lunes, 26 de enero de 2026

El mar


 

Mediterráneo, la canción de Joan Manuel Serrat, siempre me ha emocionado; cada vez que la escucho, me siento totalmente identificado. Y no solo por haber nacido a orillas de este mar, ahora tan maltratado por el ser humano que lo contamina, sino también porque siempre he querido vivir y morir a orillas del mar que me ha visto crecer y que me ha inspirado tantas historias.

Tal ha sido mi apego al mar, que ya de adolescente soñaba con comprarme una casa en la Costa Brava, algo que me parecía un sueño imposible, una quimera, un lujo inalcanzable. Pero, tras muchos años de trabajo intenso y de ahorro, y gracias a mi envidiable carrera literaria, pude ver por fin satisfecho aquel sueño juvenil.

Así pues, tengo una casa rodeada de un extenso pinar, frente a un pequeño acantilado que se desploma sobre una minúscula cala a la que solo se puede acceder en barca o a nado, si quien lo pretende es lo suficientemente experto para luchar contra un mar habitualmente bravo, cuyas olas explotan con una extraordinaria violencia sobre las desafiantes rocas que, impertérritas, protegen la costa.

Esta casa, que ocupo desde hace dos años, es mi refugio, donde espero vivir mis últimos años de retiro y de soledad, tras el fallecimiento de Sara, mi esposa, que no llegó a disfrutar de ella, con la ilusión que le hacía.

La depresión en la que me sumí tras la muerte de Sara, ha dejado, y dejará para siempre, mella en mí. Lo primero que hice fue abandonar la escritura en la que he estado inmerso durante más de veinte años, pues era incapaz de escribir una sola línea, y retirarme a este lugar en busca de sosiego y paz interior.

Durante el pasado año, me dediqué a reflexionar sobre mi pasado. Mi terapeuta me aconsejó que pusiera por escrito mis vivencias, pues sería un revulsivo. Y lo único que me venía a la memoria era que fueron muchas mis ausencias, abandonando a Sara en manos de una enfermedad que mantuvo oculta hasta que ya no fue posible. Pasaba tanto tiempo fuera que, sin saberlo, la desatendí cuando más me necesitaba. No quiso molestarme con sus problemas, como me dijo al llegar a ese estadio en el que ya no había marcha atrás. Y por eso me siento culpable, por no haber estado a su lado y compartir con ella todo el doloroso proceso que acabó con su vida. Se calló para no inquietarme, para no hacerme sufrir, para que pudiera escribir sin ningún tormento que perturbara mi inspiración. Sufrió en silencio ante mi más absoluta ignorancia. ¿Cómo no me di cuenta de lo que le ocurría? ¿Tan ciego estuve?

Cuando repaso nuestra vida en común, la veo a mi lado, con su eterna sonrisa, su mirada luminosa, su voz aterciopelada y me entran unas ganas incontrolables de retroceder, de dar marcha atrás, de volver a vivir esos momentos mágicos que no supe saborear como era debido, y me siento terriblemente solo y culpable por no haberla hecho más feliz durante todos esos años de convivencia. Si hubiera sabido que estaba gravemente enferma, no me habría separado de ella ni un segundo. Pero a tiro pasado, todo se ve de un modo distinto. Seguro que, si volviera a nacer, volvería a comportarme del mismo modo.

Cuando hace unos días paseaba a solas frente al mar, recordaba cuando vinimos aquí por primera vez y nos enamoramos de este paisaje, y decidimos comprar la parcela donde construiríamos esta casa, que ella no ha llegado a ocupar. Desde lo alto del acantilado, observaba las olas enfurecidas romper contra las rocas y ante esa imagen, me sentía como ellas, rompiéndome en mil pedazos, como represalia a tanto despropósito, a tanta ignorancia y egoísmo. Y es que yo fui de esos que, en lugar de trabajar para vivir, vivía para escribir, era mi pasión, en lo que invertía todo mi tiempo, y ¿para qué? Ahora tengo la casa que deseamos, tengo mucho dinero, pero no tengo lo más importante en esta vida: el amor del ser amado.

Por este motivo, no valía la pena vivir sin ese amor, perdido para siempre. Por eso, me lancé a este mar que tanto me ha atraído, en el que tantas veces me he sumergido, para convertirme en una de esas olas furiosas que acaban su embestida en unas rocas que no dudan en desintegrarlas en mil pedazos.

 

****

 

Creo que ha sido ella quien me ha salvado a través del osado bañista que me vio saltar desde lo más alto. Dijo a los de la ambulancia que no tenía previsto bañarse debido al oleaje, pero que algo le empujó, una fuerza extraña que le decía que tenía que hacerlo. Desde su zodiac, me vio abalanzarme y sin pensárselo dos veces se lanzó al agua para que mi cuerpo no se estrellara contra las rocas. Aun así, no pudo evitar que ello sucediera, rescatándome en estado inconsciente, pero con vida. Se jugó su vida por salvar la mía, sin ningún valor para mí.

Tras despertar en la UCI, una enfermera vino a verme para interesarse por mi estado. Por su expresión, me pareció que conocía el contenido de la nota de despedida que dejé junto con mi documentación. No quería ser un suicida anónimo, pues nadie del lugar me conoce, aunque me imagino que tarde o temprano me habrían identificado.

Ahora todos sabrán quién soy y lo que he hecho, pero no me arrepiento. Solo me duele no haber podido cumplir con mi objetivo. Quería reunirme con ella y no he podido ver este deseo satisfecho. No me quedará más remedio que seguir viviendo atormentado o volver a intentarlo.

Unos días después y algo más calmado, pensé hacer lo que me recomendó mi terapeuta: que le escribiera cartas a Sara como si aun estuviera viva. Esperaba, como me dijo, que esto me aliviaría, pues podría desahogarme y proseguir con mi vida sin remordimientos, e incluso volver a empezar una nueva vida. Añadió que, aunque no la olvidaría jamás, sería capaz de continuar viviendo sin tenerla a mi lado, solo en mi mente.

Y eso creo que ya está ocurriendo, pues aquella enfermera me recordó mucho a mi mujer. Tenía su misma sonrisa, su misma mirada y su misma voz. Cuando más tarde pregunté por ella a sus compañeras, ninguna supo darme razón de quién era, a pesar de lo mucho que la describí.

No puedo quitarme de la cabeza lo último que dijo al marcharse, que me dejó perplejo y que no acabé de comprender, posiblemente porque todavía no estaba completamente lúcido: «No lo vuelvas a intentar. Estoy bien y no quiero verte sufrir. Has vuelto a nacer, así que aprovecha esta nueva oportunidad»

Al llegar a casa tras recibir el alta hospitalaria, quise relajarme escuchando a Serrat cantando Mediterráneo. Fue una experiencia extraordinaria: sentí a Sara muy cerca de mí. Se me erizó el cabello de la nuca y se me puso la piel de gallina. Noté, a mis espaldas, una presencia, una sombra, su aroma, pero cuando me giré comprobé que allí no había nadie, estaba solo, solo con ella en mi pensamiento. Ahora no solo le escribo, también le hablo. No me contesta, pero sé que me oye. El mar y ella son mis dos únicas compañías.

 

domingo, 11 de enero de 2026

El Gordo

 


Prefacio 

En mi última entrada, del 12 de diciembre de 2025, del blog “Cuaderno de bitácora”, titulada “¿El tamaño importa?”, y que hacía alusión a la longitud de los relatos que suelo publicar, preguntaba la preferencia de los lectores y lectoras sobre este aspecto. El resultado, como esperaba, fue que hay tantos gustos como opciones, a saber: a) relatos cortos sin más, b) relatos largos pero divididos en varios capítulos, o c) relatos largos siempre que su interés justifique el tiempo que hay que invertir en leerlos.

Una vez conocidas las preferencias de mis lectore/as y que, resultó ser que en cuestión de gustos, de todo hay en la viña del Señor, le ha tocado el turno, en esta ocasión, a un relato largo, de poco más de 3.000 palabras, que espero cumpla con el último requisito para ser aceptable, es decir que valga la pena invertir un tiempo más prolongado que de costumbre en su lectura.

Y sin más prolegómenos, vayamos a por él:


El Gordo 

Quién me lo iba a decir. Después de toda una vida soñando con que me tocara el Gordo de la lotería de Navidad para aliviar mi maltrecha economía, y resulta que, cuando por fin lo consigo, ya no tengo a nadie con quien compartir mis sueños. A mi edad, sin hijos y viudo, la ilusión por verlos satisfechos se ha desvanecido por completo. ¿Qué podía hacer con el dinero que me había tocado?

Juan, un buen amigo, me increpó:

─¿Has estado jugando a la lotería todos estos años y ahora, cuando por fin te toca, no sabes qué hacer con el dinero? No seas tonto, gástatelo en lo que quieras, al fin y al cabo, es tuyo y no te lo llevarás a la tumba. ¿Acaso quieres ser el hombre más rico del cementerio?

Y no le faltaba razón.

Primero pensé en compartirlo con alguna de las ONG con las que suelo colaborar, y donarles una pequeña pero sustanciosa parte de lo ganado. Pero me lo pensé dos veces antes de dar el paso. Si hacía eso, ya no me los quitaría de encima el resto de mi vida. Lo siguiente sería «¿No ha pensado usted en hacer un testamento solidario?» Esta opción ya me la conocía, no era la primera vez que me lo habían sugerido. Cuando se acerque el momento de abandonar este mundo ya veré a quién dejo mis bienes. Ya colaboro suficientemente con varias causas humanitarias, así que descarté definitivamente esa opción. Además, Hacienda ya se había quedado con una buena tajada de mi premio.

Al cabo de unos días, un individuo al que no había visto en mi vida me abordó en plena calle.

─¿Es usted Ramón García Vaquero?

─Sí, el mismo ─contesté, intrigado.

─Me llamo Juan Romero Zabala, y soy el director de ECN, es decir, de Ecologistas Contra el Negacionismo. No sé si habrá oído hablar de nosotros.

─Pues no, la verdad ─le dije con la esperanza de quitármelo de encima lo antes posible.

Pero no fue así. Estos pelmazos de las ONG no se echan atrás, así como así, ante una negativa. Son perseverantes, casi acosadores. De modo que nuestra conversación acabó de mala manera, yo mosqueado y el tipo ese cabreado por no haber conseguido su objetivo, que seguramente no era otro que el de aligerar mi cuenta bancaria.

Comenzó su perorata hablando de la penosa situación del planeta, de la crisis climática y de la inacción de los mandatarios internacionales, el fracaso de las cumbres sobre el cambio climático, la postura negacionista de las grandes potencias, como los EEUU, China y Rusia y así una larga exposición de hechos a los que yo iba asintiendo, pues mi opinión al respecto coincidía con la suya. Cuando le llegó el turno de mi aportación económica, la cosa se torció. Le dije que ya colaboraba con varias ONG y que no estaba en condiciones de aumentar mi contribución, pues estaba jubilado ─en realidad, todavía no, pero esperaba que esta excusa surtiera efecto─ y mis ingresos ya no eran los de antes, y bla, bla, bla. Entonces va el tío y me dice que cómo es eso posible si me acababa de tocar el gordo de Navidad.

─¿Y de dónde saca usted eso? ─le espeté, mosqueado.

─Pues muy fácil; hace unos días estaba en la Administración de lotería más próxima y le vi cuando estaba comprobando si su décimo había sido premiado. Por como reaccionó, adiviné que sí, pero ignoraba qué premio le había correspondido. Al acercarme a su lado, me percaté que el número del Gordo coincidía con el que tenía en sus manos.

─Creo que se confunde usted, mi décimo no está entre los premiados, ni con el gordo ni con el flaco ─arremetí antes de dejarle plantado con la palabra en la boca.

Pero ignoraba que el acoso no había terminado, pues al cabo de veinticuatro horas, cuando volvía a casa del trabajo, un individuo corpulento y con cara de malas pulgas, me paró en la calle.

─Es usted el señor García, Ramón García, ¿verdad?, el que trató con malos modos a mi jefe, Juan Romero. Sepa que es usted un maleducado y un egoísta. Con tanto dinero como le ha tocado y no es capaz de colaborar con una ONG que lucha contra el cambio climático y…

Ya no le dejé continuar. Alcé la mano, indicando que parara, y le dije que hiciera el favor de dejarme en paz o tendría que llamar a la policía y acusarlos, a su supuesto jefe y a él, de acoso.

El puñetazo que recibí me dejó KO. Recuerdo cómo todo se volvió borroso, primero, y luego negro total.

Cuando desperté, tras recibir unas bofetadas en la cara, me vi atado de pies y manos a una silla metálica en lo que debía ser un sótano, pues entraba muy poca luz solar. Cuando mi vista se aclimató a la semioscuridad del habitáculo, vi al individuo que me había golpeado y a su lado, el que se presentó como su jefe. Ambos parecían más bien unos matones que unos miembros de una ONG. Y así era, pues me conminaron a decirles dónde tenía el maldito boleto premiado. El refulgir de una navaja suiza ante mis ojos y el temor a ser torturado, como en las películas, hizo que cantara como un tenor de ópera.

─Nosotros solo queríamos una “participación” de lo ganado por usted, pero ya que no ha querido colaborar, no nos queda más remedio que ser más expeditivos. Ya no nos conformamos con un pellizco, ahora lo queremos todo ─dijo el tal Romero, el supuesto jefe, quien llevaba la voz cantante.

─Lo siento mucho, pero ya no tengo el boleto, lo ingresé ayer en el banco ─algo totalmente cierto y que creí que echaría por tierra sus intenciones, pero volví a equivocarme.

─Pues mucho mejor ─contestó el mandamás─. Tan pronto abran el banco, iremos contigo y sacarás todo lo que tienes en tu cuenta. Si hubieras colaborado desde un principio de buena gana, cuando te lo pedí cortésmente, no habríamos llegado a este extremo.

Llamarles sinvergüenzas, timadores, ladrones y no sé cuántos adjetivos más solo sirvió para hacerles soltar unas sonoras carcajadas y acabar diciendo «Así están las cosas, Ramón. Tú te lo has buscado. Ya sabes: la bolsa o la vida», para volver a reír como si hubieran contado un chiste.

Como ignoraba si tenían algún arma de fuego, además de la navaja que seguía esgrimiendo el forzudo, me comporté como un corderito y seguí, al pie de la letra, sus indicaciones.

