sábado, 10 de febrero de 2024

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

 


Parece mentira que una lectura sea capaz de evocar unos recuerdos que habíamos eliminado de nuestra mente, como si despertáramos de una letargia o de un sueño placentero para darnos de bruces con una angustiosa realidad.

Aunque he visto alguna película y serie televisiva basadas en la novela de Robert Louis Stevenson, titulada El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, nunca había tenido la oportunidad de leerla y si lo he hecho ahora ha sido porque me la regaló mi hermano estas pasadas navidades.

Al principio era reacio a hacerlo, pues la trama me era muy conocida, pero como las novelas suelen ser mejores que las películas a las que dan lugar, me dije que bien valía la pena destinar unas horas a su lectura para comprobarlo.

Pero algo extraño obró en mí. A medida que avanzaba en la lectura, me vi cada vez más inmerso en los acontecimientos que se narran, sintiéndome inevitablemente atraído por ese doctor que de día es un hombre respetable y de noche una bestia salvaje. Lo más curioso es que, al margen de la fantasía, veía en esa historia un atisbo de realidad, una realidad que me resultaba muy familiar. De algún modo, me vi reflejado en las andanzas de ese personaje de dos caras.

De pronto, como si de una revelación se tratara, recordé que de niño tenía un comportamiento que alarmó a mis padres y que un especialista diagnosticó como un trastorno bipolar. Ello les alivió relativamente. «Existe un tratamiento muy eficaz para esta afección. Su hijo podrá llevar una vida totalmente normal», afirmó el médico. Y digo relativamente porque mi querida madre, que se preocupa en exceso por todo, y mi padre, que es de naturaleza pesimista, no dejaron, desde entonces, de controlar mis movimientos y me observaban constantemente como si fuera un loco peligroso del que tenían que protegerse. Solo mi hermano, inmune a cualquier espanto, me trataba con aparente normalidad, aunque creo que, en el fondo, también me consideraba un bicho raro.

Para los que no lo sepáis, la bipolaridad se manifiesta por cambios repentinos e intensos del estado de ánimo, pasando de una actitud eufórica a una irritable o depresiva. Tuve que asumir, por lo tanto, que tenía una enfermedad mental que requería un tratamiento farmacológico constante, que no debía abandonar bajo ningún concepto. Consciente de la preocupación de mis progenitores, me esforcé en controlar algunos impulsos de tipo maníaco que les habría alarmado.

Creo que esa represión férrea que me autoimponía de día, hizo que, por la noche, con el ánimo más relajado, los arrebatos me asaltaran de una forma mucho más agresiva, desarrollando así una dualidad de comportamiento: de día aparentaba ser una persona normal y por la noche me convertía en un ente fuera de todo control. Esa agresividad nocturna, imposible de detener, me obligó a escabullirme de casa para que mis padres no se percataran de lo que pasaba, pues temía que pudiera destrozar todo a mi alrededor y quién sabe si hacerles a ellos un daño físico. En el primer arrebato que tuve de este tipo, solo llegué a destrozar mi ordenador, porque mis padres, alertados por el ruido, acudieron raudos a mi habitación. No sé qué excusa les di porque apenas me acuerdo de lo ocurrido. Sí sé que estos episodios iban siempre precedidos de un aviso, como dicen que les ocurre a los epilépticos. Así pues, tan pronto notaba que se iba a producir uno de ellos, sin saber cuán agresivo sería, salía de casa y merodeaba por los alrededores, pensando que el aire fresco y el cambio de ambiente me calmarían. No obstante, a veces me despertaba tumbado sobre un banco o en mi cama sin recordar nada de lo sucedido durante esos lapsus mentales. Por suerte, siempre había podido volver a casa sin despertar a nadie.

La cosa empezó a preocuparme cuando aparecieron en el vecindario gatos y perros con los huesos quebrados y, en alguna ocasión, abiertos en canal. Enseguida corrió la voz de que había un perturbado sádico que atacaba a esos pobres animales como lo haría una alimaña, alertando de ello a todos los propietarios de un animal de compañía.

Al conocer esa horrible noticia, instintivamente la relacioné con mis salidas y ausencias mentales nocturnas. Me horroricé ante la posibilidad de que yo fuera el autor de esas muertes, que mi trastorno mental me hubiera convertido en un monstruo peligroso para la sociedad, pues ¿quién me decía a mí que una noche no la emprendería del mismo modo con un sintecho o un transeúnte cualquiera? ¿Qué podía hacer para evitarlo? ¿Atarme a la cama? Yo solo no podía hacerlo, necesitaría ayuda. Y entonces decidí confesárselo todo a mi hermano, pues de haberlo sabido mis padres, seguramente me habrían internado en un centro psiquiátrico.

De este modo, todas las noches, sin excepción, mi hermano me ataba de pies y manos a la cama, y a la mañana siguiente, muy temprano, me soltaba. Para él todo eso le resultaba divertido, como si de un juego se tratara; por ello, seguramente, nunca puso ningún impedimento. Pero esa situación no podía alargarse indefinidamente. Mi hermano empezó a cansarse de todo ese ajetreo y yo tampoco soportaba mis ataduras. No podía vivir así de por vida. Por lo tanto, decidí visitar al psiquiatra que me había instaurado el tratamiento, argumentando que este ya no hacía el efecto deseado y temía que mi enfermedad se agravara. Aquel decidió, pues, cambiarme la medicación por otra más reciente y probablemente más eficaz, como así resultó ser, pues mis episodios se redujeron sustancialmente hasta desaparecer.

Y fueron pasando los años, hasta que llegó el día en que decidí empezar una nueva vida fuera del cobijo familiar. Cuando terminé mis estudios superiores, con mi primer sueldo, alquilé un piso no muy alejado de la vivienda paterna. Nunca se sabe cuándo uno puede necesitar la ayuda de la familia. Ya no necesitaba que nadie me atara a la cama y aunque llevaba tiempo exento de síntomas, corría el riesgo de que mis delirios asesinos reaparecieran.  Pero, para mi tranquilidad, nada anormal ocurrió. Reinaba la calma y aquellos episodios tan desagradables pasaron a la historia, olvidándolos por completo. Hasta hoy.

