jueves, 26 de marzo de 2026

Las pesadillas de Enrique

Este relato formaba parte de una trilogía de cuentos de terror que publiqué en el 2020. Espero que a nadie le resulte incómoda su lectura ni que le afecte a su sensibilidad




Enrique empezaba a estar realmente preocupado. Sus pesadillas eran cada vez más frecuentes, terribles, tremendamente reales y últimamente muy repetitivas. Soñaba que era un zombi, un muerto viviente, uno de esos seres horribles y asquerosos de las películas de terror que tanto le gustaban. Debía ser, sin lugar a dudas, por culpa de la serie de televisión The Walking Dead que veía, desde hacía meses, sin haberse perdido ni un solo capítulo. Pero lo peor de todo era que las sensaciones que experimentaba en sueños se estaban trasladando a la vida real.

Desde que tenía esas pesadillas, sus gustos habían sufrido un cambio más que notable: le apetecía comer carne cruda, cuando hasta hacía muy poco solo le gustaba muy hecha, y los olores que antes le resultaban nauseabundos ahora, en cambio, le atraían como si de un perfume de alta cosmética se tratara. Su voz se tornó extraña, sus cuerdas vocales emitieran un sonido de ultratumba.

En estas circunstancias, decidió someterse a una revisión médica y quién mejor que Genaro, su buen amigo y endocrinólogo, para hacérsela, ya que no se atrevía a confesarle a un extraño estas anomalías, pues podría tacharlo, en el mejor de los casos, de lunático.

Una vez en la sala de espera de la consulta de su amigo, mientras fingía leer una revista, tuvo que reprimir unos deseos brutales de abalanzarse sobre una mujer entrada en carnes, que no cesaba de observarlo de reojo. ¿Intuiría sus inclinaciones antinaturales? Pero Enrique pudo finalmente contenerse y se comportó con total naturalidad.

No sabría decir en qué momento perdió el conocimiento. Solo recuerda que alguien golpeaba la puerta del despacho de Genaro y que varias personas, al otro lado, gritaban a voz en cuello: doctor, doctor, ¿se encuentra bien? ¿Va todo bien ahí dentro?

Cuando Enrique abandonó la consulta, había dejado tras de sí un largo reguero de sangre y unos cuantos cuerpos mutilados.

Aquella noche fue la primera en varias semanas que Enrique no tuvo ninguna pesadilla. 


domingo, 22 de marzo de 2026

La sombra

Siguiendo con la tónica del relato anterior, he rescatado este del baúl de los recuerdos. Tiene 6 años de antigüedad, pero creo que sigue siendo vigente, como todos los cuentos de miedo infantiles. Convenientemente desempolvado y ligeramente retocado ha quedado así:


Se proyectaba con tal nitidez que daba escalofríos. Una forma humana en movimiento. Cada noche, a la misma hora. Aterrorizado, me arrebujaba bajo la sábana para no verla ni que ella me viera a mí. No me atrevía a contárselo a mis padres. Siempre me decían que tenía que ser valiente y que si veía algo que me asustaba, debía hacerle frente, plantarle cara, y vería cómo desaparecía.

Así pues, a la noche siguiente, salté de la cama dispuesto a descubrir el origen y significado de aquella silueta fantasmagórica que, desplazándose por la pared de mi habitación, me resultaba tan aterradora. Me flaqueaban las piernas, pero tenía que hacerlo.

Antes lo hubiera hecho. La imagen que tanto me perturbaba no era más que una sombra, la que proyectaba un individuo desde el otro lado del patio de vecinos. Nuestras galerías daban una enfrente de la otra. El hombre —mis padres me habían hablado de él—, era un sastre que tenía el taller en su casa. Al parecer, pues, hacía horas extra aprovechando la tranquilidad nocturna. Una potente luz proyectaba su sombra justamente hacia la pared de mi cuarto, aprovechando que nada interceptaba el rayo luminoso en una calurosa noche de verano de ventanas y puertas abiertas de par en par. La distancia que nos separaba amplificaba y distorsionaba los movimientos del sastre, que adquirían una forma aterradora.

Al día siguiente, aliviado por tal descubrimiento, se lo conté a mis padres. Quise demostrarles que había sido valiente. Pero, de pronto, palidecí al oír su respuesta.

