jueves, 20 de febrero de 2020

¿Y ahora qué?



Ha sido un proceso largo y muy duro, pero ya he llegado al punto final. Un camino lleno de dificultades. Estudiar y trabajar al mismo tiempo no es tarea fácil. Y a mi edad no es habitual cursar una carrera universitaria. Siempre pidiendo favores a los compañeros y compañeras para que me dejaran los apuntes de las asignaturas a cuyas clases no podía asistir. Tuve que acostumbrarme a sus miradas furtivas y a sus sonrisas condescendientes. Y ellos se acabaron familiarizando con la presencia de ese tipo mayor. ¡Pero si podría ser mi padre!, debían pensar. Pero no soy tan mayor como para eso, aunque lo pueda parecer. Las canas me salieron muy temprano. Mi padre decía que a él le salieron también de muy joven de tanto trabajar. No sé si será por eso.
Mi padre. ¡Qué orgulloso estaría si pudiera verme! Y mi madre aún más. «Una carrera abre muchas puertas», me decía. De momento, esas puertas todavía se mantienen cerradas. Espero que pronto se abran.
¡Cuántas noches en vela y cuántos días levantándome al alba para ir a trabajar a la panadería del señor Martín! Pero esta vida está a punto de concluir.
Cuando me casé, me prometí que haría realidad mi ilusión y la de mis padres. He tenido la gran suerte de que Julia siempre me ha ayudado con su comprensión y apoyo.
Cuando nacieron las gemelas ni siquiera nos podíamos permitir desembolsar el dinero que costaba la matrícula. Mis padres habían fallecido y los de Julia no andaban muy bien económicamente, ya habían hecho suficiente por nosotros al casarnos. Así las cosas, tuve que pedir un adelanto al bueno del señor Martín, que fui devolviéndole poco a poco, según mis posibilidades. Para los siguientes cursos preferí recurrir a préstamos bancarios. Pero no me arrepiento de los sacrificios que he tenido que hacer para llegar hasta aquí.
Y ahora me encuentro en un momento crucial. El último obstáculo. Creo que estoy en condiciones de poder salvarlo. He trabajado duro. Merezco tener éxito. Aunque nunca se sabe. Pero no sé por qué me agobio. ¡Con la de veces que he pasado por lo mismo; parece mentira! Pero, claro, lo de hoy es definitivo. Me juego mucho y no quiero dilatar más esta situación. Necesito acabar cuanto antes.
Si todo sale bien, solo me faltará encontrar trabajo. Sé de sobras que la cosa está muy difícil. Pero el señor Martín dice que tiene un primo que dice que podría echarme una mano. Trabaja en una empresa en la que está muy bien considerado y en la que, al parecer, necesitan a alguien con mi formación y sin experiencia. Podría hablarles de mí. Sabe que he sido un buen estudiante. Un empujoncito siempre va bien. Luego, claro está, deberé demostrar mi valía, pero por lo menos ya tendría un pie dentro.
Ojalá todo llegue a buen puerto. Tengo tantos planes… Cuando gane un buen sueldo, nos cambiaremos de coche, porque el que me dejó mi padre ya está para el arrastre y resulta un despilfarro en reparaciones. Y haremos ese viaje de novios que todavía tenemos pendiente. Más adelante me gustaría cambiar de piso, a uno más amplio, más soleado y mejor situado. Ahora bien, tampoco es cuestión de pasarse. No hay que estirar más el brazo que la manga, como decía mi padre. Habrá que ir poco a poco, a medida que vaya ascendiendo en el trabajo. En fin…

—Eh, usted. ¿Acaso está en Babia?
—¿Qué? ¿Cómo dice?
—Que si está en las nubes. ¿Qué hace ahí, como un pasmarote, sin siquiera haber dado la vuelta a la hoja? Hace ya casi una hora que se les ha dicho que podían empezar el examen. Ya solo le queda, a lo sumo, una hora y cuarto, así que espabile.
—¡¿Cómo que solo me queda una hora y cuarto?!
—Lo que le digo. ¡Venga, hombre, no pierda más el tiempo!
—¿Qué es lo que ocurre aquí?
—Pues que no sé qué le pasa a este alumno, doctor. Todavía no ha empezado el examen y le estaba advirtiendo que el tiempo apremia.
—Pero hombre de Dios. ¿Qué le sucede? ¡Póngase las pilas!, que esta es la última asignatura de la carrera. Y si no se ve capaz de hacer el examen abandone el aula y váyase a casa.
—¿Qué? ¿Irme a casa? ¡Ni hablar! Lo siento. No sé qué me ha ocurrido. Estaba…
—Pues no se hable más, que cuanto más hablamos más corre el tiempo. Venga, póngase manos a la obra. ¿Y ustedes qué miran? Cada uno a lo suyo. Y como pille a alguien copiando, repite curso.

—Pero ¿qué me ha pasado? Debo haberme quedado ensimismado. ¡Ay Dios! Tengo que darme prisa. A ver, a ver. Menos mal que solo son dos temas a desarrollar.

