Hace unos tres mess, deambulando por un mercadillo de antigüedades, vi un reloj que me llamó mucho la atención. A pesar de tener un aspecto clásico antiguo, aunque de antiguo no tenía mucho, según me confesó el propietario del puesto ─este ejemplar tendrá unos treinta años, más o menos─, me resultó tremendamente atractivo. Parecía un objeto más propio de un vejestorio ricachón que de un friki como yo. Aun así, decidí comprarlo. Cuando el vendedor me dijo el precio, casi me caigo de espaldas.
─Es que es un reloj muy especial, su
mecanismo es extraordinario. No encontrará muchos como este. Lo adquirí en una
subasta, tras ser vaciado un piso por defunción de su propietario sin haber
dejado herederos.
La premura para adquirir aquella joya,
como la calificó aquel hombre, no me permitió percatarme de que ese artilugio
tan especial no funcionaba. No se le podía dar cuerda, pues no tenía ninguna
llave o elemento para hacerlo, como en los relojes convencionales. Consulté en
internet y cuando introduje su marca y modelo, volví a sorprenderme. ¿Sabía
aquel viejo vendedor el valor que ese reloj tenía en el mercado de segunda
mano? A mí me lo vendió por la friolera de quinientos euros. En una web de
internet dedicada a relojes antiguos encontré uno idéntico, al menos en
apariencia, que se vendía por veinte mil euros. ¡De segunda mano! ¿Cuánto debía
valer nuevo? No pude averiguarlo, pues ese modelo ya no se fabricaba. Pero
fuera el que fuera su valor, ya que había invertido en él una buena suma de
dinero, tenía que hacerlo funcionar. Encontrar un taller de reparación para
este reloj en concreto me costó Dios y ayuda, pues todos los que hallé
rechazaron tal encargo; conocían ese tipo de aparato, pero no tenían ninguna
experiencia con él, hasta que uno de los contactos aceptó repararlo, añadiendo
que era el único en España que tenía un artesano entre su personal que conocía,
como la palma de su mano, el complejo mecanismo de esa maravilla de reloj.
Cuando me presenté en la tienda, en un
callejón del casco antiguo de Barcelona, me pareció haber retrocedido en el
tiempo más de un siglo. Parecía que estuviera en un comercio de enseres
extraños, un bazar de objetos mágicos procedentes de la cueva de Alí Babá. Su
estrechez era tanta que un sujeto, que dijo ser el dueño del establecimiento,
me atendió de pie detrás de un mostrador barroco que había sufrido los ataques
de la carcoma, sin tener apenas espacio para movernos. El hombre, de edad
indefinida, enjuto y con numerosas arrugas en cara y cuello (las únicas partes
de su cuerpo a la vista) daba la impresión de haber resucitado tras muchos años
de descanso en el Campo Santo. Pero tras las presentaciones de rigor y haberle
mostrado el reloj y recordándole mi deseo de repararlo, cambió su actitud
huraña y distante, convirtiéndose en un amable y halagador comerciante que solo
desea complacer al cliente. Ante la visión del reloj, esbozó una sonrisa lobuna
y los ojos se le agrandaron tanto que parecía que iban a salirse de sus
órbitas.
─¿Sabe usted lo que vale este reloj?
─inquirió, y antes de responderle, añadió─ Tiene en sus manos una joya de la
ingeniería. Le adelanto que le saldrá cara la reparación, pero valdrá la pena
gastarse un buen dinero para que este aparato, único en su especie, funcione a
la maravilla. Nuestro maestro artesano lo reparará, pero le advierto que
necesitará por lo menos uno o dos meses para ello, pues su mecanismo es
sumamente complejo y delicado y hay que tratarlo con mucha destreza.
Y así fue, pues al cabo de dos meses
recibí su llamada para que pasara a recogerlo.
─Ha quedado como nuevo ─me dijo por
teléfono con una indisimulada satisfacción─, salvo unos pequeños arañazos en su
cubierta que ya tenía, seguramente debidos a un traslado poco aplicado en
alguna que otra ocasión. Lo hemos tenido dos semanas en observación y funciona
perfectamente.
Una vez de nuevo en la tienda, fui
atendido en esta ocasión por el maestro artesano en persona, quien apareció de
la trastienda portando un bulto con tanto cuidado como si llevara un recién
nacido en brazos. Lo desenvolvió y lo depositó con gran cautela sobre el
mostrador y me indicó cómo debía proceder durante su traslado, el modo de
bloquearlo y desbloquearlo una vez en casa y el ajuste de su horizontalidad
mediante un nivel de burbuja como el empleado en albañilería. Me advirtió de que
cualquier golpe, por pequeño que fuera, sacudida o incluso temblor del mueble sobre
el que lo situara, podría deteriorar su funcionamiento y deberían volver a
repararlo. Ante tantos consejos, me sentí atribulado y anticipaba mi culpabilidad
con solo pensar en una posible falta de cuidado por mi parte que pudiera
afectar el buen funcionamiento de mi reloj, siendo como era un objeto sumamente
delicado.
Pero si todo ello me resultó
apabullante, lo que me dijo a continuación, antes de empaquetarlo de nuevo, me
sorprendió hasta el punto de poner en duda la veracidad de aquellas palabras.
─¿Sabe quién inventó el mecanismo de
este reloj? ¿No?, pues el mismísimo Leonardo da Vinci, sí señor, no me mire con
esa cara. No sé si mi socio le habrá informado de cómo funciona.