Este mediodía, después de diez años de mi emancipación, me ha asaltado una terrible duda. En el Telenoticias han informado que se han descubierto cuatro cadáveres enterrados en un solar en obras del barrio, que han sido hallados por unos operarios al remover la tierra con una excavadora. Según el forense, aunque todos ellos presentaban múltiples cuchilladas, la muerte les sobrevino por un fuerte golpe en la cabeza, con hundimiento del cráneo y pérdida de masa encefálica. El arma del crimen tuvo que ser un objeto pesado y con el extremo romo.

Según han hecho saber las autoridades, los cuatro sujetos llevaban muertos una o dos semanas. La autopsia lo acabará de confirmar. Un portavoz de la policía ha afirmado que, con toda probabilidad, los hechos ocurrieron de madrugada, pues la zona suele estar muy concurrida hasta altas horas de la noche y no ha habido testigos oculares. Como no se ha encontrado ningún documento que pueda identificar a las víctimas, la policía está revisando todas las denuncias de desapariciones recientes.

De pronto he sentido un fuerte mareo y me he desvanecido. Al volver en mí, he intentado sosegarme infructuosamente. Todavía no era la hora de tomarme la medicación, pero lo he hecho, por si acaso tenía una recaída. Mi nerviosismo sobrepasaba con creces la calma que reclamaba mi cuerpo y mi mente. ¿Podía ser yo el autor de esos asesinatos como lo fui presuntamente, años atrás, de aquellos pobres animales? Reconozco que, con la lectura de esa maldita novela, mi mente ha volado, en más de una ocasión, por un sendero maligno, imaginándome actuando como ese Míster Hyde. Incluso, en una ocasión, recordando alguno de los pasajes más violentos, he sentido una malsana excitación. Pero una cosa es la imaginación y otra la realidad. Yo no podía ser el asesino de esos cuatro desgraciados. ¿Acaso esa novela me había trastornado tanto como para adoptar, sin darme cuenta, la doble personalidad de su protagonista? Tenía que ser casual que esas cuatro muertes se produjeran justamente durante los días que invertí en la lectura de la misma.

De todos modos, conociendo mis antecedentes, muy a pesar mío y solo para eliminar toda sospecha sobre mi más que dudosa autoría, he puesto el apartamento patas arriba para comprobar que no existe prueba alguna en mi contra.

La búsqueda se ha prolongado más de una hora, tras la cual solo quedaba por revisar el altillo de mi armario trastero. Allí guardo recuerdos de mi infancia, olvidados en una vieja caja de zapatos. La he abierto con manos temblorosas con solo pensar que podía contener alguna prueba incriminatoria. Pero ¿qué prueba podía haber en una pequeña caja de cartón?

A simple vista no había nada extraño, pero bajo mis colecciones de cromos, un montón de viejas fotografías y dos medallas de natación de mi época escolar, he hallado cuatro carteras que nunca había visto. ¿Pertenecerían a los cuatro hombres asesinados? Aun intuyendo que así era, no he querido abrirlas, me las he guardado en mi mochila y he salido raudo a la calle. Tras haber andado un par de kilómetros y cerciorarme de que nadie me veía, las he sacado, las he limpiado con un pañuelo para no dejar huellas y las he arrojado a un contenedor.

Lo único que puedo hacer ahora es seguir atentamente las noticias, aunque no sé muy bien porqué. ¿Por morbo, como haría un asesino en serie? La novela de Stevenson también la echaré en el primer contenedor que encuentre, aunque es absurdo. Dudo mucho que pudiera ser considerada una prueba que justificara mi comportamiento, pues no soy sospechoso de nada. O quizá se la devuelva a mi hermano. Pero cuando he vuelto a casa, no ha habido forma de encontrar el maldito libro. Mejor así.

Consternado por lo que acababa de descubrir, pues imaginaba que mi bipolaridad agresiva estaba perfectamente controlada y que aquellos episodios que tanto me habían perturbado ya eran cosa del pasado, me he tumbado en el sofá, sin saber qué rumbo tomar.

 

Llaman a la puerta. ¿Será mi hermano? Últimamente frecuenta cada vez más mi apartamento, del que, poco a poco, está tomando posesión. Dice que también quiere independizarse, pero que no tiene dinero suficiente. Empezó quedándose a dormir cuando pillaba una cogorza de aúpa y no quería que nuestros padres lo vieran en ese lamentable estado. Luego, sus estancias se han ido prolongando, dice que es para hacerme compañía. Encima, está utilizando el poco espacio libre que me queda para embutir en él ropa, enseres personales y algunos trastos, el último ha sido su bicicleta y el bate de cuando jugaba a beisbol y al que le tiene mucho cariño. Pero ahora que lo pienso, no lo he visto por ninguna parte durante mi inspección ocular de esta tarde.

Miro por la mirilla y es, efectivamente, mi hermano. Lleva una bolsa de deporte en la mano. Es la que usa para ir al gimnasio. Me dice que hoy también se quedará a dormir, pues ha quedado con unos amigos y seguramente volverá de madrugada y no sabe en qué estado. Se ha ido a duchar, pues, con las restricciones de agua, las duchas del gimnasio están inutilizables. Mientras está en el baño no puedo dejar de mirar la bolsa de deporte que ha dejado en el suelo. Por las dimensiones, bien podría contener un bate de beisbol. ¿Habrá sido mi hermano quien se ha quedado con la novela? No, si ahora resultará que, además de bipolar, soy un paranoico.


martes, 30 de enero de 2024

Un cuento de enanos

De entre los cuentos que escribí y publiqué hace años en mi desaparecido blog en catalán, había este, un cuento de enanos. El temor a que el término enano se tomara como algo peyorativo, especialmente hoy día, que debemos ir con mucho tiento a la hora de usar ciertos calificativos ya desfasados, hizo que no me atreviera a publicar su versión en castellano. Sin embargo, considero que la historia que se narra en este cuento, tiene mucho de reivindicativa a favor de las personas que sufren una discapacidad física que les supone una lacra personal y les segrega del resto de la sociedad. Así pues, he conservado el término enano para describir a las personas con acondroplasia y que han tenido que sufrir la burla por parte de mayores y niños a lo largo de los años. Dicho esto, espero que el cuento os guste.



