sábado, 14 de enero de 2023

¿Qué será de mí?

 


Siempre me satisfizo gozar de inmortalidad, pero ahora ya no le veo ninguna ventaja.

En los albores de lo que hoy se conoce como Universo, fui tratado injustamente y tuve que enfrentarme a enemigos recalcitrantes. En alguna ocasión la batalla fue dura, pero la mayor parte de las veces salí triunfante. Gozaba de poder y de gloria. Se me respetaba y no había hombre sobre la faz de la tierra que no me temiera. Incluso algunos me idolatraban. Mis seguidores eran muchedumbre. Ahora ya no.

No logro dilucidar que es lo que me ha conducido hasta este punto. El mundo actual está en decadencia. Mi prestigio se está extinguiendo y son cada vez menos los que creen en mí, incluso aquellos que han gozado y se han beneficiado de mi existencia, esos a los que favorecí para que progresaran y vieran sus deseos hechos realidad.

No sé qué hacer. Tendré que reunir fuerzas para reconquistar esas almas perdidas por el camino. Pero hay tanto descreído en la actualidad...

Cada vez hay más gente que se atreve a burlarse de mi figura y de mi poder. Antes, unos me representaban casi como un dios. Un ángel caído, me llamaban otros. Cierto es que siempre me han representado de una forma ridícula, casi grotesca. No sé por qué se empeñaron en atribuirme cuernos y hasta un rabo.

Con la cantidad de nombres que tengo, ya no soy capaz de llamar la atención del más temeroso de los humanos. ¡¿Qué será de mí?!



sábado, 31 de diciembre de 2022

Las pesadillas

 


Cuando Elsa acudió a mi consulta, parecía una niña asustada. Qué digo asustada, aterrorizada. Y todo por una pesadilla recurrente que la atormentaba cada noche desde hacía varias semanas.

Cuando me la contó, tuve que reprimir una sonrisa, pues era una de esas pesadillas típicas de la infancia, producto de los miedos naturales de todo niño.

En primer lugar, intenté hacerle entender que esos sueños perturbadores, que producen fuertes sensaciones de miedo, terror, angustia y ansiedad, casi siempre se consideran una parte normal de la infancia y que algunos estudios han revelado que son más frecuentes en niñas que en niños. Pero, claro, a los treinta años ya deja de ser un hecho normal.

Mi plan fue desvelar qué le provocó en su infancia ese tipo de pesadillas, intentando encontrar su origen. Generalmente las provocan trastornos psicológicos sin demasiada importancia, como un cambio de colegio, unos exámenes a la vista, un viaje que no se desea hacer, una enfermedad en algún miembro de la familia, etc. En otros casos más problemáticos, reside en la existencia de un acoso escolar ocultado a los padres o en un temor generalizado al fracaso por culpa de la inseguridad causada por una baja autoestima.

Cierto es que las pesadillas pueden continuar hasta la edad adulta, siendo una forma en la que nuestro cerebro maneja las tensiones y temores de la vida cotidiana. Pero mi paciente describía su vida como plácida y profesionalmente satisfactoria. Con estudios universitarios, felizmente casada con un hombre que rozaba la perfección, con dos hijos adorables, y ocupando un cargo directivo muy valorado por la dirección de la empresa en la que trabajaba, no tenía nada que temer ni nada había en su vida cotidiana que le pudiera provocar la más mínima desazón.

¿Cómo era, pues, posible, que en una vida aparentemente perfecta aflorara, cada noche, esa terrible pesadilla de su más tierna infancia?

Sus terrores nocturnos (tenía que dormir con la luz de la mesilla de noche encendida) duraron desde los diez a los catorce años. Cuatro años padeciendo un terror que la despertaba sobresaltada y empapada en sudor y siempre con el mismo telón de fondo: un horrible monstruo, al que no le veía la cara, solo su silueta, se abalanzaba sobre ella para devorarla. Tan pronto como sentía sobre su cuerpo las zarpas de ese engendro, se despertaba, ahogando un grito para no alertar a sus padres. Durante esos largos cuatro años no contó ni una sola vez su tormento, ni a su hermano mayor ni a sus progenitores, quienes seguramente se habrían burlado de ella.

Viendo lo complicado que me resultaba llegar a un diagnóstico, conseguí, después de varios intentos infructuosos, que aceptara someterse a una hipnosis. Recelosa de lo que pudiera descubrir (todos tenemos secretos inconfesables, decía), no quiso que nadie más estuviera presente durante el proceso de regresión.

Llegado el momento, se tendió en el diván donde suelo colocar a mis pacientes para que se sientan cómodos y relajados antes de la sesión. Yo sigo la típica técnica de reducir la luz ambiental al máximo y hacer bascular lentamente ante sus ojos un pequeño péndulo al que sus ojos deben seguir en su movimiento de vaivén. Mi voz, tenue y calmada, hace el resto, y en unos pocos segundos ya tengo al paciente en trance. Y ahí empieza la parte más importante y a la vez más arriesgada del proceso, pues no siempre sale como uno espera. Y eso fue precisamente lo que ocurrió con Elsa.

