sábado, 11 de septiembre de 2021

El cazador

 


Anselmo, es un apasionado de la caza, que acostumbra practicar con algunos compañeros cazadores como él.

«Mucha gente no entiende lo emocionante que es cazar, ir tras una presa, pacientemente, hasta abatirla de un disparo certero. La caza no solo es un deporte, es un arte» —suele decir.

Pero hoy es un día especial; nadie más ha podido acudir a la cita.

«Allá ellos —piensa—. Cuando vuelva a casa con una buena pieza lamentarán no haber venido─»

Todavía no ha visto ningún ejemplar, pero algo se ha movido entre la maleza. Se acerca con sigilo. Le parece oír una respiración agitada. Y otra, y otra. Cada vez más cerca. Quizá se trate de otros cazadores. Si se mueve pueden dispararle, así que decide identificarse: ¡Eh! ¡No disparen, soy un cazador! —grita.

 De pronto, algo surge raudo de la espesura. Viendo lo que se le viene encima, Anselmo se lanza a la carrera hacia su todoterreno.

Ahora son más de diez sus feroces perseguidores. Corren como gamos. Ha llegado la oportunidad que han estado esperando. Han aprendido de los humanos, pero ellos son más rápidos. No necesitan armas, solo sus afilados colmillos.

En su huida, Anselmo cae por un terraplén, quedando a merced de sus captores. Ahora es él quien profiere gritos de auxilio. El jefe de la manada se le acerca y, sin demora, le clava sus largos colmillos en el abdomen. Aunque lo merezca, no vale la pena prolongarle el sufrimiento, no somos como elllos —piensa la bestia.






martes, 13 de julio de 2021

No lo podía permitir

Hoy os traigo otro micro, el último relato antes de vacaciones. En esta ocasión no es de terror, aunque ello depende de cómo se mire. 



El niño, en su décimo cumpleaños, tomó la decisión más valiente que, según él, pudo tomar. También fue la más incomprensible para todos los que le rodeaban. Sus padres sufrirían lo indecible y se preguntarían durante toda su vida el porqué de ese terrible acto.

Ese día, a la salida del colegio, en lugar de emprender el camino hacia su casa, se fue al rio. Subió hasta el puente y cuando llegó a mitad del recorrido, en su punto más elevado, comprobó que no había nadie que le impidiera llevar a cabo su cometido, se subió al murete de piedra, cerró los ojos y se lanzó al vacío. Dada la poca profundidad del río en ese tramo, su frágil cuerpo se quebró contra las rocas del fondo.

Nadie en el pueblo pudo hallar una explicación a tal comportamiento, y más viniendo de un niño aparentemente tan cabal e inteligente.

Lo que no sabían era que ese niño había realizado una extraordinaria hazaña: había regresado del futuro para volver a su infancia, cuando todavía era un niño querido por todos. Tenía que impedir por todos los medios acabar siendo el pederasta asesino en el que, con los años, se convertiría. No quería que le recordaran como a un monstruo. No lo podía permitir.

Todo eso lo dejó escrito. Nadie creyó semejante locura. Sin duda todo era fruto de una mente desquiciada. Todo el mundo sabe que es imposible viajar en el tiempo y, de poder hacerlo, tanto o más lo es cambiar el futuro.


miércoles, 30 de junio de 2021

La metamorfosis

Podría decir aquello de que ¿no querías caldo?, pues toma dos tazas. Y esto viene a cuento de que algunas de mis lectoras manifestaron, tras la publicación de mi anterior relato, que el género de terror no era de su agrado o preferencia. Así pues, lo siento por ellas, pues, echando mano de otros relatos que quedaron en el baúl de los recuerdos, mi mano inocente ha vuelto a extraer uno de ese mismo género, aunque no sé si merece el apelativo de terrorífico. Por lo menos, espero que os entretenga. Ya llegarán momentos mejores.