Miguelito, a sus seis años, no había visto nunca un enano, salvo los que actuaban en el circo que venía, una vez al año, al pueblo, y que tanto le hacían reír. Saltaban, bailaban y hacían ridículas muecas, mientras corrían por la pista, peleándose entre sí como si se hubieran vuelto locos.

—Son hombrecitos, hombres pequeños —le dijo Juan, su padre, ante la mirada incrédula del niño, porque este creía que eran personas de algún país en el que todos eran así de pequeños, como los pitufos, que vivían en un lugar apartado de la vista de la gente normal.

Un día, cuando Miguelito volvía a casa, al salir de la escuela, se encontró de pronto con uno de aquellos hombrecillos. El circo hacía días que se había marchado. ¿Cómo era, pues, posible que uno de los enanos estuviera todavía en el pueblo? La curiosidad hizo que le siguiera, viendo que entraba en el bar de la plaza. Miguelito prestó, desde la calle, atención a lo que sucedía allí dentro.

—Necesito trabajar. ¿No necesitaréis acaso ayuda en el bar? —oyó que le preguntaba al señor Jaime, el propietario.

—Pero ¿cómo quieres que te contrate como camarero si apenas llegas a la mesa? —le contestó aquel con una carcajada.

El enano dio media vuelta y, sin decir esta boca es mía, salió a la calle. Parado en medio de la plaza, encendió un cigarrillo y se sentó en un banco, bajo un frondoso plátano, triste y apesadumbrado.

Miguelito corrió a sentarse a su lado.

—Hola —dijo al cabo de un rato—. Me llamo Miguel, pero todos me llaman Miguelito. ¿Y tú, cómo te llamas?

—Me llamo Pedro, pero tengo otros nombres. En mi pueblo todo el mundo me conocía como Pedrito paticorto. En el circo era Champiñón. —y ante la cara de extrañeza del niño, continuó—. Todos los enanos del circo teníamos nombres de setas, debido a nuestra corta estatura: Níscalo, Boletus, Rebozuelo y Colmenilla.

—Y ¿por qué esos nombres? —quiso saber Miguelito.

—Pues porque así lo quiso el dueño del circo. Decía que le recordábamos a las setas.

—Y a ti, ¿por qué te llamó Champiñón?

—Pues, según me dijo, por mi cuerpo achaparrado y mi piel tan blanca—. Y tras unos segundos de mutismo, Miguelito reemprendió la conversación, pues quería saber más cosas de ese desconocido tan especial.

—Yo te he visto en el circo haciendo volteretas y muchas más cosas graciosas. Era muy divertido.

—Sí, sí, muy divertido para el público, pero si no fuéramos enanos nadie se reiría de las tonterías que hacemos. Yo ya hace mucho tiempo que quiero dejar esta profesión. Me gustaría llevar una vida como el resto de la gente, como la que tu tendrás cuando seas mayor.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó Miguelito.

—Acabo de cumplir veinticinco. Y llevo más de diez años trabajando en el circo.

—Y ¿en qué país naciste? No pareces extranjero.

—Porque no soy extranjero. Nací en la Pobla de Segur, aquí al lado, como quien dice.

Y entre calada y calada, Pedro le contó que el enanismo es una enfermedad que no deja crecer a las personas; que sus padres eran “normales” —entrecomillando esta palabra con sus dedos pequeños y gordezuelos—; cómo fue su vida en el pueblo hasta que decidió unirse a un grupo de payasos que organizaban fiestas para los niños de buena familia: cumpleaños y celebraciones varias. Hasta que terminó trabajando en el Gran Circo Price, en el que Miguelito lo vio por primera vez.

Pedro añadió que, habiendo decidido abandonar la vida circense, necesitaba encontrar un trabajo digno y serio por una vez en su vida. Estaba harto de hacer reír a la gente.

—Pero el primer lugar donde he preguntado, en ese bar de la esquina, me han mandado a paseo. Al parecer no tengo la talla suficiente para servir mesas. ¿Te lo puedes creer? Supongo que la gente se reiría de mí y el dueño del bar prefiere no tener problemas con la clientela. Tendré que ir de puerta en puerta, a ver si alguien me da un trabajo.

Miguelito, después de pensárselo unos minutos, le miró con unos ojos iluminados y le dijo:

—¿Te gustaría trabajar en la vendimia? Mi padre tiene unas viñas. La uva está a punto para ser recogida, las cepas son bajitas, más o menos de tu altura. Te resultaría fácil y nada cansado, pues no tendrías que agacharte como los demás, la gente más alta. Claro que, de momento, solo tendrías trabajo para un mes, pero puedo hablar con mi padre y quizá te pueda encontrar un trabajo para el resto del año.

—Hombre, yo no tengo experiencia en eso de recoger uva, pero lo he visto hacer y puedo aprender. Lo que sí se me da bien es la cata de vino —añadió, Pedrito paticorto, guiñándole un ojo.

Y así fue. Después de trabajar duro durante la vendimia, el padre de Miguelito le contrató como ayudante en las bodegas, en la elaboración del vino. Bregando entre botas, con el tiempo, Pedro demostró ser un buen trabajador y un catador de vinos excelente. Hoy es un famoso sumiller en el restaurante más popular de la comarca, Casa Pedro Botero, del que son propietarios Pedro y Juan. Miguel —ya no quiere que le llamen Miguelito— es uno de los ayudantes de cocina. Tiene muy buena mano con los fogones. Algún día será el Chef.

 

Y esta es la historia de cómo un enano, un hombre de corta talla, incapaz, según algunos, de servir mesas, se convirtió en un gran experto en vinos y, sobre todo, en un gran hombre. Su próximo proyecto consiste en abrir un nuevo restaurante en el que solo trabajará gente pequeña. Ya ha elegido el nombre: La casa del Champiñón. Por supuesto, en la carta habrá un gran surtido de setas.


viernes, 19 de enero de 2024

Maldita rutina

 


Juan había sido siempre un hombre perfeccionista y de costumbres fijas. Desde que se levantaba por la mañana hasta que salía a la calle todo lo que hacía era una retahíla de actos rutinarios realizados siempre en el mismo orden. Eso, decía, tenía una ventaja: que nunca se podía olvidar de nada, ya que, al ser una actividad automática en cadena, no había lugar para el despiste.

