jueves, 21 de enero de 2016

La hora de la verdad



De pequeño, a Ricardo le atraían sobremanera las películas de héroes. Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, respondía, invariablemente: quiero ser un héroe. Huelga decir que ello provocaba sonoras carcajadas por parte de la concurrencia, ante la cara de incomprensión del pequeño. No entendía por qué no podía ser un héroe, como los del cine.

Cuando, llegado el momento, tuvo que elegir su futuro profesional, Ricardo se decantó por estudiar medicina. Fue una decisión muy meditada, no exenta de serias dudas. Le daba miedo tanta responsabilidad. Pudo más, sin embargo, aquel sentimiento infantil por hacer algo heroico, que en este caso se traduciría en salvar vidas. Sería el primer médico en el seno de una familia humilde. Vería así satisfechas las ilusiones y esperanzas puestas en él por sus padres. Estarían orgullosos de él. Todo parecía perfecto.

Estudió duramente, sacrificando muchas horas de sueño. Quería ser el mejor. Hizo una carrera brillante y obtuvo el número uno en el examen de MIR. Eligió la especialidad de neurología. Quería ser neurocirujano. Es un campo en el que todavía existen muchos interrogantes. Junto con la oncología, es un terreno con muchos recovecos por explorar. Todo un reto, Y a él le gustaban los retos.

Los cuatro años de médico interno residente los pasó junto al mejor neurocirujano del país, el viejo profesor Moragas. Esperaba poder sustituirle algún día. Y, tras años de paciente espera, sus deseos se verían cumplidos.

Aquéllos fueron los mejores años de su vida. Fue un alumno brillante y luego un magnífico médico especialista. En el hospital conoció a Amanda. Era la enfermera más bonita de la planta de neurología y, por fortuna, soltera y sin compromiso. Al principio ella le ignoraba. Quería evitar habladurías. No estaba bien vista una relación entre médico y enfermera dentro del mismo departamento. No hubo nada de heroico pero no fue fácil enamorarla. Amanda solo vivía, como él, para el trabajo. Pero la personalidad, insistencia y saber hacer de Ricardo acabó por seducirla. Así, lo que empezó con una relación de amistad desembocó en un amor apasionado. Mantuvieron su relación en secreto durante tres largos años. Se casaron justo al terminar él la residencia.

Su vida hospitalaria no fue, en cambio, como se esperaba. No resultó tan estimulante como en “Anatomía de Grey”, su serie televisiva favorita, pero no estuvo exenta de pequeñas heroicidades. Acabó ganándose el reconocimiento de sus compañeros y la confianza de sus pacientes.

Ahora lo recuerda todo con una mezcla de nostalgia romántica y amargura. Han pasado más de diez años desde el día en que le fue presentado el equipo médico en el que se incorporaría como residente y tres desde que se convirtiera en un jovencísimo jefe de servicio. Aun así, a veces todavía se siente como un aprendiz o, peor aún, como un curandero, un chamán, luchando contra la muerte. Cada intervención sigue siendo un gran desafío pero hace tiempo que perdió el temor a las dificultades inherentes a su profesión. El único miedo que aún perdura en su interior es al fracaso más absoluto: la muerte de un paciente que lucha por sobrevivir y que ha puesto la vida y las esperanzas en sus expertas manos.

De momento, el índice de éxitos es satisfactorio y muy elevado con respecto al de sus colegas de especialidad. Aún así, un diez por ciento de muertes durante la intervención y el postoperatorio es una cifra demasiado alta. Claro que a él siempre le derivan los casos más difíciles.

Hace un año tuvo un caso con el que nunca hubiera querido lidiar, uno de esos que los médicos denominan “especiales”. Le dijeron que no se implicase, que lo cediera a otro, a quien él eligiera, de dentro o de fuera del país. Era un caso demasiado difícil incluso para él. Un tumor cerebral a priori inoperable. Demasiada tensión emocional. Si la muerte de cualquier paciente en la mesa de operaciones le producía una gran congoja y frustración, la de aquella paciente le ocasionaría un shock imposible de superar. De ocurrir lo peor, no se lo perdonaría, se culparía toda su vida. Pero ahora era el mejor neurocirujano del país y no podía ni quería dejar esa intervención en manos ajenas y menos expertas. En todo caso permitiría que le acompañaran otros especialistas,  pero en el quirófano él sería el jefe.

