lunes, 21 de enero de 2019

Volver a casa



Hoy he vuelto a pasear por mi barrio, en el que, por cierto, también nació Joan Manuel Serrat siete años antes que yo, aunque todavía no le conozco ni puedo saber quién es. Mi barrio es como una pequeña ciudad que habita, palpita y respira dentro de la gran urbe, que satisface las necesidades de sus habitantes. No hay que desplazarse más de unos cien metros a la redonda para adquirir lo indispensable: la lechería, en los bajos de nuestra finca, donde sirven la leche fresca traída de una vaquería cercana ─que, por cierto, despide un olor a establo que tumba a quien osa pasar por delante, pues todavía no lo han prohibido─, y que la dueña escancia en raciones de cuarto, medio o de un litro en la lechera que los clientes llevamos de casa, donde la herviremos antes de consumir; la panadería, donde venden el pan recién horneado a peso y si falta algunos gramos pues añaden un pedacito extra para compensar y que, cuando es un corrusco, me lo como por el camino; la mercería, donde mi madre compra toda clase de cintas, hilos y botones; la librería-papelería, que me surte de lápices de colores Alpino (mis preferidos), tinta china, papel secante y libretas de todas las clases y tamaños; el local del zapatero remendón, llamado también “El rápido” porque remiendan los zapatos en un santiamén, y que despide un fuerte olor a cuero, goma y a cola de pegar; el bar bodega, en el que los efluvios alcohólicos llegan a marear, donde vamos a comprar el vermut a granel y también hielo (hasta que no aparezcan las neveras eléctricas), que cortan de una larga barra, en pedazos en forma de cubo, con una guillotina, y que nos llevamos a casa lo más rápidamente posible para que no se deshiele por el camino; la farmacia en el chaflán de enfrente, cuyo farmacéutico conoce a toda su clientela a la perfección; el colmado (o tienda de ultramarinos), donde mi madre suele mandarme a por patatas ─”sobre todo que sean del bufet”, que ignoro lo que significa, pero que para ella son las mejores─ y aceite a granel, que sirven con una especie de surtidor; la droguería, justo al lado, donde venden desde pintura hasta matarratas; y a unos treinta metros de la esquina, calle arriba, el trapero a quien le llevamos las botellas vacías de Champán (al que todavía no le han cambiado el nombre), los periódicos y tebeos (a los que todavía no les han bautizado con el nombre de cómics) usados. En esa trapería, los papeles y trapos se pagan a peso. Las botellas no, esas tienen un precio por unidad. Cada vez que voy, con el dinerillo obtenido ya tengo para comprarme tebeos nuevos o me lo guardo hasta que me alcanza para comprar un Minicar, esos coches en miniatura a escala. Cuestan mucho dinero, pero soy paciente. De momento ya tengo seis y todavía ignoro que llegaré a tener más de veinte y que un niño al que no conoceré, al que su madre trajo a casa una mañana porque no sabía con quién dejarlo y a quien la mía le dejó pasar el rato con esos cochecitos tan queridos por mí ─”Hala, juega un ratito, guapo, mientras tu mamá hace la limpieza”─, se llevará unos cuantos que finalmente recuperaré, tras amenazar a mi madre con marcharme de casa, bastante deteriorados.

Después de deambular un rato por los aledaños, he acabado entrando en la finca donde nací, he tomado el ascensor acristalado con carcasa de madera ─que la señora de la limpieza no quiere tomar porque le da miedo─, he pulsado el botón de latón dorado del tercero segunda y he llamado a la puerta, pues sigo sin tener llave. Me ha abierto mi madre. La he pillado escuchando la radio. Es la hora del consultorio sentimental de la señora Elena Francis. Luego, cuando el almuerzo ha estado listo, me he sentado a la mesa para comer ese puré de patatas que no me gusta y al que mi madre le echa un poco de tomate frito de bote porque sabe que es la única forma de que me lo coma. Mientras, en la radio escucho Tambor, el programa de cuentos infantiles del mediodía. Sé que, por la tarde, al volver de la escuela, encontraré a mi madre sentada ante su máquina de coser Singer o planchando un montón de ropa, atenta a las penalidades de Ama Rosa, la radionovela que tanto la hace llorar. Eso si no está recortando y pegando los “cupones ahorro del hogar” en esas libretitas que después canjeará por algún regalo en los almacenes El Barato, esos donde vamos a entregar la carta a los Reyes Magos a principios de año ─todavía no tengo claro que Sus Majestades los Reyes de Oriente sean los padres─, y que un incendio acabará con ellos años después de forma sospechosa. Y yo, después de hacer los deberes, volveré a sentarme a la mesa, deseando que no haya para cenar coliflor con patatas, que todavía me gusta menos que el dichoso puré porque, además, huele mal. Por suerte también me acompañará, para hacer el rato más agradable, otro programa de cuentos, Cascabel, a las ocho y media en punto. Pero antes sonará la canción del Cola Cao que tanto me gusta ─”Yo soy aquel negrito del África tropical…─.

En casa somos muy de radio ─cómo no, si todavía faltan unos tres años para que entre en nuestro hogar el milagro de la televisión─. A lo largo de la semana todos seguimos ─menos mi padre, que es pluriempleado, el pobre, y se levanta a las seis de la mañana y no vuelve hasta las ocho y media de la tarde─ las alocadas historias de Matilde, Perico y Periquín y el humor de Pepe Iglesias “El zorro” ─”Yo soy el zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos; yo soy el zorro, señores, con mil amores voy a empezar”─. Un programa, en cambio, que detesto y que solo sigue mi madre es, además del de la dichosa Elena Francis, el de esa tal Montserrat Fortuny, otra voz femenina del consultorio sentimental de media tarde, momento que aprovecho para irme a mi cuarto a hacer los deberes. Los únicos programas que reúne a toda la familia ─mi padre, mi madre, mis dos hermanas, mi abuela paterna y un servidor─ en torno al aparato de radio son las noticias de Radio Nacional de España, a las nueve en punto, que mi padre sigue llamando “el Parte”, como si no hubiera terminado la Guerra Civil (y de eso ya hace diecinueve años) y, cómo no, Taxi Key, la serie policíaca de moda que se emite los sábados por la noche por Radio Barcelona. Por fortuna puedo quedarme a escucharlo, pues, aunque termina casi a las once, al día siguiente no tengo que ir al colegio y ya soy mayor para ello. No sé exactamente qué edad tengo. Debo de tener unos ocho años, pues mis hermanas aparentan trece y quince, respectivamente.

Eso de ir al colegio los sábados por la mañana es un rollo. A ver cuándo instauran eso que llamarán la “semana inglesa” (los ingleses siempre tan adelantados). Así tendríamos un fin de semana más largo y podríamos hacer los deberes sin tantas prisas. Menos mal que esta semana ningún profesor me ha castigado con asistir a clase de repaso el sábado por la tarde y podré salir a dar una vuelta con Joaquín. El domingo no puedo, pues por la mañana tengo que ir a misa de una con mis padres y luego a visitar a mis abuelos maternos (esto no me resulta ningún sacrificio, al contrario, pues mi abuelo Antonio, que es muy espléndido, me da siempre un duro para ir al cine, que yo me guardo para lo que haga falta), y por la tarde es cuando hago los deberes. Mi padre dice que siempre los dejo para el último momento, pero yo prefiero dejar lo pesado para el final.

