domingo, 21 de junio de 2026

El sueño de Antón II

Animado por alguno/as lectore/as, a quienes gustó el relato publicado el 2 de junio, titulado "El sueño de Antón", y me sugirieron darle una continuación, he decidido darles ese gusto y hoy publico un nuevo capítulo. Quienes deseen recordar de qué iba la historia, podéis pinchar AQUÍ y, de este modo, podréis refrescar vuestra memoria. Esta continuación tiene unas 200 palabras más que la anterior, que ya era bastante larga. Aun así, espero que no se os haga pesada.


Juan nunca había tenido suerte en la vida. Lo mejor que le había sucedido era su incorporación como celador en un hospital público de su ciudad. Lleva ocupando ese puesto desde hace ya diez años y sigue cobrando una miseria.

Pero aquel día, de forma inesperada, la suerte pareció favorecerle. Acababan de ingresar a un hombre, herido de bala, y lo iban a operar para extraerle el proyectil. Seguramente había sido el resultado de un ajuste de cuentas, pero alguien le dijo que, en realidad era un detective privado.

Tras llevarlo hasta el quirófano, volvió sobre sus pasos y entró en la habitación que le habían asignado al recién ingresado. Todavía no sabe explicarlo, pero se vio tentado a hurgar en sus pertenencias, que habían dejado en el armario, junto a la cama. De ese modo, en uno de los bolsillos de una gabardina hecha polvo y algo ensangrentada (¿sería el resultado de una reyerta?) halló un sobre de color manila. Preso de una malsana curiosidad, lo abrió para hallar en su interior un pliego de documentos cuyo significado no supo comprender. Como la intervención se tomaría un tiempo y luego el paciente tardaría otro más en despertar de la anestesia, Juan se llevó ese fajo de papeles para estudiarlos más detenidamente y, sospechando que podían contener información muy valiosa (¿acaso lo habían querido asesinar por ellos?), lo consultaría con sus amigos, los que conoció en la mili, hace ya la friolera de más de quince años, con los que todavía se relaciona con cierta frecuencia y que tomaron el camino de la delincuencia, para que lo ayudaran a desentrañar su contenido y su valor. Pero cuando iba a fotocopiarlos, para devolver luego el original donde lo había encontrado, apareció un inspector de policía preguntando por un tal Antón Fernández, investigador privado, con la intención de interrogarlo, si es que estaba en condiciones de responder a sus preguntas. Entretanto, dos agentes se apostaron ante la puerta de su habitación, hasta que el inspector pudiera hablar con él, visto lo cual, Juan se vio obligado a quedarse con ese botín.

Las pesquisas de los amigos de Juan dieron enseguida sus frutos. Aquellos papeles parecían la prueba de una serie de actividades fraudulentas de un tal Hermenegildo Lafuente, un reputado empresario que, según lograron saber de una fuente que no quisieron revelar, estaba siendo investigado por la UDEF, la policía destinada a investigar tramas de corrupción, blanqueo de capitales, fraude fiscal y delitos financieros.

─Juan, tío, esto vale un potosí. Si toda la información que contienen estos papeles es cierta, nos podemos hacer ricos. Ese hombre tiene tanta pasta que podemos sacar una buena tajada chantajeándolo, pues si estas pruebas cayeran en manos de la poli, a ese pringao le caerían un montón de años en chirona.

─Vale, tíos, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?

─Tú déjanoslo a nosotros. Ya nos apañaremos. De momento ya sabemos dónde encontrarlo. Cuando vea lo que tenemos, pues ya debe haber descubierto que alguien le ha robado esa documentación, todo será coser y cantar. Nos pagará lo que le exijamos a cambio de entregarle estos papelitos.

─¿Y de cuánto dinero estamos hablando? ─inquirió Juan, ya más relajado, al saber que él no tendría que contactar con el supuesto delincuente millonario.

─Pues por pedir que no quede; para empezar ─siempre estamos a tiempo de negociar─, podríamos pedirle unos tres millones, uno para cada uno de nosotros. ¿Qué te parece?

─Pues la hostia, tíos.

 

Entretanto, Antón, ya recuperado de la anestesia, cuenta al inspector que lleva el caso su versión de los hechos: que una mujer lo había contratado para averiguar en qué oscuros negocios estaba metido su examante. Despechada por haberla abandonado, quería vengarse de él yendo a la policía con las pruebas que podían involucrarlo, ya que tenía serios indicios de que andaba metido en líos ilegales, pues había visto unos documentos comprometedores. Lo que no dijo Antón es cómo se hizo con esos documentos y al ser preguntado por este detalle, le contó que se los había dado su clienta, tras haberlos sustraído de la caja fuerte donde sabía que los guardaba. Él solo tenía que intentar descifrarlos.

─¿Pero no sabe usted que chantajear a una persona es un delito grave? ─observó el inspector.

─Lo sé, inspector, pero mi cometido solo era, como le he dicho, interpretar el valor de aquellos documentos, ahí terminaba mi intervención. Lo que hiciera esa mujer con ellos ya no me concierne ─se justificó Antón.

─Pero ¿acaso me toma por tonto? Usted ha sido policía y sabe que trabajar con documentos robados es un delito. Pero dejemos esto de momento. ¿Dónde han ido a parar esos papeles?

─Pues ahí está lo curioso ─afirmó Antón─. Los tenía en un bolsillo de mi gabardina y han desaparecido. Cuando me desperté, lo primero que pedí al policía que estaba custodiando la habitación es que mirara en mi gabardina colgada del ropero. Y no había rastro del sobre donde guardaba esa documentación. Así que alguien de este hospital me lo ha robado, alguien que sabe de su valor.

Ya de vuelta en comisaría, el inspector informa al comisario del resultado del interrogatorio. La policía, conocedora de los antecedentes de Hermenegildo Lafuente, a quien la fiscalía llevaba tiempo investigando, tiene ahora por objetivo hallar esos documentos desaparecidos, empezando por averiguar quién los ha sustraído en el hospital. Así que lo primero que van a hacer es visionar las cámaras de vigilancia para comprobar quien entró y salió de la habitación de Antón después de que este la abandonara camino del quirófano.

