domingo, 4 de noviembre de 2018

Una pesadilla




He pasado una noche fatal, despertándome a cada hora sin motivo aparente. Me embargaba una angustia indefinible. Sentía una extraña sensación de irrealidad, como si estuviera fuera de lugar, como si fuera un ser extraño o algo terrible tuviera que sucederme de un momento a otro. Mi corazón latía desbocado y la respiración era agitada. Parecía una crisis de ansiedad o un ataque de pánico. Incluso temía salir de la cama, como si esta fuera mi refugio salvador.

Cuando, por fin, me he levantado, todo ha vuelto a una relativa normalidad, pero solo momentáneamente. El simple acto de cepillarme los dientes, se ha convertido en un ejercicio extraño, como si nunca antes lo hubiera hecho. El cepillo se me ha caído varias veces de las manos. Hacer el café, verterlo en la taza y sujetarla por el asa, me ha resultado más dificultoso que de costumbre. Mi destreza se ha visto de pronto anulada. Parecía un niño torpe que aprende a manejar las cosas. Abrocharme la camisa y la americana me ha llevado más tiempo de lo estrictamente necesario. Peor ha sido hacerme el nudo de la corbata. He tenido que repetirlo más de diez veces para que saliera algo aceptable. Era evidente que algo extraño y posiblemente grave me estaba ocurriendo. Podía tratarse de un ictus. Llegué a temer, incluso, que algo desconocido se había apoderado de mí.

En la oficina me he sentido igual de torpe. No lograba ser mínimamente hábil. En más de una ocasión se me ha derramado el café, manchando todos los papeles que tenía sobre la mesa, y algún que otro expediente ha estado a punto de dar contra el suelo al abrirlo. La ansiedad ha hecho nuevamente acto de presencia, pero con mayor intensidad. Era como estar viviendo una pesadilla. No he tenido más remedio que inventarme una excusa y marcharme. He pensado que lo mejor era que me viera un médico, aunque no supiera qué decirle. Así que me he presentado en el servicio de urgencias del ambulatorio más cercano.

Ha sido, desde luego, una decisión acertada, aunque el diagnóstico me ha pillado por sorpresa. Esperaba que, en el peor de los casos, todo fuera resultado de una infección por un virus extraño, que es a lo que se recurre cuando no se sabe con exactitud qué explicación dar a una dolencia desconocida. El médico que me ha atendido ha sido muy meticuloso en la exploración. Ha resultado ser todo un profesional. Aunque al principio parecía desconcertado al relatarle los síntomas, al cabo de una hora larga de intenso reconocimiento, ha dado con la explicación del misterio.

Lo que me ha ocurrido es algo realmente insólito, probablemente sea el primer caso que se registra en la historia de la medicina. No ha podido asegurarme que sea reversible, pero por lo menos no es grave y podré adaptarme perfectamente a mi nueva situación, con paciencia, eso sí. Hay muchísimas personas a quienes les pasa lo mismo, aunque lo suyo es algo que ya se manifiesta a muy temprana edad y, por ello, es mucho más fácil detectarlo, aceptarlo y que los afectados se adapten a su condición con naturalidad. Antes había quien lo consideraba una enfermedad, algo antinatural, y pretendían corregirlo como fuera. Ahora todo es distinto, hemos progresado, somos más tolerantes y ya se considera como un hecho habitual, aunque siga siendo poco frecuente.

De todos modos, si no me adapto y me produce un gran malestar, el médico me ha dicho que puedo intentar recurrir al procedimiento que antaño se utilizaba para corregirlo, aunque no me lo recomienda. Podría atarme la mano izquierda a la espalda para inmovilizarla y así, con mucha paciencia, revertir el proceso. Porque lo que me ha ocurrido es que, por motivos del todo inexplicables, me he vuelto zurdo.


*Dedicado a todos los zurdos y zurdas que alguna vez en su vida se hayan sentido discriminados por el mero hecho de serlo



viernes, 26 de octubre de 2018

Amnesia



Su mirada amable, sus ojos claros y su sonrisa fue lo primero que vi al despertar. Era su forma de darme la bienvenida a este mundo. Ha vuelto usted a nacer, me dijo. Yo no recordaba nada. Amnesia retrógrada, la llamó. No sabía dónde estaba ni por qué. Es normal, es cuestión de días, añadió. Me pronosticó una rápida recuperación. Solo debía tener paciencia. Dicho esto, giró sobre sus talones, con aire militar, y se marchó dejándome solo entre estas cuatro paredes. Hoy se cumple una semana.

En este tiempo he recibido muy pocas visitas. Todas con palabras de ánimo y consuelo, pronunciadas en voz baja, como si no se atrevieran a levantar la voz para no oír lo falsas que sonaban. Me daba la impresión de que todos callaban algo. Su mirada de aprensión les delataba.

Por mucho que me esforzaba, no lograba reconocer a nadie y eso les contrariaba. Lo notaba a pesar de que intentaban disimularlo. Una mujer joven y muy atractiva dijo ser mi exmujer. Pegados a su lado, dos niños, su viva imagen, me observaban con ojos como platos, no sabría decir si por el temor o la incredulidad que sentían ante alguien que decía no saber quiénes eran. Dos perfectos extraños. Igual que ella.

─Hola ─fue todo lo que salió de mi boca.
─Hola ─respondieron al unísono con un hilillo de voz.
─Venga, dadle un beso a vuestro padre ─les animó ella, pero no se movieron de donde estaban, algo que, en cierto modo, agradecí.

Pero sus ojos me decían algo, parecían reclamar un cariño que no era capaz de darles. ¿Cómo no podía recordarles? Tenía que recuperar la memoria.

Cuando se marcharon me sentí más solo que nunca.

Nadie quería decirme qué me había ocurrido para haber estado en coma, solo que sufrí un desgraciado accidente. Los detalles no importan ahora, debe relajarse y dejar que la naturaleza haga su trabajo, afirmaban.

Los primeros días, tras recuperar la consciencia, estuve en un continuo estado de duermevela, creo que por los calmantes. Al menos no sentía dolor. En realidad, no sentía nada. Apenas podía moverme. Las piernas no respondían a ningún estímulo.

