jueves, 30 de mayo de 2024

La carpa dorada

 


Nunca debí aceptar la petición de mi amigo Carlos. No me gusta tener que responsabilizarme de un animal de compañía, aunque sea un pez con el que no hay interrelación alguna. Con un perro o un gato puedes hablar, aunque no te responda, pero te entiende; ahora bien, con un pez...

«Solo tienes que darle de comer una vez al día. Espolvoreas el contenido de este sobre y ya está, pero no te excedas, que puede empacharse y morir de sobredosis». Esto último me lo dijo sonriendo.

El caso es que le debía a mi amigo unos cuantos favores y no me pude negar a hacerme cargo de... ¿cómo lo llamó? Ah, sí, de su Carassius auratus auratus. Vamos, la carpa dorada de toda la vida.

Una vez instalada la pecera sobre una mesa rinconera, me sentí intranquilo. No había reparado en un hecho muy relevante: la presencia de mi gato. Es un animal muy dócil y cariñoso, pero temía que una travesura suya hiciera que la pecera volara por los aires, la hiciera añicos y su inquilino expuesto a su voracidad animal.

¿Qué podía hacer para no tener un disgusto? Pues los mantuve separados físicamente, de modo que mi gato no tuviera a la carpa en su punto de mira. La pecera ocupaba una habitación cerrada con llave —mi gato es tan listo y mañoso que ha aprendido a abrir las puertas tirando de la manilla a base de saltos—, de modo que el minino podía pasear libremente por toda la casa con esa habitación “sagrada” como único obstáculo a su libre deambular.

No obviaré decir que el cuidado de ese pez dorado me resultó bastante estresante, siempre atento a que mi gato no hiciera de las suyas y entrara en la habitación de la carpa mientras le daba de comer, siempre mirando a mi derredor —pues los felinos son extremadamente silenciosos y aparecen cuándo y dónde menos te lo esperas— y siempre pendiente de cerrar la puerta con llave al salir. Como además soy un poco obsesivo-compulsivo, con frecuencia tenía que levantarme de la cama una o dos veces por la noche para comprobar que la dichosa habitación estaba bien cerrada y todo en orden.

Pero un fatídico día algo falló. Me encontré por la mañana la puerta de mi Sancta Sanctorum particular abierta de par en par. No pude reprimir una exclamación de pánico. La pecera hecha añicos por el suelo, entre un gran charco de agua, y ni rastro de la carpa dorada. Fui en busca del gato asesino —¿quién podía ser el culpable de su desaparición si no?— y me lo encontré en la cocina todavía relamiéndose.

Lo primero que se me ocurrió, después de proferirle todos los exabruptos posibles e inútiles, fue comprar una nueva carpa —a fin de cuentas, todas son iguales, pensé— y una nueva pecera. Pero en la tienda de animales más próxima no tenían carpas a la venta y las peceras disponibles no se parecían en nada a la original. Me entró el pánico. Mi amigo regresaba a la mañana siguiente y yo con las manos vacías y el corazón desbocado por culpa de ese micifuz de mierda. Maldito el día que lo acepté como regalo de mi ex novia. Tendría que habérselo devuelto cuando se largó. «Los regalos no se devuelven», me dijo la muy cretina.

Ahora el cretino era yo. Plantado en medio del comedor sin saber qué hacer. ¿Si llamaba al 112 me atenderían como una urgencia? Tras mucho meditarlo, lo tuve claro. No era la solución ideal, pero no se me ocurrió otra. Por una vez celebré tener ese hobby que a muchos les desagrada.

Aún recuerdo la cara de asombro de mi amigo cuando le deposité en los brazos un gato disecado. «Tu carpa está dentro. En lugar de una, ahora tienes dos mascotas», le solté a bocajarro antes de cerrarle la puerta en las narices.

Como comprenderéis, Carlos ya no es mi amigo. No sé nada de él desde aquel suceso. Y no he vuelto a tener ningún animal vivo en casa. Mejor solo que mal acompañado.


lunes, 13 de mayo de 2024

La carrera del tiempo

Esta es mi contribución al microrreto de este mes de mayo propuesto por El Tintero de Oro, con el tema "A vueltas con el tiempo". Espero que os guste.



En esta ocasión, Aurelio estaba convencido que ganaría el Rally. Su nuevo automóvil, convenientemente tuneado, cortaría el aire como un rayo.

