sábado, 23 de mayo de 2026

Al principio sentí miedo

Este relato tiene ya 13 años de existencia. Lo publiqué al poco de abrir este blog, y como no tuvo mucha aceptación, por no decir ninguna, habida cuenta de que no obtuvo comentario alguno, me ha parecido oportuno darle una segunda oportunidad pues le tengo un cierto cariño. Dado el tiempo transcurrido, me ha parecido oportuno insertar la nota aclaratoria que encontraréis al pie del texto.


Al principio sentí miedo, pues debía afrontar lo desconocido a solas. Si me capturaban, nadie vendría en mi ayuda. Estaba en un planeta inhóspito para mí. Era una misión fundamental y no podía defraudarles. Había tenido que esperar muchos años para poder participar y allí estaba, al fin.

Era la primera vez que la visita a este planeta tenía como objetivo establecer contacto con sus habitantes. La misión tenía un riesgo importante, pues no sabíamos cómo reaccionarían esos seres tan agresivos si me descubrían. Por mi parte, sólo verlos me producía un gran espanto, pero estaba decidido a cumplir con mi tarea hasta las últimas consecuencias.

Me habían dado sólo tres días para mezclarme con ellos, conocer sus actividades y costumbres, investigar su hábitat y su vida gregaria, y aprender, aunque sólo fuera rudimentariamente, su lenguaje. Todo tenía que hacerlo sin levantar sospechas. Luego, debía volver a la nave con todo el material y abandonar ese planeta sin que me vieran despegar. Toda esa información sería vital para saber hasta qué punto podríamos, en un futuro, establecer con ellos un contacto directo y pacífico.

Habían sido muchos los años de preparativos e inversiones millonarias y todo en el más absoluto secreto. Primero, logramos convertir su atmosfera en respirable gracias a ese convertidor de gases que me implantaron en mi cavidad bucal, luego conseguimos emular su aspecto físico con una especie de segunda piel, un trabajo magnífico de nuestros ingenieros del departamento de síntesis de polímeros. Pero no fue hasta que conseguimos mimetizar la nave con el entorno cuando el proyecto recibió luz verde.

¡Y pensar que todo nació a partir de esos especímenes que habíamos logrado capturar años atrás! ¡Vaya revuelo que se armó! Que si el gobierno conocía la existencia de vida en otros planetas y lo negaba, que si se habían capturado unos seres de una nave alienígena y se estaba experimentando con ellos, etc. Hasta ahora habíamos logrado ocultar todas las pruebas pero, de salir bien esta misión, el gobierno estaba decidido a revelar la verdad.

Y ahí estaba yo, con mi traje de camuflaje, una réplica perfecta de su caparazón externo, incluida esa vestimenta tan extravagante con la que se cubren. Lo único que desentonaba un poco era mi estatura, quizá demasiado alta para ellos, pero luego me tranquilicé al comprobar que también había individuos de mi complexión, aunque fueran más bien pocos.

Cuando aterricé era de noche en esa cara de su planeta. Afortunadamente, las luces que despedían sus madrigueras me ayudaron a ubicarme y dirigir mis pasos hacia mi primer objetivo: una estructura baja y rectangular rodeada por un muro no más alto que yo que, supuse, debía actuar de defensa.

Pero lo peor vino después, pues cuando acababa de franquear la entrada exterior de ese insólito habitáculo, un ser extraño que no teníamos catalogado, surgido de entre la oscuridad, se abalanzó sobre mí profiriendo unos horribles aullidos. Creía que me iba a despedazar. Sus rugidos debieron despertar a los habitantes de la guarida porque, de repente, se encendieron más luces y poco después sentí cómo los colmillos de esa bestia se clavaban con fuerza en una de mis piernas, impidiéndome huir. Acababa de realizar mi primera incursión y ya había sido descubierto. Debía comportarme con la máxima naturalidad si quería sobrevivir, hacerme pasar por uno de ellos, ese era el plan, pero era incapaz de articular una sola palabra sin desenmascararme.

El pánico se apoderó de mí. Tantos preparativos para eso. Tenía que aplicar el plan B. Lo único que debía hacer, para empezar, era simular una incapacidad para emitir sonido alguno. Me mostraría dócil y ya vería el modo de escaparme cuando estuvieran más confiados.

Pero lo que debería haber sido un breve cautiverio, tras el cual podría reanudar mi proyecto en otra parte, se ha convertido en algo que nunca hubiera llegado a imaginar.

Siento que, después de tantos años de esfuerzos, les haya fallado de esta forma, pero quién me iba a decir a mí que me encontraría con algo así, algo superior a mis fuerzas. No me habían preparado para esto.

Según su calendario solar, han pasado ya tres años. He aprendido su lenguaje, si bien ellos creen que me han enseñado a hablar tras superar un problema de  fonación. Su aparente agresividad no es tal y se han mostrado conmigo muy sociables. Me han acogido como a uno de los suyos, pues eso es lo que creen que soy. Mucha inventiva he tenido que utilizar para que no descubrieran mi origen y mis intenciones. Aunque he tenido que hacer un esfuerzo de adaptación, me siento muy bien entre ellos. Y es que, la verdad sea dicha, viven mucho mejor que nosotros. Aunque están más atrasados en algunos aspectos, en otros nos llevan la delantera. Lo único a lo que no me he acostumbrado todavía es a su régimen alimenticio, pero tengo entendido que no en todas las zonas del planeta se alimentan igual. Tendré que explorar.

Me siento como un traidor pero me he acabado adaptando tan bien a su forma de vida que ya no quiero volver y, aunque sé que me han estado buscando, este disfraz que ellos mismos diseñaron está resultando ser un perfecto sistema de camuflaje pues con sólo unos retoques ya no parezco el mismo. Sólo espero que esta segunda piel resista bien el paso del tiempo y que, antes de que se deteriore y deje de serme útil, haya podido disfrutar mucho tiempo de esta nueva vida.

No quiero ni pensar qué harán conmigo cuando llegue el momento de la verdad, cuando descubran que han sido engañados durante tanto tiempo. Y respecto a mis congéneres, espero que, cuando por fin me encuentren, sean indulgentes conmigo. No sé si me comprenderán, no sé si entenderán mi debilidad, lo que me ha motivado a traicionarles, porque me resultará difícil de explicar qué es eso del sueño americano*.

 

*En la actualidad, este concepto es objeto de un amplio cuestionamiento, pues factores económicos y políticos han modificado ostensiblemente el panorama (nota del autor).

 

sábado, 16 de mayo de 2026

El corredor

 


Ya ha llegado ese momento tan esperado como temido. Después de 10 largos años, hoy, por fin, he tomado mi última cena, solo en esta celda que ha sido mi hogar desde ese maldito día en que me sentenciaron a la pena capital.

La pena capital. Desde luego suena mejor que pena de muerte, pero el final es irremediablemente el mismo. Unos dicen que no duele, que la inyección letal, o debería decir las inyecciones, no causan dolor alguno, pero Lauson me contó que a un tío no se las aplicaron correctamente y se retorcía del dolor ante la mirada estupefacta del médico y alguna que otra sonrisa maliciosa por parte de esa audiencia que tiene que dar fe de que la sentencia se ha cumplido, que no sé por qué hará falta tanta gente para eso. ¡Y pensar que mi mujer estará allí, tras ese cristal, viendo cómo acaban conmigo!

