Terminadas las calurosas vacaciones de verano, mi acalorada imaginación quiso darle un remate con este nuevo relato frente a un ventilador más agotado que yo de tanto soplarme ideas para inaugurar este nuevo periodo. Por fortuna, el texto se ha mantenido intacto y no se ha derretido teniéndolo guardado un par de semanas en mi ordenador personal. Espero que lo que me ha costado escribir las más de 1.500 palaras de que consta haya valido la pena.
Nunca había asistido a un juicio en directo; solo había
visto, como casi todo el mundo, imágenes por televisión captadas por los
fotógrafos que lo cubrían. Asistía como periodista recién incorporado a un
periodicucho especializado en casos de crímenes de todo tipo y de gran
repercusión social, como el que me ocupaba en ese momento. De hecho, debía
encargarse de ello un compañero que llevaba muchos años de profesión, pero
había contraído una infección en el transcurso de un crucero por el
mediterráneo y se hallaba en cuarentena en un hospital de la ciudad. Así que la
desgracia de uno resultó ser la suerte de otro mucho menos experimentado, y esta
era una ocasión para lucirme, o eso pensaba yo.
El caso, como he apuntado, había tenido una gran
repercusión social. Durante meses, el tema había ocupado todos los informativos
y tertulias; tanto era así que el abogado defensor del acusado ─perteneciente a
un famoso bufete de la ciudad─ no dejaba de clamar que se estaba realizando un
juicio paralelo, muy negativo para su defendido, pues la gran mayoría de
ciudadanos ya le consideraban culpable antes del juicio.
Cuando el fiscal y la acusación particular expusieron sus
argumentos señalando la culpabilidad del enjuiciado, Manuel Carrasco, un
conocido empresario de la construcción, estuve totalmente de acuerdo en que
merecía la pena que se pedía: veinte años de cárcel. De ser yo el fiscal,
pediría el máximo posible, la de prisión permanente revisable, que es lo que se
merecía aquel violador y asesino de menores.
Pero cuando le llegó el turno a la defensa, su detallada y
vehemente exposición de los hechos, hizo que mi postura inicial se tambaleara,
llegando a pensar que, como decía aquel hombre, todo era una especulación y que
se trataba de una trampa que le habían tendido a su defendido por ser quien era:
un reputado empresario de la construcción cuyo pecado había sido posicionarse
en contra de la especulación en el sector inmobiliario y la actuación de muchos
de sus colegas, que solo aspiraban a enriquecerse construyendo edificios defectuosos
a precios exorbitantes. Él, en cambio, procedente de una familia humilde, no
había caído en esa tentación y no cesaba de levantar la voz para denunciar esas
conductas que nadie se dignaba a investigar, previendo que a la larga esos
edificios pondrían en evidencia sus graves deficiencias, augurando, incluso,
una desgracia.
¿En qué consistía exactamente la acusación de pederasta
asesino? Pues en la desaparición y posterior hallazgo del cuerpo de una menor
en un solar de su propiedad, con evidentes signos de haber sido violada y
posteriormente asesinada de forma cruel, con treinta cuchilladas en tórax y
abdomen. Además, la chica en cuestión era la hija única de uno de sus peores
enemigos dentro de la profesión, alguien con el suficiente poder como para
acabar con su carrera. ¿Sería el del acusado un caso de venganza personal? ¿Una
especie de violencia vicaria empresarial llevada al extremo, buscando dañar a
su adversario matando a su hija?
A medida que transcurría el juicio, me fui percatando de que,
efectivamente, todo parecía un montaje y que no había pruebas concluyentes en
contra del acusado. Aun así, la tesis de la acusación parecía ir calando hondo
en el jurado, a pesar de que todo eran pruebas circunstanciales y de muy poco
peso. La cara de Manuel Carrasco era un poema y al abogado defensor se le veía
cada vez más impotente para demostrar la inocencia de su cliente, mientras que
los abogados de la acusación utilizaban argumentos claramente inconsistentes.
El juicio duró treinta días y el resultado fue, como era de
esperar, de culpabilidad.
La conclusión del jurado fue unánime: culpable de violación
y de asesinato, a pesar de que las pruebas de ADN no fueron concluyentes. El
juez decretó la pena solicitada por la fiscalía, de veinte años de cárcel y una
indemnización millonaria a la familia de la víctima.
El revuelo que se organizó en torno a ese caso se fue
mitigando con el tiempo, hasta llegar a relegarlo a la memoria de unos pocos.
Todo el mundo parecía haberse olvidado del tema. Excepto yo.
Publiqué lo que tenía que publicar, ajustándome
estrictamente a lo sucedido, y mi jefe quedó muy satisfecho de mi trabajo,
llegando a promocionarme como ayudante del jefe de redacción. Pero en mis ratos
libres seguí indagando y buscando cabos sueltos y pruebas desestimadas durante
el juicio que aclararan la verdad y pudieran reabrir el caso.
