jueves, 1 de octubre de 2026

Manos a la obra

 


Andrés estaba abochornado después de lo ocurrido.

El día anterior, en el bar donde desayunaba, oyó una conversación que mantenían en la mesa de al lado dos individuos con aspecto sospechoso, uno alto y delgado y el otro más bajo pero fornido y con cara de malas pulgas. Hablaban tan bajo que resultaba difícil entender lo que decían, pero parecía que discutían algo muy importante.

Andrés, picado por la curiosidad, aguzó el oído todo lo que pudo, pues el ruino reinante en el bar dificultaba la audición. Solo cuando, unos minutos más tarde, los ruidosos clientes abandonaron el local, pudo entender medianamente el contenido de aquel diálogo.

─Ándate con cuidado, pues si nos descubren la habremos pringao y el jefe nos molerá a palos ─le decía, casi en susurros, el alto a su compañero sentado enfrente. Pero tranquilo, que él lo tiene todo controlado ─añadió, intentando calmarlo.

Pero lo que alarmó a Andrés fue lo que oyó a continuación.

─Hay que liquidarlo cuanto antes y ya está, continuó. Hay mucho dinero de por medio. Y ya viste lo que le hizo el jefe a Remigio por no querer cumplir con ese mismo encargo. Lo puso de patitas en la calle sin contemplaciones.

─Pero cómo vamos a ocultar que hemos sido nosotros. El jefe lo tiene muy claro, pero yo no. Él está acostumbrao, debe haberlo hecho muchas veces, pero para mí es la primera vez ─le contestó éste.

─Tú hazlo y todo saldrá bien. Una vez hayas cumplido el encargo con ese fulano y veas que no pasa nada, la siguiente será más fácil. Además, ¿acaso crees que nadie más lo hace? Es pan comido, tío.

─Si es tan fácil, por qué no lo hace él en persona, que por eso es el jefe.

─Porque si la policía investiga y hay algún testigo o alguien se va de la boca, a él lo cazarían enseguida. Es muy conocido en este mundillo, ya estuvo metido en líos hace tiempo y lo tienen fichado. A ti, en cambio, nadie te conoce y aunque alguien se cruzara contigo antes o después de haber estado allí, no se acordarían de tu careto.

─Vale. Mañana a las diez iré a casa de ese tío y asunto liquidao.

─Pues manos a la obra. ¿Sabes la dirección?

─Pos claro. Lo tengo aquí apuntao: Calle Rocío, veintitrés, tercero segunda.

Cuando los dos sujetos salieron del bar, Andrés se apresuró a seguirlos. Su curiosidad iba en aumento y quería saber dónde se dirigían. Si estaba en lo cierto, podía salvar la vida de un inocente, pues lo que pretendían esos dos era cumplir el mandato de liquidar a alguien, de eso estaba seguro.

Tras un largo trayecto a pie, los dos tipos se internaron en un callejón, desapareciendo de su vista. Al cabo de una hora de rondar por los alrededores sin resultado alguno, Andrés optó por dar media vuelta y volver a casa.

Estuvo el resto del día intentando elaborar un plan de actuación. No sabía si acudir primero a la policía y contarles lo que sabía o bien apostarse al día siguiente frente al número 23 de la Calle Rocío para ser testigo del delito antes de ponerlo en conocimiento de las autoridades.

A las ocho de la mañana, dos horas antes de que se llevara a cabo aquel macabro encargo, se decidió por lo primero. Contrariamente a lo que temía, dieron crédito a lo que contó. A las diez en punto, un contingente policial armado hasta las cejas entró en el domicilio de quien habían identificado como el juez Aurelio Latorre, tirando la puerta abajo. Querían pillar al asesino antes de que atentara contra la vida de aquel magistrado que, seguramente, habría enviado a la cárcel a algún delincuente que ahora quería vengarse contratando a un sicario.

Pero en la mano del presunto asesino no había ningún arma sino una hoja de papel que tendía a su presunta víctima. ¿Qué sucedía allí? Estaba claro que se estaba cometiendo un delito pues las caras de ambos individuos era un poema al ser sorprendidos con las manos en la masa. Lo que estuvieran maquinando, se aclararía en comisaría.

El señor comisario se puso las gafas para leer aquel papel que le acababa de entregar el sargento al mando de la dotación y que aclararía los hechos.

Se trataba de un recibo expedido por Hermanos Gutiérrez (un nombre que resultó ser falso) por la “reforma integral de todo el apartamento” que ascendía a 58.750 euros.

