viernes, 3 de noviembre de 2017

Tres historias alucinantes


Llevábamos más de veinte años sin vernos, desde poco después de que nos licenciáramos. Cada uno se había decantado por materias distintas: Juan por la farmacia, Ramón por la física, Esteban por la medicina y yo por la biología. A pesar de seguir nuestros estudios en distintas Facultades, nunca llegamos a perder el contacto. Al contrario, nos veíamos casi a diario. El distanciamiento no se debió a nuestras distintas profesiones, una vez finalizadas nuestras respectivas carreras, sino a algo mucho más poderoso, algo que en aquel entonces desunía a los amigos o bien enfriaba la amistad largos años cultivada: las novias.

Recuerdo que al principio quedamos en alguna ocasión con nuestras respectivas parejas, pero no resultó como esperábamos. Las novias de tus amigos no tienen por qué caerte necesariamente bien, y viceversa. También puede suceder que sean ellas las que no conecten entre sí. Y todo eso fue lo que ocurrió. Así pues, tan pronto como aparecieron las mujeres, nuestra relación se fue a pique, pues nuestras parejas nos robaban el tiempo necesario para dedicarlo a los amigos. Podíamos haber hecho como los jóvenes de hoy en día: ellos quedan con sus amigos y ellas con sus amigas. Pero no. Y así fue cómo se enfrió nuestra amistad, y una vez enfriada suele ser muy difícil, si no imposible, recuperarla.

En nuestro caso, sin embargo, fue la iniciativa de Juan, “el boticario”, como así le apodábamos, que propició el reencuentro. Debió ser la añoranza del pasado o el hecho de haberse divorciado recientemente y sentirse solo lo que le motivó. El caso es que se las ingenió para dar con todos nosotros. El hombre, siempre tan meticuloso y ordenado, había conservado los números de teléfono de nuestros domicilios de solteros. Fueron nuestros respectivos padres quienes le facilitaron nuestro número de móvil.

Y allí estábamos, todos juntos de nuevo, recordando viejos tiempos y no menos viejas anécdotas. Tras una cena opípara y una larga sobremesa, fuimos a tomar unas copas en un local nocturno cercano para seguir poniéndonos al día. De eso hace ya unos cinco años y, desde entonces, no he vuelto a saber nada de ellos. Ni lo he intentado. Y todo por unas malditas historias.

Habíamos bebido bastante, el local empezaba a vaciarse, pero seguíamos queriendo hablar de eso y de aquello. Hasta que los temas se agotaron y parecía llegado el momento de la despedida. Pero Juan, el organizador del encuentro, decidió que el ambiente no podía decaer y que debíamos continuar disfrutando de esa oportunidad ─en realidad no tenía a nadie que le esperara en casa─. Como el resto de los presentes no teníamos nada más que decir, por sueño, cansancio o aburrimiento ─o las tres cosas a la vez─, se le ocurrió, para animar el cotarro, la maravillosa idea de hablar de temas paranormales, tal como solíamos hacer de niños. Muy a mi pesar, pues quería marcharme y esos temas ya no me atraían lo más mínimo, su propuesta surtió efecto y animó un poco la velada. Aunque con la edad nos habíamos vuelto más bien incrédulos, todos coincidimos en que seguían habiendo cosas inexplicables, verdaderos expedientes X. En medio de la discusión, Juan se decidió a contarnos una experiencia personal con la que ─dijo textualmente─ alucinaríamos.

Y arrimando su silla a la mesa y con una voz más baja de lo habitual, como si quisiera que nadie más le escuchara, se dispuso a contar su historia.

─Aunque os parezca un cuento fruto de mi imaginación, como los que os contaba cuando éramos niños, os juro que lo que os voy a relatar es totalmente cierto. No se lo he contado a nadie para que no me tomaran por loco. Pero es la pura realidad. Veréis… ¿Os acordáis de la tragedia del vuelo de Germanwings, el que iba de Barcelona a Düsseldorf el 24 de marzo de 2015?

Y como todos asentimos, quedándonos a la expectativa, continuó.

─Si no hubiera hecho caso al consejo de una aparición ─porque eso es lo que fue─, no habría cambiado de vuelo y ahora no estaría aquí para contarlo.

Y haciendo una pausa, que se me antojó teatral, continuó.

─Tenía previsto asistir a un congreso en Leipzig, al que me había inscrito en nombre de la empresa farmacéutica en la que trabajaba, y debía volar haciendo escala en Düsseldorf. Tenía ya los billetes en mi poder, pues solo faltaban cuatro días para el viaje.

Debo reconocer que el relato de Juan nos mantuvo en vilo. Yo intuía, sin embargo, que todo era fruto de su invención. ¿Cómo podía suponer que nos creeríamos tal patraña?

─Vivo muy ceca del trabajo, y cuando hace buen tiempo voy y vuelvo a pie de la oficina. Ese día, un viernes, se me había hecho más tarde de lo habitual. Tenía entre manos un informe que debía terminar antes de irme de viaje. El caso es que, cuando ya estaba cruzando el parque que hay frente a mi casa, se me apareció una anciana. Me dio un susto de muerte, pues salió de la nada. Vestía de negro y llevaba la cabeza cubierta con un gran pañuelo del mismo color. Su cara me resultó familiar, pero, dada la oscuridad reinante, no pude verla con claridad. Me advirtió, con una voz cavernosa, que no tomara ese vuelo pues perecería en él. Y desapareció. Al principio pensé que podía tratarse de una broma de mal gusto, pero estaba solo. Allí ya no había nadie más que yo. Luego, una vez en casa, no podía quitarme a aquella mujer, o lo que fuera, de la cabeza. Aunque me pareció una estupidez, acabé pidiendo el lunes a mi secretaria que cambiara mi plan de vuelo vía Berlín con Lufthansa, mucho más caro, pero con un horario más conveniente, aduje para justificarme.

