Prefacio
En mi última entrada, del 12 de
diciembre de 2025, del blog “Cuaderno de bitácora”, titulada “¿El tamaño
importa?”, y que hacía alusión a la longitud de los relatos que suelo publicar,
preguntaba la preferencia de los lectores y lectoras sobre este aspecto. El
resultado, como esperaba, fue que hay tantos gustos como opciones, a saber: a) relatos
cortos sin más, b) relatos largos pero divididos en varios capítulos, o c) relatos
largos siempre que su interés justifique el tiempo que hay que invertir en leerlos.
Una vez conocidas las preferencias de
mis lectore/as y que, resultó ser que en cuestión de gustos, de todo hay en la viña
del Señor, le ha tocado el turno, en esta ocasión, a un relato largo, de poco
más de 3.000 palabras, que espero cumpla con el último requisito para ser
aceptable, es decir que valga la pena invertir un tiempo más prolongado que de
costumbre en su lectura.
Y sin más prolegómenos, vayamos a por
él:
El Gordo
Quién me lo iba a decir. Después de toda una vida soñando con
que me tocara el Gordo de la lotería de Navidad para aliviar mi maltrecha
economía, y resulta que, cuando por fin lo consigo, ya no tengo a nadie con
quien compartir mis sueños. A mi edad, sin hijos y viudo, la ilusión por verlos
satisfechos se ha desvanecido por completo. ¿Qué podía hacer con el dinero que
me había tocado?
Juan, un buen amigo, me increpó:
─¿Has estado jugando a la lotería todos estos años y ahora,
cuando por fin te toca, no sabes qué hacer con el dinero? No seas tonto,
gástatelo en lo que quieras, al fin y al cabo, es tuyo y no te lo llevarás a la
tumba. ¿Acaso quieres ser el hombre más rico del cementerio?
Y no le faltaba razón.
Primero pensé en compartirlo con alguna de las ONG con las
que suelo colaborar, y donarles una pequeña pero sustanciosa parte de lo
ganado. Pero me lo pensé dos veces antes de dar el paso. Si hacía eso, ya no me
los quitaría de encima el resto de mi vida. Lo siguiente sería «¿No ha pensado usted en hacer un
testamento solidario?»
Esta opción ya me la conocía, no era la primera vez que me lo habían sugerido.
Cuando se acerque el momento de abandonar este mundo ya veré a quién dejo mis bienes.
Ya colaboro suficientemente con varias causas humanitarias, así que descarté
definitivamente esa opción. Además, Hacienda ya se había quedado con una buena
tajada de mi premio.
Al cabo de unos días, un individuo al que no había visto en
mi vida me abordó en plena calle.
─¿Es usted Ramón García Vaquero?
─Sí, el mismo ─contesté, intrigado.
─Me llamo Juan Romero Zabala, y soy el director de ECN, es
decir, de Ecologistas Contra el Negacionismo. No sé si habrá oído hablar de
nosotros.
─Pues no, la verdad ─le dije con la esperanza de quitármelo
de encima lo antes posible.
Pero no fue así. Estos pelmazos de las ONG no se echan
atrás, así como así, ante una negativa. Son perseverantes, casi acosadores. De
modo que nuestra conversación acabó de mala manera, yo mosqueado y el tipo ese
cabreado por no haber conseguido su objetivo, que seguramente no era otro que
el de aligerar mi cuenta bancaria.
Comenzó su perorata hablando de la penosa situación del
planeta, de la crisis climática y de la inacción de los mandatarios
internacionales, el fracaso de las cumbres sobre el cambio climático, la
postura negacionista de las grandes potencias, como los EEUU, China y Rusia y
así una larga exposición de hechos a los que yo iba asintiendo, pues mi opinión
al respecto coincidía con la suya. Cuando le llegó el turno de mi aportación
económica, la cosa se torció. Le dije que ya colaboraba con varias ONG y que no
estaba en condiciones de aumentar mi contribución, pues estaba jubilado ─en
realidad, todavía no, pero esperaba que esta excusa surtiera efecto─ y mis
ingresos ya no eran los de antes, y bla, bla, bla. Entonces va el tío y me dice
que cómo es eso posible si me acababa de tocar el gordo de Navidad.
