jueves, 5 de noviembre de 2026

Mary

 


Sé que ríen de mí, pero lo que hago lo hago por un bien común. Últimamente me dedico a recorrer mercados y fruterías en busca de alimentos podridos o enmohecidos para intentar identificar un hongo con más propiedades terapéuticas. Cuando me ven, se burlan llamándome “Mary la mohosa”.

Es Mary Hunt quien así piensa.

─Pero ¿para qué quieres esta fruta podrida, mujer?

─Ya os he dicho mil veces que es para un estudio muy importante que puede resultar en algo muy provechoso para la humanidad ─qué les va a explicar a esas ignorantes.

Más risas en el grupo de vendedoras y clientas que han oído esa tontería.

Qué sabrán ellas, se dice Mary, y tras llevarse en esta ocasión un melón cantalupo mohoso, vuelve rauda a su laboratorio del Departamento de Agricultura, esperando que esta vez dé con un hongo que produzca una cantidad mayor de la sustancia obtenida por un médico bacteriólogo británico años atrás.

En paralelo, un equipo de la Universidad de Oxford, está intentando purificar esa misma sustancia, a la que han bautizado con el nombre de penicilina, un trabajo titánico para extraer apenas unos milígramos.

Al cabo de unas semanas, al otro lado del Atlántico, en el St Mary’s Hospital de Londres, Alexander Fleming, el descubridor de esa sustancia, recibe la grata noticia de que una tal May Hunt, en los EEUU, ha aislado una especie distinta de Penicillium que, al parecer, produce cientos de veces más penicilina que la aislada por él quince años atrás.

 


En 1943, una microbióloga del Departamento de Agricultura en Peonia, Illinois (EEUU), se dedicó a buscar por los mercados alimentos podridos de los que obtener una especie de hongo, similar al aislado por Alexander Fleming en 1928, pero con una mayor actividad productora de penicilina, ya que la obtenida hasta entonces no era suficientemente activa para fabricarla a gran escala.


lunes, 2 de noviembre de 2026

Una vida loca

Hoy es el día de los fieles difuntos y hace cuarenta y ocho horas se celebraba esa fiesta importada, conocida como Halloween, y que muchos desconocen su verdadero significado y origen, en la que los muertos deambulan por las calles para espantar, en su ingenuidad, a los niños y no tan niños.

Pues bien, siguiendo mi tónica de pasotismo creativo, me he permitido revivir, o resucitar, como se quiera llamar, un relato de hace más de una década, que dormía el sueño de los justos.

Pero esta vez me he empleado más a fondo que en anteriores ocasiones para que el resucitado estuviera más presentable que nunca y he fusionado los dos episodios que componían el relato original en uno, más corto y ligero. Espero que esta especie de Lázaro resucitado os guste.



Tras la cristalera que da al jardín, James Joseph Stewart reflexiona sobre su vida. Piensa si su decisión había sido la acertada. A sus cuarenta años todavía se considera joven para lo que hace.

James es alto, rubio, delgado pero atlético. Son sus ojos, de un azul intenso y su mirada, enigmática y penetrante, lo que siempre ha hecho suspirar a las mujeres. A pesar de ello, su vida amorosa ha sido prácticamente nula. Siempre ha sido un hombre solitario y de trato difícil. Pero todo eso hace ya algún tiempo que había llegado a su fin.

De niño, le gustaba vivir a su aire, sin imposiciones, sin controles, sin ataduras. Era un niño abierto y comunicativo hasta que su padre le enviara, con solo diez años, a ese horrible internado. Su carácter jovial sufrió un cambio radical. El aislamiento y la dura disciplina a los que tuvo que someterse durante aquella larga reclusión, le convirtió en un adolescente huraño. Las medidas represivas y los correctivos que había tenido que soportar en aquella institución, más propia de la época victoriana que de finales del siglo XX, le volvieron intratable y agresivo.

Durante su paso por la Universidad, estuvo a punto de abandonarlo todo, vivir al margen de convencionalismos y lanzarse a la aventura. Pero, sin medios económicos, no podía ni tenía el valor suficiente para hacerlo. Así pues, tuvo que acabar sus estudios de Económicas en Oxford, siguiendo la tradición familiar, para poder independizarse y tomar las riendas de su vida.