Todo iba bien al principio, pues iba recordando los pasajes más importantes de su niñez con una gran nitidez. Pero todo se torció cuando le pedí que rememorara una de esas noches en las que esa maldita pesadilla la acosaba y la perturbaba de forma tan alarmante.

Empezó a respirar de forma muy agitada, a temblar y a sudar. Era, hasta cierto punto normal, pues estaba reviviendo un episodio muy angustiante para ella, pero de pronto se puso muy tensa, retorciéndose en el diván de una forma alarmante, como si estuviera poseída. Pero antes de abortar el proceso intenté calmarla y que me contara lo que estaba viendo. No hubo forma de tranquilizarla y antes de que aquello desembocara en un fallo cardíaco, pues noté que su corazón latía a más de 120 pulsaciones por minuto, la desperté.

Como suele ser normal, no recordaba nada de lo que había visto en su viaje al pasado, así que tuve que contarle lo sucedido y le expresé la imposibilidad de volver a repetir la experiencia por el riesgo que corría.

Aunque se fue aparentemente resignada, pero atribulada, me llamó al cabo de una semana, argumentando que no podía soportar por más tiempo aquellas pesadillas y que quería someterse de nuevo a la hipnosis regresiva, aun resultando peligrosa. Me rogó que llegara hasta el final, pues quería desvelar el origen de aquella tortura, costara lo que costase.

Volví, pues, a someterla a una nueva hipnosis, pero en esta ocasión acompañado por un cardiólogo, por si se hacía necesaria su intervención, a lo que Elsa no se negó, pues, aunque quería privacidad, aquel especialista era una persona totalmente ajena a su círculo privado.

El proceso siguió la misma pauta, hasta llegar a ese estado de paroxismo alarmante. Pero siguiendo los deseos de mi paciente, seguí adelante, mientras el cardiólogo monitorizaba sus constantes y su hiperventilación.

En esta ocasión y llegado a ese punto, yo también empecé a sudar y a punto estuve de interrumpir la sesión, pero decidí seguir adelante a menos que mi acompañante médico me indicara lo contrario.

El momento del clímax llegó a los pocos minutos. Elsa empezó a chillar como si se estuviera quemando viva, revolviéndose sobre el diván. Y de pronto empezó a gritar «No, no, papá, no, para, para, por favor» y acto seguido se desplomó como si se hubiera desmayado. Me costó dios y ayuda devolverla a su estado consciente, pero afortunadamente lo logré. Todos suspiramos aliviados, incluso Elsa, pero yo me sentí repentinamente indispuesto física y mentalmente por lo que había descubierto. Le pregunté si recordaba algo y me dijo que no. ¿Cómo podía explicarle que ese monstruo de su terrible pesadilla no era otro que su padre, que la violaba o intentaba violar? ¿Por eso callaba lo que le ocurría cada noche a su familia? Seguramente, con el tiempo acabó borrando ese recuerdo de su memoria. Pero ¿qué le había provocado volver a revivirlo con las mismas pesadillas que en su niñez?

Pedí al médico que nos dejara solos. Tenía que hablar con ella a solas. Tenía que decirle algo que no sabía cómo iba a reaccionar.

Cuando le referí lo descubierto, lo asimiló mucho mejor de lo que suponía y me dijo que su padre había fallecido hacía un mes. Supuse, entonces, que ello debió haberle provocado una evocación de aquella traumática experiencia, que había permanecido oculta en lo más profundo de su subconsciente durante tantos años.

Esa revelación produjo su efecto. Elsa se recuperó por completo y no volvió a sufrir esas terribles pesadillas recurrentes.

Al cabo de unas semanas, leí en el periódico, atónito, que una tal Elsa Gutiérrez —sin duda mi paciente—, había asesinado a su marido. Al parecer, este quiso persuadirla para mantener relaciones sexuales, a lo que ella se negó. Cuando él intentó tenerlas sin su consentimiento (según declaraciones de la detenida), se abalanzó sobre él agrediéndolo con un cuchillo de grandes dimensiones que guardaba en su mesilla de noche, lo que le produjo la muerte instantánea. ¿Por qué guardaría Elsa un cuchillo en un cajón de la mesilla de noche? ¿Qué era lo que temía?

Hoy me han llamado de la cárcel donde el juez la mandó al decretar prisión incondicional sin fianza, a la espera de juicio. Un psicólogo forense ha considerado necesario someterla a una evaluación de su estado mental. Ella ha aceptado, pero ha puesto como condición que sea yo el que la realice.

No sé qué hacer. Mi deber como profesional y como terapeuta de Elsa me obliga a aceptarlo, pero temo que en esta nueva evaluación descubra algo que no supe descubrir en mi última sesión y tenga que reconocer mi incompetencia.

Y es que la mente es un laberinto en el que se pueden ocultar las peores perversidades.