—¿El hombre de ahí delante? ¿El sastre? Pero si está muerto y bien muerto, el pobre. Hace días que lo encontraron tendido en el suelo de su taller sin vida, ¡Tú y tus tonterías!

Ahora está conmigo. No el sastre, sino su verdugo. Hacía tiempo que rondaba por el barrio. Una vez cumplido su trabajo con ese pobre hombre, nuestro piso era su próximo destino, pues había observado mi interés por aquella sombra, que fue la que le dejó entrar en casa. Me ha dicho que ahora es el turno de mis padres. Creo que no les diré nada, no sea que me tomen por loco.

 

jueves, 19 de marzo de 2026

Debajo de la cama

 

Con este relato, he querido recuperar el género de terror (uno de mis favoritos), si es que puede catalogarse así esta historia para niños y mayores. Espero que os guste.



Siempre me han gustado las historias de terror. Mi abuela materna me contaba cuentos y leyendas sobre brujas y fantasmas. Aunque disfrutaba escuchándola, por la noche no podía conciliar el sueño y cuando lo lograba solía tener pesadillas terribles. La más frecuente consistía en que un ente demoníaco, agazapado bajo mi cama, me agarraba con una fuerza colosal y me arrastraba hacia lo más profundo del averno. Cuando despertaba, aterrorizado, todavía notaba, en brazos y piernas, la presión de sus garras.

Desde entonces, aun sabiendo lo ridículo que era, no podía acostarme sin haber mirado antes debajo de la cama para comprobar que no había nada ni nadie. Aun así, esa pesadilla continuaba atormentándome cada noche.

Cuando, avergonzado, se lo conté a mi abuela, me dijo que rezara diez padrenuestros y dos avemarías antes de acostarme, y que me encomendara a mi ángel de la guarda para que me protegiera. Así no me pasaría nada malo..

Pero a pesar de eso, el monstruo seguía visitándome cada noche, momento en el que me despertaba empapado de un sudor frío y con el corazón galopando como un potro desbocado. Abría la luz, miraba bajo la cama y, lógicamente, no había nada de nada. Pero la sensación de una presencia extraña no desaparecía. Decidí, entonces, dormir con la luz abierta. Cuando creía que mis padres estaban dormidos, encendía la lamparilla de la mesilla de noche y así conseguía relajarme y me quedaba dormido.

Al principio funcionó. Lo que fuera que intentaba capturarme desde debajo de mi cama, dejó de manifestarse en sueños. Así pues, lo que había logrado hacerle huir no fueron los rezos sino la luz, concluí.

Pero una noche, estando adormilado, noté de nuevo cómo una fuerza invisible me atraía enérgicamente. Abrí los ojos, sobresaltado. No veía nada, pero mi cuerpo era arrastrado fuera de la cama por mucho que me resistía agarrándome al colchón, al somier y a todo lo que podía con todas mis fuerzas. Entonces grité como nunca hubiera imaginado que sería capaz y, al momento, esa fuerza invisible se detuvo. Mis padres, asustados, acudieron rápidamente a mi habitación, para ver qué ocurría. No tuve más remedio que contarles lo que me había estado pasando.

Mi madre intentó, afectuosamente, convencerme de que todo había sido fruto de mi desmesurada imaginación y culpó de ello a mi abuela por llenarme la cabeza de bobadas y a las películas de terror que tanto me gustaban. Mi padre, en cambio, se burló de mí diciendo que ya era muy mayor para todas esas tonterías. Y como yo no dejaba de lloriquear y temblar de miedo, se enfadó todavía más y añadió que tenía que comportarme como un hombre y no como una niña, que a él nunca le había ocurrido algo igual en su vida porque, simplemente, no creía en fantasías de críos ni supercherías de viejas.

—La próxima vez que veas a ese demonio o lo que sea que tanto te asusta, le dices que venga a mi cama, que sabrá lo que es bueno —dijo en plan de mofa mi padre, dando así zanjado el asunto, ante la cara de circunstancias de mi madre.

Lejos de haberlas expulsado, mis pesadillas nocturnas continuaron diariamente, incluso con la luz encendida, Hasta que un día, al acostarme, después de rezar mis oraciones, haciendo un esfuerzo extraordinario, me dirigí al ente que me tenía aterrorizado.

—Conmigo eres muy valiente porque solo soy un niño, pero seguro que a mi padre no te atreverías hacerle lo que a mí. La próxima vez, ve a su cama y verás —le dije en voz baja pero firme, esperando que el desafío funcionara.

