jueves, 15 de abril de 2021

El invisible

 


Siempre quiso pasar desapercibido y no le había ido mal. Solía jactarse de que durante el servicio militar no tuvo que pringar gracias a que su invisibilidad, como le gustaba llamarla, le había sido muy útil. Como nadie reparaba en él, no sufrió las típicas novatadas por parte de la tropa ni los engorrosos encargos por parte de los mandos. Por supuesto, jamás se presentó voluntario para nada, ni siquiera como método para ganarse la complacencia de sus superiores. En la Universidad hacía lo propio. Nunca levantaba la mano a cualquier pregunta que lanzaba el profesor al auditorio, aun conociendo la respuesta. No quería sobresalir en público. Claro que esa invisibilidad entre el alumnado le pasó factura, pues las compañeras de clase, entre las que se encontraba Laura, le ignoraban por completo, pues no sabían quién era ese joven larguirucho y desaliñado que entraba en el aula o en los laboratorios de prácticas. Y a falta de un nombre, el delegado de clase, un tal Cifuentes, un tipo con ínfulas de líder, en un alarde de originalidad y de guasa, le bautizó con una serie de apodos, a cual más ridículo y bochornoso, que corrieron como la pólvora hasta llegar a oídos de Laura, quien, desde entonces le miró con una sonrisa burlona. En ese caso habría preferido mil veces la indiferencia, a la que ya estaba acostumbrado, que el desdén por parte de la única persona por la que sentía atracción.

El momento más humillante, que jamás olvidaría, fue cuando, intentando un tímido acercamiento a Laura, pasó junto a él el tal Cifuentes y le espetó, sin ton ni son, «Chico desaliñado, ignorante e ignorado», soltando a continuación una sonora carcajada.

 

El caso es que ese chico invisible a ojos de los demás terminó la carrera con sobresalientes y no le costó mucho encontrar trabajo en el laboratorio de control de calidad de una empresa conservera.

Félix Arroyo, como así se llama el protagonista de esta historia, es, lógicamente, un tipo introvertido y muy reservado. Cualquiera le calificaría de insociable. Pero, contra todo pronóstico, no lo es, solo es extremadamente discreto. Siempre ha rehuido la competitividad. Se ciñe a cumplir escrupulosamente sus labores y nada más. Tampoco se queda en el puesto de trabajo más tiempo de lo necesario y reglamentariamente exigido. Cumple con su obligación sin excesos. Si ello le supone no beneficiarse de un ascenso o de un aumento de sueldo por una dedicación extra, le trae sin cuidado. En resumen, es una persona que simplemente quiere conservar su trabajo sin tener que sobresalir en nada. Hay quien lo consideraría un individuo gris, pero él se las da de prudente. Pero lo que no tenía previsto era que esa discreción que le caracteriza le llevaría a lo que le llevó.

—Oye, Félix, mañana vendrá un inspector de Sanidad y tendrás que recibirle, acompañarle durante toda la visita de inspección y satisfacerle en todo lo que necesite, ¿de acuerdo? —le indicó, un día, el director técnico de la fábrica conservera.

—Pero siempre lo ha hecho Inma, que tiene mucha más experiencia que yo en esto —Inmaculada, o Inma, era la química del departamento, que llevaba más de diez años en la Empresa.

—Sí, pero mañana no vendrá, se toma un día libre para asuntos familiares. Y, además, ya va siendo hora que vayas adquiriendo experiencia en este quehacer. Más vale tener a dos personas avezadas en inspección sanitaria, por si algún día, como es el caso, uno falta al trabajo.

 

Al día siguiente, a las nueve en punto de la mañana, desde la recepción le comunicaron que un tal doctor Cifuentes preguntaba por él.

Mientras bajaba las escaleras iba rumiando: Cifuentes…, Cifuentes, me resulta familiar este apellido, pero nada que ver con la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, por supuesto. No es un apellido muy habitual, pero ¿de qué me suena? Y cuando ya desechaba a cualquier conocido y pensaba que se trataba de una de sus manías, se dio prácticamente de bruces con un tipo trajeado y con cara de malas pulgas que no hacía otra cosa que mirar su reloj de pulsera. Cuando se vieron las caras, la sorpresa de ambos fue mayúscula y entonces Félix recuperó la memoria. 

—Vaya, vaya, pero qué casualidad. Así que tú eres —leyendo una hoja que tenía el inspector en sus manos— Félix Arroyo, el que me va a acompañar durante mi inspección. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Quien así habló era, ni más ni menos, el antiguo compañero de clase que le impuso aquellos motes que tanto le fastidiaron.

—Y tú eres…

—Antonio Cifuentes —le cortó el interpelado.

—Eso ya lo sé. Además, lo he visto en el documento que me han pasado. Quería decir que eres, o mejor dicho fuiste, el delegado de clase.

Dicho eso, a Félix le vino un gusto amargo a la boca, como si una bocanada de bilis le invadiera la garganta, al recordar el bullying al que, por culpa de ese individuo, le sometieron algunos alumnos y que tanto le había marcado durante su época universitaria. Por su culpa, pasó de ser invisible a risible para una pequeña parte del alumnado, entre la que se encontraba la única persona que le atraía de verdad: Laura.

—Veo que tienes buena memoria.

—¿Cómo podía olvidarte?

—Ya. Y me temo que debes guardarme rencor.

—¿Rencor? ¿Por qué?

—Bueno…, pues porque no fui precisamente muy amable contigo.

—Bah, aquello ya está olvidado. La juventud a veces hace cosas sin pensar.

—Cierto. Me alegro que pienses así.

 

Terminada la visita de inspección, vino el correspondiente almuerzo de cortesía con el que la Empresa siempre obsequiaba a sus visitantes y Félix no reparó en gastos. Justificaría el dispendio aduciendo el resultado favorable de la inspección, sin saber si ello fue debido al perfecto estado de revista de las instalaciones, del personal y de la metodología de trabajo o a una reparación moral con la que el inspector quiso compensarle y, de paso, apagar su mala conciencia.

—Una comida excelente, sí señor —alabó Antonio Cifuentes al término de la misma—. Hacía mucho tiempo que no degustaba unas ostras tan exquisitas. Muchas gracias, Félix.

—De nada. Ha sido un placer. Solemos traer a nuestros invitados “especiales” —enfatizó con unas comillas marcadas en el aire con los dedos índice y medio de cada mano— a esta marisquería, pues es de lo mejor y, por si fuera poco, está a un tiro de piedra de la Empresa. Además, uno no siempre tiene la oportunidad de encontrarse con un antiguo compañero de estudios.

