Aquella noche, tras haber decidido hacer caso a su amigo, Fernando no tuvo la hasta entonces recurrente pesadilla ni aparición alguna, lo que le confirmó que todo había sido fruto de su mente alterada, la cual se había apaciguado, brindándole una tregua, una vez había aceptado visitar a la médium. Y fue al pensar en ella cuando recordó que había tenido un sueño, pero esta vez placentero. La mente volvía a jugar con él. Había soñado precisamente con Rosaura. La veía como una mujer muy atractiva, de ojos negros y labios carnosos, pintados de un rojo sangre, ataviada como la típica adivina de las ferias ambulantes, con una ancha túnica estampada, acicalada con collares y brazaletes dorados, con un pañuelo en la cabeza a modo de diadema, del que pendían unos brillantes abalorios, dejando al descubierto una larga y ondulada melena de color caoba. Sentada ante una mesa camilla, tenía ante sí una gran bola de cristal que absorbía su atención. No hablaba, solo le sonreía sensual y enigmáticamente mientras acariciaba con sus manos la suave superficie de la esfera, que despedía una luz tan cegadora como la de su aparición.
Que el poder de la mente es extraordinario lo sabía de sobras, pero no podía imaginar hasta qué extremo, pues cuando el viernes, a las siete en punto de la tarde, la puerta del gabinete de Rosaura se abrió, respondiendo a la llamada del timbre con sonido de campanillas, Fernando se percató, asombrado, de que la mujer que les sonreía y les invitaba a pasar era tal como la había soñado. Su melodiosa voz, invitándoles a entrar, le sonó a Fernando a música celestial. Cuando, al cabo de unos instantes, se sentaba ante la misma mesa camilla de su sueño, todavía llevaba pegada en la boca una sonrisa de bobalicón, cosa que le hizo sentir de inmediato profundamente culpable, deseando que su difunta esposa, si es que realmente podía verle, no se lo tuviera en cuenta.
─¿Fernando, ¿verdad? Me ha dicho Ramón que quieres comunicarte con tu difunta mujer. No te importa que te tutee, ¿verdad? ─le dijo Rosaura, mirando al mencionado intermediario de soslayo.
─Ssssí, bueno, no. Digo, sí a lo primero y a lo tercero, que me llamo Fernando y que puedes tutearme, pero no a lo segundo.
Y ante la extrañeza de la mujer, que ya hacía ademán de preguntarle algo como “¿entonces a qué has venido?”, Fernando prosiguió, algo más sosegado.
─Verá, digo verás, desde que falleció mi esposa, he vivido en un túnel sin salida. Mi vida ha dejado de tener sentido. El tratamiento médico, sin embargo, había logrado controlar más o menos mis “alteraciones nerviosas” hasta que empecé a soñar con ella. Todas las noches tenía el mismo sueño, en el que me decía que estaba bien y que quería contarme algo, pero, llegado a este punto me despertaba. Después de… bueno, comentárselo a mi amigo, aquí presente, este me aconsejó que viniera a verla, digo a verte, pero yo…
─Pero tú rehusaste porque no crees en estas paparruchas, ¿no es así? ─le cortó la mujer─. Pero has tenido una experiencia paranormal, una aparición del más allá, y entonces has accedido a venir ─acabó diciéndole con una sonrisa condescendiente.
─Pero… cómo sabes que yo… ¡Ah, claro!, te lo contó Ramón el otro día, cuando te llamó para pedirte cita ─le espetó Fernando, sintiéndose más aliviado.
─Pues lo creas o no, te equivocas. Tu amigo no me comentó nada de esto. Solo me dijo que habías perdido a tu mujer, que no creías en el espiritismo ni en el más allá pero que te había convencido para que vinieras a verme, Eso es todo. Pero por experiencia sé que hasta que no se tiene una experiencia “espiritual”, o como quieras llamarla, la gente incrédula no decide ponerse en manos de profesionales como yo.