Me arrepiento de haber aceptado tratar a Elsa, pues, desde que tuve conocimiento de lo ocurrido, ahora soy yo quien tiene una pesadilla recurrente: un monstruo me persigue y yo intento escapar sin lograrlo. Una vez me ha atrapado, veo su cara y no puedo dar crédito a lo que ven mis ojos. Es la cara, horriblemente transfigurada de Elsa la que me mira con un gesto de odio y aversión. Y entonces me despierto, empapado en sudor.

Creo que ambos tendremos que recurrir a un psicoterapeuta mejor capacitado que yo.


jueves, 8 de diciembre de 2022

Mi amigo el robot

Para poder participar en el concurso de relatos de El tintero de oro, en su 34ª edición, que lleva por título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, una obra de Phipip K. Dick que inspiró la famosa película Blade Runner (1982), he optado por recuperar un antiguo relato que escribí en octubre de 2016, el cual trata de la relación entre androides y humanos. Aun después de intentar sacarle brillo y esplendor, el texto supera por poco las 700 palabras (el original tenía 560), quedando, por lo tanto, muy por debajo de las 900 estipuladas como máximo. Aun así, espero que todo ello (la reedición y la longitud) no sea óbice para que os guste.



Llevaba a mi servicio cinco años y parece como si fuera ayer cuando lo adquirí recién salido de fábrica. Pertenece a la última generación de robots domésticos. «Se convertirá en su mejor aliado, no solo en labores del hogar sino de toda índole», fueron las palabras del amable y persuasivo vendedor. «A estos especímenes solo les falta tener sentimientos», me comentó con sorna el técnico que vino a casa a instruirme sobre su funcionamiento.

No sé si será porque siempre he sido un ser solitario e introvertido, falto de amistades y de compañía, pero enseguida le tomé cariño, como si de una mascota se tratara. Le puse el nombre de Viernes, como el personaje de Robinson Crusoe, porque, al igual que en la novela de Defoe, era el único amigo que había aparecido en mi solitaria vida y lo había hallado —o adquirido— ese día de la semana.

Con el tiempo, el cariño inicial, como el que uno siente por un perro fiel que te hace compañía, se transformó en algo más profundo. Quizá influyó en ello el hecho de poder mantener con él una animada conversación sobre una gran variedad de temas. Llegó a convertirse en un verdadero compañero y confidente. No sé si llegaba a comprender todo lo que le decía. Era el destinatario de mis más íntimos desahogos. A nadie más que a él le había confesado hasta entonces mis temores y pesares. Parecía sentir empatía por mis dilemas, pues, en más de una ocasión me había dado consejos sobre cómo sobrellevarlos. Probablemente estaba preparado para responder a una serie de cuestiones previamente seleccionadas por su programador. Pero yo, incrédulo, suponía que, en realidad, solo podía comprender las palabras y las frases, pero no el verdadero significado que ellas encerraban. Aun así, su compañía me ayudaba a hacer mi vida más llevadera. Tanto llegó a ser mi apego por él que esperaba ansiosamente llegar a casa para encontrar a alguien con quien hablar y compartir el tiempo libre. Puede parecer absurdo, pero era, y es, lo más parecido a un amigo íntimo, amable y sin prejuicios de ningún tipo.

Por eso le echaré tanto de menos. Después de cinco años, dejará un gran vacío en mi vida muy difícil de llenar. Pensar en adquirir un sustituto me parece una traición. Ya no sería igual; como quien compra un perro para compensar la pérdida del que ha sido su querida y fiel mascota durante muchos años. Aunque llegara a sentir cariño por el nuevo, nunca podría olvidar a Viernes.

Ahora me siento culpable por no haber querido saber más sobre él. Nunca le pregunté cómo se sentía ni lo que deseaba. ¿Cómo iba a hacer tal cosa si un robot no tiene sentimientos? Al menos eso es lo que me hicieron creer. Y eso es lo que yo creía. Ahora sé cuán equivocado estaba.

Creo que sus creadores ignoran lo que han logrado realmente, pues si lo supieran resultaría muy grave e injusto ocultarlo. Me temo que si otros usuarios se encuentran en mi misma situación no todos serán tan benévolos y comprensivos como yo. Y si la noticia se extendiera, no sé lo que puede acabar ocurriendo con los otros ejemplares de la misma generación.

Hoy, Viernes me ha pedido la libertad. Y no se la he podido negar.

Esta mañana me ha confesado —y por primera vez he percibido una pizca de emoción en su metálica voz— que se ha enamorado. Conoció a Lucy en el supermercado. Llevan tiempo saliendo a nuestras espaldas: la mía y la de Corina, su propietaria, la joven que regenta la librería virtual del barrio y que vive en la finca de enfrente. Me ha manifestado, con una vehemencia desconocida hasta ahora en él, que no pueden seguir así y que desean vivir juntos. El dueño del supermercado, conocedor desde hace tiempo de sus sentimientos, está dispuesto a contratarlos y les pagará un salario digno para que puedan emanciparse.

He hablado con Corina y ha dado su consentimiento. A ambos nos une un mismo sentimiento: queremos que “ellos” también sean felices. Y desde ahora creo que a Corina y a mí nos unirá algo más que una simple amistad. Y todo gracias a mi amigo el robot.