» No le conté a nadie el motivo del cambio por vergüenza, pero cuando me enteré de la catástrofe, se me pusieron los pelos de punta. Mi secretaria no cesaba de alborotar al personal contando lo que había estado a punto de ocurrirme de haber ido en aquel vuelo, como tenía previsto. Todos alabaron mi buena estrella. Pero fue aquella aparición la que resultó ser mi ángel de la guarda. Y si no era un ángel, ¿qué o quién podía ser?, me pregunté. Pero unas semanas después, mirando con mi madre viejas fotografías de su álbum familiar, distinguí entre ellas a la mujer de la aparición. Y entonces supe quién era. No podía creerlo, pero necesitaba que mi madre confirmara mi sospecha. Cuando se lo pregunté me contestó, sorprendida: “pero hijo, ¿acaso no la reconoces? Claro que todavía eras un chiquillo cuando murió, pero has tenido que ver muchas fotografías suyas. ¡Es mi madre, tu abuela Emilia! ¿Ya no te acuerdas de ella? ¡Con lo que te quería!”.

» ¡Claro que aquella cara me había resultado familiar! La mujer que se me apareció de entre las sombras era mi abuela materna, que había venido del más allá para advertirme del peligro que corría si tomaba aquel vuelo. Desde entonces vuelvo a creer en la existencia de otra vida tras la muerte ─sentenció, terminando así su historia y reclinándose, satisfecho, en el respaldo de su silla.

Y como viera que nadie reaccionaba en ningún sentido, se encogió de hombros, cariacontecido, se terminó de un solo trago el whisky que le quedaba en el vaso y, tras dejarlo de nuevo sobre la mesa con un golpe seco, nos miró, uno a uno, animándonos a que contáramos nuestra propia historia.

─Porque no me diréis que no habéis tenido nunca una experiencia inexplicable ─sentenció.

Parecíamos unos alumnos que, no habiendo hecho los deberes, eludieran la invitación del profesor a salir a la pizarra. A falta de un voluntario, pues, apuntó con el dedo a quien tenía sentado justo enfrente, que resultó ser Ramón, “el Einstein”, como le llamábamos en nuestra época de estudiantes.

El bueno de Ramón se removió, inquieto, en su asiento, pidió una nueva ronda de bebidas ─creo recordar que ya íbamos por la tercera─ y, tras un ligero carraspeo, inició su relato.

Si la historia de Juan me había resultado una fantasía, la de Ramón la superó con creces.

─Hace años que soy un gran aficionado a la navegación ─dijo a modo de introducción─. Tengo el título de capitán de yate, tengo una pequeña embarcación a motor, y salgo a navegar con bastante frecuencia. Pues en una de mis salidas, hará de eso unos tres años, vi algo que no me he atrevido nunca a contar y que nadie más pudo ver, pues en esa ocasión salí al mar sin compañía.

Y como hizo un mutis demasiado largo, todos exclamamos al unísono:

─¿Y se puede saber qué viste?
─Pues una sirena ─afirmó, esperando una reacción por nuestra parte, que la hubo.
─¿Una sirena? ─casi gritamos también a la vez.
─Bueno, no exactamente una sirena, como la de los cuentos o la de la película “Splash”, o como se titule. Era… cómo os lo diría… como un pez enorme con cara y forma de mujer.
─¡¿De mujer?! ─otra vez el coro.
─Lo que os digo. Tenía una cara rara, pero de mujer. Los ojos grandes y frontales, con una especie de tabique nasal y con unas formaciones parecidas a las pestañas, los labios protuberantes, las aletas pectorales extremadamente largas, como si fueran brazos; incluso tenía orejas y en la cabeza algo parecido al cabello, corto, espeso y rizado.
─¿Y era rubia o pelirroja? Y de tetas, ¿qué tal andaba? ─le soltó Juan, sofocando a duras penas una risotada, a la que no pude evitar sumarme. Esteban, por el contrario, se mostró impasible, con la misma cara de indiferencia que había adoptado desde un inicio, como si todo aquello le diera igual o estuviera ausente.
─Si os tenéis que burlar, lo dejo ─respondió Ramón con acritud.
─Vale, tío, continúa ─tercié─. Disculpa, pero es que, no sé, resulta un poco… extraño, ¿no te parece?
─Pero ¿acaso no se trataba de eso, de contar experiencias extrañas? ─inquirió.

Ramón nos contó que subió a bordo esa extraña criatura, a la que dijo haber atrapado con una red sin que ofreciera la más mínima resistencia. Comprobó que podía respirar fuera del agua, como los cetáceos. Estuvo dudando si llevársela a puerto y entregarla al acuario de la ciudad para su estudio y exposición, pero le dio pena. Así que, después de contemplarla detenidamente y hacerle unas cuantas fotografías, la devolvió al mar.

