lunes, 26 de octubre de 2026

El dron

La sequía de ideas tiene varias motivaciones, pero la más frecuente es, a mi juicio, la apatía, bien por problemas con el entorno, o de salud, ya sea física o mental. Yo he experimentado la falta de ideas en más de una ocasión y que por fortuna ha sido, tarde o temprano, reversible. En esta ocasión, sin embargo, se debe a la pérdida reciente de un ser querido, no un ser humano sino un animal de compañía muy querido por mí y fiel hasta el final de sus días. Pero como la vida sigue (título que le di a mi última publicación relacionada con este triste hecho), me he forzado a continuar con mi actividad bloguera. Aun así, la insistente apatía que me embarga, me ha obligado a echar mano de un viejo relato, de octubre de 2014, que obtuvo un escasísimo interés por parte de mis seguidores de aquel entonces, titulado "El dron", y que aquí os presento una vez actualizado y limpio de polvo y paja. Espero que os guste.



Desde que había vuelto de su viaje a los Estados Unidos, se sentía vigilado. Lo había comentado con sus amigos pero estos le habían sugerido, entre risas, que visitara a un loquero. “Pero, ¿quién va a querer espiarte a ti, zopenco?”, le habían dicho en tono burlón.

Pero él estaba seguro de que, de un modo u otro, le espiaban y todo por haber asistido a aquel congreso de física, en Chicago, que le había pagado la Facultad. Y también estaba seguro que todo se había desencadenado por culpa de su pregunta, la única que dirigió al panel de expertos:

─Si la cosmología de branas (1) ha devuelto una cierta credibilidad a la existencia de un universo oscilante, ¿alguien de ustedes podría decirme cómo conciben la vida en dicho universo, sobre todo en los momentos finales de un universo en contracción? ¿Creen que los seres vivos serían semejantes a nosotros en el sentido de estar basados en el carbono o serían radicalmente distintos?

Lanzó esa pregunta sin saber muy bien por qué. Quizá porque nadie en la sala hizo ningún comentario y sintió el impulso de intervenir. Acababa de leer un artículo que hablaba de ello y no pudo reprimirse. Bueno, en realidad, el autor de ese artículo era quien formulaba, al final del mismo, ese interrogante.

El caso es que la pregunta no obtuvo respuesta alguna. Nadie, entre los panelistas, quiso pronunciarse y el moderador de la mesa se vio obligado a decir algo así como:

─Este tema sigue siendo muy controvertido y nadie parece estar en condiciones de pronunciarse. Sería muy aventurado dar una opinión al respecto.

Tampoco es que le importara mucho el tema en cuestión. Había sido una pregunta hecha por simple curiosidad, para quedar bien, pues todo aquel que dirigía una pregunta a alguno de los ponentes tenía que identificarse públicamente, ya se sabe: nombre, cargo, universidad, y a él le encantaba ser el centro de atención, darse a conocer. Algún día sería un físico famoso, pensaba, y ya era hora de ir abriéndose camino.

Pero ahora presentía que aquella pregunta había levantado sospechas. Pero ¿sospechas de qué y de quién? Si alguien hubiera querido saber su opinión al respecto, lo que le habría puesto en un terrible aprieto, le podía haber preguntado directamente antes de abandonar el congreso o escribirle con posterioridad.

¿Qué le hacía pensar que le espiaban? No sabía muy bien cómo explicarlo, era una sensación extraña, sentía que alguien o algo le estaba observando en todo momento. Le parecía oír un zumbido, de día y de noche, allí donde fuera, en casa, en la facultad, en un restaurante, en fin, en todas partes. “Ve a ver a un otorrino, que eso deben ser acufenos”, le dijeron sus compañeros, ya algo más preocupados por su salud física y mental.

Pero él no tenía ningún problema auditivo ni psicológico y cada vez tenía más claro lo que estaba ocurriendo: quienquiera que le espiara, quería saber qué le motivó hacer aquella pregunta y solo podía ser alguien que tuviera la respuesta y no quisiera que nadie más estuviera en posesión de la verdad y la divulgara. Un espionaje así, tan sofisticado, solo podía proceder de una agencia gubernamental, como la CIA, la NSA o el CSS, o incluso del MI16 británico.