Tal fue mi obsesión que conseguí, a espaldas de mi jefe,
concertar una entrevista con el reo. Este, a quien le informaron de que un
periodista le quería entrevistar, creyó ver en mi la oportunidad para demostrar
su inocencia.
La hora que duró dicha entrevista fue muy frutífera. Me
abrió los ojos y obtuve información suficiente para escribir un artículo
aclarando punto por punto lo que había descubierto. Aun así tuve que repetir
ese encuentro para ilustrar de forma irrefutable la inocencia de aquel
empresario que solo buscaba el bienestar de los ciudadanos que querían hallar
una vivienda digna a un precio razonable, en contra de la arraigada costumbre
de ofrecer una mierda (con perdón) a precio de oro.
Cuando le mostré a mi superior jerárquico el borrador de mi
artículo, puso el grito en el cielo conminándome a destruirlo y no mencionar
jamás mis averiguaciones, de lo contrario me pondría de patitas en la calle,
pues podrían denunciar al periódico por libelo, lo que conllevaría el
descrédito de la empresa.
No hizo falta que me echaran, pues me despedí yo mismo,
alegando que no quería pertenecer a una empresa que teme las represalias de los
poderosos y se doblega ante ellos.
Y en lugar de publicar mi artículo, pues ningún periódico
quiso hacerlo, decidí escribir un libro, para lo cual Manuel, convertido en mi
amigo, fue de gran ayuda, ofreciéndome todo tipo de información sobre su vida
laboral, sus ideas sociales y sus frustraciones ante las injurias que caían
sobre él a raíz de su posicionamiento social y político. También fue de máximo
interés su vida privada, pues ofrecería al lector la parte humana de quien se
ha hecho a sí mismo a pesar de los inconvenientes y obstáculos.
No sé cómo, pero alguien debió irse de la lengua, de modo
que se dio a conocer el proyecto de publicar una biografía del condenado injustamente
a veinte años de cárcel, de los cuales ya había cumplido dos, quedándole quince
para poder disfrutar de la libertad condicional, a menos que mi libro
demostrara palmariamente que el juicio no se había llevado a cabo de forma
justa y debía anularse.
Pero mi libro nunca vio la luz por causas de fuerza mayor,
o eso quiero creer. Manuel fue hallado muerto en su celda. La autopsia
dictaminó que había sido envenenado. Han pasado cinco años de ese terrible
suceso y todavía no se ha encontrado al culpable. Y por mi parte, la recepción
de varios anónimos, amenazándome de muerte si seguía queriendo publicar mi
libro, tengo que admitir que fue un revulsivo para que decidiera abandonar mi
tentativa. Fui un cobarde, lo admito, pero ello no me ha impedido seguir
investigando por mi cuenta y riesgo. Tengo mis sospechas de quienes están
detrás del asesinato de mi amigo, pero son gente tan poderosa que no me atrevo
a desenmascararlos. No yo solo.
Ahora cuento con la ayuda de un grupo de gente mucho más
valiente que yo, unos pertenecientes a un sindicato de la construcción y otros
a un partido político dispuesto a que se demuestre la culpabilidad de los
presuntos implicados y que se haga público quién fue el asesino de aquella
joven y posteriormente del empresario encarcelado. Los dos asesinatos no podían
quedar impunes y el propio padre de la adolescente violada y asesinada a
cuchilladas es ahora el primer interesado en descubrir la verdad, pues ha
acabado reconociendo que la acusación que interpuso ante la justicia no tuvo
una base suficiente; solo deseaba venganza y esta la dirigió, posiblemente, hacia la persona
equivocada.
La prospección realizada por los componentes del grupo que
ha encabezado el movimiento denominado “Justicia para Anabel”, el nombre de la
chica asesinada, acabó dando sus frutos y ahora se sentarán en el banquillo de
los acusados dos renombrados constructores que, se ha demostrado, llevaban años
metidos en negocios ilícitos y delitos fiscales. Por supuesto, ninguno de ellos
fue la mano ejecutora, pero sí los inductores de ambos asesinatos, pudiendo
revelar la identidad de los asesinos a cambio de una rebaja de la pena. Conocedores
de la inquina del padre de Anabel hacia Manuel Carrasco, presuntamente
contrataron a un sicario para que asesinara a su hija y que la culpa recayera
sobre este y acabar así con su carrera.
Ahora me pregunto si esta vez se hará justicia y pagarán los
verdaderos culpables.
Los medios están dándolo todo para publicar los más
disparatados argumentos, y la mayoría de sus autores, periodistas y políticos,
están tachando de subversivos, carroñeros y antipatriotas a quienes han
propiciado el enjuiciamiento de esos dos hombres ejemplares y honorables,
verdaderos demócratas y creadores de riqueza, considerando el caso una trama de
la izquierda contra la gente de bien, habida cuenta que esos dos empresarios
habían recibido años atrás la medalla al trabajo.
Ahora todo está en manos de un nuevo tribunal, cuyo
presidente, hemos sabido, es amigo de la infancia (y de partido) de uno de los
acusados. ¿Se hará esta vez justicia?

No hay comentarios:
Publicar un comentario