─¿Qué significa esto? ─gritó el comisario, blandiendo la hoja de papel ante las narices del sargento, que lucía una cara de satisfacción por el resultado de la intervención policial.   

─¿No se da cuenta, señor comisario? ¡Es la prueba! ─contestó el interpelado constatando lo evidente─. Les hemos pillado en flagrante delito. A los dos. Ese tipo con cara de bruto le intentaba cobrar a un juez del Tribunal Superior de Justicia, ni más ni menos, un pastón por unas reformas en su domicilio.

Y ante la cara de incomprensión airada del comisario, el sargento añadió:

─¡Sin cobrarle el IVA, señor comisario, sin cobrarle el IVA!


jueves, 24 de septiembre de 2026

La sospecha

 


Llevaba días sospechando. Su comportamiento la delataba. Esas miradas furtivas y las sonrisas reprimidas la hacían culpable, de eso estaba seguro. Ella estaba radiante, pletórica, como hacía años que no la veía, y él cada vez más convencido de su infidelidad. Desde hacía unos días se la veía más nerviosa de lo habitual. Por momentos parecía como si quisiera confesarle algo y finalmente desistiera. Esas señales eran inequívocas, tenía un amante y los desenmascararía.

Hoy había salido tras ella decidido a pillarlos in fraganti. Verían de lo que era capaz. De él no se reía nadie.

Cuando, al cabo de una hora de seguimiento, se halló frente a la puerta por la que ella acababa de entrar, salió por fin de dudas. Una placa dorada rezaba: Dr. J. Beltrán - Obstetricia y Ginecología.


viernes, 11 de septiembre de 2026

Viernes 13

 


No era supersticioso, tanto me daba un día, un número o un color. Hasta este viernes.

Para empezar, no me ha sonado la alarma del móvil; no debí acordarme de cargarlo. Esto, por sí solo, no sería mala suerte, pero luego he tenido que ducharme con agua fría, pues no ha habido forma de que saliera ni una maldita gota caliente. A continuación, con las prisas, me he manchado la camisa con el café y he tenido que cambiármela a toda prisa. Llegaba tarde a la reunión.

Por si fuera poco, no sé que le ocurría al ascensor que tardaba una barbaridad para llegar hasta mi planta, la 13 y he tenido que bajar corriendo por las escaleras, torciéndome un tobillo al dar un traspié, me he caído y se me ha abierto el maletín desparramándose toda la documentación por el descansillo.

Cuando, por fin, cojeando y maldiciendo mi mala fortuna, he llegado al vestíbulo, no he visto el dichoso letrerito amarillo avisando de que el suelo estaba mojado y he pegado un resbalón que, por fortuna, no me ha roto el espinazo.

Me he levantado, corriendo, cojeando y con el culo dolorido, y al ir a cruzar la calle, un taxi me ha embestido y me ha lanzado por los aires.

Y aquí estoy, con vendajes y escayolas, en una cama de la habitación 1313 del Saint Thomas Hospital.

Y es que nunca me acuerdo de que, en Londres, para cruzar la calle, hay que mirar a la derecha.



martes, 1 de septiembre de 2026

El juicio

Terminadas las calurosas vacaciones de verano, mi acalorada imaginación quiso darle un remate con este nuevo relato frente a un ventilador más agotado que yo de tanto soplarme ideas para inaugurar este nuevo periodo. Por fortuna, el texto se ha mantenido intacto y no se ha derretido teniéndolo guardado un par de semanas en mi ordenador personal. Espero que lo que me ha costado escribir las más de 1.500 palaras de que consta haya valido la pena.


Nunca había asistido a un juicio en directo; solo había visto, como casi todo el mundo, imágenes por televisión captadas por los fotógrafos que lo cubrían. Asistía como periodista recién incorporado a un periodicucho especializado en casos de crímenes de todo tipo y de gran repercusión social, como el que me ocupaba en ese momento. De hecho, debía encargarse de ello un compañero que llevaba muchos años de profesión, pero había contraído una infección en el transcurso de un crucero por el mediterráneo y se hallaba en cuarentena en un hospital de la ciudad. Así que la desgracia de uno resultó ser la suerte de otro mucho menos experimentado, y esta era una ocasión para lucirme, o eso pensaba yo.

El caso, como he apuntado, había tenido una gran repercusión social. Durante meses, el tema había ocupado todos los informativos y tertulias; tanto era así que el abogado defensor del acusado ─perteneciente a un famoso bufete de la ciudad─ no dejaba de clamar que se estaba realizando un juicio paralelo, muy negativo para su defendido, pues la gran mayoría de ciudadanos ya le consideraban culpable antes del juicio.