—¡Joder, joder, joder! De los dos temas, han tenido que poner justamente uno de los últimos del temario, el que no tuve tiempo para estudiármelo bien. Y ¿ahora qué? Si, por lo menos, sacara un aprobado justito…



jueves, 13 de febrero de 2020

Futuro incierto

El relato que hoy publico en este espacio se presentó al XII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados. El texto no podía exceder las 150 palabras y debía contener las cinco palabras siguientes: promover, crecimiento, inclusivo, empleo y productivo.
Tras dudarlo mucho, acabé presentándolo. El resultado era previsible. Si queréis conocerlo, id al pie del relato.



Eduardo tenía un buen empleo en una multinacional. Como abogado y director de Recursos Humanos, le encomendaron la misión de promover un espíritu de trabajo en equipo. De este modo, el sistema productivo sería mucho más eficiente. El crecimiento personal y profesional de los empleados tendría que ser el punto de partida. Tenía ante sí un reto que quería cumplir cuanto antes, según la encomienda recibida desde la dirección general. Necesitaba, pues, una idea innovadora. Tras meditarlo detenidamente, se le ocurrió un método inclusivo: recabar la opinión de todos sus empleados. Siempre había creído que la satisfacción de los trabajadores reside en hacerles partícipes de los objetivos de la Empresa.
Formó un equipo constituído por varios representantes de cada departamento para que llegaran a un consenso. Al cabo de tres meses de arduas discusiones, le presentaron una propuesta infalible: renovar el ochenta por ciento de la plantilla.

(147 palabras)


A los pocos minutos de acusar recibo de mi relato y agradecer mi colaboración,  me comunicaron que el jurado lo había desestimado por no cumplir los requisitos.
Debí imaginarlo: entre los abogados no abunda el sentido del humor.