Las cámaras no engañan, las imágenes son muy claras: la única persona que entró y salió de la habitación asignada a Antón fue el celador que fue a recogerlo y llevarlo al quirófano, un tal Juan García López, de treinta y cinco años y trabajador de ese centro hospitalario desde hace diez años, sin que se haya descubierto un historial delictivo, excepto en su adolescencia, cuando fue detenido y dejado en libertad sin cargos por un supuesto caso de extorsión a un empresario propietario de un taller mecánico, quien retiró los cargos aduciendo que no podía asegurar que los detenidos fueran quienes lo habían agredido porque llevaban pasamontañas. En la tercera imagen captada por la cámara, cuando el celador sale por segunda vez de la habitación del paciente, tras haber vuelto después de dejarlo en la sala de operaciones, se ve claramente que este lleva bajo la bata blanca un sobre que no puede ocultar en su totalidad por sus grandes dimensiones.

Cuando el inspector le comenta a Antón la identidad del ladrón y que este ha desaparecido sin dejar rastro, aquel decide recuperar el sobre, cazando a ese celador por su cuenta, antes de que este pueda hacer algo con esa valiosa posesión.

 

Hermenegildo Lafuente, por su parte, tiene el convencimiento de que la desaparición de los documentos que tenía a buen recaudo es obra de su examante, esa furcia que solo quería su dinero y que le hizo creer que le amaba y que se divorciaría de su marido para casarse con él, cuando en realidad descubrió que no existía marido alguno y que salía con un individuo de baja estofa con el que, con toda seguridad, habían perpetrado el robo a su caja fuerte. No sabía cómo esa mujer se había hecho con el código, pero de alguna forma lo había conseguido. Lo más alarmante es que cuando, una vez despierto, salió de su dormitorio, olió a pólvora y de su despacho había desaparecido la alfombra que cubría el parqué. Evidentemente, no presentó una denuncia a la policía, no iba a levantar la liebre, pues sospechaba que esta le seguía los pasos desde hacía algún tiempo. Así pues, decidió contratar a un detective privado para que diera con esa furcia y, sobre todo, con los papeles que le incriminaban y lo podían llevar a la cárcel. Pero ¿qué detective podía contratar? Le encargaría esto a su fiel secretaria, pues ella había tenido en el pasado algún contratiempo económico y amoroso y había tenido que contratar a uno.

─Hermenegildo ─la fiel secretaria y su jefe se tuteaban desde que ella había sucumbido a su belleza millonaria─, yo contraté hace algún tiempo a un detective que me solventó aquel problema tan turbio que tú sabes. Si quieres lo llamo, se llama Antón no-sé-qué, ahora no me acuerdo, ya lo buscaré, pero te aseguro que es bueno y, sobre todo, muy discreto.

 

Al cuarto timbrazo, Antón, todavía convaleciente, descuelga el teléfono de su mesa de la oficina y, tras escuchar a su interlocutora largo rato y asentir en varias ocasiones, cuelga el aparato y en su cara aparece una sonrisa entre la sorpresa y la dicha malévola. Le acaban de contratar para descubrir el paradero de la supuesta ladrona y del sobre comprometedor. Lo primero ya lo sabe de sobras, lo segundo coincide con sus propios intereses, pero en este caso cobrará por ello. Y cuando tenga el sobre en sus manos, seguirá con el plan inicialmente diseñado. Ese cretino no sabe con quién se las verá. Obtendrá una sustanciosa cantidad para hacerse con algo que en su día ya tuvo en sus manos y, una vez conseguido, le amenazará con ir a la policía con esa documentación tan comprometedora para él a cambio de su silencio y se largará con el dinero del chantaje a vivir la vida padre en las islas Seychelles o donde sea que no haya un tratado de extradición con el Reino de España.

Lo primero que hace Antón es investigar la vida de Juan, el celador, y de sus compinches, esos antiguos amiguetes a los que conoció cuando ejercía de policía. Cuando dé con ellos, dará también con Juan del modo que sea. Y, en efecto, la fortuna le sonríe, pues, en un tiempo récord ─por eso es un buen sabueso─ los encuentra justo cuando estos acaban de enviar a Hermenegildo una nota anónima exigiéndole el pago de tres millones de euros en metálico a cambio del sobre.

Cuando la secretaria de Hermenegildo le hace entrega a Antón de la nota ─el típico texto formado por retales de letras obtenidas de un periódico o revista─, este propone actuar como mediador y hacer el intercambio de “papeles”, a lo cual Hermenegildo accede gustosamente. Pero antes del encuentro, Antón sustituye los billetes auténticos por unos falsos ─qué sabrán es idiotas─ y como preveía, esos delincuentes de pacotilla no se dan cuenta del cambiazo y se largan tan contentos dando saltos de alegría.

Una vez en su oficina, Antón comprueba que el sobre contiene, efectivamente, unos documentos muy comprometedores para quien lo ha contratado y decide dar el siguiente paso: Con un distorsionador de voz, llama a Hermenegildo, simulando ser uno de los delincuentes y haciéndole creer que se han cargado a su emisario porque el dinero era falso y le exige una nueva entrega de tres millones de euros, esta vez auténticos, o entregarán el sobre a la policía. Ante el estupor de Hermenegildo ─los billetes eran auténticos, él mismo los sacó del banco y los metió en la maleta─ este acepta el encuentro propuesto por quien le habla y acuerdan encontrarse en un bosquecillo ─el mismo donde Antón enterró a la rubia y a su compinche, por lo apartado del lugar y porque desea demostrar a Hermenegildo que no se anda con chiquitas─ a las diez en punto de la noche.

A esa hora en punto, Hermenegildo aparece con su Porche y camina, portando una maleta, hacia el individuo que le espera, a quien no logra distinguir porque ya ha oscurecido y no se ve bien la cara. Hasta que están frente a frente.