Lo que no sabían esos dos es que yo era el director de la sucursal bancaria donde había depositado mi décimo, a la que iríamos lógicamente para realizar esa transacción, esperando con ello desbaratar sus planes.

Dada la cuantía a retirar, les dije que tendría que ser atendido por el director de la sucursal (en teoría yo), pues había sido él quien había gestionado el ingreso a mi cuenta del boleto premiado. Lo primero que hice al entrar en la oficina fue dirigirme al subdirector. Cuando le dije a este lo que tenía que hacer, gesticulando para que entendiera que algo extraño ocurría, al principio no reaccionó como esperaba, preguntándome qué me ocurría, si me encontraba bien. El modo en que lo miré, con los ojos como platos, y los gestos que le hice, intentando señalar a los dos individuos que estaban de pie a unos pocos metros de su despacho, y que no nos quitaban la vista de encima, fue suficiente para que el hombre comprendiera que aquellos dos eran unos malhechores que querían robarme.

Lo que estaba más claro que el agua es que esos dos mentecatos, por muy duros que parecieran, eran unos primerizos en esto de atracar. Sin que tuvieran tiempo de reaccionar, todo se precipitó de forma muy rápida. El subdirector pulsó la alarma, conectada a la comisaría más próxima, ubicada a unos doscientos metros de la entidad bancaria, algo que, por supuesto, debían ignorar, de lo contrario ¿a quién se le habría ocurrido llevar a cabo un golpe así en las cercanías de una comisaría? En menos de cinco minutos, cuando el subdirector y yo fingíamos terminar la transacción, se presentaron dos coches patrulla, cuyos integrantes detuvieron a los dos bellacos.

Salvo mi secuestro, todo había sido un despropósito. Una cosa era robar a alguien que, en plena calle, acaba de sacar dinero en metálico de un cajero automático, y otra muy distinta entrar con él en la oficina bancaria para obligarle a sacar una suma importante, exponiéndose a ser descubiertos y detenidos con tan solo advertir a los empleados de lo que estaba ocurriendo. Si no llevaban armas de fuego, ¿cómo pretendían amedrentar al personal y que el golpe saliera bien?

Una vez en comisaría, para prestar declaración, el policía que me interrogó comentó que el que se hizo pasar por un voluntario de una ONG inexistente, el tal Juan Romero Zabala, declaró que la culpa del secuestro la tenía su compañero, que era un bruto, que él solo se enteró cuando aquel ya me tenía retenido en un sótano.

Cuando ambos pasaron finalmente a disposición judicial, su versión de los hechos dio un giro inesperado. Según Juan Romero, todo había sido malinterpretado, que las apariencias engañan y que habían declarado bajo coacción. Era completamente falso que me hubieran secuestrado, todo era una invención mía. Sí era cierto que me habían obligado a sacar dinero de mi cuenta bancaria ─cómo iba a negar esa obviedad─, pero era una forma de recuperar el que yo les había robado, al haberme apoderado del décimo que ellos habían comprado y que había resultado premiado. Así pues, yo era el estafador, ya que, cuando acudieron a mi oficina bancaria, en lugar de ingresar el décimo premiado a su cuenta, lo hice a la mía. Cuando se dieron cuenta del engaño, volvieron para reclamar su dinero y como no atendí a razones tuvieron que obrar en consecuencia.

¿Cómo pudo saber ese tipo que yo era el director de esa sucursal bancaria? Pues de boca de su primer interrogador, lo cual propició ese nuevo relato: «¿A quién se le ocurre secuestrar e intentar robar a ese hombre siendo, como es, el director de la oficina a la que acudieron?», seguramente fue lo que le dijo el bocazas que le interrogó, y Romero, que de tonto no tenía un pelo, en lugar de decir que no tenía ni idea de quién era yo, que todo había sido casual, aprovechó esa información para inventarse su nueva versión ante el juez.

Siempre he dicho que en esta vida triunfa más el listo que el inteligente y este principio se cumplió a rajatabla. Romero y su lacayo se salieron con la suya. pero solo en parte, porque la coacción a la que fui sometido merecía un castigo, aunque solo sería, según el juez, testimonial, pues no hubo violencia física y el motivo por el que les impulsó a hacer lo que hicieron era un atenuante, dada la gravedad de mi falta.

Como durante el juicio no pude demostrar la falsedad de la declaración de ambos encausados, pues era su palabra contra la mía, acabé siendo yo el condenado por apropiación indebida, que, al superar los 400 euros, suponía una pena de prisión entre 6 meses y 3 años. Pero gracias al buen hacer del abogado que mi amigo Juan me procuró ─cuya minuta me costó un ojo en la cara─ el juez dictaminó la pena mínima, por lo cual no ingresé en prisión, pero sí tuve que pagar las costas del juicio. Y por si eso fuera poco, el señor juez, en su magnanimidad, me obligó a “devolverles el dinero del que me había apropiado”.

En cuanto a esos dos, la acusación solicitaba entre cuatro y seis años de prisión por detención ilegal, pero el juez consideró que no se había podido demostrar el secuestro, de modo que los dejó en libertad condicional, previo pago de una multa insignificante.

Aun recuerdo la cara de satisfacción que me dirigió Romero ─guiño incluido─ cuando abandonó la sala. En aquel momento, presa de una rabia incontrolable, me juré vengar esa enorme injusticia. Aunque se diga que la venganza se sirve en plato frío, yo no podía esperar a que se enfriara, tenía que actuar con presteza, no fuera que los dos pájaros volaran antes de poderlos cazar.

Tuve que contratar a un detective privado, para que los localizara, y a un cachas, recomendado por este, dispuesto a darles su merecido, pues a mí me disgusta sobremanera la violencia física de primera mano. Prefería un brazo ejecutor ajeno. Ojos que no ven…

Solo faltaba decidir qué hacer con aquellos dos y cómo llevar a cabo el castigo, que debía incluir, sobre todo, la recuperación del dinero del que se habían apropiado, gracias a la intervención judicial, antes de que se lo pulieran.

Los dos profesionales contratados por mí (detective y matón) hicieron un buen trabajo; el primero descubriendo dónde vivían y en qué entidad bancaria esos dos canallas habían ingresado mi dinero, y el segundo devolviéndoles el trato que me habían dispensado, empezando por su secuestro y un poco de “presión física” para obtener su docilidad y participación. Una vez obtenidos ambos objetivos, la situación se desarrolló idénticamente a la que tuvo lugar años atrás en mi oficina, solo que en esta ocasión los extorsionados eran ellos y que un pistolón les apuntaba bajo el abrigo del gorila contratado.

Pero lo que me temía se hizo realidad: los dos palurdos se lo habían pulido prácticamente todo. Los dos años que duró el procedimiento, fue tiempo más que suficiente para gastárselo en un coche, juergas, mujeres y algún que otro viaje. Así pues, de los trescientos veintiocho mil euros netos que me habían correspondido (tras la intervención de Hacienda en nombre de todos los españoles), solo quedaban cincuenta mil, que es todo lo que pude recuperar. Si tenemos en cuenta los honorarios de los profesionales contratados y el pago de las costas del juicio, que en total ascendió a casi doscientos mil euros, todo había resultado ser como el chocolate del loro.

