lunes, 18 de septiembre de 2017

El escritor (tercera parte)


Las esperanzas de PMG de convertirse en un escritor reconocido empezaban a hacer aguas. Quizá debería tirar la toalla y dedicarse a otra cosa más provechosa y agradecida. Los más de seis meses que habían transcurrido desde que enviara su biografía a aquellas dos editoriales ─lo cual indicaba a todas luces que estaban interesadas por su manuscrito─ se le habían hecho eternos. Ninguna de ellas se había puesto todavía en contacto con él.

Para llenar el tiempo de espera con la escritura ─lo único que se le daba bien y que le ayudaba a desconectar de este mundo tan complicado e injusto─ había presentado doce relatos, dos por mes, a sendos concursos literarios a lo largo y ancho de la geografía española. Para este menester había utilizado su verdadero nombre y algún que otro pseudónimo ─en esta ocasión en castellano─ cuando ello había sido preceptivo. En algunos de esos certámenes, los menos, la cuantía del premio en metálico no era nada desdeñable, así que, con un poco de suerte, podría sacarse un buen dinerillo.

Pero la suerte tampoco le sonreía a PMG en este lance literario. Hasta el momento, de los nueve concursos en los que ya se había emitido un dictamen, solo en uno este le había sido favorable, si bien el premio en metálico resultó ser muy escuálido. Aun así, no se había sentido tan feliz desde hacía mucho tiempo. Por fin alguien había valorado positivamente su mérito como escritor, aunque fuera de relatos cortos. De la modesta cantidad del premio, tuvo que deducir los gastos ocasionados por el desplazamiento al acto de entrega, que ascendieron a más de la mitad de lo ganado. Pero eso no le importó en absoluto. Por algo se empieza ─se dijo─. No se ganó Zamora en una hora. Claro que, bien pensado, este refrán no era muy oportuno para el caso porque ─para aquellos que no lo sepan─ en realidad el asedio que sufrió esta ciudad castellana a la que hace mención acabó muy mal para quienes pretendían ganar esa plaza.

La ceremonia de entrega del premio que le otorgaron, también le sirvió para conocer a unos cuantos colegas de letras. Gente encantadora y con mucha experiencia en estas lides. A algunos de ellos, la asidua participación en tales certámenes les proporcionaba ─según le contaron─ un “sobresueldo” anual envidiable. La cuestión era escribir muchos relatos y presentarlos a tantos concursos como fuera posible, procurando que la entidad organizadora fuera seria y con “pedigrí”.

Aunque ese había sido, pues, su único premio hasta el momento, consideraba que los relatos que no habían recibido el beneplácito del jurado eran muy buenos. O eso creía, pues ya empezaba a dudar de su buen criterio. Para salir de dudas, hizo caso a su curiosidad casi morbosa y se las apañó para tener acceso a alguno de los relatos ganadores. No hubiera tenido que hacerlo, pues sufrió la peor de las decepciones y la madre de todas las rabietas. ¡¿Cómo podían haber premiado a tales mediocridades?! Y tras el berrinche inicial por tamaña injusticia, le sobrevino la frustración y la congoja. Y las dudas volvieron a acosarlo. Quizá el problema real estribaba en que no era objetivo consigo mismo, que se creía mucho mejor escritor de lo que en realidad era. Ese es el defecto típico del escritor amateur, que se cree mucho mejor de lo que es. Pero él siempre había sido un hombre ecuánime y más bien inseguro en muchas facetas de la vida. Pero…

Por lo tanto, mientras pmg (su baja autoestima en ese momento ya no me permite ni siquiera usar las mayúsculas) veía pasar por delante de sus narices, una a una, la posibilidad de ganar alguno de esos concursos a los que había presentado sus pequeñas joyas, esos colegas, con los que mantenía contacto a través de las redes sociales, no cesaban de acumular premios. Llegó pmg a sentir tanta envidia que estuvo tentado de bloquearlos para no recibir más noticias de sus triunfos. Con cada notificación que aquellos realizaban, con la alegría y orgullo de los triunfadores, con los correspondientes parabienes de sus amistades, la espina de los celos se le clavaba más y más hondo. ¡Qué malos son los celos!

Ahora, un poco más sosegado, PMG se ha puesto como fecha límite para sus aspiraciones novelescas el mes de diciembre. Si a finales de año no ha ganado ningún premio literario de cierta relevancia y ninguna editorial se ha interesado por su novela, lo deja, envía sus vanas ilusiones a paseo y se concentra en algo mucho más prosaico aunque más tangible y práctico: buscar desesperadamente un empleo, actividad que ha abandonado para nada.

******

─¿Dígame? ─contesta PMG a una llamada procedente de un número desconocido.
─¿Hablo con… Peter, digo Pedro Martínez López? ─pregunta una voz femenina muy sensual.
─Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?
─Buenas tardes. Mi nombre es Marisa Gallego y soy la secretaria de don Julio Maldonado, el editor adjunto de Ediciones Valverde. No sé si recordará que le pedí hace algún tiempo que nos enviara una breve biografía con motivo de haber recibido de usted un manuscrito.

La cabeza de PMG empezó a darle vueltas y el corazón a percutir como un bombo golpeado por uno de los mozos más fornidos de Calanda.

Tras tomarse unos segundos para relajarse y dejar que las palabras fluyeran sin tartamudear, PMG contestó a la agradable interlocutora:

─Sí, sí, claro que lo recuerdo. ¿Y a qué se debe su llamada? ─y en ese preciso instante su garganta sufrió un pequeño espasmo producido por el nerviosismo y la excitación. ¿Serían buenas noticias?
─Pues le llamo para decirle que al señor Maldonado le gustaría tener una entrevista con usted a la mayor brevedad posible. ¿Le vendría bien mañana por la mañana, a eso de… las diez?
─Por…, por supuesto. Ahí estaré. Hasta mañana, entonces.
─Pero ¿conoce la dirección, señor… Martínez?
─Sí, claro, donde les envié el manuscrito, ¿no?
─Ay, sí, claro. Pues ahí. Hasta mañana. Y pregunte por mí. Muy amable. Adiós.

La amable secretaria del editor adjunto de Ediciones Valverde ya había colgado y PMG seguía con el teléfono pegado a la oreja y con la vista puesta no se sabe dónde. No podía creérselo. Por fin había sucedido. Esa Editorial estaba interesada en publicar su novela. No podía ser otro el motivo de la entrevista.

Aun no siendo bebedor, se echó un buen trago de ron al coleto y, ya un poco más relajado, se tumbó en el sofá, cerró los ojos y echó a volar, una vez más, su imaginación. Se imaginó sentado frente a todo el consejo de administración de Ediciones Valverde, recibiendo felicitaciones y apretones de manos, sonrisas por doquier y un generoso adelanto por los derechos de publicación en forma de un cheque bancario a su nombre (el real, claro). ¿Qué me pondré para ir a la entrevista?, fue el último pensamiento que tuvo antes de quedarse dormido.

*******

El día de la entrevista ha amanecido soleado. Pero mientras en la calle el cielo está despejado, en el despacho de Julián Maldonado se acumulan unos oscuros nubarrones que amenazan tormenta.

─Sólo le pido que se comporte y que, por una vez, reprima sus salidas de tono ─le conmina el editor adjunto a su corrector, quien quiso (en realidad exigió) estar presente en la entrevista para asegurarse de que se respetaban los acuerdos alcanzados en aquella acalorada discusión.
─Sabré “comportarme” si usted mantiene su palabra sobre las condiciones que hay que imponerle a ese escritor. Aunque ya le adelanto que, si tiene un mínimo de orgullo, no las aceptará. Pero, claro, un pelagatos de la escritura, como debe ser ese tal Martínez, es capaz de avenirse a cualquier cosa con tal de ver satisfecho su ego.

Tras su oposición frontal a que se publicara la novelita de marras, don Manuel acabó acatando, muy a su pesar, la decisión de su jefe pero, eso sí, imponiendo unos requisitos que, de aceptarlos el tipo ese ─que, conociendo el percal, sabía que las aceptaría─, llevarían a la novela, al autor y al estúpido editor adjunto al más estrepitoso de los fracasos y él saldría, de este modo, reforzado. Demostraría, una vez más, su buen juicio. ¿Acaso no dicen que la venganza se sirve en plato frío? Pues eso. Él ya había tomado las debidas precauciones ante lo que estaba por venir, poniendo en antecedentes a sus estimados señores Valverde, padre e hijo (y porque no había nieto, que si no también le hace partícipe de su airada queja). Nunca nadie había osado, en esta su casa, contradecir sus recomendaciones. Y esta sería la primera y última vez que ello ocurriera. Si de él dependiera, una patada en el trasero le daría al señorito Martínez y al señor (nunca más sería Don Julián) Maldonado.

