martes, 17 de febrero de 2026

Mi amigo Leo


Hace unos tres mess, deambulando por un mercadillo de antigüedades, vi un reloj que me llamó mucho la atención. A pesar de tener un aspecto clásico antiguo, aunque de antiguo no tenía mucho, según me confesó el propietario del puesto ─este ejemplar tendrá unos treinta años, más o menos─, me resultó tremendamente atractivo. Parecía un objeto más propio de un vejestorio ricachón que de un friki como yo. Aun así, decidí comprarlo. Cuando el vendedor me dijo el precio, casi me caigo de espaldas.

─Es que es un reloj muy especial, su mecanismo es extraordinario. No encontrará muchos como este. Lo adquirí en una subasta, tras ser vaciado un piso por defunción de su propietario sin haber dejado herederos.

La premura para adquirir aquella joya, como la calificó aquel hombre, no me permitió percatarme de que ese artilugio tan especial no funcionaba. No se le podía dar cuerda, pues no tenía ninguna llave o elemento para hacerlo, como en los relojes convencionales. Consulté en internet y cuando introduje su marca y modelo, volví a sorprenderme. ¿Sabía aquel viejo vendedor el valor que ese reloj tenía en el mercado de segunda mano? A mí me lo vendió por la friolera de quinientos euros. En una web de internet dedicada a relojes antiguos encontré uno idéntico, al menos en apariencia, que se vendía por veinte mil euros. ¡De segunda mano! ¿Cuánto debía valer nuevo? No pude averiguarlo, pues ese modelo ya no se fabricaba. Pero fuera el que fuera su valor, ya que había invertido en él una buena suma de dinero, tenía que hacerlo funcionar. Encontrar un taller de reparación para este reloj en concreto me costó Dios y ayuda, pues todos los que hallé rechazaron tal encargo; conocían ese tipo de aparato, pero no tenían ninguna experiencia con él, hasta que uno de los contactos aceptó repararlo, añadiendo que era el único en España que tenía un artesano entre su personal que conocía, como la palma de su mano, el complejo mecanismo de esa maravilla de reloj.

Cuando me presenté en la tienda, en un callejón del casco antiguo de Barcelona, me pareció haber retrocedido en el tiempo más de un siglo. Parecía que estuviera en un comercio de enseres extraños, un bazar de objetos mágicos procedentes de la cueva de Alí Babá. Su estrechez era tanta que un sujeto, que dijo ser el dueño del establecimiento, me atendió de pie detrás de un mostrador barroco que había sufrido los ataques de la carcoma, sin tener apenas espacio para movernos. El hombre, de edad indefinida, enjuto y con numerosas arrugas en cara y cuello (las únicas partes de su cuerpo a la vista) daba la impresión de haber resucitado tras muchos años de descanso en el Campo Santo. Pero tras las presentaciones de rigor y haberle mostrado el reloj y recordándole mi deseo de repararlo, cambió su actitud huraña y distante, convirtiéndose en un amable y halagador comerciante que solo desea complacer al cliente. Ante la visión del reloj, esbozó una sonrisa lobuna y los ojos se le agrandaron tanto que parecía que iban a salirse de sus órbitas.

─¿Sabe usted lo que vale este reloj? ─inquirió, y antes de responderle, añadió─ Tiene en sus manos una joya de la ingeniería. Le adelanto que le saldrá cara la reparación, pero valdrá la pena gastarse un buen dinero para que este aparato, único en su especie, funcione a la maravilla. Nuestro maestro artesano lo reparará, pero le advierto que necesitará por lo menos uno o dos meses para ello, pues su mecanismo es sumamente complejo y delicado y hay que tratarlo con mucha destreza.

Y así fue, pues al cabo de dos meses recibí su llamada para que pasara a recogerlo.

─Ha quedado como nuevo ─me dijo por teléfono con una indisimulada satisfacción─, salvo unos pequeños arañazos en su cubierta que ya tenía, seguramente debidos a un traslado poco aplicado en alguna que otra ocasión. Lo hemos tenido dos semanas en observación y funciona perfectamente.