Aquella noche fue la primera de muchas que el demonio de mis pesadillas me dejó tranquilo. Dormí de un tirón.

Por la mañana, a pesar de ser un día festivo, me desperté muy temprano y salté de la cama contento por haber pasado, por primera vez, una noche en paz. Con la urgencia de decírselo a mis padres, aunque pudieran regañarme por despertarles antes de la hora en que solían levantarse, corrí hacia su habitación.

Cuando abrí la puerta, hallé a mi madre llorando, acurrucada contra el cabezal de la cama, con la manta hasta la barbilla, como si quisiera ocultarse o protegerse de algo. Al verme, me miró aterrada, con los ojos como platos y temblando. El lugar que ocupa mi padre en la cama de matrimonio estaba vacío y las sábanas revueltas como si se hubiera librado una batalla.

—¿Y papá? —pregunté, temiendo la respuesta.

—No lo sé, hijo. Algo… algo se lo ha llevado. Esta madrugada… le he oído gritar y agitarse violentamente. Cuando he abierto la luz solo he podido ver cómo desaparecía debajo de la cama.

 

martes, 3 de marzo de 2026

Elena mon amour

 


Todo empezó cuando apareció Elena.

Desde la barra del bar, me observaba provocativamente. Yo, todo un conquistador, me sentí azorado. Nunca había contemplado una belleza tan singular.   

Fue ella quien tomó la iniciativa.

—Hola, me llamo Elena, ¿y tú?

—Yo Gustavo —contesté sin poder evadir el poder de su mirada.  

El flechazo fue mutuo. Al cabo de unas semanas ya vivíamos juntos.

Al principio todo iba de maravilla. Hasta que un día le comenté mi interés por lo paranormal. Como respuesta, Elena fue más allá, afirmando que creía en la existencia del mal, en sus distintas facetas.

Desde ese instante, mostró un gran interés por mis creencias, queriendo saber lo que yo opinaba sobre las posesiones diabólicas. A diferencia de mí, no sentía temor alguno, llegando a proponerme asistir a un exorcismo. Por supuesto me negué, cosa que pareció contrariarla.

A partir de entonces, toda mi atracción por ella se trastocó en recelo al ver cómo me escrutaba mientras hablaba de las posesiones infernales, de lo que puede llegar a hacer el diablo en el cuerpo del poseso. Su carácter mudó. Cuando hacíamos el amor parecía que estaba poseída y, después se tumbaba y me miraba con un rictus casi demoníaco.

Soñaba que ella adoptaba figuras extrañas, arrastrándome hacia una gran hoguera. Hoy, al despertarme, no estaba a mi lado.

De pronto, me he sentido extraño. Al ir al baño, me he observado en el espejo y me ha horrorizado mi semblante. Tengo los rasgos y la voz de Elena.





martes, 17 de febrero de 2026

Mi amigo Leo


Hace unos tres mess, deambulando por un mercadillo de antigüedades, vi un reloj que me llamó mucho la atención. A pesar de tener un aspecto clásico antiguo, aunque de antiguo no tenía mucho, según me confesó el propietario del puesto ─este ejemplar tendrá unos treinta años, más o menos─, me resultó tremendamente atractivo. Parecía un objeto más propio de un vejestorio ricachón que de un friki como yo. Aun así, decidí comprarlo. Cuando el vendedor me dijo el precio, casi me caigo de espaldas.

─Es que es un reloj muy especial, su mecanismo es extraordinario. No encontrará muchos como este. Lo adquirí en una subasta, tras ser vaciado un piso por defunción de su propietario sin haber dejado herederos.

La premura para adquirir aquella joya, como la calificó aquel hombre, no me permitió percatarme de que ese artilugio tan especial no funcionaba. No se le podía dar cuerda, pues no tenía ninguna llave o elemento para hacerlo, como en los relojes convencionales. Consulté en internet y cuando introduje su marca y modelo, volví a sorprenderme. ¿Sabía aquel viejo vendedor el valor que ese reloj tenía en el mercado de segunda mano? A mí me lo vendió por la friolera de quinientos euros. En una web de internet dedicada a relojes antiguos encontré uno idéntico, al menos en apariencia, que se vendía por veinte mil euros. ¡De segunda mano! ¿Cuánto debía valer nuevo? No pude averiguarlo, pues ese modelo ya no se fabricaba. Pero fuera el que fuera su valor, ya que había invertido en él una buena suma de dinero, tenía que hacerlo funcionar. Encontrar un taller de reparación para este reloj en concreto me costó Dios y ayuda, pues todos los que hallé rechazaron tal encargo; conocían ese tipo de aparato, pero no tenían ninguna experiencia con él, hasta que uno de los contactos aceptó repararlo, añadiendo que era el único en España que tenía un artesano entre su personal que conocía, como la palma de su mano, el complejo mecanismo de esa maravilla de reloj.