─Don Manuel, ¿me está escuchando? Parece ausente.
─¿Eh?, ¿cómo? ¿qué?
─Le estaba diciendo que yo me ocuparé de informar al señor Martínez López que la Editorial le… digamos… le sugiere unas condiciones para poder publicar su obra. Si el hombre parece predispuesto a acceder, le pasaré a usted la palabra para que le pormenorice en qué consisten. A fin de cuentas, usted ha sido quien las ha impuesto y ha insistido en estar presente. Si tengo que serle sincero, temo que no las aceptará. El cambio de título, el empleo de su nombre real, eliminar alguno de los personajes, recortar casi una tercera parte del texto, tiene un pase, pero cambiarle tantos diálogos… Casi no se parece en nada al original. No sé, no sé…
─Pues el trabajo que me ha llevado enmendar tantos sinsentidos, eliminar una sarta de ridiculeces y recortar tanta superfluidad bien vale un agradecimiento por su parte. De otro modo, ese bodrio no hubiera visto nunca la luz. Seamos serios, don… esto… señor Maldonado ─el susodicho se remueve, incómodo o quizá dolido por ese nuevo trato, en su asiento─ si esta Editorial tiene tanto empeño en sacar una novedad al mercado, tiene que ser algo que satisfaga a la mayoría. Nos guste o no, tenemos que estar al servicio del lector y lo que los lectores quieren hoy en día son cosas… cómo le diría… cosas entretenidas, amenas. Hay que doblegarse a la realidad, don… eso… señor Maldonado.

El ahora degradado señor Maldonado no comprende a qué se debe ese cambio repentino de actitud en don Manuel, defensor a ultranza de las letras de alto nivel. ¿Cómo puede ser que, de pronto, se doblegue a las exigencias de un público que hasta hace bien poco calificaba de analfabeto? ¿Será la chochez la que está traicionando su conservadurismo?

En esto estaba pensando don Julio Maldonado cuando suena el intercomunicador y su secretaria le anuncia que el citado está esperando ser recibido.

En unos instantes y tras los tres habituales toques de cortesía con los nudillos, Marisa hace pasar a un hombretón de más de metro ochenta y unos cien kilos de peso, tirando por lo bajo, con cara de no haber roto jamás un plato, a quien la buena secretaria presenta como don Pedro Martínez y que entra en el despacho como quien lo hace en un juzgado de guardia.

─Pase, pase, señor Martínez, justamente ahora estábamos hablando de su magnífica novela ─le dice don Julián, mirando de soslayo a don Manuel. Ambos se levantan y se acercan a saludar al autor de la próxima publicación de Ediciones Valverde, S.L., si este se aviene, claro está, a aceptar sus condiciones.

Una vez los tres han tomado asiento, don Julián tras su mesa de trabajo y don Manuel y PMG en sendas sillas frente a él, este observa al escritor como quien estudia al conejillo de indias que utilizará en su próximo experimento. Su mirada escrutadora, intentando adivinar de qué madera está hecho su invitado, acaba en una sonrisa pícara queriendo con ella crear un clima de complicidad. En el fondo, no obstante, siente un cierto reparo. De pronto, se siente como el depredador que está a punto de devorar a su presa, viendo así cumplido su papel en la cadena alimenticia. Es la ley de la naturaleza. Es ley de vida. Y tras un ligero carraspeo inicia un breve, pero elocuente monólogo.

Pedro, a ratos PMG, está anonadado con tanta adulación, si bien la considera un acto de justicia. Asiente a todo lo que oye casi sin prestar atención, pues está en las nubes, de las que solo se apea cuando don Julio le anuncia que se habrían de pulir “algunas cosillas” para mejorar la obra, pues, aun siendo muy buena, todo es mejorable en esta vida.

─Solo serán unos pequeños retoques, aquí y allá. Pero mejor que se lo explique don Manuel, a quien por tal motivo he invitado a que esté presente.

******

─Pero tú estás lelo, o qué ─le espeta Genaro a un atribulado Pedro, que acaba de contarle los pormenores de la entrevista de la que ha sido objeto en las oficinas de Ediciones Valverde, S.L.
─Pero es que me van a publicar mi novela, Genaro. ¿Te das cuenta? ¡Por fin! ¡Lo he logrado!
─¿Qué es lo que has logrado, si puede saberse? En todo caso ellos han logrado doblegarte. ¡Te has prostituido!
─Hombre, tanto como eso…
─¡¿Cómo que no?! ¿Te parece apropiado titularla “Todos estamos locos”? En todo caso, tú y ese editor sois los que estáis locos. Que no hayan aceptado usar ese pseudónimo se entiende, aunque es discutible. A mí también me parecía una pedantería, pero firmarla con tu verdadero nombre, no sé, no sé. Pero lo más escandaloso ─añade Genaro, mientras ojea con furia lo que ha quedado del manuscrito original cuyo texto ya se conoce de memoria─ es que te han cambiado una gran parte de esos diálogos tan elocuentes, se han comido capítulos enteros, si parece… parece… la carroza de Cenicienta convertida en calabaza, el príncipe azul convertido en rana, el… el… ¡la bella convertida en la bestia!
─No seas tú la bestia, que no hay para tanto ─se defiende Pedro, encogiéndose cada vez más, pues en el fondo comprende que su amigo puede llevar razón.
─¿Bestia yo? ¿Pero tú has visto en lo que ha quedado la novela? ─y comprendiendo que su amigo no ha valorado suficientemente la transformación que ha sufrido la que pretendía ser su Opus magnum, suaviza su postura─. Hagamos una cosa: leamos cómo ha quedado el texto y luego tú decides. Al fin y al cabo, es tu novela y tu reputación. Yo me lavo las manos.

De este modo, Pedro y Genaro, Genaro y Pedro, pasaron prácticamente toda la noche en vela leyendo lo que había quedado de “Tierra de locos”. A medida que trascurría la noche, los ojos de ambos lectores se iban agrandando y no por efecto del café que les mantenía en vigilia sino por el espanto que les producía lo que leían.


Ya clareaba cuando dieron por terminado el duro ejercicio de comprobar en qué había consistido lo que aquellos dos embusteros habían calificado de pequeños retoques. Pedro Martínez López, reconvertido en PMG, decidió ir a su encuentro esa misma mañana sin falta. Se enterarían esos dos de lo que vale un peine.


CONTINUARÁ...



peine. 

martes, 12 de septiembre de 2017

El escritor (segunda parte)


Mientras tanto, a varios kilómetros de la sede de Ediciones Valverde, S.L., nuestro querido PMG (Pedro Martínez López para quien ya no se acuerde) andaba alicaído, creyendo que ese silencio editorial quería decir, irremisiblemente (y dale con el -mente) que nadie daba un céntimo por su magnífica novela. Pero a él, cuanto más la leía ─y llevaba ya la friolera de veinte lecturas─, más le gustaba. Por mucho que jurara que lo había hecho desapasionadamente (¿otra vez?, y ya van dos en un mismo párrafo, qué horror), nadie parecía creerle, excepto su fiel amigo Genaro. Todos ponían cara de circunstancias, algunos incluso de conmiseración, ante sus quejumbrosas diatribas y soflamas contra la incomprensión de las editoriales, que solo se mueven con ánimo de lucro a corto plazo, pero en su ausencia ponían los ojos en blanco, dando con ello a entender que todo eran imaginaciones suyas, sueños de ingenuo, lamentos de quien, creyéndose por encima del bien y del mal, da la culpa a los demás de su falta de éxito cuando en realidad el problema reside en su inflamada autoestima frente a una mediocre calidad. Si no le publican es porque no es un buen escritor. Esa era la opinión de sus conocidos, unos ignorantes, como los habría calificado PMG de haberla conocido.

Pero lo que más exasperaba a PMG era que. mientras él, con una obra tan original, ingeniosa, bien escrita y … merecedora de grandes alabanzas, seguía en el dique seco literario, otras de escasísima calidad ─según su buen criterio y ecuánime juicio─, se vendían muy bien ─por lo menos según la opinión de sus autores─. Como esa antigua compañera del taller de escritura, a la que le compró, más por curiosidad que por verdadero interés, su libro de relatos por el módico precio de 18 euros, el dinero peor empleado de su vida porque su lectura le dejó con la peor mala leche que un humano es capaz de sentir. ¡¿Cómo de algo tan malo, tan incoherente, tan absurdo tan, tan, tan… (bueno, vale, para ya) podía haberse vendido, según la interfecta, más de dos mil ejemplares en solo dos meses?! ¡Y por la vía de la auto-publicación! Ninguna editorial de por medio. Ella solita, como Juan Palomo, movía todos los hilos para darse a conocer y vender su librito. Presentaciones, contactos, redes sociales. Hasta había ─siempre según su versión de los hechos─ un editor francés interesado en publicar su libro en el país galo. Todo ello se lo dijo, en un encuentro casual, con el tono más pomposo posible.