Desgraciadamente fui incapaz de demostrar mi inocencia pues me tocó un abogado de oficio muy poco curtido en estas lides. Por lo menos se dignó a cursar una petición de clemencia al gobernador, aunque Lauson, siempre con sus malos augurios, me ha dicho que ese gobernador no ha suspendido ni una sola ejecución en lo que lleva de mandato, pero mi abogado dice, y en eso lleva razón, que no hay que perder jamás la esperanza.

Hoy, a las seis, me han servido mi última cena. Me preguntaron que qué me apetecía. ¡Cómo me iba a apetecer algo de comer cuando sólo me quedaban unas horas de vida! Nunca he entendido ese absurdo privilegio. Es casi una broma de mal gusto. Disfruta, disfruta comiendo, que antes de que hayas completado la digestión estarás dentro de una bolsa de plástico.

A las 8:00 p.m. será la ejecución. Dentro de media hora todo habrá terminado. La cuenta atrás ya ha empezado. Si por lo menos el gobernador tuviera un mínimo sentido de la justicia. Pero siendo yo negro mis posibilidades son remotas, al menos eso es lo que dice Lauson, pero bien pensado qué sabrá él. Lauson. es el típico aguafiestas, todo lo ve tan negro como su arrugada piel. Le encanta dar malas noticias. Es un amargado y parece que le complace amargar a los demás.

Ya vienen a por mí. Tampoco he entendido nunca esa costumbre de llevar a los reos hacia la sala de ejecución encadenados de pies y manos. ¿Acaso creen que podría escapar de esta cárcel de alta seguridad estando rodeado de esos cuatro tíos que son como armarios? Teatralidad hasta el último momento. Teatralidad casi esperpéntica.

Ahí está el teléfono y ese hombre pegado a él debe ser quien, en caso de que el gobernador llame para detener este sinsentido, dará la orden que me salvará de la ejecución.

Hacía muchos años que no rezaba y esta última semana no he hecho otra cosa, día y noche. Quiero creer que realmente hay otra vida y que allí, sea adonde sea que vaya, sí hay justicia. Y es que todo esto se me antoja irreal. Todo esto parece una pesadilla de la que no consigo despertar.

Ya estoy atado, me están poniendo las vías y el maldito teléfono sin sonar. Veo de refilón que el reloj de la pared marca las 7:55. Todavía quedan cinco minutos de esperanza pero, si ha tenido todo el día para llamar, ¿cómo va a esperar a los últimos cinco minutos para hacerlo? La esperanza es lo último que se pierde pero ya no me queda ni un ápice.

¡Qué lentamente pasa el tiempo! Sólo ha transcurrido un minuto. No sé qué me está diciendo el padre MacGregor. Debe ser la ansiedad pero no entiendo lo que dice aunque a mí lo único que me interesa es que al gobernador le asalte un atisbo de lucidez, comprenda que las pruebas eran tan sólo circunstanciales y acabe albergando una duda razonable. Quizá sea mucho pedir a alguien tan a favor de la pena de muerte.

¡Ya sólo falta un minuto! Esto es el fin. Sesenta segundos y todo habrá acabado. Allá el gobernador y su conciencia. Yo me voy con la mía tranquila. Soy inocente y se va a perpetrar una terrible injusticia, pero estoy en manos de los hombres y, por lo tanto, de una justicia imperfecta.

Diez, nueve, ocho… Dios mío, que suene el teléfono, que suene por favor, que suene aunque sea en el último segundo.

¿Qué? ¿Qué? ¡Está sonando, está sonando, por fin, por fin, estoy salvado! ¿Pero es que nadie lo coge? ¿Están sordos o qué? ¿Por qué está todo tan oscuro? ¿Qué es este pitido tan endiabladamente familiar? ¿Dónde estoy?, ¿Y qué hora es? ¡Son las ocho! ¡Caramba, qué alivio! ¡Vaya pesadilla! ¡Y qué susto me ha dado este maldito despertador! Tendré que cambiarlo, pues hace un ruido infernal. Me tiene harto, no lo soporto. Cada día igual. Ya decía yo que la marca Lauson no era de las buenas.

                                                                          

 

*Imagen: Shujaa Graham, que pasó cinco años (1976-1981) en el corredor de la muerte de San Quintín hasta que fue absuelto.


sábado, 9 de mayo de 2026

El hipocondríaco

 


Al contraluz de la calle, su silueta semejaba un tronco azotado por el viento.

Era la primera vez que salía tras el accidente que casi acaba con su vida. Era incapaz de abandonar su piso, su refugio más seguro. Para limpiar la casa, ir a la compra y evitar cualquier accidente doméstico, había contratado a una asistenta.

Por mucho que me esforzaba en ayudarle a mitigar sus temores, mis consejos caían en saco roto.

Hasta que un día, de madrugada, decidió salir por fin de casa, pues a esa hora tan temprana, con las calles vacías, quería probar si era capaz de superar sus miedos. Pero no fue así. Un inesperado vendaval le hizo desistir y, dando media vuelta, subió las escaleras de dos en dos, pues el ascensor era otra fuente de desgracias a evitar.

La última vez que fui a verle, lo encontré terriblemente asustado y tosiendo violentamente. La asistenta había abierto el balcón para airear el salón y había entrado una paloma que revoloteó por toda la estancia hasta que pudieron echarla a bastonazos, y como esos animales pueden transmitir muchas enfermedades, temía que la inhalación del polvo contaminado con las heces y las pluma de esa asquerosa ave pudiera enfermarlo gravemente. Y no se equivocó.

Ahora está en la UCI afectado de una criptococosis, una infección fúngica grave que le ha afectado los pulmones y el sistema nervioso central. Las enfermeras me han contado que cuando lo trajo la ambulancia, sus gritos de terror se oían desde la calle.

Si sale de esta, su hipocondría le durará toda su vida.

 

 

La primera frase pertenece a “El prisionero del cielo”, de Carlos Ruiz Zafón

 


sábado, 2 de mayo de 2026

Un cuento de oficinistas

 


Érase una vez un viejo oficinista que llevaba más de sesenta años trabajando en la misma Empresa. Quería jubilarse, pero no le dejaban. Le decían que era imprescindible en el puesto que ocupaba. Pero él sabía la verdad: su salario era tan exiguo que no encontrarían a nadie dispuesto a trabajar por esa miseria. Todo el personal de la Empresa era mayor, por idéntico motivo, pero Juan era, con diferencia, el más viejo y el más antiguo.

Pero, además, resultaba que la pensión de jubilación seria todavía más ridícula, si cabe, y todo por haberse dejado engañar con aquello de que «pero si todavía eres muy joven. Ya te daremos el alta a la Seguridad Social más adelante, cuando seas más mayor, que las cosas, ya lo ves, no marchan demasiado bien ahora mismo». Y eso duró la friolera de cuarenta años.

Entró a trabajar en Casa Miserias, como llamaban en el pueblo a la fábrica de tractores, cuando Juan Honrado tenía quince años y don Negrero, el dueño, cuarenta. Ahora él iba camino de los ochenta, el dueño estaba muerto y enterrado hacía un montón de años y los que llevaban ahora el negocio eran su único hijo y un socio, un tal Julián Explotador.

