miércoles, 15 de abril de 2026

El balneario

 


Para Sergio, la vida se había vaciado de contenido y de sentido y ya no sabía qué hacer. Desde que Bibiana le dejó, no se sentía con ánimos ni de salir a la calle. Había sido una pérdida tan dolorosa que creía que no lo superaría. Por mucho que los amigos le insistieran, no estaba de humor para salir a tomar una copa y mucho menos para conocer a otras mujeres. Todo era muy reciente todavía. Aunque su terapeuta le había aconsejado la baja laboral, él había optado por tomarse esas vacaciones que la empresa le debía y darse así un tiempo para serenarse y levantar cabeza.

Justamente, unos días antes había recibido por correo un folleto publicitario de un nuevo balneario de alto standing y allí se dirigiría sin más dilación desoyendo los consejos de sus amigos. El encierro, porque de eso se trataba, podía tener incluso malas consecuencias para su salud mental, le decían. Lo que necesitaba era salir, distraerse e intentar rehacer su vida pues todavía era muy joven para quedarse en casa llorando la trágica pérdida.

El balneario estaba en plena montaña y lo que Sergio necesitaba era tranquilidad para serenarse, reflexionar y encontrar esa paz y fuerza interior que le ayudara a renacer de sus cenizas. Y allí se fue con la intención de borrar de su mente la imagen de Bibiana en el depósito de cadáveres después de que la hallaran muerta esa noche en el parque cercano a su casa, esa horrible imagen recurrente contra la que no podía luchar.

El balneario resultó como esperaba y fiel a la descripción que de él se hacía en el folleto. Las instalaciones eran magníficas y el paisaje inmejorable. Buenos alimentos, aire puro, paseos en plena naturaleza y un tratamiento anti-estrés lo dejarían como nuevo, física y anímicamente.

Se apuntó a todo tipo de tratamientos y actividades relajantes y le asignaron a Silvia, quien sería, durante toda su estancia allí, su monitora personal.

Conocer a Silvia fue para Sergio como una aparición. No lo podía creer. Era clavada a Bibiana, su doble. Tenía los mismos ojos, los mismos labios, el mismo pelo, la misma estatura y complexión, su forma de moverse, de sonreír, de hablar. ¡Incluso su misma voz!

Tras el shock inicial, Sergio empezó a tratar a Silvia como si fuera Bibiana. En más de una ocasión la había llamado por ese nombre, no podía evitarlo. Esa atracción se convirtió al poco tiempo en obsesión, una obsesión enfermiza, que le impulsaba a observarla, seguirla, espiarla a todas horas. Él se decía que se había vuelto a enamorar, que había vuelto a encontrar a su media naranja, a su nuevo amor, el único capaz de hacerle olvidar a Bibiana y se aplicó aquello de que un clavo saca otro clavo, y más si son idénticos.

Silvia, por su parte, se sentía agobiada y cada vez más incómoda ante el trato que Sergio le dispensaba, rayando el acoso. Empezó a temerle y decidió solicitar a su superior que le asignara otro cliente.

Cuando le comunicaron el cambio, Sergio se sintió abandonado, engañado, traicionado. De nuevo. Volvía a ocurrir. Otra vez se sentía ultrajado. Otra vez le abandonaban por otro. Silvia era como Bibiana, por eso se comportaba igual y por eso tendría que hacerle lo que le hizo a ella. Sí, acabaría con ella como con la zorra de Bibiana. Esa noche, esa misma noche. Cuando se dispusiera a marcharse, la abordaría en el jardín, al amparo de la oscuridad. Sólo tenía que repetir lo que le hizo a Bibiana cuando la atacó en el parque. Sus manos eran grandes y fuertes. Luego, sólo tendría que desempeñar el papel del cliente afligido. Ese papel se lo sabía muy bien pues no habían pasado ni dos años desde que tuvo que asumir el de marido desconsolado.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Un microrrelato rebelde

Hoy pasamos del terror y del romanticismo al humor. A ver qué tal os sienta.


Aurelio quería escribir un microrrelato, pero no había forma humana de hallar un tema mínimamente interesante como para desarrollarlo en 120 palabras. Llevaba días sin salir de su estudio, pero no le llegaba la inspiración.