¡Vaya venganza! Lo único que podía hacer era obligar a esos dos delincuentes a confesar la verdad, para que se abriera un nuevo expediente y un nuevo juicio. Pero, aparte de que se negarían en redondo, ignoraba si, como se dice en las películas norteamericanas, se puede juzgar a alguien dos veces por el mismo delito. Por otra parte, aunque la denuncia progresara y les acabaran considerando culpables después de otros dos años de proceso, se declararían insolventes y yo me quedaría sin blanca. ¿Qué hacer?

Mi amigo Juan, aquel que me aconsejó gastarme todo lo ganado para hacer lo que me apeteciera antes de morir y me facilitó el abogado defensor, me dio la solución.

El pobre estaba enfermo terminal de un tumor cerebral muy agresivo. Le quedaban pocos meses de vida, así que poco le importaba lo que le pudiera ocurrir si con ello me echaba una mano. Era un policía retirado y estaba en posesión de un arma, que le sería de mucha ayuda. Su plan consistió en secuestrar, a punta de pistola, a Juan Romero y a su colaborador para obligarles a robar, como fuera, todo el dinero que yo había perdido por su culpa, más los gastos colaterales que me había causado todo ese asunto. Para ello, mantendría secuestrado a Romero todo el tiempo que hiciera falta, y que fuera su acólito quien cometiera el robo, a menos que quisiera ver a su socio y amigo muerto.

Dicho acólito, que resultó ser, desde luego, un buen amigo ─pues obedeció sin rechistar lo exigido─, mostró mucho arrojo en la encomienda, cumpliendo a rajatabla lo que habíamos pactado. Él solito atracó mi oficina y en mi presencia, como planeamos que debía ser. Llevaba puesto un pasa-montañas y en la mano portaba el revolver prestado por mi amigo, con el que encañonó a todos los presentes, unas diez personas, incluidos los empleados ─era muy temprano y acabábamos de abrir─. Se dirigió raudo hacia mi despacho y me obligó a salir, a lo que accedí gustoso, pero simulando un gran desconcierto y temor. Por supuesto, también accedí a abrir la caja fuerte para hacerle entrega de toda la suma que me exigió, que resultó ser bastante superior de lo que debía ser ─supuse que quería quedarse con un suplemento por su colaboración, a lo que no puse ningún impedimento─, a la vez que pedía a todo el mundo allí presente que no hicieran ninguna tontería si querían salir indemnes.

Cuando la policía me preguntó por qué no había accionado la alarma en su momento, teniendo la comisaría tan cerca, argumenté un miedo irracional y por temor a que alguien saliera herido, o muerto, si el atracador, que estaba en un estado de sobreexcitación, se percataba de ello.

El caso se cerró sin más investigación que el interrogatorio de los testigos, que no aportaron nada nuevo, y el atraco se consideró como uno más de los que se dan en esta ciudad con tanta frecuencia.

Después de tanto tiempo y esfuerzo, pude recuperar lo que era mío y a esos dos les he perdido la pista, sin importarme ya su paradero.

De todo aquello guardo un triste recuerdo, sobre todo de la marcha de mi buen amigo Juan, que tuvo a bien ayudarme en los últimos momentos de su vida. Desde entonces, no he vuelto a jugar a la lotería, y cuando veo por televisión a esos afortunados que saltan de alegría como posesos y descorchan botellas de cava cuyo contenido brota de forma explosiva rociándoles la cara y el cuerpo entero, solo les deseo que no tengan que pasar por lo que yo pasé.

Ahora, cuando un vendedor ambulante me ofrece un boleto de lotería, no puedo evitar fulminarle con la mirada. Con mi “NO” rotundo, debe pensar que soy una rara excepción en todo el país.

Además, el Gordo ya me ha tocado una vez, no necesito una segunda.

Mientras escribo esto en mi diario, estoy disfrutando de un crucero por el Mediterráneo. Hay una pasajera de buen ver que también viaja sola y que no me quita el ojo de encima. Creo que quiere ligar conmigo, pero como mi historia ha resultado vox populi, sospecho que solo le interesa mi dinero.

Pero soy como el gato escaldado, que del agua fría huye.

¡Qué bonito es el mar!


viernes, 19 de diciembre de 2025

Un cuento de Navidad

Siguiendo la pauta de recuperar escritos antiguos, a falta de nueva creatividad, y aprovechando las fechas en las que nos encontramos, qué mejor que un cuento de Navidad lleno de fantasía, pero con un final cuya interpretación dejo en manos de los/as lectores/as.

Que paseís unas muy felices fiestas.



Es la primera Nochebuena que María pasará sola. Hace ya dos años que Mario, su marido durante más de cuarenta años, la dejó tras una larga enfermedad y hace tan sólo unas semanas que Luna, su vieja Dálmata, tuvo que ser sacrificada.

También echa mucho de menos a Salvador. Sigue sin tener noticias suyas desde el día que se marchó, decidido a no volver.

Si pudiera retroceder en el tiempo, haría cualquier cosa por retenerle o, al menos, por tenerle cerca y saber de él. Pero su único hijo desapareció para siempre de su vida.

Tiene a Rosalía, de asuntos sociales, que viene a verla de vez en cuando, y a Ana, la chica voluntaria que pasa con ella dos o tres horas al día para hacerle compañía y la compra. Y su vecina, la buena de Sagrario. Así que no está sola del todo, al menos tiene a alguien que se preocupa por ella.

A pesar de todo, María se siente muy sola. La televisión, los álbumes de fotos y la lectura son toda su distracción. Pero su biblioteca es muy exigua. Tiene que releer las mismas novelas una y otra vez, pero no le importa. Esta noche volverá a leer Un Cuento de Navidad. Siempre le ha gustado Charles Dickens y esta obra fue su primera lectura. Además, ¿qué otra podría ser más apropiada para estas fechas?

Mientras lee, al dar las doce, no puede evitar rememorar cuando, con Mario y Salvador, iban a la Misa del Gallo. ¡Qué felices eran por aquel entonces! Y cuando un suspiro de resignación se le escapa de los labios, alguien llama a la puerta.

¿Quién podrá ser a esas horas y en Nochebuena? Tal vez sea Sagrario, que viene a interesarse por ella y a traerle un pedacito de turrón. Se levanta quejumbrosa para ir a abrir, pero la artrosis hace que el trayecto le resulte doloroso e interminable. Cuando ya tiene la mano en el pomo, oye una voz que dice muy bajito: «María, abre, soy yo». Esa voz…

¿Mario? No puede ser. No se lo puede creer. El corazón parece que se le va a salir del pecho y al abrir la puerta contempla la figura de su marido que le sonríe con dulzura.

Mario, sin moverse del umbral, le dice que ha venido para que sepa que está bien, aunque sigue atormentado por la incomprensión con la que trató a su hijo y lamenta no haberse reconciliado con él a tiempo. Pero añade que todo no está perdido, pues allí donde está le han concedido un deseo, ese por el que tanto ha rezado María: que ella, víctima de la discordia entre padre e hijo, y que tanto ha sufrido por la ausencia de éste, podrá ver satisfecho lo que tanto anhela. Le comunica que Salvador está al llegar y que, después de tantos años de separación, podrá abrazarlo nuevamente.

Ahora que Mario ha cumplido con su misión, debe volver. María quiere retenerle, quiere que se quede un poco más, pero una fuerza superior tira de él y ella no puede resistirse a dejarlo marchar.

