jueves, 19 de mayo de 2022

Death Date

 


Hacía ya un año que Emilio se había jubilado y todavía no había encontrado el modo de llenar sus horas muertas, que eran todas las que discurrían desde que su mujer se iba a trabajar a las siete de la mañana hasta que volvía a eso de las siete de la tarde. Ella le había animado multitud de veces a que se apuntara a un gimnasio, pues ya estaba echando mucha tripa, que saliera a caminar como mínimo una media hora diaria, que leyera, que se hiciera socio de una entidad cultural, que practicara alguna manualidad, o que se aficionara a coleccionar sellos o lo que fuera para pasar el rato. Pero todo fue en balde y Emilio pasaba las horas reclinado en su butaca ergonómica. Así pues, consumía todo su tiempo libre viendo la televisión y dormitando, pues nada de lo que veía le atraía mínimamente. Hasta que un día, una noticia, o mejor dicho un comentario hecho por un tertuliano de un programa basura le llamó poderosamente la atención.

Según aquel individuo, al parecer aficionado al ocultismo, existía una aplicación que predecía la fecha exacta de la muerte de quien la consultara. Esa aplicación, que cualquier ciudadano mínimamente versado en el empleo de internet podía descargarse, llevaba por título Death Date (fecha de la muerte).

A Emilio, incrédulo por naturaleza, esa noticia le produjo el mismo rechazo que cuando veía, ya de madrugada, a esas pitonisas del tres al cuarto, que decían adivinar el futuro de los incautos televidentes que llamaban en directo ansiosos por conocer lo que les depararía la vida, ya fuera en el amor, ya en el trabajo.

A pesar de ello, una tarde, dominado por el hastío y antes de que su mujer regresara del trabajo, le picó la curiosidad y se descargó la dichosa aplicación. Lo tomó como un juego infantil, pero nada tenía que perder y mucho menos temer.

Tras introducir todos sus datos personales que le pedía la aplicación (sexo; lugar, fecha y hora de nacimiento; situación laboral y estado civil; peso corporal y estatura; población de residencia y alguna que otra menudencia más) y esperar unos segundos, apareció en la pantalla la fecha en la que se produciría su fallecimiento: la madrugada del 30 de octubre de 2022 a las 03:00 h en punto. Y como dato adicional le indicaba que el fallecimiento tendría lugar mientras dormía. Lo único que le resultó interesante de toda esa paparrucha fue que el traspaso se produjera mientras durmiera plácidamente, algo que siempre había deseado. Junto a este dato anecdótico, se propuso olvidar esa necedad impropia de ser tomada en serio, sobre todo por alguien tan sensato como él.

Pero, contrariamente a lo propuesto, Emilio no podía quitarse de la cabeza aquel vaticinio. Por supuesto, no dijo nada de ello a su mujer, quien se reiría, con razón, de tal estupidez y le calificaría de viejo chocho.

Y así llegó el sábado 29 de octubre, la vigilia del fatídico momento en que, según Death Date, moriría durmiendo. Aquel día lo pasó muy intranquilo, algo de lo que se percató su mujer, a quien dio la primera escusa que se le ocurrió: una lumbalgia que le estaba incordiando desde que se había levantado.

Cuando llegó el momento de acostarse, dijo no tener sueño y que se quedaría un rato más viendo la televisión. Pero no fue así, ya que tan pronto como su mujer desapareció, se dirigió a su despacho, reloj-despertador en mano, con el propósito de mantenerse despierto leyendo hasta haber superado la hora de su presunta muerte. Si alguien le hubiera preguntado por qué lo hacía, no habría sabido responder. Una persona tan cabal y, de pronto, tan temerosa. Pero él se decía que solo pretendía desmontar una más de las muchas falacias que se cuentan en los medios y que solo los ignorantes se creen. Pero, ¿a quién quería engañar? Si todo era una superchería, no lo podría contar a nadie porque demostraría que había dudado, pues de lo contrario no habría hecho la consulta. Y si, en el caso más que improbable, moría, nadie sabría que lo había vaticinado esa maldita aplicación.

Aun así, se propuso, y consiguió, resistir hasta pasadas las tres de la madrugada, a pesar de las continuas cabezadas que le sobrevenían, temiendo con ello quedarse dormido. Cuando, por fin, el reloj marcó las 03:30 a.m. —pues dejó media hora de margen—, aliviado y regocijado, se dispuso a dormir el resto de la noche a pierna suelta.

A la mañana siguiente, su mujer no logró despertarlo por mucho que lo intentó. Emilio había muerto mientras dormía.

Tras el sepelio, mientras ordenaba la habitación, su todavía estupefacta mujer vio la hora que marcaba el despertador, dándose cuenta de que el pasado domingo su marido se había olvidado de retrasar el reloj una hora para adaptarse al horario de invierno. Lo habían estado recordando continuamente en las noticias: a las tres de la madrugada se tenía que retrasar el reloj a las dos. ¿Por qué no lo hizo si, además, se quedó despierto hasta tan tarde?  Qué extraño, tan meticuloso que siempre había sido. Pero ahora recordaba que durante todo el sábado había estado muy agitado por culpa de una lumbalgia que le atormentaba. Eso debió distraerle. Tenía que habérselo recordado, pero ahora de qué servía lamentarse, se dijo. Y, con un profundo suspiro, salió de la habitación, tras haber puesto el reloj-despertador de su marido en hora.