Aun saliendo en décima posición, fue ganando terreno rápidamente. Volaba más que corría. Ni él mismo se lo podía explicar. La motorización de su coche no justificaba tal velocidad. Parecía que algo le empujaba, pero lo único que le daba alas era su deseo de ganar.

Al cabo de muy poco tiempo —no podría precisar cuánto— llegó a la meta sin que nadie le persiguiera ni de lejos.

Le extrañó sobremanera que no hubiera nadie esperando a los corredores. El cartel con el rótulo META pendía desmayado. El viento lo zarandeaba inmisericorde.

Se dirigió raudo al primer edificio que vio a su alrededor. En los bajos había un bar restaurante. Preguntó al hombre que atendía la barra. Este, sorprendido por la pregunta, le dijo: «¿Carrera?, pero si la carrera fue hace dos días, lo que ocurre es que nadie ha venido a descolgar el cartel. Ya sabe cómo son estas cosas. Y usted ¿de dónde dice que viene?»

A Aurelio, desconcertado, solo le quedó una explicación para hallar sentido a lo ocurrido. A la velocidad con la que se desplazó, había acelerado el tiempo de tal forma que se había pasado de frenada. El tiempo había corrido tanto a su favor que había alcanzado el futuro, aunque solo fuera con cuarenta y ocho horas de adelanto. Aunque mereciera un trofeo o un reconocimiento, quién se lo iba a creer.



jueves, 2 de mayo de 2024

El don

 


Había leído que un traumatismo craneoencefálico podía conllevar unas secuelas inesperadas, en especial una amnesia retrógrada, pero nunca me imaginé que tras mi grave accidente automovilístico y después de superar un coma de varias semanas, me sobreviniera una facultad que no me he atrevido a contar a nadie.

Me percaté de ello desde el primer instante en que apareció el neurólogo en mi habitación tras haber vuelto yo al estado consciente. Antes de que abriera la boca para hablarme, ya supe lo que me iba a decir. Simplemente lo oí en mi interior, en mi cabeza, que me dolía tremendamente. Al principio pensé que era el resultado de una conmoción cerebral y que todo era fruto de mi imaginación, o que, por causas extrañas, había, o percibía, un retraso sonoro como cuando se habla por teléfono a larga distancia. Pero no. Ignoro la explicación, pero ese efecto continuó produciéndose con todo aquel que en el hospital me hablaba. Oía lo que iba a decirme antes de que lo hiciera. Pero eso no fue todo, porque tan pronto como me dieron el alta, a ese efecto se le añadió otro mucho más impresionante, por no decir escalofriante: aunque nadie me hablara, oía sus pensamientos.

Diréis que lo que me ocurre es un don especial que muchos de vosotros desearíais poseer. Leer el pensamiento es algo maravilloso, nos ofrece una gran ventaja sobre los demás. Sabemos lo que piensan y así podemos anticiparnos a sus deseos o a cualquier contrariedad inminente, beneficiándonos de la lectura de sus pensamientos. Pero también tiene sus desventajas, como pude comprobar más tarde, muy a mi pesar.

La primera y gran utilidad que le hallé a mi don fue en las entrevistas de trabajo. Podía anticiparme a mi interlocutor y prepararme las respuestas a las preguntas, sobre todo las capciosas, que me iba a hacer y a los problemas que me iba a plantear. Aunque el currículum sea importante, la actitud y soltura del candidato ante un entrevistador es fundamental. De este modo, conseguí fácilmente un buen empleo en una multinacional farmacéutica.

Pero no duré mucho tiempo en esa empresa, y no porque no estuviera a la altura de las expectativas y prescindieran de mí, sino porque vi otra salida a mi don mucho más atractiva y remunerada: actuar como mentalista.

Como mentalista actué en muchos espectáculos, tanto en el teatro como en la televisión. El público quedaba impresionado por mi habilidad para leerles la mente. En los medios se mencionaba con elogios ese don especial que manifestaba en público, pero también había voces que alertaban de la posibilidad de un fraude. Un embaucador, decían que era. «Es del todo imposible que alguien pueda leer la mente. Es una estafa en toda regla y alguien debería tomar cartas en el asunto» Los había que iban más lejos y propugnaban con prohibir «ese ridículo espectáculo que alimenta la credulidad de los más ignorantes», decían.

