miércoles, 14 de junio de 2017

El tattoo


Cuando conocí a Antoine, hacía solo unas semanas que había llegado a España sin más pertenencias que su pasaporte, unos cuantos dólares y muchas ganas de vivir sin pasar las penurias de su país natal. De noche dormía en el centro social donde yo trabajaba y de día se dedicaba a vender en la calle bisutería étnica (bijoux ethniques, como él lo llamaba en su francés con acento criollo) que confeccionaba a mano: pulseras, collares, pendientes y todo tipo de artículos artesanales. 

Nos entendíamos medio en francés, medio en inglés (soy un desastre para los idiomas extranjeros), acompañados ambos con esos gestos tan explícitos como ridículos que nunca fallan. Enseguida congeniamos. Tenía algo especial. Era una persona bastante culta a pesar de su origen humilde y de sus supersticiones. Yo siempre he respetado las creencias ajenas por muy ridículas o absurdas que me parezcan, pero debo reconocer que lo que me contaba excedía mi capacidad de comprensión y tolerancia cultural. 

Antoine era natural de Puerto Príncipe, donde la santería y el vudú conviven por igual y está presente en muchas casas. Siempre contaba historias y anécdotas de su país y de su familia, que solían girar en torno a hechizos y males de ojo. Al término de las mismas, siempre reía, como si fuera algo muy gracioso. Tenía una forma de hablar y de gesticular que denotaba unas fuertes convicciones y una vida interior muy intensa. Pero también parecía que guardase un secreto muy íntimo. A menudo le veía triste o pensativo, pero con solo verme se le iluminaba la cara y cambiaba de actitud. Me resultaba muy misterioso. A pesar de ello, o quizá por ello, aquel guapo haitiano me llegó a lo más hondo de mi corazón. Fue tal mi atracción por él que desoí todas las recomendaciones de mis compañeros y superiores sobre la inconveniencia de intimar con un usuario, como así se le llama a quien acude a los servicios sociales, ya sea en comedores o albergues públicos.

A los pocos meses de conocerle, ya vivíamos juntos. Sé que parece una locura y eso mismo les pareció a mis amigos y familiares. Ello me costó una seria reprimenda del director del centro y casi mi despido. Mis compañeras me advirtieron de que no podía fiarme de un individuo al que apenas conocía y de un estrato social y cultural tan distinto, que seguramente solo pretendía obtener con esa unión los papeles para dejar de ser un ilegal. Mis compañeros no se atrevieron a intervenir, pero me daba cuenta de que me miraban con una cierta ironía. Creo que pensaban que lo que me atraía de aquel mulato alto, musculoso y bien parecido, era algo puramente sexual. No podía creer que fueran precisamente ellos y ellas, integradores, trabajadores y educadores sociales, quienes mostraran tales prejuicios.

Al cabo de dos años de convivencia nos casamos por lo civil y tras otros dos años nos separamos. Entre medio, nació una niña, Arianna, a la que, por fortuna, pude mantener al margen del conflicto. El hombre que conocí y al que eché de casa no eran la misma persona. El que entró en mi vida era un joven simpático, amable, cariñoso y trabajador; el que salió era un ser amargado, agresivo, frío y holgazán. Cuando cerré la puerta a sus espaldas, un profundo suspiro de alivio se escapó de mis pulmones. Durante un tiempo temí su vuelta, soñaba que se colaba en casa y se llevaba a mi pequeña de tres meses. A punto estuve de colgar tras la puerta uno de esos amuletos que él decía que protegían el hogar del mal. Pero no quería tener nada que me recordara a él y a sus creencias, así que eché todas sus baratijas y cachivaches a la basura.

Durante los dos primeros años de convivencia, todo fue sobre ruedas. Éramos felices. De ahí que decidiéramos unir nuestras vidas formalmente. Yo quería tener hijos y me pareció mejor estar casados. Lo de ser una pareja de hecho no me satisfacía. Me sonaba poco romántico. Fue una boda íntima a la que solo asistieron los contrayentes, nosotros dos. No necesitábamos a nadie más. 

