miércoles, 25 de marzo de 2020

Dos tiros por la culata



Jordi Vilagrassa, hijo único del señor Xavier Vilagrassa, a sus veinte años, era un granuja, un haragán y no sé cuántas cosas más. De jovencito siempre era el último de la clase. Con estos antecedentes, su padre decidió matricularlo en la Escuela Industrial para que aprendiera un oficio. Pero como el chico no sabía a qué dedicarse —más bien prefería no dar golpe y vivir a costa de su padre— el señor Jaume Matas, un buen amigo de su progenitor, padre y viudo como él, se hizo cargo de la situación y empleó al chico como aprendiz en su taller de ebanistería.
La única e indiscutible virtud de Jordi era su físico agraciado y su simpatía. Siempre halagador con todo aquel de quien pudiera sacar provecho. Vaya, lo que se dice un vividor. Con su innato atractivo y su innegable habilidad con las chicas, no resulta difícil imaginar que ligaba más que el ajo y el aceite.
Y he aquí que el señor Matas, le presentó un buen día, a Silvia, su queridísima y única hija, una jovencita de muy buen ver y tan vivaracha como para hacer perder la cabeza al Romeo del barrio. Y ligaron, como era de esperar, a la primera de cambio.
«Cuando mi padre se entere, dará saltos de alegría», pensaba Jordi. Pero el único salto que el pobre hombre dio fue directo al cementerio. Se fue tan discretamente como vivió y sin llegar a saber qué le esperaba a su hijo.
Para abreviar, os diré que, después de un noviazgo más breve que un suspiro y más rápido que un rayo, se casaron por todo lo alto, como comentaban en el barrio. Todo lo pagó el futuro suegro, claro está. Y es que la “nena” se lo merecía, qué caramba.
«Vaya un braguetazo que has dado, tío», le dijo más de uno con la suficiente confianza. Y él se encogía de hombros como quien no quiere la cosa. Pero ya lo creo que quería. El chico había conseguido todo aquello que más deseaba: un buen plato en la mesa y una buena mujer en la cama. ¿O debería decir una mujer buena? Sea como sea, disfrutaba de la vida. Tenía dinero a espuertas sin apenas dar el callo —dos años después de la boda seguía siendo un simple aprendiz—, tenía un coche de gama alta, un piso de lujo y todos los caprichos que su flamante mujer, la niña de los ojos de su jefe, todavía más caprichosa que él, le permitía.
Todo les iba muy bien a la parejita hasta que el señor Jaume Matas, mira por dónde, también pasó a mejor vida. Un infarto al pie del cañón se lo llevó al otro barrio. Solo dejó tras de sí los pocos ahorros que ese par de granujas chupa-sangre le dejaron arrinconar. Las malas lenguas decían que esos dos caraduras y la poca clientela que entraba por la puerta del taller fue el motivo de esa desgracia. Así las cosas, ya os podéis imaginar que en un plis plas no quedó ni un euro en la libreta de ahorros.
Silvia, enfurecida porque su antiguo enamorado era un frescales y un gandul —tarde o temprano acaba cayendo la venda de los ojos— que no podría ni por asomo mantener su ritmo de vida, lo plantó por otro, gordo como un cerdo y más feo que un rape, pero más atiborrado de dinero que un banquero. Y por si eso fuera poco, se quedó con la propiedad del taller paterno, como única heredera que era. No pretendía hacer nada con un negocio que hacía más aguas que el Titanic. Solo quería tocarle las narices y otra cosa bastante más abajo.
Pero al ahora ex, a pesar de haber montado en cólera por el desplante y la traición, conociendo el carácter indómito y testarudo de Silvia, no le dolieron prendas en humillarse, rebajándose hasta suplicarle, haciendo el llorica y el desgraciado, que le concediera una compensación económica para poder sobrevivir. Ella, después de meditarlo concienzudamente, acabó cediendo. 
La última vez que hablaron por teléfono, le dijo: «Muy bien, te compensaré, te cedo la propiedad de la ebanistería. Si espabilas, te podrás hacer tan rico como mi difunto padre». Estas fueron sus últimas palabras antes de colgar y echarse a reír a carcajadas en medio de la calle, mientras iba, como cada día, de compras.


miércoles, 18 de marzo de 2020

Miedo a lo desconocido



Sentí miedo, lo reconozco, pues debía afrontar lo desconocido a solas. Si me capturaban, nadie vendría en mi ayuda. Estaba en un planeta inhóspito. Era la primera misión de este tipo. Habíamos tenido que esperar muchos años para poder hacerla realidad. Y allí estaba yo.
En esta ocasión, la visita tenía como objetivo contactar con sus habitantes. La misión era sencilla, pero tenía su riesgo pues no sabíamos cómo reaccionarían esos seres aparentemente agresivos. Por mi parte, sólo verlos me producía repulsión, pero estaba decidido a llevar a cabo lo que me habían encomendado.
Me habían concedido muy poco tiempo. Debía mezclarme con ellos, investigar su hábitat y forma de vida, y aprender, aunque sólo fuera rudimentariamente, su extraño lenguaje. Y todo sin levantar sospechas. Luego, debía volver a la nave con todo el material y abandonar el planeta sin que me vieran despegar. Toda esa información era vital para saber hasta qué punto podríamos, en un futuro, establecer un contacto pacífico con ellos.
Habían sido muchos años de investigación, preparativos y grandes inversiones, y todo en el más absoluto secreto. Primero, logramos convertir su atmosfera en respirable gracias a un convertidor de gases que me implantarían en mi aparato respiratorio. Luego conseguimos emular su aspecto físico con esta especie de segunda piel, un trabajo magnífico de nuestros expertos en síntesis de polímeros. Pero no fue hasta que conseguimos mimetizar la nave con el entorno cuando el proyecto recibió luz verde.
¡Y pensar que todo nació gracias a esos especímenes que logramos capturar tantos años atrás! ¡Vaya revuelo que se armó! Que si el Gobierno conocía la existencia de vida en otros planetas y lo negaba, que si se había capturado unos seres de una nave procedente de otra galaxia y se estaba experimentando con ellos, etcétera, etcétera. Hasta ahora hemos podido ocultar todos los ensayos, pero, de salir bien esta misión, las autoridades estaban decididas a revelar la verdad.

Y ahí estaba yo, con una réplica perfecta de su caparazón externo. Lo único que desentonaba era mi estatura, demasiado baja para ellos, pero me tranquilicé al saber que también había algunos individuos con mi complexión.
Cuando aterricé, su sol se había ocultado ya. Afortunadamente, no tardé mucho en vislumbrar algunas de sus guaridas, así que dirigí mis pasos hacia mi primer objetivo: una estructura baja y rodeada por una barrera no más alta que yo. Supuse que debía actuar de defensa. Por culpa de la ansiedad, inspiré tan hondo que, a pesar del convertidor de gases, su atmósfera casi me tumba.
Pero lo peor vino después, justamente cuando acababa de franquear la entrada exterior de ese habitáculo. Un ser extraño que no teníamos catalogado, surgió de entre la oscuridad y se abalanzó sobre mí profiriendo unos horribles aullidos. Creía que me iba a despedazar. Sus rugidos debieron despertar a los habitantes de la guarida porque, de repente, se encendieron unas luces, escuché unos gritos y poco después noté cómo unas garras me sujetaban con fuerza. Acababa de realizar mi primera incursión y ya había sido descubierto. Debía comportarme con la máxima naturalidad si quería sobrevivir, hacerme pasar por uno de ellos, ese era el plan, pero era incapaz de articular una sola palabra sin desenmascararme.
El pánico se apoderó de mí. Tantos preparativos para nada. Tenía que poner en práctica el plan de emergencia. Para empezar, debía simular una incapacidad para emitir sonido alguno. Me mostraría dócil y ya vería el modo de escaparme cuando se confiaran.