─Y os juro por lo más sagrado que, una vez en el agua, me miró y me sonrió mientras agitaba sus largos brazos. Supongo que en señal de agradecimiento.
─Anda ya ─volvió a intervenir Juan─ ¿Y no sacó un pañuelo para decirte adiós? Vale, vale, me callo ─finiquitó antes de que la furibunda reacción de Ramón hiciera acto de presencia.
─¿Acaso tu fantasma es más real que mi ser acuático? ¿Eh? Si aquí alguien miente eres tú. Y si no me crees, no haberme invitado a hablar ─le reprochó aquel.
─¿Y las fotos? ─preguntó Esteban, interviniendo por primera vez.
─Eso es lo más raro ─respondió Ramón, apesadumbrado─. Cuando llegué a casa y se las quise mostrar a mi mujer y a mis hijos, habían desaparecido de la bolsa donde las había guardado. Por eso no se lo he contado nunca.
─Vamos, que la criatura no quiso que nadie fuera testigo de su existencia y se las apañó, vete tú a saber cómo, para hacer desaparecer toda prueba incriminatoria. Quizá fuera una extraterrestre y mandó a alguno de sus compañeros a destruir la prueba por el camino sin que te dieras cuenta ─añadió Esteban con ironía.
─¿Tú tampoco me crees? ¿Sabéis qué os digo? ¡Que os vayáis a la mierda! ─Y dicho esto, se reclinó contra su asiento con furia y se terminó de golpe lo que le quedaba en el vaso.

Una vez terminada su historia, o debería decir historieta, y tras un incómodo silencio, Juan me invitó a relatar mi experiencia “sobrenatural”. Todos me miraron expectantes, pero se me cerraban los ojos y al día siguiente tenía que madrugar, así que no estaba para contar cuentos de viejas. Decliné, lo más amablemente que pude, tal honor y le pasé el testigo a Esteban, quien seguía taciturno, cosa que achaqué al cansancio o a un exceso de alcohol en sangre.

Nuestro matasanos particular se mostró reacio a intervenir, pero había algo que parecía subyacer en su aparente falta de ánimos. Dudó unos segundos, como si sopesara los pros y los contras. Parecía debatirse entre contarlo o callar. Hasta que, apurando su Cubalibre, dijo: “muy bien, allá va, pero ya os adelanto que no os lo vais a creer”.

Como críos de colegio, todos, incluso yo, nos erguimos para escuchar mejor su historia. Esteban era un tipo serio y no nos intentaría colar una patraña.

Al principio, su historia parecía que iba a ser la archiconocida leyenda urbana de “la chica de la curva”, pero sin curva. La chica en cuestión también era una autoestopista. Se le había averiado el coche y necesitaba que la llevara a la población más próxima en busca de un taller.

─Era francesa, viajaba sola, no llevaba el seguro internacional ni teléfono móvil que le permitiera ponerse en contacto con su compañía aseguradora. ¿A quién se le ocurre viajar en esas condiciones?, pensé. El coche estaba detenido en el arcén, era un viejo Citröen 2CV y yo un perfecto ignorante en mecánica y de manitas tengo lo que un pingüino de ave voladora. Anochecía y era muy probable que los talleres, si es que encontrábamos alguno, ya estuvieran cerrados, pero me ofrecí a llevarla. No podía dejarla allí tirada.

Esteban nos contó que la chica, llamada Joséphine, era una rubia parisina exuberante, de unos veinte años, con unas largas piernas y una falda exigua. Como dijo textualmente nuestro amigo, era una Brigitte Bardot adolescente.

─Parecía sacada de la portada de la revista Paris Match. ¿Os acordáis cuando la profe de francés, Mademoiselle Pascal, nos obligaba a comprarla para hacer aquellas presentaciones de los lunes?

En ese punto no pude evitar esbozar una sonrisa al recordar la presentación que hice ante toda la clase a partir de un artículo sobre el hambre en el mundo. Me equivoqué de término y en lugar de decir “pour assouvir la faim” (para saciar el hambre), dije “pour assouvir la femme” (para saciar a la mujer), Las risotadas no se hicieron esperar y Mlle. Pascal me mandó sentar tan pronto como hube terminado mi discurso, sin dar paso al turno habitual de preguntas, dado el alboroto reinante.

─El caso es que cuando llegamos a Palamós eran ya los ocho y, como suponía, no encontramos ningún taller abierto. Yo tenía que seguir viaje hasta La Escala, donde me esperaba mi mujer y mi hija para pasar con ellas el fin de semana, pues por aquella época yo estaba preparando la lectura de mi tesis doctoral y tuve que quedarme en Barcelona de Rodríguez todo el mes de agosto. Pero la vi tan desvalida que me supo mal dejarla sola. Si llamaba a Elena, mi mujer, y le decía que no llegaría hasta el día siguiente porque me quedaba a pasar la noche en Palamós para hacer compañía a una francesa que había recogido haciendo autoestop, por mucha avería y mucha lástima que hubiera de por medio, no dudaría en presentarse allí hecha un basilisco y no quería parecer un calzonazos ante la francesa.

─¿Y qué hiciste? ─se me adelantó Juan.
─Pues lo que cualquier hombre amable y cortés habría hecho en mi lugar.

La cosa ya tomaba un cariz distinto a lo que imaginé en un inicio, pues ya no se trataba de un fantasma que, en medio de la noche, se sube al coche de un conductor para advertirle de un peligro allí donde ella falleció tiempo atrás, tras lo cual se esfumaba. Pero, por otra parte, no veía qué había de extraordinario en esa historia.

Lo que Esteban hizo, según nos contó, fue mentir a su mujer, alegando que se retrasaría porque le había surgido un contratiempo de última hora, y alojarse con la desconocida en un hotelito de mala muerte ─era temporada alta y, al parecer, la ocupación hotelera superaba el 90%─. Y, tomando un largo trago de su vodka con hielo, se irguió como si se hubiera tragado un palo y continuó su relato.

