miércoles, 18 de mayo de 2016

La urna


Presidía la estancia, sobre la repisa de mármol de la gran chimenea. Era una vasija de porcelana de color negro con incrustaciones doradas que algún día debieron ser brillantes. No pude evitar examinarla. Pesaba mucho teniendo en cuenta su tamaño: no más de veinte centímetros de altura por quince de diámetro. De boca ancha, ésta estaba herméticamente cerrada por una tapa semiesférica, también de porcelana negra.

―Parece una urna funeraria –fue la escueta respuesta del vendedor cuando le pregunté si sabía qué era.

Me quedé con la casa y con la vasija, la urna o lo que fuera. Mis conocimientos de arte son más bien escasos pero me pareció bonita e incluso valiosa, aunque, de ser así, ¿por qué la había abandonado su propietario cuando no había dejado ni siquiera una sencilla cortina? Sé que lo correcto hubiera sido entregársela pero preferí esperar a que la reclamara, cosa que no hizo.

Durante la restauración del que iba a ser mi hogar, una mansión victoriana a las afueras de Chelmsford, en el condado de Essex, me llevé la vasija al apartamento en el que me alojaría mientras duraran las reformas -uno o dos meses-, no fuera que algún obrero manazas la hiciera añicos.

Antes de estimar su valor, quise saber qué era lo que contenía y qué le daba ese peso desproporcionado. Intenté abrirla pero parecía que la tapa estaba sellada a la boca del recipiente. Viendo que la fuerza bruta era del todo inútil, me apliqué, pacientemente, a la labor de probar los disolventes más eficaces, no fuera que estuviese encolada, hasta que un buen -o mal- día se abrió. Lo primero que hice, obviamente, fue mirar en su interior y lo que allí había era un polvo grisáceo inodoro e insípido. ¿Insípido?, os preguntaréis. ¿Acaso lo probó?, volveréis a inquirir.

Pues sí, lo olí, lo toqué y lo probé, como quien prueba la pureza de un alijo de cocaína. Y es que no he dicho que soy farmacéutico y el análisis organoléptico de un preparado es para mí algo indispensable antes de proceder a otras averiguaciones. Evidentemente supuse que no era veneno.

Llegado a este punto, os preguntaréis una cosa más: cómo un farmacéutico puede adquirir una propiedad de más de un millón de libras esterlinas. Bueno, lo del precio lo menciono ahora para acabar de satisfacer vuestra inagotable curiosidad. Pues bien, aun siendo doctor en farmacología por la Universidad de Cambridge y catedrático emérito, con mi sueldo no podría permitirme ese lujo. Aunque siempre he sido muy comedido en mis gastos y he llevado una vida espartana, no fueron mis ahorros lo que me permitieron este capricho sino una herencia inesperada de un tío lejano que hizo las Américas y murió solo y muy rico. Parecerá ésta una historia de las que se cuentan en los culebrones pero esa es la verdad. ¿Por qué mi tío me lo dejó todo a mí? Supongo que por ser el único hijo de su único hermano. ¿Qué cómo se hizo tan rico? Bueno, eso ya es otra historia que, además, no viene a cuento.

Pero vayamos al grano. La cuestión es que gracias a mi tío millonario pude comprarme una mansión de lujo y hallar una vasija que luego supe que hacía las funciones de una urna funeraria, tal como había insinuado aquel individuo flemático con quien cerré la compra. Aquella urna parecía contener las cenizas de un difunto. Pero ¿quién podía ser tan insensible como para abandonar los restos incinerados de un ser querido? Y si no fue tan querido, ¿por qué no se deshizo de ellos como lo hace la gente normal?

Todo era muy extraño. Quien fuera el anterior propietario de la casa debía tener dinero más que suficiente –al menos después de la venta- como para comprar o alquilar un columbario. Y si no quería gastarse ni una libra en algo así, bien podía haber dispersado las cenizas por el monte, en el rio o enterrado en el jardín, ¡qué caramba!

Los hombres de ciencia y los detectives somos curiosos por naturaleza y yo no podía cerrar el caso haciendo con aquellos restos mortales lo que no había hecho su legítimo responsable. Antes quería averiguar a quién pertenecían esas cenizas y quién tuvo la desfachatez de abandonarlas. No obstante, habida cuenta de lo ocupado que me tenían las reformas de la casa tuve que aplazar esas indagaciones hasta que tuviera suficiente tiempo libre, cosa que no ocurrió hasta haber tomado posesión de mi nueva morada.