Joaquín y yo tenemos la misma edad. Es mi único amigo de la escalera. Y del barrio. No va a mi colegio ─yo voy a los Escolapios de San Antón y él a los Maristas de Sarriá, un colegio de más postín, aunque está mucho más lejos, mientras que el mío solo está a un cuarto de hora andando─. Vive en el cuarto primera con su padre, un tío soltero, que es teniente de la Guardia Civil, y su abuela paterna. Todos son de Santander, menos él, que nació en Barcelona. Como no tiene que ir a misa, se pasa casi todo el domingo jugando con los juguetes que le compran cada dos por tres. Y también tiene un montón de tebeos, que me pasa cuando ya los ha leído. He oído decir que está muy mimado porque no tiene madre. Cuando sea mayor sabré que sí tiene madre, pero que los abandonó cuando él era todavía muy pequeño y por eso no se acuerda de ella.

Aunque a mis padres no les hace ninguna gracia que vayamos a pasear solos, me han dejado salir a dar una vuelta con él ─”no vayáis muy lejos y no aceptéis ningún caramelo de un extraño”, nos ha dicho mi abuela, siempre tan sufridora─. Hemos ido hasta el mercado de San Antonio, que está prácticamente al lado de mi colegio, donde los domingos por la mañana, al salir de misa, suelo intercambiar cromos con otros niños o comprar nuevos en los encantes. Creo que ahora estoy haciendo una colección sobre piratas, o quizá sea la de la película Los Diez Mandamientos, no estoy seguro.

Al cruzar El Paralelo, mi calle, que oficialmente se llama Avenida del Marqués del Duero ─que vete tú a saber quién era ese Marqués─, he visto pasar el tranvía de verano, abierto por los laterales, y adornado con una especie de pequeñas cortinillas que cuelgan de lo alto, a cada lado, para proteger a los pasajeros del sol. O para hacer bonito, no lo sé. Ese tranvía, al que se le conoce como “Jardinera”, va hasta la Barceloneta, donde tiene su parada final, junto a la playa, en una plaza (en un futuro la llamarán rotonda) que hay frente a los baños públicos de pago: El Astillero, Los Orientales y San Sebastián. Durante las vacaciones de verano, voy con mi madre a Los Orientales. Tienen tres departamentos: para hombres, para mujeres y familiar. De pequeño mi madre me llevaba con ella al de mujeres. Me daba mucha vergüenza desnudarme delante de señoras desconocidas, aunque mi madre me cubriera con una toalla. Ellas, en cambio, no se tapaban y alguna vez, sin querer, las había visto en bragas y sostenes. Yo quería ir a los baños de San Sebastián, de mucha más calidad, con sus casetas para cambiarse, una piscina enorme y un trampolín de tres alturas, pero la entrada es mucho más cara.

En el camino de vuelta a casa, he visto pasar al basurero, con su carro tirado por un caballo, recogiendo las basuras a pie de calle, junto a los árboles, que los vecinos dejan en unos hediondos cubos de plástico, sin bolsa y a duras penas cerrados; y ya en casa, he visto desde el balcón al farolero, encendiendo las farolas de la calle; para dejar paso, más tarde, al vigilante. Me han dicho que, de madrugada, al vigilante le sustituye el sereno. Nunca he entendido muy bien lo que hace uno y el otro. Al parecer, el sereno es quien te abre la puerta del portal si te has dejado las llaves ─¡Sereno!, hay que gritar, ¡Ya va!, responde─. Dicen que también se le puede llamar dando palmas. Y que va armado. ¿Será cierto? Quizá solo lleva una porra. De hecho, nunca lo he visto, puesto que a esas horas yo no ando por la calle, salvo al salir de la Misa del Gallo, y eso solo es una vez al año.

Al cartero hoy no le he visto, debió pasar al mediodía, cargado con su gran cartera de piel en bandolera. Si estuviéramos en Navidad, veríamos a todos estos servidores públicos, que recorren incansablemente las calles del barrio, llamando a las puertas de las casas pidiendo el aguinaldo. “El basurero, el barrendero, el farolero, el cartero… les desea unas felices fiestas”. Y detrás de la postal que obsequian a cambio, podríamos leer un verso. Me imagino que cada año es el mismo. La verdad es que no me he fijado. Y en las calles veríamos a los Guardias Urbanos, los que dirigen y controlan el tráfico apostados siempre en los mismos cruces, con un montón de paquetes a su alrededor con los que algunos conductores, habituales de la zona, les obsequian. Que yo me pregunto si esto no podría considerarse una forma de soborno.

Todo ello me resulta normal y corriente, aunque percibo un cierto halo de irrealidad, de lejanía. No sabría decir por qué. Hasta que me doy cuenta de algo realmente extraño. Y es que en todo este tiempo no he puesto los pies en mi colegio. ¿Será que estoy de vacaciones? Y entonces caigo en la cuenta de que no sé en qué mes del año estamos. Tiene que ser verano porque he visto circular al tranvía “jardinera”, pero no puedo ser más preciso. Como me huelo algo extraño, para asegurarme de que todo está en orden y de que, efectivamente, si no he ido a clase es porque estoy de vacaciones, me acerco hasta el colegio donde todavía pasaré otros nueve largos años de mi vida. ¡Qué lentamente pasa el tiempo cuando se es niño!

Debo reconocer que he hecho el trayecto con cierto temor, como si pensara que lo que estoy viviendo no fuera real. Pero cuando llego a mi destino, compruebo que nada extraño ha ocurrido. El colegio sigue ahí, imponente. Nada ha cambiado. La oficina del banco Hispanoamericano sigue en la esquina, mirando de frente al mercado de San Antonio, y las tiendas en los bajos del edificio son las mismas. Al entrar, el vestíbulo sigue ostentando, en una de sus paredes, los Cuadros de Honor de los alumnos de cada curso. De lejos percibo el bullicio procedente del patio, al que se accede por el pasillo de la derecha, junto a la escalinata que hay al fondo, pasada la enfermería. Una vez me asomo a él, se me antoja más pequeño. Está lleno de chiquillos, con la bata a rayas azules y fondo blanco. ¿Por qué no estoy yo allí, entre ellos? ¿Por qué no he acudido a clase? Entonces me veo, sentado en un rincón, pues no me gusta el futbol y prefiero contar aventuras o jugar a las chapas. Estoy con varios compañeros que no reconozco, aunque sus caras me resultan familiares. Me miro y ese otro yo me devuelve la mirada. Se levanta y se dirige hacia donde estoy con paso decidido, se planta ante mí y, con cara de extrañeza, me dice: ¿Y tú que haces aquí? Ya eres muy mayor para estar con nosotros. Vuelve a casa.



Abro los ojos. Sigue en mis manos el cuaderno que me ha regalado mi hija, para que anote en él todo lo que se me antoje: deseos, reflexiones y recuerdos. Tengo ya una edad en la que los recuerdos dominan mi mente.