─Fuimos a cenar a un restaurante de comida rápida cercano al hotel. Mientras yo me tomé dos hamburguesas dobles, una ración grande de patatas fritas y una copa de helado de postre, ella, argumentando que los nervios le quitaban el apetito, solo pidió un café que apenas probó. Recuerdo que, a la luz del local, me pareció que estaba extremadamente pálida. Al comentárselo, creyendo que se encontraba mal, me dijo que su piel era así: muy blanca y muy sensible al sol.

» Mientras yo comía, me observaba de un modo que me hizo sentir incómodo. Su mirada era tan penetrante que casi llegué a sentir aprensión. ¿Y si había recogido a una lunática, o, peor aún, a una psicópata? De repente quise que ya fuera el día siguiente y que, una vez el taller se hubiera hecho cargo de su vehículo, pudiera seguir mi camino como si nada hubiera ocurrido.

» Aquella noche dormí muy intranquilo. Pensé que sería porque no tenía la conciencia tranquila por haber mentido a mi mujer, pero había algo más que no sabía definir. Me despertaba frecuentemente y, en una de esas ocasiones, me pareció notar una presencia, oír unos pasos de alguien merodeando por la habitación descalzo, o de puntillas. La verdad es que me acojoné y eso que no soy persona que se asuste fácilmente. Así que al final decidí abrir la luz. Allí no había nadie.

» Por la mañana desperté más tarde de lo previsto. Me extrañó que la chica no me hubiera llamado o me hubiera mandado llamar. Me levanté sintiéndome cansado y mareado, me dolía todo el cuerpo. Me vestí sin apenas asearme y llamé a la puerta de la habitación de Joséphine, pero no contestó. Bajé raudo al comedor, pensando que estaría desayunando, pero tampoco estaba allí. Cuando pregunté por ella al recepcionista que nos había atendido la tarde anterior, me miró como si estuviera loco. No había chica. Según él, yo había llegado solo.

Esteban se quedó mudo de repente, mirándose las manos, que las tenía en su regazo. Parecía avergonzado, como si no se atreviera a mirarnos a la cara. ¿Nos habría colado también un farol?, me dije.

─¿Ya está? ¿Eso es todo? Por lo menos, mi “fantasma” tenía un objetivo claro: salvarme la vida. ¿Qué significa, según tú, la aparición y desaparición de esa chica? ─le interrogó Juan, de corrido, sin darle tiempo a replicar.
─¿No queríais una historia extraordinaria? Pues eso es lo que me pasó.

Me dio la impresión de que había algo más, que no nos lo había contado todo, que posiblemente se había arrepentido de haber empezado a relatar esa historia y había decidido cortar en ese punto. Pero no insistí. Preferí dejarlo así. Además, deseaba marcharme de allí de una vez y no quería prolongar más la tertulia.

─¿Y no fuiste al taller a preguntar por ella? Podía haber ido por su cuenta ─esta vez fue Ramón quien intervino.
─¿De qué hubiera servido? ¿Acaso no me dijo el recepcionista que había llegado solo?
─¿Y te quedaste tan tranquilo? ¿Así, sin más? Bien podía estar confundido el tío ese. O estar en babia cuando os registrasteis. O…
─Le pedí que me enseñara el registro y a la hora en que llegamos solo figuraba mi nombre ─replicó Esteban.
─Pero debió de quedar alguna prueba. ¿No firmó nada? ¿No entregó su pasaporte? ¿Y la llave de la habitación? Yo qué sé; algún indicio de su presencia.
─También lo pensé, pero no recordaba nada de eso. Y la habitación que supuestamente le dio el recepcionista estaba ocupada, según me dijo este, desde hacía días.
─Entonces todo parece indicar que esa tal Joséphine fue una aparición. Muy bien, me lo creo. Pero como bien dice Juan, todas las apariciones tienen un propósito. ¿No te picó la curiosidad por saber quién era esa chica y qué pretendía apareciéndosete? ─volvió a intervenir Ramón.
─Pues no. Y, además, ¿cómo iba a averiguarlo? ─replicó Esteban.
─¿Y por qué francesa? ¿Acaso no hay fantasmas españoles? Ya sé, déjame adivinar. Debía ser una de tantas extranjeras que te tiraste durante las vacaciones en la Costa Brava y a la que dejaste tirada. O preñada. Se murió de pena o, ya puestos, del parto,  y quería vengarse. Luego se arrepintió y se largó ─terció, burlón, Juan, que parecía estar pasándoselo en grande.

Pero el semblante de Esteban seguía indicándome que había algo más que había decidido no revelar.

─¿Seguro que eso es todo? ─insistió Juan, ya más comedido, pues creo que también intuyó que esa no era toda la verdad─. ¿No nos ocultas nada, Esteban? ─añadió.
─Pero ¿qué os tendría que ocultar, si puede saberse? ─alegó, molesto, el interpelado.
─Pues algo que sucedió aquella noche y no nos quieres revelar. A lo mejor era una vampira que se coló en tu habitación, te mordió y ahora eres uno de ellos, jajaja ─fue Ramón quien ahora bromeaba.

Todos reímos la gracia de Ramón. Menos Esteban que, visiblemente incómodo, se levantó, dejó sobre la mesa su parte de la consumición y, excusándose porque se había hecho demasiado tarde y al día siguiente tenía una intervención quirúrgica, se dirigió al guardarropa para reclamar su abrigo.