Mis actuaciones empezaron a atraer a cada vez un menor número de espectadores y las cadenas de televisión dejaron de contratarme. Y en el Excelsior, el teatro donde actualmente trabajo, me pagan ahora mucho menos que antes. Pero con el dinero ganado y ahorrado, y el poco que seguía ganando, tenía más que suficiente para vivir holgadamente. «Pero ¿qué ocurrirá dentro de unos años, cuando se me haya condenado al ostracismo y ya no tenga edad para encontrar otro empleo?», me preguntaba.

Hasta que un día ocurrió algo inesperado y que ha dado un vuelco a mi vida. Y con ello empezó mi calvario particular.

Fue al salir de una de mis escasas representaciones. Ya en la calle, de noche, un individuo se me acercó con paso ligero y se plantó ante mí. No pronunció ni una sola palabra, simplemente me miró a los ojos. Supe de inmediato lo que estaba pensando y no era nada halagüeño. Se me pusieron los pelos de punta.

No sé cómo decirte que vas a sufrir un atentado mortal, pero si realmente eres un mentalista, como parece, leerás mi mente.

—¿Cómo dice? —le interrogué. ¿Cómo podía alguien saber lo que me iba a ocurrir?

—Me has entendido perfectamente y compruebo que eres un mentalista de verdad, pues has leído mis pensamientos. Y voy a adelantarme a tu siguiente pregunta sobre cómo lo sé: porque yo también poseo el mismo don, de modo que puedo leer la mente de los demás y así me entero, entre otras cosas, de sus intenciones.

Una vez instalados en un discreto rincón, me contó precipitadamente que unos días atrás, en un bar cercano, fue testigo de una discusión entre varios individuos que me calificaban de aprovechado, clamando algunos por desenmascararme públicamente para que nadie se dejara embaucar.

—Pero ¿qué tiene que ver la intención de esos individuos de poner en entredicho lo que hago con el deseo de matarme? ¿No cree que es desproporcionado? El escarnio público no tiene porqué llevar parejo un asesinato. ¿Tanto daño les hago para que deseen mi muerte? —pregunté incrédulo y a la vez angustiado.

—Solo uno de ellos te desea la muerte. Oí que el susodicho recordaba con disgusto al resto que después de haber trabajado muchos años en el teatro Excelsior, es decir donde ahora trabajas, lo habían despedido por tu culpa y que llevaba varios años sin que lo contrataran como vidente. Cuando se despidieron, ese individuo pasó por mi lado y percibí claramente lo que pensaba:

A este le voy a hacer pagar caro que me despidieran porque dicen que es mucho mejor adivino que yo. ¡Ja! Mis amigos que hagan lo que quieran, pero yo voy a acabar con él sí o sí.

—Si es cierto lo que me cuentas, ¿cómo podré protegerme de ese asesino si no sé quién es?

—No podrás.

Y tras esas dos palabras sentí varios pinchazos dolorosísimos y profundos en el vientre. Aquel sujeto sonreía mientras yo intentaba parar infructuosamente la hemorragia con las manos. Entonces lo tuve claro. Era él quien quería acabar conmigo como venganza. Era el actor vidente, o lo que fuera en realidad, que me odiaba, según él, por haber perdido su trabajo por mi culpa.

Aun sintiéndome muy mareado, pude oír lo que decía:

—Soy un mentalista mucho mejor que tú, pues poseo una facultad que, por lo visto, tú no posees: puedo ocultar mis pensamientos a voluntad, cuando me conviene, por eso no adivinaste quién era ni mis intenciones. Lo que te he contado sobre la conversación en el bar con unos amigos es, en cierto modo, cierto, pero me he permitido poner algo de mi propia cosecha para ponerte a prueba, ja, ja, ja.

Mientras me desvanecía, oí gritos de personas que se acercaban y que luego intentaban socorrerme. Todos pensaban que me estaba muriendo. Y yo también. Hasta que dejé de oír y de escuchar y todo se volvió de color negro.

 

Ese hombre podía tener dones, pero no el de vidente, pues no acertó en su suposición de que me había matado. Sobreviví milagrosamente a las tres cuchilladas que me propinó en el abdomen. Perdí mucha sangre, tuvieron que hacerme varias transfusiones, estuve al borde de la muerte. Cuando estuve lo suficientemente lúcido me percaté de que algo había cambiado en mí. Ya no podía leer la mente de los demás, ni médicos, ni enfermeras, ni nadie.

