domingo, 11 de enero de 2026

El Gordo

 


Prefacio 

En mi última entrada, del 12 de diciembre de 2025, del blog “Cuaderno de bitácora”, titulada “¿El tamaño importa?”, y que hacía alusión a la longitud de los relatos que suelo publicar, preguntaba la preferencia de los lectores y lectoras sobre este aspecto. El resultado, como esperaba, fue que hay tantos gustos como opciones, a saber: a) relatos cortos sin más, b) relatos largos pero divididos en varios capítulos, o c) relatos largos siempre que su interés justifique el tiempo que hay que invertir en leerlos.

Una vez conocidas las preferencias de mis lectore/as y que, resultó ser que en cuestión de gustos, de todo hay en la viña del Señor, le ha tocado el turno, en esta ocasión, a un relato largo, de poco más de 3.000 palabras, que espero cumpla con el último requisito para ser aceptable, es decir que valga la pena invertir un tiempo más prolongado que de costumbre en su lectura.

Y sin más prolegómenos, vayamos a por él:


El Gordo 

Quién me lo iba a decir. Después de toda una vida soñando con que me tocara el Gordo de la lotería de Navidad para aliviar mi maltrecha economía, y resulta que, cuando por fin lo consigo, ya no tengo a nadie con quien compartir mis sueños. A mi edad, sin hijos y viudo, la ilusión por verlos satisfechos se ha desvanecido por completo. ¿Qué podía hacer con el dinero que me había tocado?

Juan, un buen amigo, me increpó:

─¿Has estado jugando a la lotería todos estos años y ahora, cuando por fin te toca, no sabes qué hacer con el dinero? No seas tonto, gástatelo en lo que quieras, al fin y al cabo, es tuyo y no te lo llevarás a la tumba. ¿Acaso quieres ser el hombre más rico del cementerio?

Y no le faltaba razón.

Primero pensé en compartirlo con alguna de las ONG con las que suelo colaborar, y donarles una pequeña pero sustanciosa parte de lo ganado. Pero me lo pensé dos veces antes de dar el paso. Si hacía eso, ya no me los quitaría de encima el resto de mi vida. Lo siguiente sería «¿No ha pensado usted en hacer un testamento solidario?» Esta opción ya me la conocía, no era la primera vez que me lo habían sugerido. Cuando se acerque el momento de abandonar este mundo ya veré a quién dejo mis bienes. Ya colaboro suficientemente con varias causas humanitarias, así que descarté definitivamente esa opción. Además, Hacienda ya se había quedado con una buena tajada de mi premio.

Al cabo de unos días, un individuo al que no había visto en mi vida me abordó en plena calle.

─¿Es usted Ramón García Vaquero?

─Sí, el mismo ─contesté, intrigado.

─Me llamo Juan Romero Zabala, y soy el director de ECN, es decir, de Ecologistas Contra el Negacionismo. No sé si habrá oído hablar de nosotros.

─Pues no, la verdad ─le dije con la esperanza de quitármelo de encima lo antes posible.

Pero no fue así. Estos pelmazos de las ONG no se echan atrás, así como así, ante una negativa. Son perseverantes, casi acosadores. De modo que nuestra conversación acabó de mala manera, yo mosqueado y el tipo ese cabreado por no haber conseguido su objetivo, que seguramente no era otro que el de aligerar mi cuenta bancaria.

Comenzó su perorata hablando de la penosa situación del planeta, de la crisis climática y de la inacción de los mandatarios internacionales, el fracaso de las cumbres sobre el cambio climático, la postura negacionista de las grandes potencias, como los EEUU, China y Rusia y así una larga exposición de hechos a los que yo iba asintiendo, pues mi opinión al respecto coincidía con la suya. Cuando le llegó el turno de mi aportación económica, la cosa se torció. Le dije que ya colaboraba con varias ONG y que no estaba en condiciones de aumentar mi contribución, pues estaba jubilado ─en realidad, todavía no, pero esperaba que esta excusa surtiera efecto─ y mis ingresos ya no eran los de antes, y bla, bla, bla. Entonces va el tío y me dice que cómo es eso posible si me acababa de tocar el gordo de Navidad.

─¿Y de dónde saca usted eso? ─le espeté, mosqueado.

─Pues muy fácil; hace unos días estaba en la Administración de lotería más próxima y le vi cuando estaba comprobando si su décimo había sido premiado. Por como reaccionó, adiviné que sí, pero ignoraba qué premio le había correspondido. Al acercarme a su lado, me percaté que el número del Gordo coincidía con el que tenía en sus manos.

─Creo que se confunde usted, mi décimo no está entre los premiados, ni con el gordo ni con el flaco ─arremetí antes de dejarle plantado con la palabra en la boca.

Pero ignoraba que el acoso no había terminado, pues al cabo de veinticuatro horas, cuando volvía a casa del trabajo, un individuo corpulento y con cara de malas pulgas, me paró en la calle.

─Es usted el señor García, Ramón García, ¿verdad?, el que trató con malos modos a mi jefe, Juan Romero. Sepa que es usted un maleducado y un egoísta. Con tanto dinero como le ha tocado y no es capaz de colaborar con una ONG que lucha contra el cambio climático y…

Ya no le dejé continuar. Alcé la mano, indicando que parara, y le dije que hiciera el favor de dejarme en paz o tendría que llamar a la policía y acusarlos, a su supuesto jefe y a él, de acoso.

El puñetazo que recibí me dejó KO. Recuerdo cómo todo se volvió borroso, primero, y luego negro total.

Cuando desperté, tras recibir unas bofetadas en la cara, me vi atado de pies y manos a una silla metálica en lo que debía ser un sótano, pues entraba muy poca luz solar. Cuando mi vista se aclimató a la semioscuridad del habitáculo, vi al individuo que me había golpeado y a su lado, el que se presentó como su jefe. Ambos parecían más bien unos matones que unos miembros de una ONG. Y así era, pues me conminaron a decirles dónde tenía el maldito boleto premiado. El refulgir de una navaja suiza ante mis ojos y el temor a ser torturado, como en las películas, hizo que cantara como un tenor de ópera.

─Nosotros solo queríamos una “participación” de lo ganado por usted, pero ya que no ha querido colaborar, no nos queda más remedio que ser más expeditivos. Ya no nos conformamos con un pellizco, ahora lo queremos todo ─dijo el tal Romero, el supuesto jefe, quien llevaba la voz cantante.

─Lo siento mucho, pero ya no tengo el boleto, lo ingresé ayer en el banco ─algo totalmente cierto y que creí que echaría por tierra sus intenciones, pero volví a equivocarme.

─Pues mucho mejor ─contestó el mandamás─. Tan pronto abran el banco, iremos contigo y sacarás todo lo que tienes en tu cuenta. Si hubieras colaborado desde un principio de buena gana, cuando te lo pedí cortésmente, no habríamos llegado a este extremo.

Llamarles sinvergüenzas, timadores, ladrones y no sé cuántos adjetivos más solo sirvió para hacerles soltar unas sonoras carcajadas y acabar diciendo «Así están las cosas, Ramón. Tú te lo has buscado. Ya sabes: la bolsa o la vida», para volver a reír como si hubieran contado un chiste.

Como ignoraba si tenían algún arma de fuego, además de la navaja que seguía esgrimiendo el forzudo, me comporté como un corderito y seguí, al pie de la letra, sus indicaciones.

Lo que no sabían esos dos es que yo era el director de la sucursal bancaria donde había depositado mi décimo, a la que iríamos lógicamente para realizar esa transacción, esperando con ello desbaratar sus planes.

Dada la cuantía a retirar, les dije que tendría que ser atendido por el director de la sucursal (en teoría yo), pues había sido él quien había gestionado el ingreso a mi cuenta del boleto premiado. Lo primero que hice al entrar en la oficina fue dirigirme al subdirector. Cuando le dije a este lo que tenía que hacer, gesticulando para que entendiera que algo extraño ocurría, al principio no reaccionó como esperaba, preguntándome qué me ocurría, si me encontraba bien. El modo en que lo miré, con los ojos como platos, y los gestos que le hice, intentando señalar a los dos individuos que estaban de pie a unos pocos metros de su despacho, y que no nos quitaban la vista de encima, fue suficiente para que el hombre comprendiera que aquellos dos eran unos malhechores que querían robarme.

Lo que estaba más claro que el agua es que esos dos mentecatos, por muy duros que parecieran, eran unos primerizos en esto de atracar. Sin que tuvieran tiempo de reaccionar, todo se precipitó de forma muy rápida. El subdirector pulsó la alarma, conectada a la comisaría más próxima, ubicada a unos doscientos metros de la entidad bancaria, algo que, por supuesto, debían ignorar, de lo contrario ¿a quién se le habría ocurrido llevar a cabo un golpe así en las cercanías de una comisaría? En menos de cinco minutos, cuando el subdirector y yo fingíamos terminar la transacción, se presentaron dos coches patrulla, cuyos integrantes detuvieron a los dos bellacos.

Salvo mi secuestro, todo había sido un despropósito. Una cosa era robar a alguien que, en plena calle, acaba de sacar dinero en metálico de un cajero automático, y otra muy distinta entrar con él en la oficina bancaria para obligarle a sacar una suma importante, exponiéndose a ser descubiertos y detenidos con tan solo advertir a los empleados de lo que estaba ocurriendo. Si no llevaban armas de fuego, ¿cómo pretendían amedrentar al personal y que el golpe saliera bien?

Una vez en comisaría, para prestar declaración, el policía que me interrogó comentó que el que se hizo pasar por un voluntario de una ONG inexistente, el tal Juan Romero Zabala, declaró que la culpa del secuestro la tenía su compañero, que era un bruto, que él solo se enteró cuando aquel ya me tenía retenido en un sótano.

Cuando ambos pasaron finalmente a disposición judicial, su versión de los hechos dio un giro inesperado. Según Juan Romero, todo había sido malinterpretado, que las apariencias engañan y que habían declarado bajo coacción. Era completamente falso que me hubieran secuestrado, todo era una invención mía. Sí era cierto que me habían obligado a sacar dinero de mi cuenta bancaria ─cómo iba a negar esa obviedad─, pero era una forma de recuperar el que yo les había robado, al haberme apoderado del décimo que ellos habían comprado y que había resultado premiado. Así pues, yo era el estafador, ya que, cuando acudieron a mi oficina bancaria, en lugar de ingresar el décimo premiado a su cuenta, lo hice a la mía. Cuando se dieron cuenta del engaño, volvieron para reclamar su dinero y como no atendí a razones tuvieron que obrar en consecuencia.

¿Cómo pudo saber ese tipo que yo era el director de esa sucursal bancaria? Pues de boca de su primer interrogador, lo cual propició ese nuevo relato: «¿A quién se le ocurre secuestrar e intentar robar a ese hombre siendo, como es, el director de la oficina a la que acudieron?», seguramente fue lo que le dijo el bocazas que le interrogó, y Romero, que de tonto no tenía un pelo, en lugar de decir que no tenía ni idea de quién era yo, que todo había sido casual, aprovechó esa información para inventarse su nueva versión ante el juez.

Siempre he dicho que en esta vida triunfa más el listo que el inteligente y este principio se cumplió a rajatabla. Romero y su lacayo se salieron con la suya. pero solo en parte, porque la coacción a la que fui sometido merecía un castigo, aunque solo sería, según el juez, testimonial, pues no hubo violencia física y el motivo por el que les impulsó a hacer lo que hicieron era un atenuante, dada la gravedad de mi falta.

Como durante el juicio no pude demostrar la falsedad de la declaración de ambos encausados, pues era su palabra contra la mía, acabé siendo yo el condenado por apropiación indebida, que, al superar los 400 euros, suponía una pena de prisión entre 6 meses y 3 años. Pero gracias al buen hacer del abogado que mi amigo Juan me procuró ─cuya minuta me costó un ojo en la cara─ el juez dictaminó la pena mínima, por lo cual no ingresé en prisión, pero sí tuve que pagar las costas del juicio. Y por si eso fuera poco, el señor juez, en su magnanimidad, me obligó a “devolverles el dinero del que me había apropiado”.

En cuanto a esos dos, la acusación solicitaba entre cuatro y seis años de prisión por detención ilegal, pero el juez consideró que no se había podido demostrar el secuestro, de modo que los dejó en libertad condicional, previo pago de una multa insignificante.

Aun recuerdo la cara de satisfacción que me dirigió Romero ─guiño incluido─ cuando abandonó la sala. En aquel momento, presa de una rabia incontrolable, me juré vengar esa enorme injusticia. Aunque se diga que la venganza se sirve en plato frío, yo no podía esperar a que se enfriara, tenía que actuar con presteza, no fuera que los dos pájaros volaran antes de poderlos cazar.

Tuve que contratar a un detective privado, para que los localizara, y a un cachas, recomendado por este, dispuesto a darles su merecido, pues a mí me disgusta sobremanera la violencia física de primera mano. Prefería un brazo ejecutor ajeno. Ojos que no ven…

Solo faltaba decidir qué hacer con aquellos dos y cómo llevar a cabo el castigo, que debía incluir, sobre todo, la recuperación del dinero del que se habían apropiado, gracias a la intervención judicial, antes de que se lo pulieran.

Los dos profesionales contratados por mí (detective y matón) hicieron un buen trabajo; el primero descubriendo dónde vivían y en qué entidad bancaria esos dos canallas habían ingresado mi dinero, y el segundo devolviéndoles el trato que me habían dispensado, empezando por su secuestro y un poco de “presión física” para obtener su docilidad y participación. Una vez obtenidos ambos objetivos, la situación se desarrolló idénticamente a la que tuvo lugar años atrás en mi oficina, solo que en esta ocasión los extorsionados eran ellos y que un pistolón les apuntaba bajo el abrigo del gorila contratado.