Temeroso de sufrir un atentado, acabó enclaustrándose en su piso del que no salía ni para hacer la compra, dependiendo para ello de la portera de la finca, pues incluso había despedido a la mujer de la limpieza para evitar cualquier intruso que pudiera ser comprado por el enemigo. Todos sus conocidos, viendo la vida de clausura que llevaba, con puertas y ventanas cerradas a cal y canto, acabaron pensando que se había vuelto loco.

Pero era tanto el polvo que envolvía y reposaba sobre mobiliario, cortinas, alfombras y todos los objetos de la casa, especialmente los miles de libros amontonados aquí y allá, haciendo totalmente irrespirable el ambiente, ya habitualmente viciado por el humo de los cigarrillos que no paraba de consumir compulsivamente, que finalmente decidió abrir una ventana que daba a la calle para permitir que el aire fresco bañara por unos instantes el reducido cubículo que era su hogar, sin dejar de otear todo el horizonte a su alrededor en busca de cualquier indicio de espionaje o de un francotirador.

Cuando ya creyó que todo estaba en orden y se disponía a cerrar la ventana, algo, que le pareció un insecto de un tamaño considerable, se estrelló contra su frente, produciéndole una picadura semejante a la del mosquito tigre. Por mucho que intentó darle caza, aquel bicho repugnante se dio a la fuga, marchándose por donde había venido, por la ventana que todavía permanecía entreabierta. Al instante, se sintió mareado, su cuerpo se desplomó sobre la sucia alfombra y en cuestión de segundos perdió todo signo vital. Lo último que vio fue el mismo insecto, o quizá fuera otro igual, revoloteando sobre su cabeza.

Cuando el juez permitió el levantamiento del cadáver, mientras algunos agentes de la policía científica inspeccionaban el apartamento en busca de alguna prueba que pudiera arrojar luz a ese extraño caso de muerte producida a puerta cerrada, desde el exterior, tras los cristales de la ventana, un artilugio del tamaño de un mosquito grababa toda la escena, tras lo cual partió volando hacia un rumbo desconocido.

 

(1)La teoría de branas es una extensión de la teoría de las cuerdas que propone que nuestro universo observable es una estructura tridimensional flotando dentro de un espacio de dimensiones superiores. Así pues, la cosmología de branas explora cómo el universo interactúa con esas dimensiones extra y está relacionada con el origen del universo.


domingo, 18 de octubre de 2026

La vida sigue

 


Este blog debe su nombre al hecho de que cuando lo inauguré tenía pensado, y así fue durante un tiempo, escribir en él mis vivencias reales durante la infancia, juventud y madurez, en forma de recortes o “retales” vitales. Al poco, dada mi afición por las historias de ficción, lo fui llenando de relatos imaginados e imaginarios. Pero hoy hago una excepción al relatar una historia entre la ficción y la realidad, lo que podría decirse una historia basada en un hecho real, el que conforma el nudo del relato; el resto es pura invención. Si queréis más información sobre él, os invito a visitar mi blog Cuaderno de bitácora y concretamente mi post titulado Adiós mi querido amigo VER AQUÍ.

 

César, viudo desde hacía quince años y recientemente jubilado, acababa de perder a su preciada mascota, un perro mestizo al que había adoptado, tras la muerte de su mujer, cuando este solo contaba con dos meses. Le puso por nombre Peludo porque de toda la camada nacida de una perrita abandonada, era el único cubierto por abundante pelo color canela, un pelo suave y sedoso que todos los que lo acariciaban alababan.

Había sido un buen perro, tranquilo y obediente. César solo se separaba de él cuando iba al trabajo y al volver a casa, Peludo le recibía con una inmensa alegría, moviendo la cola y trayéndole prendido de su boca algún objeto de valor para él. Nadie, jamás, había mostrado tanto entusiasmo al verle llegar del trabajo, se decía. Eran amigos inseparables, de ahí que le echara tanto de menos.

