miércoles, 8 de febrero de 2017

El incrédulo (y II)


Aquella noche, tras haber decidido hacer caso a su amigo, Fernando no tuvo la hasta entonces recurrente pesadilla ni aparición alguna, lo que le confirmó que todo había sido fruto de su mente alterada, la cual se había apaciguado, brindándole una tregua, una vez había aceptado visitar a la médium. Y fue al pensar en ella cuando recordó que había tenido un sueño, pero esta vez placentero. La mente volvía a jugar con él. Había soñado precisamente con Rosaura. La veía como una mujer muy atractiva, de ojos negros y labios carnosos, pintados de un rojo sangre, ataviada como la típica adivina de las ferias ambulantes, con una ancha túnica estampada, acicalada con collares y brazaletes dorados, con un pañuelo en la cabeza a modo de diadema, del que pendían unos brillantes abalorios, dejando al descubierto una larga y ondulada melena de color caoba. Sentada ante una mesa camilla, tenía ante sí una gran bola de cristal que absorbía su atención. No hablaba, solo le sonreía sensual y enigmáticamente mientras acariciaba con sus manos la suave superficie de la esfera, que despedía una luz tan cegadora como la de su aparición.

Que el poder de la mente es extraordinario lo sabía de sobras, pero no podía imaginar hasta qué extremo, pues cuando el viernes, a las siete en punto de la tarde, la puerta del gabinete de Rosaura se abrió, respondiendo a la llamada del timbre con sonido de campanillas, Fernando se percató, asombrado, de que la mujer que les sonreía y les invitaba a pasar era tal como la había soñado. Su melodiosa voz, invitándoles a entrar, le sonó a Fernando a música celestial. Cuando, al cabo de unos instantes, se sentaba ante la misma mesa camilla de su sueño, todavía llevaba pegada en la boca una sonrisa de bobalicón, cosa que le hizo sentir de inmediato profundamente culpable, deseando que su difunta esposa, si es que realmente podía verle, no se lo tuviera en cuenta.

─¿Fernando, ¿verdad? Me ha dicho Ramón que quieres comunicarte con tu difunta mujer. No te importa que te tutee, ¿verdad? ─le dijo Rosaura, mirando al mencionado intermediario de soslayo.
─Ssssí, bueno, no. Digo, sí a lo primero y a lo tercero, que me llamo Fernando y que puedes tutearme, pero no a lo segundo.

Y ante la extrañeza de la mujer, que ya hacía ademán de preguntarle algo como “¿entonces a qué has venido?”, Fernando prosiguió, algo más sosegado.

─Verá, digo verás, desde que falleció mi esposa, he vivido en un túnel sin salida. Mi vida ha dejado de tener sentido. El tratamiento médico, sin embargo, había logrado controlar más o menos mis “alteraciones nerviosas” hasta que empecé a soñar con ella. Todas las noches tenía el mismo sueño, en el que me decía que estaba bien y que quería contarme algo, pero, llegado a este punto me despertaba. Después de… bueno, comentárselo a mi amigo, aquí presente, este me aconsejó que viniera a verla, digo a verte, pero yo…
─Pero tú rehusaste porque no crees en estas paparruchas, ¿no es así? ─le cortó la mujer─. Pero has tenido una experiencia paranormal, una aparición del más allá, y entonces has accedido a venir ─acabó diciéndole con una sonrisa condescendiente.
─Pero… cómo sabes que yo… ¡Ah, claro!, te lo contó Ramón el otro día, cuando te llamó para pedirte cita ─le espetó Fernando, sintiéndose más aliviado.
─Pues lo creas o no, te equivocas. Tu amigo no me comentó nada de esto. Solo me dijo que habías perdido a tu mujer, que no creías en el espiritismo ni en el más allá pero que te había convencido para que vinieras a verme, Eso es todo. Pero por experiencia sé que hasta que no se tiene una experiencia “espiritual”, o como quieras llamarla, la gente incrédula no decide ponerse en manos de profesionales como yo.
─Ya, ya… ─fue todo lo que pudo decir Fernando, porque antes de que añadiera cualquier cosa, un golpe fuerte y seco retumbó en la pared más próxima. Tan fuerte fue el golpe, que derribó los objetos que Rosaura tenía dispuestos en las estanterías adosadas al tabique.
─¿Qué ha sido esto? ─casi gritaron los dos amigos al unísono, levantándose tan raudos que derribaron sus sillas. La mujer, que también sufrió un gran sobresalto, les invitó a sentarse de nuevo.
─Tranquilos, tranquilos ─se apresuró a decir Rosaura─, esto es lo que suele ocurrir cuando un espíritu se enoja. Quien quiera que sea, le ha molestado tu incredulidad o quiere llamar tu atención ─se vio obligada a afirmar la médium dirigiéndose a Fernando─. Ahora volved a sentaros y empecemos la sesión.

Mientras Rosaura, visiblemente agitada, acercaba su cara a la bola de cristal, preparándose para captar en ella las posibles respuestas a las preguntas que su cliente quisiera formular, este no dejaba de escudriñar, con la mirada, el aposento en busca de algún falso fantasma escondido tras las cortinas.

─Pero yo creía que la bola solo se usaba para adivinar el futuro, no para comunicarse con los muertos ─comentó Fernando entre desconcertado y receloso─. Creía que era con la ouija o invocándoles una médium en trance como se hacía esto ─añadió con un cierto retintín.
─Querido, el modo de contactar con el más allá no depende del instrumento que se use para ello sino del poder del intermediario, en este caso yo. Ahora necesito concentración ─atajó Rosaura con su voz meliflua.

*

Al cabo de media hora, Fernando bajaba las escaleras de dos en dos, hecho una furia. Una vez en la calle, se dirigió a toda prisa a la cafetería de enfrente y solo entrar pidió un café bien cargado al camarero que, solícito, le señalaba una mesa libre. Al poco hizo acto de presencia Ramón, quien se sentó a su lado sin atreverse a decir esta boca es mía. Fernando parecía ausente. Con la taza humeante de café en las manos, miraba al infinito, mientras su amigo le observaba contrito.