Tanto en su trabajo como en su vida privada, Juan no dejaba nada a la improvisación, debía tenerlo todo controlado, pero eso, lejos de tranquilizarlo, le estresaba, pues le obligaba a ir constantemente con mucho tiento y controlar lo que hacía el personal a su cargo.

Consciente de que el estrés constante que sufría era peligroso para su salud, física y mental, intentaba apaciguar la desazón que le producía el trabajo, incluso los fines de semana, ocupando su tiempo libre con actividades agradables, como la lectura, la música y el cine, que le distraían puntualmente de los problemas cotidianos. Sin embargo, consideraba que con ello solo sustituía una rutina, la del trabajo, por otra, en absoluto pesada, claro está, pero que acababa siendo igualmente monótona. Para Juan, toda su vida era pura rutina y la dividía, como solía decir, en rutina de días laborables y de fin de semana, y esta última en rutina de verano y de invierno. Cambiaba el escenario, el continente, pero no el contenido.

Juan se quejaba, cada vez más, de la insoportable vida rutinaria que llevaba, haciendo siempre las mismas cosas. Si todo era rutinario en su vida hogareña, en el trabajo ya era el summum: todo programado hasta el último detalle, toda una serie de actividades inamovibles, con guías y normativas para cualquier tarea, y todo eso con un horario irracional. En definitiva, siempre las mismas tareas y las mismas obligaciones, pesadas y aburridas, una tras otra, día a día, hasta las tantas de la tarde.

Al final, Juan se hartó de llevar una vida laboral más propia de un esclavo que de un profesional preparado y responsable, y se propuso, como fuera, cambiarla por otra mucho menos programada, más divertida, en la que la iniciativa, el criterio y la libertad de movimientos llenaran una jornada que, de este modo, pasaría volando sin apenas darse cuenta. Ya se sabe: cuando se hacen las cosas con gusto y ganas el tiempo no cuenta.

Al poco de habérselo planteado, gracias a la suerte y a un amigo de toda la vida, muy bien relacionado con el mundo del cine, a Juan se le presentó la oportunidad de cambiar su aburrido trabajo de tantos años, como jefe de contabilidad de aquella gran y monolítica empresa multinacional, por uno totalmente distinto, mucho más dinámico y estimulante como ayudante de producción en unos estudios de doblaje muy importantes de Barcelona, en los que se doblaba casi el ochenta por ciento de las películas proyectadas en nuestro país.

La esposa de Juan entró en pánico tan pronto se lo hizo saber.

 

—¿Te has vuelto loco? A quién se le ocurre abandonar un trabajo de tantos años, como el tuyo, con un cargo importante y un buen salario, para hacer vete tú a saber qué —le espetó, furiosa.

—Cualquier cosa me irá bien para empezar, ya iré escalando puestos poco a poco. Sabes que aprendo fácilmente y que el trabajo no me asusta. Necesito cambiar de actividad y de ambiente como el aire que respiro y salir de este pozo en el que me hallo si no quiero volverme loco —le respondió Juan con una vehemencia nunca vista en él.

Viendo, pues, que no había marcha atrás y creyendo, como Juan le aseguraba, que aquel nuevo trabajo sería un bálsamo para su insatisfacción crónica y el remedio para su constante ansiedad, su mujer acabó claudicando; amaba a su marido y quería lo mejor para él. Si él era feliz, ella también lo sería. De esta manera se habrían acabado los quebraderos de cabeza. Que sea lo que Dios quiera, pensó, resignada.

Y así, Juan cambió la rutina diaria revisando hojas y hojas de gastos, facturas y más facturas, comprobando extractos bancarios, redactando informes y más informes, cuadrando cuentas y balances, haciendo los reportes semanales, mensuales y anuales, preparando los presupuestos trienales y quinquenales, en fin, todo ese trabajo tedioso e ingrato, por la de servir cafés y bollos a los dobladores, visitantes y personal técnico, abrir la puerta cada vez que alguien llamaba, que era cada dos por tres, atender al teléfono, tomar nota de los mensajes que muchos dejaban para transmitírselos a los interesados y, lo más interesante de todo, archivar en cajas las grabaciones dobladas, clasificadas por título, fecha de producción y nombre de la distribuidora. Bien, y cualquier cosa que el director le pidiera a toda prisa. Y, por supuesto, como había mucho trabajo, no tenía una hora fija para marcharse a casa; era el primero en llegar para poder encender las luces, poner en marcha el aire acondicionado, la fotocopiadora, la máquina de café y revisar que las señoras de la limpieza hubieran limpiado bien las salas de doblaje y vaciado las papeleras. Para no olvidarse de nada, le dijeron, sería mucho mejor que lo hiciera todo en ese orden.

 

Ya hace cinco años que Juan cambió de trabajo y no se atreve a reclamar lo que le prometieron. Ya se sabe, la crisis es horrible, tanto que le han tenido que reducir un quince por ciento su salario. Eso o iba a la calle. Y con las indemnizaciones de hoy día y que ya tiene una edad...

 

lunes, 8 de enero de 2024

El fantasma de Don Filiberto

Terminé el año 2023 con un cuento navideño, de modo que he pensado iniciar el actual con uno de fantasmas, pero, eso sí, de los que no dan miedo, sino más bien risa. Y es así, con una sonrisa, con la que deseo estrenar este nuevo año bloguero, para contrarrestar tantas penurias que acechan desde el exterior.

En este caso, también se trata de un cuento recuperado, que acaba de cumplir diez años. Si alguno/as de mis lectore/as tiene tanta memoria como para recordarlo, espero que, aun así, le guste su relectura.


Si, en vida, Don Filiberto ya fue un hombre avaro, egoísta, ingrato, maniático, gruñón y extremadamente quisquilloso, una vez abandonado el mundo de los vivos, se convirtió en un fantasma de lo más insoportable. Si cuando vivía en el más allá, o en el más acá, según quien lo mire, tenía, por culpa de su mal carácter, muy pocos amigos, ahora estaba más sólo que la una pues nadie le tragaba.

No soportaba el sonido de los relojes al dar las horas, pues decía que esas sonoras campanadas le alteraban los nervios y no le dejaban pegar ojo, ni el ruido de las cadenas que sus congéneres se empeñaban, según él, en arrastrar para mayor pavor de los visitantes del lugar, por no mencionar el graznido de los cuervos y menos aún el griterío de los murciélagos  cuando, a medianoche, salían de lo alto de la torre para ir de cacería insectívora. Y así, un sinfín de manías.

Cuando sus compañeros y compañeras del inframundo, como les gusta llamarlo, le reprochaban su conducta insociable y nada propia de un fantasma que se precie, se paseaba todo el día y toda la noche enfurruñado, profiriendo mil y una imprecaciones contra todo aquel y aquella que se le cruzaba por los pasillos y se empeñaba en hacerles la vida todavía más imposible.

Hasta que un día, sus más que hastiados colegas decidieron, tras una asamblea plenaria, expulsarlo del castillo. Maldito el día en que la Secretaría de Recursos Inhumanos decidió destinarlo allí.

Y desde aquel día, el fantasma de Don Filiberto vagó, como alma en pena, por los alrededores de la que debía haber sido su morada eterna.

Solo y abatido, el fantasma de Don Filiberto se sumió en una depresión que lo mantuvo un tiempo incontable en estado vegetativo del que no creía poder salir, hasta que vino a hacerle compañía el fantasma de Don Olegario.

El fantasma de Don Olegario, al igual que el de Don Filiberto, tenía muy mal carácter, motivo por el cual también había sido desterrado de la mansión donde había habitado durante más de un siglo, desde que dejara el mundo material. El fantasma de Don Olegario también había estado vagando, desde entonces, en busca de un refugio, sin que un maldito castillo, mansión o caserón se cruzara con él.

Reunidos así en el más ingrato ostracismo, los dos fantasmas se hicieron amigos, los primeros amigos que habían hecho desde que abandonaran sus cuerpos materiales. Y juntos, trataron de elaborar un plan de supervivencia.

Pasaron los años y cada vez se sentían más desamparados y aburridos. La paz y tranquilidad de los bosques que ahora frecuentaban ya no les atraía y, poco a poco, sintieron añoranza de la compañía de sus semejantes y del calor del hogar, aunque fuera un hogar de difuntos.

Y así, un buen día, tomaron una decisión, dura pero práctica: debían reciclarse, debían asumir las reglas de los fantasmas normales y, como tales, debían adoptar sus hábitos y su mentalidad, debían volver con los suyos, hacer un acto de contrición, pedir perdón humildemente por su mal comportamiento y solicitar su reingreso a la Hermandad de las Almas Buenas. Mejor eso que vagar eternamente sin rumbo y ser abducidos por los malos espíritus, que cada vez eran más, y más agresivos.

Tras pensarlo detenidamente, decidieron ir juntos al castillo donde había morado Don Filiberto, mucho más confortable que la mansión de Don Olegario, pues ya que tenían que pasar allí la eternidad, mejor pasarla con todas las comodidades a su alcance. Además, yendo juntos podrían aunar esfuerzos para convencer a la comunidad de espectros de ser aceptados nuevamente en su seno. Si éstos les veían realmente arrepentidos, ya moverían los hilos para que la Secretaría de Recursos Inhumanos retirara las acusaciones de mala conducta de sus expedientes.

Pero cuando estaban en camino, a pocos kilómetros del castillo, oyeron unos gritos de ultratumba frente a ellos. Cautos, se escondieron bajo la hojarasca para no ser vistos, hasta que atisbaron una pléyade de fantasmas que se dirigían hacia donde estaban y que, despavoridos, parecían huir de algo. Fue entonces cuando el fantasma de Don Filiberto distinguió en ese batiburrillo de fantasmas de toda edad, sexo, creencia y condición a sus viejos compañeros.

Púsose el fantasma de Don Filiberto frente aquella caterva de espíritus enloquecidos para darles el alto y requerirles el motivo de tanto barullo, pero, impotente, vio cómo pasaron a su través sin tan siquiera reconocerle ni prestarle atención. Sólo el último de esa barahúnda de enloquecidos fantasmas, ese niño-fantasma que tanto le había dado la lata en el castillo, pareció reconocerle y se giró en el último instante para decirle, a voz en cuello, que no se acercara al castillo, pues había sido invadido por un espíritu extremadamente violento que, al parecer, estaba buscando a otro a quien quería ajustarle las cuentas. Tal era su mal carácter y su poder maléfico que les había amenazado con entregarlos a los malos espíritus, con los que mantenía muy buena relación, si no le indicaban el paradero del objeto de su ira y de su venganza personal, pues andaba largo tiempo buscándole y se le había terminado la paciencia.

El fantasma de Don Filiberto, viendo así truncadas sus esperanzas y temiendo lo peor, voló frenéticamente tras el niño-fantasma de buen corazón, para requerirle si sabía el nombre de ese espíritu tan peligroso y si, por casualidad, sabía a quién buscaba exactamente.

El pequeño fantasma, exhausto y atemorizado, volando agarrado a la cola de su predecesor, sólo le pudo decir que lo único que sabía era que se trataba de UNA fantasma que se hacía llamar Doña Gertrudis, pero que no sabía el nombre del desafortunado en quien quería descargar toda su ira.

El fantasma de Don Filiberto, más blanco que la sábana que solían usar para espantar a los ingenuos visitantes del castillo, se detuvo en seco y agarrando el brazo incorpóreo de Don Olegario le dijo, con voz trémula y entrecortada: Vayámonos raudos de aquí, Don Olegario, pues ha sucedido lo que llevo mucho tiempo temiendo. Y ante la expresión de incredulidad de éste, añadió: Al parecer, mi señora esposa ha fallecido y su fantasma anda buscándome para ajustar cuentas.

Y desde entonces, una cada vez mayor cantidad de fantasmas andan vagando sin rumbo, como almas atormentadas, buscando refugio y la paz eterna, y que no descansarán hasta que ese espíritu colérico no haya encontrado su propia paz llevando a cabo lo que considera un acto de justicia: que su difunto esposo pague por no haberle dejado, al fallecer, ni un solo euro en herencia.