Al tercer año, sin embargo, la cosa empezó a torcerse. Se lamentaba de que se sentía un inútil, un mantenido, pues sus ganancias eran una menudencia en comparación con mi salario, que no es que fuera precisamente una maravilla. Este sentimiento de inferioridad se agravó cuando quedé embarazada. Decía que un hombre debía ser capaz de mantener a su familia y él no lo era. Por mucho que intenté relativizar este hecho, tachándole incluso de machista, no logré quitarle la creciente irascibilidad que se fue apoderando de él. 

Pero su mayor transformación se produjo a raíz del último viaje que realizó a Haití, para visitar a su familia, y al que yo no pude acompañarle por culpa del trabajo. Tuve que sustituir, a última hora, a una de mis compañeras, que enfermó, así que me vi obligada a posponer mis vacaciones. No sé si de haber podido ir con él las cosas hubieran ido de otro modo. Eso nunca lo sabré. Solo sé que al poco de volver de ese país caribeño empezó a comportarse de un modo extraño.

A Antoine siempre le gustaron los tatuajes. Cuando le conocí tenía varios por todo el cuerpo. Aunque nunca he sido partidaria de que la gente se grabe la piel de ese modo, debo reconocer que algunos de los dibujos que llevaba tatuados en sus brazos, torso y espalda, me parecieron hasta cierto punto estéticos. Todos tenían un significado. Pura superchería. 

Cuando volvió de aquel viaje, trajo consigo uno nuevo, grabado en su hombro derecho. Dada su ubicación, parecía tener tres dimensiones y cuando movía el brazo daba la impresión de que adquiría vida. Era un perro negro de tres cabezas y cola de dragón. Tenía sus fauces abiertas, en posición de atacar, como si estuviera ávido de sangre. Era horrible, casi demoníaco. Cuando le pregunté por qué se había hecho tatuar aquello y qué significaba, por toda respuesta me dijo que era un Bacá y que, desde entonces, nos sonreiría la fortuna. Cada vez que se quitaba la camisa y le veía aquel horrendo tatuaje, me entraban escalofríos.

Su conducta para conmigo fue cambiando progresivamente. Siempre había sido muy comunicativo, pero ahora, en cambio, rehuía mis preguntas acerca del viaje y del motivo por el cual se había hecho ese tatuaje. En más de una ocasión le sorprendí mirándome de una forma extraña, como si se sintiera culpable de algo. Y yo empecé a sospechar que me ocultaba un secreto, cuando nos habíamos prometido no tenerlos. 

Cuando dejó de trabajar, quedándose tumbado en el sofá mientras yo pasaba prácticamente todo el día fuera de casa, le di un ultimátum: o hacía algo provechoso o le pondría de patitas en la calle. ¿No había dicho que quería ser un hombre capaz de mantener a su familia? ¿Cómo explicaba, pues, esa repentina indolencia? ¿Acaso creía que la suerte vendría a buscarle a casa? No hubo forma de hacerle cambiar. Embarazada como estaba, romper con aquella relación me producía una congoja y una tristeza que nunca hubiera imaginado. No sabía qué hacer, pero aquella situación no podía continuar. O cambiaba o desaparecía de mi vida. Aguanté un año, odiándome por haber sucumbido a los encantos de alguien que quizá solo buscó en mí el modo de legalizar su situación en el país. Me indignaba pensar que mis compañeras de trabajo pudieran tener razón.

Pero lo que más me motivó a alejarle de nosotras fue algo mucho peor que la holgazanería y su cambio de carácter. Fue lo que descubrí acerca de ese Bacá que, según él, nos traería todo tipo de fortuna.

