martes, 17 de octubre de 2023

El armario


 

Volver a la casa en la que nací y viví hasta mi preadolescencia fue todo un reto al que no me pude resistir. Resultaba demasiado tentador, sobre todo después de leer aquel anuncio.

Fue por casualidad, como suele ocurrir con muchas cosas importantes en esta vida. Se vendía a un precio irrisorio, teniendo en cuenta a cómo estaba el precio de la vivienda, a pesar de su antigüedad.

Antes de interesarme en persona, indagué un poco y descubrí que desde que mis padres y yo abandonamos aquella casa, hace de eso veinte años, había tenido una gran cantidad de propietarios, que, a su vez, habían preferido mudarse al cabo de un corto periodo de tiempo. Y yo presentía el motivo. La culpa de ello debía tenerla el armario o, debería decir, su contenido.

Mis padres nunca me creyeron, hasta que no tuvieron más remedio que rendirse.

Todo empezó el día que cumplí diez años. Fueron tantos los regalos que recibí, que mi cuarto ya no daba abasto para contener tantos cachivaches que había ido acumulando desde que tuve uso de razón. Así que decidí ganar espacio para lo más nuevo y trasladar mis viejos juguetes al armario de la buhardilla, en la que no había puesto los pies desde que era muy pequeño y cuya impresión me obligó a no repetir la experiencia. De aquella visita solo me quedó el recuerdo de aquel viejo armario apoyado en una pared del desván.

Pues bien, en mi décimo cumpleaños decidí volver a visitar aquel espacio tan lúgubre diciéndome que ya era un chico mayor que nada tenía que temer de un carcomido armatoste que no debía haber sido abierto desde tiempo inmemorial. Craso error.

Al abrirlo, tras mucho esfuerzo, pues sus goznes estaban oxidados por el paso del tiempo, comprobé que solo contenía algunos trajes de hombre y vestidos de mujer totalmente apolillados. El olor que desprendían aquellos ropajes era muy desagradable. Olor a muerto, me dije. El caso es que deposité en él todos los juguetes que había decidido exiliar, pues por aquel entonces era incapaz de tirar nada por muy viejo e inútil que fuera.

Fue por la noche de ese mismo día cuando empezó mi pesadilla. Como mi habitación estaba justo debajo de aquel desván, los ruidos que de él surgían eran perfectamente audibles. Tras un chirriar producido probablemente por la apertura de una puerta —que yo interpreté la del armario— oí claramente pasos, eso sí, amortiguados, como el que quiere no ser descubierto en plena noche, y seguidamente el típico ruido de unos cochecitos rodando por encima del techo de mi alcoba. Parecía como si alguien estuviera jugando con mis coches de miniatura, esos que había arrinconado hacía ya unos cuantos años y que habían ido a parar al fondo de ese maldito armario.

Desde aquella noche, todas las siguientes resultaron igualmente angustiosas. Sin duda, alguien se movía por la buhardilla jugando con mis viejos juguetes.

Como ya he dicho, mis padres jamás me creyeron y todo lo que conseguí, tras insistir hasta la saciedad, fue que me permitieran mudarme a otra habitación de la planta baja, la que había pertenecido a mi hermana, antes de morir.

La oposición de mis padres a tal traslado se debía a que mi madre quería mantener inalterable la habitación que había ocupado Ángela, mi única hermana, dos años mayor que yo.

La verdad es que a mí también me pareció una especie de profanación de un templo al que mi madre acudía con frecuencia, como si quisiera rendir un homenaje a la memoria de su querida hija.

Pero tras unas noches de sosiego, volvieron los ruidos nocturnos, pero esta vez acompañados de susurros y sonidos propios de arrastrar algún mueble o enser pesado. Mis padres negaron tal hecho; o estaban sordos o tan profundamente dormidos que no podían oír nada en absoluto. Y así fueron pasando los años, resignado y agradeciendo que nada malo aconteciera tras esos enigmáticos sonidos. Hasta que cumplí los catorce años.

Aunque a esa edad ya no recibía tantos regalos como cuando era pequeño, también quise desembarazarme de algunos trastos que había ido acumulando durante los últimos cuatro años sin que me hubiera atrevido hasta entonces volver a subir al trastero en el que se había convertido la buhardilla. Pero ya tenía edad suficiente para dejar atrás lo que ahora pensaba que había sido una alucinación derivada de mi inconmensurable fantasía.

Al entrar en aquel habitáculo oscuro y maloliente, me asaltó, sin embargo, un repentino temor. Presentí que el armario me estaba esperando. Solo con acercarme unos pasos, su puerta se entreabrió con aquel chirrido que tan bien recordaba. Mis piernas empezaron a temblar y estuve a punto de salir corriendo de aquella lúgubre estancia. Pero cuando me disponía a hacerlo, oí una voz infantil que me llamaba, una voz que me resultó familiar, la de mi hermana. Se me erizaron los pelos de la nuca y un escalofrío me recorrió el espinazo. Me quedé inmóvil, no podía moverme. Al final, pude articular unas palabras:

—¿Qui, quién eres? — fue todo lo que logré decir.

—¿No me reconoces? Soy Ángela, tu hermana.

—¿A, A, Ángela? —balbucí—. Pe, pero si estás muerta —añadí.

—Lo estaba, hasta que tú me trajiste de nuevo.

—¿Yo?

—Sí, tú, gracias a los juguetes que me dejaste. Aquellos con los que solíamos jugar, ¿no te acuerdas?

Y claro que me acordaba. Aun siendo dos años mayor que yo, Ángela, además de hermana, había sido mi mejor amiga y compañera de juegos.

El resto del día lo pasé obnubilado. Debía parecer un zombi, porque mis padres se percataron y me interrogaron. Ante mi resistencia a contarles lo que había vivido unas horas antes, para que no me tomaran por loco, mi padre me conminó a darles una explicación ya que teníamos invitados y mi comportamiento estaba llamando la atención, pues creían que estaba enfermo.

—Ángela ha vuelto y está en el armario de la buhardilla —les dije en un susurro.

Mi madre, alarmada, puso su mano en mi frente para comprobar si tenía fiebre y me interrogó sobre mi estado físico, convencida de que había contraído una enfermedad.

Cuando todo el mundo se hubo marchado, y ante mi insistencia pertinaz, mis padres acabaron cediendo y subieron conmigo a la buhardilla, solo con la intención —supuse— de convencerme de que todo había sido una alucinación, un delirio o algo peor. Creo que llegaron a poner en duda mi estado mental.

El armario estaba, en esta ocasión, cerrado y se resistió a ser abierto. Por muchos esfuerzos que hacía mi padre no lograba que las puertas cedieran un ápice. Cuando ya se daba por vencido, diciéndome que aquello era una prueba de que allí no había nada ni nadie, la voz de mi hermana se oyó clara y grave desde su interior, como si de una caja de resonancia se tratara. Mis padres, espantados, dieron un paso atrás y me miraron horrorizados. Ante la insistencia de mi hermana, que solo repetía mi nombre, probé a abrir aquel armazón de madera carcomida. Las puertas cedieron sin oponer resistencia.

Su interior apareció sin rastro de ningún ser vivo o muerto. Yo no sabía qué hacer ni entendía el reclamo de Ángela. Entonces oí, en mi interior, como si alguien me hablara muy bajito y pegado a mis oídos:

—Vete, Manolito —siempre me había llamado así—. Déjame con ellos. Esto no va contigo. Vete, por favor.

Obviamente, mis padres no pudieron oírlo, era un mensaje solo para mí. Así que obedecí a mi hermana y abandoné la estancia precipitadamente. Mis padres, pero sobre todo mi madre, quiso demorarse un poco para inspeccionar a fondo el armario, pues aquella voz que habían oído minutos antes era la inconfundible voz de su hija.

No sé qué ocurrió a continuación. Solo sé que desde el piso de abajo oí unos gritos ensordecedores de mi madre y unas palabras que parecían suplicantes de mi padre. Cuando al cabo de un tiempo, que se me antojó larguísimo, bajaron mis progenitores, parecían muertos vivientes, de tan lívidos y demacrados como estaban, sin ser capaces de darme una explicación. Solo balbuceaban palabras ininteligibles. Cuando se serenaron, me prohibieron tajantemente volver a subir a aquella estancia, obligándome a jurarles que jamás lo haría. Estuve tentado en más de una ocasión de faltar a mi juramento, pero decidí no hacerlo, Por el momento.

Pero el momento no llegó, porque a los pocos días nos mudamos a otra vivienda, lejos del barrio donde habíamos vivido todos esos años. Nunca se volvió a hablar del tema y cada vez que intentaba sacarlo a colación recibía una dura reprimenda. Y así pasaron los años y, aunque parezca mentira, me olvidé del asunto. Acabé creyendo, o mejor dicho autoconvenciéndome, de que todo había sido fruto de alguna trampa mental, una especie de histeria colectiva.

Pero cuando leí en el periódico que aquella casa estaba en venta y me enteré que por ella habían pasado tantos inquilinos, abandonándola sin explicación alguna, quise retomar el tema donde lo había dejado muchos años atrás. A fin de cuentas —me dije— los muertos no viajan ni cambian de residencia. Si todo fue real, Ángela debe seguir allí —concluí mentalmente.

¿Qué pretendía con ello? ¿Reencontrarme con el espíritu de mi hermana y que me contara qué había ocurrido en aquella estancia en la que la dejé a solas con mis padres? ¿Por qué no? No tengo nada que perder, excepto la cordura—me dije—. Gracias a mi desahogada posición económica, el dispendio para la compra de aquella vieja casa no suponía problema alguno. Lo consideraría una inversión. Si la cosa salía mal, la volvería a vender después de remodelarla y quizá lograría hacer un buen negocio. Es a lo que, de hecho, me dedico.

Al cabo de una semana, entraba en la casa familiar decidido a descubrir la verdad, si es que había algo que descubrir.

Lógicamente, lo primero que hice fue dirigirme a la buhardilla para abrir el misterioso armario. Con treinta y cuatro años, ya no me flaquearon las piernas y, decidido como estaba, me apresuré a abrir aquellas raídas puertas, que esta vez no opusieron ninguna resistencia. El armario estaba como la primera vez que lo abrí. Seguramente todos los anteriores inquilinos no se habían atrevido a tocar nada, por reparo o por haber tenido algún tipo de experiencia paranormal.

Al principio nada sucedió, pero al transcurrir un minuto o dos, volví a escuchar la voz de mi hermana, que me daba la bienvenida y acto seguido se materializó. Era la niña que todavía recordaba de mis juegos y de las fotografías que abundaban por la casa y especialmente en su antigua habitación, esa especie de mausoleo que mi madre había creado en su memoria.

Lo que aquella aparición me reveló me sacudió de tal forma que no podía dar crédito a sus palabras: Ángela murió por culpa de mis padres.

Por aquel entonces, yo estaba pasando las vacaciones en unas colonias de verano y al regresar, mis padres me contaron que Ángela había sufrido un accidente y no pudieron hacer nada por salvarla. Por mucho que pregunté, no hubo forma de que me dijeran qué tipo de accidente había acabado con su vida. Todo eran vaguedades y yo, con tan solo siete años, dejé de preguntar.

Pero lo que realmente ocurrió fue que mis padres se fueron una noche a cenar con unos amigos y, no teniendo con quién dejarla, decidieron que, como con nueve años ya era lo suficientemente mayor para cuidar de sí misma, podía quedarse sola en casa. Siendo Ángela una niña inquieta y rebelde, y temiendo que pudiera hacer alguna travesura, la dejaron encerrada bajo llave en el desván, donde podría jugar con los juguetes que guardábamos allí.

Con lo que no contaron nuestros padres era que unos ladrones entraran, aprovechando su ausencia, en casa. Ángela, alertada por el ruido, se refugió en el armario. Pero ello no le sirvió de nada, pues los intrusos, al descubrir que existía un desván y que en la casa no había nada de valor, forzaron la puerta del armario esperando encontrar algo que valiera la pena. Pero lo que encontraron fue a mi hermana que, presa del pánico, intentó huir de aquellos delincuentes. Pero resultó del todo inútil, pues cayó en sus garras. En la lucha para lograr zafarse de ellos, recibió un tremendo golpe en la cabeza que le provocó un severo traumatismo craneoencefálico que le causó la muerte.

Ignoro cuál sería la explicación que dieron mis padres a la policía, pero desde luego no les contaron toda la verdad y creyeron a pies juntillas la versión de aquella pobre pareja destrozada por tal horrible pérdida. Como no pudieron dar con los ladrones, nunca se supo todo lo ocurrido y, al cabo de un tiempo, el caso se cerró.

 Así pues, mis padres mintieron a todo el mundo —a mi incluido— para evitar ser acusados de abandono y negligencia grave. Y mantuvieron el engaño durante todos estos años. El cuerpo de mi hermana yace en el panteón familiar, pero su espíritu ha estado “viviendo” en el fondo del armario que fue en realidad su tumba.

La rabia de saberse traicionada por haber mentido sobre su suerte, hizo que Ángela, o su fantasma, saliera como un genio furioso encerrado injustamente en una lámpara mágica cuando mis padres abrieron aquel día el armario. Les recriminó su traición, su cobardía y su irresponsabilidad por dejar a una niña de nueve años sola y encerrada. Ellos eran los verdaderos culpables de su muerte.

Por lo tanto, mientras nosotros abandonamos aquella casa y a mi hermana en ella, Ángela ha estado viendo pasar el tiempo a la espera de que sus padres le mostraran un sincero arrepentimiento. No pedía más. Y en lugar de eso, tuvo que soportar la soledad y la presencia de extraños a los que no tuvo más remedio que expulsar a su antojo.

Cuando hubo terminado su relato, me sentí tremendamente desolado, considerándome culpable por haberla ignorado yo también todos estos años, dejándola vagando como alma en pena. Pero todavía estaba a tiempo de compensarla mínimamente. No la abandonaría. No podía vivir con ese peso en la conciencia. Su hermano también le había fallado. Mis padres ya no estaban para pedirle perdón, pero yo sí, y no volvería a darle la espalda.

Pienso envejecer a su lado. Ahora solo me resta hacerle compañía hasta el fin de mis días. Haré reformas, tal como había presumido. Lo primero que haré será remodelar esa buhardilla y convertirla en mi habitación. Así estaré cerca de ella y podremos seguir charlando y jugando juntos. A fin de cuentas, solo tiene once años. Siento que así repararé un poco la gran injusticia cometida.