viernes, 7 de febrero de 2020

La caja fuerte


Cuando el vendedor nos enseñó la casa, estaba tan oculta que no me percaté de su existencia. Cuando semanas más tarde, ya convertidos en propietarios, volvimos para tomar medidas y hacer los preparativos para su decoración, entonces la vi. Estaba en el fondo del armario del dormitorio principal. Cerrada a cal y canto. Al no conocer la combinación, lógicamente no pudimos abrirla. Pero ¿para qué? si no teníamos nada de valor para proteger de manos ajenas y, por otro lado, seguro que estaba vacía. ¿Quién en su sano juicio vendería su casa dejando objetos de valor en su caja fuerte?
Pero como soy, por naturaleza, muy curioso, no pude evitar sentir un deseo irrefrenable de abrirla. Y así, día tras día, le estuve dando el coñazo a Marta, mi mujer.
—Si no contuviera nada de valor, ¿tú crees que el anterior propietario la habría dejado cerrada sin darnos la combinación? —le argumentaba una y otra vez.
—No seas borrico. Si hubiera alguna cosa de valor, ¿tú crees que se habría marchado sin vaciarla?
—¿Acaso no viste, cuando firmamos la escritura, que es un hombre muy mayor? Si debe rondar los noventa. Ya le debe fallar la memoria.
—Los ancianos no tienen memoria según para qué, pero en cuestión de dinero ya te digo yo que están muy lúcidos. Mira, si no, a mi abuelo.
—Pues a mí me pareció que tenía Alzheimer. El notario le tenía que explicar las cosas como si se tratara de un niño de cinco años.
Y aunque así fuera, ¿qué quieres hacer exactamente? —concedió finalmente, harta de dar tantas vueltas al asunto.
—Pues ir a verle y pedirle la combinación. Le diría simplemente que necesitamos guardar documentos y joyas de valor. ¿Qué sino?
Dicho y hecho, me presenté en el piso del Eixample donde ahora vivía el señor Dalmau.
—Pues lamento mucho decirle que el señor Dalmau, mi tío, falleció de un ataque al corazón el pasado sábado por la noche —me informó un joven bien parecido y vestido elegantemente como si fuera a un bodorrio.
—Vaya, pues sí que lo lamento. Yo soy el nuevo propietario de la casa de Valldoreix que su tío, en paz descanse, nos vendió —me presenté—. Es que verá, hemos encontrado una caja fuerte dentro del armario del dormitorio principal y, como no sabemos la combinación, no podemos abrirla. Si usted fuera tan amable de facilitárnosla, le quedaríamos muy agradecidos. Mi mujer y yo desearíamos poder guardar en ella algunos objetos de valor y sin conocerla, ya me dirá usted de qué sirve tenerla.
Hecha esta aclaración, me pareció notar por un instante un amago de sorpresa en su cara, tras lo cual dijo:
—Pues lo siento, pero no tengo ahora mismo esa información. Pero no se preocupe, precisamente me he instalado aquí por unos días para poner un poco de orden y recoger algunas pertenencias de mi difunto tío. Ya sabe, cosas de la familia y recuerdos que uno quiere conservar. Así pues, si encuentro algún papel en el que figure la combinación que necesita, le llamaré.
Pasaban los días y no tenía noticia alguna de aquel joven, y cuanto más tiempo pasaba más intrigado estaba.
—Marta, ¿no ha llamado nadie preguntando por mí?
—Te he dicho mil veces que no, No seas pesado.
—Es que me extraña mucho que con lo formal que parecía ese joven, no haya llamado, aunque sea para decir que no ha encontrado nada. Y en el contestador tampoco hay ningún mensaje suyo. Qué idiota fui al no pedirle su número de teléfono o haberle dado también el de mi móvil. Quizá ha perdido el papelito que le di con nuestro número fijo. Desde luego…
—¿Quieres olvidarte del tema, de una vez, por favor? Si no podemos abrir esa dichosa caja fuerte, pues no pasa nada, la dejamos como está y santas pascuas. ¿Verdad que no molesta? Total, está empotrada en el fondo del armario y no nos quita espacio.
—Pero es que…
—¡Es que nada, jolines! Mira que eres pesado. Olvídalo ya, ¿quieres hacer el favor?
—¿Sabes que haré? Que iré a verle de nuevo.
—Haz lo que te dé la real gana, pero si hubiera encontrado el número de la combinación nos habría llamado. Si no lo ha hecho es porque no lo tiene. Y aunque hubiera perdido nuestro número de teléfono, sabe dónde vivimos, ¿no?
—Vale, pero por probar…
Y probé, pero esta vez nadie abrió la puerta. El conserje me dijo que el sobrino del señor Dalmau hacia días que no aparecía por ese domicilio. Solo sabía que el piso se había puesto a la venta.
—Si el sobrino, que seguramente es el heredero, ha puesto el piso a la venta, puedo llamar a la inmobiliaria y contactar con él.
—Me vas a volver loca, carajo. Esto acabará conmigo y contigo. Esa obsesión por esta maldita caja fuerte ya es enfermiza. O dejas el tema en paz o tendremos un disgusto.
Y vaya si tenía razón, pero el disgusto me lo llevé yo.
Al cabo de un par de días de haber dejado ese maldito asunto definitivamente zanjado, ocurrió algo inesperado. Llevaba un rato durmiendo cuando me despertó un ruido. Presté atención. ¡Un intruso había entrado en casa! Solo podía ser alguien que tuviera las llaves. ¡Qué imbéciles fuimos al no cambiar la cerradura! El único que podía tener un duplicado era aquel individuo, el guapo sobrino del anterior propietario. Debió encontrar otro llavero entre las cosas del viejo. Ahora entendía su expresión de sorpresa cuando le conté que su tío había dejado en la casa que nos vendió una caja fuerte cerrada. Debía saber que el hombre poseía objetos, del tipo de fuera, de mucho valor y al no hallarlos en el piso en el que su tío se había instalado, dedujo que los teníamos nosotros sin saberlo. Y ahora venía a por el botín.
Pero cuando iba a encender la luz de la mesilla de noche para alertar a Marta, noté un golpe violento y muy doloroso en la cabeza que me nubló la vista y me hizo perder el conocimiento.
Y ahora estoy en un hospital, con una buena brecha en la cabeza que ha precisado de un número indeterminado de puntos. Lo peor es que no sé qué ha sido de Marta. Parece como si se la hubiera llevado el diablo. La policía me ha dicho que alguien debió entrar a robar, pues han encontrado, dentro de un armario, una caja fuerte abierta y completamente vacía. «¿Recuera usted lo que contenía?» —me ha preguntado. «¿Encontrarán a quién lo ha hecho?» —le he preguntado a mi vez. Por toda respuesta se ha encogido de hombros. ¡Porca miseria!