La policía no pudo dar con el asesino frustrado, por mucho que les describí su físico —aunque, bien pensado, podía haber llevado una máscara— y a lo que se dedicaba. En el teatro Excelsior no pudieron dar ninguna referencia ni información relevante sobre él: ni dónde trabajaba, si trabajaba, ni donde vivía, ni amigos, ni parientes, nada. El hombre se había esfumado.

Yo he tenido que abandonar mi trabajo en el teatro para no exponerme a ser nuevamente atacado y esta vez con éxito. Vivo recluido en casa, sin apenas salir, y cuando lo hago no puedo evitar mirar constantemente a mi alrededor, por si acaso. ¿Entendéis ahora porqué dije que ese don tenía sus desventajas?

 

 Ilustración: Patrick Jane (interpretado por el actor Simon Baker), protagonista de la serie norteamericana El Mentalista.

 


lunes, 15 de abril de 2024

Los colores de la vida

El relato que hoy comparto, procede de un reto de la tertulia de escritura de la que formo parte y cuya consigna fue escribir una historia en la que los colores tuvieran un cierto portagonismo. Y esto es lo que salió. Espero que os guste.



Cuando nací, mi madre, angustiada por la precaria situación económica familiar, hizo creer a mi padre que salía de casa en busca de trabajo, pero lo que hacía en realidad era pedir limosna. Mi padre lo descubrió cuando un día, de camino a la oficina de empleo, se la encontró en la calle, sentada en el suelo, luciendo un rótulo que decía: «Soy viuda y no puedo dar de comer a mis tres hijos
». A sus pies, una caja de cartón contenía unas cuantas monedas de diez, veinte y cincuenta céntimos. A mi padre, con la cara más blanca que la leche, le dio un amago de infarto y lo tuvieron que ingresar en urgencias.

Ninguna de las excusas que le dio su mujer, llorosa y con los labios amoratados por el frío, le sirvió a mi padre como justificación, convencido que había perdido la cordura o sufría una depresión posparto.

Una vez superado el susto inicial, al salir del hospital, mi padre, todavía en estado de shock, cayó por las escaleras y se rompió una pierna. Otra vez ingresado en urgencias y después de un buen rato de espera, para casa con la pierna escayolada hasta la ingle. Y así durante tres meses, con lo cual la situación económica de la familia, compuesta por seis miembros, contando a mi abuela paterna, sí que recibió un fuerte golpe. Mi madre, ahora con motivo, tuvo que volver a mendigar con el conocimiento —que no consentimiento— de mi padre que, colorao como un tomate, se subía por las paredes.

Cuando, por fin, la situación se estabilizó, mi padre con un empleo estable y mi madre cosiendo para terceros, se murió mi abuela. La encontramos en su balancín, amarilla como la cera. Si eso, por si mismo, ya fue doloroso, lo que más nos alteró fue descubrir entre sus pertenencias una porrada de billetes de mil pesetas. Este hallazgo nos impulsó a iniciar una búsqueda frenética de dinero por todos los rincones de su habitación. Encontramos algo más de un millón de las antiguas pesetas, que todavía, por suerte, se podían cambiar por euros en el Banco de España.

No nos lo podíamos creer. Tan agarrada como había sido en vida, aun conociendo nuestras dificultades económicas, y ella amasando pasta gansa. Pero ¿de dónde habían salido tantos billetes verdes si la pensión de viudedad de la abuela era muy exigua?

Este misterio se resolvió al hallar un fajo de cartas atadas con una cinta rosa, una correspondencia que la abuela había mantenido durante muchos años con un supuesto amante. El hombre, que por motivos sociales y morales de la época, no pudo mantener relaciones más íntimas con ella, le había ido regalando joyas que la abuela debió haber ido vendiendo poco a poco. No encontramos otra explicación.

Así que mi venerable abuela había mantenido una relación amorosa que le había reportado, al cabo del tiempo, unos buenos dineros. El hombre, supusimos, debía haber muerto por ser tanto o más viejo que su amante epistolar. Pero en eso nos equivocamos. Cuando ya hacía unos meses del traspaso de la abuela, nos vino a ver. Su inesperada visita resultó en una nueva sorpresa. El susodicho, Ramon se llamaba —«pero ella siempre me llamó Ramoncín», nos dijo—, estaba sin blanca y tan pelado que nos pidió si le podíamos devolver las joyas con las que había obsequiado a su querida, y ahora finada, amante durante todo el tiempo que duró su idilio. «Al fin y al cabo ya no las necesitará», dijo tan tranquilo.