En contra de los intereses de su padre, que pretendía que se quedara a su lado, en la empresa familiar, se marchó a Londres y, gracias a su brillante expediente académico, entró a trabajar en el Lloyds Bank donde hizo una fulgurante carrera, llegando, en solo cinco años, a ocupar el cargo de director de cuentas, posteriormente el de director financiero y antes de cumplir los cuarenta años de edad ya era director general de la entidad bancaria. Muchos, incluido él, le veían ostentando, en pocos años más, el cargo de presidente.

Su éxito profesional, sin embargo, no estuvo exento de conflictos de los que siempre acabó saliendo airoso. Pero ello le significó un gran desgaste emocional, convirtiéndolo en un ser odiado e incomprendido incluso por sus colaboradores más cercanos.

Al poco tiempo de ocupar su cargo de director general, se sintió hastiado de esa profesión a la que había acabado entregando su vida. Él, que siempre había querido ser un alma libre, sin ataduras ni convencionalismos, sintió, de repente, una necesidad imperiosa de dar un vuelco a su aburrida existencia, cambiándola por otra totalmente distinta, no exenta de riesgos pero que le resultara apasionante.

Fue en esa etapa de incertidumbre cuando se le presentó una oportunidad con la que nunca había soñado. Conoció a gente muy poderosa e influyente, tanto en el mundo de las altas finanzas como de la política. Varios fueron los que le tentaron para que entrara en política, pues tenía todas las dotes necesarias para ello. Pero solo una de entre las muchas propuestas que recibió le convenció para dar el gran salto. Haría un gran servicio al país y en pleno anonimato, como a él le gustaba, y con carta blanca para actuar con total impunidad. Eso le tentó sobremanera. Y JJS, como desde ahora se le conocería, había acabado aceptando.

De eso hacía ya dos meses, lo que duró su entrenamiento, y en breve llevaría a cabo su primera misión. Estaba nervioso. Esperaba estar a la altura. Nunca se hubiera imaginado que llegaría a trabajar en el MI6, al servicio de su graciosa Majestad.

 

James se estrenó como agente secreto en un caso que quizá no era de los más difíciles, pero sí de los más comprometidos, considerando la trascendencia nacional e internacional que tendría no lograr el objetivo marcado. Afortunadamente todo acabó bien, resolviéndose el caso sin demasiadas víctimas.

Lo que James sacó de positivo de aquel primer caso no fue el reconocimiento de sus superiores sino algo mucho más mundano y frívolo, pero, a la vez, más emotivo: conocer a Margaret, una pelirroja que hizo vibrar sus entrañas por primera vez en su insulsa vida. Margaret debía actuar de cebo para cazar al jefe de un comando terrorista como primer paso para desmantelar a ese grupúsculo que planeaba perpetrar el Regicidio.

Por cierto, se me olvidaba decir que ese primer caso en el que participó JJS consistió, ni más ni menos, en frustrar un atentado contra Su Majestad la Reina.

James conoció a Margaret ─de la que se enamoró al instante─ durante la primera reunión de planificación del operativo en el que ambos debían participar. Su papel estribaba en actuar como refuerzo. Debía, simple y llanamente, proteger la integridad física de la chica, ser su escudo protector e informar, en todo momento, de los progresos que ésta haría en sus contactos con el jefe terrorista, intentando seducirle para introducirse en la banda.

Como he dicho antes, el asunto tuvo un final feliz, aunque con mucho tiroteo de por medio y sangre a raudales. JJS abatió, él solo, a cinco de los terroristas. Pero para él lo más importante fue salvarle la vida a su amada, gracias a su pericia con la pistola. Como consecuencia de ese acto heroico, la joven vio en James, no solo a su salvador, sino también al hombre de su vida. Desde entonces, para Margaret, todo él rezumaba perfección.

Entre ambos surgió un amor apasionado que hizo que no pudieran vivir el uno sin el otro. Como la Organización no permitía las relaciones sentimentales entre sus agentes, se vieron obligados a ocultar el amor que se profesaban. Pero aquello no era vida. Encuentros fugaces, intempestivos y en lugares recónditos. Incluso evitaban mirarse más de lo indispensable durante las reuniones de trabajo para que sus semblantes no les delataran.

Al cabo de dos largos años de vivir en una clandestinidad amorosa insostenible, las sospechas por parte de sus compañeros de que había entre ellos algo más que un simple compañerismo, se vieron confirmadas al ser descubiertos en uno de sus encuentros furtivos. Este hecho les valió una seria reprimenda por parte de su superior y un ultimátum: o desistían de esa relación prohibida o uno de los dos debía abandonar el MI6.