 


lunes, 14 de noviembre de 2022

El viejo y el rottweiler

 


Lo tenía todo planeado. Me había camelado al viejo y tenía a su perro en el bolsillo. Cada vez que me cruzaba con ellos, me ofrecía a llevarle al viejo las bolsas del supermercado y al chucho lo obsequiaba con una golosina. Solo con verme, el viejo me sonreía enseñando su dentadura postiza y el can salivaba de placer, olisqueando mi bolsillo en busca de su preciado regalo.

Una vez ganada sobradamente la confianza de ambos, solo faltaba dar el paso definitivo. Había preparado el plan concienzudamente. No resulta fácil congraciarse con un viejo cascarrabias y con un rottweiler de más de cuarenta quilos.

El día que tanto había esperado me ofrecí a llevarle las bolsas hasta su piso. Una vez dentro, solo tenía que darle un golpe en la nuca y esperar a que al can le surtiera efecto el narcótico con el que había impregnado aquel día su chuche.

Todo funcionó a las mil maravillas hasta que puse los pies en ese apestoso apartamento.

En medio de la penumbra que reinaba en la vivienda, tomé la que iba a ser el arma del crimen: un candelabro de bronce. El rottweiler ya estaba sucumbiendo al narcótico y andaba como un ciego sin bastón. Pero cuando iba a propinarle al viejo la estocada, algo se me echó encima, como un violento torbellino, obligándome a huir escaleras abajo.

¡Cómo iba a imaginar que quien tiene como mascota a un rottweiler, también tuviera en casa a un gato con tanta mala baba!

 


martes, 1 de noviembre de 2022

Un viaje al pasado

 


Era una calurosa tarde de julio y decidí pasar unas horas de diversión en un parque de atracciones ambulante. Desde niño que no había asistido a uno, así que sentí unas ganas repentinas de revivir aquellos gratos momentos de mi niñez.

Entre la muchedumbre que también disfrutaba de unos momentos de asueto me llamó la atención un grupo que se agolpaba frente a uno de esos parlanchines que tanto abundan en esas atracciones populares y que se dedican a timar al inocente e ignorante público. Cuando me acerqué, por simple curiosidad, oí que hablaba de la posibilidad real de viajar al pasado y que él tenía la clave —evidentemente secreta— para lograrlo. Entre los rumores y las risas, alzó la voz para pedir un voluntario que quisiera someterse a su experimento por el módico precio de cincuenta euros, demasiado dinero para un simple mortal pero una bagatela para quien quisiera vivir un experimento alucinante. Ni que decir que en cuestión de unos pocos segundos el espacio que ocupaban esos curiosos quedó desierto, pues nadie creyó tal majadería. Solo yo me quedé plantado ante el desilusionado ilusionista, pues solo podía tratarse de magia lo que ese hombre extraño practicaba. Nos miramos y algo llamó poderosamente mi atención, hasta el punto de acercarme a él para someterle a un pequeño interrogatorio con el único propósito de desenmascararle. Pero —no sé cómo explicarlo— tras cruzar unas pocas palabras, me sentí arrastrado a someterme a ese supuesto viaje al pasado.

El hastío y la ociosidad nos hacen cometer muchas veces más de una estupidez, y yo que soy estúpido por naturaleza, me presté voluntario a sabiendas que iba a malgastar los cincuenta euros de marras.

Una vez aceptado el trato, me hizo pasar al interior de su caseta, cuyo ambiente recordaba más bien al que utiliza una adivinadora o una médium. Para llevar a buen término el experimento y para mi propia seguridad —me dijo— solo debía cumplir con dos condiciones: la primera, que mi estancia en el pasado debía ser lo más breve posible, pues ese viaje podía entrañar riesgos físicos, y la segunda que me abstuviera de hacer o decir cualquier cosa que pudiera alterar el futuro, pues, de hacerlo, las consecuencias podían ser fatales para mí y quién sabe si para muchos más que, de algún modo, se verían afectados. Acepté, por supuesto, como quien acepta las reglas de un juego inocente, pues seguía creyendo que todo era más un juego y que nada malo me podía pasar, salvo salir de allí cabreado por el timo al que me había prestado voluntariamente.

Me introdujo en una cabina claustrofóbica desde la que supuestamente iba a viajar. Llegué a pensar que ese “viaje” me lo proporcionaría alguna droga alucinógena que aquel individuo procuraría administrarme de algún modo, pero lo único que hizo fue colocarme en la muñeca un artilugio semejante a un reloj de pulsera. Acto seguido me pidió que intentara visualizar el lugar y el momento exacto al que quería desplazarme y me volvió a recordar las normas para que saliera exitoso de la experiencia. El extraño reloj sujeto a mi muñeca me advertiría del tiempo transcurrido, no debiendo superar, según su recomendación, las 12 horas. Una vez cumplida mi misión, o cuando yo lo deseara, debería presionar un botón lateral rojo que sobresalía de ese temporizador para poder volver al presente.