Dicen que todos los sueños esconden un significado y solo debemos saber interpretarlos. Este me ha parecido tan cristalino como el agua de un riachuelo de alta montaña. Imágenes y momentos de un pasado lejano que ahora me producen añoranza. Supongo que es la nostalgia que se siente al saber que no volveremos a vivirlos nunca más, al darnos cuenta de que no se puede volver atrás. Quizá escriba en este cuaderno todo lo que acabo de soñar.



sábado, 29 de diciembre de 2018

Custodia compartida



Fernando está pasando por la peor época de su vida. Isabel le ha pedido el divorcio y él ha accedido, pues la relación entre ambos hacía tiempo que se había hecho insostenible. Reconoce que ha sido el culpable de la ruptura; por ello se ha doblegado a todas las exigencias de Isabel, empezando por cederle la propiedad del piso donde han vivido desde que se casaron, pero hay una con la que no piensa transigir. Su casi ex mujer exige la custodia de lo que más quiere en esta vida, sus dos pequeñas. Isabel alega, en plan madre orgullosa y posesiva, que en ella han recaído los desvelos de su crianza, ha sido ella quien las ha alimentado y educado. Además, aun son pequeñas y no entenderían que se las obligara a abandonar el que ha sido su hogar desde que nacieron. Fernando, por su parte, que las quiere con locura y no desea perderlas, evitará a toda costa que ella utilice esos argumentos para vengarse de él, desposeyéndole de su custodia y apartándolas de su lado.

Isabel y Fernando están intentando llegar a un entendimiento, que parece imposible, en el bufete de la abogada matrimonialista que ella ha elegido para tramitar los pormenores y las condiciones del divorcio. Si no llegan a un acuerdo en el tema crucial de la custodia, y tienen que ir a juicio, Fernando confía en que el juez le dé la razón, habida cuenta de que él es quien goza de la estabilidad económica necesaria para atender todas las necesidades de las pequeñas.

Fernando se siente en franca minoría, pues teme que la abogada, que debería actuar como árbitro imparcial, se posicione del lado de Isabel. Se nota que ambas mujeres han sintonizado desde el primer momento. El tema es especialmente sensible y duda que una letrada defensora a ultranza de los derechos de la mujer pueda ser objetiva en este asunto. Isabel sabía lo que se hacía al contratarla. Él habría tenido que acudir con un abogado que defendiera sus intereses. Si llega a saber que esa joven abogada es una conocida feminista, no admite asistir solo a ese encuentro cara a cara.

Desde que se han sentado uno frente al otro, la que ha sido su mujer durante más de cinco años no deja de atacarle en lo que más le duele para reivindicar su derecho a la custodia en exclusividad.

─Pero si tú no eres capaz ni siquiera de darles la comida y mucho menos de preparársela ─le recrimina.
─¡¿Cómo que no?! Lo que ocurre es que siempre quieres ser tú quien lo haga. Además, sabes que suelo llegar a casa cuando ya es demasiado tarde para ello. Pero esto no significa que las tenga desatendidas ni que no me preocupe por ellas. Y tú lo sabes. ¿Quién corre con todos los gastos de su manutención y cuidados? Vacunas, comida, ropa, juguetes y un sinfín de caprichos y cosas innecesarias. Te recuerdo, por si se te ha olvidado ─le echa en cara Fernando, a sabiendas que da en el punto débil de Isabel─ que tú no trabajas y jamás has dado un palo al agua desde que te casaste conmigo.
─Pero ─insiste Isabel, rabiosa y desesperada, agarrándose a un clavo ardiendo─ ¿quién cuida de ellas mientras tú estás en la oficina o con tus amigotes? Yo las lavo, las visto, las peino, las entretengo y procuro su bienestar.
─¿Insinúas que yo no procuro su bienestar? No me vengas con esas, que te conozco. ¿Acaso voy a trabajar por amor al arte? Trabajo como un burro de carga, doce horas al día, para ganar el dinero necesario para su sustento. Y el tuyo. ¡Yo y solo yo!
─No importa cuánto trabajes ni lo que ganes. Un juez me daría la custodia solo a mí y no podrías hacer nada para impedirlo. ¿Qué harías con ellas si siempre estás ausente? ¿eh?
─Puedo pagar a alguien cualificado para que se haga cargo de ellas en mi ausencia. Incluso, dada mi calidad de jefe de departamento, puedo ingeniármelas para trabajar desde casa varios días a la semana y así no separarme de las pequeñas tanto tiempo. ¡Eres endiabladamente injusta y egoísta!
─¿Egoísta yo? ¡Egoísta tú, que me las quieres arrebatar!
─¡¿Y acaso tú no me las quieres arrebatar a mí?!

En eso, interviene la abogada, que se ha mantenido hasta ahora en un segundo plano.

─A ver, por favor, un poco de tranquilidad, que así no vamos a ninguna parte. Por su bien y por el de las criaturas, que no tienen ninguna culpa de sus desavenencias conyugales, les aconsejo que lleguen a un acuerdo amistoso. No rivalicen, por favor. Los dos las quieren por igual, de esto estoy segura. De todos modos ─se dirige a Fernando─ usted sabe que, por lo general, las mujeres se desenvuelven mucho mejor que los hombres en esos menesteres, de ahí que los jueces se decanten casi siempre por la custodia femenina ─Isabel asiente con la cabeza y, alzando la barbilla, sonríe orgullosa, sintiéndose ya ganadora.
─Eso lo dice usted porque es mujer ─le espeta Fernando, irritado.
─¿Acaso pone en duda mi profesionalidad, caballero? ─le responde ahora ella, alzando la voz, y levantándose de la silla airada.
─Bueno… yo no… no pretendía ─balbucea, amilanado, Fernando, ante la actitud desafiante de la presunta mediadora, que vuelve a tomar asiento.
─Quizá debería, Isabel, considerar la posibilidad de optar por la custodia compartida─ dice, en un tono más distendido y conciliador, la matrimonialista.
─¿Y en qué consiste esto exactamente? ─exclama aquella, inquieta.
─Pues, como indica el término, en que cada uno de ustedes tenga exactamente los mismos derechos y deberes para con las criaturas, y compartan su tutela.
─Ah no, eso sí que no. Después de lo que me hizo este bastardo, no tiene ningún derecho sobre ellas ─argumenta Isabel.
─Pero los deberes seguro que sí, ¿verdad? ─salta Fernando─. Intentarás sacarme hasta el último céntimo para contribuir a vuestra mantención y a tus excesos, pero ni siquiera me las dejarás ver. ¿Es eso lo que quieres, malnacida? Yo quiero tenerlas conmigo y llegaré adonde sea para conseguirlo, ¡zorra!
─Y yo también, hijo de …
─Por favor, por favor, serénense ─les interrumpe bruscamente la abogada─. No hace falta que sean tan desagradables. Se me ocurre otra opción, que puede satisfacer a ambos por igual.
─¿Qué opción? ─pregunta Fernando.
─Eso, ¿qué opción? ─repite Isabel.
─Pues que cada uno se haga cargo de una de ellas durante una semana, por ejemplo, y luego las intercambien. Seguro que el juez no pondría ningún reparo si ustedes están de acuerdo.
─Eso ni hablar ─exclama Fernando. No sería bueno separarlas ni un solo día. Son hermanas, nacieron al mismo tiempo, han estado siempre juntas, no se han separado jamás. Siendo aún tan pequeñas, podría resultarles traumático.
─¿Pero usted de qué parte está? ─casi le grita Isabel.
─Ah, ya veo lo que pretende ─le espeta ahora Fernando, con cara de suspicacia─. Quiere probarnos ─prosigue, mirando alternativamente a las dos mujeres─, como hizo Salomón con las dos madres que se disputaban a un niño argumentando ambas que era suyo. La verdadera madre prefirió entregar a su hijito a la otra mujer antes de que lo partieran en dos. ¿No es eso?
─Caballero, por Dios, no saque las cosas de quicio ─se justifica la abogada, que ya no sabe cómo salir del atolladero.
─Que quede claro que no pienso renunciar a ninguna de las dos. Berta y Blanca son mías y solo mías ─interviene Isabel al borde de la histeria.