jueves, 30 de enero de 2020

Historia de una rebelión


No llegaré a cumplir los cincuenta. Esta enfermedad acabará conmigo en pocos meses. Llevo ya tres años entrando y saliendo del hospital. Mi aventura parisina tuvo la culpa, pero aun así no me arrepiento de nada.
—Eric, ¿con quién hablas, cariño?
La voz de Sonia me saca de mis cavilaciones.
—Con nadie, querida. Hablaba conmigo mismo.
Cada vez lo hago con más frecuencia. Es un hábito que adquirí durante mi convalecencia en Marruecos, postrado en la cama con un agujero en el cuello, y que ahora he vuelto a recuperar. Repaso las distintas etapas de mi vida. Y aunque, como he dicho, no me arrepiento de mis actos, reconozco que mi carácter aventurero me llevó a vivir situaciones muy difíciles y arriesgadas.
En general, no puedo quejarme. He sido lo que se llama un hombre de mundo. He vivido dos guerras y, como premio a mi audacia, recibí una herida de bala que aún perdura, como perduran los recuerdos.
Cuando contaba con dos años de edad, mi madre, mi hermana Marjorie y yo abandonamos Motihari para ir a Inglaterra, la tierra natal de mi padre, a quien no volví a ver hasta dos años más tarde. Fue por un brevísimo periodo de tiempo, pero suficiente para dejar a mi madre encinta de la pequeña Avril. Ya no le volvería a ver hasta muchos años más tarde. De él y de aquella colonia británica que me vio nacer poco puedo decir. De esa época apenas me queda una nebulosa de recuerdos. Inglaterra pasó a ser nuestra patria de acogida.
Durante mi adolescencia, viví cinco años en Birmania sirviendo en la Policía Imperial, tras los cuales retorné a Inglaterra con la pretensión de ganarme la vida como periodista y escritor.
Más tarde vendría mi aventura parisina. Mi alma inquieta e inconformista me llevó a la ciudad de la luz en busca de una vida nueva y más estimulante. Mi vida bohemia acabó cuando mis escasos recursos económicos me llevaron a vivir en la indigencia. Pero era joven e idealista, y esos ideales me empujaron a luchar contra la injusticia social y el totalitarismo, y a combatir el fascismo sobre el terreno.
Ello me llevó hasta España, en plena guerra civil, luchando en el bando republicano, una experiencia que me causó desesperanza y frustración ante las falacias del comunismo, y el amargo recuerdo de una contienda que acabaron ganando los rebeldes. ¡Qué paradójico! Fui a matar fascistas y acabé tiroteado por los comunistas. Desde entonces, el totalitarismo ha inspirado mucho de lo que he escrito.
Tras vivir seis meses en Marruecos, hasta estar totalmente recuperado, regresé nuevamente a Londres. Muchos lugares y en ninguno eché raíces.
Debía tener unos treinta años cuando escribí mi primera novela. Por aquel entonces salía con Eileen, con la que me casé tres años después. Nuestra relación se deterioró cuando vio que no podíamos tener hijos. La adopción del pequeño Richard debía haber sido la solución, pero no fue así. Hace tiempo que no le veo, desde que me volví a casar con Sonia.
Sin duda, el mejor recuerdo que guardo es mi estancia en Escocia, hace de eso unos cinco años. Necesitaba un retiro espiritual, como suele decirse. Eileen y yo acabábamos de adoptar a Richard y me sentía agobiado. Quise poner distancia para reflexionar sobre nuestro futuro como pareja y el mío como escritor. Así que me trasladé a Aberdeen, donde alquilé una casita a las afueras. Transcurrían las semanas y no había forma de arrancar la que sería mi quinta novela. Quería escribir una sátira sobre la revolución marxista, pero no acababa de cuajar. Pero una noche se hizo la luz.
Estaba intentando conciliar el sueño cuando desde la granja de mi vecino se oyó una tremenda algarabía. Pero nadie hacía acto de presencia. Un zorro o un gato montés debía haber entrado en el establo donde Alistair Henderson, el propietario, mantenía a sus animales a buen recaudo. Se oían relinchos, balidos, gruñidos y mugidos. Me asomé a la ventana. Solo pude ver al Border collie del señor Henderson ladrando frente a la puerta del establo.
De pronto volví a sentirme miembro de la Home Guard británica, tomé mi fusil Mannlicher M1895, que por fortuna había traído conmigo, y salí en plena noche a plantarle cara a quien fuera que se había colado en el establo. Quizá no fuera un animal sino un ladrón que pretendía hacerse con la pareja de Clydesdale, los más cotizados caballos de tiro británicos, según me había dicho Alistair cuando un día le vi sacándolos de la cuadra.
Mientras me dirigía raudo y armado hacia la granja, pensé que yo no era quién para meterme en ese berenjenal, que quizá debería alertar al bueno de Alistair, pero, por otro lado, el hombre ya era muy mayor para hacer frente a unos ladrones que, a bien seguro, también irían armados. Y aunque trajera consigo su vieja carabina, lo más probable es que saliera mal parado del encontronazo. Así pues, confiando en mi inmejorable puntería, me dispuse a hacer frente al culpable o culpables de aquel alboroto.
Una vez frente al establo, di una fuerte patada a la puerta. Pero no se abrió. Si alguien la había cerrado por dentro es que el intruso era un humano, pero de pronto recordé que se abría hacia fuera. Sin duda los nervios me traicionaron. El caso es que de pronto se hizo el más absoluto de los silencios. Parecía que los animales habían enmudecido, solo pude oír algunos balidos y un bufido equino. Abrí, entonces, la puerta con cautela, esta vez en el sentido correcto, sin dejar de apuntar hacia el interior que, sorprendentemente, estaba a oscuras cuando hacía tan solo unos segundos había luz en su interior. Supuse que el intruso, solo o acompañado, la había apagado tras mi estruendosa patada y se mantenía agazapado en algún rincón. Esa situación me recordó mi lamentable experiencia cuando, en el 37, recibí el disparo en el cuello en una noche sin luna. Solo tenía dos opciones: dar media vuelta y alertar al propietario, y que a su vez llamara a la policía, o tener arrestos suficientes para echar a los intrusos.
—¡Salgan con los brazos en alto! ¡Voy armado! —grité.
Solo unos cuantos tímidos berridos rompieron el silencio.
—Si se van por las buenas, les prometo que no los denunciaré —mentí.
Ninguna reacción, salvo unos pateos y bufidos. Los caballos debían estar nerviosos. Algo tenía que hacer, no podía seguir así toda la noche. Entonces recordé donde estaba el interruptor, lo había visto cuando Henderson me enseñó el establo por primera vez. No lo pensé dos veces, corrí agachado hacia donde estaba situada la palanca y la accioné. Temí que una ráfaga de disparos acabara conmigo tan pronto como se hiciera la luz. Pero no ocurrió nada. Al darme la vuelta vi que todos los animales me estaban observando como si vieran una aparición. Parecía que me miraban con malos ojos por haber interrumpido algo muy importante. Me sentí tan violento, que de mi boca salió un “perdón, es que…”. ¿Perdón? ¡Por Dios! ¿Acaso me había vuelto loco? Pero cuando, tras cerciorarme de que allí no había nadie más que yo, me dirigía hacia la puerta, oí un vozarrón.
—Ni se te ocurra contárselo al amo. Esto debe quedar entre nosotros. De lo contrario, te arrepentirás —era uno de los cerdos quien así habló. Y a continuación una de las vacas lecheras tomó la palabra.
—Vosotros los humanos os creéis con derecho a esclavizarnos. Hasta ahora hemos sido muy complacientes, os hemos ayudado en el campo, ¿verdad chicos? —dijo mirando a los dos Clydesdale, quienes balancearon la cabeza en señal de aprobación—, os hemos alimentado a costa de nuestra lecha e incluso nuestra propia vida —eso, eso, gritaron los cerdos y las ovejas—, por no hablar de la mejor lana Shetland —voceó un carnero con cara de malas pulgas—. Y ya estamos hartos del maltrato al que estamos sometidos. ¡Viva la revolución! ¡¡Viva!! Corearon todos.
Me sentí mareado. ¿Me estaba volviendo loco? No podía ser el efecto de la altitud, Aberdeen solo está a unos veinte metros sobre el nivel del mar. Me quedé paralizado. Viendo que no me movía, el carnero se cabreó y quiso embestirme. El resto de animales lo imitaron.
Corrí tan veloz como mis piernas me lo permitieron, hasta que tropecé, perdí el arma y me vi en el suelo totalmente indefenso. Cuando creía que iba a ser pateado y despedazado, un fuerte estruendo me sobresaltó.
Me desperté empapado. Mi corazón latía desbocado y sentía un doloroso martilleo en las sienes. Al cabo de unos segundos comprendí qué me había pasado. La contraventana golpeaba con furia el ventanal. Eso fue lo que me despertó de esa maldita pesadilla. Aun así, me levanté de la cama y me asomé al exterior. La granja y el establo estaban totalmente a oscuras. El único sonido audible era el del viento huracanado. Atranqué bien la contraventana y volví a acostarme, pero ya no pude conciliar el sueño. Una idea empezó a rondarme. Ya tenía un argumento para mi novela.
A la mañana siguiente, tras el desayuno, me puse a escribir. Nunca suelo poner título a mis obras antes de introducirme en la historia que quiero contar, pero en este caso hice una excepción. Lo tenía muy claro. La titularía “Rebelión en la granja”.