Pero lo que me temía se hizo realidad: los dos palurdos se lo habían pulido prácticamente todo. Los dos años que duró el procedimiento, fue tiempo más que suficiente para gastárselo en un coche, juergas, mujeres y algún que otro viaje. Así pues, de los trescientos veintiocho mil euros netos que me habían correspondido (tras la intervención de Hacienda en nombre de todos los españoles), solo quedaban cincuenta mil, que es todo lo que pude recuperar. Si tenemos en cuenta los honorarios de los profesionales contratados y el pago de las costas del juicio, que en total ascendió a casi doscientos mil euros, todo había resultado ser como el chocolate del loro.

¡Vaya venganza! Lo único que podía hacer era obligar a esos dos delincuentes a confesar la verdad, para que se abriera un nuevo expediente y un nuevo juicio. Pero, aparte de que se negarían en redondo, ignoraba si, como se dice en las películas norteamericanas, se puede juzgar a alguien dos veces por el mismo delito. Por otra parte, aunque la denuncia progresara y les acabaran considerando culpables después de otros dos años de proceso, se declararían insolventes y yo me quedaría sin blanca. ¿Qué hacer?

Mi amigo Juan, aquel que me aconsejó gastarme todo lo ganado para hacer lo que me apeteciera antes de morir y me facilitó el abogado defensor, me dio la solución.

El pobre estaba enfermo terminal de un tumor cerebral muy agresivo. Le quedaban pocos meses de vida, así que poco le importaba lo que le pudiera ocurrir si con ello me echaba una mano. Era un policía retirado y estaba en posesión de un arma, que le sería de mucha ayuda. Su plan consistió en secuestrar, a punta de pistola, a Juan Romero y a su colaborador para obligarles a robar, como fuera, todo el dinero que yo había perdido por su culpa, más los gastos colaterales que me había causado todo ese asunto. Para ello, mantendría secuestrado a Romero todo el tiempo que hiciera falta, y que fuera su acólito quien cometiera el robo, a menos que quisiera ver a su socio y amigo muerto.

Dicho acólito, que resultó ser, desde luego, un buen amigo ─pues obedeció sin rechistar lo exigido─, mostró mucho arrojo en la encomienda, cumpliendo a rajatabla lo que habíamos pactado. Él solito atracó mi oficina y en mi presencia, como planeamos que debía ser. Llevaba puesto un pasa-montañas y en la mano portaba el revolver prestado por mi amigo, con el que encañonó a todos los presentes, unas diez personas, incluidos los empleados ─era muy temprano y acabábamos de abrir─. Se dirigió raudo hacia mi despacho y me obligó a salir, a lo que accedí gustoso, pero simulando un gran desconcierto y temor. Por supuesto, también accedí a abrir la caja fuerte para hacerle entrega de toda la suma que me exigió, que resultó ser bastante superior de lo que debía ser ─supuse que quería quedarse con un suplemento por su colaboración, a lo que no puse ningún impedimento─, a la vez que pedía a todo el mundo allí presente que no hicieran ninguna tontería si querían salir indemnes.

Cuando la policía me preguntó por qué no había accionado la alarma en su momento, teniendo la comisaría tan cerca, argumenté un miedo irracional y por temor a que alguien saliera herido, o muerto, si el atracador, que estaba en un estado de sobreexcitación, se percataba de ello.

El caso se cerró sin más investigación que el interrogatorio de los testigos, que no aportaron nada nuevo, y el atraco se consideró como uno más de los que se dan en esta ciudad con tanta frecuencia.

Después de tanto tiempo y esfuerzo, pude recuperar lo que era mío y a esos dos les he perdido la pista, sin importarme ya su paradero.

De todo aquello guardo un triste recuerdo, sobre todo de la marcha de mi buen amigo Juan, que tuvo a bien ayudarme en los últimos momentos de su vida. Desde entonces, no he vuelto a jugar a la lotería, y cuando veo por televisión a esos afortunados que saltan de alegría como posesos y descorchan botellas de cava cuyo contenido brota de forma explosiva rociándoles la cara y el cuerpo entero, solo les deseo que no tengan que pasar por lo que yo pasé.

Ahora, cuando un vendedor ambulante me ofrece un boleto de lotería, no puedo evitar fulminarle con la mirada. Con mi “NO” rotundo, debe pensar que soy una rara excepción en todo el país.

Además, el Gordo ya me ha tocado una vez, no necesito una segunda.

Mientras escribo esto en mi diario, estoy disfrutando de un crucero por el Mediterráneo. Hay una pasajera de buen ver que también viaja sola y que no me quita el ojo de encima. Creo que quiere ligar conmigo, pero como mi historia ha resultado vox populi, sospecho que solo le interesa mi dinero.

Pero soy como el gato escaldado, que del agua fría huye.

¡Qué bonito es el mar!