Fernando, haciendo un esfuerzo por contener su ira, inspira profundamente antes de hablar.

─A ver, Isabel, seamos razonables. ¿Qué hay de malo en compartir la custodia de Bertita y Blanquita, sin restricciones ni limitaciones de ningún tipo, ni días de visita concertados ni nada por el estilo?
─¡No las llames Bertita y Blanquita!, sabes que no me gusta que emplees esos diminutivos tan ridículos. Y menos en público.
─¿Lo ve, abogada? Es tan posesiva y déspota que ni siquiera me permite llamarlas como me apetezca. Son tan mías como tuyas ─dirigiéndose ahora a su pronto ex─. Las siento tan mías como si las hubiera parido.
─¡Es igual! ¡Te prohíbo que las llames así! No lo soporto, te lo he dicho mil veces. Se acostumbrarán a que te dirijas a ellas de ese modo y acabarán identificándose con esos ridículos diminutivos. ¡Imbécil!

La joven abogada se ve en la necesidad de intervenir de nuevo, en tono apaciguador. Poco a poco, se ha enternecido ante la insistencia de aquel hombre que, en un primer momento, no le había caído bien. Quizá sea una deformación profesional o, peor aún, un vulgar prejuicio. Está acostumbrada a que los padres suelan inhibirse y prefieran, aunque no lo confiesen abiertamente, que sea su ex mujer quien se haga cargo de los hijos pequeños. Pero este parece un buen hombre y empieza a molestarle que Isabel lo trate de ese modo. Así que decide terciar a su favor, aunque solo sea en una menudencia como aquella que no viene al caso.

─Bueno, mujer, al fin y al cabo, mientras son pequeños, los críos no tienen sentido del ridículo. De mayores ya será distinto.
─¿Críos? ¿Qué críos? ─preguntan, desorientados, los casi ex cónyuges.
─¿Cómo que qué críos? ¡Los suyos! ¡Sus hijas! ¡¿Quiénes van a ser, sino?!
─¡Pero si nosotros no tenemos hijos! ¿Pero usted de qué va? ─dicen Fernando e Isabel al unísono, mirando a la letrada como si estuviera loca.
─Pero, pero, a ver, ¿de qué estamos hablando, si se puede saber ─ahora la irritada es la matrimonialista.
─¿Pero qué pregunta es esa? ¡De Blanca y Berta, claro está!
─Pues eso, de sus dos hijitas.
─Pero qué hijitas y qué niño muerto. ¡Son nuestras adorables perritas!
─¡¿Perritas?! ─salta la abogada, con los ojos saliéndole de las órbitas.
─Pues claro, ¿qué se creía? ─dice Isabel con toda naturalidad─. Pero no son unas perritas vulgares, que conste. Son unas caniches preciosas, con pedigrí, y no pienso dejárselas ni por un momento a ese miserable.
─Creo que tendremos que ir a juicio ─exclama un abatido Fernando.


viernes, 21 de diciembre de 2018

Juicio justo



Tribunal de Distrito de El Bronx (NY). División Criminal. El Estado de Nueva York contra Raymond Rodríguez. Lunes, 18 de julio de 2005. Preside el Honorable Mathew Delaware


─¿Tiene el jurado un veredicto? ─pregunta el Honorable Mathew Delaware, republicano recalcitrante nacido en Charlotte (Carolina del Norte), pero residente en Nueva York desde que se doctoró en Derecho y entró a trabajar en un renombrado bufete de la Gran Manzana.
─Sí, su señoría, lo tenemos ─responde el presidente del jurado, un hombre enjuto, con cara de pocos amigos, vestido con traje negro y camisa blanca abotonada hasta el cuello, sin corbata, y con una larga barba gris. Solo le falta una kipá coronando su cabeza para parecer un rabino.
─Que el acusado se ponga en pie para oír el veredicto del jurado ─dice el juez con voz atronadora.

Raymond Rodríguez Heredia, nacido en Ciudad Juárez (Estado de Chihuahua, México) cuarenta años atrás y residente en los Estados Unidos desde hace veinte, y su abogado de oficio, cuyo nombre no importa, se levantan a la vez con aire marcial, el primero disimulando el tembleque de sus piernas y el segundo con cara de hastío, pensando que todavía le queda mucho por hacer ese día, que está lloviendo y que se le está haciendo tarde.

─Proceda, pues, a leerlo ─señala el juez, tras un leve carraspeo.

Raymond (en realidad Raimundo) traga saliva y su abogado sin nombre importante amaga un bostezo. Mientras el hombre enjuto con pinta de rabino, también de pie, se dispone a emitir su veredicto, el resto de los miembros del jurado observa al acusado con cara de reprobación, como diciendo “ahora verás tú lo que es bueno”.

─Consideramos al acusado culpable de todos los cargos ─espeta el hombre vestido de negro, arrastrando las palabras en señal de desprecio y sin leer lo que lleva escrito en el papel que sujeta en sus manos.
─¿Así, sin más? ¿No va a detallar cada uno de los delitos por los que ha sido juzgado? ─pregunta el juez, por primera vez interesado después de los tres días que ha durado el juicio rápido que el caso exigía para ahorrar dinero a la Comunidad.
─¿Para qué, Señoría, si es culpable de todo?
─Pues refrésqueme usted la memoria y hágame el favor de recordarme cuáles son esos cargos que se le imputan, que ya he perdido la cuenta y a estas horas de la tarde no estoy para esfuerzos inútiles.
─A ver… ─dice dubitativo mientras que, ahora sí, consulta lo que más bien parece una chuleta─ Se le acusa de cuatro, no, de cinco. Eso es, de cinco delitos, Señoría, a saber: robo, intimidación, ocultación de la verdad, falta de cooperación con la autoridad y destrucción de pruebas ─y dicho lo cual se sienta, mirando satisfecho al resto de sus compañeros, que le devuelven la mirada asintiendo y con cara de satisfacción, como quien ha concluido un trabajo bien hecho del que se siente orgulloso o de quien se ha quitado un peso de encima.
─Pues entonces ya estoy preparado para emitir la sentencia. Raymond Rodríguez Heredia, se le condena a… hum…, a ver… cinco delitos por seis años cada uno son… ¡treinta años de cárcel!, que cumplirá en la penitenciaría de Rikers Island. Se cierra la sesión ─grita el señor juez para que su voz se oiga por encima del mazazo que suelta sobre el bloque de madera, utensilios estos que le regaló su mujer por el Día de Acción de Gracias y que hacen juego con la mesa de caoba del estrado.

Oída la sentencia, el abogado defensor recoge todos sus papeles, los introduce en un desgastado maletín y, mirando a su defendido con cara de circunstancias, le da unas palmaditas en la espalda y se despide de él con un tono condescendiente. Mientras, unas hileras más atrás, los sollozos de una mujer con rasgos del sur quedan apagados por el ensordecedor ruido que ocasionan los asistentes que van abandonando la sala como quien abandona una cancha de baloncesto, unos con cara de satisfacción y otros de derrota.