Hoy, un año después, todavía resuena en su cerebro aquella terrible frase: “hora de la muerte: 16:43”

Pensó en dejar la práctica de la medicina pero, como cuando era niño, sigue queriendo ser un héroe. Para Amanda, siempre lo había sido. Y él le falló cuando más le necesitaba. Sus privilegiadas manos no lograron salvarle la vida. Aquélla fue la hora de la verdad.


21 comentarios:

  1. Yo creo que sí fue un héroe, y no se trata de fallar, sino de intentar hacer lo mejor por alguien, sobre todo si es tan cercano a ti. Me gusta que quiera seguir siendo un héroe, porque eso significa que superará su dolor para seguir salvando a la gente, aunque no pudiera conseguirlo con su esposa.
    Un relato precioso, Josep, felicidades. Besitos

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    1. El mundo está lleno de héroes desconocidos, que luchan por sobrevivir en condiciones adversas y en situaciones, como la de este relato, muy difíciles.
      Pero, a veces, estos héroes, sufren grandes fracasos pues no siempre sus heroicidades se ven recompensadas.
      Muchas gracias, Chari, por pasarte por aquí y dejar tu amable comentario.
      Un abrazo besucón.

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  2. Me ha gustado.
    Gracias a tu relato te descubro de nuevo como un fantástico relator.
    Me quedo por aquí también como seguidor. Otro blog amigo para añadir a mis enlaces. Todo un honor.
    Abrazo, compañero de letras.

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    1. Bueno, querido Francisco, sin querer te e dado mas trabajo. Otro blog en la lista de tus lecturas, jeje.
      Por lo menos espero que no te arrepientas de haberlo agregado a tus quehaceres lectores.
      Muchas gracias y un abrazo.

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  3. No siempre el ser más cercano es el más idóneo para ayudar a alguien, se hace difícil afrontar las cosas con perspectiva y encontrar una solución en la que los sentimientos no jueguen un papel determinante. Muy buen relato, Josep.
    Abrazo!!!

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    1. Desde luego, siempre es mejor mantener la distancia emocional cuando hay que tratar a una persona muy cercana y querida. Muchos médicos derivan a sus parientes cercanos a otros médicos para que la subjetividad no les afecte el diagnóstico.
      Debe ser horrible tener la vida de un ser querido en tus manos y no poder hacer nada.
      Te agradezco la visita y tu comentario.
      Un abrazo.

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  4. ¡Brillante! Me ha encantado. Me has engañado totalmente. En las dos últimas líneas el relato se revela como especial. La intriga ha sido dosificada con habilidad. Lo que parecía un relato suave y normal se revela como profundamente trágico y sentimos con el protagonista la desesperación de no poder salvar a Amanda. Muy hábil.

    Mi hija pequeña quiere ser oncóloga. Está en primero de bachillerato. Su duda es entre forense y oncóloga. Me ha servido y me ha implicado tu relato para pensar a mi hija que se deja la piel en los estudios.

    Un abrazo.

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    1. En un relato tan breve hay que dosificar mucho más la acción e introducir un punto de giro justo antes del desenlace. El resultado puede ser un fiasco, resultando todo demasiado concentrado, o salir bien.
      Me alegro que te haya gustado. Es un relato hasta cierto punto impuesto. Responde a una consigna fijada en e taller de escritura creativa al que asisto y el relato debía versar sobre algún tipo de héroe cotidiano. ¿Quién mejor que un médico?

      Este tipo de especialidades en las que todavía hay un elevado índice de fracasos requiere, a mi entender, de profesionales "duros de pelar", si me permites la expresión. Personas fuertes, que no desfallezcan fácilmente, pero que no pierdan esa humanidad tan necesaria que se requiere al tratar a un enfermo física y emocionalmente dañado.
      Si estudia duramente logrará ser una gran profesional, en el ámbito que sea, pero que no se olvide de la humanidad. Ésta hay que llevarla dentro.