 

sábado, 7 de mayo de 2022

NOTÍCIAS DE ÚLTIMA HORA

 


Esta pasada madrugada ha tenido lugar un ataque cibernético de origen desconocido (aunque todo apunta a Rusia) que ha dejado inoperativos a todos los robots de Europa, de modo que la industria dependiente de la robótica (se calcula alrededor de un 90 por ciento del total) ha sufrido un colapso y no se prevé el tiempo necesario para estar en condiciones de retomar la actividad habitual, pero se teme que se necesiten muchos meses, o incluso años. En tanto no se restablezca la normalidad, se producirá, lógicamente, un desabastecimiento de todos productos que requieren un tratamiento industrial, incluyendo los alimentos procesados. Hasta que no se resuelva este grave problema, el Ministerio de Trabajo instará a las Empresas afectadas de nuestro país a que se planteen la única solución factible: volver a contratar mano de obra, como era habitual hasta hace unos años. El problema adicional, sin embargo, es que será muy difícil, si no imposible, hallar una mano de obra mínimamente cualificada, dado el tiempo transcurrido desde que dejó de utilizarse. A raíz de esta situación, se ha creado un gabinete de crisis que trabajará en colaboración con los del resto de países afectados. Una vez se tengan pruebas de la autoría de este ciberataque, se tomarán las medidas pertinentes. Entretanto, el Gobierno emitirá una nota rogando a la ciudadanía a que mantenga la calma. Por su parte, la oposición exige la dimisión del presidente del Gobierno y de todo su equipo en pleno por la flagrante falta de previsión.



miércoles, 20 de abril de 2022

El novato

 


Acababa de incorporarme a la afamada agencia de detectives Madison y asociados, y ya me dieron un caso de lo más interesante. Debieron oler mi valía como buscador de personas desaparecidas, ya que de lo que se trataba era de hallar, vivo o muerto, a un afamado hombre de negocios, un tal Mario Mendoza. El caso lo había llevado un colega que acababa de jubilarse y no, precisamente, con mucho acierto. Había transcurrido un mes desde que la mujer del empresario denunciara su desaparición y no existía ninguna pista mínimamente fiable.

Me encontraba, pues, ante un reto de gran envergadura. La mujer del presunto desaparecido, Inés Galván, una modelo de renombre, aunque ya en declive, estaba dispuesta a pagar una importante recompensa al margen de nuestra minuta si lográbamos encontrarlo a la mayor brevedad posible y no podíamos defraudarla. La policía podía pasar por inútil, pero nosotros no.

Si resolvía ese caso, no solo me ganaría el respeto de Eduardo, mi jefe, y de mis compañeros, sino que también me llevaría una gratificación extra. Así pues, me puse manos a la obra y mi primer paso fue, lógicamente, ponerme en contacto con la bellísima modelo, una mujer de treinta y cinco años, de los que llevaba dos casada con el rico empresario, veinte años mayor que ella.

No sé qué hechizo me lanzó, pero quedé prendidamente enamorado de la exuberante modelo en cuestión de horas, las que estuvo poniéndome al corriente de todos los detalles que consideré necesarios conocer. Su forma de hablar, de moverse y su mirada penetrante y seductora me subyugaron irremediablemente.

A los pocos días, la atracción física se convirtió en algo mutuo y empezamos a intimar, hasta el punto de que Inés acabó contándome los detalles más íntimos de su convivencia con un marido al que calificó de déspota y maltratador. Con cada detalle, me sentía más atraído por la que consideraba una mujer infeliz que estaba malgastando los mejores años de su vida al lado de un impresentable. Hasta que un día, entre copa y copa, y algo achispada, me confesó que deseaba que su marido estuviera muerto, pues no solo se libraría de un tirano, sino que también heredaría su gran fortuna, lo que le permitiría vivir sin depender de nadie, ni siquiera de su carrera profesional, que ya no estaba en sus mejores momentos.

Desde ese instante, mi empeño por hallar al desaparecido se convirtió en una obsesión acompañada de un intenso desasosiego. Sabiendo lo que sabía, yo también acabé deseando ver muerto al interfecto, pero mi ética profesional me obligaba a resolver el caso, fuera cual fuera su desenlace. Pero esa misma ética también me impedía mantener una relación sentimental con mi clienta y, en cambio, estaba incumpliendo esa norma tan elemental. Estaba hecho un lío.

¿Cómo alguien como yo, moralmente íntegro y consecuente con sus ideas, había podido caer en brazos de una mujer que, bien pensado, no sabía hasta qué punto era de fiar?

Al cabo de dos semanas de haber iniciado las pesquisas, di con una pista bastante fiable sobre el paradero del marido de Inés. Solo tuve que profundizar en las cloacas del mundo de los negocios turbios para descubrir que el hombre al que buscaba debía una cuantiosa cantidad de dinero a un prestamista que no se andaría con chiquitas si daba con él. Lo más probable era, pues, que estuviera escondido en algún lugar seguro. Pero de ser así, no podía estar indefinidamente oculto. Seguramente estaba intentando ganar tiempo para pergeñar una forma de deshacerse de su perseguidor o perseguidores.

Una noche, después de hacer el amor con Inés, no podía conciliar el sueño dándole vueltas al asunto de marras. Hasta que tuve un pálpito. ¡Cómo no había caído en la cuenta! Inés no solo quería que Mario estuviera muerto, quería verlo muerto, que era distinto. Entonces me levanté sigilosamente de la cama y me hice con su teléfono móvil. Busqué en la agenda el número de su marido. No aparecía el nombre de Mario, pero recordé que solía llamarle Cari —qué cosa más cursi para dos adultos, pensé— y como tal le tenía identificado. Le llamé. Si veía el número de su mujer no dudaría en contestar. Cuando oí una voz de hombre que decía «Hola, mi amor, ¿cómo estás? Te extraño mucho», colgué sin más. Tras clonar el móvil de Inés, me marché a casa, dejándola durmiendo plácidamente. Ahora ya tenía un modo de seguir las conversaciones de marido y mujer y, lo más importante, de localizar la ubicación de él, cosa que no me llevaría más que unos pocos minutos en cuanto se pusieran en contacto telefónico.

Como era de esperar, la primera llamada se produjo desde el teléfono de Cari reprochándole a Inés haber colgado la noche anterior sin dirigirle la palabra, habiendo sido ella quien le había llamado. Ella argumentó que no tenía ni idea de lo que pudo ocurrir. Pero yo sí supe al instante que deduciría quién había efectuado esa llamada. Ahora supondría que, conociendo el número de teléfono de Mario, daría con su escondite. Pero si Inés quería ver a su marido muerto ¿por qué no había contratado a un sicario que hiciera ese mismo trabajo y se deshiciera de él? No, tenía que ser yo, un detective privado que estuviera de su parte y que resolviera el caso limpiamente, sin levantar sospechas.

Al cabo de unas horas, llamaba al timbre del piso donde se refugiaba Mario haciéndome pasar por un amigo de Inés. Mi intención no era otra que anunciarle que su mujer le quería muerto y todo para cobrar una suculenta herencia. El hombre, más confiado de lo que cabría esperar, me franqueó el paso sin poner ningún impedimento.

—¿Cómo sabe usted todo eso? —me preguntó, confuso, tras haberle explicado el motivo de mi visita.

Tras contarle toda la historia —salvo que me acostaba con su mujer—, el hombre, avejentado en cuestión de minutos, no cesaba de pasarse las manos por los cabellos encrespados, pensando qué hacer. Sentí una franca pena por él. No parecía ser el tipo duro y maltratador como me lo había descrito la bella modelo.

—Si lo que me ha contado usted es cierto, Inés se llevará una desagradable sorpresa —afirmó, claramente abatido, tras lo cual se cerró en banda. Ya no quiso hablar más del tema.

—Tiene que desaparecer, irse donde nadie pueda dar con usted, ni la mafia ni su esposa. Y cómprese un teléfono nuevo—le recomendé.

Yo no encontraría oficialmente al hombre desaparecido, pero le salvaría la vida. Aun así, no entendía qué quería de mí Inés. ¿Qué papel jugaba yo en toda esa historia, aparte del de sabueso que halla su preciada presa? Tan solo tuve que esperar unos segundos para descubrirlo.

Alguien llamó a la puerta con los nudillos. Mario y yo nos quedamos petrificados sin saber qué hacer. Al cabo de unos segundos oímos la voz de Inés que, susurrando, nos suplicaba que la abriéramos. Sin duda me había seguido para dar con su marido. Tras unos instantes de duda y con el consentimiento de Mario fui a abrir la puerta, tras la cual apareció Inés, exultante. Su marido y yo nos quedamos, sorprendidos y desconcertados, no tanto por su inesperada irrupción sino porque empuñaba un arma de fuego.

El disparo fue ensordecedor. La finca debía estar en esos momentos vacía, pues nadie pareció haberse percatado del estruendo.

—Bueno, ahí tienes a Mario. Ya puedes informar a tu jefe. Toma el revolver, era suyo, pero no está registrado, así que puedes decir que lo encontraste junto al cadáver y que debe pertenecer al sicario que se lo cargó y que, por algún motivo, las prisas quizá, se lo dejó en la escena del crimen. Ya te inventarás cualquier explicación. Y límpialo bien, por favor, no vayan a quedar mis huellas. Ahora por fin, soy libre y tú tendrás una generosa recompensa.

Y dicho esto, me lanzó un beso al aire y salió rápidamente del piso, dejándome con un muerto a mis pies y más aturdido de lo que me había dejado el disparo a bocajarro.

Tenía que pensar con rapidez. ¿Qué hago ahora?, me dije tras recoger el arma con la ayuda de un pañuelo y guardármela en un bolsillo.

Inés me había utilizado para dar caza a su marido, quien le debía haber contado cualquier mentira mínimamente creíble para justificar su desaparición voluntaria, pero sin revelarle su paradero. «Cuánto menos sepas, mejor», debió de decirle.

Me pasé casi todo el día en casa de Mario intentando aclarar los puntos oscuros de esa historia. Me costó unas cuantas horas, pero lo conseguí.

En una caja de cartón oculta en un armario hallé documentos e información que Mario debió llevarse consigo y que me sirvieron para que las piezas del rompecabezas acabaran de encajar.

Era evidente que Inés ignoraba que era un mafioso, al que no había podido devolver un préstamo de varios millones de euros para sacar a flote su negocio, que llevaba tiempo haciendo aguas, quien andaba detrás de su marido. Todo estaba escrito y documentado: balances contables, extractos bancarios, pagarés, cartas amenazadoras... Incluso notas de voz en su móvil que identificaban al peligroso prestamista. Inés también ignoraba, por lo tanto, que su marido estaba prácticamente arruinado. Ahora entendía por qué este había dicho que se llevaría una desagradable sorpresa en caso de que él muriera.

Todo ello me confirmó que Mario se había puesto a salvo de sus perseguidores hasta que pudiera encontrar el modo de salir del país. Pero ¿quién le podía ayudar en su propósito? Esto ya nunca lo sabría.

Me sentía tremendamente humillado al pensar que había sido objeto de una trampa por parte de Inés, habiendo caído en sus redes amatorias. Sabía de su interés por ver muerto a su marido, pero nunca pensé que fuera capaz de acabar con él con sus propias manos. Pero recibiría su justo castigo cuando descubriera la verdadera situación económica del difunto. Tendría que volver a vivir de sus ingresos como modelo venida a menos. Eso en caso de que no la denunciara a la policía.

Ya de noche, fui a la oficina para redactar mi informe. Me pasé más de una hora ante la pantalla del ordenador sin saber qué escribir. Inés confiaba que, habiendo caído rendido a sus pies, la encubriría. Y no andaba totalmente errada. Por mucho que lo intentaba, no podía dejar de pensar en nuestra relación. Esas últimas semanas junto a ella habían sido un bálsamo para mis heridas abiertas, una dulce forma de olvidar mi reciente y doloroso fracaso sentimental, un consuelo para mi soledad y mi vida caótica y confusa. Me había enamorado perdidamente de ella. Intentaba justificarla de algún modo, pero dudaba. Un asesinato no tiene justificación a menos que sea en defensa propia. Y no era el caso.

Estaba con las manos sobre el teclado cuando sonó mi móvil. Era Inés, con su voz melosa.

—Hola, cariño —por lo menos no me llamaba Cari—. ¿Ya has redactado el informe?

—Ahora estaba en ello —respondí escuetamente.

—Y ¿ya sabes qué pondrás?

—Todavía no, pero no te preocupes, que algo se me ocurrirá.

—Muy bien, cuando lo tengas, ya me contarás. Te quiero —susurró antes de colgar.

Seré novato, pero no mentecato, me dije. Si quería hacerme un nombre en el campo de la investigación privada, un nombre que fuera sinónimo de buen hacer y de ética profesional, ¿cómo iba a involucrarme en un asunto tan deleznable? Si seguía los dictados de Inés, tarde o temprano todo acabaría descubriéndose y ambos pasaríamos muchos años en la cárcel. Así que me dispuse a relatar la verdad. No estaba dispuesto a encubrir a una asesina que me había utilizado con sus poderes de seducción.

Una vez terminado el informe, lo dejé sobre la mesa de Eduardo junto a la pistola con las huellas que no llegué a borrar, la prueba del delito. Ya lo encontraría todo al día siguiente cuando se incorporara al trabajo.

Casi no pude pegar ojo en toda la noche, dándole vueltas al asunto e imaginándome la reacción de Inés. Con lo astuta que era, bien podría inventarse algo en mi contra, alegar que estuve en el ajo desde el principio y que ahora, resentido por haber roto nuestra relación, quería vengarme de ella.

 

Al día siguiente, llegué tarde a la oficina. Me había costado mucho conciliar el sueño y se me habían pegado las sábanas.

Al llegar, me extrañó la tranquilidad reinante cuando esperaba un cierto alboroto y que, al verme, todos mis compañeros me felicitaran por haber cerrado el caso satisfactoriamente. Pero, en cambio, todo el mundo iba a lo suyo y ni siquiera repararon en mi presencia. Cuando llamé a la puerta del despacho de Eduardo nadie contestó. Oí una voz a mi espalda que decía:

—Todavía no ha llegado o, por lo menos, nadie le ha visto. Es muy extraño en él, que siempre es tan madrugador.

—¿Le habéis llamado? Quizá esté indispuesto.

Por toda respuesta mi interlocutor se encogió de hombros.

Decidí, pues, abrir la puerta del despacho. Me sorprendió sobremanera no ver en su mesa el informe ni el arma que había dejado la noche anterior. A continuación, llamé a su casa. Su mujer dijo que había salido muy temprano, pues tenía un asunto muy urgente que resolver. Eso me dio muy mala espina. Eché un vistazo a la grabación de la cámara instalada en la entrada del edificio y vi que, efectivamente, había llegado a las siete de la mañana y salido apresuradamente al cabo de diez minutos. Su móvil estaba desconectado o fuera de cobertura, según la alocución grabada. Me temí lo peor.

Inés tampoco contestó a mis llamadas. Los dos pájaros habían volado, esto estaba claro. Esa mujer había jugado con dos cartas, la mía y la de Eduardo. Este, al ver mi informe, debió ponerse de inmediato en contacto con Inés para hacerle partícipe de mi traición y decidieron fugarse a la espera de que ella se hiciera con todo el dinero de su difunto marido y vivir juntos un retiro dorado. ¿Cuánto tiempo le duraría a Inés su nuevo cómplice cuando descubriera que no había tanto dinero de por medio? No mucho, como pude saber al cabo de unas pocas semanas. Pero por un motivo muy distinto.

Los informativos no aclararon lo sucedido, pero pude colegir que el mafioso, o sus secuaces, habían dado con su paradero en Rio de Janeiro. Dos disparos a quemarropa acabaron instantáneamente con la vida de ambos. La versión oficial fue que habían sido objeto de un atraco a mano armada mientras paseaban por la playa de Copacabana a medianoche.

Este caso, el primero que me asignaron, me enseñó a desconfiar de las mujeres exuberantes que buscan desesperadamente a sus maridos. Y también que hay malos que resultan no ser tan malos y buenos mucho menos buenos de lo que aparentan.

Al cabo de los años, he logrado forjarme un buen nombre. Y hablando de nombres, me doy cuenta de que todavía no os he revelado el mío. Aunque mi verdadero nombre es otro, todo el mundo me conoce como Sam, en honor a Sam Spade. Yo habría preferido que me llamaran Bogart, pero qué le vamos a hacer.

 


lunes, 21 de marzo de 2022

El ascensor

 

 

Rodrigo se acababa de comprar un ático de lujo. Solo había una pega: el ascensor. Nunca le habían agradado los ascensores, de modo que siempre subía a pie. La verdadera causa, que no quería reconocer, era su claustrofobia. Pero diez plantas eran muchas y sus cuarenta años empezaban a pasarle factura. Así pues, tuvo que sobreponerse a su fobia y utilizar ese artilugio.

Era un ascensor en los que una voz femenina indica si está subiendo o bajando y el número de la planta donde se detiene. Rodrigo acabó creyendo que era una mujer real la que le hablaba como si le conociera.

Sospechando que tras aquella modernidad se escondía algo peligroso, decidió volver a usar las escaleras. Así mantendría sanos tanto su cuerpo como su mente.

Pero un día que llegó a casa agotado, decidió pulsar el botón de llamada.

Al cabo de escasos segundos oyó el “cling” que indicaba que al aparato acababa de llegar a la planta baja y acto seguido se abrieron sus puertas.

Rodrigo entró y pulsó el botón de su planta. De pronto, oyó aquella voz sensual que le decía: «Hola Rodrigo, me habías abandonado, pero has vuelto. Te he echado mucho de menos».

Los técnicos no pudieron explicar lo ocurrido. Seguramente había fallado el ordenador de control. Cuando por fin éstos lograron abrir las puertas, hallaron el cuerpo inánime de Rodrigo.

La autopsia reveló un infarto de miocardio sin causa aparente. Sus amigos están convencidos de que Rodrigo falleció debido a su claustrofobia.

(250 palabras)




jueves, 3 de marzo de 2022

Mi nueva creación

 


El 2 de diciembre de 2016 anuncié en este blog, con el título El proyecto llegó a su fin: el libro nacido de un blog, la aparición de una recopilación de 55 relatos que bauticé con el nombre de Irreal como la vida misma. Quien desee recordar esa efeméride que pinche AQUÍ.

En alguna ocasión, tratando el tema de la gran dificultad que entraña hacer llegar una obra de este tipo, autoeditada y de una autoría novel, a un amplio público, afirmé que no volvería a intentarlo, que ese sería el último libro que ponía a la venta.

Pero del mismo modo que, habiendo prometido reiteradamente no volver a incordiar con mis mensajes y recordatorios promocionales, incumplí dicho compromiso —parece ser que en esta cuestión no soy de fiar, también en esta ocasión falto a mi palabra y he caído en la tentación de repetir la experiencia.

Así pues, después de más de cinco años, he parido, concebido, alumbrado, dado a luz a dos nuevos hijos, nacidos con unos pocos días de diferencia, el de papel y su hermano menor, el virtual, el electrónico. Los dos igual de guapos, calcados a su padre.

Esta nueva recopilación, que he titulado, en un derroche de originalidad, Irreal como la vida misma 2, contiene 24 relatos breves, seleccionados de entre los más de doscientos que he ido publicando en este blog desde principios de 2017. Es decir, son la flor y nata de una época en la que, desde un punto de vista muy personal —permitidme la vanidad— creo haber ido mejorando mi estilo narrativo gracias a los conocimientos adquiridos en diversos talleres de narrativa y a la experiencia que, dicen, es un grado.

En esta ocasión, no solo se ha visto reducido el número de relatos sino, consecuentemente, el de páginas, que ahora son 190 en lugar de 300.

Lo más difícil de este ejercicio ha sido la elección de las historias merecedoras, en mi opinión, de formar parte de esta obra, pues he debido desechar algunas a las que les había tomado cariño. Y todo en pro de la manejabilidad del libro en la edición en papel y de cumplir con la finalidad de dejar al lector con ganas de más en lugar de aburrirlo. Quiero y debo señalar que estas dos premisas proceden del criterio de mi buen amigo y consejero Pedro Fabelo, autor del blog Absurdamente (https://pedrofabelo.blogspot.com/). En realidad, Pedro añadió otra razón que no he respetado: el precio. Y es que la carestía de la vida, por una parte, y la relación calidad-precio, por otra, me han obligado a mantenerlo prácticamente al mismo nivel que el de sus predecesores.

Puestos a frivolizar un poco más, ya solo me resta invitaros a leer Irreal como la vida misma 2, que ya está disponible en Amazon en papel y en formato electrónico. Y, por supuesto, desearos que disfrutéis de su contenido. Y ya puestos a pedir, quienes lo hagáis y gocéis de la lectura —bueno, con tal de que os lo paséis bien ya me conformo—, os agradecería que dejéis constancia de ello en el apartado destinado a las opiniones de los clientes. Nunca se sabe quién consulta esta información.

Y ya solo me queda recordar a los que vivís en Cataluña que Sant Jordi, el día del libro y de la rosa, está a la vuelta de la esquina.

¡Ah, se me olvidaba! Para ponéroslo mucho más fácil, solo tenéis que pinchar AQUÍ o sobre la imagen del libro, a la derecha de la portada, para ir por el buen camino.

Esto es todo, amigos.


viernes, 25 de febrero de 2022

Una nueva oportunidad

 


Creo que no exagero si digo que todos, o casi todos, hemos experimentado alguna vez lo que se conoce como dejà vu. Es una sensación fugaz y poco nítida de que ya hemos visto algo o vivido una situación igual con anterioridad, pero nos resulta imposible recordar cuándo y dónde. Hubo un tiempo en que lo experimenté muchas veces, y cada vez con más frecuencia. Cuando se lo comenté a mi amiga Charo, me dijo, con total naturalidad, que esos flashes, aparentemente inexplicables, eran retazos de una vida anterior. Al principio la miré con incredulidad, pero conociendo su creencia en la reencarnación, no me atreví a llevarle la contraria. «Si cada día dedicas unos minutos a la meditación, acabarás conectando con tu yo pasado, con tu otra vida». Y así quedó la cosa. Hasta hace un mes aproximadamente.

No soy creyente, pero me atrae todo lo paranormal. De ahí que interpretara esos flashes como algo que seguramente tendría una explicación psicológica, pero que nadie, de momento, sabía cuál era. Recuerdo que, hace algunos años, la ouija me reveló que en una vida anterior había sido un Marqués, muy apuesto y muy rico, llamado Rodolfo Argüelles. El Marqués de Argüelles. ¡Cómo me reí entonces! Ahora, en cambio, no tengo ningún motivo de burla, todo lo contrario. Y os diré por qué.

Todo empezó, como he dicho, hará aproximadamente un mes. Tuve una visión —ahora prefiero llamarla así— de una duración extraordinaria, en comparación con los flashes habituales. Por fortuna estaba en mi despacho a puerta cerrada y nadie se percató de nada. Recuerdo que cerré los ojos para relajarme de la tortura que estaba resultando ese día. No estoy completamente seguro, pero debieron pasar unos diez minutos, al menos eso me dio a entender mi reloj cuando lo consulté al volver en mí.

En esa visión iba en un carruaje cerrado, de dos plazas, tirado por un caballo. Según la imagen que todavía guardaba de él al despertar, pude averiguar que se trataba de un ómnibus, probablemente del siglo XVII. En el pescante iba sentado un cochero vestido de librea y me acompañaba una bellísima dama vestida y acicalada como una noble que se dirige a un baile en la corte. Sin entrar en detalles sobre la vestimenta de ambos, cosa que no viene a cuento, el caso es que esa mujer me miraba a los ojos con un asomo de tristeza y a la vez de un amor indescriptible. Me sonrió y yo, como respuesta, le acaricié el rostro. Al hacerlo, me besó la palma de la mano antes de retirarla. A continuación, el carruaje se detuvo y oí cómo el cochero nos decía que ya habíamos llegado a nuestro destino. Al abrir la puerta para descender del coche vi que ante mí se erigía un inmenso edificio en el que, según todos los indicios, se celebraba un gran acontecimiento social.

Ahí acabó mi primera visión de envergadura, una visión que me resultó muy real y familiar, y que me dejó muy turbado.

Desde aquel día, cada vez que me relajaba, se iban sucediendo nuevos episodios, como si de una serie televisiva se tratara. Se encadenaban cronológicamente, pero con saltos en el tiempo —semanas, meses quizá—, de modo que en cada ocasión me sentía perdido en un ambiente nuevo y extraño en el que tenía que improvisar y adoptar un papel lo más natural posible para no ser descubierto. Y así, poco a poco, fui viviendo una historia que, para no entrar en muchos detalles, os la voy a resumir.

María Luisa de Villa-Cisneros, que así se llamaba la joven, era una rica heredera de apenas diecinueve años cuando la casaron con el Marqués de Argüelles, es decir conmigo, o mejor dicho con mi anterior identidad. Nuestros respectivos padres concertaron la boda, una boda de conveniencia a cuya unión yo aportaba un título nobiliario y ellos mucho dinero, algo que beneficiaba a ambas partes, pero sobre todo a mi familia, arruinada desde hacía tiempo. Pero no penséis que la joven heredera se vio forzada a aceptar el acuerdo. Al contrario. María Luisa llevaba años enamorada de mí, mientras que yo, diez años mayor, era un calavera y solo pensaba en yacer con mujeres “experimentadas”.

Con el tiempo llegué a tomarle cariño, pero no había ni rastro de amor. En esta situación, ella empezó a marchitarse, y el hecho sobreañadido de no quedar embarazada, viendo así truncada su ilusión de ser madre, la llevó a una melancolía enfermiza, lo que hoy conocemos como depresión clínica.

Tras diez años de convivencia, viviendo una existencia triste y solitaria debido a mis largas y cada vez más frecuentes ausencias, en las que había cabida para otros amores y otras camas, Luisita, como la llamaban cariñosamente sus padres, tocó fondo y acabó suicidándose. Una noche se lanzó al vacío desde lo más alto de nuestra mansión. Murió en el acto, o al menos es lo que nos hizo creer nuestro médico. No sufrió, dijo. Quienes sí sufrieron, y mucho, por la pérdida de su única hija, fueron sus padres. Los míos ya habían fallecido, así que no pudieron reprocharme nada de mi conducta para con ella. La verdad es que tampoco se interesaron mucho mientras vivía. Mis suegros, por su parte, sospechando que yo era el culpable del deterioro anímico y mental de María Luisa, me odiaron hasta el punto de querer verme muerto. Algo que acabó ocurriendo.

Mi última visión así lo demostraba. De noche, volviendo a casa desde un lupanar, un hombre embozado y armado con un cuchillo de grandes dimensiones me sorprendió y me degolló en plena calle, dejándome tendido mientras la sangre brotaba de mi garganta.

 

Toda esta historia, que no he contado a nadie —ni siquiera a mi amiga Charo— y de la que solo dejo constancia en este diario, me perturbó hasta tal punto que no había momento en el que no me asaltara un inmenso sentimiento de culpa y una angustia que, de no hallar el modo de resolverla, acabaría también con mi salud mental. Sería como hacer justicia después de más de tres siglos.

Así que decidí hacer un viaje en el tiempo, recurriendo a un psicólogo que practicaba regresiones y que, según había leído, había hecho retroceder a sus pacientes hasta etapas de sus vidas anteriores. Verdad o mentira, me puse en sus manos, a pesar de que, cuando le conté lo que pretendía, me aseguró que eso no sería posible.

—Una cosa es que pueda retroceder hasta momentos pasados y ver personas y escenarios conocidos muchos años, e incluso siglos atrás, en otras vidas, y otra muy distinta que pueda revivir esos momentos, actuando como el protagonista de los mismos.

A lo largo de varias semanas, asistiendo regularmente a esas sesiones de regresión, solo lograba trasladarme mentalmente hasta esos momentos y lugares de mis visiones. Hasta que un día experimenté un desplazamiento físico, una experiencia extracorporal. Me vi volando, tras separarme de mi cuerpo físico, tal como había leído que ocurría en los llamados viajes astrales, a diferencia de que no vi ningún cordón de plata, ese hilo plateado, como lo describen los expertos en la materia, que mantiene unidos el cuerpo astral y el físico.

Así fue cómo pude desplazarme, no solo en el espacio sino también en el tiempo, lo que me brindó una segunda oportunidad para llevar a cabo un acto de redención: salvar a María Luisa de la muerte, evitándole el suicidio y dándole todo el amor que merecía.

Pero el destino volvió a ser cruel con ella. Un día, cruzando la calle, un carruaje, cuyos caballos se habían desbocado, la arrolló sin que el cochero pudiera evitarlo. Solo llevábamos dos años casados.

Os parecerá una paparrucha, un cuento, una alucinación o una trampa de mi mente. Eso es lo que dice mi psiquiatra. Según me cuenta, estuve dormido varios días. El psicólogo que me había sometido a la regresión, al ver que no despertaba, alarmado, llamó al 112 y enviaron una ambulancia. Parecía estar en coma. Estuve ingresado una semana sin recobrar la consciencia. Hasta que una nueva visión me despertó. Tenía ante mí, a los pies de la cama, a María Luísa que, sonriente, me dijo «Gracias, Rodolfo, por el tiempo de felicidad que me has regalado. Ojalá consiguieras repetirlo para que en esta nueva ocasión pudiéramos desafiar a la muerte y ser definitivamente felices. Te esperaré». Eso tampoco se lo he contado al psiquiatra, pues me encerraría de por vida.

Ahora no hay momento de descanso que no vuelva a ser el Marqués de Argüelles y vivo felizmente casado con María Luisa de Villa-Cisneros. Esta pasada noche hemos asistido a una fiesta organizada por el Archiduque Carlos, de la casa de Austria, que se postula como el nuevo rey de España tras la muerte de Carlos II. Otros, en cambio, apuestan por Felipe, el nieto del Rey de Francia. Hay quien prevé un enfrenamiento entre ambos aspirantes a la corona. Yo sé que habrá una guerra de sucesión y sé quién la ganará. Pero debo mantener la boca cerrada. No he venido a meterme en conflictos políticos sino a aprovechar esta nueva oportunidad para ser feliz junto a mi joven amada.


viernes, 11 de febrero de 2022

La leyenda del lago

 


Los acontecimientos que se relatan en mi diario se remontan a las postrimerías del siglo XI. Es la historia de un joven soldado que, habiendo servido fielmente a las órdenes de Guillem Ramon I, Conde de Cerdanya i Berga, uno de los pocos nobles de la Marca Hispánica que acudieron a la llamada del Papa Urbano II para luchar contra el turco, se detuvo, al volver de Tierra Santa, en esta aldea de las tierras altas.

Un día, Onofre, que así se llamaba el joven, contó a los lugareños que la noche anterior, dando un paseo por la orilla del lago, vio aparecer de sus aguas a una joven bellísima y de larga melena oscura que, en medio de una especie de nube, se le acercó y le dijo, sin siquiera mover sus labios, algo que no paró de repetir mientras que, asustado, corría de vuelta a la posada: venga mi muerte, venga mi muerte.

Cuando refirió aquel suceso en la taberna del pueblo, tras la estupefacción inicial de los allí presentes, todos declinaron hacer comentario alguno y, por sus miradas, unas avergonzadas y otras recelosas, Onofre entendió que sabían qué había tras aquellas tres palabras. Así pues, ante lo que el joven juzgó como la aplicación de la ley del silencio, decidió averiguar por su cuenta lo ocurrido a la muchacha de su aparición y resarcir, en la medida de lo posible, la afrenta que pudieran haber cometido contra ella.

A la noche siguiente, Onofre volvió al lago y, de nuevo, recibió la visita de aquella presencia misteriosa que parecía estar esperándole. La joven, Fátima era su nombre, le refirió que un año atrás, cuando contaba con dieciséis años, fue ultrajada y asesinada por seis de sus vecinos. Aun siendo cristiana, corría sangre árabe por sus venas, fruto de un mestizaje que, muchos años atrás, tuvo lugar cuando aquellos pagos eran de dominio musulmán, y fue esa sangre y la lujuria de aquellos hombres lo que hizo que acabaran con su virtud y su vida. Ahora sólo reclamaba justicia por lo que habían hecho, primero con ella y luego con los miembros de su familia que intentaron vengar su muerte.

Tras el juramento de Onofre de que haría justicia, aunque con ello le fuera la vida, la joven, en señal de gratitud, le hizo entrega de un anillo de oro y piedras preciosas que había heredado de su madre y esta de la suya.

Pero esa aparición tuvo también otros espectadores, aquéllos que, sabiéndose culpables, habían seguido al soldado hasta el lago y que, apostados tras unas rocas, asistieron boquiabiertos a aquella revelación y no dudaron en cercenarle la garganta para acallar cualquier intento de denuncia al nuevo Conde de Cerdanya, Guillem Jordà, quien, se decía, impartía una justicia inmisericorde para con los asesinos, no sin antes robarle el anillo que le había obsequiado la joven aparecida.

Se cuenta que al poco de la desaparición del soldado, seis vecinos fueron hallados muertos, de madrugada, en la plaza del pueblo, por lo que parecía una profunda herida de espada en el vientre y que junto a ellos se encontró un bellísimo anillo de oro y piedras preciosas manchado de sangre.

Aun hoy, no puedo olvidar ni quiero que se olviden aquellos tristes acontecimientos que he relatado en mi diario. Los hechos, considerados verídicos por unos y legendarios por otros, han ido pasando oralmente de generación en generación, y siguen atrayendo a curiosos, que se acercan al lago con la esperanza de ver a unos fantasmas surgir de sus aguas.

Pero solo yo he conocido la historia de primera mano. Soy el guardián del lago, como me gusta apodarme. Al abandonar este mundo en el campo de batalla, vagué como alma en pena en busca de mi fiel servidor, a quien amé en vida como a un hijo, hasta hallarlo en estas aguas donde su espíritu habita junto a otra alma pura. Fue entonces cuando decidimos dar a conocer su historia y honrar así la memoria de dos jóvenes inocentes cuya vida les fue cruelmente arrebatada a tan temprana edad.

Esos jóvenes no son otros que mi querido Onofre y Fátima. Desde entonces buscamos infructuosamente a un ser limpio y justo a quien pasarle el testigo haciéndole entrega de este anillo de oro y piedras preciosas y dándole a conocer mi diario, como recuerdo de unos actos de fanatismo que dieron lugar a la historia que ha perdurado como leyenda popular hasta el día de hoy.

Por cierto, no me he presentado adecuadamente. Mi nombre es Guillem y un día fui el Conde de Cerdaña y Berga, que murió en el campo de batalla, en 1095, luchando contra el ejército turco en la primera cruzada. ¿Qué me llevó hasta este lugar? Sin duda fue el espíritu de mi fiel Onofre que me atrajo para hacerme partícipe y propagador de esta historia.

Los dos derramamos nuestra sangre defendiendo honor e ideales y nuestros nombres han quedado unidos por los lazos de una antigua y sagrada amistad que no perecerá jamás y cuyo recuerdo permanecerá intacto mientras haya quien mantenga viva la “leyenda del lago”.

       Pero hasta que no surja una generación que practique la justicia y la tolerancia, el anillo seguirá en poder de su legítima propietaria, en el fondo del lago.

        Os preguntaréis cómo pude escribir un diario cuando ya me encontraba entre los muertos. Esto forma parte de la leyenda.

(900 palabras)