domingo, 8 de febrero de 2015

Ilusiones vanas


Todos tenemos derecho a soñar despiertos, a tener ilusiones aunque puedan parecer vanas.

No he tenido nunca ansias de ser un ganador (aunque tampoco un perdedor, claro) y nunca me ha gustado competir, quizá porque mi autoestima nunca ha estado a la altura de la de la mayoría de los mortales. No obstante, sí que me gustaría que mi blog, al que le tengo un gran cariño, pues lo he parido yo, fuera merecedor de algún tipo de reconocimiento, un reconocimiento que me sirva para seguir escribiendo con más satisfacción si cabe (aunque, de lo contrario, también seguiré haciéndolo con la misma ilusión de siempre).

Sé que es una ilusión vana pues no cuento con mucho/as seguidore/as. Aun así, ¿por qué no probar? Al fin y al cabo de ilusiones también se vive.

Como digo, nunca he buscado, hasta ahora, premio alguno pero para todo hay una primera vez y ya tengo una edad para permitirme ciertas libertades.

Así pues, si tu, querido/a lector/a, que has recalado en esta apartada orilla, crees que lo que has visto y leído merece algún tipo de recompensa, digámosle premio, puedes votarme como candidato al premio 20 Blogs 2014, organizado por 20 Minutos y en el que, en su IX edición, participo en la categoría Blogosfera. A tal fin, he habilitado para ti el enlace que encontrarás en el margen derecho de esta página y que, pinchando en él, te llevará hasta donde podrás ejercer tu derecho al voto a mi favor.

Pase lo que pase, recibe mi agradecimiento por adelantado.
 

 

jueves, 5 de febrero de 2015

Manos a la obra



Andrés estaba hecho un mar de dudas después de lo ocurrido la mañana anterior.

En el bar donde desayunaba, había oído una conversación que mantenían dos individuos en la mesa de al lado. El más alto, el que le daba la espalda, no cesaba de mirar de un lado a otro para comprobar que nadie estuviera escuchando.

Fue entonces cuando Andrés, picado por la curiosidad, prestó atención a lo que decían.

-Ándate con cuidado, pues si nos descubren la hemos pringao –le decía el alto a un tipo pequeño con cara de malas pulgas, inclinando su cuerpo hacia delante.
-Tranquilo, hombre, que lo tengo to controlao –le contestó éste intentando calmarlo.

Pero lo que alarmó a Andrés fue lo que captaron sus oídos después de que unos ruidosos clientes abandonaran el local.

-Liquídalo cuanto antes. No le podemos fallar al jefe. De lo contrario, estamos muertos, ya viste lo que le hizo a Remigio por no rematar bien su último trabajito –le decía el alto al que parecía ser su subalterno.
-Pero una cosa es limpiar el lugar pa que no se note que hemos estao allí y otra esto. No sé si podré –le contestó éste.
-Tú haz lo que te he dicho y todo saldrá bien. Una vez lo hayas hecho con ese fulano, la siguiente será más fácil, ya lo verás.
-Vale. Mañana a las diez iré a casa de ese tío y asunto liquidao. Espero que esté solo pues si hay testigos tendremos que aplazarlo.
-Pues manos a la obra. ¿Sabes la dirección?
-Pos claro, es ande fuimos con el jefe pa conocer el percal antes de aceptar el trabajo. Lo tengo aquí apuntao: Calle Rocío, veintitrés, tercero segunda.

Cuando los dos sujetos salieron del bar, Andrés se apresuró a seguirlos. Su curiosidad iba en aumento y quería saber dónde se dirigían. Si estaba en lo cierto, podía salvar la vida de un inocente.

Tras un largo trayecto a pie, los dos tipos se internaron en un almacén, desapareciendo de su vista. Al cabo de una hora de espera sin ver movimiento alguno, Andrés optó por dar media vuelta y volver a casa.