El médico por fin se decidió a darme la mala noticia. Finalmente se sinceró conmigo. Probablemente no volveré a andar. Tengo seriamente dañada la médula espinal a nivel de la octava vértebra dorsal. Punto y final.

Al poco volvió quien dice ser mi exmujer. Seguía sin recordar nada de mi vida con ella, ni la boda ni el divorcio. En esta ocasión vino sola. Debieron haberle dado la noticia. Me miraba con expresión compungida pero extrañamente serena, dadas las circunstancias. Pregunté por los niños. Solo me dijo que estaban bien y que me extrañaban. Sentí, inexplicablemente, una punzada de ternura por unos niños a los que no recordaba. ¿Algún día lo haría?, me pregunté.

Ayer empecé, por fin, a tener algunos recuerdos, fogonazos, imágenes inconexas, aunque no logré reconstruir el rompecabezas. Retazos de imágenes y sensaciones se mezclaban en un espeso e inexpugnable galimatías. Recuerdo gritos, dolor, sangre, mucha sangre, un coche, ¡un coche! Eso es, tuve un accidente de automóvil. Pero ¿por qué no me lo decían abiertamente? Si choqué contra otro vehículo, ¿qué habrá sido de sus ocupantes? Si atropellé a alguien, ¿qué fue de él? Quizá hayan resultado malheridos como yo o quizá hayan fallecido. Debe ser eso. Yo me he salvado y él, ella o ellos han perecido en el accidente, pensé. Pero, de ser así, se habría presentado la policía. Claro que en mi estado no deben considerarlo prudente o bien lo tienen momentáneamente prohibido. Todo incertidumbre.

Esta tarde se lo he preguntado nuevamente a mi médico, pero no ha querido soltar prenda con la excusa de que debo descansar y relajarme. Que es lo mejor para que vaya recuperando la memoria. Que sea yo mismo quien recuerde lo sucedido. Que no hay prisa. Pero no puedo esperar. Cuando vuelva mi exmujer, si es que vuelve, se lo preguntaré. Ella debe saberlo. No veo por qué tanto secretismo.

El médico tenía razón. La naturaleza hace su trabajo, aunque de una forma un tanto extraña. Esta noche he tenido un sueño muy revelador. Creo que empiezo a estar en condiciones para ordenar las piezas del puzle. Nada sucedió como sospechaba. No tuve un accidente. Alguien quiso asesinarme. Le he visto la cara. Me resulta familiar pero no logro recordar quién es. Hubo una fuerte discusión, gritos, un forcejeo, una pistola, sangre, mucha sangre.

Sigue el mutismo de todos los que me rodean. Nadie quiere decirme nada. Debo esperar, me dicen, pero esperar ¿a qué? ¿A que me vuelva loco?

Hoy ha vuelto mi exmujer. Ni siquiera ella ha querido desvelarme lo sucedido y sé que lo sabe. Cuando le me mencionado mi sueño, no ha podido evitar un rictus de amargura. Todo resulta muy extraño.

Una vez de nuevo a solas, he pedido que me administraran un tranquilizante. No podía soportar esta tensión. Me han dado un ansiolítico. Me he sentido mucho mejor, más lúcido. En la relajante penumbra y quietud de la habitación, he podido vislumbrar, con mayor claridad, lo ocurrido. Debo haberme dormido o quizá ha sido el efecto de la sedación. He visto de nuevo un coche. He visto el mismo hombre. Su cara me sigue resultando familiar. En mi ensoñación me insultaba, pero no podía entender lo que me decía. Estaba claro que me odiaba. Me amenazaba. He vuelto a ver un arma de fuego, había un disparo, no, dos. Mi ropa estaba manchada de sangre. Sentía angustia, pero no dolor. Veía su cara de sorpresa, de estupor. El coche se movía. Mis manos estaban al volante. Debía estar dentro de él. Me he visto cayendo al vacío, estampándome contra unas rocas. Y luego oscuridad. ¡Oh Dios mío! Alguien quiso matarme. Me disparó y me despeñó por un barranco. Pero ¿quién? ¿Quién es ese individuo que me viene una y otra vez a la memoria? ¿Y si vuelve a por mí al saber que sigo con vida? Pero si me disparó, ¿por qué no tengo ninguna herida de bala?

Cuando vuelva mi médico le contaré todo lo que he recordado. No tendrá más remedio que decirme la verdad. Si no, seré yo quien pida hablar con la policía.

Oigo pasos en el pasillo. Debe ser él. Me incorporo para que vea que estoy despierto. Se abre la puerta. Son dos desconocidos. Se paran a los pies de la cama y me escrutan de forma amenazante. No dicen nada. A continuación, aparece mi médico, que se mantiene unos pasos por detrás de esos dos que, al unísono, como si fueran unos autómatas, introducen una mano en el bolsillo izquierdo interior de su americana y extraen algo que no logro ver con claridad. Acciono el mando de la luz y veo que lo que sostienen en sus manos es una credencial de policía. Se presentan como agentes de la brigada de homicidios. Suspiro aliviado. Por fin se aclarará la verdad. El que parece mayor toma la palabra. Lo que me dice trastoca todas mis suposiciones. Mientras escucho lo que me cuenta, siento que preferiría no haber sobrevivido.

─Se le acusa de haber asesinado a Jaime Alcázar Sanjuán.
─¿Quién? ─he dicho, intentando ponerle cara a ese nombre que, de pronto, me ha resultado familiar.
 ─Venga hombre, ya sabe a quién me refiero, el marido de su exmujer. Le disparó dos tiros a bocajarro, para luego despeñar su vehículo por el talud frente al que lo tenía estacionado. Con lo que usted no contaba es que uno de los faldones de su pelliza quedaría fortuitamente atrapado al cerrar la puerta, arrastrándole hasta el fondo del barranco. Las pruebas son concluyentes. Cuando le hemos hallado todavía tenía la pistola en su mano, el pedazo de tela hallado en la puerta del vehículo coincide con el que le faltaba a su pelliza desgarrada, sus huellas dactilares y sus pisadas estaban por todas partes, el coche de su propiedad apareció camuflado a unos cincuenta metros del lugar. Aunque su exmujer dijo no haberle reconocido, para rematar la evidencia de su autoría tenemos a un testigo anónimo que nos ha facilitado unas fotografías de su execrable acto. Queda usted, por lo tanto, detenido a la espera del alta hospitalaria y …”

Llegado a este punto, he desconectado. Ahora entiendo su cara de circunstancias, su expresión equívoca. Ahora lo recuerdo todo.


─Tranquilo, todo saldrá bien. Solo debes procurar que no te vea. Nos sigues a una distancia prudencial.
─¿Y cómo lo haré si vais juntos?
─Por el camino encontraremos alguna zona de descanso, de esas con vistas panorámicas donde la gente se detiene para hacer fotografías. Cuando veas que pone el intermitente, te arrimas a la cuneta, ocultas el coche y te acercas andando como si nada.
─A ti te parece todo fácil. En cuanto me vea, sospechará.
─No te reconocerá. Ponte esa pelliza que tanto te gusta. Te tomará por un excursionista. Todo tiene que resultar natural. Una vez te hayas abalanzado sobre él, será pan comido. Con lo gordo y mayor que está no podrá resistirse.
─¿Y a la policía no le resultará extraño que alguien atraque a unos viajeros como si de un bandolero de Sierra Morena se tratara?
─Encuentras pegas a todo, joder. Tú déjame a mí. Ya me inventaré una historia creíble. Alguien nos venía siguiendo desde el hotel. Seguramente pensó que, por el coche de alta gama, su propietario estaba forrado, que llevaría mucha pasta encima. ¿No ves que hay delincuentes por todas partes?


Llevábamos tiempo planeándolo. Lo teníamos todo calculado. El divorcio, la seducción, sus segundas nupcias, la fortuna, el testamento, él muerto y ella viuda millonaria, la reconciliación. Pero no tengo pruebas. Ellos dos de viaje por los Pirineos. Yo al acecho, a la espera del lugar y momento adecuados. Él dentro del coche, ella tomando fotografías del paisaje. El cara a cara, la trifulca y todo lo demás. Ella con la cámara en las manos. El coche cayendo por el precipicio y yo con él. Nadie me creerá. ¿Qué puedo hacer? Tenemos dos hijos. Debería pensar en ellos. Debo sacrificarme. Yo acabaré en la cárcel y en silla de ruedas, y ella nadando en la abundancia. ¡Maldita pelliza!

De pronto todo ha empezado a dar vueltas a mi alrededor. Ojalá no hubiera despertado del coma. Ojalá no hubiera recuperado la memoria. Ha sido entonces cuando la he visto, junto a la puerta, ocultándose detrás del médico, mirándome con cara de fingido pesar. Ha sido la última en abandonar la habitación. Por toda despedida, solo ha pronunciado dos palabras: “lo siento”. Me ha parecido ver en sus labios una sonrisa de satisfacción.

Ojalá pudiera recuperar la paz que sentí ante aquella mirada amable, aquellos ojos claros y aquella sonrisa que vi al despertar.



viernes, 19 de octubre de 2018

La rueda del infortunio



Anna no ha podido conciliar el sueño en toda la noche. Solo con pensar que, como cada día, verá a Bernardo siente escalofríos. Es una sensación tan emocionante que no puede dejar la mente en blanco. Le ve poco en la oficina, pues trabajan en distintos departamentos, pero esos escasos momentos son más que suficientes para satisfacer la necesidad de tenerlo cerca. Los espera con ansia. Nunca le había ocurrido nada igual. Jamás se había enamorado de ese modo. Bernardo es, sin lugar a dudas, el hombre de su vida. Solo falta que él se dé cuenta de ello y le corresponda. Es cuestión de tiempo.

Bernardo llega a la oficina muy temprano. Hoy necesita salir un poco antes de lo que últimamente ya se ha convertido en algo habitual. Si logra liquidar todo el trabajo pendiente a tiempo, podrá salir a las cinco en punto, y así coincidir con Carlota. Tiene que decírselo como sea. Allí, en la oficina, no se atreve. No quiere dar pábulo a murmuraciones, pues no está bien visto que haya una relación sentimental entre dos compañeros de trabajo. Pero no puede evitar lo que siente por ella. Será hoy o nunca.

Carlota se siente cada vez más intranquila. Le da la impresión de que Dionisio pasa de ella. Cuando coinciden, la saluda muy amablemente, pero no sabe hasta qué punto solo es por cortesía. Quizá es que es simpático, nada más. ¿Cómo puede ser que los hombres sean tan poco perceptivos? ¿Acaso no se percata de cómo le mira, de cómo le habla, de cómo le sonríe? Últimamente, además, le nota muy extraño. Quizá sí que siente lo mismo por ella y lo que ocurre es que no se atreve a dar el paso. Quizá es la timidez lo que se lo impide. Pues si él no se decide, lo hará ella. Esperará a la salida para abordarlo. Así, sin contemplaciones. Es una mujer liberada, sin prejuicios y que sabe lo que quiere.

Dionisio está más nervioso que nunca. Hace días que duda, pero de hoy no pasa. Cuando vea a Anna, le dirá que necesita hablar con ella. Seguro que enseguida adivinará lo que desea decirle, pues es evidente que le gusta. Cuando coinciden en la máquina de café responde de forma especialmente simpática a sus bromas y comentarios, por tontos que sean. Y es que es solo verla y temblarle las piernas y las cuerdas vocales. Siempre que se enamora se vuelve idiota. Pero ella le escucha y, por su lenguaje corporal, adivina que no le resulta indiferente. Hoy, a la cinco, cuando vea que se marcha, la seguirá y, si es necesario, la abordará en plena calle.



A las cinco en punto, la máquina de fichar echa humo. La cola de empleados que desean alcanzar la salida es larga. Hay unos cuantos que se muestran especialmente inquietos. Parece que tienen prisa por marcharse a casa, cosa que no resulta extraña siendo viernes.