Gregorio no solo compartía el mismo nombre con el protagonista de la famosa novela de Kafka, también trabajaba, como él, en el ramo textil. Pero peor aún era el hecho de que se estaba transformando, como su desgraciado homónimo, en un insecto. Existía, sin embargo, una diferencia notable: su metamorfosis era extremadamente lenta.

Pero llegó el día en que apareció un nuevo cambio que, ahora sí, podía hacer sospechar a sus amigos y compañeros de trabajo de que algo no andaba bien: en la boca le había aparecido algo semejante a las mandíbulas escleróticas de los insectos y que, en el transcurso de las horas, irían, indudablemente, en aumento.

Aquel sería, por lo tanto, su último día de trabajo. Había llegado el momento tan temido en el que aquellos terribles cambios se harían tan notorios que ya no los podría ocultar. Se despediría con cualquier excusa y desaparecería para siempre.

Al entrar en la Empresa, saludó a la recepcionista con un ligero movimiento de cabeza y una sonrisa que más bien era una mueca de dolor reprimido. A Irene, su secretaria, la saludó con un “buenos días” que sonó ininteligible incluso para él. Una vez en su despacho, pulsó el intercomunicador para decirle, con un gran esfuerzo de vocalización: «Irene, que nadie me moleste, no me pase ninguna llamada».

Como por la tarde Gregorio seguía sin aparecer, Irene, preocupada, llamó con los nudillos a la puerta de su despacho. Al no recibir respuesta, la abrió con mucha cautela y se asomó para comprobar si a su jefe le había ocurrido alguna desgracia. Pero el despacho estaba inusualmente a oscuras. Al encender la luz se percató, incrédula, de que no había nadie.

Cuando dio media vuelta para salir, vio sobre el marco de la puerta lo que sus ojos aterrorizados se negaron a aceptar. Solo pudo proferir un grito escalofriante que fue amortiguado de inmediato por aquello que, desde entonces, permanece encerrado tras aquella puerta que ya nadie se atreve a cruzar. Fueron cuatro los que lo hicieron y siguen sin dar señales de vida.

 

martes, 15 de junio de 2021

Las pesadillas de Enrique

Sigo hurgando en el baúl de los relatos olvidados y hoy he recuperado este del género de terror, que hace años presenté a un concurso de relatos de terror sin éxito. Aun así, espero que os guste.



Enrique empezaba a estar realmente preocupado. Sus pesadillas eran cada vez más terribles, reales y recurrentes. Soñaba que era un zombi, un muerto viviente, uno de esos horribles y asquerosos seres de aquellas películas de terror que tanto le gustaban. Ello era, sin duda, culpa de la serie de televisión The Walking Dead, que veía, desde hacía meses, sin perderse ni un solo capítulo. Pero lo peor de todo era que las sensaciones que experimentaba en sueños se estaban trasladando a su vida diaria.

Desde que tenía esas pesadillas, sus apetencias y gustos habían sufrido un cambio notable: le apetecía comer carne cruda, cuando hasta hacía muy poco  solo le gustaba muy hecha, y los olores que antes le resultaban nauseabundos ahora le atraían como si de aromas de perfumes de alta cosmética se trataran. Su voz se volvió extraña, como si sus cuerdas vocales emitieran un sonido de ultratumba.

Por todo ello, decidió someterse a una revisión médica, y quién mejor que Genaro, su buen amigo y endocrinólogo, para llevarla a cabo, ya que por nada en el mundo le confesaría estas anomalías a un perfecto desconocido, quien, en el mejor de los casos, le calificaría de demente.

Una vez en la sala de espera del consultorio médico, mientras fingía leer una revista, tuvo que reprimir unos brutales deseos de lanzarse sobre una mujer entrada en carnes que no dejaba de observarlo de reojo. ¿Intuiría sus intenciones antinaturales? Pero Enrique se contuvo y se comportó con la mayor naturalidad posible.

