jueves, 28 de febrero de 2019

La vida con remordimientos no es vida



La tormenta arrecia, inclemente, acompañada de un frio glacial. Está anocheciendo.

─Quédate conmigo. No me dejes solo, por favor ─grita Javier para hacerse oír.
─Tranquilo, que no me voy a ninguna parte. Juan y Esteban pronto volverán con ayuda ─le responde Rosa, aparentando una serenidad que no siente.
─Me estoy helando. Como no lleguen pronto con ayuda, moriré congelado.
─Ya verás como no. Piensa en positivo. Ya deben estar de vuelta.
─Pero hace ya muchas horas que se marcharon.
─Hará unas tres horas, no más. Ten en cuenta que el camino debe estar muy mal; con la nevada que está cayendo habrá quedado casi intransitable. Pero ellos lo lograrán, ya verás. Tú estate ahora tranquilo, relájate.
─¡¿Cómo quieres que me relaje?! Me estoy congelando, Rosa. Ya no siento las extremidades. Estoy muy débil. Creo que voy a morir en este agujero.
─No digas tonterías, Javier. No te vas a morir. Lo que sientes es debido a la hipotermia. No has tenido tiempo de congelarte. En cuanto entres en calor, te recuperarás, ya verás.

Por fortuna, Rosa se ha quedado para hacerme compañía, pero la espera se hace interminable. ¿Llegarán a tiempo? ¿Encontrarán a alguien dispuesto a venir en mi ayuda con esta tormenta de nieve? Es una zona muy escarpada y de difícil acceso, solo un montañero muy experimentado y bien pertrechado lograría llegar hasta aquí a tiempo, sacarme de esta grieta y trasladarme sin demora al hospital más próximo.

─¿Sigues ahí, Rosa? No te veo.
─Sigo aquí, Javier, no te apures. Me he tendido para protegerme de la ventisca. La nieve helada se clava en la cara como dardos.

Si salgo de esta, les estaré eternamente agradecido. Se lo recompensaré de algún modo. Ahí está Rosa, dándome ánimos, aunque me habla como al moribundo a quien se quiere distraer para que no piense en la muerte. Y tanto Juan como Esteban están poniendo en peligro su vida para salvar la mía.

─¿Ves algo, Rosa? ¿Todavía no has podido contactar con ellos?
─No, Javier, no se ve nada y no hay cobertura. Pero seguro que ya no tardarán en llegar. Ten un poco más de paciencia.
─Me duele mucho la espalda. Seguro que me he roto algo, quizá alguna vértebra. Estoy totalmente encajonado. No puedo moverme. Si no me sacáis pronto, me quedaré aquí, enterrado en el hielo.
─Que no, hombre. Todo saldrá bien, ya lo verás. Pronto te sacaremos de ahí, te lo prometo.
─Ojalá sea así. Y ¿sabes qué?
─Dime.
─Que casi preferiría morirme en este agujero que quedar inválido el resto de mi vida.
─Pero ¡qué cosas tienes! No pienses en ello, haz el favor.

Rosa, Juan y Esteban. Somos amigos prácticamente desde la infancia. ¡Cuántas experiencias vivimos juntos de adolescentes! Aunque como esta ninguna, desde luego. Tiene mucho mérito que hayamos mantenido la amistad durante tantos años. Más de veinticinco. Siempre han estado a mi lado. Yo, en cambio, últimamente me he ido distanciando. La falta de tiempo y esas cosas. Si no me llamaran ellos, creo que no encontraría nunca el momento de hacerlo yo. Reconozco que he sido un mal amigo. Y también un mal hijo. Y un mal marido. ¡Qué mal me he portado con todos! A mis padres los visito de uvas a peras y siempre más por obligación que por devoción. Y como marido todavía peor. Le fui infiel a Julia con una de sus amigas. No le reprocho que no me haya perdonado, aunque debo admitir que yo no he hecho nada para merecer su perdón. Y en mi trabajo me he granjeado más de un enemigo. He sido una mierda de persona. Si salgo de esta, prometo cambiar, me tomaré la vida de otro modo y trataré a los demás de una forma más justa. Menos trabajar y más tiempo para mí y para los míos. Se acabó trabajar los fines de semana y en vacaciones. Tengo que quitarme la adicción al trabajo y vivir la vida. Quizá, incluso, me tome un año sabático.

─Rosa, ¿me oyes?
─Claro que te oigo. Dime.
─¿Tú crees que he sido un mal amigo?
─¿A qué viene esto ahora?
─Contéstame. Es importante. ¿He sido un mal amigo? Y sé sincera, por favor.
─Pues ya que lo preguntas, un poco sí, la verdad.
─¿En qué os he fallado? Dímelo, quiero saberlo.
─Pues, chico, no sabría por dónde empezar, sinceramente.
─Me lo imaginaba. Da igual. Me arrepiento de todo, aunque no sepa todo de lo que deba arrepentirme. Si salgo de esta, seré el mejor amigo del mundo.
─No me hagas reír, Javier, que no estoy para bromas. Ya te lo recordaré más adelante.
─No hará falta que me recuerdes nada. Para empezar, tenemos que quedar con más frecuencia. Por lo menos una vez al mes, eso es. Y siempre que necesitéis algo, contad conmigo.
─Caramba, Javier, ahora sí que empiezo a pensar que estás grave.
─Te lo digo en serio. He tenido que encontrarme en esta desagradable situación para replantearme muchas cosas. No solo como amigo, sino también como hijo y como marido.
─Eso me parece muy bien. Harías bien en preocuparte más por tu familia, y como familia incluyo también a Julia. La pobre lo ha pasado, y sigue pasándolo, muy mal. No estaría de más que le pidieras perdón. Ella todavía te quiere, a pesar de lo que le hiciste. Lo vuestro todavía puede tener arreglo.
─Lo reconozco, me porté fatal con ella. Y no solo con ella. A mis padres los tengo muy abandonados. En cuanto pueda…
─¡Ya vienen, ya vienen! Creo que son ellos. ¡Sí, son ellos, y vienen con ayuda! ¿Lo ves, Javier, como tenía razón? ¿Javier? ¿Javier, me oyes?


Javier yace en una cama de hospital. Han transcurrido tres días desde que lo rescataron. Por extraño que parezca, solo se fracturó un brazo y una pierna. El resto fueron contusiones, heridas superficiales y un inicio de congelación de los dedos de las manos y de los pies. Cuando llegó el equipo de rescate había perdido el conocimiento, su pulso era débil y deliraba. Un helicóptero lo trasladó al hospital en el que ahora se recupera. Durante el vuelo balbuceaba cosas ininteligibles para la gran mayoría de los presentes, excepto para Rosa, la única que pudo entender el significado de las frases entrecortadas que salían de sus labios resecos y cortados por el frío.