Cuando el fiscal y la acusación particular expusieron sus argumentos señalando la culpabilidad del enjuiciado, Manuel Carrasco, un conocido empresario de la construcción, estuve totalmente de acuerdo en que merecía la pena que se pedía: veinte años de cárcel. De ser yo el fiscal, pediría el máximo posible, la de prisión permanente revisable, que es lo que se merecía aquel violador y asesino de menores.

Pero cuando le llegó el turno a la defensa, su detallada y vehemente exposición de los hechos, hizo que mi postura inicial se tambaleara, llegando a pensar que, como decía aquel hombre, todo era una especulación y que se trataba de una trampa que le habían tendido a su defendido por ser quien era: un reputado empresario de la construcción cuyo pecado había sido posicionarse en contra de la especulación en el sector inmobiliario y la actuación de muchos de sus colegas, que solo aspiraban a enriquecerse construyendo edificios defectuosos a precios exorbitantes. Él, en cambio, procedente de una familia humilde, no había caído en esa tentación y no cesaba de levantar la voz para denunciar esas conductas que nadie se dignaba a investigar, previendo que a la larga esos edificios pondrían en evidencia sus graves deficiencias, augurando, incluso, una desgracia.

¿En qué consistía exactamente la acusación de pederasta asesino? Pues en la desaparición y posterior hallazgo del cuerpo de una menor en un solar de su propiedad, con evidentes signos de haber sido violada y posteriormente asesinada de forma cruel, con treinta cuchilladas en tórax y abdomen. Además, la chica en cuestión era la hija única de uno de sus peores enemigos dentro de la profesión, alguien con el suficiente poder como para acabar con su carrera. ¿Sería el del acusado un caso de venganza personal? ¿Una especie de violencia vicaria empresarial llevada al extremo, buscando dañar a su adversario matando a su hija?

A medida que transcurría el juicio, me fui percatando de que, efectivamente, todo parecía un montaje y que no había pruebas concluyentes en contra del acusado. Aun así, la tesis de la acusación parecía ir calando hondo en el jurado, a pesar de que todo eran pruebas circunstanciales y de muy poco peso. La cara de Manuel Carrasco era un poema y al abogado defensor se le veía cada vez más impotente para demostrar la inocencia de su cliente, mientras que los abogados de la acusación utilizaban argumentos claramente inconsistentes.

El juicio duró treinta días y el resultado fue, como era de esperar, de culpabilidad.

La conclusión del jurado fue unánime: culpable de violación y de asesinato, a pesar de que las pruebas de ADN no fueron concluyentes. El juez decretó la pena solicitada por la fiscalía, de veinte años de cárcel y una indemnización millonaria a la familia de la víctima.

El revuelo que se organizó en torno a ese caso se fue mitigando con el tiempo, hasta llegar a relegarlo a la memoria de unos pocos. Todo el mundo parecía haberse olvidado del tema. Excepto yo.

Publiqué lo que tenía que publicar, ajustándome estrictamente a lo sucedido, y mi jefe quedó muy satisfecho de mi trabajo, llegando a promocionarme como ayudante del jefe de redacción. Pero en mis ratos libres seguí indagando y buscando cabos sueltos y pruebas desestimadas durante el juicio que aclararan la verdad y pudieran reabrir el caso.

Tal fue mi obsesión que conseguí, a espaldas de mi jefe, concertar una entrevista con el reo. Este, a quien le informaron de que un periodista le quería entrevistar, creyó ver en mi la oportunidad para demostrar su inocencia.

La hora que duró dicha entrevista fue muy frutífera. Me abrió los ojos y obtuve información suficiente para escribir un artículo aclarando punto por punto lo que había descubierto. Aun así tuve que repetir ese encuentro para ilustrar de forma irrefutable la inocencia de aquel empresario que solo buscaba el bienestar de los ciudadanos que querían hallar una vivienda digna a un precio razonable, en contra de la arraigada costumbre de ofrecer una mierda (con perdón) a precio de oro.

Cuando le mostré a mi superior jerárquico el borrador de mi artículo, puso el grito en el cielo conminándome a destruirlo y no mencionar jamás mis averiguaciones, de lo contrario me pondría de patitas en la calle, pues podrían denunciar al periódico por libelo, lo que conllevaría el descrédito de la empresa.

