martes, 1 de septiembre de 2026

El juicio

Terminadas las calurosas vacaciones de verano, mi acalorada imaginación quiso darle un remate con este nuevo relato frente a un ventilador más agotado que yo de tanto soplarme ideas para inaugurar este nuevo periodo. Por fortuna, el texto se ha mantenido intacto y no se ha derretido teniéndolo guardado un par de semanas en mi ordenador personal. Espero que lo que me ha costado escribir las más de 1.500 palaras de que consta haya valido la pena.


Nunca había asistido a un juicio en directo; solo había visto, como casi todo el mundo, imágenes por televisión captadas por los fotógrafos que lo cubrían. Asistía como periodista recién incorporado a un periodicucho especializado en casos de crímenes de todo tipo y de gran repercusión social, como el que me ocupaba en ese momento. De hecho, debía encargarse de ello un compañero que llevaba muchos años de profesión, pero había contraído una infección en el transcurso de un crucero por el mediterráneo y se hallaba en cuarentena en un hospital de la ciudad. Así que la desgracia de uno resultó ser la suerte de otro mucho menos experimentado, y esta era una ocasión para lucirme, o eso pensaba yo.

El caso, como he apuntado, había tenido una gran repercusión social. Durante meses, el tema había ocupado todos los informativos y tertulias; tanto era así que el abogado defensor del acusado ─perteneciente a un famoso bufete de la ciudad─ no dejaba de clamar que se estaba realizando un juicio paralelo, muy negativo para su defendido, pues la gran mayoría de ciudadanos ya le consideraban culpable antes del juicio.

Cuando el fiscal y la acusación particular expusieron sus argumentos señalando la culpabilidad del enjuiciado, Manuel Carrasco, un conocido empresario de la construcción, estuve totalmente de acuerdo en que merecía la pena que se pedía: veinte años de cárcel. De ser yo el fiscal, pediría el máximo posible, la de prisión permanente revisable, que es lo que se merecía aquel violador y asesino de menores.

Pero cuando le llegó el turno a la defensa, su detallada y vehemente exposición de los hechos, hizo que mi postura inicial se tambaleara, llegando a pensar que, como decía aquel hombre, todo era una especulación y que se trataba de una trampa que le habían tendido a su defendido por ser quien era: un reputado empresario de la construcción cuyo pecado había sido posicionarse en contra de la especulación en el sector inmobiliario y la actuación de muchos de sus colegas, que solo aspiraban a enriquecerse construyendo edificios defectuosos a precios exorbitantes. Él, en cambio, procedente de una familia humilde, no había caído en esa tentación y no cesaba de levantar la voz para denunciar esas conductas que nadie se dignaba a investigar, previendo que a la larga esos edificios pondrían en evidencia sus graves deficiencias, augurando, incluso, una desgracia.

¿En qué consistía exactamente la acusación de pederasta asesino? Pues en la desaparición y posterior hallazgo del cuerpo de una menor en un solar de su propiedad, con evidentes signos de haber sido violada y posteriormente asesinada de forma cruel, con treinta cuchilladas en tórax y abdomen. Además, la chica en cuestión era la hija única de uno de sus peores enemigos dentro de la profesión, alguien con el suficiente poder como para acabar con su carrera. ¿Sería el del acusado un caso de venganza personal? ¿Una especie de violencia vicaria empresarial llevada al extremo, buscando dañar a su adversario matando a su hija?

A medida que transcurría el juicio, me fui percatando de que, efectivamente, todo parecía un montaje y que no había pruebas concluyentes en contra del acusado. Aun así, la tesis de la acusación parecía ir calando hondo en el jurado, a pesar de que todo eran pruebas circunstanciales y de muy poco peso. La cara de Manuel Carrasco era un poema y al abogado defensor se le veía cada vez más impotente para demostrar la inocencia de su cliente, mientras que los abogados de la acusación utilizaban argumentos claramente inconsistentes.

El juicio duró treinta días y el resultado fue, como era de esperar, de culpabilidad.

La conclusión del jurado fue unánime: culpable de violación y de asesinato, a pesar de que las pruebas de ADN no fueron concluyentes. El juez decretó la pena solicitada por la fiscalía, de veinte años de cárcel y una indemnización millonaria a la familia de la víctima.

El revuelo que se organizó en torno a ese caso se fue mitigando con el tiempo, hasta llegar a relegarlo a la memoria de unos pocos. Todo el mundo parecía haberse olvidado del tema. Excepto yo.

Publiqué lo que tenía que publicar, ajustándome estrictamente a lo sucedido, y mi jefe quedó muy satisfecho de mi trabajo, llegando a promocionarme como ayudante del jefe de redacción. Pero en mis ratos libres seguí indagando y buscando cabos sueltos y pruebas desestimadas durante el juicio que aclararan la verdad y pudieran reabrir el caso.