─Ya, ya… ─fue todo lo que pudo decir Fernando, porque antes de que añadiera cualquier cosa, un golpe fuerte y seco retumbó en la pared más próxima. Tan fuerte fue el golpe, que derribó los objetos que Rosaura tenía dispuestos en las estanterías adosadas al tabique.
─¿Qué ha sido esto? ─casi gritaron los dos amigos al unísono, levantándose tan raudos que derribaron sus sillas. La mujer, que también sufrió un gran sobresalto, les invitó a sentarse de nuevo.
─Tranquilos, tranquilos ─se apresuró a decir Rosaura─, esto es lo que suele ocurrir cuando un espíritu se enoja. Quien quiera que sea, le ha molestado tu incredulidad o quiere llamar tu atención ─se vio obligada a afirmar la médium dirigiéndose a Fernando─. Ahora volved a sentaros y empecemos la sesión.
Mientras Rosaura, visiblemente agitada, acercaba su cara a la bola de cristal, preparándose para captar en ella las posibles respuestas a las preguntas que su cliente quisiera formular, este no dejaba de escudriñar, con la mirada, el aposento en busca de algún falso fantasma escondido tras las cortinas.
─Pero yo creía que la bola solo se usaba para adivinar el futuro, no para comunicarse con los muertos ─comentó Fernando entre desconcertado y receloso─. Creía que era con la ouija o invocándoles una médium en trance como se hacía esto ─añadió con un cierto retintín.
─Querido, el modo de contactar con el más allá no depende del instrumento que se use para ello sino del poder del intermediario, en este caso yo. Ahora necesito concentración ─atajó Rosaura con su voz meliflua.
*
Al cabo de media hora, Fernando bajaba las escaleras de dos en dos, hecho una furia. Una vez en la calle, se dirigió a toda prisa a la cafetería de enfrente y solo entrar pidió un café bien cargado al camarero que, solícito, le señalaba una mesa libre. Al poco hizo acto de presencia Ramón, quien se sentó a su lado sin atreverse a decir esta boca es mía. Fernando parecía ausente. Con la taza humeante de café en las manos, miraba al infinito, mientras su amigo le observaba contrito.
─Lo, lo siento ─farfulló Ramón al cabo de un rato.
─¿Por qué me ha hecho esto mi mujer? ¿Por qué me ha hecho venir para decirme eso?
─Bueno, ya sabes que Isabel era muy sincera y…
─¡Y que no sabía mantener la boca cerrada! Sí, lo sé ─le espetó Fernando.
─Bueno, míralo por la parte positiva, ahora sabes que existe un más allá y que…
─Y que voy a ir a ese más allá dentro de cinco semanas, ¡no te jode!
─Al menos tendrás tiempo para hacer los preparativos, dejarlo todo bien atado ─dijo, siempre tan práctico, Ramón.
─¡Joder, Ramón! ¿Pero te estás oyendo? ¿Pero tú te has creído esa estupidez? Estoy perfectamente sano. ¿Cómo voy a morirme en cinco semanas? ─ dijo alzando la voz provocando las miradas airadas de los clientes que llenaban el local.
─Shhh, baja la voz, Fernando. Y cálmate, por favor ─intentaba en vano apaciguarle Ramón─ Quién sabe, un accidente lo puede tener cualquiera, o un ataque al corazón, o... ─calló ante la mirada fulminante de su enervado amigo y, por una vez, consciente de su poco tacto.
─Pues si quien sea que ha montado este tinglado pretende amedrentarme, no lo conseguirá. No pienso hacer caso a esa agorera predicción, venga de quien venga.
─Pues a mí me ha parecido todo tan real… Al menos, podrías ir con cautela. Piensa que si Isabel se ha tomado la molestia de mostrarse primero en sueños y ahora a través de la médium para comunicarte que…
─Calla, por lo que más quieras. No quiero seguir con este absurdo juego. Ya he hecho suficiente con venir a este antro siguiendo tus estúpidos consejos. ¿Sabes qué voy a hacer? ─añadió, pensativo, ante la cara esperanzada de Ramón─. Dentro de un mes es la final de la Copa del Mundo y ya hace tiempo que tengo las entradas, los billetes de avión y las reservas de hotel, así que seguiré con mis planes como si nada. ¿Te ha quedado bien claro?
