Mediterráneo, la canción de Joan Manuel Serrat, siempre me ha emocionado; cada vez que la escucho, me siento totalmente identificado. Y no solo por haber nacido a orillas de este mar, ahora tan maltratado por el ser humano que lo contamina, sino también porque siempre he querido vivir y morir a orillas del mar que me ha visto crecer y que me ha inspirado tantas historias.
Tal ha sido mi apego al mar, que ya de adolescente soñaba con
comprarme una casa en la Costa Brava, algo que me parecía un sueño imposible,
una quimera, un lujo inalcanzable. Pero, tras muchos años de trabajo intenso y
de ahorro, y gracias a mi envidiable carrera literaria, pude ver por fin satisfecho
aquel sueño juvenil.
Así pues, tengo una casa rodeada de un extenso pinar, frente
a un pequeño acantilado que se desploma sobre una minúscula cala a la que solo
se puede acceder en barca o a nado, si quien lo pretende es lo suficientemente
experto para luchar contra un mar habitualmente bravo, cuyas olas explotan con
una extraordinaria violencia sobre las desafiantes rocas que, impertérritas,
protegen la costa.
Esta casa, que ocupo desde hace dos años, es mi refugio,
donde espero vivir mis últimos años de retiro y de soledad, tras el
fallecimiento de Sara, mi esposa, que no llegó a disfrutar de ella, con la
ilusión que le hacía.
La depresión en la que me sumí tras la muerte de Sara, ha
dejado, y dejará para siempre, mella en mí. Lo primero que hice fue abandonar
la escritura en la que he estado inmerso durante más de veinte años, pues era
incapaz de escribir una sola línea, y retirarme a este lugar en busca de sosiego
y paz interior.
Durante el pasado año, me dediqué a reflexionar sobre mi
pasado. Mi terapeuta me aconsejó que pusiera por escrito mis vivencias, pues
sería un revulsivo. Y lo único que me venía a la memoria era que fueron muchas
mis ausencias, abandonando a Sara en manos de una enfermedad que mantuvo oculta
hasta que ya no fue posible. Pasaba tanto tiempo fuera que, sin saberlo, la
desatendí cuando más me necesitaba. No quiso molestarme con sus problemas, como
me dijo al llegar a ese estadio en el que ya no había marcha atrás. Y por eso
me siento culpable, por no haber estado a su lado y compartir con ella todo el
doloroso proceso que acabó con su vida. Se calló para no inquietarme, para no
hacerme sufrir, para que pudiera escribir sin ningún tormento que perturbara mi
inspiración. Sufrió en silencio ante mi más absoluta ignorancia. ¿Cómo no me di
cuenta de lo que le ocurría? ¿Tan ciego estuve?
Cuando repaso nuestra vida en común, la veo a mi lado, con
su eterna sonrisa, su mirada luminosa, su voz aterciopelada y me entran unas
ganas incontrolables de retroceder, de dar marcha atrás, de volver a vivir esos
momentos mágicos que no supe saborear como era debido, y me siento
terriblemente solo y culpable por no haberla hecho más feliz durante todos esos
años de convivencia. Si hubiera sabido que estaba gravemente enferma, no me habría
separado de ella ni un segundo. Pero a tiro pasado, todo se ve de un modo
distinto. Seguro que, si volviera a nacer, volvería a comportarme del mismo
modo.
Cuando hace unos días paseaba a solas frente al mar, recordaba
cuando vinimos aquí por primera vez y nos enamoramos de este paisaje, y
decidimos comprar la parcela donde construiríamos esta casa, que ella no ha llegado
a ocupar. Desde lo alto del acantilado, observaba las olas enfurecidas romper
contra las rocas y ante esa imagen, me sentía como ellas, rompiéndome en mil
pedazos, como represalia a tanto despropósito, a tanta ignorancia y egoísmo. Y
es que yo fui de esos que, en lugar de trabajar para vivir, vivía para escribir,
era mi pasión, en lo que invertía todo mi tiempo, y ¿para qué? Ahora tengo la
casa que deseamos, tengo mucho dinero, pero no tengo lo más importante en esta
vida: el amor del ser amado.