Necesitó varios meses para llegar a la última etapa del duelo, la de la aceptación. Aun así, todo le recordaba a su querido amigo perruno. Allí adonde mirara, veía a su amigo, pero el peor momento de cada día era por la mañana, al levantarse, salir al comedor, donde Peludo dormía en su cama y antes de encender la luz ya oía el repicar de su cola contra el parqué en señal de bienvenida. César le correspondía con una caricia acompañada de un “buenos días, Peludo”. Pero ahora todo era silencio, un silencio hiriente. Cualquier perro del barrio parecido a él, por su estampa y pelaje, le rememoraba a Peludo, produciéndole una gran nostalgia.

El último golpe sentimental lo recibió cuando el veterinario que llevó a cabo su sacrificio le entregó sus cenizas. Volviendo a casa con la pequeña urna biodegradable a cuestas, su peso le pareció enorme, un peso no solo físico sino moral, reprochándose como se había producido el final de su fiel amigo. El “y si…” lo atormentaba, y siguió atormentándolo durante mucho tiempo.

Esa pérdida tan dolorosa para César lo sumió en una gran tristeza cercana a la depresión. Nunca se había sentido tan solo en la vida desde el fallecimiento de su mujer. Sus dos hijas hacía años que vivían lejos, estaban casadas y ya le habían dado tres nietos a los que veía muy de vez en cuando. Su vida, pues, había perdido parte de su sentido. Muchos le habían aconsejado adoptar otro perro, por aquello de que un clavo saca a otro clavo, pero César no contemplaba tal posibilidad. Su Peludo no tenía reemplazo en su vida.

Viéndole tan triste y taciturno, su amigo Juan, que también había pasado por ese mismo trance años atrás, le aconsejó que, ya que tenía tanto tiempo libre, lo dedicara al cuidado de perros abandonados que, a buen seguro, le resultaría gratificante. Y así, César se hizo voluntario, a tiempo parcial, en el refugio de animales en el que tantos años atrás encontró a Peludo.

Su amigo llevaba razón, pues contrariamente a lo que pensó en un principio, César halló un gran consuelo buscando hogar para esos perros necesitados de dueño y amor.

Tras un año de actuar como cuidador de perros, se percató de que ya no se sentía solo, y no porque estuviera rodeado de animales a los que proteger y cuidar, sino porque la presencia de Virginia, la nueva responsable del centro de acogida, le aportaba la paz y el sosiego que tanto necesitaba.

Virginia, una mujer unos diez años menor que César, había quedado viuda muy joven y no había querido casarse de nuevo; decía que la compañía de aquellos animales tan necesitados de cariño la llenaba lo suficiente como para no requerir otra compañía, especialmente la humana, pues temía que se repitiera su mala experiencia con un hombre que nunca la amó y la maltrató. La viudedad fue lo mejor que pudo sucederme, le confesó un día en un momento de confidencias. El amor que recibía de “sus animales”, como ella los llamaba, era más que suficiente para sentirse feliz.

Con el paso del tiempo, César y Virginia llegaron a convertirse en amigos íntimos e inseparables con muchas cosas en común, y entre ellas estaba un amor incondicional a los animales, en especial a los que tenían a buen recaudo en su refugio. Encontrarles una familia adoptiva era lo mejor que les podía suceder a todos, seres humanos y animales.

César y Virginia no necesitaron mucho más tiempo para comprender que estaban hechos el uno para el otro y que su compañía mutua era como el rescoldo de un hogar al que uno se acerca para entrar en calor, en este caso calor humano. Ese encuentro, aparentemente fortuito ─muchas veces es difícil distinguir entre la casualidad y la causalidad─, resultó todo un acierto para ambos. César dejó el piso en el que vivía en la capital y se trasladó a la casita que Virgina tenía junto al refugio.

De este modo, César volvió a ser feliz y tuvo que agradecerle a su viejo perro no solo su cariño y compañía durante más de trece años, sino también el haberle llevado hasta Virgina.