No hizo falta que me echaran, pues me despedí yo mismo, alegando que no quería pertenecer a una empresa que teme las represalias de los poderosos y se doblega ante ellos.

Y en lugar de publicar mi artículo, pues ningún periódico quiso hacerlo, decidí escribir un libro, para lo cual Manuel, convertido en mi amigo, fue de gran ayuda, ofreciéndome todo tipo de información sobre su vida laboral, sus ideas sociales y sus frustraciones ante las injurias que caían sobre él a raíz de su posicionamiento social y político. También fue de máximo interés su vida privada, pues ofrecería al lector la parte humana de quien se ha hecho a sí mismo a pesar de los inconvenientes y obstáculos.

No sé cómo, pero alguien debió irse de la lengua, de modo que se dio a conocer el proyecto de publicar una biografía del condenado injustamente a veinte años de cárcel, de los cuales ya había cumplido dos, quedándole quince para poder disfrutar de la libertad condicional, a menos que mi libro demostrara palmariamente que el juicio no se había llevado a cabo de forma justa y debía anularse.

Pero mi libro nunca vio la luz por causas de fuerza mayor, o eso quiero creer. Manuel fue hallado muerto en su celda. La autopsia dictaminó que había sido envenenado. Han pasado cinco años de ese terrible suceso y todavía no se ha encontrado al culpable. Y por mi parte, la recepción de varios anónimos, amenazándome de muerte si seguía queriendo publicar mi libro, tengo que admitir que fue un revulsivo para que decidiera abandonar mi tentativa. Fui un cobarde, lo admito, pero ello no me ha impedido seguir investigando por mi cuenta y riesgo. Tengo mis sospechas de quienes están detrás del asesinato de mi amigo, pero son gente tan poderosa que no me atrevo a desenmascararlos. No yo solo.

Ahora cuento con la ayuda de un grupo de gente mucho más valiente que yo, unos pertenecientes a un sindicato de la construcción y otros a un partido político dispuesto a que se demuestre la culpabilidad de los presuntos implicados y que se haga público quién fue el asesino de aquella joven y posteriormente del empresario encarcelado. Los dos asesinatos no podían quedar impunes y el propio padre de la adolescente violada y asesinada a cuchilladas es ahora el primer interesado en descubrir la verdad, pues ha acabado reconociendo que la acusación que interpuso ante la justicia no tuvo una base suficiente; solo deseaba venganza y esta la dirigió, posiblemente, hacia la persona equivocada.

La prospección realizada por los componentes del grupo que ha encabezado el movimiento denominado “Justicia para Anabel”, el nombre de la chica asesinada, acabó dando sus frutos y ahora se sentarán en el banquillo de los acusados dos renombrados constructores que, se ha demostrado, llevaban años metidos en negocios ilícitos y delitos fiscales. Por supuesto, ninguno de ellos fue la mano ejecutora, pero sí los inductores de ambos asesinatos, pudiendo revelar la identidad de los asesinos a cambio de una rebaja de la pena. Conocedores de la inquina del padre de Anabel hacia Manuel Carrasco, presuntamente contrataron a un sicario para que asesinara a su hija y que la culpa recayera sobre este y acabar así con su carrera.

Ahora me pregunto si esta vez se hará justicia y pagarán los verdaderos culpables.

Los medios están dándolo todo para publicar los más disparatados argumentos, y la mayoría de sus autores, periodistas y políticos, están tachando de subversivos, carroñeros y antipatriotas a quienes han propiciado el enjuiciamiento de esos dos hombres ejemplares y honorables, verdaderos demócratas y creadores de riqueza, considerando el caso una trama de la izquierda contra la gente de bien, habida cuenta que esos dos empresarios habían recibido años atrás la medalla al trabajo.

Ahora todo está en manos de un nuevo tribunal, cuyo presidente, hemos sabido, es amigo de la infancia (y de partido) de uno de los acusados. ¿Se hará esta vez justicia?


miércoles, 8 de julio de 2026

Recapitulemos

 


Esta entrada lleva el mismo título que la última de mi otro blog, Cuaderno de bitácora, VER AQUÍ porque el motivo de la misma es exactamente igual: evaluar el “rendimiento” de este blog al término de este primer semestre, tanto en lo relativo al número de entradas publicadas como de los comentarios recibidos.