─Lo, lo siento ─farfulló Ramón al cabo de un rato.
─¿Por qué me ha hecho esto mi mujer? ¿Por qué me ha hecho venir para decirme eso? 
─Bueno, ya sabes que Isabel era muy sincera y…
─¡Y que no sabía mantener la boca cerrada! Sí, lo sé ─le espetó Fernando.
─Bueno, míralo por la parte positiva, ahora sabes que existe un más allá y que…
─Y que voy a ir a ese más allá dentro de cinco semanas, ¡no te jode! 
─Al menos tendrás tiempo para hacer los preparativos, dejarlo todo bien atado ─dijo, siempre tan práctico, Ramón. 
─¡Joder, Ramón! ¿Pero te estás oyendo? ¿Pero tú te has creído esa estupidez? Estoy perfectamente sano. ¿Cómo voy a morirme en cinco semanas? ─ dijo alzando la voz provocando las miradas airadas de los clientes que llenaban el local. 
─Shhh, baja la voz, Fernando. Y cálmate, por favor ─intentaba en vano apaciguarle Ramón─ Quién sabe, un accidente lo puede tener cualquiera, o un ataque al corazón, o... ─calló ante la mirada fulminante de su enervado amigo y, por una vez, consciente de su poco tacto.
─Pues si quien sea que ha montado este tinglado pretende amedrentarme, no lo conseguirá. No pienso hacer caso a esa agorera predicción, venga de quien venga. 
─Pues a mí me ha parecido todo tan real… Al menos, podrías ir con cautela. Piensa que si Isabel se ha tomado la molestia de mostrarse primero en sueños y ahora a través de la médium para comunicarte que…
─Calla, por lo que más quieras. No quiero seguir con este absurdo juego. Ya he hecho suficiente con venir a este antro siguiendo tus estúpidos consejos. ¿Sabes qué voy a hacer? ─añadió, pensativo, ante la cara esperanzada de Ramón─. Dentro de un mes es la final de la Copa del Mundo y ya hace tiempo que tengo las entradas, los billetes de avión y las reservas de hotel, así que seguiré con mis planes como si nada. ¿Te ha quedado bien claro?
─No seas así, por Dios. Anúlalo. Si le explicas a la agencia de viajes el motivo por el que no puedes ir, quizá puedas recuperar parte de lo que has pagado, digo yo.
─Ramón, lo tuyo no tiene remedio. Primero de todo, no me mentes a Dios y, en segundo lugar, para que tuviera derecho a una devolución, aunque fuera parcial, necesitaría un documento acreditativo. ¿Acaso crees que Isabel me podría conseguir uno en el más allá? ─dijo Fernando escupiendo, con sorna colérica, esas palabras, tras lo cual abandonó la cafetería sin siquiera despedirse de Ramón, quien vio, impotente, como su amigo se alejaba sin haber logrado hacerle recapacitar.

*

Cuando, terminada su jornada laboral, Rosaura pasó por delante de la cafetería que hay enfrente de su gabinete, vio a los dos amigos sentados junto al ventanal que da a la calle, enzarzados en lo que parecía una agria discusión. No pudo por menos que sentir pena por Fernando, como la sentía por todos sus clientes. Pero ese día sus razones eran distintas. Se sentía muy afectada, incluso atemorizada. Ella no hacía daño a nadie, simplemente les daba a sus clientes lo que querían: las respuestas que esperaban recibir. Pero lo de aquella tarde había sido diferente. Los objetos no habían caído de las estanterías ni los golpes en la pared habían sonado como solía ocurrir. En esta ocasión no había llegado a accionar el artilugio que tenía instalado en su mesa camilla y que usaba habitualmente para impresionar a la clientela. Y, por si fuera poco, la bola había “actuado”, sin que fuera ella quien ideara, con sus hábiles argucias, las respuestas. Había sentido miedo, por primera vez en su vida, cuando vio reflejada en la brillante esfera la cara de Isabel, y leyó de sus labios el mensaje que anunciaba la muerte prematura de su cliente. Quizá debería haber callado e inventado cualquier otro vaticinio, pero era la primera vez que un espíritu se ponía en contacto con ella y no le podía ignorar. Quién sabe de lo que son capaces si no sigues sus dictados.

La sesión de aquel viernes cercenó de golpe la incredulidad de dos personas a la vez: la de Fernando, que veía trastabillar su recalcitrante ateísmo, y la de Rosaura, que desde ahora se tomaría su profesión mucho más en serio.

*

Fernando viajó a Moscú (1) para asistir al mundial de fútbol, como tenía previsto, sin importarle la terrible predicción que le había transmitido Rosaura de parte de su querida Isabel. Tras la consternación inicial, Fernando recobró la cordura de forma milagrosa ─como todo el mundo, incluido su terapeuta, calificó─ y vivió esos incidentes paranormales como una demostración más de lo que puede llegar a hacer la mente. La simple convicción de este hecho le sacó del embotamiento mental que había estado padeciendo. “Si la mente te puede hundir, también te puede salvar”, le dijo a su inseparable amigo, de quien se despidió otro viernes en la terminal del aeropuerto. 

Por mucho que Ramón insistiera en acompañarlo, Fernando se negó en redondo, replicándole que aquello debía hacerlo solo y que, a la vuelta, le demostraría que nada de lo últimamente vivido había sido real.

Fernando no volvió de aquel viaje. Se le perdió la pista, según los empleados del hotel, el día en que se cumplían cinco semanas desde aquella sesión de espiritismo. Al cabo de diez días de intensa búsqueda, su cadáver apareció entre unos cañizales del río Moscova, a varios kilómetros de la capital rusa.

[1] La Copa Mundial de la FIFA tendrá lugar en Rusia entre el 14 de junio y el 15 de julio de 2018



sábado, 4 de febrero de 2017

El incrédulo


Fernando se calificaba a sí mismo como el mayor de los incrédulos. Si bien de niño había sido un ferviente creyente y practicante, con los años su fe en la existencia de un más allá se fue diluyendo hasta acabar en el ateísmo más recalcitrante. Era un ateo practicante y proselitista, como le gustaba autodefinirse, y no había creyente, del signo y credo que fuera, que escapara a sus invectivas, habiendo perdido por ello más de una amistad, incluso entre las filas de su propia familia. El único amigo “refractario” que conservaba era Ramón, agnóstico tolerante con las creencias ajenas, con el que, a pesar de todo, le unía una camaradería inquebrantable desde su más tierna infancia.