Tanta emoción ha agotado a María, que decide acostarse pensando que mañana se lo contará a Sagrario, y luego a Rosalía, y a Ana, y a todo el vecindario.

Pero al día siguiente, cuando se despierta y recuerda lo sucedido, tiene serias dudas de que haya sido real.  Habrá sido su imaginación que le ha gastado una broma pesada. ¿Una aparición? ¡Qué tontería! Ella nunca ha creído en ese tipo de cosas. Habrá sido un sueño. Se está haciendo vieja y ya no distingue la realidad de la fantasía.

Desilusionada, se levanta, y cuando se dirige a la cocina para prepararse el desayuno, ve que por debajo de la puerta que da al rellano asoma un sobre. ¿Quién habrá echado ese sobre el día de Navidad? El cartero no ha podido ser.

Cuando lo abre, ve que se trata de una carta escrita a mano, una carta firmada por Salvador que les dice que les extraña mucho, que vuelve a España tras muchos años de ausencia, que desea reconciliarse con su padre y volver a ser parte de esa familia que lo fue todo para él. Se casó y quiere que conozcan a su mujer y a su hijo. ¡Un nieto! Les promete que antes de que acabe el año irán a verlos y celebrarán juntos la Nochevieja y el Año Nuevo.

El sueño de María se ha hecho realidad. Volverán a estar juntos. Harán planes de futuro, un futuro que para ella será seguramente muy breve pero el mejor que nunca haya podido imaginar.

A María, que todavía no entiende cómo ha podido suceder ese milagro, le resbalan las lágrimas de felicidad. Sólo le entristece una cosa: la desilusión y pena de Salvador cuando le diga que su padre ya no está para abrazarle.

Esa noche, la noche del día de Navidad que nunca olvidará, María sale al balcón y, mirando al cielo, claro y estrellado como hacía años que no veía, ve en lo más alto una estrella fugaz y, cerrando los ojos, formula otro deseo. Desea que Mario, esté donde esté, pueda verlos reunidos y felices.

Mientras tanto, en la mesita que hay junto a la estufa, descansa ese sobre milagroso que le ha cambiado el semblante y la vida a María, un sobre que —María no ha reparado en ello— no lleva sello y cuya carta no está fechada.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Los espejos

 


Esther no podía evitar mirarse al espejo, a todas horas, mañana, tarde y noche. De una extraordinaria belleza, siempre había sido una mujer coqueta y vanidosa. David, su padre, la reprendía por ello severamente, pues tal comportamiento no era propio de su comunidad. Ya de chiquilla, Sara, su madre, la tenía que regañar por pasarse horas enteras ante el espejo de su habitación, uno de esos de cuerpo entero. Sólo faltaba que le preguntaran quién era la niña más bella del mundo.

Pero de pronto, parecía como si todos se hubieran confabulado contra ella para que no pudiera seguir admirando su hermosura que, a pesar de su edad, mantenía todavía a muchos hombres hechizados.

Primero fueron esos lienzos que cubrían todos los espejos de la casa, luego la desaparición de su guardarropa y ahora esto. No podía entender lo que ocurría, nadie le contestaba por mucho que les preguntara, la ignoraban por completo, pero lo peor fue que, cuando por fin decidió arrancar esos siniestros lienzos, los espejos ya no le devolvían su imagen.


jueves, 20 de noviembre de 2025

Cosas que pasan

 


Carlos tenía por delante todo un fin de semana para desconectar del trabajo sin interrupciones ni urgencias de ningún tipo. Desaparecería de la oficina el viernes por la tarde y no le volverían a ver el pelo hasta el lunes por la mañana. No llevaría con él el portátil ni el móvil de la empresa, como solía hacer. Así no le molestarían. Tenía planes y qué planes. Por fin Ingrid, superadas sus reticencias y prejuicios iniciales, había aceptado pasar con él los próximos dos días en un hotelito en la montaña. El entorno no podía ser más bucólico y romántico. Por lo tanto, no podía desperdiciar la ocasión. Sospechaba que ella le correspondía y ese encuentro amoroso debía servir para que afloraran del todo sus sentimientos y decidiera convertirse en su pareja. Ese fin de semana prometía ser de lo más fructífero. Conocedores de ese encuentro, sus compañeros sentían una envidia malsana, recordando sus buenos tiempos de adolescentes.

Una vez en el hotel, todo parecía salir a pedir de boca. La cena romántica que habían compartido, como preludio a lo que estaba por venir, no podía haber ido mejor. Sus miradas cómplices lo decían todo. Sus manos unidas sobre el mantel y esas sonrisas bobaliconas, con un bolero como fondo musical, eran el presagio de una historia de amor como las de antes.

Desde que se habían sentado a la mesa, Carlos e Ingrid, nerviosos, iban contando los minutos que faltaban para el momento crucial, ese que marcaría un antes y un después en sus vidas.

De camino a la habitación, se sentían tan excitados como si fueran unos adolescentes en su primera experiencia sexual. Él había bebido algo más de la cuenta pero esperaba estar a la altura. Ganas no le faltaban. Ella, también un poco achispada, pensaba que le esperaba una noche maravillosa que siempre recordaría. Ahora que él, por fin, se había decidido, tenía puestas muchas esperanzas en esta relación que acababan de iniciar. El sexo no lo es todo ─pensaba─ pero sí algo muy importante para comprobar su afinidad y complicidad como pareja. En ambos, a su manera y con sus propias fantasías, se iba inflamando el deseo hasta cotas tan elevadas que el trayecto desde el comedor hasta su reducto de amor se les hizo interminable.

Cuando, ya en la intimidad de la habitación y con la euforia propia del primer encuentro sexual, retozaban como posesos, la joven empezó a emitir unos gemidos que fueron aumentando de intensidad y frecuencia. Carlos, en la certeza de que ello era resultado de su destreza amatoria, aumentó la cadencia de sus embestidas hasta que un grito desgarrador salió de la boca de su pareja.

Carlos, asustado, se separó de un salto como si creyera que Ingrid estaba poseída. La joven empezó a retorcerse. Ésta, fuera de sí y creyéndole a él culpable del terrible dolor que sentía en sus entrañas, le propinó tal puñetazo en todo el tabique nasal que lo estampó contra la moqueta, provocándole la caída la fractura de varios huesos de la mano izquierda.

Ahora eran dos los que proferían gritos y gemidos lastimeros. Carlos, de rodillas, se sujetaba la mano lesionada como podía mientras intentaba en vano contener la sangre que manaba abundantemente de sus fosas nasales. Ingrid, por su parte, seguía retorciéndose, dando tumbos por la habitación y profiriendo insultos contra quien, hasta hacía bien poco, había sido su amado amante. Hasta que, cegada por el dolor, dio un desafortunado traspié, que la proyectó contra la cristalera que daba a la terraza, la cual atravesó limpiamente, quedando en ella tendida cuan larga era.

Al cabo de una media hora, dos ambulancias se llevaban a sendos accidentados al hospital más próximo.

El lunes por la mañana, Carlos aparecía por la oficina luciendo una férula en su mano izquierda y una vistosa escayola nasal, mientras Ingrid permanecía en el hospital, convaleciente de una apendicectomía y con una doble fractura de tibia y peroné.