PMG estaba desolado, frustrado, se sentía inútil. Sintió ─por qué no admitirlo─ celos. No una envidia sana ─¿acaso eso existe?─, sino puros celos. Incluso rabia, por lo que él consideraba una terrible injusticia. Pero quizá tuviera que tomar ejemplo de esa mujer, y no solo de su autoestima, sino de su iniciativa y diligencia. Pero él no se veía “vendiendo” su libro a diestro y siniestro, dando la lata o publicitándose por las redes sociales. Él no tenía contactos y era demasiado introvertido como para ir por el mundo hablando de su novela.

Tras meditarlo concienzudamente (lo siento, pero era imprescindible), decidió que si en un lapso de unos dos meses no recibía respuesta alguna de una editorial, se decantaría por la auto-publicación. Por lo menos, vería su libro publicado. Cómo promocionarlo y venderlo ya sería otra historia. Y si por este medio no lograba ganar ni para pipas, pues renunciaría a su brillante futuro y se dedicaría a otra cosa, mariposa.

Por las noches, al acostarse, no podía evitar hacer volar sus fantasías, como si de globos se trataran, y pensaba en cómo sería su vida si, por fin, recibía una llamada anunciándole que su novela había gustado, y mucho, y que las editoriales se disputaban el derecho a publicársela. Aunque le impusieran duras condiciones, como la de cambiar el título, su nombre, recortar por aquí y por allá (ochocientas eran muchas páginas y el coste del libro excedería lo razonable para la primera obra de un escritor novel), estaba dispuesto a aceptarlas todas, incluso a deshacerse de algún personaje secundario, cualquier cosa con tal de ver en las librerías su Opera prima, a la que consideraba como un hijo amado nacido de sus entrañas.

Se imaginaba también a un corrector o revisor de manuscritos de una prestigiosa editorial leyendo, fascinado, su “Tierra de locos” o como quisiera bautizarla de nuevo. Todo por el éxito, por la gloria. Se imaginaba incluso la cara del susodicho revisor, con unos quevedos en la punta de la nariz, leyendo su pulcramente (ya no diré nada más, lo juro) encuadernado manuscrito. Porque la presentación también cuenta, que lo había leído en esas publicaciones de ayuda a nuevos escritores.

******

Don Manuel Fonseca, el lector-revisor-critico de confianza de don Julián Maldonado y, por ende, de Ediciones Valverde, S.L., está, efectivamente (he jurado no decir nada más sobre estos malditos adverbios), leyendo ese pulcro manuscrito que le pasó su jefe para revisar y evaluar, y cuyo veredicto se ha comprometido a entregarle el próximo lunes. Hoy es domingo y va por la página 619 ¡Vaya coñazo de lectura! ¡Qué dolor de cabeza! Don Manuel ha decidido que, llegado a ese punto, va a leer en diagonal y se saltará párrafos enteros, esos llenos de paja que nada aportan y que aburren hasta lo indecible. A ver si puede dar por concluido su trabajo antes de que empiece el partido Real Madrid-Barça, que junto al Derbi Real-Atleti, son los únicos que ve durante la liga. Madridista de toda la vida, no quiere perderse este partido que tanto promete, pues dos de los jugadores estrella del Barça, el niñato brasileño y el “dientes”, no jugarán por estar lesionados. Un partido prácticamente “chupado”, pero, aun así, no se lo perdería por nada en el mundo. Le quedan, pues, tres horas para terminar de leer las casi doscientas páginas que le quedan. Al ritmo que va, le sobrará tiempo. El informe lo preparará después del partido. De hecho, ya lo tiene en la mente, ya sabe lo que va a decir, solo es cuestión de adornarlo con las palabras adecuadas.

Pero, llegado el momento, no le salen las palabras. Sufre una especie de indigestión mental. Y todo por culpa de ese maldito partido. El Real Madrid ha sufrido una derrota humillante ante su peor enemigo. Algo inaudito. Está furibundo. Apenas ha cenado. La pizza se le ha atragantado al principio de la segunda parte, cuando, con el tercer gol del argentino, ese enano, el partido ha quedado sentenciado. No sabe qué le ha ocurrido al maldito portugués, tan seguro de sí mismo y hoy ha hecho el ridículo. Maldita sea. Y, encima, el lunes tendrá que soportar la burla de Contreras, ese fanático colchonero de Carabanchel, siempre tan deslenguado. Seguro que no ha olvidado la última ocasión en que, ante la máquina de café y una absoluta mayoría madridista, le echó en cara, de la forma más sarcástica posible, la goleada que les metieron los merengues. No perderá la oportunidad de desquitarse.

Y encima tiene que ponerse a escribir un informe sobre esa maldita novela que, a mala hora, aceptó leer. El tema no está mal, la idea es buena, pero… los diálogos, bueno, no es que estén mal, de hecho se adaptan bastante bien al lenguaje normal que usarían los personajes ─porque hay cada uno que no tiene ni idea de cómo darle vida a los diálogos, haciéndolos tan artificiosos que no resultan creíbles─, el ritmo, pues qué quieres que te diga, es bastante ágil, aunque se detiene demasiado en pequeños detalles que son completamente superfluos. Seiscientas páginas serían más que suficientes para desarrollar la historia. El vocabulario es bastante rico, sin excederse, y nada redundante ni ostentoso, propio del escritor novel que quiere aparentar lo que no es. Pero podría mejorarse, se nota que le faltan tablas. Además, todo se resuelve demasiado rápido. Introducción, nudo y desenlace. Estas tres partes no están suficientemente bien equilibradas. Se ha extendido demasiado en la introducción. Siendo una novela con una base histórica hay que poner en antecedentes al lector, pero no tanto, vamos que se ha pasado un pelín, y que…, bueno, necesitaría unos retoques y algunos recortes. Pero, qué se han creído estos jóvenes de hoy día, ¿Qué se lo tenemos que poner todo en bandeja? Ja, y qué más. Bueno, no sé si es muy joven o no. La secretaria de don Julián me envió el viernes por la tarde, por correo electrónico, una biografía del autor que ella le pidió por sugerencia de su jefe.

A ver, a ver. Pedro Martínez López, natural de Vallformosa del Penedès. ¿Y dónde coño estará esto? ¡Y vaya nombre! Entiendo que se haya puesto este pseudónimo tan ridículo: Peter McGregor. Esto demuestra falta de imaginación. Puestos a encontrar un sobrenombre artístico, podría haber optado por, por ejemplo… Peter (porque lo de Peter tiene un pase, ya que se llama Pedro), Peter…, ¡Peter McQueen! eso es. Mucho mejor que McGregor, digo yo. Me recuerda a mi admirado Steve McQueen. A ver, ¿qué más? ¡Cuarenta y seis años tiene el tipo! Casi nada. Si se descuida, se pone a escribir a la edad de la jubilación. Hombre, sí que ha habido autores que iniciaron su carrera literaria ya maduritos, ahora no los recuerdo, pero de haberlos hailos. Pero escribían mucho mejor que este hombre de Dios, si no, de qué habrían llegado tan lejos.

Vamos, vamos, que se está haciendo muy tarde y quiero sacarme de encima este peso cuanto antes y olvidarme de él. Tengo sueño y últimamente duermo poco y mal. A ver, cómo podría empezar el informe para que dé la impresión de objetividad y de haberlo estudiado a fondo…

Ya está. Me ha llevado más tiempo del que pensaba. Esto de elegir cuidadosamente el vocabulario no es moco de pavo. Creo que ha quedado bastante bien. Mis informes suelen ser últimamente bastante repetitivos, lo reconozco, pero es que todo lo que me pasan para revisar de un tiempo a esta parte es tremendamente anodino (a Don Manuel se le puede disculpar el excesivo empleo de adverbios terminados en -mente, ya que eso es solo para que lo tengan en cuenta los escritores principiantes). Estos informes cada vez me recuerdan más a mis exámenes de literatura en bachillerato. Cuando tenía que escribir sobre un autor, ya fuese Galdós, Juan Ramón Jiménez o Blasco Ibáñez, siempre ponía lo mismo. Salvo algo que fuera muy distintivo del autor en cuestión, que era lo único que me aprendía de memoria, el resto eran banalidades, vaguedades: que si representaba fielmente la sociedad de su época, que si tenía un lenguaje claro y sencillo, que si sus obras tenían pinceladas costumbristas, bla, bla, bla. ¡Y sacaba notables y hasta algún sobresaliente! Creo que yo hubiera sido un gran político, jajaja.

Bueno, listos. Ahora a dormir, que mañana hay que madrugar.