Así pues, hasta el 1 de julio he publicado en este blog 20 relatos, 9 más que en el mismo periodo de 2025 y el número de comentarios recibidos ha sido de 8,6 por relato, mientras que en 2025 fueron 16,8. Ello indica que, aun habiendo publicado más entradas, estas han recibido menos comentarios. Una posible causa de ello puede deberse a que el año pasado participé en más retos y concursos propuestos por el Tintero de Oro que en el actual, lo cual resultó en un mayor número de lectores que debieron opinar sobre todos los relatos participantes.

Por lo tanto, entre los relatos que no participaron este año en dichos certámenes, los que han recibido un mayor número de comentarios han sido 11, mientras que los que han recibido el menor número han sido 3, dos con 5 comentarios y uno con solo 3.

Es evidente que lo esperado por un autor y lo obtenido por parte de sus lectores puede diferir mucho y por motivos diversos. En el caso que me ocupa, los relatos que han recibido un número de comentarios muy inferior al esperado han sido los siguientes: Desde la ventana (con 6 comentarios), El balneario (con 9), El corredor (con 5) y El sueño de Antón II (con solo 3 comentarios).

De todos ellos, destacaría este último, que es una continuación de El sueño de Antón, pues los elogios que este relato recibió y la sugerencia de escribir una segunda parte recibida de alguno/as lectore/as me hizo pensar que dicha continuación tendría, por lo menos, la misma acogida que la primera parte. Sin embargo, no solo no ha sido así, sino que, además, alguno/as de lo/as que me incitaron a escribirla ni siquiera han dejado un comentario. Queriendo encontrar una explicación razonable a este hecho, para mí anómalo, solo se me ocurre que durante el presente mes de julio ha decaído el número de lectores y, por consiguiente, de comentaristas. Igual consideración vale para mis dos blogs.

Espero que a la vuelta de vacaciones recupere, en primer lugar, mi inspiración, un tanto mermada últimamente, y, en segundo lugar, aumente el número de seguidores/lectores/comentadores, pues son los que dan sentido a la continuidad de este blog.

Que paséis unas felices vacaciones de verano y nos leemos a la vuelta.


domingo, 21 de junio de 2026

El sueño de Antón II

Animado por alguno/as lectore/as, a quienes gustó el relato publicado el 2 de junio, titulado "El sueño de Antón", y me sugirieron darle una continuación, he decidido darles ese gusto y hoy publico un nuevo capítulo. Quienes deseen recordar de qué iba la historia, podéis pinchar AQUÍ y, de este modo, podréis refrescar vuestra memoria. Esta continuación tiene unas 200 palabras más que la anterior, que ya era bastante larga. Aun así, espero que no se os haga pesada.


Juan nunca había tenido suerte en la vida. Lo mejor que le había sucedido era su incorporación como celador en un hospital público de su ciudad. Lleva ocupando ese puesto desde hace ya diez años y sigue cobrando una miseria.

Pero aquel día, de forma inesperada, la suerte pareció favorecerle. Acababan de ingresar a un hombre, herido de bala, y lo iban a operar para extraerle el proyectil. Seguramente había sido el resultado de un ajuste de cuentas, pero alguien le dijo que, en realidad era un detective privado.

Tras llevarlo hasta el quirófano, volvió sobre sus pasos y entró en la habitación que le habían asignado al recién ingresado. Todavía no sabe explicarlo, pero se vio tentado a hurgar en sus pertenencias, que habían dejado en el armario, junto a la cama. De ese modo, en uno de los bolsillos de una gabardina hecha polvo y algo ensangrentada (¿sería el resultado de una reyerta?) halló un sobre de color manila. Preso de una malsana curiosidad, lo abrió para hallar en su interior un pliego de documentos cuyo significado no supo comprender. Como la intervención se tomaría un tiempo y luego el paciente tardaría otro más en despertar de la anestesia, Juan se llevó ese fajo de papeles para estudiarlos más detenidamente y, sospechando que podían contener información muy valiosa (¿acaso lo habían querido asesinar por ellos?), lo consultaría con sus amigos, los que conoció en la mili, hace ya la friolera de más de quince años, con los que todavía se relaciona con cierta frecuencia y que tomaron el camino de la delincuencia, para que lo ayudaran a desentrañar su contenido y su valor. Pero cuando iba a fotocopiarlos, para devolver luego el original donde lo había encontrado, apareció un inspector de policía preguntando por un tal Antón Fernández, investigador privado, con la intención de interrogarlo, si es que estaba en condiciones de responder a sus preguntas. Entretanto, dos agentes se apostaron ante la puerta de su habitación, hasta que el inspector pudiera hablar con él, visto lo cual, Juan se vio obligado a quedarse con ese botín.