Era tal su obsesión, que no atendía siquiera a las llamadas de Laura. Al final decidió escribir sobre lo primero que ocurriera, que fuera el azar quien decidiera.

Dicho y hecho. Al poco, le entró un correo. Ahí está mi inspiración, se dijo. Escribiré sobre lo que lea.

El correo era de Laura, y decía: Aurelio, como no me des una explicación de lo que estás haciendo, te dejo. No soporto más que pases de mí.  

Aurelio todavía está buscando cómo contárselo en 120 palabras.

 

(120 palabras, exceptuando el título y esta nota al pie)


martes, 31 de marzo de 2026

Desde la ventana

Hoy pasamos del género de terror al íntimo y romántico. Espero que el cambio os agrade.



María lleva un largo rato apoyada en el alfeizar de la ventana que da a la calle, esperando ver pasar a su enamorado. Como cada día, a la misma hora, lo espera con el corazón encogido. Desde hace unos días, sin embargo, el amor de su vida ya no la lisonjea con esas galanterías que a ella le ponían la piel de gallina de pura emoción. Ya no le dice nada, pasa sin mirarla y continúa su camino sin siquiera pararse. ¿Acaso ya no la ama?

Hoy, cuando pase por delante de la ventana, será ella quien le piropee. Ha leído unos requiebros muy bonitos en un librito de poemas y se los ha aprendido de memoria. Aun así, teme que los nervios la traicionen, por tal motivo no deja de hojear un corto pero precioso texto que lleva escrito en un pedacito de papel que sujeta con manos temblorosas.

Se hace tarde y Armando no aparece. Desde la ventana, María puede ver toda la calle hasta la placita, aquella donde se conocieron. No lo ve. Oscurece. Son ya muy pocos los transeúntes a aquellas horas. Y total solo son las ocho.

«Las ocho, ¿las ocho? A ver, a ver. ¿Es a las ocho de la mañana o de la tarde cuando Armando pasa por delante de mi ventana? Claro, ¡qué tonta!, Me he equivocado de hora. Es por la mañana cuando pasa por aquí de camino a su trabajo. ¿Cómo he podido equivocarme de esta manera? Desde hace unos días, duermo la siesta y cuando me despierto pierdo la noción del tiempo y a veces me levanto sin saber si es de día o de noche. Ahora entiendo, pues, que Anselmo pasara de largo sin saludarme. No era él. Debía ser un joven bien parecido que se le parece. Si llevara puestas las gafas, eso no he habría ocurrido. Qué le vamos a hacer. ¡Soy tan presumida! Así que llevo días esperando y esperando inútilmente a las ocho de la tarde. ¿Qué habrá pensado mi estimado Anselmo cuando, al pasar por delante de mi casa, por la mañana, no me ha visto asomada a la ventana? Se habrá llevado una gran decepción, pobrecito mío. Y yo que empezaba a creer que se había olvidado de mí. Bien pensado, podría haber llamado para interesarse por mi ausencia, ¡caramba! Pero es tan indeciso… Aunque conmigo no lo es. ¡Las cosas que me dice! No sé de dónde las saca, pero me hace sonrojar y mira que no soy ninguna beata. Es un desvergonzado, aunque me gusta que sea así cuando estamos solos. Por eso estamos prometidos. Porque estamos prometidos, ¿verdad que sí? Ay, ay, ay, que ahora no estoy segura de si estamos prometidos o todavía solo es un pretendiente. Cuando le vea, se lo preguntaré»

 

─María, ¿otra vez asomada a la ventana? Cogerás una pulmonía. Además, te he dicho mil veces que no molestes al vecindario, que luego se quejan. Y ven al comedor de una vez, que la comida ya está servida y se enfriará.

─Pero mamá, si no hago nada malo. Solo miro por la ventana por si veo pasar a Armando. Sí, sí, ya sé que son casi las nueve de la noche. Me he equivocado de hora. Qué quieres que te diga. Y no pongas esa cara, que todos nos podemos equivocar, ¿o no?

─¿Armando? ¿Qué Armando, querida?

─Cómo que qué Armando. Pues Armando, mi prometido. ¿Quién tiene que ser, si no? Bueno, ahora mismo no recuerdo si es mi prometido o solo es uno de mis pretendientes.