─Lo siento, pero es lo que hay, ¿qué esperabas? Que te vaya bien. Treinta años tampoco son tantos. Podían haberte caído unos cuantos más, y con buena conducta puedes salir en libertad condicional dentro de unos diez. No estarás mal. Has tenido suerte de que te haya tocado la cárcel más cercana a tu casa, así tu familia te podrá visitar con mucha frecuencia. Además, tengo entendido que el pastel de zanahoria de Rikers Island sigue siendo el mejor en todo el Estado. Si no me crees, lee las memorias de Sonny Rollins*, que estuvo internado allí una temporadita.

Lo que no le dice el abogado sin nombre es que esa penitenciaría, conocida también por “La Roca”, es el peor lugar para internar a alguien de origen hispano. Lo que tampoco dice es que no se había preparado mínimamente ese juicio, por falta de tiempo e interés ─son tantos los casos que le asignan y por los que cobra una miseria─ y por sus inconfesables prejuicios racistas. Siempre ha pensado que no vale la pena luchar por una causa perdida.

Para Raimundo solo hay un cargo demostrable: haber robado una gallina ─que además estaba enferma e hizo enfermar a su mujer y a sus tres hijos─ para poder pasar otro día con el estómago no demasiado vacío. Así que no entiende cómo lo que no son más que agravantes achacables a una misma falta puedan considerarse delitos independientes a efectos del cálculo de la pena: intimidación (por haber forcejeado con el dependiente), ocultación de la verdad (al principio negó haberlo hecho), falta de cooperación con las autoridades (¿cómo podía colaborar a que lo encerraran?), y destrucción de pruebas (no se halló el cadáver de la gallina, la prueba del delito). Además, en las películas había visto que si no aparecía el cadáver no había caso, o por lo menos la condena era mucho menor. “Raimundo el mexicano”, como así le conocen en su barrio del Bronx, está cada vez más convencido de que no es su falta sino la impericia ─o debería decir inutilidad y desidia─ de su abogado de pacotilla lo que lo llevará a pasar, como mínimo, una década de su vida entre rejas.



Entre los libros que leyó Raimundo en Rikers Island ─no tenía muchos estudios, pero siempre le había gustado la lectura─, uno le llamó poderosamente la atención. Trataba de un delincuente español encarcelado y fugado en distintas ocasiones, conocido como El Lute, que en la cárcel aprendió a leer, escribir e incluso estudió la carrera de Derecho, acabando ejerciendo de abogado. ¿Por qué no podía él hacer lo mismo? Si ese hombre analfabeto llegó a ejercer la abogacía, él, que tenía estudios primarios, bien podía lograrlo con menos esfuerzo.

Tuvieron que transcurrir ocho años para sacarse el título de abogado. Solo le quedaba el examen para obtener la licencia. Pero ese examen era presencial, no podía hacerlo desde la cárcel. Le faltaban dos años para conseguir la condicional. En esos veinticuatro meses presentó varios recursos para que se revisara su causa, pero todos fueron denegados con el simple argumento de “No procede”, sin más.

Los diez años de cautiverio fueron los más duros de su vida. Con cincuenta años cumplidos, pisó de nuevo la calle, con libertad vigilada. Obtuvo la licencia para ejercer la abogacía y finalmente consiguió una revisión de su juicio. El juez que le tocó en suerte en la Corte de Apelaciones era un sesentón de origen cubano, el Honorable Alexis García, oriundo de La Habana, pero nacionalizado estadounidense.

Alexis García (en realidad, su nombre de pila era Alexei, pero Alexis sonaba mucho mejor, nada de nombres rusos en el país anticomunista por excelencia) leyó el historial delictivo de Raymond Rodríguez Heredia con suma atención, así como los pormenores del juicio y la sentencia. No podía creer tal desatino judicial. ¿Cómo podían haber condenado a alguien a treinta años de cárcel por robar una gallina? Si hubiera sido un pavo para el Día de Acción de Gracias podría, en todo caso, considerarse un atentado a las buenas costumbres y al sentimiento patrio. ¡¿Pero una simple y vulgar gallina?! Pero claro, con un jurado mayoritariamente WASP** y un juez republicano y decrépito como Mathew Delaware, ¿qué se podía esperar?

La revisión del juicio, que se fijó para el viernes 13 de noviembre de 2015, tenía muchos puntos a favor, a menos que uno fuera supersticioso, cosa que excluía a Raimundo y al juez García. Los miembros del jurado eran mayoritariamente hispanos, concretamente ocho contra cuatro, y de origen humilde. Además, esta vez contaba con un abogado de cierto prestigio en la defensa de causas contra inmigrantes y con visos de xenofobia. Durante los años en que Raimundo estuvo entre rejas, sus familiares y amigos recaudaron una suma de dinero suficiente para satisfacer los honorarios de ese abogado que les garantizó un veredicto favorable y una rebaja más que sustancial en la pena, pudiendo, incluso, reclamar una indemnización por prevaricación por parte del juez y negligencia legal por parte del abogado de oficio. El nuevo juicio sería más breve que el primero, probablemente en dos jornadas, a lo sumo, estaría visto para sentencia.

La vista, a puerta cerrada, dio el pistoletazo de salida con una acalorada y entusiasta proclama del abogado defensor, Richard J. Murphy, exponiendo los hechos juzgados previamente y presentando a Raimundo como un padre de familia ejemplar que solo buscaba el sustento de sus tres escuálidos hijos y de su mujer enferma, necesitada de una medicación que no le cubría ningún seguro médico por inexistente, y que con ese hurto solo logró enfermarlos aún más por estar la gallinácea en cuestión infectada vaya usted a saber con qué microorganismo patógeno. ¡Una indemnización por lesiones debería recibir en todo caso!  Abundando en la injusticia cometida contra su defendido, alegó que había sido víctima de los prejuicios ─”qué digo prejuicios, racismo puro y duro”─ por parte del jurado y del propio juez que dictó la pena desmesurada e incomprensible de treinta años de reclusión por una falta a la que correspondía aplicar un delito menor de hurto con el consiguiente pago de una multa, puesto que la restitución de lo hurtado era del todo imposible pues ya había sido consumido y comprar otra gallina en tan mal estado como la que les intoxicó era, no solo inmoral sino también imposible.

Tras esa brillante exposición que lo dejó exhausto, las miradas de los ocho miembros del jurado, los de cabello azabache, tez morena y venidos largo tiempo atrás del sur, fueron de clara comprensión y condolencia hacia el acusado que, de su estado inicial contrito había pasado a una ligera euforia esperanzada. Los otros cuatro miembros parecían abstraídos mirando las musarañas.

Cuando Richard Murphy, de origen irlandés, se sentó junto a su defendido, le susurró palabras de ánimo, como “esto está chupado, tío”, lo que hizo crecer a aquel unos centímetros más en la silla que le había tocado en suerte, muy incómoda, por cierto. Así pues, Murphy, contrariando a su homónimo, el aguafiestas de la famosa Ley, tenía razón: todo parecía ir viento en popa.

El fiscal, un hombre de corta estatura, con sobrepeso y una más que clara desgana y falta de interés en el desarrollo de la causa, actuó con la mayor de las pasividades. Parecía comprado por la defensa. No mostró ningún signo de emoción a lo largo de sus escasas intervenciones, salvo cuando pronunciaba la palabra “gallina”, momento en que una expresión de asco inundaba su cara. Los únicos testigos presenciales fueron el agente de policía que había arrestado a Raimundo diez años atrás y que apenas recordaba el incidente ─debía rondar los sesenta años y probablemente estaba más interesado en su jubilación que en hacer un ejercicio de memoria─ y el hijo del propietario del puesto de comestibles ─su padre ya hacía años que criaba malvas─ donde el ave incomestible por tóxica fue robada para desgracia de Raimundo y de toda su familia.