Las pesquisas de los amigos de Juan dieron enseguida sus frutos. Aquellos papeles parecían la prueba de una serie de actividades fraudulentas de un tal Hermenegildo Lafuente, un reputado empresario que, según lograron saber de una fuente que no quisieron revelar, estaba siendo investigado por la UDEF, la policía destinada a investigar tramas de corrupción, blanqueo de capitales, fraude fiscal y delitos financieros.

─Juan, tío, esto vale un potosí. Si toda la información que contienen estos papeles es cierta, nos podemos hacer ricos. Ese hombre tiene tanta pasta que podemos sacar una buena tajada chantajeándolo, pues si estas pruebas cayeran en manos de la poli, a ese pringao le caerían un montón de años en chirona.

─Vale, tíos, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

─Tú déjanoslo a nosotros. Ya nos apañaremos. De momento ya sabemos dónde encontrarlo. Cuando vea lo que tenemos, pues ya debe haber descubierto que alguien le ha robado esa documentación, todo será coser y cantar. Nos pagará lo que le exijamos a cambio de entregarle estos papelitos.

─¿Y de cuánto dinero estamos hablando? ─inquirió Juan, ya más relajado, al saber que él no tendría que contactar con el supuesto delincuente millonario.

─Pues por pedir que no quede; para empezar ─siempre estamos a tiempo de negociar─, podríamos pedirle unos tres millones, uno para cada uno de nosotros. ¿Qué te parece?

─Pues la hostia, tíos.

 

Entretanto, Antón, ya recuperado de la anestesia, cuenta al inspector que lleva el caso su versión de los hechos: que una mujer lo había contratado para averiguar en qué oscuros negocios estaba metido su examante. Despechada por haberla abandonado, quería vengarse de él yendo a la policía con las pruebas que podían involucrarlo, ya que tenía serios indicios de que andaba metido en líos ilegales, pues había visto unos documentos comprometedores. Lo que no dijo Antón es cómo se hizo con esos documentos y al ser preguntado por este detalle, le contó que se los había dado su clienta, tras haberlos sustraído de la caja fuerte donde sabía que los guardaba. Él solo tenía que intentar descifrarlos.

─¿Pero no sabe usted que chantajear a una persona es un delito grave? ─observó el inspector.

─Lo sé, inspector, pero mi cometido solo era, como le he dicho, interpretar el valor de aquellos documentos, ahí terminaba mi intervención. Lo que hiciera esa mujer con ellos ya no me concierne ─se justificó Antón.

─Pero ¿acaso me toma por tonto? Usted ha sido policía y sabe que trabajar con documentos robados es un delito. Pero dejemos esto de momento. ¿Dónde han ido a parar esos papeles?

─Pues ahí está lo curioso ─afirmó Antón─. Los tenía en un bolsillo de mi gabardina y han desaparecido. Cuando me desperté, lo primero que pedí al policía que estaba custodiando la habitación es que mirara en mi gabardina colgada del ropero. Y no había rastro del sobre donde guardaba esa documentación. Así que alguien de este hospital me lo ha robado, alguien que sabe de su valor.

Ya de vuelta en comisaría, el inspector informa al comisario del resultado del interrogatorio. La policía, conocedora de los antecedentes de Hermenegildo Lafuente, a quien la fiscalía llevaba tiempo investigando, tiene ahora por objetivo hallar esos documentos desaparecidos, empezando por averiguar quién los ha sustraído en el hospital. Así que lo primero que van a hacer es visionar las cámaras de vigilancia para comprobar quien entró y salió de la habitación de Antón después de que este la abandonara camino del quirófano.

Las cámaras no engañan, las imágenes son muy claras: la única persona que entró y salió de la habitación asignada a Antón fue el celador que fue a recogerlo y llevarlo al quirófano, un tal Juan García López, de treinta y cinco años y trabajador de ese centro hospitalario desde hace diez años, sin que se haya descubierto un historial delictivo, excepto en su adolescencia, cuando fue detenido y dejado en libertad sin cargos por un supuesto caso de extorsión a un empresario propietario de un taller mecánico, quien retiró los cargos aduciendo que no podía asegurar que los detenidos fueran quienes lo habían agredido porque llevaban pasamontañas. En la tercera imagen captada por la cámara, cuando el celador sale por segunda vez de la habitación del paciente, tras haber vuelto después de dejarlo en la sala de operaciones, se ve claramente que este lleva bajo la bata blanca un sobre que no puede ocultar en su totalidad por sus grandes dimensiones.