─Pero, pero… ¿qué quieres? ─tartamudea Hermenegildo─. ¿Tú no eres el investigador privado al que contraté?, ¿qué significa todo esto?

─Significa que, si quieres el sobre, tienes que darme a mí los tres millones que te he pedido.

─¿Y Andrea, mi examante? Te pedí que la encontraras primero a ella. ¿Acaso estás conchabado con esa loca?

─¿Quieres saber dónde está? Pues ahí la tienes, bajo ese pequeño túmulo. Ahí descansa su cuerpo y el de su compinche ─le dice Antón señalando el lugar donde los enterró con un gesto de la barbilla.

─No entiendo nada. ¿De qué coño va todo esto? ─pregunta un Hermenegildo desencajado─. Y Antón le hace un breve resumen de toda la historia, desde el día en que una rubia despampanante entró en su oficina para encargarle un caso “especial”.

 

Han pasado dos meses desde ese encuentro y Antón ha visto por fin cumplido su sueño, tumbado bajo una sombrilla y saboreando un cóctel tropical en una playa paradisíaca de Las Bahamas. Está leyendo un número atrasado de un periódico español en el que se informa de la detención de un empresario por estafa y una gran variedad de delitos económicos, por los que la Fiscalía pide 20 años de cárcel y, al mismo tiempo, del descubrimiento de dos cadáveres enterrados en un bosque que, según la versión de dicho empresario, es obra de un detective privado que le engañó y…

En este punto, Antón abandona la lectura de lo que conoce de primera mano y se dispone a echar una siestecita, acariciado por una brisa marina que le otorga una paz que solo se ve interrumpida por un zarandeo de alguien que, a sus espaldas, le apunta con un revolver, y le dice:

─Por fin he dado contigo, cabrón. De esta no te vas a salvar. No te puedo entregar porque aquí no existe un tratado de extradición, pero pagarás por lo que has hecho. Y sin más, Antón recuerda fielmente aquel momento, en el despacho de Hermenegildo, cuando, con un sobre de color manila metido en un bolsillo interior de su gabardina, oyó una detonación amortiguada por el uso de un silenciador, sintió un intenso dolor en su espalda y cayó desplomado. Y así vuelve a suceder, pero en esta ocasión no queda tendido sobre una alfombra sino sobre la fina arena que rodea a su tumbona. Lo último que oye antes de perder la consciencia es una voz de hombre ─se parece mucho a la de aquel inspector de policía─ que le dice a otro: “Misión cumplida, ya podemos informar a Hermenegildo, se pondrá contento”.


martes, 16 de junio de 2026

Un regalo inesperado

 


Jaime, con todo su dinero, era el más miserable de los tacaños. Si Jorge, el hermanito consentido de su mujer, esperaba un gran regalo con motivo de su boda, estaba muy equivocado. Aunque ello le costara el divorcio, le obsequiaría con ese par de gemelos que había comprado, a precio de saldo, para la ocasión.

Cuando Rosa, su mujer, vio ese supuesto regalo que su marido había comprado para una ocasión tan especial e irrepetible, montó en cólera. Pero Jaime, impertérrito, se mantuvo en sus trece. Él era el único que aportaba el dinero a la familia y, por lo tanto, era dueño y señor de hacer con él lo que le viniera en gana. Y acostumbrado a que se hiciera su sagrada voluntad, dejó el tema zanjado para siempre.

El día de la boda, cuando Jorge abrió la cajita, no podía creer tamaña generosidad por parte de su cuñado: unas llaves de un coche y, por el logo del llavero, ¡un BMW!

Los ojos de Jaime se le salían de las órbitas.

En un rincón, su esposa se estremecía de gusto con solo pensar en la cara que pondría Jaime cuando viera el cargo por la entrada del coche en la única cuenta bancaria que compartían para gastos domésticos y los recibos mensuales que llegarían de la financiera.

Jaime podría ser un lince en las finanzas, pero ignoraba la astucia e iniciativa de su mujer.


martes, 2 de junio de 2026

El sueño de Antón

Hoy vengo con otro relato recuperado del baúl de los recuerdos. Data de septiembre de 2013, poco después de abrir este blog. Lo he intentado recortar, pero he logrado el efecto contrario, pues durante mi revisión ha ido creciendo, de las 1.540 palabras originales hasta las 2.160 actuales, y todo por culpa de querer lavarle la cara. Espero que este nuevo lavado no os resulte demasiado pesado.


Antón se tenía por un tipo duro, de esos que no se amedrentan ante ningún problema por grave que sea. Era un hombre de recursos y siempre le habían salido bien los encargos “especiales” que le encomendaban. Pero esta vez se sentía inusualmente muy nervioso. Esa mañana, al salir de casa, tuvo un mal augurio y eso que no era supersticioso, pero aquel sueño…

Había soñado que era un cazador y que tras horas deambulando por el monte junto a sus compañeros de cacería, se dio cuenta de que se hallaba solo en medio de la espesura y emprendiendo una alocada búsqueda de sus amigos caía en una profunda trampa que apareció de repente bajo sus pies, una especie de pozo profundo del que no podía salir. Y así, herido y atemorizado, caía la noche y el único sonido que le acompañaba era la de unos aullidos lejanos. Cuando la silueta de dos enormes lobos asomaba en lo alto del pozo y parecían prestos a saltar sobre él, se despertó cubierto de ese sudor frío que sólo el pánico provoca.

De eso hacía un par de horas y aún no había conseguido sacarse ese maldito sueño de la cabeza, una pesadilla que le había dejado muy mal sabor de boca.

¿Será posible? Venga, termina de desayunar que se hace tarde y tienes mucho que hacer, se dijo al cabo de un buen rato. Y tras abonar la cuenta, con el periódico bajo el brazo y las manos en los bolsillos de la gabardina, cruzó la calle y se dirigió con paso raudo hacia su destino.

En menos de quince minutos está plantado ante ese edificio que tan bien conoce por haber estado montando guardia frente a él tantos días seguidos, mañana, tarde e incluso alguna que otra noche.

¿Por qué se había hecho detective? Sería por amor a la aventura, porque en lo que se refiere al dinero, éste había resultado ser una amante esquiva. Vivía medianamente bien pero no era lo que esperaba, pero ya tenía una edad y no estaba para más cambios. Pero ese caso iba a ser sonado. Si todo salía como tenía previsto, sería rico y tendría asegurado un buen y merecido retiro.

Pero bueno, no vayamos a vender la piel del oso antes de cazarlo. Todo a su debido tiempo. Ahora lo que tengo que hacer requiere de toda mi concentración para no dar un paso en falso.

Y así, Antón se introduce a hurtadillas en el edificio por la puerta trasera, esa que él bien sabe que el portero suele dejar abierta para poder escabullirse cada vez que quiere fumarse un pitillo sin que le vean los escrupulosos vecinos.

Una vez dentro, sin nadie que merodee por el rellano, sube, para no ser visto, por el montacargas hasta la sexta planta. Una vez frente a la puerta, mira a ambos lados del largo pasillo, se seca con el dorso de la mano el sudor de su frente y respira hondo.

Lo tenía todo estudiado. Sólo tenía que abrir la puerta y colarse en el lujoso apartamento. Su clienta, esa mujer que le dejó sin habla cuando se presentó en su despacho por primera vez, le había dado una copia de la llave y el código para desactivar la alarma. Él todavía estaría durmiendo, le dijo. Desde luego, los hay que viven como les da la realísima gana, sin apenas dar golpe, viviendo la noche a todo tren y levantándose cuando la gran mayoría de mortales hace horas que está currando.

Sabía que no tenía nada que temer, pues el tipo afortunado dormía hasta las tantas y usaba tapones en los oídos para que el ruido de la calle no le despertara. Ese detalle sólo lo podía conocer su clienta, por algo habían compartido cama durante estos últimos años. Antón, lo único que había constatado después de tantos días de vigilancia, era que nunca salía a la calle antes de las doce del mediodía y siempre para dirigirse al bar de la esquina para tomarse su primera copa del día.

Así que tenía tiempo de sobras, pues sólo eran las ocho y el pájaro debía estar profundamente dormido. Sólo tenía que entrar lo más sigilosamente posible, dirigirse al despacho que estaba al final del pasillo, abrir la caja fuerte cuya combinación su clienta también le había facilitado y apoderarse de un sobre de color manila. Desde luego, esa mujer había pensado en todo.

¿Qué contenía ese sobre para que estuviera dispuesta a pagar tanto dinero por él? Según le contó, había descubierto ciertas actividades ilegales de su amante y en ese sobre habían suficientes pruebas incriminatorias con las que pretendía hacerle chantaje. ¿Por qué? Por venganza. Ese ricachón engreído se había librado de ella de la noche a la mañana y se lo haría pagar caro. Había dejado a su marido por él, creyendo en sus promesas, y la había dejado sin un maldito euro, el muy traidor. Le había dado los mejores años de su vida y ahora esto. Así que o cedía al chantaje o iría con las pruebas a la policía.

¿Sería un asunto de fraude fiscal, tráfico de drogas, prostitución, trata de blancas, tráfico de armas? Qué más daba, el caso es que la rubia despampanante le había dicho que pensaba exigirle unos cuantos millones, así que el asunto debía de ser gordo.

Pero lo que no sabía ese monumento de mujer es que sería él, Antón Olivares, quien, una vez con las pruebas en la mano, extorsionaría al ex amante. ¿Por qué conformarse con unos miserables cientos de miles de euros de honorarios cuando podía hacerse con un dineral? Ya vería el modo de burlar a su despechada clienta y largarse luego con toda la pasta sin dejar rastro. De algo le tenían que servir tantos años desperdiciados en la policía por un mísero salario. De momento, todo marchaba según lo planeado. Ya estaba llegando al final de la primera etapa, la más difícil, sin contratiempos.

Y en esto anda fabulando Antón cuando, justo después de esconder el sobre en el bolsillo interior de su raída gabardina, siente un intenso dolor en la espalda y cae desplomado. Se da la vuelta para ver quien le ha disparado usando un silenciador, pero no logra ver a nadie.

Antón yace inmóvil en el frío suelo del despacho, los ojos abiertos dirigidos hacia el oscuro techo y con su mano derecha todavía a la altura de ese corazón que quiere saltársele del pecho ensangrentado. Sigue vivo pero ¿por cuánto tiempo? No puede moverse y apenas respirar. Las cortinas se descorren y la luz invade de repente la estancia. Una cara esbozando una sonrisa cínica le contempla desde lo alto antes de arrodillarse a su lado.

─Pobre infeliz ─dice la esbelta y sensual rubia─. ¿Realmente creías que te saldrías con la tuya? Todavía no ha nacido quien pueda joderme e irse de rositas. Eres más estúpido de lo que creía. ¿Por qué crees que te encargué un caso que hubiera podido resolver yo sola sin tener que compartir parte del botín con un viejo borracho como tú? Hubiera podido entrar tranquilamente con el duplicado de las llaves y abrir la caja fuerte en un abrir y cerrar de ojos y salir por esa puerta sin que nadie sospechara nada. Ahora sí que veo que estás acabado, mira que no sospechar nada pero, claro, ha pasado tanto tiempo…

Y Antón, con su mirada extraviada y borrosa sólo logra vislumbrar cómo otra figura, alta y corpulenta, se acerca, y entre la mujer y ese desconocido lo arrastran envuelto en una especie de manta hasta el montacargas, y tras unos instantes que se le antojan una eternidad, lo echan sobre la dura superficie de una furgoneta y desde esa oscuridad cada vez más profunda y mientras se le escapa la vida por los poros de su maltrecho cuerpo, oye como la mujer dice:

─Por fin ha tenido su merecido ese puerco de Antón. He tenido que esperar algunos años pero ha valido la pena. De poco le ha servido haberme enviado a la cárcel. Su mente de viejo sabueso bien que pudo resolver aquel caso y descubrirme, pero no ha sido capaz de reconocerme y ha pagado cara su decrepitud. Yo habré estado diez cochinos años en la trena, pero ese viejo cabrón va a pasar la eternidad en ese agujero que le hemos preparado.

─Sí ─oye cómo le contesta una voz de hombre─, eso sí que es matar dos pájaros de un tiro. Tú te vengas de ese cabrón y los dos podremos empezar una nueva vida lejos de aquí y forrados.

Lo último que puede ver Antón antes de perder totalmente la consciencia son dos sombras que desde lo alto de una especie de pozo le observan, sus bocas son como fauces, parecen lobos que se relamen de gusto tras cazar a su presa. ¿Dónde ha visto antes esa imagen? ¿Cómo ha llegado hasta allí? ¿Será un sueño? Claro, eso es, se trata de una pesadilla, como la que tuvo esa madrugada.

Y cuando la primera palada de tierra le cubre su cara, se da cuenta de que esa horrible pesadilla se había hecho realidad. Y antes de que todo acabe, nota como algo se le clava en el pecho a la altura del corazón. ¿Será la bala que le han disparado? No, debe ser ese sobre de color manila que tenía que cambiar su vida.

  

─¡Pero serás imbécil! ¿No tenías tú el sobre? ─grita, fuera de sí, la rubia.

─A ver, yo creía que lo habías cogido tú. ─le responde su compinche.

─No me jodas. ¿Y ahora dónde encontramos el lugar en el que lo sepultamos, eh?

─Pues tiene que estar por aquí, recuerdo ese claro en medio del bosquecillo y, además, tenemos que ver la tierra removida, por mucho que la aprisioné para que no se notara que había algo enterrado.

─Como no lo encontremos ya, te corto los huevos, idiota.

─Vale, vale, tranquila, que lo vamos a encontrar. Total, solo han pasado unas horas y nadie ni nada ha podido borrar el rastro. ¡Mira, allí se ve un montículo!

─¿Cómo que un montículo? ¿No habías aplanado el terreno?

Ambos se acercan velozmente a ese montón de tierra y comprueban, atónitos, que es una fosa vacía, la misma que habían preparado para Antón.

─¡No está, se ha largado! ¿Pero cómo ha podido? ¿Acaso no te aseguraste de que estaba muerto, subnormal? ─grita, ahora histérica, la mujer.

─Pero si lo parecía, no respiraba, o eso creo.

─¿Eso crees? Ya lo estás buscando por tierra, mar y aire, pero ese cabrón no se larga con el sobre, lo juro por mis muertos.

Y en ese preciso instante, se oyen dos disparos y ambos dan en el blanco. ¿Cabrán dos cuerpos en el mismo hoyo excavado para él? ─piensa Antón. Pronto saldrá de dudas. Y el detective expolicía da gracias a que se haya cumplido lo que muchos argumentan: que el asesino (en este caso los asesinos) siempre vuelven al lugar del crimen.

Antón se guarda el revolver que esos dos capullos no advirtieron que guardaba en la riñonera, se limpia las manos de la tierra que ha tenido que remover para cubrir la fosa con los dos cuerpos, se sacude el polvo de la vieja gabardina ─ahora todavía más sucia y deteriorada─ y, asegurándose que el sobre sigue en su sitio, se larga rápidamente del lugar. Primero acudirá a su amigo cirujano para que le extraiga la maldita bala que, por fortuna, no parece haber hecho un daño irreparable y luego, esa misma tarde, pondrá en marcha su plan original. Ahora el sueño de Antón será otro muy distinto. Pero a medida que avanza hacia la carretera que vislumbra desde el bosque, se siente cada vez más débil, le cuesta respirar, anda con dificultad, teme no llegar a la carretera. Y cuando, por fin, la alcanza y alza la mano para que el coche que se acerca se detenga, siente un vahído y cae justo antes de ser atropellado.

 

Ahora está en el hospital y en la puerta de su habitación hay un policía de guardia.

─Aguanta, tío, que ahora vendrán los de criminalística para que des parte de lo ocurrido.

─¿Y mi gabardina? ¿Dónde está mi gabardina? ─le pregunta al policía casi a voz en grito.

─Cálmate, tío, no te agobies, que estás hecho un asco, según nos han dicho los médicos.

─Pero ¿dónde está mi ropa? ─insiste Antón, cada vez más nervioso.

─Está aquí, hombre, en el armario. ¿Para que la quieres, si se puede saber?

─Hazme el favor de mirar si en el bolsillo interior de mi gabardina hay un sobre color manila ─cosa que el agente se aviene a hacer.

─Aquí no hay ningún sobre, ni en el bolsillo interior ni en los exteriores. ¿Era importante?

Y al oír esto, Antón vuelve a perder la consciencia. ¿Qué habrá sido del sobre, y qué será de él ahora?


sábado, 23 de mayo de 2026

Al principio sentí miedo

Este relato tiene ya 13 años de existencia. Lo publiqué al poco de abrir este blog, y como no tuvo mucha aceptación, por no decir ninguna, habida cuenta de que no obtuvo comentario alguno, me ha parecido oportuno darle una segunda oportunidad pues le tengo un cierto cariño. Dado el tiempo transcurrido, me ha parecido oportuno insertar la nota aclaratoria que encontraréis al pie del texto.


Al principio sentí miedo, pues debía afrontar lo desconocido a solas. Si me capturaban, nadie vendría en mi ayuda. Estaba en un planeta inhóspito para mí. Era una misión fundamental y no podía defraudarles. Había tenido que esperar muchos años para poder participar y allí estaba, al fin.

Era la primera vez que la visita a este planeta tenía como objetivo establecer contacto con sus habitantes. La misión tenía un riesgo importante, pues no sabíamos cómo reaccionarían esos seres tan agresivos si me descubrían. Por mi parte, sólo verlos me producía un gran espanto, pero estaba decidido a cumplir con mi tarea hasta las últimas consecuencias.