Por fin le llegó su turno y una guapa enfermera le invitó a pasar al consultorio de su amigo, que le esperaba, de pie, con una sonrisa y con cara de interrogación. Genaro le invitó a sentarse. Enrique tenía ante sí a su amigo y a la enfermera. Ambos le miraban fijamente, lo que a Enrique le incomodó sobremanera. Parecía que le estaban leyendo la mente. Nadie decía nada. Fue Genaro quien, finalmente, rompió el silencio con un «tú dirás». A Enrique no le salían las palabras, se le hizo un nudo en la garganta y empezó a salivar.

No sabría decir en qué momento perdió el conocimiento. Solo recuerda que alguien golpeaba la puerta del despacho y que varias personas, al otro lado, gritaban: doctor, doctor, ¿se encuentra bien?, ¿va todo bien ahí dentro?

Cuando Enrique abandonó la consulta dejó tras de sí un reguero de sangre y unos cuerpos despedazados.

Aquella noche fue la primera, desde hacía semanas, que Enrique no tuvo ninguna pesadilla.


lunes, 17 de mayo de 2021

Gertrudis y la merienda campestre

A falta de inspiración o de motivación escritora, que viene a ser lo mismo, y para no dejar transcurrir mucho tiempo desde mi último relato, he recuperado uno que publiqué en junio de 2015 y que forma parte de la recopilación autoeditada posteriormente en Amazon con el título "Irreal como la vida misma". Así pues, es una primicia para los que por aquella época no frecuentabais este blog, así como para los que no habéis tenido la oportunidad de leer esta magnífica obra de ficción. Espero que os guste.


El frío recorrió su espalda. Gertrudis no había reparado en que las nubes amenazaban lluvia y el aire de esa tarde de otoño era demasiado fresco como para pasarla a la intemperie. Pero no había podido resistirse a la invitación de Anselmo para merendar al aire libre. Hacía mucho tiempo que esperaba una ocasión como aquélla, a solas por unos momentos, sin testigos. Al fin él se había decidido a invitarla. Seguro que le declararía su amor. Así que ni la lluvia ni el frío más intenso la hubiera disuadido de pasar la tarde junto a él en ese paraje tan romántico.


Anselmo, heredero de una rica familia de viticultores, llevaba tiempo frecuentando la casa de los padres de Gertrudis con motivo del recién iniciado negocio con su progenitor. Acababan de formar una sociedad exportadora de vinos y licores y este floreciente negocio les obligaba a mantener continuas reuniones de trabajo. Ambos socios se encerraban en el despacho, portando ambos una copa de coñac en una mano y un puro habano en la otra. Antes de cerrar la puerta tras de sí, Anselmo obsequiaba a la joven con una sonrisa y una mirada que lo decían todo.

Más de tres meses habían transcurrido desde que Anselmo apareciera en su vida y aun no se le había insinuado. Gertrudis sabía que sus padres verían con muy buenos ojos una relación amorosa entre ambos. Pero faltaba lo más importante: que el joven, guapo y rico heredero, le dijera aquellas palabras que esperaba oír con tanto anhelo.

Y por fin, iba a suceder. ¿Por qué, si no, la había invitado a pasar una tarde en el campo?


Ensimismada en sus cavilaciones, Gertrudis no se percató que Anselmo le ofrecía una copa de ese vino dulce que a ella le agradaba tanto. Levantó la mirada y allí estaba él, tan guapo y elegante, con su bigotito afilado más propio de un intelectual que de un comerciante.

Con una simulada timidez, aceptó amablemente la copa y dio un sorbo sin apenas mojarse los labios. Debía mantener los modales propios de una señorita de buena familia. Al poco, la muchacha sintió que se ruborizaba cuando él, obsequiándole con una sonrisa, tomó asiento junto a ella, muy cerca, demasiado cerca para quienes todavía no están prometidos. Pero quien algo quiere algo le cuesta, se dijo y, al fin y al cabo, llevaba tanto tiempo esperando esa íntima cercanía…

Tras un brindis por la amistad, la salud y el negocio común, Anselmo carraspeó y la miró fijamente a los ojos. Ha llegado el momento —pensó ella—, por fin me va a declarar su amor.