─¿Y de dónde saca usted eso? ─le espeté, mosqueado.
─Pues muy fácil; hace unos días estaba en la Administración
de lotería más próxima y le vi cuando estaba comprobando si su décimo había
sido premiado. Por como reaccionó, adiviné que sí, pero ignoraba qué premio le
había correspondido. Al acercarme a su lado, me percaté que el número del Gordo
coincidía con el que tenía en sus manos.
─Creo que se confunde usted, mi décimo no está entre los
premiados, ni con el gordo ni con el flaco ─arremetí antes de dejarle plantado
con la palabra en la boca.
Pero ignoraba que el acoso no había terminado, pues al cabo
de veinticuatro horas, cuando volvía a casa del trabajo, un individuo corpulento
y con cara de malas pulgas, me paró en la calle.
─Es usted el señor García, Ramón García, ¿verdad?, el que
trató con malos modos a mi jefe, Juan Romero. Sepa que es usted un maleducado y
un egoísta. Con tanto dinero como le ha tocado y no es capaz de colaborar con
una ONG que lucha contra el cambio climático y…
Ya no le dejé continuar. Alcé la mano, indicando que
parara, y le dije que hiciera el favor de dejarme en paz o tendría que llamar a
la policía y acusarlos, a su supuesto jefe y a él, de acoso.
El puñetazo que recibí me dejó KO. Recuerdo cómo todo se
volvió borroso, primero, y luego negro total.
Cuando desperté, tras recibir unas bofetadas en la cara, me
vi atado de pies y manos a una silla metálica en lo que debía ser un sótano,
pues entraba muy poca luz solar. Cuando mi vista se aclimató a la semioscuridad
del habitáculo, vi al individuo que me había golpeado y a su lado, el que se
presentó como su jefe. Ambos parecían más bien unos matones que unos miembros
de una ONG. Y así era, pues me conminaron a decirles dónde tenía el maldito
boleto premiado. El refulgir de una navaja suiza ante mis ojos y el temor a ser
torturado, como en las películas, hizo que cantara como un tenor de ópera.
─Nosotros solo queríamos una “participación” de lo ganado
por usted, pero ya que no ha querido colaborar, no nos queda más remedio que
ser más expeditivos. Ya no nos conformamos con un pellizco, ahora lo queremos
todo ─dijo el tal Romero, el supuesto jefe, quien llevaba la voz cantante.
─Lo siento mucho, pero ya no tengo el boleto, lo ingresé
ayer en el banco ─algo totalmente cierto y que creí que echaría por tierra sus
intenciones, pero volví a equivocarme.
─Pues mucho mejor ─contestó el mandamás─. Tan pronto abran
el banco, iremos contigo y sacarás todo lo que tienes en tu cuenta. Si hubieras
colaborado desde un principio de buena gana, cuando te lo pedí cortésmente, no
habríamos llegado a este extremo.
Llamarles sinvergüenzas, timadores, ladrones y no sé
cuántos adjetivos más solo sirvió para hacerles soltar unas sonoras carcajadas
y acabar diciendo «Así
están las cosas, Ramón. Tú te lo has buscado. Ya sabes: la bolsa o la vida», para volver a reír como si
hubieran contado un chiste.
Como ignoraba si tenían algún arma de fuego, además de la
navaja que seguía esgrimiendo el forzudo, me comporté como un corderito y
seguí, al pie de la letra, sus indicaciones.
Lo que no sabían esos dos es que yo era el director de la
sucursal bancaria donde había depositado mi décimo, a la que iríamos lógicamente
para realizar esa transacción, esperando con ello desbaratar sus planes.