Cuando me presenté en la tienda, en un callejón del casco antiguo de Barcelona, me pareció haber retrocedido en el tiempo más de un siglo. Parecía que estuviera en un comercio de enseres extraños, un bazar de objetos mágicos procedentes de la cueva de Alí Babá. Su estrechez era tanta que un sujeto, que dijo ser el dueño del establecimiento, me atendió de pie detrás de un mostrador barroco que había sufrido los ataques de la carcoma, sin tener apenas espacio para movernos. El hombre, de edad indefinida, enjuto y con numerosas arrugas en cara y cuello (las únicas partes de su cuerpo a la vista) daba la impresión de haber resucitado tras muchos años de descanso en el Campo Santo. Pero tras las presentaciones de rigor y haberle mostrado el reloj y recordándole mi deseo de repararlo, cambió su actitud huraña y distante, convirtiéndose en un amable y halagador comerciante que solo desea complacer al cliente. Ante la visión del reloj, esbozó una sonrisa lobuna y los ojos se le agrandaron tanto que parecía que iban a salirse de sus órbitas.

─¿Sabe usted lo que vale este reloj? ─inquirió, y antes de responderle, añadió─ Tiene en sus manos una joya de la ingeniería. Le adelanto que le saldrá cara la reparación, pero valdrá la pena gastarse un buen dinero para que este aparato, único en su especie, funcione a la maravilla. Nuestro maestro artesano lo reparará, pero le advierto que necesitará por lo menos uno o dos meses para ello, pues su mecanismo es sumamente complejo y delicado y hay que tratarlo con mucha destreza.

Y así fue, pues al cabo de dos meses recibí su llamada para que pasara a recogerlo.

─Ha quedado como nuevo ─me dijo por teléfono con una indisimulada satisfacción─, salvo unos pequeños arañazos en su cubierta que ya tenía, seguramente debidos a un traslado poco aplicado en alguna que otra ocasión. Lo hemos tenido dos semanas en observación y funciona perfectamente.

Una vez de nuevo en la tienda, fui atendido en esta ocasión por el maestro artesano en persona, quien apareció de la trastienda portando un bulto con tanto cuidado como si llevara un recién nacido en brazos. Lo desenvolvió y lo depositó con gran cautela sobre el mostrador y me indicó cómo debía proceder durante su traslado, el modo de bloquearlo y desbloquearlo una vez en casa y el ajuste de su horizontalidad mediante un nivel de burbuja como el empleado en albañilería. Me advirtió de que cualquier golpe, por pequeño que fuera, sacudida o incluso temblor del mueble sobre el que lo situara, podría deteriorar su funcionamiento y deberían volver a repararlo. Ante tantos consejos, me sentí atribulado y anticipaba mi culpabilidad con solo pensar en una posible falta de cuidado por mi parte que pudiera afectar el buen funcionamiento de mi reloj, siendo como era un objeto sumamente delicado.

Pero si todo ello me resultó apabullante, lo que me dijo a continuación, antes de empaquetarlo de nuevo, me sorprendió hasta el punto de poner en duda la veracidad de aquellas palabras.

─¿Sabe quién inventó el mecanismo de este reloj? ¿No?, pues el mismísimo Leonardo da Vinci, sí señor, no me mire con esa cara. No sé si mi socio le habrá informado de cómo funciona.

Y ante mi mutismo, continuó con su explicación.