Este relato es una adaptación libre de la vida y figura de Eric Arthur Blair, más conocido literariamente como George Orwell (Junio 1903 - Enero 1950), fallecido a causa de una tuberculosis.




sábado, 18 de enero de 2020

Mira cuánta sangre



Quién me iba a decir que todo empezaría con un botón.

—Mamá, se me ha caído un botón de la camisa. ¿Me lo podrías coser, por favor?
—Te lo podrías coser tú, ¿no crees? Ya eres mayorcito. ¿Qué harías si vivieras solo, como dices que quieres hacer?
—Bueno, pero es que no he cosido nunca un botón.
—Claro, como los chicos de hoy día no hacéis la mili… Anda, coge hilo y aguja y espabila. Así aprenderás. A las chicas de hoy les gusta los muchachos hacendosos.
—Vale, mamá. Mira que…

Lo creáis o no, puse los cinco sentidos en la labor de coserme el maldito botón para demostrar a mi madre de lo que era capaz.

—¡Mecagüen! ¡Me he pinchado, mamá, me he pinchado!
—¡Habrase visto! Con la de veces que me he pinchado y no he armado tanto alboroto. Es que… ¡Hijo mío! ¿Qué tienes? Te han puesto blanco como la leche. ¡¡Hijo!!

Al cabo de una hora estaba en el hospital con la cabeza como una sandía medio abierta. Ah, claro, no os he dicho que la visión de la sangre me impresiona mucho, aunque no creía que fuera tanto.

—Señora, su hijo ha perdido mucha sangre. Así que necesitará una transfusión.
—¡Qué me dice, doctor!
—Lo que oye, señora. Han tardado tanto en venir que por el camino debe haber perdido mucha sangre. ¿No ve lo pálido que está? Solo es por precaución. Como sigue inconsciente, prefiero practicarle una pequeña transfusión. Por cierto, ¿sabe a qué grupo sanguíneo pertenece su hijo?
—Pues ahora que lo pregunta, no lo recuerdo. Creo que…
—Déjelo, no importa. De hecho, siempre hacemos un análisis de sangre antes para asegurarnos.

Pero lo peor estaba por venir.

—¿Cómo te encuentras, hijo mío?
—Bien mamá. No te preocupes. Tranquila. Solo ha sido un susto y nada más.
—¿Señor Moreno?
—Dígame, doctor.
—Ya puede prepararse para marchar. Enseguida le firmo el alta. Ah, y aquí tiene los resultados de los análisis que le hicimos junto con la determinación del grupo sanguíneo.
—A ver, a ver... ¿Soy A positivo?
—Pue sí, de eso no hay duda.
—Pero, mamá. ¿No dijiste que eras 0 positivo y papá B negativo?
—Ay, hijo, no sé. ¿Dónde quieres ir a parar?
—¡¿Cómo que dónde quiero ir a parar?! ¡¡Pues que no soy hijo vuestro!!
—Pero, hijo, espera. ¿Se puede saber dónde vas?


Este relato, propuesto en un taller de narrativa, tenía que cumplir dos requisitos: No exceder de los 2.000 caracteres, con espacios (algo que no ya no se cumple tras su libre adaptación para este blog), y que describiera una situación en la que un hecho muy simple y sin importancia derivara en algo grave.


domingo, 12 de enero de 2020

¡Que os den!


Nunca me hubiera imaginado acabar de esta forma. Cuando los vi por primera vez, pensé que sería muy feliz con aquella pareja. Me enamoré de ellos a primera vista. ¡Se veían tan ilusionados! Todo era risas y besos. Eran felices. Éramos felices. ¡Qué tiempos aquellos!
Al principio me trataban muy bien. Se notaba que me querían. No me faltaba nada. Cada día me traían un nuevo presente. Incluso me trajeron unos compañeros para que me hicieran compañía. No sabía quiénes eran ni qué harían allí. Después supe cuál era su misión. Y así un montón de recién llegados que, poco a poco, iban llenado nuestro hogar y haciendo la vida más confortable. Siempre me trataron bien y me hicieron más refinada. Pero hace unos días que ya no están, han ido desapareciendo poco a poco. Qué triste verlo todo tan vacío. ¿Qué habrá sido de ellos?
Con el tiempo, todo empezó a ir de mal en peor. Primero vinieron las fiestas. ¡Tanta gente que tuve que soportar y que no me dejaban tranquila ni un momento! Nunca tuvieron un gesto amable, de protección, de compasión hacia mí. Nada. Me llenaban de humo a todas horas. ¡Y el ruido! Y yo, muda y sin poder intervenir, sufría tanto… Pero ¿qué podía hacer, pobre de mí? Callar y esperar a que llegara la bonanza. Se lo perdonaba todo.
Luego empezaron las desavenencias, el mal ambiente y yo solo era un testigo mudo de sus discusiones.
De pronto, la situación se hizo intolerable. Los gritos sustituyeron a las risas. Extraño era el día en que no volaran todo tipo de artefactos. Platos, vasos, cubiertos, libros, incluso una figura de alabastro, que me dejó maltrecha y con una lesión que todavía es visible.
Si al principio creía que aquello solo sería una crisis pasajera, no fue así. Acabó como el rosario de la aurora. La última vez que los oí hablar, no podía creer lo que decían. ¡Querían desembarazarse de mí!
Tantos años juntos y ahora se van, dejándome sola, sucia y vacía. ¡Desgraciados! No os merecéis todo lo que he hecho por vosotros. He sido vuestra cuna, vuestro paño de lágrimas, vuestra compañera y amiga sin condiciones. A ver si encontráis una que os trate mejor que yo. Ya me echaréis de menos, ya. Pero después no vengáis pidiéndome que vuelva a ser vuestra, porque, seguramente, ya habrá otro que me habrá poseído. ¿Sabéis qué? ¡Que os den!






viernes, 3 de enero de 2020

Una vida peligrosa

Este relato es continuación del titulado "Una investigación peligrosa" y que podéis leer AQUÍ.
Con este episodio doy por terminada esta serie que consta de cuatro capítulos y que se inició con el relato "Un negocio peligroso", con el que participé en el concurso de El Tintero de Oro.