Anselmo, tragando saliva, dubitativo, casi sin aliento, se decidió a hablar.

—Gertrudis, tengo que pedirle algo y no sé cómo reaccionará. Llevo mucho tiempo dándole vueltas, pensando en cómo formulárselo pero no puedo soportar más esta indecisión, así que…

—Hable sin temor alguno, Anselmo, pues creo adivinar lo que le inquieta —le interrumpió Gertrudis, ávida por oír la confesión de su amado.

—¿De veras? —inquirió el joven sorprendido y aliviado a la vez.

—Bueno, hable de una vez y saldremos de dudas —le conminó ella.

—Sí, sí, a ello voy, pero antes quiero que sepa que he hablado de ello con su señor padre y me ha dado su consentimiento. —Y aclarándose la garganta, prosiguió con su discurso—. Pues quería proponerle…, quería preguntarle…, vamos que quería solicitarle, y perdone mi atrevimiento, si no tendría usted inconveniente en ser una de las damas de honor en mi boda. Es que mi futura esposa no tiene amigas en este país, es polaca y….

Unos pitidos intensos anularon toda capacidad auditiva de la pobre Gertrudis, que vio cómo todo a su alrededor se volvía borroso y empezaba a dar vueltas. Alguien, a lo lejos, le hablaba pero no podía captar con claridad qué le decía.

—Gertrudis, Gertrudis, ¿está usted bien? —le preguntaba, angustiado, Anselmo, a la vez que le daba unos suaves cachetes en las mejillas.

Pero Gertrudis, incapaz de reaccionar, lo único que hizo fue perder el conocimiento. Solo los truenos fueron capaces de romper el silencio y la lluvia, por fin, hizo acto de presencia.


Ilustración: "Berenar al camp" (merienda en el campo). Reproducción parcial del mosaico de cerámica de Gaspar Homar, Josep Pey y Antonio Serra, 1870, expuesto en el Museo Nacial de Arte de Catalunya.

jueves, 15 de abril de 2021

El invisible

 


Siempre quiso pasar desapercibido y no le había ido mal. Solía jactarse de que durante el servicio militar no tuvo que pringar gracias a que su invisibilidad, como le gustaba llamarla, le había sido muy útil. Como nadie reparaba en él, no sufrió las típicas novatadas por parte de la tropa ni los engorrosos encargos por parte de los mandos. Por supuesto, jamás se presentó voluntario para nada, ni siquiera como método para ganarse la complacencia de sus superiores. En la Universidad hacía lo propio. Nunca levantaba la mano a cualquier pregunta que lanzaba el profesor al auditorio, aun conociendo la respuesta. No quería sobresalir en público. Claro que esa invisibilidad entre el alumnado le pasó factura, pues las compañeras de clase, entre las que se encontraba Laura, le ignoraban por completo, pues no sabían quién era ese joven larguirucho y desaliñado que entraba en el aula o en los laboratorios de prácticas. Y a falta de un nombre, el delegado de clase, un tal Cifuentes, un tipo con ínfulas de líder, en un alarde de originalidad y de guasa, le bautizó con una serie de apodos, a cual más ridículo y bochornoso, que corrieron como la pólvora hasta llegar a oídos de Laura, quien, desde entonces le miró con una sonrisa burlona. En ese caso habría preferido mil veces la indiferencia, a la que ya estaba acostumbrado, que el desdén por parte de la única persona por la que sentía atracción.

El momento más humillante, que jamás olvidaría, fue cuando, intentando un tímido acercamiento a Laura, pasó junto a él el tal Cifuentes y le espetó, sin ton ni son, «Chico desaliñado, ignorante e ignorado», soltando a continuación una sonora carcajada.