Para Fernando, la muerte era el final definitivo, sin retorno. No había traspaso a ninguna otra orilla que no fuera la nada. Y cualquiera que pensara de distinta forma era, como mínimo, un ignorante sin dos dedos de frente, digno del peor de los escarnios. “La religión es el opio del pueblo”, no se cansaba de repetir, parafraseando a su admirado Marx (1). Y respecto al espiritismo, se despachaba a gusto con calificativos del tipo superchería de analfabetos, burla a la inteligencia, cuento chino para cabezas de chorlito, montaje de vividores y fraude digno de juzgado de guardia, entre otras lindezas. 

Siendo así, no fue de extrañar que la mayor de sus contrariedades se produjera cuando Ramón osó sugerirle que acudiera a una conocida médium.

*

Tras sufrir la dolorosa pérdida de Isabel, su mujer, en un accidente de tráfico, Fernando cayó en una depresión que nada bueno presagiaba. Ramón lo achacó al trauma lógico de quien ha perdido a quien más quería en este mundo y a quien no volvería a ver jamás. A esa pena se le sumaba el agravante de culpabilidad, dadas las circunstancias en que se produjo la muerte de su esposa. Fernando no se perdonaba haberse dormido al volante. Pero un año en semejante situación no era normal. Ni el antidepresivo de última generación, ni el ansiolítico más potente, ni siquiera la psicoterapia hacían el efecto esperado.  El dolor le consumía. Era un muerto viviente y solo hablaba de la inutilidad e injusticia de seguir con vida. Ramón intentaba pasar el mayor tiempo posible con él pues temía por su integridad física, ya que la psíquica ya hacía tiempo que la había perdido. Con el paso del tiempo, la depresión y la ansiedad degeneraron en una psicosis. Fernando empezó a oír voces en su interior y a ver sombras a su alrededor, como si alguien le acompañara en todo momento. Ramón pensó al principio que aquello no era más que una forma de exteriorizar el shock postraumático. Hasta el más lógico de los humanos puede tener un bache en su intelecto, pero ese bache duraba demasiado y podía acabar tragándose a su mejor amigo. Debía y quería ayudarle. Pero ¿cómo?

Cuando Ramón, con la mejor de las intenciones, le habló de una médium que ayudaba a la gente a contactar con sus seres queridos fallecidos, Fernando, salió de su ensimismamiento montando en cólera y profiriéndole todo tipo de insultos. Por mucho que su amigo le dijera que nada tenía que perder por visitar a la supuesta vidente, Fernando no pudo por menos que reprocharle vehementemente su traición al intelecto, despreciándole cruelmente. Aceptaba el hecho de que quisiera ayudarle, pero no entendía que para ello hubiera caído tan bajo. Estaba ciertamente desolado, pero no por ello iba a ponerse en manos de una bruja vividora de las penas ajenas.

Fue tal el rifirrafe que se organizó, que la amistad que les había unido durante tantos años estuvo a punto de quebrarse como la más delicada de las copas de cristal de Bohemia al estrellarse contra el duro suelo. La amistad entre Fernando y Ramón era irrompible, pero desde entonces se vio seriamente dañada.

El único poder en el que Fernando creía era el de la mente. Y así se lo demostraron los sueños ─o quizá debería llamarlos pesadillas─ en los que se vio sumergido al poco de haberse peleado  con su viejo amigo. El sueño se repetía cada noche con una fidelidad pasmosa. Siempre era igual, como si se tratara de una película que se rebobinara y volviera a pasar ante sus ojos una y otra vez. 

En el sueño, Isabel, más bella que nunca, le hablaba con esa voz tan dulce que Fernando recordaba perfectamente. 

─Hola, Fernando ─le decía─. Estoy bien. No te aflijas, pues volveremos a estar juntos. Estábamos equivocados. Sí existe otra forma de vida. He venido a decirte que …

Y aquí se cortaba el sueño. Cada noche, en el mismo punto. La imagen se tornaba borrosa y la voz distorsionada, como si sufriera interferencias, como las de un televisor primitivo. Solo que aquí no había antenas de cuernos que direccionar para mejorar la señal.

Aun sin ser experto en interpretación de los sueños, la explicación era evidente: la trágica muerte de Isabel le había perturbado hasta el punto de provocarle esas pesadillas recurrentes. ¿Pero por qué ahora? ¿Quizá la disputa con Ramón había sido el detonante para que su subconsciente le traicionara de ese modo? ─se preguntaba.

Después de varias semanas repitiéndose idéntico sueño, sintiéndose impotente por evitarlo, estuvo tentado de comentárselo a su terapeuta, pero no quería que le atiborrara con más medicamentos inútiles y acabó confesándoselo a Ramón. Haciendo de tripas corazón, decidió ir a verle. A pesar de lo ocurrido, le echaba de menos, necesitaba desahogarse y, de paso, recuperarlo como amigo. Aun así, no pudo evitar acusarle de ser quien, con esas majaderías, le había trastornado, poniendo su caso de ejemplo de cómo la mente puede llegar a desvirtuar la realidad y nuestras percepciones hasta límites increíbles. 

Tras unos segundos en silencio ─que Fernando interpretó como señal de asentimiento por parte de su amigo─, Ramón le dijo, muy serio: “Tienes que ir a ver a Rosaura”.

─¿A Rosaura? ¿Qué Rosaura? ─le interpeló Fernando.
─La médium de la que te hablé ─le respondió Ramón, imperturbable.

La nueva trifulca que se armó tras esas palabras fue de órdago, Fernando lanzando improperios acerca de la salud mental de su amigo y este reconviniéndole para que abandonara su actitud intransigente y acabara aceptando la realidad.

─¿Realidad, qué realidad? ─gritó Fernando, fuera de sí, a menos de un palmo de la cara de un Ramón todo paz y serenidad.
─Pues que Isabel quiere transmitirte un mensaje. Y debe ser importante cuando insiste tanto y, por algún motivo, no te lo puede dar en sueños. La intervención de esa médium facilitaría muchísimo el contacto con ella.

Fernando tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para contenerse ante esa idiotez que acaba de proferir su amigo. ¿Cómo una persona hasta entonces tan sensata podía, de pronto, creer en tales idioteces? Tras inspirar profundamente, se relajó, lo miró a los ojos y, ante la estupefacción de Ramón, estalló en una sonora carcajada, abandonando el apartamento reprimiendo a duras penas los espasmos que la risa contenida le producía, dejando a su amigo seriamente preocupado por su salud mental.