Al cabo de las veinticuatro horas que estuvo prácticamente inconsciente, despertó sin recordar lo ocurrido, hasta que vio a su alrededor varias caras conocidas. Entonces comprendió dónde estaba y recordó lo sucedido. Mientras Juan y Esteban se tomaban un café aguado de la máquina expendedora situada al fondo del pasillo, junto a la sala de espera, a los pies de su cama se agolparon Rosa, Julia y sus padres, ansiosos por ver si todo estaba en orden en la cabeza de Javier. Cuando este esbozó una sonrisa, todos suspiraron aliviados. Rosa fue de inmediato en busca de sus dos amigos para darles la noticia. Todos los allí reunidos tenían un motivo de alegría, empezando por el propio accidentado, que comprobó que había sobrevivido y que, por las escayolas, solo se había fracturado dos de sus extremidades. Solo un pertinaz dolor de cabeza enturbiaba su bienestar. Todos le abrazaron, incluso la dolida Julia, que había acudido, tan pronto la avisaron, para interesarse por su estado.

A Javier, se le escaparon unas lágrimas rebeldes de gratitud. A pesar de su comportamiento para con todos ellos, estaban ahí, no le habían querido dejar solo en esas lamentables circunstancias. Eso significaba que le querían. Más de lo que él los había querido. De pronto recordó su examen de conciencia y su propósito de enmienda. Pero la vergüenza le impidió verbalizarlo. Ni siquiera les dio las gracias en voz alta.

Tras los oportunos exámenes y comprobar que el paciente estaba estable, le dieron el alta hospitalaria y solo le recetaron un analgésico, que debía tomar a demanda. Por lo demás, podía hacer vida normal, todo lo normal que un brazo y una pierna escayolados le permitieran.


A las pocas horas de haberle dejado en casa sus amigos, a media tarde, recibió una llamada telefónica.

─Hola hijo. ¿Cómo estás?
─Muy bien, mamá, no te preocupes.
─¿Cómo no voy a preocuparme, estando como estás solo? ¿Quieres que venga a hacerte la cena?
─No, mamá, la cena me la está haciendo Eva.
─¿Eva? ¿Quién es Eva?
─Es la señora de la limpieza. Viene a horas, pero le he propuesto que, de momento, venga cada día a hacerme el almuerzo y la cena. Así que no hay problema.
─Ah, bueno. Pero si no le va bien, me lo dices y voy yo.
─Que no, mamá. Me ha dicho que puede venir todos los días. No te preocupes por nada, ¿vale?
─¿Y el desayuno? ¿También te lo preparará esa Eva?
─Pero mamá, ¿ya no te acuerdas que casi no desayuno? Un café con leche me lo puedo preparar yo. Estoy lesionado, pero no inválido, ¿de acuerdo?
─De acuerdo, hijo, como quieras. Pero si me necesitas, ya sabes.
─Que sí, mamá. Adiós.

Eva resulta ser una gran cocinera y de muchos recursos, pues la nevera estaba más vacía que la cuenta corriente de un parado de larga duración, así que no sabe de dónde ha salido ese ágape tan generoso.

No han pasado más de unos pocos minutos desde que se ha levantado de la mesa y se ha despedido de Eva, que vuelve a sonar el teléfono, esta vez el móvil. Es Rosa.

─Oye, Javier, que hace un rato, hablando con Juan y Esteban, hemos pensado que, si necesitas algo, como por ejemplo que alguien te lleve a las sesiones de recuperación, al médico o lo que sea, puedes contar con nosotros, que nos podemos….
─Que no, no os preocupéis. Gracias, de todos modos. Ya me las apañaré, siempre puedo llamar a un taxi ─le corta Javier.
─¿Un taxi?
─Sí, un taxi, ¿por qué no?
─Vale, vale, pero que sepas que lo que necesites…
─Que sí, que sí. Disculpa, Rosa, pero estoy muy cansado e iba a acostarme.
─Ay, perdona, Que descanses, pues.

Javier se siente, de pronto, agobiado por tanta amabilidad y, entre tanto alboroto, necesita relajarse y que nadie le moleste.

Cuando, ya en la cama, intenta conciliar el sueño, siente la vibración del móvil, que ha puesto en modo silencio, sobre la mesilla de noche. Está tentado de no contestar, pero ¿y si es algo urgente? Podría ser su jefe, que le llama para interesarse por su estado, pues en todo ese tiempo no ha dado señales de vida, aun habiendo informado a la empresa de su accidente. Pero no, en la pantalla aparece el nombre de Julia y su fotografía. A pesar de la ruptura, nunca llegó a borrarla de sus contactos. Y ahora es ella quien le llama. Supone que también es para preguntarle cómo se encuentra. Ahora no tiene ganas de hablar, así que deja que suene hasta que cuelga. Julia pensará que está durmiendo.

Javier percibe el sonido que denota que hay un mensaje entrante. Deja transcurrir unos segundos y escucha el mensaje de voz.

─Hola, Javier. Soy yo, Julia. Solo te llamaba para saber cómo te encuentras y decirte que puedes contar conmigo para lo que necesites.

Y tras un breve silencio, un carraspeo de vacilación y un suspiro, añade:

─Javier, creo que deberíamos hablar. He estado pensando mucho en lo que hiciste y aunque me dolió muchísimo tu infidelidad, mucho más me dolió que no me pidieras perdón. Con el tiempo te habría perdonado, pero tu frialdad me ha dejado muy tocada. Sé que no has rehecho tu vida con ninguna otra mujer, que aquello fue algo ocasional, por desagradable e injusto que fuera para mí. Lo sé por Rosa, a quien siempre le pregunto por ti. Me habría gustado que tú también hubieras mostrado un mínimo de interés por mi situación, por cómo me va. No te enfades con Rosa, pero me ha confesado que cuando estuviste allí arriba, atrapado en aquel agujero, mostraste estar arrepentido. Quiero pensar que eso significa que todavía no está todo perdido. Sé que, aunque te sientas culpable, eres orgulloso, pero si todavía me quieres un poco podemos aclarar las cosas y quién sabe… Bueno, te dejo. Supongo que debes estar descansando. Y perdona por todo este rollo. Si quieres que hablemos, ya sabes mi número de teléfono. Si lo borraste, ahora te quedará mi llamada registrada.

Tras oír el mensaje, Javier decide apagar el móvil, no sea que alguien más perturbe su descanso. Al cabo de cinco minutos, el silencio de la habitación solo lo rompe sus ronquidos.


 Javier nunca ha sido una persona físicamente fuerte y vigorosa ─todavía no entiende cómo se dejó engatusar por esos tres para pasar un fin de semana en aquella casa rural del Pirineo─ pero el periodo de convalecencia y de recuperación ha resultado mucho más breve de lo que le auguró el traumatólogo. Y todo gracias a su tenacidad con los ejercicios fuera y dentro de casa. Siempre ha sido un luchador y nunca se ha amedrentado ante los obstáculos, por insalvables que parezcan. En su rápido restablecimiento también ha influido mucho sus ansias por volver al trabajo. Aunque habría podido resolver algunos temas por teléfono, como así hizo, no hay nada como estar presente para lograr que todo funcione a la perfección.