Buscando en internet, supe que, en el imaginario haitiano y dominicano, el Bacá es un personaje muy poderoso, que se representa en forma de animal: un toro, un gato o un perro negro con ojos de fuego. Conforme a esas creencias, quien adquiere un Bacá obtiene prosperidad económica. Llegado a este punto, no pude evitar una agria sonrisa al pensar en la puerilidad de Antoine por creer que ya no necesitaba trabajar puesto que esa alimaña le procuraría bienestar y riquezas sin dar un palo al agua. Pensaba en cómo iba a conminarle a que volviera a trabajar y se dejara de estupideces, cuando, lo que leí unas líneas más abajo me dejó helada. Aquello excedía todo lo imaginable, no era una simple superchería, era algo que, por muy falso que fuera, me puso los pelos de punta.

“La persona que lo obtiene hace un pacto mediante el cual, a cambio de recibir prosperidad económica, entregará al diablo el hijo más pequeño o la esposa, quienes morirán antes de los cinco años de iniciado el acuerdo”.

Tuve que tragar saliva varias veces antes de poder respirar con normalidad. ¿Era posible que Antoine accediera a tatuarse eso sabiendo lo que implicaría para mí y nuestra hijita? Aunque todo fuera una sarta de mentiras, una sandez monumental, lo realmente grave era que él, creyéndolo, hubiera aceptado el pacto. Ello significaba que solo le interesaba su bienestar y que para ello estaba dispuesto a sacrificar a la que ya era su familia.

Cuando se lo eché en cara, a gritos, se quedó mudo. No sé si fue de la sorpresa por haberlo descubierto o porque no supo qué decir en su defensa. De todos modos, no había nada que pudiera alegar que sirviera de atenuante ante esa aberración. En su creencia, había decidido entregarnos al diablo a cambio de riqueza y fortuna. 

Como yo le insistiera en la barbaridad que aquello representaba para cualquier persona en su sano juicio, montó en cólera, aplicando la bien conocida actitud de que la mejor defensa es un buen ataque. Me recriminó mi ignorancia, mi descreimiento, mi falta de confianza en él, mi egoísmo al pensar solamente en mi bienestar sin preocuparme por cómo se sentía. Parecía que me culpara por ganar más que él. Se sentía frustrado por haber fracasado con su taller de artesanía, pero le recordé que lo habíamos montado entre los dos, así que no podía reprocharme por no haberme preocupado por su felicidad. Eso le soliviantó todavía más pues había sido yo quien había puesto prácticamente todo el dinero y parecía que se lo echaba en cara. Intenté sosegarlo para que habláramos con calma de lo que realmente le ocurría. Parecía fuera de sí, pero lo logré.

De forma apresurada, me contó que, en su viaje a Haití, descargó en su madre toda su insatisfacción y vergüenza por no poder ser capaz de mantener él solo a una familia que pronto tendría un miembro más. No podía permitir que fuera su esposa el sustento del hogar, a él las cosas le iban cada vez peor y se sentía muy desgraciado. Su madre, al verle tan angustiado, le recomendó que fuera a ver a una tal Dominique, una curandera y hechicera muy conocida en Puerto Príncipe, para que le hiciera o diera algo para conseguir suerte y fortuna. Le previno, sin embargo, que fuera con cuidado porque muchos de esos hechizos pueden cobrarse "cosas malas", de lo contrario todo el mundo recurriría a ellos.

Fue esa mujer quien le habló del Bacá y que, ante sus recelos, le convenció diciéndole que a ella la protegía y que por tal motivo tenía tanto éxito y dinero, y que lo único que el Bacá se cobraría a cambio de su felicidad era la de sus enemigos o, de no tenerlos, de la gente que le rodeara. Al preguntarle él si esa gente incluía a su mujer y a su hija, la hechicera le dijo que no, que todo y todos los que estuvieran bajo su techo estarían bajo la protección del Bacá. Fue de ella la idea del tatuaje, pues sería como llevar un amuleto encima. Acudió, entonces, a un tatuador amigo suyo, un tal Benjamín, quien se ofreció a estamparle el diseño que juntos eligieron para representar al Bacá, coincidiendo con Dominique de que, tratándose simplemente de un dibujo, solo podía actuar de amuleto de la suerte.