Una vez de nuevo en la tienda, fui atendido en esta ocasión por el maestro artesano en persona, quien apareció de la trastienda portando un bulto con tanto cuidado como si llevara un recién nacido en brazos. Lo desenvolvió y lo depositó con gran cautela sobre el mostrador y me indicó cómo debía proceder durante su traslado, el modo de bloquearlo y desbloquearlo una vez en casa y el ajuste de su horizontalidad mediante un nivel de burbuja como el empleado en albañilería. Me advirtió de que cualquier golpe, por pequeño que fuera, sacudida o incluso temblor del mueble sobre el que lo situara, podría deteriorar su funcionamiento y deberían volver a repararlo. Ante tantos consejos, me sentí atribulado y anticipaba mi culpabilidad con solo pensar en una posible falta de cuidado por mi parte que pudiera afectar el buen funcionamiento de mi reloj, siendo como era un objeto sumamente delicado.

Pero si todo ello me resultó apabullante, lo que me dijo a continuación, antes de empaquetarlo de nuevo, me sorprendió hasta el punto de poner en duda la veracidad de aquellas palabras.

─¿Sabe quién inventó el mecanismo de este reloj? ¿No?, pues el mismísimo Leonardo da Vinci, sí señor, no me mire con esa cara. No sé si mi socio le habrá informado de cómo funciona.

Y ante mi mutismo, continuó con su explicación.

─Pues este maravilloso reloj funciona gracias a la energía producida por los cambios de temperatura y de presión atmosférica ambiental, de ahí que no necesite que le den cuerda y que pueda funcionar durante años sin la intervención de la mano del hombre. Todo está en esa cápsula que usted ve aquí ─que señaló con su largo y huesudo dedo índice─, herméticamente sellada, que contiene una mezcla de gas y líquido de cloroetano que se dilata en una cámara de expansión cuando la temperatura sube, comprimiendo…

Llegado a este punto ya no atendía las explicaciones de aquel buen hombre, solo pensaba en el hecho de haber dado con aquel extraño reloj por casualidad ─o quizá por una causalidad que desconocía, pues a mí los relojes antiguos no me resultaban especialmente atractivos y en cambio ese me había seducido desde que lo vi─ y que desde ese preciso instante debería cuidar de él como de un ave exótica o una planta tropical muy delicada de conservar fuera de su hábitat.

Antes de llegar a casa ya sabía dónde iba a depositar el reloj de marras: sobre un estante fijado lateralmente a dos pequeñas columnas del salón comedor. Hice todo lo que me había indicado el viejo artesano y grande fue mi satisfacción al comprobar que había logrado que funcionara tras las manipulaciones de desbloqueo del sistema y ajuste horario. El resto del día lo pasé contemplándolo cada cinco minutos, asegurándome de que no adelantara o atrasara ni un ápice, como así fue.

Pero tras mi tranquilidad inicial, experimenté un sobresalto, rayando el miedo, cuando, por la noche, me despertó una voz grave y profunda, que parecía proceder de ultratumba.

─Gracias por haber adquirido ese reloj, amigo, no te arrepentirás ─tras lo cual me incorporé en la cama como si un resorte me hubiera empujado violentamente─. Tras unos segundos de circunspección, me atreví ─aun pensando que era del todo absurdo─ a hablar.

─¿Quién anda ahí?

Y la voz volvió a oírse, esta vez con mayor claridad.

─Bueno, eso de andar es un decir, porque hace más de quinientos años que no ando, físicamente hablando, porque vagar sí que vago, je, je.

Encima, quien fuera el que hablaba, tenía sentido del humor. Entonces me apresuré a abrir la luz y lo que vi me alarmó todavía más. ¿Quién era ese personaje que tenía frente a mí, observándome sonriente y complacido, según dijo, de poder hablar conmigo?

─¿Acaso no me reconoces? ¿En el bachillerato no os enseñaron historia del arte? ¿No adivinas quién soy? Esta mañana te han hablado de mí y del reloj que diseñé, que ha dado lugar al que has comprado.

Aturdido como estaba, no podía articular palabra, pensando que todo era un sueño o una alucinación. La Dormidina que me había tomado para conciliar el sueño y evitar esos molestos despertares prematuros que tanto me acucian nunca me había provocado ningún efecto adverso y mucho menos de ese calibre. Aun así, decidí arriesgarme, sintiéndome un poco ridículo.

─¿No serás Leo…Leonardo da… da Vinci?

─¡Bingo! ¿No es así cómo lo expresáis en esta época?, ja, ja, ja.

Ya un poco recuperado del susto inicial, salté de la cama y me acerqué a él con la intención de tocarle, como hiciera Santo Tomás ante la aparición de Jesús, para ver si era de carne y hueso. Y no lo era, como cabía suponer, pues mi mano atravesó limpiamente su cuerpo inmaterial. Él estalló en otra carcajada, todavía más sonora.

─Oye, no quisiera importunarte y mucho menos asustarte, pero he venido para pedirte un favor.