 

El caso es que ese chico invisible a ojos de los demás terminó la carrera con sobresalientes y no le costó mucho encontrar trabajo en el laboratorio de control de calidad de una empresa conservera.

Félix Arroyo, como así se llama el protagonista de esta historia, es, lógicamente, un tipo introvertido y muy reservado. Cualquiera le calificaría de insociable. Pero, contra todo pronóstico, no lo es, solo es extremadamente discreto. Siempre ha rehuido la competitividad. Se ciñe a cumplir escrupulosamente sus labores y nada más. Tampoco se queda en el puesto de trabajo más tiempo de lo necesario y reglamentariamente exigido. Cumple con su obligación sin excesos. Si ello le supone no beneficiarse de un ascenso o de un aumento de sueldo por una dedicación extra, le trae sin cuidado. En resumen, es una persona que simplemente quiere conservar su trabajo sin tener que sobresalir en nada. Hay quien lo consideraría un individuo gris, pero él se las da de prudente. Pero lo que no tenía previsto era que esa discreción que le caracteriza le llevaría a lo que le llevó.

—Oye, Félix, mañana vendrá un inspector de Sanidad y tendrás que recibirle, acompañarle durante toda la visita de inspección y satisfacerle en todo lo que necesite, ¿de acuerdo? —le indicó, un día, el director técnico de la fábrica conservera.

—Pero siempre lo ha hecho Inma, que tiene mucha más experiencia que yo en esto —Inmaculada, o Inma, era la química del departamento, que llevaba más de diez años en la Empresa.

—Sí, pero mañana no vendrá, se toma un día libre para asuntos familiares. Y, además, ya va siendo hora que vayas adquiriendo experiencia en este quehacer. Más vale tener a dos personas avezadas en inspección sanitaria, por si algún día, como es el caso, uno falta al trabajo.

 

Al día siguiente, a las nueve en punto de la mañana, desde la recepción le comunicaron que un tal doctor Cifuentes preguntaba por él.

Mientras bajaba las escaleras iba rumiando: Cifuentes…, Cifuentes, me resulta familiar este apellido, pero nada que ver con la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, por supuesto. No es un apellido muy habitual, pero ¿de qué me suena? Y cuando ya desechaba a cualquier conocido y pensaba que se trataba de una de sus manías, se dio prácticamente de bruces con un tipo trajeado y con cara de malas pulgas que no hacía otra cosa que mirar su reloj de pulsera. Cuando se vieron las caras, la sorpresa de ambos fue mayúscula y entonces Félix recuperó la memoria. 

—Vaya, vaya, pero qué casualidad. Así que tú eres —leyendo una hoja que tenía el inspector en sus manos— Félix Arroyo, el que me va a acompañar durante mi inspección. ¡Cuánto tiempo sin verte!

Quien así habló era, ni más ni menos, el antiguo compañero de clase que le impuso aquellos motes que tanto le fastidiaron.

—Y tú eres…

—Antonio Cifuentes —le cortó el interpelado.

—Eso ya lo sé. Además, lo he visto en el documento que me han pasado. Quería decir que eres, o mejor dicho fuiste, el delegado de clase.

Dicho eso, a Félix le vino un gusto amargo a la boca, como si una bocanada de bilis le invadiera la garganta, al recordar el bullying al que, por culpa de ese individuo, le sometieron algunos alumnos y que tanto le había marcado durante su época universitaria. Por su culpa, pasó de ser invisible a risible para una pequeña parte del alumnado, entre la que se encontraba la única persona que le atraía de verdad: Laura.

—Veo que tienes buena memoria.

—¿Cómo podía olvidarte?

—Ya. Y me temo que debes guardarme rencor.

—¿Rencor? ¿Por qué?

—Bueno…, pues porque no fui precisamente muy amable contigo.

—Bah, aquello ya está olvidado. La juventud a veces hace cosas sin pensar.

—Cierto. Me alegro que pienses así.