Al poco, en la calle, a los pies del edificio de oficinas, se reúnen unos cuantos empleados. Unos aprovechan para fumar un cigarrillo, otros se despiden comentando lo que harán el fin de semana. Hay cuatro que parecen dubitativos. Quieren marcharse, pero, a la vez, se muestran reacios a hacerlo. Parece como si tuvieran algo importante que hacer antes de abandonar el lugar, pero no acaban de decidirse. Son Anna, Bernardo, Carlota y Dionisio. Deambulan por la acera como animales enjaulados, o quizá en celo. Se observan, pero nadie dice nada. Hasta que, por fin, uno de ellos toma una decisión. Es Carlota quien da el primer paso y todos la imitan de inmediato. En cuestión de segundos se forma un corrillo, un batiburrillo de frases aparentemente inconexas, dichas al azar. Pero no, todo tiene su lógica, aunque ellos todavía no se han percatado del entuerto.

Carlota le habla a Dionisio, pero este se dirige a Anna, mientras esta se lo confiesa todo a Bernardo, quien solo quiere que Carlota le escuche. Ese aparente corrillo de compañeros se convierte en cuestión de segundos en algo parecido a la rueda del infortunio. ¿Seguirán, después de esto, siendo amigos?



martes, 18 de septiembre de 2018

La casa del terror



¿A qué niño no le encanta ir a un parque de atracciones? Yo disfrutaba como un enano, especialmente porque no era muy frecuente que mis padres accedieran a llevarme y eso que en mi ciudad teníamos dos instalados a perpetuidad, es decir de los que no son ferias ambulantes sino recintos construidos para durar lo que la afluencia de público demande. Ambos parques estaban ubicados en lo alto de cada una de las montañas que abrazan la ciudad mirando al mar. Ahora, por mi culpa, solo queda uno.

De muy niño, mis atracciones favoritas eran los caballitos, lo que llaman carrusel en según qué lugares, y la noria. En cambio, ahora no puedo siquiera asomarme a la ventana de un tercer piso sin que note un cosquilleo en la entrepierna.

A medida que crecía, mis gustos fueron variando hacia atracciones más impetuosas: los auto-choque, la montaña rusa, las sillas volantes y cosas por el estilo. Pero el plato fuerte, la joya de la corona, era, sin duda, la casa del terror. Siempre me han gustado las películas de miedo, aunque nunca he experimentado un miedo auténtico viendo esas escenas a todas luces artificiosas. Mientras la mayoría de espectadores ─sobre todo espectadoras─ gritaban como posesos, yo me mantenía inalterable. Incluso en más de una ocasión solté una carcajada ante una escena supuestamente horripilante y asquerosa, como cuando la niña del exorcista le vomita a este una papilla verde en toda la cara, gafas incluidas. ¡Qué risa me dio! Aun recuerdo las caras de censura e incomprensión de mis acompañantes y de algún espectador que se giró para ver quién era ese individuo capaz de reír ante una situación tan repulsiva y espeluznante.

Lo que siempre me ha atraído de la casa del terror no es el montaje, la ambientación ─más bien ridícula─ o la interpretación ─más ridícula aún─ de los actores de poca monta apostados en oscuros vericuetos para sorprender a los ingenuos visitantes a lo largo del recorrido, sino la conducta pueril de estos. Jóvenes desfilando por una interminable ruta plagada de trucos infantiloides, agarrados los unos a los otros como si temieran perderse o ser engullidos por el mismísimo diablo, que aparecerá de la nada y los arrastrará hasta el averno. Yo solía ponerme al final de la cola solo para contemplar mejor esos numeritos que montaban las niñas con sus gritos infundados. En fin, que de terror nada de nada, solo sustos ante la aparición súbita e inesperada de un esqueleto, unos muertos vivientes de pacotilla, un Conde Drácula que aparece confundiéndose con las cortinas del mismo color que su capa, un Freddy Krueger persiguiendo a los aterrorizados visitantes a lo largo de un trecho protegido por unos barrotes contra los cuales restriega sus afiladas cuchillas dactilares, por no hablar de los aullidos, risas demoníacas y sonidos de ultratumba que ponen los pelos de punta a la concurrencia que se abalanza, pisándose los talones, hacia la esperada y salvadora salida. ¡Qué horror tan horrible! ¡Qué ridiculez más ridícula! ¡Qué montaje más teatral e inverosímil! ¿Cómo alguien, con dos dedos de frente, puede disfrutar de esa calamitosa impostura?

Cuanto más visitaba los túneles o casas del terror, más ridículo y anodino encontraba ese montaje. El problema era yo, desde luego, por ser tan frío y cerebral, incapaz de dejarme llevar por la fantasía. Lo veía con otros ojos, los de la realidad. Reconozco que era una contradicción: me gustaba el terror como espectáculo y en cambio lo encontraba ridículo por irreal. Pero ¿cómo lograr un efecto realmente terrorífico incluso para los más exigentes como yo? No me llevó demasiado tiempo encontrar la respuesta: convirtiendo la fantasía en realidad.

Probé mi idea en una ocasión y funcionó, de modo que acabé haciéndolo cada vez con más frecuencia. Era algo adictivo. Y comprobar que, transcurridos varios meses desde que puse en práctica mi sistema, todavía no habían descubierto el “truco”, me animó a seguir adelante. La casa del terror casi se convirtió en mi segundo hogar. Ni los propios actores conocen la cantidad de recovecos que existen en esas viejas construcciones. Incluso creé algunos escondrijos nuevos, detrás de las paredes de madera. La parte del espectáculo que más me gustaba era ver el revuelo que se armaba cuando, a la salida, echaban en falta a alguien del grupo y no lograban encontrarlo. La fama de “mi casa del terror” acabó trascendiendo más allá de las fronteras. Aunque nadie creía la versión de los que afirmaban haber perdido a uno de sus acompañantes, la policía llegó a registrar todos los rincones y, no hallando ninguna pista sospechosa, acabó archivando las denuncias. Pero tras el hallazgo de varios cadáveres en distintos contenedores y vertederos de la ciudad y su posterior identificación por parte de los denunciantes, se acabó montando una vigilancia policial a la entrada y a la salida de la atracción. Lógicamente ese día tuve que contenerme. Era demasiado arriesgado. Si faltaba alguien, nos someterían a todos a un interrogatorio y no podía permitir exponerme de ese modo. Se me da muy mal el disimulo y los nervios me habrían traicionado. Podrían haber echado la casa abajo y hallar pruebas incriminatorias, huellas dactilares incluidas, pues, a pesar de todo, no había sido lo suficientemente meticuloso.

Tuve que dejar pasar un tiempo para que las cosas se calmaran antes de volver al ataque, nunca mejor dicho. Pero el tiempo jugó en mi contra, pues los visitantes, temerosos, dejaron de frecuentar la casa del terror y, a modo de efecto dominó, el resto de atracciones fue víctima de la falta de interés del público y finalmente del abandono. Cuando, por fin, me acerqué para comprobar si los rumores de cierre eran ciertos, me encontré con una valla que impedía el paso y con maquinaria pesada que procedía al desmantelamiento del que había sido durante tantos años un centro de ocio y mi particular lugar de recreo y desahogo.

Ante este contratiempo, tuve que cambiar de escenario. Trasladé mis actividades al otro parque de atracciones de la ciudad, donde hay un pasaje del terror mucho más antiguo y ahora más visitado, pues la gente, en su inocencia, cree que allí estará a salvo. No hay, de momento, vigilantes ni cámaras que controlen al personal, pero, aun así, he decidido quedarme a vivir en su interior. Tengo preparado un lugar secreto por donde puedo colarme de noche sin que nadie me vea. Solo saldré para avituallarme. Lo único que no tengo resuelto es el tema de los residuos. Cuando el número de cadáveres almacenados en el subsuelo empiece a ser numeroso, el olor puede delatar su presencia.

Lo único que lamentaría sería que, por culpa de mi inevitable afición, acabaran cerrando también este parque y me viera obligado a emigrar.



martes, 4 de septiembre de 2018

Siempre de luto




Nadie, excepto mi ex mujer, conocía mi pasatiempo favorito, si puede llamarse así. De saber a qué dedico mi tiempo libre, muchos no lo entenderían. La labor social no siempre está justamente valorada. Muchas veces hay que nadar a contracorriente. Lo que hago, lo hago solo pensando en dar consuelo, aunque reconozco que ello no solo me produce satisfacción sino también placer. Al principio, mi ex me calificaba de morboso, para finalmente considerarme un enfermo. Ahí se acabó nuestra relación y desde que ella no está para meterse en mis asuntos me siento mucho mejor y totalmente libre para expresar mi altruismo.

Todo empezó cuando tuve que redactar la esquela de mi suegro. Nunca antes había hecho tal cosa, pero mi suegra y mi mujer, hija única, se sintieron incapaces de encargarse de los desagradables trámites que rodean a una defunción. Cuando llamé al periódico, ya tenía el texto preparado. No me gusta dejar nada a la improvisación. Me había leído todas las esquelas de un número atrasado para tomar ejemplo, pero todas me parecieron de lo más estereotipado, sin alma, sin emoción. La mía, o mejor dicho la de mi malogrado suegro, fue una de las mejores que jamás se han publicado en la página de necrológicas.

El caso es que, a pesar de lo anodinos y repetitivos que resultaban todos aquellos textos, su lectura me transportó al seno de cada una de esas familias dolientes y me imaginé la tristeza que les debía embargar la pérdida de su ser querido. Desde el fallecimiento de mis abuelos, siendo todavía un niño, no había estado en un velatorio, en una estancia con un féretro en el que yacía un ser exánime que hasta hacía muy poco era una parte importante de nuestra vida. En el tanatorio donde quedaron expuestos los restos mortales del padre de mi mujer, descubrí la faceta actual de un velatorio. Ya no se trataba del ambiente lúgubre que rodea al finado cuando este reposa sobre la cama del que había sido su dormitorio en vida, llenándose tus fosas nasales de esa mezcla de ambientador floral viciado por el olor a cera derretida y a cadáver. No se trataba de un comedor o salita repleta de sillas ocupadas por parientes, amigos y vecinos a los que hay que obsequiar con café y algo sólido que llevarse a la boca como agradecimiento a su gesto de condolencia y acompañamiento de la viuda o viudo en cuestión. Ahora todo es menos fúnebre. La tristeza y el dolor seguirán presentes, pero el lugar y la concurrencia de un público tan dispar y menos atribulado ─muchos son conocidos circunstanciales, empleados o simples compañeros de trabajo con los que el fallecido no llegó a entablar una verdadera amistad, y otros que asisten más por obligación que por devoción─ convierten la situación en algo aparentemente más llevadero y menos dramático. Pero entre toda esa barahúnda de allegados y no allegados, quien más compañía y consuelo necesita es precisamente quien más solo está ante la desgracia. La impresión que me causó ver a mi suegra en tal situación fue la que disparó mi interés por suplir esa omisión o deficiencia. Desde entonces, no me he perdido ni una sola necrológica y, de acuerdo con mis posibilidades de desplazamiento y disponibilidad de horario, elijo el tanatorio y el velatorio al que acudir para mostrar el mayor de los respetos, empezando por lucir el luto más riguroso, fiel reflejo del dolor tras la muerte de un ser querido ─una costumbre que desgraciadamente se ha ido perdiendo─ y una forma de mimetizarse con el dolor de la viuda que, esa sí, suele vestir de negro.

Reconozco que lo que hago es como colarse en una boda sin haber sido invitado, pero con la ventaja de que en un velatorio no se exige invitación y uno no tiene que demostrar qué tipo de relación le une al finado. Siempre elijo a las viudas, pues siempre he creído que son las más vulnerables emocionalmente ante una muerte, pero sobre todo porque son muchísimo más agradecidas. Nunca preguntan “¿y de qué conocía usted a mi marido?” Se limitan a darte las gracias, a enjugarse las lágrimas y a asentir a todo lo que les dices. “Era una persona magnífica, cuánto le extrañaremos, quién lo iba a decir, con lo joven que era (solo si no supera los sesenta años), no somos nada, hoy estamos aquí y mañana…” y cosas por el estilo. Pero ojo, no soy una especie de actor insensible al dolor ajeno o una plañidera moderna y gratuita que disfruta moviéndose entre suspiros de resignación y rostros afligidos. No. Mi función es la de dar verdadero consuelo a quien está pasando por un mal trago, aunque el tiempo lo cure todo.