      Un abrazo.

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  5. Que triste situar en contexto de tanto éxito profesional a este cirujano, para que fracase estrepitosamente en aquello que más le exigía de sí su profesión y experiencia.

    Pero a veces pasa que cuando nos autoimponemos rendir al máximo en favor de alguien que estimamos, nos traicionan los nervios ante las altas expectativas con las que nos obligamos a trabajar. Nos esforzamos tanto porque todo salga perfecto, que nos terminamos equivocando más de lo habitual. Fomentamos la paradoja.

    Buen texto, saludos!

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    1. Si, paradójicamente, cuando más deberíamos hacer las cosas bien, peor nos van. Y suele ser a causa de la tensión acumulada que nos traiciona.
      En este caso, no obstante, el riesgo era muy elevado y cualquier otro en su lugar probablemente también hubiera fracasado, pero la responsabilidad de haber sido él era demoledora.
      Muchas gracias, Julio David por pasarte a leerme y dejar tu comentario.
      Un abrazo.

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  6. Buena historia Josep muy bien contadas, nos vas introduciendo en ella hasta tomar parte del sentimiento del protagonista, eso es un logro.
    Un saludo.

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    1. Muchas gracias, San, por pasarte a visitarme y dejar tu amable comentario.
      Un abrazo.

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  7. Brillante final Josep en esta historia que trascurría narrando normalmente los deseos de una persona, y luego el giro ha sido fantástico.
    Me ha gustado mucho.
    Un abrazo.

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  8. Brillante final Josep en esta historia que trascurría narrando normalmente los deseos de una persona, y luego el giro ha sido fantástico.
    Me ha gustado mucho.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Elda, por tu visita y, sobre todo, por haberme dejado tus palabras que siempre son un aliento.
      Un abrazo.

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  9. Qué duro debe ser tener en las manos la vida de la persona que amas y no poder hacer nada. En realidad no importa si eres médico o no, pero con mucho más motivo en el primer caso.

    Un relato impecablemente narrado, como ya es costumbre en tí, ágil, ameno e interesante. Yo diría que también tus musas han vuelto a casa :D

    Un abrazo grande, Josep!!

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    1. No quiero ni pensar el desespero que un debe sentir al ver tu incapacidad por salvar la vida de quien más amas, cuando los has hecho con perfectos desconocidos. La profesionalidad queda empañada por la amargura del fracaso.
      Muchas gracias, Julia, por tu comentario.
      Espero que mis musas hayan vuelto para quedarse.
      Un abrazo, querida Julia.

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  10. Un buen relato una persona brillante con una profesión intachable es un héroe , pero siempre hay un fracaso y hay que saber que puede suceder por muy buen médico que se sea. La vuelta que le has dado al relato nos deja en la congoja que no pudo hacer nada por su mujer Amanda. Un abrazo

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    1. Hola, María del Carmen.
      Entre todas las heroicidades de este joven médico, creo que a mayor de todas será la de saber sobrellevar la pérdida de su amada sin venirse abajo, sin reprocharse nada y seguir salvando vidas.
      Muchas gracias por recorrer mis relatos retrospectivamente. Veo que eres constante y aplicada, jaja
      Un abrazo.

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  11. uuufff Jsep logras que te lea de seguido y atrapada muy bueno , esa sensación de culpa es casi imposible de borrar mas cuando se ama y no puedes hacer nada es terrible mas bien trágico , y solo el tiempo es el que cura heridas , muy bueno besos desde mi brillo del mar

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    1. Muchas gracias, Beatriz, por venir desde tu brillo del mar a leer esta triste historia de ficción, que bien podría ser real. Todos nos tenemos que enfrentar a retos que, a veces, son obstáculos insalvables. La responsabilidad de tener la vida de alguien en tus manos es tremenda (por eso descarté hacer medicina) y más cuando se trata de un ser querido.
      Un abrazo.

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