Querida Elena,
Durante todo el tiempo que
llevo en este estercolero humano, he estado dudando si escribirte o seguir callado.
Pero, por fin, he decidido revelarte la verdad. Seguramente tampoco tu
comprenderás mis razones, como hicieran quienes me juzgaron. Aun así, necesito
contarte lo que ocurrió y por qué ocurrió.
Cuán lejos queda esa época en
la que el honor era el pilar de la sociedad y faltar a la palabra dada era
la peor de las vergüenzas, el descrédito moral y una falta merecedora de un
castigo ejemplar, como el que yo infligí a quien no supo cumplir nuestro
acuerdo.
Reconozco que soy como un
caballero andante, perteneciente a un mundo muy distinto al actual, pues lo que
hice fue simplemente vengar una mentira, una falta deshonrosa. Perpetré un
crimen por el que me han condenado a un largo e injusto encierro, pero no me
arrepiento. Lo que se ha dicho de mí solo se basa en las apariencias, pues nunca
quise revelar el verdadero motivo de mi acto. Aquellos insensatos no merecían
conocer algo tan íntimo. Sus afirmaciones contra mí fueron execrables. Nadie en
su sano juicio mata a un amigo por una mujer, dijeron. ¡Ignorantes!
Quizá hubiera tenido que
llevarme este secreto a la tumba, pero mi honor no me permite guardar silencio
ni un día más, porque lo que hice, lo hice por ti. Aún recuerdo tu cara de
espanto y de recriminación. Tus lágrimas me torturaban y me siguen torturando,
pero callé y acepté mi castigo, por muy inmerecido que fuera. Y aunque mi acto te parezca algo horrible, confío que con el tiempo acabes entendiéndolo.
De ahí que haya decidido escribir esta confesión. No espero, pues, tu perdón,
pero sí tu comprensión.
Todo comenzó con un acuerdo
verbal, un pacto entre caballeros. Yo cumplí con mi parte del trato, pero él
no. Me mintió, me traicionó. Y tu fuiste el motivo de nuestro ajuste de
cuentas.
Tu marido tuvo la desfachatez
de jugar con mis sentimientos. Sabiendo que siempre he estado enamorado de ti,
me tentó con una oferta difícil de rechazar. Había perdido mucho dinero en una
de esas timbas ilegales que organizaba. Seguro que nunca te lo contó. Su vida
corría un grave peligro si no liquidaba pronto lo que debía.
Me ofreció tu cuerpo a cambio de esa gran suma de dinero. Me pareció un trueque
moralmente repugnante, pero me aseguró que estabas de acuerdo y no pude
resistirme. Así que accedí. Una noche contigo bien valía ese trato. Una vez hubo
saldado la deuda gracias a mí, me dio las llaves de vuestro apartamento, asegurándome
que me esperabas. Tembloroso por la emoción e inquieto por esa infidelidad
consentida, me dirigí, sin pérdida de tiempo, en tu busca, esperando yacer
entre tus brazos en la que, sin duda, sería la noche más maravillosa de mi
pobre existencia. Y en lugar de eso, me encontré con una vivienda vacía y a mis
espaldas unos matones que exigían el pago de una deuda de juego. Me confundieron
con tu marido y querían el dinero que yo ya le había entregado a cambio de su
tentadora oferta.
Afortunadamente, siempre he
sido un hombre de recursos y gracias a ello logré salir indemne, salvo por unas
costillas rotas y la cara hecha un pingajo. Vosotros dos habíais volado. Creo que no llegaste a descubrir cómo se
desarrollaron los hechos. Prefiero creerlo así, que estuviste totalmente al
margen. Por un lado, me complació saber que Anselmo fue lo suficientemente honesto
como para no entregarte a mí a cambio de unos billetes, pero por otro, comprobar
que había faltado a su palabra me rebeló hasta el punto de desear su muerte.
No sé qué explicación te daría
al ser descubierto y detenido con tal cantidad de billetes falsos en su poder. Supongo
que, llegado a este punto, ya habrás adivinado quién le dio esos billetes y
luego le denunció. Dirás que yo también actué maliciosamente, pero tenía que
asegurarme. También he sido siempre una persona precavida. No podía darle el
dinero sin tener la certeza de que cumpliría su palabra. Te aseguro que, de
haberlo hecho, le habría confesado la verdad y habría recibido lo prometido. Pero
él me engañó primero, así que tuve que mantener el engaño hasta sus últimas
consecuencias. Yo no te tuve y él no obtuvo lo pactado. Estábamos en paz. Pero
con lo que yo no contaba era que me devolvería el golpe, corregido y aumentado.
Me denunció por blanqueo de dinero. Bien conocía él la procedencia del dinero que
me pidió para salvarle el culo y al que no le hacía ascos. Y, de este modo, me
traicionó por segunda vez.
Ponte en mi lugar. Los
sicarios que envió el tipo a quien tu querido marido le debía tanto dinero,
creyéndome él, me dieron una paliza de la que todavía no sé cómo salí medianamente
ileso. Supongo que saben lo que se hacen y me querían vivo. Cuando les conté la
verdad, no me creyeron y me llevaron a rastras ante su jefe. Ese sí que me
creyó, pero me hizo responsable subsidiario. “Si no recibo lo antes posible lo
que se me debe, pagarás con tu vida”. Eso fue lo que dijo, ¿Te imaginas? Tuve
que acabar liquidando la deuda que contrajo el cabrón de tu marido ludópata,
mientras os dabais la gran vida en el país vecino. Tuve que denunciarle por
falsificación. Yo también tengo mis contactos, pero de mejor talante que los de
él. A un amigo mío no le resultó difícil seguir vuestro rastro. En la policía también
hay alguna que otra oveja descarriada, a la que tuve que dar de comer un
sabroso bocado. Y esa misma oveja hambrienta fue la que me salvó el culo cuando
tu apuesto galán me devolvió el golpe. Eso me costó una mordida todavía mayor.
No sé cuánto tiempo me queda
por seguir encerrado, no me lo quieren decir, pero intuyo que pronto me dejarán
en libertad. Tengo mis contactos y han prometido echarme una mano. Son gente
poderosa. No puedo decir más. Espero que hayas comprendido qué tipo de marido
tenías y que, como dije antes, todo lo hice por ti. También espero que podamos
vernos y reanudar el acuerdo que él no llegó a cumplir. Solo tendrás que
acceder a lo que se comprometió en vida y tuyo será el dinero. Sé que lo estás
pasando mal económicamente y que los acreedores te amenazan con embargar los
pocos bienes que te dejó aquel desgraciado. Incluso podríamos ser felices. Intenta
olvidar el pasado y piensa en el futuro. Ya sé que dirás que el dinero no hace
la felicidad, pero contribuye a ella, te lo aseguro. Sigo siendo rico y lo
tengo todo a buen recaudo, esperando el gran día.
Piénsalo bien. Estaré
esperando ansiosamente tu respuesta. Pero no me la envíes por correo. Aquí lo
intervienen todo. Mejor ven a verme, te lo ruego. Ya sabes dónde encontrarme. Y
avisa antes, que a lo mejor me pillas en la sesión de rehabilitación, como aquí
la llaman. Estos loqueros no tienen remedio. Les cuentas la verdad y ya piensan
que uno no anda bien de la azotea.
Siempre tuyo,
Enrique
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Creía que no lo haría, pues
habían pasado varias semanas desde que le escribí, pero hoy ha venido a verme,
como le pedí. No quiero que nadie hurgue en mi correspondencia.
Estaba
bellísima. Parece como si el tiempo transcurrido y haberse librado de aquel
sinvergüenza le hubieran favorecido. He llegado incluso a pensar que se había
acicalado especialmente para mí. Sigo siendo un ingenuo.
Al
principio parecía retraída, indecisa. Al cabo de unos interminables segundos,
ha entreabierto su boca para decir algo. Yo no he podido desviar mi mirada de
esos labios carnosos que pedían a gritos ser besados, pero de ellos no salía
nada, solo un ligero temblor que he interpretado de emoción. Hasta que, por
fin, se ha atrevido a hablar.
Mirándome
fijamente ─Dios, qué ojos, qué mirada, ahora era yo quien temblaba de emoción─,
me ha dicho:
─He
estado a punto de no venir e ignorar las barbaridades que escribiste en tu
odiosa carta, pero he decidido que lo mejor, para zanjar este asunto, era
acudir a este lugar, donde espero que te pudras, y darte mi versión de los
hechos, la única versión real, a ver si, por lo menos, te das cuenta de lo enfermo
que estás.
Y como
─según me ha dicho─ lo que tenía que decirme era excesivamente largo para el poco
tiempo que le habían otorgado, ha preferido ponerlo también todo por escrito para
que lo leyera en la intimidad de mi celda. Y sin darme tiempo a reaccionar, a
pedirle que se quedara unos minutos más, se ha levantado, me ha entregado esta
carta, que no puedo dejar de leer una y otra vez, y se ha ido sin siquiera
despedirse, la muy ingrata. No sabe que, como yo la amo, no la amará nadie
mientras viva.
No he
podido esperar a tener un momento de paz y sosiego para conocer el contenido de
su misiva. Necesitaba saber cuanto antes lo que Elena me decía en ella, aunque
no auguraba nada bueno por cómo se había expresado y por su actitud tan arisca.
Tan pronto he llegado a mi celda, me he tumbado en la cama, he abierto su carta
y he dedicado los siguientes cinco minutos a leerla con la máxima atención.
Hasta su letra me ha parecido preciosa.
*********
Enrique:
Reconozco que Anselmo era un
jugador empedernido. Pero yo le quería y él a mí, y nunca me habría entregado a
ti, por muy desesperado que estuviera y por muy amigos que fuerais. Estaba
enterada, aunque debo reconocer que no con el detalle suficiente ─nunca quise
inmiscuirme en sus negocios─ de que tenía entre manos asuntos turbios de los
que quería deshacerse en cuanto superara el bache por el que estaba pasando.
Los problemas económicos le acuciaban y esperaba ─ingenuo e irresponsable─ que
el juego le salvaría de la ruina.
Debes de estar muy mal de la
cabeza o ser un embaucador compulsivo para cambiar de tal modo lo que realmente
sucedió, para no admitir que a quien Anselmo debía una gran cantidad de dinero
por culpa del juego era a ti y que fuiste tú quien le propuso saldar la deuda lanzándome
a tus brazos. ¿Realmente creías que mi marido aceptaría ese asqueroso acuerdo?
Al parecer sí.
Y no solo insististe, sino
que, además, le chantajeaste amenazándole con que, si no aceptaba el trato, le
contarías a la policía ─supongo que a ese amigo corrupto tuyo─ las
irregularidades fiscales de sus negocios. Anselmo me lo contó todo, entre
asqueado y atribulado. Y entonces planeamos una solución: hacerte creer que
aceptaba tu propuesta y marcharnos a París, donde conservaba un pequeño
negocio, esperando poder salir a flote. Por eso te facilitó las llaves de
nuestro piso, un apartamento que al cabo de una semana iba a ser expropiado.
La historia de los sicarios
que se presentaron en nuestro domicilio buscando a Anselmo y confundiéndote con
él, y el posterior encuentro con su supuesto jefe, es pura invención u obra de
tu mente enferma, seguramente al verte burlado. No existieron billetes
falsificados ni nada por el estilo. Todo es pura patraña. Lo único cierto es
que alguien ─seguramente el poli a quien hiciste creer toda esta historia
inventada─ le denunció por falsificación y que fue detenido por ello.
Evidentemente lo soltaron a los pocos días por falta de pruebas. Realmente no
sé qué pretendías con ello. Supongo que solo asustarle y putearle. No veo otra
explicación. Pero ya conoces ─o conocías─ a Anselmo. Era un trozo de pan hasta
que le tocaban los cojones. Perdona mi lenguaje, pero no creo que, dadas las
circunstancias, tenga que ir con sutilezas y buenos modales. El caso es que,
furioso como estaba, decidió vengarse de ti, devolviéndote el golpe y
denunciándote por tus negocios sucios y el blanqueo de dinero, algo que no
habría hecho jamás por la amistad que os unía. Entonces vimos claro que no
estabas en tus cabales, pues ¿quién, teniendo tanto por ocultar, se expone de
ese modo? Y no me digas que lo hiciste por mí, malnacido, porque lo que le
hiciste a él me lo hiciste a mí.
Aún recuerdo aquel aciago día. Tardaba más de la cuenta y no solía retrasarse tanto del trabajo. Lo
supe por la policía: dos individuos le habían disparado en plena calle. Murió
en el acto. Eso me dijeron y quiero creer. Pero hubo testigos. La policía se
entregó a fondo y lograron detenerlos. Los dos sicarios acabaron confesando.
Los habías contratado tú, supongo que por mediación de tu amigo.
Aunque los expertos así lo
constataron, no sé hasta qué punto estás loco o eres un sádico, pero sí sé que
este es el mejor lugar donde puedes estar y ojalá te mantengan encerrado hasta
el fin de tus días.
No sé si serás capaz de poner
tu mente en orden. Yo, por lo menos, espero rehacer mi vida. Lo único que se me
atraganta es que a ello contribuirá la indemnización millonaria que obtuve
por el vil asesinato de mi marido. Además, acabo de conocer a un buen hombre
con el que pienso marcharme muy lejos y tratar de borrarte de mis pensamientos.
Estaré mucho más tranquila y segura con él. Da la casualidad de que es un ex
policía. Sabrá cuidar de mí.
Ojalá te pudras en el
infierno.
Elena.
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Vaya,
vaya, con Elenita. Así que rehará su vida con un buen hombre que, mira por dónde,
es un ex policía. No me imaginaba que mi buen amigo fuera tan listo. Si la
tuviera todavía ante mí, si me hubiera contado todo esto a la cara, le habría
preguntado si ese hombre que la protegerá del mal es alto, moreno y tiene
una cicatriz junto a la comisura de los labios.