Por desgracia, son pocos los asistentes a un velatorio, entierro o funeral que sienten sinceramente la marcha del amigo o conocido, a menos de que se trate de un fallecimiento inesperado, una muerte súbita y a una muy temprana edad. De lo contrario, los corrillos que se forman en un tanatorio parecen más propios de un encuentro de antiguos amigos. Y, entretanto, la viuda, sola, sentada lo más cerca posible del féretro, recibiendo el pésame de forma repetitiva y automática. Así que mi papel consiste en ofrecer compañía y expresar compasión a quien más la necesita.

Mi indumentaria, de negro riguroso, ha llamado la atención en más de una ocasión. Las miradas se han clavado sobre mí como dardos. Todos se preguntan quién será ese. Incluso me han dado el pésame a mí, creyendo que era un pariente muy cercano, el hijo, el hermano o el cuñado del fallecido, según la edad de este. Unas veces ejerzo de amigo de la infancia, cuyos avatares de la vida nos separaron durante muchos años, otras un cliente o proveedor con el que recientemente el difunto había trabado amistad, o un alumno que guardará siempre un grato recuerdo de quien tanto y tan bien le enseñó. Lógicamente hay que ir bien informado, aunque la propia esquela puede ofrecer información suficiente sobre la profesión del difunto. En la gran mayoría de las ocasiones mi poder de improvisación y persuasión anula cualquier atisbo de duda. Una vez hechas las presentaciones ─y solo si se hacen imprescindibles─ viene la parte más meritoria y emotiva: la del consuelo. Y en eso soy todo un experto. Y debo insistir en que lo hago con el mayor de los respetos y cariño. Solo me mueve mi deseo de hacer el bien, y ¿qué mejor que dedicar unos minutos al halago del marido fallecido y al consuelo de su viuda con las mejores palabras que un alma sensible como yo puede concebir?

Y así llevaba yo más de diez años de generosa entrega, sin más contratiempos que algún que otro interrogatorio meticuloso y abrumador ─del que, sin embargo, siempre salí airoso─, cuando se produjo mi primer patinazo. ¡Vaya chasco que me llevé! De eso hace ya un mes.

Andaba yo intentando identificar a la viuda dentro de la sala de velatorio, que es donde esperaba encontrarla sumida en la normal congoja, pero no había forma de localizarla. El difunto había fallecido a los cuarenta años, así que su viuda tenía que ser muy joven, más o menos de mi edad. En la sala, con un ambiente irrespirable, solo había gente mayor. Caras de circunstancia. La mujer que parecía más desconsolada rondaría los setenta años, así que deduje que sería su madre. A su lado, un hombre algo mayor que ella la intentaba consolar. No podía ser otro que su marido y padre del difunto. Lógicamente, me apresuré a darles el pésame siguiendo la fórmula y actuación habitual en mí. Llegué a emocionarme de verdad. Con solo imaginar el drama que debía estar viviendo esa familia, esos padres, habiendo perdido a un hijo, algo contra natura, se me hizo un nudo en la garganta. Casi me saltan las lágrimas. Me imaginé, por un momento, que yo era la víctima, que la Parca me había arrebatado la vida tan joven, y pensé en la viuda, que debía estar desesperada. ¿Tendrían hijos? No veía a ningún niño o adolescente por los alrededores con la faz demudada por haber perdido a su progenitor cuando más falta le hace.

Una vez saludados todos los presentes, salí a la gran sala exterior donde una cincuentena de personas se había congregado para asistir al sepelio, momento en que oí a mis espaldas una voz de mujer que me resultó familiar. “¿Demetrio? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te has enterado? Ah, claro, sigues leyendo las necrológicas. Pues qué casualidad”.

Era Alicia, mi ex. Hacía ocho años que no sabía nada de ella, desde que nos divorciamos. Lo último que me llegó, por unos amigos comunes, fue que se había ido a vivir a Lisboa con un directivo a quien habían destinado temporalmente allí. No sabía que se había casado ni, mucho menos, que acababa de enviudar. Obviamente, por la información de la esquela era del todo imposible adivinar de quién se trataba, pues nunca llegué a saber el nombre de mi sustituto en la vida de Alicia.

En esta ocasión, la desconsolada viuda, no estaba desconsolada ni vestía de luto. Quien nos hubiera visto ahí, plantados uno frente al otro, habría pensado que era ella la que venía a darme el pésame. Y entonces vino lo peor. Alicia empezó a reír de tal modo que llamó la atención de todos los presentes. Un montón de cabezas se asomaron por la puerta para ver a qué se debía aquella explosión de hilaridad. Debieron pensar en un trastorno nervioso provocado por la dramática pérdida de su joven esposo, cosa que no descartaría. Cuando, por fin, secándose las lágrimas ─la primera vez que veía a una viuda enjugándose unas lágrimas de risa y no de dolor─, pudo serenarse y articular unas palabras, miró a todos los presentes y me presentó a la concurrencia con las siguientes palabras: “Este es Demetrio, mi ex marido, y ha venido a darme el pésame, como veis, de luto riguroso, por lo tremendamente apenado que está por la muerte de quien ocupó mi corazón y con quien rehíce mi vida cuando le dejé a él por su insoportable trastorno obsesivo-compulsivo. Y es que siente una irrefrenable atracción por los velatorios, disfruta dando las condolencias a extraños que han perdido a un ser querido. Pero que lo han perdido para siempre. Más aun, que lo han perdido para siempre porque ha muerto. A mí, en cambio, me perdió para siempre y nunca sintió la más mínima lástima. Hoy, sin saberlo, no solo ha venido a despedirse de mi difunto marido, al que jamás conoció, sino de mí. Y eso me ha hecho reír, aunque os parezca una locura, porque ha tenido que fallecer un extraño para él para encontrarnos de nuevo, cara a cara, y ser yo quien le de mi más sentido pésame por su irreparable pérdida. Querría decirte ─ahora se dirigía a mí─ que te acompaño en el sentimiento, pero no es posible, porque tú no tienes sentimientos, por lo menos hacia los vivos”. Después de esa diatriba, me marché de allí confuso, aturullado, abochornado y dolido. Aun así, sigo sin poder prescindir de mis “visitas de consuelo”.