Ahora trataba de elaborar un plan de actuación. No sabía si debía acudir primero a la policía y contarles lo que sabía o bien apostarse frente al número 23 de la Calle Rocío para ser testigo del delito antes de ponerlo en conocimiento de las autoridades. Eran las ocho. Solo quedaban dos horas.

Finalmente, se decidió por lo primero y, contrariamente a lo que temía, dieron crédito a lo que contó. A las diez en punto, un contingente policial armado hasta las cejas entró en el domicilio de quien habían identificado como el juez Aurelio Latorre, tirando la puerta abajo. Querían pillar al asesino antes de que atentara contra la vida de aquel magistrado que, seguramente, habría enviado a la cárcel a algún delincuente que ahora quería vengarse contratando a un asesino a sueldo.

Pero en la mano del presunto asesino no había ningún arma sino una hoja de papel que tendía a su presunta víctima. ¿Qué sucedía allí? Estaba claro que se estaba cometiendo un delito pues las caras de ambos individuos era un poema al ser sorprendidos con las manos en la masa. Lo que estuvieran maquinando, se aclararía en comisaría.

El señor comisario se puso las gafas para leer aquel papel que le acababa de entregar el sargento al mando de la dotación y que aclararía los hechos.

Se trataba de un recibo expedido por Hermanos Gutiérrez, Obras y Reformas Integrales del Hogar, S.L. por la “reforma de una cocina y dos baños” que ascendía a 58.750,- euros.

-¿Qué significa esto? –gritó el comisario, blandiendo la hoja de papel ante las narices del sargento.
-¿No se da cuenta, señor comisario? ¡Es la prueba! –contestó el interpelado constatando lo evidente-. Les hemos pillado en flagrante delito. A los dos. Ese tipo con cara de bruto le intentaba cobrar a un juez del Tribunal Superior de Justicia un pastón por unas reformas en su domicilio.

Y ante la cara de incomprensión del comisario, el sargento añadió:

-¡Sin cobrarle el IVA, señor comisario, sin cobrarle el IVA!
 
 

 

lunes, 2 de febrero de 2015

Hogar dulce hogar



Tuvo que volver a pesar de haberles jurado que no lo haría. Cuando se fue, dando un tremendo portazo, renegó de aquella casa en la que tantas agrias discusiones e incomprensiones había tenido que soportar.

Tras un año de ausencia, reconocía su error. Ahora debía dar marcha atrás y volver al hogar del que nunca debió partir. La tremenda nostalgia que sentía por lo que había perdido era más insoportable que tener que tragarse su orgullo. Volvería para recuperar lo más preciado. A veces, hay que renunciar a ciertas libertades en aras del bienestar y la estabilidad emocional.

Entraría sin darles tiempo a reaccionar, subiría a su habitación y por fin podría volver a disfrutar de sus videojuegos favoritos.
 

viernes, 30 de enero de 2015

La sospecha


 
Llevaba días sospechando. Su comportamiento la delataba. Esas miradas furtivas y las sonrisas reprimidas la hacían culpable, de eso estaba seguro. Ella estaba radiante, pletórica, como hacía años no la veía, y él cada vez más convencido de su infidelidad. Desde hacía unos días se la veía más nerviosa si cabe, como si quisiera confesarle algo y finalmente desistiera. Esas señales eran inequívocas, tenía un amante y los desenmascararía. Hoy había salido tras ella decidido a pillarlos in fraganti. Verían de lo que era capaz. De él no se reía nadie. Cuando, al cabo de una hora, se halló frente a la puerta por la que ella acababa de entrar, salió por fin de dudas. Una placa dorada rezaba: Consultorio del Dr. J. Beltrán - Obstetricia y Ginecología.
 