Y ante mi mutismo, continuó con su
explicación.
─Pues este maravilloso reloj funciona gracias
a la energía producida por los cambios de temperatura y de presión atmosférica
ambiental, de ahí que no necesite que le den cuerda y que pueda funcionar
durante años sin la intervención de la mano del hombre. Todo está en esa
cápsula que usted ve aquí ─que señaló con su largo y huesudo dedo índice─,
herméticamente sellada, que contiene una mezcla de gas y líquido de cloroetano
que se dilata en una cámara de expansión cuando la temperatura sube,
comprimiendo…
Llegado a este punto ya no atendía las
explicaciones de aquel buen hombre, solo pensaba en el hecho de haber dado con
aquel extraño reloj por casualidad ─o quizá por una causalidad que desconocía,
pues a mí los relojes antiguos no me resultaban especialmente atractivos y en
cambio ese me había seducido desde que lo vi─ y que desde ese preciso instante
debería cuidar de él como de un ave exótica o una planta tropical muy delicada
de conservar fuera de su hábitat.
Antes de llegar a casa ya sabía dónde
iba a depositar el reloj de marras: sobre un estante fijado lateralmente a dos
pequeñas columnas del salón comedor. Hice todo lo que me había indicado el
viejo artesano y grande fue mi satisfacción al comprobar que había logrado que
funcionara tras las manipulaciones de desbloqueo del sistema y ajuste horario.
El resto del día lo pasé contemplándolo cada cinco minutos, asegurándome de que
no adelantara o atrasara ni un ápice, como así fue.
Pero tras mi tranquilidad inicial, experimenté
un sobresalto, rayando el miedo, cuando, por la noche, me despertó una voz
grave y profunda, que parecía proceder de ultratumba.
─Gracias por haber adquirido ese
reloj, amigo, no te arrepentirás ─tras lo cual me incorporé en la cama como si
un resorte me hubiera empujado violentamente─. Tras unos segundos de
circunspección, me atreví ─aun pensando que era del todo absurdo─ a hablar.
─¿Quién anda ahí?
Y la voz volvió a oírse, esta vez con
mayor claridad.
─Bueno, eso de andar es un decir,
porque hace más de quinientos años que no ando, físicamente hablando, porque
vagar sí que vago, je, je.
Encima, quien fuera el que hablaba,
tenía sentido del humor. Entonces me apresuré a abrir la luz y lo que vi me alarmó
todavía más. ¿Quién era ese personaje que tenía frente a mí, observándome
sonriente y complacido, según dijo, de poder hablar conmigo?
─¿Acaso no me reconoces? ¿En el
bachillerato no os enseñaron historia del arte? ¿No adivinas quién soy? Esta
mañana te han hablado de mí y del reloj que diseñé, que ha dado lugar al que
has comprado.
Aturdido como estaba, no podía
articular palabra, pensando que todo era un sueño o una alucinación. La
Dormidina que me había tomado para conciliar el sueño y evitar esos molestos
despertares prematuros que tanto me acucian nunca me había provocado ningún
efecto adverso y mucho menos de ese calibre. Aun así, decidí arriesgarme,
sintiéndome un poco ridículo.
─¿No serás Leo…Leonardo da… da Vinci?
─¡Bingo! ¿No es así cómo lo expresáis
en esta época?, ja, ja, ja.
Ya un poco recuperado del susto
inicial, salté de la cama y me acerqué a él con la intención de tocarle, como
hiciera Santo Tomás ante la aparición de Jesús, para ver si era de carne y
hueso. Y no lo era, como cabía suponer, pues mi mano atravesó limpiamente su
cuerpo inmaterial. Él estalló en otra carcajada, todavía más sonora.
─Oye, no quisiera importunarte y mucho
menos asustarte, pero he venido para pedirte un favor.
─¿Un favor? ¿A mí? ─le pregunté,
extrañado.
─Pues sí. Verás, es que llevo cinco
siglos aburriéndome como una ostra y ya tengo muy vistos a mis congéneres, sobre
todo a esos pesados que se creen unos dioses y los mejores artistas de la
historia, como el ególatra de Miguel Ángel y el insoportable de Rafael. Bueno,
el caso es que había pensado si podría tomarme unas vacaciones y vivir contigo,
por lo menos una temporadita, junto a “mi reloj”, porque en realidad es mío,
por lo menos la idea, que luego me copiaron de la forma más fraudulenta y que ahora
se atribuye a un suizo ignorante que lo único que supo hacer fue fabricarlo y
darle un aspecto más “moderno” que el que yo le di en pleno Renacimiento, debo
aceptarlo.
─Bueno ─contesté con sumo tacto, para
no ofenderlo─, pero ese suizo al que se refiere lo hizo muy bien, ¿no es sí?
─Por toda respuesta solo percibí un gruñido de desaprobación, seguido de un
silencio total. Y el tal da Vinci desapareció.
Pensé que ello significaba que me
había librado de él, pero me equivoqué. Ahora lo tengo rondando por toda la
casa, día y noche, con la excusa de controlar de cerca su invento y vigilar si
lo trato bien. De momento todo va sobre ruedas, pero no puedo evitar sentirme
incómodo teniendo como inquilino a un genio como él. Pero al final nos hemos
hecho amigos y hasta deja que le llame Leo. Si al menos se lo pudiera contar a
alguien…