Aquella explicación no me satisfizo lo más mínimo. Aunque pensara que tanto yo como Arianna estaríamos a salvo, Antoine estaba dispuesto a sacrificar la felicidad del prójimo a cambio de la suya. No podía aceptar en mi vida a alguien cuyas creencias llegaran hasta ese punto de egoísmo malsano.

Haciendo un esfuerzo de entereza, pues temía su reacción, le dije que no quería verle más, que se fuera por donde había venido y que no se acercara a nosotras en el futuro. Y que, si era necesario, pediría una orden de alejamiento. Indignado y humillado, me advirtió, como último recurso, que, si se marchaba, el Bacá ya no nos protegería, ni a mí ni a Arianna. No pude evitar montar en cólera.

Esa última discusión fue muy violenta. Su agresividad iba en aumento a medida que yo le recriminaba su estupidez. Los gritos debieron oírse desde la calle. No entraba en razón, no quería escuchar mis argumentos. No pensaba cambiar porque no era necesario, afirmó. Era yo la equivocada, la ignorante. Perdimos el control de nuestros actos y de nuestras palabras. Llegó a levantarme la mano cuando por fin le dije que se fuera, que aquella era “mi casa”, que la pagaba con “mi sueldo” y que si él quería seguir viviendo a “mi costa” eso no iba a ocurrir. Su mirada me dio miedo. Creí por un momento que me iba a golpear. Instintivamente, levanté los brazos a la altura de la cara en señal de protección, retrocediendo unos pasos. Por suerte, se calmó, me miró fijamente, parecía que iba a decir algo, le temblaban los labios, mientras sus ojos enrojecían, no sé si de rabia o de impotencia. El caso es que no opuso resistencia y, tras recoger sus pocas pertenencias, se marchó sin mirar atrás, ni siquiera a su hijita de tres meses, que, a pesar de los gritos, dormía plácidamente en su cuna. Mejor así, pensé, pues hasta su mirada parecía contener muy malas vibraciones.

Mientras descendía por las escaleras, no cesaba de golpear la pared con el puño, de pura rabia. Yo, en cambio, no podía reprimir el asco y el desprecio repentino que sentía por aquel hombre del que, cuatro años atrás, me había enamorado. Esperaba no volver a verlo nunca más. Lo quería lejos de mí y de mi hija.

CONTINUARÁ



26 comentarios:

  1. ¡Un relato apasionante, Josep! Nos enganchas con una facilidad pasmosa a tus historias, ¿qué vamos a hacer contigo? Bueno, de momento seguir leyéndote, claro :D

    Me encanta el tema del vudú, la santería y todo eso, aunque confieso que me da un poco de miedo (quizás precisamente por eso me gusta, je, je). Veremos en qué queda el poder del Bacá y las consecuencias que trae, pero me temo que nada bueno... ¡Ya estoy deseando leer la continuación!

    Un abrazo y enhorabuena, te superas con cada relato :))

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Un buen día, observando un tatuaje a todo color y de grandes dimensiones (debo decir que era una obra de arte) se me ocurrió una historia como esta. Y aquí está, después de darle unas cuantas vueltas al asunto.
      El oscurantismo siempre engancha un poco. Lo misterioso, lo oculto, lo mágico, suele atraer, sobre todo a los que somos un tanto fantasiosos, jeje
      Me alegro que esta historia, que acaba de nacer, te haya atraído hasta el punto de estar esperando la continuación. Veremos que les depara el Bacá a esa pareja inicialmente tan feliz.
      Un abrazo, Julia.

      Eliminar
  2. ¡Hola!
    Me pasa como a Julia, me has enganchado totalmente, el relato está genial, tiene mucho ritmo y además a mí también me llama muchoo el tema del vudú y la santería.
    Un abrazo y a esperar la próxima entrega.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Gemma!
      Por si acaso, te recomiendo que hagas la señal de la cruz tres veces o purifiques del modo que sea la habitación donde te instalas para leer esta historia, por si se escapa algún maleficio a través de la red, jajaja
      Espero, como suelo decir en estos casos, que el desarrollo de la historia os diga intrigando hasta el final.
      Un abrazo.