 

La verdad es que ahora quien tiene mala conciencia es Félix. Sabe que lo que le espera a su invitado no será precisamente un plato de buen gusto, nunca mejor dicho, pero más lo lamenta por el riesgo que, sin saberlo, corre el dueño del restaurante. Si Antonio Cifuentes así lo quisiera, podría hacerle una inspección, pero nunca descubriría cómo se produjo la contaminación con salmonella de aquella docena de ostras tan sabrosas y que tan vehementemente le recomendó. Nadie se percató de cómo se ausentaba durante la inspección ni cómo entró en el laboratorio de microbiología y salió de él con un tubo de ensayo en la mano, mientras el inspector era atendido por una de las auxiliares. La cocina del restaurante era como su casa, no en vano la Empresa conservera era uno de sus suministradores principales y él un asiduo del local. Y es que no hay nada mejor que saber pasar desapercibido. Una vez más, su invisibilidad le resultó rentable. A Antonio Cifuentes, de momento, no le ha vuelto a ver.


sábado, 20 de marzo de 2021

¿Qué me pasa, doctor?

 


Una vez en casa, después de haber pasado casi tres meses en coma, sentía que no estaba solo, que había alguien viviendo conmigo.

En el hospital, al recuperar la consciencia, ya noté algo extraño, pero lo achaqué a que mi cerebro todavía no funcionaba correctamente. Todas las noches, cuando me quedaba solo en la habitación, oía unos pasos pesados, como si alguien arrastrara los pies, que se acercaban y se detenían junto a mi cama para, acto seguido, percibir una respiración entrecortada que no me dejaba pegar ojo en toda la noche. Ni los somníferos que me daban al quejarme de insomnio me ayudaban a dormir sin interrupciones. Me despertaba a menudo, sintiendo una presencia a mi lado. No veía a nadie, pero percibía claramente un sonido gutural cavernoso que me ponía los pelos de punta.

Pensé que una vez estuviera en casa todo volvería a la normalidad, que lo que experimentaba era producto de una alucinación provocada por la medicación o por el estrés postraumático. Pero me equivoqué. Esa presencia me siguió hasta mi hogar y día tras día y noche tras noche la tenía a mi lado, invisible pero audible.

—¿Qué me pasa, doctor? —le pregunté a un psiquiatra al que acudí en busca de ayuda.

—En su caso no es extraño. Hay personas que no superan fácilmente haber salvado milagrosamente la vida, como es su caso. Haber experimentado la cercanía de la muerte les provoca una suerte de alucinaciones en las que creen ver u oír a un difunto. Intente hablar con él y verá como al cabo de un tiempo desaparece. 

Y así lo hice. Ya que no podía librarme de esa presencia, decidí entablar contacto verbal y saber quién era y qué pretendía. Al cabo de poco, con mucha paciencia y no poco esfuerzo, llegué a entender sus balbuceos.

Se llamaba, o decía llamarse, Gerardo Iglesias. Había fallecido en el mismo hospital donde estuve ingresado, unos días antes de mi llegada. De algún modo que no entendía, había quedado atrapado entre aquellas cuatro paredes. Había oído decir que hay espíritus que no logran ir hacia “la luz” hasta que no aceptan que están muertos o bien hasta que no han resuelto algo que han dejado pendiente en este mundo. Y él lo único que sabía era que desde el momento en que llegué, notó que algo nos unía. De ahí que me había seguido hasta mi casa. Así pues, si yo lo retenía, deberíamos descubrir el motivo.

Me dio todos sus datos y me puse a indagar qué podíamos tener en común. Aunque ya no me asustaba su presencia, me incomodaba vivir con un fantasma.

Lo que descubrí me heló la sangre. Era un sicario. Su último encargo falló y fue él quien resultó herido de muerte. Así figuraba en un número atrasado de La Vanguardia digital que localicé por Internet.

Cuando se lo conté, recordó su identidad y su historial de asesino a sueldo. Solo quedaba por saber qué era lo que le retenía en este mundo. ¿Una cuenta pendiente? ¿Un perdón no pedido o no concedido? Y yo ¿qué tenía que ver en ese asunto?

Debía resolver el enigma si quería deshacerme de aquel fantasma que ahora, además, resultaba ser un criminal peligroso. «Tienes que temer a los vivos, no a los muertos», solía decirme mi padre. Pero convivir con un muerto con aquel historial, me producía mucho reparo. 

Decidí, pues, jugar al detective y colarme en su casa, pensando que seguiría deshabitada. Pero me equivoqué una vez más. En ella se habían instalado unos okupas. Sin embargo, tras el desconcierto inicial, ello me resultó favorable. Me presenté como un amigo íntimo del fallecido y, hasta hacia poco, propietario del piso con la excusa de recuperar algunos enseres personales que ellos no necesitarían, como cartas y documentos varios. Me creyeron y me franquearon el paso sin, eso sí, perderme de vista.

Salí de allí con un archivador entero que parecía contener el historial de los trabajos que le habían encargado durante su vida profesional. No había duda de que Gerardo había sido un tipo escrupuloso. Lo tenía todo muy detallado. Fechas, nombres, lugares, datos de interés, dinero recibido, etcétera. Una vez en casa, leí con calma cada entrada, cada apunte, con la intención de hallar algo interesante, aunque no sabía qué podía ser, cosa que no tardé en descubrir.

Empecé el escrutinio por el final, sus últimos movimientos, sus últimos encargos. La última supuesta víctima era, en efecto, quien había acabado con su vida, tal como pude leer en el periódico, en un acto de defensa propia. Solo figuraba una entrada parcial de dinero, el que debió cobrar al aceptar el trato. El resto no llegó a cobrarlo por razones obvias: no había finiquitado el trabajo. Pero a continuación, había anotado un trabajo pendiente con el que no había acabado de atar cabos. Lo que sí quedaba claro era el nombre del individuo al que debía cargarse: ¡el mío! Junto a mi nombre aparecía mi fotografía, domicilio y lugar de trabajo. A continuación, había garabateado una cifra con un interrogante: 100.000 euros. El interrogante debía significar que no se había cerrado el trato y que, por lo tanto, estaba en el aire la cifra definitiva. ¿Cien mil euros para acabar con mi vida? Pero ¿por qué? Y ¿quién se lo había encargado?

Cuando le enseñé lo que había encontrado, Gerardo recuperó de inmediato la memoria.

—¡Ah, sí, es verdad! Tú eras el siguiente de la lista, ahora lo recuerdo. Ya decía yo que tu cara me sonaba de algo.

—¿Y quién te lo encargó?, le pregunté, ansioso.

—Eso no lo sé. No lo preguntaba. No era de mi incumbencia. Tampoco juzgaba los motivos, solo aceptaba el trabajo por dinero y este dependía de la dificultad del caso. Si pone cien mil euros es que sería difícil o tú muy importante para ese tío, pues yo, por mucho menos, ya aceptaba.

¿Quién querría liquidarme? Sometí a Gerardo a un interrogatorio para adivinar la identidad del individuo que había contactado con él. Solo pudo decirme que habló con él por teléfono y que tenía una voz de hombre joven con un ligero acento italiano, y que todo apuntaba a una venganza laboral, pues antes de colgar le había dicho algo así como «se va a enterar ese si cree que me va a echar». También le comentó que primero quería probar algo por su cuenta, y que si le salía mal volvería a contactar con él, cosa que ya no se produjo. Más claro el agua. Ahora todo cuadraba. Ya sabía de quién se trataba.

 Hacía días que tenía serias sospechas de que Marco Santoro, un joven italiano, jefe de mantenimiento de mi Empresa, desviaba dinero a sus bolsillos. Todo apuntaba a que inflaba las facturas de compra de material de repuesto, supuestamente en connivencia con el suministrador, y se repartían las ganancias. Como el tal Marco me caía muy bien y hasta entonces no había tenido ninguna queja de él, solo le advertí que llevaría a cabo una investigación en toda regla y que, en caso de que aquella sospecha se confirmara, se quedaría en la calle, sin indemnización alguna, y que podía dar gracias de que no lo denunciara a la policía.

Todo cobraba sentido. El accidente de automóvil que me llevó a la UCI fue orquestado por él. Un todoterreno se me echó encima en un cruce y se dio a la fuga. Por lo tanto, eso era lo que había querido probar antes de confiarle el encargo a Gerardo. Pero ahora Gerardo estaba muerto y yo seguía con vida. ¿Cuál sería el siguiente paso? Lo más probable era que Marco volviera a intentar liquidarme personalmente o pasara el encargo a otro. ¿Y si se lo contaba todo a la policía? ¿Me creerían? No sabía qué hacer. Y entonces Gerardo salió en mi ayuda.

—Ya me encargo yo, no te preocupes —me dijo, tajante.

—¿Cómo que te encargas tú? ¡Si estás muerto! —le repliqué, asombrado.

—¿Y qué? No podré matarlo con mis manos, pero sí provocar su muerte. Déjamelo a mí —me cortó cuando vio que iba a replicarle.

Y le dejé hacer. En cierto modo me siento culpable por omisión. Pero, de hecho, mi acto también podría calificarse de defensa propia, aunque con un intermediario, pues si yo no acababa con él, él acabaría conmigo de un modo u otro. Y Gerardo, o mejor dicho su fantasma, cumplió con su palabra. No quiso decirme cómo lo hizo ni yo se lo pregunté. Pero me enteré.

Solo habían pasado dos días cuando el director comercial me llamó para interesarse por mi estado y aprovechó para decírmelo.

—¿Te has enterado de lo de Marco?

—Pues no, ¿qué le ha pasado? — disimulé.

—Ha resultado muerto en un accidente de coche. Algo increíble.

Me contó que en el coche iba otro ocupante, el dueño de una Empresa de accesorios, cuando Marco perdió inexplicablemente el control del vehículo. El acompañante, que resultó herido de gravedad, pero salvó la vida, contó que algo asustó a Marco, como si viera un fantasma, a través del retrovisor, sentado en el asiento trasero. Solo repetía ¿quién eres?, ¿qué quieres? Y dio un volantazo que lo sacó de la carretera. El coche dio varias vueltas de campana.

Ahora duermo de un tirón y Gerardo se ha dado por satisfecho. Nunca había dejado un trabajo sin terminar, aunque en este caso el finiquitado no fuera el que había previsto. Hace días que voló, no sé adónde.

Hoy he ido a ver de nuevo al psiquiatra para decirle que tenía razón, que seguí su consejo y que ya no tengo esas alucinaciones.


jueves, 11 de marzo de 2021

La herencia

El relato que hoy os traigo responde a un reto de un taller de escritura de mi localidad en el que participo y que consistía en iniciarlo con lel texto marcado en negrita. 



En su lecho de muerte, la madre dispuso que una de sus hijas dividiera la herencia en dos lotes y la otra eligiera el suyo primero. Hasta el último momento de su vida, María quería sembrar cizaña entre sus hijas.

Ángela y Remedios siempre habían andado a la greña. Desde muy pequeñas, se peleaban por cualquier cosa, especialmente por el amor de su padre. Este las quería con locura y no hacía distingos. Al morir el cabeza de familia, siendo ellas adolescentes, tuvieron que hacer frente a muchas dificultades económicas y sacar adelante la casa familiar, pues su madre solo se interesaba por hallar un sustituto para su difunto marido.

Cuando Manuel falleció, todo el escaso patrimonio familiar pasó a manos de María: la casa familiar, el huerto, una vaca lechera, dos cerdos y unas cuantas gallinas ponedoras. Pero la nueva propietaria no estaba por la labor; ni el campo ni el ganado eran de su interés. Así pues, sus hijas, que trabajaban en la ciudad, tuvieron que hacerse cargo de la situación. Contrataron a Aurelio, un amigo de la familia, para que se ocupara de la tierra y de los pocos animales que tenían, una tarea que podía perfectamente compaginar con el trabajo en sus tierras y en su granja. Aun debiendo pagarle una parte de las ganancias, lo que les quedaba, junto con el sueldo que ambas percibían fuera de casa, era suficiente para cubrir las necesidades familiares más básicas.

El único quehacer de María era dedicar tiempo y esfuerzo en buscar un pretendiente lo suficientemente acomodado para que le permitiera llevar la vida que nunca pudo disfrutar por culpa de las penurias económicas a las que Manuel la había condenado. Hombre pusilánime donde los hubiera, nunca aspiró a más de lo que tenía. Un estúpido conformista, según ella, que nunca cumplió lo que le había prometido de novios. Casándose con ella solo pretendía tener una mujer que cuidara de él y de la casa, cosa que nunca vio cumplida, pues ella no había nacido para esos menesteres. Y ahora que su marido ya no estaba, le había dejado vía libre para procurar que sus sueños se hicieran realidad.