─Pues este maravilloso reloj funciona gracias a la energía producida por los cambios de temperatura y de presión atmosférica ambiental, de ahí que no necesite que le den cuerda y que pueda funcionar durante años sin la intervención de la mano del hombre. Todo está en esa cápsula que usted ve aquí ─que señaló con su largo y huesudo dedo índice─, herméticamente sellada, que contiene una mezcla de gas y líquido de cloroetano que se dilata en una cámara de expansión cuando la temperatura sube, comprimiendo…

Llegado a este punto ya no atendía las explicaciones de aquel buen hombre, solo pensaba en el hecho de haber dado con aquel extraño reloj por casualidad ─o quizá por una causalidad que desconocía, pues a mí los relojes antiguos no me resultaban especialmente atractivos y en cambio ese me había seducido desde que lo vi─ y que desde ese preciso instante debería cuidar de él como de un ave exótica o una planta tropical muy delicada de conservar fuera de su hábitat.

Antes de llegar a casa ya sabía dónde iba a depositar el reloj de marras: sobre un estante fijado lateralmente a dos pequeñas columnas del salón comedor. Hice todo lo que me había indicado el viejo artesano y grande fue mi satisfacción al comprobar que había logrado que funcionara tras las manipulaciones de desbloqueo del sistema y ajuste horario. El resto del día lo pasé contemplándolo cada cinco minutos, asegurándome de que no adelantara o atrasara ni un ápice, como así fue.

Pero tras mi tranquilidad inicial, experimenté un sobresalto, rayando el miedo, cuando, por la noche, me despertó una voz grave y profunda, que parecía proceder de ultratumba.

─Gracias por haber adquirido ese reloj, amigo, no te arrepentirás ─tras lo cual me incorporé en la cama como si un resorte me hubiera empujado violentamente─. Tras unos segundos de circunspección, me atreví ─aun pensando que era del todo absurdo─ a hablar.

─¿Quién anda ahí?

Y la voz volvió a oírse, esta vez con mayor claridad.

─Bueno, eso de andar es un decir, porque hace más de quinientos años que no ando, físicamente hablando, porque vagar sí que vago, je, je.

Encima, quien fuera el que hablaba, tenía sentido del humor. Entonces me apresuré a abrir la luz y lo que vi me alarmó todavía más. ¿Quién era ese personaje que tenía frente a mí, observándome sonriente y complacido, según dijo, de poder hablar conmigo?

─¿Acaso no me reconoces? ¿En el bachillerato no os enseñaron historia del arte? ¿No adivinas quién soy? Esta mañana te han hablado de mí y del reloj que diseñé, que ha dado lugar al que has comprado.

Aturdido como estaba, no podía articular palabra, pensando que todo era un sueño o una alucinación. La Dormidina que me había tomado para conciliar el sueño y evitar esos molestos despertares prematuros que tanto me acucian nunca me había provocado ningún efecto adverso y mucho menos de ese calibre. Aun así, decidí arriesgarme, sintiéndome un poco ridículo.

─¿No serás Leo…Leonardo da… da Vinci?

─¡Bingo! ¿No es así cómo lo expresáis en esta época?, ja, ja, ja.

Ya un poco recuperado del susto inicial, salté de la cama y me acerqué a él con la intención de tocarle, como hiciera Santo Tomás ante la aparición de Jesús, para ver si era de carne y hueso. Y no lo era, como cabía suponer, pues mi mano atravesó limpiamente su cuerpo inmaterial. Él estalló en otra carcajada, todavía más sonora.

─Oye, no quisiera importunarte y mucho menos asustarte, pero he venido para pedirte un favor.

─¿Un favor? ¿A mí? ─le pregunté, extrañado.

─Pues sí. Verás, es que llevo cinco siglos aburriéndome como una ostra y ya tengo muy vistos a mis congéneres, sobre todo a esos pesados que se creen unos dioses y los mejores artistas de la historia, como el ególatra de Miguel Ángel y el insoportable de Rafael. Bueno, el caso es que había pensado si podría tomarme unas vacaciones y vivir contigo, por lo menos una temporadita, junto a “mi reloj”, porque en realidad es mío, por lo menos la idea, que luego me copiaron de la forma más fraudulenta y que ahora se atribuye a un suizo ignorante que lo único que supo hacer fue fabricarlo y darle un aspecto más “moderno” que el que yo le di en pleno Renacimiento, debo aceptarlo.

─Bueno ─contesté con sumo tacto, para no ofenderlo─, pero ese suizo al que se refiere lo hizo muy bien, ¿no es sí? ─Por toda respuesta solo percibí un gruñido de desaprobación, seguido de un silencio total. Y el tal da Vinci desapareció.