******

─Buenos días, señor Maldonado, sí que ha madrugado. ¿Qué le trae por aquí tan temprano, siendo lunes?
─Buenos días, Marisa (vaya, sí que va recatada hoy la chica). Pues es que no he podido pegar ojo en toda la noche. Los nervios, ya sabe.
─¿Y eso? ─pregunta, curiosa, la buena secretaria (o la secretaria buena, como la conocen en la planta).
─Pues que estoy en vilo por conocer el informe de don Manuel. Conociéndolo, no me espero nada bueno. Solo si por esta vez hubiera sido un poco magnánimo, menos exigente que de costumbre, si su informe fuera solo regular, quizá tendríamos una oportunidad de publicar algo nuevo. Mire que habíamos llegado a tener hasta hace bien poco una cola de manuscritos esperando respuesta y cuando más los necesitamos no aparecen. Si por lo menos este fuera mínimamente aceptable a ojos de nuestro vetusto crítico…
─¿Cómo le ha llamado? ¿Ve… qué?
─Vetusto, mujer, que quiere decir viejo, añoso, antiguo, carroza…
─Vale, vale, lo he pillado. Si le oyera don Manuel, pobre hombre. Un poco chocho sí que está, pero ¿qué quiere usted? Son ya setenta años, suficientes para haberse jubilado y, en cambio, ahí está, al pie del cañón.
─Sí, sí, un cañón que hace tiempo que se oxidó, pero qué le vamos a hacer, ya trabajaba aquí cuando yo entré, fichado por el mismísimo señor Valverde padre y tanto este como su hijo le tienen en gran estima. Pero, bueno, así es la vida. ¿Y qué es ese sobre que tiene en la mano?
─Ay, sí, qué tonta. Hablando, hablando, se me ha ido el Santo al cielo. Es un sobre que me acaba de dar precisamente don Manuel para usted.
─Pero mujer, por Dios, por qué no me lo ha dicho antes. Seguro que es el informe que espero. Démelo, démelo, ande. Y puede retirarse ─y antes de que la joven salga de la oficina, no puede evitar mirarle el trasero y emitir un largo y profundo suspiro.

Al poco rato, un impaciente Julián Maldonado, pasea arriba y abajo por su espacioso despacho, esperando la llegada de don Manuel, quien, para no ser menos, ha hecho una crítica bastante desfavorable del manuscrito que le dio a revisar el pasado viernes. Antes de hacerle llamar, no se ha resistido a la tentación de echar un vistazo a las primeras páginas de la copia que se quedó. Siempre se ha dicho que tras la lectura de la primera página ya puede saberse si lo que sigue valdrá o no la pena. Un buen ojo crítico y avezado en literatura lo huele a la primera. Y no solo la primera página sino todo el primer capítulo le ha parecido interesante al ayudante del editor, señor Maldonado para sus colaboradores, Don Julián para el decrépito de don Manuel. Así pues, tiene que hacerle reconsiderar su opinión, pedirle que suavice su crítica, que presente la novela de ese Peter no-sé-qué como algo vendible. La editorial necesita aumentar las ventas y un nuevo lanzamiento les vendría muy bien para sortear este pequeño bache y contentar al gran jefe. Tierra de no-sé-qué no parece ser tan mediocre como consta en el informe. Ese viejo cada vez colabora menos. Hay que ser exigentes, claro está, pero cuando las cosas van mal hay que tener un poco que manga ancha. Si no hubiera sido así, ¿de qué habríamos batido el récord de ventas hace tres años con aquella ridícula biografía de esa estrafalaria actriz porno tan famosa? Por cierto, ¿qué habrá sido de ella? Vaya cuerpazo que tenía. Aún me acuerdo cuando…

Esa picante remembranza de la figura (física y social) de la tal Sara Vega, Sarita para los amigos, queda desagradablemente interrumpida por unos suaves golpes en la puerta, que, acto seguido, se abre con sigilo como si la empujara un fantasma.

─¡Hombre, don Manuel! Buenos días tenga usted. Pero pase, pase, que tenemos que hablar de negocios.

De esa charla de negocios nadie se enteró, como es lógico, de su contenido, Por lo menos del fondo de la cuestión, aunque sí de la forma. Fue una reunión a gritos. Nunca en Ediciones Valverde, S.L. se había vivido algo así. Don Julián y don Manuel discutiendo a grito pelado. ¡Qué horror! Quién lo iba a decir. Dos caballeros en una situación tan bochornosa.

El personal de la planta, alertado, se arremolinó junto a la puerta ─que por fortuna para ellos no era de cristal opaco, como en la mayoría de despachos nuevos─ para oír mejor lo que allí dentro se decía. Pero, caramba, esa puerta de roble macizo solo dejaba captar palabras sueltas. ¡Solo sobre mi cadáver! ¡Viejo carcamal! ¡Ignorante redomado! ¡Enchufado! Y así toda una retahíla de improperios. Hasta que, al cabo de más de media hora, se hizo el silencio.


Cuando la puerta del despacho de don Julián volvió a abrirse, el personal, que había vuelto apresuradamente a sus puestos de trabajo, observó la cara de satisfacción del ayudante del editor, que contrastaba elocuentemente con la de gravedad del viejo corrector. Parecía claro quien había ganado en la contienda.


CONTINUARÁ






viernes, 8 de septiembre de 2017

El escritor


Pedro Martínez López era un escritor, perdón, es un escritor, aunque novel, eso sí, condición que permanecerá inalterable hasta que no logre publicar su primera y grandiosa novela. Si he patinado con el tiempo del verbo ser se debe a que el pobre está en paro, no ejerce desde hace ya bastante tiempo, esperando el veredicto de alguna de las cincuenta y nueve editoriales a las que envió su manuscrito. No quiere dar el siguiente paso, es decir escribir su nueva novela, la que tiene en mente desde que terminó su Opera prima, hasta que no vea cumplido su sueño, ese que le confirmaría lo que ya sabe: que es un escritor, y de los buenos.

Hombre meticuloso, tras dos años de arduo trabajo, revisó el manuscrito más de veinte veces. Y no conforme con ello, se lo dejó leer a Genaro, un fiel compañero de letras y gran amante de la buena literatura. La revisión lectora de su amigo, tan escrupuloso o más que él, le obligó a realizar varias correcciones, hasta que ambos, autor y lector-corrector-crítico, quedaron satisfechos.

Aparte de los retoques aquí y allí sugeridos por Genaro, Pedro se vio obligado (aunque reconoció las razones de su amigo) a cambiarse el nombre. Pedro era pasable, pero Martínez López era inaceptable. ¡¿Qué autor que se precie firmaría su obra con esos apellidos?! Así pues, estuvieron cavilando hasta que llegaron a consensuar que un nombre “vendible” sería Peter McGregor. Al menos conservaría, convenientemente anglofilizado (ya sé que este verbo no está reconocido por la RAE, pero permitidme esta pequeña licencia), su nombre de pila. Con esa nueva identidad ya tenía asegurados unos cuantos lectores.

“Tierra de locos” o “Fool’s land” ─ya puestos─, por Peter McGregor, sonaba pero que muy bien. Ahora solo faltaba enganchar a un editor. ¿Qué editor se negaría a publicarle su Opus magnum? Sí, ya sé que la primera obra de un autor no puede ser, casi por definición, la mejor. Los autores, como el vino, mejoran con el tiempo. Pero también ha habido autores famosos de una sola obra.

El caso es que nuestro Peter McGregor, PMG en lo sucesivo, estaba henchido de satisfacción por el resultado de su trabajo. Escribir una novela había sido, desde niño, su máxima ilusión, que solo pudo ver cumplida cuando quedó en el paro, con cuarenta y cuatro años, después de veinte trabajando para la misma empresa. Cuarenta y seis años no era, pues, una edad demasiado avanzada para publicar su primer libro. Mira Chufo Llorens, si no, que empezó a escribir a los cincuenta y seis, y sigue en la brecha con ochenta y pico.

Hacía ya seis meses que había enviado su manuscrito a esas cincuenta y nueve editoriales ─cuyo listado le facilitó amablemente un conocido escritor del vecindario que ya llevaba dos novelas publicadas con bastante éxito─, de las cuales solo doce se habían dignado a responderle con las sempiternas excusas que ese mismo escritor ya le había anticipado: no aceptamos temporalmente ningún manuscrito, o no aceptamos manuscritos que no hayan sido solicitados (¿?), o lamentamos comunicarle que su novela no encaja con nuestra línea editorial, o…

Hubo algunas que le ofrecieron la ventajosísima oportunidad de publicar en coedición y con unas condiciones económicas que “no podía rechazar” (sic) (pero sí denunciar por fraudulentas), y hubo, finalmente, dos que le agradecieron la confianza depositada en su editorial y le pidieron una breve biografía.