Dada la cuantía a retirar, les dije que tendría que ser
atendido por el director de la sucursal (en teoría yo), pues había sido él
quien había gestionado el ingreso a mi cuenta del boleto premiado. Lo primero
que hice al entrar en la oficina fue dirigirme al subdirector. Cuando le dije a
este lo que tenía que hacer, gesticulando para que entendiera que algo extraño
ocurría, al principio no reaccionó como esperaba, preguntándome qué me ocurría,
si me encontraba bien. El modo en que lo miré, con los ojos como platos, y los
gestos que le hice, intentando señalar a los dos individuos que estaban de pie
a unos pocos metros de su despacho, y que no nos quitaban la vista de encima,
fue suficiente para que el hombre comprendiera que aquellos dos eran unos
malhechores que querían robarme.
Lo que estaba más claro que el agua es que esos dos
mentecatos, por muy duros que parecieran, eran unos primerizos en esto de
atracar. Sin que tuvieran tiempo de reaccionar, todo se precipitó de forma muy
rápida. El subdirector pulsó la alarma, conectada a la comisaría más próxima, ubicada
a unos doscientos metros de la entidad bancaria, algo que, por supuesto, debían
ignorar, de lo contrario ¿a quién se le habría ocurrido llevar a cabo un golpe
así en las cercanías de una comisaría? En menos de cinco minutos, cuando el
subdirector y yo fingíamos terminar la transacción, se presentaron dos coches
patrulla, cuyos integrantes detuvieron a los dos bellacos.
Salvo mi secuestro, todo había sido un despropósito. Una
cosa era robar a alguien que, en plena calle, acaba de sacar dinero en metálico
de un cajero automático, y otra muy distinta entrar con él en la oficina
bancaria para obligarle a sacar una suma importante, exponiéndose a ser descubiertos
y detenidos con tan solo advertir a los empleados de lo que estaba ocurriendo. Si
no llevaban armas de fuego, ¿cómo pretendían amedrentar al personal y que el
golpe saliera bien?
Una vez en comisaría, para prestar declaración, el policía
que me interrogó comentó que el que se hizo pasar por un voluntario de una ONG
inexistente, el tal Juan Romero Zabala, declaró que la culpa del secuestro la
tenía su compañero, que era un bruto, que él solo se enteró cuando aquel ya me
tenía retenido en un sótano.
Cuando ambos pasaron finalmente a disposición judicial, su
versión de los hechos dio un giro inesperado. Según Juan Romero, todo había
sido malinterpretado, que las apariencias engañan y que habían declarado bajo
coacción. Era completamente falso que me hubieran secuestrado, todo era una
invención mía. Sí era cierto que me habían obligado a sacar dinero de mi cuenta
bancaria ─cómo iba a negar esa obviedad─, pero era una forma de recuperar el
que yo les había robado, al haberme apoderado del décimo que ellos habían
comprado y que había resultado premiado. Así pues, yo era el estafador, ya que,
cuando acudieron a mi oficina bancaria, en lugar de ingresar el décimo premiado
a su cuenta, lo hice a la mía. Cuando se dieron cuenta del engaño, volvieron
para reclamar su dinero y como no atendí a razones tuvieron que obrar en
consecuencia.
¿Cómo pudo saber ese tipo que yo era el director de esa
sucursal bancaria? Pues de boca de su primer interrogador, lo cual propició ese
nuevo relato: «¿A
quién se le ocurre secuestrar e intentar robar a ese hombre siendo, como es, el
director de la oficina a la que acudieron?», seguramente fue lo que le dijo
el bocazas que le interrogó, y Romero, que de tonto no tenía un pelo, en lugar
de decir que no tenía ni idea de quién era yo, que todo había sido casual, aprovechó
esa información para inventarse su nueva versión ante el juez.
Siempre he dicho que en esta vida triunfa más el listo que
el inteligente y este principio se cumplió a rajatabla. Romero y su lacayo se
salieron con la suya. pero solo en parte, porque la coacción a la que fui
sometido merecía un castigo, aunque solo sería, según el juez, testimonial,
pues no hubo violencia física y el motivo por el que les impulsó a hacer lo que
hicieron era un atenuante, dada la gravedad de mi falta.
Como durante el juicio no pude demostrar la falsedad de la
declaración de ambos encausados, pues era su palabra contra la mía, acabé
siendo yo el condenado por apropiación indebida, que, al superar los 400 euros,
suponía una pena de prisión entre 6 meses y 3 años. Pero gracias al buen hacer
del abogado que mi amigo Juan me procuró ─cuya minuta me costó un ojo en la
cara─ el juez dictaminó la pena mínima, por lo cual no ingresé en prisión, pero
sí tuve que pagar las costas del juicio. Y por si eso fuera poco, el señor
juez, en su magnanimidad, me obligó a “devolverles el dinero del que me había
apropiado”.
En cuanto a esos dos, la acusación solicitaba entre cuatro
y seis años de prisión por detención ilegal, pero el juez consideró que no se
había podido demostrar el secuestro, de modo que los dejó en libertad
condicional, previo pago de una multa insignificante.
Aun recuerdo la cara de satisfacción que me dirigió Romero
─guiño incluido─ cuando abandonó la sala. En aquel momento, presa de una rabia
incontrolable, me juré vengar esa enorme injusticia. Aunque se diga que la
venganza se sirve en plato frío, yo no podía esperar a que se enfriara, tenía
que actuar con presteza, no fuera que los dos pájaros volaran antes de poderlos
cazar.
Tuve que contratar a un detective privado, para que los localizara,
y a un cachas, recomendado por este, dispuesto a darles su merecido, pues a mí
me disgusta sobremanera la violencia física de primera mano. Prefería un brazo
ejecutor ajeno. Ojos que no ven…
Solo faltaba decidir qué hacer con aquellos dos y cómo
llevar a cabo el castigo, que debía incluir, sobre todo, la recuperación del
dinero del que se habían apropiado, gracias a la intervención judicial, antes
de que se lo pulieran.
Los dos profesionales contratados por mí (detective y
matón) hicieron un buen trabajo; el primero descubriendo dónde vivían y en qué
entidad bancaria esos dos canallas habían ingresado mi dinero, y el segundo
devolviéndoles el trato que me habían dispensado, empezando por su secuestro y
un poco de “presión física” para obtener su docilidad y participación. Una vez
obtenidos ambos objetivos, la situación se desarrolló idénticamente a la que
tuvo lugar años atrás en mi oficina, solo que en esta ocasión los extorsionados
eran ellos y que un pistolón les apuntaba bajo el abrigo del gorila contratado.
Pero lo que me temía se hizo realidad: los dos palurdos se lo
habían pulido prácticamente todo. Los dos años que duró el procedimiento, fue
tiempo más que suficiente para gastárselo en un coche, juergas, mujeres y algún
que otro viaje. Así pues, de los trescientos veintiocho mil euros netos que me
habían correspondido (tras la intervención de Hacienda en nombre de todos los
españoles), solo quedaban cincuenta mil, que es todo lo que pude recuperar. Si
tenemos en cuenta los honorarios de los profesionales contratados y el pago de
las costas del juicio, que en total ascendió a casi doscientos mil euros, todo había
resultado ser como el chocolate del loro.
¡Vaya venganza! Lo único que podía hacer era obligar a esos
dos delincuentes a confesar la verdad, para que se abriera un nuevo expediente
y un nuevo juicio. Pero, aparte de que se negarían en redondo, ignoraba si,
como se dice en las películas norteamericanas, se puede juzgar a alguien dos
veces por el mismo delito. Por otra parte, aunque la denuncia progresara y les
acabaran considerando culpables después de otros dos años de proceso, se
declararían insolventes y yo me quedaría sin blanca. ¿Qué hacer?
Mi amigo Juan, aquel que me aconsejó gastarme todo lo
ganado para hacer lo que me apeteciera antes de morir y me facilitó el abogado
defensor, me dio la solución.
El pobre estaba enfermo terminal de un tumor cerebral muy
agresivo. Le quedaban pocos meses de vida, así que poco le importaba lo que le
pudiera ocurrir si con ello me echaba una mano. Era un policía retirado y
estaba en posesión de un arma, que le sería de mucha ayuda. Su plan consistió
en secuestrar, a punta de pistola, a Juan Romero y a su colaborador para
obligarles a robar, como fuera, todo el dinero que yo había perdido por su
culpa, más los gastos colaterales que me había causado todo ese asunto. Para
ello, mantendría secuestrado a Romero todo el tiempo que hiciera falta, y que
fuera su acólito quien cometiera el robo, a menos que quisiera ver a su socio y
amigo muerto.
Dicho acólito, que resultó ser, desde luego, un buen amigo
─pues obedeció sin rechistar lo exigido─, mostró mucho arrojo en la encomienda,
cumpliendo a rajatabla lo que habíamos pactado. Él solito atracó mi oficina y
en mi presencia, como planeamos que debía ser. Llevaba puesto un pasa-montañas
y en la mano portaba el revolver prestado por mi amigo, con el que encañonó a
todos los presentes, unas diez personas, incluidos los empleados ─era muy
temprano y acabábamos de abrir─. Se dirigió raudo hacia mi despacho y me obligó
a salir, a lo que accedí gustoso, pero simulando un gran desconcierto y temor.
Por supuesto, también accedí a abrir la caja fuerte para hacerle entrega de
toda la suma que me exigió, que resultó ser bastante superior de lo que debía
ser ─supuse que quería quedarse con un suplemento por su colaboración, a lo que
no puse ningún impedimento─, a la vez que pedía a todo el mundo allí presente
que no hicieran ninguna tontería si querían salir indemnes.
Cuando la policía me preguntó por qué no había accionado la
alarma en su momento, teniendo la comisaría tan cerca, argumenté un miedo
irracional y por temor a que alguien saliera herido, o muerto, si el atracador,
que estaba en un estado de sobreexcitación, se percataba de ello.
El caso se cerró sin más investigación que el
interrogatorio de los testigos, que no aportaron nada nuevo, y el atraco se
consideró como uno más de los que se dan en esta ciudad con tanta frecuencia.
Después de tanto tiempo y esfuerzo, pude recuperar lo que
era mío y a esos dos les he perdido la pista, sin importarme ya su paradero.
De todo aquello guardo un triste recuerdo, sobre todo de la
marcha de mi buen amigo Juan, que tuvo a bien ayudarme en los últimos momentos
de su vida. Desde entonces, no he vuelto a jugar a la lotería, y cuando veo por
televisión a esos afortunados que saltan de alegría como posesos y descorchan
botellas de cava cuyo contenido brota de forma explosiva rociándoles la cara y
el cuerpo entero, solo les deseo que no tengan que pasar por lo que yo pasé.
Ahora, cuando un vendedor ambulante me ofrece un boleto de
lotería, no puedo evitar fulminarle con la mirada. Con mi “NO” rotundo, debe
pensar que soy una rara excepción en todo el país.
Además, el Gordo ya me ha tocado una vez, no necesito una
segunda.
Mientras escribo esto en mi diario, estoy disfrutando de un
crucero por el Mediterráneo. Hay una pasajera de buen ver que también viaja
sola y que no me quita el ojo de encima. Creo que quiere ligar conmigo, pero
como mi historia ha resultado vox populi, sospecho que solo le interesa
mi dinero.
Pero soy como el gato escaldado, que del agua fría huye.
¡Qué bonito es el mar!