Pensé que ello significaba que me había librado de él, pero me equivoqué. Ahora lo tengo rondando por toda la casa, día y noche, con la excusa de controlar de cerca su invento y vigilar si lo trato bien. De momento todo va sobre ruedas, pero no puedo evitar sentirme incómodo teniendo como inquilino a un genio como él. Pero al final nos hemos hecho amigos y hasta deja que le llame Leo. Si al menos se lo pudiera contar a alguien…

 


 

lunes, 9 de febrero de 2026

Hogar dulce hogar

 


Tuvo que volver a pesar de haber jurado que no lo haría. Cuando se fue, dando un tremendo portazo, renegó de aquella casa en la que tantas agrias discusiones e incomprensiones había tenido que soportar por culpa de su adicción.

Tras un año de ausencia, ya con diecinueve años, reconocía su error. Ahora debía dar marcha atrás y volver al hogar del que nunca debió partir. La tremenda nostalgia que sentía por lo que había perdido era más insoportable que tener que tragarse su orgullo. Volvería para recuperar lo más preciado. A veces, hay que sobrellevar ciertas dificultades en aras del bienestar y la estabilidad emocional. Ya vería el modo de evitar nuevos enfrentamientos y ocultar sus verdaderas intenciones.

Entraría sin darles tiempo a reaccionar, subiría a su habitación y por fin podría volver a disfrutar de sus videojuegos favoritos.


lunes, 26 de enero de 2026

El mar


 

Mediterráneo, la canción de Joan Manuel Serrat, siempre me ha emocionado; cada vez que la escucho, me siento totalmente identificado. Y no solo por haber nacido a orillas de este mar, ahora tan maltratado por el ser humano que lo contamina, sino también porque siempre he querido vivir y morir a orillas del mar que me ha visto crecer y que me ha inspirado tantas historias.

Tal ha sido mi apego al mar, que ya de adolescente soñaba con comprarme una casa en la Costa Brava, algo que me parecía un sueño imposible, una quimera, un lujo inalcanzable. Pero, tras muchos años de trabajo intenso y de ahorro, y gracias a mi envidiable carrera literaria, pude ver por fin satisfecho aquel sueño juvenil.

Así pues, tengo una casa rodeada de un extenso pinar, frente a un pequeño acantilado que se desploma sobre una minúscula cala a la que solo se puede acceder en barca o a nado, si quien lo pretende es lo suficientemente experto para luchar contra un mar habitualmente bravo, cuyas olas explotan con una extraordinaria violencia sobre las desafiantes rocas que, impertérritas, protegen la costa.

Esta casa, que ocupo desde hace dos años, es mi refugio, donde espero vivir mis últimos años de retiro y de soledad, tras el fallecimiento de Sara, mi esposa, que no llegó a disfrutar de ella, con la ilusión que le hacía.

La depresión en la que me sumí tras la muerte de Sara, ha dejado, y dejará para siempre, mella en mí. Lo primero que hice fue abandonar la escritura en la que he estado inmerso durante más de veinte años, pues era incapaz de escribir una sola línea, y retirarme a este lugar en busca de sosiego y paz interior.

Durante el pasado año, me dediqué a reflexionar sobre mi pasado. Mi terapeuta me aconsejó que pusiera por escrito mis vivencias, pues sería un revulsivo. Y lo único que me venía a la memoria era que fueron muchas mis ausencias, abandonando a Sara en manos de una enfermedad que mantuvo oculta hasta que ya no fue posible. Pasaba tanto tiempo fuera que, sin saberlo, la desatendí cuando más me necesitaba. No quiso molestarme con sus problemas, como me dijo al llegar a ese estadio en el que ya no había marcha atrás. Y por eso me siento culpable, por no haber estado a su lado y compartir con ella todo el doloroso proceso que acabó con su vida. Se calló para no inquietarme, para no hacerme sufrir, para que pudiera escribir sin ningún tormento que perturbara mi inspiración. Sufrió en silencio ante mi más absoluta ignorancia. ¿Cómo no me di cuenta de lo que le ocurría? ¿Tan ciego estuve?