¡Una biografía! ¿Cómo podía preparar una biografía (que viene a ser un Curriculum vitae en plan literario) con un nombre anglosajón pero nacido en Vallformosa del Penedès? Pero todo tiene solución, menos la muerte, le dijo su amigo. Y entre ambos prepararon una brevísima biografía adaptada a las necesidades del momento y reconociendo sin pudor alguno que el nombre artístico era simplemente un pseudónimo. Casos más sonados ha habido en la historia de la literatura española. Y si no, ahí está Fernán Caballero, cuyo verdadero nombre era Cecilia Bölh de Faber. ¡Una mujer, ni más ni menos! Claro que este caso era muy distinto pues lo que quiso ocultar no era su nombre, pues bien distinguido que era, sino su condición de mujer en una época en la que escribir era cosa de hombres. Bueno, pues entonces tenemos a Víctor Català cuyo nombre era Caterina Albert. ¡Vaya, otra mujer ocultándose tras un nombre de varón! ¡Ya lo tengo! ─dijo Genaro, tras consultar la Wikipedia─: George Orwell, Mark Twain, Lewis Carrol, hasta Pablo Neruda, son pseudónimos de escritores famosísimos. No hay, pues, nada que temer. Es completamente normal usar un pseudónimo, sobre todo al principio. De todos modos, te aconsejo que cuando seas famoso, que lo serás, sigas utilizando el mismo nombre. No conviene despistar al público ─sentenció el bueno de Genaro.

Y tras superar esta pequeña prueba de fuego, PMG sigue esperando alguna señal, aunque sea de humo, que le indique que alguien se ha fijado en él, o mejor dicho en su maravillosa novela, y le tienda la mano hacia la fama y la posteridad literaria.

La verdad es que, sin que él lo sepa, he leído Tierra de locos y es francamente buena. O mejor debería decir muy buena, siguiendo los consejos de su profesora de escritura creativa quien prácticamente (ay Dios) tenía prohibido a sus alumnos, por inadecuado, usar adverbios terminados en -mente.

Así pues, PMG no anda errado al creer que ha escrito una gran novela con tintes históricos y románticos a la vez, un género híbrido que gusta mucho al personal. He leído un montón de libros en mi dilatada vida y este no desmerece en nada al lado de best sellers como “Los pilares de la tierra”, de Kent Follet, o “Te daré la tierra” del anteriormente mencionado Chufo Llorens, para hacer honor a un autor del país. Por lo tanto, no debería ser descabellado que un editor con gusto literario confiara en el éxito de esta obra. 

Pero mientras nuestro escritor en ciernes se frota las manos, no de ilusión sino de impaciencia, no puede imaginarse lo que ocurre al “otro lado”.

******

─Señor Maldonado, le he dejado en su bandeja de entrada otro manuscrito. Por el matasellos, llegó hace unos meses, pero quedó traspapelado y Julio lo ha encontrado en su cubículo y me lo ha traído ─le dice a su jefe la rubia y escandalosamente atractiva secretaria.
─¿Julio? ¿Quién es Julio, si puede saberse? ─le espeta el susodicho jefe, ayudante del editor de Ediciones Valverde, S.L., sin poder evitar desviar su mirada hacia el provocativo escote con el que hoy le regala la vista.
─¿Qué quién es Julio? Pues el chico de los recados y el que reparte la correspondencia, ese que usted mismo contrató porque era el sobrino de…
─Sí, sí, sí. Ya sé, ya sé. Gracias, Marisa, puede retirarse ─y, una vez esta ha dado media vuelta, le mira el contundente trasero. ¡Qué buena que está la tía!, piensa. Si no fuera porque…

En esto estaba cavilando ─el si no fuera porque…─ cuando suena el teléfono, sobresaltando al ocupadísimo ayudante del editor.

Es el Sr. Valverde, su jefe, que, preocupado, le conmina a que encuentre nuevas e interesantes publicaciones, pues las ventas, no sé si se ha dado cuenta, han menguando sustancialmente en lo que llevamos de año.

─Necesitamos urgentemente (vaya con estos adverbios del demonio) un nuevo best seller, señor Maldonado ─le advierte, elevando el tono de voz─. Apremie a nuestros agentes literarios y a nuestros colaboradores a presentarnos obras de calidad. Bueno, ya me entiende usted, quiero decir vendibles, rentables, aunque tengamos que invertir más dinero de lo habitual en promoción. Con la cantidad de políticos, periodistas y famosos que hay por ahí con ganas de publicar no tiene que faltarnos material. Y si no, deles un toque a nuestros autores habituales, algo tendrán entre manos, digo yo.

Y sin darle tiempo a reaccionar, se corta la comunicación seguramente (y dale con estos dichosos adverbios) porque el gran jefe ha colgado sin siquiera despedirse.

Desolado ─¿y ahora dónde encuentro yo a alguien que quiera publicar con nosotros con las ridículas condiciones económicas que ofrecemos?, se pregunta Julián Maldonado─, echa un vistazo a su alrededor, como buscando la inspiración en algún rincón de la estancia, y repara en su bandeja de correo de entrada que, a lo lejos, muestra, sobre una pila de sobres, un paquete que sobresale de forma peligrosa, pues parece estar a punto de caer al suelo desde el borde de la cubeta.

─¡El manuscrito del que me acaba de hablar Marisa! ─y ni corto ni perezoso se lanza a por él.

El paquetito pesa lo suyo. Lo abre. Son ochocientas páginas, ni más ni menos, pulcramente encuadernadas e impresas en Times New Roman, tamaño 12, y en formato DIN A4. Lo firma un tal Peter McGregor. Sin duda un autor novel.

─Y ahora ¿a quién se lo doy a leer, a quién le endoso este mamotreto? ─se pregunta.

Al poco, el manuscrito reposa sobre el escritorio de don Manuel Fonseca, su lector editorial de confianza, ese cascarrabias que, por naturaleza o edad, no encuentra nada bien. ¿Dónde han ido a parar aquellas gloriosas plumas que elevaron a nuestro país hasta la cima de la Literatura Universal?

Don Manuel, como así le llaman, es un políglota capaz de leerse hasta un manuscrito en arameo de mil páginas en un fin de semana. Se lleva el trabajo a casa, que es donde puede leer con la tranquilidad que requiere su importantísimo trabajo. Todas sus valoraciones han acabado en éxitos editoriales. No ha habido libro publicado en “su casa”, como suele llamar a la editorial en la que lleva trabajando toda su vida laboral, que no haya pasado por la “censura” de sus expertas manos. Todos los autores han debido doblegarse a sus exigencias. Incluso el título de más de una obra ha sufrido una total transformación tras pasar por su filtro. Pero todos se lo han acabado agradeciendo. Para eso está su buen ojo crítico, su gran calidad como corrector de estilo y, sobre todo, su dilatada experiencia en el mundo editorial, aunque solo sea en una de las editoriales del país, y no precisamente la más boyante.

Tiempo atrás, la avalancha de manuscritos que llegaban a “su casa” le tenían muy agobiado y no daba abasto, pues solo eran dos los revisores de que disponía Ediciones Valverde, S.L. Con la jubilación de don Eusebio, su otro compañero de fatigas, se ha quedado solo en este menester. Claro que ahora el volumen de trabajo ha disminuido muchísimo, pues solo reciben bodrios literarios, como él los llama, salidos de la mano inexperta de niñatos que, porque hilvanan una frase detrás de la otra sin cometer faltas de ortografía, ya se creen escritores. Solo con leer su historial o carta de presentación ya sabe de qué va el percal y donde deben ir a parar esos engendros: al archivo definitivo, como él llama irónicamente a la papelera.

Cuando don Manuel vuelve a su despacho tras la breve pausa para el café ─y el cigarrillo, que se fuma en la pequeña terraza contigua a la sala de reuniones─, se encuentra con un bulto sobre la erosionada superficie de madera que conforma su mesa de trabajo. Se sienta, se pone sus gafas, toma con cierta aprensión ese volumen ─muy bien encuadernado, eso sí─ que ya adivina qué contiene y que una mano anónima le ha dejado. Una vez en sus manos, comprueba que es, como suponía, un manuscrito para revisar. Al menos que sea una obra que merezca la pena, se dice. Empieza por el título: “Tierra de locos”. Nada que objetar. De momento. Habrá que ver de qué trata y si ese título es conveniente o no. A continuación lee el nombre del autor y sus cejas ascienden hasta casi rozar su flequillo a lo monje franciscano. ¿Peter McGregor? ¿Y quién coño es ese?, se dice de nuevo, ahora en voz alta, provocando que todos los presenten alcen la mirada en busca de algún intruso que haya entrado sin permiso en sus dependencias.

Tras aclarar el entuerto y saber, por boca de su jefe, don Julián ─el Don es un trato inapelable entre colegas literarios de altos vuelos─, que se trata de una encomienda ─una mentirijilla sin otra intención que la de “ayudarle” a colaborar amablemente─ del mismísimo señor Valverde ─este perdió hace tiempo al derecho a usar el título de Don─ que está especialmente, digo muy interesado, en conocer las posibilidades de publicación de ese manuscrito que bla, bla, bla.

Pues bien, don Manuel ya tenía trabajo extra para ese fin de semana, como era habitual en él en esas lides. Sin embargo, no le resultaba muy halagüeño sacrificar unas horas de asueto leyendo a alguien que sin duda utilizaba el ridículo nombre de Peter McGregor como pseudónimo. Seguro que se trataba de un escritor de medio pelo con ínfulas de gran autor o bien un recomendado del señor Valverde o, peor aún, de don Julián, muy dado a otorgar favores a amigos, vaya usted a saber a cambio de qué.


En fin, pronto saldría de dudas sobre el supuesto valor de esa novelita del tres al cuarto. ¡Tierra de locos! Vaya título, aunque, a decir verdad, tiene mucho de realidad. Mejor hubiera sido titularla “Mundo de locos”. De cualquier forma, el lunes siguiente presentaría su crítica literaria sin cortapisas. Si supiera ese McGregor que su futuro, al menos el inmediato, como escritor publicado estaba en sus manos se pondría a temblar.

CONTINUARÁ...



lunes, 24 de julio de 2017

Nos vamos de vacaciones


No es este un relato de ficción propio de “Retales de una vida” ni una de las reflexiones críticas y típicas de mi “Cuaderno de bitácora”. Es, simple y llanamente, lo que sugiere el título: que mis blogs y yo nos vamos de vacaciones. 

Nos ausentaremos el tiempo justo y necesario, no para recargar pilas, como suele decirse, pues estas, por fortuna, siguen a tope ─y que duren─, sino para dedicar todo el tiempo libre durante el próximo mes de agosto ─que será todo el que quede descontando el empleado en dormir, sestear y comer─ a la contemplación, cual monje franciscano. La diferencia de que no me recluiré en un convento, sino que gozaré de la naturaleza ─mar y montaña─ del turismo ─estaré quince días por tierras mexicanas─ y de la compañía de amigos y seres queridos. Y, cómo no, de mis inseparables lecturas, esos libros que aguardan ser leídos.

No escribiré, pero espero que mi mente no quede embotada por el calor y su engranaje siga girando para imaginar historias y reflexiones que luego pueda trasladar, tras este paréntesis, a mis queridos blogs, que permanecerán, entretanto, dormidos. Ellos también se merecen unas vacaciones.

¡Hasta la vuelta!


miércoles, 19 de julio de 2017

No más accidentes (segunda parte)


Llevo ya treinta años, tantos como tenía cuando entré a trabajar en esta empresa, transportando viajeros de un extremo a otro de la península y, por raro que parezca, no me he cansado de este oficio. Para nada. Es un privilegio poder visitar tantos lugares en tan poco tiempo. Claro que he repetido muchas veces las mismas rutas, pero aunque el paisaje no cambie, la gente y las anécdotas sí. 

El viaje de hoy es, sin embargo, especial. Haré el mismo recorrido que quisieron hacer mis padres hace sesenta años. Aunque pueda parecer extraño, en todo este tiempo no había tenido ocasión de realizarlo. No como pasajero.  

Este año, la Semana Santa también ha caído a mediados de abril, y hoy es mi cumpleaños. No es casualidad, pues, que esté de camino a Sevilla. Lo había planificado de este modo. Se me ocurrió de repente. Pensé que sería una buena forma de celebrar mi cumpleaños y, a la vez, de hacer este viaje en memoria de mis padres, que no tuvieron ocasión de llegar a su destino por mi culpa. Solo he necesitado un permiso especial para permutar las vacaciones de verano por las de Semana Santa. 

Hoy no voy sentado en el asiento del conductor. Hoy estoy acomodado en la última fila. He pagado billete para toda la hilera de asientos. No quería compartirla con nadie, solo con mi mujer. Me habría gustado que me acompañaran en este viaje mis dos hijas, con sus maridos y mis dos nietas, pero trabajan y solo pueden disponer de los días estrictamente festivos. Les he contado tantas veces cuándo, dónde y cómo nací, que me ilusionaba la idea de que hicieran el mismo trayecto que quisieron hacer mis padres en aquella ocasión. 

He hablado con Alberto, el conductor, y, como es compañero mío desde hace muchos años, me ha prometido que parará en la misma estación de servicio, donde tomaremos un refrigerio o lo que se tercie. Quiero que mi mujer conozca el lugar y, de paso, le presentaré al hijo de Don Enrique, aunque, claro, ya no es lo mismo. Al él le trae sin cuidado la historia de mi nacimiento. A fin de cuentas, solo la conoce de oídas. Todavía no había nacido cuando mis padres recalaron en el que ahora es su establecimiento con un recién nacido en los brazos, sucio y envuelto en una manta. Por cierto, nunca le he preguntado su nombre. No me extrañaría que se llamara Enrique, como su padre. Hoy tendré ocasión de saberlo. Tendrá unos diez años menos que yo, aunque aparenta ser mayor. Será porque tiene poco pelo. Quizá ahora ya lo haya perdido por completo. Hace tanto tiempo que no le veo. Los años no pasan en balde.

Ya falta poco para llegar. Acabamos de pasar la señal informativa de estación de servicio. Me parece ver a lo lejos la torreta identificativa de la gasolinera con ese logo tan extraño de la empresa de carburantes. Tras la próxima curva aparecerá todo el complejo. 

¡Qué extraño! Deberíamos estar aminorando la marcha. Ya casi hemos llegado. A esta velocidad no podremos entrar en el área de servicio. ¡Pero qué haces, Alberto! ¡Que te pasas! ¡Alberto, para! ¿Pero qué te ocurre? ¡Me has prometido que pararías! ¿Acaso no te acuerdas?  ¡Alberto, Alberto, por Dios, para!

─Enfermera, enfermera, venga, ¡deprisa! 
─¿Qué ocurre, señora? 
─Pues que parece que está volviendo en sí. Ha movido los labios.
─Voy a llamar al doctor. 
─Luis, Luis, ¿me oyes?
─¿Qué, qué pasa? ¿Por qué gritas de ese modo? ¿Y por qué lloras? ¿Dónde estoy?
─¿No te acuerdas? Perdiste el conocimiento. Has tenido un infarto cerebral, cariño. Pero te pondrás bien, ya lo verás.
─¡¿Un infarto cerebral?! Vaya por Dios. Te habré dado un susto de muerte. 
─Ahora eso es lo de menos, Luis. Lo importante es que te recuperes.
─Saldré de esta, no te preocupes, mujer. 
─Pues claro que sí, pero ¿cómo te sientes? ¿Te duele algo?
─Estoy bien, de verdad. Pero qué curioso.
─¿El qué, cariño?
─Lo que estaba soñando, justo antes de despertarme.
─¿Soñando, dices? ¿Y en qué soñabas?
─Pues soñaba que íbamos tu y yo de viaje a Sevilla en autocar, para pasar allí la Semana Santa.
─Pero eso no ha sido un sueño, Luis. Eso es lo que estábamos haciendo cuando has sufrido el infarto cerebral. ¿No lo recuerdas? Íbamos sentados en la última fila y de pronto te tumbaste. Te pregunté qué te pasaba, si tenías sueño o te encontrabas mal y ya no me contestaste. Menos mal que Alberto, el conductor, ha llamado de inmediato a urgencias y le dijeron que te trajera hasta aquí. Era lo más rápido.
─¿Hasta aquí? ¿Adónde?
─En el Hospital La Fe, de Valencia. Alberto, el pobre hombre, se ha quedado muy preocupado. Le llamaré luego al móvil para decirle que estás bien.
─Ni se te ocurra. Mándale un WhatsApp. Ya lo leerá cuando pueda. ¿No ves que si le llamas podrías provocar un accidente? Y, por cierto, ¿dónde me ocurrió exactamente lo del infarto?
─Pues justo cuando nos acercábamos a la gasolinera en la que teníamos que parar, esa de la que siempre nos has hablado. Pero como le dijeron a Alberto que no perdiera ni un minuto y te trajera hasta aquí… No veas lo que ha corrido el hombre. Y la que se ha armado en el autocar. Todos querían ayudar, pero nadie sabía cómo.
─Bueno, pero qué veo. Si hace usted muy buena cara, Luis.
─Este es el doctor Benavides, cariño. El responsable de la UCI.
─Mucho gusto, doctor.
─¡Nos ha dado un buen susto! Pero parece que la cosa pinta bien. El TAC no ha revelado ninguna lesión adyacente a la zona infartada. Además, la isquemia no ha sido, por fortuna, severa. Tiene la tensión arterial muy alta, eso sí. Le subiremos a planta, le instauraremos un tratamiento y le haremos algunas pruebas más. Si todo va bien, tras un par de días en observación, le daremos el alta. 
─Pero ¿podré seguir con el viaje, doctor? Todavía nos daría tiempo a llegar a Sevilla para…
─Pero, ¡qué dice hombre! Ni hablar. De momento reposo y a cuidarse. Ya tendrá otra ocasión para hacer este viaje.
─Sí, claro. Pero ya no será lo mismo…
─Ahora lo que importa es que se ponga bien. ¿Y esa sonrisa?
─No, nada, cosas mías, doctor.
─Pues lo dicho. Dentro de un rato le subirán a planta. Más tarde pasará a verle el neurólogo. Cuídese.
─Muchas gracias, doctor.
─¿Qué has querido decir con eso de que eran cosas tuyas cuando el doctor te ha preguntado por qué sonreías?
─Pensaba que en la vida hay coincidencias curiosas. Hoy he vuelto a nacer. Y también tras un accidente de la naturaleza y con un autocar de por medio. Dicen que no hay dos sin tres, pero espero no tener más accidentes en mucho tiempo.

FIN


jueves, 13 de julio de 2017

No más accidentes (primera parte)


Nací en un autocar a causa de un accidente. No por un accidente del autocar sino de la naturaleza, que dicen que es sabia. Fui sietemesino. No me esperaban hasta el cuarenta de mayo ─como solía decir mi padre─, es decir un nueve de junio, pero decidí adelantarme a un ocho de abril. Así pues, soy Aries y, según mi carta astral, todo tenía que sonreírme. Mi madre creía a pies juntillas en la astrología y, al poco de nacer, encargó que me hicieran esa carta, que no sé por dónde anda pero que mencionaba a menudo cuando quería darme ánimos. En cambio, mi abuela no era tan optimista. Ella decía que eso de nacer antes de tiempo traía malas consecuencias, aunque, ya puestos, añadía, era mejor ser sietemesino que ochomesino. Nunca supo decirme porqué. Sea como sea, el caso es que ni el ginecólogo ni mi madre tuvieron la culpa. En todo caso fui yo el responsable. Siempre he sido muy inquieto y debía tener prisa por salir y conocer el nuevo mundo. Ahora, en cambio, me lo pensaría dos veces. Pero ya no hay vuelta atrás.

El ocho de abril de mil novecientos cincuenta y siete era lunes y el primer día del periodo vacacional de mi padre. Ya sé que puede resultar extraño, pero mi progenitor trabajaba entonces en un almacén mayorista de productos farmacéuticos y, como no cerraba en agosto, el personal tenía que hacer turnos. Siendo mi padre el empleado más nuevo dentro de su grupo y categoría, no tenía el privilegio de poder elegir cuándo disfrutar de sus vacaciones de verano, por lo que dependía de los planes de sus compañeros más veteranos. De este modo, había adquirido la costumbre de tomarlas en mayo, un mes que todavía aseguraba un buen tiempo. Pero ese año una auditoría y una inspección de Sanidad, previstas ambas para mayo, alteraron sus planes. La dirección de la empresa no permitió que ningún empleado se ausentara bajo ningún concepto durante todo el mes. A mi padre no le quedó, pues, más remedio que adelantarlas todavía más, convirtiéndolas, de ese modo, en unas vacaciones de Semana Santa, que cayó ese año a mediados de abril. Mejor adelantarlas que atrasarlas hasta octubre, pensó. Con un retoño en casa, quedaba totalmente descartado. Pero lo que no podían imaginarse mis pobres padres era que un accidente inesperado ─o sea yo─ les alteraría aún más sus planes. Si me acuerdo perfectamente de toda esta historia es porque se empeñaban en contármela cada ocho de abril, después de soplar las velas de mi tarta de cumpleaños. 

Mi padre tendría ahora la friolera de cien años, una edad que a punto estuvo de cumplir. Cuatro meses le faltaron para convertirse en centenario. Mi madre, andaría por los noventa y cinco, si no hubiera tenido prisa por marcharse antes que él. Me tuvieron de mayores. Creían que no iban a tener descendencia. Llevaban catorce años intentándolo, tantos como llevaban de casados. Ahora las mujeres son madres a una edad mucho más tardía que entonces, pero en aquella época tener el primer hijo a los treinta y cinco no era habitual. No obstante, la naturaleza, además de sabia, es caprichosa, pues después de tardar tanto tiempo para darles un vástago, decidió que ya había cumplido su cometido y me convirtió en hijo único. 

Ser hijo único no es ninguna bicoca, como muchos piensan, todo lo contrario. Y más si has nacido cuando ya no te esperaban, cuando creen que su matrimonio será como un jardín sin flores. Y entonces nace el pimpollo. Te cuidan, te miman y te protegen como si fueras de porcelana china. Luisito esto, Luisito lo otro. Hasta bien cumplidos los veinte, coincidiendo con mi alta en las fuerzas armadas para prestar el servicio militar, no pasé a ser Luis. Debo aclarar, sin embargo, que como mi padre se llamaba Luis, el diminutivo había servido hasta entonces de distinción entre ambos. Menudo lío se armó después, cuando mi madre nos llamaba. Cuando desde la cocina gritaba “Luiiiis”, indefectiblemente un dúo de voces masculinas le contestaba al unísono: “¿qué Luis?” o ¿quién, yo? En el primer caso, la respuesta materna era “el padre” o, por el contrario, “el hijo”. Pero como formuláramos la pregunta en su segunda versión, respondía con un “sí, tú”, lo cual, lejos de aclarar las cosas, nos obligaba a interrogarla de nuevo hasta desfacer el entuerto. Debo decir, empero, que mi padre y yo lo hacíamos adrede, para hacerla rabiar. Hasta que la pobre mujer decidió llamarnos Luis padre y Luis hijo. Y aquí se acabó lo que se daba.

Acostumbrado a los cuidados de mis padres, mi paso por la milicia fue bastante ingrato. Les eché mucho de menos. Al volver a la vida civil, como no quise seguir estudiando ─por mucho que mis padres insistieran─ me puse a trabajar. En aquella época no era tan difícil como ahora encontrar un empleo. Hice de todo un poco, pues a manitas no me gana nadie. Pero para ascender en un puesto, te exigían experiencia y títulos, aunque fueran de formación profesional, cosa que yo no tenía. Y yo no me veía mucho tiempo de simple aprendiz o de ayudante de lo que fuera. Entonces vino mi padre a echarme un cable. Como durante el servicio militar me había sacado el carnet de clase B para conducir los camiones del ejército, y en la empresa donde él trabajaba necesitaban un chofer para llevar la camioneta de reparto, me convertí en un empleado más del almacén mayorista. Pero fueron pasando los años, las cosas en la empresa empezaron a torcerse y los salarios a congelarse por aquello de que como ya ganas por encima del sueldo base… Así que, después de ocho años como repartidor de productos farmacéuticos, a los treinta recién cumplidos hice un nuevo cambio y entré a trabajar en la empresa de autocares en la que todavía sigo como conductor.

Aun ahora, cuando subo al autocar y miro por el retrovisor interior para ver si el personal está bien acomodado, no puedo evitar echar una ojeada a la última fila de asientos, en la que casi nadie quiere sentarse porque dicen que marea. Y entonces me imagino a mi madre tumbada en ella, aquel lejano ocho de abril, en que, camino de Sevilla, se armó la marimorena cuando la pobre mujer rompió aguas y tuvo que dar a luz entre dolores, gemidos y la algarabía del pasaje que no esperaba asistir a un parto en vivo y en directo. Y mucho menos sobre ruedas. A mis padres se les terminó las vacaciones al poco de iniciarlas, y su viaje hacia la Semana Santa sevillana se acabó en el bar de una gasolinera situada entre Castellón y Valencia. Ahora a esas zonas las llaman áreas de servicio. La de mi historia todavía sigue en el mismo lugar y, aunque la gasolinera pertenece a otro grupo empresarial, el bar es el mismo. Don Enrique, el propietario de entonces, hace años que ya no está. Ahora es su hijo quien sigue al frente del negocio. 

La primera vez que entré en ese bar, ya como conductor de la empresa de autocares, lo primero que hice fue preguntar por don Enrique. Cuando le conté quién era, más como algo anecdótico que por otra cosa, puso unos ojos como platos y abrió tanto la boca que creía que se le iba a soltar la dentadura, porque se notaba a la legua que era postiza. Podría haber dudado de mi palabra. A fin de cuentas, no me parecía en nada a aquel bebé pringoso y llorón que llegó a tener en sus brazos. Pero quién sino podía conocer la historia con tanto detalle. Desde entonces, cada vez que hacía la ruta hacia el sur, me detenía allí, con la excusa de hacer una parada de descanso, y rememorábamos lo ocurrido muchos años atrás. Mis pasajeros debían creer que me paraba en ese lugar porque tenía comisión. Lo cierto es que el buen hombre me invitaba a lo que quisiera tomar en memoria de aquel acontecimiento que le hizo salir por televisión.

Su hijo al principio escuchaba atentamente nuestra versión de los hechos, pero al cabo del tiempo debió acabar hartándose de oír siempre la misma historia porque, solo verme entrar, esbozaba una sonrisa de complicidad y, tras saludarme con un gesto de la cabeza, se iba al otro extremo de la barra para dejarnos solos con nuestros recuerdos.

Quién me hubiera dicho a mí que, habiendo nacido en el último asiento de un autocar, me sentaría treinta años después en el primero, en el del conductor. No sé qué diría mi carta astral pero no creo que anticipara cosa igual.

En una ocasión, en un viaje organizado por el IMSERSO, la guía, una rubia de escándalo, habiéndosele agotado momentáneamente el guion y conociendo mi don de gentes, me animó a que contara algo al personal, alguna anécdota, algún chiste, cualquier cosa que les mantuviera distraídos y despiertos hasta la próxima entrega de información turística de interés. Lo único que se me ocurrió fue contarles la historia de mi nacimiento. Durante el tiempo que duró mi narración, como si de un cuento para niños se tratara, reinó en el autocar el más absoluto silencio, solo quebrado por alguna tos indómita, alguna exclamación femenina de asombro y el continuo sonido de fondo del motor. Cada vez que, a través del espejo retrovisor, echaba una fugaz ojeada al público que tenía a mi retaguardia, veía que cuarenta pares de ojos observaban, expectantes, a ese hábil contador de aquella curiosa historia acontecida muchos años atrás, como queriendo averiguar la veracidad de sus palabras. Como niños de parvulario, al terminar mi relato, un tropel de voces, a cual más aguda, me acribillaron a preguntas que apenas lograba entender y que la guía me ayudaba a descifrar: ¿quién asistió a su madre en el parto?, ¿fue el chofer o su padre?, ¿y con qué le cortaron el cordón umbilical?, ¿y duró mucho el parto?, ¿y qué hacía la gente del autocar mientras tanto? ¿pararon en el arcén mientras duró el parto o el autocar siguió su camino hasta la estación de servicio? Y… Debo reconocer que, para darle más aliciente a la historia, la aderecé un poco en algún que otro pasaje con un “toque personal”. Como cuando dije que mi madre, del dolor tan intenso, arrancó uno de los asientos en los que estaba recostada, o que todos los pasajeros hicieron una colecta como obsequio para mis padres por el feliz desenlace, o que me pusieron de nombre Luis en honor al dueño del bar por el trato y los cuidados que dispensó a sus tres visitantes inesperados. Visto el éxito de mi narración ─debo decir que soy muy bueno contando cuentos─ me animé a repetirla en otra ocasión, también con el mismo tipo de pasaje, pero con una pequeña variante. En esta segunda versión me habían bautizado con el nombre de Jesús, por lo del nacimiento imprevisto del Mesías en el portal de Belén. Si tuviera que contarla una vez más, quizá diría que me pusieron Ángel en honor a Angelines, una enfermera jubilada, que fue quien realmente ayudó a mi madre en el parto. 

CONTINUARÁ...

jueves, 6 de julio de 2017

La última cita


En todos los hoteles en los que me alojo, lo primero que hago al ocupar mi habitación es observar desde la ventana la ciudad que va a acogerme mientras dure mi estancia. Siempre pido una en el piso más alto. Me gusta contemplar las ciudades desde arriba. Me da una sensación de poder. 

Desde aquí la ciudad se ve distinta. Ha cambiado mucho. Como debe de haber cambiado ella. Hacía veinte años que no volvía. La última vez que pisé sus calles yo acababa de cumplir los treinta. Ella solo contaba con veintidós. Tan pronto como nos conocimos, surgió lo que llaman un flechazo. Por desgracia, nuestro idilio duró muy poco, el tiempo que permanecí en la ciudad, por un asunto que me llevó semanas resolver. Luego, mi trabajo y mis continuos viajes, con largas y frecuentes ausencias, hizo inviable nuestra relación. Nos escribíamos, nos llamábamos, pero el contacto se fue distanciando y languideciendo. Hasta que se interrumpió definitivamente cuando me comunicó que iba a casarse. No le amaba, pero debía hacerlo por el bien de la familia, me confesó. ¡Que en pleno siglo XX todavía hubiera matrimonios de conveniencia! Y ahí terminó todo lo exiguo pero intenso que hubo entre nosotros. Todavía guardo un muy grato recuerdo de aquellos días, pues no he podido olvidarlos. 

Y ahora, de vuelta a esta ciudad que nos presentó, también por un asunto de trabajo, no puedo dejar de pensar en ella. Todo me la recuerda. 

Como lo que me ha traído hasta aquí me retendrá muy poco tiempo, debo aprovecharlo al máximo. Por eso no he podido evitar buscarla. Necesitaba verla, aunque solo fueran unos minutos. Saber de ella, cómo ha sido su vida durante estas dos últimas décadas. Mi fuente de información me ha facilitado su dirección y número de teléfono. La he llamado. Su alegría al oírme ha parecido sincera. Hoy no tenía ningún compromiso y su marido está en viaje de negocios. Parece una señal, un buen augurio.

Mi informador también me ha dicho quién es su marido y a qué se dedica. Al parecer está forrado y es un elemento de cuidado, un hombre de negocios sin escrúpulos. No me extrañaría que tuviera una amante. Ya se sabe, el típico matrimonio de conveniencia para fortalecer alianzas familiares. Como en la mafia. Quizá siga sin amarle. Quién sabe si todavía hay un hueco en su vida que yo pueda ocupar. Esta noche lo descubriré. Si no hay motivo para la esperanza, esta será nuestra primera y última cita.

Iremos a cenar y recordaremos los buenos tiempos. Nos pondremos al día. Espero que no me pregunte el motivo de mi visita a la ciudad. No quiero mentirle de nuevo, como hice entonces. En tal caso, solo le diré que trabajo como freelance. Siempre suena mejor que autónomo.

Esta vez mi estancia será mucho más breve. No parece que el trabajo vaya a ocuparme más de dos días. Luego deberé marcharme, pues otro encargo me espera en otro lugar. 

*****

Todavía siente algo por mí. La cena fue como esperaba, inolvidable. Estaba espléndida, radiante. La madurez le ha dotado de unas facciones todavía más atractivas que en su adolescencia. Hacía tiempo que no me sentía tan a gusto, como si el tiempo se hubiera detenido veinte años atrás. Me contó cómo ha sido su vida durante estos años. Tal como sospechaba, es sumamente infeliz. Desea divorciarse, pero hay muchos impedimentos económicos y financieros que resolver. Propiedades compartidas, intereses familiares en común, mucho dinero de por medio a repartir. Su marido se lo pondrá muy difícil. 

Una vez concluya los trabajos para los que me he comprometido, volveré para quedarme. Quiero estar cerca de ella. Quizá necesite mi ayuda. Haré lo que sea necesario para estar a su lado. Está decidido.

No puedo dejar mi trabajo. Soy el mejor profesional del sector, el más buscado y el mejor pagado. Tengo muchas ofertas y nunca he fallado a mis clientes. Tengo una reputación que mantener. Pero puedo cambiar mi centro de operaciones. Al fin y al cabo, mis actividades no requieren una oficina. Lo que hago es como un teletrabajo. Podría establecerme aquí e iniciar juntos una nueva vida.

De momento no le diré nada de mis planes. Cuando salga de la ducha la tantearé.

Llaman a la puerta. 

Era el servicio de habitaciones. Pero, junto al copioso desayuno que he encargado, para reponer fuerzas después de una intensa noche de pasión, el camarero me ha hecho entrega de un sobre que alguien ha dejado en recepción a mi nombre. Deben ser las instrucciones que estoy esperando. 

Pero antes está el placer que el trabajo. Ya abriré el sobre cuando hayamos disfrutado del desayuno y ella se haya marchado. No quiero preguntas indiscretas.  

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Nunca había estado tan nervioso a la hora de conocer la identidad de mis víctimas, gente anónima cuya existencia me la trae al pairo. Solo un nombre y una dirección. Su vida a cambio de un buen puñado de dinero. 

Esta vez, sin embargo, me siento inquieto, como si temiera que algo fuera a torcerse. Serán las prisas por liquidar los asuntos que me esperan y volver a los brazos de mi amada.

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Mis ojos no dan crédito a lo que ven. El nombre, por sí solo, podría llevar a un equívoco. Supongo que habrá muchas mujeres en esta ciudad con el mismo nombre, pero la dirección no da lugar a dudas. Es la que me dio mi contacto. Adivino quién está detrás de este encargo, quién quiere deshacerse de ella. Por eso se ha ausentado de la ciudad en viaje de negocios.

Pero soy todo un profesional y nadie ni nada puede interponerse en mi trabajo y en mi prestigio. Muy a mí pesar, la próxima será mi última cita con ella.