 

Terminada la visita de inspección, vino el correspondiente almuerzo de cortesía con el que la Empresa siempre obsequiaba a sus visitantes y Félix no reparó en gastos. Justificaría el dispendio aduciendo el resultado favorable de la inspección, sin saber si ello fue debido al perfecto estado de revista de las instalaciones, del personal y de la metodología de trabajo o a una reparación moral con la que el inspector quiso compensarle y, de paso, apagar su mala conciencia.

—Una comida excelente, sí señor —alabó Antonio Cifuentes al término de la misma—. Hacía mucho tiempo que no degustaba unas ostras tan exquisitas. Muchas gracias, Félix.

—De nada. Ha sido un placer. Solemos traer a nuestros invitados “especiales” —enfatizó con unas comillas marcadas en el aire con los dedos índice y medio de cada mano— a esta marisquería, pues es de lo mejor y, por si fuera poco, está a un tiro de piedra de la Empresa. Además, uno no siempre tiene la oportunidad de encontrarse con un antiguo compañero de estudios.

 

La verdad es que ahora quien tiene mala conciencia es Félix. Sabe que lo que le espera a su invitado no será precisamente un plato de buen gusto, nunca mejor dicho, pero más lo lamenta por el riesgo que, sin saberlo, corre el dueño del restaurante. Si Antonio Cifuentes así lo quisiera, podría hacerle una inspección, pero nunca descubriría cómo se produjo la contaminación con salmonella de aquella docena de ostras tan sabrosas y que tan vehementemente le recomendó. Nadie se percató de cómo se ausentaba durante la inspección ni cómo entró en el laboratorio de microbiología y salió de él con un tubo de ensayo en la mano, mientras el inspector era atendido por una de las auxiliares. La cocina del restaurante era como su casa, no en vano la Empresa conservera era uno de sus suministradores principales y él un asiduo del local. Y es que no hay nada mejor que saber pasar desapercibido. Una vez más, su invisibilidad le resultó rentable. A Antonio Cifuentes, de momento, no le ha vuelto a ver.


sábado, 20 de marzo de 2021

¿Qué me pasa, doctor?

 


Una vez en casa, después de haber pasado casi tres meses en coma, sentía que no estaba solo, que había alguien viviendo conmigo.

En el hospital, al recuperar la consciencia, ya noté algo extraño, pero lo achaqué a que mi cerebro todavía no funcionaba correctamente. Todas las noches, cuando me quedaba solo en la habitación, oía unos pasos pesados, como si alguien arrastrara los pies, que se acercaban y se detenían junto a mi cama para, acto seguido, percibir una respiración entrecortada que no me dejaba pegar ojo en toda la noche. Ni los somníferos que me daban al quejarme de insomnio me ayudaban a dormir sin interrupciones. Me despertaba a menudo, sintiendo una presencia a mi lado. No veía a nadie, pero percibía claramente un sonido gutural cavernoso que me ponía los pelos de punta.

Pensé que una vez estuviera en casa todo volvería a la normalidad, que lo que experimentaba era producto de una alucinación provocada por la medicación o por el estrés postraumático. Pero me equivoqué. Esa presencia me siguió hasta mi hogar y día tras día y noche tras noche la tenía a mi lado, invisible pero audible.

—¿Qué me pasa, doctor? —le pregunté a un psiquiatra al que acudí en busca de ayuda.

—En su caso no es extraño. Hay personas que no superan fácilmente haber salvado milagrosamente la vida, como es su caso. Haber experimentado la cercanía de la muerte les provoca una suerte de alucinaciones en las que creen ver u oír a un difunto. Intente hablar con él y verá como al cabo de un tiempo desaparece. 

Y así lo hice. Ya que no podía librarme de esa presencia, decidí entablar contacto verbal y saber quién era y qué pretendía. Al cabo de poco, con mucha paciencia y no poco esfuerzo, llegué a entender sus balbuceos.