Pero los seis mil euros que encontramos hacía poco que habían volado con la entrada del coche nuevo, un reluciente Peugeot granate.

No podíamos hacerle entrar en razón. No quería largarse con las manos vacías. Por más que intentó darnos pena —el inminente desahucio del piso donde vivía, su miserable pensión como autónomo que apenas le llegaba para más de una comida al día, y una retahíla de desgracias—, no veíamos la manera de aplacar su exasperación ni de hallar una solución mínimamente satisfactoria para ambas partes. La discusión fue subiendo de tono hasta el punto que mi padre estuvo en un tris de ponerle un ojo morado.

De eso han pasado dos semanas. Ramón —que insiste en que le llamemos Ramoncín— tuvo que dejar su piso y ahora vive con nosotros ocupando el lugar —el físico, no el sentimental— de la abuela. Mi madre está negra viendo cómo se pasea arriba y abajo, vestido de punta en blanco y dejando por todo el piso un apestoso olor a tabaco, y cómo se pone morado devorando todo lo comestible que se le pone a su alcance. Esperemos, sin embargo, que la presencia de este hombre —que está a punto de cumplir los noventa años— dure poco y podamos, por fin, tener una vida de color de rosa.

Con todo esto, podéis ver que nuestra vida ha estado siempre llena de colores.


domingo, 7 de abril de 2024

Para Elisa 2

Por una vez me he decidido a dar continuidad a un relato que, en principio, solo debía tener un episodio, y todo para dar satisfacción a más de uno/a de mis querido/as lectore/as. Para refrescar la memoria y comprender mejor esta continuación, podéis pinchar AQUÍ y el enlace os llevará al relato original que participó en el microrreto de El Tintero de Oro que pedía escribir un microrrelato en el que la música fuera parte de la historia.


Aquella noche soñé con Teresa. Estaba sentada al piano y tocaba Para Elisa, sonriéndome e invitándome a sentarme a su lado, en la banqueta, para que le besara delicadamente el cuello como solía hacer. ¡Qué sueño tan grato! Fue tan real... Hasta que un trueno, retumbando como un cañonazo, me despertó sobresaltado. Las llamas, todavía vivas en la chimenea, iluminaban la pequeña estancia y proyectaban sombras chinescas por doquier. Me incorporé. Me despojé de la manta que me cubría y fui a ver si la ropa que había tendido junto al fuego estaba ya seca. Entonces la vi. Sentada en un rincón, en una butaca rústica, como todo a su alrededor. Creí que todavía soñaba. Teresa se levantó lentamente y me tendió las manos. Nos fundimos en un abrazo apasionado. Mis lágrimas empapaban el pálido y suave cuello que tantas veces había besado. Solo pude decirle una frase entrecortada por el llanto: «Te extraño tanto, mi amor». Y antes de que todo volviera a la triste realidad, tuve ocasión de oír cómo ella me respondía: «No estás solo, amor mío, estoy aquí contigo».

No sé por qué, pero no me atreví a volver a aquella ruinosa iglesia en la que días atrás había sonado Para Elisa en un piano inexistente, aun sospechando que había sido el espíritu de Teresa quien había obrado tal prodigio y que —ahora lo sé— con toda seguridad fue el modo que empleó para comunicarse conmigo. Pero tampoco he sido capaz de marcharme de aquí y volver a casa como si nada hubiera ocurrido. Me había tomado unos días de descanso para superar el duelo, relajarme y pensar en lo que sería mi vida a partir de entonces, pero en lo único en lo que pensaba era en mi amada. Así que me quedé en la cabaña que había alquilado para aquel menester e hice lo que me había propuesto hacer cuando llegué y lo que mejor se me da: pintar.

No sé si mi mente está jugando conmigo a un juego macabro. Todas las noches, sin excepción, Teresa viene a verme. Charlamos horas enteras. Recordamos el pasado, observa mis lienzos con interés y alaba mi trabajo. Al principio solo pintaba los paisajes que se abrían ante mis ojos desde la mañana hasta el atardecer. He pintado amaneceres anaranjados; puestas de sol rojizas sobre las blancas cumbres; el lago jugando a ser el espejo de todo lo que le rodea; las nubes borrascosas amenazando tormenta; el viento inclinando a duras penas los altos y robustos abetos de los que solo logra arrancarles la nieve. Las águilas reales, los urogallos, los mirlos y los rebecos han sido también modelos involuntarios de mis pinturas. Pero últimamente he vuelto al retrato. Tengo ya más de una docena de cuadros de Teresa. No hace falta que pose para mí, como antaño hacía. La reproduzco con los ojos cerrados. Sentada junto a la lumbre; bajo el porche; tumbada sobre un verde prado, rodeada de amapolas, rododendros y edelweiss; caminando por el bosque; tendida al sol del invierno junto al rio, junto al lago, riendo, saltando, bailando.

Teresa quiere que vuelva al que fue nuestro hogar. Me dice que este no es mi lugar, que debo volver a mi estudio, a mi vida anterior, la auténtica. Insiste en que ya he encontrado lo que vine a buscar: la alegría de vivir. En realidad, no sé en busca de qué vine hasta aquí. Quería huir de todo lo que me recordara la pérdida de mi amada y empezar de nuevo, si es que podía sobrevivir a su ausencia. Pero no puedo ni quiero vivir borrándola de mi existencia, sino en su compañía. Quizá ella tenga razón. Me siento un hombre nuevo, con renovadas ganas de vivir y de pintar. Sí, volveré a nuestro hogar. Ahora que la he recuperado y que no volverá a abandonarme. Me ha dicho que mientras pinte, ella me deleitará con aquellos nocturnos que tanto me gustan y, cómo no, con nuestra pieza favorita Para Elisa. Sí, lo haré por ella y para ella. Lo haré por nosotros.


lunes, 25 de marzo de 2024

Estoy muerto

 


Me lo dijo aquel tipo, empuñando un arma: «Estás muerto, tío», y no me lo creí, pues pensé que tan solo era una bravuconada. Pero resultó ser cierto. Bueno, en aquel momento no estaba muerto, claro, fue al cabo de unos larguísimos minutos, cuando, ya exánime, se volvió todo negro.

No sé por qué lo hizo, yo no tenía enemigos —al menos que yo supiera— ni deudas pendientes, y llevaba una vida muy normalita. Su razón tendría, y supuse que la principal debió ser despojarme de mis pocas pertenencias: un reloj que daba el pego y que me había regalado mi ex —así que seguro que era una baratija—, mi cartera —que solo contenía unos cincuenta euros, pues no suelo llevar mucho dinero encima— y poco más. Vamos, que el tío debió confundirse de víctima, o iba borracho o muy necesitado. Pero matar a una persona sin asegurarse de quién se trata y qué botín puedes conseguir es muy bestia.

Y ahora qué, me dije al “despertar” de aquel trance. Me costó un poco comprender que estaba muerto. La primera prueba de ello fue que nadie me veía, empezando por el municipal a quien recurrí para contarle lo que me había pasado.

Pero lo más extraordinario fue saber que había muchos otros como yo, deambulando sin rumbo fijo y preguntándose qué hacer. Somos tantos que hemos montado un grupo al que hemos bautizado con el nombre de muertos sin fronteras, pues los hay de todas las nacionalidades. Al parecer, podemos viajar —o teletransportarnos, como alguien sugirió que era lo que realmente hacíamos— adonde nos parezca en un tiempo récord. Siempre quise viajar gratis, y mira por dónde ahora lo he conseguido.

Al principio me lo tomé muy alegremente. Nadie quiere morir, por muy mal que le vayan las cosas. Pero yo soy distinto. Siempre quise saber qué había al otro lado, y ahora que lo sé, la verdad es que no hay gran cosa, pero por lo menos no se sufre y todo lo ves con otros ojos, unos ojos inmateriales, claro. Y, además, a mi favor estaba el hecho de que no tengo a nadie, salvo a una ex odiosa a la que, por fortuna, he perdido de vista definitivamente —o eso creía—. Además, mi vida era muy insulsa y solitaria, con un empleo de mierda y siempre preocupado por llegar a fin de mes.