Como no podían vivir separados y no era justo que uno de ellos se sacrificara por el otro, decidieron abandonar la Organización los dos a la vez.

─¿De qué vamos a vivir ahora? ─se preguntó Margaret.

─Pues de lo que mejor sabemos hacer ─le contestó James sin inmutarse.

─¿Qué quieres decir? ─le preguntó ella, intrigada

─Tú déjame a mí. Ya me imaginaba que tarde o temprano nos sucedería esto. Llevo algún tiempo dándole vueltas al asunto y he hecho algunos contactos que, si todo sale bien, nos sacarán del apuro y nos harán ganar incluso más dinero. Y, además, seguiremos corriendo aventuras en el más absoluto anonimato.

Dicho y hecho. Al cabo de unas semanas, Marga (como así la conocen ahora) y James, empezaron una nueva vida repleta de emociones y de dinero. Trabajan siempre en pareja. Son inseparables y muy eficientes. Sus actuales colegas les llaman “Bonnie and Clyde”. Ellos se lo toman a broma, pero les satisface la comparación, aunque esperan no acabar como ellos.

James, ex JJS, está viviendo la mejor etapa de su vida; sin duda una vida loca. ¡Qué lejos quedan aquellos años en el Banco!

Así pues, su decisión fue la correcta. ¿Qué más puedo desear? ─se dice. Y tras un lago suspiro, abandona su reflexión tras la cristalera que da al jardín y va en busca de Margaret para planificar su próximo encargo.

 

lunes, 26 de octubre de 2026

El dron

La sequía de ideas tiene varias motivaciones, pero la más frecuente es, a mi juicio, la apatía, bien por problemas con el entorno, o de salud, ya sea física o mental. Yo he experimentado la falta de ideas en más de una ocasión y que por fortuna ha sido, tarde o temprano, reversible. En esta ocasión, sin embargo, se debe a la pérdida reciente de un ser querido, no un ser humano sino un animal de compañía muy querido por mí y fiel hasta el final de sus días. Pero como la vida sigue (título que le di a mi última publicación relacionada con este triste hecho), me he forzado a continuar con mi actividad bloguera. Aun así, la insistente apatía que me embarga, me ha obligado a echar mano de un viejo relato, de octubre de 2014, que obtuvo un escasísimo interés por parte de mis seguidores de aquel entonces, titulado "El dron", y que aquí os presento una vez actualizado y limpio de polvo y paja. Espero que os guste.



Desde que había vuelto de su viaje a los Estados Unidos, se sentía vigilado. Lo había comentado con sus amigos pero estos le habían sugerido, entre risas, que visitara a un loquero. “Pero, ¿quién va a querer espiarte a ti, zopenco?”, le habían dicho en tono burlón.

Pero él estaba seguro de que, de un modo u otro, le espiaban y todo por haber asistido a aquel congreso de física, en Chicago, que le había pagado la Facultad. Y también estaba seguro que todo se había desencadenado por culpa de su pregunta, la única que dirigió al panel de expertos:

─Si la cosmología de branas (1) ha devuelto una cierta credibilidad a la existencia de un universo oscilante, ¿alguien de ustedes podría decirme cómo conciben la vida en dicho universo, sobre todo en los momentos finales de un universo en contracción? ¿Creen que los seres vivos serían semejantes a nosotros en el sentido de estar basados en el carbono o serían radicalmente distintos?

Lanzó esa pregunta sin saber muy bien por qué. Quizá porque nadie en la sala hizo ningún comentario y sintió el impulso de intervenir. Acababa de leer un artículo que hablaba de ello y no pudo reprimirse. Bueno, en realidad, el autor de ese artículo era quien formulaba, al final del mismo, ese interrogante.

El caso es que la pregunta no obtuvo respuesta alguna. Nadie, entre los panelistas, quiso pronunciarse y el moderador de la mesa se vio obligado a decir algo así como:

─Este tema sigue siendo muy controvertido y nadie parece estar en condiciones de pronunciarse. Sería muy aventurado dar una opinión al respecto.

Tampoco es que le importara mucho el tema en cuestión. Había sido una pregunta hecha por simple curiosidad, para quedar bien, pues todo aquel que dirigía una pregunta a alguno de los ponentes tenía que identificarse públicamente, ya se sabe: nombre, cargo, universidad, y a él le encantaba ser el centro de atención, darse a conocer. Algún día sería un físico famoso, pensaba, y ya era hora de ir abriéndose camino.

Pero ahora presentía que aquella pregunta había levantado sospechas. Pero ¿sospechas de qué y de quién? Si alguien hubiera querido saber su opinión al respecto, lo que le habría puesto en un terrible aprieto, le podía haber preguntado directamente antes de abandonar el congreso o escribirle con posterioridad.

¿Qué le hacía pensar que le espiaban? No sabía muy bien cómo explicarlo, era una sensación extraña, sentía que alguien o algo le estaba observando en todo momento. Le parecía oír un zumbido, de día y de noche, allí donde fuera, en casa, en la facultad, en un restaurante, en fin, en todas partes. “Ve a ver a un otorrino, que eso deben ser acufenos”, le dijeron sus compañeros, ya algo más preocupados por su salud física y mental.

Pero él no tenía ningún problema auditivo ni psicológico y cada vez tenía más claro lo que estaba ocurriendo: quienquiera que le espiara, quería saber qué le motivó hacer aquella pregunta y solo podía ser alguien que tuviera la respuesta y no quisiera que nadie más estuviera en posesión de la verdad y la divulgara. Un espionaje así, tan sofisticado, solo podía proceder de una agencia gubernamental, como la CIA, la NSA o el CSS, o incluso del MI16 británico.

Temeroso de sufrir un atentado, acabó enclaustrándose en su piso del que no salía ni para hacer la compra, dependiendo para ello de la portera de la finca, pues incluso había despedido a la mujer de la limpieza para evitar cualquier intruso que pudiera ser comprado por el enemigo. Todos sus conocidos, viendo la vida de clausura que llevaba, con puertas y ventanas cerradas a cal y canto, acabaron pensando que se había vuelto loco.

Pero era tanto el polvo que envolvía y reposaba sobre mobiliario, cortinas, alfombras y todos los objetos de la casa, especialmente los miles de libros amontonados aquí y allá, haciendo totalmente irrespirable el ambiente, ya habitualmente viciado por el humo de los cigarrillos que no paraba de consumir compulsivamente, que finalmente decidió abrir una ventana que daba a la calle para permitir que el aire fresco bañara por unos instantes el reducido cubículo que era su hogar, sin dejar de otear todo el horizonte a su alrededor en busca de cualquier indicio de espionaje o de un francotirador.

Cuando ya creyó que todo estaba en orden y se disponía a cerrar la ventana, algo, que le pareció un insecto de un tamaño considerable, se estrelló contra su frente, produciéndole una picadura semejante a la del mosquito tigre. Por mucho que intentó darle caza, aquel bicho repugnante se dio a la fuga, marchándose por donde había venido, por la ventana que todavía permanecía entreabierta. Al instante, se sintió mareado, su cuerpo se desplomó sobre la sucia alfombra y en cuestión de segundos perdió todo signo vital. Lo último que vio fue el mismo insecto, o quizá fuera otro igual, revoloteando sobre su cabeza.

Cuando el juez permitió el levantamiento del cadáver, mientras algunos agentes de la policía científica inspeccionaban el apartamento en busca de alguna prueba que pudiera arrojar luz a ese extraño caso de muerte producida a puerta cerrada, desde el exterior, tras los cristales de la ventana, un artilugio del tamaño de un mosquito grababa toda la escena, tras lo cual partió volando hacia un rumbo desconocido.

 

(1)La teoría de branas es una extensión de la teoría de las cuerdas que propone que nuestro universo observable es una estructura tridimensional flotando dentro de un espacio de dimensiones superiores. Así pues, la cosmología de branas explora cómo el universo interactúa con esas dimensiones extra y está relacionada con el origen del universo.


domingo, 18 de octubre de 2026

La vida sigue

 


Este blog debe su nombre al hecho de que cuando lo inauguré tenía pensado, y así fue durante un tiempo, escribir en él mis vivencias reales durante la infancia, juventud y madurez, en forma de recortes o “retales” vitales. Al poco, dada mi afición por las historias de ficción, lo fui llenando de relatos imaginados e imaginarios. Pero hoy hago una excepción al relatar una historia entre la ficción y la realidad, lo que podría decirse una historia basada en un hecho real, el que conforma el nudo del relato; el resto es pura invención. Si queréis más información sobre él, os invito a visitar mi blog Cuaderno de bitácora y concretamente mi post titulado Adiós mi querido amigo VER AQUÍ.

 

César, viudo desde hacía quince años y recientemente jubilado, acababa de perder a su preciada mascota, un perro mestizo al que había adoptado, tras la muerte de su mujer, cuando este solo contaba con dos meses. Le puso por nombre Peludo porque de toda la camada nacida de una perrita abandonada, era el único cubierto por abundante pelo color canela, un pelo suave y sedoso que todos los que lo acariciaban alababan.

Había sido un buen perro, tranquilo y obediente. César solo se separaba de él cuando iba al trabajo y al volver a casa, Peludo le recibía con una inmensa alegría, moviendo la cola y trayéndole prendido de su boca algún objeto de valor para él. Nadie, jamás, había mostrado tanto entusiasmo al verle llegar del trabajo, se decía. Eran amigos inseparables, de ahí que le echara tanto de menos.

Necesitó varios meses para llegar a la última etapa del duelo, la de la aceptación. Aun así, todo le recordaba a su querido amigo perruno. Allí adonde mirara, veía a su amigo, pero el peor momento de cada día era por la mañana, al levantarse, salir al comedor, donde Peludo dormía en su cama y antes de encender la luz ya oía el repicar de su cola contra el parqué en señal de bienvenida. César le correspondía con una caricia acompañada de un “buenos días, Peludo”. Pero ahora todo era silencio, un silencio hiriente. Cualquier perro del barrio parecido a él, por su estampa y pelaje, le rememoraba a Peludo, produciéndole una gran nostalgia.

El último golpe sentimental lo recibió cuando el veterinario que llevó a cabo su sacrificio le entregó sus cenizas. Volviendo a casa con la pequeña urna biodegradable a cuestas, su peso le pareció enorme, un peso no solo físico sino moral, reprochándose como se había producido el final de su fiel amigo. El “y si…” lo atormentaba, y siguió atormentándolo durante mucho tiempo.

Esa pérdida tan dolorosa para César lo sumió en una gran tristeza cercana a la depresión. Nunca se había sentido tan solo en la vida desde el fallecimiento de su mujer. Sus dos hijas hacía años que vivían lejos, estaban casadas y ya le habían dado tres nietos a los que veía muy de vez en cuando. Su vida, pues, había perdido parte de su sentido. Muchos le habían aconsejado adoptar otro perro, por aquello de que un clavo saca a otro clavo, pero César no contemplaba tal posibilidad. Su Peludo no tenía reemplazo en su vida.

Viéndole tan triste y taciturno, su amigo Juan, que también había pasado por ese mismo trance años atrás, le aconsejó que, ya que tenía tanto tiempo libre, lo dedicara al cuidado de perros abandonados que, a buen seguro, le resultaría gratificante. Y así, César se hizo voluntario, a tiempo parcial, en el refugio de animales en el que tantos años atrás encontró a Peludo.

Su amigo llevaba razón, pues contrariamente a lo que pensó en un principio, César halló un gran consuelo buscando hogar para esos perros necesitados de dueño y amor.

Tras un año de actuar como cuidador de perros, se percató de que ya no se sentía solo, y no porque estuviera rodeado de animales a los que proteger y cuidar, sino porque la presencia de Virginia, la nueva responsable del centro de acogida, le aportaba la paz y el sosiego que tanto necesitaba.

Virginia, una mujer unos diez años menor que César, había quedado viuda muy joven y no había querido casarse de nuevo; decía que la compañía de aquellos animales tan necesitados de cariño la llenaba lo suficiente como para no requerir otra compañía, especialmente la humana, pues temía que se repitiera su mala experiencia con un hombre que nunca la amó y la maltrató. La viudedad fue lo mejor que pudo sucederme, le confesó un día en un momento de confidencias. El amor que recibía de “sus animales”, como ella los llamaba, era más que suficiente para sentirse feliz.

Con el paso del tiempo, César y Virginia llegaron a convertirse en amigos íntimos e inseparables con muchas cosas en común, y entre ellas estaba un amor incondicional a los animales, en especial a los que tenían a buen recaudo en su refugio. Encontrarles una familia adoptiva era lo mejor que les podía suceder a todos, seres humanos y animales.

César y Virginia no necesitaron mucho más tiempo para comprender que estaban hechos el uno para el otro y que su compañía mutua era como el rescoldo de un hogar al que uno se acerca para entrar en calor, en este caso calor humano. Ese encuentro, aparentemente fortuito ─muchas veces es difícil distinguir entre la casualidad y la causalidad─, resultó todo un acierto para ambos. César dejó el piso en el que vivía en la capital y se trasladó a la casita que Virgina tenía junto al refugio.

De este modo, César volvió a ser feliz y tuvo que agradecerle a su viejo perro no solo su cariño y compañía durante más de trece años, sino también el haberle llevado hasta Virgina.

Tras haberse instalado junto a su nueva pareja, César rescató la pequeña urna que contenía las cenizas de su amigo canino y las enterró bajo uno de los olivos que guarnecían su nuevo hogar. Todas las mañanas, al despertarse, César da los buenos días a su amada y sale al jardín a saludar a su querido Peludo.

Ahora la vida sigue sin su compañía física, pero sigue, al fin y al cabo, de la mejor forma posible.

 

La imagen de la ilustración es un collage de las distintas etapas de Pelut (su verdadero nombre en catalán), y que hoy se cumplen 10 días de su eutanasia. 

jueves, 1 de octubre de 2026

Manos a la obra

 


Andrés estaba abochornado después de lo ocurrido.

El día anterior, en el bar donde desayunaba, oyó una conversación que mantenían en la mesa de al lado dos individuos con aspecto sospechoso, uno alto y delgado y el otro más bajo pero fornido y con cara de malas pulgas. Hablaban tan bajo que resultaba difícil entender lo que decían, pero parecía que discutían algo muy importante.

Andrés, picado por la curiosidad, aguzó el oído todo lo que pudo, pues el ruino reinante en el bar dificultaba la audición. Solo cuando, unos minutos más tarde, los ruidosos clientes abandonaron el local, pudo entender medianamente el contenido de aquel diálogo.

─Ándate con cuidado, pues si nos descubren la habremos pringao y el jefe nos molerá a palos ─le decía, casi en susurros, el alto a su compañero sentado enfrente. Pero tranquilo, que él lo tiene todo controlado ─añadió, intentando calmarlo.

Pero lo que alarmó a Andrés fue lo que oyó a continuación.

─Hay que liquidarlo cuanto antes y ya está, continuó. Hay mucho dinero de por medio. Y ya viste lo que le hizo el jefe a Remigio por no querer cumplir con ese mismo encargo. Lo puso de patitas en la calle sin contemplaciones.

─Pero cómo vamos a ocultar que hemos sido nosotros. El jefe lo tiene muy claro, pero yo no. Él está acostumbrao, debe haberlo hecho muchas veces, pero para mí es la primera vez ─le contestó éste.

─Tú hazlo y todo saldrá bien. Una vez hayas cumplido el encargo con ese fulano y veas que no pasa nada, la siguiente será más fácil. Además, ¿acaso crees que nadie más lo hace? Es pan comido, tío.

─Si es tan fácil, por qué no lo hace él en persona, que por eso es el jefe.

─Porque si la policía investiga y hay algún testigo o alguien se va de la boca, a él lo cazarían enseguida. Es muy conocido en este mundillo, ya estuvo metido en líos hace tiempo y lo tienen fichado. A ti, en cambio, nadie te conoce y aunque alguien se cruzara contigo antes o después de haber estado allí, no se acordarían de tu careto.

─Vale. Mañana a las diez iré a casa de ese tío y asunto liquidao.

─Pues manos a la obra. ¿Sabes la dirección?

─Pos claro. Lo tengo aquí apuntao: Calle Rocío, veintitrés, tercero segunda.

Cuando los dos sujetos salieron del bar, Andrés se apresuró a seguirlos. Su curiosidad iba en aumento y quería saber dónde se dirigían. Si estaba en lo cierto, podía salvar la vida de un inocente, pues lo que pretendían esos dos era cumplir el mandato de liquidar a alguien, de eso estaba seguro.

Tras un largo trayecto a pie, los dos tipos se internaron en un callejón, desapareciendo de su vista. Al cabo de una hora de rondar por los alrededores sin resultado alguno, Andrés optó por dar media vuelta y volver a casa.

Estuvo el resto del día intentando elaborar un plan de actuación. No sabía si acudir primero a la policía y contarles lo que sabía o bien apostarse al día siguiente frente al número 23 de la Calle Rocío para ser testigo del delito antes de ponerlo en conocimiento de las autoridades.