Se llamaba, o decía llamarse, Gerardo Iglesias. Había fallecido en el mismo hospital donde estuve ingresado, unos días antes de mi llegada. De algún modo que no entendía, había quedado atrapado entre aquellas cuatro paredes. Había oído decir que hay espíritus que no logran ir hacia “la luz” hasta que no aceptan que están muertos o bien hasta que no han resuelto algo que han dejado pendiente en este mundo. Y él lo único que sabía era que desde el momento en que llegué, notó que algo nos unía. De ahí que me había seguido hasta mi casa. Así pues, si yo lo retenía, deberíamos descubrir el motivo.

Me dio todos sus datos y me puse a indagar qué podíamos tener en común. Aunque ya no me asustaba su presencia, me incomodaba vivir con un fantasma.

Lo que descubrí me heló la sangre. Era un sicario. Su último encargo falló y fue él quien resultó herido de muerte. Así figuraba en un número atrasado de La Vanguardia digital que localicé por Internet.

Cuando se lo conté, recordó su identidad y su historial de asesino a sueldo. Solo quedaba por saber qué era lo que le retenía en este mundo. ¿Una cuenta pendiente? ¿Un perdón no pedido o no concedido? Y yo ¿qué tenía que ver en ese asunto?

Debía resolver el enigma si quería deshacerme de aquel fantasma que ahora, además, resultaba ser un criminal peligroso. «Tienes que temer a los vivos, no a los muertos», solía decirme mi padre. Pero convivir con un muerto con aquel historial, me producía mucho reparo. 

Decidí, pues, jugar al detective y colarme en su casa, pensando que seguiría deshabitada. Pero me equivoqué una vez más. En ella se habían instalado unos okupas. Sin embargo, tras el desconcierto inicial, ello me resultó favorable. Me presenté como un amigo íntimo del fallecido y, hasta hacia poco, propietario del piso con la excusa de recuperar algunos enseres personales que ellos no necesitarían, como cartas y documentos varios. Me creyeron y me franquearon el paso sin, eso sí, perderme de vista.

Salí de allí con un archivador entero que parecía contener el historial de los trabajos que le habían encargado durante su vida profesional. No había duda de que Gerardo había sido un tipo escrupuloso. Lo tenía todo muy detallado. Fechas, nombres, lugares, datos de interés, dinero recibido, etcétera. Una vez en casa, leí con calma cada entrada, cada apunte, con la intención de hallar algo interesante, aunque no sabía qué podía ser, cosa que no tardé en descubrir.

Empecé el escrutinio por el final, sus últimos movimientos, sus últimos encargos. La última supuesta víctima era, en efecto, quien había acabado con su vida, tal como pude leer en el periódico, en un acto de defensa propia. Solo figuraba una entrada parcial de dinero, el que debió cobrar al aceptar el trato. El resto no llegó a cobrarlo por razones obvias: no había finiquitado el trabajo. Pero a continuación, había anotado un trabajo pendiente con el que no había acabado de atar cabos. Lo que sí quedaba claro era el nombre del individuo al que debía cargarse: ¡el mío! Junto a mi nombre aparecía mi fotografía, domicilio y lugar de trabajo. A continuación, había garabateado una cifra con un interrogante: 100.000 euros. El interrogante debía significar que no se había cerrado el trato y que, por lo tanto, estaba en el aire la cifra definitiva. ¿Cien mil euros para acabar con mi vida? Pero ¿por qué? Y ¿quién se lo había encargado?

Cuando le enseñé lo que había encontrado, Gerardo recuperó de inmediato la memoria.

—¡Ah, sí, es verdad! Tú eras el siguiente de la lista, ahora lo recuerdo. Ya decía yo que tu cara me sonaba de algo.

—¿Y quién te lo encargó?, le pregunté, ansioso.