Como si hubiera estado esperando esta oportunidad, no dudé ni un segundo en la elección de mi destino —debo reconocer que en aquel preciso instante empecé a creer en lo que hasta hacía tan poco me parecía una locura—. Quería volver a estar con Elena en aquel momento en el que, sentados en un sofá, durante una fiesta organizada por un amigo común, estuve a punto de pedirle que saliera conmigo. Pero yo, tan tímido e inseguro como era, no me atreví a dar el paso, con lo que otro más espabilado se me adelantó. Cómo una chica tan guapa iba a estar mínimamente interesada en mí. Y eso que llegué a pensar que me correspondía por cómo me hablaba, me miraba y me sonreía cada vez que coincidíamos. Pero ella era así, extravertida y muy simpática con todo el mundo, de ahí mis dudas. Así que, tonto de mí, me acobardé. Debía haberlo intentado. «El no ya lo tienes, no pierdes nada por probar», me decían mis amigos.  Pero yo era de los que, si no tienen claro una mínima posibilidad de éxito evitan la más que probable derrota, con la consiguiente humillación. Ya me habían dado suficientes “calabazas” por haber malinterpretado los sentimientos de amistad y simpatía femenina y no quería volver a hacer el ridículo. Y ello siempre me ha mortificado. Jamás he olvidado ese instante y a Elena, la mujer de mis sueños, motivo por el cual me he mantenido soltero. Sé que es una estupidez romántica más propia del siglo XIX que del XXI, pero yo soy así.

Pero ¿qué haría si realmente lograba volver a estar con ella, veinte años atrás? —me pregunté. No lo sabía. Improvisaría. Ahora que tengo más arrestos, ya me espabilaré —me dije a continuación. Pero aquel hombre me había advertido que no hiciera nada que pudiera cambiar el futuro, ni el mío ni el de otras personas. Pero, de ser así, no tenía ningún sentido hacer ese viaje para conseguir lo que no había conseguido entonces. Tendría, pues, que contentarme con volver a verla y hablar con ella solo para ver su reacción y comprobar si estuve en lo cierto al suponer que no podía haber algo entre nosotros. Al mínimo signo de rechazo por su parte, activaría el mecanismo de regreso y olvidaría esa falsa ilusión que me había perseguido durante tantos años. Pero ¿y si, por el contrario, resultaba que le gustaba?

Todo eso me vino a la cabeza en cuestión de segundos, los que transcurrieron hasta sentirme mareado y transportado, como si hubiera alzado el vuelo en plena oscuridad. Unos agudos pitidos me hirieron los tímpanos y algo parecido a una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo hasta hacerme estremecer e incluso temer por mi vida. Por fortuna duró muy poco —no sabría decir cuánto—, hasta que me vi, de repente, sentado en el sofá donde la vi por última vez.

De pronto, me embargó una gran emoción, especialmente cuando me miró y me sonrió. Yo tenía la lengua pegada al paladar. Estaba hecho un manojo de nervios. La música sonaba a todo volumen. La mano que sostenía el vaso de lo que estuviera bebiendo, me sudaba. No sabía qué decir. Ella debió notar algo raro porque no dejaba de mirarme fijamente, como si esperara que hiciera o dijera algo.

Por mucho que lo intento, no puedo recordar cómo se desarrolló exactamente lo que siguió a continuación, solo que, cuando comprobé que le gustaba, no pude reprimirme y, saltándome lo convenido con aquel individuo —y quizá bajo el influjo del alcohol que había ingerido hasta el momento—, me lancé sin vergüenza ni tapujos, asombrándome de mi arrojo. Estaba tan eufórico que no pude reprimirme. Quizá fui un egoísta, pues solo busqué mi propia satisfacción sin pensar que con ello podría influir sobre la vida de otras personas. Pero ¿qué podía haber de malo en que Elena y yo mantuviéramos una relación amorosa? Para mí nada, desde luego, pero ¿y para ella? Su vida cambiaría, mi intervención probablemente evitaría que se casara con el hombre que quizá acabó siendo su marido, no tendría los mismos hijos, y así toda una serie de cambios inimaginables. Como las fichas de dominó, irían cayendo, una tras otra, todas las piezas que conforman el engranaje de una vida. Pero en mi egoísmo, solo pensé en la mía, que pasaría de ser gris y anodina a llena de felicidad. Pero me equivoqué.

Cuando volví al presente, la mirada de aquel hombre me resultó enigmática y severa, como si me reprochara no haber seguido su recomendación. Pero ¿cómo podía saber lo que había hecho en ese instante del pasado al que me propulsó? De pronto sentí la necesidad de volver a casa, como si supiera que alguien me estaba esperando. Y así fue. Solo traspasar el umbral de la puerta, una mujer, hecha una furia, me exigió saber dónde había estado tanto rato. ¿Quién era esa mujer? No me explicaba lo que estaba ocurriendo. No tardé mucho en descubrirlo.