A las ocho de la mañana, dos horas antes de que se llevara a cabo aquel macabro encargo, se decidió por lo primero. Contrariamente a lo que temía, dieron crédito a lo que contó. A las diez en punto, un contingente policial armado hasta las cejas entró en el domicilio de quien habían identificado como el juez Aurelio Latorre, tirando la puerta abajo. Querían pillar al asesino antes de que atentara contra la vida de aquel magistrado que, seguramente, habría enviado a la cárcel a algún delincuente que ahora quería vengarse contratando a un sicario.

Pero en la mano del presunto asesino no había ningún arma sino una hoja de papel que tendía a su presunta víctima. ¿Qué sucedía allí? Estaba claro que se estaba cometiendo un delito pues las caras de ambos individuos era un poema al ser sorprendidos con las manos en la masa. Lo que estuvieran maquinando, se aclararía en comisaría.

El señor comisario se puso las gafas para leer aquel papel que le acababa de entregar el sargento al mando de la dotación y que aclararía los hechos.

Se trataba de un recibo expedido por Hermanos Gutiérrez (un nombre que resultó ser falso) por la “reforma integral de todo el apartamento” que ascendía a 58.750 euros.

─¿Qué significa esto? ─gritó el comisario, blandiendo la hoja de papel ante las narices del sargento, que lucía una cara de satisfacción por el resultado de la intervención policial.   

─¿No se da cuenta, señor comisario? ¡Es la prueba! ─contestó el interpelado constatando lo evidente─. Les hemos pillado en flagrante delito. A los dos. Ese tipo con cara de bruto le intentaba cobrar a un juez del Tribunal Superior de Justicia, ni más ni menos, un pastón por unas reformas en su domicilio.

Y ante la cara de incomprensión airada del comisario, el sargento añadió:

─¡Sin cobrarle el IVA, señor comisario, sin cobrarle el IVA!


jueves, 24 de septiembre de 2026

La sospecha

 


Llevaba días sospechando. Su comportamiento la delataba. Esas miradas furtivas y las sonrisas reprimidas la hacían culpable, de eso estaba seguro. Ella estaba radiante, pletórica, como hacía años que no la veía, y él cada vez más convencido de su infidelidad. Desde hacía unos días se la veía más nerviosa de lo habitual. Por momentos parecía como si quisiera confesarle algo y finalmente desistiera. Esas señales eran inequívocas, tenía un amante y los desenmascararía.

Hoy había salido tras ella decidido a pillarlos in fraganti. Verían de lo que era capaz. De él no se reía nadie.

Cuando, al cabo de una hora de seguimiento, se halló frente a la puerta por la que ella acababa de entrar, salió por fin de dudas. Una placa dorada rezaba: Dr. J. Beltrán - Obstetricia y Ginecología.


viernes, 11 de septiembre de 2026

Viernes 13

 


No era supersticioso, tanto me daba un día, un número o un color. Hasta este viernes.

Para empezar, no me ha sonado la alarma del móvil; no debí acordarme de cargarlo. Esto, por sí solo, no sería mala suerte, pero luego he tenido que ducharme con agua fría, pues no ha habido forma de que saliera ni una maldita gota caliente. A continuación, con las prisas, me he manchado la camisa con el café y he tenido que cambiármela a toda prisa. Llegaba tarde a la reunión.

Por si fuera poco, no sé que le ocurría al ascensor que tardaba una barbaridad para llegar hasta mi planta, la 13 y he tenido que bajar corriendo por las escaleras, torciéndome un tobillo al dar un traspié, me he caído y se me ha abierto el maletín desparramándose toda la documentación por el descansillo.

Cuando, por fin, cojeando y maldiciendo mi mala fortuna, he llegado al vestíbulo, no he visto el dichoso letrerito amarillo avisando de que el suelo estaba mojado y he pegado un resbalón que, por fortuna, no me ha roto el espinazo.

Me he levantado, corriendo, cojeando y con el culo dolorido, y al ir a cruzar la calle, un taxi me ha embestido y me ha lanzado por los aires.

Y aquí estoy, con vendajes y escayolas, en una cama de la habitación 1313 del Saint Thomas Hospital.

Y es que nunca me acuerdo de que, en Londres, para cruzar la calle, hay que mirar a la derecha.