Cuando el inspector le comenta a Antón la identidad del ladrón y que este ha desaparecido sin dejar rastro, aquel decide recuperar el sobre, cazando a ese celador por su cuenta, antes de que este pueda hacer algo con esa valiosa posesión.

 

Hermenegildo Lafuente, por su parte, tiene el convencimiento de que la desaparición de los documentos que tenía a buen recaudo es obra de su examante, esa furcia que solo quería su dinero y que le hizo creer que le amaba y que se divorciaría de su marido para casarse con él, cuando en realidad descubrió que no existía marido alguno y que salía con un individuo de baja estofa con el que, con toda seguridad, habían perpetrado el robo a su caja fuerte. No sabía cómo esa mujer se había hecho con el código, pero de alguna forma lo había conseguido. Lo más alarmante es que cuando, una vez despierto, salió de su dormitorio, olió a pólvora y de su despacho había desaparecido la alfombra que cubría el parqué. Evidentemente, no presentó una denuncia a la policía, no iba a levantar la liebre, pues sospechaba que esta le seguía los pasos desde hacía algún tiempo. Así pues, decidió contratar a un detective privado para que diera con esa furcia y, sobre todo, con los papeles que le incriminaban y lo podían llevar a la cárcel. Pero ¿qué detective podía contratar? Le encargaría esto a su fiel secretaria, pues ella había tenido en el pasado algún contratiempo económico y amoroso y había tenido que contratar a uno.

─Hermenegildo ─la fiel secretaria y su jefe se tuteaban desde que ella había sucumbido a su belleza millonaria─, yo contraté hace algún tiempo a un detective que me solventó aquel problema tan turbio que tú sabes. Si quieres lo llamo, se llama Antón no-sé-qué, ahora no me acuerdo, ya lo buscaré, pero te aseguro que es bueno y, sobre todo, muy discreto.

 

Al cuarto timbrazo, Antón, todavía convaleciente, descuelga el teléfono de su mesa de la oficina y, tras escuchar a su interlocutora largo rato y asentir en varias ocasiones, cuelga el aparato y en su cara aparece una sonrisa entre la sorpresa y la dicha malévola. Le acaban de contratar para descubrir el paradero de la supuesta ladrona y del sobre comprometedor. Lo primero ya lo sabe de sobras, lo segundo coincide con sus propios intereses, pero en este caso cobrará por ello. Y cuando tenga el sobre en sus manos, seguirá con el plan inicialmente diseñado. Ese cretino no sabe con quién se las verá. Obtendrá una sustanciosa cantidad para hacerse con algo que en su día ya tuvo en sus manos y, una vez conseguido, le amenazará con ir a la policía con esa documentación tan comprometedora para él a cambio de su silencio y se largará con el dinero del chantaje a vivir la vida padre en las islas Seychelles o donde sea que no haya un tratado de extradición con el Reino de España.

Lo primero que hace Antón es investigar la vida de Juan, el celador, y de sus compinches, esos antiguos amiguetes a los que conoció cuando ejercía de policía. Cuando dé con ellos, dará también con Juan del modo que sea. Y, en efecto, la fortuna le sonríe, pues, en un tiempo récord ─por eso es un buen sabueso─ los encuentra justo cuando estos acaban de enviar a Hermenegildo una nota anónima exigiéndole el pago de tres millones de euros en metálico a cambio del sobre.

Cuando la secretaria de Hermenegildo le hace entrega a Antón de la nota ─el típico texto formado por retales de letras obtenidas de un periódico o revista─, este propone actuar como mediador y hacer el intercambio de “papeles”, a lo cual Hermenegildo accede gustosamente. Pero antes del encuentro, Antón sustituye los billetes auténticos por unos falsos ─qué sabrán es idiotas─ y como preveía, esos delincuentes de pacotilla no se dan cuenta del cambiazo y se largan tan contentos dando saltos de alegría.

Una vez en su oficina, Antón comprueba que el sobre contiene, efectivamente, unos documentos muy comprometedores para quien lo ha contratado y decide dar el siguiente paso: Con un distorsionador de voz, llama a Hermenegildo, simulando ser uno de los delincuentes y haciéndole creer que se han cargado a su emisario porque el dinero era falso y le exige una nueva entrega de tres millones de euros, esta vez auténticos, o entregarán el sobre a la policía. Ante el estupor de Hermenegildo ─los billetes eran auténticos, él mismo los sacó del banco y los metió en la maleta─ este acepta el encuentro propuesto por quien le habla y acuerdan encontrarse en un bosquecillo ─el mismo donde Antón enterró a la rubia y a su compinche, por lo apartado del lugar y porque desea demostrar a Hermenegildo que no se anda con chiquitas─ a las diez en punto de la noche.