─¿Un favor? ¿A mí? ─le pregunté, extrañado.

─Pues sí. Verás, es que llevo cinco siglos aburriéndome como una ostra y ya tengo muy vistos a mis congéneres, sobre todo a esos pesados que se creen unos dioses y los mejores artistas de la historia, como el ególatra de Miguel Ángel y el insoportable de Rafael. Bueno, el caso es que había pensado si podría tomarme unas vacaciones y vivir contigo, por lo menos una temporadita, junto a “mi reloj”, porque en realidad es mío, por lo menos la idea, que luego me copiaron de la forma más fraudulenta y que ahora se atribuye a un suizo ignorante que lo único que supo hacer fue fabricarlo y darle un aspecto más “moderno” que el que yo le di en pleno Renacimiento, debo aceptarlo.

─Bueno ─contesté con sumo tacto, para no ofenderlo─, pero ese suizo al que se refiere lo hizo muy bien, ¿no es sí? ─Por toda respuesta solo percibí un gruñido de desaprobación, seguido de un silencio total. Y el tal da Vinci desapareció.

Pensé que ello significaba que me había librado de él, pero me equivoqué. Ahora lo tengo rondando por toda la casa, día y noche, con la excusa de controlar de cerca su invento y vigilar si lo trato bien. De momento todo va sobre ruedas, pero no puedo evitar sentirme incómodo teniendo como inquilino a un genio como él. Pero al final nos hemos hecho amigos y hasta deja que le llame Leo. Si al menos se lo pudiera contar a alguien…

 


 

30 comentarios:

  1. Oh, m'he quedat bocabadada!
    Boníssim el teu relat, no sé si dir-te que si fos real, encara sort que no et porta cap despesa, he, he, he!
    Aferradetes, Josep Mª.

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    1. No saps, Paula, com me n'alegro que t'hagi agradat. Et diré un secret: hi ja un trocet de la història que és verídic: jo tinc aquest relotge (idèntic al de la foto), que la meva dona ha heretad del seu padrastre i quan l'hem tingut a casa varem veure que no funcionava. Trobar algú que el sapigués arreglar va ser complicat, fins que varem trobar un taller en el casc antic de Barna, que, com explico en el relat, tenia un artesà que conexía molt bé aquets tipus de relotge (suís, per cert) i que fou qui ens va explicar que el mecanisme va ser inventat per Leonardo da Vinci. La resta de la història, evidenment, és fictícia, he, he.
      Aferradetes,

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  2. La verdad es que eso de convertirse en anfitrión de uno de los más grandes y polifacéticos genios de la humanidad y no poder contarlo debe ser parecido a lo que dicen que nos pasa a los hombres cuando conseguimos ligar con una señora de campanillas y tenemos que mantenerlo en secreto.
    Muy buen relato. Suerte en el concurso.
    Un abrazo.

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    1. Ja, ja, ja. Muy bueno tu comentario, Chema. Por desgracia, yo no me he encontrado en esa tesitura, pero entiendo muy bien el conflicto emocional el individuo agraciado, je, je.
      Me alegro que te haya gustado el relato, pero, por su excesiva extensión (más de 900 palabras) no puede particiar en el concurso, así que solo se incluye en el Tintero de oro como relato fuera de concurso.
      Un abrazo.

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  3. Un menudo compañero de piso que se ha buscado tu protagonista. Espero que les vaya bien a los dos. Muy bien escrito Josep un abrazo. Por cierto mi relato fuera de concurso también tiene como coprotagonista a Leo 😊.

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    1. Un compañero a la fuerza, un inquilino muy especial, je, je. Espero que no se les una alguno de sus coetáneos del Renacimiento, porque tener a tres genios o más en casa ya sería una multitud agobiante, ja, ja, ja.
      Y sí, he visto y leído tu relato en el que también aparece la figura de Leonardo y te he dejado un comentario al respecto.
      Un saludo.

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  4. Una molt bona història, amb molt de misteri que va augmentant de línia en línia... ja veig que al final no se'l tornarà a revendre per res del món i amb l'amistat que ara té amb el seu "geni" particular, encara menys ! hehehe
    Felicitats i bona setmana !!.

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    1. Nooo, aquest relotge ja es inamovible, una joia com aquesta no es pot vendre, he, he.
      Moltes gràcies, artur, i que tinguis també una bona setmana.