Cuando aquella noche, ya en la cama, Fernando reflexionaba hasta qué punto el bueno de Ramón había perdido definitivamente la sensatez, no sabiendo si compadecerlo o despreciarlo, oyó un ruido semejante al producido cuando se desgarra una tela. A continuación, un frío intenso invadió la habitación hasta el punto de que unos intensos tiritones sacudían su cuerpo como si la temperatura hubiera caído repentinamente por debajo de los cero grados centígrados.

─Esto es lo que sucede en las películas de terror cuando quieren indicar la presencia de un espíritu ─pensó instintivamente─. Pero ¿acaso estoy perdiendo yo también el juicio? ─se dijo a continuación.

No tuvo tiempo de encender la luz. Lo que al principio fue un tenue resplandor, procedente de una esquina de la habitación, se fue agrandando e intensificando hasta adquirir una reluciente silueta humana. Se movía de forma ondulante y sus contornos se desdibujaban de vez en cuando. Cuando la luz se hizo casi cegadora, una voz apenas audible, como si procediera de un eco lejano, susurró, arrastrando las palabras: “Quieero hablaarr contiigoo. Tieeness que sabeerloo. Veen proontoo”. Dicho esto, se hizo de nuevo la oscuridad y el silencio, y la temperatura volvió a la normalidad. Quien no volvió a la normalidad fue Fernando, que no puso pegar ojo en toda la noche, a pesar de las dos cápsulas de somnífero que se tomó.

A la mañana siguiente, tras haber recorrido el apartamento de un extremo a otro unas cuantas decenas de veces pensando qué hacer, decidió ir nuevamente al encuentro de Ramón. Mejor un amigo que un psiquiatra. Pero esta vez se obligaría a ser lo más objetivo y comedido posible. Si tenía que hacer caso a lo que le dictaba la razón, aquello era un despropósito, peor aún, una locura. Pero la evidencia le indicaba todo lo contrario. Nunca en su vida había estado tan desconcertado.

Tras exponerle a su amigo lo vivido ─porque lo había vivido, pues estaba completamente despierto cuando ocurrió─ la noche anterior, aquel le aconsejó que hiciera un acto de humildad y un esfuerzo, acudiendo al gabinete de Rosaura. Él le acompañaría.

Luego de un tira y afloja que duró casi una hora, los dos amigos llegaron a un acuerdo. Ramón llamaría a su médium de confianza ─como así la había calificado─ y, en cuanto esta tuviera un hueco, irían a verla. Al cabo de unos minutos ya tenía una cita acordada. Rosaura les esperaba el viernes, a las siete de la tarde. Eso sería al cabo de tres días. 

CONTINUARÁ...

(1) Aunque esta frase se le atribuye a Karl Marx, por aparecer en su publicación “Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” (1844), la comparación de la religión con el opio no es original de Marx, pues ya había aparecido anteriormente en escritos de Immanuel Kant, Herder y Ludwig Feuerbach, entre otros filósofos del s. XIX.



miércoles, 25 de enero de 2017

Volar


Siempre había deseado volar. Desde muy niño soñaba que volaba como la más ligera de las aves. De joven, amante de los deportes de riesgo, quiso emular a uno de esos hombres-pájaro, pero aquel grave accidente de automóvil truncó momentáneamente sus esperanzas. Con el tiempo, advirtiendo que la esperada recuperación no llegaba, vio cada vez más menguadas las posibilidades de ver realizado su sueño. Ahora, comprendía que su ilusión ya nunca se haría realidad. Aunque, con los años, los traumatismos acabaron sanando, ya era demasiado tarde. Ya no tenía edad ni vigor para eso. Solo cabía resignarse ─vana ilusión─ pensando en que en la otra vida se sentiría, sin duda, más liviano que un pajarillo. Pero él hubiera querido alzar el vuelo aquí y, en cambio, sabía que se iría de este mundo sin haber sobrevolado los montes, los valles y los mares, tal como había visto hacer a otros más afortunados que él. 

Pero no estaba todo perdido, pensó al fin. Sus hijos lo harían por él. Lo dejaría escrito.

Cuando murió, esparcieron sus cenizas a más de mil metros de altura. Al fin lo había conseguido. Por fin voló.


jueves, 19 de enero de 2017

El reencuentro


Me fusilaron, al despuntar el alba, un veintiocho de diciembre, el día de los Santos Inocentes. Yo de santo no tenía nada y de inocente según se mire. Mi madre me decía a menudo que acabaría mal, pero nunca imaginé que sería de ese modo, de pie delante de un pelotón de fusilamiento. Aquéllos eran días convulsos. Ejecuciones como aquélla tenían lugar casi cada día.

Recuerdo la cara angustiada de los soldados que me apuntaban, no mucho mayores que yo, que ya rondaba los diecinueve. Uno de ellos era Manuel, con quien había ido a la escuela hasta que mi padre me llevó a faenar al campo con él y mis dos hermanos. De eso han pasado un puñado de años, más de diez.

Manuel me miraba perplejo. No debía saber que yo era uno de los que tenían que matar con fuego de máuser alemán. Ni siquiera debía saber que me habían detenido. Me dio pena. No sé si llegó a disparar o lo hizo ver. Tampoco sé si les cuentan las balas. No tuve tiempo ni ánimos para verlo. Además, qué caramba, todo hay que decirlo, que me temblaban las piernas, y no precisamente de frío, y las lágrimas no me dejaban ver. Con la poca claridad reinante a esa hora de finales de diciembre, apenas podía contar cuántos eran los que tenía delante con sus ojos en el punto de mira. Creo que ni siquiera oí los disparos. Dicen que, una vez que te han abatido, el oficial que dirige el pelotón te pega un tiro de gracia (que no entiendo por qué le llaman así) para asegurarse que estás muerto.

No vi que nadie viniera en mi busca, como decían. Todo fue oscuridad. Y paz, eso sí. Sólo ahora, después de no sé cuánto tiempo ─pues donde estoy no siento que exista─, tengo plena conciencia de lo que hice. Sólo ahora pienso en mis padres, que todavía no deben saber qué ha sido de mí, que quizá me estén buscando entre los cuerpos que van apareciendo por doquier. Si es así, espero que con el tiempo abandonen esa búsqueda estéril, pues no hay peor pena que la de buscar sin hallar; que alguien, quizá Manuel, les diga que estoy muerto y enterrado en una profunda fosa junto a otros muchos jóvenes que, como yo, quisieron ser héroes en las filas del maquis.