 

jueves, 21 de diciembre de 2023

Un cuento de pobres

Hoy os presento el cuarto y último cuento rescatado del baúl de los recuerdos y adaptado a la versión en castellano. Es, quizá, el más navideño del cuarteto. Espero que os guste. Y con ello, aprovecho para desearos unas muy felices fiestas. Los deseos para el próximo año son tantos que no caben en este reducido espacio, pero con toda seguridad son comunes y compartidos por todas las personas de buena voluntad.


Érase una vez un hombre muy pobre. Por no tener, no tenía ni una manta con la que abrigarse las noches de invierno. Dormía en la calle. En el barrio todos le conocían como Ramon el mendigo. Pero ¿qué otra cosa podía hacer el pobre Ramon para sobrevivir aparte de mendigar?

Ramon ya no era joven cuando perdió su trabajo. Nadie le ayudó. Lo perdió todo. Se quedó en la calle con cuatro trastos sin valor alguno, salvo el sentimental: el anillo de casado, el reloj que le regaló su mujer poco antes de morir, la foto familiar, aquella que se hicieron por Navidad, el viejo diario en el que había ido escribiendo aquellas historias que nunca llegó a publicar, algunas pertenencias de vestir, no muchas, y poca cosa más.

A pesar de que los días se le hacían muy largos, nunca se aburría. Leía. Leía los periódicos que encontraba en la calle, aunque fueran atrasados, y sobre todo sus viejos escritos, generalmente cuentos para niños, como los que nunca llegó a tener.

Un día, una niña de no más de ocho años se le acercó y le dijo:

—¿Por qué no tienes casa?

—Porque lo perdí todo —le contestó Ramon.

—¿Y no tienes familia o amigos? —insistió la niña.

—Pues no —fue todo lo que Ramon pudo decirle a la chiquilla. ¿Acaso habría podido entender, siendo tan pequeña, lo que había sido su vida en los últimos años?

Al llegar a casa, Jana, que así se llamaba la niña, les contó a sus padres su encuentro con Ramon, rogándoles que hicieran algo por él.

Y así, aquellas navidades, el hombre más pobre que una rata del barrio las pasó en casa de Jana, invitado por sus padres, que se compadecieron de él. Pasadas las fiestas, sin embargo, debería volver a la calle y todo continuaría como antes.

Cuando llegó el día de su marcha de la casa que le había acogido, Jana, plantada en el rellano, con los ojos húmedos, le besó en la mejilla, rasposa y agrietada por el frío, de tantas noches al raso, y le ofreció un regalo de despedida.

—Toma, lo he hecho para ti —le dijo dándole un dibujo en el que se veía a toda su familia alrededor de la mesa el día de Navidad, él incluido.

—Pues yo también tengo un obsequio que darte, para que no te olvides de mí —le dijo Ramon en voz baja—. Guárdatela y no la pierdas, es todo lo que me queda de valor.

Cuando la pequeña, curiosa, abrió el paquetito toscamente envuelto en papel de estraza, vio una libreta de un azul desvaído y gastada de tanto manosearla.

—¿Qué es lo que hay escrito? —le preguntó Jana.

—Historias —le contestó Ramon.

—¿Cuentos? —volvió a preguntar la pequeña.

—Pues sí —aceptó el hombre—. Espero que te gusten.

—¡Qué bien! —exclamó la niña—. Cuando sea mayor haré como tú —añadió después de pensárselo un poco.

—¿Cómo yo? ¿Qué quieres decir? —preguntó Ramon, intrigado.

—Pues que viviré en la calle y escribiré cuentos para los niños y niñas —afirmó con toda naturalidad.

Ramon bajó las escaleras contento y meditabundo a la vez. Mira por dónde, no había pensado en ello. Tan solo necesitaba otra libreta. A partir de ahora viviría para hacer feliz a los chiquillos del barrio.

Desde aquel día, Ramon se ganó la vida escribiendo, contando y vendiendo sus cuentos, que le daban lo justo para comer. Ya no era el mendigo del barrio. Todo el mundo le conocía ahora como Ramon el cuentista. Y era feliz.

Si no hubiera sido tan pobre quizá no habría hallado ningún motivo para ser útil a los demás —pensaba cada tarde, cuando la luz del día se apagaba y su imaginación se iluminaba.

 

No hay niño o niña en es el barrio que no conozca la historia de Ramon el cuentista, que un mal día de invierno apareció muerto con una libreta en las manos y una sonrisa en los labios.

 

Jana cumplió su deseo de seguir los pasos de Ramón, pero solo en lo referente a escribir cuentos para niños, pues su labor escritora tuvo tanto éxito que le permitió vivir holgadamente. Todavía hoy, a sus treinta años, conserva aquella libreta de un azul desvaído y todavía más gastada por el paso de los años. Para ella es un tesoro, un talismán que la convirtió en quien es, y da gracias a aquel viejo cuentista por haberle infundido la ilusión por la escritura.

 

Y es que siempre hay una segunda oportunidad para renacer de las cenizas y ser feliz, y no hay que perder jamás la ilusión para hacer realidad tus sueños.


jueves, 14 de diciembre de 2023

Un cuento de ricos

Hoy os presento el tercer cuento de la serie de cuatro que escribí hace tiempo y que, aun siendo antiguo, por su temática, no deja de tener actualidad. Esta vez les toca el turno a los ricos, Espero que os guste. 



Jofre, a sus cincuenta años, no había tenido que trabajar jamás en su vida. Hijo, nieto y bisnieto de millonarios, llevaba una vida regalada pero aburrida e insustancial. Solo levantarse, por la mañana, lo tenía todo preparado. No tenía que hacer nada por sí solo. Todo lo dejaba en manos del servicio. Se lo hacían absolutamente todo. No iba a ninguna parte si no era estrictamente necesario. Incluso su médico le iba a visitar a domicilio. Cocinera, mayordomo, camarera, chofer, y hasta un secretario personal velaban, día y noche, por su bienestar.

Un día, sin embargo, tuvo que salir de casa a pie. Su chofer había enfermado por primera vez en su vida y Jofre nunca había querido sacarse el carnet de conducir. Una obligación ineludible fue la culpable de este contratiempo: la reunión mensual del Consejo de Administración de la empresa que había heredado de sus antepasados. No habría sido apropiado ni práctico reunir a todos los miembros del Consejo en su casa. Afortunadamente, le sede de la empresa estaba tan solo a un cuarto de hora andando, como mucho.