A la pregunta de sus compañeros masculinos sobre cómo le había ido ese encuentro amoroso, Carlos les contestó, con voz nasal: «de puta madre, si hubierais visto cómo gemía y gritaba». Y a la siguiente pregunta sobre cómo se había roto la nariz y lesionado la mano, respondió: «qué queréis que os diga, tíos, pues una mala caída de la cama».

Lo que no entendieron sus colegas fue la explicación que les dio para no volver a salir con ella. «Cosas que pasan», fue todo lo que supo decirles.

 

viernes, 7 de noviembre de 2025

Ángela

Para no abandonar la estela de lo extraordinario, la propuesta de hoy camina por el terreno de lo paranormal. Debo decir, sin embargo, que este relato no es totalmente original, sino que es un “refrito” de tres relatos que publiqué allá por el año 2014, así que quizá a algún lector o lectora le resulte ligeramente familiar. En esta versión he intentado fundir y limar algunas descripciones demasiado prolijas, resultando de ello un relato más breve y conciso. Espero que os guste.


Nadie creía a Ángela cuando decía que su hija, de diez años, tenía poderes sobrenaturales. Primero se lo confesó al cura de la parroquia, luego al médico de la familia, finalmente a un parapsicólogo, y ahora ya lo sabía todo el vecindario. Nadie le hizo caso.

Cuando le preguntaban, no sabía describir en qué consistían tales poderes, sólo repetía que hacía “cosas raras” y que, cuando su hija hacía “esas cosas”, ella se encerraba en su dormitorio por miedo a que le hiciera algo malo. Temía a su hija y temía por su vida.

Ángela era una mujer solitaria, taciturna y algo excéntrica, así que los que la conocían acabaron tachándola de lunática y algunos, incluso, de demente.

Hasta que, tras varios días de inexplicable ausencia de madre e hija, la portera del inmueble, siempre ojo avizor, dio aviso a los municipales quienes, acompañados por un séquito de vecinos fisgones, entraron en su vivienda.

El caos reinaba por doquier, como si un huracán hubiera penetrado por las ventanas y restos de todo tipo de objetos se hallaban esparcidos por todos los rincones, pero ni rastro de sus vecinas. Nadie había oído nada, ni ruido de pelea ni gritos. Cuando ya se disponían a abandonar el lugar, uno de los integrantes de ese pelotón de reconocimiento vio que tras la puerta principal había una nota clavada, un nota manuscrita con un grafismo ininteligible para todos los allí presentes.

Una vez consultado un lingüista colaborador de la policía, este dictaminó que aquella nota parecía escrita en arameo, por lo que debían consultar a un experto en esa lengua.

Enterado de este hecho, se presentó en las dependencias de la Policía Local el cura párroco a quien Ángela había acudido tiempo atrás y que, siendo un buen conocedor de esa lengua semítica, se ofreció para traducir la nota hallada en casa de sus feligresas.

El texto, escrito, según el anciano sacerdote, en arameo antiguo temprano, entre los siglos X y VIII a.C., decía así: «No quisisteis creer y he tenido que llevármela para que veáis lo que puedo hacer. Sólo la devolveré si sois capaces de encontrarme entre vosotros. Buscad y hallaréis, ¿no es esto lo que dicen vuestras escrituras?»

¿Locura? ¿Una broma de mal gusto? Cuando se personó de nuevo la autoridad competente, ahora miembros de los Mossos d’Esquadra, para registrar el piso en busca de algún indicio que hubiera pasado por alto a los funcionarios municipales, hallaron, debajo de la cama de lo que debía ser el dormitorio principal, un papel garabateado con trazos precipitados y que, después de una lectura cuidadosa, acabaron descifrando. En esta ocasión, la nota hallada parecía decir: «Viene a por mí. Creo que esta vez lo conseguirá, derribará la puerta y se me llevará. Que Dios me proteja».

En el barrio, la historia corrió de boca en boca: «A la hija de Ángela, la peluquera, la había poseído el diablo y éste se ha llevado a madre e hija al infierno. Y por si fuera poco, el mismísimo demonio nos ha retado a desenmascararlo, pues dijo estar entre nosotros, sólo así las devolverá».

Como era de esperar, desde aquel momento, todos hicieron cábalas para adivinar quién, entre ellos, era el maligno. Hasta en el bar del barrio se organizó una porra.

 

Todo el mundo en el barrio daba por seguro que no volverían a ver a Ángela y a su hija. En ese barrio antaño tan animado y amigable todo eran miradas de soslayo llenas de temor y sospecha, nadie se fiaba de nadie pues es bien sabido que el maligno puede adoptar múltiples apariencias y adueñarse de cualquier cuerpo y alma.

En el supermercado, en la panadería e incluso en la farmacia, la gente hablaba entre susurros y sólo con perfectos conocidos pues quién sabe quién podría estar escuchando. Las caras desconocidas daban lugar a un mutismo total y las miradas aparentemente aviesas eran motivo más que suficiente para salir huyendo del lugar y volver rápidamente a la protección del hogar.

Al cabo de seis meses de la desaparición de sus vecinas en aquellas extrañas circunstancias, la situación se hizo insostenible. Por lo tanto, todo el mundo se puso de acuerdo en que debían identificar al maligno cuanto antes y, con ayuda del cura párroco, quien tenía conocimientos de exorcismo, expulsarlo hacia el averno. Luego, si era posible, ya buscarían a sus vecinas para traerlas de vuelta sanas y salvas. Si lo primero era una prioridad para todo el mundo, lo segundo ya no tanto pues tener de nuevo a Ángela y a la niña viviendo entre ellos siempre les recordaría aquel horrible suceso y a los propietarios de las fincas colindantes se les esfumaría la oportunidad de encontrar inquilinos que quisieran alquilar un piso en un barrio que había albergado al mismísimo diablo.

Con este propósito, pues, la asociación de vecinos hizo una lista de sospechosos, encabezada por Don Mariano. ¿Por qué Don Mariano? Pues porque desde aquel aciago día su carácter había sufrido un cambio notable. Si ya era una persona arisca e insociable, ahora con sólo dirigirle la palabra soltaba una retahíla de improperios y latinajos que dejaba a todo el mundo boquiabierto. Vale, no era arameo, pero el latín también era una lengua muerta que se hablaba en la antigüedad, ¿no?

Por si fuera poco, descubrieron que Don Mariano llevaba una vida nocturna que antes no se le conocía, con idas y venidas sospechosas. Claro que, ¿quién conocía lo que hacía aquel hombre en la intimidad siendo como era tan raro?

Cuanto más tiempo pasaba, más sospechaban de Don Mariano y especialmente el señor cura, quien nunca le vio con buenos ojos. ¿Cómo le iba a ver si nunca se había dignado pisar la iglesia? ¿Quién mejor como receptáculo del diablo que un ser impío como él y, según aseguraban algunos, ateo? Rojo y ateo, ¿qué más pruebas necesitaban? Y así, un nutrido grupo de vecinos, acaudillados por Don Saturnino, el aguerrido párroco exorcista, emprendieron una cruzada contra Don Mariano el apóstata. ¿Apóstata? ¿Qué significaba apóstata? Daba igual, sonaba bien, o mejor dicho, mal y con eso ya era suficiente para ir a por él.