Tras haberse instalado junto a su nueva pareja, César rescató la pequeña urna que contenía las cenizas de su amigo canino y las enterró bajo uno de los olivos que guarnecían su nuevo hogar. Todas las mañanas, al despertarse, César da los buenos días a su amada y sale al jardín a saludar a su querido Peludo.

Ahora la vida sigue sin su compañía física, pero sigue, al fin y al cabo, de la mejor forma posible.

 

La imagen de la ilustración es un collage de las distintas etapas de Pelut (su verdadero nombre en catalán), y que hoy se cumplen 10 días de su eutanasia. 

jueves, 1 de octubre de 2026

Manos a la obra

 


Andrés estaba abochornado después de lo ocurrido.

El día anterior, en el bar donde desayunaba, oyó una conversación que mantenían en la mesa de al lado dos individuos con aspecto sospechoso, uno alto y delgado y el otro más bajo pero fornido y con cara de malas pulgas. Hablaban tan bajo que resultaba difícil entender lo que decían, pero parecía que discutían algo muy importante.

Andrés, picado por la curiosidad, aguzó el oído todo lo que pudo, pues el ruino reinante en el bar dificultaba la audición. Solo cuando, unos minutos más tarde, los ruidosos clientes abandonaron el local, pudo entender medianamente el contenido de aquel diálogo.

─Ándate con cuidado, pues si nos descubren la habremos pringao y el jefe nos molerá a palos ─le decía, casi en susurros, el alto a su compañero sentado enfrente. Pero tranquilo, que él lo tiene todo controlado ─añadió, intentando calmarlo.

Pero lo que alarmó a Andrés fue lo que oyó a continuación.

─Hay que liquidarlo cuanto antes y ya está, continuó. Hay mucho dinero de por medio. Y ya viste lo que le hizo el jefe a Remigio por no querer cumplir con ese mismo encargo. Lo puso de patitas en la calle sin contemplaciones.

─Pero cómo vamos a ocultar que hemos sido nosotros. El jefe lo tiene muy claro, pero yo no. Él está acostumbrao, debe haberlo hecho muchas veces, pero para mí es la primera vez ─le contestó éste.

─Tú hazlo y todo saldrá bien. Una vez hayas cumplido el encargo con ese fulano y veas que no pasa nada, la siguiente será más fácil. Además, ¿acaso crees que nadie más lo hace? Es pan comido, tío.

─Si es tan fácil, por qué no lo hace él en persona, que por eso es el jefe.

─Porque si la policía investiga y hay algún testigo o alguien se va de la boca, a él lo cazarían enseguida. Es muy conocido en este mundillo, ya estuvo metido en líos hace tiempo y lo tienen fichado. A ti, en cambio, nadie te conoce y aunque alguien se cruzara contigo antes o después de haber estado allí, no se acordarían de tu careto.

─Vale. Mañana a las diez iré a casa de ese tío y asunto liquidao.

─Pues manos a la obra. ¿Sabes la dirección?

─Pos claro. Lo tengo aquí apuntao: Calle Rocío, veintitrés, tercero segunda.

Cuando los dos sujetos salieron del bar, Andrés se apresuró a seguirlos. Su curiosidad iba en aumento y quería saber dónde se dirigían. Si estaba en lo cierto, podía salvar la vida de un inocente, pues lo que pretendían esos dos era cumplir el mandato de liquidar a alguien, de eso estaba seguro.

Tras un largo trayecto a pie, los dos tipos se internaron en un callejón, desapareciendo de su vista. Al cabo de una hora de rondar por los alrededores sin resultado alguno, Andrés optó por dar media vuelta y volver a casa.

Estuvo el resto del día intentando elaborar un plan de actuación. No sabía si acudir primero a la policía y contarles lo que sabía o bien apostarse al día siguiente frente al número 23 de la Calle Rocío para ser testigo del delito antes de ponerlo en conocimiento de las autoridades.

A las ocho de la mañana, dos horas antes de que se llevara a cabo aquel macabro encargo, se decidió por lo primero. Contrariamente a lo que temía, dieron crédito a lo que contó. A las diez en punto, un contingente policial armado hasta las cejas entró en el domicilio de quien habían identificado como el juez Aurelio Latorre, tirando la puerta abajo. Querían pillar al asesino antes de que atentara contra la vida de aquel magistrado que, seguramente, habría enviado a la cárcel a algún delincuente que ahora quería vengarse contratando a un sicario.