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  5. Genial, Josep, este fantasma de Leonardo rondando en torno a su reloj. Un relato amable y divertido que deja muy buena sensación. También tienen mucha chispa esos comentarios sobre Rafael y Miguel Ángel, jeje. Me ha encantado leerte.

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    1. Hola, Marta. Me alegro que hayas encontrado esta historieta amable y divertida. La trama necesitaba una pequeña dosis de humor, así que entiendo que he conseguido darle ese toque", je, je.
      Un abrazo.

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  6. Vaya susto encontrarse con Leonardo da Vinci al despertar de un sueño. Yo también he tomado dormidina y jamás me ha hecho un efecto similar. Tenerlo como huésped habitual y que se encargue del mantenimiento del reloj tampoco es algo menor. Creo que todo son ventajas porque encima es un ser inmaterial que ni consume ni ocupa espacio. Y el reloj tiene que ser una preciosidad. Te ha quedado un relato magnífico. Suerte en el concurso.
    Un beso.

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    1. Pues sí, ante algo tan inaudito, es normal que el protagonista no solo se asustara sino que también dudara de su cordura. Y una vez aceptada la presencia de ese personaje, acabó conviviendo pacíficamente con él (o mejor dicho, con su fantasma). Y qué compañía más interesante para que controlara el perfecto funcionamiento de ese reloj tan especial, je, je.
      Gracias por tu amable comentario. Como le digo a Macondo, este relato está fuera de concurso por su extensión excesiva, pues no me ha apetecido recortarla.
      Un beso.

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  7. ¡Qué bueno, Josep Mª!
    No te quedes con la pena, compañero, al menos a unos cuantos privilegiados de El Tintero de Oro (aparte de a tus lectores habituales más fieles) sí nos lo has contado, por lo que, al menos yo, te quedo muy agradecido. Si la próxima vez que vaya a Barcelona sigues con el inquilino, ya me gustaría visitaros, ya... Por supuesto las cervezas 0,0% tostadas las llevaría yo, tranquilo...
    Hablando en serio, lástima que no hayas podido incluir tu trabajo en el concurso, a mí me ha encantado, que lo sepas...
    Un fuerte abrazo.

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    1. ¿Hola, Patxi!
      Pues es verdad, por lo menos sí que os habéis enterado unos cuantos de mi secreto. Así ya me quedo más satisfecho, pues necesitaba desahogarme, je, je. Y estás invitado a mi casa para que te presente a mi inquilino tan especial, siempre y cuando me dé permiso, ja, ja, ja.
      Me alegro mucho que te haya encantado este relato, pero no estaba dispuesto a recortarlo para que pudiera participar en el concurso. También te diré algo en conifanza, ahora que no nos oye nadie: Más de una vez, uno de mis relatos ha recibido muchos parabienes de los lectores augurádome un éxito en el concurso y luego me he sentido muy decepcionado al comprobar que ni siquiera ha quedado entre los cinco primeros. Pero esto ocurre en todos los certámenes literarios. Así que prefiero ir por libre, aunque no puedo asegurar que agún día cambie de opinión. Nunca se puede decir de esta agua no beberé, je, je.
      Un fuerte abrazo.

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  8. ¡Hola! Lo primero, ¡un personaje histórico muy acorde con el libro homenajeado en esta edición!
    Me ha gustado la estructura del relato, que comienza con el misterio del reloj y esto crea intriga para seguir leyendo y descubrir qué pasa con este artefacto. También me ha gustado que queda latente esa faceta de Leonardo da Vinci como inventor y, por supuesto, el uso de la palabra Renacimiento (muy acorde también con el libro homenajeado).
    Estamos ante un relato de misterio sobrenatural, pero con un tono divertido que le hace muy bien a la historia y al personaje histórico. ¡Quién pudiera hablar con Leonardo Da Vinci!
    Otro detalle: el uso por su parte de la palabra ¡bingo! ya demuestra que lleva un tiempo pululando por aquí je, je, je.
    Un abrazo y gracias por tu participación en la edición de este mes en El Tintero de Oro.

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    1. Hola, M.A. La mezcla entre lo real y lo irreal suele provocar en algunos lectores una sensación de extrañeza, prefiriendo una cosa u otra, pero no las dos a la vez. Veo con satisfacción que no es tu caso ni el de los comentaristas que te preceden, cosa que me alegra, aunque de eso de trataba, ¿no?, je, je.
      Gracias por tu amable y detallado comentario.
      Un abrazo.