***

Lo que tenía que ser un breve cautiverio, tras el cual debía poder reanudar mi proyecto en otra parte, sin levantar sospechas sobre mis orígenes e intenciones, se ha convertido en algo que nunca habría llegado a imaginar.
Siento que, después de tantos años de esfuerzos, les haya fallado de esta forma, pero quién me iba a decir que me encontraría con algo así, algo superior a mis fuerzas. No me habían preparado para esto.
Según su calendario solar, han pasado ya tres años de mi llegada. He aprendido su lenguaje, si bien ellos creen que me han enseñado a hablar tras superar un grave problema de fonación. Su aparente agresividad no es tal y se han mostrado muy sociables. Me han acogido como a uno de los suyos, pues eso es lo que creen que soy. Mucha inventiva he tenido que utilizar para que no descubrieran mi verdadera naturaleza. Ahora, tras un gran esfuerzo de adaptación, me siento muy cómodo entre ellos. Y es que, la verdad sea dicha, viven mucho mejor que nosotros. Si bien están más atrasados en algunos aspectos, en otros nos llevan la delantera.
Me siento un traidor. Ya no quiero volver a mi lugar de origen. Y aunque me imagino que me estarán buscando, esta segunda piel que ellos mismos diseñaron resulta un perfecto sistema de camuflaje. Sólo espero que resista bien el paso del tiempo y que, antes de que se deteriore y deje de serme útil, haya podido disfrutar mucho tiempo de esta nueva vida.
No quiero pensar qué harán mis anfitriones cuando, si llega el caso, descubran que han sido engañados durante tanto tiempo. Y respecto a mis congéneres, espero que, si me atrapan, sean indulgentes. No sé si me comprenderán, no sé si entenderán mi debilidad, lo que me ha motivado a traicionarles, pero es que eso que aquí se conoce como Big Mac es lo mejor que nunca he probado.

(900 palabras)


miércoles, 11 de marzo de 2020

Trilogía de terror



Hoy he rescatado tres relatos de terror (un género que no cultivo mucho, a pesar de que me gusta) que tenía encerrados en el cuarto oscuro desde hace mucho tiempo y que he decidido liberar. Espero que os gusten.


La sombra

Se proyectaba con tal nitidez que daba escalofríos. Una forma humana en movimiento. Cada noche, a la misma hora. Aterrorizado, me arrebujaba bajo la sábana para no verla ni que ella me viera a mí. No me atrevía a contárselo a mis padres. Siempre me decían que tenía que ser valiente y que si veía algo que me asustaba, debía hacerle frente, plantarle cara, y vería cómo desaparecía.

Así pues, a la noche siguiente, salté de la cama dispuesto a descubrir el origen y el significado de aquella silueta fantasmagórica que, desplazándose por la pared de mi habitación, me resultaba tan aterradora. Me flaqueaban las piernas, pero tenía que hacerlo.
Antes lo hubiera hecho. La imagen que tanto me perturbaba no era más que una sombra, la que proyectaba un individuo desde el otro lado del patio de vecinos. Nuestras galerías daban una enfrente de la otra. El hombre —mis padres me habían hablado de él—, era un sastre que tenía el taller en su casa. Al parecer, pues, hacía horas extra aprovechando la tranquilidad nocturna. Una potente luz proyectaba su sombra justamente hacia la pared de mi cuarto, aprovechando que nada interceptaba el rayo luminoso en una calurosa noche de verano de ventanas y puertas abiertas de par en par. La distancia que nos separaba amplificaba y distorsionaba los movimientos del sastre, que adquirían una forma aterradora.
Al día siguiente, aliviado por tal descubrimiento, se lo conté a mis padres. Quise demostrarles que había sido valiente. Pero, de pronto, palidecí al oír su respuesta.
—¿El hombre de ahí delante? ¿El sastre? Pero si está muerto y bien muerto, el pobre. Hace días que lo encontraron tendido en el suelo de su taller sin vida, ¡Tú y tus tonterías!
Ahora está conmigo. No el sastre, sino su verdugo. Hacía tiempo que rondaba por el barrio. Una vez cumplido su trabajo, nuestro piso era su próximo destino. La sombra le dejó entrar en casa. Me ha dicho que ahora es el turno de mis padres. Creo que no les diré nada.


                                                 
Las pesadillas de Enrique

Enrique empezaba a estar realmente preocupado. Sus pesadillas eran cada vez más frecuentes, terribles, tremendamente reales y últimamente muy repetitivas. Soñaba que era un zombi, un muerto viviente, uno de esos seres horribles y asquerosos de las películas de terror que tanto le gustaban. Debía ser, sin lugar a dudas, por culpa de la serie de televisión The Walking Dead que veía, desde hacía meses, sin haberse perdido ni un solo capítulo. Pero lo peor de todo era que las sensaciones que experimentaba en sueños se estaban trasladando a la vida real.
Desde que tenía esas pesadillas, sus gustos habían sufrido un cambio más que notable: le apetecía comer carne cruda, cuando hasta hacía muy poco solo le gustaba muy hecha, y los olores que antes le resultaban nauseabundos ahora, en cambio, le atraían como si de un perfume de alta cosmética se tratara. Su voz se tornó extraña, como si sus cuerdas vocales emitieran un sonido de ultratumba.
En estas circunstancias, decidió someterse a una revisión médica y quién mejor que Genaro, su buen amigo y endocrinólogo, para hacérsela, ya que no se atrevía a confesarle a un extraño estas anomalías, pues podría tacharlo, en el mejor de los casos, de lunático.
Una vez en la sala de espera de la consulta de su amigo, mientras fingía leer una revista, tuvo que reprimir unos deseos brutales de abalanzarse sobre una mujer entrada en carnes, que no cesaba de observarlo de reojo. ¿Intuiría sus inclinaciones antinaturales? Pero Enrique pudo finalmente contenerse y se comportó con la mejor naturalidad posible.
No sabría decir en qué momento perdió el conocimiento. Solo recuerda que alguien golpeaba la puerta del despacho de Genaro y que varias personas, al otro lado, gritaban a voz en cuello: doctor, doctor, ¿se encuentra bien? ¿Va todo bien ahí dentro?
Cuando Enrique abandonó la consulta, había dejado tras de sí un largo reguero de sangre y unos cuantos cuerpos mutilados.
Aquella noche fue la primera en varias semanas que Enrique no tuvo ninguna pesadilla.



Debajo de la cama

Siempre me han gustado las historias de terror. Mi abuela materna me contaba cuentos y leyendas sobre brujas y fantasmas. Aunque disfrutaba escuchándola, por la noche no podía conciliar el sueño y cuando lo lograba solía tener pesadillas terribles. La más frecuente consistía en que un ente demoníaco, agazapado bajo mi cama, me agarraba con una fuerza colosal y me arrastraba hacia lo más profundo del averno. Cuando despertaba, aterrorizado, todavía notaba, en brazos y piernas, la presión de sus garras.
Desde entonces, aun sabiendo lo ridículo que era, no podía acostarme sin haber mirado antes debajo de la cama para comprobar que no había nada ni nadie. Aun así, esa pesadilla continuaba atormentándome cada noche.
Cuando avergonzado, se lo conté a mi abuela, me dijo que rezara diez padrenuestros y dos avemarías, y que me encomendara a mi ángel de la guarda para que me protegiera. Así no me pasaría nada malo. Y la creí.
Pero a pesar de eso, el monstruo seguía visitándome cada noche, momento en el que me despertaba empapado de un sudor frío y con el corazón galopándome como un potro desbocado. Abría la luz, miraba bajo la cama y, lógicamente, no había nada de nada. Pero la sensación de una presencia extraña no desaparecía. Decidí, entonces, dormir con la luz abierta. Cuando creía que mis padres estaban dormidos, encendía la lamparilla de la mesilla de noche y así conseguía relajarme y me quedaba dormido.
Al principio funcionó. Lo que fuera que intentaba capturarme desde debajo de mi cama, dejó de manifestarse en sueños. Así pues, lo que había logrado hacerle huir no fueron los rezos sino la luz, concluí.
Pero una noche, estando adormilado, noté de nuevo como una fuerza invisible me atraía enérgicamente. Abrí los ojos sobresaltado. No veía nada, pero mi cuerpo era arrastrado fuera de la cama por mucho que me resistía agarrándome al colchón, al somier y a todo lo que podía con todas mis fuerzas. Entonces grité como nunca hubiera imaginado que sería capaz y, al momento, esa fuerza invisible se detuvo. Mis padres, asustados y desconcertados, acudieron rápidamente en mi auxilio, por si me ocurría algo grave. No tuve más remedio que contarles lo que me había estado pasando.
Mi madre intentó, afectuosamente, convencerme de que todo había sido fruto de mi desmesurada imaginación y culpó de ello a mi abuela por llenarme la cabeza de bobadas y a las películas de terror que tanto me gustaban. Mi padre, en cambio, se burló de mí diciendo que ya era muy mayor para todas esas tonterías. Y como yo no dejaba de lloriquear y temblar de miedo, se cabreó todavía más y añadió que tenía que comportarme como un hombre y no como una niña, que a él nunca le había ocurrido algo igual en su vida porque, simplemente, no creía en fantasías de críos ni supercherías de viejas.
—La próxima vez que veas a ese demonio o lo que sea que tanto te asusta, le dices que venga a mi cama, que sabrá lo que es bueno —dijo en plan de mofa mi padre, dando así zanjado el asunto, ante la cara de circunstancias de mi madre.
Lejos de haberlas expulsado, mis pesadillas nocturnas continuaron diariamente, incluso con la luz encendida, Hasta que un día, al acostarme, después de rezar mis oraciones, haciendo un esfuerzo extraordinario, me dirigí al ente que me tenía aterrorizado.
—Conmigo eres muy valiente porque solo soy un niño, pero seguro que a mi padre no te atreverías hacerle lo que a mí. La próxima vez, ve a su cama y verás —le dije en voz baja pero firme, esperando que el desafío funcionara.
Aquella noche fue la primera de muchas que el demonio de mis pesadillas me dejó tranquilo. Dormí de un tirón sin despertarme ni una sola vez.
Por la mañana, a pesar de ser un día festivo, me desperté muy temprano y salté de la cama contento por haber pasado, por primera vez, una noche en paz. Con la urgencia de decírselo a mis padres, aunque pudieran regañarme por despertarles antes de tiempo, corrí hacia su habitación.
Cuando abrí la puerta, hallé a mi madre llorando, acurrucada contra el cabezal de la cama, con la manta hasta la barbilla, como si quisiera ocultarse o protegerse de algo. Al verme, me miró aterrada, con los ojos como platos y temblando. El lugar que ocupa mi padre en la cama de matrimonio estaba vacío y las sábanas revueltas como si se hubiera librado una batalla.
—¿Y papá? —pregunté, temiendo la respuesta.
—No lo sé, hijo. Algo… algo se lo ha llevado. Esta madrugada… le he oído gritar y agitarse violentamente. Cuando he abierto la luz solo he podido ver cómo desaparecía debajo de la cama.



martes, 3 de marzo de 2020

Historia de un asesino



¿Cómo se convierte uno en asesino? Es difícil contestar a eso. Yo solo puedo contar mi experiencia. He leído algo y hay quienes creen que se lleva dentro, en la sangre. Pero en mi familia no ha habido ningún caso, que yo sepa. Cabrones sí, y muchos, empezando por mi padre, pero asesinos no. Debo de ser el primero de la serie. No sé si mis hijos heredarán mi defecto, o vicio, si lo puedo llamar así. Si es un defecto con el que se nace, nadie me lo dijo, y si es un vicio. no me di cuenta.
Según me contó mi madre, crecí como un niño normal hasta que cumplí los diez años. Algo debió pasar para que experimentase esa trasformación. Me volví, de pronto, violento, en un niño conflictivo. Me expulsaron varias veces del colegio, primero, y del Instituto, después. Era un buscabulla, me divertía pegando a los demás niños, incluso mayores que yo. Pero creo que lo que me acabó empujando a lo que soy, fue una pedrada tan certera que acabó con la vida de un chaval que ni tan solo conocía. La visión de la sangre me produjo un impacto indescriptible. Lo que a los demás les resultó algo espantoso, a mí me hizo sentir un placer inusitado, pero sobre todo poderoso.
Contrariamente a lo que sería de esperar, no me encerraron en un reformatorio o en uno de esos centros donde meten a los menores que han cometido un delito grave. Mi padre sobornó a no sé quién y todo acabó como un desgraciado accidente de juegos de niños. Como castigo, mis padres me enviaron a vivir con mis abuelos paternos creyendo que mi abuelo, un militar retirado, me trataría con mano dura. El viejo, por fortuna, cayó enfermo y al poco murió. Llegué a creer que fue por los disgustos que le daba, qué tontería, pero después supe que tenía cáncer. Mi castigo, pues, duró muy poco, porque mi abuela fue, en cambio, muy tolerante conmigo. Hacía todo lo que me apetecía sin que pusiera coto a mis actos de rebeldía. Simplemente pasaba de mí.
Luego vinieron los pequeños hurtos, tirones de bolso a mujeres mayores y, como siempre salía bien parado, la cosa fue a mayores. Tenía una gracia especial para eso y mis piernas nunca me fallaban. Corría como una liebre. Jamás me dieron alcance.
Más tarde apareció Paquito, un amigo de la infancia, y su grupo. Ellos me enseñaron las técnicas para emprender aventuras de mayor envergadura. Me propusieron integrarme en su grupo, pero decidí seguir actuando solo, es mucho más seguro y no tienes que depender de nadie ni nadie puede delatarte. Robos a comercios y a alguna gasolinera, amedrentando al personal con una navaja trapera, hasta que, vista la violencia con que algunos trataban de repeler mis atracos, me agencié una pistola y ya la cosa se disparó, nunca mejor dicho. Si la gente no opusiera resistencia, todo iría mejor, carajo. Es lo que recomienda la policía, ¿no? No hacer frente al atacante. Pero aquel joyero hijo de puta tuvo que hacerlo. Cuando vi que sacaba un arma de debajo del mostrador, un acto reflejo me impulsó a dispararle a bocajarro. Cayó como un saco de patatas. Una o dos empleadas, no lo recuerdo bien, chillaban histéricas. Otro en mi lugar se habría largado por piernas, pero yo me quedé tan frio que incluso me sorprendí de mí mismo. Me llevé un buen botín, aunque de no haber sido por ese contratiempo, habría podido arrasar con mucho más. En ese momento inicié una escalada de violencia que me llevó a las portadas de los periódicos. Me sentía importante, pero intuía que, trabajando así, a la luz del día y a pecho descubierto, me acabarían trincando. Hoy día hay cámaras por todas partes. Si no quería acabar en el trullo o, pero aun, en el cementerio, tenía que cambiar de práctica. Y lo único que se me ocurrió fue convertirme en asesino a sueldo. Seguro que clientes no me faltarían.
No podía poner un anuncio en el periódico: «Se ofrece sicario. Puntería excelente y total discreción. Precio a convenir según la dificultad del encargo», ja, ja, ja. Entonces pensé en Paquito. Hacía tiempo que le había perdido la pista, pero las malas lenguas decían que se ganaba muy bien la vida haciendo “trabajitos bajo encargo”. Este era mi hombre para que me introdujera en ese mundo tan excitante como novelesco. Y aunque me costó lo mío dar con él, lo conseguí. Efectivamente, resultó ser quien buscaba.
Al principio, para demostrarle mi valía, solo me pasaba trabajos fáciles. Poco a poco, gané confianza a la par que experiencia. Había llegado el momento de independizarme. Y en ese preciso momento cavé mi propia tumba. Bueno no es más que una forma de expresión, porque, como puedes ver, sigo con vida, ja, ja, ja.