Pero en la mano del presunto asesino no había ningún arma sino una hoja de papel que tendía a su presunta víctima. ¿Qué sucedía allí? Estaba claro que se estaba cometiendo un delito pues las caras de ambos individuos era un poema al ser sorprendidos con las manos en la masa. Lo que estuvieran maquinando, se aclararía en comisaría.

El señor comisario se puso las gafas para leer aquel papel que le acababa de entregar el sargento al mando de la dotación y que aclararía los hechos.

Se trataba de un recibo expedido por Hermanos Gutiérrez (un nombre que resultó ser falso) por la “reforma integral de todo el apartamento” que ascendía a 58.750 euros.

─¿Qué significa esto? ─gritó el comisario, blandiendo la hoja de papel ante las narices del sargento, que lucía una cara de satisfacción por el resultado de la intervención policial.   

─¿No se da cuenta, señor comisario? ¡Es la prueba! ─contestó el interpelado constatando lo evidente─. Les hemos pillado en flagrante delito. A los dos. Ese tipo con cara de bruto le intentaba cobrar a un juez del Tribunal Superior de Justicia, ni más ni menos, un pastón por unas reformas en su domicilio.

Y ante la cara de incomprensión airada del comisario, el sargento añadió:

─¡Sin cobrarle el IVA, señor comisario, sin cobrarle el IVA!


jueves, 24 de septiembre de 2026

La sospecha

 


Llevaba días sospechando. Su comportamiento la delataba. Esas miradas furtivas y las sonrisas reprimidas la hacían culpable, de eso estaba seguro. Ella estaba radiante, pletórica, como hacía años que no la veía, y él cada vez más convencido de su infidelidad. Desde hacía unos días se la veía más nerviosa de lo habitual. Por momentos parecía como si quisiera confesarle algo y finalmente desistiera. Esas señales eran inequívocas, tenía un amante y los desenmascararía.

Hoy había salido tras ella decidido a pillarlos in fraganti. Verían de lo que era capaz. De él no se reía nadie.

Cuando, al cabo de una hora de seguimiento, se halló frente a la puerta por la que ella acababa de entrar, salió por fin de dudas. Una placa dorada rezaba: Dr. J. Beltrán - Obstetricia y Ginecología.


viernes, 11 de septiembre de 2026

Viernes 13

 


No era supersticioso, tanto me daba un día, un número o un color. Hasta este viernes.

Para empezar, no me ha sonado la alarma del móvil; no debí acordarme de cargarlo. Esto, por sí solo, no sería mala suerte, pero luego he tenido que ducharme con agua fría, pues no ha habido forma de que saliera ni una maldita gota caliente. A continuación, con las prisas, me he manchado la camisa con el café y he tenido que cambiármela a toda prisa. Llegaba tarde a la reunión.

Por si fuera poco, no sé que le ocurría al ascensor que tardaba una barbaridad para llegar hasta mi planta, la 13 y he tenido que bajar corriendo por las escaleras, torciéndome un tobillo al dar un traspié, me he caído y se me ha abierto el maletín desparramándose toda la documentación por el descansillo.

Cuando, por fin, cojeando y maldiciendo mi mala fortuna, he llegado al vestíbulo, no he visto el dichoso letrerito amarillo avisando de que el suelo estaba mojado y he pegado un resbalón que, por fortuna, no me ha roto el espinazo.

Me he levantado, corriendo, cojeando y con el culo dolorido, y al ir a cruzar la calle, un taxi me ha embestido y me ha lanzado por los aires.

Y aquí estoy, con vendajes y escayolas, en una cama de la habitación 1313 del Saint Thomas Hospital.