Ha habido momentos en los que he disfrutado de mi inmaterialidad. No siento dolor ni malestar alguno, ni hambre, ni sed, ni sueño. Aunque bien pensado, comer, beber y dormir eran de los pocos placeres que me podía permitir. Lo más divertido, si se puede calificar así, es poder merodear y fisgonear por donde me da la gana sin ser visto. De niño decía que me gustaría ser invisible, una tontería como cualquier otra. Pero nunca me habría imaginado que llegara a ver cumplido mi deseo. Y la verdad es que ha acabado resultando muy práctico, como podréis ver más adelante.

Pero al cabo de un tiempo, que me resulta imposible determinar, mi nuevo estado se convirtió en una rutina insoportable. Yo creía que encontraría a mis seres queridos y amigos que me precedieron en el traspaso, pero nada de nada. Así las cosas, decidí, aprovechando mi invisibilidad, buscar a mi asesino para encontrar respuestas. ¿Quién sería? ¿Por qué lo hizo? ¿Lo hizo motu propio o siguiendo indicaciones de alguien?

Me costó lo mío dar con él, pero lo conseguí. Lo localicé en un antro de mala muerte. Se dedicaba a asaltar a la gente en la calle tan pronto como se ponía el sol y no reparaba en asestarles una cuchillada o un disparo a bocajarro con tal de salirse con la suya. Estuvo en la cárcel muchas veces y siempre salió al cabo de poco tiempo por buena conducta y por redención de la pena por el trabajo desempeñado entre rejas.

Nunca he sido una persona vengativa, pero a este decidí amargarle la vida hasta el día en que esta caducase, que esperaba fuera pronto.

De este modo, me convertí en un fantasma justiciero, que impartiría justicia por mí y por todos a los que dieron sepultura por culpa de ese psicópata. Y me propuse hacerlo de la forma más clásica y propia del género gótico: aterrorizándole. No hay nada mejor y menos cruento que un infarto agudo de miocardio y ¡zas!, al otro mundo.

Y con esa idea me planté en su piso —por llamarlo de algún modo— esperándole, impaciente, para llevar a cabo mi cometido.

Cuál fue mi sorpresa cuando le vi entrar acompañado de una mujer que no era otra que mi ex esposa, a la que llegué a odiar hasta desearle la muerte. Pero qué digo, ¿llegué a desearle la muerte de verdad? Pues sí. Ahora lo recuerdo todo: nuestra tumultuosa relación, los celos, las broncas diarias, su alcoholismo y posterior drogadicción, y toda una serie de comportamientos asociales y agresivos. Nos separamos de muy mala manera, con amenazas por su parte, con despojarme de todo lo que tenía, de arruinarme la vida. Pero, por lo visto, no le ha ido muy bien, pues vivir en un agujero como este no es lo que, supongo, se proponía. Así las cosas, no me cupo ninguna duda de que ella estuvo detrás de mi asesinato. Pero ¿qué salía ella ganando con mi muerte? No soy rico ni llevaba encima mucho dinero y, aunque lo hubiera llevado, nadie se monta una nueva vida con unos miles de euros, que es todo lo que tenía en la cuenta corriente.

Oí que hacían planes de un futuro por todo lo alto. Hablaban de una herencia. ¿Herencia? ¿De quién? Presté atención y entonces lo entendí todo. Un día Interceptó mi correspondencia y la carta que encontró en el buzón a mi nombre, con el remitente de una notaría, me declaraba único heredero de un tío soltero del que solo había oído hablar en casa, de niño, en contadas ocasiones y que, al parecer, había hecho fortuna. Me dejaba todos sus bienes, solo debía pasar a firmar los papeles y sería inmensamente rico. Mi muerte, por lo tanto, beneficiaba a mi ex mujer, pues, como todavía no estábamos divorciados, aparecía en nuestro testamento, todavía vigente, como mi única heredera en caso de que yo muriera. Sabedora de ello, no le debió resultar muy difícil dar con un delincuente barriobajero para que ejerciera de verdugo.

Una vez sobrepuesto de la sorpresa, me juré no permitir que se salieran con la suya. Pagarían por lo que me habían hecho.