Cuando repaso nuestra vida en común, la veo a mi lado, con su eterna sonrisa, su mirada luminosa, su voz aterciopelada y me entran unas ganas incontrolables de retroceder, de dar marcha atrás, de volver a vivir esos momentos mágicos que no supe saborear como era debido, y me siento terriblemente solo y culpable por no haberla hecho más feliz durante todos esos años de convivencia. Si hubiera sabido que estaba gravemente enferma, no me habría separado de ella ni un segundo. Pero a tiro pasado, todo se ve de un modo distinto. Seguro que, si volviera a nacer, volvería a comportarme del mismo modo.

Cuando hace unos días paseaba a solas frente al mar, recordaba cuando vinimos aquí por primera vez y nos enamoramos de este paisaje, y decidimos comprar la parcela donde construiríamos esta casa, que ella no ha llegado a ocupar. Desde lo alto del acantilado, observaba las olas enfurecidas romper contra las rocas y ante esa imagen, me sentía como ellas, rompiéndome en mil pedazos, como represalia a tanto despropósito, a tanta ignorancia y egoísmo. Y es que yo fui de esos que, en lugar de trabajar para vivir, vivía para escribir, era mi pasión, en lo que invertía todo mi tiempo, y ¿para qué? Ahora tengo la casa que deseamos, tengo mucho dinero, pero no tengo lo más importante en esta vida: el amor del ser amado.

Por este motivo, no valía la pena vivir sin ese amor, perdido para siempre. Por eso, me lancé a este mar que tanto me ha atraído, en el que tantas veces me he sumergido, para convertirme en una de esas olas furiosas que acaban su embestida en unas rocas que no dudan en desintegrarlas en mil pedazos.

 

****

 

Creo que ha sido ella quien me ha salvado a través del osado bañista que me vio saltar desde lo más alto. Dijo a los de la ambulancia que no tenía previsto bañarse debido al oleaje, pero que algo le empujó, una fuerza extraña que le decía que tenía que hacerlo. Desde su zodiac, me vio abalanzarme y sin pensárselo dos veces se lanzó al agua para que mi cuerpo no se estrellara contra las rocas. Aun así, no pudo evitar que ello sucediera, rescatándome en estado inconsciente, pero con vida. Se jugó su vida por salvar la mía, sin ningún valor para mí.

Tras despertar en la UCI, una enfermera vino a verme para interesarse por mi estado. Por su expresión, me pareció que conocía el contenido de la nota de despedida que dejé junto con mi documentación. No quería ser un suicida anónimo, pues nadie del lugar me conoce, aunque me imagino que tarde o temprano me habrían identificado.

Ahora todos sabrán quién soy y lo que he hecho, pero no me arrepiento. Solo me duele no haber podido cumplir con mi objetivo. Quería reunirme con ella y no he podido ver este deseo satisfecho. No me quedará más remedio que seguir viviendo atormentado o volver a intentarlo.

Unos días después y algo más calmado, pensé hacer lo que me recomendó mi terapeuta: que le escribiera cartas a Sara como si aun estuviera viva. Esperaba, como me dijo, que esto me aliviaría, pues podría desahogarme y proseguir con mi vida sin remordimientos, e incluso volver a empezar una nueva vida. Añadió que, aunque no la olvidaría jamás, sería capaz de continuar viviendo sin tenerla a mi lado, solo en mi mente.

Y eso creo que ya está ocurriendo, pues aquella enfermera me recordó mucho a mi mujer. Tenía su misma sonrisa, su misma mirada y su misma voz. Cuando más tarde pregunté por ella a sus compañeras, ninguna supo darme razón de quién era, a pesar de lo mucho que la describí.

No puedo quitarme de la cabeza lo último que dijo al marcharse, que me dejó perplejo y que no acabé de comprender, posiblemente porque todavía no estaba completamente lúcido: «No lo vuelvas a intentar. Estoy bien y no quiero verte sufrir. Has vuelto a nacer, así que aprovecha esta nueva oportunidad»

Al llegar a casa tras recibir el alta hospitalaria, quise relajarme escuchando a Serrat cantando Mediterráneo. Fue una experiencia extraordinaria: sentí a Sara muy cerca de mí. Se me erizó el cabello de la nuca y se me puso la piel de gallina. Noté, a mis espaldas, una presencia, una sombra, su aroma, pero cuando me giré comprobé que allí no había nadie, estaba solo, solo con ella en mi pensamiento. Ahora no solo le escribo, también le hablo. No me contesta, pero sé que me oye. El mar y ella son mis dos únicas compañías.