Pero el destino le tenía otro futuro preparado: un cáncer de útero fulminante. ¿Qué heredarían sus hijas? Una casa vieja, unos bancales con legumbres, algunos árboles frutales y unos pocos animales era toda su posesión. Nunca había pensado en hacer testamento, como sí hizo Manuel, dejándoselo todo a ella. Conociéndolas, supuso que se pelearían por esas propiedades como dos lobas hambrientas. De este modo, cuando vio que tenía los días contados, las llamó para decirles lo que había pensado. Ella ya no lo vería, pero se divertía imaginando lo que les depararía su decisión. Sin embargo, le sorprendió la serenidad con que se lo tomaron.

Solo habían pasado veinticuatro horas, cuando Ángela y Remedios se presentaron de nuevo al pie de la cama de la moribunda.

—Madre, ya hemos llegado a un acuerdo —dijo Remedios. Y ante la cara de intriga de María, Ángela continuó:

—Se lo venderemos todo a Aurelio. Nos ha ofrecido un buen precio. Con esto y el dinero que papá guardó para nosotras, en un escondrijo que nos reveló antes de morir, tendremos suficiente para comprarnos un pisito en la ciudad y vivir holgadamente.

No se sabe si fue por la impresión recibida, pero el caso es que María expiró en cuestión de minutos. En el ataúd sus labios exhibían un rictus de amargura que ni los de la funeraria lograron corregir.

* Ilustración: Mujer en su lecho de muerte. Vincent van Gogh, 1919


sábado, 27 de febrero de 2021

Teodoro Montoro vuelve al ataque

Hoy vuelvo al género de humor romántico recuperando al desdichado protagonista de amores no correspondidos. Para quienes no lo recordéis o queráis refrescar la memoria, podéis encontrar la primera parte AQUÍ, la segunda AQUÍ, y la tercera AQUÍ.



Estamos en el 2021 y, a pesar de la pandemia, Teodoro hace un año que se licenció en Biología.

Su enamoramiento de Catalina, la profesora de matemáticas, y su posterior encuentro con su antiguo amor, Ana Quintana, quedan muy lejos. Por aquel entonces tenía dieciocho años y ahora acaba de cumplir los veinticuatro. Ya es todo un hombre y tiene a sus espaldas un expediente académico brillante, cosa que no es de extrañar, habida cuenta de que, una vez decidió olvidarse de las mujeres, todo el tiempo libre que tenía, que era todo el que no ocupaba sus necesidades fisiológicas básicas para subsistir —comer, dormir e ir al baño—, lo había dedicado al estudio. De todos modos, todas las chicas guapas de su curso tenían pareja y a Ana no volvió a verla.

Ahora está haciendo el doctorado en el departamento de Microbiología de la Facultad. Les ha explicado repetidamente a sus padres sobre qué versa su tesis, pero no entienden ni un carajo. 

En el departamento abundan las mujeres, pero no está dispuesto a ligar, aunque tampoco ve posibilidades de éxito.

Su vida ha discurrido de forma insulsa y anodina hasta que un día, paseando por la calle Pelayo, en dirección a El Corte Inglés de la plaza de Catalunya, se cruzó con ella. ¿Que con quién? Quién va a ser. ¡Con la mismísima Ana Quintana! A pesar de la mascarilla, la reconoció al instante. Cómo olvidar aquellos ojos que lo habían hipnotizado y esa cabellera rubia.

Iba sola y caminaba muy deprisa en sentido contrario. Como la calle, a pesar de las advertencias sanitarias, estaba repleta de viandantes, casi se dan de bruces. A Teo se le iluminó la cara, pero en cuestión de segundos se le oscureció, pues a su saludo con un alegre «¡hola!» ella le respondió con un seco «¡adiós!». ¿Tendría prisa o simplemente no quería perder ni un segundo con él?

Y entonces recordó aquel último trimestre del primer curso de Biología, cuando coincidió con ella en las clases de refuerzo de matemáticas. Recordó también que, si bien no se había mostrado muy habladora, por lo menos no lo evitaba y siempre le dedicaba una tímida sonrisa. Teo nunca le preguntó si seguía con “el manazas” y jamás la vio llegar a clase acompañada, como le había ocurrido anteriormente con la profesora. ¿Esperaba que fuera él quien diera el primer paso? Si ella le había dejado claro, en aquel pseudo quinteto que le dedicó en el instituto, que le gustaba otro, cómo podía esperar que él insistiera, con lo que le dolía que le dieran calabazas. Y si lo había dejado con ese tipo, bien podía ser ella quien se lo dijera, sabiendo los sentimientos que Teo albergaba.

El caso es que en ese efímero y ocasional encuentro callejero se vio a las claras que Ana no estaba por la labor.

Cuando Teo llegó a El Corte Inglés se fue directo a la sección de música y salió del establecimiento con un CD de Maroon 5. Lo compró por un impulso, porque recordaba que Ana le había dicho en una ocasión que le gustaba mucho ese grupo y, además, el título le resultaba sugerente: Girls like you (chicas como tú).

Desde entonces, cada vez que escucha ese disco, siente una gran melancolía, pues le viene a la memoria su amada Ana y el corte que le dio cuando se cruzaron en la calle Pelayo. Aun la ve alejarse a paso ligero sin volver la vista atrás, mientras él, parado como una estaca clavada en el suelo, comprendió que su oportunidad por recuperarla había volado definitivamente.

Pero la vida continúa —se dijo— y, por lo tanto, haciendo caso de la máxima que afirma que un clavo saca a otro clavo, se prometió olvidarse de aquella Ana Quintana que tantos desvelos le había provocado y dejar que el destino hiciera su trabajo.

 

Casualidad o no, a principios de año, entró a formar parte de la plantilla de doctorandos una chica que le recuerda muchísimo a Ana. Y como el subconsciente hace de las suyas, Teodoro no ha podido evitar quedarse prendado de ella. Pero a la sorpresa inicial por esa semejanza física, le siguió una mucho mayor: la nueva compañera también se llama Quintana, Cristina Quintana. Dos Quintanas que se parecen casi como dos gotas de agua no es normal, se dijo Teo. Así que le preguntó si tenía alguna pariente cercana que se llamara Ana y que había estudiado Químicas.

—Pues sí, tengo una prima hermana, un año menor que yo, que se llama Ana y que el año pasado se licenció en Químicas. ¿Por qué lo preguntas?