─María, por favor, si tu no tienes ni prometido ni pretendientes. Y deja de llamarme mamá.

─Pero… ¿por qué no puedo llamarte mamá? ¿Es que ya no te gusta?

─No es que no me guste, es que no soy ni podría ser tu madre.

─Pero… ¿por qué dices eso? No me asustes.

─Nada, nada, déjalo estar. Anda, vamos a cenar

 

Y María, suspirando, porque se siente incomprendida, cierra la ventana y se dirige al comedor. Después de cenar, volverá a leer, como cada noche, el diario en el que, al largo de los años, ha ido escribiendo, día tras día, sus aventuras amorosas. Buscará entre sus notas a Armando y así sabrá que hay realmente entre ellos.

En la cocina, su cuidadora también suspira deseando que, si llega a la edad de María, conserve la lucidez hasta el último momento de su vida.

 

Imagen obtenida de internet

jueves, 26 de marzo de 2026

Las pesadillas de Enrique

Este relato formaba parte de una trilogía de cuentos de terror que publiqué en el 2020. Espero que a nadie le resulte incómoda su lectura ni que le afecte a su sensibilidad




Enrique empezaba a estar realmente preocupado. Sus pesadillas eran cada vez más frecuentes, terribles, tremendamente reales y últimamente muy repetitivas. Soñaba que era un zombi, un muerto viviente, uno de esos seres horribles y asquerosos de las películas de terror que tanto le gustaban. Debía ser, sin lugar a dudas, por culpa de la serie de televisión The Walking Dead que veía, desde hacía meses, sin haberse perdido ni un solo capítulo. Pero lo peor de todo era que las sensaciones que experimentaba en sueños se estaban trasladando a la vida real.

Desde que tenía esas pesadillas, sus gustos habían sufrido un cambio más que notable: le apetecía comer carne cruda, cuando hasta hacía muy poco solo le gustaba muy hecha, y los olores que antes le resultaban nauseabundos ahora, en cambio, le atraían como si de un perfume de alta cosmética se tratara. Su voz se tornó extraña, sus cuerdas vocales emitieran un sonido de ultratumba.

En estas circunstancias, decidió someterse a una revisión médica y quién mejor que Genaro, su buen amigo y endocrinólogo, para hacérsela, ya que no se atrevía a confesarle a un extraño estas anomalías, pues podría tacharlo, en el mejor de los casos, de lunático.

Una vez en la sala de espera de la consulta de su amigo, mientras fingía leer una revista, tuvo que reprimir unos deseos brutales de abalanzarse sobre una mujer entrada en carnes, que no cesaba de observarlo de reojo. ¿Intuiría sus inclinaciones antinaturales? Pero Enrique pudo finalmente contenerse y se comportó con total naturalidad.

No sabría decir en qué momento perdió el conocimiento. Solo recuerda que alguien golpeaba la puerta del despacho de Genaro y que varias personas, al otro lado, gritaban a voz en cuello: doctor, doctor, ¿se encuentra bien? ¿Va todo bien ahí dentro?

Cuando Enrique abandonó la consulta, había dejado tras de sí un largo reguero de sangre y unos cuantos cuerpos mutilados.

Aquella noche fue la primera en varias semanas que Enrique no tuvo ninguna pesadilla. 


domingo, 22 de marzo de 2026

La sombra

Siguiendo con la tónica del relato anterior, he rescatado este del baúl de los recuerdos. Tiene 6 años de antigüedad, pero creo que sigue siendo vigente, como todos los cuentos de miedo infantiles. Convenientemente desempolvado y ligeramente retocado ha quedado así:


Se proyectaba con tal nitidez que daba escalofríos. Una forma humana en movimiento. Cada noche, a la misma hora. Aterrorizado, me arrebujaba bajo la sábana para no verla ni que ella me viera a mí. No me atrevía a contárselo a mis padres. Siempre me decían que tenía que ser valiente y que si veía algo que me asustaba, debía hacerle frente, plantarle cara, y vería cómo desaparecía.