Tal como había previsto el abogado defensor, la revisión del juicio estuvo listo para sentencia al cabo de treinta y seis horas. El jurado declaró a Raimundo inocente de todos los cargos, excepto el de hurto, que se calificó, como era justo y necesario, como una falta menor. Sin necesidad de meditarlo, el Honorable juez Alexis García dictó sentencia, con la cual, gracias al atenuante de gran necesidad de supervivencia, quedó el hurto penalizado con el pago del precio original del animal, más la inflación y los intereses de demora, menos un 50% de su valor por el lamentable estado en el que aquel se encontraba, lo cual, echando cuentas grosso modo, resultaba en un dólar americano. Al comerciante al que se le sustrajo el ave enferma se le multaba con dos mil dólares por comercializar mercancía en mal estado, cuyo pago recaía en su heredero, presente en la sala, por responsabilidad civil subsidiaria.  

A la salida, le esperaban su mujer, con el pelo cubierto de canas y un pañuelo en la mano por si acaso debía usarlo, y sus tres hijos, unos muchachotes con pinta de raperos, marcando paquete, y mascando chicle sin cesar. Al conocer la noticia, se unieron todos en un interminable abrazo, como queriendo recuperar el tiempo que los había mantenido separados. Fueron a celebrar la buena nueva a la hamburguesería favorita de los chavales. Entre mordisco y mordisco, le fueron poniendo al día de sus últimas actividades e inquietudes. El mediano, de 18 años, dijo querer estudiar Derecho, como su padre, solo que en un aula de una Facultad. “¿Con qué dinero, hijo?, le preguntó Raimundo. “Pues…no sé, padre, pero ¿acaso no te corresponde una indemnización por lo que te hicieron?”, le contestó. El chico, desde luego, apuntaba a abogado. Llevaba razón.

Tras diez años de injusto encierro, a Raimundo le quedaba ahora la posibilidad de solicitar una indemnización al Estado por error judicial y mala praxis, cuya cuantía, según Richard Murphy podía ascender a un millón de dólares, de los cuales él se embolsaría un pellizco de solo un veinticinco por ciento. Había que ponerse de inmediato manos a la obra. Este sí que sería un proceso largo y laborioso, pero para esto estaba él y su experiencia en procesos difíciles. Raymond, a las órdenes de Richard, trabajaría por primera vez en un caso, el suyo, que sin duda despertaría un gran interés mediático.



Y así fue. Todos los medios de comunicación se hicieron eco de lo sucedido con Raymond Rodríguez. La sociedad norteamericana se dividió en dos bandos: los defensores y los detractores de ese mexicano que había robado una gallina como medio de sustento de su famélica familia. Los unos condenaban el todavía existente racismo en una sociedad aparentemente tan avanzada. Los otros repudiaban cualquier tipo de acto vandálico por parte de quien ha sido recibido con los brazos abiertos y paga esa generosidad atacando los valores más sagrados de una convivencia pacífica. Incluso llegaron a producirse manifestaciones de signo opuesto que acabaron en enfrentamientos violentos. En todas las tiradas de la prensa y en las imágenes televisadas siempre aparecía, como telón de fondo, una fotografía de Raimundo, el motivo de tales disturbios urbanos. Pintadas a favor y en contra de la sentencia exculpatoria y de los inmigrantes, por muy legales que fueran, aparecían a diario en todos los barrios de Nueva York y se extendieron por todo el país.

Raimundo llegó a sentirse culpable de haber propiciado esos tumultos, reabierto viejas heridas y exacerbado los sentimientos supremacistas. Richard Murphy acabó recomendándole contratar una seguridad personal, unos guardaespaldas que velaran por su integridad física. Él lo pagaría de su bolsillo, como hizo con la matrícula de su hijo, ya se lo devolvería todo cuando cobrara la millonaria indemnización.

Y así lo hizo. Contrató a dos exmarines para que le cubrieran las espaldas. Salía poco, pero cuando lo hacía, esos dos ángeles de la guarda, como él los llamaba irónicamente, no se despegaban de él, ni a sol ni a sombra. Eran dos aguerridos excombatientes que no temían a nada ni a nadie. Uno acabada de reincorporarse a la vida civil tras varios años sirviendo en Afganistán. Contaba con treinta años y, aunque taciturno, se le veía buena gente. El otro, un cincuentón de pelo canoso y cortado al uno, era un héroe de guerra que participó en la invasión de Irak de 2003. Eran dos tipos altos, fornidos, de una gran corpulencia. Solo con verlos, la gente se apartaba por temor a ser arrollados. Su mujer nunca les permitió poner los pies en su humilde piso. No les temía, pero su pasado militar le disgustaba.

Un día el más joven faltó a su trabajo. Una indisposición propia del estrés postraumático, le dijo su compañero. “No se preocupe, jefe, que yo valgo por dos”, le aseguró acompañando la frase con una sonrisa que más bien acojonaba a quien la presenciaba. Y es que esa cicatriz que le cruzaba media cara solo hacía que empeorar su ya espantosa imagen.

Durante el corto itinerario a pie hasta el bufete de Murphy, Raimundo iba leyendo, absorto a lo que ocurría a su alrededor, un artículo sobre los defectos del sistema judicial norteamericano. Ello le hizo pensar en los años pasados en la cárcel injustamente y en el revuelo que se había armado con su exoneración. Un claxon le devolvió al presente. Estuvo a punto de cruzar un semáforo en rojo. Retrocedió de un salto hasta la acera y buscó a su acompañante. ¿Cómo no le había advertido? Un guardaespaldas también debe vigilar la seguridad ante cualquier eventualidad, no solo ante una posible agresión. Su héroe de guerra no se veía por ninguna parte. Miró a su alrededor, pero no aparecía. Su estatura y su aspecto lo hacían inconfundible. ¿Dónde se había metido? El resto de peatones ya había cruzado la calle y él permanecía en el puesto de salida, junto al semáforo.

De repente quedó paralizado. No sabía qué le ocurría. Se desplomó cuan largo era. La gente se arremolinó junto a él, unos haciéndole fotos con el móvil, otros hablando por teléfono, ¿estarían pidiendo ayuda? Oyó a alguien gritar “está sangrando” mientras le señalaba con el dedo índice y con cara de aprensión. Se palpó el pecho, donde sentía un intenso dolor y se percató de que sus ropas estaban mojadas. Se miró la mano y vio que estaba manchada de sangre. De entre todas las caras que le observaban, apareció el inconfundible careto del maduro guardaespaldas. ¿Le sonreía o lo que esbozaba era ese rictus tan desagradable que ya le resultaba familiar? “Despejen la zona, yo me ocupo”, ordenó aquel en tono militar. Todo el mundo obedeció. Se quedaron los dos solos. Lo que aparecía en sus labios era sin duda una sonrisa, que se fue agrandando a medida que Raimundo iba perdiendo la visión, pero no el oído. Todavía pudo ver, medio borrosa, la cara del joven guardaespaldas, que apareció junto a la de su compañero de armas. “¿Acaso creías que te saldrías con la tuya, maldito chicano?”, fue lo último que Raymond Rodríguez Heredia, alias el mexicano, pudo oír antes de que todo se volviera oscuro.