Resultó que Cristina era hija de una hermana gemela idéntica de la madre de Ana, de ahí el gran parecido.

Desde ese instante, Teo se ha debatido entre la atracción irresistible y el rechazo preventivo. Pero pensándolo bien, ¿qué tenía de malo enamorarse de una prima de Ana? No infringía ningún precepto moral. Y si algún día coincidían en una reunión familiar, no tenía de qué preocuparse, pues Ana no sentía ni había sentido nada por él.

—Pero las mujeres son muy especiales en estas cuestiones. Sé de casos en que dos chicas se han peleado porque una de ellas de había ennoviado con el ex de la otra —le confesó un día, ante una jarra de cerveza, a Julián, el único amigo que había hecho en el departamento.

—Sí que son muy miradas en estas cosas. Porque a ver, ¿qué más te da que tu ex se líe con un amigo tuyo si ya lo habéis dejado y ya no sentís nada el uno por el otro? —corroboró el amigo.

—Eso es lo que yo digo. Pero no sé…

—A ti te gusta Cristina, ¿no?

—Pues sí.

—Y a ella, ¿crees que le gustas?

—Pues no lo sé muy bien. Lo único que puedo decir es que parece que me mira con buenos ojos, pero yo soy experto en malinterpretar a las mujeres. Igual tan solo es simpatía lo que siente por mí.

—Oye, no seas tan mojigato y lánzate de una vez. El no ya lo tienes.

—Eso ya lo he oído muchas veces, pero me da apuro quedar como un tonto.

—Más vale quedar como un tonto que perder una gran oportunidad. No la conozco, pero creo que Cristina bien vale arriesgarse.

 

Y Teodoro se arriesgó. Y una tarde, cuando vio que su nueva enamorada recogía sus cosas y se preparaba para marcharse, la abordó.

—Esto… Cristina, ¿te apetecería tomar unas cañas en el bar de enfrente? Es que me gustaría hablar contigo de una cosa.

—¿Y no me lo puedes decir aquí y ahora? —Mal comienzo.

—Es que es muy personal y aquí me pueden oír —dicho lo cual los ojos de Cristina se entrecerraron, como si quisiera leerle la mente. El único rasgo que a Teo le dio cierta confianza fue que acompañó esa mirada escrutadora con una sonrisa maliciosa. ¿Adivinaba lo que le esperaba?

Una vez sentados en un rincón del bar, abarrotado de estudiantes, Teo se armó de valor y, poniendo toda la carne en el asador, se le declaró a la antigua usanza, aunque esta vez sin poemas de por medio.

—Mi prima ya me puso en antecedentes —fue lo primero que le dijo Cristina al término de la perorata que Teo le soltó sin apenas darse un respiro —. Cuando le conté que te había conocido, quién eras y lo que me habías preguntado, te recordó y me contó que coincidisteis en el instituto y luego en la Universidad, en una clase de repaso de…

—De matemáticas.

—Eso. Y también me contó lo de los poemas que le habías dedicado y todo lo demás —Teo no quiso preguntar qué era todo lo demás, pero se lo imaginaba. Vamos, que lo había ridiculizado.

—No pongas esa cara, hombre. A mí me pareció muy romántico. Hoy día ya no quedan hombres así. Me pareces un chico estupendo, y muy mono —¿muy mono? Y eso ¿qué quiere decir? Nada bueno, supuso Teo.

—¿Y también te contó el desplante que me hizo en plena calle cuando un día nos cruzamos?

—Ah, sí, eso también. Me dijo que no supo reaccionar. Verte después de tanto tiempo…

—Bueno, eso ya es agua pasada, ya está olvidado —afirmó Teo sin demasiado convencimiento—. Pero ¿qué opinas sobre lo que te acabo de decir?

—Cuando me has propuesto tomar unas cañas, ya me imaginaba lo que querías decirme, pero no he querido ser descortés y te he seguido el rollo —¿el rollo?, vaya forma de expresarlo, pensó Teodoro—. El caso es que me caes muy bien, pero no eres mi tipo y, además, tengo pareja. Lo siento.

 

Teo estuvo un tiempo pensando si no sería mejor meterse a monje de clausura. Pero lo del celibato seguía sin atraerle, y mucho menos lo del voto de castidad. Pero, a fin de cuentas, sin haber tomado ese voto, más casto no podía ser, maldita sea, aunque fuera contra su voluntad. Con lo que le gustaba el canto, de haber vivido en el siglo XVII, se habría presentado para Castrati.

Ahora tendría que soportar la tortura de ver a diario a Cristina Quintana e intentar disimular su nueva decepción amorosa. «Eres un inútil, un pringao, un don nadie», se repetía Teodoro. Has vuelto al ataque y has sido derrotado de nuevo.

A Teo no le quedó otro remedio que dedicarse en cuerpo y alma a su tesis. Parecía estar condenado al estudio eterno y sin recompensa. Moriría sin haber conocido el amor correspondido ni el placer de la carne. Y él no iría jamás a un prostíbulo. No era de ese tipo de hombres. Tenía sus principios morales, su dignidad. Jamás pagaría por tener sexo. Ya se las compondría solo, como siempre había hecho. Un sucedáneo como cualquier otro. Como tomar achicoria en lugar de café. Bueno, tanto como eso no. Ya se había acostumbrado.

Y en esas cavilaciones estaba, cuando, de repente, la voz de Cristina le sobresaltó.

—Teo, mi prima me ha dicho que, si quieres, podríais quedar un día. Le gustaría hablar contigo.

—¿Hablar conmigo? ¿De qué?

—Ay no sé, chico, no me lo ha dicho ni se lo he preguntado. ¿Quieres o no?

—Pues…, vale, sí, claro.

  

A las seis de la tarde del día siguiente, Teo aparece puntual en el Café Zúrich, de Plaza Catalunya, donde Ana le había citado. Solo le envió un escueto wasap diciendo “quiero verte” junto a un Emoji de una carita sonriente y un corazoncito. Está hecho un manojo de nervios. Está claro que todavía siente algo por esa chica que le dio calabazas. La busca entre las mesas de la terraza, pero no la ve. Está a punto de llamarla al móvil o enviarle un wasap, cuando un camarero se le acerca.

—¿Eres Teodoro Montoro? —le pregunta.

—Sí, soy yo,

—Pues una chica, muy guapa, dicho sea de paso y si me lo permites, me ha dado este sobre para que te lo entregue.