Marta se había trasladado a vivir con Gervasio, en su chalé de Pedralbes, en la zona alta de Barcelona. Ello permitió alojarme en mi apartamento, en el que no quedaban señales de su presencia, salvo alguna fotografía en común. Daba por seguro de que no volvería. Aun así, cambié la cerradura de la puerta blindada. No quería visitas inoportunas.
Tan solo entrar, no pude evitar que una vorágine de recuerdos me asaltara sin piedad. Parecía que solo hubieran transcurrido unos días desde que salí, despreocupado, camino de la estación. Quién me iba a decir que mi vida daría un vuelco a bordo de aquel tren.
El detective que me recomendó mi psiquiatra resultó ser un ex policía al que habían expulsado del cuerpo por mala praxis. Eso me resultó paradójico. Ahora era yo quien necesitaba los servicios de un agente sin escrúpulos. Pero lo que para la policía fue motivo de rechazo, a mí me venía de perlas.
Lo primero que averiguó fue el domicilio de Juan, el celador corrupto, a quien Rodolfo, así se llamaba el investigador privado, fue a hacerle una visita de cortesía. Yo prefería mantenerme, de momento, en la retaguardia.
Rodolfo resultó un interrogador de lo más eficiente. Tras una sesión un tanto movida, logró que Juan desembuchara todo lo que sabía, al menos eso fue lo que le aseguró tras la última muela que escupió entre bocanadas de sangre.
Gervasio era su contacto y quien le había pagado muy generosamente su intervención. No era la primera vez que lo contrataba. Ambos ya tenían experiencia en esas lides. Se conocían desde hacía muchos años y ese tándem había desembocado en una amistosa complicidad.
Gracias a esa sesión tan productiva, Rodolfo también me informó que Marta llevaba tiempo como amante de Gervasio, desde que lo contraté para que me salvara de la quema por parte de Hacienda. Al parecer, le agradeció su ayuda pagándole en especie, y ese pago se convirtió en una relación a largo plazo. Contrariamente a lo que creía, Marta sí sospechaba que algo irregular me llevaba a Sevilla y Gervasio se prestó voluntario para averiguarlo. Y una vez descubiertos mis negocios turbios, decidieron deshacerse de mí tendiéndome una trampa. Así quedaba el camino expedito para los amantes. Por fortuna, Marta evitó que me despacharan definitivamente. Como única alternativa, sugirió un encierro perpetuo, pero no en la cárcel sino en un psiquiátrico, que era más seguro. Una vez incapacitado mentalmente, podría pedir el divorcio.

—Gervasio tiene muy buenos contactos con miembros de la policía y de la judicatura, y amigos dispuestos a ayudarle por unos miles de euros. No en vano gana todos sus casos, por imposibles que parezcan. Contigo tenía al cabeza de turco ideal —me contó Rodolfo.
—Ya veo. Y montó ese paripé en un santiamén. No debió serle difícil hallar en Sevilla una red de policías corruptos, con Juez incluido, metidos en negocios sucios —dije.
—Y solo faltó que hubiera un narcotraficante dispuesto a declarar contra ellos para tener el tema solucionado a dos bandas —remató.  

Lo único que temía tras ese agitado diálogo entre interrogador e interrogado, era que este último se lo contara a Gervasio. Rodolfo se ofreció a eliminar al abogado, pero yo preferí mantenerlo con vida y confiaba en la perspicacia y buen hacer del ex policía para mantenerme intocable. 

—Pero yo no puedo ser tu guardaespaldas. No puedo estar en todas partes a la vez.
—Claro que no. Quédate a vivir aquí y yo te acompañaré en todas tus pesquisas. Así siempre estaremos juntos y prevenidos.
—Vale, pero tienes que hacer en todo momento lo que yo te diga. No quiero que metas la pata y lo eches todo a rodar por tu inexperiencia.
—No te preocupes, seré sigiloso como tú y pasaré inadvertido.

          Y así formamos un equipo.
Pero lo que Juan no confesó fue la visita que recibió de un compañero suyo al poco de salir yo del hospital donde me ingresó mi buen psiquiatra. Eso lo supimos cuando se encontró un cuerpo en uno de los muelles del puerto. Rodolfo solo relacionó a ese individuo con Juan cuando leyó en el periódico que el cuerpo hallado sin vida era el de un tal Pedro Sigüenza, un celador que trabajaba en el Centro psiquiátrico en el que yo había estado recluido. Así pues, ese tal Pedro y Juan eran compañeros. Rodolfo se las apañó para hacerse durante unos minutos con el móvil que la policía había encontrado bajo el cadáver y así averiguar si contenía alguna información de interés. Y, en efecto, había pruebas más que suficientes para, no solo demostrar la relación entre ambos, sino también para suponer que Juan estaba detrás de ese asesinado.
Según los mensajes que contenía el móvil, Pedro había encontrado mi diario bajo la almohada de mi cama y, habiendo leído su contenido, chantajeó a Juan. Este le citó una noche en la terminal de contenedores Port Nou, haciéndole creer que le pagaría lo que pedía. Y lo que Pedro cobró fue un disparo en la cabeza. ¿Fue el propio Juan, Gervasio o un sicario quien empuñó y disparó el arma? Eso era lo de menos.
Pero el diario seguía sin aparecer. No es que me importara demasiado —a fin de cuentas, no tenía ningún valor ante las autoridades más que el de mi palabra— pero no quería que volviera a caer en manos inadecuadas que complicaran innecesariamente el asunto.
Al poco, las pesquisas de Rodolfo le llevaron al que había sido el domicilio de Pedro. A simple vista no había nada comprometedor, hasta que escuchó los mensajes en el contestador. Un tal Marcelo le confirmaba que había recibido el sobre y que, como le pedía, solo lo entregaría a la policía en caso de que le ocurriera algo. Parecía asustado. Ese sobre solo podía contener el diario.
Rodolfo localizó el número de teléfono desde el que llamaba Marcelo y averiguó su domicilio. No fue difícil convencer al pobre de que debía entregarle el enigmático sobre si no quería acabar como su amigo. Otro tema resuelto.