─Si tuviera que expresar en pocas palabras lo que ha sido su vida de delincuente y asesino profesional, ¿cómo la definiría?
—Hombre, pues, desde luego muy agitada, je, je. Ahora hablando en serio, una puta mierda. Aunque también he tenido mis momentos de gloria.
—¿Cómo cuáles?
—¿Te parece poco haber sido el centro de atención de todos los medios de comunicación? Durante un tiempo ocupé las primeras noticias de los telediarios y fui el protagonista de esos programas basura que tratan de la delincuencia. ¡Pura hipocresía! Estos programas lo único que pretenden es ganar audiencia.
—Desde luego no se puede negar que hizo ganar muchos puntos a ciertas cadenas televisivas.
—Y hasta escribí un libro que fue todo un éxito de ventas. Bueno, en realidad no lo escribí yo. No me imagino escribiendo un libro, ja, ja, ja. Vino un periodista, como tú, ofreciéndome un trato. Quería contar mi vida a cambio de una bonita suma de dinero, aunque creo que me timó porque habría podido ganar más pasta. Si lo tuviera delante ya sabría lo que es bueno. Lo único que no me gustó fue el título que le puso al libro: “Historia de un asesino”. Ni que fuera Jack “el destripador”. Pero acepté, claro; por mis hijos. Su madre tiene miedo de que sigan mis pasos. Así, podrán pagarse los estudios y convertirse en hombres de bien, no como yo. Eso dice la parienta. Porque si tengo que confiar en mis padres voy listo. Me han dado la espalda. Mi padre llegó a decir que ya no era hijo suyo. Y mi madre, pues lo que dice el cabeza de familia. Y eso que les hacía cada regalo por sus cumpleaños, por Navidad… ¡Ingratos!
—¿Se arrepiente de haber seguido esta vida delictiva y haberse llevado por delante a tantos inocentes?
—A ver, chaval, vayamos por partes. Eso de que me he cargado a inocentes es un decir. Todos eran unos completos hijos de puta y se lo merecían. Aunque los que me contrataron no es que fueran precisamente unos angelitos. ¿No conoces ese refrán que dice que quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón? Pues eso.
—Entonces, ¿no se arrepiente de nada?
—Pues claro que sí, ¡no te jode! Me arrepiento, y mucho, de haber confiado en Paquito, ese que ahora se hace llamar Frank “el guapo”. Tiene guasa la cosa. Lo de Frank tiene un pase, pero lo de guapo… ¡si el capullo es más feo que el feo de los hermanos Calatrava! No debe de andar bien de la azotea. No me extraña, con tantos chutes que se ha metido en su vida...
—Pero ¿no ha dicho que era su amigo de la infancia?
—En este mundo, me refiero a mi mundo, no hay amigos. Los que más lo parecen son los peores. Y ese cabrón ha sido el peor de todos.
—¿Por qué dice eso?
—Pues porque se convirtió en un confidente de la pasma y acabó delatándome. Debió llegar a un acuerdo a cambio de rebajarle la pena cuando lo trincaron o yo qué sé. Él sí supo hacerlo bien, hacía de intermediario, nunca se ensució las manos, pero se llenaba los bolsillos encargando el trabajo sucio a otros.
—Ahora que lo ha mencionado, si no estoy equivocado, tengo entendido que ese tal Frank “el guapo” está cumpliendo condena en esta misma prisión.
—Pues sí, casualidades de la vida, pero por poco tiempo, te lo digo yo.
—¿Qué quiere decir?
—Pues que, habiéndome caído cadena perpetua, por muy revisable que sea, tanto me da un asesinato más o menos. Ese tipejo tiene los días contados. Y con él ya serían veinticinco los cabrones que me he llevado por delante. A lo mejor, a tu revista le interesaría una exclusiva. Sería un bombazo, ¿no crees? Ya veo el titular: “Juan Saldaña, alias “el limpio”, se carga al cabrón de su antiguo colega y delator en la trena”. Bueno, con palabras más finas, claro. Y os lo dejaría por solo ciento cincuenta mil euros de nada. Piensa que la Esteban esa cobra más, que lo he leído. Y a la gente le gusta el morbo. Sigo necesitando dinero, tío. La familia es la familia, ya sabes.
—Pues no le digo que no. Pero antes tengo que hablar con mis superiores.
—Pues habla, habla, hombre. Ya sabes dónde encontrarme, total, no me voy a mover de aquí, ja, ja, ja.


Ilustración: Josh Hartnett, en una escena de El caso Slevin (titulo original: Lucky Number Slevin)



jueves, 20 de febrero de 2020

¿Y ahora qué?