Así pues, a la noche siguiente, salté de la cama dispuesto a descubrir el origen y significado de aquella silueta fantasmagórica que, desplazándose por la pared de mi habitación, me resultaba tan aterradora. Me flaqueaban las piernas, pero tenía que hacerlo.

Antes lo hubiera hecho. La imagen que tanto me perturbaba no era más que una sombra, la que proyectaba un individuo desde el otro lado del patio de vecinos. Nuestras galerías daban una enfrente de la otra. El hombre —mis padres me habían hablado de él—, era un sastre que tenía el taller en su casa. Al parecer, pues, hacía horas extra aprovechando la tranquilidad nocturna. Una potente luz proyectaba su sombra justamente hacia la pared de mi cuarto, aprovechando que nada interceptaba el rayo luminoso en una calurosa noche de verano de ventanas y puertas abiertas de par en par. La distancia que nos separaba amplificaba y distorsionaba los movimientos del sastre, que adquirían una forma aterradora.

Al día siguiente, aliviado por tal descubrimiento, se lo conté a mis padres. Quise demostrarles que había sido valiente. Pero, de pronto, palidecí al oír su respuesta.

—¿El hombre de ahí delante? ¿El sastre? Pero si está muerto y bien muerto, el pobre. Hace días que lo encontraron tendido en el suelo de su taller sin vida, ¡Tú y tus tonterías!

Ahora está conmigo. No el sastre, sino su verdugo. Hacía tiempo que rondaba por el barrio. Una vez cumplido su trabajo con ese pobre hombre, nuestro piso era su próximo destino, pues había observado mi interés por aquella sombra, que fue la que le dejó entrar en casa. Me ha dicho que ahora es el turno de mis padres. Creo que no les diré nada, no sea que me tomen por loco.

 

jueves, 19 de marzo de 2026

Debajo de la cama

 

Con este relato, he querido recuperar el género de terror (uno de mis favoritos), si es que puede catalogarse así esta historia para niños y mayores. Espero que os guste.



Siempre me han gustado las historias de terror. Mi abuela materna me contaba cuentos y leyendas sobre brujas y fantasmas. Aunque disfrutaba escuchándola, por la noche no podía conciliar el sueño y cuando lo lograba solía tener pesadillas terribles. La más frecuente consistía en que un ente demoníaco, agazapado bajo mi cama, me agarraba con una fuerza colosal y me arrastraba hacia lo más profundo del averno. Cuando despertaba, aterrorizado, todavía notaba, en brazos y piernas, la presión de sus garras.

Desde entonces, aun sabiendo lo ridículo que era, no podía acostarme sin haber mirado antes debajo de la cama para comprobar que no había nada ni nadie. Aun así, esa pesadilla continuaba atormentándome cada noche.

Cuando, avergonzado, se lo conté a mi abuela, me dijo que rezara diez padrenuestros y dos avemarías antes de acostarme, y que me encomendara a mi ángel de la guarda para que me protegiera. Así no me pasaría nada malo..

Pero a pesar de eso, el monstruo seguía visitándome cada noche, momento en el que me despertaba empapado de un sudor frío y con el corazón galopando como un potro desbocado. Abría la luz, miraba bajo la cama y, lógicamente, no había nada de nada. Pero la sensación de una presencia extraña no desaparecía. Decidí, entonces, dormir con la luz abierta. Cuando creía que mis padres estaban dormidos, encendía la lamparilla de la mesilla de noche y así conseguía relajarme y me quedaba dormido.

Al principio funcionó. Lo que fuera que intentaba capturarme desde debajo de mi cama, dejó de manifestarse en sueños. Así pues, lo que había logrado hacerle huir no fueron los rezos sino la luz, concluí.

Pero una noche, estando adormilado, noté de nuevo cómo una fuerza invisible me atraía enérgicamente. Abrí los ojos, sobresaltado. No veía nada, pero mi cuerpo era arrastrado fuera de la cama por mucho que me resistía agarrándome al colchón, al somier y a todo lo que podía con todas mis fuerzas. Entonces grité como nunca hubiera imaginado que sería capaz y, al momento, esa fuerza invisible se detuvo. Mis padres, asustados, acudieron rápidamente a mi habitación, para ver qué ocurría. No tuve más remedio que contarles lo que me había estado pasando.