Juan nunca había estado enfermo, nunca había faltado al trabajo. Entraba el primero y salía el último. Y así cada día laborable, de siete en punto de la mañana a siete y pico de la tarde. Orgulloso de su trabajo en Negrero e Hijo, S.L., primero, y en Negrero & Explotador, S,L., después, declaró en más de una ocasión que pensaba morirse al pie del cañón. Lo que no se imaginaba cuando lo dijo es que ese cañón fuera tan pesado, resistiera tanto tiempo y que a su edad todavía le tendría que sacar brillo.

El día de su octogésimo aniversario, un lunes que haría historia, fue el primer día de su vida laboral que pidió fiesta en el trabajo. Nunca antes lo había hecho, ni cuando Ignacio, su hijo, nació. Pero ahora tenía un motivo muy importante y no era la celebración de su cumpleaños: le habían llamado del hospital. Ignacio había sufrido un accidente con la moto y lo habían entrado en el quirófano. Parecía grave.

A Luisa, su mujer, no le diría nada, tampoco lo entendería. Solo se lo dijo a Mercedes, su cuidadora, un miembro más de la familia, y, claro está, al señor Negrero hijo.

─¿Qué puede hacer usted en el hospital? Solo molestar. ¿No ve que no podrá ver a su hijo, hombre de Dios? Vaya cuando haya terminado su jornada de trabajo, que ya habrá salido del quirófano ─le dijo, señalándole con la mirada la puerta del despacho para que volviera a su puesto. Pero al observar que Juan hacía caso omiso de su consejo y tomaba su abrigo, la bufanda y la bolsa de mano, dispuesto a marcharse, le amonestó:

─Señor… este…, mire que si se va antes de la hora le tendremos que descontar de su salario las horas perdidas y los tiempos no están para perder dinero así como así.

Al día siguiente, Juan llegó tarde al trabajo, un hecho extraordinario que no pasó desapercibido por nadie. Todos se imaginaban lo peor: «pobre hombre, una mujer mentalmente discapacitada y ahora el hijo, vete a saber como habrá quedado, eso si sigue con vida» ─pensaban.

Eran las diez y diez, cuando Juan entró en la oficina con paso decidido y cara de felicidad, y antes de que el señor Romualdo Facha, el jefe de personal, le pudiera reprender, dijo en voz alta:

─He venido a recoger mis escasas pertenencias. Mucho gusto y que lo pasen bien ─iba a decir «y que les den por culo», pero se reprimió. Y dirigiéndose al señor Facha, que lo miraba boquiabierto, añadió: ─ya me dirá cuando puedo pasar a firmar la liquidación. ¡Hasta luego! ─gritó mientras sacudía un papelito como quien agita una banderita como señal de bienvenida a un mandatario extranjero. Y dándose la vuelta, salió por la puerta como alma que lleva el diablo, como si tuviera miedo de que lo atraparan y no pudiera salir de allí nunca más.

─¿Qué llevaba el señor… este… en la mano? ─preguntó el socio de Negrero, conocido por el personal como «el señor tocacojones», que estaba presente.

─Pues no estoy seguro, señor tocacoj…, quiero decir señor Explotador, pero parecía un boleto de lotería.

 

 Aquella mañana, cuando Ignacio despertó, vio a su padre sentado a los pies de su cama. Al verle, puso unos ojos como platos y, mirándole con cara de loco, empezó a agitar los brazos enyesados de tal manera que parecía un pájaro despavorido que intenta volar y no puede. «La cartera, la cartera», gritaba mirando a su alrededor como quien ha perdido algo muy valioso. Y es que la suerte llega cuando uno menos se la espera. El pobre chaval, iba tan excitado conduciendo su moto, porque le había tocado el primer premio del “cuponazo de la ONCE”, seis millones de euros, ni más ni menos, que no se percató de que el semáforo estaba en rojo y, claro, pasó lo que pasó.

Tras el alivio del muchacho al comprobar que el boleto seguía en su cartera, gritó a voz en cuello:

─Corre, papá, corre, ve al banco e ingresa este boleto. ¡Somos millonarios!

─Ahora voy, hijo, tranquilo ─le contestó Juan. Y después de pensárselo unos segundos, añadió─. Pero antes tengo que pasar por la oficina, pues tengo que liquidar un asunto pendiente.

 Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

 

miércoles, 15 de abril de 2026

El balneario

 


Para Sergio, la vida se había vaciado de contenido y de sentido y ya no sabía qué hacer. Desde que Bibiana le dejó, no se sentía con ánimos ni de salir a la calle. Había sido una pérdida tan dolorosa que creía que no lo superaría. Por mucho que los amigos le insistieran, no estaba de humor para salir a tomar una copa y mucho menos para conocer a otras mujeres. Todo era muy reciente todavía. Aunque su terapeuta le había aconsejado la baja laboral, él había optado por tomarse esas vacaciones que la empresa le debía y darse así un tiempo para serenarse y levantar cabeza.

Justamente, unos días antes había recibido por correo un folleto publicitario de un nuevo balneario de alto standing y allí se dirigiría sin más dilación desoyendo los consejos de sus amigos. El encierro, porque de eso se trataba, podía tener incluso malas consecuencias para su salud mental, le decían. Lo que necesitaba era salir, distraerse e intentar rehacer su vida pues todavía era muy joven para quedarse en casa llorando la trágica pérdida.

El balneario estaba en plena montaña y lo que Sergio necesitaba era tranquilidad para serenarse, reflexionar y encontrar esa paz y fuerza interior que le ayudara a renacer de sus cenizas. Y allí se fue con la intención de borrar de su mente la imagen de Bibiana en el depósito de cadáveres después de que la hallaran muerta esa noche en el parque cercano a su casa, esa horrible imagen recurrente contra la que no podía luchar.

El balneario resultó como esperaba y fiel a la descripción que de él se hacía en el folleto. Las instalaciones eran magníficas y el paisaje inmejorable. Buenos alimentos, aire puro, paseos en plena naturaleza y un tratamiento anti-estrés lo dejarían como nuevo, física y anímicamente.

Se apuntó a todo tipo de tratamientos y actividades relajantes y le asignaron a Silvia, quien sería, durante toda su estancia allí, su monitora personal.

Conocer a Silvia fue para Sergio como una aparición. No lo podía creer. Era clavada a Bibiana, su doble. Tenía los mismos ojos, los mismos labios, el mismo pelo, la misma estatura y complexión, su forma de moverse, de sonreír, de hablar. ¡Incluso su misma voz!

Tras el shock inicial, Sergio empezó a tratar a Silvia como si fuera Bibiana. En más de una ocasión la había llamado por ese nombre, no podía evitarlo. Esa atracción se convirtió al poco tiempo en obsesión, una obsesión enfermiza, que le impulsaba a observarla, seguirla, espiarla a todas horas. Él se decía que se había vuelto a enamorar, que había vuelto a encontrar a su media naranja, a su nuevo amor, el único capaz de hacerle olvidar a Bibiana y se aplicó aquello de que un clavo saca otro clavo, y más si son idénticos.

Silvia, por su parte, se sentía agobiada y cada vez más incómoda ante el trato que Sergio le dispensaba, rayando el acoso. Empezó a temerle y decidió solicitar a su superior que le asignara otro cliente.

Cuando le comunicaron el cambio, Sergio se sintió abandonado, engañado, traicionado. De nuevo. Volvía a ocurrir. Otra vez se sentía ultrajado. Otra vez le abandonaban por otro. Silvia era como Bibiana, por eso se comportaba igual y por eso tendría que hacerle lo que le hizo a ella. Sí, acabaría con ella como con la zorra de Bibiana. Esa noche, esa misma noche. Cuando se dispusiera a marcharse, la abordaría en el jardín, al amparo de la oscuridad. Sólo tenía que repetir lo que le hizo a Bibiana cuando la atacó en el parque. Sus manos eran grandes y fuertes. Luego, sólo tendría que desempeñar el papel del cliente afligido. Ese papel se lo sabía muy bien pues no habían pasado ni dos años desde que tuvo que asumir el de marido desconsolado.

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Un microrrelato rebelde

Hoy pasamos del terror y del romanticismo al humor. A ver qué tal os sienta.


Aurelio quería escribir un microrrelato, pero no había forma humana de hallar un tema mínimamente interesante como para desarrollarlo en 120 palabras. Llevaba días sin salir de su estudio, pero no le llegaba la inspiración.

Era tal su obsesión, que no atendía siquiera a las llamadas de Laura. Al final decidió escribir sobre lo primero que ocurriera, que fuera el azar quien decidiera.

Dicho y hecho. Al poco, le entró un correo. Ahí está mi inspiración, se dijo. Escribiré sobre lo que lea.

El correo era de Laura, y decía: Aurelio, como no me des una explicación de lo que estás haciendo, te dejo. No soporto más que pases de mí.  

Aurelio todavía está buscando cómo contárselo en 120 palabras.

 

(120 palabras, exceptuando el título y esta nota al pie)


martes, 31 de marzo de 2026

Desde la ventana

Hoy pasamos del género de terror al íntimo y romántico. Espero que el cambio os agrade.



María lleva un largo rato apoyada en el alfeizar de la ventana que da a la calle, esperando ver pasar a su enamorado. Como cada día, a la misma hora, lo espera con el corazón encogido. Desde hace unos días, sin embargo, el amor de su vida ya no la lisonjea con esas galanterías que a ella le ponían la piel de gallina de pura emoción. Ya no le dice nada, pasa sin mirarla y continúa su camino sin siquiera pararse. ¿Acaso ya no la ama?

Hoy, cuando pase por delante de la ventana, será ella quien le piropee. Ha leído unos requiebros muy bonitos en un librito de poemas y se los ha aprendido de memoria. Aun así, teme que los nervios la traicionen, por tal motivo no deja de hojear un corto pero precioso texto que lleva escrito en un pedacito de papel que sujeta con manos temblorosas.

Se hace tarde y Armando no aparece. Desde la ventana, María puede ver toda la calle hasta la placita, aquella donde se conocieron. No lo ve. Oscurece. Son ya muy pocos los transeúntes a aquellas horas. Y total solo son las ocho.

«Las ocho, ¿las ocho? A ver, a ver. ¿Es a las ocho de la mañana o de la tarde cuando Armando pasa por delante de mi ventana? Claro, ¡qué tonta!, Me he equivocado de hora. Es por la mañana cuando pasa por aquí de camino a su trabajo. ¿Cómo he podido equivocarme de esta manera? Desde hace unos días, duermo la siesta y cuando me despierto pierdo la noción del tiempo y a veces me levanto sin saber si es de día o de noche. Ahora entiendo, pues, que Anselmo pasara de largo sin saludarme. No era él. Debía ser un joven bien parecido que se le parece. Si llevara puestas las gafas, eso no he habría ocurrido. Qué le vamos a hacer. ¡Soy tan presumida! Así que llevo días esperando y esperando inútilmente a las ocho de la tarde. ¿Qué habrá pensado mi estimado Anselmo cuando, al pasar por delante de mi casa, por la mañana, no me ha visto asomada a la ventana? Se habrá llevado una gran decepción, pobrecito mío. Y yo que empezaba a creer que se había olvidado de mí. Bien pensado, podría haber llamado para interesarse por mi ausencia, ¡caramba! Pero es tan indeciso… Aunque conmigo no lo es. ¡Las cosas que me dice! No sé de dónde las saca, pero me hace sonrojar y mira que no soy ninguna beata. Es un desvergonzado, aunque me gusta que sea así cuando estamos solos. Por eso estamos prometidos. Porque estamos prometidos, ¿verdad que sí? Ay, ay, ay, que ahora no estoy segura de si estamos prometidos o todavía solo es un pretendiente. Cuando le vea, se lo preguntaré»

 

─María, ¿otra vez asomada a la ventana? Cogerás una pulmonía. Además, te he dicho mil veces que no molestes al vecindario, que luego se quejan. Y ven al comedor de una vez, que la comida ya está servida y se enfriará.

─Pero mamá, si no hago nada malo. Solo miro por la ventana por si veo pasar a Armando. Sí, sí, ya sé que son casi las nueve de la noche. Me he equivocado de hora. Qué quieres que te diga. Y no pongas esa cara, que todos nos podemos equivocar, ¿o no?

─¿Armando? ¿Qué Armando, querida?

─Cómo que qué Armando. Pues Armando, mi prometido. ¿Quién tiene que ser, si no? Bueno, ahora mismo no recuerdo si es mi prometido o solo es uno de mis pretendientes.

─María, por favor, si tu no tienes ni prometido ni pretendientes. Y deja de llamarme mamá.

─Pero… ¿por qué no puedo llamarte mamá? ¿Es que ya no te gusta?

─No es que no me guste, es que no soy ni podría ser tu madre.

─Pero… ¿por qué dices eso? No me asustes.

─Nada, nada, déjalo estar. Anda, vamos a cenar

 

Y María, suspirando, porque se siente incomprendida, cierra la ventana y se dirige al comedor. Después de cenar, volverá a leer, como cada noche, el diario en el que, al largo de los años, ha ido escribiendo, día tras día, sus aventuras amorosas. Buscará entre sus notas a Armando y así sabrá que hay realmente entre ellos.

En la cocina, su cuidadora también suspira deseando que, si llega a la edad de María, conserve la lucidez hasta el último momento de su vida.

 

Imagen obtenida de internet

jueves, 26 de marzo de 2026

Las pesadillas de Enrique

Este relato formaba parte de una trilogía de cuentos de terror que publiqué en el 2020. Espero que a nadie le resulte incómoda su lectura ni que le afecte a su sensibilidad




Enrique empezaba a estar realmente preocupado. Sus pesadillas eran cada vez más frecuentes, terribles, tremendamente reales y últimamente muy repetitivas. Soñaba que era un zombi, un muerto viviente, uno de esos seres horribles y asquerosos de las películas de terror que tanto le gustaban. Debía ser, sin lugar a dudas, por culpa de la serie de televisión The Walking Dead que veía, desde hacía meses, sin haberse perdido ni un solo capítulo. Pero lo peor de todo era que las sensaciones que experimentaba en sueños se estaban trasladando a la vida real.

Desde que tenía esas pesadillas, sus gustos habían sufrido un cambio más que notable: le apetecía comer carne cruda, cuando hasta hacía muy poco solo le gustaba muy hecha, y los olores que antes le resultaban nauseabundos ahora, en cambio, le atraían como si de un perfume de alta cosmética se tratara. Su voz se tornó extraña, sus cuerdas vocales emitieran un sonido de ultratumba.

En estas circunstancias, decidió someterse a una revisión médica y quién mejor que Genaro, su buen amigo y endocrinólogo, para hacérsela, ya que no se atrevía a confesarle a un extraño estas anomalías, pues podría tacharlo, en el mejor de los casos, de lunático.

Una vez en la sala de espera de la consulta de su amigo, mientras fingía leer una revista, tuvo que reprimir unos deseos brutales de abalanzarse sobre una mujer entrada en carnes, que no cesaba de observarlo de reojo. ¿Intuiría sus inclinaciones antinaturales? Pero Enrique pudo finalmente contenerse y se comportó con total naturalidad.

No sabría decir en qué momento perdió el conocimiento. Solo recuerda que alguien golpeaba la puerta del despacho de Genaro y que varias personas, al otro lado, gritaban a voz en cuello: doctor, doctor, ¿se encuentra bien? ¿Va todo bien ahí dentro?

Cuando Enrique abandonó la consulta, había dejado tras de sí un largo reguero de sangre y unos cuantos cuerpos mutilados.

Aquella noche fue la primera en varias semanas que Enrique no tuvo ninguna pesadilla. 


domingo, 22 de marzo de 2026

La sombra

Siguiendo con la tónica del relato anterior, he rescatado este del baúl de los recuerdos. Tiene 6 años de antigüedad, pero creo que sigue siendo vigente, como todos los cuentos de miedo infantiles. Convenientemente desempolvado y ligeramente retocado ha quedado así:


Se proyectaba con tal nitidez que daba escalofríos. Una forma humana en movimiento. Cada noche, a la misma hora. Aterrorizado, me arrebujaba bajo la sábana para no verla ni que ella me viera a mí. No me atrevía a contárselo a mis padres. Siempre me decían que tenía que ser valiente y que si veía algo que me asustaba, debía hacerle frente, plantarle cara, y vería cómo desaparecía.

Así pues, a la noche siguiente, salté de la cama dispuesto a descubrir el origen y significado de aquella silueta fantasmagórica que, desplazándose por la pared de mi habitación, me resultaba tan aterradora. Me flaqueaban las piernas, pero tenía que hacerlo.

Antes lo hubiera hecho. La imagen que tanto me perturbaba no era más que una sombra, la que proyectaba un individuo desde el otro lado del patio de vecinos. Nuestras galerías daban una enfrente de la otra. El hombre —mis padres me habían hablado de él—, era un sastre que tenía el taller en su casa. Al parecer, pues, hacía horas extra aprovechando la tranquilidad nocturna. Una potente luz proyectaba su sombra justamente hacia la pared de mi cuarto, aprovechando que nada interceptaba el rayo luminoso en una calurosa noche de verano de ventanas y puertas abiertas de par en par. La distancia que nos separaba amplificaba y distorsionaba los movimientos del sastre, que adquirían una forma aterradora.

Al día siguiente, aliviado por tal descubrimiento, se lo conté a mis padres. Quise demostrarles que había sido valiente. Pero, de pronto, palidecí al oír su respuesta.

—¿El hombre de ahí delante? ¿El sastre? Pero si está muerto y bien muerto, el pobre. Hace días que lo encontraron tendido en el suelo de su taller sin vida, ¡Tú y tus tonterías!

Ahora está conmigo. No el sastre, sino su verdugo. Hacía tiempo que rondaba por el barrio. Una vez cumplido su trabajo con ese pobre hombre, nuestro piso era su próximo destino, pues había observado mi interés por aquella sombra, que fue la que le dejó entrar en casa. Me ha dicho que ahora es el turno de mis padres. Creo que no les diré nada, no sea que me tomen por loco.

 

jueves, 19 de marzo de 2026

Debajo de la cama

 

Con este relato, he querido recuperar el género de terror (uno de mis favoritos), si es que puede catalogarse así esta historia para niños y mayores. Espero que os guste.



Siempre me han gustado las historias de terror. Mi abuela materna me contaba cuentos y leyendas sobre brujas y fantasmas. Aunque disfrutaba escuchándola, por la noche no podía conciliar el sueño y cuando lo lograba solía tener pesadillas terribles. La más frecuente consistía en que un ente demoníaco, agazapado bajo mi cama, me agarraba con una fuerza colosal y me arrastraba hacia lo más profundo del averno. Cuando despertaba, aterrorizado, todavía notaba, en brazos y piernas, la presión de sus garras.

Desde entonces, aun sabiendo lo ridículo que era, no podía acostarme sin haber mirado antes debajo de la cama para comprobar que no había nada ni nadie. Aun así, esa pesadilla continuaba atormentándome cada noche.

Cuando, avergonzado, se lo conté a mi abuela, me dijo que rezara diez padrenuestros y dos avemarías antes de acostarme, y que me encomendara a mi ángel de la guarda para que me protegiera. Así no me pasaría nada malo..

Pero a pesar de eso, el monstruo seguía visitándome cada noche, momento en el que me despertaba empapado de un sudor frío y con el corazón galopando como un potro desbocado. Abría la luz, miraba bajo la cama y, lógicamente, no había nada de nada. Pero la sensación de una presencia extraña no desaparecía. Decidí, entonces, dormir con la luz abierta. Cuando creía que mis padres estaban dormidos, encendía la lamparilla de la mesilla de noche y así conseguía relajarme y me quedaba dormido.

Al principio funcionó. Lo que fuera que intentaba capturarme desde debajo de mi cama, dejó de manifestarse en sueños. Así pues, lo que había logrado hacerle huir no fueron los rezos sino la luz, concluí.

Pero una noche, estando adormilado, noté de nuevo cómo una fuerza invisible me atraía enérgicamente. Abrí los ojos, sobresaltado. No veía nada, pero mi cuerpo era arrastrado fuera de la cama por mucho que me resistía agarrándome al colchón, al somier y a todo lo que podía con todas mis fuerzas. Entonces grité como nunca hubiera imaginado que sería capaz y, al momento, esa fuerza invisible se detuvo. Mis padres, asustados, acudieron rápidamente a mi habitación, para ver qué ocurría. No tuve más remedio que contarles lo que me había estado pasando.

Mi madre intentó, afectuosamente, convencerme de que todo había sido fruto de mi desmesurada imaginación y culpó de ello a mi abuela por llenarme la cabeza de bobadas y a las películas de terror que tanto me gustaban. Mi padre, en cambio, se burló de mí diciendo que ya era muy mayor para todas esas tonterías. Y como yo no dejaba de lloriquear y temblar de miedo, se enfadó todavía más y añadió que tenía que comportarme como un hombre y no como una niña, que a él nunca le había ocurrido algo igual en su vida porque, simplemente, no creía en fantasías de críos ni supercherías de viejas.

—La próxima vez que veas a ese demonio o lo que sea que tanto te asusta, le dices que venga a mi cama, que sabrá lo que es bueno —dijo en plan de mofa mi padre, dando así zanjado el asunto, ante la cara de circunstancias de mi madre.

Lejos de haberlas expulsado, mis pesadillas nocturnas continuaron diariamente, incluso con la luz encendida, Hasta que un día, al acostarme, después de rezar mis oraciones, haciendo un esfuerzo extraordinario, me dirigí al ente que me tenía aterrorizado.

—Conmigo eres muy valiente porque solo soy un niño, pero seguro que a mi padre no te atreverías hacerle lo que a mí. La próxima vez, ve a su cama y verás —le dije en voz baja pero firme, esperando que el desafío funcionara.

Aquella noche fue la primera de muchas que el demonio de mis pesadillas me dejó tranquilo. Dormí de un tirón.

Por la mañana, a pesar de ser un día festivo, me desperté muy temprano y salté de la cama contento por haber pasado, por primera vez, una noche en paz. Con la urgencia de decírselo a mis padres, aunque pudieran regañarme por despertarles antes de la hora en que solían levantarse, corrí hacia su habitación.

Cuando abrí la puerta, hallé a mi madre llorando, acurrucada contra el cabezal de la cama, con la manta hasta la barbilla, como si quisiera ocultarse o protegerse de algo. Al verme, me miró aterrada, con los ojos como platos y temblando. El lugar que ocupa mi padre en la cama de matrimonio estaba vacío y las sábanas revueltas como si se hubiera librado una batalla.

—¿Y papá? —pregunté, temiendo la respuesta.

—No lo sé, hijo. Algo… algo se lo ha llevado. Esta madrugada… le he oído gritar y agitarse violentamente. Cuando he abierto la luz solo he podido ver cómo desaparecía debajo de la cama.

 

martes, 3 de marzo de 2026

Elena mon amour

 


Todo empezó cuando apareció Elena.

Desde la barra del bar, me observaba provocativamente. Yo, todo un conquistador, me sentí azorado. Nunca había contemplado una belleza tan singular.   

Fue ella quien tomó la iniciativa.

—Hola, me llamo Elena, ¿y tú?

—Yo Gustavo —contesté sin poder evadir el poder de su mirada.  

El flechazo fue mutuo. Al cabo de unas semanas ya vivíamos juntos.

Al principio todo iba de maravilla. Hasta que un día le comenté mi interés por lo paranormal. Como respuesta, Elena fue más allá, afirmando que creía en la existencia del mal, en sus distintas facetas.

Desde ese instante, mostró un gran interés por mis creencias, queriendo saber lo que yo opinaba sobre las posesiones diabólicas. A diferencia de mí, no sentía temor alguno, llegando a proponerme asistir a un exorcismo. Por supuesto me negué, cosa que pareció contrariarla.

A partir de entonces, toda mi atracción por ella se trastocó en recelo al ver cómo me escrutaba mientras hablaba de las posesiones infernales, de lo que puede llegar a hacer el diablo en el cuerpo del poseso. Su carácter mudó. Cuando hacíamos el amor parecía que estaba poseída y, después se tumbaba y me miraba con un rictus casi demoníaco.

Soñaba que ella adoptaba figuras extrañas, arrastrándome hacia una gran hoguera. Hoy, al despertarme, no estaba a mi lado.

De pronto, me he sentido extraño. Al ir al baño, me he observado en el espejo y me ha horrorizado mi semblante. Tengo los rasgos y la voz de Elena.





martes, 17 de febrero de 2026

Mi amigo Leo


Hace unos tres mess, deambulando por un mercadillo de antigüedades, vi un reloj que me llamó mucho la atención. A pesar de tener un aspecto clásico antiguo, aunque de antiguo no tenía mucho, según me confesó el propietario del puesto ─este ejemplar tendrá unos treinta años, más o menos─, me resultó tremendamente atractivo. Parecía un objeto más propio de un vejestorio ricachón que de un friki como yo. Aun así, decidí comprarlo. Cuando el vendedor me dijo el precio, casi me caigo de espaldas.

─Es que es un reloj muy especial, su mecanismo es extraordinario. No encontrará muchos como este. Lo adquirí en una subasta, tras ser vaciado un piso por defunción de su propietario sin haber dejado herederos.

La premura para adquirir aquella joya, como la calificó aquel hombre, no me permitió percatarme de que ese artilugio tan especial no funcionaba. No se le podía dar cuerda, pues no tenía ninguna llave o elemento para hacerlo, como en los relojes convencionales. Consulté en internet y cuando introduje su marca y modelo, volví a sorprenderme. ¿Sabía aquel viejo vendedor el valor que ese reloj tenía en el mercado de segunda mano? A mí me lo vendió por la friolera de quinientos euros. En una web de internet dedicada a relojes antiguos encontré uno idéntico, al menos en apariencia, que se vendía por veinte mil euros. ¡De segunda mano! ¿Cuánto debía valer nuevo? No pude averiguarlo, pues ese modelo ya no se fabricaba. Pero fuera el que fuera su valor, ya que había invertido en él una buena suma de dinero, tenía que hacerlo funcionar. Encontrar un taller de reparación para este reloj en concreto me costó Dios y ayuda, pues todos los que hallé rechazaron tal encargo; conocían ese tipo de aparato, pero no tenían ninguna experiencia con él, hasta que uno de los contactos aceptó repararlo, añadiendo que era el único en España que tenía un artesano entre su personal que conocía, como la palma de su mano, el complejo mecanismo de esa maravilla de reloj.

Cuando me presenté en la tienda, en un callejón del casco antiguo de Barcelona, me pareció haber retrocedido en el tiempo más de un siglo. Parecía que estuviera en un comercio de enseres extraños, un bazar de objetos mágicos procedentes de la cueva de Alí Babá. Su estrechez era tanta que un sujeto, que dijo ser el dueño del establecimiento, me atendió de pie detrás de un mostrador barroco que había sufrido los ataques de la carcoma, sin tener apenas espacio para movernos. El hombre, de edad indefinida, enjuto y con numerosas arrugas en cara y cuello (las únicas partes de su cuerpo a la vista) daba la impresión de haber resucitado tras muchos años de descanso en el Campo Santo. Pero tras las presentaciones de rigor y haberle mostrado el reloj y recordándole mi deseo de repararlo, cambió su actitud huraña y distante, convirtiéndose en un amable y halagador comerciante que solo desea complacer al cliente. Ante la visión del reloj, esbozó una sonrisa lobuna y los ojos se le agrandaron tanto que parecía que iban a salirse de sus órbitas.

─¿Sabe usted lo que vale este reloj? ─inquirió, y antes de responderle, añadió─ Tiene en sus manos una joya de la ingeniería. Le adelanto que le saldrá cara la reparación, pero valdrá la pena gastarse un buen dinero para que este aparato, único en su especie, funcione a la maravilla. Nuestro maestro artesano lo reparará, pero le advierto que necesitará por lo menos uno o dos meses para ello, pues su mecanismo es sumamente complejo y delicado y hay que tratarlo con mucha destreza.

Y así fue, pues al cabo de dos meses recibí su llamada para que pasara a recogerlo.

─Ha quedado como nuevo ─me dijo por teléfono con una indisimulada satisfacción─, salvo unos pequeños arañazos en su cubierta que ya tenía, seguramente debidos a un traslado poco aplicado en alguna que otra ocasión. Lo hemos tenido dos semanas en observación y funciona perfectamente.

Una vez de nuevo en la tienda, fui atendido en esta ocasión por el maestro artesano en persona, quien apareció de la trastienda portando un bulto con tanto cuidado como si llevara un recién nacido en brazos. Lo desenvolvió y lo depositó con gran cautela sobre el mostrador y me indicó cómo debía proceder durante su traslado, el modo de bloquearlo y desbloquearlo una vez en casa y el ajuste de su horizontalidad mediante un nivel de burbuja como el empleado en albañilería. Me advirtió de que cualquier golpe, por pequeño que fuera, sacudida o incluso temblor del mueble sobre el que lo situara, podría deteriorar su funcionamiento y deberían volver a repararlo. Ante tantos consejos, me sentí atribulado y anticipaba mi culpabilidad con solo pensar en una posible falta de cuidado por mi parte que pudiera afectar el buen funcionamiento de mi reloj, siendo como era un objeto sumamente delicado.

Pero si todo ello me resultó apabullante, lo que me dijo a continuación, antes de empaquetarlo de nuevo, me sorprendió hasta el punto de poner en duda la veracidad de aquellas palabras.

─¿Sabe quién inventó el mecanismo de este reloj? ¿No?, pues el mismísimo Leonardo da Vinci, sí señor, no me mire con esa cara. No sé si mi socio le habrá informado de cómo funciona.

Y ante mi mutismo, continuó con su explicación.

─Pues este maravilloso reloj funciona gracias a la energía producida por los cambios de temperatura y de presión atmosférica ambiental, de ahí que no necesite que le den cuerda y que pueda funcionar durante años sin la intervención de la mano del hombre. Todo está en esa cápsula que usted ve aquí ─que señaló con su largo y huesudo dedo índice─, herméticamente sellada, que contiene una mezcla de gas y líquido de cloroetano que se dilata en una cámara de expansión cuando la temperatura sube, comprimiendo…

Llegado a este punto ya no atendía las explicaciones de aquel buen hombre, solo pensaba en el hecho de haber dado con aquel extraño reloj por casualidad ─o quizá por una causalidad que desconocía, pues a mí los relojes antiguos no me resultaban especialmente atractivos y en cambio ese me había seducido desde que lo vi─ y que desde ese preciso instante debería cuidar de él como de un ave exótica o una planta tropical muy delicada de conservar fuera de su hábitat.

Antes de llegar a casa ya sabía dónde iba a depositar el reloj de marras: sobre un estante fijado lateralmente a dos pequeñas columnas del salón comedor. Hice todo lo que me había indicado el viejo artesano y grande fue mi satisfacción al comprobar que había logrado que funcionara tras las manipulaciones de desbloqueo del sistema y ajuste horario. El resto del día lo pasé contemplándolo cada cinco minutos, asegurándome de que no adelantara o atrasara ni un ápice, como así fue.

Pero tras mi tranquilidad inicial, experimenté un sobresalto, rayando el miedo, cuando, por la noche, me despertó una voz grave y profunda, que parecía proceder de ultratumba.

─Gracias por haber adquirido ese reloj, amigo, no te arrepentirás ─tras lo cual me incorporé en la cama como si un resorte me hubiera empujado violentamente─. Tras unos segundos de circunspección, me atreví ─aun pensando que era del todo absurdo─ a hablar.

─¿Quién anda ahí?

Y la voz volvió a oírse, esta vez con mayor claridad.

─Bueno, eso de andar es un decir, porque hace más de quinientos años que no ando, físicamente hablando, porque vagar sí que vago, je, je.

Encima, quien fuera el que hablaba, tenía sentido del humor. Entonces me apresuré a abrir la luz y lo que vi me alarmó todavía más. ¿Quién era ese personaje que tenía frente a mí, observándome sonriente y complacido, según dijo, de poder hablar conmigo?

─¿Acaso no me reconoces? ¿En el bachillerato no os enseñaron historia del arte? ¿No adivinas quién soy? Esta mañana te han hablado de mí y del reloj que diseñé, que ha dado lugar al que has comprado.

Aturdido como estaba, no podía articular palabra, pensando que todo era un sueño o una alucinación. La Dormidina que me había tomado para conciliar el sueño y evitar esos molestos despertares prematuros que tanto me acucian nunca me había provocado ningún efecto adverso y mucho menos de ese calibre. Aun así, decidí arriesgarme, sintiéndome un poco ridículo.

─¿No serás Leo…Leonardo da… da Vinci?

─¡Bingo! ¿No es así cómo lo expresáis en esta época?, ja, ja, ja.

Ya un poco recuperado del susto inicial, salté de la cama y me acerqué a él con la intención de tocarle, como hiciera Santo Tomás ante la aparición de Jesús, para ver si era de carne y hueso. Y no lo era, como cabía suponer, pues mi mano atravesó limpiamente su cuerpo inmaterial. Él estalló en otra carcajada, todavía más sonora.

─Oye, no quisiera importunarte y mucho menos asustarte, pero he venido para pedirte un favor.

─¿Un favor? ¿A mí? ─le pregunté, extrañado.

─Pues sí. Verás, es que llevo cinco siglos aburriéndome como una ostra y ya tengo muy vistos a mis congéneres, sobre todo a esos pesados que se creen unos dioses y los mejores artistas de la historia, como el ególatra de Miguel Ángel y el insoportable de Rafael. Bueno, el caso es que había pensado si podría tomarme unas vacaciones y vivir contigo, por lo menos una temporadita, junto a “mi reloj”, porque en realidad es mío, por lo menos la idea, que luego me copiaron de la forma más fraudulenta y que ahora se atribuye a un suizo ignorante que lo único que supo hacer fue fabricarlo y darle un aspecto más “moderno” que el que yo le di en pleno Renacimiento, debo aceptarlo.

─Bueno ─contesté con sumo tacto, para no ofenderlo─, pero ese suizo al que se refiere lo hizo muy bien, ¿no es sí? ─Por toda respuesta solo percibí un gruñido de desaprobación, seguido de un silencio total. Y el tal da Vinci desapareció.

Pensé que ello significaba que me había librado de él, pero me equivoqué. Ahora lo tengo rondando por toda la casa, día y noche, con la excusa de controlar de cerca su invento y vigilar si lo trato bien. De momento todo va sobre ruedas, pero no puedo evitar sentirme incómodo teniendo como inquilino a un genio como él. Pero al final nos hemos hecho amigos y hasta deja que le llame Leo. Si al menos se lo pudiera contar a alguien…

 


 

lunes, 9 de febrero de 2026

Hogar dulce hogar

 


Tuvo que volver a pesar de haber jurado que no lo haría. Cuando se fue, dando un tremendo portazo, renegó de aquella casa en la que tantas agrias discusiones e incomprensiones había tenido que soportar por culpa de su adicción.

Tras un año de ausencia, ya con diecinueve años, reconocía su error. Ahora debía dar marcha atrás y volver al hogar del que nunca debió partir. La tremenda nostalgia que sentía por lo que había perdido era más insoportable que tener que tragarse su orgullo. Volvería para recuperar lo más preciado. A veces, hay que sobrellevar ciertas dificultades en aras del bienestar y la estabilidad emocional. Ya vería el modo de evitar nuevos enfrentamientos y ocultar sus verdaderas intenciones.

Entraría sin darles tiempo a reaccionar, subiría a su habitación y por fin podría volver a disfrutar de sus videojuegos favoritos.


lunes, 26 de enero de 2026

El mar


 

Mediterráneo, la canción de Joan Manuel Serrat, siempre me ha emocionado; cada vez que la escucho, me siento totalmente identificado. Y no solo por haber nacido a orillas de este mar, ahora tan maltratado por el ser humano que lo contamina, sino también porque siempre he querido vivir y morir a orillas del mar que me ha visto crecer y que me ha inspirado tantas historias.

Tal ha sido mi apego al mar, que ya de adolescente soñaba con comprarme una casa en la Costa Brava, algo que me parecía un sueño imposible, una quimera, un lujo inalcanzable. Pero, tras muchos años de trabajo intenso y de ahorro, y gracias a mi envidiable carrera literaria, pude ver por fin satisfecho aquel sueño juvenil.

Así pues, tengo una casa rodeada de un extenso pinar, frente a un pequeño acantilado que se desploma sobre una minúscula cala a la que solo se puede acceder en barca o a nado, si quien lo pretende es lo suficientemente experto para luchar contra un mar habitualmente bravo, cuyas olas explotan con una extraordinaria violencia sobre las desafiantes rocas que, impertérritas, protegen la costa.

Esta casa, que ocupo desde hace dos años, es mi refugio, donde espero vivir mis últimos años de retiro y de soledad, tras el fallecimiento de Sara, mi esposa, que no llegó a disfrutar de ella, con la ilusión que le hacía.

La depresión en la que me sumí tras la muerte de Sara, ha dejado, y dejará para siempre, mella en mí. Lo primero que hice fue abandonar la escritura en la que he estado inmerso durante más de veinte años, pues era incapaz de escribir una sola línea, y retirarme a este lugar en busca de sosiego y paz interior.

Durante el pasado año, me dediqué a reflexionar sobre mi pasado. Mi terapeuta me aconsejó que pusiera por escrito mis vivencias, pues sería un revulsivo. Y lo único que me venía a la memoria era que fueron muchas mis ausencias, abandonando a Sara en manos de una enfermedad que mantuvo oculta hasta que ya no fue posible. Pasaba tanto tiempo fuera que, sin saberlo, la desatendí cuando más me necesitaba. No quiso molestarme con sus problemas, como me dijo al llegar a ese estadio en el que ya no había marcha atrás. Y por eso me siento culpable, por no haber estado a su lado y compartir con ella todo el doloroso proceso que acabó con su vida. Se calló para no inquietarme, para no hacerme sufrir, para que pudiera escribir sin ningún tormento que perturbara mi inspiración. Sufrió en silencio ante mi más absoluta ignorancia. ¿Cómo no me di cuenta de lo que le ocurría? ¿Tan ciego estuve?

Cuando repaso nuestra vida en común, la veo a mi lado, con su eterna sonrisa, su mirada luminosa, su voz aterciopelada y me entran unas ganas incontrolables de retroceder, de dar marcha atrás, de volver a vivir esos momentos mágicos que no supe saborear como era debido, y me siento terriblemente solo y culpable por no haberla hecho más feliz durante todos esos años de convivencia. Si hubiera sabido que estaba gravemente enferma, no me habría separado de ella ni un segundo. Pero a tiro pasado, todo se ve de un modo distinto. Seguro que, si volviera a nacer, volvería a comportarme del mismo modo.

Cuando hace unos días paseaba a solas frente al mar, recordaba cuando vinimos aquí por primera vez y nos enamoramos de este paisaje, y decidimos comprar la parcela donde construiríamos esta casa, que ella no ha llegado a ocupar. Desde lo alto del acantilado, observaba las olas enfurecidas romper contra las rocas y ante esa imagen, me sentía como ellas, rompiéndome en mil pedazos, como represalia a tanto despropósito, a tanta ignorancia y egoísmo. Y es que yo fui de esos que, en lugar de trabajar para vivir, vivía para escribir, era mi pasión, en lo que invertía todo mi tiempo, y ¿para qué? Ahora tengo la casa que deseamos, tengo mucho dinero, pero no tengo lo más importante en esta vida: el amor del ser amado.

Por este motivo, no valía la pena vivir sin ese amor, perdido para siempre. Por eso, me lancé a este mar que tanto me ha atraído, en el que tantas veces me he sumergido, para convertirme en una de esas olas furiosas que acaban su embestida en unas rocas que no dudan en desintegrarlas en mil pedazos.

 

****

 

Creo que ha sido ella quien me ha salvado a través del osado bañista que me vio saltar desde lo más alto. Dijo a los de la ambulancia que no tenía previsto bañarse debido al oleaje, pero que algo le empujó, una fuerza extraña que le decía que tenía que hacerlo. Desde su zodiac, me vio abalanzarme y sin pensárselo dos veces se lanzó al agua para que mi cuerpo no se estrellara contra las rocas. Aun así, no pudo evitar que ello sucediera, rescatándome en estado inconsciente, pero con vida. Se jugó su vida por salvar la mía, sin ningún valor para mí.

Tras despertar en la UCI, una enfermera vino a verme para interesarse por mi estado. Por su expresión, me pareció que conocía el contenido de la nota de despedida que dejé junto con mi documentación. No quería ser un suicida anónimo, pues nadie del lugar me conoce, aunque me imagino que tarde o temprano me habrían identificado.

Ahora todos sabrán quién soy y lo que he hecho, pero no me arrepiento. Solo me duele no haber podido cumplir con mi objetivo. Quería reunirme con ella y no he podido ver este deseo satisfecho. No me quedará más remedio que seguir viviendo atormentado o volver a intentarlo.

Unos días después y algo más calmado, pensé hacer lo que me recomendó mi terapeuta: que le escribiera cartas a Sara como si aun estuviera viva. Esperaba, como me dijo, que esto me aliviaría, pues podría desahogarme y proseguir con mi vida sin remordimientos, e incluso volver a empezar una nueva vida. Añadió que, aunque no la olvidaría jamás, sería capaz de continuar viviendo sin tenerla a mi lado, solo en mi mente.

Y eso creo que ya está ocurriendo, pues aquella enfermera me recordó mucho a mi mujer. Tenía su misma sonrisa, su misma mirada y su misma voz. Cuando más tarde pregunté por ella a sus compañeras, ninguna supo darme razón de quién era, a pesar de lo mucho que la describí.

No puedo quitarme de la cabeza lo último que dijo al marcharse, que me dejó perplejo y que no acabé de comprender, posiblemente porque todavía no estaba completamente lúcido: «No lo vuelvas a intentar. Estoy bien y no quiero verte sufrir. Has vuelto a nacer, así que aprovecha esta nueva oportunidad»

Al llegar a casa tras recibir el alta hospitalaria, quise relajarme escuchando a Serrat cantando Mediterráneo. Fue una experiencia extraordinaria: sentí a Sara muy cerca de mí. Se me erizó el cabello de la nuca y se me puso la piel de gallina. Noté, a mis espaldas, una presencia, una sombra, su aroma, pero cuando me giré comprobé que allí no había nadie, estaba solo, solo con ella en mi pensamiento. Ahora no solo le escribo, también le hablo. No me contesta, pero sé que me oye. El mar y ella son mis dos únicas compañías.