También espero que mi padre me haya perdonado, aunque siga sin comprenderme. Me arrepiento tanto de haberle escupido a la cara aquellas últimas palabras, antes de volverle la espalda y echarme al monte. “Eres un cobarde”, le grité. Por poco no me parte la cara de un puñetazo, el brazo en alto, a medio camino, enrojecido por la rabia, o quizá por la impotencia, temblándole los labios y conteniendo las lágrimas. Él todavía no había alcanzado la cincuentena. Yo acababa de cumplir los dieciocho. Él había vivido, en el frente, los horrores de una guerra. Yo no había tenido ocasión de hacerla. Y yo pretendía que volviera a coger el fusil cuando lo que él quería era simplemente olvidar.

Siento muchísimo el sufrimiento de mis padres. ¡Si pudiera volver atrás! Al menos me tendrían a mí. Pero ya es demasiado tarde para rehacer el camino. No hay segundas oportunidades. Cómo me gustaría poder explicar lo que siento, a ellos que lo han perdido todo. Qué desgracia la de un padre que ve cómo la familia que fundó ha ido menguando y el hogar que construyó se ha ido vaciando hasta acabar como un campo yermo. Los hijos mayores caídos juntos a orillas del Ebro y el pequeño huido para vengar sus muertes. Qué sufrimiento el de una madre que ve que han apagado la vida de los hijos a los que dio a luz. Ahora, a ambos sólo les resta la esperanza de encontrarme con vida, y eso también lo perderán. Siento pena al ver que la más pequeña migaja de felicidad se la llevó una guerra injusta, que lo mejor de su pobre vida desapareció en un suspiro, que ahora sólo desean que el tiempo pase como un torbellino para que llegue el momento de librarse a la muerte.

Ellos todavía no han hallado la paz. Y yo quisiera dársela. Nunca antes me había alejado de ellos, siempre a su lado. Nunca tuve, pues, motivo ni ocasión para escribirles. Y ahora, que estoy lejos y tengo ambas cosas, no puedo. Les diría cuánto les quise y cuánto les quiero; que no sufran, que estoy bien; que no sientan pena alguna ni rencor por quien me delató, ni por quienes me atraparon y encarcelaron, y mucho menos por aquellos jóvenes que apretaron el gatillo siguiendo una orden; que los verdaderos culpables no son ellos; que no vale la pena odiar porque el odio hace la vida más larga y amarga.

Si alguien me oye, que les diga, por favor, esto de mi parte. ¿Por qué nunca lo hice, cuando, sentados todos junto al fuego, todavía podíamos mantener vivo el rescoldo del hogar y de una familia? Ojalá algún día podamos gozar de un merecido reencuentro.




viernes, 13 de enero de 2017

El hombre invisible


Es increíble el poder de la mente. De niño estaba convencido de que con sólo desear algo muy intensamente se hacía, tarde o temprano, realidad. Era un niño con una fe imperturbable. Era de rezos diarios o, mejor dicho, nocturnos. Todas las noches, junto a mi cama, rezaba mis oraciones arrodillado ante una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. No os podéis imaginar con cuanta fe le pedía que se cumplieran mis deseos. 

Ya convertido en adolescente, comprendí que rezar a una imagen no tenía sentido y, vistos los resultados, me volví escéptico. Pero, aun así, seguí creyendo en la fuerza de la mente, convencido de que si uno pide algo con todas sus fuerzas acaba cumpliéndose. Pero, desgraciadamente, nunca llegué a confirmarlo. Hasta que al cabo de unos años leí “El secreto”, tras lo cual mi fe, otrora dirigida a un ser Supremo, viró hacia el Universo y su ley de la atracción. Según las enseñanzas del libro, sólo debían seguirse tres pasos para que nuestros deseos se hicieran realidad: pedir, creer y recibir. Su autora incluso aludía a la cita bíblica que dice así: “todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (Mateo 21:22).

Entonces elegí aquello que siempre, desde que tuve uso de razón, había deseado, aquello por lo que hubiera dado cualquier cosa, ese don aparentemente inalcanzable para cualquier mortal. Pedí poder convertirme en invisible. Os parecerá una locura, cosa de niños. Pero en el libro se describían casos de personas que, siguiendo sus consejos, habían obtenido cosas increíbles. ¿Acaso no resulta increíble que a alguien con graves problemas económicos le aparezca en su buzón un cheque al portador por la cantidad que necesita para resolverlos? ¿O aquel otro caso de un individuo que, tras visualizar mentalmente una pluma estilográfica de un diseño exclusivo imaginado por él, la encuentra a sus pies al cabo de unos minutos de deambular por una estación de tren? Así pues, pensé que mi petición bien podría servirme como experimento para comprobar la veracidad de aquellas afirmaciones. Era, eso sí, fundamental hacerla de forma correcta, sin ambigüedades y sin utilizar jamás el “no” en su formulación. En lugar de pensar, por ejemplo, “que no pierda el trabajo”, debía mentalizarse como “que conserve el trabajo”, pues, según había leído, el Universo no capta el significado negativo de una oración y podía confundirse materializando lo contrario a lo deseado al entender erróneamente “que pierda el trabajo”. En mi caso no habría confusión posible pues, lógicamente, no iba a decir “no quiero ser visible” sino “quiero ser invisible” y, además, aun utilizando erróneamente la forma negativa, en el peor de los casos, me quedaría igual.

De eso hace diez años y mi petición se vio finalmente cumplida, fruto de mi insistencia casi obsesiva. El efecto, sin embargo, no fue inmediato, sino que se produjo al cabo de un tiempo, tal como ya advertía el libro. La clave para acelerar el proceso residía en visualizar lo pedido como si ya se hubiese concedido. Y así lo hice, repitiéndome hasta la saciedad “soy invisible, soy invisible, soy invisible”. Lo malo es que, en el camino hasta verse cumplido mi deseo, sufrí varios contratiempos, episodios inesperados e indeseables: mi mujer me abandonó, llevándose con ella a mis dos hijos de corta edad, mis amigos dejaron de hablarme y se fueron distanciando de mí, los vecinos dejaron de saludarme, y hasta acabé perdiendo el trabajo. Todo ello por querer ser invisible. Además, debo reconocer que no ha resultado como yo esperaba. Yo quería ser invisible a voluntad, no a perpetuidad. Decididamente, no supe formular correctamente mi deseo. Ahora soy invisible, pues nadie repara en mí, pero resulta algo extraño. A veces me da la impresión de que, en realidad, me ven, pero hacen como si no me vieran. 