Por este motivo, no valía la pena vivir sin ese amor,
perdido para siempre. Por eso, me lancé a este mar que tanto me ha atraído, en
el que tantas veces me he sumergido, para convertirme en una de esas olas
furiosas que acaban su embestida en unas rocas que no dudan en desintegrarlas
en mil pedazos.
****
Creo que ha sido ella quien me ha
salvado a través del osado bañista que me vio saltar desde lo más alto. Dijo a
los de la ambulancia que no tenía previsto bañarse debido al oleaje, pero que
algo le empujó, una fuerza extraña que le decía que tenía que hacerlo. Desde su
zodiac, me vio abalanzarme y sin pensárselo dos veces se lanzó al agua para que
mi cuerpo no se estrellara contra las rocas. Aun así, no pudo evitar que ello
sucediera, rescatándome en estado inconsciente, pero con vida. Se jugó su vida
por salvar la mía, sin ningún valor para mí.
Tras despertar en la UCI, una enfermera
vino a verme para interesarse por mi estado. Por su expresión, me pareció que conocía
el contenido de la nota de despedida que dejé junto con mi documentación. No
quería ser un suicida anónimo, pues nadie del lugar me conoce, aunque me
imagino que tarde o temprano me habrían identificado.
Ahora todos sabrán quién soy y lo que he
hecho, pero no me arrepiento. Solo me duele no haber podido cumplir con mi
objetivo. Quería reunirme con ella y no he podido ver este deseo satisfecho. No
me quedará más remedio que seguir viviendo atormentado o volver a intentarlo.
Unos días después y algo más calmado,
pensé hacer lo que me recomendó mi terapeuta: que le escribiera cartas a Sara como
si aun estuviera viva. Esperaba, como me dijo, que esto me aliviaría, pues
podría desahogarme y proseguir con mi vida sin remordimientos, e incluso volver
a empezar una nueva vida. Añadió que, aunque no la olvidaría jamás, sería capaz
de continuar viviendo sin tenerla a mi lado, solo en mi mente.
Y eso creo que ya está ocurriendo, pues aquella
enfermera me recordó mucho a mi mujer. Tenía su misma sonrisa, su misma mirada
y su misma voz. Cuando más tarde pregunté por ella a sus compañeras, ninguna supo
darme razón de quién era, a pesar de lo mucho que la describí.
No puedo quitarme de la cabeza lo último
que dijo al marcharse, que me dejó perplejo y que no acabé de comprender,
posiblemente porque todavía no estaba completamente lúcido: «No lo vuelvas a intentar. Estoy
bien y no quiero verte sufrir. Has vuelto a nacer, así que aprovecha esta nueva
oportunidad»
Al llegar a casa tras recibir el alta
hospitalaria, quise relajarme escuchando a Serrat cantando Mediterráneo. Fue
una experiencia extraordinaria: sentí a Sara muy cerca de mí. Se me erizó el
cabello de la nuca y se me puso la piel de gallina. Noté, a mis espaldas, una
presencia, una sombra, su aroma, pero cuando me giré comprobé que allí no había
nadie, estaba solo, solo con ella en mi pensamiento. Ahora no solo le escribo,
también le hablo. No me contesta, pero sé que me oye. El mar y ella son mis dos
únicas compañías.

Hola Josep, que historia más fuerte con intento de suicidio y todo.
ResponderEliminarEn las primeras líneas de tu relato, pensé que lo escribías en primera persona hasta que me di cuenta que no.
El poder la mente es superior a todo, y si no se controla la persona puede acabar mal como le ocurrió a tu protagonista, menos mal que alguien le pudo salvar con esa intuición tan bonita que lleva consigo y que en parte le ha recuperado de esa culpa que se había echado encima.
Me ha encantado, tiene su puntito de un misterio encantador y que podría ser real. Eso nunca se sabe pero si sucede, es estupendo. La referencia de la enfermera es genial en la historia.
Muy bonita, me ha gustado mucho.
Un abrazo Josep, y que tengas una semana estupenda.