martes, 17 de febrero de 2026

Mi amigo Leo


Hace unos tres mess, deambulando por un mercadillo de antigüedades, vi un reloj que me llamó mucho la atención. A pesar de tener un aspecto clásico antiguo, aunque de antiguo no tenía mucho, según me confesó el propietario del puesto ─este ejemplar tendrá unos treinta años, más o menos─, me resultó tremendamente atractivo. Parecía un objeto más propio de un vejestorio ricachón que de un friki como yo. Aun así, decidí comprarlo. Cuando el vendedor me dijo el precio, casi me caigo de espaldas.

─Es que es un reloj muy especial, su mecanismo es extraordinario. No encontrará muchos como este. Lo adquirí en una subasta, tras ser vaciado un piso por defunción de su propietario sin haber dejado herederos.

La premura para adquirir aquella joya, como la calificó aquel hombre, no me permitió percatarme de que ese artilugio tan especial no funcionaba. No se le podía dar cuerda, pues no tenía ninguna llave o elemento para hacerlo, como en los relojes convencionales. Consulté en internet y cuando introduje su marca y modelo, volví a sorprenderme. ¿Sabía aquel viejo vendedor el valor que ese reloj tenía en el mercado de segunda mano? A mí me lo vendió por la friolera de quinientos euros. En una web de internet dedicada a relojes antiguos encontré uno idéntico, al menos en apariencia, que se vendía por veinte mil euros. ¡De segunda mano! ¿Cuánto debía valer nuevo? No pude averiguarlo, pues ese modelo ya no se fabricaba. Pero fuera el que fuera su valor, ya que había invertido en él una buena suma de dinero, tenía que hacerlo funcionar. Encontrar un taller de reparación para este reloj en concreto me costó Dios y ayuda, pues todos los que hallé rechazaron tal encargo; conocían ese tipo de aparato, pero no tenían ninguna experiencia con él, hasta que uno de los contactos aceptó repararlo, añadiendo que era el único en España que tenía un artesano entre su personal que conocía, como la palma de su mano, el complejo mecanismo de esa maravilla de reloj.

Cuando me presenté en la tienda, en un callejón del casco antiguo de Barcelona, me pareció haber retrocedido en el tiempo más de un siglo. Parecía que estuviera en un comercio de enseres extraños, un bazar de objetos mágicos procedentes de la cueva de Alí Babá. Su estrechez era tanta que un sujeto, que dijo ser el dueño del establecimiento, me atendió de pie detrás de un mostrador barroco que había sufrido los ataques de la carcoma, sin tener apenas espacio para movernos. El hombre, de edad indefinida, enjuto y con numerosas arrugas en cara y cuello (las únicas partes de su cuerpo a la vista) daba la impresión de haber resucitado tras muchos años de descanso en el Campo Santo. Pero tras las presentaciones de rigor y haberle mostrado el reloj y recordándole mi deseo de repararlo, cambió su actitud huraña y distante, convirtiéndose en un amable y halagador comerciante que solo desea complacer al cliente. Ante la visión del reloj, esbozó una sonrisa lobuna y los ojos se le agrandaron tanto que parecía que iban a salirse de sus órbitas.

─¿Sabe usted lo que vale este reloj? ─inquirió, y antes de responderle, añadió─ Tiene en sus manos una joya de la ingeniería. Le adelanto que le saldrá cara la reparación, pero valdrá la pena gastarse un buen dinero para que este aparato, único en su especie, funcione a la maravilla. Nuestro maestro artesano lo reparará, pero le advierto que necesitará por lo menos uno o dos meses para ello, pues su mecanismo es sumamente complejo y delicado y hay que tratarlo con mucha destreza.

Y así fue, pues al cabo de dos meses recibí su llamada para que pasara a recogerlo.

─Ha quedado como nuevo ─me dijo por teléfono con una indisimulada satisfacción─, salvo unos pequeños arañazos en su cubierta que ya tenía, seguramente debidos a un traslado poco aplicado en alguna que otra ocasión. Lo hemos tenido dos semanas en observación y funciona perfectamente.

Una vez de nuevo en la tienda, fui atendido en esta ocasión por el maestro artesano en persona, quien apareció de la trastienda portando un bulto con tanto cuidado como si llevara un recién nacido en brazos. Lo desenvolvió y lo depositó con gran cautela sobre el mostrador y me indicó cómo debía proceder durante su traslado, el modo de bloquearlo y desbloquearlo una vez en casa y el ajuste de su horizontalidad mediante un nivel de burbuja como el empleado en albañilería. Me advirtió de que cualquier golpe, por pequeño que fuera, sacudida o incluso temblor del mueble sobre el que lo situara, podría deteriorar su funcionamiento y deberían volver a repararlo. Ante tantos consejos, me sentí atribulado y anticipaba mi culpabilidad con solo pensar en una posible falta de cuidado por mi parte que pudiera afectar el buen funcionamiento de mi reloj, siendo como era un objeto sumamente delicado.

Pero si todo ello me resultó apabullante, lo que me dijo a continuación, antes de empaquetarlo de nuevo, me sorprendió hasta el punto de poner en duda la veracidad de aquellas palabras.

─¿Sabe quién inventó el mecanismo de este reloj? ¿No?, pues el mismísimo Leonardo da Vinci, sí señor, no me mire con esa cara. No sé si mi socio le habrá informado de cómo funciona.

Y ante mi mutismo, continuó con su explicación.

─Pues este maravilloso reloj funciona gracias a la energía producida por los cambios de temperatura y de presión atmosférica ambiental, de ahí que no necesite que le den cuerda y que pueda funcionar durante años sin la intervención de la mano del hombre. Todo está en esa cápsula que usted ve aquí ─que señaló con su largo y huesudo dedo índice─, herméticamente sellada, que contiene una mezcla de gas y líquido de cloroetano que se dilata en una cámara de expansión cuando la temperatura sube, comprimiendo…

Llegado a este punto ya no atendía las explicaciones de aquel buen hombre, solo pensaba en el hecho de haber dado con aquel extraño reloj por casualidad ─o quizá por una causalidad que desconocía, pues a mí los relojes antiguos no me resultaban especialmente atractivos y en cambio ese me había seducido desde que lo vi─ y que desde ese preciso instante debería cuidar de él como de un ave exótica o una planta tropical muy delicada de conservar fuera de su hábitat.

Antes de llegar a casa ya sabía dónde iba a depositar el reloj de marras: sobre un estante fijado lateralmente a dos pequeñas columnas del salón comedor. Hice todo lo que me había indicado el viejo artesano y grande fue mi satisfacción al comprobar que había logrado que funcionara tras las manipulaciones de desbloqueo del sistema y ajuste horario. El resto del día lo pasé contemplándolo cada cinco minutos, asegurándome de que no adelantara o atrasara ni un ápice, como así fue.

Pero tras mi tranquilidad inicial, experimenté un sobresalto, rayando el miedo, cuando, por la noche, me despertó una voz grave y profunda, que parecía proceder de ultratumba.

─Gracias por haber adquirido ese reloj, amigo, no te arrepentirás ─tras lo cual me incorporé en la cama como si un resorte me hubiera empujado violentamente─. Tras unos segundos de circunspección, me atreví ─aun pensando que era del todo absurdo─ a hablar.

─¿Quién anda ahí?

Y la voz volvió a oírse, esta vez con mayor claridad.

─Bueno, eso de andar es un decir, porque hace más de quinientos años que no ando, físicamente hablando, porque vagar sí que vago, je, je.

Encima, quien fuera el que hablaba, tenía sentido del humor. Entonces me apresuré a abrir la luz y lo que vi me alarmó todavía más. ¿Quién era ese personaje que tenía frente a mí, observándome sonriente y complacido, según dijo, de poder hablar conmigo?

─¿Acaso no me reconoces? ¿En el bachillerato no os enseñaron historia del arte? ¿No adivinas quién soy? Esta mañana te han hablado de mí y del reloj que diseñé, que ha dado lugar al que has comprado.

Aturdido como estaba, no podía articular palabra, pensando que todo era un sueño o una alucinación. La Dormidina que me había tomado para conciliar el sueño y evitar esos molestos despertares prematuros que tanto me acucian nunca me había provocado ningún efecto adverso y mucho menos de ese calibre. Aun así, decidí arriesgarme, sintiéndome un poco ridículo.

─¿No serás Leo…Leonardo da… da Vinci?

─¡Bingo! ¿No es así cómo lo expresáis en esta época?, ja, ja, ja.

Ya un poco recuperado del susto inicial, salté de la cama y me acerqué a él con la intención de tocarle, como hiciera Santo Tomás ante la aparición de Jesús, para ver si era de carne y hueso. Y no lo era, como cabía suponer, pues mi mano atravesó limpiamente su cuerpo inmaterial. Él estalló en otra carcajada, todavía más sonora.

─Oye, no quisiera importunarte y mucho menos asustarte, pero he venido para pedirte un favor.

─¿Un favor? ¿A mí? ─le pregunté, extrañado.

─Pues sí. Verás, es que llevo cinco siglos aburriéndome como una ostra y ya tengo muy vistos a mis congéneres, sobre todo a esos pesados que se creen unos dioses y los mejores artistas de la historia, como el ególatra de Miguel Ángel y el insoportable de Rafael. Bueno, el caso es que había pensado si podría tomarme unas vacaciones y vivir contigo, por lo menos una temporadita, junto a “mi reloj”, porque en realidad es mío, por lo menos la idea, que luego me copiaron de la forma más fraudulenta y que ahora se atribuye a un suizo ignorante que lo único que supo hacer fue fabricarlo y darle un aspecto más “moderno” que el que yo le di en pleno Renacimiento, debo aceptarlo.

─Bueno ─contesté con sumo tacto, para no ofenderlo─, pero ese suizo al que se refiere lo hizo muy bien, ¿no es sí? ─Por toda respuesta solo percibí un gruñido de desaprobación, seguido de un silencio total. Y el tal da Vinci desapareció.

Pensé que ello significaba que me había librado de él, pero me equivoqué. Ahora lo tengo rondando por toda la casa, día y noche, con la excusa de controlar de cerca su invento y vigilar si lo trato bien. De momento todo va sobre ruedas, pero no puedo evitar sentirme incómodo teniendo como inquilino a un genio como él. Pero al final nos hemos hecho amigos y hasta deja que le llame Leo. Si al menos se lo pudiera contar a alguien…

 


 

lunes, 9 de febrero de 2026

Hogar dulce hogar

 


Tuvo que volver a pesar de haber jurado que no lo haría. Cuando se fue, dando un tremendo portazo, renegó de aquella casa en la que tantas agrias discusiones e incomprensiones había tenido que soportar por culpa de su adicción.

Tras un año de ausencia, ya con diecinueve años, reconocía su error. Ahora debía dar marcha atrás y volver al hogar del que nunca debió partir. La tremenda nostalgia que sentía por lo que había perdido era más insoportable que tener que tragarse su orgullo. Volvería para recuperar lo más preciado. A veces, hay que sobrellevar ciertas dificultades en aras del bienestar y la estabilidad emocional. Ya vería el modo de evitar nuevos enfrentamientos y ocultar sus verdaderas intenciones.

Entraría sin darles tiempo a reaccionar, subiría a su habitación y por fin podría volver a disfrutar de sus videojuegos favoritos.


lunes, 26 de enero de 2026

El mar


 

Mediterráneo, la canción de Joan Manuel Serrat, siempre me ha emocionado; cada vez que la escucho, me siento totalmente identificado. Y no solo por haber nacido a orillas de este mar, ahora tan maltratado por el ser humano que lo contamina, sino también porque siempre he querido vivir y morir a orillas del mar que me ha visto crecer y que me ha inspirado tantas historias.

Tal ha sido mi apego al mar, que ya de adolescente soñaba con comprarme una casa en la Costa Brava, algo que me parecía un sueño imposible, una quimera, un lujo inalcanzable. Pero, tras muchos años de trabajo intenso y de ahorro, y gracias a mi envidiable carrera literaria, pude ver por fin satisfecho aquel sueño juvenil.

Así pues, tengo una casa rodeada de un extenso pinar, frente a un pequeño acantilado que se desploma sobre una minúscula cala a la que solo se puede acceder en barca o a nado, si quien lo pretende es lo suficientemente experto para luchar contra un mar habitualmente bravo, cuyas olas explotan con una extraordinaria violencia sobre las desafiantes rocas que, impertérritas, protegen la costa.

Esta casa, que ocupo desde hace dos años, es mi refugio, donde espero vivir mis últimos años de retiro y de soledad, tras el fallecimiento de Sara, mi esposa, que no llegó a disfrutar de ella, con la ilusión que le hacía.

La depresión en la que me sumí tras la muerte de Sara, ha dejado, y dejará para siempre, mella en mí. Lo primero que hice fue abandonar la escritura en la que he estado inmerso durante más de veinte años, pues era incapaz de escribir una sola línea, y retirarme a este lugar en busca de sosiego y paz interior.

Durante el pasado año, me dediqué a reflexionar sobre mi pasado. Mi terapeuta me aconsejó que pusiera por escrito mis vivencias, pues sería un revulsivo. Y lo único que me venía a la memoria era que fueron muchas mis ausencias, abandonando a Sara en manos de una enfermedad que mantuvo oculta hasta que ya no fue posible. Pasaba tanto tiempo fuera que, sin saberlo, la desatendí cuando más me necesitaba. No quiso molestarme con sus problemas, como me dijo al llegar a ese estadio en el que ya no había marcha atrás. Y por eso me siento culpable, por no haber estado a su lado y compartir con ella todo el doloroso proceso que acabó con su vida. Se calló para no inquietarme, para no hacerme sufrir, para que pudiera escribir sin ningún tormento que perturbara mi inspiración. Sufrió en silencio ante mi más absoluta ignorancia. ¿Cómo no me di cuenta de lo que le ocurría? ¿Tan ciego estuve?

Cuando repaso nuestra vida en común, la veo a mi lado, con su eterna sonrisa, su mirada luminosa, su voz aterciopelada y me entran unas ganas incontrolables de retroceder, de dar marcha atrás, de volver a vivir esos momentos mágicos que no supe saborear como era debido, y me siento terriblemente solo y culpable por no haberla hecho más feliz durante todos esos años de convivencia. Si hubiera sabido que estaba gravemente enferma, no me habría separado de ella ni un segundo. Pero a tiro pasado, todo se ve de un modo distinto. Seguro que, si volviera a nacer, volvería a comportarme del mismo modo.

Cuando hace unos días paseaba a solas frente al mar, recordaba cuando vinimos aquí por primera vez y nos enamoramos de este paisaje, y decidimos comprar la parcela donde construiríamos esta casa, que ella no ha llegado a ocupar. Desde lo alto del acantilado, observaba las olas enfurecidas romper contra las rocas y ante esa imagen, me sentía como ellas, rompiéndome en mil pedazos, como represalia a tanto despropósito, a tanta ignorancia y egoísmo. Y es que yo fui de esos que, en lugar de trabajar para vivir, vivía para escribir, era mi pasión, en lo que invertía todo mi tiempo, y ¿para qué? Ahora tengo la casa que deseamos, tengo mucho dinero, pero no tengo lo más importante en esta vida: el amor del ser amado.

Por este motivo, no valía la pena vivir sin ese amor, perdido para siempre. Por eso, me lancé a este mar que tanto me ha atraído, en el que tantas veces me he sumergido, para convertirme en una de esas olas furiosas que acaban su embestida en unas rocas que no dudan en desintegrarlas en mil pedazos.

 

****

 

Creo que ha sido ella quien me ha salvado a través del osado bañista que me vio saltar desde lo más alto. Dijo a los de la ambulancia que no tenía previsto bañarse debido al oleaje, pero que algo le empujó, una fuerza extraña que le decía que tenía que hacerlo. Desde su zodiac, me vio abalanzarme y sin pensárselo dos veces se lanzó al agua para que mi cuerpo no se estrellara contra las rocas. Aun así, no pudo evitar que ello sucediera, rescatándome en estado inconsciente, pero con vida. Se jugó su vida por salvar la mía, sin ningún valor para mí.

Tras despertar en la UCI, una enfermera vino a verme para interesarse por mi estado. Por su expresión, me pareció que conocía el contenido de la nota de despedida que dejé junto con mi documentación. No quería ser un suicida anónimo, pues nadie del lugar me conoce, aunque me imagino que tarde o temprano me habrían identificado.

Ahora todos sabrán quién soy y lo que he hecho, pero no me arrepiento. Solo me duele no haber podido cumplir con mi objetivo. Quería reunirme con ella y no he podido ver este deseo satisfecho. No me quedará más remedio que seguir viviendo atormentado o volver a intentarlo.

Unos días después y algo más calmado, pensé hacer lo que me recomendó mi terapeuta: que le escribiera cartas a Sara como si aun estuviera viva. Esperaba, como me dijo, que esto me aliviaría, pues podría desahogarme y proseguir con mi vida sin remordimientos, e incluso volver a empezar una nueva vida. Añadió que, aunque no la olvidaría jamás, sería capaz de continuar viviendo sin tenerla a mi lado, solo en mi mente.

Y eso creo que ya está ocurriendo, pues aquella enfermera me recordó mucho a mi mujer. Tenía su misma sonrisa, su misma mirada y su misma voz. Cuando más tarde pregunté por ella a sus compañeras, ninguna supo darme razón de quién era, a pesar de lo mucho que la describí.

No puedo quitarme de la cabeza lo último que dijo al marcharse, que me dejó perplejo y que no acabé de comprender, posiblemente porque todavía no estaba completamente lúcido: «No lo vuelvas a intentar. Estoy bien y no quiero verte sufrir. Has vuelto a nacer, así que aprovecha esta nueva oportunidad»

Al llegar a casa tras recibir el alta hospitalaria, quise relajarme escuchando a Serrat cantando Mediterráneo. Fue una experiencia extraordinaria: sentí a Sara muy cerca de mí. Se me erizó el cabello de la nuca y se me puso la piel de gallina. Noté, a mis espaldas, una presencia, una sombra, su aroma, pero cuando me giré comprobé que allí no había nadie, estaba solo, solo con ella en mi pensamiento. Ahora no solo le escribo, también le hablo. No me contesta, pero sé que me oye. El mar y ella son mis dos únicas compañías.

 

domingo, 11 de enero de 2026

El Gordo

 


Prefacio 

En mi última entrada, del 12 de diciembre de 2025, del blog “Cuaderno de bitácora”, titulada “¿El tamaño importa?”, y que hacía alusión a la longitud de los relatos que suelo publicar, preguntaba la preferencia de los lectores y lectoras sobre este aspecto. El resultado, como esperaba, fue que hay tantos gustos como opciones, a saber: a) relatos cortos sin más, b) relatos largos pero divididos en varios capítulos, o c) relatos largos siempre que su interés justifique el tiempo que hay que invertir en leerlos.

Una vez conocidas las preferencias de mis lectore/as y que, resultó ser que en cuestión de gustos, de todo hay en la viña del Señor, le ha tocado el turno, en esta ocasión, a un relato largo, de poco más de 3.000 palabras, que espero cumpla con el último requisito para ser aceptable, es decir que valga la pena invertir un tiempo más prolongado que de costumbre en su lectura.

Y sin más prolegómenos, vayamos a por él:


El Gordo 

Quién me lo iba a decir. Después de toda una vida soñando con que me tocara el Gordo de la lotería de Navidad para aliviar mi maltrecha economía, y resulta que, cuando por fin lo consigo, ya no tengo a nadie con quien compartir mis sueños. A mi edad, sin hijos y viudo, la ilusión por verlos satisfechos se ha desvanecido por completo. ¿Qué podía hacer con el dinero que me había tocado?

Juan, un buen amigo, me increpó:

─¿Has estado jugando a la lotería todos estos años y ahora, cuando por fin te toca, no sabes qué hacer con el dinero? No seas tonto, gástatelo en lo que quieras, al fin y al cabo, es tuyo y no te lo llevarás a la tumba. ¿Acaso quieres ser el hombre más rico del cementerio?

Y no le faltaba razón.

Primero pensé en compartirlo con alguna de las ONG con las que suelo colaborar, y donarles una pequeña pero sustanciosa parte de lo ganado. Pero me lo pensé dos veces antes de dar el paso. Si hacía eso, ya no me los quitaría de encima el resto de mi vida. Lo siguiente sería «¿No ha pensado usted en hacer un testamento solidario?» Esta opción ya me la conocía, no era la primera vez que me lo habían sugerido. Cuando se acerque el momento de abandonar este mundo ya veré a quién dejo mis bienes. Ya colaboro suficientemente con varias causas humanitarias, así que descarté definitivamente esa opción. Además, Hacienda ya se había quedado con una buena tajada de mi premio.

Al cabo de unos días, un individuo al que no había visto en mi vida me abordó en plena calle.

─¿Es usted Ramón García Vaquero?

─Sí, el mismo ─contesté, intrigado.

─Me llamo Juan Romero Zabala, y soy el director de ECN, es decir, de Ecologistas Contra el Negacionismo. No sé si habrá oído hablar de nosotros.

─Pues no, la verdad ─le dije con la esperanza de quitármelo de encima lo antes posible.

Pero no fue así. Estos pelmazos de las ONG no se echan atrás, así como así, ante una negativa. Son perseverantes, casi acosadores. De modo que nuestra conversación acabó de mala manera, yo mosqueado y el tipo ese cabreado por no haber conseguido su objetivo, que seguramente no era otro que el de aligerar mi cuenta bancaria.

Comenzó su perorata hablando de la penosa situación del planeta, de la crisis climática y de la inacción de los mandatarios internacionales, el fracaso de las cumbres sobre el cambio climático, la postura negacionista de las grandes potencias, como los EEUU, China y Rusia y así una larga exposición de hechos a los que yo iba asintiendo, pues mi opinión al respecto coincidía con la suya. Cuando le llegó el turno de mi aportación económica, la cosa se torció. Le dije que ya colaboraba con varias ONG y que no estaba en condiciones de aumentar mi contribución, pues estaba jubilado ─en realidad, todavía no, pero esperaba que esta excusa surtiera efecto─ y mis ingresos ya no eran los de antes, y bla, bla, bla. Entonces va el tío y me dice que cómo es eso posible si me acababa de tocar el gordo de Navidad.

─¿Y de dónde saca usted eso? ─le espeté, mosqueado.

─Pues muy fácil; hace unos días estaba en la Administración de lotería más próxima y le vi cuando estaba comprobando si su décimo había sido premiado. Por como reaccionó, adiviné que sí, pero ignoraba qué premio le había correspondido. Al acercarme a su lado, me percaté que el número del Gordo coincidía con el que tenía en sus manos.

─Creo que se confunde usted, mi décimo no está entre los premiados, ni con el gordo ni con el flaco ─arremetí antes de dejarle plantado con la palabra en la boca.

Pero ignoraba que el acoso no había terminado, pues al cabo de veinticuatro horas, cuando volvía a casa del trabajo, un individuo corpulento y con cara de malas pulgas, me paró en la calle.

─Es usted el señor García, Ramón García, ¿verdad?, el que trató con malos modos a mi jefe, Juan Romero. Sepa que es usted un maleducado y un egoísta. Con tanto dinero como le ha tocado y no es capaz de colaborar con una ONG que lucha contra el cambio climático y…

Ya no le dejé continuar. Alcé la mano, indicando que parara, y le dije que hiciera el favor de dejarme en paz o tendría que llamar a la policía y acusarlos, a su supuesto jefe y a él, de acoso.

El puñetazo que recibí me dejó KO. Recuerdo cómo todo se volvió borroso, primero, y luego negro total.

Cuando desperté, tras recibir unas bofetadas en la cara, me vi atado de pies y manos a una silla metálica en lo que debía ser un sótano, pues entraba muy poca luz solar. Cuando mi vista se aclimató a la semioscuridad del habitáculo, vi al individuo que me había golpeado y a su lado, el que se presentó como su jefe. Ambos parecían más bien unos matones que unos miembros de una ONG. Y así era, pues me conminaron a decirles dónde tenía el maldito boleto premiado. El refulgir de una navaja suiza ante mis ojos y el temor a ser torturado, como en las películas, hizo que cantara como un tenor de ópera.

─Nosotros solo queríamos una “participación” de lo ganado por usted, pero ya que no ha querido colaborar, no nos queda más remedio que ser más expeditivos. Ya no nos conformamos con un pellizco, ahora lo queremos todo ─dijo el tal Romero, el supuesto jefe, quien llevaba la voz cantante.

─Lo siento mucho, pero ya no tengo el boleto, lo ingresé ayer en el banco ─algo totalmente cierto y que creí que echaría por tierra sus intenciones, pero volví a equivocarme.

─Pues mucho mejor ─contestó el mandamás─. Tan pronto abran el banco, iremos contigo y sacarás todo lo que tienes en tu cuenta. Si hubieras colaborado desde un principio de buena gana, cuando te lo pedí cortésmente, no habríamos llegado a este extremo.

Llamarles sinvergüenzas, timadores, ladrones y no sé cuántos adjetivos más solo sirvió para hacerles soltar unas sonoras carcajadas y acabar diciendo «Así están las cosas, Ramón. Tú te lo has buscado. Ya sabes: la bolsa o la vida», para volver a reír como si hubieran contado un chiste.

Como ignoraba si tenían algún arma de fuego, además de la navaja que seguía esgrimiendo el forzudo, me comporté como un corderito y seguí, al pie de la letra, sus indicaciones.

Lo que no sabían esos dos es que yo era el director de la sucursal bancaria donde había depositado mi décimo, a la que iríamos lógicamente para realizar esa transacción, esperando con ello desbaratar sus planes.

Dada la cuantía a retirar, les dije que tendría que ser atendido por el director de la sucursal (en teoría yo), pues había sido él quien había gestionado el ingreso a mi cuenta del boleto premiado. Lo primero que hice al entrar en la oficina fue dirigirme al subdirector. Cuando le dije a este lo que tenía que hacer, gesticulando para que entendiera que algo extraño ocurría, al principio no reaccionó como esperaba, preguntándome qué me ocurría, si me encontraba bien. El modo en que lo miré, con los ojos como platos, y los gestos que le hice, intentando señalar a los dos individuos que estaban de pie a unos pocos metros de su despacho, y que no nos quitaban la vista de encima, fue suficiente para que el hombre comprendiera que aquellos dos eran unos malhechores que querían robarme.

Lo que estaba más claro que el agua es que esos dos mentecatos, por muy duros que parecieran, eran unos primerizos en esto de atracar. Sin que tuvieran tiempo de reaccionar, todo se precipitó de forma muy rápida. El subdirector pulsó la alarma, conectada a la comisaría más próxima, ubicada a unos doscientos metros de la entidad bancaria, algo que, por supuesto, debían ignorar, de lo contrario ¿a quién se le habría ocurrido llevar a cabo un golpe así en las cercanías de una comisaría? En menos de cinco minutos, cuando el subdirector y yo fingíamos terminar la transacción, se presentaron dos coches patrulla, cuyos integrantes detuvieron a los dos bellacos.

Salvo mi secuestro, todo había sido un despropósito. Una cosa era robar a alguien que, en plena calle, acaba de sacar dinero en metálico de un cajero automático, y otra muy distinta entrar con él en la oficina bancaria para obligarle a sacar una suma importante, exponiéndose a ser descubiertos y detenidos con tan solo advertir a los empleados de lo que estaba ocurriendo. Si no llevaban armas de fuego, ¿cómo pretendían amedrentar al personal y que el golpe saliera bien?

Una vez en comisaría, para prestar declaración, el policía que me interrogó comentó que el que se hizo pasar por un voluntario de una ONG inexistente, el tal Juan Romero Zabala, declaró que la culpa del secuestro la tenía su compañero, que era un bruto, que él solo se enteró cuando aquel ya me tenía retenido en un sótano.

Cuando ambos pasaron finalmente a disposición judicial, su versión de los hechos dio un giro inesperado. Según Juan Romero, todo había sido malinterpretado, que las apariencias engañan y que habían declarado bajo coacción. Era completamente falso que me hubieran secuestrado, todo era una invención mía. Sí era cierto que me habían obligado a sacar dinero de mi cuenta bancaria ─cómo iba a negar esa obviedad─, pero era una forma de recuperar el que yo les había robado, al haberme apoderado del décimo que ellos habían comprado y que había resultado premiado. Así pues, yo era el estafador, ya que, cuando acudieron a mi oficina bancaria, en lugar de ingresar el décimo premiado a su cuenta, lo hice a la mía. Cuando se dieron cuenta del engaño, volvieron para reclamar su dinero y como no atendí a razones tuvieron que obrar en consecuencia.

¿Cómo pudo saber ese tipo que yo era el director de esa sucursal bancaria? Pues de boca de su primer interrogador, lo cual propició ese nuevo relato: «¿A quién se le ocurre secuestrar e intentar robar a ese hombre siendo, como es, el director de la oficina a la que acudieron?», seguramente fue lo que le dijo el bocazas que le interrogó, y Romero, que de tonto no tenía un pelo, en lugar de decir que no tenía ni idea de quién era yo, que todo había sido casual, aprovechó esa información para inventarse su nueva versión ante el juez.

Siempre he dicho que en esta vida triunfa más el listo que el inteligente y este principio se cumplió a rajatabla. Romero y su lacayo se salieron con la suya. pero solo en parte, porque la coacción a la que fui sometido merecía un castigo, aunque solo sería, según el juez, testimonial, pues no hubo violencia física y el motivo por el que les impulsó a hacer lo que hicieron era un atenuante, dada la gravedad de mi falta.

Como durante el juicio no pude demostrar la falsedad de la declaración de ambos encausados, pues era su palabra contra la mía, acabé siendo yo el condenado por apropiación indebida, que, al superar los 400 euros, suponía una pena de prisión entre 6 meses y 3 años. Pero gracias al buen hacer del abogado que mi amigo Juan me procuró ─cuya minuta me costó un ojo en la cara─ el juez dictaminó la pena mínima, por lo cual no ingresé en prisión, pero sí tuve que pagar las costas del juicio. Y por si eso fuera poco, el señor juez, en su magnanimidad, me obligó a “devolverles el dinero del que me había apropiado”.

En cuanto a esos dos, la acusación solicitaba entre cuatro y seis años de prisión por detención ilegal, pero el juez consideró que no se había podido demostrar el secuestro, de modo que los dejó en libertad condicional, previo pago de una multa insignificante.

Aun recuerdo la cara de satisfacción que me dirigió Romero ─guiño incluido─ cuando abandonó la sala. En aquel momento, presa de una rabia incontrolable, me juré vengar esa enorme injusticia. Aunque se diga que la venganza se sirve en plato frío, yo no podía esperar a que se enfriara, tenía que actuar con presteza, no fuera que los dos pájaros volaran antes de poderlos cazar.

Tuve que contratar a un detective privado, para que los localizara, y a un cachas, recomendado por este, dispuesto a darles su merecido, pues a mí me disgusta sobremanera la violencia física de primera mano. Prefería un brazo ejecutor ajeno. Ojos que no ven…

Solo faltaba decidir qué hacer con aquellos dos y cómo llevar a cabo el castigo, que debía incluir, sobre todo, la recuperación del dinero del que se habían apropiado, gracias a la intervención judicial, antes de que se lo pulieran.

Los dos profesionales contratados por mí (detective y matón) hicieron un buen trabajo; el primero descubriendo dónde vivían y en qué entidad bancaria esos dos canallas habían ingresado mi dinero, y el segundo devolviéndoles el trato que me habían dispensado, empezando por su secuestro y un poco de “presión física” para obtener su docilidad y participación. Una vez obtenidos ambos objetivos, la situación se desarrolló idénticamente a la que tuvo lugar años atrás en mi oficina, solo que en esta ocasión los extorsionados eran ellos y que un pistolón les apuntaba bajo el abrigo del gorila contratado.

Pero lo que me temía se hizo realidad: los dos palurdos se lo habían pulido prácticamente todo. Los dos años que duró el procedimiento, fue tiempo más que suficiente para gastárselo en un coche, juergas, mujeres y algún que otro viaje. Así pues, de los trescientos veintiocho mil euros netos que me habían correspondido (tras la intervención de Hacienda en nombre de todos los españoles), solo quedaban cincuenta mil, que es todo lo que pude recuperar. Si tenemos en cuenta los honorarios de los profesionales contratados y el pago de las costas del juicio, que en total ascendió a casi doscientos mil euros, todo había resultado ser como el chocolate del loro.

¡Vaya venganza! Lo único que podía hacer era obligar a esos dos delincuentes a confesar la verdad, para que se abriera un nuevo expediente y un nuevo juicio. Pero, aparte de que se negarían en redondo, ignoraba si, como se dice en las películas norteamericanas, se puede juzgar a alguien dos veces por el mismo delito. Por otra parte, aunque la denuncia progresara y les acabaran considerando culpables después de otros dos años de proceso, se declararían insolventes y yo me quedaría sin blanca. ¿Qué hacer?

Mi amigo Juan, aquel que me aconsejó gastarme todo lo ganado para hacer lo que me apeteciera antes de morir y me facilitó el abogado defensor, me dio la solución.

El pobre estaba enfermo terminal de un tumor cerebral muy agresivo. Le quedaban pocos meses de vida, así que poco le importaba lo que le pudiera ocurrir si con ello me echaba una mano. Era un policía retirado y estaba en posesión de un arma, que le sería de mucha ayuda. Su plan consistió en secuestrar, a punta de pistola, a Juan Romero y a su colaborador para obligarles a robar, como fuera, todo el dinero que yo había perdido por su culpa, más los gastos colaterales que me había causado todo ese asunto. Para ello, mantendría secuestrado a Romero todo el tiempo que hiciera falta, y que fuera su acólito quien cometiera el robo, a menos que quisiera ver a su socio y amigo muerto.

Dicho acólito, que resultó ser, desde luego, un buen amigo ─pues obedeció sin rechistar lo exigido─, mostró mucho arrojo en la encomienda, cumpliendo a rajatabla lo que habíamos pactado. Él solito atracó mi oficina y en mi presencia, como planeamos que debía ser. Llevaba puesto un pasa-montañas y en la mano portaba el revolver prestado por mi amigo, con el que encañonó a todos los presentes, unas diez personas, incluidos los empleados ─era muy temprano y acabábamos de abrir─. Se dirigió raudo hacia mi despacho y me obligó a salir, a lo que accedí gustoso, pero simulando un gran desconcierto y temor. Por supuesto, también accedí a abrir la caja fuerte para hacerle entrega de toda la suma que me exigió, que resultó ser bastante superior de lo que debía ser ─supuse que quería quedarse con un suplemento por su colaboración, a lo que no puse ningún impedimento─, a la vez que pedía a todo el mundo allí presente que no hicieran ninguna tontería si querían salir indemnes.

Cuando la policía me preguntó por qué no había accionado la alarma en su momento, teniendo la comisaría tan cerca, argumenté un miedo irracional y por temor a que alguien saliera herido, o muerto, si el atracador, que estaba en un estado de sobreexcitación, se percataba de ello.

El caso se cerró sin más investigación que el interrogatorio de los testigos, que no aportaron nada nuevo, y el atraco se consideró como uno más de los que se dan en esta ciudad con tanta frecuencia.

Después de tanto tiempo y esfuerzo, pude recuperar lo que era mío y a esos dos les he perdido la pista, sin importarme ya su paradero.

De todo aquello guardo un triste recuerdo, sobre todo de la marcha de mi buen amigo Juan, que tuvo a bien ayudarme en los últimos momentos de su vida. Desde entonces, no he vuelto a jugar a la lotería, y cuando veo por televisión a esos afortunados que saltan de alegría como posesos y descorchan botellas de cava cuyo contenido brota de forma explosiva rociándoles la cara y el cuerpo entero, solo les deseo que no tengan que pasar por lo que yo pasé.

Ahora, cuando un vendedor ambulante me ofrece un boleto de lotería, no puedo evitar fulminarle con la mirada. Con mi “NO” rotundo, debe pensar que soy una rara excepción en todo el país.

Además, el Gordo ya me ha tocado una vez, no necesito una segunda.

Mientras escribo esto en mi diario, estoy disfrutando de un crucero por el Mediterráneo. Hay una pasajera de buen ver que también viaja sola y que no me quita el ojo de encima. Creo que quiere ligar conmigo, pero como mi historia ha resultado vox populi, sospecho que solo le interesa mi dinero.

Pero soy como el gato escaldado, que del agua fría huye.

¡Qué bonito es el mar!


viernes, 19 de diciembre de 2025

Un cuento de Navidad

Siguiendo la pauta de recuperar escritos antiguos, a falta de nueva creatividad, y aprovechando las fechas en las que nos encontramos, qué mejor que un cuento de Navidad lleno de fantasía, pero con un final cuya interpretación dejo en manos de los/as lectores/as.

Que paseís unas muy felices fiestas.



Es la primera Nochebuena que María pasará sola. Hace ya dos años que Mario, su marido durante más de cuarenta años, la dejó tras una larga enfermedad y hace tan sólo unas semanas que Luna, su vieja Dálmata, tuvo que ser sacrificada.

También echa mucho de menos a Salvador. Sigue sin tener noticias suyas desde el día que se marchó, decidido a no volver.

Si pudiera retroceder en el tiempo, haría cualquier cosa por retenerle o, al menos, por tenerle cerca y saber de él. Pero su único hijo desapareció para siempre de su vida.

Tiene a Rosalía, de asuntos sociales, que viene a verla de vez en cuando, y a Ana, la chica voluntaria que pasa con ella dos o tres horas al día para hacerle compañía y la compra. Y su vecina, la buena de Sagrario. Así que no está sola del todo, al menos tiene a alguien que se preocupa por ella.

A pesar de todo, María se siente muy sola. La televisión, los álbumes de fotos y la lectura son toda su distracción. Pero su biblioteca es muy exigua. Tiene que releer las mismas novelas una y otra vez, pero no le importa. Esta noche volverá a leer Un Cuento de Navidad. Siempre le ha gustado Charles Dickens y esta obra fue su primera lectura. Además, ¿qué otra podría ser más apropiada para estas fechas?

Mientras lee, al dar las doce, no puede evitar rememorar cuando, con Mario y Salvador, iban a la Misa del Gallo. ¡Qué felices eran por aquel entonces! Y cuando un suspiro de resignación se le escapa de los labios, alguien llama a la puerta.

¿Quién podrá ser a esas horas y en Nochebuena? Tal vez sea Sagrario, que viene a interesarse por ella y a traerle un pedacito de turrón. Se levanta quejumbrosa para ir a abrir, pero la artrosis hace que el trayecto le resulte doloroso e interminable. Cuando ya tiene la mano en el pomo, oye una voz que dice muy bajito: «María, abre, soy yo». Esa voz…

¿Mario? No puede ser. No se lo puede creer. El corazón parece que se le va a salir del pecho y al abrir la puerta contempla la figura de su marido que le sonríe con dulzura.

Mario, sin moverse del umbral, le dice que ha venido para que sepa que está bien, aunque sigue atormentado por la incomprensión con la que trató a su hijo y lamenta no haberse reconciliado con él a tiempo. Pero añade que todo no está perdido, pues allí donde está le han concedido un deseo, ese por el que tanto ha rezado María: que ella, víctima de la discordia entre padre e hijo, y que tanto ha sufrido por la ausencia de éste, podrá ver satisfecho lo que tanto anhela. Le comunica que Salvador está al llegar y que, después de tantos años de separación, podrá abrazarlo nuevamente.

Ahora que Mario ha cumplido con su misión, debe volver. María quiere retenerle, quiere que se quede un poco más, pero una fuerza superior tira de él y ella no puede resistirse a dejarlo marchar.

Tanta emoción ha agotado a María, que decide acostarse pensando que mañana se lo contará a Sagrario, y luego a Rosalía, y a Ana, y a todo el vecindario.

Pero al día siguiente, cuando se despierta y recuerda lo sucedido, tiene serias dudas de que haya sido real.  Habrá sido su imaginación que le ha gastado una broma pesada. ¿Una aparición? ¡Qué tontería! Ella nunca ha creído en ese tipo de cosas. Habrá sido un sueño. Se está haciendo vieja y ya no distingue la realidad de la fantasía.

Desilusionada, se levanta, y cuando se dirige a la cocina para prepararse el desayuno, ve que por debajo de la puerta que da al rellano asoma un sobre. ¿Quién habrá echado ese sobre el día de Navidad? El cartero no ha podido ser.

Cuando lo abre, ve que se trata de una carta escrita a mano, una carta firmada por Salvador que les dice que les extraña mucho, que vuelve a España tras muchos años de ausencia, que desea reconciliarse con su padre y volver a ser parte de esa familia que lo fue todo para él. Se casó y quiere que conozcan a su mujer y a su hijo. ¡Un nieto! Les promete que antes de que acabe el año irán a verlos y celebrarán juntos la Nochevieja y el Año Nuevo.

El sueño de María se ha hecho realidad. Volverán a estar juntos. Harán planes de futuro, un futuro que para ella será seguramente muy breve pero el mejor que nunca haya podido imaginar.

A María, que todavía no entiende cómo ha podido suceder ese milagro, le resbalan las lágrimas de felicidad. Sólo le entristece una cosa: la desilusión y pena de Salvador cuando le diga que su padre ya no está para abrazarle.

Esa noche, la noche del día de Navidad que nunca olvidará, María sale al balcón y, mirando al cielo, claro y estrellado como hacía años que no veía, ve en lo más alto una estrella fugaz y, cerrando los ojos, formula otro deseo. Desea que Mario, esté donde esté, pueda verlos reunidos y felices.

Mientras tanto, en la mesita que hay junto a la estufa, descansa ese sobre milagroso que le ha cambiado el semblante y la vida a María, un sobre que —María no ha reparado en ello— no lleva sello y cuya carta no está fechada.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Los espejos

 


Esther no podía evitar mirarse al espejo, a todas horas, mañana, tarde y noche. De una extraordinaria belleza, siempre había sido una mujer coqueta y vanidosa. David, su padre, la reprendía por ello severamente, pues tal comportamiento no era propio de su comunidad. Ya de chiquilla, Sara, su madre, la tenía que regañar por pasarse horas enteras ante el espejo de su habitación, uno de esos de cuerpo entero. Sólo faltaba que le preguntaran quién era la niña más bella del mundo.

Pero de pronto, parecía como si todos se hubieran confabulado contra ella para que no pudiera seguir admirando su hermosura que, a pesar de su edad, mantenía todavía a muchos hombres hechizados.

Primero fueron esos lienzos que cubrían todos los espejos de la casa, luego la desaparición de su guardarropa y ahora esto. No podía entender lo que ocurría, nadie le contestaba por mucho que les preguntara, la ignoraban por completo, pero lo peor fue que, cuando por fin decidió arrancar esos siniestros lienzos, los espejos ya no le devolvían su imagen.


jueves, 20 de noviembre de 2025

Cosas que pasan

 


Carlos tenía por delante todo un fin de semana para desconectar del trabajo sin interrupciones ni urgencias de ningún tipo. Desaparecería de la oficina el viernes por la tarde y no le volverían a ver el pelo hasta el lunes por la mañana. No llevaría con él el portátil ni el móvil de la empresa, como solía hacer. Así no le molestarían. Tenía planes y qué planes. Por fin Ingrid, superadas sus reticencias y prejuicios iniciales, había aceptado pasar con él los próximos dos días en un hotelito en la montaña. El entorno no podía ser más bucólico y romántico. Por lo tanto, no podía desperdiciar la ocasión. Sospechaba que ella le correspondía y ese encuentro amoroso debía servir para que afloraran del todo sus sentimientos y decidiera convertirse en su pareja. Ese fin de semana prometía ser de lo más fructífero. Conocedores de ese encuentro, sus compañeros sentían una envidia malsana, recordando sus buenos tiempos de adolescentes.

Una vez en el hotel, todo parecía salir a pedir de boca. La cena romántica que habían compartido, como preludio a lo que estaba por venir, no podía haber ido mejor. Sus miradas cómplices lo decían todo. Sus manos unidas sobre el mantel y esas sonrisas bobaliconas, con un bolero como fondo musical, eran el presagio de una historia de amor como las de antes.

Desde que se habían sentado a la mesa, Carlos e Ingrid, nerviosos, iban contando los minutos que faltaban para el momento crucial, ese que marcaría un antes y un después en sus vidas.

De camino a la habitación, se sentían tan excitados como si fueran unos adolescentes en su primera experiencia sexual. Él había bebido algo más de la cuenta pero esperaba estar a la altura. Ganas no le faltaban. Ella, también un poco achispada, pensaba que le esperaba una noche maravillosa que siempre recordaría. Ahora que él, por fin, se había decidido, tenía puestas muchas esperanzas en esta relación que acababan de iniciar. El sexo no lo es todo ─pensaba─ pero sí algo muy importante para comprobar su afinidad y complicidad como pareja. En ambos, a su manera y con sus propias fantasías, se iba inflamando el deseo hasta cotas tan elevadas que el trayecto desde el comedor hasta su reducto de amor se les hizo interminable.

Cuando, ya en la intimidad de la habitación y con la euforia propia del primer encuentro sexual, retozaban como posesos, la joven empezó a emitir unos gemidos que fueron aumentando de intensidad y frecuencia. Carlos, en la certeza de que ello era resultado de su destreza amatoria, aumentó la cadencia de sus embestidas hasta que un grito desgarrador salió de la boca de su pareja.

Carlos, asustado, se separó de un salto como si creyera que Ingrid estaba poseída. La joven empezó a retorcerse. Ésta, fuera de sí y creyéndole a él culpable del terrible dolor que sentía en sus entrañas, le propinó tal puñetazo en todo el tabique nasal que lo estampó contra la moqueta, provocándole la caída la fractura de varios huesos de la mano izquierda.

Ahora eran dos los que proferían gritos y gemidos lastimeros. Carlos, de rodillas, se sujetaba la mano lesionada como podía mientras intentaba en vano contener la sangre que manaba abundantemente de sus fosas nasales. Ingrid, por su parte, seguía retorciéndose, dando tumbos por la habitación y profiriendo insultos contra quien, hasta hacía bien poco, había sido su amado amante. Hasta que, cegada por el dolor, dio un desafortunado traspié, que la proyectó contra la cristalera que daba a la terraza, la cual atravesó limpiamente, quedando en ella tendida cuan larga era.

Al cabo de una media hora, dos ambulancias se llevaban a sendos accidentados al hospital más próximo.

El lunes por la mañana, Carlos aparecía por la oficina luciendo una férula en su mano izquierda y una vistosa escayola nasal, mientras Ingrid permanecía en el hospital, convaleciente de una apendicectomía y con una doble fractura de tibia y peroné.

A la pregunta de sus compañeros masculinos sobre cómo le había ido ese encuentro amoroso, Carlos les contestó, con voz nasal: «de puta madre, si hubierais visto cómo gemía y gritaba». Y a la siguiente pregunta sobre cómo se había roto la nariz y lesionado la mano, respondió: «qué queréis que os diga, tíos, pues una mala caída de la cama».

Lo que no entendieron sus colegas fue la explicación que les dio para no volver a salir con ella. «Cosas que pasan», fue todo lo que supo decirles.