Aprovechando la ocasión, yo también aduje cansancio y el madrugón que me esperaba y me apresuré a abandonar el local, no sin antes acordar que ya quedaríamos para un nuevo encuentro, pues ahora teníamos nuestros respectivos números de móvil.

Cuando llegué junto a Esteban, a quien le acababan de entregar su abrigo, me disculpé por si nuestras bromas le habían ofendido. Me miró de un modo extraño. No había reparado en que sus ojos azules eran mucho más claros y su tez más blanca de lo que recordaba. Me miró tan profundamente que sentí un inexplicable escalofrío. Acto seguido, suavizó el semblante y me sonrió de una forma enigmática. Dijo no sentirse ofendido en absoluto y que esperaba volvernos a ver. Eso me alivió. Hasta que descubrí la señal.

Cuando extendió su brazo derecho para introducirlo en la manga del abrigo, quedó ligeramente al descubierto parte del cuello que le cubría la camisa. Observé, con espanto, dos cicatrices redondas sobre la yugular derecha, separadas entre sí unos cuatro centímetros. Eran las típicas señales que todos hemos visto en el cine de terror. Eran las inequívocas mordeduras de un vampiro.

Pasaron los días y estuve tentado de compartir mi descubrimiento con Juan y Ramón. Pero ¿qué iba a decirles exactamente? ¿Que Esteban era un vampiro? ¿Qué Ramón tenía razón cuando, bromeando, dijo que se había convertido en eso por la mordedura de la rubia francesa de la que nos había hablado y que también lo era? ¿Qué por eso el recepcionista no la había visto llegar con él, que por eso tenía una piel tan pálida, y que por eso no comió nada esa noche en el restaurante de comida rápida? ¿Y que era ella quien merodeaba por la habitación de Esteban mientras este dormía, para morderle y convertirlo en lo que ahora es? Era una locura, pero cada vez tenía más claro que eso fue posiblemente lo que sucedió.

Si fue así, ¿por qué Esteban empezó a contarnos esa historia para dejarla inacabada? ¿Qué nos ocultó?


El caso es que mi formación científica me tiene acostumbrado a buscar la explicación a todo lo que observo, a no dejar jamás cabos sueltos, a desvelar la verdad y a despejar las dudas. Y así fue cómo decidí ir a verle y preguntarle la verdad de los hechos. Me armé de valor y le llamé por teléfono para concertar un encuentro. Contrariamente a lo que esperaba, accedió de buen grado.

CONTINUARÁ...

Imagen: Fotograma de un episodio de Stranger Things, una serie de Netflix para la televisión.


41 comentarios:

  1. Muy interesante, aunque nos dejas en ascuas.
    Quedo esperando impaciente la continuación.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Dejaros en ascuas se ha convertido en una de mis aficiones favoritas, jajaja
      Esta vez prometo que el relato no será mucho más largo. En la próxima entrega, que publicaré de aquí a unos días, se llegará al final.
      Muchas gracias por tu presencia y un abrazo.

      Eliminar
  2. Pues sí, tres historias alucinantes, y la última la más inquietante por eso de la propagación, jajaja.
    Veremos la imaginación del genial escritor por donde nos lleva.
    Un placer la lectura Josep.
    Un abrazo y buen fin de semana.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, no sé si el escritor es genial o solo está "zumbado", jajaja
      Y para mí es un placer recibir tan amable crítica.
      Un abrazo y que pases un alucinante fin de semana.

      Eliminar
  3. Vaya nos vamos a quedar a la espera.... y realmente vamos a leer la cuarta historia alucinante verdad? Espero con impaciencia. Un estupendo relato. Buen fin de semana!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, lo que (espero) vais a leer próximamente es la verdad que se esconde detrás de la tercera historia, la única que se le antoja creíble a nuestro protagonista. Solo será una cuestión de pocos días. Paciencia, jeje
      Muchas gracias, Esperanza, por tu comentario.
      Un abrazo.

      Eliminar
  4. ¡¡¡¡¡Pero no nos dejes así!!!!! Me has enganchado, como siempre, pero la curiosidad me puede. A partir de ahora cuando vea que continua no la leeré, creo que esperaré a que termines las entregas y me las leo del tirón, jejeje, es que la curiosidad no solo mata a los gatos.
    Me encanta la foto que pones, estoy enganchada a Strangers things, todos lo estamos, jejeje, será la nostalgia ochentera en mi caso y contagio en el de mis hijos.
    Un abrazo y feliz finde, espero que no tardes mucho en publicar la continuación.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es bueno ser curioso, hasta cierto punto. A ver dónde le lleva a nuestro amigo su curiosidad.
      Decidí cortar aquí el relato porque entero resultaba muy largo para leer de un tirón y no encontré otro punto adecuado para hacer el corte, jajaja.
      Sí, la serie "Stranger things" es de lo más original y yo también soy un seguidor incondicional. Me gustan las cosas raras, jeje
      Un abrazo, Gemma, y puedo prometer y prometo no tardar micho en publicar la continuación. :))

      Eliminar
  5. Es curioso Jose Mª, los cuatro amigos se decantan por carreras de ciencia y más curioso aún, que siendo de ciencias a todos les ocurriera algo paranormal en sus vidas.
    Sobre las novias de los amigos ¡oye! no le eches solo la culpa a ellas, que es tremendamente difícil que ocho personas conecten entre sí, puede que por educación sean cordiales, pero pretender que todas y todos se lleven de maravilla es casi un imposible. Échale la culpa a los quehaceres de la vida 