Alfred G. Bowman, excombatiente en Afganistán, y John F. Halloway, condecorado por su valentía durante la Guerra del Golfo, acabaron detenidos y juzgados. Se descubrió que eran unos supremacistas pertenecientes al renovado Ku Klux Klan. Fueron acusados de asesinato en primer grado el primero y de colaboración y encubrimiento el segundo. Tuvieron, como marca la Ley, un juicio justo, el cual tuvo lugar después de dos años del fallecimiento de Raymond. El juez que les tocó en suerte fue, qué casualidad, el viejo Mathew Delaware, a punto de jubilarse. Tras un juicio de dos meses de duración, cuyas imágenes dieron la vuelta al mundo, se les condenó a diez y cinco años de cárcel, respectivamente, con el atenuante de alienación mental por estrés postraumático provocado por los horrores de la guerra, según los expertos, que cumplirían en el mismo centro penitenciario donde Raymond estuvo encarcelado. Al cabo de tres años ambos salieron en libertad. Cuando todos les preguntaban por su experiencia en Rikers Island, siempre contestaban lo mismo: que el pastel de zanahoria era el mejor de todo el Estado.




*Sonny Rollins (Nueva York, 1930) es un músico estadounidense de Jazz que, en 1950, fue arrestado por robo a mano armada y pasó diez meses en la cárcel de Rikers Island antes de su libertad condicional en 1952.

**White Anglo-Saxon and Protestant (blanco, anglosajón y protestante), término usado en los EEUU para representar a un grupo social dominante que defiende los valores tradicionales y que rechaza la influencia de cualquier etnia, nacionalidad o cultura ajenas.


Pido disculpas si algún lector experto en leyes halla alguna anomalía o incorrección, bien en la terminología, bien en los procedimientos legales descritos. Este es tan solo un relato de ficción cuya similitud con hechos reales es pura coincidencia (nota del autor).



lunes, 10 de diciembre de 2018

Maldita soledad



La soledad me producía una profunda angustia y desesperación existencial. Después de vivir más de media vida solo, decidí comprar un amigo, pero siempre me habían dicho que la amistad no se compra. Entonces opté por alquilarlo. Solo encontré a uno dispuesto a ello. Me pidió, a cambio, discreción absoluta. Temía que alguien pudiera pensar que entre nosotros existía algo más que una simple y cordial relación amistosa. Nadie debía conocer nuestro vínculo. Venia por la mañana y se marchaba al anochecer, procurando que nadie le viera.

Me hacía compañía de forma muy eficiente y cordial. Acabamos forjando una auténtica amistad. Pero por las noches debía partir y entonces me sentía más solo que nunca. Y es que la soledad se hace más insoportable cuando previamente se ha disfrutado de una grata compañía.

Como no pude convencerle de que se quedara conmigo para siempre, tuve que pensar en una alternativa.

Muy a su pesar, ahora le tengo a mi lado a todas horas. Solo existen dos inconvenientes: se han terminado las animadas charlas que manteníamos y su cuerpo empieza a despedir un olor tan intenso que me temo que acabará alertando a los vecinos.



*El grito, de Edvard Munch (1893)

lunes, 3 de diciembre de 2018

Solo



Desde que abandonó el hospital, Sergio vivía solo en su casa de más de 300 metros cuadrados. La compró al poco de casarse. En ella habían nacido sus tres hijos. Habían sido diez años de convivencia feliz hasta que sus continuos cambios de conducta hicieron que su mujer le abandonara, llevándose con ella a los niños. No se lo podía reprochar. Recordaba el último año, con sus repentinas alteraciones del carácter y sus cada vez más frecuentes arrebatos. En los escasos momentos de sosiego y lucidez, se sentía morir con solo pensar que podía haber hecho una barbaridad. Su mujer le temía, sus hijos le temían. Decidió ponerse en manos de un profesional. El diagnóstico fue esquizofrenia paranoide súbita de origen incierto. Estuvo internado dos semanas. En todo ese tiempo su mujer solo fue a verlo en una ocasión y para decirle que, aun cuando le dieran el alta, seguiría en casa de sus padres hasta que estuviera convencida de que estaba completamente restablecido.    

El caso es que, al cabo de un mes, Sergio todavía seguía viviendo solo. No entendía por qué su mujer no volvía con él. La medicación parecía que estaba surtiendo efecto. Ya no tenía alucinaciones, y era capaz de controlar sus bloqueos, como los llamó el psiquiatra. Aunque le aseguraba que no correrían peligro a su lado, ella se mostraba reacia. En el fondo lo entendía, pero se impacientaba. No soportaba vivir solo, y menos en una casa que se le hacía cada vez más grande, fría y perturbadora. Se sentía como un fantasma encadenado a un lugar que no hacía más que recordarle su reciente y tormentoso pasado.

La soledad no le sentaba bien, nadie le llamaba ni le visitaba. Volvió a oír ruidos extraños. Por la noche, la casa parecía cobrar vida. No era el típico sonido de las tuberías o el crujir del maderamen. Le daba la impresión de que alguien se paseaba por la casa. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas, que volvía a tener alucinaciones, hasta que un día, por la mañana, halló rastros de la presencia de un intruso. Objetos esparcidos por todas partes, cajones abiertos o volcados, todo revuelto. Pero ello no fue un suceso aislado. Todas las mañanas se encontraba con el mismo panorama. Nunca encontró nada en falta. El presunto ladrón debía buscar algo en concreto y, al no hallarlo, volvía noche tras noche.

Sergio no sabía qué hacer. Quería hacerle frente, pero a la vez temía encontrarse con el intruso cara a cara. Él no tenía vocación de héroe. Nunca la tuvo. Temía las confrontaciones, la violencia. De niño jamás se había peleado con nadie, ni siquiera cuando le provocaban. Era el hazmerreír de la clase. Era un pusilánime. Ahora volvía a serlo. Podía llamar a la policía, pero si descubrían sus antecedentes psiquiátricos no le harían caso. Lo peor de todo era que la violencia de quien fuera que hacía aquello iba en aumento. Los destrozos eran cada vez peores. De ser un ladrón ¿qué podía andar buscando? En la casa no había nada de gran valor. Pero si excluía el móvil del robo, ¿qué otra explicación podía darle a lo que ocurría. Y entonces cayó en la cuenta. Su mujer debía estar detrás de aquello; quería deshacerse de él incapacitándolo para luego pedir el divorcio y quedarse con la custodia de sus hijos.  

A Sergio le vinieron a la mente algunos retazos de lo que fueron los últimos momentos de su vida con su mujer. Tras cada uno de sus episodios violentos ella le amenazaba con irse a casa de sus padres con los niños. Y al final cumplió con su amenaza. Le dejó, pero dónde fue no lo sabía a ciencia cierta. En más de una ocasión la había oído hablar, muy alterada, por teléfono, encerrada en su dormitorio. “No puedo más, le voy a dejar”, le había oído decir. Él creyó que hablaba con su madre, su mejor confidente, para desahogarse. Ahora sospechaba que, en realidad, hablaba con alguien más. Seguramente era con esa persona con quien se había ido a vivir.