Me habían dado sólo tres días para mezclarme con ellos, conocer sus actividades y costumbres, investigar su hábitat y su vida gregaria, y aprender, aunque sólo fuera rudimentariamente, su lenguaje. Todo tenía que hacerlo sin levantar sospechas. Luego, debía volver a la nave con todo el material y abandonar ese planeta sin que me vieran despegar. Toda esa información sería vital para saber hasta qué punto podríamos, en un futuro, establecer con ellos un contacto directo y pacífico.

Habían sido muchos los años de preparativos e inversiones millonarias y todo en el más absoluto secreto. Primero, logramos convertir su atmosfera en respirable gracias a ese convertidor de gases que me implantaron en mi cavidad bucal, luego conseguimos emular su aspecto físico con una especie de segunda piel, un trabajo magnífico de nuestros ingenieros del departamento de síntesis de polímeros. Pero no fue hasta que conseguimos mimetizar la nave con el entorno cuando el proyecto recibió luz verde.

¡Y pensar que todo nació a partir de esos especímenes que habíamos logrado capturar años atrás! ¡Vaya revuelo que se armó! Que si el gobierno conocía la existencia de vida en otros planetas y lo negaba, que si se habían capturado unos seres de una nave alienígena y se estaba experimentando con ellos, etc. Hasta ahora habíamos logrado ocultar todas las pruebas pero, de salir bien esta misión, el gobierno estaba decidido a revelar la verdad.

Y ahí estaba yo, con mi traje de camuflaje, una réplica perfecta de su caparazón externo, incluida esa vestimenta tan extravagante con la que se cubren. Lo único que desentonaba un poco era mi estatura, quizá demasiado alta para ellos, pero luego me tranquilicé al comprobar que también había individuos de mi complexión, aunque fueran más bien pocos.

Cuando aterricé era de noche en esa cara de su planeta. Afortunadamente, las luces que despedían sus madrigueras me ayudaron a ubicarme y dirigir mis pasos hacia mi primer objetivo: una estructura baja y rectangular rodeada por un muro no más alto que yo que, supuse, debía actuar de defensa.

Pero lo peor vino después, pues cuando acababa de franquear la entrada exterior de ese insólito habitáculo, un ser extraño que no teníamos catalogado, surgido de entre la oscuridad, se abalanzó sobre mí profiriendo unos horribles aullidos. Creía que me iba a despedazar. Sus rugidos debieron despertar a los habitantes de la guarida porque, de repente, se encendieron más luces y poco después sentí cómo los colmillos de esa bestia se clavaban con fuerza en una de mis piernas, impidiéndome huir. Acababa de realizar mi primera incursión y ya había sido descubierto. Debía comportarme con la máxima naturalidad si quería sobrevivir, hacerme pasar por uno de ellos, ese era el plan, pero era incapaz de articular una sola palabra sin desenmascararme.

El pánico se apoderó de mí. Tantos preparativos para eso. Tenía que aplicar el plan B. Lo único que debía hacer, para empezar, era simular una incapacidad para emitir sonido alguno. Me mostraría dócil y ya vería el modo de escaparme cuando estuvieran más confiados.

Pero lo que debería haber sido un breve cautiverio, tras el cual podría reanudar mi proyecto en otra parte, se ha convertido en algo que nunca hubiera llegado a imaginar.

Siento que, después de tantos años de esfuerzos, les haya fallado de esta forma, pero quién me iba a decir a mí que me encontraría con algo así, algo superior a mis fuerzas. No me habían preparado para esto.

Según su calendario solar, han pasado ya tres años. He aprendido su lenguaje, si bien ellos creen que me han enseñado a hablar tras superar un problema de  fonación. Su aparente agresividad no es tal y se han mostrado conmigo muy sociables. Me han acogido como a uno de los suyos, pues eso es lo que creen que soy. Mucha inventiva he tenido que utilizar para que no descubrieran mi origen y mis intenciones. Aunque he tenido que hacer un esfuerzo de adaptación, me siento muy bien entre ellos. Y es que, la verdad sea dicha, viven mucho mejor que nosotros. Aunque están más atrasados en algunos aspectos, en otros nos llevan la delantera. Lo único a lo que no me he acostumbrado todavía es a su régimen alimenticio, pero tengo entendido que no en todas las zonas del planeta se alimentan igual. Tendré que explorar.

Me siento como un traidor pero me he acabado adaptando tan bien a su forma de vida que ya no quiero volver y, aunque sé que me han estado buscando, este disfraz que ellos mismos diseñaron está resultando ser un perfecto sistema de camuflaje pues con sólo unos retoques ya no parezco el mismo. Sólo espero que esta segunda piel resista bien el paso del tiempo y que, antes de que se deteriore y deje de serme útil, haya podido disfrutar mucho tiempo de esta nueva vida.

No quiero ni pensar qué harán conmigo cuando llegue el momento de la verdad, cuando descubran que han sido engañados durante tanto tiempo. Y respecto a mis congéneres, espero que, cuando por fin me encuentren, sean indulgentes conmigo. No sé si me comprenderán, no sé si entenderán mi debilidad, lo que me ha motivado a traicionarles, porque me resultará difícil de explicar qué es eso del sueño americano*.

 

*En la actualidad, este concepto es objeto de un amplio cuestionamiento, pues factores económicos y políticos han modificado ostensiblemente el panorama (nota del autor).

 

sábado, 16 de mayo de 2026

El corredor

 


Ya ha llegado ese momento tan esperado como temido. Después de 10 largos años, hoy, por fin, he tomado mi última cena, solo en esta celda que ha sido mi hogar desde ese maldito día en que me sentenciaron a la pena capital.