    No me pienso perder el próximo Jose Mª, a ver qué ocurre…

    Un abrazo mejor que un beso… no sea que uno de los dos seamos vampiros.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Tara, Como supongo que les ocurre a otros "escribidores", en algunos de mis relatos suelen haber reminiscencias de experiencias personales. En este, el biólogo (y también narrador) soy yo, pues, hace siglos, me licencié en Biología, y tenía amigos que fui perdiendo a medida que se echaban novia, jeje
      En "mis tiempos" (esto sueña a muuuuy viejo), había solo dos tipos de bachillerato: de ciencias y de letras. En mi colegio solo se impartía el de ciencias, de modo que mis amigos cursaron todos carreras de ciencias.
      Sobre lo de la "inteferencia femenina", evidentemente, y tal como intento plasmar en el relato, no es solo un hecho achacable a ellas. Al margen de las normales divergencias de carácter en un grupo de ocho personas, las novias representaban una incursión que no siempre resultaba bienvenida en un grupo de amiguetes que se conocían desde la infancia. Así que, efectivamente, hay que repartir la "culpabilidad" de ese enfriamiento de la relación. Al menos eso es lo que nos ocurrió a nosotros, por lo que es otra aportación autobiográfica, jeje.
      Yo también espero que no te pierdas el final de esta historia, que no sé si resultará alucinante, pero espero que sí sea entretenida.

      Un abrazo manteniendo las distancias, por si acaso, jajaja

      Eliminar
  6. Me ha llevado tiempo leerte.Acostumbrado a los textos cortos y al pensamiento rapido.....
    Me ha encantado lo que has escrito

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues muchas gracias por la lectura. Yo también prefiero los relatos más cortos, pero últimamente, no sé qué me pasa, que me salen más largos de lo que era habitual en mí. Claro que, en esta ocasión, tres historias dan para mucho, jaja
      Muchas gracias por venir a leerme.

      Eliminar
  7. Hola amigo, qué interesante relato, espero la continuación con muchas ganas!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Maite, me alegro que la lectura te haya resultando interesante. Espero que el desenlace no te decepcione. Ya se sabe: cuando las expectativas son altas, las desilusiones también lo pueden ser.
      Un abrazo.

      Eliminar
  8. Muy bueno Josep. Has conseguido captar mi atención sin separar un ápice la mirada del ordenador, ha sido tremendamente entretenido. Al principio he pensado que todo eran historias inventadas a consecuencia de los efluvios del alcohol, pero me da que esto va a tomar otro cariz...
    Además el relato tiene un punto de humor que le quita un poco de "miedo" para que no nos acoj... tanto. (¿Por qué la fantasma tenía que ser francesa y no española? jeje, me ha encantado).
    Espero el siguiente con ansias.
    Un abrazo, Josep y feliz domingo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, Ziortza, yo creo que el alcohol le puso la guinda al pastel. Del mismo modo que los pescadores exageran el tamaño de sus capturas, los "cuentistas" también lo hacen con sus experiencias personales, especialmente si quieren atraer la atención de los oyentes. El único que parece que se reprimió fue Esteban hombre serio y cabal, motivo por el cual nuestro biólogo siente curiosidad por saber hasta qué punto su historia tiene visos de realidad.
      El humor siempre es un buen ingrediente para, como bien dices, aflojar la tensión y hacer el relato más ameno.
      Muchas gracias por tu aportación y espero que el siguiente y último episodio también te enganche.
      Un abrazo,

      Eliminar
  9. Muy bueno Josep Ma, deseando leer la continuación.
    Ay las mujeres, jajaja. Bromas al margen es cierto que las parejas de nuestros amigos no tiene por qué gustarnos y sí me parece una buena opción que las parejas se den espacios individuales y que mantengan a sus amigos al margen de la pareja. No creo en eso de hacerlo todo juntos, me parece más sano respetar también los espacios de cada miembro de la pareja y también por supuesto tener amigos comunes, pero no siempre se ve así ni se entiende, tanto por parte de las mujeres como los hombres, a mi mira me parece enriquecedor.

    Me has hecho pensar en esos "presentimientos", no sé cómo llamarlos, que en más de una ocasión han salvado vidas. Mira yo sobre estos temas no tengo una opinión definida, por un lado la parte más científica como a tu protagonista me hace buscar los datos y desconfiar un poco, pero por otro me pregunto cuánto aún no conocemos y todo el poder que tiene nuestra mente y aún desconocemos, porque ejemplos "haberlos haylos".

    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. En esta historia me he permitido reflejar lo que, por lo menos en mi época juvenil, solía ocurrir cuando, en un grupo muy bien cohesionado de amigos, irrumpían las novias respectivas. Hoy en día (solo tengo que fijarme en mis hijas), hay ejemplos de todo tipo, desde los encuentros por separado (lo más habitual, creo yo) a las reuniones con las parejas y niños respectivos. Papás, mamás y niños. Y me parece estupendo, pero no siempre es posible debido a las naturales discrepancias (e incluso incompatibilidades) que pueden aparecer entre los distintos miembros del grupo.

      Dicho esto y volviendo al meollo del relato, y como le comentaba a Tara, en el tema de lo "paranormal" también me he basado un poco en mis experiencias de adolescente para ilustrar la historia. De muy joven me sentí muy atraído por esas cuestiones sin explicación aparente y, aun siendo muy escéptico, llegué incluso a usar la güija, pero no como método espiritista sino para averiguar si había algo físico (incluyendo el fraude) o psíquico en su funcionamiento. Luego ya me fui "enfriando" y me dediqué a cosas más serias, jeje. Pero pienso como tú (y de ahí que en más de un ocasión haya escrito relatos del género fantástico): hay cosas tan inexplicables que llegan a hacerte dudar.