Aprovechando mis cualidades fantasmales, me dirigí a la notaría donde habíamos depositado nuestro testamento cuando todavía éramos una pareja feliz y, ni corto ni perezoso, cambié el nombre del beneficiario, que, en lugar de mi ex, pasaba a ser unas ONG nacionales e internacionales que siempre he admirado. Os estaréis preguntando cómo un fantasma puede escribir. En realidad, no escribí nada, en el sentido estricto de la palabra. ¿Cómo lo hice, pues? Solo sé que fue mi mente quien obró ese pequeño prodigio. Los seres inmateriales podemos actuar de muchos modos, sobre todo por telepatía. Perderemos nuestras facultades físicas, pero las mentales las desarrollamos hasta el extremo de poder cambiar una cosa por otra, mover objetos y hacerlos aparecer o desaparecer. Bastante divertido, la verdad. Y muy útil, como podéis comprobar.

El caso es que, con la nueva redacción, todos los bienes que debía heredar de mi ignorado tío pasarían directamente a esas Organizaciones sin ánimo de lucro al no existir con vida ningún otro heredero. De este modo, la primera parte de mi plan ya se había consumado. Ahora faltaba coronarlo con algo mucho más espectacular y definitivo: la guinda que colma el pastel.

Una vez de nuevo en su cuchitril, aprovechando la ausencia de esa pareja de cuervos, abrí su armario y les cambié sus ropas por otras mucho más chic y valiosas: a él le puse un traje de Gucci y a ella un vestido de Chanel y un bolso de Hermes. De esa guisa, parecerían dos nuevos ricos paseándose por los bajos fondos. Unas presas seguras. Quien a hierro mata...

De haber sido un poco inteligentes, habrían sospechado que algo extraño había detrás de ese cambio, pero creyeron que se trataba de un obsequio de algún cliente como pago extra de alguna de sus últimas fechorías, lo que vino a corroborar una nota de agradecimiento que dejé en un lugar bien visible. Y el truco funcionó, ya lo creo que sí.

Al poco de haber puesto los pies en la calle, los gritos, golpes y disparos resonaron por todo el barrio, que al instante quedó vació, sin que nadie osara a acercarse y mucho menos a ayudar a aquel par de individuos tirados en medio de la calle y rodeados de un gran charco de sangre. Solo yo me acerqué lo suficiente para comprobar que mi plan había surtido efecto. Cuando levantaron la cabeza y me miraron con ojos inexpresivos y vidriosos, esbocé una sonrisa de satisfacción y les dije: «bienvenidos al otro lado. Espero que no volvamos a vernos nunca más». Y me volatilicé.

Sigo estando muerto, pero ahora me siento más vivo que nunca.


miércoles, 6 de marzo de 2024

Para Elisa

El microrreto de este mes de marzo al que nos desafía El Tintero de Oro, consiste en escribir un microrrelato, de un máximo de 250 palabras, en el que la música sea un personaje más de la historia. Espero haber cumplido con este requisito. Aquí os dejo mi aportación titulada “Para Elisa”. Espero que os guste.


Al estado ruinoso del cementerio, se le añadía la dejadez de unas tumbas cuya piedra había sufrido las inclemencias del paso de los años. El texto grabado en las lápidas era ilegible. Una capa de líquenes las cubría. Un color negruzco dominaba el espacio. El viento amplificaba la atmósfera tétrica del recinto.

A punto de abandonar el lugar, oí una suave melodía. Procedía del interior de la iglesia. Era el sonido de un piano y la melodía, aunque lejana, era reconocible: “Para Elisa”, de Beethoven, la pieza favorita de Teresa. «Toca tu tema favorito, Teresa, que al gran maestro le complacerá», solía decirle en broma. ¡La extraño tanto!

Cuando entré en la iglesia, tras forcejear con un cerrojo más que oxidado, me vi ante una pequeña nave de paredes desconchadas, con unos pocos bancos carcomidos y un altar desnudo. La música, ahora más audible, procedía del coro, al que se accedía por unas empinadas escaleras de madera. Me dirigí al altar y, dando media vuelta, miré hacia la parte superior de la entrada. El coro, que pendía milagrosamente de la pared, estaba vacío. Pero “Para Elisa” seguía sonando y reverberaba por toda la estancia. Salí corriendo como alma que lleva el diablo, tapándome los oídos para no volverme loco. Fuera, un aguacero descargó en cuestión de segundos. Cuando llegué a la cabaña, empapado y temblando de frio, me despojé de la ropa mojada, me tumbé en la cama y me quedé dormido. Soñé con Teresa. ¿Qué querría decirme? ¿Estará bien?