y una vez trazado su plan, se acostó, algo más relajado.

Su única y gran duda seguía siendo quién estaba detrás de la amenaza y quién sería la mano ejecutora. Si no salía nunca de casa, el asesino, o asesina, tendría que actuar en ella. ¿Uno de los sirvientes, al que habrían comprado? ¿Alguna visita inesperada? Eso era lo único que le inquietaba: quién sería su verdugo y por qué. Y con estos interrogantes rondándole por la cabeza, quedó, contra todo pronóstico, profundamente dormido.

A la mañana siguiente, después de desayunar y de repasar, una y otra vez, el borrador de testamento que había confeccionado, mandó recado a Robles, a través de Hermenegildo, su cochero, para que mandara venir al notario a su domicilio a la mayor brevedad posible, haciéndole conocedor del motivo de tal premura. Ya sabía que era domingo, pero el asunto, como podía suponer, no debía esperar ni una hora más y, además, en domingo seguro que el notario no tenía la agenda ocupada, añadía en su nota.

Tras esperar, con los nervios a flor de piel, varias horas, a las seis en punto de la tarde cruzaba la verja de la mansión el señor notario, don Hilario de la Fuente. Este, una vez leídas las últimas voluntades de su cliente, y tras mostrar su beneplácito ante tal derroche de generosidad del joven empresario, abrió su maletín de cuero negro, sacando de él un pliego de hojas de papel con el membrete de su notaría, papel secante en un raído soporte de madera, un tintero y una magnífica pluma estilográfica con el plumín chapado en oro. Toda una joya importada de París, como a él le gustaba referir siempre que sorprendía a alguno de sus clientes mirando, embobado, cómo sumergía el dorado plumín en el tintero y accionaba un pequeño émbolo con el que succionaba cuidadosamente la tinta. Esteban tenía una parecida, que había heredado de su padre, un hombre muy moderno para su época, pero más rudimentaria, pues tenía que llenar el pequeño depósito de la pluma con un cuentagotas, algo muy engorroso, motivo por el cual nunca la utilizaba. Además, Esteban dejaba la tarea de la escritura para su administrador, que siempre escribía sus anotaciones a lápiz. Luego, en el despacho, su secretaria reproducía el texto con una flamante máquina de escribir Remington, orgullo de la oficina, con la que los documentos parecían sacados de una imprenta. Don Hilario, en cambio, no quiso nunca adquirir semejante armatoste y se vanagloriaba de que sus documentos, escritos a mano, eran una verdadera obra de arte, pues su letra era de tal claridad y calidad, que no precisaba de otro adminículo distinto a su preciada pluma.

Así pues, sentado a la mesa de trabajo de Esteban, el señor notario se puso manos a la obra, transcribiendo con un cuidado extraordinario (pues abominaba de los impresentables borrones), lo que su cliente le había pedido que trasladara a un documento notarial. Cuando este hubo terminado su trabajo, le pasó al joven el resultado del mismo para que, si estaba de acuerdo, lo firmara.

Cuando Esteban tuvo en sus manos lo que iba a ser su testamento, no pudo evitar sentir un tremendo escalofrío. Esa letra tan pulcra y estilizada… ¡Era idéntica a la del manuscrito anónimo! ¡Ahora ya sabía quién lo había escrito! Don Hilario había cometido un tremendo error. Sin pensarlo, se había descubierto como el autor de aquella carta. Le temblaban las manos y no sabía qué hacer ni qué decir. Cuando el notario le preguntó si le ocurría algo, tuvo que disimular, alegando un pequeño mareo y acabó firmando el documento, que le entregó de inmediato, deseando que aquel hombre desapareciera de su vista y poder así quedarse a solas poniendo en orden sus ideas.


Esteban se pasó el resto del día encerrado en su despacho, cavilando, bebiendo y hablando en voz alta, tanto que la servidumbre creyó que su amo se había desquiciado. Hasta que, poco a poco, fueron aclarándosele las ideas y el puzle empezó a tomar forma. A medianoche las piezas ya habían encajado. Al día siguiente, a primera hora, justo cuando se cumpliera el plazo otorgado por su presunto asesino, mandaría llamar a Robles para comunicarle lo que había descubierto.

CONTINUARÁ...


*Imagen superior izquierda: Casa Arnús, o El Pinar, edificio modernista situado al pie del Tibidabo (Barcelona), tomada por el autor del relato

20 comentarios:

  1. Intrigado quedo esperando ver en qué queda este misterio.
    Un abrazo.

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  2. Me alegro haberte intrigado. Ahora es cuestión de esperar el desenlace.
    Muchas gracias y un abrazo.

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  3. Compañeroooo me dejas intrigada y con ganas de más :D . Espero que no tarde el desenlace... que quiero saber que pasa con ese notario que a mi algo no me cuadra ;) seguro que giramos y la culpa es del mayordomo :D jajaja bueno quizás del mayordomo no...pero creo que el notario de mi cabeza no es tan torpón de cometer ese error con la caligrafía... ;) Gracias por la misteriosa lectura...me quedo cerquita. Un abrazo.

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    1. Jeje. Al pobre mayordomo siempre se le hecha la culpa de todo y creo que la causante de ello fue Agatha Christie, que les tenía manía, jajaja.
      A mí el notario también me da mala espina y de algún modo está metido en el ajo. Que es un torpón, no hay duda, pero piensa que ya es un vejete al que ya empieza a fallarle la cabeza.
      Gracias por tu interés y me alegro que esta historia te haya atrapado.
      Un abrazo, compañera de viajes y cuentos.

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  4. Bueno, pues veremos por qué o instigado por quién, el notario amenazó al protagonista.
    Dicen que las maldiciones solo funcionan con quienes creen en ellas, y estoy de acuerdo. Más de un mal de ojo ha funcionado porque el receptor se obsesiona y se fija especialmente en lo que le sale mal.
    Intrigante relato, esperaré la continuación.
    Un abrazo.

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    1. Todo apunta, efectivamente, a que la mano que escribió el anónimo fue la del notario. Por lo que veo, a este tipo le encanta escribir con su pluma estilográfica último modelo y o pudo resistirse a la tentación de dejar su huella caligráfica en esa carta misteriosa.
      Realmente, cuando uno se obsesiona en algo, no sé por qué, acaba ocurriendo. Quizá es que, sin darnos cuenta, nosotros mismos propiciamos que suceda.
      Muchas gracias por dejar tu comentario y procuraré no demorar mucho la publicación de la segunda y última parte.
      Un abrazo.

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  5. Vaya, relato. Nos has dejado con la intriga puesta. No sé por dónde puede salir la historia, pero estoy deseando leer la continuación.
    Tienes muy buena mano para crear ambientes y situaciones. ¡¡¡Qué nerviossss!!!
    Un beso.

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    1. Creo que Esteban tiene la respuesta al embrollo. Espero que no ande desencaminado y nos lo aclare todo muy pronto. No obstante, presiento que el desenlace de esta historia no será muy halagüeño. Habrá que esperar, qué remedio, jeje.
      Un beso de vuelta.

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  6. Vaya!, yo creía que concluía el relato... Estaba tan emocionada leyendo a ver que pasaba, y me he quedado con las ganas.
    Muy intrigante, y muy raro que el notario se haya dejado descubrir de esa forma, jeje.
    Un placer la lectura Josep.
    Un abrazo.

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    1. Pues no, Elda, he preferido dividirlo en dos partes para no hacerlo demasiado largo. La historia continúa un episodio más. Falta saber el por qué de todo eso y quién o quienes están detrás.
      Yo creo que al notario le venció el orgullo, como en la fábula del cuervo y la zorra. Aquí, el notario, tan ufano y orgulloso de su preciosa letra y de su estilográfica de lujo, no puede vencer la tentación de ser el autor manual de la misiva, argumentando que Esteban no le conoce la letra, cosa cierta. Lo que no piensa es que unos días más tarde tendrá que comparecer ante el joven para transcribir sus últimas voluntades cosa que, una vez más, hace personalmente a mano. Si tuviera una secretaria y una máquina de escribir en la notaría, eso no habría ocurrido. Pero entonces tampoco habría historia, jajaja
      Un abrazo y el placer es mío.

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  7. ¡Qué bien manejas los "Continuará", Josep! Una historia con límite temporal, cartas amenazantes y misteriosas, videntes y augurios... Desde luego no te has dejado nada en el tintero y ardo en deseos de comprobar cómo se relaciona todo y en qué termina. Un fuerte abrazo!!!

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    1. Veremos, David, qué acaba saliendo de mi tintero, que no es precisamente de oro, como el tuyo, jajaja.
      Muchas gracias, compañero, por tu amable comentario. La próxima semana el desenlace.
      Un fuerte abrazo.

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  8. ¡Madre mía Josep! Has hilado fino la trama. Me dejas pendiente del desenlace, como siempre.
    Tus personajes me suenan a decimonónicos, en un entorno de Barcelona industrial.
    Lo dicho: quedo a la espera con expectación mal contenida..
    Un abrazo

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    1. La alta burguesía barcelonesa de finales del siglo XIX y principios del XX tenía muchos esqueletos en el armario, o ratas bajo las alfombras, jajaja
      A este joven y rico heredero le fueron muy bien las cosas hasta que el destino, en forma de muerte y de codicia y mezquindad, le puso las garras encima.
      Mañana, si el tiempo y las autoridades lo permiten la segunda y última entrega.
      Muchas gracias, Francisco, por querer seguir el desenlace.
      Un abrazo.

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  9. Inquietante,... afortunadamente no tendré que esperar a conocer el desenlace. Es lo que tiene estar retrasadado en la lectura jajaja!

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    1. Pues mira, por una vez debo reconocer que llegar tarde sale a cuenta, jeje.
      Espero que la continuación sea de tu gusto.
      Un abrazo.

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  10. ¿Pero cómo pudo un Notario cometer tan gran fallo? Aquí hay gato encerrado, Josep Mª. Sé que hay una segunda parte (que leeré ya mañana por falta de tiempo ahora), pero me quedo totalmente intrigada.
    Toda la historia me ha resultado fascinante hasta el momento, sobre todo, lo que le pasó a su amada Isabel.
    Un beso

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    1. No te apures, Chelo, pásate por el segundo episodio cuando te vaya bien, la publicación no se moverá. Yo sí, pues esta mañana me ingresan para una pequeña intervención y estaré fuera de juego unos días. Nos leemos a la vuelta.
      Ah, y me alegro que la historia te esté gustando. Espero que el desenlace también.
      Un beso.

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  11. ¡¡¡¡¡Hola!!! No lo había leído así que me paso primero pro aquí y ahora mismo voy a la segunda parte, no me quedo con la intriga días, qué bien.
    Un abrazo.

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    1. ¡¡Hola, Gemma!! Nunca es tarde cuando llega, o como sea el refrán. Me alegro que hayas tenido la oportunidad de leer esta historia y espero que la segunda parte no te defraude.
      Un abrazo.

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