La pena capital. Desde luego suena mejor que pena de muerte, pero el final es irremediablemente el mismo. Unos dicen que no duele, que la inyección letal, o debería decir las inyecciones, no causan dolor alguno, pero Lauson me contó que a un tío no se las aplicaron correctamente y se retorcía del dolor ante la mirada estupefacta del médico y alguna que otra sonrisa maliciosa por parte de esa audiencia que tiene que dar fe de que la sentencia se ha cumplido, que no sé por qué hará falta tanta gente para eso. ¡Y pensar que mi mujer estará allí, tras ese cristal, viendo cómo acaban conmigo!

Desgraciadamente fui incapaz de demostrar mi inocencia pues me tocó un abogado de oficio muy poco curtido en estas lides. Por lo menos se dignó a cursar una petición de clemencia al gobernador, aunque Lauson, siempre con sus malos augurios, me ha dicho que ese gobernador no ha suspendido ni una sola ejecución en lo que lleva de mandato, pero mi abogado dice, y en eso lleva razón, que no hay que perder jamás la esperanza.

Hoy, a las seis, me han servido mi última cena. Me preguntaron que qué me apetecía. ¡Cómo me iba a apetecer algo de comer cuando sólo me quedaban unas horas de vida! Nunca he entendido ese absurdo privilegio. Es casi una broma de mal gusto. Disfruta, disfruta comiendo, que antes de que hayas completado la digestión estarás dentro de una bolsa de plástico.

A las 8:00 p.m. será la ejecución. Dentro de media hora todo habrá terminado. La cuenta atrás ya ha empezado. Si por lo menos el gobernador tuviera un mínimo sentido de la justicia. Pero siendo yo negro mis posibilidades son remotas, al menos eso es lo que dice Lauson, pero bien pensado qué sabrá él. Lauson. es el típico aguafiestas, todo lo ve tan negro como su arrugada piel. Le encanta dar malas noticias. Es un amargado y parece que le complace amargar a los demás.

Ya vienen a por mí. Tampoco he entendido nunca esa costumbre de llevar a los reos hacia la sala de ejecución encadenados de pies y manos. ¿Acaso creen que podría escapar de esta cárcel de alta seguridad estando rodeado de esos cuatro tíos que son como armarios? Teatralidad hasta el último momento. Teatralidad casi esperpéntica.

Ahí está el teléfono y ese hombre pegado a él debe ser quien, en caso de que el gobernador llame para detener este sinsentido, dará la orden que me salvará de la ejecución.

Hacía muchos años que no rezaba y esta última semana no he hecho otra cosa, día y noche. Quiero creer que realmente hay otra vida y que allí, sea adonde sea que vaya, sí hay justicia. Y es que todo esto se me antoja irreal. Todo esto parece una pesadilla de la que no consigo despertar.

Ya estoy atado, me están poniendo las vías y el maldito teléfono sin sonar. Veo de refilón que el reloj de la pared marca las 7:55. Todavía quedan cinco minutos de esperanza pero, si ha tenido todo el día para llamar, ¿cómo va a esperar a los últimos cinco minutos para hacerlo? La esperanza es lo último que se pierde pero ya no me queda ni un ápice.

¡Qué lentamente pasa el tiempo! Sólo ha transcurrido un minuto. No sé qué me está diciendo el padre MacGregor. Debe ser la ansiedad pero no entiendo lo que dice aunque a mí lo único que me interesa es que al gobernador le asalte un atisbo de lucidez, comprenda que las pruebas eran tan sólo circunstanciales y acabe albergando una duda razonable. Quizá sea mucho pedir a alguien tan a favor de la pena de muerte.

¡Ya sólo falta un minuto! Esto es el fin. Sesenta segundos y todo habrá acabado. Allá el gobernador y su conciencia. Yo me voy con la mía tranquila. Soy inocente y se va a perpetrar una terrible injusticia, pero estoy en manos de los hombres y, por lo tanto, de una justicia imperfecta.

Diez, nueve, ocho… Dios mío, que suene el teléfono, que suene por favor, que suene aunque sea en el último segundo.

¿Qué? ¿Qué? ¡Está sonando, está sonando, por fin, por fin, estoy salvado! ¿Pero es que nadie lo coge? ¿Están sordos o qué? ¿Por qué está todo tan oscuro? ¿Qué es este pitido tan endiabladamente familiar? ¿Dónde estoy?, ¿Y qué hora es? ¡Son las ocho! ¡Caramba, qué alivio! ¡Vaya pesadilla! ¡Y qué susto me ha dado este maldito despertador! Tendré que cambiarlo, pues hace un ruido infernal. Me tiene harto, no lo soporto. Cada día igual. Ya decía yo que la marca Lauson no era de las buenas.

                                                                          

 

*Imagen: Shujaa Graham, que pasó cinco años (1976-1981) en el corredor de la muerte de San Quintín hasta que fue absuelto.


sábado, 9 de mayo de 2026

El hipocondríaco

 


Al contraluz de la calle, su silueta semejaba un tronco azotado por el viento.

Era la primera vez que salía tras el accidente que casi acaba con su vida. Era incapaz de abandonar su piso, su refugio más seguro. Para limpiar la casa, ir a la compra y evitar cualquier accidente doméstico, había contratado a una asistenta.

Por mucho que me esforzaba en ayudarle a mitigar sus temores, mis consejos caían en saco roto.

Hasta que un día, de madrugada, decidió salir por fin de casa, pues a esa hora tan temprana, con las calles vacías, quería probar si era capaz de superar sus miedos. Pero no fue así. Un inesperado vendaval le hizo desistir y, dando media vuelta, subió las escaleras de dos en dos, pues el ascensor era otra fuente de desgracias a evitar.

La última vez que fui a verle, lo encontré terriblemente asustado y tosiendo violentamente. La asistenta había abierto el balcón para airear el salón y había entrado una paloma que revoloteó por toda la estancia hasta que pudieron echarla a bastonazos, y como esos animales pueden transmitir muchas enfermedades, temía que la inhalación del polvo contaminado con las heces y las pluma de esa asquerosa ave pudiera enfermarlo gravemente. Y no se equivocó.