      Eliminar
  3. Pedazo historia, Josep Maria! :)
    Si la anterior me pareció buena, esta me parece espectacular.
    En algún momento se me han puesto los pelos de punta por el tema que tratas, porque no es que crea, pero tampoco dudo, mejor alejar ciertos temas y sobre todo tenerles mucho respeto.
    Tengo muchas ganas de leer la continuación, has dejado abiertas montones de posibilidades.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Esto es como el que dice que no cree en las brujas, pero haberlas haylas.
      Yo soy un total incrédulo y, en cambio, siento un profundo respecto por esas cosas, más por lo que a veces implican los rituales satánicos y toda esa parafernalia.
      Me gusta provocar una cierta ansiedad por conocer el progreso de una historia de misterio. Yo mismo estoy preocupado por lo que les pueda ocurrir a mis personajes, jeje.
      Un abrazo.

      Eliminar
  4. Hala, otra vez me tienes aquí pendiente de tus palabras pues me he quedado en suspenso para saber qué pasará y hasta qué punto ese tatuaje puede ejercer un efecto maléfico o la mente de quienes se sugestionan atrae la desgracia.
    En fin, esperaré para saber qué pasa.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es que no tengo arreglo, me gusta hacer sufrir un poco a quienes leen mis relatos por entregas. Solo será cuestión de aguantar tres episodios más, hasta finiquitar el asunto del Bacá, que no pinta nada bien.
      Un abrazo.

      Eliminar
  5. Estupendo relato que provoca la intriga y dan ganas de seguir leyendo para descubrir qué ocurrirá con ese matrimonio y el amuleto. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Carmen, por tu atención y espero que los acontecimientos que siguen a este inicio continúen provocándote ganas de seguir leyendo.
      Un abrazo.

      Eliminar
  6. Jo, Josep. Esta historia se presenta apasionante, es de esas con las que disfruto a base de bien. Un elemento extraño, una amenaza latente, una protagonista que no sabe todavía lo que le va a quedar por pasar... Como cuando veía la serie de LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA por el puro placer de la evasión y esa atracción por lo desconocido y misterioso. ¡A ver qué has discurrido! Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo, David, que a todos (o casi a todos) nos atrae lo misterioso. De pequeño, las historias "de miedo" eran mis favoritas y algo (o mucho) ha quedado de esos tiempos pasados. Veremos cómo todos esos elementos extraños van encajando en una historia que juega con la realidad y la ficción. Creo que a eso algunos lo llaman "realismo mágico".
      Un abrazo.

      Eliminar
  7. Apasionante relato. Por aquí me quedo esperando la continuación.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me agrada que te lo parezca, Macondo. Siendo así, no te queda mas remedio que pagar la prenda de la paciencia y esperar a la siguiente entrega, que no tardará en llegar.
      Un abrazo.

      Eliminar
  8. Es preocupante la infatigable fe que Antoine le tiene a su tatuaje. O está muy loco, o está muy en lo cierto. Ya lo veremos. Atento nos quedamos a la continuación.

    Saludos y saludes, Josep!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Las supersticiones son preocupantes. Ver cómo personas, aparentemente sensatas, se ponen en manos de santeros y hechiceros y esperen obtener beneficios físicos y económicos. La cosa se complica cuando dichos personajes recurren a prácticas peligrosas.
      Un abrazo!