      Un abrazo.

      Eliminar
  10. Me ha gustado mucho lo escrito...y eso que no suelo leer, textos tan largos... un saludo desde Murcia....

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bienvenido, alp.
      Yo suelo aplicarme el cuento de que "no quieras para los demás lo que no quieras para ti", pero a veces se me olvida. Yo tampoco soy amante de los relatos muy largos, hasta el punto de que cuando voy a leer uno y veo que es demasiado extenso (según mi gusto y criterio) me lo salto, jeje. Leer en la pantalla del ordenador no es lo mismo que en papel. Pero siempre hay excepciones, claro.
      No soy, pues, partidario de extenderme demasiado, pero en los últimos tres relatos, incluyendo el presente, se me ha ido la mano.
      Agradecido, pues, por tu interés y paciencia.
      Un abrazo.

      Eliminar
  11. Parece que todos los amigos habían tenido alguna experiencia fuera de lo normal en esos años de lejanía. Me pregunto si hay algún factor común en todos ellos que haya podido provocarlas...

    Por lo pronto nos dejas a medias y muertos de curiosidad por saber qué más tiene que revelar Esteban acerca de su encuentro con la francesa. ¡Estoy deseando leer la continuación!

    Como siempre un relato muy bien hilvanado, ameno e interesante, querido Josep. Ojalá no nos hagas esperar demasiado ;)

    ¡Un abrazo y feliz tarde de domingo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo creo, Julia, que el factor común debe ser la fantasía, pues no sé hasta qué punto lo que contaron Juán y Ramón tiene visos de realidad, de sugestión o incluso de invención. El relato de Esteban, en cambio, por disparatado que parezca, es demasiado elaborado para salir de su mente imaginativa. Al menos eso es lo que piensa nuestro protagonista narrador. Veremos a dónde nos llevará la visita que pretende hacerle este para saber qué hay de cierto en todo lo que les contó. Yo no iría, desde luego, pero la curiosidad es, muchas veces, muy osada, jeje

      Muchas gracias, Julia, por tu lectura e interés. Solo será cuestión de esperar unos pocos día para conocer el desenlace. Entretanto, solo podemos cruzar los dedos, jajaja

      Un abrazo y feliz semana.

      Eliminar
  12. No me digas que Esteban es vampiro, ¡verdaderamente alucinante! Cuando he visto el post me ha parecido largo pero luego de sumergirme en su lectura te aseguro que hubiera seguido leyendo, la intriga es superior.
    Me ha gustado mucho cómo has presentado a los amigos y cómo han llegado a ese punto de contarse tal tipo de cosas. Me has recordado las tretas que, en muchas ocasiones, utiliza algun@ de mi pandilla para prolongar las veladas.
    No tardes en ofrecernos la continuación, Josep.
    Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, Chelo, los indicios apuntan a ello, a no ser que la imaginación de nuestro protagonista se haya disparado hasta el punto de ver lo que no es. Quizá a Esteban le han salido unos granitos rebeldes en el cuello y nada más, jeje. Pero después de la historia que les ha contado, todo hace pensar que no es así.
      Yo también recuerdo veladas que acababan de ese modo. A ver quién la decía más gorda, jajaja
      Procuraré que, en lo sucesivo, mis relatos no sean tan largos, pero a veces, cuando me pongo a escribir y disfruto con la historia que voy inventando sobre la marcha, me resulta difícil ponerle freno, jeje
      Me alegro que te haya gustado esta historia sobre tres historias. Espero publicar la continuación antes del próximo fin de semana.
      Un beso.

      Eliminar
  13. Va a ser difícil lo de buscar explicación a un vampiro y no dejar cabos sueltos. Dicen que para lo de los cabos, lo mejor es una bala de plata, que no se le olvide para la próxima cita ;)
    Quedo a la espera...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si realmente se trata de un vampiro, creo que nuestro protagonista se ha metido en la boca del lobo. Y lo malo es que, si acabara necesitando balas de plata, no llevará ninguna encima. Nuestro biólogo confía en las buenas intenciones de su compañero. ¿Es demasiado confiado? Hacía muchos años que no le veía y puede haber cambiado mucho, incluso de forma de ser...
      Un abrazo.

      Eliminar
  14. Lo has vuelto a conseguir con esta historia, volver a abducirme con la trama de tal manera, que aún siendo una primera parte larga, me ha resultado corta y me ha dejado en ascuas y a la expectativa de la próxima entrega.Ya puedes darte prisa...
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ahora mismo me pillas hablando por la otra línea con mi amigo biólogo y confidente. Cuando tenga la crónica entera (si es que sale de esta) os la contaré, jeje
      Hasta ahora no había abducido a nadie. Me siento un extraterrestre, jajaja
      Un abrazo.

      Eliminar
  15. Interesante relato que me ha dejado intrigada. Me ha gustado, además, cómo describes esa velada entre antiguos amigos. He participado en primera fila de los movimientos y reacciones de todos y cada uno de los comensales ante las historias que se iban contando. Genial, Josep Mª, me haces "ver" la escena.
    En cuanto a los temas a tratar... mi preparación académica me hace recelar de todo lo paranormal pero mi familia materna es gallega y en Galicia creen firmemente en la meigas, así que se puede decir que tengo un conflicto interno, entre mi yo racional y el mágico heredado de mi madre.
    De todas formas, y supongo que ahora habla mi yo racional, esa vieja ya se podía haber aparecido al piloto del avión para avisarle del tarado que iba a copilotar con él ese malhadado vuelo. Ya puestos a hacer un favor que lo haga bien, digo yo.
    Bromas aparte, estupendo relato, esperaré su continuación.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra haber logrado ese efecto "visualizador". De hecho, he intentado trasmitir lo que yo mismo veía a lo largo del relato a medida que lo iba escribiendo.
      En cuanto a creer o no creer (esa es la cuestión, jeje), teniendo ascendencia gallega, algún gen "místico" tendrás sin duda.
      Y, en efecto, hay apariciones visionarias que se equivocan de destinatario. Pero qué le vamos a hacer.
      También bromas aparte, muchas gracias por tu amable comentario.
      Un abrazo.

      Eliminar
  16. Muy entretenida la historia del paliducho, aunque yo soy más de sirenas ;) debe ser por deformación profesional :D Deseando leer la continuación, nos has dejado a tod@s intrigad@s, lo cual es un síntoma buenísimo ;) Un abrazo y buen comienzo de semana.
    PD: Si ves a Ramón pregúntale las coordenadas del avistamiento ;)
    PD: Que conste en actas que yo también veo "los Goonies 2" :D

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, yo también soy más de sirenas, pero no como la que describe Ramón sino las del cine, jeje
      Muchas gracias, viajera, por visitarme y dejar estos halagadores y simpáticos comentarios.
      Un abrazo.

      Eliminar
  17. No me gustan nada estas entregas por capítulos,... como es lógico se corta en el punto álgido,... en fin habrá que esperar! Feliz semana!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lamento, amigo, haberte atosigado con un relato de esta longitud. Quería cortarlo por una parte que lo hiciera más breve pero no hallé el lugar oportuno y, además, se perdía ese efecto del "continuará..."
      Un abrazo y feliz semana.

      Eliminar
  18. Un relato delicioso, Josep. En la mejor tradición de La dimensión desconocida o Historias de la Cripta. Me encanta ser invitado a una mesa en la que se cuentan estas historias fascinantes. Unos estupendos diálogos, naturales ponen la guinda. El continuará cae en el momento justo. Fantástico, Josep. No se me ha hecho largo, pienso que las historias atrapan o no, si lo hacen se leen en un suspiro; sino hasta un micro de cincuenta palabras puede ser interminable. Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Qué comentarios tan halagadores, David. Al final creeré que se me da bien esto de escribir relatos, jajaja
      Me alegra que hayas apreciado el toque fantástico de esas reuniones con historias compartidas entre amigos que alguna vez, en mi infancia y adolescencia, practiqué, aunque no con estas mismas historias, jeje
      Un abrazo.

      Eliminar
  19. De todos los blogs que visito, este, el tuyo, lo dejé para el final porque al primer vistazo me pareció un texto de largo aliento. Como tal, hay que darse el tiempo para adentrarse en él bien, con calma. Lo primero que pensé fue: "Mira con lo que nos salió Josep, está inspiradísimo" jaja Pero eres un excelente escritor de historias, lo que resulta siempre en lecturas amenas. Los diálogos coloquiales le dan también frescura y liviandad y (por sobre todo) realismo al relato. Y qué decir, sabes manejar el suspenso, uno de tus puntos fuertes, y este caso no fue la excepción (aunque ya nos adelantaste -o nos quieres hacer creer- que esta va de vampiros jaja).

    Atento quedo a la segunda parte.

    Saludos salados, Josep!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pues sí, Julio David, los textos largos, al igual que todo lo que promete ser bueno, hay que dejarlos para el final, jajaja
      Bromas aparte, me alegro que la lectura no te resultara tediosa ni decepcionante. Pues si "lo bueno, si breve, dos veces bueno" (Baltasar Gracián), lo malo, si largo, mil veces malo (un servidor), jeje
      Te agradezco tus comentarios tan halagadores hacia mi estilo narrativo, lo cual resulta un gran estímulo para seguir escribiendo.
      Un fuerte abrazo.

      Eliminar
  20. Me has dejado superintrigada. Me encantan esas historias del más allá porque aunque mi formación científica y mi vocación agnóstica me dicen lo contrario, no me atrevería a afirmar rotundamente que ese tipo de historias son solo patrañas. Siempre guardo un rincón para la duda (es otra forma de agnosticismo).
    Quedo esperando la continuación.
    Un beso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jeje. La duda, amiga Rosa, al igual que el miedo, es muy traicionera. Puede volverte del revés en cuestión de segundos. Lo que siempre había sido blanco, empieza a volverse gris, para acabar siendo negro. El color real es lo de menos, es la percepción de cada uno lo que cuenta.
      Tras este "rollo", solo necesitas ponerle un poco de fantasía a esta historia para pasar un ratito entretenido. No pretendo nada más, jajaja
      Un beso.

      Eliminar
  21. Hola Josep Maria,
    Qué buena primera parte, me han encantado todas las historias.
    No sé si lo has visto pero hay un documental sobre las sirenas que a uno le hace hasta dudar, (bueno, solo se queda en eso) ;)
    Pero si que es verdad que siempre existe la posibilidad del y si... y no seré yo la que diga que no hay más de lo que creemos, jeje
    Un abrazo.

    ResponderEliminar