Y es que nunca me acuerdo de que, en Londres, para cruzar la calle, hay que mirar a la derecha.



martes, 1 de septiembre de 2026

El juicio

Terminadas las calurosas vacaciones de verano, mi acalorada imaginación quiso darle un remate con este nuevo relato frente a un ventilador más agotado que yo de tanto soplarme ideas para inaugurar este nuevo periodo. Por fortuna, el texto se ha mantenido intacto y no se ha derretido teniéndolo guardado un par de semanas en mi ordenador personal. Espero que lo que me ha costado escribir las más de 1.500 palaras de que consta haya valido la pena.


Nunca había asistido a un juicio en directo; solo había visto, como casi todo el mundo, imágenes por televisión captadas por los fotógrafos que lo cubrían. Asistía como periodista recién incorporado a un periodicucho especializado en casos de crímenes de todo tipo y de gran repercusión social, como el que me ocupaba en ese momento. De hecho, debía encargarse de ello un compañero que llevaba muchos años de profesión, pero había contraído una infección en el transcurso de un crucero por el mediterráneo y se hallaba en cuarentena en un hospital de la ciudad. Así que la desgracia de uno resultó ser la suerte de otro mucho menos experimentado, y esta era una ocasión para lucirme, o eso pensaba yo.

El caso, como he apuntado, había tenido una gran repercusión social. Durante meses, el tema había ocupado todos los informativos y tertulias; tanto era así que el abogado defensor del acusado ─perteneciente a un famoso bufete de la ciudad─ no dejaba de clamar que se estaba realizando un juicio paralelo, muy negativo para su defendido, pues la gran mayoría de ciudadanos ya le consideraban culpable antes del juicio.

Cuando el fiscal y la acusación particular expusieron sus argumentos señalando la culpabilidad del enjuiciado, Manuel Carrasco, un conocido empresario de la construcción, estuve totalmente de acuerdo en que merecía la pena que se pedía: veinte años de cárcel. De ser yo el fiscal, pediría el máximo posible, la de prisión permanente revisable, que es lo que se merecía aquel violador y asesino de menores.

Pero cuando le llegó el turno a la defensa, su detallada y vehemente exposición de los hechos, hizo que mi postura inicial se tambaleara, llegando a pensar que, como decía aquel hombre, todo era una especulación y que se trataba de una trampa que le habían tendido a su defendido por ser quien era: un reputado empresario de la construcción cuyo pecado había sido posicionarse en contra de la especulación en el sector inmobiliario y la actuación de muchos de sus colegas, que solo aspiraban a enriquecerse construyendo edificios defectuosos a precios exorbitantes. Él, en cambio, procedente de una familia humilde, no había caído en esa tentación y no cesaba de levantar la voz para denunciar esas conductas que nadie se dignaba a investigar, previendo que a la larga esos edificios pondrían en evidencia sus graves deficiencias, augurando, incluso, una desgracia.

¿En qué consistía exactamente la acusación de pederasta asesino? Pues en la desaparición y posterior hallazgo del cuerpo de una menor en un solar de su propiedad, con evidentes signos de haber sido violada y posteriormente asesinada de forma cruel, con treinta cuchilladas en tórax y abdomen. Además, la chica en cuestión era la hija única de uno de sus peores enemigos dentro de la profesión, alguien con el suficiente poder como para acabar con su carrera. ¿Sería el del acusado un caso de venganza personal? ¿Una especie de violencia vicaria empresarial llevada al extremo, buscando dañar a su adversario matando a su hija?

A medida que transcurría el juicio, me fui percatando de que, efectivamente, todo parecía un montaje y que no había pruebas concluyentes en contra del acusado. Aun así, la tesis de la acusación parecía ir calando hondo en el jurado, a pesar de que todo eran pruebas circunstanciales y de muy poco peso. La cara de Manuel Carrasco era un poema y al abogado defensor se le veía cada vez más impotente para demostrar la inocencia de su cliente, mientras que los abogados de la acusación utilizaban argumentos claramente inconsistentes.

El juicio duró treinta días y el resultado fue, como era de esperar, de culpabilidad.

La conclusión del jurado fue unánime: culpable de violación y de asesinato, a pesar de que las pruebas de ADN no fueron concluyentes. El juez decretó la pena solicitada por la fiscalía, de veinte años de cárcel y una indemnización millonaria a la familia de la víctima.

El revuelo que se organizó en torno a ese caso se fue mitigando con el tiempo, hasta llegar a relegarlo a la memoria de unos pocos. Todo el mundo parecía haberse olvidado del tema. Excepto yo.

Publiqué lo que tenía que publicar, ajustándome estrictamente a lo sucedido, y mi jefe quedó muy satisfecho de mi trabajo, llegando a promocionarme como ayudante del jefe de redacción. Pero en mis ratos libres seguí indagando y buscando cabos sueltos y pruebas desestimadas durante el juicio que aclararan la verdad y pudieran reabrir el caso.

Tal fue mi obsesión que conseguí, a espaldas de mi jefe, concertar una entrevista con el reo. Este, a quien le informaron de que un periodista le quería entrevistar, creyó ver en mi la oportunidad para demostrar su inocencia.

La hora que duró dicha entrevista fue muy frutífera. Me abrió los ojos y obtuve información suficiente para escribir un artículo aclarando punto por punto lo que había descubierto. Aun así tuve que repetir ese encuentro para ilustrar de forma irrefutable la inocencia de aquel empresario que solo buscaba el bienestar de los ciudadanos que querían hallar una vivienda digna a un precio razonable, en contra de la arraigada costumbre de ofrecer una mierda (con perdón) a precio de oro.

Cuando le mostré a mi superior jerárquico el borrador de mi artículo, puso el grito en el cielo conminándome a destruirlo y no mencionar jamás mis averiguaciones, de lo contrario me pondría de patitas en la calle, pues podrían denunciar al periódico por libelo, lo que conllevaría el descrédito de la empresa.

No hizo falta que me echaran, pues me despedí yo mismo, alegando que no quería pertenecer a una empresa que teme las represalias de los poderosos y se doblega ante ellos.

Y en lugar de publicar mi artículo, pues ningún periódico quiso hacerlo, decidí escribir un libro, para lo cual Manuel, convertido en mi amigo, fue de gran ayuda, ofreciéndome todo tipo de información sobre su vida laboral, sus ideas sociales y sus frustraciones ante las injurias que caían sobre él a raíz de su posicionamiento social y político. También fue de máximo interés su vida privada, pues ofrecería al lector la parte humana de quien se ha hecho a sí mismo a pesar de los inconvenientes y obstáculos.

No sé cómo, pero alguien debió irse de la lengua, de modo que se dio a conocer el proyecto de publicar una biografía del condenado injustamente a veinte años de cárcel, de los cuales ya había cumplido dos, quedándole quince para poder disfrutar de la libertad condicional, a menos que mi libro demostrara palmariamente que el juicio no se había llevado a cabo de forma justa y debía anularse.

Pero mi libro nunca vio la luz por causas de fuerza mayor, o eso quiero creer. Manuel fue hallado muerto en su celda. La autopsia dictaminó que había sido envenenado. Han pasado cinco años de ese terrible suceso y todavía no se ha encontrado al culpable. Y por mi parte, la recepción de varios anónimos, amenazándome de muerte si seguía queriendo publicar mi libro, tengo que admitir que fue un revulsivo para que decidiera abandonar mi tentativa. Fui un cobarde, lo admito, pero ello no me ha impedido seguir investigando por mi cuenta y riesgo. Tengo mis sospechas de quienes están detrás del asesinato de mi amigo, pero son gente tan poderosa que no me atrevo a desenmascararlos. No yo solo.

Ahora cuento con la ayuda de un grupo de gente mucho más valiente que yo, unos pertenecientes a un sindicato de la construcción y otros a un partido político dispuesto a que se demuestre la culpabilidad de los presuntos implicados y que se haga público quién fue el asesino de aquella joven y posteriormente del empresario encarcelado. Los dos asesinatos no podían quedar impunes y el propio padre de la adolescente violada y asesinada a cuchilladas es ahora el primer interesado en descubrir la verdad, pues ha acabado reconociendo que la acusación que interpuso ante la justicia no tuvo una base suficiente; solo deseaba venganza y esta la dirigió, posiblemente, hacia la persona equivocada.