      Eliminar
  9. Muy buen comienzo Josep. La introducción del vudú en el relato es una gran acierto ya que le da un toque inquietante y miedo incluso. Me ha gustado mucho como has perfilado a los personajes y la evolución que van sufriendo sin disminuir un ápice el suspense de la historia.
    Una primera entrega espléndida. ¡Ahora nos dejas con las ganas de más!
    Un fuerte abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Los comienzos suelen ser mucho más fáciles que los finales. La idea es la que hace arrancar unas historia, pero luego tiene que mantenerse el interés durante el nudo de la misma y sabre darle un final digno, que no decepcione. Eso, por fortuna o por desgracia, ya lo he vivido en anteriores ocasiones y, hasta el momento creo haber salido airoso. Veremos esta vez, jeje.
      Muchas gracias, Ziortza, por tu comentario.
      Un fuerte abrazo.

      Eliminar
  10. De momento ya has tirado el anzuelo de nuevo y nos has enganchado a unos cuantos desprevenidos, que tenemos culpa al saber que palos tocas para captar nuestro interés.
    Esta nueva entrega por capítulo promete, por su temática y el misterio que encierra ese simple tatuaje.
    Que razón tienen algunas veces los que nos avisan.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me encanta ser inventor de historias y pescador de lectores curiosos. De todos modos, por muy atrapados que estéis, siempre os devuelvo al agua para, más adelante, volver a intentar pescaros. No sé si lo conseguiré pero, en la próxima entrega, echaré de nuevo el anzuelo, a ver si volvéis a picar, jajaja.
      Según para quién, ese tatuaje no resultará tan simple como parece.
      Un abrazo.

      Eliminar
  11. Fantástica primera entrega, Josep, llena de intriga, que demuestra lo difícil que es a veces vencer las diferencias culturales y los prejuicios. La desconfianza y las sospechas pueden terminar con las relaciones.
    Abrazo!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Mª Jesús, por tu comentario. Las diferencias culturales y, sobre todo, de creencias, pueden complicar mucho las relaciones, especialmente si hay serias supersticiones de por medio.
      Un abrazo!

      Eliminar
  12. Cuando mi lista de blogs amigos me ha traído a tu casa me he sentido como esas visitas que acuden a casas en las que se puede leer en la puerta "Cuidado con el perro" (o como el que tiene el vecino de mis padres, donde se puede ver la imagen de un perro que dice "Yo llego al portón en 5 segundos, ¿y tú?").
    ¿Por qué te digo esto? pues porque la imagen me ha parecido terrorífica, esas tres cabezas con esas fauces y ojos rojos como la sangre no sabía si me iban a dejar leer en paz ;-)
    Ni siquiera el título me ha hecho presagiar su relación con la imagen. ¡Menuda historia!

    Está claro que el amor es ciego y lo que dijeran sus compañeros no tenía por qué acatarlo la protagonista, pero sí es verdad que hace falta muuuuucho tiempo para conocer a las personas, y tratándose de alguien como Antoine...pues, aún dejando los prejuicios a un lado...con mayor motivo.

    Intrigante y absorbente relato, Josep Mª.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajaja. Pues no lo había pensado. Quizá si pusiera esta representación del Bacá en la puerta de casa, evitaría visitas inapropiadas y molestas, como las de los Testigos de Jehová o encuestadores a domicilio.
      Ciertamente, el corazón no siempre es buen consejero, o quizá es la mente la que nos nubla la sensatez. En el fondo, Antoine no es mal chico, pero esas supersticiones...
      Muchas gracias, Chelo, por tu visita y comentarios.
      Un abrazo.

      Eliminar
  13. Tu relato promete Josep, aunque a mi me da mucho yuyu estas clase de creencias, precisamente esta noche en TV2 he estado mirando un reportaje de Haití de cuando mandaba (François Duvalier) y parece ser que este señor practicaba toda clase de hechicerías. Espero que que no nos tengas muchos día con la incógnita de lo que pase.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Conchi,
      Hay supercherías que no hacen ningún mal pero otras que pueden llevar a quien las practica y/o a los que les rodean a una pesadilla. Veremos que hay detrás del tatuaje de Antoine.
      En un día o dos tengo previsto angustiaros con una segunda entrega, jeje
      Un abrazo.

      Eliminar