 

lunes, 26 de enero de 2015

Futuro sin humos



Era ya muy tarde y todavía no había regresado. No la había llamado al móvil ni le había enviado un mensaje. Era un signo alarmante de que algo grave le había ocurrido. Temía lo peor: que lo hubieran detenido. Si no estaba en casa en una hora, haría las maletas y desaparecería sin dejar rastro, como habían convenido, pues si, bajo tortura, acababa delatándola como inductora del crimen, estaba acabada. Tendría que vivir con ese estigma toda su vida y sería la deshonra de su familia. Lo que más le dolía, con solo pensarlo, era el daño que haría a las personas a las que más quería. Ya se imaginaba los titulares de los periódicos del país: “Último triunfo de la Operación Futuro Sin Humos: Un hombre de mediana edad es sorprendido in fraganti intentando comprar tabaco. Al parecer, fue su adicta esposa quien lo persuadió para cometer este grave delito. De momento, la mujer se halla en paradero desconocido”.

miércoles, 21 de enero de 2015

Crimen imperfecto



No lo podía creer. Mientras se debatía entre la vida y la muerte, intentaba dilucidar cómo había podido ocurrir. El arsénico no podía haber fallado. ¿Cómo había acabado siendo él el intoxicado?

En la sala de espera, su esposa era la viva imagen de la desolación. No podía entender cómo su marido había podido confundir el arsénico líquido, que ella utilizaba para el tratamiento de la madera, por edulcorante, comentaba a los presentes.

En la UCI, un agudo y persistente pitido anunció el fatal desenlace, que alguien acababa de transmitir a la afligida viuda.

Mientras la mujer se aplicaba carmín a sus marchitados labios, éstos no pudieron dejar escapar una ligera sonrisa de satisfacción. Siempre había sido una mujer precavida.


lunes, 12 de enero de 2015

2015: Un San Valentín sangriento (No es nada personal - 2ª parte)



Mientras limpiaba la pistola, una Glock 20, 10 mm, de segunda mano, Julio sentía, de nuevo, la rabia y el odio que experimentó el día en que localizó a su enemigo, gracias a las gestiones de un detective privado. Fue un odio más intenso que el que esperaba sentir. Ese indeseable iba acompañado de su ex mujer, ambos en actitud cariñosa.

¿Cuándo empezó ese idilio? ¿Antes o después de su despido? Fuera como fuese, al agravio que había sufrido por parte de ambos, ahora se le añadía la peor de las traiciones. Ahora su objetivo era doble: acabar con los dos.

Tenía un plan. El modo: cosidos a balas. La fecha: el día de carnaval. Ocultándose bajo un disfraz podría perpetrar el asesinato, o mejor llamarlo ajusticiamiento, con total impunidad.

Llevaba varias semanas haciendo un seguimiento exhaustivo de sus futuras víctimas. Con la ayuda del investigador que había contratado, nada escrupuloso a la hora de allanar moradas, colocó micrófonos por todo el apartamento, intervino su teléfono fijo, hackeó su ordenador y su teléfono móvil para rastrear sus correos y llamadas entrantes y salientes. Ese mercenario estaba dispuesto, incluso, a cambio de una suma extra, a ser el brazo ejecutor, pero Julio quería hacerlo personalmente para saborear mejor la venganza cuando les viera tendidos en medio de un gran charco de sangre y con los ojos abiertos mirando al infinito.

Gracias a ese sabueso, supo que, a pesar de que ese año el carnaval era el 15 de febrero, al ser domingo, lo celebrarían el sábado día 14, coincidiendo con la festividad de San Valentín, en un baile de disfraces, organizado por el Ayuntamiento en el Palacete Albéniz, al que asistiría la flor y nata de la sociedad barcelonesa. Curiosa e irónica coincidencia. Morirían el día de los enamorados. Era el lugar y el momento perfectos, nadie repararía en él, pasaría desapercibido entre tantas máscaras y, una vez cumplida su misión, solo tenía que despojarse de su atuendo y huir tan veloz como pudiera.

Llegado el día, a eso de las nueve de la tarde, les vio salir, el uno disfrazado de Conde Drácula y la otra de vampiresa. Tras subir a un taxi que les estaba esperando, pusieron rumbo a su destino fatal, y él, vestido de hombre-lobo, se dispuso a seguirles, en su propio coche, hasta las cercanías del palacete.