Nota: "El secreto" es un superventas publicado en 2006, escrito por Rhonda Byrne y basado en la escuela de pensamiento y trabajos previos de William Walker Atkinson.



sábado, 7 de enero de 2017

El diario (y IV)


En mi larga vida de policía, había presenciado muchas ruedas de reconocimiento, pero nunca había participado en ninguna. Señalar a un presunto culpable de un delito entraña una gran responsabilidad. No puedes errar, pues de tu testimonio depende que el sujeto quede libre o, por el contrario, detenido y acusado formalmente. Era lógico, pues, que me sintiera nervioso, aunque, tal como me habían dicho, yo sólo debía señalar cuál de esos seis individuos que tendría ante mí era el que había visto la mañana anterior buscando, en actitud sospechosa, entre los arbustos del parque.

Mi intervención en ese reconocimiento sólo sería un primer paso para dar a la policía un argumento para interrogarle más a fondo e intentar sonsacarle cualquier cosa que le incriminara o aportara algún indicio sobre la autoría del secuestro. Aun así, los nervios me estaban dominando. Las manos y las axilas me sudaban como nunca lo habían hecho. ¿Sería cosa de la edad? ¿Dónde había quedado mi arrojo policial de antaño? ¿También se había jubilado?

Cuando se abrió la puerta que daba a la sala de reconocimiento, tuve que inspirar hondo para controlarme y evitar que me temblara la voz cuando pronunciara el número del sospechoso, si es que estaba entre aquella media docena de caras.

Y lo estaba. Ya lo creo que sí. Casi me salió un gallo cuando canté el número que lucía en el cartel que sujetaba en sus manos. 

─¡El cuatro! ¡Es el cuatro! ─grité.
─¿Está usted seguro? ─me preguntó uno de los policías que estaban presentes en la habitación, junto a mi amigo y el propio comisario ─tómese su tiempo, no hay prisa. Es muy importante que no haya ninguna duda sobre su identidad ─insistió.
─Sí, sí, es él ─insistí yo.
─Pues entonces ya pueden retirarse los componentes de la rueda ─indicó el comisario al policía que la había organizado─. Y gracias por su colaboración ─añadió dirigiéndose a mí.

Cuando salí de la habitación desde la que había señalado con mi dedo acusador al individuo número cuatro, vi cómo se lo llevaban esposado. Dos agentes lo conducían por un largo pasillo hacia donde seguramente le someterían a un duro interrogatorio. En mi fuero interno me sentía satisfecho por haber puesto mi granito de arena para ayudar en aquel caso, pero mi satisfacción se vio repentinamente truncada cuando, como si me hubiera leído la mente o me hubiera olido a distancia, el detenido se giró. Nuestras miradas se cruzaron y lo que vi en la suya no era propio de un delincuente, de un ser agresivo y peligroso. Vi a un hombre desesperado. ¿Sería inocente y yo acababa de propinarle un empujón hacia el cadalso? Nunca antes había sentido remordimientos por los actos que me había visto obligado a realizar con motivo de mi profesión. Hasta ahora. Aunque hubiera actuado como un ciudadano responsable, en ese instante dudé de haber hecho lo correcto.

No tuvieron que pasar las setenta y dos horas preceptivas para poner al sospechoso en libertad o a disposición judicial, porque el sintecho hizo, de repente, su aparición, resolviendo el enigma de su paradero y aclarando el caso de los presuntos secuestradores. Pero el modo en que hizo acto de presencia no fue el que cualquiera hubiera imaginado.

**

Ahora, leyendo la copia de mi declaración, la que tuve que firmar cuando me interrogaron en la comisaría de los Mossos d’Esquadra, no sé si reír o llorar. Pero dos cosas tengo ahora claras: que no todo en esta vida es lo que parece ser; y que hasta un buen policía puede ser objeto de un engaño, aunque éste se haya perpetrado inocentemente.

Cuando leí las anotaciones que contenía aquel diario, visualicé a un pobre hombre, caído en desgracia por culpe de las artimañas de su mujer infiel y de su socio desleal, que se había visto obligado a vivir en la calle y a huir de unos peligrosos secuestradores que querían borrarle del mapa para que no les delatara.

Quizá si lo hubiera contado todo a la policía desde un principio, me habría librado de hacer el ridículo. Les hubiera pasado el testigo de investigar esa extravagante historia y mi dignidad hubiera quedado inmaculada. Ahora me siento como si hubiera tirado por la borda toda mi carrera policial. Y todo por querer ser el protagonista de una aventura y querer ayudar a mi querido sintecho.

¿Cómo podía imaginarme quién era en realidad aquel individuo que merodeaba por el parque cuando volví a por una prueba que identificara al sintecho desaparecido? Además, cuando mi perro le ladró de aquella forma tan agresiva y él huyó atemorizado, todo parecía confirmar mis sospechas. Ahora sé el motivo de aquellos ladridos: mi perro olió al propietario de la dichosa libreta.

Ahora sólo me cabe esperar que la novela vea la luz y sea todo un éxito.

Aún recuerdo la llamada ─y la indisimulada risa─ de mi amigo después de que hubo terminado la declaración del hombre al que señalé en la rueda de reconocimiento.

─¿Estás sentado, amigo mío? Porque lo que te voy a contar tienes que oírlo lo más cómodo y relajado posible.

El hombre al que yo había reconocido y al que habían seguidamente sometido a interrogatorio, resultó ser un escritor. Un novelista, para ser más exactos.

Todo empezó cuando se hizo pasar por un vagabundo y tener así material de primera mano para su novela. Quería escribir la historia de un hombre que, habiendo sido rico, lo ha perdido todo y cae en la indigencia, sobreviviendo de lo que recoge de los contenedores. Necesitaba, por lo tanto, vivir como un sintecho auténtico. Para ello se vistió como tal, incluyendo como parte del atrezzo una peluca y una barba postizas. Lo que leí en su libreta no eran más que las notas que iba tomando a diario. Había confesado que, al enterarse de la desaparición de una chica en la localidad, decidió incorporar la experiencia del secuestro para añadir más dramatismo y suspense a la historia.