A esa hora en punto, Hermenegildo aparece con su Porche y camina, portando una maleta, hacia el individuo que le espera, a quien no logra distinguir porque ya ha oscurecido y no se ve bien la cara. Hasta que están frente a frente.

─Pero, pero… ¿qué quieres? ─tartamudea Hermenegildo─. ¿Tú no eres el investigador privado al que contraté?, ¿qué significa todo esto?

─Significa que, si quieres el sobre, tienes que darme a mí los tres millones que te he pedido.

─¿Y Andrea, mi examante? Te pedí que la encontraras primero a ella. ¿Acaso estás conchabado con esa loca?

─¿Quieres saber dónde está? Pues ahí la tienes, bajo ese pequeño túmulo. Ahí descansa su cuerpo y el de su compinche ─le dice Antón señalando el lugar donde los enterró con un gesto de la barbilla.

─No entiendo nada. ¿De qué coño va todo esto? ─pregunta un Hermenegildo desencajado─. Y Antón le hace un breve resumen de toda la historia, desde el día en que una rubia despampanante entró en su oficina para encargarle un caso “especial”.

 

Han pasado dos meses desde ese encuentro y Antón ha visto por fin cumplido su sueño, tumbado bajo una sombrilla y saboreando un cóctel tropical en una playa paradisíaca de Las Bahamas. Está leyendo un número atrasado de un periódico español en el que se informa de la detención de un empresario por estafa y una gran variedad de delitos económicos, por los que la Fiscalía pide 20 años de cárcel y, al mismo tiempo, del descubrimiento de dos cadáveres enterrados en un bosque que, según la versión de dicho empresario, es obra de un detective privado que le engañó y…

En este punto, Antón abandona la lectura de lo que conoce de primera mano y se dispone a echar una siestecita, acariciado por una brisa marina que le otorga una paz que solo se ve interrumpida por un zarandeo de alguien que, a sus espaldas, le apunta con un revolver, y le dice:

─Por fin he dado contigo, cabrón. De esta no te vas a salvar. No te puedo entregar porque aquí no existe un tratado de extradición, pero pagarás por lo que has hecho. Y sin más, Antón recuerda fielmente aquel momento, en el despacho de Hermenegildo, cuando, con un sobre de color manila metido en un bolsillo interior de su gabardina, oyó una detonación amortiguada por el uso de un silenciador, sintió un intenso dolor en su espalda y cayó desplomado. Y así vuelve a suceder, pero en esta ocasión no queda tendido sobre una alfombra sino sobre la fina arena que rodea a su tumbona. Lo último que oye antes de perder la consciencia es una voz de hombre ─se parece mucho a la de aquel inspector de policía─ que le dice a otro: “Misión cumplida, ya podemos informar a Hermenegildo, se pondrá contento”.


martes, 16 de junio de 2026

Un regalo inesperado

 


Jaime, con todo su dinero, era el más miserable de los tacaños. Si Jorge, el hermanito consentido de su mujer, esperaba un gran regalo con motivo de su boda, estaba muy equivocado. Aunque ello le costara el divorcio, le obsequiaría con ese par de gemelos que había comprado, a precio de saldo, para la ocasión.

Cuando Rosa, su mujer, vio ese supuesto regalo que su marido había comprado para una ocasión tan especial e irrepetible, montó en cólera. Pero Jaime, impertérrito, se mantuvo en sus trece. Él era el único que aportaba el dinero a la familia y, por lo tanto, era dueño y señor de hacer con él lo que le viniera en gana. Y acostumbrado a que se hiciera su sagrada voluntad, dejó el tema zanjado para siempre.

El día de la boda, cuando Jorge abrió la cajita, no podía creer tamaña generosidad por parte de su cuñado: unas llaves de un coche y, por el logo del llavero, ¡un BMW!

Los ojos de Jaime se le salían de las órbitas.

En un rincón, su esposa se estremecía de gusto con solo pensar en la cara que pondría Jaime cuando viera el cargo por la entrada del coche en la única cuenta bancaria que compartían para gastos domésticos y los recibos mensuales que llegarían de la financiera.

Jaime podría ser un lince en las finanzas, pero ignoraba la astucia e iniciativa de su mujer.