A los cuarenta días exactos desde que le escayolaran, una vez libre del engorroso cepo de yeso, ya está de nuevo en su despacho dando órdenes y poniéndose al día. Su trabajo es lo primero, lo que le llena de verdad. Para lo demás ya habrá tiempo. De momento, nadie le importuna ni le distrae de sus quehaceres diarios y sus compromisos profesionales. Un día de estos tendrá que llamar a sus amigos para quedar, piensa. Este fin de semana, si no tiene que llevarse trabajo a casa, hará una visita a sus padres. Y a Julia quizá la llame un día que esté de buen humor. Ahora no es el momento. No tiene porqué sentir remordimientos por nada. No habría llegado donde está si no hubiera priorizado sus obligaciones. Así es la vida y, sea como sea, la vida sigue, lo queramos o no.


jueves, 14 de febrero de 2019

Mein Kampf



Solo con verla aparecer, nuestros cuerpos se tensaban bajo aquel viejo plátano donde nos apostábamos a diario, tras salir de clase. Fue su aspecto de alemana, como decía Xavier, lo que nos cautivó. Alta, con cabello rubio y lacio hasta los hombros, de ojos azules y piel clara. Andaba como si de una modelo se tratara y pasaba junto a nosotros mirando al frente y con los libros sujetos contra su pecho, como si temiera que se los robaran. Aun sabiéndose observada, nunca se habían cruzado nuestras miradas.

Por el uniforme supimos que iba a un colegio de monjas cercano, “el chalet”, sobrenombre que usábamos para referirnos a la Casa Golferichs, un edificio modernista convertido, durante la posguerra, en un colegio religioso para chicas. Lo siguiente sería averiguar dónde vivía. En lugar de un abordaje claro y directo, cara a cara, echándole morro, cosa de la que entonces carecíamos, optamos por un espionaje de lo más pueril. Seguirla resultó todo un reto para nosotros, torpes aprendices de ligón. Con sólo pensarlo, sentíamos una gran emoción.

El día de autos, al poco de iniciar el seguimiento, debió percatarse de ello porque se giraba de vez en cuando. Nosotros, a cada giro de ella, jugábamos al despiste, entreteniéndonos con cualquier cosa que aparentemente nos llamaba la atención, hasta que se detuvo y se volteó desafiante. Yo hubiera seguido adelante, pasando por su lado como si nada, pero Xavier, como si un resorte le hubiera catapultado, entró precipitadamente, y yo tras él, en la primera tienda que había a nuestro alcance y que resultó ser una librería. Una vez dentro, un hombre de avanzada edad nos preguntó qué deseábamos, a lo que mi amigo contestó, sin pensárselo dos veces: “¿tiene Mein Kampf?”. ¿Sería acaso una de esas revistas sobre el ejército alemán que tanto le gustaban? No sé qué hubiera dicho Xavier de haber entrado en una corsetería, pero seguro que algo se le habría ocurrido.

No es que Xavier fuera germanófilo, simplemente sentía un gran interés por lo alemán y, especialmente, con todo lo relacionado con la segunda guerra mundial. Así que yo no podía ir muy errado en mi suposición.

Una vez en la calle, dejando al pobre hombre perplejo, no sé si por tal demanda o por cómo desaparecimos sin mediar explicación, Xavier me dijo:

─¡Menos mal que hemos entrado en esa librería!

Yo iba a decirle que me había parecido una ridiculez haber actuado de ese modo, pero me venció más mi curiosidad.

─¿Qué es lo que has pedido a ese hombre? ─ya no recordaba el dichoso nombrecito.
─Le he preguntado si tenía Mein Kampf ─contestó con la mayor naturalidad.
─Eso ya lo sé, pero ¿qué es? ─repliqué, incómodo por mi ignorancia.
─Es un libro sobre Hitler, escrito por él mismo.
─Y ¿qué significa el título? ─inquirí.
─Significa “Mi Lucha”.

¡Así que Mi Lucha! Yo también podría escribir un libro sobre mi vida amorosa titulado así, pensé.

En eso, nuestra chica había desaparecido y nosotros, derrotados, nos retiramos a nuestros cuarteles, aplazando el frustrado seguimiento. Desde aquel día, ella pasó a llamarse Mein Kampf.

Decidimos volver a probar fortuna al día siguiente. Pensamos que, como primera aproximación, un alto y claro “adiós”, sin calificativos, sería más que suficiente. En el momento crucial, sin embargo, los dos bobos en apuros no lograron verbalizar nada. Parecíamos afectados por el mismo mal. Gemelos con atrofia cerebral que impedía el habla y hasta el raciocinio. Pasó ante nosotros como una exhalación y tal fue la frustración ante nuestra ineptitud que, al unísono y sin pensarlo, decidimos darnos una segunda oportunidad iniciando una carrera frenética alrededor de la manzana con objeto de alcanzarla de frente. Si corríamos lo suficientemente deprisa, todavía podíamos cruzarnos con ella y, entonces sí, decirle ese adiós tan preciado para nuestra autoestima.

Corrimos como galgos y logramos por los pelos dar con ella, pero lo que surgió de nuestras gargantas no sabría cómo definirlo: ¿un sonido gutural?, ¿una espiración estertórea?, ¿una sibilancia asmática? Algo salió, pero totalmente incomprensible. Ni nosotros mismos pudimos entender ese aborto fonético que emitió nuestras cuerdas vocales, pues el fuelle en el que se habían convertido nuestros pulmones estaba al borde del colapso. Un aioooo podría ser lo más parecido a lo que logramos vocalizar.

Quedamos tan avergonzados por nuestra actuación, que decidimos desaparecer del mapa y refugiarnos en otra esquina y bajo otro viejo plátano. Si ese árbol, excoriado y aparentemente inmutable al paso del tiempo, hubiera podido emitir algún sonido, éste hubiera sido una sonora carcajada por lo que allí tuvo que oír durante las interminables charlas de aquel par de aprendices de adulto.

A Mein Kampf la volví a ver tres años más tarde, cuando yo contaba con diecinueve. Fue días antes de una noche de Reyes. Paseaba por la Gran Vía, junto a los puestos de juguetes, cuando me crucé con ella. Tampoco en esa ocasión se cruzaron nuestras miradas. Supe que era ella a pesar del tiempo transcurrido. La reconocí por su figura, por su largo cabello áureo, por sus ojos de un azul celeste y por su forma cadenciosa de andar. Solo advertí una diferencia: su cutis blanco, inmaculado y casi angelical estaba cubierto de las cicatrices típicas del acné, restándole ese atractivo que tanto nos había cautivado. Había cambiado; seguramente como yo. Incluso la mirada ya no parecía la misma, triste y perdida. E iba sola; como yo.



jueves, 31 de enero de 2019

Conversaciones desde arriba



Ariel acaba de llegar. Charlie, en cambio, lleva más tiempo, no sabría decir cuánto. Ariel todavía no se ha acomodado a la nueva situación y no deja de preguntar al compañero que le han asignado y a quien acaba de conocer.