Cuando ya tuvo material suficiente para empezar a diseñar la trama de la novela, quiso tomarse un respiro y decidió marcharse a su casa por unos días. Pondría sus notas en orden y, de paso, se alimentaría y se asearía como Dios manda. 

Pero al día siguiente, buscando en su petate, advirtió que había extraviado el diario, por lo que tuvo que volver al lugar del parque donde creyó haberlo perdido. Al no hallarlo, acudió a la comisaría de la Policía Local para preguntar. Cuando le dijeron que un hombre le andaba buscando para ofrecerle un trabajo se alarmó y volvió a su casa para reflexionar sobre el siguiente paso a seguir.

¿Quién sería ese desconocido que quería darle trabajo? ¿Y por qué? Pensó en varias posibilidades. Podía ser alguien que quería pedir una recompensa por el diario perdido o que, habiendo leído en él lo del secuestro, quería interrogarle; quizá fuese un amigo, un familiar de la chica desaparecida o uno de los policías que llevaban el caso y le consideraba sospechoso de algo (como mínimo, de encubrimiento) o, mucho peor que todo eso, era uno de los secuestradores y creía que realmente sabía o había visto algo y se lo quería cargar.

A pesar de todos sus temores, quiso asegurarse de que el diario había en verdad desaparecido ─quizá no había buscado bien o no lo había hecho en la zona correcta─ y volvió nuevamente para buscarlo con calma. Pero no tuvo ocasión de llevar a cabo su propósito porque un hombre con un perro se lo impidió, el animal ladrando como un perro rabioso y el hombre dirigiéndose hacia él de forma alarmante. Pero a pesar de todos los impedimentos, no podía ni quería prescindir de su diario. Tenía mucho material en él, el trabajo de muchas semanas. No se atrevía a acudir a la policía porque no le creerían, pues no tenía prueba alguna de que fueran a por él y, además, se resistía a desvelar, por el momento, su identidad. Cuando publicara su novela y concediera entrevistas, sería el momento de contar las vicisitudes por las que había pasado. Por lo tanto, volvería a intentarlo, por tercera y última vez. Regresaría a ese parque oscuro y solitario. Pero esta vez iría de noche, para que nadie le viera. Y en lugar de encontrar su libreta, encontró a una patrulla de paisano que se le echó encima.

Desde luego, tantas preocupaciones y esfuerzos para nada. Esta mañana, al volver de pasear a mi perro, he desayunado, como siempre, acompañado de las noticias matutinas de la televisión. Por una vez, el informativo ha abierto con una buena noticia: la chica desaparecida ha sido hallada sana y salva. Se había fugado, al parecer, con su “noviete” porque sus padres se oponían a la relación. No he querido seguir escuchando. He apagado el televisor. He sido incapaz de probar bocado. Todo se lo ha comido mi perro.

FIN


martes, 3 de enero de 2017

El diario (III)


La suerte es muy huidiza. Viene y va cuando uno menos se lo espera. Aun así, yo apelaba a la suerte, para que me permitiera encontrar a ese sintecho en apuros. Toda la tarde, después de la visita a la comisaría de la Policía Local, estuve dándole vueltas al asunto. El tiempo corría en nuestra contra, sobre todo en la de ese pobre infeliz, y tenía que hallar su paradero para poder echarle un cable.

Y ya en la cama, se me ocurrió que mi perro me podría ser de ayuda en ese menester. ¿Y si el sintecho no sólo había perdido su diario sino algún otro objeto durante su huida hacia su nuevo escondite? Si pudiera hallar su cartera o cualquier documento identificativo, un carnet, una foto, yo qué sé, eso sería de gran ayuda. El olor que despedía la libreta, únicamente detectable por un can, también se habría impregnado en cualquier otra de sus pertenencias. Y eso podría ser una buena pista.

A la mañana siguiente, mi perro y yo ─si le menciono a él primero no es por educación sino porque es quien va delante, él tira y yo le sigo─ volvimos a pasear por la zona donde hallamos la libreta ─vale, él la halló y yo la recogí y leí─ para ver si detectaba alguna prueba material de la presencia del sintecho. 

El animal olfateaba sin cesar y olisqueaba cualquier cosa que hallaba a su paso. Aunque el otoño nos había dejado hacía algunas semanas, las zonas ajardinadas del parque estaban todavía cubiertas por un espeso manto de hojas secas. Yo dejaba, pacientemente, que el sabueso removiera con el hocico la hojarasca. Quizá dejado de esa espesa capa vegetal aparecía un carné de identidad, de conducir, de una biblioteca, o de lo que fuera. Mientras seguía los pasos del can, me iba convenciendo de que aquello era una búsqueda absurda y estéril. ¿Qué probabilidad podía haber de que el sintecho perdiera una pertenencia que le identificara? El frío era intenso y el perro seguía con su rutina, ajeno a mi interés. Habíamos recorrido casi todo el parque, tenía las manos entumecidas, la nariz moqueando y, aparte de heces de otros perros ─hay que ver lo incívicos que son algunos─, no habíamos encontrado nada. Pero cuando ya me daba por vencido y estábamos de vuelta, le vi a lo lejos.

Era alto y corpulento, como le había descrito el municipal preguntón. Iba buscando por entre los arbustos. ¡Qué suerte la mía! Le había encontrado. Sin duda debía estar buscando su diario. Desde aquel instante, las tornas se invirtieron: yo iba delante tirando de mi perro, que intentaba resistirse mirándome con cara de extrañeza. Tenía prisa por llegar a mi meta, que no era otra que el protagonista de esa historia rocambolesca que había leído tan sólo un día antes. Aun así debía ser cauteloso. No quería intimidarle, ni mucho menos asustarle. Pero al acercarme lo suficiente para verle la cara, comprobé, decepcionado, que no era quién yo estaba buscando. ¿Qué hacía aquel hombre allí? Desde luego no era un sintecho. Iba bien vestido, con el pelo corto y sin barba. 

Cuando, al comprobar mi confusión, frené súbitamente mi marcha acelerada, sucedieron dos cosas, por este orden: mi perro empezó a ladrar como si hubiera visto o, mejor dicho, olido a un fantasma o a un delincuente peligroso ─debo aclarar que mi perro ladra como un poseso a quien no le inspira confianza─ y, acto seguido, el desconocido alzó la vista, con evidente cara de sorpresa, y, tras mirar a su alrededor para comprobar que no habían moros en la costa, dio media vuelta y salió disparado calle abajo como si huyera del mismísimo diablo.