La prospección realizada por los componentes del grupo que ha encabezado el movimiento denominado “Justicia para Anabel”, el nombre de la chica asesinada, acabó dando sus frutos y ahora se sentarán en el banquillo de los acusados dos renombrados constructores que, se ha demostrado, llevaban años metidos en negocios ilícitos y delitos fiscales. Por supuesto, ninguno de ellos fue la mano ejecutora, pero sí los inductores de ambos asesinatos, pudiendo revelar la identidad de los asesinos a cambio de una rebaja de la pena. Conocedores de la inquina del padre de Anabel hacia Manuel Carrasco, presuntamente contrataron a un sicario para que asesinara a su hija y que la culpa recayera sobre este y acabar así con su carrera.

Ahora me pregunto si esta vez se hará justicia y pagarán los verdaderos culpables.

Los medios están dándolo todo para publicar los más disparatados argumentos, y la mayoría de sus autores, periodistas y políticos, están tachando de subversivos, carroñeros y antipatriotas a quienes han propiciado el enjuiciamiento de esos dos hombres ejemplares y honorables, verdaderos demócratas y creadores de riqueza, considerando el caso una trama de la izquierda contra la gente de bien, habida cuenta que esos dos empresarios habían recibido años atrás la medalla al trabajo.

Ahora todo está en manos de un nuevo tribunal, cuyo presidente, hemos sabido, es amigo de la infancia (y de partido) de uno de los acusados. ¿Se hará esta vez justicia?


miércoles, 8 de julio de 2026

Recapitulemos

 


Esta entrada lleva el mismo título que la última de mi otro blog, Cuaderno de bitácora, VER AQUÍ porque el motivo de la misma es exactamente igual: evaluar el “rendimiento” de este blog al término de este primer semestre, tanto en lo relativo al número de entradas publicadas como de los comentarios recibidos.

Así pues, hasta el 1 de julio he publicado en este blog 20 relatos, 9 más que en el mismo periodo de 2025 y el número de comentarios recibidos ha sido de 8,6 por relato, mientras que en 2025 fueron 16,8. Ello indica que, aun habiendo publicado más entradas, estas han recibido menos comentarios. Una posible causa de ello puede deberse a que el año pasado participé en más retos y concursos propuestos por el Tintero de Oro que en el actual, lo cual resultó en un mayor número de lectores que debieron opinar sobre todos los relatos participantes.

Por lo tanto, entre los relatos que no participaron este año en dichos certámenes, los que han recibido un mayor número de comentarios han sido 11, mientras que los que han recibido el menor número han sido 3, dos con 5 comentarios y uno con solo 3.

Es evidente que lo esperado por un autor y lo obtenido por parte de sus lectores puede diferir mucho y por motivos diversos. En el caso que me ocupa, los relatos que han recibido un número de comentarios muy inferior al esperado han sido los siguientes: Desde la ventana (con 6 comentarios), El balneario (con 9), El corredor (con 5) y El sueño de Antón II (con solo 3 comentarios).

De todos ellos, destacaría este último, que es una continuación de El sueño de Antón, pues los elogios que este relato recibió y la sugerencia de escribir una segunda parte recibida de alguno/as lectore/as me hizo pensar que dicha continuación tendría, por lo menos, la misma acogida que la primera parte. Sin embargo, no solo no ha sido así, sino que, además, alguno/as de lo/as que me incitaron a escribirla ni siquiera han dejado un comentario. Queriendo encontrar una explicación razonable a este hecho, para mí anómalo, solo se me ocurre que durante el presente mes de julio ha decaído el número de lectores y, por consiguiente, de comentaristas. Igual consideración vale para mis dos blogs.

Espero que a la vuelta de vacaciones recupere, en primer lugar, mi inspiración, un tanto mermada últimamente, y, en segundo lugar, aumente el número de seguidores/lectores/comentadores, pues son los que dan sentido a la continuidad de este blog.

Que paséis unas felices vacaciones de verano y nos leemos a la vuelta.