El riesgo era altísimo pues el diablo se las sabe todas, no en vano se ha apoderado de los cuerpos y las almas de tantos buenos cristianos a lo largo de la historia. Pero para ello estaba Don Saturnino, un erudito, un sabio y, lo más importante, un representante de Dios en la tierra. Así, una tarde, en la capilla de la iglesia del barrio, se celebró una reunión secreta en la que el excelso párroco expuso a unos pocos selectos feligreses su plan salvador: Acorralarían al poseso con engaños, lo narcotizarían, para eso contaban con un farmacéutico en sus filas, y lo atarían de pies y manos, tras los cual aparecería en escena Don Saturnino para practicar el exorcismo.

Pero después de tanta preparación y esfuerzos, el plan falló estrepitosamente pues, con los nervios, el buen párroco olvidó bendecir el agua con la que mojó y remojó al preso para expulsar inútilmente al maligno y sin producir el menor efecto purificador. El único efecto de todo aquel desatino no pudo ser más adverso. Don Mariano o quien fuera que lo habitaba, presa del pánico primero y de la ira más incontenible a continuación, aprovechando la parálisis colectiva provocada por el inesperado y obsceno exabrupto del cura al percatarse del fallo cometido ─me cago en su p… madre, vino a decir─, se liberó de sus ataduras y corrió a refugiarse en la sacristía. Cuando, restablecidos del pasmo, corrieron todos hasta la minúscula dependencia que se abría tras el altar, la puerta estaba atrancada de tal modo que ni el más hercúleo de los vecinos pudieron echarla abajo. Eso era, sin duda, obra de Satanás y prueba fehaciente de que, en la forma humana de Don Mariano, le tenían encerrado en la sacristía de esa iglesia que, desde entonces, sería la más famosa, no ya de la ciudad sino del país y hasta del mundo entero.

Aquella noche, varios feligreses montaron guardia frente a la iglesia, mientras que Don Saturnino durmió, por precaución, en casa de su hermana soltera, a la espera que la Archidiócesis enviara refuerzos e instrucciones. Desde entonces, en el bar de la esquina se ha montado una nueva porra para apostar sobre cuántos días tardarían las autoridades religiosas en domeñar al maligno. Hubo quien sugirió adivinar, además, el nombre del demonio responsable de aquel entuerto, pero eso ya era para nivel de erudito y nadie secundó la moción.

De momento, ha pasado una semana sin tener noticias del arzobispo, de Don Saturnino, que desapareció al día siguiente de casa de su hermana sin dejar rastro, ni, por supuesto, de Don Mariano. Tras la puerta de la sacristía, custodiada por un pelotón de valientes vecinos, reina el silencio más absoluto. ¿Habrá todavía alguien o algo dentro?

 

Todo apuntaba a que Don Saturnino se había dado a la fuga sin mediar explicación alguna, Don Mariano, y lo que fuera que se había apoderado de él, seguía, supuestamente, encerrado en la sacristía, el excelentísimo señor arzobispo, seguía sin soltar prenda, y Ángela y su hija seguían seguramente todavía en poder del maligno.

Como la situación no se podía eternizar, en una asamblea extraordinaria convocada con urgencia en ese bar del barrio que se había convertido, de la noche a la mañana, en el cuartel general de la resistencia contra el mal, se decidió, por unanimidad, contratar los servicios de alguien mucho más experimentado que ellos en estas lides de localizar y ahuyentar poderes del más allá.

Tras muchas discusiones, se llegó, por fin, a un consenso: se solicitaría la ayuda del prestigioso director y presentador de un famoso programa de televisión sobre temas paranormales y, paralelamente, se contrataría a un equipo de caza-fantasmas. Todo ello costaría un dineral, pero, por el bien de todos, valía la pena intentarlo.

Enterado de este plan el señor arzobispo, dio, por primera vez, señales de vida alzando la voz contra lo que, a su entender, podía ser una profanación de un templo, al dejar en manos de personal no eclesiástico ese menester. Además, alegó, temía que un tema de esa magnitud se convirtiera en un circo, un espectáculo que atrajera a una multitud de curiosos, reporteros y cámaras de televisión, todos ansiosos por conocer y ver en directo el desarrollo de los acontecimientos. La noticia podría, incluso, llegar a los medios de comunicación internacionales, algo que no deseaba de ningún modo. No quería ni imaginar qué diría la Santa Sede de todo ello. Pero falto de una idea mejor y de exorcistas locales experimentados y de confianza, accedió muy a su pesar, pidiendo, eso sí, el máximo cuidado y respeto por el continente y el contenido de la casa del Señor, es decir de la vieja y lúgubre parroquia del barrio.

Pero, cuando el presidente de la asociación de vecinos, revestido de poderes para liderar el movimiento vecinal, aclaró, al grupo de expertos venidos de Madrid, que no se trataba de grabar psicofonías o apariciones, ni siquiera de atrapar a unos espíritus burlones sino de ahuyentar al mismísimo diablo, o diablos, porque no se sabía muy bien de cuántos se trataba, y liberar a su rehén o rehenes, porque tampoco se sabía cuántos eran, todos los llamados a protagonizar el evento más famoso de la historia de las ciencias ocultas declinaron participar en la refriega. Uno porque alegó que lo suyo eran los fenómenos paranormales, no demoníacos, y los otros porque, evidentemente, el objeto de su caza no era precisamente fantasmas, su especialidad.

Así pues, después de tanta planificación y recaudación de fondos para aquel excelso y arriesgado propósito, los vecinos tuvieron que pensar en un plan B.

Quien llevara a cabo tamaña hazaña tenía que ser, como había dicho el señor arzobispo, un eclesiástico, un religioso, un hombre de fe, porque las mujeres quedaban descartadas, por supuesto. Y pensando, pensando, apareció el infeliz que sería llamado a la diestra de Dios Padre, porque lo más probable es que no saliera de ésta. ¿Quién era el elegido? «¡El padre Armando! ─gritó Don Gustavo, el farmacéutico─, ¡cómo no se me había ocurrido!». «¿El padre Armando? ─gritaron los demás contertulios reunidos alrededor de una mesa del bar─, ¿y quién es ese?»

El padre Armando era un viejo cura escolapio que había sido profesor de religión en los años sesenta en el colegio de la Ronda de San Antonio, al que el farmacéutico había ido de chaval. Ahora vivía sus últimos días de vejez en una residencia para sacerdotes a la que Don Gustavo solía ir a visitarle regularmente. El carácter amable y zalamero de ese cura siempre le había agradado y aquél, por su parte, sentía por aquel niño tan espabilado y estudioso un cariño especial, sentimiento que aun hoy en día conservaba, así que cualquier cosa que Don Gustavo le pidiera, seguro que se lo concedía, y más tratándose de algo así. Sería la última buena y ejemplar acción de su vida.

«El padre Armando, además de un santo varón, es un valiente, no como Don Mariano, que por mucha cultura que tenga ha demostrado ser un gallina ─enfatizó Don Gustavo─. Se lo pediré y seguro que no rechaza la oportunidad de ser el artífice de este acto tan heroico. Mañana mismo iré a verle y ya lo veréis ─concluyó, dando un puñetazo sobre la mesa, haciendo tambalear los vasos y tazas en ella dispuestos.

A los pocos días, un anciano enjuto, vestido con sotana, con una boina calada hasta las orejas y apoyado en un bastón tan viejo como él, escrutaba, con suma atención, la fachada de la vieja iglesia, como si quisiera ver algo invisible a los ojos de los demás, y hablaba, gesticulando en exceso, a un atribulado Don Gustavo, que asentía con gravedad y cara de circunstancias.