Ahora está en la UCI afectado de una criptococosis, una infección fúngica grave que le ha afectado los pulmones y el sistema nervioso central. Las enfermeras me han contado que cuando lo trajo la ambulancia, sus gritos de terror se oían desde la calle.

Si sale de esta, su hipocondría le durará toda su vida.

 

 

La primera frase pertenece a “El prisionero del cielo”, de Carlos Ruiz Zafón

 


sábado, 2 de mayo de 2026

Un cuento de oficinistas

 


Érase una vez un viejo oficinista que llevaba más de sesenta años trabajando en la misma Empresa. Quería jubilarse, pero no le dejaban. Le decían que era imprescindible en el puesto que ocupaba. Pero él sabía la verdad: su salario era tan exiguo que no encontrarían a nadie dispuesto a trabajar por esa miseria. Todo el personal de la Empresa era mayor, por idéntico motivo, pero Juan era, con diferencia, el más viejo y el más antiguo.

Pero, además, resultaba que la pensión de jubilación seria todavía más ridícula, si cabe, y todo por haberse dejado engañar con aquello de que «pero si todavía eres muy joven. Ya te daremos el alta a la Seguridad Social más adelante, cuando seas más mayor, que las cosas, ya lo ves, no marchan demasiado bien ahora mismo». Y eso duró la friolera de cuarenta años.

Entró a trabajar en Casa Miserias, como llamaban en el pueblo a la fábrica de tractores, cuando Juan Honrado tenía quince años y don Negrero, el dueño, cuarenta. Ahora él iba camino de los ochenta, el dueño estaba muerto y enterrado hacía un montón de años y los que llevaban ahora el negocio eran su único hijo y un socio, un tal Julián Explotador.

Juan nunca había estado enfermo, nunca había faltado al trabajo. Entraba el primero y salía el último. Y así cada día laborable, de siete en punto de la mañana a siete y pico de la tarde. Orgulloso de su trabajo en Negrero e Hijo, S.L., primero, y en Negrero & Explotador, S,L., después, declaró en más de una ocasión que pensaba morirse al pie del cañón. Lo que no se imaginaba cuando lo dijo es que ese cañón fuera tan pesado, resistiera tanto tiempo y que a su edad todavía le tendría que sacar brillo.

El día de su octogésimo aniversario, un lunes que haría historia, fue el primer día de su vida laboral que pidió fiesta en el trabajo. Nunca antes lo había hecho, ni cuando Ignacio, su hijo, nació. Pero ahora tenía un motivo muy importante y no era la celebración de su cumpleaños: le habían llamado del hospital. Ignacio había sufrido un accidente con la moto y lo habían entrado en el quirófano. Parecía grave.

A Luisa, su mujer, no le diría nada, tampoco lo entendería. Solo se lo dijo a Mercedes, su cuidadora, un miembro más de la familia, y, claro está, al señor Negrero hijo.

─¿Qué puede hacer usted en el hospital? Solo molestar. ¿No ve que no podrá ver a su hijo, hombre de Dios? Vaya cuando haya terminado su jornada de trabajo, que ya habrá salido del quirófano ─le dijo, señalándole con la mirada la puerta del despacho para que volviera a su puesto. Pero al observar que Juan hacía caso omiso de su consejo y tomaba su abrigo, la bufanda y la bolsa de mano, dispuesto a marcharse, le amonestó:

─Señor… este…, mire que si se va antes de la hora le tendremos que descontar de su salario las horas perdidas y los tiempos no están para perder dinero así como así.

Al día siguiente, Juan llegó tarde al trabajo, un hecho extraordinario que no pasó desapercibido por nadie. Todos se imaginaban lo peor: «pobre hombre, una mujer mentalmente discapacitada y ahora el hijo, vete a saber como habrá quedado, eso si sigue con vida» ─pensaban.

Eran las diez y diez, cuando Juan entró en la oficina con paso decidido y cara de felicidad, y antes de que el señor Romualdo Facha, el jefe de personal, le pudiera reprender, dijo en voz alta:

─He venido a recoger mis escasas pertenencias. Mucho gusto y que lo pasen bien ─iba a decir «y que les den por culo», pero se reprimió. Y dirigiéndose al señor Facha, que lo miraba boquiabierto, añadió: ─ya me dirá cuando puedo pasar a firmar la liquidación. ¡Hasta luego! ─gritó mientras sacudía un papelito como quien agita una banderita como señal de bienvenida a un mandatario extranjero. Y dándose la vuelta, salió por la puerta como alma que lleva el diablo, como si tuviera miedo de que lo atraparan y no pudiera salir de allí nunca más.

─¿Qué llevaba el señor… este… en la mano? ─preguntó el socio de Negrero, conocido por el personal como «el señor tocacojones», que estaba presente.

─Pues no estoy seguro, señor tocacoj…, quiero decir señor Explotador, pero parecía un boleto de lotería.

 

 Aquella mañana, cuando Ignacio despertó, vio a su padre sentado a los pies de su cama. Al verle, puso unos ojos como platos y, mirándole con cara de loco, empezó a agitar los brazos enyesados de tal manera que parecía un pájaro despavorido que intenta volar y no puede. «La cartera, la cartera», gritaba mirando a su alrededor como quien ha perdido algo muy valioso. Y es que la suerte llega cuando uno menos se la espera. El pobre chaval, iba tan excitado conduciendo su moto, porque le había tocado el primer premio del “cuponazo de la ONCE”, seis millones de euros, ni más ni menos, que no se percató de que el semáforo estaba en rojo y, claro, pasó lo que pasó.

Tras el alivio del muchacho al comprobar que el boleto seguía en su cartera, gritó a voz en cuello:

─Corre, papá, corre, ve al banco e ingresa este boleto. ¡Somos millonarios!

─Ahora voy, hijo, tranquilo ─le contestó Juan. Y después de pensárselo unos segundos, añadió─. Pero antes tengo que pasar por la oficina, pues tengo que liquidar un asunto pendiente.

 Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.