Yo, que iba en busca de un objeto identificativo del sintecho, me acababa de dar de bruces con uno de los secuestradores. Sí, porque estaba claro que aquel individuo no estaba buscando una libreta perdida sino a quien días atrás le había descubierto en pleno delito. Sabía que se trataba de un indigente y dónde mejor buscarle que entre la espesura de un parque que casi nadie frecuenta.

Todo indicaba que los secuestradores no iban a dejar escapar al testigo presencial de su fechoría. Si todavía no habían pedido un rescate por la chica, seguramente se debía a que antes querían eliminar a la única persona que les podía inculpar.

Esto se estaba poniendo feo y yo perdiendo un tiempo precioso. Había infravalorado el peligro que corría aquel infeliz sintecho. No me perdonaría si algo malo le ocurría por no haber puesto el asunto en manos de la policía.

Así las cosas, decidí renunciar a mi incipiente e infructuosa búsqueda y a mi orgullo de sabueso retirado, y dejar que los que tienen el poder y los medios necesarios se ocuparan de hallar al sintecho, ponerle a buen recaudo y, con su inestimable ayuda, cazar a los delincuentes antes de que la cosa fuera a mayores. De pronto, me acordé que un antiguo compañero de la Policía Nacional se había pasado a los Mossos d’Esquadra ─no por convicciones de tipo político sino simplemente dinerarias─ y él me podría asesorar sobre los pasos a seguir.

Dicho y hecho, a primera hora de la tarde, puse el asunto en conocimiento de mi amigo policía, el cual me citó de inmediato en la comisaría de los Mossos del municipio más próximo y capital de la comarca, para que relatara a sus superiores los hechos que le acababa de referir por teléfono a grandes y apresurados rasgos.

Por supuesto, tuve que hacerles entrega del preciado diario y pedir mil disculpas, muy a mi pesar, por haberlo retenido todo ese tiempo con la intención ─argumenté─ de ayudar y ahorrarles trabajo innecesario. Por supuesto, no me agradecieron mi ─debo reconocerlo─ inútil intervención. Me conminaron a ponerles en antecedentes de todos y cada uno de los detalles del caso: cómo y dónde había hallado el diario, por qué no lo entregué a las autoridades una vez hube leído su contenido, especialmente lo referente al secuestro, por qué no advertí de nada de lo ocurrido a los municipales a los que acudí con el falso pretexto de dar con el sintecho para ofrecerle un “trabajito” ─así, con retintín─, por qué había vuelto al lugar del hallazgo del diario solo, por qué… Y así una retahíla de preguntas que, en lugar de un ciudadano ejemplar, me hicieron sentir como un viejo e inútil metomentodo, sin tener en cosideración mi historial policial. Debo reconocer que me sentí el más miserable de los mortales, pues comprendí que mi actuación solo había servido para alimentar mi ego, mi imaginación y mi trasnochado entusiasmo.

Me hallaba sentado frente al comisario y tres de sus subalternos, entre ellos mi amigo, el culpable de haberse ido de la lengua contando los detalles de mi visita a la comisaría de la Policía Local. Por lo menos, hubiera podido ahorrarse mencionar, de forma burlona, lo del “trabajito”. 

Tras mi pormenorizada exposición de los hechos, que me llevó casi toda la tarde, pues no cesaban de interrumpirme para dejar constancia de cada detalle, por nimio que fuera, y para tomar debida nota de todo como parte de la declaración que tuve que firmar, me agradecieron ─ahora sí─ mi colaboración y me acompañaron hasta la calle.

Si me habían apartado del caso como un proscrito, no podía quedarme con los brazos cruzados y la mente en blanco sin saber, como mínimo, cuáles iban a ser los siguientes pasos. Así que no pude evitar llamar nuevamente a mi ahora menos amigo para sonsacarle.

De este modo supe que, esa misma noche, una patrulla de los Mossos d’Esquadra se apostaría en la zona del parque donde yo había visto al sospechoso y que varios agentes de paisano estarían al acecho para abalanzarse sobre él o ellos, si es que venía acompañado de su cómplice, en cuanto aparecieran, pues suponían que no cesarían en la búsqueda del sintecho. Gracias a mi descripción del interfecto, no les sería difícil identificarlo, a pesar de la oscuridad reinante. A la vez, tras abandonar yo la comisaría, dieron orden de búsqueda del sintecho quien, en caso de salir bien la redada, debería prestar declaración y actuar de testigo en una rueda de reconocimiento.

Esa noche, los nervios no me dejaron conciliar el sueño pensando que a sólo un centenar de metros de donde yo estaba probablemente se iba a resolver un caso de secuestro de una menor y que, con suerte, acabaría conociendo a quien me había metido involuntariamente en este embrollo.

**

Cuando el teléfono sonó, a eso de las siete de la mañana, una voz grave, que reconocí como la de mi contacto, me informó de la buena noticia: habían atrapado in fraganti al presunto secuestrador. Aunque él lo negaba vehementemente, como era de esperar, y justificaba de forma irracional e inconexa los motivos por los que estaba merodeando por el lugar, su descripción se ceñía a rajatabla a la que yo les había facilitado. Había pasado la noche en el calabozo. Ahora sólo necesitaban que alguien le reconociese y testimoniase su participación en el secuestro. Y como el sintecho seguía sin aparecer, sólo me tenían a mí para actuar de testigo en una primera rueda de reconocimiento. Sabían que mi identificación no sería lo suficientemente válida como para llevarle ante el juez, pues yo no había presenciado el secuestro, pero por lo menos tendrían por dónde empezar para interrogarle antes de que el maldito y huidizo vagabundo apareciera para confirmar las sospechas.

En menos de hora y media me disponía a entrar en la comisaría, nervioso y emocionado. Lo que sucediera en los próximos minutos podía ser crucial para el esclarecimiento de los hechos, y yo iba a ser uno de los protagonistas de ese acontecimiento.

Como viejo policía había desarrollado ─o al menos eso creía yo─ un sexto sentido. Siempre me había vanagloriado de anticiparme a los hechos, de verlas venir, como se dice coloquialmente. Pero lo que ocurriría allí dentro no me lo hubiera imaginado ni en sueños. 

CONTINUARÁ...