Solo ahora, después de un mes de haber recibido aquel varapalo verbal, me doy cuenta de que lo mío puede no ser normal. Por eso hoy estoy aquí. ¿Qué opina usted? ¿Qué es lo que me pasa? ¿Estoy realmente enfermo, como afirma mi ex mujer? ¿Tengo curación? Bueno, entiendo que este no es el lugar ni el momento más adecuado para hablar del tema, teniendo ahí a su marido en cuerpo presente. Pero es que leí en la esquela que ambos formaban una pareja de reconocidos psiquiatras y… Si me hiciera el favor de darme su tarjeta, acudiría a su consulta, una vez esté usted repuesta del disgusto, claro está. Bueno, bueno, no se me enfade. Ya me voy, que llevo aquí más de lo debido y me he acabado enrollando como una persiana contándole mi vida. No quiero robarle más tiempo. Ya conseguiré su dirección y teléfono por internet. La dejo, pues, que hay muchos que quieren darle también el pésame. Ah, y le reitero mis más sentidas condolencias.




viernes, 20 de julio de 2018

Lo que os habéis perdido sin querer




En la última entrada en mi “Cuaderno de bitácora”, antes de cerrarlo por vacaciones, trataba de los inconvenientes de este descanso estival en lo que a viajes y aglomeraciones se refiere. Aquí debo añadir otro: la soledad en la que quedan algunos blogs desde el momento en que muchos lectores deciden abandonar la blogosfera y lanzarse al espacio exterior, el del mundo real, para no volver al virtual hasta septiembre.

De este modo, los que hemos seguido publicando, hemos visto ─por lo menos un servidor─ cómo las visitas a nuestros sucesivos relatos han ido declinando progresivamente. Personalmente, me he sentido como el niño que va en julio a la guardería con ese juguete tan chulo que le han regalado por su cumpleaños, para enseñárselo a sus compis, pero la mayoría han dejado de ir porque sus papás se tomaron vacaciones y se los han llevado con ellos. Y así el chavalín, con su juguete nuevo en las manos, tiene que conformarse con enseñárselo a diez de los veinte amiguitos de la guarde. Y sus papás, para consolarlo, le dicen que tranqui, que ya se lo enseñará a los demás el curso que viene. Eso si vuelven todos, claro.

Mis juguetes del mes de julio son “Malditos vecinos” y “La maldición”. Ya veis, ambos con cosas malas. Algunos compañeros lectores (según la RAE ya no es necesario hacer distinción de sexos, con el masculino vale) que han seguido al pie del cañón han tenido la posibilidad de leerlos y comentarlos, pero se ha notado el declive al que me he referido anteriormente. De este modo, he decidido también bajar la persiana antes de lo deseado, dejar el nuevo relato que tengo entre manos hasta el inicio del nuevo curso, y colgar el cartel de “Cerrado por vacaciones”.

Para aquellos curiosones que quieran saber de qué iban mis dos últimos relatos, aquí les dejo los respectivos enlaces, de este modo no tendrán que buscarlos:


Felices vacaciones para los que leáis esto antes de marcharos y bienvenidos de nuevo aquellos que lo hacéis tras haber regresado.





viernes, 13 de julio de 2018

La maldición



Cuando compramos aquella vieja casona del pueblo donde solíamos veranear, con la intención de rehabilitarla y convertirla en nuestra residencia habitual, la gente nos miraba con cara aviesa. Al principio pensamos que sería porque no les gustaba que unos forasteros se hicieran con una propiedad que había pertenecido a una insigne familia de la comarca, tal como indicaba el blasón que lucía en la fachada. La vivienda, un edificio del siglo XVIII, había permanecido deshabitada durante cien años, de ahí que estuviera en tan mal estado. ¿Qué mejor que volverla a su estado original y conservarla en perfectas condiciones habitándola? La gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.

Un día, uno de los vecinos vino a vernos. Nosotros estábamos recorriendo las dependencias, junto con un arquitecto técnico, para tomar nota de los desperfectos y las modificaciones que considerábamos necesarias para hacerla habitable y cómoda.

“Esta casa está maldita”, nos dijo sin ningún reparo. Ante nuestra cara de estupor, se reafirmó añadiendo que si nos quedábamos a vivir allí no dormiríamos tranquilos ni una sola noche por culpa del espíritu que la habitaba, motivo por el cual nadie había querido comprarla. Su antiguo propietario y morador había sido un hombre famoso, pero no solo por su linaje sino también por su maldad. Se decía que su alma había quedado atrapada entre esas viejas paredes. ¿Qué interés podía tener aquel vecino en hacernos creer esas paparruchas? ¿Por qué esa advertencia para que no nos quedáramos a vivir allí? Lo dicho: la gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.

Cuando por fin pudimos habitarla, mucho después de lo esperado y tras un dispendio mucho mayor de lo previsto, comprobamos que lo que aquel hombre nos había dicho parecía cierto. La casa temblaba, todas las noches, desde los cimientos hasta la chimenea más alta. Por raro que parezca, acabamos acostumbrándonos a ese ajetreo nocturno, incluso a los poltergeists que, de vez en cuando, acompañaban a esas violentas vibraciones. Si todo ello respondía a algo paranormal, no nos amedrantaría. La inversión que habíamos hecho era de tal cuantía que valía la pena resistir aquella incomodidad. A las pocas semanas, dormíamos como un tronco; no había temblor ni ruido capaz de desvelarnos. Mientras la casa no se viniera abajo, no corríamos ningún peligro. Hay que temer más a los vivos que a los muertos, nos decíamos. Habíamos reforzado a conciencia los cimientos, paredes y vigas; las tejas y el maderamen eran mayoritariamente nuevos. No teníamos nada que temer. El espíritu, si merodeaba por la casa, se cansaría y nos dejaría en paz.