Sus sospechas se confirmaron al contratar los servicios de un detective. La persona con la que vivía era, ni más ni menos, su psiquiatra. Ahora sí que todo cobraba sentido. Su mujer se la pegaba con quien le había diagnosticado esa “enfermedad incurable”, como la calificó el buen doctor. Su terapeuta conocía perfectamente sus puntos débiles, sus fobias y temores. Sabía, por lo tanto, que la soledad y la incertidumbre eran sus peores enemigos y que, en tales circunstancias, era mucho más vulnerable a cualquier tipo de amenaza, física o psicológica.

Ahora se le abrían varias incógnitas. ¿Se habían liado antes, durante o después de su hospitalización? Tuvo que ser antes, pues su mujer solo le visitó una vez mientras estuvo ingresado y, que recordara, no coincidió con su psiquiatra. Sí, debían conocerse de antemano y lo tenían todo planeado desde hacía tiempo y su internamiento fue el primer paso para deshacerse de él. ¿Fue, entonces, el diagnóstico falseado aprovechando una inestabilidad emocional perfectamente tratable? Peor aún, ¿no serían sus crisis nerviosas resultado de algún producto que le suministraba su mujer siguiendo las indicaciones de su amante?  Ahora lo veía claro. Quien entraba en su casa cada noche tenía llave, la que su mujer le había facilitado. ¿Sería, acaso, un matón a sueldo el que organizaba todo aquel revuelo? Si supiera que era su psiquiatra, solo o con ayuda de su mujer, quien montaba ese numerito para desequilibrarlo mentalmente, le saldría al paso, le plantaría cara, pero si era un vulgar maleante que actuaba por dinero, podía llegar a agredirle e incluso a matarlo si se veía acorralado. ¡Todo parecía tan irreal!

Se sentía totalmente indefenso, desprotegido. Había hecho desinstalar la alarma perimetral por los falsos saltos que constantemente se producían por culpa de los gatos y aves nocturnas, y no podía conectar la alarma interior mientras él estuviera dentro de la casa. Un perro guardián no serviría de nada. Un trozo de carne envenenada o un spray inmovilizador y el camino quedaría despejado. Sergio decidió, entonces, descubrir la identidad del intruso o de los intrusos por su cuenta y riesgo, sin la intervención de terceros. Si no quería volverse loco de verdad, no le quedaba más remedio que armarse de valor y, para ello, se compró un arma. Sería la única forma de hacerle frente al intruso. Solo un arma sería lo suficientemente convincente, aunque solo con pensar en un enfrentamiento con un desconocido le temblaban las piernas. Pero por la noche, por mucho que intentaba mantenerse despierto, le vencía el sueño. Debía ser por efecto de la medicación, pero no quería dejar de tomarla, no hasta saber el origen de todo aquello, podía ser peor el remedio que la enfermedad. Tras mucho cavilar, tuvo una magnífica idea: descubriría al autor o autores del allanamiento poniendo a grabar su videocámara antes de acostarse y visualizar, por la mañana, las imágenes registradas. Con ellas sí que podría ir a la policía.

Así lo hizo. Ocultó la cámara entre los libros que llenaban las estanterías del salón, en la planta baja. Era medianoche. Con una cinta de una hora de duración habría más que suficiente. Dejando, pues, la cámara grabando, se acostó con la seguridad de que al día siguiente descubriría al malhechor. 



Se despertó al alba. Había dormido mal. Tuvo pesadillas, de eso estaba seguro, pero no las recordaba. Cuando su mente se despejó, saltó de la cama para bajar al salón a toda prisa en busca de la cámara. El salón estaba totalmente destrozado. Los libros, cuadros, fotografías enmarcadas y demás objetos decorativos estaban desparramados por el suelo hechos trizas. Eso no era obra de una sola persona. Buscó frenéticamente la videocámara entre la montaña de objetos diseminados por todas partes. ¿La habrían descubierto y se habían llevado la prueba incriminatoria? Pero al fin apareció bajo uno de los sillones. Por fortuna estaba intacta y no parecía dañada. Sergio seleccionó el modo vídeo y pulsó Play. La pantalla se encendió mostrando un fondo azul. La cinta estaba al final de su recorrido. Tenía que rebobinarla. El tiempo parecía no querer avanzar. El sonido del rebobinado se le clavaba en el cerebro. Sostenía la cámara con mano temblorosa. La impaciencia y el miedo lo embargaban a partes iguales.

El clic del fin de rebobinado le sobresaltó. Le dio nuevamente a Play y esperó con el corazón saliéndole del pecho. Los minutos se sucedían sin que apareciera nada ni nadie en la pantalla. El salón estaba a oscuras, pero aun así se veía con bastante claridad gracias a la tenue luz que penetraba desde el jardín. De pronto percibió una sombra y tras ella un cuerpo que parecía padecer una deformidad por cómo se desplazaba. Se asemejaba a un animal de grandes dimensiones, del tamaño de un oso o un gorila. Volteaba por toda la estancia como enloquecido, agitando los brazos y dando zarpazos por doquier. Los gruñidos pasaron de ser roncos a agudos, con unas sibilancias terroríficas. Arremetía contra todo lo que encontraba a su paso. Pero ¿quién era ese ser monstruoso que se había colado, noche tras noche, en su casa? No podía verle claramente, quizá vestía un disfraz para evitar ser reconocido. Si por lo menos se acercara a la cámara…

Finalmente, esa criatura se dirigió hacia el mueble donde había escondido la videocámara. Con violentos manotazos, embistió contra él, haciendo saltar por los aires todo tipo de objetos, que se veían volar por delante de la pantalla. Se iba acercando a la cámara, su respiración se oía entrecortada por la excitación que le embargaba. Una gran sombra cubrió el objetivo, la luz del exterior quedó eclipsada por ese cuerpo enorme que se detuvo de repente ante el aparato. Lo tomó en sus manos y lo observó de cerca. Todavía no se apreciaba la cara a esa bestia. De pronto se dio la vuelta, quedando algo iluminada, pero agitaba la cámara de tal forma que la imagen resultaba imposible de visualizar con claridad. Luego, debió lanzarla al aire porque parecía hacer cabriolas mientras grababa el suelo, las paredes y el techo. Hasta que se detuvo y algo la cubrió totalmente. El fondo quedó oscuro hasta que se tornó azul al haber terminado la grabación.

El único modo de ver con nitidez a ese engendro, era deteniendo la imagen en el momento en que aquel miraba al objetivo. Sergio rebobinó la cinta hasta ese instante y pulso Play, para, acto seguido, darle a Pause. La imagen se congeló mostrando la cara de lo que fuera aquello que había protagonizado todas esas incursiones, la faz del autor material de esa locura.

Se puso las gafas y se acercó al ventanal para ver mejor la imagen que ocupaba toda la pantalla. Cuando la miró con atención quedó horrorizado. Aunque era una cara deformada por la cólera y la locura, la reconoció. Las piernas le flaquearon, todo a su alrededor se desdibujó y empezó a darle vueltas. No podía ser. ¿Cómo le podían haber hecho eso?

Sergio se quedaría solo. Para siempre. No podría volver con su mujer y sus hijos. Ni siquiera podría acercarse a ellos. No volverían a ver su cara. Porque esa cara, la que él había visto en aquella pantalla, era la de un monstruo.



Representación gráfica de "Los gatos de Ulthar", cuento de H.P. Lovecraft, escritor estadounidense de fantasía y terror (1890-1937). Imagen obtenida de Internet.