Mi madre intentó, afectuosamente, convencerme de que todo había sido fruto de mi desmesurada imaginación y culpó de ello a mi abuela por llenarme la cabeza de bobadas y a las películas de terror que tanto me gustaban. Mi padre, en cambio, se burló de mí diciendo que ya era muy mayor para todas esas tonterías. Y como yo no dejaba de lloriquear y temblar de miedo, se enfadó todavía más y añadió que tenía que comportarme como un hombre y no como una niña, que a él nunca le había ocurrido algo igual en su vida porque, simplemente, no creía en fantasías de críos ni supercherías de viejas.

—La próxima vez que veas a ese demonio o lo que sea que tanto te asusta, le dices que venga a mi cama, que sabrá lo que es bueno —dijo en plan de mofa mi padre, dando así zanjado el asunto, ante la cara de circunstancias de mi madre.

Lejos de haberlas expulsado, mis pesadillas nocturnas continuaron diariamente, incluso con la luz encendida, Hasta que un día, al acostarme, después de rezar mis oraciones, haciendo un esfuerzo extraordinario, me dirigí al ente que me tenía aterrorizado.

—Conmigo eres muy valiente porque solo soy un niño, pero seguro que a mi padre no te atreverías hacerle lo que a mí. La próxima vez, ve a su cama y verás —le dije en voz baja pero firme, esperando que el desafío funcionara.

Aquella noche fue la primera de muchas que el demonio de mis pesadillas me dejó tranquilo. Dormí de un tirón.

Por la mañana, a pesar de ser un día festivo, me desperté muy temprano y salté de la cama contento por haber pasado, por primera vez, una noche en paz. Con la urgencia de decírselo a mis padres, aunque pudieran regañarme por despertarles antes de la hora en que solían levantarse, corrí hacia su habitación.

Cuando abrí la puerta, hallé a mi madre llorando, acurrucada contra el cabezal de la cama, con la manta hasta la barbilla, como si quisiera ocultarse o protegerse de algo. Al verme, me miró aterrada, con los ojos como platos y temblando. El lugar que ocupa mi padre en la cama de matrimonio estaba vacío y las sábanas revueltas como si se hubiera librado una batalla.

—¿Y papá? —pregunté, temiendo la respuesta.

—No lo sé, hijo. Algo… algo se lo ha llevado. Esta madrugada… le he oído gritar y agitarse violentamente. Cuando he abierto la luz solo he podido ver cómo desaparecía debajo de la cama.

 

martes, 3 de marzo de 2026

Elena mon amour

 


Todo empezó cuando apareció Elena.

Desde la barra del bar, me observaba provocativamente. Yo, todo un conquistador, me sentí azorado. Nunca había contemplado una belleza tan singular.   

Fue ella quien tomó la iniciativa.

—Hola, me llamo Elena, ¿y tú?

—Yo Gustavo —contesté sin poder evadir el poder de su mirada.  

El flechazo fue mutuo. Al cabo de unas semanas ya vivíamos juntos.

Al principio todo iba de maravilla. Hasta que un día le comenté mi interés por lo paranormal. Como respuesta, Elena fue más allá, afirmando que creía en la existencia del mal, en sus distintas facetas.

Desde ese instante, mostró un gran interés por mis creencias, queriendo saber lo que yo opinaba sobre las posesiones diabólicas. A diferencia de mí, no sentía temor alguno, llegando a proponerme asistir a un exorcismo. Por supuesto me negué, cosa que pareció contrariarla.

A partir de entonces, toda mi atracción por ella se trastocó en recelo al ver cómo me escrutaba mientras hablaba de las posesiones infernales, de lo que puede llegar a hacer el diablo en el cuerpo del poseso. Su carácter mudó. Cuando hacíamos el amor parecía que estaba poseída y, después se tumbaba y me miraba con un rictus casi demoníaco.

Soñaba que ella adoptaba figuras extrañas, arrastrándome hacia una gran hoguera. Hoy, al despertarme, no estaba a mi lado.

De pronto, me he sentido extraño. Al ir al baño, me he observado en el espejo y me ha horrorizado mi semblante. Tengo los rasgos y la voz de Elena.