Dicho y hecho. A las pocas semanas de resistencia pasiva por nuestra parte, todo volvió a la normalidad. O eso creímos.

Llegó el verano y con él nuestras vacaciones. Aquel año no teníamos previsto ir de viaje, pues nuestros ahorros habían quedado muy mermados después de la inversión realizada en la restauración de nuestra nueva vivienda, pero el hermano de mi mujer nos invitó a pasar con ellos quince días en la playa. “Está muy bien el aire de la montaña, pero el yodo y la brisa marina son aún más saludables”, nos dijo. Así que hicimos las maletas y cerramos la casa a cal y canto.

Al regresar, no había casa, solo cascotes y maderas quemadas. Un pavoroso incendio lo había devorado todo. “Como no dejasteis ninguna dirección ni teléfono de contacto, no pudimos avisaros”, nos dijo el alcalde.

Los bomberos no hallaron ninguna prueba que demostrara cómo se había originado el incendio. No se había producido ningún cortocircuito, la luz estaba desconectada, todos los aparatos electrodomésticos estaban, por lo tanto, inactivos, y se descartaba un posible atentado, pues, en primer lugar no existía ningún móvil ─¿quién iba a desear perjudicarnos de ese modo?─ y, en segundo lugar, no se había hallado restos de ningún producto combustible. “Quizá un rayo. Hace seis noches hubo una tormenta eléctrica del carajo. Si su póliza del seguro cubre la caída del rayo, podrán recuperar gran parte del dinero que se gastaron y construirse una casa nueva” ─remató la máxima autoridad del pueblo.

Desposeídos de nuestra vivienda, tuvimos que alojarnos en un hotelito cercano, donde emprendimos los laboriosos trámites para poder cobrar de la Compañía Aseguradora. Aun así, andando sobrado de tiempo libre, pues seguíamos de vacaciones, se me ocurrió indagar, por curiosidad más que por superstición, quién fue ese antiguo propietario de la casa y cuya fama ─buena o mala─ había llegado hasta nuestros días y cuyo espíritu había estado supuestamente incordiándonos desde el día que nos instalamos en ella.

Para ello tuve que trasladarme a la capital de la comarca e indagar, en el archivo histórico, entre legajos en un estado deplorable. Solo me habían dicho que al antiguo propietario se le conocía como el Marqués de Robles o algo así. Tras toda una mañana de intensa búsqueda di con el árbol genealógico del Marquesado de Roures, en el que la línea sucesoria terminaba con Agustín Roures Marzá (1858-1918), hijo único de Armando Roures Castillo (1818-1883), hijo, a su vez, de Raimundo Roures Monsanto (1770-1828) y este de Ramón Roures Traver, el primer Marqués de Roures (1743-1793), quien hizo construir la casa familiar en 1783, en la que vivirían cuatro generaciones de Roures antes de que nosotros la compráramos. Había dado, pues, con él. Roures, en catalán y valenciano, significa Robles. Quizá se hubiera castellanizado su apellido y de ahí que la gente del lugar le conociera como Robles. Además, habían transcurrido cien años de su muerte y la memoria de los actuales habitantes del pueblo bien pudiera haberse diluido. Pero el blasón que coronaba el documento no dejaba lugar a dudas.

Agustín Roures, bisnieto del primer Marqués de Roures y último propietario de la que había sido nuestra casa hasta quedar reducida a escombros, fue la oveja negra de la familia. Nunca llegó a casarse. Su padre le desheredó por su mala vida y peores costumbres. Al fallecimiento de este, Agustín, que contaba con veinticinco años, se quedó prácticamente arruinado, teniendo en cuenta el estilo de vida al que estaba acostumbrado. Excepto la casa familiar, todos los bienes (tierras y dineros) fueron donados por Armando Roures a la Iglesia. En una nota apergaminada se decía que, viéndose en la ruina, Agustín, de reconocido mal carácter, había jurado quemar todo lo que su padre le había arrebatado. El caso fue que, al poco, los campos y bosques legados al arzobispado ardieron de forma descontrolada, al igual que la iglesia y la ermita del pueblo, beneficiadas por los donativos del marqués fallecido. Siempre se sospechó de Agustín, pero no se hallaron pruebas incriminatorias. Este vivió hasta el día de su muerte, a los sesenta años, recluido en su caserón, subsistiendo con lo que obtenía de la venta de sus cuadros, joyas, candelabros, muebles, y enseres de todo tipo, y, se intuía, de alguna que otra fechoría por cuenta ajena. Varios fueron los incendios provocados por aquella época en iglesias y monasterios a los que se creía que el padre de Agustín había favorecido económicamente. Todos sospechaban que detrás de aquellos hechos estaba la mano de “El marqués pirómano”, como algunos le apodaron. En vida dijo en más de una ocasión que nadie se beneficiaría de lo que consideraba suyo, y que quien pretendiera arrebatarle lo que le correspondía por derecho ardería como un leño en la lumbre. A las puertas de la muerte dejó dicho que su casa debía preservarse como estaba hasta el final de los días, y si alguien pretendía hacerse con ella, lo pagaría caro. Una maldición como otra cualquiera, a la que no le doy más valor que a una leyenda urbana.

Los trámites con la aseguradora se están prolongando más de lo que esperábamos, pues no queda claro que la causa del incendio fuera la caída de uno o más rayos. Los peritos siempre tan escrupulosos. Nosotros dejamos el hotelito y estamos viviendo en un piso de alquiler en nuestra ciudad de origen. No hemos vuelto a poner los pies en el pueblo ni pensamos hacerlo. No es que creamos que lo ocurrido fue obra del espíritu de aquel marqués pirómano, pero nos invade una cierta aprensión. A la última persona que vimos antes de abandonar el pueblo fue al vecino que nos advirtió del peligro de habitar la casona. Todo lo que nos dijo fue que fuéramos con cuidado, que los espíritus suelen ser muy vengativos, sobre todo los de aquellos que en vida fueron especialmente malvados. Desde luego, la gente de pueblo tiene a veces cosas muy raras.