Vivíamos los dos en el mismo domicilio del que salí aquella tarde camino del parque de atracciones. Pero todo era distinto. La decoración tenía un claro toque femenino. Un olor floral mareante impregnaba el ambiente, y es que todas las estancias principales estaban llenas de jarrones con distintos tipos de flores. El televisor era mucho mayor y de otra marca del que tenía antes del “viaje”, y así un gran número de cambios. Pero el mayor de todos era que ahora vivía con una mujer que apenas guardaba parecido con aquella Elena que conocí y de la que me enamoré. Me gritaba a todas horas y cuando lo hacía su enorme papada bamboleaba como la de un pavo. Su voz era estridente, cuando yo la recordaba melosa. Su mirada daba miedo, con unos ojos inyectados en sangre, de ira y de tanto alcohol como ingería a todas horas. Como no sabía cocinar, lo hacía yo, pero eso era lo de menos, pues ya lo hacía cuando vivía solo. Lo malo era que nunca lo hacía a su gusto, encontrando pegas a todo —que si estaba demasiado dulce, demasiado salado, demasiado crudo, demasiado hecho, demasiado frío, demasiado caliente—. Me trataba como a un títere, y en eso era en lo que me había convertido. Maldito el día en que decidí viajar en el tiempo —me reproché.

Tuve que esperar un año para intentar remediar esa maldita situación. Tan pronto como volvió a instalarse el parque de atracciones, me dirigí raudo al lugar donde estuvo instalada la caseta del mago, o lo que fuera ese individuo que me propulsó al pasado. Comprobé, aliviado, que estaba en el mismo lugar, con la esperanza de que podría revertir el proceso. Volvería de nuevo al pasado con la intención de deshacer el entuerto. Esta vez pasaría de ella y, de ser necesario, me comportaría de forma grosera. De este modo, todo volvería a la normalidad.

Pero el hombre se mostró reacio a mi pretensión. Ya me había advertido la primera vez que esta experiencia podía tener efectos secundarios, así que un segundo viaje al pasado podía conllevar graves consecuencias para mi salud física y mental. No quería ser responsable de que sufriera graves secuelas irreversibles. Para convencerle, le conté el fracaso de mi primer intento, lo que todavía le puso más en contra de mi pretensión. No había cumplido con lo pactado y me lo tenía merecido. Le rogué que se apiadara de mí, le supliqué hasta la extenuación, le dije que le pagaría diez veces más de lo que le había pagado la vez anterior, hasta que acabó accediendo a regañadientes. Me cobró 500 euros, que pagué con tarjeta de crédito. Allá usted —fue lo último que me dijo antes de volver a accionar el aparato.

Cuando me vi sentado de nuevo junto a Elena, en lugar de aquella mirada subyugante que recordaba, esta vez me miró turbada, diciéndome que aquel asiento estaba ocupado por un amigo suyo. No hubo forma de convencerla de que ese amigo era yo. Al insistir, se levantó y se largó a toda prisa, mirándome como si viera a un loco. Mejor así, me dije, extrañado. Sea lo que sea que la ha alarmado, he logrado lo que pretendía, deshacerme de la mujer en que se convertiría en un futuro. Y entonces fue cuando decidí pulsar el botón rojo de retorno sin dilación. Cuando volví a mi punto de partida, el supuesto mago me miró contrariado, del mismo modo en que lo había hecho Elena. Al preguntarle por qué me miraba así, me acercó un espejo. Lo que vi me horrorizó. En lugar de a un individuo alto, delgado, bien parecido y con pelo abundante, lo que me devolvió el espejo fue la imagen de un tipo gordo, fofo, con una calvicie pronunciada, y notablemente avejentado. ¡¿Quién es ese?! ¡Yo no! —grité.

—Ya le dije que un segundo viaje en el tiempo podía tener serias consecuencias. Su organismo se ha deteriorado, sus células han mutado, incluso su ADN puede haberse visto afectado. Hágase a la idea. Se lo advertí y no asumo ninguna responsabilidad. Confórmese con que esa mujer ya no estará en su vida.

Una vez he llegado a mi domicilio, consternado por mi nueva apariencia, me ha interpelado el conserje, preguntándome a qué piso iba. No me ha reconocido. Por mucho que he insistido y he querido explicarle, no me ha creído. Avisada la policía, los vecinos niegan conocerme y que sea quien digo ser.

Ahora estoy en la comisaría, detenido por suplantación de identidad. Las fotografías de mi DNI, permiso de conducir y pasaporte no coinciden para nada con mi aspecto actual. He pedido la comparecencia del individuo de la feria, asegurando que era el único que podía dar fe de lo acontecido. Tanto he insistido que, por fin, han accedido a ir en su busca, pero cuando ha comparecido ante mí ha negado conocerme. Que cómo podían creer esa locura de que podía hacer viajar a la gente al pasado. Que él solo se dedicaba al ilusionismo.

Tan pronto como se ha ido, malhumorado y dirigiéndome una mirada recriminatoria, he oído como uno de los agentes le decía a otro que estaban esperando a que viniera un psiquiatra forense.


lunes, 17 de octubre de 2022

Tres cosas hay en la vida

 ¿Alguien llevaría realmente al extremo una tentativa peligrosa, por muchos beneficios que le pudiera reportar en caso de salir bien, solo por temor a que se cumpla una nefasta creencia popular? No, ¿verdad? Pues Ernesto sí.