Pero por el camino tuvo un encuentro inesperado: en la esquina de enfrente de la oficina a la que se dirigía, un hombre de mediana edad, sentado en una especie de taburete plegable, tocaba la guitarra y cantaba canciones de Serrat. Y lo hacía bastante bien. La funda abierta de la guitarra yacía a sus pies, donde recogía las monedas que los viandantes le arrojaban.

Jofre se lo quedó mirando fijamente. Aquella cara le resultaba familiar. De pronto la reconoció.

—¿Jaume? ¿Jaume Tresserras? —exclamó. —¿Qué haces aquí? —le preguntó tan pronto aquel terminó la canción.

—¡Hombre Jofre!, cuánto tiempo sin verte —exclamó a su vez el interpelado—. Pues ya lo ves, haciendo de músico callejero. Es una larga historia —añadió con cara de circunstancias y ganas de charlar.

—Ahora no puedo entretenerme, llego tarde a una reunión —le contestó Jofre—. Ven a verme a casa un día de estos y charlaremos de los viejos tiempos. —Y dicho esto desapareció entre el gentío que llenaba la zona a aquella hora.

—¡Vaya! De una buena me he librado —pensó Jofre mientras cruzaba la calle a paso ligero—. Quién me lo habría dicho, Tresseras pidiendo por las calles. ¡Con la fortuna que heredó de su padre! Aún era más rico que yo y mírale ahora. ¡Quién le ha visto y quién le ve! Por suerte, me lo he podido sacar de encima. Seguro que me habría pedido dinero. ¿Cómo puede venir a verme si no debe saber dónde vivo? Ni tan solo le he dado tiempo a preguntármelo —iba Jofre rumiando, aliviado.

A las cuatro y media de la tarde de ese mismo día, cuando Jofre se disponía a hacer la siesta, agobiado por el calor de un mes de julio extremadamente caluroso, sonó el timbre de la puerta. Al cabo de unos instantes, un mayordomo incómodo y atemorizado por haber molestado a su señor en uno de los momentos más gratificantes del día, le informaba de la presencia en el salón de un “viejo amigo”, tal como el visitante se había hecho anunciar.

Cuando Jofre se presentó ante el recién llegado, comprobó, asombrado, que quien le había venido a ver era Tresserras, quien, plantado en medio de la estancia, le miraba con una sonrisa pícara.

—¿Qué quieres? —le espetó Jofre sin ningún miramiento.

—¿Que qué quiero? Me has dicho esta mañana que viniera a verte —le respondió su visitante con toda naturalidad.

Y ante el enojoso silencio de su anfitrión, añadió:

—Creías que no te encontraría, ¿verdad? Pues aquí me tienes, para echarte una mano, que buena falta te hace.

—Pero ¿qué dices? ¿Echarme una mano a mí? A mí no me hace falta tu ayuda ni la de nadie —le replicó un Jofre airado.

—Tú estarás podrido de dinero, pero llevas una vida insípida y estás más solo que la una. Yo, en cambio, soy feliz viviendo como vivo.

—Eso no te lo crees ni tú. ¡Si vives en la calle y tienes que mendigar para vivir! Tú sí que debes estar solo y...

—No tengo familia, como tú, pero tengo muchos amigos, voy adonde quiero y hago lo que quiero sin depender de nadie. Te parecerá que estoy solo, pero no me siento solo —lo interrumpió Jaume Tresserras.

Jofre, enojado, contraatacó:

—Pues si vives tan bien, ¿qué haces aquí? ¿Qué quieres de mí? ¿Dinero?

—Ya te he dicho que he venido a echarte una mano —insistió Jaume.

—Y dale. ¿A qué te refieres con eso de echarme una mano, si se puede saber? ¿Acaso me enseñarás a tocar la guitarra? —le preguntó Jofre con sorna.

—No, haré que cambies de vida y que seas feliz. Cuando te he visto esta mañana, he mirado en tu interior y solo he visto un gran vacío y mucha tristeza.

Jofre, boquiabierto, se sentó. Mirando fijamente a aquel viejo compañero con quien estudió la carrera de Económicas para después tomar cada uno su propio camino, se sintió derrotado y comprendió que Jaume tenía razón. Nunca había sido feliz desde que tuvo que suceder a su padre al frente de la editorial. No le quedaba familia ni amigos, solo dinero a puñados, que no le había ayudado a encontrar la felicidad. Más bien al contrario, ya que eran muchos los que le envidiaban y no pocos los enemigos que esperaban que el negocio familiar se hundiera por la falta de interés del que hacía gala.

—¿Y cómo crees que me puedes ayudar a ser feliz? —acabó preguntándole.

—Pues, para empezar, durmiendo en el hotel de las mil estrellas —le dijo su viejo compañero de estudios.

—¿Durmiendo en el hotel de las mil estrellas? Pero ¿acaso te has vuelto loco o es que quieres tomarme el pelo?

—De ninguna de las maneras. Ven conmigo esta noche y lo verás.

 

No era precisamente un hotel al uso al que Jaume llevó a Jofre, pero a este no le decepcionó lo más mínimo. Hacía muchos años que no yacía sobre una alfombra de césped bajo un cielo estrellado. La noche era cálida y la sensación de aire renovado le invadía de los pies a la cabeza. La bóveda celestial relucía más que nunca. Jofre no habría sabido decir si eran miles o millones de estrellas las que veían sus ojos, pero aquella imagen le hizo reflexionar y tomar conciencia de qué y quién era. Verse tan pequeño ante el Universo no le hizo sentir insignificante, al contrario, se vio más grande que nunca, con ganas de luchar por su libertad, de afrontar su existencia con una nueva perspectiva, de saber, en definitiva, disfrutar de la vida.

La estancia en el hotel de las mil estrellas fue totalmente gratuita. Jofre vuelve a menudo, especialmente las noches en las que se siente abrumado por los inevitables quebraderos de cabeza provocados por la editorial. Por cierto, esta ha sufrido una profunda renovación. Nuevo personal la encabeza y un nuevo Consejo de Administración controla el negocio. También se ha incorporado un nuevo empleado, a media jornada, ya que tiene que compaginar su trabajo en la empresa con la de músico en la calle.

