Tras cinco años de trabajo en el departamento
de investigación de un laboratorio farmacéutico, me encariñé con Óscar, el
chimpancé más viejo que había sido sometido a un sinfín de ensayos, pero que, a
pesar de ello, se mantenía en una forma física saludable. Nadie sabía su edad,
pues fue adquirido de forma un tanto irregular y su vendedor, que fue quien lo
trajo a nuestro país, tampoco conocía este dato. El veterinario al que
consultaron en su día, estableció como edad probable unos cuatro años, así que
cuando yo le conocí rondaría los quince.
Ya no lo utilizaban
para ninguna prueba más, pues el nuevo director de investigación, que se
autodefinía como amante de los animales, consideró acertadamente que el animal
ya había sido sometido a demasiadas pruebas y, además, las normas sobre buenas
prácticas de laboratorio prohíben el uso de una misma especie animal para más de
una intervención.
De este modo, a las ratas,
ratones, conejos, gatos y cobayas, una vez utilizados experimentalmente, se les
practicaba la eutanasia —a menos que murieran durante o tras el ensayo al que
habían sido sometidos— y posterior cremación. A pesar de ello y saltándose el
procedimiento, siempre había algún mozo de almacén interesado en llevarse a
casa un hermoso ejemplar de conejo, siempre y cuando solo hubiera sido sometido
a pruebas de sensibilización y tolerancia dérmica u ocular como paso previo
para la comercialización de algún producto cosmético. En tal caso, el responsable
del estabulario hacía la vista gorda, rogándole al interesado que ocultara
debidamente al animal que iba a ser objeto de un pequeño festín gastronómico.
Pero regresando al caso
de Óscar, como nadie sabía qué hacer con él, pues al haber sido adquirido ilegalmente
no podían siquiera donarlo a un zoológico, que exigiría conocer su origen y los
papeles acreditativos de su adquisición, el pobre animal sobrevivía en su
jaula, viendo como otros especímenes de su misma especie entraban y salían de
las suyas sin saber qué hacían con ellos.
Como siempre que
entraba en el laboratorio me dirigía a su jaula para saludarle, nos hicimos
amigos. Solo había que ver lo contento que se ponía al verme entrar a
saludarle. Sus gritos de alegría, los saltos que daba y su gran sonrisa me
conmovían. Sacaba sus brazos a través de los barrotes como si quisiera
abrazarme y que lo abrazara. Ello me enternecía, como si se tratara de un niño pequeño
pidiendo cariño.
Cuando me plantaba
frente a él, ambos actuábamos como si mantuviéramos una conversación: yo le
hablaba bajito —para evitar que los cuidadores se rieran de mí—, le decía lo
que uno le dice a un crío al que quiere distraer y nos dábamos la mano en señal
de amistad. Tras ese tiempo de mutuo afecto, resolví pedirle al director de
investigación que me dejara llevármelo a casa y si tenía que pagar por ello,
pues estaba dispuesto a hacerlo, pero no soportaba verlo ni un día más en aquel
triste rincón.
Y así fue cómo Óscar
pasó a formar parte de mi vida. Se aclimató de inmediato. Se le veía feliz.
Tenía una habitación solo para él y andaba por casa libre de hacer lo que se le
antojara. La única precaución que tomaba era llevarlo atado con una correa cuando
salíamos de paseo. Al principio, los vecinos se alarmaron. No estaban
acostumbrados a ver un chimpancé por la calle como si de un perro se tratara.
Pero pronto se acostumbraron e incluso le hacían monerías cuando se cruzaban
con nosotros, a las que él correspondía dando pequeños gritos de satisfacción y
moviendo la cabeza asintiendo.
Pero al cabo de algún
tiempo, Óscar empezó a mostrar signos de agresividad, pero solo en casa, cuando
no había nadie más que nosotros dos. Se enfadaba por cualquier cosa. Parecía un
niño mimado que se rebela cuando no se le concede lo que quiere. Tenía
berrinches de niño malcriado, llegando en una ocasión a darme un manotazo. Un
día, tal fue su enfado que me asusté al ver su expresión feroz, enseñando los
dientes y en una actitud de ataque. Por fortuna logré apaciguarlo dándole lo
que más le gustaba: un caramelo de anís. A continuación, cuando todo volvió a
la calma, me encerré en mi estudio y busqué en el libro que había comprado
cuando lo adopté, un manual sobre el comportamiento de los primates.
Quedé aun más
preocupado cuando supe que los chimpancés tienen una fuerza muscular muy
superior a la del hombre. Su musculatura está mucho más desarrollada, pudiendo
llegar a matar a una presa de un peso y envergadura superior a la suya. Su
dentadura es muy poderosa. Aunque su alimentación es básicamente vegetal, en
realidad son omnívoros. De hecho, últimamente, Óscar solo comía carne y algo de
fruta.
Desde ese día, empecé a
temerle. Me daba la impresión que su mirada ya no era tan limpia y cálida como
antes. A veces le sorprendía mirándome de un modo extraño, como si estuviera
maquinando algo contra mí. Al principio deseché tal cosa, y lo interpreté como
una de mis paranoias, pero con el tiempo ya no lo tuve tan claro. Un amigo, que
solía frecuentar mi piso y que interaccionaba con Óscar de forma amistosa, me
dio la razón y me previno contra él. «Deshazte de él lo antes posible y antes
de que sea demasiado tarde. A este animal le ocurre algo extraño. Su
comportamiento ya no es tan amigable como al principio. Quizá haya contraído
alguna enfermedad en el laboratorio que le puede provocar accesos de ira y el
día menos pensado te ataque brutalmente», Con esas palabras, mi
amigo me infundió un miedo visceral, de modo que Óscar pasó de ser mi amigo a
un potencial enemigo peligroso. Tenía que deshacerme de él, pero no sabía cómo.
Como si me hubiera
leído el pensamiento, Óscar me seguía a todas partes y no me quitaba ojo de
encima, como si estuviera al acecho, preparado para lanzárseme encima en caso
de que yo pretendiera hacerle algo en contra de su voluntad.
Así las cosas, fui a
ver al veterinario que lo había reconocido al ser adquirido por el laboratorio,
le conté lo que sucedía y le pedí consejo. «Tráemelo y lo examinaré»,
fue todo lo que me dijo. Y así lo hice.
El día de autos, salí a
pasear con Óscar, como cada día, pero esa vez el trayecto no era el mismo de
siempre, pues me dirigía, sin él saberlo, hacia la clínica veterinaria que, por
fortuna, no quedaba demasiado lejos de casa.
Una vez en ella, noté
que Óscar estaba agitado, gruñía y tiraba fuertemente de la correa con
dirección a la puerta de salida. Tuvo que salir un auxiliar para lograr, entre
los dos, que entrara en el cubículo de exploración. Contrariamente a lo que
presentía, el animal se tranquilizó, como si reconociera al veterinario que
muchos años atrás lo había examinado. Se dejó hacer, mostrándose en todo
momento colaborador. Fue cuando el veterinario quiso ponerle unos electrodos en
la cabeza para realizarle un electroencefalograma, cuando su agresividad volvió
a aflorar. No podíamos retenerlo entre todo el equipo de la clínica que acudió
en nuestra ayuda. Finalmente, le propinó un tremendo mordisco al pobre
veterinario y, aprovechando nuestro estupor, que hizo que relajáramos por unos segundos
nuestros esfuerzos por sujetarle, se escabulló y salió a la calle como alma que
lleva el diablo, profiriendo unos gritos amenazantes y desgarradores. Cuando
salí tras él, vi cómo se detenía en seco y se giraba para mirarme fijamente. En
su mirada vi claramente reflejados los signos de la cólera y me pareció
vislumbrar una señal de amenaza. Acto seguido desapareció y no volví a verlo.
Por supuesto, di parte
a la policía, contándoles lo que había ocurrido y que no solo temía por él sino
también, y sobre todo, por cualquier persona que se cruzara en su camino,
dado su estado de ánimo.
Una patrulla recorrió todo
el barrio y aledaños, sin dar ningún fruto. Así pues, tuve que resignarme y
volví a casa pensando que alguien lo encontraría y lo pondría en conocimiento
de la policía, que había emitido una nota de advertencia a los ciudadanos.
Pasaron los días y
seguí sin tener noticias de Óscar, cosa que me extrañó sobremanera. Hasta que
una noche, estando en la cama leyendo, oí un ruido sospechoso en la terraza. Al
descorrer las cortinas para ver quién andaba fuera, me llevé un susto tremendo,
pues vi la cara de Óscar pegada al cristal y, al verme, empezó a aporrear la
puerta corredera. Temiendo que la echara abajo y alarmara al vecindario, decidí
abrirle. No tuve tiempo de apartarme, pues me propinó tal empujón que salí
volando hasta aterrizar en el suelo del salón. Antes de levantarme, se me
acercó blandiendo un objeto, que no pude distinguir dada la oscuridad reinante,
con la clara intención de hundírmelo en el cráneo. Por fortuna tuve el
suficiente reflejo para apartarme a tiempo y alejarme de él todo lo que pude.
Empezó a perseguirme por todo el piso, dando unos saltos increíbles, mientras
seguía gritando como un poseso. Pensé que no saldría vivo de aquel encuentro,
pero pude llegar hasta el recibidor y como siempre dejo las llaves puestas detrás
de la puerta, pude abrirla antes de que me atrapara y salí corriendo escaleras
abajo y, ahora sí, pidiendo auxilio a voz en cuello. Con tanta precipitación,
resbalé y caí rodando por las escaleras, dándome tal golpe en la cabeza que
perdí el conocimiento.
Cuando desperté, estaba
en mi cama. Todo parecía estar en orden, salí al salón y no vi ninguna señal de
lucha ni destrozo alguno. La cristalera estaba intacta y no había ningún indicio de la presencia de Óscar.
Aturdido, extrañado y
todavía asustado, fui a trabajar mientras cavilaba sobre lo acontecido, sin
hallar explicación alguna. Al llegar a mi puesto de trabajo, me dirigí
presuroso al estabulario, sin saber muy bien porqué. Solo poner los pies en él,
dirigí la mirada hacia la jaula que había alojado a Óscar. Cuál sería mi
sorpresa al verle tranquilamente sentado y sacando los brazos hacia mí como
siempre había hecho al verme entrar. Me acerqué con pasos dubitativos y temblorosos.
Era él, no cabía duda. Pero esta vez no me atreví a tocarlo. Entonces me miró
con cara de extrañeza y empezó a gemir. Su expresión era de pena, pero en el
fondo percibí un atisbo de rencor.
En ello estaba cuando
oí a mis espaldas la voz del director del departamento. Nos estuvo contemplando
un largo rato y al final me miró y me dijo: «Veo que os habéis hecho amigos. Si
quieres te lo puedes llevar a casa, siempre estará mejor que aquí. Me da pena
el pobre animal. ¿Qué me dices?»
Salí apresuradamente
del estabulario alegando una indisposición. Ahora estoy en casa, en la cama,
intentando comprender. Creo que pediré la baja por estrés e iré buscando otro
trabajo.
Uf!!! Como para fiarse de nuevo de Óscar...Los animales no debemos sacarlos de su habitad.Seguramente Óscar recordaba todo lo que le hicieron en el laboratorio.Un abrazo.
ResponderEliminarEn efecto, no hay que sacar a los animales de su habitat normal, pero una jaula no es muy normal que digamos y el protagonista de esta historia sintió tal empatía por él que le hizo imaginar qué ocurriría si se lo llevaba a casa.
EliminarUn abrazo.
Todo un compendio de la capacidad que tiene la mente y el estrés para desequilibrar a cualquier persona. La temática de la experimentación con animales es muy jugosa, pero hay que tener ese arte tuyo para armar un formidable relato.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo, Josep.
Uf, la mente, y lo digo por experiencia, nos puede jugar muy malas pasadas. Imaginar ciertas cosas nos puede hacer perder el sentido de la realidad.
EliminarMe alegro que esta elucubración mental te haya gustado, je, je.
Un fuerte abrazo.
Lo explicas tan bien, que al final uno entiende que Óscar en su sitio es donde mejor estará. Un sueño vívido que avisa al narrador de lo que puede pasar si se lo lleva a casa.
ResponderEliminarInquietante y triste relato. Me gustó mucho. Un abrazo
Sí, mejor dejarlo donde está aunque nos resulte triste, pues resulta muy arriesgado hacer cambios en casos como este, je, je. Menos mal que esa especie de premonición lo acaba evitando.
EliminarMe alegra que te haya gustado.
Un abrazo.
Por tu trabajo relacionado con los laboratorios farmaceúticos, al principio he pensado que era una vivencia real.
ResponderEliminarMagnífico relato.
Un abrazo.
Je, je. Bueno, en mis inicios trabajado en la industria farmacéutica tuve que interaccionar con el departamento de farmacología y frecuentaba el estabulario, pero el animal de experimentación más grande era el conejo. En la central sí que vi perros de la raza Beagle, pobres, me daban una pena...
EliminarLa anécdota del que se lleva un conejo a casa para cocinarlo es real. En ese mismo labratorio, había un operario que, de vez en cuando, se hacía con un ejemplar de los que se usaban para los ensayos con cosméticos. El resto es todo inventado, claro, ja, ja, ja.
Me alegro que te haya gustado.
Un abrazo.
Me ha encantado. Sufro por Óscar, me gustan tanto tanto los monos (simios en general) que no soporto verlos sufrir.
ResponderEliminarEnhorabuena por el relato, atrapa desde el principio.
Yo tampoco soporto ver sufrir a un animal y cada vez que veía los experimentos a los que les sometían (aunque fueran por el bien de la humanidad), me estremecía. En el colegio tuve que abrir una rana, pero en la facultad de biología una rata y lo pasé fatal en ambos casos.
EliminarMuchas gracias por tu valoración.
Un abrazo.
Madre mía, qué miedo me has dado con esas descripciones de la cara del mono pegada a la ventana. Me recordó a una de las entregas del planeta de los simios, una moderna donde el científico se llevaba al mono a casa, e incluso tenía un nombre español. Al final nos dejas con la incógnita, ¿lo soñó?, ¿Murió y despertó en un mundo alternativo antes justo de que comience de nuevo la pesadilla? ¿O todo es obra de un Oscar mucho más inteligente? No sé, pero me ha encantado.
ResponderEliminarUn abrazo, Josep!
Si incluso yo me asusté al describirlo, ja, ja, ja. Yo me inclino a pensar que todo fue una ensoñación o una premonición, o una mezcla de las dos cosas si esto es posible, je, je.
EliminarSi pudiéramos prever lo que nos sucederá si hacemos esto o aquello nos ahorraríamos muchos problemas y disgustos. Por fortuna, mi protagonista pudo acabar evitando que sucediera lo que soñó o imaginó.
Sea cual sea la explicación, me alegro que te haya gustado el planteamiento.
Un abrazo, Pepe.
¡Guau, vaya relato más chulo! Por momentos me imaginaba el rostro de Óscar con esas expresiones tan humanas que se ven en las películas de El Planeta de los Simios, y también me he imaginado la amenaza implícita.
ResponderEliminarSueño o premonición yo no me llevaría a Óscar ni de coña a mi casa. Además, no me veo sacando a un mono con una correa a la calle, ja, ja, ja.
Me ha encantado, Josep Mª.
Un beso.
Te diré que toda esta historia salió de mi cabecita loca tras ver un vídeo muy corto en el que se decía que los chimoancés tienen una fuerza muy superior a la de los humanos, por poseer una musculatura mucho más desarrollada. Qué cosas, ¿verdad?, je, je. Y entonces me planteé qué podría suceder si alguien se encariñase con uno y lo tuviera en casa como un animal de compañía al que, de repente, se le cruzaran los cables.
EliminarMe alegro que te haya encantado esta historieta tan irreal como la vida misma, je, je.
Un beso.
Hola, ahora sí lo he leído :)) Menuda casualidad. No hablaba de tu relato, no.
ResponderEliminarSAludos.
Hola, Manuela. Ya me imagino que no te referías a mi relato, pero por si acaso..., ja, ja, ja.
EliminarGracias por pasarte.
Un saludo.
Hola Julio David. He buscado en Google esa trágica noticia y es realmente sobrecogedora. A la mujer atacada, Charla Nash, tuvieron que hacerle un transplante de cara.
ResponderEliminarYa dicen que muchas veces la realidad supera a la ficción. Mi historia es ficción pura, pero visto lo visto, podría haber sido algo real si mi protagonista, en lugar de tener ese sueño premonitorio, se hubiera llevado a Óscar a su casa, je, je.
Un abrazo.
¡Hola, Josep! La famosa y adorable mona Chita de Tarzán nos hizo ver a los chimpancés como animales divertidos y amigables. La realidad es que es una especie muy cabronceta, pese a su aspecto de buena gente. El relato lo has narrado con una tensión creciente que me iba llevando desde El planeta de los simios a un descendiente de los monos que imaginó Poe en su Los crímenes de la calle Morgue. Al final nos sorprendes con una especie de bucle temporal, aunque en este caso el pobre Óscar pasará el resto de sus días en esa jaula. Un abrazo!
ResponderEliminar¡Hola, David! Muy cierto es que los chimpancés son engañosos, pues tras esa imagen simpática puede existir un ser agresivo. Sin pretender hacer ninguna comparación, Dios me libre, mientras escribía esta historia también me vino a la mente el orangután asesino de la famosa novela de Poe, je, je.
EliminarSea lo que sea que experimentara mi protagonista, el caso es que se libró de vivir las atrocidades que su mente le transmitió, aun a costa de que el pobre Óscar no acabe recuperando su libertad.
Un abrazo.
Supongo que a Oscar lo que le hicieron en el laboratorio no le traía buenos recuerdos. Como siempre un buen relato Josep. Gracias.
ResponderEliminarUn abrazo.
Hola, Conchi. Los animales que han sido sometidos a pruebas de laboratorio, por mucho que luego sean tratados de forma humana, guardan en su memoria los peores recuerdos de su pobre existencia como animal de experimentación, y eso puede traer malas consecuencias. Menos mal que mi protagonista tuvo una especie de revelación que evitó lo inevitable.
EliminarUn abrazo.
Un relato magistralmente narrado, Josep. Entretenido hasta el final que has resuelto muy bien, ya iba pensando en lo peor... que Oscar al final liquidaba a su amigo y al único que le dio un poco de ternura y libertad... Supongo que esa locura sería la consecuencia propia en caso inverso... La experimentación con animales es algo que ni queremos pensarlo porque mientras se hace bien a la sociedad a través de esos proyectos, siempre el sufrimiento de esas torturas que se inflige a los animales es aterrador... Pero bueno, al final, igual la decisión de cambiar de trabajo es la más acertada. Ojos que no ven... Y sí, los animales tampoco olvidan y a veces se vuelven locos, igual que las personas, supongo...
ResponderEliminarMe ha encantado leerte.
Feliz domingo! 🌞
Dicen que los animales que han sufrido maltrato, al adoptarlos resultan ser muy agradecidos con su nuevo dueño o dueña, pero no siempre tiene que ser así. Depende de si el sufrimiento padecido les ha marcado hasta el punto de desarrollar en ellos una agresividad. En mis prácticas de laboratorio en la facultad de biología, las ratas con las que teníamos que practicar estaban rabiosas por haber sido manipuladas tantas veces y no se dejaban coger e intentaban morderte con fiereza.
EliminarEn mi historia he querido imaginar cómo podría desarrollarse ese rencor en una supuesta adopción de un animal, en principio, pacífico, pero que de pronto decide volverse vengativo, aunque sea de un modo imaginario.
Me alegro que te haya gustado, Clarisa.
Un abrazo.