—Conocemos el móvil de por qué tu mujer y el cabrón de tu abogado te metieron en ese asunto, conocemos la relación entre Juan y Gervasio, y de Pedro y Juan, tenemos el diario, ahora solo falta saber el nombre de quiénes te involucraron, tanto los policías y su comisario, como el juez. Y eso lo sabremos muy pronto, tengo chivatos en todas partes. No me imaginaba que fuera un caso tan sencillo, chico —me dijo Rodolfo, ufano.
—Pero ¿tú crees que con lo que te ha contado Juan tenemos suficiente? Lo más probable es que se retracte ante un juez y alegue la coacción a la que le sometiste, por decirlo de una forma suave.
—Bah, cuando acabe este asunto, estará tan acojonado que lo cantará todo. Solo es cuestión de ofrecerle un trato. 

Juan solo nos dio la información que necesitábamos para seguir adelante. Solo habíamos conseguido las pistas, ahora nos quedaba obtener las pruebas que incriminaran al abogado y a mi mujer para acabar de atar los cabos sueltos. Lo único que podíamos probar de momento era que Juan había sido chantajeado por Pedro por haber participado en ese complot.

—¿Y cómo piensas demostrar la participación de Marta y Gervasio? —le pregunté a Rodolfo.
—Pues pinchando sus teléfonos y poniendo micrófonos en su chalé. Así grabaré todas sus conversaciones. Algo saldrá a la luz. Esos dos van a pringar, te lo digo yo.

Rodolfo tenía razón cuando dijo que el caso era más sencillo de lo que parecía. Las grabaciones obtenidas delataban a la pareja, confirmando lo que Juan había revelado. Por otra parte, los contactos dentro de la policía dirigieron al detective hacia un grupo de agentes corruptos de Sevilla. No le resultó difícil contactar con varios miembros de Asuntos Internos que llevaban meses detrás de ellos. Pero la red de corruptos era larga, involucrando a comisarios y jueces. Pero tarde o temprano caerían todos, le dijeron. Sería mejor que no se metiera, no fuera a desmontarles el plan. Con lo que les había contado, aunque no fuera nada que desconocieran, tenían suficiente. Además, contaban con la colaboración de dos arrepentidos que estaban dispuestos a declarar contra sus compañeros a cambio de inmunidad.
Faltaba convencer a mi psiquiatra para que delatara a Juan revelando lo que había hecho conmigo y, muy probablemente, con Eduardo antes que a mí. Pero no hizo falta derribar las reticencias de aquel, que veía peligrar no solo la imagen del Centro sino también la suya, porque al cabo de unos días se supo que se había encontrado bajo las uñas de Pedro rastros de piel de su atacante, con el que debió forcejear antes de ser abatido de un disparo, y que el ADN coincidía con el de Gervasio. ¿Cómo relacionaron al abogado con el celador? Pues atando cabos: el móvil del fallecido los llevó hasta Juan. Llevaban tiempo investigando una posible mala conducta del ex celador a raíz de unas denuncias de presuntos abusos sexuales a tres pacientes y le habían visto en varias ocasiones con Gervasio en una actitud cómplice. Y una cosa llevó a otra. Dos y dos son cuatro, aunque a veces no lo parezca.

*****

Han pasado tres meses y ya puedo sentirme aliviado.
La semana pasada vino a verme Rodolfo y me puso al día.
Las delaciones fueron en cadena: Juan delató a Gervasio y este a los policías, quienes, a su vez, inculparon al comisario y este destapó todo el tinglado, incluyendo a varios jueces, que fueron inhabilitados. Todos están en libertad bajo fianza, a la espera del juicio, acusados de corrupción y pertenencia a banda organizada para delinquir y no sé cuántas imputaciones más.
Gervasio y Marta también fueron imputados, a ella como cómplice necesario y a él como cerebro de la trama que me llevó al internamiento psiquiátrico, como inductor de la posterior intoxicación medicamentosa y como autor material del asesinato de Pedro. Gervasio fue encarcelado sin fianza, mientras que Marta ha quedado en libertad provisional. Juan, lógicamente, también fue detenido y puesto a disposición judicial. Ahora está en libertad bajo fianza.

Justo cuando he terminado de completar este diario, que quizá algún día publicaré, he recibido una llamada telefónica. Era Marta. No he contestado. ¿Qué le podía decir? He escuchado su mensaje. Resulta que está muy arrepentida por todo lo que me ha hecho. Ha culpado a la mala influencia de Gervasio. Lo ha puesto de vuelta y media. Me ha pedido perdón y desea empezar de cero.
No pienso darle esta satisfacción. Cuando llegue el juicio y tenga que declarar, ya verá lo que es bueno. No creo que ella pueda alegar una enajenación mental. Espero que los dos amantes se pudran en la cárcel.
Y ahora debo marcharme. He quedado con Alba, aquella enfermera tan bonita y simpática del Centro. Nunca me atreví a tirarle los tejos. ¿Cómo iba a seducirla alguien que estaba bajo tratamiento psiquiátrico? Pero tan pronto como puse los pies en la calle, fue la única persona que se interesó por mí. No sé cómo logró localizarme. Llevamos saliendo dos meses. Hacemos muy buena pareja. A ver qué surge de esta relación.

-FIN-