El bullicio era ensordecedor. El palacete resplandecía. Su invitación resultó una falsificación perfecta. Pasó el control sin ningún problema. Estaba satisfecho. En poco más de una hora todo habría acabado.

Antes de entrar en el salón principal, se palpó el arma y los cuatro cargadores con quince balas cada uno que llevaba pegados al cuerpo con cinta-aislante. Tal como le había asegurado su hombre, no hubo ningún control de metales pues, de lo contrario, todo habría sido en balde.

Tras comprobar que todo estaba en orden, levantó la mirada hacia la concurrencia dispuesto a mezclarse con el resto de invitados. No podía dar crédito a lo que veía: todos iban de igual guisa, todos los hombres disfrazados de Conde Drácula, y las mujeres de vampiresa. Esa debió ser la consigna recibida por los verdaderos invitados.

Dio unos pasos dubitativos y, en cuestión de segundos, se vio rodeado de una multitud que se reía de él a carcajadas, pensando, con toda seguridad, que había sido objeto de una broma pesada o que se había confundido de fiesta.

De pronto, se sintió ridículo, como un colegial del que se burlan sus compañeros. Se sintió nuevamente en el despacho de su ex director, humillado, desolado, paralizado. Pero él había venido a cumplir su objetivo y no se marcharía de allí sin haberlo hecho. El problema era que no sabía quién era quién, todos con idéntico disfraz.

Se sobresaltó cuando alguien posó una mano en su hombro. Era un hombre poco más alto que él. Le dijo: “no te lo tomes a mal, hombre, no es nada personal”. Julio sintió un acaloramiento repentino y una rabia incontrolable. Sacó su arma de debajo del disfraz y apuntó a la cabeza del que le había hablado así, seguro de haber reconocido aquella voz.

Los invitados quedaron mudos por unos segundos para estallar nuevamente en carcajadas, creyendo que se trataba de una broma y que el arma era de juguete. Cuando adivinaron que no había chanza alguna en aquel acto, se abalanzaron sobre él para arrebatarle la pistola. Entonces empezó la fiesta.

Julio descargó, uno tras otro, los cinco cargadores que, en total, formaban su pequeño pero efectivo arsenal, hasta que ya no quedaron balas que disparar.

La escena parecía dantesca, sangre y cuerpos desparramados por todas partes, unos tendidos sobre los sofás, otros bajo las mesas, refugios inútiles, cristales rotos de lámparas y ventanas, cortinas rasgadas por quienes pretendieron, en vano, esconderse tras ellas, jarrones hechos añicos, al igual que algún que otro cráneo.

Pero Julio no podía abandonar el lugar sin antes cerciorarse de que, entre aquel amasijo de cuerpos retorcidos, estaban los de sus víctimas.

Nadie había sobrevivido a la ejecución en masa, ni siquiera el personal del catering. Los guardias jurado, tomados desprevenidos, también yacían aquí y allá. Con manos temblorosas de excitación fue arrancando, una a una, las máscaras que cubrían las caras de sus víctimas hasta que dio con las que buscaba. Estaban muertos, los dos, no había duda. Había cumplido su venganza.

Entonces fue cuando sintió una punzada en el costado izquierdo, un dolor intenso que le irradiaba hasta el brazo. Se quitó, con gran esfuerzo, su disfraz y vio una gran mancha de sangre que le cubría el tórax hasta casi la cintura. Había sido alcanzado por una bala de alguno de los vigilantes jurado.

Una vez en el jardín, respiró hondo e hizo acopio de fuerzas para llegar hasta su coche, aparcado a un centenar de metros de aquel lugar. Se sentó en el asiento del copiloto y trató de relajarse. Todo había salido a pedir de boca excepto el final. Pero él había previsto hasta el último detalle, así que abrió la guantera, tomó el cargador que había guardado para esa eventualidad y lo introdujo en la pistola.

El día de San Valentín del año 2015, a las 11:30 horas, un fogonazo iluminó por un segundo la oscuridad reinante en un recodo del parque que circunda el palacete Albéniz.