—Eso no lo sé. No lo preguntaba. No era de mi incumbencia. Tampoco juzgaba los motivos, solo aceptaba el trabajo por dinero y este dependía de la dificultad del caso. Si pone cien mil euros es que sería difícil o tú muy importante para ese tío, pues yo, por mucho menos, ya aceptaba.

¿Quién querría liquidarme? Sometí a Gerardo a un interrogatorio para adivinar la identidad del individuo que había contactado con él. Solo pudo decirme que habló con él por teléfono y que tenía una voz de hombre joven con un ligero acento italiano, y que todo apuntaba a una venganza laboral, pues antes de colgar le había dicho algo así como «se va a enterar ese si cree que me va a echar». También le comentó que primero quería probar algo por su cuenta, y que si le salía mal volvería a contactar con él, cosa que ya no se produjo. Más claro el agua. Ahora todo cuadraba. Ya sabía de quién se trataba.

 Hacía días que tenía serias sospechas de que Marco Santoro, un joven italiano, jefe de mantenimiento de mi Empresa, desviaba dinero a sus bolsillos. Todo apuntaba a que inflaba las facturas de compra de material de repuesto, supuestamente en connivencia con el suministrador, y se repartían las ganancias. Como el tal Marco me caía muy bien y hasta entonces no había tenido ninguna queja de él, solo le advertí que llevaría a cabo una investigación en toda regla y que, en caso de que aquella sospecha se confirmara, se quedaría en la calle, sin indemnización alguna, y que podía dar gracias de que no lo denunciara a la policía.

Todo cobraba sentido. El accidente de automóvil que me llevó a la UCI fue orquestado por él. Un todoterreno se me echó encima en un cruce y se dio a la fuga. Por lo tanto, eso era lo que había querido probar antes de confiarle el encargo a Gerardo. Pero ahora Gerardo estaba muerto y yo seguía con vida. ¿Cuál sería el siguiente paso? Lo más probable era que Marco volviera a intentar liquidarme personalmente o pasara el encargo a otro. ¿Y si se lo contaba todo a la policía? ¿Me creerían? No sabía qué hacer. Y entonces Gerardo salió en mi ayuda.

—Ya me encargo yo, no te preocupes —me dijo, tajante.

—¿Cómo que te encargas tú? ¡Si estás muerto! —le repliqué, asombrado.

—¿Y qué? No podré matarlo con mis manos, pero sí provocar su muerte. Déjamelo a mí —me cortó cuando vio que iba a replicarle.

Y le dejé hacer. En cierto modo me siento culpable por omisión. Pero, de hecho, mi acto también podría calificarse de defensa propia, aunque con un intermediario, pues si yo no acababa con él, él acabaría conmigo de un modo u otro. Y Gerardo, o mejor dicho su fantasma, cumplió con su palabra. No quiso decirme cómo lo hizo ni yo se lo pregunté. Pero me enteré.

Solo habían pasado dos días cuando el director comercial me llamó para interesarse por mi estado y aprovechó para decírmelo.

—¿Te has enterado de lo de Marco?

—Pues no, ¿qué le ha pasado? — disimulé.

—Ha resultado muerto en un accidente de coche. Algo increíble.

Me contó que en el coche iba otro ocupante, el dueño de una Empresa de accesorios, cuando Marco perdió inexplicablemente el control del vehículo. El acompañante, que resultó herido de gravedad, pero salvó la vida, contó que algo asustó a Marco, como si viera un fantasma, a través del retrovisor, sentado en el asiento trasero. Solo repetía ¿quién eres?, ¿qué quieres? Y dio un volantazo que lo sacó de la carretera. El coche dio varias vueltas de campana.

Ahora duermo de un tirón y Gerardo se ha dado por satisfecho. Nunca había dejado un trabajo sin terminar, aunque en este caso el finiquitado no fuera el que había previsto. Hace días que voló, no sé adónde.

Hoy he ido a ver de nuevo al psiquiatra para decirle que tenía razón, que seguí su consejo y que ya no tengo esas alucinaciones.