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  9. Josep, el relato mezcla lo cotidiano con lo fantástico, convirtiendo un simple reloj en puerta a lo insólito y al diálogo con Leonardo da Vinci. Destaca el tono irónico y cercano que humaniza al genio y equilibra misterio y humor. Va un abrazo

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    1. Pues, siguiendo la premisa en la que se basaba este reto, no me ha quedado más remedio que empezar por la descripción de un hecho real y probable para seguir con la introducción de una situación de lo más irreal y sumamente improbable, je, je. Leonardo da Vinci siempre me ha caído bien, de modo que lo he considerado el protagonista ideal para esta historia.
      Un abrazo.

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  10. Me ha encantado tu relato, sobre todo el final cuando se han hecho amigos y le llana Leo.

    Abrazos.

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    1. Hola, Conchi. Me alegro que te haya gustado esta historia y su final feliz, je, je.
      Un abrazo.

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  11. Un relato muy ingenioso ya desde el título, Josep. Espero que el ilustre amigo acoplado a tu vida te deje dormir tranquilo y que contar este relato te sirva de alivio. A mi me ha encantado saberlo. Un abrazo.

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    1. Hola, Carmen. Gracias por comentar.
      Contar un secreto siempre tiene un poder balsámico, siempre que uno se lo cuente a alguien de confianza, como mis lectore/as, je, je.
      Un abrazo.

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  12. Hola Josep. Quien iba a imaginar que Leo era en realidad el gran Leonardo Da Vinci. Yo creo que el fantasma de Leonardo vale aún más que el reloj, al menos si cobrase entrada para verlo. Por lo que he leido, Leonardo llegó a diseñar relojes, aunque ese mecanismo que describes que es de tu ingeniosa invención. El relato tiene un sabor añejo tanto en el objeto protagonista como en los distintos lugares que va recorriendo y no está exento de sentido del humor. Una lectura amena sin duda. Un abrazo.

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    1. Hola, Jorge. Como creo haber dicho en alguna parte de este apartado de comentarios, el reloj que aparece en la fotografía es idéntico al que yo tengo en casa y que perteneció a un familiar difunto del que lo heredamos y que tuve que llevar a reparar porque no funcionaba. Todo lo que cuento sobre su reparación es cierto, como también lo es la explicación que nos dio el maestro artesano que lo reparó. Simplemente nos dijo (a mi mujer y a mí) que el mecanismo de ese reloj fue ideado por da Vinci. El sistema de funcionamiento que detallo también nos lo explicó (no con tanto detalle) pero ignoro si fue así como el genio lo diseñó en su día o bien es algo que se introdujo mucho después, ya en el siglo XX por la empresa suiza que lo fabrica.
      Me alegro que la lectura de esta historia te haya resultado amena, pues ese era mi objetivo.
      Un abrazo.

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  13. Vaya un privilegio tener a semejante compañero de piso, pero tambien toda una responsabilidad! Ja ja! Me ha encantado tu relato! Un abrazote Josep!

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    1. Ya lo creo, Marfelita. Tener an casa a ese genio del Renacimiento no es moco de pavo, je, je.
      Me alegro que te haya encantado este relato.
      Un abrazo.

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  14. Que historia más entretenida, un gusto leerla.
    Un compañero de piso como "Leo " también lo queria yo, lo malo es no poder decírselo a nadie.
    Un abrazo Josep
    Puri

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    1. Supongo que siempre hay algún amigo íntimo con el que compartir un secreto, je, je.
      Me alegro que hayas disfrutado de la lectura.
      Un abrazo, Puri.

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  15. Hola, Josep! Pues mira que la serendipia se transformó es una mezcla de todo. Aun así, se ha quedado con el genio, que esperemos no tenga mal genio.
    Una historia muy entretenida, y muy técnica, yo también me he sentido abrumado como el protagonista con tanta explicación, esa parte se siente muy real y efectista. Yo no soy muy de relojes, pero se ve que hay una enorme industria con aparejos que valen un ojo y medio, darán la hora y algo más tendrán que hacer, ¿No? Jeje
    Un fuerte abrazo!

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    1. Hola, tocayo! Yo creo que todos los genios tienen mal genio, pero en el fondo son majetes, sobre todo si les das coba, je, je.
      A mí sí que me gustan los relojes, pero los de pulsera, y este en particular también, pero los de pared y que dan las campanadas me dan un poco de yuyu.
      El que decribo, en concreto, solo sirve, aparte de para saber la hora, para mirarlo fijamente y ver cómo gira el disco inferior, como el que mira el péndulo del psiquiatra antes de ser hipnotizado, ja, ja, ja.
      Un fuerte abrazo!

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