Teo abre el sobre, nervioso, como el que espera recibir una noticia que no sabe si será buena o mala, saca un papelito que hay dentro y lee:

Llegué a pensar que no te quería

Porque ignoraba mis sentimientos

No supe apreciar lo que tenía

Hasta darme cuenta de lo que perdía

Y no poder sacarte de mis pensamientos

P.D.- No es un quinteto para un sobresaliente, pero por lo menos es mucho mejor que el que te dediqué en el Instituto.

Al levantar la vista del papel, la ve, sentada a una mesa del fondo. Le saluda con la mano. Está guapísima.

A Teo le tiemblan las piernas, pero se lía la manta a la cabeza y decide echarse a la piscina. Solo espera que esté llena y no se lleve un buen porrazo. Llega a la altura de Ana, que le sonríe tímidamente. Esta se levanta y le da dos besos en sendas mejillas. Teo se sienta y respira hondo.

 

Si esto fuera una película, la cámara se alejaría lentamente sin dejar de encuadrar a la pareja de tortolitos, y al final, a lo lejos, se vería cómo ella le besa a él, dulcemente, en los labios.

 



domingo, 14 de febrero de 2021

Una pareja singular

 


Eulalio se casó con Berta por dinero. Chica rica y poco agraciada, siendo benévolos, y ocho años mayor que él. Los esponsales se celebraron en un tiempo récord. El suegro no regateó en gastos. Siendo conservador hasta la médula, lo único que no quiso conservar fue a su Bertita en casa. Aunque laboriosa y detallista, era un incordio, pues su mayor defecto era criticarlo todo. Nada le parecía bien, se quejaba sin parar. Haberla podido endosar a ese desaprensivo fue una gran suerte. ¿Que se casaba por su dinero? Que más daba. Por muy manirroto que fuera su futuro yerno, el dinero seguiría manando de sus arcas, que no paraban de llenarse gracias a sus negocios inconfesables.

Eulalio era un joven atractivo y ambicioso. Había tenido muchas novias a las que dejaba en cuanto veía que no podían mantener sus caprichos. Las desplumaba y se largaba con viento fresco. Si te he visto no me acuerdo. Y a pesar de su mala fama, no dejaba de provocar suspiros entre las jóvenes. A estas, sus padres les tenían prohibido acercarse a él, como el único antídoto contra la evidente decepción que les ocasionaría semejante individuo.

La unión entre Eulalio y Berta fue un éxito. Ella flotaba de alegría por haber cazado a un galán tan apuesto y él por haber pillado un mirlo blanco o, menos poéticamente, la gallina de los huevos de oro.

Todos los conocidos hacían apuestas para ver cuánto duraba ese matrimonio. Si bien, tras la boda, todo funcionaba, aparentemente, a la perfección, en la intimidad las cosas fluían de modo muy distinto.

—Estoy harta de que mires a todas las mujeres.

—Anda, no seas tonta, que sabes que es a ti a quien quiero.

—¿De verdad? Entonces ¿quién era esa pelirroja con la que te vi ayer por la tarde?

—¿Ayer por la tarde, dices? Mmm, ah, sí, era Milagros, una compañera de la oficina con la que me encontré casualmente. —¿Cómo iba a decirle que, en realidad, era “la milagros”, como así la conocían en el club de alterne que Eulalio solía frecuentar? No hace falta decir por qué de ese apodo. Menos podía decirle que ahora ya no era su cliente habitual sino su amante, que le había comprado un pisito en Barcelona capital y la había retirado de su antiguo oficio.

—¿Acaso me tomas por imbécil? No tenía pinta precisamente de oficinista —contraataca Berta.

—¿Y quién te ha dicho que es oficinista? Además, ese término ya no se usa, en todo caso administrativa. Se nota que no has trabajado en tu vida.

—No habré trabajado, pero no tengo un pelo de tonta. La gente habla, y hace tiempo que me huelo que me eres infiel.

—¿Infiel yo? Pero tú estás mal de la cabeza.

—Entonces por qué no me haces el amor desde…, desde ya ni me acuerdo, ¿eh? Ni me tratas con ternura, ni me dices cosas bonitas, como cuando éramos novios.

—Es por culpa del estrés, cariño. Tú no sabes lo que son estas cosas. Qué más quisiera yo que volver a ser el de antes.

Berta queda pensativa. Quizá tenga razón su marido y ha sido injusta con él. De hecho, pasa muchas horas fuera de casa, seguro que trabajando sin cesar. Incluso los fines de semana. No debe querer sentirse un mantenido. Pero no por ello quiere resignarse a una convivencia sin pasión, sin sexo. Recuerda aquellos consultorios radiofónicos de cuando era pequeña y los consejos que daban a las mujeres en estos casos. Pero será más atrevida que las mujeres de antaño. Mañana —piensa— irá a una tienda de lencería de Barcelona y se comprará la ropa interior más sexy que encuentre.

Al día siguiente, en Janine, una tienda barcelonesa de alta lencería, mientras Berta está intentando probarse un tanga, oye una voz meliflua en el probador de enfrente.

—Pichurri, ¿quieres ver cómo me queda?

—Pues claro, bomboncito.

Esa voz de hombre le resulta familiar, pero que muy familiar. Decide salir de dudas y abre de un tirón la cortina, sospechando y temiendo a la vez lo que va a encontrar al otro lado.

—¡¡Eulalio!!, ¿qué coño haces aquí? —pregunta retórica donde las haya, pues su marido está en medio del pasillo, ante una pelirroja prácticamente en cueros, con un amplio surtido de ropa interior en sus manos.

La tienda se convierte en un campo de batalla, donde sostenes, bragas y tangas vuelan por los aires, mientras una mujer morena, bajita y rellenita persigue a otra pelirroja y con un tipazo de aúpa, volcando los expositores que encuentran a su paso. La trifulca llega a su fin con la presencia de la policía municipal

Una vez en casa, por la noche, Eulalio intenta resolver el entuerto.

—La pobre es nueva en la ciudad, no tiene ninguna amiga que la acompañe de compras, sale con un chico y quería impresionarlo con un conjunto de ropa interior sexy. Pensó que mi experiencia le sería de utilidad y me pidió si podía aconsejarla. No podía negarle ese favor.

—¡¡Eulaliooooo!!. ¿Tú me has visto cara de gilipollas?

—Querida, sé compresiva. ¿No prometimos sernos fieles en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de nuestra vida? Pues si yo soy feliz haciendo feliz a mis amigas, ¿por qué te pones así?

—Sí, hasta que la muerte nos separe, cosa que va a pasar ahora mismo.

 



viernes, 5 de febrero de 2021

Viaje al interior de una maleta

 

En esta ocasión abandono la temática trágica de mis dos últimos relatos para saltar alegramente al humor surrealista. Espero que os guste.



—Este tío debería comprarse un manual para aprender cómo se hace, porque es un perfecto inútil.

—Uf, se nota que eres nuevo aquí; yo ha estoy más que acostumbrado —afirma el que está más cerca de quien ha hablado.

—Lo peor de todo es que cada vez lo hace más a menudo —dice otro.

—¿Sabéis a qué se dedica? —pregunta el que primero habló.

—Pues no lo sé, pero el caso es que cada dos por tres nos mete aquí, apretujados y de cualquier modo.

—Pues yo no me he acabado de acostumbrar, y eso que hace unos cuantos años que viajo con él. Fui un regalo que le hizo su mujer por Navidad.

—¿Su mujer te regaló por Navidad? ¿Un paraguas plegable? Qué poca originalidad.

—Pues soy un artículo muy útil. ¿O acaso no te va bien que te cubra cuándo llueve? Una americana mojada queda hecha una piltrafa.

—Bueno, sí, claro, bien pensado…

—Su mujer sí que era apañada y sabía hacer una maleta como Dios manda, no como este chapucero —se mete en la conversación una corbata a rayas.

—Por lo menos que el viaje sea corto y nos saque de aquí lo antes posible —dicen al unísono un par de calzoncillos.

—¡Y tanto!, porque este olor a sudado del pijama no se puede aguantar.

—Eh, tía, ¿¡qué quieres que haga yo si solo me lava una vez al mes!? —responde el aludido—. Tú, como eres una camisa blanca, que se te ve a la legua, seguro que te lava a menudo. Pregúntale al traje cada cuando lo lleva a la tintorería.

—¿A la tintorería, dices? Ya no me acuerdo cuándo fue la última vez. Quizá hará dos o tres años, mira lo que te digo. Afortunadamente soy de un color gris muy sufrido y apenas se me notan las manchas. Peor lo debe llevar la corbata, a qué sí, chica.

—Sí, pero como tiene tantas, si me mancho me cambia por otra y Santas Pascuas. A la tintorería me lleva muy de vez en cuando. Y a mis compañeras igual.

 

De pronto se hace un silencio extraño en la maleta.

 

—Eh, tú, ese que no dice nada —exclama el traje gris.

—¿Quién?, ¿yo?

—Sí, tú.

—¿Qué pasa? ¿Qué quieres de mí?

—Que ¿quién eres?, nunca te había visto por aquí.

—Es que dentro de la maleta viajo por primera vez. Pero ese tipo y yo somos muy amigos, vamos juntos a todas partes. Hoy es un día especial. Quiere que me mantenga oculto hasta que llegue el momento.

—Vaya, qué interesante. Y para qué le sirves, si se puede saber —pregunta el paraguas.

—¿Lo preguntas de veras? ¿Acaso no has visto nunca uno como yo?

—Ahora que lo pienso, me parece que te he visto una o dos veces en uno de mis bolsillos —dice la americana.

—Pues nosotros no te habíamos visto nunca, la verdad —afirman los demás.

—Pues sí que es extraño. ¿Y decís que lleváis mucho tiempo con este hombre?

—Sí…, no…, hombre…, mucho tiempo quizás no…, según cómo se mire —contestan, uno a uno, los inquilinos de la maleta.

—Pero seguro que habéis oído hablar de mí. Soy muy conocido.

—Va, venga, no nos tengas intrigados. Para qué sirves —insiste ahora el pijama.

—Soy un revólver.

—¡¡¿Un revólver?!!, gritan todas y todos, como un coro de monaguillos aterrorizados.

—Creía que los revólveres hacíais olor a pólvora, que lo he oído decir —afirma un zapato—. Hace tan solo unas semanas que estalló un petardo muy cerca de mí y todavía tengo pegado ese olor nauseabundo.

—Y, según parece, es peor que el olor a sudor —subraya el pijama, mirando de reojo a la camisa.

—Todavía no huelo a nada. Mi jefe me mantiene siempre muy limpio. En todo caso puedo oler un poco a la grasa con la que me adecenta. Y es que todavía no ha llegado mi momento. Ya veréis a la vuelta, cuando haya hecho mi trabajo…


Este relato, traducción del original en catalán, ha permanecido un tiempo en un cajón esperando a ser rescatado, y pretende ceñirse a la consigna acordada en un taller de escritura al que asisto con regularidad. El relato debía versar sobre un viaje (espacial o temporal) y una maleta.


miércoles, 20 de enero de 2021

Las estaciones

 


El día era perfecto. Estaba seguro de que todo iría bien. Las apariencias no siempre engañan. Desde que Charles Parker había vuelto a Charleston, la vida parecía sonreírle. Cuando se licenció, juró no volver nunca más. Quería olvidar. Pero no pudo resistirse a la propuesta que había recibido tan solo unas semanas atrás. Hacer una exposición de sus obras en esta ciudad, en una de las más famosas galerías de arte del Estado, representaba una oportunidad única que no podía rechazar. Y fue un acierto. Tuvo un enorme e inesperado éxito. De ahí que decidiera quedarse y fijar de nuevo su residencia allí. Lo único que temía era encontrarse con ella. ¿Cómo reaccionaría si ello ocurría? Charleston tenía más de cien mil habitantes, lo cual hacía que un encuentro casual fuera más que improbable.

Pero el azar, siempre tan caprichoso, hizo que así sucediera. Fue un sábado al mediodía, en un Centro Comercial, seguramente el más concurrido de la ciudad. Y ahora que la había vuelto a ver, ni el mismísimo diablo podría arruinarle una segunda oportunidad. Y su casi masoquista curiosidad hizo que emprendiera un seguimiento y una investigación casi policiales.

Christine Rogers —ese era su apellido de soltera— vivía ahora en una zona residencial de Mount Pleasant, a las afueras de Charleston. Se fue a vivir allí tras casarse con el imbécil de Jeffrey Simmons, el pívot del equipo de básquet. Tenía dos hijos de corta edad. Llevaba dos años divorciada. Era profesora de Historia del Arte en la Facultad donde ambos se conocieron.

Desde que la vio, aquel memorable sábado, para Charles los días transcurrían en un constate sinvivir. Verla de nuevo le hizo revivir aquel curso en el que había logrado salir con la más guapa, adorable y deseada cheerleader de todo el Campus.