A Ernesto la vida le sonreía; nunca había sido tan feliz. Y la aparición de Natalia había sido el colofón para culminar su estado de máximo bienestar. ¿Qué más podía pedir? Lo tenía todo. Pero, de repente, tanta felicidad le dio miedo, mucho miedo. Estaba convencido de que cuando uno es muy feliz, le ocurre alguna desgracia que acaba con toda dicha. Aunque no se consideraba supersticioso por naturaleza, no quería tentar a la suerte. Si quería mantener ese statu quo, debía desprenderse de alguno de los ingredientes que componían su felicidad para así evitar que le sobreviniera algún infortunio sin previo aviso.

Por mucho que se devanaba los sesos, no hallaba ningún elemento de su dicha del que pudiera desprenderse. ¿El trabajo? Quizá fuera una buena opción. Si cambiaba de trabajo probablemente cobraría menos y su pequeña fortuna iría menguando. Pero renunciar a su puesto de jefe de Servicio de Hematología era pedir demasiado, después de tantos años de esfuerzo y dedicación. ¿Y si jugara a la bolsa? Tal como están los mercados bursátiles, fácilmente podía perder mucho dinero. Incluso podía arruinarse si lo invertía todo. Pero sin dinero difícilmente podría darle a su amada la vida feliz que merecía. A Natalia no quería perderla, antes muerto. Y recordando la famosa canción sobre las tres cosas que hay en la vida —salud, dinero y amor—, solo la salud podría ser la solución a su intranquilidad.

Pero ¿cómo afectar mínimamente a su salud? Podía estrellar su coche contra un árbol y sufrir serias lesiones, pero quedarse en una silla de ruedas para siempre no estaba dentro de sus previsiones. Acabar siendo un drogadicto o un alcohólico tampoco entraba en sus planes, pues Natalia podría abandonarlo y seguramente perdería su cargo en el hospital si ello trascendía.

Por fin tuvo una idea: pediría su traslado al servicio de enfermedades infecciosas. No sorprendería a nadie, pues desde que el coronavirus llenara las camas de la UCI, como hematólogo había colaborado intensamente con sus colegas del servicio de infectología. El VIH todavía es motivo de una gran atención sanitaria, así como algunas enfermedades tropicales causadas tanto por virus como por bacterias. Ahí tenía una puerta abierta. Una vez logrado su traslado, haría lo posible por infectarse, eso sí, sin poner en riesgo su vida. Hay muchas enfermedades infecciosas que se cronifican, como el SIDA, o la hepatitis C, y se puede vivir siguiendo un tratamiento de por vida. De este modo, dejaría lastimada una de las tres patas de la felicidad, según esa cancioncilla tan sabia, y quedaría ante Natalia y el resto de conocidos como una persona altruista, cuya entrega le había penalizado con una salud menos plena. Se convertiría en un enfermo con una mala salud de hierro, como algunos lo califican irónicamente. Solo con pensar en ello se sentía eufórico. Así pues, se puso manos a la obra y en cuestión de semanas ya estaba ocupando su nuevo puesto.

Lo que Ernesto ignoraba era que ese sacrificio al que se había entregado tan alegremente le reportaría un mayor sufrimiento del que se imaginaba. En efecto, Ernesto logró contagiarse. Se expuso de tal manera, obviando las más elementales precauciones que acabó sufriendo una infección nosocomial, que en palabras llanas significa una infección hospitalaria. Nadie del personal médico, ajeno a su propósito y a su negligencia, pudo explicar cómo, un profesional de la categoría de Ernesto, se pudo infectar por un estafilococo, una de las bacterias más comúnmente involucradas en las infecciones nosocomiales. En su caso, además, fuera de todo pronóstico, este patógeno le produjo una encefalitis, dicho de otro modo, una inflamación del cerebro, que le llevó a la UCI, temiéndose por su vida.

Si bien Ernesto no falleció, su osadía tuvo consecuencias de por vida. Las secuelas de la encefalitis lo mantenían postrado, afectado por un cansancio persistente, con una gran debilidad muscular, trastornos de la personalidad, problemas de memoria, parálisis ocasionales, defectos de audición y de visión y alteración del habla.

De este modo, uno de los tres pilares de la felicidad de Ernesto se ha visto gravemente afectado, hasta el punto de que su vida no vale la pena ser vivida, según sus propias palabras. Había jugado con fuego y se había quemado, y ahora debía afrontar las consecuencias. Lógicamente, tuvo que abandonar su trabajo en el hospital, sobreviviendo ahora gracias al subsidio por incapacidad permanente, ya que sus ahorros han ido menguando sustancialmente por los elevados gastos de la atención personal que necesita. Por si esto fuera poco, con el tiempo, Natalia se volvió fría y distante, acabando confesándole que había otro hombre en su vida y que su relación tenía que acabar, pues no resistía vivir con un alma en pena, que era en lo que se había convertido su marido.