─¿Y tú cuánto tiempo llevas aquí?
─Pues no sabría decirte. No mucho, pero eso es lo de menos. Aquí uno enseguida le coge el tranquillo a todo esto. Te acostumbrarás enseguida, ya lo verás ─le responde Charlie, adoptando la típica actitud del veterano.

Ariel asiente y dirige la vista hacia lo que sea que Charlie está observando a lo lejos.

─¿Quién es? ─le pregunta, curioso.
─Mi mujer.
─¿Esa de ahí es tu mujer? ¿Acaso la estás espiando?
─Yo no diría que la estoy espiando, solo me estoy interesando por ella. ¿Acaso tú no tienes una mujer o una familia por la que interesarte?
─Claro que tengo familia. Pero ya me dirás qué puedo hacer yo desde aquí.
─Pues lo único de provecho que uno puede hacer, ver cómo les va.
─O sea, hacer de voyeur. ¡Vaya consuelo! ─responde Ariel, alicaído─. Si por lo menos pudiéramos intervenir o interactuar de algún modo…
─Bueno, amigo, si quieres que te sea sincero, estoy empezando a dudar de que podamos hacer algo así, aunque no he perdido la esperanza. Cuando llegué me dijeron que con el tiempo aprendería a comunicarme con ellos. Pero, por desgracia, hasta el momento no lo he logrado. Quizá es que todavía no estoy lo suficientemente preparado.
─Quizá sea cuestión de paciencia y de entrenamiento ─argumenta Ariel.
─Probablemente, pero no descarto la posibilidad de que también influya la capacidad innata de cada uno ─y dicho esto, Charlie se levanta, no sin esfuerzo, pues la nueva vida sedentaria no ayuda a perder peso, y abandona su puesto de vigilancia para retirarse a sus aposentos.

Una vez solo, Ariel decide emprender la búsqueda de su familia hasta que, por fin, también consigue dar con su mujer. Pero lo que ve le deja horrorizado. En lugar de hallarla sola y desconsolada, como era de esperar, se la encuentra en brazos de otro hombre que, para mayor escarnio, es Robert, su mejor amigo. Cuando le desvela su hallazgo a Charlie, este se echa a reír.

─Ay amigo, pero qué te creías. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.
─Vale, pero una cosa es que, con el tiempo, hubiera rehecho su vida, pero ¡tan pronto! ¡Y con mi mejor amigo!
─Pero Ariel. ¿Te llamas Ariel verdad? ─y ante el asentimiento de su nuevo compañero de fatigas, continúa─. No puedes saber cuánto tiempo ha transcurrido desde que partiste. Acá el tiempo no existe. Para ti pueden haber pasado unas horas, o días, pero para ellos ─señala con un movimiento de cabeza hacia abajo─ pueden haber transcurrido meses, o incluso años.
─Ya, pero… eso de haberse casado, juntado o lo que sea, con Robert… Vaya, que no me parece correcto. Ella bien que criticaba a las mujeres que se enrollaban con los ex de sus amigas. Además, ¿y si ya estaban liados antes de que yo me fuera?
─¿Y qué importa eso ahora? A mí me ocurrió algo peor, la mía resultó que estaba liada con mi jefe. Lo sospechaba, pero no lo pude confirmar hasta que llegué aquí. Lo pude ver con mis propios… lo que sea que nos permite ver a los de abajo.
─¿Y qué podemos hacer, aparte de mirar? Si, como te dijeron, podemos aprender a comunicarnos o incluso a hacer algo por nuestros seres queridos, podríamos, de algún modo, influir o interferir en sus vidas.
─Posiblemente, pero, como te dije, esa prerrogativa se adquiere con tiempo y esfuerzo. Así que tendremos que ser pacientes y esperar.
─Pues eso es desesperante. En cuanto adquiera esa habilidad, se van a enterar esos dos.
─¿Y qué vas a hacer? Aquí está terminantemente prohibido actuar de forma deshonesta; si incumples este requisito fundamental te envían al exilio ipso facto.
─¿Al exilio? ¿Y adónde vas, entonces, si se puede saber?
─No se sabe, pero me temo que a un lugar bastante más lúgubre que este. Al menos eso he oído.
─¿Más lúgubre todavía? ¡Qué horror!
─Es lo que hay, chico. Y encima te venden esto como algo mágico, ideal, unas vacaciones pagadas, un premio por haber sido una buena persona.
─¡¿Buena persona?! ¡Anda ya! Yo lo que he sido es un ingenuo, un imbécil. No sé cómo no pude darme cuenta de lo que ocurría a mis espaldas. Esos dos seguro que ya llevaban tiempo liados. Y yo, mientras, en Babia.
─Seguro que eras uno de esos que se pasaba la vida en la oficina y no llegaba a casa hasta la hora de cenar.
─Pues sí. Me habían ascendido y tenía que dar el callo, confirmar mi valía, de lo contrario…
─Un pringao, vamos.
─¡¿Cómo que un pringao?! ¿Pero tú de qué vas? ¿De qué trabajabas, si se puede saber?
─Yo hacía el taxi.
─Así que eras taxista. ¿No participarías, por casualidad, en esa huelga salvaje que tuvo al país en ascuas y con la que jorobasteis a miles y miles de ciudadanos inocentes?
─No, no, qué va. Eso sucedió después de que yo llegara. ¡De la que me libré! Si hubiera participado en eso, quizá no estaría aquí ahora, sino en ese otro lugar tan lúgubre, vete tú a saber.
─¿Y el hecho de trabajar de taxista, tuvo algo que ver con la infidelidad de tu mujer?
─¿Qué si tuvo algo que ver? Oswaldo, el dueño de la flota de taxis, porque yo solo era un simple conductor asalariado, me ofreció la posibilidad de ampliar mi jornada laboral conduciendo más de un taxi en distintas franjas horarias. Así cobraría mucho más. No sabes lo que nos explotan los propietarios de las licencias. No me quedó más remedio que aceptar. Acabábamos de firmar una hipoteca y teníamos que hacer frente a unas cuotas mensuales de casi ochocientos euros.
─¡Vaya por Dios! Y claro, tantas horas fuera de casa…
─Que el cabrón de Oswaldo las aprovechaba para hacer unas visitas de cortesía a mi mujer. Ya me entiendes.
─¿Y resulta que soy yo el pringao? No me jodas.
─Bueno… sí claro, yo también lo fui, pero seguro que mi situación laboral era mucho más precaria que la tuya.
─¿Y tú qué sabrás? Mi empresa estaba al borde de la suspensión de pagos y me acababan de nombrar director financiero con la única y exclusiva responsabilidad de salvar la empresa y el puesto de trabajo de doscientos cincuenta trabajadores. Doscientas cincuenta familias pasaron a depender de mí. ¿Acaso no era suficiente responsabilidad como para trabajar las horas que fueran necesarias? Y así me lo ha pagado mi mujer. Y encima debe haber cobrado el seguro del accidente.
─¿Accidente? ¿Qué accidente?
─Pues el que tuve con el coche. El que me ha enviado hasta aquí.
─¿Tu muerte fue por un accidente de automóvil? ─pregunta Charlie, interesado.
─Pues sí, de vuelta del trabajo. Aquel día había trabajado hasta muy tarde. Tenía mucha prisa por llegar a casa. Me salté un semáforo que acababa de ponerse en rojo. Choqué contra otro vehículo. Te juro que no le vi. Debió arrancar justo antes de ponerse su semáforo en verde. Así que también tuvo su parte de culpa.
─¿Y qué fue del otro conductor?
─Tengo entendido que falleció en el acto. Yo, en cambio, no sé cuánto tiempo estuve en la UCI.
─ Yo también tuve un accidente con el taxi. Aquel día estaba agotado. Tantas horas al volante me había embotado los sentidos. El caso es que un tío me embistió en un cruce. Por fortuna para mí, no sentí nada. Todo fue tan rápido…
─¡Ostras, qué casualidad!
─Pues sí. Pero, dime, ¿dónde tuviste exactamente ese accidente?
─En el cruce de la calle Balmes con Vía Augusta. ¿Por qué?
─¿Y no sería a eso de las once de la noche del martes 13 de marzo de 2108?
─Pues sí. Quieres decir que…
─¡Maldito hijo de la gran p…!

En ese preciso instante, una voz lejana retumba en el vacío, cortando a Charlie antes de que este termine la frase.

─¡Eh! Aquí no se permiten expresiones de ese tipo. Que no lo tenga que repetir. Si no os comportáis como es debido, ya podéis ir haciendo las maletas. Ya me entendéis. O si no, os lo explico más clarito. ¿Vale?

Tras unos breves instantes de un silencio sepulcral, Ariel vuelve a tomar la palabra, ahora más bajito.

─Pero, oye Charlie, ¿qué hacemos con lo de nuestras mujeres?
─¡Me cago en tu pu…!
─Shhhh. ¡Esa boca! ¡A la siguiente, por mis alas que quedáis expulsados!



lunes, 21 de enero de 2019

Volver a casa



Hoy he vuelto a pasear por mi barrio, en el que, por cierto, también nació Joan Manuel Serrat siete años antes que yo, aunque todavía no le conozco ni puedo saber quién es. Mi barrio es como una pequeña ciudad que habita, palpita y respira dentro de la gran urbe, que satisface las necesidades de sus habitantes. No hay que desplazarse más de unos cien metros a la redonda para adquirir lo indispensable: la lechería, en los bajos de nuestra finca, donde sirven la leche fresca traída de una vaquería cercana ─que, por cierto, despide un olor a establo que tumba a quien osa pasar por delante, pues todavía no lo han prohibido─, y que la dueña escancia en raciones de cuarto, medio o de un litro en la lechera que los clientes llevamos de casa, donde la herviremos antes de consumir; la panadería, donde venden el pan recién horneado a peso y si falta algunos gramos pues añaden un pedacito extra para compensar y que, cuando es un corrusco, me lo como por el camino; la mercería, donde mi madre compra toda clase de cintas, hilos y botones; la librería-papelería, que me surte de lápices de colores Alpino (mis preferidos), tinta china, papel secante y libretas de todas las clases y tamaños; el local del zapatero remendón, llamado también “El rápido” porque remiendan los zapatos en un santiamén, y que despide un fuerte olor a cuero, goma y a cola de pegar; el bar bodega, en el que los efluvios alcohólicos llegan a marear, donde vamos a comprar el vermut a granel y también hielo (hasta que no aparezcan las neveras eléctricas), que cortan de una larga barra, en pedazos en forma de cubo, con una guillotina, y que nos llevamos a casa lo más rápidamente posible para que no se deshiele por el camino; la farmacia en el chaflán de enfrente, cuyo farmacéutico conoce a toda su clientela a la perfección; el colmado (o tienda de ultramarinos), donde mi madre suele mandarme a por patatas ─”sobre todo que sean del bufet”, que ignoro lo que significa, pero que para ella son las mejores─ y aceite a granel, que sirven con una especie de surtidor; la droguería, justo al lado, donde venden desde pintura hasta matarratas; y a unos treinta metros de la esquina, calle arriba, el trapero a quien le llevamos las botellas vacías de Champán (al que todavía no le han cambiado el nombre), los periódicos y tebeos (a los que todavía no les han bautizado con el nombre de cómics) usados. En esa trapería, los papeles y trapos se pagan a peso. Las botellas no, esas tienen un precio por unidad. Cada vez que voy, con el dinerillo obtenido ya tengo para comprarme tebeos nuevos o me lo guardo hasta que me alcanza para comprar un Minicar, esos coches en miniatura a escala. Cuestan mucho dinero, pero soy paciente. De momento ya tengo seis y todavía ignoro que llegaré a tener más de veinte y que un niño al que no conoceré, al que su madre trajo a casa una mañana porque no sabía con quién dejarlo y a quien la mía le dejó pasar el rato con esos cochecitos tan queridos por mí ─”Hala, juega un ratito, guapo, mientras tu mamá hace la limpieza”─, se llevará unos cuantos que finalmente recuperaré, tras amenazar a mi madre con marcharme de casa, bastante deteriorados.

Después de deambular un rato por los aledaños, he acabado entrando en la finca donde nací, he tomado el ascensor acristalado con carcasa de madera ─que la señora de la limpieza no quiere tomar porque le da miedo─, he pulsado el botón de latón dorado del tercero segunda y he llamado a la puerta, pues sigo sin tener llave. Me ha abierto mi madre. La he pillado escuchando la radio. Es la hora del consultorio sentimental de la señora Elena Francis. Luego, cuando el almuerzo ha estado listo, me he sentado a la mesa para comer ese puré de patatas que no me gusta y al que mi madre le echa un poco de tomate frito de bote porque sabe que es la única forma de que me lo coma. Mientras, en la radio escucho Tambor, el programa de cuentos infantiles del mediodía. Sé que, por la tarde, al volver de la escuela, encontraré a mi madre sentada ante su máquina de coser Singer o planchando un montón de ropa, atenta a las penalidades de Ama Rosa, la radionovela que tanto la hace llorar. Eso si no está recortando y pegando los “cupones ahorro del hogar” en esas libretitas que después canjeará por algún regalo en los almacenes El Barato, esos donde vamos a entregar la carta a los Reyes Magos a principios de año ─todavía no tengo claro que Sus Majestades los Reyes de Oriente sean los padres─, y que un incendio acabará con ellos años después de forma sospechosa. Y yo, después de hacer los deberes, volveré a sentarme a la mesa, deseando que no haya para cenar coliflor con patatas, que todavía me gusta menos que el dichoso puré porque, además, huele mal. Por suerte también me acompañará, para hacer el rato más agradable, otro programa de cuentos, Cascabel, a las ocho y media en punto. Pero antes sonará la canción del Cola Cao que tanto me gusta ─”Yo soy aquel negrito del África tropical…─.

En casa somos muy de radio ─cómo no, si todavía faltan unos tres años para que entre en nuestro hogar el milagro de la televisión─. A lo largo de la semana todos seguimos ─menos mi padre, que es pluriempleado, el pobre, y se levanta a las seis de la mañana y no vuelve hasta las ocho y media de la tarde─ las alocadas historias de Matilde, Perico y Periquín y el humor de Pepe Iglesias “El zorro” ─”Yo soy el zorro, zorrito, para mayores y pequeñitos; yo soy el zorro, señores, con mil amores voy a empezar”─. Un programa, en cambio, que detesto y que solo sigue mi madre es, además del de la dichosa Elena Francis, el de esa tal Montserrat Fortuny, otra voz femenina del consultorio sentimental de media tarde, momento que aprovecho para irme a mi cuarto a hacer los deberes. Los únicos programas que reúne a toda la familia ─mi padre, mi madre, mis dos hermanas, mi abuela paterna y un servidor─ en torno al aparato de radio son las noticias de Radio Nacional de España, a las nueve en punto, que mi padre sigue llamando “el Parte”, como si no hubiera terminado la Guerra Civil (y de eso ya hace diecinueve años) y, cómo no, Taxi Key, la serie policíaca de moda que se emite los sábados por la noche por Radio Barcelona. Por fortuna puedo quedarme a escucharlo, pues, aunque termina casi a las once, al día siguiente no tengo que ir al colegio y ya soy mayor para ello. No sé exactamente qué edad tengo. Debo de tener unos ocho años, pues mis hermanas aparentan trece y quince, respectivamente.

Eso de ir al colegio los sábados por la mañana es un rollo. A ver cuándo instauran eso que llamarán la “semana inglesa” (los ingleses siempre tan adelantados). Así tendríamos un fin de semana más largo y podríamos hacer los deberes sin tantas prisas. Menos mal que esta semana ningún profesor me ha castigado con asistir a clase de repaso el sábado por la tarde y podré salir a dar una vuelta con Joaquín. El domingo no puedo, pues por la mañana tengo que ir a misa de una con mis padres y luego a visitar a mis abuelos maternos (esto no me resulta ningún sacrificio, al contrario, pues mi abuelo Antonio, que es muy espléndido, me da siempre un duro para ir al cine, que yo me guardo para lo que haga falta), y por la tarde es cuando hago los deberes. Mi padre dice que siempre los dejo para el último momento, pero yo prefiero dejar lo pesado para el final.

Joaquín y yo tenemos la misma edad. Es mi único amigo de la escalera. Y del barrio. No va a mi colegio ─yo voy a los Escolapios de San Antón y él a los Maristas de Sarriá, un colegio de más postín, aunque está mucho más lejos, mientras que el mío solo está a un cuarto de hora andando─. Vive en el cuarto primera con su padre, un tío soltero, que es teniente de la Guardia Civil, y su abuela paterna. Todos son de Santander, menos él, que nació en Barcelona. Como no tiene que ir a misa, se pasa casi todo el domingo jugando con los juguetes que le compran cada dos por tres. Y también tiene un montón de tebeos, que me pasa cuando ya los ha leído. He oído decir que está muy mimado porque no tiene madre. Cuando sea mayor sabré que sí tiene madre, pero que los abandonó cuando él era todavía muy pequeño y por eso no se acuerda de ella.

Aunque a mis padres no les hace ninguna gracia que vayamos a pasear solos, me han dejado salir a dar una vuelta con él ─”no vayáis muy lejos y no aceptéis ningún caramelo de un extraño”, nos ha dicho mi abuela, siempre tan sufridora─. Hemos ido hasta el mercado de San Antonio, que está prácticamente al lado de mi colegio, donde los domingos por la mañana, al salir de misa, suelo intercambiar cromos con otros niños o comprar nuevos en los encantes. Creo que ahora estoy haciendo una colección sobre piratas, o quizá sea la de la película Los Diez Mandamientos, no estoy seguro.

Al cruzar El Paralelo, mi calle, que oficialmente se llama Avenida del Marqués del Duero ─que vete tú a saber quién era ese Marqués─, he visto pasar el tranvía de verano, abierto por los laterales, y adornado con una especie de pequeñas cortinillas que cuelgan de lo alto, a cada lado, para proteger a los pasajeros del sol. O para hacer bonito, no lo sé. Ese tranvía, al que se le conoce como “Jardinera”, va hasta la Barceloneta, donde tiene su parada final, junto a la playa, en una plaza (en un futuro la llamarán rotonda) que hay frente a los baños públicos de pago: El Astillero, Los Orientales y San Sebastián. Durante las vacaciones de verano, voy con mi madre a Los Orientales. Tienen tres departamentos: para hombres, para mujeres y familiar. De pequeño mi madre me llevaba con ella al de mujeres. Me daba mucha vergüenza desnudarme delante de señoras desconocidas, aunque mi madre me cubriera con una toalla. Ellas, en cambio, no se tapaban y alguna vez, sin querer, las había visto en bragas y sostenes. Yo quería ir a los baños de San Sebastián, de mucha más calidad, con sus casetas para cambiarse, una piscina enorme y un trampolín de tres alturas, pero la entrada es mucho más cara.

En el camino de vuelta a casa, he visto pasar al basurero, con su carro tirado por un caballo, recogiendo las basuras a pie de calle, junto a los árboles, que los vecinos dejan en unos hediondos cubos de plástico, sin bolsa y a duras penas cerrados; y ya en casa, he visto desde el balcón al farolero, encendiendo las farolas de la calle; para dejar paso, más tarde, al vigilante. Me han dicho que, de madrugada, al vigilante le sustituye el sereno. Nunca he entendido muy bien lo que hace uno y el otro. Al parecer, el sereno es quien te abre la puerta del portal si te has dejado las llaves ─¡Sereno!, hay que gritar, ¡Ya va!, responde─. Dicen que también se le puede llamar dando palmas. Y que va armado. ¿Será cierto? Quizá solo lleva una porra. De hecho, nunca lo he visto, puesto que a esas horas yo no ando por la calle, salvo al salir de la Misa del Gallo, y eso solo es una vez al año.

Al cartero hoy no le he visto, debió pasar al mediodía, cargado con su gran cartera de piel en bandolera. Si estuviéramos en Navidad, veríamos a todos estos servidores públicos, que recorren incansablemente las calles del barrio, llamando a las puertas de las casas pidiendo el aguinaldo. “El basurero, el barrendero, el farolero, el cartero… les desea unas felices fiestas”. Y detrás de la postal que obsequian a cambio, podríamos leer un verso. Me imagino que cada año es el mismo. La verdad es que no me he fijado. Y en las calles veríamos a los Guardias Urbanos, los que dirigen y controlan el tráfico apostados siempre en los mismos cruces, con un montón de paquetes a su alrededor con los que algunos conductores, habituales de la zona, les obsequian. Que yo me pregunto si esto no podría considerarse una forma de soborno.

Todo ello me resulta normal y corriente, aunque percibo un cierto halo de irrealidad, de lejanía. No sabría decir por qué. Hasta que me doy cuenta de algo realmente extraño. Y es que en todo este tiempo no he puesto los pies en mi colegio. ¿Será que estoy de vacaciones? Y entonces caigo en la cuenta de que no sé en qué mes del año estamos. Tiene que ser verano porque he visto circular al tranvía “jardinera”, pero no puedo ser más preciso. Como me huelo algo extraño, para asegurarme de que todo está en orden y de que, efectivamente, si no he ido a clase es porque estoy de vacaciones, me acerco hasta el colegio donde todavía pasaré otros nueve largos años de mi vida. ¡Qué lentamente pasa el tiempo cuando se es niño!

Debo reconocer que he hecho el trayecto con cierto temor, como si pensara que lo que estoy viviendo no fuera real. Pero cuando llego a mi destino, compruebo que nada extraño ha ocurrido. El colegio sigue ahí, imponente. Nada ha cambiado. La oficina del banco Hispanoamericano sigue en la esquina, mirando de frente al mercado de San Antonio, y las tiendas en los bajos del edificio son las mismas. Al entrar, el vestíbulo sigue ostentando, en una de sus paredes, los Cuadros de Honor de los alumnos de cada curso. De lejos percibo el bullicio procedente del patio, al que se accede por el pasillo de la derecha, junto a la escalinata que hay al fondo, pasada la enfermería. Una vez me asomo a él, se me antoja más pequeño. Está lleno de chiquillos, con la bata a rayas azules y fondo blanco. ¿Por qué no estoy yo allí, entre ellos? ¿Por qué no he acudido a clase? Entonces me veo, sentado en un rincón, pues no me gusta el futbol y prefiero contar aventuras o jugar a las chapas. Estoy con varios compañeros que no reconozco, aunque sus caras me resultan familiares. Me miro y ese otro yo me devuelve la mirada. Se levanta y se dirige hacia donde estoy con paso decidido, se planta ante mí y, con cara de extrañeza, me dice: ¿Y tú que haces aquí? Ya eres muy mayor para estar con nosotros. Vuelve a casa.



Abro los ojos. Sigue en mis manos el cuaderno que me ha regalado mi hija, para que anote en él todo lo que se me antoje: deseos, reflexiones y recuerdos. Tengo ya una edad en la que los recuerdos dominan mi mente.

Dicen que todos los sueños esconden un significado y solo debemos saber interpretarlos. Este me ha parecido tan cristalino como el agua de un riachuelo de alta montaña. Imágenes y momentos de un pasado lejano que ahora me producen añoranza. Supongo que es la nostalgia que se siente al saber que no volveremos a vivirlos nunca más, al darnos cuenta de que no se puede volver atrás. Quizá escriba en este cuaderno todo lo que acabo de soñar.



sábado, 29 de diciembre de 2018

Custodia compartida



Fernando está pasando por la peor época de su vida. Isabel le ha pedido el divorcio y él ha accedido, pues la relación entre ambos hacía tiempo que se había hecho insostenible. Reconoce que ha sido el culpable de la ruptura; por ello se ha doblegado a todas las exigencias de Isabel, empezando por cederle la propiedad del piso donde han vivido desde que se casaron, pero hay una con la que no piensa transigir. Su casi ex mujer exige la custodia de lo que más quiere en esta vida, sus dos pequeñas. Isabel alega, en plan madre orgullosa y posesiva, que en ella han recaído los desvelos de su crianza, ha sido ella quien las ha alimentado y educado. Además, aun son pequeñas y no entenderían que se las obligara a abandonar el que ha sido su hogar desde que nacieron. Fernando, por su parte, que las quiere con locura y no desea perderlas, evitará a toda costa que ella utilice esos argumentos para vengarse de él, desposeyéndole de su custodia y apartándolas de su lado.

Isabel y Fernando están intentando llegar a un entendimiento, que parece imposible, en el bufete de la abogada matrimonialista que ella ha elegido para tramitar los pormenores y las condiciones del divorcio. Si no llegan a un acuerdo en el tema crucial de la custodia, y tienen que ir a juicio, Fernando confía en que el juez le dé la razón, habida cuenta de que él es quien goza de la estabilidad económica necesaria para atender todas las necesidades de las pequeñas.

Fernando se siente en franca minoría, pues teme que la abogada, que debería actuar como árbitro imparcial, se posicione del lado de Isabel. Se nota que ambas mujeres han sintonizado desde el primer momento. El tema es especialmente sensible y duda que una letrada defensora a ultranza de los derechos de la mujer pueda ser objetiva en este asunto. Isabel sabía lo que se hacía al contratarla. Él habría tenido que acudir con un abogado que defendiera sus intereses. Si llega a saber que esa joven abogada es una conocida feminista, no admite asistir solo a ese encuentro cara a cara.

Desde que se han sentado uno frente al otro, la que ha sido su mujer durante más de cinco años no deja de atacarle en lo que más le duele para reivindicar su derecho a la custodia en exclusividad.

─Pero si tú no eres capaz ni siquiera de darles la comida y mucho menos de preparársela ─le recrimina.
─¡¿Cómo que no?! Lo que ocurre es que siempre quieres ser tú quien lo haga. Además, sabes que suelo llegar a casa cuando ya es demasiado tarde para ello. Pero esto no significa que las tenga desatendidas ni que no me preocupe por ellas. Y tú lo sabes. ¿Quién corre con todos los gastos de su manutención y cuidados? Vacunas, comida, ropa, juguetes y un sinfín de caprichos y cosas innecesarias. Te recuerdo, por si se te ha olvidado ─le echa en cara Fernando, a sabiendas que da en el punto débil de Isabel─ que tú no trabajas y jamás has dado un palo al agua desde que te casaste conmigo.
─Pero ─insiste Isabel, rabiosa y desesperada, agarrándose a un clavo ardiendo─ ¿quién cuida de ellas mientras tú estás en la oficina o con tus amigotes? Yo las lavo, las visto, las peino, las entretengo y procuro su bienestar.
─¿Insinúas que yo no procuro su bienestar? No me vengas con esas, que te conozco. ¿Acaso voy a trabajar por amor al arte? Trabajo como un burro de carga, doce horas al día, para ganar el dinero necesario para su sustento. Y el tuyo. ¡Yo y solo yo!
─No importa cuánto trabajes ni lo que ganes. Un juez me daría la custodia solo a mí y no podrías hacer nada para impedirlo. ¿Qué harías con ellas si siempre estás ausente? ¿eh?
─Puedo pagar a alguien cualificado para que se haga cargo de ellas en mi ausencia. Incluso, dada mi calidad de jefe de departamento, puedo ingeniármelas para trabajar desde casa varios días a la semana y así no separarme de las pequeñas tanto tiempo. ¡Eres endiabladamente injusta y egoísta!
─¿Egoísta yo? ¡Egoísta tú, que me las quieres arrebatar!
─¡¿Y acaso tú no me las quieres arrebatar a mí?!

En eso, interviene la abogada, que se ha mantenido hasta ahora en un segundo plano.

─A ver, por favor, un poco de tranquilidad, que así no vamos a ninguna parte. Por su bien y por el de las criaturas, que no tienen ninguna culpa de sus desavenencias conyugales, les aconsejo que lleguen a un acuerdo amistoso. No rivalicen, por favor. Los dos las quieren por igual, de esto estoy segura. De todos modos ─se dirige a Fernando─ usted sabe que, por lo general, las mujeres se desenvuelven mucho mejor que los hombres en esos menesteres, de ahí que los jueces se decanten casi siempre por la custodia femenina ─Isabel asiente con la cabeza y, alzando la barbilla, sonríe orgullosa, sintiéndose ya ganadora.
─Eso lo dice usted porque es mujer ─le espeta Fernando, irritado.
─¿Acaso pone en duda mi profesionalidad, caballero? ─le responde ahora ella, alzando la voz, y levantándose de la silla airada.
─Bueno… yo no… no pretendía ─balbucea, amilanado, Fernando, ante la actitud desafiante de la presunta mediadora, que vuelve a tomar asiento.
─Quizá debería, Isabel, considerar la posibilidad de optar por la custodia compartida─ dice, en un tono más distendido y conciliador, la matrimonialista.
─¿Y en qué consiste esto exactamente? ─exclama aquella, inquieta.
─Pues, como indica el término, en que cada uno de ustedes tenga exactamente los mismos derechos y deberes para con las criaturas, y compartan su tutela.
─Ah no, eso sí que no. Después de lo que me hizo este bastardo, no tiene ningún derecho sobre ellas ─argumenta Isabel.
─Pero los deberes seguro que sí, ¿verdad? ─salta Fernando─. Intentarás sacarme hasta el último céntimo para contribuir a vuestra mantención y a tus excesos, pero ni siquiera me las dejarás ver. ¿Es eso lo que quieres, malnacida? Yo quiero tenerlas conmigo y llegaré adonde sea para conseguirlo, ¡zorra!
─Y yo también, hijo de …
─Por favor, por favor, serénense ─les interrumpe bruscamente la abogada─. No hace falta que sean tan desagradables. Se me ocurre otra opción, que puede satisfacer a ambos por igual.
─¿Qué opción? ─pregunta Fernando.
─Eso, ¿qué opción? ─repite Isabel.
─Pues que cada uno se haga cargo de una de ellas durante una semana, por ejemplo, y luego las intercambien. Seguro que el juez no pondría ningún reparo si ustedes están de acuerdo.
─Eso ni hablar ─exclama Fernando. No sería bueno separarlas ni un solo día. Son hermanas, nacieron al mismo tiempo, han estado siempre juntas, no se han separado jamás. Siendo aún tan pequeñas, podría resultarles traumático.
─¿Pero usted de qué parte está? ─casi le grita Isabel.
─Ah, ya veo lo que pretende ─le espeta ahora Fernando, con cara de suspicacia─. Quiere probarnos ─prosigue, mirando alternativamente a las dos mujeres─, como hizo Salomón con las dos madres que se disputaban a un niño argumentando ambas que era suyo. La verdadera madre prefirió entregar a su hijito a la otra mujer antes de que lo partieran en dos. ¿No es eso?
─Caballero, por Dios, no saque las cosas de quicio ─se justifica la abogada, que ya no sabe cómo salir del atolladero.
─Que quede claro que no pienso renunciar a ninguna de las dos. Berta y Blanca son mías y solo mías ─interviene Isabel al borde de la histeria.

Fernando, haciendo un esfuerzo por contener su ira, inspira profundamente antes de hablar.

─A ver, Isabel, seamos razonables. ¿Qué hay de malo en compartir la custodia de Bertita y Blanquita, sin restricciones ni limitaciones de ningún tipo, ni días de visita concertados ni nada por el estilo?
─¡No las llames Bertita y Blanquita!, sabes que no me gusta que emplees esos diminutivos tan ridículos. Y menos en público.
─¿Lo ve, abogada? Es tan posesiva y déspota que ni siquiera me permite llamarlas como me apetezca. Son tan mías como tuyas ─dirigiéndose ahora a su pronto ex─. Las siento tan mías como si las hubiera parido.
─¡Es igual! ¡Te prohíbo que las llames así! No lo soporto, te lo he dicho mil veces. Se acostumbrarán a que te dirijas a ellas de ese modo y acabarán identificándose con esos ridículos diminutivos. ¡Imbécil!

La joven abogada se ve en la necesidad de intervenir de nuevo, en tono apaciguador. Poco a poco, se ha enternecido ante la insistencia de aquel hombre que, en un primer momento, no le había caído bien. Quizá sea una deformación profesional o, peor aún, un vulgar prejuicio. Está acostumbrada a que los padres suelan inhibirse y prefieran, aunque no lo confiesen abiertamente, que sea su ex mujer quien se haga cargo de los hijos pequeños. Pero este parece un buen hombre y empieza a molestarle que Isabel lo trate de ese modo. Así que decide terciar a su favor, aunque solo sea en una menudencia como aquella que no viene al caso.

─Bueno, mujer, al fin y al cabo, mientras son pequeños, los críos no tienen sentido del ridículo. De mayores ya será distinto.
─¿Críos? ¿Qué críos? ─preguntan, desorientados, los casi ex cónyuges.
─¿Cómo que qué críos? ¡Los suyos! ¡Sus hijas! ¡¿Quiénes van a ser, sino?!
─¡Pero si nosotros no tenemos hijos! ¿Pero usted de qué va? ─dicen Fernando e Isabel al unísono, mirando a la letrada como si estuviera loca.
─Pero, pero, a ver, ¿de qué estamos hablando, si se puede saber ─ahora la irritada es la matrimonialista.
─¿Pero qué pregunta es esa? ¡De Blanca y Berta, claro está!
─Pues eso, de sus dos hijitas.
─Pero qué hijitas y qué niño muerto. ¡Son nuestras adorables perritas!
─¡¿Perritas?! ─salta la abogada, con los ojos saliéndole de las órbitas.
─Pues claro, ¿qué se creía? ─dice Isabel con toda naturalidad─. Pero no son unas perritas vulgares, que conste. Son unas caniches preciosas, con pedigrí, y no pienso dejárselas ni por un momento a ese miserable.
─Creo que tendremos que ir a juicio ─exclama un abatido Fernando.