El estreno de mi lujosa mansión lo hice coincidir con el día de mi septuagésimo primer aniversario, justo un año después de haber abandonado mi vida docente. Para celebrar la inauguración de la “residencia Whitehouse”, como la llamé pomposamente -no porque fuera blanca, que no lo era, sino en honor a mi apellido y al de mis antepasados-, organicé una cena a la que invité a amigos y colegas. Tras el opíparo ágape –el primer y último derroche de mi vida-, pasamos al salón, donde reposaba la urna exactamente en el mismo lugar donde la vi por primera vez. Solo entrar en la estancia, todas las miradas se posaron en ella. Parecía brillar como si acabara de salir de las manos de un artesano. Debe ser el efecto del medio centenar de bombillas que iluminan el salón –pensé. Pero no, la urna estaba resplandeciente. Sus doradas filigranas parecían recién repujadas y la negra porcelana acabada de pulir. Cuando, en respuesta a las preguntas de mis invitados, dije que era una urna funeraria que había hallado al adquirir la casa, todos sin excepción, entre curiosos e incrédulos, quisieron echar un vistazo a su interior. La urna fue pasando de mano en mano como una revista pornográfica en posesión de unos adolescentes. No veo qué interés puede originar las cenizas de un muerto, o de una muerta, a no ser que, como era mi caso, uno se las encuentre como quien halla un paquete abandonado en un banco del parque. Creo que debieron pensar que les tomaba el pelo y emularon al incrédulo de Santo Tomás. La mayoría, sin embargo, mostró una creciente aprensión al comprobar la veracidad de mis palabras. Excepto el profesor Bells, catedrático de química, quien, dudando todavía de la verdadera naturaleza de “aquellos polvos”, como los llamó, me pidió permiso para llevarse una pequeña muestra y analizarla en su laboratorio.

Cuando se hubieron marchado todos, devolví la urna a su lugar, presidiendo una estancia que ahora se me hacía más lúgubre y fría que nunca. Al depositarla en la repisa me dio la sensación de que algo en ella había cambiado. Parecía incluso más liviana. Manías de viejo –me dije.

Mientras me tomaba mi último whisky del día, decidí que a la mañana siguiente iniciaría mis pesquisas y que si en un plazo razonable de tiempo –dos meses como máximo- no lograba descubrir nada, me desharía de ella o por lo menos de su contenido, no fuera que el envoltorio fuera un objeto de gran valor artístico.
 
CONTINUARÁ
 

 

26 comentarios:

  1. Ayyyyyy pero no nos dejes así!!!!!! Me ha encantado, de evrdad, ngancha desde la primera frase y me has dejado con una intriga así que espero que pongas pronto la siguiente entrega.
    Un abrazo.

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    1. El relato completo ya está listo. Solo me queda hacer unos retoques sobre la marcha. Como no me gusta publicar relatos muy largos, lo tendré que distribuir en cinco entregas. Así pues, las cuatro restantes las iré publicando cada tres días, para dar tiempo a que podáis leerlas con calma.
      Espero que sea capaz de mantener vuestro interés.
      Un abrazo.

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  2. Esto promete una estupenda historia que espero con mucho interés.
    Genial, amena y con categoría tu forma de escribir. Como siempre da gusto seguir tus relatos.
    Mis aplausos para esta primera parte Josep.
    Un abrazo.

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    1. Y yo espero no decepcionaros. La historia tiene su enjundia. Intentaré mantener el suspense hasta allí donde me sea posible.
      Muchas gracias por tus aplausos. Espero que cuando se baje el telón, sigas pensando igual, jeje
      Un abrazo.

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  3. Un inicio de relato sensacional, Josep. Nos dejas en ascuas sobre lo que pueda venir a continuación y solo espero que no sea larga la espera.

    Dicen que la curiosidad mató al gato; ojalá no sea el caso de tu protagonista :))

    Un abrazo y gracias por un relato tan bueno.

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    1. Si el inicio te ha gustado, espero que los siguientes episodios y el final no os defrauden. Las historias fantásticas tienen eso: a veces uno espera más de lo que acaba recibiendo.
      Como le he comentado a Marigem, serán cuatro episodios más, separados entre sí por unos tres días, tiempo que estimo suficiente para que mis lector/as fieles no se pierdan ni uno. Tengo que pensar en mi público, jajaja
      Veremos si Mr. Whitehouse acabará como el gato curioso o no.
      Un abrazo, Julia.

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  4. Me ha enganchado desde el principio. Espero continuación pronto, jejeje.
    Un besillo.

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    1. Hola María,
      Me gusta enganchar a la gente. Incluso me gustaría que mis escritos crearan adicción, jajaja
      Muchas gracias por tu visita. La continuación está a la vuelta de la esquina.
      Un abrazo.

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  5. En ascuas me tienes, ya aprovecho para aventurar que eso no son cenizas. Ese resplandor es más que sospechoso y aunque los fuegos fatuos se originan por la putrefacción me da que con las cenizas esa reacción química no se produce.
    Por cierto, como farmacéutica que también soy, las pruebas organolépticas siempre me han parecido poco saludables. Lo de oler y tocar tiene un pase, pero lo de probar lo considero una práctica insalubre y peligrosa. Sí que dan mucha información pero donde esté un aparato de análisis químico....
    Estupendo relato, Josep, me ha encantado. Espero ansiosa la continuación, a ver qué demonios tiene ese recipiente.
    Un abrazo.