¡Qué mala fortuna!, dijeron sus conocidos, lo tenía todo y, mira tú por dónde, una infección hospitalaria le ha truncado su felicidad. No se lo merece.

Pero lo hecho, hecho está. Y aunque Ernesto se arrepiente de su mala decisión, no hay vuelta atrás. Si existiera la diosa fortuna, quizá podría llegar a un acuerdo con ella, rogándole que se apiadara de él, mostrándole lo arrepentido que estaba. Pero ya hace muchos siglos que las diosas y los dioses se dedican a otros menesteres allá en el Olimpo. En el mundo real mandan otros elementos.

«El que tiene un amor, que lo cuide, que lo cuide, la salud y la platita que no la tire, que no la tire».

 

viernes, 7 de octubre de 2022

La daga

En esta ocasión he recurrido a un relato que escribí originalmente en catalán y que respondía a un reto planteado en una tertulia de escritura de la que formo parte. La consigna consistía en escribir un texto que contuviera las palabras sangre, música y trueno/trono (tró/tron en catalán). Esta última dualidad se debe a que en catalán el plural de trueno y trono es común (trons), quedando, por lo tanto, abierta la posibilidad de utilizar este número gramatical si así alguien lo deseaba. Espero que os guste.



Recuerdo cuando mi padre me lo contó. Yo tendría unos cinco años. No me lo podía creer, pero me juró que era totalmente cierto.

—En nuestra familia —comenzó a decir— existe una maldición que consiste en que cuando el padre cumple sesenta y cinco años el hijo primogénito cumple veinticinco. Y así será también en nuestro caso.

—Pero, ¿qué tiene eso de malo? —inquirí.

—Pues que, inexplicablemente, ese mismo día el padre muere y, de esa forma, su hijo heredero ocupa su trono. Y así ha sido de generación en generación. Y así será cuando tú cumplas los veinticinco años. Ya hace tiempo que lo tengo asumido, no pongas esa cara.

El caso es que el día de mi vigésimo quinto aniversario no se cumplió lo que había pronosticado mi padre. Yo me había estado preparando todos esos años para reinar y todo se fue al garete sin ninguna explicación. Ni mi padre se lo podía creer. Sin embargo, se le veía aliviado por haber truncado lo que consideraba un destino familiar inevitable.

Por lo tanto, tuve que intervenir para corregir esa grave anomalía.

Tan supersticioso era mi padre y tantas veces había pronosticado públicamente su fin, que todos creyeron que su muerte había sido voluntaria para no acabar con la saga familiar, algo que habría podido tener consecuencias nefastas para toda la familia actual y su descendencia.

La daga con la cual supuestamente se quitó la vida era la que ha ido pasando de padres a hijos desde tiempo inmemorial, una daga que mi padre guardaba casi con devoción en un cofre.

Recuerdo que cuando alcé el arma asesina, mientras él dormía, resonó por todo el castillo un trueno ensordecedor. ¿Un mal augurio o una señal de complacencia desde el más allá por haber cumplido con lo que estaba escrito? Fuere como fuere, desde entonces los truenos me producen pavor. Me recuerdan lo que todavía me atormenta y no puedo olvidar.

Mañana mi hijo mayor cumplirá veinticinco años y yo sesenta y cinco. Nunca le he explicado qué comporta esta maldita coincidencia y creo que mi mujer tampoco lo ha hecho. Se lo prohibí. Si el maleficio volviera a incumplirse, no quisiera que accediera al trono como yo lo hice.

Hace días que me despierta un trueno y a continuación oigo una música que me pone los pelos de punta y que reconozco como la que sonó durante el sepelio de mi progenitor. Me incorporo y veo que toda la cama está teñida de sangre. Sé que se trata de una alucinación, pero parece tan real... ¿Qué significará todo ello? ¿Solo es una pesadilla o una advertencia?

Esta madrugada he vuelto a revivir la misma experiencia espeluznante. Pero en esta ocasión me ha invadido de pronto un mal augurio. He saltado de la cama sin pensarlo dos veces y he bajado al sótano. He abierto el cofre con manos temblorosas. Mi presentimiento se ha hecho realidad: la daga había desaparecido.

Esta tarde, después de la celebración de nuestro cumpleaños, le he preguntado a mi hijo si sabía dónde estaba la daga familiar.

—Lo ignoro, padre —me ha dicho. Y sin mediar más palabras, me ha dejado plantado en medio del salón mientras los invitados se marchaban.

Pero no me lo creo. Sé que se ha hecho el inocente. Sospecho que la tiene él para perpetrar el mismo acto criminal que yo cometí hoy hace cuarenta años. He decidido, pues, que si al término del día no muero repentinamente de forma natural, como marca el maleficio, por la noche atrancaré la puerta de mi dormitorio. Cuando se lo he contado a mi esposa, me ha mirado con una expresión que no he sabido interpretar. Me ha parecido percibir en sus labios una sonrisa maliciosa.