Debía esperar a la noche ─le dijo─, momento propicio para contactar con los malos espíritus y las fuerzas del mal, y debía hacerlo solo, sin contar con ningún acólito que pudiera interferir y, sobre todo, salir mal parado en el violento enfrenamiento que, sin duda, tendría lugar tras esas gruesas paredes.

«Volved mañana por la mañana y veremos, o veréis, si he tenido éxito. Ahora déjame a solas que tengo que prepararme concienzudamente» ─fueron las últimas palabras que el anciano dirigió al farmacéutico antes de que éste se apresurara a poner en antecedentes a sus convecinos.

A la mañana siguiente, a primera hora, una multitud se congregó ante el solar que ocupaba la iglesia, sin poder dar crédito a lo que veían. Donde hasta ayer estaba la parroquia del barrio, no había más que un gran cráter humeante, cual volcán latente cuyas fumarolas indican una erupción recientemente extinguida.

No hace falta decir el revuelo y la estupefacción que este hecho insólito y único en la historia de la humanidad causó en el vecindario y en la opinión pública. Tal como el arzobispo predijo, aunque por motivos bien distintos, todos los medios de comunicación, nacionales e internacionales, se hicieron eco de lo que se acabó calificando como un milagro por unos y por un acto demoniaco sin parangón por otros. En lo que sí coincidieron todos fue en que, fuera quien fuera el brazo ejecutor de aquel prodigio y fuera donde fuera que había enviado a aquellas pobres almas (que Dios las tenga en su Gloria), el caso quedaba zanjado y ya podrían respirar tranquilos para siempre, pues en aquel barrio, por lo menos, no volvería a ocurrir semejante atrocidad.

 

Ahora duérmete, Pedrito, que ya es muy tarde. Pero ¿por qué me miras con esa cara? ¿Acaso no te ha gustado esta historia?

Es que…no sé abuela, yo quería un cuento como los que me cuenta mamá. Esto que me has contado es muy raro y no he entendido muchas cosas. Además, me ha dado miedo y ahora no podré dormir. ¿Y dices que es una historia que pasó de verdad, lo del demonio y todo eso? ¿No me engañas?

No hijo, no. Pero no tengas miedo y duerme tranquilo, que no pasará nada, yo me quedaré a tu lado hasta que vuelva tu madre. Y también está Ursus.

Ángela apaga la luz de la mesilla de noche, se sienta en un rincón de la habitación, bajo la atenta mirada del perro guardián, y cierra los ojos aun sabiendo que no descansará. Quizá no debería haberle contado esa historia al niño, pues es muy pequeño y todavía no está preparado para asimilarlo. Cuando sea mayor, ya se lo contarán todo. Al fin y al cabo, tiene todo el derecho a saber quién es su padre.

En la oscuridad de la habitación, los ojos de Ursus se iluminan con ese brillo rojizo que siempre despiden cuando está al acecho, mientras Ángela rememora aquel aciago día en que, siendo peluquera, sucumbió a esa fuerza brutal e irresistible que se apoderó, primero de su hija y luego de ella. Aunque, después de tantos años, ya se han acostumbrado, o debería decirse resignado. Madre e hija siguen preguntándose qué será de ellas.

 

domingo, 2 de noviembre de 2025

Andrea (al fin libres)

 


Me sabe mal disgustar de este modo a mi familia, pero cada uno es como es, qué le vamos a hacer, o es que, por ser familia tenemos que seguir los pasos de nuestros predecesores y antepasados. Pues no, cada uno debe trazarse su propio camino en esta vida.

Agradezco a mis padres que, aun siendo como soy, me hayan tratado con una cierta benevolencia. A diferencia de mis hermanos, yo he podido ir a la escuela y al instituto, y ahora, si quisiera, podría ir a la Universidad. Pero una cosa es el agradecimiento y el cariño que siento por ellos y otra muy distinta es seguir sus pasos, sus dictados, hacer lo que ellos quieren que haga y ser lo que ellos quieren que sea.

Soy un ser libre y siempre lo seré y no me importa lo que digan los demás de mí. Bueno, un poco sí que me importa, pero cada vez menos pues ya soy lo suficientemente mayorcito como para saber lo que más me conviene. Nunca, hasta ahora, había tenido las ideas tan claras.

Gracias a mi esfuerzo personal, me he librado de los complejos y ya no me importa tanto como antes el hecho de ser diferente. Cuando mis parientes y amigos más íntimos me miraban de esa forma tan peculiar, desdeñosa, me sentía fatal. Ser distinto me resultaba insoportable, casi doloroso. Pero eso ha cambiado radicalmente, y desde que conocí a Andrea, todavía me siento con más fuerzas para superar el menosprecio al que me someten, pues somos almas gemelas y con ella me siento normal por primera vez en mi vida.

Mi familia no acepta a Andrea, como era de esperar, y no porque sea mayor que yo, sino por el mismo motivo que recelan de mí, pero lo que más me duele no es el trato que le dispensan, sino cómo la miran, que si no fuera porque sé que aún me quieren, casi temería por ella, que le pudieran hacer algún daño para apartarla definitivamente de mí. Pero no se atreverán a mover un dedo contra ella, al menos estando yo delante para protegerla. Pero si realmente me quieren, tienen que acabar aceptándome como soy y, si me aceptan a mí, tienen que aceptarla a ella. Pero no todo es así de simple.

Dentro de dos semanas cumpliré la mayoría de edad y podré liberarme definitivamente de estas ataduras. Lo tengo decidido, me marcharé y no volverán a saber de mí, por mucho que me duela y me consideren un mal hijo, un traidor a la familia y a las tradiciones. Para ser feliz sólo la necesito a ella. Con lo que me ha costado ser aceptado por una chica así, no la voy a dejar escapar. Es el sueño de mi vida. Es lo mejor que me ha podido pasar, conocer a la única persona que, sabiendo la condición de mi familia, me quiere sin tapujos e iría conmigo hasta el fin del mundo. El amor que nos profesamos, que parecía imposible al principio, se ha convertido en algo sólido e incombustible y estamos dispuestos a luchar por él.

Andrea siempre se ha querido marchar de este país tan frío, huir de sus atávicas costumbres y su cerrada cultura. Pues ahora ha llegado el momento. Está decidido. Iremos al sur. Nos escaparemos juntos y no nos encontrarán.

Como ella vive sola, no le resultará complicado. Para mí, en cambio, no será tan sencillo escapar. Aun así, ya lo tengo todo planeado. Sólo debo esperar a que estén todos dormidos.

En principio debería ser de día, pero no es del todo seguro, pues este caserón tiene ojos en todas partes, no en balde somos familia numerosa, siempre hay alguien dormitando en algún rincón. De noche imposible, claro, aunque no andan mucho por casa. Lo mejor será esperar al amanecer, cuando estén de vuelta y se hayan retirado a dormir.

Espero que sus ataúdes estén lo suficientemente bien insonorizados y no me oigan marchar.

En cuanto tenga suficiente dinero, iré a una clínica dental para que me extirpen los implantes caninos que mis padres me han obligado a llevar. Y encima pretendían que le hincara el diente a la pobre Andrea.

Pronto seremos libres.