Ha sido un proceso largo y muy duro, pero ya he llegado al punto final. Un camino lleno de dificultades. Estudiar y trabajar al mismo tiempo no es tarea fácil. Y a mi edad no es habitual cursar una carrera universitaria. Siempre pidiendo favores a los compañeros y compañeras para que me dejaran los apuntes de las asignaturas a cuyas clases no podía asistir. Tuve que acostumbrarme a sus miradas furtivas y a sus sonrisas condescendientes. Y ellos se acabaron familiarizando con la presencia de ese tipo mayor. ¡Pero si podría ser mi padre!, debían pensar. Pero no soy tan mayor como para eso, aunque lo pueda parecer. Las canas me salieron muy temprano. Mi padre decía que a él le salieron también de muy joven de tanto trabajar. No sé si será por eso.
Mi padre. ¡Qué orgulloso estaría si pudiera verme! Y mi madre aún más. «Una carrera abre muchas puertas», me decía. De momento, esas puertas todavía se mantienen cerradas. Espero que pronto se abran.
¡Cuántas noches en vela y cuántos días levantándome al alba para ir a trabajar a la panadería del señor Martín! Pero esta vida está a punto de concluir.
Cuando me casé, me prometí que haría realidad mi ilusión y la de mis padres. He tenido la gran suerte de que Julia siempre me ha ayudado con su comprensión y apoyo.
Cuando nacieron las gemelas ni siquiera nos podíamos permitir desembolsar el dinero que costaba la matrícula. Mis padres habían fallecido y los de Julia no andaban muy bien económicamente, ya habían hecho suficiente por nosotros al casarnos. Así las cosas, tuve que pedir un adelanto al bueno del señor Martín, que fui devolviéndole poco a poco, según mis posibilidades. Para los siguientes cursos preferí recurrir a préstamos bancarios. Pero no me arrepiento de los sacrificios que he tenido que hacer para llegar hasta aquí.
Y ahora me encuentro en un momento crucial. El último obstáculo. Creo que estoy en condiciones de poder salvarlo. He trabajado duro. Merezco tener éxito. Aunque nunca se sabe. Pero no sé por qué me agobio. ¡Con la de veces que he pasado por lo mismo; parece mentira! Pero, claro, lo de hoy es definitivo. Me juego mucho y no quiero dilatar más esta situación. Necesito acabar cuanto antes.
Si todo sale bien, solo me faltará encontrar trabajo. Sé de sobras que la cosa está muy difícil. Pero el señor Martín dice que tiene un primo que dice que podría echarme una mano. Trabaja en una empresa en la que está muy bien considerado y en la que, al parecer, necesitan a alguien con mi formación y sin experiencia. Podría hablarles de mí. Sabe que he sido un buen estudiante. Un empujoncito siempre va bien. Luego, claro está, deberé demostrar mi valía, pero por lo menos ya tendría un pie dentro.
Ojalá todo llegue a buen puerto. Tengo tantos planes… Cuando gane un buen sueldo, nos cambiaremos de coche, porque el que me dejó mi padre ya está para el arrastre y resulta un despilfarro en reparaciones. Y haremos ese viaje de novios que todavía tenemos pendiente. Más adelante me gustaría cambiar de piso, a uno más amplio, más soleado y mejor situado. Ahora bien, tampoco es cuestión de pasarse. No hay que estirar más el brazo que la manga, como decía mi padre. Habrá que ir poco a poco, a medida que vaya ascendiendo en el trabajo. En fin…

—Eh, usted. ¿Acaso está en Babia?
—¿Qué? ¿Cómo dice?
—Que si está en las nubes. ¿Qué hace ahí, como un pasmarote, sin siquiera haber dado la vuelta a la hoja? Hace ya casi una hora que se les ha dicho que podían empezar el examen. Ya solo le queda, a lo sumo, una hora y cuarto, así que espabile.
—¡¿Cómo que solo me queda una hora y cuarto?!
—Lo que le digo. ¡Venga, hombre, no pierda más el tiempo!
—¿Qué es lo que ocurre aquí?
—Pues que no sé qué le pasa a este alumno, doctor. Todavía no ha empezado el examen y le estaba advirtiendo que el tiempo apremia.
—Pero hombre de Dios. ¿Qué le sucede? ¡Póngase las pilas!, que esta es la última asignatura de la carrera. Y si no se ve capaz de hacer el examen abandone el aula y váyase a casa.
—¿Qué? ¿Irme a casa? ¡Ni hablar! Lo siento. No sé qué me ha ocurrido. Estaba…
—Pues no se hable más, que cuanto más hablamos más corre el tiempo. Venga, póngase manos a la obra. ¿Y ustedes qué miran? Cada uno a lo suyo. Y como pille a alguien copiando, repite curso.

—Pero ¿qué me ha pasado? Debo haberme quedado ensimismado. ¡Ay Dios! Tengo que darme prisa. A ver, a ver. Menos mal que solo son dos temas a desarrollar.

—¡Joder, joder, joder! De los dos temas, han tenido que poner justamente uno de los últimos del temario, el que no tuve tiempo para estudiármelo bien. Y ¿ahora qué? Si, por lo menos, sacara un aprobado justito…



jueves, 13 de febrero de 2020

Futuro incierto

El relato que hoy publico en este espacio se presentó al XII Concurso de Microrrelatos sobre Abogados. El texto no podía exceder las 150 palabras y debía contener las cinco palabras siguientes: promover, crecimiento, inclusivo, empleo y productivo.
Tras dudarlo mucho, acabé presentándolo. El resultado era previsible. Si queréis conocerlo, id al pie del relato.



Eduardo tenía un buen empleo en una multinacional. Como abogado y director de Recursos Humanos, le encomendaron la misión de promover un espíritu de trabajo en equipo. De este modo, el sistema productivo sería mucho más eficiente. El crecimiento personal y profesional de los empleados tendría que ser el punto de partida. Tenía ante sí un reto que quería cumplir cuanto antes, según la encomienda recibida desde la dirección general. Necesitaba, pues, una idea innovadora. Tras meditarlo detenidamente, se le ocurrió un método inclusivo: recabar la opinión de todos sus empleados. Siempre había creído que la satisfacción de los trabajadores reside en hacerles partícipes de los objetivos de la Empresa.
Formó un equipo constituído por varios representantes de cada departamento para que llegaran a un consenso. Al cabo de tres meses de arduas discusiones, le presentaron una propuesta infalible: renovar el ochenta por ciento de la plantilla.

(147 palabras)


A los pocos minutos de acusar recibo de mi relato y agradecer mi colaboración,  me comunicaron que el jurado lo había desestimado por no cumplir los requisitos.
Debí imaginarlo: entre los abogados no abunda el sentido del humor.

viernes, 7 de febrero de 2020

La caja fuerte


Cuando el vendedor nos enseñó la casa, estaba tan oculta que no me percaté de su existencia. Cuando semanas más tarde, ya convertidos en propietarios, volvimos para tomar medidas y hacer los preparativos para su decoración, entonces la vi. Estaba en el fondo del armario del dormitorio principal. Cerrada a cal y canto. Al no conocer la combinación, lógicamente no pudimos abrirla. Pero ¿para qué? si no teníamos nada de valor para proteger de manos ajenas y, por otro lado, seguro que estaba vacía. ¿Quién en su sano juicio vendería su casa dejando objetos de valor en su caja fuerte?
Pero como soy, por naturaleza, muy curioso, no pude evitar sentir un deseo irrefrenable de abrirla. Y así, día tras día, le estuve dando el coñazo a Marta, mi mujer.
—Si no contuviera nada de valor, ¿tú crees que el anterior propietario la habría dejado cerrada sin darnos la combinación? —le argumentaba una y otra vez.
—No seas borrico. Si hubiera alguna cosa de valor, ¿tú crees que se habría marchado sin vaciarla?
—¿Acaso no viste, cuando firmamos la escritura, que es un hombre muy mayor? Si debe rondar los noventa. Ya le debe fallar la memoria.
—Los ancianos no tienen memoria según para qué, pero en cuestión de dinero ya te digo yo que están muy lúcidos. Mira, si no, a mi abuelo.
—Pues a mí me pareció que tenía Alzheimer. El notario le tenía que explicar las cosas como si se tratara de un niño de cinco años.
Y aunque así fuera, ¿qué quieres hacer exactamente? —concedió finalmente, harta de dar tantas vueltas al asunto.
—Pues ir a verle y pedirle la combinación. Le diría simplemente que necesitamos guardar documentos y joyas de valor. ¿Qué sino?
Dicho y hecho, me presenté en el piso del Eixample donde ahora vivía el señor Dalmau.
—Pues lamento mucho decirle que el señor Dalmau, mi tío, falleció de un ataque al corazón el pasado sábado por la noche —me informó un joven bien parecido y vestido elegantemente como si fuera a un bodorrio.
—Vaya, pues sí que lo lamento. Yo soy el nuevo propietario de la casa de Valldoreix que su tío, en paz descanse, nos vendió —me presenté—. Es que verá, hemos encontrado una caja fuerte dentro del armario del dormitorio principal y, como no sabemos la combinación, no podemos abrirla. Si usted fuera tan amable de facilitárnosla, le quedaríamos muy agradecidos. Mi mujer y yo desearíamos poder guardar en ella algunos objetos de valor y sin conocerla, ya me dirá usted de qué sirve tenerla.
Hecha esta aclaración, me pareció notar por un instante un amago de sorpresa en su cara, tras lo cual dijo:
—Pues lo siento, pero no tengo ahora mismo esa información. Pero no se preocupe, precisamente me he instalado aquí por unos días para poner un poco de orden y recoger algunas pertenencias de mi difunto tío. Ya sabe, cosas de la familia y recuerdos que uno quiere conservar. Así pues, si encuentro algún papel en el que figure la combinación que necesita, le llamaré.
Pasaban los días y no tenía noticia alguna de aquel joven, y cuanto más tiempo pasaba más intrigado estaba.
—Marta, ¿no ha llamado nadie preguntando por mí?
—Te he dicho mil veces que no, No seas pesado.
—Es que me extraña mucho que con lo formal que parecía ese joven, no haya llamado, aunque sea para decir que no ha encontrado nada. Y en el contestador tampoco hay ningún mensaje suyo. Qué idiota fui al no pedirle su número de teléfono o haberle dado también el de mi móvil. Quizá ha perdido el papelito que le di con nuestro número fijo. Desde luego…
—¿Quieres olvidarte del tema, de una vez, por favor? Si no podemos abrir esa dichosa caja fuerte, pues no pasa nada, la dejamos como está y santas pascuas. ¿Verdad que no molesta? Total, está empotrada en el fondo del armario y no nos quita espacio.
—Pero es que…
—¡Es que nada, jolines! Mira que eres pesado. Olvídalo ya, ¿quieres hacer el favor?
—¿Sabes que haré? Que iré a verle de nuevo.
—Haz lo que te dé la real gana, pero si hubiera encontrado el número de la combinación nos habría llamado. Si no lo ha hecho es porque no lo tiene. Y aunque hubiera perdido nuestro número de teléfono, sabe dónde vivimos, ¿no?
—Vale, pero por probar…
Y probé, pero esta vez nadie abrió la puerta. El conserje me dijo que el sobrino del señor Dalmau hacia días que no aparecía por ese domicilio. Solo sabía que el piso se había puesto a la venta.
—Si el sobrino, que seguramente es el heredero, ha puesto el piso a la venta, puedo llamar a la inmobiliaria y contactar con él.
—Me vas a volver loca, carajo. Esto acabará conmigo y contigo. Esa obsesión por esta maldita caja fuerte ya es enfermiza. O dejas el tema en paz o tendremos un disgusto.
Y vaya si tenía razón, pero el disgusto me lo llevé yo.
Al cabo de un par de días de haber dejado ese maldito asunto definitivamente zanjado, ocurrió algo inesperado. Llevaba un rato durmiendo cuando me despertó un ruido. Presté atención. ¡Un intruso había entrado en casa! Solo podía ser alguien que tuviera las llaves. ¡Qué imbéciles fuimos al no cambiar la cerradura! El único que podía tener un duplicado era aquel individuo, el guapo sobrino del anterior propietario. Debió encontrar otro llavero entre las cosas del viejo. Ahora entendía su expresión de sorpresa cuando le conté que su tío había dejado en la casa que nos vendió una caja fuerte cerrada. Debía saber que el hombre poseía objetos, del tipo de fuera, de mucho valor y al no hallarlos en el piso en el que su tío se había instalado, dedujo que los teníamos nosotros sin saberlo. Y ahora venía a por el botín.
Pero cuando iba a encender la luz de la mesilla de noche para alertar a Marta, noté un golpe violento y muy doloroso en la cabeza que me nubló la vista y me hizo perder el conocimiento.
Y ahora estoy en un hospital, con una buena brecha en la cabeza que ha precisado de un número indeterminado de puntos. Lo peor es que no sé qué ha sido de Marta. Parece como si se la hubiera llevado el diablo. La policía me ha dicho que alguien debió entrar a robar, pues han encontrado, dentro de un armario, una caja fuerte abierta y completamente vacía. «¿Recuera usted lo que contenía?» —me ha preguntado. «¿Encontrarán a quién lo ha hecho?» —le he preguntado a mi vez. Por toda respuesta se ha encogido de hombros. ¡Porca miseria!


jueves, 30 de enero de 2020

Historia de una rebelión


No llegaré a cumplir los cincuenta. Esta enfermedad acabará conmigo en pocos meses. Llevo ya tres años entrando y saliendo del hospital. Mi aventura parisina tuvo la culpa, pero aun así no me arrepiento de nada.
—Eric, ¿con quién hablas, cariño?
La voz de Sonia me saca de mis cavilaciones.
—Con nadie, querida. Hablaba conmigo mismo.
Cada vez lo hago con más frecuencia. Es un hábito que adquirí durante mi convalecencia en Marruecos, postrado en la cama con un agujero en el cuello, y que ahora he vuelto a recuperar. Repaso las distintas etapas de mi vida. Y aunque, como he dicho, no me arrepiento de mis actos, reconozco que mi carácter aventurero me llevó a vivir situaciones muy difíciles y arriesgadas.
En general, no puedo quejarme. He sido lo que se llama un hombre de mundo. He vivido dos guerras y, como premio a mi audacia, recibí una herida de bala que aún perdura, como perduran los recuerdos.
Cuando contaba con dos años de edad, mi madre, mi hermana Marjorie y yo abandonamos Motihari para ir a Inglaterra, la tierra natal de mi padre, a quien no volví a ver hasta dos años más tarde. Fue por un brevísimo periodo de tiempo, pero suficiente para dejar a mi madre encinta de la pequeña Avril. Ya no le volvería a ver hasta muchos años más tarde. De él y de aquella colonia británica que me vio nacer poco puedo decir. De esa época apenas me queda una nebulosa de recuerdos. Inglaterra pasó a ser nuestra patria de acogida.
Durante mi adolescencia, viví cinco años en Birmania sirviendo en la Policía Imperial, tras los cuales retorné a Inglaterra con la pretensión de ganarme la vida como periodista y escritor.
Más tarde vendría mi aventura parisina. Mi alma inquieta e inconformista me llevó a la ciudad de la luz en busca de una vida nueva y más estimulante. Mi vida bohemia acabó cuando mis escasos recursos económicos me llevaron a vivir en la indigencia. Pero era joven e idealista, y esos ideales me empujaron a luchar contra la injusticia social y el totalitarismo, y a combatir el fascismo sobre el terreno.
Ello me llevó hasta España, en plena guerra civil, luchando en el bando republicano, una experiencia que me causó desesperanza y frustración ante las falacias del comunismo, y el amargo recuerdo de una contienda que acabaron ganando los rebeldes. ¡Qué paradójico! Fui a matar fascistas y acabé tiroteado por los comunistas. Desde entonces, el totalitarismo ha inspirado mucho de lo que he escrito.
Tras vivir seis meses en Marruecos, hasta estar totalmente recuperado, regresé nuevamente a Londres. Muchos lugares y en ninguno eché raíces.
Debía tener unos treinta años cuando escribí mi primera novela. Por aquel entonces salía con Eileen, con la que me casé tres años después. Nuestra relación se deterioró cuando vio que no podíamos tener hijos. La adopción del pequeño Richard debía haber sido la solución, pero no fue así. Hace tiempo que no le veo, desde que me volví a casar con Sonia.
Sin duda, el mejor recuerdo que guardo es mi estancia en Escocia, hace de eso unos cinco años. Necesitaba un retiro espiritual, como suele decirse. Eileen y yo acabábamos de adoptar a Richard y me sentía agobiado. Quise poner distancia para reflexionar sobre nuestro futuro como pareja y el mío como escritor. Así que me trasladé a Aberdeen, donde alquilé una casita a las afueras. Transcurrían las semanas y no había forma de arrancar la que sería mi quinta novela. Quería escribir una sátira sobre la revolución marxista, pero no acababa de cuajar. Pero una noche se hizo la luz.
Estaba intentando conciliar el sueño cuando desde la granja de mi vecino se oyó una tremenda algarabía. Pero nadie hacía acto de presencia. Un zorro o un gato montés debía haber entrado en el establo donde Alistair Henderson, el propietario, mantenía a sus animales a buen recaudo. Se oían relinchos, balidos, gruñidos y mugidos. Me asomé a la ventana. Solo pude ver al Border collie del señor Henderson ladrando frente a la puerta del establo.
De pronto volví a sentirme miembro de la Home Guard británica, tomé mi fusil Mannlicher M1895, que por fortuna había traído conmigo, y salí en plena noche a plantarle cara a quien fuera que se había colado en el establo. Quizá no fuera un animal sino un ladrón que pretendía hacerse con la pareja de Clydesdale, los más cotizados caballos de tiro británicos, según me había dicho Alistair cuando un día le vi sacándolos de la cuadra.
Mientras me dirigía raudo y armado hacia la granja, pensé que yo no era quién para meterme en ese berenjenal, que quizá debería alertar al bueno de Alistair, pero, por otro lado, el hombre ya era muy mayor para hacer frente a unos ladrones que, a bien seguro, también irían armados. Y aunque trajera consigo su vieja carabina, lo más probable es que saliera mal parado del encontronazo. Así pues, confiando en mi inmejorable puntería, me dispuse a hacer frente al culpable o culpables de aquel alboroto.
Una vez frente al establo, di una fuerte patada a la puerta. Pero no se abrió. Si alguien la había cerrado por dentro es que el intruso era un humano, pero de pronto recordé que se abría hacia fuera. Sin duda los nervios me traicionaron. El caso es que de pronto se hizo el más absoluto de los silencios. Parecía que los animales habían enmudecido, solo pude oír algunos balidos y un bufido equino. Abrí, entonces, la puerta con cautela, esta vez en el sentido correcto, sin dejar de apuntar hacia el interior que, sorprendentemente, estaba a oscuras cuando hacía tan solo unos segundos había luz en su interior. Supuse que el intruso, solo o acompañado, la había apagado tras mi estruendosa patada y se mantenía agazapado en algún rincón. Esa situación me recordó mi lamentable experiencia cuando, en el 37, recibí el disparo en el cuello en una noche sin luna. Solo tenía dos opciones: dar media vuelta y alertar al propietario, y que a su vez llamara a la policía, o tener arrestos suficientes para echar a los intrusos.
—¡Salgan con los brazos en alto! ¡Voy armado! —grité.
Solo unos cuantos tímidos berridos rompieron el silencio.
—Si se van por las buenas, les prometo que no los denunciaré —mentí.
Ninguna reacción, salvo unos pateos y bufidos. Los caballos debían estar nerviosos. Algo tenía que hacer, no podía seguir así toda la noche. Entonces recordé donde estaba el interruptor, lo había visto cuando Henderson me enseñó el establo por primera vez. No lo pensé dos veces, corrí agachado hacia donde estaba situada la palanca y la accioné. Temí que una ráfaga de disparos acabara conmigo tan pronto como se hiciera la luz. Pero no ocurrió nada. Al darme la vuelta vi que todos los animales me estaban observando como si vieran una aparición. Parecía que me miraban con malos ojos por haber interrumpido algo muy importante. Me sentí tan violento, que de mi boca salió un “perdón, es que…”. ¿Perdón? ¡Por Dios! ¿Acaso me había vuelto loco? Pero cuando, tras cerciorarme de que allí no había nadie más que yo, me dirigía hacia la puerta, oí un vozarrón.
—Ni se te ocurra contárselo al amo. Esto debe quedar entre nosotros. De lo contrario, te arrepentirás —era uno de los cerdos quien así habló. Y a continuación una de las vacas lecheras tomó la palabra.
—Vosotros los humanos os creéis con derecho a esclavizarnos. Hasta ahora hemos sido muy complacientes, os hemos ayudado en el campo, ¿verdad chicos? —dijo mirando a los dos Clydesdale, quienes balancearon la cabeza en señal de aprobación—, os hemos alimentado a costa de nuestra lecha e incluso nuestra propia vida —eso, eso, gritaron los cerdos y las ovejas—, por no hablar de la mejor lana Shetland —voceó un carnero con cara de malas pulgas—. Y ya estamos hartos del maltrato al que estamos sometidos. ¡Viva la revolución! ¡¡Viva!! Corearon todos.
Me sentí mareado. ¿Me estaba volviendo loco? No podía ser el efecto de la altitud, Aberdeen solo está a unos veinte metros sobre el nivel del mar. Me quedé paralizado. Viendo que no me movía, el carnero se cabreó y quiso embestirme. El resto de animales lo imitaron.
Corrí tan veloz como mis piernas me lo permitieron, hasta que tropecé, perdí el arma y me vi en el suelo totalmente indefenso. Cuando creía que iba a ser pateado y despedazado, un fuerte estruendo me sobresaltó.
Me desperté empapado. Mi corazón latía desbocado y sentía un doloroso martilleo en las sienes. Al cabo de unos segundos comprendí qué me había pasado. La contraventana golpeaba con furia el ventanal. Eso fue lo que me despertó de esa maldita pesadilla. Aun así, me levanté de la cama y me asomé al exterior. La granja y el establo estaban totalmente a oscuras. El único sonido audible era el del viento huracanado. Atranqué bien la contraventana y volví a acostarme, pero ya no pude conciliar el sueño. Una idea empezó a rondarme. Ya tenía un argumento para mi novela.
A la mañana siguiente, tras el desayuno, me puse a escribir. Nunca suelo poner título a mis obras antes de introducirme en la historia que quiero contar, pero en este caso hice una excepción. Lo tenía muy claro. La titularía “Rebelión en la granja”.


Este relato es una adaptación libre de la vida y figura de Eric Arthur Blair, más conocido literariamente como George Orwell (Junio 1903 - Enero 1950), fallecido a causa de una tuberculosis.




sábado, 18 de enero de 2020

Mira cuánta sangre



Quién me iba a decir que todo empezaría con un botón.

—Mamá, se me ha caído un botón de la camisa. ¿Me lo podrías coser, por favor?
—Te lo podrías coser tú, ¿no crees? Ya eres mayorcito. ¿Qué harías si vivieras solo, como dices que quieres hacer?
—Bueno, pero es que no he cosido nunca un botón.
—Claro, como los chicos de hoy día no hacéis la mili… Anda, coge hilo y aguja y espabila. Así aprenderás. A las chicas de hoy les gusta los muchachos hacendosos.
—Vale, mamá. Mira que…

Lo creáis o no, puse los cinco sentidos en la labor de coserme el maldito botón para demostrar a mi madre de lo que era capaz.

—¡Mecagüen! ¡Me he pinchado, mamá, me he pinchado!
—¡Habrase visto! Con la de veces que me he pinchado y no he armado tanto alboroto. Es que… ¡Hijo mío! ¿Qué tienes? Te han puesto blanco como la leche. ¡¡Hijo!!

Al cabo de una hora estaba en el hospital con la cabeza como una sandía medio abierta. Ah, claro, no os he dicho que la visión de la sangre me impresiona mucho, aunque no creía que fuera tanto.

—Señora, su hijo ha perdido mucha sangre. Así que necesitará una transfusión.
—¡Qué me dice, doctor!
—Lo que oye, señora. Han tardado tanto en venir que por el camino debe haber perdido mucha sangre. ¿No ve lo pálido que está? Solo es por precaución. Como sigue inconsciente, prefiero practicarle una pequeña transfusión. Por cierto, ¿sabe a qué grupo sanguíneo pertenece su hijo?
—Pues ahora que lo pregunta, no lo recuerdo. Creo que…
—Déjelo, no importa. De hecho, siempre hacemos un análisis de sangre antes para asegurarnos.

Pero lo peor estaba por venir.

—¿Cómo te encuentras, hijo mío?
—Bien mamá. No te preocupes. Tranquila. Solo ha sido un susto y nada más.
—¿Señor Moreno?
—Dígame, doctor.
—Ya puede prepararse para marchar. Enseguida le firmo el alta. Ah, y aquí tiene los resultados de los análisis que le hicimos junto con la determinación del grupo sanguíneo.
—A ver, a ver... ¿Soy A positivo?
—Pue sí, de eso no hay duda.
—Pero, mamá. ¿No dijiste que eras 0 positivo y papá B negativo?
—Ay, hijo, no sé. ¿Dónde quieres ir a parar?
—¡¿Cómo que dónde quiero ir a parar?! ¡¡Pues que no soy hijo vuestro!!
—Pero, hijo, espera. ¿Se puede saber dónde vas?


Este relato, propuesto en un taller de narrativa, tenía que cumplir dos requisitos: No exceder de los 2.000 caracteres, con espacios (algo que no ya no se cumple tras su libre adaptación para este blog), y que describiera una situación en la que un hecho muy simple y sin importancia derivara en algo grave.


domingo, 12 de enero de 2020

¡Que os den!


Nunca me hubiera imaginado acabar de esta forma. Cuando los vi por primera vez, pensé que sería muy feliz con aquella pareja. Me enamoré de ellos a primera vista. ¡Se veían tan ilusionados! Todo era risas y besos. Eran felices. Éramos felices. ¡Qué tiempos aquellos!
Al principio me trataban muy bien. Se notaba que me querían. No me faltaba nada. Cada día me traían un nuevo presente. Incluso me trajeron unos compañeros para que me hicieran compañía. No sabía quiénes eran ni qué harían allí. Después supe cuál era su misión. Y así un montón de recién llegados que, poco a poco, iban llenado nuestro hogar y haciendo la vida más confortable. Siempre me trataron bien y me hicieron más refinada. Pero hace unos días que ya no están, han ido desapareciendo poco a poco. Qué triste verlo todo tan vacío. ¿Qué habrá sido de ellos?
Con el tiempo, todo empezó a ir de mal en peor. Primero vinieron las fiestas. ¡Tanta gente que tuve que soportar y que no me dejaban tranquila ni un momento! Nunca tuvieron un gesto amable, de protección, de compasión hacia mí. Nada. Me llenaban de humo a todas horas. ¡Y el ruido! Y yo, muda y sin poder intervenir, sufría tanto… Pero ¿qué podía hacer, pobre de mí? Callar y esperar a que llegara la bonanza. Se lo perdonaba todo.
Luego empezaron las desavenencias, el mal ambiente y yo solo era un testigo mudo de sus discusiones.
De pronto, la situación se hizo intolerable. Los gritos sustituyeron a las risas. Extraño era el día en que no volaran todo tipo de artefactos. Platos, vasos, cubiertos, libros, incluso una figura de alabastro, que me dejó maltrecha y con una lesión que todavía es visible.
Si al principio creía que aquello solo sería una crisis pasajera, no fue así. Acabó como el rosario de la aurora. La última vez que los oí hablar, no podía creer lo que decían. ¡Querían desembarazarse de mí!
Tantos años juntos y ahora se van, dejándome sola, sucia y vacía. ¡Desgraciados! No os merecéis todo lo que he hecho por vosotros. He sido vuestra cuna, vuestro paño de lágrimas, vuestra compañera y amiga sin condiciones. A ver si encontráis una que os trate mejor que yo. Ya me echaréis de menos, ya. Pero después no vengáis pidiéndome que vuelva a ser vuestra, porque, seguramente, ya habrá otro que me habrá poseído. ¿Sabéis qué? ¡Que os den!