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    1. Pues espero que no te quemes.
      Veo que, seguramente por deformación profesional, has examinado este relato del género fantástico con fruición científica. El resplandor que emite la vasija no procede, creo yo, de su contenido. Me aventuro a creer que es una forma de atraer la atención del público. Vete tú a saber con qué finalidad. Y en cuanto al análisis organoléptico, piensa que el viejo Whitehouse es de la vieja escuela. Seguramente, de ser médico, sería de los que probaba la orina para saber si el paciente era diabético. Para el análisis químico "comme il faut" ya está su colega, el Dr. Bells.
      Me alegro que te haya gustado y espero que puedas seguir disfrutando de mi alocada historieta.
      Un abrazo.

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  6. Pues mola mucho el relato, me quedo con ganas de leer como sigue. Por lo pronto, creo que yo al darme cuenta de que se trata de cenizas de un difunto las habría arrojado al mar en cuanto hubiera tenido oportunidad y me habría olvidado del asunto. ¿Me habría quedado con la urna? Pues ni idea, la verdad.

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    1. Tu reacción hubiera sido la más lógica pero mi amigo, el Dr. Whitehouse, es un curioso y fisgón irredento y eso, sin duda, le acarreará problemas.
      Hay que ser muy friki, la verdad, para quedarse con una urna, por muy bonita que sea.
      Veremos qué pasa.
      Un abrazo desde el más acá.

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  7. Ya te digo que me he quedado enganchado a tu relato. ¿Cómo se te ocurre no acabarlo ya? estoy esperando desde ¡Ya! con ansia viva la segunda parte.
    Un abrazo.

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    1. Si lo hubiera publicado entero, todavía estarías leyéndolo, jeje.
      Suelo publicar relatos cortos pero este, a medida que lo iba escribiendo, crecía sin parar. Ya lo he terminado pero he preferido dosificarlo y publicarlo por entregas. Así pues, habrá más de una segunda parte, y de una tercera...
      Espero ser capaz de manteneros alerta hasta el final y, sobre todo, que os guste.
      Un abrazo, amigo.

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  8. Esta historia promete! Ya empezó bien, e imagino (y conociendo un poco tu trabajo literario), que su desarrollo nos mantendrá enganchados hasta el último punto final.

    Más saludos, Josep!

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    1. Eso espero, Julio David. Iremos viendo las peripecias del curiosón Whitehouse y a dónde le llevan sus pesquisas.
      Espero no defraudaros.
      Un abrazo, que esta vez también quiere ser psicológico.

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  9. uuuff logras nuevamente y dejas con ganas mas , la verdad un poco miedo si da pero también de mucha curiosidad para qué comprar una mansión para luego ser funeraria luego yo soy una cobarde jaajjaja pero como me gusta espero pronto ese final , como siempre Josep felcitarte escribes muy bien feliz fin de semana un abrazote desde mi brillo del mar

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    1. Dicen que es más saludable comer poco y a menudo. Así que, aplicando este principio, he preparado varios episodios cortos de una historia que, de haberla contado de un tirón, hubiera sido muy larga.
      Espero manteneros enganchados hasta el final.
      Muchas gracias por tu comentario.
      Un abrazo.

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  10. Amigo tu relato promete , conociendo un poco de como nos enganchas desde el primer momento estaremos ansiosos en espera del segundo. Las cenizas va a dar mucho que hablar. Me hace recordar que todavía tengo en mi poder ciertas cenizas que quizás algún día haga algo con ellas. o quizás su trayectoria de para un relato. Un abrazo

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    1. Hola María del Carmen,
      Me gustaría poder decir aquello de puedo prometer y prometo que esta historia os enganchará hasta el final, pero esto no lo puedo asegurar. la intención es esta pero ya se verá.
      Las cenizas, sean del tipo y origen que sean, pueden dar lugar a historias fantasmagóricas.
      Un abrazo de miedo.

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  11. un placer encontrarte
    te eleo
    y
    Me gusta

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    1. El placer es mío.
      Me alegro que te haya gustado
      Un abrazo.

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  12. Muy bueno Josep Mª te he leído de un tirón mientra me iba entrando esa intriga de saber qué iba a pasar y me he quedado chafada al llegar al final y que de momento...tenía que aguantarme...¿para cuando la continuación?
    Un saludo de fin de semana

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    1. Hola Conxita,
      Pues ya tienes más trabajo de lectura. Mientras tú escribías este comentario, yo publicaba la segunda parte. Y hay más!
      Espero que la continuación te siga intrigando.
      Un abrazo.

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  13. Interesante inicio, Josep María, para la historia de este farmacéutico jubilado. Intrigante, muy muy intrigante, a ver que pasará... estaré encantado de descubrirlo! ; )

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    1. Bienvenido, Ramón, a este rincón de la fantasía.
      Me alegra que lo que has leído te haya gustado lo suficiente como para dejar este amable comentario.
      Saludos.

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