Armándose de valor, Charles la llamó por teléfono, un medio menos violento que el cara a cara, para decirle que volvía a vivir en la ciudad y que le encantaría volver a verla.

El sábado de la semana siguiente, el día de la cita, las nubes mañaneras se habían retirado para dejar paso a un sol radiante. En Carolina del Sur el otoño es muy cálido. El estanque del parque y sus alrededores se asemejaban al mismísimo Edén. Solo faltaba que su Eva le diera a probar la manzana prohibida. Pero todo a su debido tiempo. Habían quedado a las doce. Irían a comer a un restaurante del barrio histórico de la ciudad y luego... lo que surgiera. Al ex marido de Christine le tocaba estar todo el fin de semana con los niños. Tenían, pues, lo que quedaba del día para estar juntos.

Sería su primer encuentro tras casi veinte años de separación. Charles no olvidaría jamás la noche que fue a recogerla a casa de sus padres con su Ford Mustang del 66, de color rojo y de tercera mano. Christine había aceptado ser su pareja en el baile de fin de curso. Esa noche se le declararía. Él tenía veinte años, ella diecinueve.

Charles quería ahora causarle buena impresión. Ella seguía bellísima. La doble maternidad no le había pasado factura. Conservaba un cuerpo de vértigo, casi como el de una adolescente. Él, en cambio, lucía una incipiente calvicie y la falta de ejercicio le había obsequiado con una tripa que amenazaba con hacer saltar algunos botones de la camisa entallada. Esperaba que ella no se fijara en esas minucias. Aunque después de tanto tiempo ¿qué pretendía? ¿Qué cayera rendida en sus brazos? ¿Después de lo que pasó? Pero había algo a su favor. El tono de voz al hablarle por teléfono sobre sus últimos años de casada la delataron. Había sido muy infeliz y deseaba rehacer su vida. Así pues, todavía había un resquicio de esperanza. Si había accedido a esa cita era porque todavía sentía algo por él.

Eran las doce y media y Christine no llegaba. Charles había reservado una mesa a la una en punto en el Halls Chophouse. Estaba hecho un manojo de nervios. ¿Y si se había arrepentido y no acudía a la cita? ¡Tan bien que había empezado el día! Las dos. La situación estaba tomando un cariz preocupante. A las dos y media comprendió que estaba perdiendo el tiempo. Habían vuelto a aparecer las nubes y el aire amenazaba lluvia. Le pareció oír un trueno lejano. Con un suspiro de resignación, arrojó a la papelera las violetas que le había comprado —su flor favorita— y abandonó el lugar cabizbajo. «Ya tuve mi oportunidad y no la supe aprovechar. ¿Qué esperabas?» —se dijo.

Cuando arrancó el coche, un Ford también rojo, cambió de opinión. Iría a verla. Necesitaba hablar con ella. Aunque no tuviera ninguna oportunidad de recuperarla, por lo menos quería dejar las cosas claras, disculparse, cerrar aquel episodio, lo que fuera.

Conduciendo por la Interestatal camino de Mount Pleasant, tras dejar atrás Charleston, su mente voló hasta los días felices antes de su ruptura. Recordó aquella mañana de otoño cuando la conoció. Ella iba un curso por detrás de él. La había visto miles de veces, pero nunca se había atrevido a hablarle. La consideraba inalcanzable. Era sin duda la chica más guapa de la Facultad. Todos suspiraban por ella. Pero aquel día se sentó a su lado, en el césped del campus, y empezaron a hablar. Recordó aquella tarde de invierno, patinando en el pabellón municipal cogidos de la mano. Recordó la primavera siguiente, cuando iniciaron una relación y le presentó a sus padres. Y volvió a recordar aquella aciaga noche de verano cuando fueron al baile de fin de curso. En menos de un año, durante cuatro estaciones, pasó de la ilusión a la decepción, del enamoramiento alocado a la tortura del abandono. Y todo por culpa del chico más famoso, más alto y más atractivo, un guaperas con una caja de serrín por cabeza. Lo único que tenía era una buena planta y unos padres muy ricos. Y mucha labia. Con esos únicos atributos le robó la que tenía que ser su novia. Ni siquiera le dio tiempo a reaccionar. Se la arrebató literalmente de las manos y lo dejaron tirado en medio de la pista de baile. Y ella, lejos de evitarlo, se dejó seducir.

El rencor le hizo decir y hacer cosas de las que ahora Charles se arrepiente. Los celos y la rabia le nublaron la razón y le empujaron a ser cruel con ella. No volvió a dirigirle la palabra aun cuando ella lo intentó. Supo, por sus amigas, que se sentía profundamente arrepentida, que reconocía haber cometido un error. Pero él no quiso reconciliarse con ella. ¿Cómo pretendía que la perdonara después de lo que le hizo, de la humillación a la que le sometió? Cuando él terminó los estudios supo que se había prometido con aquel ladrón de novias. No hizo nada por impedirlo.

Andaba recordando todo esto cuando sonó su móvil. Lo había dejado en el asiento del copiloto. Lo tomó dubitativo y esperanzado a la vez. Cuando lo tuvo en sus manos vio que era ella quien llamaba. “Chris” aparecía en la pantalla junto a la fotografía que le hizo la noche del baile, con una violeta prendida en su cabello. Estaba preciosa. ¿Por qué tuvieron que acabar de aquel modo? Pero ahora todo volvería a ser como antes. Seguro que llamaba para disculparse. Habría tenido un contratiempo y no había podido acudir a la cita. Charles deslizó el dedo pulgar sobre la pantalla para contestar la llamada y se acercó el aparato al oído a la vez que volvía la mirada al frente.

La colisión fue brutal. El conductor del camión no tuvo tiempo de esquivarlo. Entre el amasijo de metal y plástico en el que se convirtió el Ford Mondeo, el móvil de Charles apareció intacto. Cuando uno de los bomberos lo recuperó, comprobó que había varias llamadas perdidas. Todas llevaban el nombre de Chris, pero, sin conocer el PIN de desbloqueo, no había forma de escuchar. Por lo tanto, nadie pudo comprobar que había un mensaje que decía: «Lo siento, mi ex ha vuelto antes de tiempo. Tengo que quedarme con los niños. Lamento no haberte podido avisar antes. Espero que nos veamos otro día. Tenemos mucho de qué hablar.».

 Aquella tarde de otoño un feroz aguacero descargó sobre todo el condado.