Tal fue mi obsesión que conseguí, a espaldas de mi jefe, concertar una entrevista con el reo. Este, a quien le informaron de que un periodista le quería entrevistar, creyó ver en mi la oportunidad para demostrar su inocencia.

La hora que duró dicha entrevista fue muy frutífera. Me abrió los ojos y obtuve información suficiente para escribir un artículo aclarando punto por punto lo que había descubierto. Aun así tuve que repetir ese encuentro para ilustrar de forma irrefutable la inocencia de aquel empresario que solo buscaba el bienestar de los ciudadanos que querían hallar una vivienda digna a un precio razonable, en contra de la arraigada costumbre de ofrecer una mierda (con perdón) a precio de oro.

Cuando le mostré a mi superior jerárquico el borrador de mi artículo, puso el grito en el cielo conminándome a destruirlo y no mencionar jamás mis averiguaciones, de lo contrario me pondría de patitas en la calle, pues podrían denunciar al periódico por libelo, lo que conllevaría el descrédito de la empresa.

No hizo falta que me echaran, pues me despedí yo mismo, alegando que no quería pertenecer a una empresa que teme las represalias de los poderosos y se doblega ante ellos.

Y en lugar de publicar mi artículo, pues ningún periódico quiso hacerlo, decidí escribir un libro, para lo cual Manuel, convertido en mi amigo, fue de gran ayuda, ofreciéndome todo tipo de información sobre su vida laboral, sus ideas sociales y sus frustraciones ante las injurias que caían sobre él a raíz de su posicionamiento social y político. También fue de máximo interés su vida privada, pues ofrecería al lector la parte humana de quien se ha hecho a sí mismo a pesar de los inconvenientes y obstáculos.

No sé cómo, pero alguien debió irse de la lengua, de modo que se dio a conocer el proyecto de publicar una biografía del condenado injustamente a veinte años de cárcel, de los cuales ya había cumplido dos, quedándole quince para poder disfrutar de la libertad condicional, a menos que mi libro demostrara palmariamente que el juicio no se había llevado a cabo de forma justa y debía anularse.

Pero mi libro nunca vio la luz por causas de fuerza mayor, o eso quiero creer. Manuel fue hallado muerto en su celda. La autopsia dictaminó que había sido envenenado. Han pasado cinco años de ese terrible suceso y todavía no se ha encontrado al culpable. Y por mi parte, la recepción de varios anónimos, amenazándome de muerte si seguía queriendo publicar mi libro, tengo que admitir que fue un revulsivo para que decidiera abandonar mi tentativa. Fui un cobarde, lo admito, pero ello no me ha impedido seguir investigando por mi cuenta y riesgo. Tengo mis sospechas de quienes están detrás del asesinato de mi amigo, pero son gente tan poderosa que no me atrevo a desenmascararlos. No yo solo.

Ahora cuento con la ayuda de un grupo de gente mucho más valiente que yo, unos pertenecientes a un sindicato de la construcción y otros a un partido político dispuesto a que se demuestre la culpabilidad de los presuntos implicados y que se haga público quién fue el asesino de aquella joven y posteriormente del empresario encarcelado. Los dos asesinatos no podían quedar impunes y el propio padre de la adolescente violada y asesinada a cuchilladas es ahora el primer interesado en descubrir la verdad, pues ha acabado reconociendo que la acusación que interpuso ante la justicia no tuvo una base suficiente; solo deseaba venganza y esta la dirigió, posiblemente, hacia la persona equivocada.

La prospección realizada por los componentes del grupo que ha encabezado el movimiento denominado “Justicia para Anabel”, el nombre de la chica asesinada, acabó dando sus frutos y ahora se sentarán en el banquillo de los acusados dos renombrados constructores que, se ha demostrado, llevaban años metidos en negocios ilícitos y delitos fiscales. Por supuesto, ninguno de ellos fue la mano ejecutora, pero sí los inductores de ambos asesinatos, pudiendo revelar la identidad de los asesinos a cambio de una rebaja de la pena. Conocedores de la inquina del padre de Anabel hacia Manuel Carrasco, presuntamente contrataron a un sicario para que asesinara a su hija y que la culpa recayera sobre este y acabar así con su carrera.

Ahora me pregunto si esta vez se hará justicia y pagarán los verdaderos culpables.

Los medios están dándolo todo para publicar los más disparatados argumentos, y la mayoría de sus autores, periodistas y políticos, están tachando de subversivos, carroñeros y antipatriotas a quienes han propiciado el enjuiciamiento de esos dos hombres ejemplares y honorables, verdaderos demócratas y creadores de riqueza, considerando el caso una trama de la izquierda contra la gente de bien, habida cuenta que esos dos empresarios habían recibido años atrás la medalla al trabajo.

Ahora todo está en manos de un nuevo tribunal, cuyo presidente, hemos sabido, es amigo de la infancia (y de partido) de uno de los acusados. ¿Se hará esta vez justicia?


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