─No seas así, por Dios. Anúlalo. Si le explicas a la agencia de viajes el motivo por el que no puedes ir, quizá puedas recuperar parte de lo que has pagado, digo yo.
─Ramón, lo tuyo no tiene remedio. Primero de todo, no me mentes a Dios y, en segundo lugar, para que tuviera derecho a una devolución, aunque fuera parcial, necesitaría un documento acreditativo. ¿Acaso crees que Isabel me podría conseguir uno en el más allá? ─dijo Fernando escupiendo, con sorna colérica, esas palabras, tras lo cual abandonó la cafetería sin siquiera despedirse de Ramón, quien vio, impotente, como su amigo se alejaba sin haber logrado hacerle recapacitar.
*
Cuando, terminada su jornada laboral, Rosaura pasó por delante de la cafetería que hay enfrente de su gabinete, vio a los dos amigos sentados junto al ventanal que da a la calle, enzarzados en lo que parecía una agria discusión. No pudo por menos que sentir pena por Fernando, como la sentía por todos sus clientes. Pero ese día sus razones eran distintas. Se sentía muy afectada, incluso atemorizada. Ella no hacía daño a nadie, simplemente les daba a sus clientes lo que querían: las respuestas que esperaban recibir. Pero lo de aquella tarde había sido diferente. Los objetos no habían caído de las estanterías ni los golpes en la pared habían sonado como solía ocurrir. En esta ocasión no había llegado a accionar el artilugio que tenía instalado en su mesa camilla y que usaba habitualmente para impresionar a la clientela. Y, por si fuera poco, la bola había “actuado”, sin que fuera ella quien ideara, con sus hábiles argucias, las respuestas. Había sentido miedo, por primera vez en su vida, cuando vio reflejada en la brillante esfera la cara de Isabel, y leyó de sus labios el mensaje que anunciaba la muerte prematura de su cliente. Quizá debería haber callado e inventado cualquier otro vaticinio, pero era la primera vez que un espíritu se ponía en contacto con ella y no le podía ignorar. Quién sabe de lo que son capaces si no sigues sus dictados.
La sesión de aquel viernes cercenó de golpe la incredulidad de dos personas a la vez: la de Fernando, que veía trastabillar su recalcitrante ateísmo, y la de Rosaura, que desde ahora se tomaría su profesión mucho más en serio.
*
Fernando viajó a Moscú (1) para asistir al mundial de fútbol, como tenía previsto, sin importarle la terrible predicción que le había transmitido Rosaura de parte de su querida Isabel. Tras la consternación inicial, Fernando recobró la cordura de forma milagrosa ─como todo el mundo, incluido su terapeuta, calificó─ y vivió esos incidentes paranormales como una demostración más de lo que puede llegar a hacer la mente. La simple convicción de este hecho le sacó del embotamiento mental que había estado padeciendo. “Si la mente te puede hundir, también te puede salvar”, le dijo a su inseparable amigo, de quien se despidió otro viernes en la terminal del aeropuerto.
Por mucho que Ramón insistiera en acompañarlo, Fernando se negó en redondo, replicándole que aquello debía hacerlo solo y que, a la vuelta, le demostraría que nada de lo últimamente vivido había sido real.
Fernando no volvió de aquel viaje. Se le perdió la pista, según los empleados del hotel, el día en que se cumplían cinco semanas desde aquella sesión de espiritismo. Al cabo de diez días de intensa búsqueda, su cadáver apareció entre unos cañizales del río Moscova, a varios kilómetros de la capital rusa.
[1] La Copa
Mundial de la FIFA tendrá lugar en Rusia entre el 14 de junio y el 15 de julio
de 2018