Ahora, Jofre dedica su tiempo libre a aprender a tocar la guitarra.

 

Y es que el saber no ocupa lugar y nunca es tarde si la dicha es buena.


jueves, 7 de diciembre de 2023

Un cuento de oficinistas

Hoy os presento el segundo cuento, de la serie de cuatro, que, como os anuncié la semana pasada, he recuperado después de varios años durmienso el sueño de los justos en otro blog fenecido hace tiempo por falta de visitantes. Espero que os guste.



Había una vez un viejo oficinista que llevaba la friolera de sesenta y cuatro años trabajando en la misma empresa. Se quería jubilar, pero no le dejaban. Decían que era indispensable en el puesto que ocupaba. Pero él sabía la verdad: su salario era tan magro que no hallarían a nadie más dispuesto a trabajar por aquella miseria. Todo el personal de la empresa era muy mayor, por idéntico motivo, pero Juan Currante, que así se llamaba nuestro protagonista, era, con creces, el más viejo y el más antiguo.

Pero Juan también sabía que la pensión por jubilación todavía sería más esmirriada y todo por haberse dejado embaucar con un «pero si aun eres muy joven, ya te daremos de alta a la Seguridad Social más adelante, cuando seas mayor, que las cosas, como puedes ver, no marchan muy bien ahora mismo». Y así durante cincuenta largos años.

Entró a trabajar en Industrias Miserias, nombre con el que se conocía en el pueblo la fábrica de tractores, cuando tenía tan solo quince años y el señor Negrero, el dueño, cuarenta. Ahora él iba camino de los ochenta y aquel hacía ya un montón de años que criaba malvas, y ahora eran su único hijo y el socio de este, Julián Explotador, los que llevaban el negocio.

Nunca había estado enfermo, jamás había faltado al trabajo. Entraba el primero y salía el último. Y así cada día laborable, de siete en punto de la mañana a siete y pico de la tarde. Orgulloso de su trabajo en Negrero e Hijo, S.L. primero y Negrero & Explotador, S.L. después, declaró en muchas ocasiones que pensaba morirse al pie del cañón. En lo que no pensó cuando esto dijo fue que ese cañón fuera tan pesado, resistiera tanto tiempo y que a su edad todavía le tendría que sacar lustre.

El día de su ochenta cumpleaños fue el primer día de su vida laboral que pidió poder ausentarse del trabajo. Nunca antes había hecho tal cosa, ni siquiera cuando nació Ignacio, su hijo. Pero ahora tenía un motivo lo suficientemente importante: le habían llamado del hospital. Ignacio había sufrido un accidente con la motocicleta y acababa de entrar en el quirófano. Parecía grave.

A Luisa, su mujer, no le diría nada, tampoco lo entendería. Solo se lo contó a Mercedes, su cuidadora, un miembro más de la familia y, claro, al señor Negrero hijo.

—¿Qué puede hacer usted en el hospital? Solo molestar. ¿No se da cuenta de que no podrá ver a su hijo, hombre de Dios? Vaya al terminar sus quehaceres, que ya habrá salido de la operación —le dijo, señalándole con la mirada la puerta del despacho para que regresara a su lugar de trabajo.

Pero al ver que Juan no aceptaba su consejo y que tomaba su abrigo, la bufanda y la bolsa de mano dispuesto a marcharse, le espetó:

—Señor... esto..., da igual; mire que si se va antes de terminar su jornada laboral le tendremos que descontar las horas perdidas y con la que está cayendo no está usted para perder dinero así como así.

 

Al día siguiente, Juan llegó tarde a la oficina, un hecho extraordinario que no pasó desapercibido por nadie. Todo el mundo se imaginaba lo peor. «Pobre hombre, una mujer mentalmente discapacitada y ahora un hijo vaya usted a saber en qué situación, eso si es que está vivo» —pensaron.

Pero a las diez y diez, Juan entró en la oficina con paso decidido y cara de felicidad, y antes de que el señor Honorato Facha, el jefe de personal, pudiera reprenderlo, dijo en voz alta:

—He venido a recoger mis pocas pertenencias. Mucho gusto y que lo pasen ustedes bien —iba a decir «y que os den por culo», pero se contuvo.

Y dirigiéndose al señor Facha, que le observaba boquiabierto, añadió:

—Ya me dirá cuando puedo pasar a firmar el finiquito. ¡Adiós! —gritó a la vez que agitaba un papelito como quien voltea una banderita como señal de bienvenida a un mandatario extranjero. Y dando media vuelta, salió por la puerta grande a toda prisa, como si tuviera miedo de que le atraparan y no pudiese salir de allí nunca más.

—¿Qué llevaba el señor... esto..., bueno da igual, ¿qué llevaba ese en la mano? —preguntó el socio de Negrero, conocido por todos, sin excepción, con el mote de señor tocacojones, que también estaba presente.

—Pues no estoy seguro señor toca..., quiero decir señor Explotador, pero parecía un billete de lotería.

 

Aquella misma mañana, muy temprano, cuando Ignacio se despertó, tras la operación, y vio a su padre sentado a los pies de su cama, puso unos ojos como platos, y mirándolo con cara de loco empezó a agitar los brazos escayolados, que más bien parecía un pájaro despavorido. «La cartera, la cartera», gritaba mirando a su alrededor como quien ha perdido algo muy valioso. Y es que la suerte llega cuando uno menos la espera. Ignacio, pobre chico, iba conduciendo ofuscado y apresurado porque le había tocado el primer premio de la lotería, un montón de millones y no vio que el semáforo se había puesto en rojo y, claro, pasa lo que pasa.

—Padre, vaya al banco, deprisa, e ingrese este billete. ¡Somos millonarios! —le dijo. casi a gritos.

—Ahora mismo, hijo mío —contestó Juan, dirigiéndose raudo hacia la puerta de la habitación.

Pero antes de salir, se paró, y después de pensárselo unos segundos, se giró y añadió:

—Pero antes tengo que pasar por la oficina, pues tengo que terminar una tarea pendiente.

 

 Y es que no hay que dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy.