Ya ha llegado ese momento
tan esperado como temido. Después de 10 largos años, hoy, por fin, he tomado mi
última cena, solo en esta celda que ha sido mi hogar desde ese maldito día en
que me sentenciaron a la pena capital.
La pena capital. Desde
luego suena mejor que pena de muerte, pero el final es irremediablemente el
mismo. Unos dicen que no duele, que la inyección letal, o debería decir las
inyecciones, no causan dolor alguno, pero Lauson me contó que a un tío no se las
aplicaron correctamente y se retorcía del dolor ante la mirada estupefacta del médico
y alguna que otra sonrisa maliciosa por parte de esa audiencia que tiene que
dar fe de que la sentencia se ha cumplido, que no sé por qué hará falta tanta
gente para eso. ¡Y pensar que mi mujer estará allí, tras ese cristal, viendo
cómo acaban conmigo!
Desgraciadamente fui incapaz
de demostrar mi inocencia pues me tocó un abogado de oficio muy poco curtido en
estas lides. Por lo menos se dignó a cursar una petición de clemencia al
gobernador, aunque Lauson, siempre con sus malos augurios, me ha dicho que ese
gobernador no ha suspendido ni una sola ejecución en lo que lleva de mandato,
pero mi abogado dice, y en eso lleva razón, que no hay que perder jamás la
esperanza.
Hoy,
a las seis, me han servido mi última cena. Me preguntaron que qué me apetecía. ¡Cómo
me iba a apetecer algo de comer cuando sólo me quedaban unas horas de vida!
Nunca he entendido ese absurdo privilegio. Es casi una broma de mal gusto.
Disfruta, disfruta comiendo, que antes de que hayas completado la digestión
estarás dentro de una bolsa de plástico.
A
las 8:00 p.m. será la ejecución. Dentro de media hora todo habrá terminado. La
cuenta atrás ya ha empezado. Si por lo menos el gobernador tuviera un mínimo
sentido de la justicia. Pero siendo yo negro mis posibilidades son remotas, al menos
eso es lo que dice Lauson, pero bien pensado qué sabrá él. Lauson. es el típico
aguafiestas, todo lo ve tan negro como su arrugada piel. Le encanta dar malas
noticias. Es un amargado y parece que le complace amargar a los demás.
Ya
vienen a por mí. Tampoco he entendido nunca esa costumbre de llevar a los reos
hacia la sala de ejecución encadenados de pies y manos. ¿Acaso creen que podría
escapar de esta cárcel de alta seguridad estando rodeado de esos cuatro tíos
que son como armarios? Teatralidad hasta el último momento. Teatralidad casi
esperpéntica.
Ahí
está el teléfono y ese hombre pegado a él debe ser quien, en caso de que el
gobernador llame para detener este sinsentido, dará la orden que me salvará de
la ejecución.
Hacía
muchos años que no rezaba y esta última semana no he hecho otra cosa, día y
noche. Quiero creer que realmente hay otra vida y que allí, sea adonde sea que
vaya, sí hay justicia. Y es que todo esto se me antoja irreal. Todo esto parece
una pesadilla de la que no consigo despertar.
Ya
estoy atado, me están poniendo las vías y el maldito teléfono sin sonar. Veo de
refilón que el reloj de la pared marca las 7:55. Todavía quedan cinco minutos
de esperanza pero, si ha tenido todo el día para llamar, ¿cómo va a esperar a
los últimos cinco minutos para hacerlo? La esperanza es lo último que se pierde
pero ya no me queda ni un ápice.
¡Qué
lentamente pasa el tiempo! Sólo ha transcurrido un minuto. No sé qué me está
diciendo el padre MacGregor. Debe ser la ansiedad pero no entiendo lo que dice
aunque a mí lo único que me interesa es que al gobernador le asalte un atisbo
de lucidez, comprenda que las pruebas eran tan sólo circunstanciales y acabe albergando
una duda razonable. Quizá sea mucho pedir a alguien tan a favor de la pena de
muerte.
¡Ya
sólo falta un minuto! Esto es el fin. Sesenta segundos y todo habrá acabado.
Allá el gobernador y su conciencia. Yo me voy con la mía tranquila. Soy
inocente y se va a perpetrar una terrible injusticia, pero estoy en manos de
los hombres y, por lo tanto, de una justicia imperfecta.
Diez,
nueve, ocho… Dios mío, que suene el teléfono, que suene por favor, que suene
aunque sea en el último segundo.
¿Qué? ¿Qué? ¡Está sonando, está sonando, por fin, por fin, estoy salvado! ¿Pero es que nadie lo coge? ¿Están sordos o qué? ¿Por qué está todo tan oscuro? ¿Qué es este pitido tan endiabladamente familiar? ¿Dónde estoy?, ¿Y qué hora es? ¡Son las ocho! ¡Caramba, qué alivio! ¡Vaya pesadilla! ¡Y qué susto me ha dado este maldito despertador! Tendré que cambiarlo, pues hace un ruido infernal. Me tiene harto, no lo soporto. Cada día igual. Ya decía yo que la marca Lauson no era de las buenas.
*Imagen:
Shujaa Graham, que pasó cinco años (1976-1981) en el corredor de la muerte de
San Quintín hasta que fue absuelto.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario